"Vamos a hacer las publicaciones los sábados porque todos estamos más libres" dijo la imbécil, y se olvidó
Peeeeerdón por la demora! Ya tenía todo listo para ayer, pero estaba al cuidado de dos pequeños dem... sobrinos, y al terminar el día caí desmayada, no tuve tiempo a publicar.
De hecho, este iba a ser un regalo para mi amada MasitaRancia, que siempre está ahí para darme una mano en las historias. Que bueno que al menos llegué a mandarle el material inédito a ella.
Con lo que vamos al siguiente punto *redoble de tambores* ¡FELIZ CUMPLEAÑOS PERRA CORRUPTA! Gracias por soportar cada duda sin sentido y llevarme por el buen camino de la doble moral. No podría hacer esto sin ti, bebé.
En fin, con un día de retraso y medio dormida, los dejo con el cap de una vez.
Nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~
Salvar el Mundo
El sábado llegó con relativa tranquilidad, o al menos para lo que eso significaba en la vida de un héroe universitario. Sólo habían tenido que enfrentarse al primer intento de robo de un banco de la temporada, otro descarrilamiento de cable car, y el anuncio de la cuenta regresiva para presentar los primeros informes sobre los proyectos que se presentarían en la feria de ciencias del Ito Ishioka de ese año.
Con la cercanía de los días cálidos, siempre llegaban las complicaciones, aunque en cierto modo, la vida de un héroe era más rutinaria y reiterativa de lo que cabría esperar. Los fines de semana tampoco variaban mucho, por lo general divididos entre escasos instantes de procrastinación, entrenamientos y misiones de último momento.
Entre la visita a Alcatraz de la semana pasada, y esto, Hiro empezaba a ver los días de universidad como una suerte de descanso de emociones fuertes.
Que no se prestara a confusiones, el tener la cara pegada al vidrio de una cámara de aleaciones, donde tres brazos robóticos operaban sobre un objeto negro de tamaño medio, no era para nada una emoción negativa.
—¿Qué es eso? —la voz de Fred a su lado, también aplastando la cara contra el vidrio, sonaba igual o más emocionada que la suya.
—No tengo la menor idea —jadeó, sin poder contener una sonrisa o el cosquilleo que le inundaba el vientre.
No es que no hubiera visto medio millón de veces los mismos procedimientos en su universidad, e incluso mucho más vistosos. Pero la gran verdad es que era muy diferente verlos allí, que en los laboratorios de Alistair Krei. Allí no estaba ante los intentos probablemente fallidos de estudiantes a su nivel, sino ante profesionales capacitados, con trayectoria, y ante trabajos que tenían una garantía de éxito de más de un noventa por ciento. Esos proyectos, por mínimos que fueran, ya habían salido de la fase de prototipos y estaban en producción en masa, listos para salir a la acción. Era un grado de avanzada al que Hiro nunca había accedido.
Y estaba tan excitado con eso, que prácticamente había olvidado que estaba allí en una misión, y que había jurado no mostrar el más mínimo rastro de emoción. No pensaba darle ese gusto a Krei.
O eso intentó, antes de que todo se fuera por el suelo con un solo grito emocionado al ver el primer acelerador recorrer el laboratorio sobre lo que parecía una vía de montaña rusa. Casi pudo oír en ese momento el cómo perdían a Gogo, en el tono de emoción contenida con que le preguntaba a Krei qué era eso. Él le respondió con una sonrisa casi avergonzada que era una propuesta de transporte en la que estaban trabajando, que utilizaba tecnología magnética para reducir la fricción de la carrocería y garantizar menor consumo de energía.
Era la misma sonrisa que Hiro vio reflejada en el vidrio cuando se apartó.
—No es nada tan asombroso, créanme—se excusó, colocándose a su lado —. Es un diseño robótico de simulación de vida marina, hecho para reducir el nivel de elementos nocivos en los mares.
Cuando los robots acabaron de soldar circuitos y estructura, uno de los brazos elevó todo el conjunto, dejando a la vista una silueta conocida que extrañó a Hiro.
—¿Un pez robot?
Su extrañeza fue evidente, tanto que a Krei se le escapó una carcajada.
—Quería que sonara más elegante, pero sí, ese es un buen resumen.
Y aunque Hiro estaba a punto de disculparse, o decir algo que no lo dejara como un niño que sólo le interesa lo espectacular de la robótica y no sus fines prácticos, otra voz se sumó a la charla.
—Leí algo de esto en la página de la empresa, un dispositivo que no perturba la vida marina, al tiempo que destruye micro plásticos —Tadashi sonaba tranquilo, pero genuinamente interesado en el robot, y Hiro se sintió avergonzado una vez más por parecer tan superficial —. ¿En el Golden Gate?
Krei asintió.
—La idea es lanzarlos en una zona reducida antes de la época de reproducción, para medir las mejoras entre las poblaciones de peces del año anterior y este. Si el resultado es positivo, el año próximo escalaremos a prototipos que detecten moléculas de petróleo y serán lanzados en conjunto al Golfo.
Hiro alzó la mirada hasta el sujeto, y se sorprendió al hallar una sonrisa orgullosa al hablar de su trabajo, mirando el aparato a través del cristal como si estuviera viendo a un hijo adorado. Sin embargo, en cuanto se percató de su mirada sobre él, se recompuso y su sonrisa se tornó algo apenada.
—No quise sonar pretencioso.
Hiro le dedicó un gesto de burla.
—Siempre sonarás pretencioso, no te esfuerces.
Y pese a que su tono era el de un niño quisquilloso, y la risa de Krei fue un tanto apenada, Hiro pensó que tenía todo el derecho de sentirse orgulloso de un invento como ese.
Entonces, Krei se giró, dando un rápido vistazo a su alrededor. Siguiendo la dirección de su mirada, encontró a Cass junto a una Honey que hacía movimientos exaltados mientras la sometía a alguna explicación sobre una reacción química y brillante en proceso dentro de una cámara. Más allá, Gogo estaba en medio de un debate con unos hombres con bata, enfrascada en averiguar los secretos del transportador y su funcionamiento preciso. La única persona, además de ellos, era su secretaria, que mantenía distancia y los veía como si fueran un agente nocivo en un laboratorio médico.
Demasiado tarde, notó qué era lo que buscaba.
—¿Su amigo no se está tardando mucho en el baño?
Hiro tragó saliva, maldiciéndose por lo bajo.
—Es probable que se haya perdido en el camino de regreso —comentó al pasar, aparentando indiferencia y esperando que el adulto diera el tema por zanjado.
Pero claro, él tenía que ser un magnífico anfitrión.
