¡Buenas, buenas mis amores!
Antes que nada, les aviso que el cap es de tono muy subido, de hecho, puede que se me haya ido la mano en extensión... Gracias a Dios tengo a mi hermosa Masita, que siempre está lista para darme una mano con las cosas importantes (cosas importantes = sexo hasta por las dudas).
Metí como cinco fantasías que tenía guardadas en esto, y encima me quedaron muchas afuera. Ya me imagino que cuando termine esta historia, va a haber más extras +18 que capítulos en efecto.
Para los que lleguen al final, nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~
Para los que digan, che, no da... bueno, los entiendo perfectamente.
En los Zapatos del Otro
Apenas habían transcurrido unos escasos minutos cuando sintió los primeros síntomas de congelamiento en la piel del rostro y las manos, pero eso no lo detuvo de volar lejos de cualquier centro urbano, tanto como le fuera posible. De hecho, ni siquiera estaba guiando la dirección de vuelo en sí, dejaba que la mochila hiciera su trabajo, que la distancia siguiera creciendo sin mayores contemplaciones. Con suerte podía ver las grandes extensiones de agua que se deslizaban debajo de él, no tanto por la noche oscura como por sus propias lágrimas. Ni siquiera soñar establecer una dirección, un destino.
En realidad, después de esa noche, no había mejor opción para él que simplemente desvanecerse de la tierra. No volver a pisar su casa, la universidad, ver a sus amigos. Estar solo era lo que más atractivo se le antojaba.
Pero como no era físicamente posible para él simplemente desaparecer, y aunque quisiera no era ningún idiota, se precipitó al suelo en cuanto los dientes comenzaron a castañear y sus dedos ya no sentían los botones con los que debía operar la mochila. En tierra firme se preocuparía por buscar una fuente de calor.
O dar explicaciones de por qué acababa de caer en medio de una zona en construcción.
Porque eso le pareció en una primera instancia a Hiro, cuando al alzar la mirada tras trastabillar un par de pasos, se encontró rodeado de edificios oscuros, tanques llenos de material no identificable y un débil alumbrado. No había un árbol a la vista, solo un alto vallado que rezaba que el lugar no estaba abierto a personal no autorizado.
Se sintió un poco inquieto por un momento, hasta que notó, sorprendido, que conocía a la perfección los carteles que llenaban el lugar, los edificios, los tanques con el logo de materiales tóxicos.
Hiro no pudo más que esbozar una sonrisa a medias, entre divertido e indignado, al ver que el lugar más seguro al que su cuerpo lo había guiado, era precisamente a la isla abandonada de Krei Tech.
Sí, bueno, claramente el ser inteligente no lo eximía de ser un completo imbécil.
Se mantuvo de pie con gesto ausente, sosteniendo la mochila como si fuera su morral del instituto. Era tan sorprendente la cantidad de veces que ese lugar lo había atraído, y ni siquiera lo había investigado en profundidad alguna vez. No tenía intenciones de hacerlo, desde luego, pero no se negaría a un rincón donde ocultarse del frío.
Inhalando hondo, se dispuso a dar un paso.
En su lugar, acabó sentándose en medio de la abandonada plaza, con el rostro contraído en un gesto adolorido, abrazando sus rodillas y ocultando en ellas las mejillas surcadas de lágrimas. Sí, sabía que debería buscar un lugar donde guarecerse del frío que cada vez se calaba más en su piel y sus huesos.
Pero no había nada que pudiera importarle menos. Si tenía certeza de algo, era que allí nadie iba a interrumpirlo en medio de su desahogo, y en ese momento eso le parecía más urgente que su propia salud.
Como aquella vez, hace meses, sentía que un puño invisible le atenazaba el pecho, le estrujaba el corazón. Apenas podía empujar algo de aire dentro de sus pulmones, y todo su cuerpo temblaba, aun cuando no estaba seguro de que se debiera del todo al frío.
De hecho, estaba muy seguro que no se debía a él para nada. El único responsable de que se hallara en ese estado, era el imbécil que había encontrado en ese mismo lugar hace tantas semanas. Si en algún momento, en ese entonces, había pensado que el que Tadashi regresara supondría que su vida volvería a ser la de antes, se había equivocado, y mucho.
Desde luego, si de él hubiera dependido, las cosas hubieran sido exactamente iguales que antes del incendio. Si de él hubiera dependido, hubiera aceptado que su hermano estaba a su lado, habría trabajado junto a él en la universidad, hubieran tenido proyectos en común, e incluso podría haber aceptado que se hubiera unido al equipo, aunque no dejara de poner el grito en el cielo.
Pero las cosas no habían salido así, en lo más mínimo. Pesara a quién pesara, él no tenía la culpa de todo lo que Tadashi había despertado en su cuerpo y su corazón al regresar y, aunque se había esforzado en mantener sus sentimientos sólo para sí, estaba claro que algo o alguien, que nunca jamás se había detenido a pensar en él, tenía planes muy diferentes.
Porque no sólo Tadashi lo había descubierto, sino que ambos, de una manera a la que aún no lograba darle sentido, habían comenzado a caer en esa espiral sin fin de tira y afloje. Ni siquiera entendía cómo las cosas habían escalado a ese nivel, pero allí estaban, y una vez más Hiro se preguntó si valía la pena todo el esfuerzo, todo el dolor, abrir su corazón una y otra vez, para tener el más absoluto rechazo cada vez que Tadashi se asustaba.
¿Valía la pena esforzarse por ese amor, si iba a ser el único en poner de sí para aceptarlo?
Tadashi había sido claro, había sido sincero, y era él quien se negaba a aceptarlo. No quería alejarlo, pero no podía darle lo que Hiro le pedía, dar rienda suelta a esos sentimientos que lo atenazaban y que no podía ocultar ni siquiera de sus amigos y familia.
¿Era también justo para Tadashi, al menos? Porque estaba claro que el chico tenía miedo, que no podía aceptarlo, por motivos que saltaban a la vista pero que Hiro había logrado superar desde el primer momento en que sus cuerpos se unieron. Sí, él quería a Tadashi, lo amaba pese a todo y todos, al grado de que ni los tabúes, ni el miedo, ni el rechazo significaban algo importante, mientras lo tuviera a su lado.
¿Pero Tadashi de verdad podía decir lo mismo?
En ese punto, Hiro sentía las lágrimas acumuladas en su rostro como un dolor cortante, a medio camino de congelar su piel, pero no podía importarle menos. Lo único que podía sentir era ese calor abrazador que trepaba desde su pecho, pero que nada tenía que ver con la calidez a la que el recuerdo de su hermano lo tenía acostumbrado. Era un dolor que quemaba, una eterna duda que lo volvería loco si no lograba detener de una vez por todas esa situación insana que se había adueñado de su vida. Dolía tanto, que le sorprendía que sólo pudiera llorar con suaves sollozos, apenas audibles.
Y aun así, eran lo suficientemente altos como para esconder cualquier sonido a su alrededor, como el de los pasos que se aproximaban desde la oscuridad.
Sólo notó a la otra persona cuando el golpe seco en su espalda lo tomó por sorpresa, sacándolo en el acto de sus deprimentes pensamientos.
Cuando se giró, tardó unos momentos en entender qué era esa larga vara que se mantenía firmemente sujeta a su espalda, o comprender que el burbujeante sonido que llenaba el lugar, era el del almacenamiento de combustible de la mochila al vaciarse. Por un instante, creyó que sólo había oscuridad a su espalda, hasta que el brillo como escamas de un traje se diferenció en medio de la noche, y el corazón le dio un vuelco al reconocer lo que estaba ocurriendo.
Antes de empezar a latir a toda velocidad.
Trató de ponerse de pie, sacándose la mochila antes de que el combustible llegara a tocar su ropa. Más, apenas había logrado deshacerse de ella cuando, sin previo aviso, una patada le obligó a caer de nuevo al suelo.
—Hoy no es tu mejor día, ¿Verdad?
La voz burlona lo obligó a tragar saliva, y se arrastró torpemente algunos metros, mientras el yakuza lo perseguía lentamente. No necesitaba verle la cara para saber que estaba sonriendo, encantado con la situación.
—¿En serio es el sobrino de la del café? —se interesó una voz algunos metros más allá, genuinamente sorprendida —. Este chico es una locura.
Al voltear la mirada, Hiro descubrió con pavor que no estaba sólo con dos de los sujetos. Brillando en la oscuridad, pudo diferenciar seis trajes a distintos puntos de distancia de él.
El que faltara uno no lo tranquilizó exactamente.
—No es que haya cambiado de idea con que eres encantador, pero de verdad necesitas un par de lecciones sobre hablar amablemente con las personas —murmuró el sujeto, y Hiro sintió un escalofrío descender por su espalda al verle sacar la larga lanza de su mochila. El brillo en la punta afilada le hizo desear que hubiera mantenido su katana de esa tarde —. Ya sabes, no es muy amable dejar en coma a alguien que sólo quería conversar contigo.
Llevó su mano instintivamente a su cuerpo, buscando alguna de las armas que poseía su traje y que rara vez utilizaba. Y su pulso se disparó al notar que, de hecho, no tenía nada encima. Su traje estaba muy lejos en ese momento, y no había rastro de su comunicador, que descansaba felizmente en la ropa que había dejado en su cuarto.
Maldijo por lo bajo, ¿De verdad le podía costar tan caro un momento de soledad?
Hiro respiró hondo, tratando de analizar la situación, de buscar otro ángulo. No necesitaba tener su equipo con él, cualquier barra de metal sería de ayuda para defenderse, incluso podría tratar de arrebatarles un arma y las cosas mejorarían considerablemente. Pero para ello necesitaba tiempo, y a juzgar por la manera en que el sujeto se acercaba a él, no lo tenía.
Pero sí que tenía dos cosas a su favor: su gran bocota, y un villano igual de charlatán que él.
—No estoy seguro de que estés en condiciones de instruirme sobre la forma más educada de hacer nada —se burló, notando cómo los demás permanecían en sus lugares —. Pero adelante, soy todo oídos ¿Qué era eso tan urgente que querías decirme?
Pero, para su sorpresa, el sujeto soltó una risa que sonaba irritada, aún con el distorsionador.
—No, no, hermoso. Eso era esta tarde —murmuró, deteniéndose justo entre las piernas abiertas de Hiro —. Pero por tu culpa, nos llevamos un buen castigo hoy, y uno de nuestros chicos está recuperándose a duras penas. No te irás de aquí sólo con un mensaje...
—Oye —Hiro se puso alerta cuando una tercera voz se alzó entre los demás, claramente femenina, y más cerca que la primera de lo que le hubiera resultado cómodo —, no puedes matarlo ¿Recuerdas?
Esta vez, sí que sintió el frío bajar por su espalda, pero para nada el del suelo contra su piel.
El sujeto pareció pensárselo un momento, balanceando de un lado a otro la lanza entre sus manos.
—No, claro que no, un muerto no puede llevar un mensaje... —la lanza se detuvo, y Hiro se puso alerta —. A menos, claro, que se lo graves en la piel.
Y cuando la lanza bajó con fuerza, justo para dar de lleno en su vientre, Hiro dio un respingo.
Se movió a tiempo, deslizándose unos centímetros apenas, lo suficiente para que lo que le salpicara el rostro fuera las virutas de concreto bajo la punta afilada y no su sangre. Oyó la maldición del sujeto, en el momento mismo en que se impulsaba al frente y, tomando como punto de apoyo el arma, le daba de lleno en el plexo con una patada.
El tipo trastabilló, y el movimiento a su alrededor fue inmediato. Hiro se aferró, a la lanza y estudió rápidamente a los yakuzas. Había dos al menos con armas de ataque a distancia, o tres si tenía en consideración a la que podía lanzar la masa explosiva. Los otros dos tenían armas de lucha cuerpo a cuerpo, igual que la que él poseía. Decidió que sólo podía encargarse de ellos en ese momento, y tratar de llevar el combate a un lugar lo suficientemente reducido para que pudiera usar el entorno como obstáculo para los proyectiles de los demás.
Como los tanques de desechos tóxicos quedaban descartados, Hiro pensó la manera en que podría llevar hasta los edificios a su espalda al sujeto que se abalanzaba en su dirección, con lo que parecía una alabarda en alto. Secretamente deseó que le hubiera tocado un arma tan genial, pero pronto se deshizo del pensamiento otaku para ponerse en guardia, esperando que el frío no hubiera reducido por completo su movilidad.
Para su sorpresa, ni siquiera tuvo que mover un dedo cuando el sujeto desapareció de su vista, dejándolo de una pieza. Sin entender qué había ocurrido, buscó con la mirada errática el lugar donde podría aparecer para atacarlo, pensando que había abierto alguna especie de portal más discreto.
Pero cuando lo encontró, a unos metros e inconsciente sobre el suelo, comprendió que no iba a atacar a nadie en un buen un tiempo.
Y un estremecimiento le recorrió de pies a cabeza al ver la alta figura que se erguía lentamente sobre él, con los detalles anaranjados de su traje distinguiéndolo de la oscuridad del lugar.
Si hace un momento era la última persona a la que quería ver, en ese instante no podría estar más feliz de que Tadashi hubiera aparecido, aunque tan sólo él supiera por qué milagro.
No pudo pensar mucho en ello, antes de que el chico volviera a moverse, esta vez para esquivar el golpe de una segunda alabarda. Hiro se puso alerta: aunque Tadashi estaba en mejores condiciones que él, aún era uno contra cinco, y no había...
Alzó una ceja al verle extender su báculo y, luego de interponerlo en el golpe de la hoja que venía justo sobre su rostro desnudo, bordear al sujeto y darle de lleno con él en la nuca, en un golpe mucho más fuerte del que le hubiera visto alguna vez propinar a cualquier villano.
Bien, uno contra cuatro.
Hiro se sintió relativamente inútil cuando vio como su hermano le dedicaba una rápida mirada, con el rostro libre del acostumbrado visor, antes de girarse en dirección a los yakuzas restantes, que permanecían tan inmóviles como él mismo ante el héroe.
