¡Hola bellezas! ¿Cómo han estado?
Primero que nada, quería comentarles que, por algún motivo, nunca me llegaron alertas de los nuevos comentarios de ustedes al correo. Sólo por curiosidad, me metí a ver el último de esta historia, y me quedé boquiabierta ¡No saben como los amo! Debo admitir que el tenerlos todos de golpe fue una experiencia hermosa, hace mucho que no chillaba y me reía tanto. Me hacían falta hermosos, gracias por estar ahí.
En segundo, tenemos otra semana de Renacer. Sí ¡Semana! ¿Me estaré enfermando?
Nah, es la emoción de mover un poco esta cosa. No puedo creer que esté avanzando a este ritmo, es hermoso.
Los dejo con el cap antes de empezar a divagar, espero que lo disfruten.
Nos leemos luego, mis Grandes Héroes~
Falso Héroe
La oscuridad de los pasillos era casi total a aquella hora del día, lo que le indicaba que el lugar era lo suficientemente hermético para que ni siquiera la más leve estela de luz se colara. El olor a humedad que llenaba el aire, mezclado con el aroma a sal que llegaba desde el Golden Gate, comenzaba a dejar una pesadez desagradable en su cabeza y su estómago, algo que no llegaba a ser náuseas, pero que no le dejaría comer nada por toda la tarde.
Debía reconocer que, aunque no fuera un espacio sucio ni nada por el estilo, la oscuridad y el frío que se extendían como un manto por todo el piso hacían que aquel fuera, sin dudas, el último de los lugares donde le gustaría pasar años de su vida. Era, también, demasiado inhumano para la altura del siglo en el que estaban.
Pero, aunque llegó a sentir cierta empatía por los presos que debían cumplir su condena en Alcatraz, lo cierto es que se lo pensó dos veces cuando atravesó la primera de las cinco barreras de seguridad.
Hizo una mueca ante el griterío que llenaba el primer piso, el de los presos ordinarios, sintiéndose de inmediato fuera de lugar allí. Y, sin embargo, la verdadera incomodidad comenzó cuando, a su paso, los gritos cesaron y sintió cientos de miradas curiosas sobre él. Si había creído que la primera fase de inspección a la que le habían sometido los oficiales había sido un ultraje a su intimidad, ni siquiera podía imaginar lo que se sentía allí, con todos aquellos hombres mirándolo, con pensamientos sobre los que prefería no reflexionar. Meses de enfrentarse a criminales le habían dado una idea de lo que uno de ellos podía pensar al ver a un jovencito, aparentemente delicado y pequeño, como él lo era.
Una idea demasiado aproximada como para sentirse cómodo cuando algunas risas cómplices se extendieron entre las celdas.
Aunque se forzó a ignorarlas, no pudo evitar notar cómo un cuerpo se tensaba a su lado. Al alzar la mirada, podría jurar que no había persona en el mundo que no reconociera la expresión amenazante de su hermano sólo con mirarle a los ojos.
Hiro se acercó a Tadashi discretamente, sin apartarse más que unos metros del guardia que los guiaba por el lugar.
—¿Estás seguro de que querías venir? —inquirió, en una voz lo suficientemente baja como para que sólo el otro pudiera oírlo. No es que no agradeciera de todo corazón el que lo acompañara en aquel momento, en especial con lo difícil que sería para él atravesar aquel trance solo, pero también sabía que, si quería echarse atrás, ese sería el único instante para arrepentirse.
Sin embargo, los ojos que le miraron no tenían el menor rastro de duda. En parte, parecía sorprendido, casi ofendido de que hiciera esa pregunta, al grado de que, cuando abrió los labios, estaba seguro de que le reprocharía el dudar de él. Pero, fuera la que fuera la expresión que estuviera haciendo, pareció dudar por un segundo, pensar mejor su pregunta. Cuando sonrió, entre enternecido y divertido, Hiro se preguntó si sería normal que se ruborizara incluso en un lugar tan espantoso como aquel.
—¿Quisieras haber venido solo? —preguntó en cambio, una mezcla entre burla y ternura que le hizo sonreír al descubrirse culpable.
—Nunca.
Claro que no, y Tadashi lo sabía. Tanto como él sabía que su hermano jamás lo dejaría atravesar situaciones como aquella solo, no importa cuán terribles fueran.
El guardia se detuvo, a la espera del ascensor, y ellos permanecieron detrás, hasta que el aparato llegó. Al entrar, la incomodidad fue palpable para el chico, clara en el silencio del hombre rubio que permanecía de pie junto a ellos. Podía sentir cómo les dirigía miradas por sobre el hombro de vez en cuando, sin poder entender de dónde un par de nerds como ellos había conseguido la potestad para tener una entrevista con un recluso de máxima seguridad.
A decir verdad, él tampoco podía entender cómo diablos Fred había conseguido darles esa posibilidad. Ni siquiera habían empezado a preguntarse las complejidades morales y estratégicas de invadir una cárcel federal de máxima seguridad, cuando el rubio había presentado ante ellos un certificado con el día, la hora, el número de ferri que los llevaría a la isla y el máximo de personas autorizadas.
Encima de ello, se había excusado por sólo conseguir que entraran dos miembros del equipo, de civil y sin armas, mientras Gogo y Wasabi no dejaban de comprobar la autenticidad de la marca en la esquina superior del papel.
La naturalidad con las que Fred hacía cosas que ningún otro mortal podría lograr en años era por sí misma un superpoder.
Hiro reflexionó sobre ello mientras ascendían cada vez más, hacia las áreas más recientes de la infraestructura. No se sentía del todo cómodo con la idea de estar en el mismo lugar donde estaban varios criminales que ellos mismos habían detenido, y se sorprendió a sí mismo relativamente tranquilo con mostrar su rostro de civil, menos conocido u odiado que el del casco. No podía imaginar cuántos presos había disfrutando de las instalaciones de la refundada cárcel, pero estaba seguro de haber despachado al menos a cien allí.
Y sin embargo, ninguno de ellos lo ponía tan nervioso como el que los aguardaba en el último piso. El más alejado, hermético, el prácticamente inviolable. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Hiro se aproximó inconscientemente a Tadashi, como si el pasillo blanco y totalmente iluminado ante él fuera más amenazante que las celdas sucias y llenas de humedad del primer nivel.
Y es que, en lo que a él respectaba, el sujeto que permanecía al final del pasillo, en una única e incomunicada celda, era un monstruo mayor que cualquiera de los que estaban allí abajo.
Por un momento, el rostro del profesor lo dejó de piedra, aterrado, presa de todos los horribles recuerdos que aquellos primeros meses de pesadilla habían dejado en él. El incendio, Tadashi, la culpa, las persecuciones, la impotencia, la sed de venganza, la redención frustrada.
Callaghan era, sin tener idea de ello, el principal responsable de todo lo malo y lo bueno en los últimos años de su vida, era un monstruo que le había reducido a su nivel una vez, que le había empujado a ignorar los ideales de su hermano para vengarlo.
Tadashi, también ignorándolo, era el punto opuesto. Era por él, y sólo por él, que no había caído en cometer un crimen despreciable. Su recuerdo era lo único que lo había redimido, que lo había elevado por encima del criminal vengativo en el que casi se había convertido.
Sintiéndolo a su lado ahora, Hiro respiró hondo, llenándose de la fuerza suficiente para encarar al monstruo.
Un monstruo bastante pulcro y ordenado, a decir verdad.
Dejó vagar la mirada por la celda al otro lado del grueso vidrio antibalas que los separaba, ignorando a consciencia al hombre: blanca, impoluta y ordenada, incluso había tendido su cama y tenía un escritorio más ordenado de lo que nunca soñaría con estarlo el suyo, lleno de apuntes, libros y con una taza de café humeante encima.
Hiro no pudo evitar alzar una ceja con cierto aire despreciativo.
—Imaginaba algo un tanto más tétrico —comentó, alzando por fin la mirada al hombre.
Callaghan sonrió levemente, divertido con la irreverencia del joven. Aunque no podía decir que estaba destrozado, sin dudas su estadía en la cárcel había dejado rastros en él: más pálido, con más canas y alguna arruga más acentuada de lo que recordaba. Parecía más delgado, aunque su ropa, pulcra y perfectamente ordenada, no dejaba adivinar si estaría demacrado o se mantenía en forma.
Pero sus ojos... Hiro se sorprendió al ver sus ojos. Tranquilos, serenos de una manera en que alguien como él no tenía derecho a estarlo. Quien viera esos ojos, no podría adivinar nunca que la persona que los tuviera era un delincuente y casi homicida.
La incomodidad que le recorrió ante esa mirada hizo que inconscientemente buscara el contacto de su hermano. Más se sorprendió cuando, antes siquiera de moverse, una mano cálida se apoyó en su hombro... sólo que no le transmitía la sensación que siempre le había dado, no se sentía como un leve agarre que buscaba mostrar su presencia.
Era más fuerte, más desesperado.
Comprendió demasiado tarde que, a veces, Tadashi también necesitaba de su apoyo.