—Puedo enviar a alguien que lo busque, no hay problema.
Hiro trató de inventar una excusa que lo disuadiera a toda velocidad, pero no tenía nada en mente. Wasabi no debía tardar más de cinco minutos en encontrar los archivos, su retraso no estaba contemplado.
Por suerte, Fred siempre era un buen chivo expiatorio.
—¡Santa máscara de Megazord! —Hiro hubiera suspirado de alivio, si la voz aguda del chico no le hubiera casi provocado un infarto —. ¡¿En serio es un rayo encogedor?!
Cuando se giró en su dirección, sorprendido, todo lo que tuviera que ver con su preocupación por Wasabi desapareció al ver cómo, en efecto, alguna suerte de aparato hacia más y más pequeño al robot, hasta que sólo pareció una sardina de color negro entre las pinzas de metal.
Krei soltó una risita al ver sus expresiones, incluso Tadashi había quedado boquiabierto.
—Menor tamaño, menor perturbación a otras especies —explicó, antes de ir al punto más importante —. El rayo... la técnica de fabricación de implosión se diseñó hace algún tiempo, pero no hacemos alarde de él, es el secreto de nuestra rapidez en producción...
Los ojos de Fred prácticamente brillaban cuando, contra todo protocolo o norma de convivencia posible, se colgó del brazo del magnate.
—De casualidad ¿No ha pensado en los múltiples beneficios de construir un rayo que convierta a las personas en lagartos gigantes?...
Un par de toques de Tadashi sobre su espalda fue la señal que necesitaba, y Hiro aprovechó la excusa de un ataque de risa para alejarse del lugar, al tiempo que buscaba su celular.
—¿Estás buscando los benditos archivos o fabricándolos? —gruñó, no al micrófono del celular, que era una excusa, sino al comunicador que permanecía oculto es su bufanda, cerca de su boca.
Un gruñido en el intercomunicador en su oído fue la respuesta.
—¿Crees que es tan fácil caminar por aquí sin ser detectado? —Wasabi sonaba molesto. No es que él se hubiera ofrecido, pero era el único con los conocimientos entre ellos, que pasara lo suficientemente desapercibido para Krei. Tadashi y él eran el centro de atención tanto para el empresario como para Cass, las chicas sabían cómo causar distracciones entre los científicos al tener más campo de acción en química e ingeniería, y Fred… bueno, tenía la capacidad, pero no tardaría nada en delatarlos con sus canciones narrando el plan.
—Tienes un plano y un radar que anula las cámaras de seguridad ¿Detectado por quién exactamente? —gruñó Hiro, antes de guardar el celular y acercarse con fingida curiosidad a la vía del acelerador. Con la mirada comprobó que Gogo se había alejado de los científicos y se aproximaba a él —. Dime por favor que al menos ya llegaste a la oficina —continuó, simulando ahora una conversación con su amiga. Todos eran consientes de que el lugar estaba lleno de cámaras, no podían darse el lujo de que los vieran hablando solos.
Un jadeo demasiado agudo del otro lado de la línea le dio su respuesta, e intercambió una mirada exasperada con Gogo: no es que estuviera en peligro, sus nervios estaban haciéndole pasar un mal momento.
—¿Estás seguro de que no hay guardias de seguridad?
—Por el amor de Dios, no hay guardias donde estás —gruñó ahora Gogo, acercando los cascos donde tenía el micrófono a sus labios, como si jugara con ellos mientras debatían —. Los guardias están en los lugares donde alguien puede volverse loco y herir a otro, no en el subsuelo donde el jefe guarda sus archivos olvidados.
—En realidad, lo lógico sería que…
—Que te apresures, antes de que debamos inventar una triste excusa de por qué llevas más de diez minutos en el baño —le cortó, divertido, y una sonrisa se le escapó al oír el quejido lastimero del mayor.
Aunque Wasabi tuviera derecho a preocuparse por los posibles guardias que lo atraparan, era lógico que no hubiera alguno en el archivero de Krei, donde había miles de documentos duplicados y perfectamente ordenados de los proyectos y negocios del sujeto. En sí, era lo que buscaban, pero no en el formato que lo hacían. Lo único que necesitaban, lo único que nadie nunca pensaría en proteger, era la obsoleta computadora que allí había y de la que Krei se burló cuando, como al pasar, Tadashi le preguntó si tenían en ese edificio las bases de datos de los proyectos.
No era importante en sí misma. Lo que importaba, era todo el sistema de redes de información al que estaba conectada: todos los trabajos y negociaciones que hubiera registrado el magnate, e incluso aquello que quisiera ocultar, si el algoritmo para desencriptar que Fred y Wasabi habían diseñado funcionaba.
—¿Pueden explicarme de nuevo por qué hacemos esto? —la voz de Wasabi volvió a sonar del otro lado del auricular, y Hiro respiró hondo, a duras penas resistiendo la necesidad de poner los ojos en blanco —. Entiendo que necesitemos ir más profundo en sus planes, pero, si los yakuza están aquí por la relación de Krei y Cass, ¿Por qué nos importan sus negocios?
—Porque no sabemos aún qué relación tienen con Krei —respondió el chico, escudándose de los demás con ayuda de Gogo, que asentía para disimular —. Suponiendo que todo lo que ha dicho hasta el momento es verdad y está enfocándose a trabajos más conscientes, la teoría más probable es que los yakuza sean contratados por algún socio de sus períodos más oscuros cuyos planes quedaron truncados. El objetivo posible es que debieran vigilar la vida privada de Krei, identificar qué o quién había cambiado el tablero de juego, y dejarlo fuera para continuar con sus negocios —recapituló la misma teoría que habían estado barajando durante toda la semana en las reuniones, pero que Wasabi, por lo visto, aún no podía creer —. Lo más probable es que empezaran por Cass, y luego se ampliaran a Tadashi y a mí. Es lo único que puede explicar que acabaran por entrar en contacto con el equipo.
—Y con eso, vuelvo a lo mismo... ¡¿Qué demonios hago aquí?!
—Por el momento, ser más lento que una tortuga —se burló, antes de respirar hondo. Después de todo, Wasabi tenía a su favor el que debiera preparar sus informes, a la vez que practicar para los partidos de la universidad, lo que le impidió llegar a algunas reuniones del equipo —. Los archivos que recuperes podrán decirnos si hubo algún negocio escabroso que quedara interrumpido en los últimos meses, o en el período que lleva con Cass. Esos serán los próximos puntos a analizar, los más interesados en que Krei deje de hacer su papel de galán redimido para volver a la acción.