Pero Tadashi para nada estaba intimidado, a juzgar por la manera en que echó a correr en dirección a donde uno de ellos estaba, apenas de pie sobre el filo de uno de los edificios, a unos tres metros del suelo. Aunque se repuso a tiempo para esquivar el golpe del báculo y alzar lo que parecía ser una pistola en dirección a su hermano, a centímetros de su cabeza. El corazón le dio un vuelco, y un grito se atravesó en su garganta cuando vio al tipo presionar el gatillo.
Tadashi se agazapó a tiempo para esquivar el fuego, y una pared estalló a metros de ellos mientras el chico se erguía en un fuerte impulso, dando de lleno en el mentón del otro con un golpe. Le arrebató el arma un instante antes de que el otro se precipitara hacia el suelo, y Hiro alcanzó a oír el golpe sordo detrás de los altos muros, seguido de un ahogado gemido.
El Tadashi que Hiro recordaba como héroe se hubiera detenido a comprobar su estado antes de continuar.
El que estaba ante él, simplemente se encargó de atravesar el arma con su báculo, partiéndola en dos y dejándola hecha un cacharro inservible. Un instante después, se giró en dirección a los dos restantes, sin siquiera dedicarle una mirada al caído.
Hiro tragó saliva al verle dirigirse a un segundo sujeto, cuyas piernas temblaban sin convicción mientras apenas podía alzarse sobre los barriles de desechos tóxicos. No tenía armas a la vista, lo que los dejaba con una única opción: la de los explosivos.
Habiendo identificado al sujeto, Hiro llevó su mirada hasta el que restaba. Y el corazón le dio un vuelco al notar que la temblorosa arma apuntaba a la dirección en la que su hermano se había lanzado, a los barriles.
Barriles que, sabía, eran altamente volátiles.
La cuestión, ¿Lo sabían aquellos sujetos?
Hiro tuvo su respuesta cuando le vio apuntar la línea de tiro y ponerse en posición. El que le diera a su hermano, que acababa de llegar junto a la chica, era tan terrible como que errara el tiro.
Ni siquiera lo pensó antes de alzar el arma y apuntar. No, no era el mayor atleta del equipo, pero se defendía y, en ese momento, no estaba más que a tres metros de distancia de la persona: supuso que era la tercera voz que había hablado hace unos minutos. Se concentró, calculando rápidamente la posición en relación al viento y tensando los músculos de su brazo, antes de lanzar la lanza con un solo y poderoso impulso, echando todo su cuerpo al frente.
Le dio al arma en el mismo instante en que Tadashi lograba desmayar a la joven, simplemente con darle un golpe en la nuca. Esta vez, sí la sostuvo, dejándola con cuidado en la superficie de los barriles, y lejos de lo que esperaba, esa visión tranquilizó al chico.
El sonido del arma al caer, tanto como la maldición que soltó la chica restante llamó la atención del mayor. Tadashi dirigió su mirada en esa dirección por un segundo, con la sorpresa grabada en sus facciones, antes de girarse hacia él.
Un agradable cosquilleo trepó hasta su vientre cuando, en medio del extraño escenario, su hermano le dedicó una mirada cargada de agradecimiento y cariño.
Pero lo perfecto del momento se rompió cuando, de un segundo a otro, la mirada de Tadashi cambió a una de completo pánico.
—¡Hiro! —exclamó, sin cuidarse de usar su verdadero nombre, lo que sorprendió al chico casi tanto como su expresión.
Se removió por instinto al sentir unos pasos tras de sí. Sin embargo, el frío ardiente que le recorrió el costado le hizo jadear por la sorpresa, tanto como la mano que le aferraba la cintura con fuerza.
—Sí que los criaron los lobos, ¿No? —se burló alguien a sus espaldas, esa voz que comenzaba a ser malditamente familiar para él.
Hiro se apresuró a alejarse del yakuza, antes de que pudiera volver a alzar el kunai con que acababa de herirlo, y a juzgar por la tranquilidad con que permaneció observándolo, era claro que lo había dejado ir.
Apenas pudo darle una mirada a su costado, donde una leve mancha de sangre comenzaba a aparecer, cuando tuvo frente a sí a la alta figura de Tadashi, interponiéndose entre aquel sujeto y él.
—Al fin tienes un momento para mi —dijo el yakuza, con una sonrisa trasluciéndose en su tono que le obligó a reprimir una expresión de asco —. Me dijeron que tenía que hablar contigo para salir con el bonito.
Pero a juzgar por la manera en que ese cuerpo ante él se estremecía, no sólo estaba allí para protegerlo. De hecho, un mal presentimiento le obligó a tensarse al notar lo cargado del ambiente, y no era exactamente por el idiota que seguía alardeando ante su hermano.
—Supongo que es muy pronto para llamarte cuñado—murmuró ante el prolongado silencio, aún divertido, mientras los temblores aumentaban en su cuerpo y su mano libre se tensaba en un duro puño. Ajeno a ese detalle, el sujeto soltó su kunai, que cayó al suelo con un ruido metálico, repiqueteando en el silencio del lugar —. Vamos, no vas a herir a alguien desarmado, ¿Verdad, héroe? —soltó, la burla clara en su voz, mofándose de ellos a luces vistas.
Lo que no se esperaba, ninguno de los dos de hecho, era que Tadashi soltara también su báculo en ese momento.
—Te dije que, si le tocabas un solo cabello, iba a matarte
Y ante ese tono, bajo y grave como un trueno en la distancia, lo suficientemente contundente como para meterse bajo la piel, Hiro creyó que sus piernas temblaban casi tanto como las del sujeto frente a ellos. De hecho, cuando trató de alejarse un paso, trastabilló levemente.
Tadashi sólo necesitó ese movimiento para echársele encima, en medio de un gruñido que hizo temblar de pies a cabeza a Hiro. Un segundo estremecimiento lo recorrió cuando le vio golpear de lleno en el mentón del sujeto, llenando el lugar con un crujido que no auguraba nada bonito para ese rostro.
El tipo reaccionó tarde a lo que acababa de suceder, y aunque le devolvió su buen puñetazo en el rostro a su hermano, obligándolo a inclinar la cabeza, lo cierto es que no había tenido la mitad de la fuerza que el que Tadashi le dio a cambio, en medio del estómago.
Hiro permaneció de pie ante la escena, sorprendido de ver a su hermano de aquella manera. No, no era la primera vez que lo había visto luchar, ni tampoco en que lo hacía con tanta fuerza, pero había algo diferente en la forma en que se movía esta vez, sin cuidado, sin contemplación alguna por la manera en que podría terminar su adversario. Daba un golpe tras otro, duro, sin filtro, como si no estuviera contento con reducirlo. Esa fiereza, esa violencia, estaba hecha para destrozar al otro.
Sólo lo había visto así el día en que mandó a Rakitic al hospital, e incluso en aquel momento había sido más mesurado que lo que era ahora, irguiéndose sobre el otro, inmovilizándolo bajo su cuerpo, mientras dejaba caer un golpe tras otro directo en su rostro, y un líquido húmedo y demasiado oscuro comenzaba a dejar su rastro en la nieve cercana a ellos con cada puñetazo.
No, no era como Rakitic, porque no tenía intenciones de sólo mandarlo al hospital.
Horrorizado al comprobar que parecía más que dispuesto a cumplir su amenaza, Hiro se precipitó en su dirección.
Tadashi lo miró con unos ojos amenazantes como los que no había visto nunca en él cuando inmovilizó su puño en alto, aferrándolo con ambos brazos. Hiro se estremeció, pero se apresuró a detenerlo.
—No, Tadashi. Es suficiente —casi sollozó. Porque, si era sincero, no podía ver a su hermano así.
Tadashi era mejor que eso. Era mejor que él, era un buen hombre que nunca heriría a nadie de no ser necesario, el último recurso. No era la bestia vengativa que estaba ante él en ese momento y lo sabía muy bien. Sabía que se arrepentiría en cuanto volviera en sí.
Y le dolía que, una vez más, hiciera cosas que no podía soportar solo por su culpa.
Una lágrima se le escapó sin que pudiera evitarlo, y la expresión de Tadashi pareció suavizarse al notar que estaba llorando. Se puso de pie, liberando apenas al sujeto.
Y éste salió disparado al frente, arrastrándose como un animal desesperado. Pese al temor que le despertaban, Hiro respiró aliviado cuando abrió el portal.
Al menos, hasta que Tadashi hizo ademán de seguirlo dentro.
—¡No! —exclamó, aterrado. Esta vez se aferró a su cintura, asegurándose de detenerle, aunque eso aumentara la humedad en su costado —¡No, Tadashi, déjalo!, ¡No importa, estoy bien, ya todo terminó! —desesperado, Hiro miró a su alrededor para asegurarse que los demás yakuza no estuvieran yendo en su dirección.
Más, abrió los ojos con sorpresa al notar que allí no había uno solo de los cuerpos que su hermano había dejado. Por el contrario, a lo lejos pudo notar que otro portal se cerraba.
El bastardo los había distraído para que el resto escapara. Comprender eso, de cierta manera que no lograba entender, le hizo tener algo de empatía por él.
Aun cuando su hermano pareciera dispuesto a seguirlo al mismo infierno para hacerle pagar la herida que le había hecho.
Desesperado, Hiro enterró su rostro en la ancha espalda del mayor, sollozando. Tenía miedo, se sentía exactamente como en ese momento, hace más de un año, a las puertas del edificio en llamas.
Se mordió el labio con fuerza, antes de hablar, lo suficientemente alto para que el otro le oyera sobre el atronador sonido que el portal hacía al empujar los objetos a su interior.
—Por favor, Tadashi — sollozó, sintiendo que se le hacía cada vez más difícil sujetarle. Cuando volvió a hablar, su voz fue un hilo roto —. Quédate conmigo esta vez.
Y ante el susurro ahogado, Hiro sintió de inmediato como toda resistencia se detenía.
Respiró de nuevo sólo cuando el poder de succión del portal cesó también. Al comprender que había desaparecido, que aquel sujeto había escapado, bien pudo haberse dejado caer al suelo por el alivio.
Y lo habría hecho, de no ser por las manos que se aferraron a sus lados apenas sintió que su agarre aflojaba en torno a su cintura. Se sorprendió por la delicadeza con que lo sostenían, cuando hace un segundo molían a golpes al pobre bastardo aquel.
Notó la mirada de su hermano fija en él, inspeccionando cada parte de su rostro, y no pudo evitar ruborizarse apenas cuando dio de lleno en sus ojos, demandante pero cuidadoso.
—¿Estás bien? —susurró, como si temiera ser demasiado brusco de repente, y Hiro asintió, algo mareado.
Pero en cuanto uno de sus dedos rozó su costado, un profundo ardor le obligó a sisear. Tadashi le dedicó una mirada alerta, antes de llevar sus ojos a la zona donde el bastardo lo había herido.
La maldición que soltó en ese instante era muy acorde a la gran mancha de sangre que ahora mismo empapaba su camiseta.
Hiro apenas pudo reaccionar cuando los brazos lo alzaron como si no pesara más que una pluma y, acunándolo contra su pecho como si fuera un bebé, lo cargara. La piel de su frente rozó su mejilla, y Tadashi hizo un sonido al que sólo podía definir como desesperado.
—Estás helado —señaló, en un tono que bien podía ser un reproche. Hiro pensó que era algo obvio, pero lo cierto es que sólo notó cómo su cuerpo temblaba en el momento en que el otro se lo dijo.
Lo próximo que notó, además de la manera en que el chico se movía y el suelo comenzaba a alejarse bajo sus pies, fue el calor que inundó su cuerpo en los lugares precisos donde entraba en contacto con el del mayor.
Y no, no era el calor habitual.
Se acurrucó contra el pecho de Tadashi, buscando instintivamente la temperatura que el traje irradiaba.
—Has estado perfeccionando tus juguetes este tiempo, ¿Verdad? —murmuró contra su piel, y aunque no esperaba que le contestara con el viento golpeando en sus oídos, la risa de Tadashi lo tranquilizó tanto como lo tomó por sorpresa.
—Aumento de temperatura y un radar extremadamente potente para rastrear a cualquier cabeza de chorlito en apuros, totalmente inspirados en Baymax —señaló en lo que, suponía, era un intento de calmarlos a ambos —. No creerías que pasé toda la semana en el garaje sólo para hacer un báculo, ¿Verdad?
Hiro sabía que estaban alto, lo suficiente para que las cornisas de los edificios estilo oriental se deslizaran a sus costados sin ninguna mirada curiosa que los vigilara. En otra ocasión, a esas alturas, jamás hubiera siquiera pensado en bajar la guardia, aun cuando podía delegar todo el plan de vuelo en Baymax y descansar.
Pero en ese momento, con aquel calorcito que empezaba a rodearlo, y luego de semejante día, a Hiro no le sorprendió que el sueño comenzara a vencerlo.
—No —se oyó susurrar, aunque no había ordenado a su boca hablar —, sólo pensé que estabas huyendo de mí.
Por toda respuesta, sólo tuvo el sonido del viento a su alrededor y el silencio de su hermano.
Lo despertó la cálida humedad en su costado, y Hiro se estremeció al sentir el frío del lugar en contraste con ella.
Adormilado, trató de erguirse, más una mano firme en su hombro lo detuvo. Miró con curiosidad a su alrededor, y lo asaltó la visión de Tadashi levantándole la camiseta.
Por supuesto, ni su respingo ni su rubor pasaron desapercibidos al otro. Pero, ¿A quién le pasarían desapercibidos? De hecho, agradeció profundamente la semipenumbra de la habitación cuando los ojos de su hermano subieron hasta su rostro, relucientes bajo la luz de la ventana a sus espaldas.
Una sonrisa jaló de sus comisuras, y Hiro tragó saliva, antes de desviar la mirada.
Solo entonces, y ya completamente dueño de sí, notó que no estaban en su habitación. Aunque las mesas, los altos armarios, y los fragmentos de robots que descansaban en cada punto del lugar le eran conocidos como la palma de su mano, lo cierto es que no estaban en ningún lugar de su casa.