—El estar recluido no es excusa para el abandono y la mala higiene —la voz del hombre los sorprendió a ambos, aunque sólo ellos lo notaron, evidente en la tensión del cuerpo del otro. Callaghan habló con calma, antes de cerrar el libro que descansaba en sus manos y erguirse, tan alto como la primera vez que lo había visto, tan respetable como hace tiempo había dejado de parecerle. Era casi insultante que pudiera mantener su sonrisa carismática mientras hablaba con ellos: —. Aunque el que Abigail ponga el grito en el cielo si hago la más mínima basura es razón más que suficiente para mantener el lugar ordenado. Mucho me temo que heredó el carácter de su madre — rio, encantado con el recuerdo de su hija. Más, ante el prolongado silencio de ambos hermanos, no pudo más que esbozar una mueca de resignación y agitar la cabeza, rendido, pero sin perder su sonrisa —. Pero imagino que, si dos de los más grandes héroes de San Fransokyo vinieron hasta aquí específicamente para entrevistarse conmigo, no ha de ser para hablar de mi hija o apreciar mi nuevo hogar.
El guardia, que hasta ese momento había permanecido junto a las puertas del ascensor, aparentemente indiferente a su conversación, se removió inquieto ante esas palabras, y Hiro sintió cierta incomodidad ante el hecho de que Callaghan hablara de ello tan abiertamente, aun cuando sabía que el hombre mantenía estricto secreto profesional.
—Correcto —más fue la voz de su hermano la que en verdad le sorprendió. Contrario a lo que su agarre indicaba, nada en el tono o la postura de Tadashi parecía indicar que se sintiera intimidado por la presencia del hombre, o que lo inquietara el hecho de que se le reconociera como héroe. Por el contrario, su tono era seguro, claro y firme, y aunque no podía asegurarlo, casi podía adivinar su mirada seria e impenetrable —. Imagino que estará al tanto de los ataques que nuestro equipo recibió hace un par de días.
El hombre asintió, vagando por la habitación hasta posar los dedos en un papel específico sobre su escritorio. Hiro no tardó en reconocer que se trataba de un periódico.
—El ninja con explosivos y que se desvaneció como una sombra —murmuró, sonriente, pero sin que el tema fuera especialmente interesante para él —. Sí, lo leí. Aunque he de decir que los testimonios fueron un verdadero suplicio. Uno aseguró que el sujeto parecía teletransportarse.
—No sólo lo parecía —le corrigió Tadashi, llamando la atención del hombre con su tono serio —. Esa persona, sea quien sea, tiene en su poder la tecnología de teletransportación que Krei Tech diseñó hace algunos años.
Ante esas palabras, Callaghan abrió los ojos ligeramente, por fin desvaneciendo su fachada afable. Sin embargo, no había recelo o malicia en su expresión: su rostro parecía de la más sincera sorpresa, una que, de hecho, comenzaba a exasperar a Hiro.
—¿Cómo dices? —se acercó a la barrera, sin dejar su fachada. Era enfermizo el cómo podía fingir demencia tan perfectamente —¿Cómo pudo conseguirla?, ¿De quién?
Y esa fue la gota que derramó el vaso. Hiro se adelantó unos pasos con violencia, furioso ante su acto ¿Cómo podía tener la cara tan dura para fingir que no tenía nada que ver con todo aquello?, ¿Cuántas veces creía que podía tomarlo por idiota?, ¿Cuántas podría reírse de sus desgracias?
—Tuviste acceso a planos y datos de los portales de Krei Tech en el tiempo que Abigail y tú trabajaron con él, a los componentes químicos que esas cosas usan, a la tecnología que utilizan los microbots, y quién sabe de cuántos proyectos más —le increpó, impaciente y con una expresión tal que, de no haber existido entre ellos la barrera, a nadie cabría duda de que un golpe acompañaría cada una de sus palabras —. También tienes la posibilidad de salir libre si pagas el monto necesario, así que dejemos esta farsa estúpida y dinos de una vez ¿Vendiste la tecnología de Krei para pagar tu fianza?
Lejos de la mirada de borrego atrapado que Hiro había esperado encontrar en Callaghan luego de su verborragia, lo único que obtuvo fue una mirada sorprendida e incrédula del hombre, así como un pesado silencio en el lugar, lo suficientemente denso como para que su incomodidad atravesara las barreras de su enojo.
Cuando el suspiro de Tadashi resonó tras él, comenzó a cuestionarse seriamente si no acababa de arruinar el plan y, además, quedar como un idiota.
Jamás pensó agradecer la sonrisa conciliadora que el bastardo infeliz, como buen docente que era, le dedicó antes de hablar:
—Es un plan coherente... algo alocado, sí, pero los mejores planes lo son después de todo... de hecho es bastante factible —reflexionó, casi divertido por la ocurrencia, pero esforzándose por mantenerse en el plano de la cordialidad, como notó Hiro, horrorizado —. Si dijera que la seguridad de esta cárcel es un problema, todos sabemos que puedo burlarla sin dificultad —Hiro notó cómo el guardia se removía ante esas palabras, seguramente ofendido o molesto, pero la sonrisa del hombre se mantuvo, indiferente al peso de sus palabras —. Sin embargo, al descubrirse que estás vivo, Tadashi, el título de mi sentencia fue reducido a intento de homicidio culposo y perjuicio a la propiedad estatal... lo que me deja con unos módicos pero tolerables veinte años que, por Abigail, soportaré en calma —concluyó, sólo para pensarlo un instante y continuar: —. Bueno, con buena conducta serán quince... no es tan difícil en realidad.
Hiro abrió los ojos de par en par, e inconscientemente llevó su mirada a su hermano. Por la forma en que Tadashi fruncía el ceño y mantenía la mandíbula tensa, aquella información lo había dejado tan desconcertado como a él.
Sin embargo, se sorprendió cuando se apresuró a hablar, tomándolo por sorpresa con un dato que se le había pasado por alto.
—¿Y los otros veinticinco años por los daños y atentados a la propiedad de Krei Tech?
Y a Krei. Completó Hiro, más se limitó a dejarlo en su fuero interno, tan impaciente como su hermano por una respuesta. No podía ser que el profesor simplemente hubiera olvidado los años que le faltaban a su condena, o que un día un juez federal se hubiera despertado de increíble humor y hubiera decidido reducirle la pena a un preso peligroso, como era él.
Y, aun así, esa respuesta hubiera sido más creíble que lo que el hombre respondió:
—Krei retiró los cargos hace meses — soltó, con calma, pero con lentitud, como si pudiera prever la manera en que, de hecho, ambos dejaron ir el aliento en un jadeo de asombro. ¿Krei?, ¿El mismo Krei egocéntrico que nunca aprendía de sus errores?, ¿Ese Krei? —. Abigail dice que no le explicó por qué lo hizo. Lo más probable es que esté esperando el momento en que más esperanza tenga para humillarme, para destrozarme de nuevo... Quién sabe, quizás me mate apenas salga de aquí o algo —concluyó, encogiéndose de hombros, como si fuera el comentario más natural del mundo.
Y sin embargo... ¿Era tan poco posible como cabía esperar?
Hiro se mantenía receloso, atento a las expresiones que el hombre hacía, esperando la más mínima señal a que estuviera mintiendo, tratando de engañarlos como ya había hecho alguna vez. Y sin embargo, ante él no había más que un hombre que cumplía su condena con resignación, casi con esperanzas en el futuro que le deparaba después de dos décadas. No había en sus expresiones o sus palabras el recelo o la burla que otros criminales, como Yama, habían mostrado en su momento para engañarlo. Para su más profunda frustración, no había absolutamente nada en Callaghan que le hiciera parecer culpable de la extraña aparición de la yakuza, como habían decidido llamarlo en pos del honor de Fred, o de que hubiera filtrado la tecnología que ella utilizaba.
Al parecer, Tadashi había llegado a la misma conclusión que él.
—Eso es todo, Callaghan —concluyó, volviendo a posar su mano sobre su hombro, y Hiro se sintió aliviado de que esta vez no buscara apoyo, sino que le guiara gentilmente lejos de aquel sujeto, lejos de todo lo que provocaba en él —. Muchas gracias por su tiempo.
Más no alcanzaron a dar un par de pasos en dirección al elevador, cuando el hombre volvió a hablar.
—Tadashi — Hiro sintió cómo una molestia incontrolable trepaba por su estómago al oírle llamar tan tranquilamente a su hermano, más se reprimió de hacer algún comentario cuando, igual de discreto que siempre, el chico volvió a aferrarse a él, desesperado. Ajeno a ello, Callaghan volvió a hablar —. Quiero que sepas que, aunque mi hija siempre estará sobre la línea de la moral para mí, y que haría todo esto de nuevo mil veces más si lograra traerla de vuelta yo... —pareció dudar, y Hiro respiró hondo, luchando por no saltar hacia él e intentar romper el vidrio para obligarle a tragarse sus palabras —. Yo lo siento... no supe que volviste a buscarme hasta el otro día, cuando vi las noticias... yo... yo nunca hubiera...