—Y si ese fuera el caso, ¿Por qué diablos no decirlo cara a cara? —preguntó una vez más, cada vez más perdido al parecer. Hiro pudo ver cómo Gogo se llevaba los dedos al puente de la nariz, con toda la pinta de querer tener al moreno delante sólo para agilizar su sinapsis a golpes.
Por suerte para él, otra voz entró en juego en la línea.
—¿Quisieras poner a la defensiva a un socio con tanto peso y contactos como Krei? —la voz de Tadashi era relajada, más de lo que Hiro podría serlo nunca con nadie, y agradeció que su hermano llegara a relevarlo del puesto de informante. Lo buscó disimuladamente con la mirada, y se sorprendió al hallarlo junto a Honey, articulando tranquilamente con ella, como si estuvieran comentando una suerte de... moco rosa iridiscente —. Antes que lograr que volviera a negociar con ellos, es probable que lograran que hundiera su empresa y todos sus proyectos.
Casi pudo ver la mueca del moreno al darle la razón a su hermano, y por un momento creyó que eso acabaría con las dudas de Wasabi... Je, pobre iluso.
—Lo que no entiendo aún, es qué ganarían con ponerlo en evidencia ante nosotros —volvió a la carga, y Hiro casi sollozó. Nunca más tendrían una reunión sin que alguien grabe todo lo que se dice —. Después de todo, fueron los yakuza los que apuntaron a Krei cuando aún era Callaghan quien estaba en la mira.
—Ya sabían de nuestra relación con Cass cuando pusieron a Krei sobre el tablero —señaló Tadashi, tan tranquilo que era algo incluso inhumano. ¿Por qué nunca hacía gala de esa paciencia con él? —. Incluso es probable que supieran que esa noche estaría en nuestra casa. Qué mejor manera de borrar sus huellas, que haciendo que los sobrinos heridos se encargaran de acabar con su relación, incluso si para ello utilizaban a su equipo. Estarían delegando en nosotros la tarea de acabar con la distracción, y no tendrían más que ver cómo lo hacíamos. El ataque de los yakuza a Hiro esa misma noche fue trabajo de unos obreros irritados, es probable que incluso hayan sido castigados o desmantelados y por eso estuvieron tan tranquilos esta semana.
Hiro no pudo evitar sentir un dejo de preocupación ante ese comentario. Aunque para nada tenía deseos de volver a encontrarse con ese grupo, lo cierto es que lo ocurrido la última vez aún le hacía estremecerse. En él se mezclaban el miedo, la rabia y la pena, en especial esta última, cuando recordaba a qué grado se había expuesto aquel sujeto para darle la oportunidad a sus compañeros de volver. Era cierto, había predicado sin tapujos un discurso extremista cuando Tadashi fue quien estuvo en riesgo, pero ahora, cuando el tiempo había puesto su mano sobre todo lo ocurrido y podía ser más objetivo, no podía más que arrepentirse de lo que había hecho, y lamentar lo que Tadashi había estado a punto de hacer por su culpa.
Respiró hondo, y agradeció cuando, luego de un breve silencio, Wasabi volvió con su voz escéptica.
—¿Grandes empresas interviniendo en la vida amorosa de un ex socio? —era evidente cuán ridícula le parecía la idea —¿No creen que están leyendo demasiados cómics, chicos?
Hiro no pudo evitar la sonrisa maliciosa que jaló de sus comisuras.
—De hecho, eso último fue idea de Fred, ¿Sabes?
Casi pudo oír cómo el chico detenía su paso en el acto, y la risa divertida de Tadashi y Honey llenó la línea. A lo lejos, una sonrisita tonta delató a un Fred que fingía escuchar la explicación que Krei le daba a él y a Cass sobre el rayo.
—Y por eso creo que es completamente factible. ¿Sabes?
Hiro sonrió con autosuficiencia.
—Eso pensé.
Wasabi anotó mentalmente el hacérsela pagar a su amiguito, mientras comprobaba su localización una vez más en el plano del edificio que tenía en su móvil. Una planta de wasabi sonriente señalaba su ubicación, y mientras daba la vuelta en la última esquina antes de llegar a su objetivo, pensó seriamente en cómo decirle a Fred que él diseñaría los próximos logos en las aplicaciones de geolocalización.
Respiró hondo cuando llegó ante una sencilla puerta de metal blanco, tratando de infundirse calma y rezando porque sus amigos no se hubieran equivocado con los guardias. Había costado horrores para él el fingir tranquilidad mientras descendía hasta ese piso. Los pocos miembros del personal de seguridad que se había encontrado hasta el momento ni siquiera le dedicaban una mirada de sospecha, en vista de que tenía su cartel de personal autorizado, pero aun así, no podía desprenderse de la incómoda sensación de tener mil ojos sobre su nuca, como si todos supieran por qué estaba allí. Sin dudas alguien con la sangre fría de Tadashi, o el sigilo de Hiro, podrían hacer mucho mejor ese trabajo, sin perderse la cantidad de veces que él lo hizo, ni temblar en cada esquina por el miedo a encontrarse a un guardia.
Dejando de lado el leve sentimiento de inferioridad, Wasabi empujó la puerta. Aguardó un momento, casi sin poder creer que cediera sin necesidad de una tarjeta de identificación o una lectura de pupila, como siempre veía en las películas, y pensó que tal vez fuera él el que estaba influenciado por todo lo que Fred se la pasaba mirando.
O así lo hizo, hasta que sólo necesitó dar un paso y cerrar la puerta tras de sí, para que todo comenzara a moverse. No duró un segundo en la oscuridad del lugar, cuando una potente luz llenó todo, y ante él aparecieron lo que, sin dudas, debería ser la fiel representación de una biblioteca de Alejandría en versión ciencia ficción.
Necesitó un momento para recomponerse cuando, al alzar la vista, descubrió que los estantes repletos de instrumentos, prototipos y archivos en papel llegaban al menos hasta el techo, a unos seis metros de alto. Se perdió un momento, descifrando los sistemas de ordenamiento, que combinaban patrones numéricos y alfabéticos, y se quedó con la boca abierta al ver al menos a seis drones que iban y venían en todas direcciones, acomodando archivos, trasladando material que llegaba de Dios sabía dónde.
Si en sí era un espectáculo sobrecogedor, para un fanático del orden como Wasabi, aquello era el éxtasis.
—Estoy en el Paraíso —susurró, con el corazón genuinamente acelerado, sin dejar de llevar su mirada encantada de un lugar a otro.
Al menos, hasta que una voz interrumpió su momento de epifanía.