Estaban en su laboratorio, en la universidad.
Y Tadashi sostenía algo que realmente ardía contra su costado.
Trató de apartarse, en medio de un siseo, pero una mano firme en su cadera lo dejó en su lugar sin necesidad de mayor esfuerzo.
—Aguarda un poco —susurró, un tono bajo que le estremeció, y maldita sea, claro que el otro podía sentirlo bajo sus manos. Sin embargo, no parecía pensar en eso cuando retiró el húmedo paño de su herida, apenas con una mancha rojiza. Lo observó por unos segundos fijamente, justo en la herida que el yakuza le había hecho, y sólo se apartó una vez estuvo seguro de su estado —. No es grave... pero en serio tienes que tomarte esas medicinas.
Hiro estaba a punto de reírse en su cara, cuando sus ojos cayeron en el recipiente junto a las rodillas de su hermano. Tragó saliva al ver la fuente llena de agua rojiza, así como la toalla blanca que guardaban en su laboratorio, ahora de un vibrante color escarlata.
—Sostén esto —pidió, con una calma que era el polo opuesto al susto que Hiro acababa de llevarse. No esperó su respuesta antes de empujar la tela de su camiseta en su mano, y respiró hondo al encontrar, también allí, una extensa mancha rojiza. Claramente esa blusa acababa de jubilarse, y con honores.
Una vez recuperado de ambas imágenes, Hiro miró con curiosidad lo que Tadashi estaba haciendo en su costado, y alzó una ceja al ver el spray que tenía en su mano, mientras mantenía firmemente unidos los lados de su herida. Una leve impresión lo recorrió al notar que un fino hilo de sangre volvía a brotar de ella cuando se abría.
Tadashi aplicó el spray, provocando un leve cosquilleo, un ardor mínimo en el lugar. Cuando retiró sus dedos al cabo de unos segundos, siempre con cuidado, Hiro se sorprendió al ver que ya no sangraba.
Volvió a limpiar la sangre, antes de aplicarlo una vez más, sólo para estar seguro.
—¿Avances para Baymax? —inquirió, sin saber exactamente qué decir. Estaba nervioso, y el silencio del otro no mejoraba las cosas. Tampoco lo hizo el que, en lugar de responderle, Tadashi lo mirara pon un momento demasiado extenso, de una manera demasiado inescrutable, antes de ponerse en pie.
Tomó el cuenco sucio y el spray, y se dirigió al otro extremo de la sala. Hiro apenas pudo ver cómo abría uno de los armarios, y aunque creyó que se limitaría a guardar esa cosa, se sorprendió cuando lanzó en su dirección un pedazo de tela verdosa que cogió al vuelo. Era una de sus camisetas, las que su vida de héroes -y el tener como compañera a Honey- les había obligado a tener siempre a disposición, en casos de emergencia.
Hiro la presionó levemente entre sus dedos, desconcertado, antes de recordar su estado. Se apresuró a sacarse la camiseta arruinada, y aunque le daba pena ensuciar con sangre la nueva, se sorprendió al notar que su piel estaba algo más que impoluta.
Tadashi había hecho un trabajo asombroso para limpiarlo.
Se puso la camiseta nueva, ruborizado al pensar en sus dedos recorriendo su piel mientras él dormía. Sin embargo, aunque lo había tocado en cada instante, no se sentía exactamente cercano a su hermano en ese momento. Y aunque le hubiera encantado decir que era porque aún se encontraba shockeado tras el ataque de aquellos sujetos, lo cierto es que eso era sólo una pequeña parte que contribuía a aquel ambiente tenso. No, la verdad es que lo ocurrido en su casa antes de huir aún seguía muy presente entre ellos como para sentirse cómodo en la misma habitación con Tadashi. Incluso la conversación que habían oído entre Krei y Cass era demasiado para un solo...
Hiro abrió los ojos de par en par, embargado por un profundo terror. Tadashi le miró de reojo cuando se puso de pie de un salto.
—Ellos... Ellos hablaron de mí como el sobrino de la del café —jadeó, sintiendo las palmas de sus manos hormiguear. Un leve mareo le embargó, pero se apresuró a sobreponerse, a medida que cada vez más puntos se conectaban en su mente. El que esos sujetos supieran quiénes eran aun cuando iban de civil, el que pudieran encontrarlos siendo héroes, lo extraño del mensaje en japonés, el sorpresivo ataque de la primera vez. El que la primera yakuza los atacara no era algo premeditado: tal como habían pensado, ella los estaba espiando. El problema es que no seguía al equipo.
Los seguía a ellos.
—¡No nos atacaban por ser los Grandes Siete!, ¡Nos atacaban por ser sobrinos de Cass! —de repente, con todo lo descabellado que sonaba, el horror de lo que eso significaba lo asaltó en toda su envergadura, así como el hecho de que ellos, en ese momento, estaban muy lejos de la mujer —. Tadashi, ella está sola en casa ahora ¡Tenemos que volver!
Pero al alzar la mirada, le embargó una profunda consternación, deteniendo su discurso. Porque, lejos de la sorpresa o incredulidad que cabía esperar en esos ojos, lo que había en la expresión de Tadashi era una calma casi abrumadora.
Esa calma que le mostraba solamente cuando estaba metido hasta el cuello en una grande.
Hiro tragó saliva instintivamente, sin saber del todo por qué, cuando Tadashi comenzó a caminar en su dirección, un paso lento que le obligó a titubear de manera irracional.
Trató de excusarse, suponiendo que estaba enojado.
—E-Escucha, sé que fue irresponsable de mi parte irme como lo hice —jadeó, creyendo que era eso lo que quería escuchar, aunque para nada era lo que él sentía —¡Pero por favor reacciona!, ¡Tía Cass...!
—Dejé a Baymax cuidándola —lo interrumpió, en ese tono ronco que lograba meterse bajo su piel incluso en un momento como ese. Hiro se sintió ligeramente mareado ante la cercanía, en especial cuando tuvo que alzar la mirada para verlo a los ojos, unos ojos que no parecían tan molestos como hubiera creído. Tragó saliva cuando Tadashi volvió a hablar, llevando uno de sus dedos cubiertos por el traje hasta la hondonada entre sus clavículas, presionando suavemente —. Pero tú y yo tenemos algo más urgente que arreglar ahora mismo, ¿No crees?
Hiro inspiró hondo, sorprendido, desconcertado, y apenas pudo hilar dos pensamientos cuando, con una suave sonrisa jalando de la comisura de sus labios, Tadashi ascendió por su cuello, presionando todo el camino de su garganta.
—¿Q-Qué?
La sonrisa se acentuó, y la única parte de su cerebro que aún parecía pensar correctamente se maldijo por ser tan evidente.
—Hace un tiempo te dije que no desperdiciaría mi segunda oportunidad de vivir, que ya no viviría con miedo —comenzó, tornando su expresión en una más seria, aun cuando en sus ojos brillaba todavía esa extraña calma, y aunque Hiro dudó por un momento, confundido, pronto lo asaltó el recuerdo lejano de su primera misión en el equipo, de aquella tarde en la cocina de Fred, y los ojos cargados de cariño de su hermano sobre él. Se estremeció cuando su mano ascendió un poco más, acariciando su rostro —. Esta noche casi pierdo a mi motivo de ser en esta segunda vida, y ¿Sabes?, es horrible, lo más horrible que he experimentado nunca —susurró, y no pudo evitar sentirse conmovido, a su pesar, al ver la expresión del mayor oscurecerse en un gesto angustiado —. Pensé que no llegaría a salvarte, cuando vi a lo lejos cómo ese sujeto casi te atravesaba con la lanza, creí que iba a volverme loco.
Hiro se estremeció al sentir cómo aquellos dedos que tan bien conocía, pero que tenían una textura diferente, se deslizaban sobre sus labios entreabiertos. Tadashi continuó sin rastro de duda:
—Pero eso se acabó —declaró, un tono lleno de convicción, que sorprendió a Hiro —. Si estoy aquí, si siento esto al igual que tú, significa que debo disfrutarlo, sin miedo, sin ser un hipócrita... —una risa amarga se coló entre sus labios, mientras se inclinaba más hacia él —. No puedo creer que fuera yo quien te lo reclamara entonces, y mira cómo terminé. Siempre me lo dijiste, y yo era tan cobarde.
Hiro respiró hondo, sintiendo toda su cabeza dar vueltas, sin entender, sin poder creer del todo lo que estaba ocurriendo en ese momento. Sólo entonces comprendió qué le resultaba tan extraño de esa mirada severa, y era que, en realidad, no era molestia lo que había en los ojos de su hermano: tras esa falsa calma había el más puro y absoluto deseo, abrumador, animal. Y Hiro se estremeció, todo su cuerpo alerta, encantado. Había deseado tanto oír esas palabras: que Tadashi por fin se diera cuenta, que le correspondiera de esa manera. Lo deseaba tanto, tanto, que su corazón tembló junto a su cuerpo.
Y ese fue el motivo que le obligó a entrecerrar los ojos, alerta de repente. Sí, su corazón se estremecía de dicha con esas palabras, con ese toque gentil... pero también sangraba todavía, herido como nunca antes por el último desengaño.
Unas horas no le parecían el tiempo suficiente para que Tadashi cambiara tan rotundamente de parecer.
Con los ojos ardiendo y de seguro más húmedos de lo que hubiera deseado, Hiro se apartó un paso, en guardia, alejando esa mano que le recorría a gusto y placer sin ningún remordimiento, como si no lo hubiera rechazado como a un leproso horas antes. Tadashi no pareció darse por enterado, pero no le pasó por alto la manera en que su expresión se tensaba.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, acuciado por un mal presentimiento.
La forma en que Tadashi le miró, con aquella mirada seria que ocultaba el deseo mejor que cualquiera, fue una confirmación incluso antes de que hablara:
—Que voy a hacerte el amor, Hiro —murmuró, bajo, encantador, como si fuera lo más evidente, lo más empírico sobre la tierra —. Y que nunca más voy a dejar que te escapes de mí como esta noche.
Hiro se estremeció al oír el susurro lleno de convicción, y sólo reaccionó hasta sentir las manos cubiertas por la tela del traje recorrer sus muslos por encima de su pantalón. De repente, la cercanía de su cuerpo, lo inminente del encuentro, le pareció una burla. Ceder ante Tadashi, ante sí mismo en ese momento, era poner la cereza del postre a un día de mierda.
Y vaya que estaba cansado como para soportarlo.
—¡No! —exclamó, tratando de imponerse. Le empujó con la suficiente intensidad para hacer trastabillar al mayor, ganando unos centímetros de distancia. Pero Tadashi, aunque sorprendido, no dejaría que se escapara tan fácil. Sujetó sus muñecas, obligándolo a detenerse al filo de la ventana.
—¿Hiro? —preguntó, sorprendido, y sintió su corazón removerse cuando, al buscar su mirada, se encontró con aquellos ojitos que adoraba llenos de lágrimas.
—¡No! —repitió con la voz quebrada, mientras forcejeaba en vano —¡¿Por qué ahora?! ¡¿Por qué sólo cuando tú lo quieres?!
Y aunque en un primer momento no entendió a qué se refería, sólo entonces cayó en cuenta de todo. De la situación, de lo que estaba haciendo, de todo lo que habían vivido en aquellas semanas y, sobre todo, lo que Hiro había sufrido en ellas, en ese mismo día, incluso.
Porque, aunque supo que había herido a su hermano en cuanto vio su expresión en la habitación, tras rechazar su beso, tal vez aún no había tomado consciencia de la magnitud de esa herida. En ese momento había entrado en pánico, aterrado de que su tía los hubiera descubierto, de que pudiera pensar, pese a lo que decía, que tanto él como Hiro eran unos enfermos. Había tenido miedo, y como cada maldita vez, el miedo lo había obligado a apartar a Hiro.
Pero no había tenido en ningún momento la intención de herirlo. De hecho, sólo se dio cuenta de lo qué había dicho, de la manera, cuando vio el dolor en los ojos de su hermano. Y aunque trató de remediarlo, fue demasiado tarde: Hiro había huido de él a toda velocidad, ignorando sus llamados.
Había pensado por un momento en dejarlo marchar, en permitir que fuera él quien se desengañara y por fin pusiera una distancia definitiva. Se dio el lujo de creer, como un idiota, que aquello estaba bien, que eso era lo mejor para ambos.
Que iluso.
Ni siquiera había dejado transcurrir tres minutos antes de correr a ponerse su traje, al tiempo que, por cualquier motivo, activaba a Baymax y le colocaba los elementos básicos de defensa y ataque.
Ya sobrevolando la ciudad, agradeció internamente el haber incorporado el dichoso radar a su monitor -un complemento de todos los mecanismos de búsqueda que ya tenía sobre él-, pues en cuanto pudo detectar a su hermano, no fue tanto la ubicación lo que le sorprendió como el alto nivel de estrés y las descargas de adrenalina que estaba sufriendo. Aunque el traje de aquellos sujetos le impedía identificarlos en el radar, a medida que se acercaba, pudo ver características específicas, como la temperatura de seis cuerpos rodeando a Hiro.
Lo había apagado cuando divisó la isla, a tiempo de verlo esquivar la lanza y, ágil como él solo, deshacerse con un golpe del bastardo al que planeaba torturar hasta la muerte en ese mismo instante. Pese a que no dudaba de su hermano y sus habilidades, él estaba casi indefenso en ese momento, y la desesperación y la culpa estaban a punto de volverlo loco. Lo único que Tadashi había deseado en ese instante había sido mantenerlo a su lado, y protegerlo de todo el mundo. Ninguna sensación le había parecido tan redentora y terrible como el sentirlo murmurar entre sueños contra su pecho al regresar, acusándolo de querer escapar de él.
Y el verlo allí, llorando, tratando ahora de escapar él, después de temer perderlo aquella noche, era algo que simplemente no podía soportar.