La mano sobre su hombro tembló, al igual que la voz del sujeto, y Hiro se mordió el labio mientras llevaba sus dedos a los de su hermano discretamente. Tal vez él viera un monstruo del otro lado del vidrio, tal vez, si se esmeraba, pudiera ver al hombre herido y destrozado por la desaparición de su hija, una suerte de contraparte de sí mismo que había tomado el peor camino... Pero con todo el odio que sentía por él, con lo mucho que lo aborrecía, dudaba alguna vez llegar a entender la magnitud de lo que Tadashi sentía ante él, ante sus palabras, ante la certeza de que si mil veces debería dejarlo morir, mil veces lo haría.
Porque allí donde Hiro veía a Callaghan, un profesor respetable pero caído en desgracia, Tadashi veía a lo más cercano que tuvo a un padre mientras crecía, a un modelo a seguir, a una fuente de inspiración y consejo. Tadashi tenía ante él al hombre que había estimado tanto como para entrar en un edificio en llamas, aun cuando su hermano se aferraba a él, aterrado, rogándole que se quedara.
Iba a jalar de él, lejos de aquel dolor, cuando el chico aferró sus dedos con delicadeza, rozándolos suavemente, como si quisiera estar seguro de que estaba a su lado.
—Aunque dudo poder perdonarlo, profesor Callaghan, me alegra que esté bien.
La voz era escueta, aunque firme y clara, y Hiro volteó a verlo con cierto asombro ante su entereza. No le pasaron por alto los ojos más húmedos de lo normal en su hermano, ni como, más atrás, el hombre se sentaba, como si hubiera dejado todo de sí en ese último esfuerzo, en esa disculpa amarga.
Como si acabara de sacarse un gran peso de encima.
—También yo, Tadashi —susurró, y Hiro pensó que ya todo había acabado. Al menos, hasta que los ojos del mayor, desesperados ante la posibilidad de que se marcharan antes de terminar, cayeron sobre él, sorprendiéndolo —. Y, joven Hiro... No me alcanzará la vida para agradecerte el que la trajeras de nuevo a mi lado.
Y esta vez lo pudo ver en sus ojos sin la menor barrera. Abigail era lo único que se necesitaba para que la mirada de Callaghan se iluminara como una estrella, llena de esperanza.
No, ese hombre no haría nada que pusiera en riesgo el volver a su hija, no hacía falta más que verlo.
Hiro asintió, apenado al sentir la mirada de Tadashi sobre él. Se esmeró por parecer duro.
—No lo hice por usted. Fue por ella —sentenció. Porque, aunque lo entendiera desde lo más profundo de su corazón, no quería tener el menor rastro de simpatía por ese hombre.
Sin embargo, no alcanzaron a dar un par de pasos solos en el pabellón, cuando Tadashi le rodeó con demasiada efusividad los hombros. Casi le pareció sentir que dejaba un furtivo beso sobre su cabellera, oculto de la mirada del guardia, que caminaba varios pasos delante de ellos.
—Mientes —susurró, con la convicción en sus palabras, Hiro se ruborizó al notar la sonrisa en su voz.
Sonriente también, avergonzado al sentir el orgullo que su hermano irradiaba, continuó caminando con la mirada fija en el pasillo. Más sus palabras salieron con una sinceridad aplastante, que borró la sonrisa del mayor por un momento.
—Nadie merece sufrir lo que yo sufrí cuando creí que no volverías... ni siquiera él.
Porque, aunque no quería sentir la menor empatía por Callaghan, lo cierto es que él era el que mejor lo entendía, el que mejor podía ponerse en sus zapatos porque ya los había usado. Sólo Baymax, sólo el recuerdo de Tadashi lo había detenido de cometer una locura ese día en la isla, en los laboratorios. Si no se había vuelto loco, era sólo porque el robot le recordó que Tadashi nunca hubiera querido que hiciera eso, que lo vengara de esa forma.
Sintiendo sus ojos arder por las lágrimas contenidas, llevó su mano a la que descansaba discretamente sobre su hombro, respirando hondo cuando el otro volvió a unir sus dedos. Eran recuerdos tan lejanos ahora, tan extraños como un mal sueño, y aunque su presente con Tadashi distaba por mucho de ser lo que cualquiera llamaría normal, no lo cambiaría por nada del mundo.
Más el momento se esfumó cuando volvieron a atravesar el último pabellón, y los gritos de los presos cesaron a su paso. Nuevamente consciente de sus miradas, adivinando sus pensamientos por los gestos asquerosos que ninguno de ellos pretendía disimular, Hiro se aproximó a Tadashi, sensible y algo asustado a su pesar.
Un preso en particular se le quedó mirando, y Hiro no pudo evitar alejarse cuando extendió una mano hacia él.
—Eh, bonito. ¿No haces servicio más que a los de celdas lindas?, Te aseguro que se siente tan bien en el piso de ésta como en cualquier cama limpia, siempre que estés conmigo.
La voz se le hizo repulsiva, tanto como la expresión lasciva y la carcajada que el tipo soltó, y aunque Hiro trató de ignorarlo y seguir adelante, se sorprendió cuando algo lo retuvo en su lugar.
Y no, no fue una mano del tipo.
Cuando Hiro alzó la mirada para preguntarle por qué se había detenido, sintió cómo un estremecimiento descendía por su espalda por la impresión, al tiempo que las carcajadas que se habían atrevido a surgir en el lugar se desvanecían lentamente.
Porque si a él le impresionaba la mirada de advertencia que su hermano le estaba dando, no podía imaginar lo que el sujeto podría llegar a sentir al tenerla clavada en él, desafiándolo a decir una palabra más. Y a sufrir las consecuencias.
Pero más se sorprendió cuando, lejos de la simple preocupación, algo más se elevó desde su pecho, el sentimiento de infantil felicidad que lo recorría al saber que Tadashi lo estaba protegiendo.
El guardia se volteó ante el silencio fúnebre que se había adueñado del lugar, y aunque claramente intimidado por la manera en que ese chico podía acallarlos a todos con una mirada, reunió todo el valor que le quedaba y se obligó a pedir amablemente a los hermanos que avanzaran.
Cuando por fin se movieron, siendo el preso el primero en apartar la mirada, Hiro se ruborizó levemente al sentir cómo el otro lo mantenía firmemente pegado a su lado.
Hiro se recostó ligeramente en la baranda de metal, cerrando los ojos y disfrutando del baño de sol. Sentía el frío y la humedad de la cárcel aún pegadas en su piel. Imaginó vivir ahí por años, y se replanteó la utilidad de las cárceles como lugar de rehabilitación.
Entonces llegó a su mente el recuerdo del sujeto en la celda, su mirada lasciva, y un inevitable rechazo lo llenó. No, definitivamente no podía ser tan empático con las personas como su trabajo de héroe le exigía serlo.
Sintió un peso extra mover la baranda del ferri, pero no se molestó en abrir los ojos. No había nadie más en el barco que ellos y el conductor, un oficial que mantenía la misma expresión de desconcierto al verlos, que todos los que los habían encontrado en la cárcel.
—¿Alguna idea de por dónde seguir, señorito? —preguntó Tadashi, con una suerte de gemido que dejaba en claro que estaba desperezándose.
—¿Estamos creyendo en Callaghan? —inquirió, sin mirarlo aún —. Porque, aunque me da pavor admitirlo, somos unos pésimos detectives si le creemos al malo solo por decirnos "Ah, sí. Bueno, yo no fui".
La risa de Tadashi le obligó a sonreír, y prefirió pensar que la calidez que se extendía en sus mejillas era a causa del sol.
—Te daría la razón en otro caso, pero ahora que he visto cómo vive, y cuál fue su actitud, lo cierto es que dudo mucho que se arriesgue a hacer alguna tontería si eso pone en riesgo la posibilidad de libertad condicional. Es capaz de sufrir lo que sea, si eso le permite estar con alguien que ama — comentó, y aunque parecía a punto de decir algo más, un breve silencio llamó la atención. Estaba a punto de mirar, cuando cayó en el sentido de esa última frase.
Tragó saliva disimuladamente y se forzó a tranquilizarse, sintiendo su corazón palpitar con fuerza. Ni siquiera sabía si Tadashi había tenido alguna intención al decirlo, ni siquiera podía albergar la esperanza de que estuviera aludiendo a sí mismo ¿No había aprendido ya a no montar castillos en el aire?, ¿No había sufrido lo suficiente cada vez que se derrumbaban?
Y sin embargo, se atrevió a abrir un solo ojo, curioseando.
Casi da un respingo al ver la mirada de Tadashi fija en él. Una expresión relajada, pero que no dejaba de ser seria, sin rastros de la sonrisa que lo caracterizaba. Sin embargo, sus ojos...
Estaba seguro de que el sol no podría hacer sobre su piel lo que esos ojos hacían.
Porque en ese momento, lo único que podía ver en esos ojos era una dulzura infinita, algo que nunca antes había visto. No estaba seguro de qué pensaría Tadashi, si las palabras que había dicho en la cárcel le habían desconcertado, o si simplemente estaba orgulloso de él, pero estaba seguro de que no pensaba nada de lo que ponía a su cuerpo en alerta de la manera en que estaba.