—Pues pon los pies en la tierra y concéntrate en encontrar esa vieja computadora, creo que Krei está por enviar un enfermero a buscarte.
Bufó, exasperado, antes de echar a caminar por los largos pasillos. Ese enano estaba sumando puntos para la peor broma de su vida.
—Enseguida, jefe —gruñó, sarcástico.
Sin embargo, se concentró en buscar el pequeño escritorio en el que pudiera estar la obsoleta computadora de Krei, con su infinidad de archivos y lo suficientemente anticuada como para desencajar con el resto del pulcro lugar.
Pero sólo le bastó recorrer dos pasillos, para entender que no encontraría nada de lo que estaba esperando.
—¿Qué entiende exactamente este hombre por obsoleto? —preguntó, pasmado al ver, ante él, un computador que bien podría ser más grande que cualquiera de las paredes de su casa. Tragó saliva, sintiéndose genuinamente sobrepasado por ese monstruo gris y blanco, que le miraba con su único ojo dormido como si fuera una cucaracha.
—Bueno... tiene criterios algo diferentes a los nuestros —admitió Tadashi, luego de parecer pensárselo un poco —¿Puedes con ella?
—Creo que ella podría con todos nosotros juntos —jadeó, antes de sacudir la cabeza reiteradamente e, inhalando hondo, infundirse de valor —. Pero no me va a acabar sin que dé pelea.
Afortunadamente para él, el descomunal aparato tenía el mismo botón de inicio que cualquier computador mediocre, y pasado el primer momento de impresión, Wasabi recuperó su confianza a la hora de navegar por los sistemas de información. De su bolsillo recuperó el pequeño aparato que habían estado diseñando con Fred, y las primeras claves no fueron ningún problema para su algoritmo.
Con un poco de trabajo de su parte, pronto el aparato encendió su pantalla verde y el ícono de carga, señalando que los archivos comenzaban a duplicarse en él.
Ojalá el logo fuera otra cosa que un Baymax inflándose.
—Fred, tienes que tomarte más en serio esto de diseñar logos. Todos queremos a Bay, pero esto...
—¿Mmm? —el gesto del chico al otro lado de la línea fue de genuino desconcierto —. Pero si eso fue idea de Hiro.
—¡Shhh!, ¡Cállate!
Mientras aún trataba de contener las carcajadas, como el resto del equipo al otro lado de su aparato, Wasabi vio cómo el logo se completaba. Bien, había sido el lado fácil. Cuando el Baymax comenzó a ponerse una por una las partes de su armadura, supo que el algoritmo para desencriptar había entrado en acción y estaba escaneando las partes más restringidas de la red. Dado la cantidad de contraseñas que tendría que descifrar, Wasabi supo que eso tardaría un poco más. Comenzó a repasar mentalmente todos los códigos que Fred le había enseñado mientras diseñaban el algoritmo, códigos que, según él, funcionarían como una llave maestra en cualquier dispositivo, pero se distrajo preguntándose de dónde podría haberlo aprendido el mismo Fred.
De hecho, los avances que su novio había mostrado en los últimos meses eran algo vertiginoso. De ser la mascota de la universidad y no interesarse en lo más mínimo por los proyectos, había pasado a ser, al menos para los miembros del grupo, prácticamente un erudito de la informática, diseñando en horas lo que a él o a cualquier otro le llevaría días o meses, realizando adaptaciones a dispositivos de los que, creía, ni siquiera conocía el nombre.
No, no era la primera vez que Fred lo sorprendía, claro, pero esto no se parecía a nada que el chico hubiera hecho antes, no desde secundaria.
El sonido de alerta del aparato lo sacó de sus pensamientos, y le bastó una mirada para saber que ya había completado su descarga con un Baymax listo para el ataque y lanzando su puño en un formato que bien le haría recordar a las versiones arcade de cualquier videojuego.
Además de hacer avances asombrosos, había diseñado en una semana y casi por completo solo, un desencriptador capaz de enfrentarse a uno de los sistemas de seguridad de información más potentes del país, y ganarle en menos de tres minutos. Wasabi respiró hondo, sospechando que sería hora de hablar con el posible genio que tenía por novio.
Pero eso es algo para más tarde. Reflexionó, mientras desconectaba el aparato y se apresuraba a borrar sus huellas del sistema y el teclado, en una muestra de su meticulosidad y su amor por el orden.
Dos rasgos de los que se vanagloriaba aún mientras cerraba la puerta, encaminándose de regreso por el pasillo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Al menos, hasta que una voz desconocida lo obligó a detenerse a mitad de un paso. Sin temor a equivocarse, Wasabi podía afirmar que acababa de helársele toda la sangre.
Cuando se giró, la expresión de la mujer ante él no ayudó en nada a tranquilizarlo. Por el contrario, sin que expresara la menor opinión, reconoció en el acto que se trataba de una de esas personas que podían hacer sentirte como una cucaracha sólo con una mirada.
Tragó saliva, tratando de recordarse que era un hombre adulto, que podía detener la embestida de dos jugadores de rugby a la vez, y que medía al menos una cabeza más que la mujer ante él.
Eso no significaba que no se sintiera aún como la cucaracha.
— Y-Yo... no encontraba el b-baño —jadeó, con la voz hecha un hilo. En el fondo de su mente, no pudo evitar pensar en cuánto se reiría de él Hiro.
La asistente de Krei le miró con los ojos entrecerrados, desde luego, sin creer en lo más mínimo en lo que decía. Le miró de pies a cabeza con repugnancia casi, pero sin perder detalle, y Wasabi no pudo evitar remover los dedos de sus manos, sintiendo como el dispositivo prácticamente quemaba en su bolsillo trasero, mientras esos ojos fríos rastreaban algo, seguramente algo incriminatorio.
Si bien entendía su punto, Wasabi consideró que tenía una manera muy insultante de ver a la gente como ladrones.
—Verás que no está aquí —señaló finalmente, acercándose a él e, incluso, imponiéndose —. Así que lárgate, antes de que llame a seguridad.
Wasabi tragó saliva una vez más, antes de asentir a toda velocidad y darse media vuelta. No encontraba su voz en ningún lugar, así que ni siquiera intentó despedirse, como su educación le exigía.
Al menos, hasta que estuvo seguro de que la mujer ya no podría oírlo, y se apresuró a acercar su comunicador a la boca.
—La próxima vez que les pida que me guarden la espalda, por favor háganse a un lado y dejen que me dé una bala en la nuca, no se esfuercen tanto.