Pero había algo más, algo que le inquietaba reconocer y que, en ese mismo momento, hacía latir su corazón con fuerza, emocionado como todo su cuerpo. Porque, aunque se sintiera enfermo al admitirlo, tampoco podía ignorar cuánto le encantaba ese Hiro que trataba de resistirse. Ese muchachito molesto que le empujaba, que le rechazaba, negándole su siempre dispuesta sonrisa entregada, esa que le volvía loco de deseo y le hacía derretirse por dentro, o ese brillo lleno de amor que le prodigaba en cada beso, quizás sin siquiera notarlo.
Para su mala suerte, Tadashi estaba demasiado seguro de que esos sentimientos, esos gestos, seguían ahí a pesar de ambos, y que los estremecimientos que lo habían recorrido tan solo minutos antes no eran por el frío.
Se inclinó, envolviéndolo con sus brazos pese a sus esfuerzos por apartarlo, reduciendo la distancia que separaba sus rostros. Sintió, para su absoluta satisfacción, cómo todo el cuerpo del chico se crispaba en respuesta.
—¿Acaso tú no lo quieres, entonces? —ronroneó a centímetros de su oído, encargándose de que su voz baja, grave, se colara bajo su piel en un estremecimiento, de que notara todo su cuerpo sobre él, sintiéndolo pequeño entre sus brazos como nunca antes.
Hiro se quedó de piedra, sorprendido, oír sus palabras y la ironía de su voz. Lentamente, casi con miedo, alzó su mirada hasta el mayor, encontrándose con esa sonrisa divertida y maliciosa que deshacía todas sus resistencias en el acto. Tembló, indignado, reconociendo el peligro.
Uno muy grande, a juzgar por la forma en que las manos enguantadas se deslizaron por su cuerpo, obligándolo a pegar su pecho al de su hermano. Sus mejillas ardieron al sentir la firmeza del otro contra sí, y se maldijo al no poder reprimir un estremecimiento, con los ojos abiertos de par en par y los labios ligeramente separados.
Hiro no lo sabía, pero además de indignación, lo que había en sus ojos era el más profundo anhelo, uno que lo traicionaría ante cualquiera que lo viera en ese momento.
—Y si no quieres, ¿Por qué tienes esta expresión cargada de deseo? —ronroneó a centímetros de su rostro, y el chico dio un respingo.
Tadashi sonrió, encantado al ver crecer el rubor en las mejillas de su hermano, al tiempo que lo sentía tiritar entre sus manos. Hiro era un conejito que se sabía atrapado, y prueba de ello era la manera en que trató una vez más de escapar.
O eso creía, hasta que un preciso y para nada suave puñetazo le dio de lleno en el mentón, obligándolo a echarse un paso hacia atrás. Sorprendido, Tadashi soltó un bajo gemido, sosteniendo el lugar donde un profundo dolor acababa de estallar.
Cuando volvió a verlo, con los ojos abiertos de par en par y el sabor metálico de la sangre en su lengua, la expresión de Hiro era aún herida y llena de rabia, pero también altiva y desafiante. Sí, podía sentirse y verse pequeño, pero era un héroe y sabía cómo demostrarlo.
Estaba enojado, Tadashi lo sabía, lo entendía. Lo había herido, lo había rechazado una y otra vez. Si no supiera por lo que también había pasado, incluso justificaría que creyera que había jugado con él.
Y allí estaban, de nuevo al límite, de nuevo a punto de tirarlo todo por la borda, de herirse.
Hiro lo sabía, él lo sabía. Y aunque debería molestarse por el golpe y su hermano debería haberle dado otros cientos más, ninguno de los dos reaccionó en un primer momento.
Cuando lo hicieron, Tadashi volvió a acorralarlo con sus brazos y sus labios, y Hiro gruñó al tiempo que se dejaba envolver y aceptaba el beso.
Pero no fue dulce, para nada. Ambos necesitaban descargarse, y Tadashi aceptó de buena gana la fuerte mordida que Hiro dejó sobre su labio inferior, antes de meter su lengua en la boca llena de sabor a sangre y algún otro sabor que había extrañado demasiado para su propio bien.
Arañó la ropa aún con su traje puesto, tratando de sacarle a tirones la camiseta que acababa de ponerse, de pegarse más a él mientras el calor los envolvía cada vez con mayor intensidad y era más difícil respirar.
Hiro se apartó, jadeando y con los ojos brillantes fijos en los suyos.
—Hijo de puta —gruñó, y Tadashi se estremeció en respuesta, antes de inclinarse y recostarlo contra la ventana circular de su laboratorio.
—Yo también te amo, bastardo —murmuró sobre su cuello, rindiéndose con sacarle la ropa y deslizando su mano enguantada dentro de la tela. Le molestaba no sentir su piel desnuda contra la suya, pero sonrió al hallar el botón endurecido y oír cómo Hiro jadeaba en respuesta, temblando contra él.
—Guantes —jadeó, tratando de alejarse —Guantes. Fuera. Ya.
Tadashi rio, y desde luego no le hizo caso. En cambio, se pegó a sus caderas.
—Está a punto de follarte un héroe, sólo disfruta del encanto —susurró, con la voz grave y excitada, frotándose con descaro contra su pelvis, y Hiro se estremeció en respuesta. Tadashi acababa de decir que iba a follárselo, y eso se traducía en todo su cuerpo vibrando de éxtasis, completamente de acuerdo.
Pero su mente, su mente consideraba que aquello no podía ser tan fácil para él.
—Pues este héroe de poca monta puede irse a la mierda si cree que será tan sencillo—gruñó, antes de alejarlo de una fuerte patada. Se irguió, dispuesto a apartarse, pero un par de brazos lo detuvieron de nuevo.
Sí, lo quería tanto como Tadashi, pero, como él, también estaba frustrado, y cuando el objeto de tu deseo y tu enojo es la misma persona, las cosas nunca son fáciles.
Tadashi lo volvió a besar cuando lo atrapó, rudo, exigente como nunca antes, y Hiro se maldijo cuando un gemido de gusto se le escapó. Su cuerpo se sentía fuerte, caliente aún con la ropa que los separaba, y toda su piel se erizó en respuesta.
Pero cuando lo volteó y se quedó de pie frente a la ventana que daba a un campus nevado y al cielo nocturno, Hiro parpadeó, confundido. Al menos, hasta que, con dos golpes de su mano derecha sobre el cristal, Tadashi cambió la superficie.
Ahora no veía más el campus, sino a un joven ruborizado, con los labios hinchados y seductores, y los cabellos revueltos.
Y vio, tanto como sintió, la forma en que la mano enguantada se cerró alrededor de su garganta y le obligó a alzar levemente la cabeza. O como, con los labios fruncidos en lo que bien podría ser un gruñido, Tadashi acercó su boca a su oído, sin dejar de mirarlo por la superficie reflectante del espejo.
—Este héroe de poca monta no sólo va a follarte, Hiro —ronroneó a centímetros de su piel, ronco, y Hiro luchó, y fracasó, por reprimir un estremecimiento ante sus ojos fieros y cargados de deseo —. También va a hacer que veas cada detalle.
Jadeó por la sorpresa, azorado, su cuerpo entero tiritando en respuesta de una manera en la que prefería no pensar. Tampoco era como si necesitara hacerlo, no era como si no fuera evidente, en su respiración agitada, en el rubor que cubría sus mejillas, o en el brillo anhelante de sus ojos, cuánto él deseaba aquello también.
Y eso era lo peor, el que su cuerpo fuera tan dócil, a pesar de su enojo, a pesar de su orgullo.
Gruñó, desesperado, y en un último intento por apartarlo y salvar algo de cara, lanzó un codazo hacia atrás, dando de lleno en sus costillas. Sonrió al escuchar el gruñido de dolor que se le escapó al otro, y en cuanto el agarre en su cuello se debilitó, Hiro se apartó de la ventana, intentando recuperar espacio.
Fue cuestión de un segundo para que volviera a su posición. Tadashi empujó la corva de su rodilla derecha, haciendo que debiera arrodillarse en el marco de la ventana para no caer.
Hiro contempló con una mezcla de sorpresa e impotencia sus manos firmemente sujetas contra el espejo, y un estremecimiento le recorrió al reconocer que Tadashi le había inmovilizado cogiéndolo de las muñecas con una sola mano.
Trató de forcejear, pero el chico aumentó la presión de su agarre, y un ramalazo de dolor hizo temblar a Hiro.
—Eso va a dejar marca —se quejó Tadashi a sus espaldas, y vio a través del espejo cómo su mano libre palpaba el lugar donde le había golpeado. Un dejo irracional de satisfacción le asaltó por un momento.
Antes de que se encontrara con el reflejo de la mirada de su hermano, y la aparente calma en sus ojos le obligó a tragar saliva. No estaba seguro de qué pretendía realmente Tadashi, pero acababa de descubrir que esos ojos no auguraban nada bueno.
Y tuvo la certeza cuando una sonrisa mordaz curvó sus labios.
—Pero tranquilo, no seré el único que se vaya de aquí con una —ronroneó, antes de pegarse por completo a él, al tiempo que llevaba su mano hasta su propia boca —. El problema son los guantes, ¿No?
Sin apartar la mirada de él, atrapó la punta de su dedo índice entre los blancos dientes y jaló. Un movimiento fluido, natural, que sin embargo se veía como el preámbulo de una noche que auguraba volverlo loco, y el chico no entendía la emoción que crecía desde su vientre, ni el hormigueo en sus muslos internos, al ver la blanca piel desnuda.
Tadashi dejó caer el pedazo de tela sin más, antes de llevar su mano a la piel del chico. Sonrió al sentir la espalda de Hiro arquearse contra su pecho, tan pequeño y sensible, que era casi una burla el que intentara negar cuánto él mismo deseaba que lo tocara. Bajo sus dedos desnudos, podía sentir su pulso acelerado, el calor de su carne y su piel erizada, estremeciéndose con cada roce.
Hiro cerró los ojos, demasiado sensible como para sumar su imagen en el espejo a los estímulos que lo torturaban. Pero pronto se dio cuenta de que no había sido la mejor idea: de esa forma, podía sentir perfectamente cómo los dedos lo recorrían, como un fuego que parecía derretirlo de pies a cabeza, así como la respiración de Tadashi sobre su cuello, pesada y caliente. Trató de apartarse, pero la mano ascendió a su pecho y le obligó a pegar su espalda al cuerpo de su hermano. Hiro gimoteó cuando sintió una firme mordida sobre su cuello, al tiempo que esos dedos cálidos atrapaban un pezón bajo la tela. Forcejeó, pero el agarre en sus muñecas no aflojaba.
Cuando se separó de él, Tadashi bajó por su espalda, mientras su mano seguía deslizándose por su piel, manteniéndolo en tensión. Demasiado tarde notó los labios abriéndose paso bajo su camiseta, y toda su piel se derritió al sentir el camino ascendente de besos que recorrió su columna. Hiro se removió, y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando, sin soltarle las muñecas en ningún momento, Tadashi lo obligó a pegar sus manos unidas a su propio pecho. Maldijo en su fuero interno al notar que, de hecho, la mano que aferraba su vientre había sido lo suficientemente fuerte para mantenerlo en su lugar.
Y todo pensamiento se fue al demonio cuando sintió la mordida de su hermano en medio de su espalda.
—B-Bastardo —jadeó, azorado, con todo su cuerpo alerta. Le era imposible ignorar las caricias en su vientre, presionando con firmeza las áreas más sensibles. O la delicadeza con la que rozaba la zona cercana a su herida. Ahí, la mano que parecía dispuesta a reducirlo a una masa temblorosa se convertía en apenas la caricia de un pétalo contra los labios.
Su mano ascendió lentamente, llevándose con ella su camiseta, mientras él se concentraba en volver a besar su nuca. Luego de pasarla por su cabeza, se las arregló para trabarla a la altura de sus muñecas, y Hiro tragó saliva al ver cómo volvía a erguirse, inmovilizándolo esta vez con su mano desnuda.
El áspero contacto del traje contra su piel sensible volvió a ponerlo tenso, y, a juzgar por la risita que Tadashi soltó sobre su hombro, no había sido el único en notarlo. Entreabrió los ojos, listo para darle un insulto en toda la cara al bastardo de su hermano.
Pero todas sus palabras filosas se desvanecieron cuando vio la mirada del mayor en el espejo, recorriéndolo de pies a cabeza con esa mirada depredadora que había conocido la última vez. E, igual que esa noche, todo su cuerpo tembló en respuesta.
La sonrisa se acentuó, y Hiro entró en pánico al descubrir que, de aquella manera, no había forma en que Tadashi ignorara cómo sus labios temblaban cada vez que lo rozaba siquiera. Ni hablar del rubor que, ahora mismo, acababa de estallar en sus mejillas.
Pero, aunque esperaba algún comentario despectivo al respecto, burlándose de sus intentos de mantener su molestia, lo único que consiguió a cambio fue que Tadashi le obligara a pegar la espalda a su pecho. Junto a un cosquilleo más que conocido en su vientre bajo, Hiro sintió que la textura del traje era demasiado áspera para lo que su cuerpo podía soportar en ese momento... en especial cuando rozó su pezón, al tiempo que los labios ajenos subían a juguetear con el lóbulo de su oído.
—T-Tadashi... —susurró, la voz apenas en un hilo, y los labios del aludido se curvaron en una sonrisa. Sintió la molestia removerse en su interior al ver la satisfacción del otro, y no pudo reprimir un gruñido molesto —. B-bastardo, suéltame de una vez.
Claro que no tenía esperanzas de que le hiciera caso. Por eso la sorpresa fue tan clara en su rostro cuando liberó sus muñecas, dejando caer la camiseta.
—Manos quietas —susurró, y Hiro pudo ver el desafío en sus ojos, risueños y fijos en los suyos. Desde luego, lo primero que hizo fue removerse, con todas las intenciones de obligarlo a retroceder de un nuevo puñetazo.
Para nada esperaba que la mano en su pecho volara a su cuello, en un agarre mucho más firme que el anterior. Tadashi rio junto a su oído, y el ronco sonido bastó para hacer un estrago en todo su cuerpo, erizando su piel de forma vergonzosamente evidente.