Sólo que el propio Hiro tampoco podía notar que su cuerpo no estaba reaccionando como usualmente lo hacía cuando estaba solo con Tadashi, y que el calor que ahora llenaba su pecho no era el que usualmente provocaban sus hormonas ante la cercanía del mayor.
No estaba seguro de qué expresión habría hecho –por el calor de sus mejillas y el ligero temblor en su labio, tampoco quería pensarlo-, pero la que fuera, logró que Tadashi esbozara una pequeña sonrisa, y alzara una mano en su dirección, hacia su rostro.
Hiro casi estaba hiperventilando cuando la mano cambió de dirección de repente, y se deslizó lentamente por su espalda, sobre la ajustada tela de la camiseta.
—Te resfriarás sólo con eso —murmuró, sin retirar la mano, y Hiro se ruborizó más aún. Porque no había manera en que Tadashi no notara la forma en que su corazón latía desbocado bajo su palma cálida.
Cerró los ojos, seguro de que no había forma en la que pudiera calmarse si seguía viendo la sonrisa arrebatadora y la ternura en los ojos castaños del mayor.
—No eres mi mamá, ¿Sabes? —farfulló, pero incluso él era consciente de la pequeña sonrisa que jalaba de sus labios.
Tadashi sonrió más aún, antes de dirigir la mirada al océano. Era un día hermoso, sin viento, y aunque hacía frío, el sol sobre la piel era de lo más agradable, tanto, que Hiro ni siquiera se había molestado en colocarse su chaqueta, sintiendo el calor de su camiseta negra directamente en la piel.
Al igual que la mano que dibujaba lentamente círculos en su espalda, presionando con los dedos en las zonas que Hiro ni siquiera sabía estaban tensas. Un hormigueo trepó por su nuca cuando uno de esos dedos recorrió lentamente la piel sensible, un recorrido semicircular que, tardó un segundo en recordar, repetía la marca de una de las mordidas más visibles que le había dejado su último encuentro.
Se estremeció por un instante, más se forzó a recordar que era imposible que una marca durara tanto tiempo sobre su piel... por desgracia.
Respiró aliviado cuando la mano se retiró en silencio, y dejó que el silencio lo arrullara por un momento, disfrutando del sonido de las olas al romper contra el motor y el graznido de alguna gaviota en la lejanía. Aunque pronto su tarea se vio frustrada:
—¿Quieres espiar la cita de Cass después de esto? —la pregunta de Tadashi lo desconcertó, y se obligó a abrir los ojos sólo para mirarlo como si se hubiera vuelto loco.
—¿Por dónde debería declinar esa invitación?, ¿Empiezo porque deberíamos seguir investigando?, ¿O porque eso es asqueroso?
Él se echó a reír.
—¿Alguna propuesta, entonces? Porque me niego a hacer proyectos de la universidad un domingo y creo que ingresar a nada menos que Alcatraz ya es demasiado por hoy.
—¿Y lo mejor que se te ocurre es espiar la cita de nuestra tía? —se burló, irguiéndose de una vez. La expresión de su hermano dejaba en claro que bromeaba, pero eso no evitaría que comenzara una pulla sin sentido allí mismo—. Tenemos la casa para hacer lo que queramos, por dios Tadashi.
O lo intentara al menos, porque lo que reflejaron los ojos del mayor apenas las palabras salieron de su boca, fue todo menos ánimos de bromear con él.
Hiro tragó saliva en cuanto notó la pesadez del ambiente, y aunque se esforzó en creer que la repentina oscuridad en los ojos de Tadashi era idea suya, lo cierto es que una leve oleada de pánico le recorrió cuando se inclinó sobre él, con todas las intenciones de comentarle algo al oído.
Fuera lo que fuera, un llamativo golpe seco sobre el techo de la cabina de conducción fue suficiente para detenerlo y elevar su mirada hasta el lugar. Hiro ni siquiera llegó a comprender la sorpresa en sus ojos, antes de que los brazos ajenos lo envolvieran y se viera de repente arrinconado contra la baranda.
Un segundo después, un estallido que le resultaba alarmantemente familiar le obligaba a aferrarse al mayor. Si hubiera estado en uso de sus facultades, le hubiera resultado divertido que mientras Tadashi intentaba protegerlo, él buscara desesperadamente cubrir tanto de la espalda del otro como sus brazos le permitieran.
Pero al alzar la mirada, algo aturdido aún por el estallido, entendió que la situación no tenía nada de divertido.
Porque tras su hermano, además de un oficial aterrado que no lograba mantenerse erguido sin aferrarse a lo que quedaba de una de las columnas de la cabina, no estaba solo el sujeto que los había atacado la última vez, sino tres de ellos, con distintas armas y exactamente los mismos trajes.
Y aún había otros cuatro portales abiertos.
Hiro comenzaba a plantearse que todo aquello fuera una nueva forma de entrenamiento creada por Fred, porque aquello tenía más la pinta de haber salido de algún manga de los que tanto amaba su amigo, que ser algo que efectivamente estaba ocurriendo ante sus ojos.
Más estaba claro que ni siquiera él se creía esa excusa, pues el pánico lo invadió por un momento al ver las estelas rosas tras los portales por los que otros tres de los yakuzas entraron, y lo primero a lo que atinó fue a interponerse entre Tadashi y esas cosas.
Lo que hubiera hecho, si el otro no se le hubiera adelantado, haciendo frente a esos sujetos y obligándolo a permanecer tras su espalda, completamente oculto.
En serio, tenían que hablar del complejo de su hermano de ser un escudo humano.
—No seas imprudente, no tenemos armas aquí —se esforzó en susurrar lo suficientemente alto para que lo oyera, y se sorprendió cuando una mano del mayor se apresuró a tomar su muñeca y jalarlo de nuevo a su posición.
—Podría decirte lo mismo —respondió, la voz en un gruñido gutural, y aún sin despegar la mirada de los sujetos, Hiro estaba seguro de que lo severo de su mirada estaba dedicado a él —. Quédate detrás de mí.
Hizo lo que pudo para paliar su indignación, antes de notar la manera en que Tadashi soltaba por un momento su mano, sólo para deslizarla a su bolsillo. Cuando el artefacto rectangular asomó ante sus ojos, se apresuró a presionar el botón rojo del intercomunicador por su hermano.
—Tranquilos, no hay por qué ponerse así —una voz se alzó entre ellos, alterada por algún distorsionador de sonido. El que se acercó parecía ser el mayor en altura, y pese a sus palabras, ninguno pudo creerle al leve toque de sorna que había en su voz... ni a la katana desenfundada que tenía en la mano —. Sólo queremos hablar con ustedes, por favor.
—¿Necesitas siete personas armadas para hablar? —Hiro no pudo reprimirse, ignorando la mirada de advertencia que Tadashi le dedicaba sobre el hombro — ¿No estás dejándote influenciar mucho por la forma de debatir en el Capitolio?
El sujeto claramente no entendió su gran chiste, o tal vez sólo no estaba de humor. Pero ciertamente no pareció con la paciencia suficiente para lidiar con él.
—¿Por qué no dejas a tu hermanito a un lado un momento? Lo suficiente para dejarlo inconsciente y hablar tranquilos.
Y aunque Hiro no se sintió intimidado por la mano que intentó bordear a Tadashi para llegar hasta él, sí que sintió un estremecimiento al ver cómo su hermano se removía y, con un movimiento que apenas pudo ver, aferraba la muñeca del sujeto. No podía adivinar en qué estaba pensando, pero los nudillos blancos y el gruñido que el otro soltó en respuesta no dejaban dudas respecto a que eso distaba mucho de ser un agarre suave.
De hecho, se estremeció de nueva cuenta cuando Tadashi habló, con los ojos fijos en el otro y una mirada que, por lo que podía adivinar al verla de lado, era diez veces más intimidante que la que acababa de dejar en silencio a un pabellón entero de Alcatraz.
—Tócale un solo cabello, y estás muerto, hijo de puta.
Y si la mirada no era suficiente, estaba seguro de que ese tono gélido había dejado de piedra a más de uno. Él mismo jamás había oído a su hermano, siempre amable y cálido, dirigirse a otra persona con una voz tan aterradora, lo suficientemente frío para mantener su postura aún con el pobre diablo retorciéndose, desesperado por escapar.
Hiro sintió su cuerpo entero estremecerse al saber que era por protegerlo, aunque no estaba seguro de que fuera una sensación positiva. Porque en ese instante, Tadashi parecía más intimidante que cualquier villano al que nunca se hubiera enfrentado.
El sujeto sin duda pensó lo mismo, pues en pánico, lo único a lo que atinó hacer fue alzar la mano libre. Con la katana brillando al sol, Hiro sintió que el terror lo inmovilizaba, de la misma manera que la primera vez que vio a Tadashi tan cerca de los portales.