—Juro que tratamos de avisarte, pero algo debió bloquear las señales —Tadashi repitió la frase por milésima vez, y Hiro no pudo más que suspirar, mirándolo desde su cama. En serio, se tomaba demasiado esfuerzo en lidiar con uno de los enojos de diva de Wasabi.
—Hermano, no tienes idea de cómo me sentí. Estoy seguro que me hubiera aterrado menos si me hubiera apuntado con una pistola directo a la cabeza —Wasabi aún se estremecía cuando recordaba la escena, o eso parecía a través de la pantalla, mientras veía como un par de manos blancas se aferraban a sus hombros con movimientos de presión. Sin dudas, Fred también se tomaba demasiado en serio las crisis —. Por suerte guardé todo en mis bolsillos antes de salir, o hubiera sido trabajo perdido.
—Fue un error de cálculo que no contemplamos, y te pido disculpas por eso.
Hiro alzó una ceja, extrañado. ¿Tadashi se estaba disculpando en nombre de todos? Por Dios, ¿Cuándo superaría ese complejo de líder perfecto del equipo?
Líder que, desde luego, no era.
Wasabi suspiró del otro lado.
—Está bien, ya pasó —reconoció, y Hiro se irguió, boquiabierto. ¿Desde cuándo Wasabi paraba de forma racional con uno de sus berrinches? —. Seguiremos investigando y te informaremos en cuánto tengamos alguna novedad, ¿Bien?
Tadashi asintió.
—Es perfecto, muchas gracias —dijo, y estaba a punto de cortar la videollamada, cuando pareció arrepentirse —. Y no dudes en enviarme lo que tengas, te ayudaré.
Wasabi asintió, antes de cortar la llamada él. Cuando Tadashi se volteó, Hiro no pudo reprimir su expresión asqueada.
—No sólo pretendes hacerte pasar por el jefe del equipo, sino que además eres un jefe lamebotas —se burló, entre divertido y genuinamente molesto, y el mayor no pudo más que soltar una risita, antes de dejarse caer en el respaldo.
—Ya deja eso de los jefes —susurró, frotándose los ojos. Sólo entonces, Hiro reconoció el cansancio en su expresión, incluso en medio de la oscuridad de la habitación, sólo herida por la luz de una lámpara sobre el escritorio.
Era cierto, no habían hecho mucho, pero ambos estaban especialmente tensos en aquel día, en especial cuando sucedió la desconexión con Wasabi. Ambos vieron el pánico en el rostro de los demás cuando, sin que pudieran apartarse de Krei y su tía mientras los llevaban al próximo salón, la asistente se perdía por el pasillo en busca de su amigo, por pedido de Krei. No había demasiadas posibilidades de que descubriera que Wasabi estaba en el subsuelo, y, sin embargo, ambos se desesperaron tratando de recuperar el contacto y de enviar señales de alerta a su amigo.
Y cuando descubrieron que todo esfuerzo era una pérdida de tiempo, Hiro casi sintió pena por su hermano, que se debatió entre avanzar o buscarlo. Le buscó con la mirada, y Hiro se vio asaltado por la misma duda, estaba a punto de asentir cuando Wasabi volvió a hablar, agitado; tan agitado, como cuando llegó hasta ellos, más pálido de lo que nunca lo hubieran visto.
Tadashi volvió a suspirar, y Hiro no pudo más que apiadarse de él.
—Es que no puedo permitir que creas que eres el jefe del equipo, ¿Entiendes? Los roles deben estar claros para que las cosas funcionen.
Apiadarse de él conllevaba, por ejemplo, ser lo suficientemente molesto como para que Tadashi olvidara sus demás preocupaciones.
Y cuando una risita se le escapó, a su pesar, Hiro supo que lo había conseguido. Tadashi lo miró por un momento, sin dudas descubriendo sus intenciones, y el chico no pudo más que sonreír cuando, luego de un suspiro, se puso en pie, con los ojos fijos en él y una sonrisa juguetona.
—¿Y no crees que es algo excitante tener una aventura con tu jefe? —murmuró, con sus dientes reluciendo y una mirada coqueta que obligó a Hiro a tragar saliva, así como las manos que se posaron a cada lado de su cabeza, sobre la almohada.
Bueno, Tadashi era mejor de lo que creía para cambiar de ánimo.
—Creo que tienes más fantasías de las que hubiera esperado —murmuró, embargado por un breve acceso de timidez, antes de dedicarle una sonrisa divertida, mientras se acomodaba mejor en la almohada.
—¿Y de quién crees que es la culpa? —respondió a su vez, antes de bajar la mirada a sus labios, y Hiro se relamió por reflejo.
No necesitó más para tener a Tadashi sobre él, uniendo sus labios con besos juguetones, entrecortados, rozándolo con lentitud, antes de atrapar su labio inferior entre los suyos y jalar suavemente. Hiro se estremeció, antes de llevar sus dedos hasta el oscuro cabello, enredando sus dedos en él.
—Podrías comentarme algunas —susurró sobre sus labios entre beso y beso, secretamente encantado con que el chico se atreviera por fin a hablar de aquella manera con él, sin que tuvieran que estar en una situación extrema para desinhibirse.
Sin embargo, Tadashi se alejó un poco, dedicándole un gesto sorprendido que le hizo tomar consciencia, de una vez, de lo que acababa de decir.
Y cuando la sonrisa depredadora del mayor hizo aparición, Hiro deseó haberse mordido la lengua.
—¿Y por qué contarte —comenzó, deslizando sus labios lentamente por su cuello mientras hablaba, estremeciendo al chico — cuando puedo mostrarte ahora mismo un par?
Hiro tragó saliva, en pánico por lo que él mismo había provocado.
—P-pero, tía Cass...
—¿Eso nos ha detenido antes? —susurró, ronco, y Hiro debió tomarse un segundo para recordar cómo se respiraba.
No es que durante la semana Tadashi no lo hubiera agasajado, en cada oportunidad que tenían, con su recientemente descubierta ternura o con avances atrevidos, pero aún notaba su duda cada vez que podían darse esos gestos, sus formas de pedirle permiso. Generalmente, empezaba lento, rozando sus dedos al pasar en el café, juntando sus piernas con un gesto ausente en las clases que compartían, incluso dando toques en su cuello cuando nadie los veía, lentos masajes que generalmente acababan en una sesión de besos en el sofá si Cass no estaba en la casa, o en un estremecido Hiro contra la puerta apenas entraba en su habitación.
Pero, sin embargo, no habían hecho el amor ni una sola vez desde el laboratorio, y mucho menos si Cass estaba cerca.
Reconociendo la burla, Hiro le miró más aliviado y divertido.