—Quieto, Hiro — repitió, y no pudo reprimir un estremecimiento cuando mordió el lóbulo de su oído. Casi podía oír la sonrisa en su voz cuando volvió a hablar —. Tendrás tu oportunidad de tocarme, pero sólo cuando yo lo diga.
Y lejos del ataque de ira con el que hubiera reaccionado en otra ocasión al verse dominado de aquella manera, Hiro sólo pudo notar cómo el cosquilleo entre sus muslos crecía.
Entró en pánico al sentir el áspero contacto de su mano libre descender por su vientre, en una dirección demasiado evidente para su sensible cuerpo. Si el tacto del traje contra su piel era ya insoportable, no quería ni pensar en lo que sería sobre su creciente erección.
Una vez más en su escasa vida, maldijo a ese cuerpo que se despertaba más que dispuesto solo con el toque de su hermano.
—Tadashi —jadeó, aferrándose a la mano en su cuello, un gruñido de advertencia fue suficiente para obligarle a reprimir un suspiro —. Tadashi, el guante, no...
La presión sobre su cuello aumentó, y un bajo gemido se escapó de sus labios al sentir los dientes del mayor sobre su oído. Hiro cerró los ojos, creyendo que acababa de ganarse un castigo.
Más el agarre se suavizó de inmediato, y un delicado beso cubrió el lugar que acababa de morder. Hiro entreabrió los ojos al sentir un roce áspero contra los labios, y se sorprendió al ver la mano de su hermano frente a su boca.
Desconcertado, buscó la mirada del mayor en el espejo, y le costó respirar al ver su sonrisa prepotente.
—Si no te gusta, sácalo tú —se burló, y Hiro tembló cuando un dedo se deslizó entre sus labios. Estaba pensando seriamente en morderlo, cuando la mirada desafiante del otro en el espejo le dejó en claro que no era lo mejor que pudiera hacer.
Pero justo cuando abrió los labios para aferrar la tela y sacársela, de la misma manera en que le había visto hacerlo a él, se le ocurrió una mejor idea.
Tomó como una pequeña victoria el estremecimiento que recorrió a su hermano cuando introdujo la mitad del dedo en su boca.
Y si Tadashi albergaba esperanzas de que no hubiera notado su reacción, lo cierto es que poco podía hacer por ocultar la sorpresa en su rostro cuando, de la nada, toda la cálida humedad de la boca de Hiro envolvió su dedo a través de la tela. Respiró hondo, creyendo por un segundo que el chico se había confundido. Pero cuando sintió su lengua empujar su dedo contra el paladar, antes de succionar con firmeza, no le cupo duda de que el pequeño sabía perfectamente lo que hacía. Una nueva succión le obligó a morderse los labios, estremeciéndolo como si la hubiera sentido directo en su miembro.
Buscó los ojos de su hermano en el espejo, y estuvo bastante seguro de que la temperatura del lugar acababa de subir varios grados al ver el brillo de falsa inocencia en aquellos ojos que, aunque intentara ocultarlo, estaban divirtiéndose de lo grande con sus reacciones.
Recuperado del primer momento de sorpresa, Tadashi no pudo más que sonreír, encantado.
—Ahora tú estás tratando de volverme loco, ¿No es así? —susurró, y Hiro se removió al sentir cómo un segundo dedo se deslizaba en su boca. La humedad bañó sus labios de una forma que incluso a él le pareció obscena, y Tadashi atrapó su lengua entre ambos dedos —¿Quieres enseñarme algún truco especial, hermanito?
Hiro respiró con dificultad cuando la áspera punta se restregó contra su lengua, mientras veía cómo su boca dibujaba un bonito círculo rojo en el espejo. Cerró los ojos y mordió suavemente, con las mejillas ardiendo y sintiendo ese desesperante cosquilleo aumentar, extendiéndose por su piel. Tadashi gruñó junto a su oído, y una oleada de placer recorrió todo su cuerpo, estremeciéndolo, antes de que los dedos ajenos se resbalaran lentamente entre sus dientes. Hiro atrapó la punta del índice en el último momento, y pronto sólo quedó la tela vacía colgando de su boca.
Al instante siguiente la presión de los dedos alrededor de su cuello le obligó a girar su rostro hacia atrás, antes de que Tadashi le devorara la boca como un poseído. Hiro jadeó y se estremeció cuando el mayor mordió sus labios, antes de jalar con suavidad.
Y aunque la molestia aún se revolvía en su interior, se sorprendió sosteniendo la muñeca de esa mano que presionaba su cuello, firme pero cuidadosa, y devolviendo el beso de la manera más desastrosa posible, con jadeos ahogados y suspiros. Sintió a Tadashi sonreír sobre su boca, y le mordió los labios en respuesta, antes de imitar su gesto y jalar con un movimiento más bien brusco.
Su gruñido de advertencia reverberó por todo su cuerpo, antes de que el mayor profundizara el beso. Un segundo después, Hiro jadeó por la mano desnuda que se deslizaba por su pecho, dibujando el contorno de sus pezones, pellizcando con firmeza cuando trató de removerse. Gimoteó una protesta, más se tensó cuando la lengua del mayor se deslizó contra la suya, provocándolo, robándole el aliento. Cerró los ojos con fuerza, y tembló de pies a cabeza cuando la mano comenzó a descender.
Un jadeo más lastimero que los anteriores se le escapó al sentir los dedos colarse dentro de sus pantalones, y su cuerpo se arqueó en un espasmo cuando recorrieron su miembro por encima de la tela del bóxer, con movimientos firmes y concienzudos.
Tadashi se alejó apenas de sus labios, dejándole recuperar un poco el aire entre jadeos. Pudo ver su sonrisa a través de los ojos entrecerrados, antes de que volviera a presionar su cuello para obligarle a girar el rostro en dirección al espejo, pegándolo más si cabe a su cuerpo y endureciendo el agarre en esa área sensible, delineando el contorno de su erección con dedos hábiles.
—¿Aun puedes verte al espejo y seguir afirmando que no deseas esto, hermanito? —ronroneó sobre su oído, y Hiro no supo si el aumento en el calor de su cuerpo se debiera a su ronco tono o al toque de aquellas manos sobre su piel.
Pero cuando sus ojos se fijaron en la imagen que el espejo le devolvía, estuvo bastante seguro de que su rostro había subido algunos grados más incluso. El chico en el espejo no estaba ruborizado nada más: tenía los labios entreabiertos, húmedos y magullados por las mordidas, jadeando con la respiración entrecortada, con las cejas fruncidas en un rictus de placer, y los cabellos más alborotados de lo que era ya de por sí normal.
Si tuviera que decir qué parte de él le delataba más claramente, diría sin dudar que era su mirada: sus ojos, oscurecidos y brillantes a la vez, perdidos en una bruma de placer demasiado evidente, rogando más a gritos sin que él pudiera hacer nada por disimularlo.
Intentó apartarse, pero los cálidos dedos del mayor directamente sobre su erección le detuvieron, obligándolo a soltar un ruidito lastimero. Sus caderas se balancearon por instinto, en busca de más de ese contacto, y se maldijo en su fuero interno por no poder refrenarse. Pudo ver la sonrisa de Tadashi, y al buscarlo en el espejo para decirle un par de verdades a la cara, el brillo cargado de deseo en sus ojos fue suficiente para silenciar cualquier queja.
Aunque odiara admitirlo, y más en esa situación, adoraba esa actitud de Tadashi. Adoraba que recorriera su piel sin miramientos, como si fuera dueño y señor; que jugara con él hasta dejarlo sensible y tembloroso; y amaba, sobre todo, que no tuviera reparo alguno en ver y disfrutar de lo que hacía, sin pena, y con todas las intenciones aparentes de seguir hasta el final. Siempre era presa de sus miradas hambrientas, es verdad, pero nunca, hasta esa noche, había visto los ojos encantados recorrer su cuerpo de la forma en que lo hacía a través del espejo.
Un solo movimiento de su muñeca bastó para que su cuerpo entero temblara. Sensible como estaba, Hiro sabía que aquello era ya una batalla perdida de su parte. Y aunque intentó resistirse, acabó gimoteando cuando los dedos hábiles se deslizaron por su erección, obligándolo a estremecerse bajo ese placer forzado.
Cerró los ojos de nueva cuenta: la imagen de su propio cuerpo y la mirada que Tadashi le dedicaba, como si estuviera a punto de devorarlo, era algo que no podría soportar en su estado. No cuando la humedad en su miembro era evidente sólo con un par de toques, y podía ver en primer plano cómo Tadashi se concentraba en torturarlo. No cuando el agarre en su cuello aumentó su presión, y Hiro debió morderse los labios para reprimir un gemido, aterrado por la excitación que le recorrió de pies a cabeza.
Los labios ajenos se deslizaron sobre su oído, y Tadashi soltó una risa satisfecha al oír sus jadeos azorados. Molesto, se echó hacia adelante, tratando de negarle el acceso, y a cambio obtuvo una mordida que le obligó a soltar un grito de sorpresa.
—Imbécil —gruñó, con la voz entrecortada, y todo su cuerpo temblando. Un segundo después, la mano en su cuello desapareció, y un suspiro se le escapó cuando los labios hambrientos se apoderaron del lugar donde antes cuatro dedos lo habían mantenido sujeto.
Fue vagamente consciente de cómo se deslizaba la tela de su pantalón, pero no supo qué ocurría exactamente, hasta que el tacto de otra mano le hizo ponerse en alerta. Un respingo se le escapó al sentir el toque sobre su entrada, firme y húmedo.
Demasiado húmedo.
Se atrevió a buscar su mirada en el espejo, indignado entre su vergüenza.
—¿De dónde...?
Pero un jadeo sorprendido silenció sus palabras cuando un dedo cubierto de lubricante entró en su cuerpo casi por completo, obligándolo a abrirse con brusquedad, mientras la mano sobre su miembro aumentaba la velocidad apenas lo suficiente para distraerlo del dolor. La sonrisa de Tadashi podría ser divertida. A él le pareció de lo más malvada.
—Nunca sabes lo que puedes necesitar en un laboratorio —se burló.
Estaba a punto de hacer un comentario sobre cuán imposible era que necesitara lubricante en un laboratorio, cuando el movimiento en conjunto de sus manos lo obligó a morderse el labio con fuerza, ahogando un gemido.
Sí, le dolía. Pero su cuerpo había añorado ese dolor tanto tiempo, de una forma tan desesperada, que incluso pudo sentir un dejo de placer recorrerlo desde el comienzo, obligándolo a removerse en busca de más. Cuando un segundo dedo se sumó, más impaciente de lo habitual, Hiro no pudo reprimir un gemido más alto que los anteriores ante el delicioso estiramiento.
Tadashi pegó su pecho a su espalda, y él por instinto dejó caer su cabeza en su amplio hombro. Los labios del mayor no tardaron en buscar su cuello, dejando una mordida más bien juguetona antes de lamer y besar el lugar. La tela del traje le raspaba, el dolor aún era palpable, y los movimientos sobre su miembro aumentaron de velocidad.
Sus caderas se movieron solas, balanceándose con movimientos tímidos pero claros, todo su ser temblando en busca de más contacto, de más de ese placer que solo Tadashi podía arrancarle aun cuando él no quería aceptarlo. Un gritito se le escapó cuando, como si mantuviera una conversación sólo con su cuerpo, su hermano respondió con movimientos más firmes, forzando a su carne a abrirse con un delicioso escozor que le obligó a lloriquear de placer. Hiro ni siquiera quiso pensar en qué expresión estaría poniendo en ese momento, en qué podría ver Tadashi en el espejo.
Porque si lo hacía, dudaba que pudiera soportarlo mucho más antes de rogarle que dejara de jugar con él y lo tomara de una vez. Porque en el fondo no quería que fuera suave o cuidadoso, quería que hiciera un desastre con su cuerpo, que lo llenara hasta que el único dolor que le aquejara fuera el de sus caderas, hasta que su único miedo fuera no poder soportar su fiereza al devorarlo.
—S-sé más gentil —jadeó en cambio. Aunque se reprendió de inmediato por no ser más cortante en sus palabras, la risa ronca de Tadashi fue suficiente para que dejara de pensar casi por completo, y que su cuerpo se contrajera, ansioso.
—¿Gentil? —repitió sobre su oído, con un ligero temblor en su voz al que no supo dar sentido —¿Quieres que sea gentil, cuando todo tu cuerpo tiembla a mi alrededor ahora mismo? —una nueva risa se le escapó, pero Hiro estaba demasiado ocupado en sentir la manera en que el ritmo de sus embestidas subía de nivel para pensar en ello, reprimiendo a duras penas los gemidos y los estremecimientos de su cuerpo — Hiro, mi amor, en este momento deseas cualquier cosa menos que sea gentil, ¿Verdad? Apuesto a que te mueres porque te empotre contra la ventana y te la meta como una bestia, ¿No es así?
Y aunque sus palabras soeces hubieran sido más que suficiente para hacer a su cuerpo temblar de deseo, encantado ante la perspectiva, ahora mismo Hiro sólo pudo concentrar todas sus fuerzas en morder su labio y silenciar un grito de placer cuando, sin más aviso, una dura embestida lo atravesó, dando de lleno en ese punto que lo volvía loco.
El cambio fue tan rotundo, que sería imposible que Tadashi no lo notara: su tensión, su respiración agitada, la forma en que estaba a punto de hacer sangrar su labio.
Ni siquiera se había recuperado cuando una nueva embestida en el mismo lugar le hizo sollozar.
—Hijo de puta —jadeó, los labios adoloridos, el cuerpo entero temblando contra el pecho de su hermano. La sonrisa de Tadashi no hubiera estado más llena de satisfacción si hubiera sollozado en ese momento que lo tomara, porque, pese a sus palabras, su tono tembloroso dejaba muy en claro el mensaje: quería esa fiereza, quería ese dolor. Hiro no podía imaginar un mejor final para aquella noche que Tadashi destrozándolo contra el espejo.