Pero su hermano, por suerte o por desgracia, parecía trabajar mucho mejor que él al filo de la muerte. En un movimiento que no alcanzó a deducir, soltó el brazo que mantenía inmóvil, al tiempo que desviaba el golpe del sable. Hiro no pasó por alto la manera en que se mantenía de pie ante él, inamovible como un muro, mientras daba una serie de golpes directo en el plexo del sujeto.
Ni siquiera tuvo tiempo de alabar que acabara de despacharse a uno, estando desarmado, cuando notó cómo lanzaba la katana por el borde de la embarcación.
Le tomó un segundo procesarlo.
—¡¿Estás loco?! —exclamó, casi exasperado.
Tadashi apenas lo miró, sosteniendo por el traje al sujeto que aún se removía, antes de darle el último golpe y dejarlo caer, inmóvil, al suelo.
—No quieres que tome una katana ahora mismo.
Hiro estaba a punto de discrepar cuando Tadashi se inclinó a levantar la máscara del tipo. Pero no fue la curiosidad lo que lo detuvo, sino el ver cómo una de las figuras al fondo se movía, apuntando a su hermano. Ni siquiera lo pensó dos veces al ver el brillo metálico de un arma.
Con un grito de advertencia, Hiro se lanzó sobre Tadashi, arrastrándolo al piso con él a tiempo de que un proyectil atravesara el espacio donde su hermano estaba un segundo antes.
Una nueva explosión lo estremeció.
—Son bastante violentos con sus argumentos —se permitió bromear, pero la mirada que Tadashi le dedicó, aún debajo de él, le indicó que no era momento. Puso los ojos en blanco —. Alguien tiene que ocupar el lugar de Fred en estos momentos.
—¡Te falta entrenamiento, amiguito!
Suspiró, aliviado, cuando el cuerpo azul del chico se coló entre ellos y las armas.
Luego pensó que era un amigo de mierda por pensar de ese modo.
—Te dejo el trabajo, entonces —se burló.
Pero Fred no pudo decir nada, ni cualquiera de los demás, cuando una masa rosada aterrizó a centímetros de sus cabezas. Ni siquiera alcanzó a reconocerla, antes de que Tadashi rodara con él en brazos y lo cubriera por completo con su cuerpo, otra vez.
Tenían que dejar de hacer eso.
Por suerte para los tres, una de las burbujas de Honey se atravesó en el camino de la metralla cuando la superficie del barco cedió a la explosión.
—Esa mocosa me tiene harta —gruñó Gogo, y Hiro entró en pánico al ver cómo se lanzaba sin dudar hacia la única de los sujetos que habían conocido antes. Cuando volvió a intentar lanzarles esa cosa, una de las mezclas de Honey se adhirió a sus manos, obstruyendo los abastecedores, a juzgar por la manera en que la muchacha comenzó a luchar contra la viscosidad azul.
—Ni siquiera lo pienses —la voz de su amiga latina sonaba especialmente alegre, casi rozando en la malicia, y Hiro pudo ubicarla entre los demás a tiempo de ver cómo su expresión relajada pasaba a una de duda —. En serio, no lo hagas, esa cosa es altamente inflamable.
Dos menos, faltaban cinco.
Vio a Baymax sobrevolar el barco mientras los chicos se lanzaban sobre los demás, y pronto recordó al sujeto inconsciente a unos metros de ellos. Si lograba retirar parte de su máscara, el robot podría escanear su cuerpo y tendrían el registro de al menos uno de ellos. Eso era mejor que estar a ciegas, conjeturando sobre todo el mundo, y los ayudaría a saber de dónde esa organización había conseguido tecnología tan peligrosa.
Más cuando intentó moverse, sintió unas manos aferrarse a su cuerpo. Entonces notó que Tadashi no se había desprendido aún de él.
—¿No puedes quedarte quieto por una vez? —le regañó, una mirada claramente molesta —. Estás desarmado, Hiro.
El chico lo miró con incredulidad ¿En serio lo estaba regañando en ese momento?
Dejó de lado el comentario infantil que estaba a punto de soltar, y en cambio intentó razonar con él.
—Necesito romper con el hermetismo del traje —explicó, señalando al sujeto con la barbilla —. Si el radar de Baymax traspasa la fibra, podremos saber más de ellos, rastrear con quién tienen contacto.
Ante sus palabras, Hiro notó la contradicción que surgía en la mirada de su hermano, y creyó por un momento poder convencerlo. Más, con el sonido de un nuevo disparo, los brazos a su alrededor afianzaron su agarre.
—No, no te arriesgarás como un idiota por esto —le reprendió. Y Hiro abrió los ojos de par en par, indignado.
—¿Y me lo dice el imbécil que se lanzó a pelear con el de la katana?, ¡No jodas!
Y al ver cómo el otro parecía dispuesto a rebatirle la jugada pero no a aflojar su agarre, Hiro comprendió los métodos de debate tan violentos de aquellos tipos.
Demasiado bien, de hecho.
Pudo ver la sorpresa en los ojos de Tadashi cuando, sin mediar palabra alguna, le clavó un rodillazo de lleno en el vientre. No era algo terrible, lo suficiente para que perdiera fuerza y le dejara escapar de su agarre... la satisfacción que sintió al hacerlo había sido un plus sorpresa.
Se arrastró, bordeando los restos de la burbuja de Honey y las armas que eran lanzadas en su dirección a medida que sus compañeros acababan con cada vez más de aquellos sujetos. El tipo al que se aproximaba se movía levemente sobre el suelo, volviendo en sí al parecer, por lo que se apresuró a acercarse antes de que despertara del todo.
Lo que no esperaba, era que una mano se aferrara a la suya antes siquiera de que pudiera tomar la máscara, y antes de poder entender qué ocurría, ya estaba debajo de otro cuerpo.
No se le pasó por alto cómo se colocaba entre sus piernas.
—Eres bastante bonito de cerca —la voz distorsionada sonaba divertida, y Hiro puso los ojos en blanco, pese a su propia diversión y a la mano del otro que, furtiva, se apoderaba de uno de los muchos tubos de la baranda que estaban desperdigados por el barco.
—Me lo dicen seguido, la verdad —respondió. Antes de que el otro pudiera hablar, se apresuró a darle un rodillazo, mucho más fuerte que el que había dado a Tadashi —. Pero para salir conmigo primero debes pedirle permiso a mi hermano.
El sujeto gruñó, mientras caía al suelo, y Hiro se apresuró a erguirse, arrastrándose hacia él. Sin embargo, un nuevo movimiento llamó su atención.
No, no fue el enfurecido Tadashi que miraba en su dirección, como si quisiera comérselo vivo mientras se acercaba a ellos.
Fue el bastardo que, aprovechando su distracción, se lanzó sobre él, con algo muy similar a un kunai en cada mano.
Al ver cómo lograba derribar a su hermano, Hiro se estremeció, sintiéndose preso de ese pánico paralizante que le recorría cada vez que veía a Tadashi en peligro. Vio, con el rostro desencajado por el horror, cómo Tadashi caía sobre suelo lleno de virutas de metal, y aunque en cualquier momento habría confiado en la fuerza de su hermano, sintió su corazón dar un vuelco al ver cómo era sometido de espaldas, mientras el otro alzaba las cuchillas sin vacilar, dispuesto a descargarlas con todas sus fuerzas sobre su cuerpo.
Solo entonces descubrió que Tadashi no llegaría a derribarlo.
No estuvo seguro de en qué momento se movió, pero en un instante tenía una mano en el borde de la máscara de aquel tipo, y al siguiente corría con todas sus fuerzas hacia el que atacaba a su hermano, con la barra que le arrebató al otro firmemente sujeta en una mano y sin poder razonar. De hecho, no se molestó en medir sus fuerzas cuando descargó el primer golpe directo en el pecho del sujeto, lanzándolo de lleno contra la baranda del barco.
Tampoco se controló cuando volvió a golpearlo, furioso, viendo todo a su alrededor de color rojo. Y antes de que pudiera detenerse, daba un golpe tras otro de lleno sobre el sujeto, con una fuerza tal que todo su cuerpo temblaba ante las vibraciones del metal entre sus manos. Nunca había sido tan violento con un criminal.
Pero nunca antes nadie había estado a punto de apuñalar a su hermano en su cara.
Estaba a punto de darle un nuevo golpe, directo en medio del cráneo, cuando un par de brazos se aferraron a él y lo alejaron. Hiro se removió, furioso, deseando con todas sus fuerzas acabar con ese bastardo y maldiciendo a viva voz a quién se lo estuviera impidiendo.
No fue solo hasta que una mano sujetó su nuca y le obligó a presionar su rostro contra una superficie cálida y familiar, que por fin cesó.
El corazón de Tadashi latía desbocado bajo su mejilla.
—Cálmate, Hiro —le oyó susurrar, y el chico se detuvo por completo, sacudido apenas por algunos estremecimientos. De repente, la barra de hierro en sus manos se sentía demasiado pesada, demasiado húmeda, y la soltó, sintiéndose sucio.