—¿Y no nos detendrá madrugar para comenzar a trabajar en los nanobots si queremos llegar a la feria de ciencias? —preguntó, dedicándole una mirada de autosuficiencia.
En el acto, pudo sentir como el mayor se desinflaba sobre él.
—Qué manera de matar el ambiente —gimoteó, enterrando su rostro en la curva de su cuello, mientras Hiro se echaba a reír, encantado —. Y yo que estaba por comentarte lo de la lencería...
—Por el amor de Dios —jadeó Hiro, aún entre risas, pero con las mejillas al rojo vivo. Aunque estaba bromeando, comenzaba a creer que había sido la decisión correcta detenerlo —. Lo siento, galán, pero este pobre cuerpo necesita descansar si no quieres que haga estallar algo mañana.
Tadashi suspiró, debatiéndose entre hacerle caso o seguir aferrándose a ese cuerpo cálido bajo él. Hiro rio cuando, sin apartarse un centímetro, el mayor lo obligó a abrazarse a sus caderas y lo levantó casi sin esfuerzo, arrastrándolo por la habitación. Jadeó cuando se golpeó la cabeza con el shôji, y Tadashi mordió su hombro juguetonamente, antes de agacharse. El chico debió pegar su rostro al oído del mayor para no tocar el borde, y pudo sentir el estremecimiento de su hermano cuando rio sobre él.
La cama lo recibió con las sábanas abiertas, y Hiro sonrió al sentir el olor ya familiar. Además de besarse y tocarse, habían dormido juntos cada noche de la semana. De hecho, cada vez que volvía a su cama solo por costumbre, Tadashi se encargaba de ponerse en pie, así fuera semidormido, y arrastrarlo a su lado en la cama, donde Hiro escapaba del frío cubierto por su cálido abrazo.
Tadashi se dejó caer sobre él, aplastándolo, y Hiro no pudo más que reír entre quejas, removiéndose en un intento desesperado por escapar.
—Pesas mucho, maldición —se quejó, y Tadashi respondió con un gruñido adormilado que sonó demasiado sincero. Hiro sonrió, antes de llevar sus manos a su pecho y empujar —. Ponte boca abajo.
Ante sus palabras, la tensión en el cuerpo de su hermano dejó en claro su sorpresa. Lo miró con cierto recelo.
—¿Qué pretendes...?
El tono dubitativo casi hace soltar una carcajada a Hiro, que sólo necesitó moverse un poco esta vez para lograr salir.
—Nada de lo que te puedas estar imaginando, pervertido —se burló, antes de obligarlo a poner su pecho contra la cama con un movimiento un tanto brusco y, sin dudar ni un momento, sentarse a horcajadas en su cintura. Le sintió tensarse por un momento cuando colocó sus manos sobre su espalda, y Hiro rio, antes de empujar suavemente hacia abajo y arriba, arrastrando con los pulgares.
De inmediato, un suspiro escapó de los labios del mayor.
—Mierda —jadeó, y Hiro sonrió.
—Estuviste tenso toda la tarde —murmuró, mientras recorría su espalda presionando, sintiendo cada pedazo de firme piel, cada señal de tensión en ella, y empujando con movimientos circulares. De alguna manera, aquello se sintió como volver a la noche posterior a la misión de colectivo escolar, cuando se había subido a la cama para molestarlo, pero en el fondo se moría por hacer esto—. Era claro que estarías así.
Hiro sonrió aún más al oírle ronronear, aparentemente de acuerdo, cuando subió por su nuca. Sí, Tadashi podría haberse visto relajado en el laboratorio, pero a Hiro no se le pasó por alto la forma en que, periódicamente, presionaba su propia nuca, tenso, preocupado por su amigo, porque los descubrieran, por lo que pudieran encontrar. Bromeaba con que no podría ser nunca el líder del equipo, y sabía que era mentira: Tadashi era un gran líder... ese era el problema.
Si el equipo no tenía líderes hasta entonces, eso era pura y exclusivamente porque habían hecho una suerte de acuerdo tácito, en el que nadie debía cargar con toda la responsabilidad o la culpa por sí solo. Tadashi quizás no lo viera así.
Hiro sonrió al sentirlo estremecerse bajo sus manos. Era casi una broma el que un cuerpo como ese, musculoso, fuerte, firme, cediera a un par de caricias relajantes. Se removió, antes de inclinarse sobre él y susurrar en su oído.
—No tienes que cargar con el peso de todo tu solo, tonto —murmuró —. Somos un equipo, y si nos cuidamos las espaldas entre todos, también entre todos asumimos la responsabilidad si algo falla.
Y aunque por un momento dudó si le escucharía o no, Hiro no pudo ahogar un gritito cuando, luego de un rato, Tadashi se giró, interrumpiendo su masaje y atrapándolo entre sus brazos.
Aún estaba sorprendido cuando un delicado beso cayó sobre sus labios.
—Eres lo mejor del mundo, Hiro —susurró, con una sonrisa mucho más despierta de lo que hubiera esperado.
Hiro no pudo más que devolverle la sonrisa, encantada, mientras el mayor le estrechaba entre sus brazos y dejaba, de nueva cuenta, un beso sobre sus labios.
Su habitación usualmente era un espacio desordenado. No importaba cuántas veces Cass quisiera imponer disciplina en el lugar, o en cuántas ocasiones Wasabi hubiera dispuesto sus servicios o ideado distintos sistemas para ayudarles a mantener el orden, pocas veces éste duraba mucho más que un par de días. A duras penas, Tadashi podía hacer suficiente esfuerzo para que las herramientas y elementos que utilizaban hicieran espacio suficiente para que el lugar fuera habitable.
Pero en ese día en especial, cualquiera que viera la habitación de los hermanos Hamada tranquilamente creería que había ocurrido una explosión en ella. En especial si prestaban atención a las herramientas que permanecían desperdigadas por el suelo, los distintos montículos oscuros de materia indefinida que tapizaban los rincones y la superficie del escritorio... y los dos cuerpos que permanecían tendidos en uno y otro extremo, exangües y con toda la pinta de querer que la muerte los sacara ya de su sufrimiento.
La imagen del sol cayendo por la colina, detrás de los edificios más cercanos, no ayudaba en nada a mejorar su estado melancólico.
Un suspiro agotado del mayor llenó el lugar, antes de que se pusiera en pie con movimientos lentos. Hiro contempló ausente cómo tomaba una toalla del respaldo de su silla y se dirigía al cuarto de baño, donde el sonido del agua y el vaho del vapor se filtraban hasta la habitación. Estaba a un segundo de que ese ruido lo arrullara hasta dormirse, cuando el sonido de la puerta al cerrarse tras su hermano lo despabiló.