—¿Es lo suficientemente gentil para ti, Hiro? —ronroneó, y el chico gimoteó lastimeramente al sentir su pulgar dibujando círculos sobre su glande, esparciendo la humedad por toda su extensión cuando volvió a bajar, presionando con firmeza.
Y cuando volvió a empujar en su interior, ensañándose en ese punto sensible, no pudo más que entreabrir los ojos, dispuesto a insultarlo cuanto pudiera mientras tuviera consciencia.
Pero todas sus palabras se esfumaron cuando su mirada dio de lleno en los ojos llorosos en el espejo, en los labios entreabiertos y babeando vagamente, mientras todo su cuerpo se estremecía y contoneaba contra esas manos que estaban a punto de volverlo loco. Hiro no podía concebir una sola persona que pudiera creer que no deseaba aquello al verlo en ese estado, mientras Tadashi lo tocaba con descaro, forzándolo a recibir ese placer que comenzaba a volverse intolerable y que ahora mismo estaba a punto de volverlo loco. Se debatía entre la excitación y la pena por bajar la mirada, y todo su cuerpo tembló al ver y sentir cómo su pulgar se ensañaba con su punta rojiza. Todo su cuerpo ardió en respuesta, y un jadeo entrecortado dejó en claro su delicada situación.
Desesperado por una tregua, llevó sus ojos hasta su hermano, rogándole con la mirada porque se detuviera, porque le diera un respiro... pero no pudo más que estremecerse al ver su imponente figura sobre él. Con el ceño ligeramente fruncido, se dedicaba a besar y morder su cuello, donde algunas marcas nuevas comenzaban a aparecer una vez más, para su más secreta satisfacción. Por un momento, lo sobrecogió apreciar la diferencia que aún había entre sus cuerpos: aunque hubiera ganado algunos centímetros en altura, Hiro comprobó que los hombros de Tadashi seguían siendo mucho más anchos que los suyos, fuertes. Enfundado en el traje aún, el chico a sus espaldas parecía en verdad un héroe dispuesto a jugar con él hasta volverlo loco, a salvarlo o destrozarlo por completo... y Hiro se maldijo cuando todo su cuerpo tembló, encantado.
—T-Tadashi —lo llamó con voz temblorosa, un tono ronco y necesitado que se maldijo por usar casi de inmediato. No podía evitarlo, nada en su cuerpo parecía querer obedecerlo ya.
Cuando los ojos de su hermano lo buscaron en el espejo, oscuros, animales, llenos de deseo, sin el menor interés por ser cuidadoso... Hiro gimoteó, echando sus caderas hacia atrás, anhelante.
Tadashi sonrió, y él sólo pudo pensar en cuánto quería morderle la boca.
—¿Quieres que sea más gentil? —se burló, pasando lentamente la punta de la lengua por sus labios. Hiro se estremeció…
Antes de llevar una de sus manos a la cabeza del otro y, sin el menor cuidado, jalar sus cabellos hasta pegar esa boca a sus labios. Sintió el estremecimiento de Tadashi contra él cuando le mordió los labios, y una sonrisa se le escapó al oírle jadear.
—Voy a matarte cuando terminemos esto —susurró, bajo, tranquilo. Su sonrisa no tenía un rastro de enojo, pero tampoco uno de duda —. Así que más te vale que hagas todo lo que desees ahora.
Tadashi se estremeció una vez más, sorprendido, y no supo si atribuir su repentino nerviosismo a esas palabras, a su mordida, o a esos ojos que lo desafiaban e imploraban que siguiera.
La duda duró un segundo, antes de que una sonrisa también jalara de sus comisuras. No lo pensó antes de lanzarse a besar esa boca, sintiendo su piel erizarse cuando Hiro gimió dentro del beso.
Un segundo después, el gemido fue completamente audible, y un dejo de malicia subió a sus ojos cuando volvió a enviar sus dedos tan profundo como podía en el chico. No tuvo cuidado cuando bajó a morder su cuello y hombros, Hiro acababa de darle su consentimiento, y de hecho, si prestaba atención a su tono, prácticamente le estaba ordenando que fuera un bruto con él.
En un estado normal, jamás podría comportarse así con él por más que le rogara... pero ahora mismo lo único que quería era hacer delirar de placer a su hermano, y perderse él mismo en ese delirio. Había comprobado que siempre que trataba de protegerlo, terminaba por herirlo más... por una vez, quería ser egoísta.
Las manos de Hiro se estrecharon sobre su cuerpo, exigiendo más cercanía, y Tadashi sonrió.
—¿Qué haces? —susurró sobre su boca, un sonido ronco que hizo estremecer al chico casi tanto como la advertencia en su mirada—. ¿Quién te permitió moverte?
—Hago lo que puedo, pero me lo pones difícil —murmuró, sonriendo a su vez, antes de bajar un poco más el cierre. —. Te extrañé demasiado como para soportar no tocarte ahora... ¿Tú no me extrañaste en lo más mínimo?
Aprovechó la cercanía para morder su labio inferior, antes de jalar con delicadeza, y Tadashi sintió su cuerpo entero estallar en respuesta. Oh, si tan sólo supiera, definitivamente no lo estaría tentando de esa manera...
Hiro gimió con fuerza, temblando contra sí, y Tadashi entrecerró los ojos, antes de dirigirlos al espejo. Sonrió al encontrarse allí la mirada ida del chico, contemplando su propio cuerpo en él. Su respiración agitada, los suaves espasmos que contraían los músculos de sus piernas, los ojos brumosos de deseo, la humedad cada vez mayor en su miembro. Tadashi podía verle retorcerse en busca de más.
Más fue exactamente lo que le dio.
Las uñas del chico se clavaron en su cabeza y antebrazo cuando subió la intensidad, y un gemido obsceno se le escapó cuando envió un tercer dedo a su interior, rudo, directo. No volvió a salir, en cambio, frotó con insistencia el punto de su hermano. Si antes estaba sensible, ahora los murmullos que soltaba entre jadeos le dejaban en claro que estaba en el punto de no retorno. Cuando notó que esos murmullos eran su nombre, en un tono bajo, ronco y lleno de pasión, Tadashi sintió que iba a explotar.
Hiro sentía su cuerpo entero temblar por el placer, con aquellos dedos firmes y rudos atravesándolo sin piedad, obligándolo a arquearse y babear en respuesta. Los movimientos circulares sobre su punto parecían diseñados para volverlo loco, manteniéndolo tenso en todo momento, reteniendo a duras penas sus gemidos y sollozos. El lento bombeo en su miembro le hacía estremecerse y arquearse, y el húmedo sonido que comenzaba a llenar el lugar, a la par que sus propios jadeos, le estaba volviendo loco.
Una presión constante le obligó a alzar la vista al espejo, curioso, y todo su cuerpo se tensó al notar la manera en que Tadashi se lo comía con la mirada a través de él.
El mayor sonrió al verle apartar la mirada, avergonzado aún en ese punto, y una parte muy oscura de él, que usualmente ignoraba, se estremeció, encantada con la idea de seguir molestándolo. Retiró sus dedos casi por completo, sólo para volver a empujar con fuerza, dando de lleno en su punto más sensible. Suspiró en aprobación al sentir su carne abrazar sus dedos con firmeza, al tiempo que oía los rotos quejidos que el chico luchaba por reprimir. Volvió a mover sus dedos en círculos sobre su próstata, y el cuerpo de su hermano vibró como la cuerda de un arco.
—Hiro, apenas puedes dejar de temblar, eres un desastre... —susurró sobre su piel, besando su cuello entre murmullos. La expresión del chico era la de alguien perdido en el placer, pero sabía bien, por la forma en que trataba de esquivar sus ojos, que lo estaba escuchando con atención —. No ha habido una sola noche, en estas semanas, en que no haya recordado este rostro, esta sensación. Quería tanto tenerte, verte llorar, implorarme que te tocara, besar cada pedazo de ti, deseaba tanto buscarte cada noche... pero me había jurado no hacerlo, mantenerte alejado, a salvo —Hiro jadeó al sentir su mordida sobre su cuello, aun cuando, por dentro, hubiera deseado darse vuelta y mandarlo a volar de un puñetazo —. Si hubiera sido un poco más listo, no habría pasado tantas noches deseando tocarte, aliviando mi deseo en silencio, teniéndote tan cerca...
Hiro jadeó por la sorpresa al comprender el mensaje, al ver la mezcla de pena y malicia en esos ojos que casi relucían junto a él. Se mordió el labio, avergonzado al entender que, durante todas esas noches, Tadashi había debido tocarse para no ir sobre él.
Y aunque luchó por no hacerlo, la sola imagen mental que se formó sobre eso bastó para volverlo loco: Tadashi a metros de él, acallando a duras penas sus gemidos con su nombre, mordiendo sus labios y fantaseando con tenerlo como lo tenía justo en ese momento...
Hiro prácticamente sollozó cuando los movimientos aumentaron su ritmo, mientras los labios de Tadashi buscaban su oído. Los espasmos lo obligaron a arquearse contra esas manos hábiles, inconscientemente buscando un placer mayor, mientras todo su cuerpo se estremecía y temblaba contra él. Tadashi elogió su reacción, y Hiro se ruborizó, mordiéndose los labios en un intento desesperado por no gemir su nombre, mientras la presión en su vientre bajo se hacía cada vez más insoportable, y toda su piel se erizaba en respuesta.
Intentó cerrar los ojos, pero un sonido de advertencia de Tadashi bastó para detenerlo.
—No te atrevas a apartar la mirada —murmuró, lo suficientemente ronco para que Hiro se estremeciera. No supo por qué, pero ni siquiera dudó en hacerle caso, mientras que le era imposible reprimir sus jadeos y sus estremecimientos eran más y más notorios.
Apenas podía mantener los ojos abiertos para ver la imagen en el espejo, borrosa por las lágrimas de placer que no podía reprimir. Sus labios entreabiertos, su piel brillante por la fina capa de sudor que la cubría, sus mejillas ardientes, y el ceño fruncido, soportando apenas el placer que lo recorría. Un espasmo lo sacudió, al tiempo que un primer gemido demasiado agudo para su gusto se escapaba de sus labios. Se apresuró a llevar una mano a su boca, mordiendo su índice para acallarlos. Sin embargo, ni eso pudo ocultar su estado: se removió con fuerza mientras el placer se extendía por su cuerpo en oleadas imposibles de ignorar, obligándolo a gemir entrecortadamente sobre su dedo. Sin darle tregua, Tadashi lo llenaba con insistencia, masturbándolo a un ritmo desesperante. Hiro se vio a sí mismo arquearse en respuesta, en medio de un latigazo de placer, y soltar un gemido más agudo que los anteriores al tiempo que el orgasmo lo sacudía.
Gimoteó cuando Tadashi, inclemente, continuó moviéndose a pesar de que ya había acabado, extendiendo su placer hasta que sus rodillas le fallaron y sus uñas dejaron profundas marcas rojizas en su piel. Dejó caer su cabeza sobre el hombro del mayor, rendido, y desde luego, el nombre del chico se le escapó como la más lastimera de las súplicas, mientras todo él tiritaba en respuesta.
No le pasó desapercibido el beso que dejó sobre su mejilla cuando, aun estremeciéndose, buscó inconscientemente el conocido aroma de su hermano. Permaneció así, quieto e inhalando su perfume por unos momentos.
Más Hiro apenas había recuperado su respiración cuando, sin previo aviso y sin entender de qué manera, Tadashi ya lo había girado y devoraba su boca como un poseído. Un brazo envolvió su cintura con firmeza, y su mano sujetó suavemente su nuca, obligándolo a aceptar el beso.
Y aunque aún estuviera molesto, Hiro se sorprendió a sí mismo aferrándose a la tela de su traje y poniéndose en puntas de pie, con las piernas aun débiles, para besarlo de vuelta, tan o más desesperado que él. Mordió con fuerza su labio inferior, y Tadashi gruñó, una mezcla entre un gesto de satisfacción y una advertencia.
Jadeó cuando bajó hasta su cuello, lamiendo todo a su alcance, succionando su piel de una manera en que, sabía, lo dejaría cubierto de marcas al día siguiente. Ocultó el rostro en su cuello cuando el mayor hizo ademán morder su oreja, juguetón.
Y se sorprendió al sentir sobre los labios una textura diferente a la del resto del traje. Hiro se apartó apenas, y arqueó una ceja al encontrar, entre las dos líneas naranjas que relucían vagamente en la oscuridad, la cremallera frontal del traje.
Tadashi volvió a buscar sus labios, ansioso al sentirle detenerse. Más fue él quien se quedó inmóvil sobre ellos, sorprendido al sentir la diferencia en la tensión de su traje. Al bajar la mirada, lo primero que vio fue la mano de su hermano sobre la tela.
Lo segundo fueron esos ojos, entre inocentes y juguetones, que parecían querer volverlo loco a toda costa.
Sonrió, encantado de que lo intentara.
Y cuando lo vio bajar más, hasta atrapar el cierre del traje entre sus labios, Tadashi debió echar mano de todo su autocontrol para no abalanzarse sobre él en ese momento.
Hiro sonrió a pesar del nerviosismo que lo recorría de pies a cabeza, y al no encontrar ninguna negativa, descendió cada vez más, dejando la piel desnuda a la vista. Alzó las manos, temblando ligeramente, para recorrer con ellas los marcados relieves de su musculatura.
Pronto fueron sus labios los que buscaron el tacto del vientre de su hermano, mientras las manos intentaban deshacerse de ese molesto traje que solía idolatrar. Besó y mordió suavemente, deleitándose en los estremecimientos que recorrían a Tadashi, aun cuando trataba de reprimirlos a claras luces. Hiro sonrió ante la sensibilidad de su hermano, ante el calor abrasador de la piel bajo sus labios, y decidió bajar más, hasta la zona donde la curva de la cadera nacía. Consciente de la sensibilidad del lugar, dejó una buena mordida sobre la marca en v del músculo, sonriendo al obtener una maldición en respuesta.