Intentó llevar su mirada al sujeto ante él, pero lo único que pudo ver fue cómo dos de los yakuzas restantes se atravesaban a sus lados e, ignorándolos por completo, lo cargaban. Uno de ellos abrió un portal allí mismo, sobre el agua, y Hiro sintió los brazos de Tadashi estrecharse a su alrededor cuando él se estremeció ante su cercanía.
Una voz se elevó en el lugar en silencio, y Hiro abrió los ojos de par en par al oír una de esas voces alteradas hablar en japonés. Se irguió en respuesta, tratando de alejarse del agarre de Tadashi, al oír un nombre y una advertencia específicas.
Más cuando el portal se cerró, y vio que tan sólo habían quedado ellos en el barco, Hiro se apartó por completo, enfurecido. O, más bien, horrorizado.
—¡Dejaron que escaparan! —rugió, mirando a cada uno de los miembros del grupo a su alrededor. No notó las miradas que le dirigían a él, las mismas miradas dudosas que ya le habían dado un año atrás, cuando había roto con la configuración de su robot —¡Los tenían atrapados! ¡¿Por qué los dejaron irse?!
—Eso no importa, Hiro —la voz de su hermano se alzó sobre el silencio de sus compañeros y el romper de las olas. Incluso las aves parecían haber guardado silencio ante la expresión severa que su hermano le dedicaba —¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Se giró hacía él, exasperado ¿Qué si se daba cuenta?, ¡Acababa de evitar que lo volvieran un colador!
—¡Salvarte la vida!, ¡¿Es que acaso no...?!
Pero no pudo continuar, cuando la expresión tensa de su hermano por fin se rompió en una de horror.
—¡Casi lo matas con eso! —exclamó, sobreponiéndose al tono de Hiro y señalando con una mano temblorosa la barra de hierro que descansaba a unos metros de ellos. El chico siguió la dirección que señalaba, y se quedó de piedra al ver las manchas rojizas que se extendían por todo el artefacto.
Entonces, también vio las que llenaban sus manos.
Hiro tragó saliva mientras se restregaba las manos con fuerza, una y otra vez, bajo el chorro de agua fría. La sangre había desaparecido hace tiempo, en la ducha, pero por algún extraño motivo él seguía sintiendo sus manos húmedas y pegajosas cuando las sacaba, y cada sombra en sus dedos le parecía una mancha rojiza demasiado incriminadora.
Sin embargo, no podía decir que lo que sintiera fuera culpa. Sí, lo horrorizaba haber llegado a aquellos extremos en un estado tal de inconsciencia, y no estaba orgulloso de haber herido al sujeto, al punto de que no había permitido a Baymax escanear la sangre del tipo. Pero de lo que no se arrepentía en lo más mínimo, era de haber molido a golpes al bastardo que había estado a punto de herir a Tadashi.
Por un segundo el terror lo embargó al reconocer lo que había hecho, y el que Baymax se precipitara al barco al notar que estaba a punto de entrar en shock postergó el enfrentamiento de Tadashi, que se limitó a volver a envolverlo con sus brazos y sentarlo en el suelo, mientras el resto calmaba al pobre oficial y Fred conducía al puerto la embarcación, que por suerte no había perdido parte del tablero de control. Desconocía cómo habían salido de allí antes de que las cámaras o los demás oficiales los notaran, pero sospechaba que ese superpoder de Fred que se negaba a comentar los había salvado una vez más.
Cuando volvió en sí, lo primero que quiso fue tomar una ducha. Estaba muerto, y ni siquiera eran las cinco de la tarde.
Pero el sentirse deshecho no le salvaría del responsable de los golpes que resonaron del otro lado de la puerta.
Con un suspiro, Hiro cerró el grifo, sintiendo las manos entumecidas. Se apresuró a secarlas y se colocó una camiseta, lamentando que la cálida sensación del sol sobre la que había usado durante la tarde se hubiera esfumado.
—No pedí servicio a la habitación —se burló, pasando de largo junto a Tadashi y encaminándose a la cama. Una vez allí, se dejó caer sobre el colchón, preguntándose si el otro lo dejaría descansar un poco.
—No estás siendo muy gracioso últimamente, alguien tiene que decírtelo.
Hiro bufó. No, claro que no lo dejaría en paz.
—Di lo que quieras decir y vete, estoy cansado —gruñó, antes de girarse sobre uno de sus lados y colocarse en posición fetal. Consideró seriamente el dejarle hablar y quedarse dormido.
—Hiro, tu comportamiento de esta tarde es inaceptable. Nunca creí que serías capaz de hacer algo como esto —señaló, con un tono de autoridad que dejaba entrever cierta desilusión.
Y fue esa desilusión lo que obligó a Hiro a erguirse de un salto, indignado.
—Pues lamento tratar de eliminar a un bastardo que quería... ¿Qué quería?... Ah, sí ¡Matarnos!
—Como héroes, no podemos dejar que las situaciones de tensión nos arrastren de esta manera. No puedes simplemente matar a otra persona por atacarme, ¿Qué autoridad tendríamos para mantener las reglas si no somos capaces de seguirlas siquiera? —su tono era claro, sereno, el de un padre razonando con su hijo, y Hiro no pudo más que dedicarle una mirada aburrida, casi burlándose de él. Sin dejarse molestar, Tadashi intentó cambiar el enfoque —. No puedes solo acabar con un ladrón por robar una tienda, porque nunca sabes si lo hace para llevar comida a su familia, Hiro.
No pudo reprimir un bufido, exasperado.
—Claro, porque todo el mundo tiene bondad en su corazón y bla bla bla —gruñó, haciendo una pobre imitación de la voz del mayor, antes de dedicarle una mirada fulminante —. Vaya que tuviste una infancia feliz, ¿No?
Tadashi se le quedó mirando por unos segundos, sin saber cómo reaccionar por un momento. Finalmente, no pudo evitar soltar un suspiro de exasperación.
—Recuerda que, a pesar de todo, Callaghan tenía un motivo noble tras todo lo que hizo, ellos también deben tenerlo.
—Callaghan no tenía forma de saber que Abigail volvería, sólo quería vengarse, no es el mejor ejemplo —le echó en cara, dejando sin palabras al mayor por una vez... al menos, hasta que volvió a abrir la boca, y esta vez Hiro se puso en pie de un salto, harto— ¡Tadashi, no!, ¡No lo tienen!, ¡No todo el mundo tiene un motivo dignificador detrás de los males que hace!, ¡No todas las personas son buenas!, ¡Esto sujetos eran criminales, de lo peor, había que detenerlos, y eso fue lo que hice!, ¡Y haría lo mismo con el bastardo que les da la tecnología de ser necesario!
—Hiro, escucha...
Al ver que la situación se le estaba saliendo de control, Tadashi trató de acercarse a tranquilizarlo. Sin embargo, Hiro puso varios pasos de distancia entre ellos.
—No, tú escúchame a mí —le interrumpió, en medio de una verborragia. Había pasado mucho estrés ese día, había temido por su hermano y amigos más de lo que estaba dispuesto en toda una vida, y necesitaba eso —. Mi único punto para que entres al equipo fue que no vayas por ahí poniéndote en riesgos innecesarios. Bueno, pues ya que no puedes hacer eso, lo único que quiero es que no vayas por ahí queriendo salvar a todo el mundo. Salva a los buenos, acaba con los malos, y listo ¡El mundo estaría mejor sin ellos!
Ante esas palabras, Tadashi se detuvo un segundo, escudriñando la expresión de su hermano. Un dejo de angustia lo recorrió al ver que, de hecho, la mirada de Hiro estaba llena de una férrea convicción.
Si existía una antípoda a la mirada llena de orgullo que su hermano le había dado aquella tarde, tras salir de la celda de Callaghan, esa era sin dudas la que le estaba dando en ese momento, como si, de repente, se preguntara en qué había fallado con él.
Bajó la mirada, herido.
—Hiro, eso es injusto y déspota, y lo sabes...
Él negó con la cabeza lentamente.
—Como todo en la vida.
Pero cuando creía que aquello daba por zanjado el asunto, se sorprendió al sentir los pasos de Tadashi acercarse a él. Y antes de que pudiera reaccionar, los cálidos brazos del mayor lo rodearon, obligándolo a enterrar su rostro en su pecho. Esperó a que hablara, pero lo único que sintió fue un leve contacto sobre su cabeza, el aleteo de una mariposa entre sus cabellos.
—Los héroes no lo son —murmuró, luego de un momento, sobre sus cabellos húmedos, y estaba a punto de volver a discutir, exasperado por su testarudez, cuando se alejó. A Hiro casi le da un infarto cuando apoyó su frente en la suya, mirándolo directamente a los ojos al hablar —. Tú no eres así, eres mucho mejor que esto, Hiro... sólo estabas asustado, yo también lo estaba... cuando ese tipo...
Tadashi no continuó, pero Hiro recordó en el acto las dos oportunidades en que el sujeto de la katana había intentado atacarlo, y cómo Tadashi había reaccionado de inmediato y con la suficiente violencia para intimidarlo a él.