—¿Es muy tarde para un volcán de bicarbonato? —la voz de Tadashi desde el interior evidenciaba su intento por recuperar el ánimo. Hiro estuvo a punto de enviarlo al demonio, cuando un par de golpes en la puerta interrumpieron sus mínimos esfuerzos por abrir la boca.
—Pasa, tía Cass —gruñó el chico, con un tono desganado. Estaba al revés sobre la silla, con las piernas enganchadas en el apoyacabeza, el torso sobre el asiento y dejando colgar la cabeza sin fuerzas a centímetros del suelo.
Fue exactamente esa imagen la que recibió a Alistair Krei cuando abrió la puerta. Y aunque tuvo un primer momento de pánico al verle, Hiro sólo necesitó darle una mirada a su expresión desconcertada, para saber que el pobre bastardo necesitaría una ayuda.
—Bueno, no eres tía Cass, pero puedes quedarte.
Krei sonrió, divertido luego del primer momento de impresión, y entró cerrando la puerta tras de sí.
—Gracias por ese honor — murmuró. Dio un par de pasos en el interior, y se hizo lugar en una esquina del escritorio, en una postura desgarbada. Dejó vagar su mirada por el catastrófico espacio de trabajo, con una sonrisa divertida, antes de dejarla caer en el chico a su lado — ¿Estalló un invento o están en pleno proceso creativo?
—Es nuestro proyecto para la feria de ciencias —explicó, a duras penas articulando las palabras —. Dispositivos a nano escala que utilizan la misma técnica de control por impulsos nerviosos que los microbots.
Krei arqueó una ceja.
—¿Nano...bots? —aventuró, casi como si temiera ofenderlo, y Hiro soltó una risita sin gracia.
—No se puede variar mucho con los nombres — se burló, enderezándose al fin —. La diferencia es que estos están planeados para utilizarlos en el área de medicina, en nanocirugía. A largo plazo puede ayudar en operaciones riesgosas y de reparación de tejidos... pero... —de repente su expresión decayó, y dejó caer su mentón sobre la mano, mientras miraba con frustración los montículos de nanobots —Pero estamos en el proceso de diseñar los comandos para dar mayor precisión a los robots... y llegamos a nuestro límite.
Habían empezado el proceso de refinamiento de los prototipos tres días atrás, con el objetivo de tener un primer informe casi finalizado antes del final de la semana. Pero llevaban en ese estado de bloqueo desde, aproximadamente, casi dos días enteros, y la frustración ya los estaba arrastrando a un lugar del que era muy complejo salir sin, al menos, un par de sesiones de llanto y dolor.
La expresión de Krei dejaba en claro que le estaba prestando toda su atención, con ese brillo en la mirada que sólo un hombre de ciencia y un niño podía tener ante una idea prometedora, mezclada, además, con el asombro que producía en un hombre adulto el ver esa clase de proyectos en jóvenes de aquella edad. Sabía, por Cass, que Tadashi había tenido un corto período estudiando medicina, inspirado por la profesión de sus padres, y que toda su vida estuvo en contacto con libros y tratados médicos. Era la explicación más clara de por qué la mayoría de sus proyectos se orientaban a la salud. Y también, al parecer, comenzaba a contagiar a Hiro.
Aunque hubieran llegado a un bloqueo mínimo, lo cierto es que la idea era fascinante, los prototipos ya funcionaban, y ellos tenían todo planeado. Era mucho más de lo que él hubiera hecho alguna vez a su edad, y merecían ese reconocimiento.
—Hiro... es algo asombroso —afirmó, con un tono entrecortado que llamó la atención del chico. Al mirarlo, un dejo de pena lo recorrió al ver la expresión admirada del hombre adulto fija en él, al parecer completamente sincera —. En verdad, es una idea de lo más increíble, todo un avance para la robótica y la medicina.
Hiro, a su pesar, no pudo evitar que una sonrisita se le escapara. Sabía que tenía que ser receloso con él, pero vamos, no todos los días se dejaba boquiabierto a alguien como Alistair Krei: tenía derecho a disfrutar de la sensación de satisfacción que le embargó.
Sin embargo, pronto la realidad le obligó a bajar de su fantasía.
—Increíble y peligroso —gruñó, poniéndose en pie para acercarse al espacio al pie de su cama donde reposaba su portátil. Trató de no sentirse conmovido cuando el mayor lo siguió sin que siquiera tuviera que hacerle una señal. En la pantalla aparecieron distintos números y porcentajes, un claro contraste de cincuenta a cincuenta —. Si bien los robots obedecen a la perfección en tareas simples de movilidad, el cincuenta por ciento de las veces fallan en movimientos de alta precisión... justamente, en las indicaciones de cortes quirúrgicos, proporcionados por nuestro nerd favorito —murmuró, señalando con un movimiento del mentón al cuarto de baño, donde el sonido de la ducha aún seguía fluyendo —. De la misma forma en que los microbots salvaron a Tadashi por sus señales cerebrales básicas, una distracción del operador puede significar la muerte del paciente en este caso... en especial si los sensores fallan al reconocer la orden.
—Bueno, eso ya sucede sin los nanobots —comentó, dedicando una mirada analítica a los porcentajes.
Hiro no pudo evitar que el comentario tocara su fibra sensible.
—Sí, pero requiere más que sólo pensarlo para que ocurra —murmuró, sin poder evitar que la molestia se trasluciera en su voz —. El cuerpo necesita tiempo para obedecer el estímulo, pero con la velocidad de un pensamiento, sólo hace falta que el doctor dude un instante sobre si cortar un tejido o no, y el robot ya podría haber cometido un error.
Sólo se dio cuenta de que estaba siendo demasiado directo cuando la última palabra abandonó sus labios. Le dedicó una mirada de soslayo, y descubrió que Krei también le prestaba atención, en un gesto que combinaba la preocupación y la curiosidad.
—¿Sabes? Antes no parecías tan aterrorizado por los errores, cuando presentaste los microbots —su tono era tranquilo, bajo y amable, incluso parecía querer transmitirle algo de calma. Se sentó al borde de la cama, y aun en esa situación, Hiro consideró que era algo gracioso ver a un hombre tan imponente como él sobre sus mantas de Pokémon.
Su risa salió sin gracia ante sus palabras, casi como si la hubiera escupido.
—Antes no sabía lo que pesa una vida por un error —murmuró. Y, una vez más, demasiado tarde recapacitó sobre a quién se lo estaba diciendo.