Más jadeó cuando un fuerte agarre le obligó a alzar el rostro, firmemente sujeto por el cabello de la nuca. Aunque le dolía, por instinto, buscó la mirada de su hermano, temiendo haberlo lastimado.
—Cuidado con lo que haces —el tono de Tadashi era apenas pesado, evidenciando sólo en ese detalle lo agitado de su respiración. Pero el brillo que encontró en esos ojos, más que dolor, dejaba en claro cuánto deseaba comérselo allí mismo.
Sólo entonces notó Hiro lo comprometedor de esa posición: de rodillas ante el otro, tocándolo de la forma más descarada que nunca hubiera soñado, y demasiado cerca de su...
Un leve acceso de timidez lo embargó, pero pronto se recuperó, descubriendo una vez más cuánto disfrutaba ejercer esa clase de poder sobre el otro. Esbozando una sonrisa llena de picardía, volvió a posar sus labios en el vientre bajo de su hermano, descendiendo de manera demasiado tentadora como para que pudiera ignorarlo.
—¿No quieres, mi héroe? —murmuró, antes de rozar apenas con la punta de su lengua la piel caliente, y su sonrisa sólo se amplió al ver la manera en que los labios del mayor se entreabrían, en una evidente exhalación de sorpresa.
Aunque no pudo disfrutar mucho más de la escena, antes de que ambos brazos lo aferraran y le obligaran a ponerse de pie. Sin que pudiera entender cómo, Hiro se descubrió con las piernas sujetas a las caderas del mayor, mientras él se apoderaba de sus labios con desesperación, mordiéndolos, buscando su lengua con movimientos que estuvieron a punto de volver loco a Hiro. Trató de corresponderle, aun cuando no podía seguirle el ritmo.
Cuando se separó de él, Hiro de hecho estaba jadeando. Se maldijo en su fuero interno al ver la sonrisa de autosuficiencia de Tadashi.
—Encantado lo haría —murmuró, un tono suave que no perdía por ello lo seductor, tanto que Hiro apenas notó que se acercaba de nueva cuenta al espejo, perdido en la forma en que sus labios rozaban su piel al hablar —. Pero ha sido un día largo y no creo poder estar a la altura, así que deberemos dejarlo para otra ocasión.
Hiro se sorprendió cuando le obligó a soltarlo. Sus piernas estaban desnudas ahora, temblando cuando sus pies tocaron el suelo. Tadashi sonrió al notarlo, y el chico tragó saliva al ver cómo se echaba finalmente el traje hacia atrás, dejando el amplio torso al descubierto. Se estremeció de nueva cuenta al sentir los ojos deseosos del mayor sobre él, y ante la sonrisa atrevida que esbozó, no pudo más que apartar la mirada.
Encantado por el acceso de pena, Tadashi se inclinó de nuevo hacia su rostro. Los labios del chico temblaron cuando los rozó, y no pudo más que ampliar su sonrisa, encantado por el rubor en sus mejillas, por la forma en que trataba de bajar el rostro para que no lo mirara.
¿Era ese el chico que acababa de insinuársele de la manera más descarada?, ¿El que le había hecho estremecer de deseo y nervios como si fuera su primera vez?, ¿El que le había golpeado con la suficiente fuerza, como para que aún sintiera el dolor en su mandíbula cuando presionaba?
Sonrió con ternura. Lo cierto es que no importaba cuántas caras tuviera Hiro, adoraba todas y cada una de ellas, y desde la más atrevida, hasta la más inocente bastaba para volverlo loco.
Hiro tembló cuando mordió su boca una vez más, antes de unir sus labios de nuevo. Se sorprendió al notar la suavidad de este beso, esa tan familiar que había brillado por su ausencia aquella noche, y aunque debía admitir que la brusquedad de Tadashi también era algo atractiva, no podía negarse a sí mismo cuánto su cuerpo vibró en respuesta a su habitual calidez. Se estremeció, antes de echarle los brazos al cuello y aferrarse a él casi con desesperación. No quería pensar en esa humedad extra que se deslizaba por sus mejillas, antes de profundizar el beso, deslizando su lengua en busca de la suya, mientras sus manos se dedicaban a recorrerlo, deseando desesperadamente sentir su piel.
Las manos tomaron su cadera con un agarre firme pero delicado, y Hiro tembló cuando los labios de su hermano subieron hasta su oído.
—Date la vuelta —susurró, bajo y grave como un trueno en la lejanía, desarmándolo por completo. Jadeó, y se sorprendió a sí mismo al obedecer el empuje de esas manos, con los labios de Tadashi pegados a su cuello.
Y un calor demasiado conocido lo recorrió cuando, obligándolo a alzar una de sus piernas en el marco de la ventana, Tadashi se pegó a su cuerpo. Hiro cerró los ojos con fuerza cuando la presión se hizo notable, y mordió sus labios al sentir ese ardor contra el que su cuerpo siempre luchaba. Jadeó, azorado, al sentir su cuerpo abrirse a cada centímetro de carne que entraba en él, firme, inclemente. Se tensó y relajó un par de veces, sin poder reprimir pequeños quejidos, antes de cerrar los ojos y morderse los labios, ajustándose al intruso en su interior, mientras la respiración de Tadashi se volvía entrecortada sobre su cuello.
Comenzaba a sentirse nervioso, por lo que agradeció los fuertes brazos que lo envolvieron de repente, estrechándolo por la cintura, pegándolo a un corazón que latía como loco en el pecho ajeno. Hiro se relajó un poco al sentir el nerviosismo del otro, pero eso no evitó que un gimoteo adolorido se le escapara cuando volvió a empujar. Los labios de Tadashi volaron hasta su mejilla, y no pudo evitar sonreír pese a sí mismo al sentir sus besos.
—Si duele...
—Y ahora avisas —se burló, atreviéndose a entreabrir los ojos, en busca de los de su hermano. Sonrió al ver la expresión culpable de Tadashi, donde un dejo de placer se apreciaba apenas.
Hiro consideró que eso era un insulto. No había aguantado tanto para que el otro apenas disfrutara.
Sin pensarlo mucho, llevó una de sus manos hacia atrás. Tadashi dio un respingo cuando aferró uno de sus glúteos, antes de jalar en su dirección, obligándolo a enterrarse más en él. El gimoteo del mayor le hizo soltar una risa divertida, ayudándolo a sobreponerse a su propio dolor.
Sólo reconsideró lo peligroso del movimiento cuando, sin más dilaciones, Tadashi embistió profundamente en su interior, obligándolo a aceptarlo por completo en medio de un grito ahogado. Un ramalazo de dolor le atravesó de pies a cabeza, y su expresión sorprendida en el espejo no le hacía justicia a lo que sentía en ese momento.
Ni a lo que le causó ver el rostro ensombrecido de Tadashi a sus espaldas.
Hiro se estremeció al sentirlo moverse, lento pero constante, sin darle apenas un momento para habituarse. Y aunque el acto en sí le dio mala espina, no pudo más que desecharla cuando las sensaciones comenzaron a recorrer su cuerpo: el dolor y un cosquilleo placentero le obligaron a jadear, y la imagen de sus cuerpos unidos en el espejo no ayudaban en nada a mantener su cordura. Los brazos ajenos se estrecharon con fuerza a su alrededor al tiempo que una embestida ruda lo obligaba a crisparse. La respiración de Tadashi se volvió pesada sobre su cuello, mientras Hiro sentía su interior lleno casi por completo. Su piel entera se erizó, sensible a más no poder.
Pero cuando el abrazo se deshizo, y las manos se posaron con firmeza en su cadera, Hiro no pudo más que tragar saliva y tratar de mantenerse erguido, aferrándose a las muñecas ajenas. Los movimientos no aumentaron de repente, por el contrario, se mantuvieron en un ritmo lento, relativamente cuidadoso, de hecho, a medida que se movía en su interior, Hiro incluso comenzó a impacientarse. Eran movimientos pausados, que le hacían temblar en cada leve inclinación, que le obligaban a recostarse contra el mayor y sentir cómo su cuerpo ondulaba contra el suyo en cada embestida, haciéndole gimotear bajito cuando mordía su cuello para inmovilizarlo mientras lo penetraba, como si fueran animales.
Cuando aumentó la velocidad, Tadashi se aferró a sus caderas con la firmeza suficiente para que Hiro esperara ver una marca al día siguiente, y no pudo evitar que cierto dejo de excitación le recorriera ante la idea, antes de que una embestida le sacara de su momento fetichista en medio de un gemido. Hiro se mordió el labio y entrecerró los ojos, luchando por reprimir los gemidos para nada discretos que pugnaban por escapar de su boca. No necesitaba verse en el espejo para saber que su imagen era deplorable, y que su sexo estaba vergonzosamente erecto de nuevo sólo por ser penetrado por Tadashi.
Se estremeció cuando una de las manos que lo sujetaban se deslizó hasta su muslo y, con un firme movimiento, le obligó separar sus piernas, dejándolo expuesto de manera vergonzosa. Curioso al principio, Hiro bajó la vista, y sintió todo su ser tensarse al ver, en primera fila, el húmedo punto en que sus cuerpos se unían. Su cuerpo entero vibró al ver el miembro de Tadashi perderse una y otra vez en su interior, constante, firme.
El hecho de que no fuera pena lo que le embargara, sino una profunda excitación, debía ser en sí mismo suficiente para que no pudiera mostrar su rostro en público por años.
El hecho de que el otro lo descubriera… bueno, no sabía qué hacer con eso.
Su cuerpo entero se contrajo cuando el grueso miembro volvió a perderse en su interior, presa de la morbosa imagen, y demasiado tarde se dio cuenta de que no era el único capaz de percibir su excitación allí. Un ramalazo de pánico lo recorrió de pies a cabeza cuando un profundo gemido vibró sobre su cuello, antes de que una risa ronca lo siguiera.
—Me estás succionando con fuerza —susurró el mayor sobre su oído, visiblemente excitado y con una voz tan ronca que dejó en claro todo el placer que él mismo estaba sintiendo—. Mi amor, ¿Quién diría que te gustaría tanto mirar?
Y justo cuando estaba por negarlo, por tratar de salvar algo de su honor, pudo ver y sentir cómo el mayor enviaba su miembro con fuerza a su interior, llenándolo en una sola embestida que le dejó sin aire, a la que siguió otra, y otra, hasta que el ritmo fue constante y enloquecedor. Hiro jadeaba sin poder contenerse, azorado, pero sin poder apartar la mirada del punto en que su hermano lo tomaba, cada vez más firme, cada vez más profundo. Sabía que era morboso, que era sucio, y justamente eso era lo que le tenía encantado, a su pesar. Ni siquiera lo pensó antes de echar las caderas hacia atrás, deseando sentirlo más aún, y el mayor gimió en aprobación.
Aunque preveía su reacción, no esperaba que, en una sola y firme embestida, el mayor volviera a dar de lleno en su punto más sensible. Su cuerpo entero se tensó, y un grito descarado se le escapó, ahogando el gemido de Tadashi ante las contracciones de su interior. La diferencia fue notable para ambos: de repente, todo reparo había desaparecido de los movimientos del mayor, y Hiro se encontró a sí mismo temblando ante las estocadas del otro, demasiado bruscas incluso para él.
Jadeó cuando Tadashi se inclinó hacia adelante, sin dejar de moverse con firmeza, y Hiro debió sujetarse de lo primero que encontró. Ciertamente, cuando alzó la mirada y se encontró a sí mismo apoyado en el vidrio, llorando, rojo hasta las orejas, con los labios abiertos y gimiendo el nombre de su hermano, consideró que la imagen no era de las cosas más excitantes que pudiera ofrecer.
Tadashi parecía en desacuerdo, o eso dedujo cuando, tras intercambiar una breve mirada de súplica con el otro a través del espejo, se limitó a gruñir algo que no pudo entender y aferrarse a sus caderas, para volver a enterrarse en lo más profundo de su ser.
Si su rostro gimiendo era pintoresco, Hiro no sabía qué decir del que ponía al gritar de placer.
Decidió cerrar los ojos, pero eso no hizo las cosas más sencillas. Así, no había nada que lo distrajera del ir y venir del miembro en su interior, de sus jadeos desesperados y gemidos roncos, ni del húmedo sonido de sus pieles al chocar que ya era imposible de ignorar en la habitación. Hiro gimió, con las sensaciones a flor de piel, y se sorprendió a sí mismo arqueando la espalda y elevando las caderas en un ofrecimiento inconsciente. Entreabrió uno de sus ojos, y de inmediato su cuerpo tembló al ver la expresión del otro: desde ese ángulo, podía disfrutar por completo del rictus de placer de su hermano y de los movimientos de su cuerpo cada vez que se empujaba en su interior. Sus abdominales se marcaban exquisitamente cada vez que enviaba sus caderas hacia adelante, enterrándose en el él en medio de un gruñido bajo y ronco de placer.
Tadashi aumentó la fiereza de sus embestidas, rudo, rozando apenas ese punto que le derretía, pero sin dar nunca de lleno, volviéndolo loco. Hiro le sintió pegar su cuerpo al suyo, y dio un grito ahogado cuando mordió con fuerza el centro de su espalda. Aunque pronto el placer ganó terreno, cuando aquellos dedos firmes volvieron a buscar su miembro erecto y comenzaron a bombear al ritmo de sus embestidas, esparciendo la humedad ya incontrolable. Hiro casi sollozó por la sobrecarga de sensaciones, mientras los labios de Tadashi ascendían lentamente por su cuerpo, dejando un camino ardiente que le hacía temblar, una suavidad que contrastaba con la fuerza con que lo llenaba en cada embestida.
Ya no pudo contener sus jadeos, y apenas fue consciente de la manera en que sus caderas se removían contra las del mayor, buscando tenerlo más profundo en su interior, insaciable.