No podía decir a ciencia cierta si era un intento de su hermano de aparentar ser alguien capaz de lo que nunca haría, o si realmente había estado a punto de pasar la barrera que ahora mismo le había reprochado romper a él...
Fuera cual fuera, ante aquellos ojos dulces y conciliadores que ahora lo miraban como si fuera lo más precioso, lo más frágil del mundo, Hiro se sintió lo suficientemente a salvo para cerrar los ojos y dejar caer algunas lágrimas, aterrado como aun lo estaba cada vez que recordaba el brillo de las cuchillas en alto, lo vulnerable que Tadashi había estado por su culpa.
Hundió el rostro el su pecho, temblando.
—Creí que...
Y aunque no encontró fuerzas para terminar la frase, los brazos de Tadashi se aferraron a su alrededor y sus labios no se demoraron en besar sus sienes, sus mejillas, sus oídos. Cualquier parte de su cabeza que estuviera a su alcance, e incluso sus manos, aferrando una con delicadeza.
—Lo sé —murmuró Tadashi, antes de cargarlo en sus brazos y, como cuando tenía pesadillas de niños, llevarlo hasta la cama, acunándolo contra su pecho —, pero no tendrás tanta suerte, no pienso irme a ningún lado.
Y bajo las caricias y los mimos, Hiro sonrió entre sueños, sintiéndose reconfortado por la cercanía del otro, sin que, por una vez, un solo sentimiento libidinoso se atravesara en su mente.
Ni siquiera cuando creyó sentir un delicado roce sobre sus labios entre sueños.
Cuando llegaron a la sala común, una hora después, Hiro sintió cierto dejá vù al ver cómo las miradas preocupadas se posaron sobre él como un resorte, y por un instante sintió el infantil impulso de ocultarse tras Tadashi.
No tuvo tiempo siquiera a reprocharse por idiota, cuando las manos suaves de Honey, a la que no había visto a su lado, lo tomaron por los brazos y lo aferraron con fuerza a su pecho, como siempre hacía. Sorprendido, sin embargo, Hiro no pudo evitar alzar la mirada ¿No era él el que casi había matado a otra persona?, ¿Por qué entonces estaba siendo mimado?
Más sólo le bastó una mirada a los ojos llorosos de la latina, al alivio en ellos, para entenderla.
Al igual que entendió el golpe que Gogo le dio a Tadashi a su lado, mucho menos agradable que el abrazo de Honey, si lo medía según el grito de su hermano.
Bien, todos habían pasado unos nervios de mierda, eso estaba claro. Estaban frustrados y cansados. Habían tenido que desactivar a Baymax luego de que escaneara a todos para ver daños, o alguien se habría vuelto loco. Y aún debía agradecerle a Honey la rapidez con la que los había defendido en el barco de convertirse en puré por la artillería.
Por eso se dejó guiar por ella junto a Fred y Wasabi, que aún estaban con los computadores en frente, aun cuando tenían la mirada fija en ellos.
—¿No podemos tomarnos otras vacaciones hasta que estos yakuzas decidan emigrar? —bromeó Wasabi, claramente sin esperanzas de hacer reír a nadie, pero intentándolo al menos. Hiro lo compadeció, era difícil ocupar el lugar de Fred.
—Con no hablar de ellos por unos días me conformo —gruñó Gogo, dejándose caer a lo largo del sillón, ocupando su espacio en el regazo de Honey y, por lo tanto, a su lado también. Sintió a Tadashi ponerse tras él en el respaldo, y de cierta manera, la cercanía y el contacto con ellos le ayudó a sentirse mejor.
Al menos, hasta que Gogo se irguió de golpe, sorprendiéndolos a todos al girarse directo a los hermanos.
—¡Eso es! — exclamó, mirándolos como si dependiera de ellos para solucionar un gran rompecabezas —. Los sujetos les dijeron algo antes de huir del barco, ¡¿Qué fue?!
Hiro frunció el ceño por un momento, desconcertado. Él no recordaba que les hubieran dicho algo: recordaba la sangre, el portal, los dos sujetos llevando al compañero caído.
Y una frase en japonés, un japonés diferente al dialecto que ellos utilizaban en la ciudad.
La frase llegó a su mente, y comprendió de inmediato la frustración de Gogo: en una familia donde predominaba la parte coreana, su japonés se reducía completamente al dialecto de San Fransokyo. Ellos, en cambio, tenían una familia que había emigrado casi por completo, a excepción de sus padres y su tía. Era casi como hablar con su lengua materna.
Y aun así casi lo había olvidado, con lo esencial que era la información. Un nombre y una advertencia.
—Aléjenla... aléjense de Krei —se corrigió, antes de dirigir su mirada a su hermano, dudando un momento. Tadashi lo miró, y tampoco parecía tener muy en claro la forma correcta de decirlo, pero asintió, conforme con la idea principal.
Y el nombre en ella.
Ante ese recuerdo, el mayor pareció tensarse.
—Íbamos de civiles cuando nos atacaron —señaló lo evidente, un detalle aterrador en el que, sin embargo, nadie había reparado —. No había forma de que nos liguemos a Krei como civiles... así que ellos deben saber quiénes somos, nuestra relación con el equipo, y saber que estamos investigando a su proveedor.
—¿Pudo saltar alguna alarma cuando accedimos a los datos de su empresa? —inquirió Wasabi, mientras Fred seguía revisando información en la computadora.
—No, no hay forma, nada lo detecta, el sistema es infalible —comentó, más serio de lo que nunca lo hubiera visto Hiro, y se sintió un tanto terrible al verle echarse hacia atrás, frotándose la cara con frustración —. O debería serlo, al menos.
Deseó consolarlo, pero entendió que no era el momento, ni tenían el tiempo. Gogo, como siempre, pensaba como él en lo que a velocidad respecta.
—Supongo que hay que sacar a Krei de la lista de espera... ya que prácticamente se nos echó encima él.
Tadashi asintió, colocándose ahora tras Fred.
—Hay que olvidar todo lo que sabemos de él e ir más profundo. Si nos detectaron en sus bases, ese es un problema para después —Hiro pudo ver cómo, aun con la seriedad de su expresión, dejaba descansar una mano de apoyo sobre el hombro del rubio —. Ahora hay que explotar la ventaja cuánto podamos.
Fred le dedicó una mirada de reojo, una mezcla entre agradecimiento y cansancio que Hiro conocía muy bien en su propia piel, y se apresuró a volver a la computadora. Empezó a enumerar todo lo que habían visto ya, al tiempo que compartía la información de la computadora a la pantalla del televisor.
—No hay un solo dato de él que no tenga relación con su trabajo —señaló lo principal —. Lo que quiere decir que, o bien el tipo vive para sus proyectos, u oculta muy bien su vida privada.
—Si un hombre tan reconocido puede ocultar sus salidas de la prensa de San Fransokyo, puede ocultar cualquier cosa —comentó Gogo.
—Hasta negocios sucios con mafiosos japoneses —convino Wasabi, frotándose los ojos.
—En realidad, hay algo —intervino Honey, que tenía la mirada fija en su celular —. Se lo ha visto viajar muy seguido últimamente en su jet privado, sin ningún itinerario de negocios, y acompañado de una mujer.
—Su asistente —aventuró Tadashi, curioso. Honey dudó.
—No lo sé, no hay imágenes —hizo una mueca, sintiéndose frustrada por sus limitaciones —. Lo último que se sabe es que está parando en la ciudad por más tiempo de lo normal, en su mansión.
Gogo gruñó, exasperada y con evidentes ganas de irse a dormir.
—Es el único sospechoso que nos queda, pero nada parece incriminarlo más que las palabras de unos criminales —bufó, antes de dedicar una mirada desganada a Hiro y Tadashi, alternativamente — ¿Qué sugieren, hermanos genio?
Hiro alzó la mirada, y se sorprendió levemente al ver que los ojos de Tadashi estaban clavados en él. Dudó por un momento, extrañado al ver la contradicción aparente en la mirada de su hermano.
Un instante después, un atisbo de sonrisa juguetona trepó por sus labios, y el brillo pícaro en los ojos del otro fue todo lo que necesitó. Oh, pobre de Tadashi si se atrevía a darle un nuevo sermón la próxima vez.
El mayor se irguió, como si acabara de tomar una decisión.
—Opino que, al igual que con Callaghan, hay que hacerle una visita a nuestro amigo Krei... en su casa.
Extrañado, Wasabi se giró hacia el mayor y se le quedó mirando como si fuera un desconocido. ¿Realmente Tadashi estaba proponiendo lo que parecía?
—Disculpen mi ignorancia, ¿Pero eso no es allanamiento de morada? —dejó pasar unos segundos, y al notar que nadie se preocupaba o entendía el punto, se esmeró en ser claro —. Es ilegal.
Una sonrisa maliciosa y apenas perceptible se deslizó por los labios del mayor de los Hamada, dejándolo de piedra en el acto.
—Un héroe debe hacer lo que tiene que hacer.
Y como si le sacaran un enorme peso de encima, Hiro se sintió aliviado de que por fin tuvieran un pensamiento en común.
La visita –como se había esmerado en llamarla Tadashi para evitar los remordimientos de Wasabi- se había convenido para la noche siguiente, en la que Krei estaría fuera de la mansión.
Habían acordado que, por cuestiones de discreción, solo entrarían Tadashi, Hiro y Honey, pero que el resto estaría atento, guiándolos desde el exterior. En caso de no hallar nada incriminatorio, descartarían al sujeto. Y si lo hallaban, sería cuestión de escalar a una entrevista con el inventor. Una de un tono más elevado que la que habían tenido con Callaghan.
Hiro iba más dormido que despierto cuando llegaron al café, caminando a trompiscones y cabeceando pese al frío que le entumecía las mejillas y la nariz. Se acurrucó más en la ropa de abrigo que tenía, y el aroma de la colonia de su hermano lo despabiló un poco. Aún se sentía culpable al ver la escasa protección al frío que Tadashi tenía con su suéter, bufanda, y el puerto de carga portátil de Baymax a sus espaldas, pero tampoco había podido hacer mucho cuando, al verlo estremecerse las dos cuadras desde el cable car, le había echado encima su abrigo.
No había podido reprimir, como en ese momento, el leve rubor que le había trepado a las mejillas, ni la calidez en el pecho.
Se removió inquieto cuando Tadashi se giró a verlo un momento antes de abrir la puerta, como si dudara. Finalmente, se apartó de ella, encarándolo en medio de la desierta acera.
—Escucha... yo... —pareció vacilar, y aunque lo amaba, así como a su expresión insegura, Hiro no creía que una calle nevada fuera el mejor lugar para dudar de cómo expresarse. Sin embargo, se abstuvo de hacer comentario alguno al ver cómo Tadashi parecía decidirse —. Escucha, no apruebo el método que utilizaste hoy... pero me salvaste la vida, y te lo agradezco ¿Sí? —lo miró con algo que Hiro sólo podía describir como dulzura, antes de acercarse un paso a él, inclinándose un poco. Sin embargo, y aunque no estaba seguro de qué estaría pensando, pareció arrepentirse, y se irguió mientras retrocedía un paso — Estoy en deuda contigo, hermanito.
Hiro cerró los ojos un momento, sopesando la palabra un instante, pensando en toda la situación.
Estaba muy cansado para esto, tenía frío y hambre. Se adelantó unos pasos y recostó la cabeza en el pecho del mayor; no le pasó por alto la forma en que todo su cuerpo se tensó ante el contacto.
Y al alzar el rostro, no pudo más que dedicarle una mirada llena de dulzura y cansancio, mientras oía el corazón de su hermano latir con demasiada fuerza ante su cercanía.
Pobre Tadashi.
—Deja de acumular esa clase de deudas, ¿Sí? —bromeó en cambio, sonriendo para él, y casi rio al ver la mezcla de alivio y vergüenza que se evidenció en esos ojos castaños. Dudó un momento, antes de apartarse un poco. Era sorprendente que, aun llegándole a los hombros, debía alzar toda la cabeza para ver directo a los ojos a su hermano —. Y Tadashi... respecto a lo de hoy, nunca podré ser como tú, viendo la bondad, lo gris de todas las personas, tratando de salvarlas... pero me alegra que exista gente como tú, ¿Sabes?
Tadashi rio, antes de sacar una mano de sus bolsillos para despeinarlo, un gesto juguetón que le quito tensión a todo el acto.
O al menos, hasta que en un impulso que Hiro no pudo entender, lo aferró con fuerza y lo presionó contra su pecho. Hiro iba a comentar algo, sorprendido, más el latir acelerado de su hermano lo detuvo. Su corazón golpeaba con fuerza, sus brazos eran firmes en su agarre, y su respiración parecía trabajosa, aunque eso bien podía ser por el frío. No obstante, Hiro cerró los ojos y se dejó arrullar por un momento, con las mejillas arreboladas, y la sensación de que Tadashi estaba decidiendo algo importante.
Decisión que sin dudas no consiguió concluir, dado lo abrupto de la manera en que se apartó y su pesado suspiro. Sin embargo, al alzar la vista, no había nada más que dulzura en la mirada que le dedicó ante su gesto interrogante.
—Bien, entremos antes de ponernos sentimentales o morir de hambre —murmuró, temblando un poco, aunque no sabía si se debía al frío, mientras por fin abría la puerta. Ya dentro del café, le dedicó una mirada pícara mientras cerraba —. Oye ¿Y qué hicimos todo el día hoy que no hay clases?
Hiro sonrió, pensando alguna excusa que inventarle a Cass. Como su almuerzo era durante el mediodía, no habían planeado nada para después, y sin dudas no los dejaría ir con una simple palmada luego de llegar a esas horas y con las escenas que le venían montando esos días.
—¿Además de visitar una cárcel federal de máxima seguridad y casi morir?
Tadashi sonrió a su pesar.
—¿Qué tal si le decimos que sacamos a Baymax a pasear por el parque?
Hiro casi escupe.
—Es un robot, no un perro... ni ella se lo creería.
—Diseñamos avances —ofreció en su lugar, ayudándolo a sacarse el abrigo.
—Eso parece mejor.
—Y luego lo llevamos al veterinario.
No pudo evitar reír de nuevo.
—Tarado —se burló, visiblemente encantado.
Él no dejó de sonreír con picardía mientras lideraba la caminata hasta las escaleras.
—¡Llegamos, tía Cass!
—¡En la cocina, chicos! —exclamó la mujer desde la cima de la escalera, antes de que el sonido de varios utensilios al caer llenara el lugar, junto a una risita mal contenida de la mujer —. Cuidado.
Y al reconocer una segunda risa, ambos hermanos se detuvieron por un momento, intercambiando una mirada extrañada en medio de las escaleras.
Receloso, Tadashi fue el primero en avanzar.
—¿Tía?
—Aquí, cariño —los llamó con dulzura, algo que en sí era una novedad, dado la hora, pero no tanto como los cuatro cuencos que estaba colocando en la mesa. Hiro alzó una ceja al ver una figura masculina junto a ella, en el suelo, recogiendo torpemente lo que parecían ser cubiertos. Al notar que ya lo habían visto, la expresión de su tía parecía la mezcla perfecta entre dicha y nerviosismo, y los miró como una adolescente a la que habían descubierto en medio de una travesura. Se aclaró la voz, antes de sonreírles de manera más natural en ella... o intentarlo —. Chicos, hay alguien que quiero que conozcan...
Y cuando el hombre por fin se irguió, alto y elegante, Hiro pensó que los chicos iban a matarlos por obligarlos a estar hasta última hora planeando los pasos para el allanamiento de la noche siguiente.
Porque el hombre sonriente y de pie junto a su tía, no era otro que el mismísimo Alistair Krei.
Tadaaaaaaah~
Ni siquiera sé por dónde empezar, este es uno de los caps que más disfruté escribir, no sólo por los personajes nuevos, sino porque por fin pudimos ver un poco más de la relación de Tadashi y Hiro más allá del tira y afloje, y cómo, pese a todo, ambos se necesitan para poder funcionar y están dispuestos a todo por el otro. Adoro escribirlos, adoro todas sus dinámicas, y por dios que adoro darles disgustos, lo siento.
Me sigue llamando la atención el que nada más que una persona mencionara a Krei como posibilidad... pero bueno, mejor para mí en realidad, estaba muy entusiasmada por este shipp que casi no he visto. De hecho, estaba tan feliz cuando lo escribí hace años, que me dio una crisis cuando vi que en la serie animada (la primera, que no soporto, no mi linda Baymax donde hasta hay ships lgbtq+) les habían hecho tener una cita. En serio, sentía que era mi castigo por haber tardado en actualizar la historia. Pero en fin, el secreto se mantuvo casi hasta el final, y eso que tiraron opciones de lo más interesantes. Los amo, tienen más material para escribir que yo y encantada los leería de hecho.
Y ya no tenemos un solo yakuza, tenemos siete... o bueno, seis y medio prácticamente. Amé los intercambios de Hiro con el yakuza los shippearía si no fuera tan fiel al imbécil rematado de Tadashi.
Hablando de él, amé tanto, pero tanto, escribir las tócalo y te mato vibes de Tadashi. Por dios, lo adoro... aunque Hiro se lo tomó a pecho también, estos hermanos no son para tomarse a la ligera cuando te metes con uno de ellos.
Me llegaron tantos mensajes pidiendo el one shot Wafred. Sus pedidos son órdenes, mis amores. Queda ponerse manos a la obra solamente.
Y eso es lo que pienso hacer ahora mismo, de hecho, porque todavía nos queda ver cómo se desenvuelve esa bendita cena... jejeje, me encanta la idea de que Cass haya literalmente atrapado al pez gordo, cómo desearía que esta plataforma dejara subir imágenes, me he imaginado memes de la reacción de Hiro toda la semana.
En fin, nos vemos luego mis grandes héroes. Hay trabajo que hacer y es sólo para ustedes.
Besos y Abrazos, Mangetsu Youkai.
Balalalalalah~