Y la imagen desde arriba era incluso mejor. Tadashi a duras penas podía reprimir sus deseos de morder y arañar esa suave piel al sentirlo removerse contra él, arqueando sus caderas. Su cuerpo esbelto se balanceaba con una cadencia desesperante mientras buscaba enviarlo más dentro de sí, y los espasmos de ese interior cálido y estrecho lo tenía al borde de la locura. Se aferró a su pecho desnudo, recorriendo la húmeda piel con devoción: había pensado mil maneras de molestarlo con los guantes y el traje aquella noche, pero no había podido resistirse a su propio deseo de tocar todo su cuerpo, de sentirlo estremecerse bajo él, de sentir su piel erizarse bajo su toque. El simple hecho de tenerlo de espaldas, de perderse sus gimoteos ahogados y sus sollozos, mientras su cuerpo se estremecía y estrechaba ante la cercanía del orgasmo, era toda una tortura para él.
A Tadashi sólo le bastaron un par de embestidas más y presionar su miembro para que Hiro debiera morderse los labios con fuerza y arañar la superficie del vidrio, sintiendo que estaba a punto de venirse.
Pero, desde luego, Tadashi era un bastardo.
—Te voy a matar, hijo de puta —gimió, casi al borde de un sollozo, cuando su orgasmo se vio interrumpido por un dedo traidor. Rio a sus espaldas, y Hiro se erizó como un gato en respuesta.
Al menos, hasta que un brazo lo arrastró hasta el suelo, lejos del espejo y sobre las piernas de un muy excitado Tadashi, antes de que un par de labios hambrientos cayeran sobre los suyos, temblorosos. No tenía idea de cómo se las había arreglado, pero de repente estaba de frente a su hermano, con su mano aun reteniendo su orgasmo y con un firme miembro muy, muy dentro de sus entrañas.
Cuando lo embistió de nuevo, duro, Hiro soltó un agudo gemido y se aferró a sus anchos hombros. Acababa de tocar su punto, y su reacción fue estrecharse con tanta fuerza que incluso Tadashi debió gemir.
—Mierda, Hiro —jadeó, azorado, moviendo sus caderas con un ritmo constante. Hiro comprobó, para su horror, que era capaz de levantarlo en cada embestida —. Eres como el cielo, mi amor.
Pese a que todo su cuerpo se estremeció con fuerza ante esas palabras y la mirada llena de idolatría que el otro le dirigía mientras las susurraba a centímetros de sus labios, no pudo pensar más en ellas. No cuando ambas manos se aferraron a sus caderas con firmeza y, sin mediar más palabras, comenzaron a moverlo a su gusto, como si no pesara más que una pluma.
Y aunque, muy en el fondo, debía admitir que le encantaba la manera en que Tadashi lo tocaba y miraba en el espejo, no había nada que pudiera compararse a la sensación del cuerpo de Tadashi contra el suyo. Temblando de pies a cabeza, sensible por el orgasmo interrumpido, se echó hacia adelante, abrazándose con fuerza al otro y enterrando su rostro en su cuello. En esa posición, la fricción contra la piel del vientre ajeno directamente sobre su pene lo obligó a estremecerse, y aunque intentó alejarse, un brazo de Tadashi lo obligó a permanecer allí. Sus pieles juntas, la humedad y el sudor de ambos mezclándose, el calor de ambos cuerpos volviéndolos locos, mientras los roncos gemidos y jadeos se enredaban en el espacio entre sus bocas, empujándolos cada vez más cerca del final.
Hiro gimoteó al sentir cómo volvía a dar de lleno en su próstata. Y cuando se ensañó en ella, aumentando la velocidad, no pudo más que morderse los labios con fuerza y echar la cabeza hacia atrás. Su cuerpo entero subía y bajaba a merced del mayor, y en esa posición no sólo podía sentirlo más profundo en él, llenándolo por completo, sino que podía notar a la perfección cada jadeo, cada gemido con su nombre.
No supo en qué momento puso sus rodillas en el piso y fue él quien comenzó a montar a Tadashi, firme, desesperado. Ni cuándo una de las manos del mayor se apoyó en el suelo, soportando el peso de ambos mientras sus caderas subían con fuerza, llenando a Hiro en cada embestida y llamándolo en un tono suplicante, ronco y perdido en el placer.
Temblando, sensible, y con esa presión desesperante trepando por su vientre en cada toque, Hiro alzó la mirada, sólo para encontrarse con los ojos oscurecidos de su hermano y sus labios jadeantes. Se estremeció, extasiado e intimidado a partes iguales, y Tadashi no pudo más que soltar un gruñido bajo de goce, antes de aferrarse a sus labios y acelerar su ritmo, obligando a Hiro a jadear y retorcerse, presa del placer creciente. Trataron de imprimir cierta cadencia al beso, pero lo único que consiguieron fue combinar sus jadeos en una desastrosa serie de mordidas y caricias, sin ritmo y más satisfactoria de lo que jamás habrían creído, mientras los espasmos de placer los obligaban a aferrarse al otro en un enredo de brazos, piernas y gemidos.
Hiro se tensó cuando el mayor dio de lleno en su próstata una vez más y, desesperado, trató de ahogar un grito de placer cuando su orgasmo por fin lo azotó. Arqueó su espalda, extasiado, y se descubrió a sí mismo mordiendo como un animal el hombro de Tadashi. Sólo fue cuando le sintió temblar de pies a cabeza debajo de él, junto a la humedad llenarlo a raudales tras un ronco susurro con su nombre, que recordó el fetiche que su hermano parecía tener con las mordidas
Tadashi dio un grito ahogado, al tiempo que alzaba sus caderas con firmeza, viniéndose tan profundo como podía en el interior de Hiro, disfrutando de la agitada respiración del otro sobre su cuello, así como del escozor que le cosquilleaba desde el hombro. Continuó moviéndose con firmeza, sólo para extender el placer de ambos, y se regodeó en los gemidos ahogados de Hiro llamando su nombre, mientras un desastre húmedo comenzaba a impregnar su piel. Aunque sabía que era incorrecto, la deliciosa sensación del interior del chico succionándolo en cada espasmo lo estaba volviendo loco, tanto que debió morderse el labio para no soltar las palabras sucias que se moría por decirle al oído en ese momento.
sólo se detuvo cuando la fuerza de su brazo lo abandonó y se fue de espaldas contra el suelo. No se molestó en enderezarse, en cambio, abrazó el cuerpo sobre él y se dejó estar unos momentos, tratando de normalizar su respiración y los estremecimientos que le recorrían de pies a cabeza. Hiro por fin soltó su hombro, y no pudo reprimir una sonrisa al sentirle jadear también, exhausto.
Pero pasado un momento, otro sonido proveniente de su hermano llamó la atención del mayor, que ya recuperado de la bruma del placer, permaneció atento. Al principio creyó que eran risas.
Le bastó sentirlo temblar para saber que estaba llorando.
—Tarado... imbécil —murmuraba el chico, la voz rota y el rostro firmemente oculto en su pecho.
Se irguió, alerta, al tiempo que trataba de apartarlo para ver su expresión. Fue hasta que notó que estaba dentro de él aún, que una idea aterradora lo sobrecogió.
—¿Hiro? ¡Hiro! —jadeó, alejándose con tanto cuidado como su pánico le permitía, antes de tratar de tomar el rostro lloroso del chico entre sus manos —¡Hiro, lo siento! ¿Te lastimé?, ¿Qué duele?
Pero lo que iba a doler, y mucho, era su mandíbula al día siguiente, que por segunda vez acababa de recibir un puñetazo lo suficientemente duro como para obligarlo a sostenerse en su brazo para no dárselas de lleno contra el suelo. Hiro se veía muy indefenso cuando quería, pero comenzaba a sospechar que era una suerte de carnada para idiotas como él.
O lo pensó, hasta que la desesperación en la voz del chico le dejó en claro que hablaba en serio.
—¡¿Teníamos que llegar a esto, bastardo?! —exclamó, con las mejillas llenas de lágrimas y un tono que le empujaba a abrazarlo con todas sus fuerzas, no importa cuántas veces debiera soportar sus puñetazos. Hiro alzó la mirada, y en ella fue claro su dolor y su vergüenza — ¡¿Tenías que ser tan terco?! ¡¿Por qué haces esto si vas a rechazarme de nuevo por la mañana?!
Tragando saliva, sintiendo cada palabra que brotaba de sus labios como una puñalada directo en el pecho, Tadashi respiró hondo, tratando de permanecer sereno por ambos... En cambio, se aferró al chico con todas sus fuerzas, presionándolo contra su pecho aun cuando intentaba alejarlo con débiles golpes e insultos.
—Lo siento, Hiro, por favor perdóname —susurró sobre su cabello, sintiendo su propio corazón acelerado. Sabía que no había sido racional con ambos, que había hecho aquello de la peor manera posible, pero no dudaba ni por un segundo de los sentimientos que tenía por el chico, y el que no pudiera creerle después de eso simplemente lo aterraba.
—Te perdono una y otra vez, y una y otra vez vuelve a pasar —sollozó, esta vez rendido, con los brazos a los lados y el rostro oculto en su pecho —¿Cómo quieres que te crea ya, Tadashi?
No podía. Tadashi no tenía derecho a querer que le creyera, a esperarlo. Si aquella fuera una situación normal, y ellos estuvieran manteniendo esa conversación sobre un tercero, Tadashi hubiera puesto todo de sí para evitar que Hiro volviera a caer en las mentiras de una persona tan inestable. Pero no eran normales, ni por asomo, y en cambio, él solo podía rogar que su sinceridad fuera suficiente para convencerlo.
—Porque esta vez no lo negaré —susurró, apartándose lo suficiente para tomar sus mejillas y, como si fuera lo más delicado del mundo, obligarlo a alzar el rostro. Sus ojos estaban llorosos, pero esta vez era el dolor, y no el placer, lo que le tenía así. Tadashi se maldijo por eso, antes de darle el tono más dulce y seguro a sus palabras, dejando que él viera la sinceridad en sus ojos —. Te amo, a pesar de todo, y no quiero perderte, ni a ti, ni a esto.
Y aunque el rubor en las mejillas del chico fue evidente, así como el brillo que iluminó sus ojos ante esas palabras, Tadashi vio con resignación cómo esa llamita se reducía apenas a un rescoldo tras una capa de cautela.
Negó suavemente.
—No... no puedo creerte aún —confesó, agobiado. Y pese a sí mismo, Tadashi sintió como una puñalada en el corazón el dejo de culpa en esas palabras. Hiro, con todo lo que había sufrido, se reprochaba el estar teniendo reparos.
Aunque era el principal damnificado, no podría nunca preferir que fuera tan ciego, tan devoto de una persona. Lo había lastimado, había herido su confianza, era justo que debiera luchar por recuperarla.
Suspiró, antes de dejar un suave beso en su frente. La mirada sorprendida del chico ante el gesto le hizo sonreír, al tiempo que sentirse una mierda.
—Está bien si no puedes, soy yo quien debe convencerte con mis acciones —murmuró, antes de dejar caer un nuevo beso sobre él, esta vez en una de las húmedas mejillas —. Pero no quiero quejas si esto se pone demasiado cursi para ti, ¿Entendido?
Y aunque aún parecía perplejo de sus palabras, Tadashi sintió como una calada de oxígeno la risita que se le escapó. Al punto, que no pudo evitar descender hasta sus labios, presionándolos con delicadeza contra los suyos. Hiro se estremeció entre sus brazos, y él estaba a punto de alejarse, creyendo que se estaba excediendo, cuando una mano delicada sobre su mentón y una respuesta suave, casi tímida, le dejó sorprendido.
Hiro enterró su rostro en su cuello apenas se alejó, y Tadashi no necesitó más que ver sus oídos para saber que estaba ruborizado a más no poder. Pese a sí mismo, sonrió, antes de envolverlo de nuevo y dejarse caer sobre el suelo, sintiendo el cálido peso extra del chico sobre su pecho. Arrullado por la respiración de ambos en medio de la noche silenciosa, cerró los ojos.
—Tenemos que volver... —susurró, aunque su voz era apenas un murmullo, lo que le dejó claro que no estaba mejor que él. Lo entendió, había sido por mucho el día más largo de su vida.
—En cinco minutos —murmuró, acariciando lentamente su espalda —. Una siestita y vamos.
Estaba seguro de que Hiro se había dormido apenas terminó de decir esas palabras, y él no duró mucho más. Sólo se movió lo suficiente para tomar una de sus manos y dejar un suave beso en el dorso de su muñeca.
Hace mucho que no escribía un capítulo tan largo. Creo que la abstinencia de lemon capítulo por medio hizo estragos aquí.
Bien, a los hechos. Por si alguien quiere saber en qué cap pasa lo que comenta Tadashi de disfrutar de las nuevas oportunidades, es en El Nacimiento de un Héroe I, y en realidad es una frase muy breve: "Hiro, la vida me dio una segunda oportunidad, y no pienso vivir con miedo. Tú tampoco deberías hacerlo". Cuando, en este capítulo, dice "No puedo creer que fuera yo quien te lo reclamara entonces, y mira cómo terminé", se refiere justamente a eso: siendo de los dos el primero en defender esa forma de pensamiento, es el que más se niega a su relación, justamente por el miedo.
Quiero decirles que amo sus teorías sobre los multiversos y las versiones malvadas, por dios espero que algún día ustedes o yo podamos hacer una historia sobre eso. Pero esta vez nos quedamos en un plano más inmediato y, sorpresa sorpresa, es Cass la manzana de la discordia. Creo que esta vez me atraparon, pero aún queda camino para recorrer.
Y, por Dios. ¿Vieron esa promesa de no arrepentirse?, ¿La vieron? ¡¿Vieron esa amenaza de ser cursi?! Estaba llorando mientras lo escribía, no lo podía creer ni yo. ¿Quién tiene ganas de un Tadashi descarado, amoroso y dominante? Porque planeo explotar toda esa bipolaridad al máximo, preciosuras.
No creo que haya mucho más que decir, excepto que espero que hayan disfrutado este capítulo tanto como yo disfruté escribirlo. Entre el yakuza bocón y Tadashi dominante y agresivo, creo que tuve una de las mejores semanas de mi vida jajaja.
Nos vemos hasta el próximo, mis Grandes Héroes.
Besos y Abrazos, Mangetsu Youkai.
Balalalalalah~