Alzó la mirada, avergonzado y dispuesto a disculparse. Sin embargo, en la expresión del mayor no había rastro de ofensa: por el contrario, su mirada era tranquila, de entendimiento absoluto. Sólo en ese instante en que parecieron tan iguales, aun en sus diferencias, Hiro comprendió un poco mejor al hombre ante él, su deseo de disculparse a toda costa con ellos.
Krei se relajó un poco sobre la cama, descansando el peso de sus codos sobre sus rodillas.
—Sabes, cuando escucho cómo hablan tus amigos y tú, me recuerdan tanto a mí a su edad —comentó de la nada, con una sonrisa nostálgica jalando de sus comisuras —. Todos esos sueños de ayudar, todo ese empeño en salvar el mundo...
Su voz perdió fuerza a medida que hablaba, y Hiro apreció la manera en que sus ojos se perdían en un punto vacío en la lejanía. Ensimismado en sus pensamientos, el chico aprovechó la oportunidad para observarlo con lujo de detalles, en busca de alguna señal que debiera alertarlo. A veces, era difícil pensar que el hombre ante él era Alistair Krei. A veces, era difícil pensar que era el primer sospechoso de los ataques que habían caído sobre su equipo, sobre su hermano y sobre él mismo.
En especial cuando vio el dejo de dolor en los ojos claros del mayor. Hiro juntó valor, y volvió a hablar, genuinamente interesado en lo que pudiera decirle.
—¿Y por qué Alistair Krei dejó de intentar salvar al mundo? —preguntó, tan suavemente como pudo.
Sus palabras parecieron sacudir al mayor, arrancándolo del hilo de sus pensamientos. Krei bajó la mirada hacia él, fijándola en sus ojos. El contacto se prolongó más de lo esperado, mientras Hiro contaba los segundos pasar; sin embargo, no fue incómodo, sabía que estaba considerando qué decir, hasta qué punto abrirse a él. Estaba buscando en sus ojos el permiso para hablarle de su vida.
Y aunque no sabía qué hubiera visto en ellos, Hiro se sintió extrañamente aliviado al verle sonreír con calma, no como un adulto a un niño, sino de igual a igual.
—El mundo está lleno de personas que quieren verlo arder, lo sabes muy bien —comenzó, en un tono de confidencia que, por un instante, le hizo sentir que hablaba con un amigo —. Y cuando pierdes todo lo que te importa porque el gobierno apostó a innovar en armamentística secreta para jugar a la guerra contra Rusia, antes que en avances en medicina e inversiones de robótica contra el cáncer... pues dejas de querer salvarlo —había apartado su mirada una vez más mientras hablaba, perdido de seguro en sus recuerdos. Hiro seguía atento a él, curioso: consideraba que tenía más oportunidad de conocer a Krei en esas pocas frases, que en los miles de archivos que Wasabi y Fred estuvieran leyendo sobre sus negocios. El mayor regresó su mirada a él, y le dio una sonrisa apenada, antes de continuar —. Al menos, hasta que un pequeño gran héroe te muestra que estás siendo un maldito bastardo y te golpea en la cara el peso de los años errados... Y al día siguiente tratas de encontrar en el fondo de un vaso de whisky el qué estás haciendo de tu vida y oyes la voz de tu madre decirte de niño que no hay dinero en el mundo que compre la paz de un buen hombre.
Hiro se le quedó mirando con cierto dejo de sorpresa, sin poder ignorar la sensación opresora que le embargó al ver el brillo húmedo en los ojos del mayor, así como al sentir el profundo desasosiego en su voz ronca.
Evidentemente su estado fue más obvio de lo que esperaba. El estado de ambos, de hecho, porque cuando sus miradas volvieron a encontrarse, el silencio contemplativo se extendió un momento.
Al menos, hasta que una sonrisa iluminó el rostro del mayor, y una mano amistosa y demasiado enérgica voló a desordenar sus cabellos de por sí indomables.
—Pero, para mi suerte, llegaste a tiempo, pequeño gran héroe —susurró, y Hiro se preguntó si era normal permanecer tan calmado cuando el principal sospechoso de los crímenes que investigabas, prácticamente te confesaba que sabía tu identidad de héroe en tu propia habitación. En cambio, incluso el contacto se sintió extrañamente correcto, así como la mirada divertida que le dedicó antes de ponerse en pie —. Por cierto, su tía me dijo hace cinco minutos que los buscara para cenar, ¿Puedes avisarle a Tadashi?
Hiro asintió.
—Claro.
—Perfecto... con suerte, ya habrá puesto la mesa: soy un desastre con las cosas de la cocina —soltó una risita, entre divertido y avergonzado —. Espero que no creas que soy un rico mimado.
—Por supuesto que lo eres —le echó en cara, casi indignado de que osara negarlo. No obstante, se aseguró de dedicarle una sonrisa conciliadora antes de que se marchara —. Pero tranquilo, eres uno de los buenos.
Hiro aún sonreía, de pie en dirección a la puerta, cuando la risa de Krei se perdió por el pasillo, junto a unas pisadas más ligeras de las que esperaría para alguien que, por lo visto, cargaba tantas culpas en sus hombros. Jamás creyó que detrás del inconmovible empresario hubiera un alma tan agrietada como la del hombre que acababa de hablarle de sus sueños frustrados y su madre.
Estaba tan ensimismado en la charla, que ni siquiera notó el silencio al otro lado de la puerta del baño. Al menos, hasta que un par de brazos lo envolvieron, estrechándolo con fuerza contra un pecho húmedo y cálido.
—Mi lindo héroe —susurró junto a su sien, antes de dejar un beso sobre su cabello. Su tono evidenciaba picardía y orgullo por igual.
—¡No soy lindo! —gruñó, rojo hasta la punta de las orejas. Intentó apartarse, más por la vergüenza que por el gesto en sí.
—Mhm... —Tadashi ni siquiera se molestó en ocultar su sonrisa divertida y encantada, antes de girarlo y dejar un nuevo beso sobre su piel, en los suaves labios. Esta vez no opuso resistencia, por razones obvias: nadie pondría en duda cuánto adoraba Hiro los besos de su hermano.
—Sé que puede ser muy pesada, pero el café es por completo otra cosa sin ella, ¿Sabes? —Hiro miraba con una ceja alzada a la mujer, casi sin poder creer lo que oía, y algo en su mirada dejó muy en claro sus pensamientos, dado que ella continuó, con tono preocupado —. Vamos, Hiro, ¿Ni siquiera te interesa un poco?
Sabía que un héroe debería ser más empático... pero...
—Tía ¡Es la señora Matsuda! ¡La vieja es prácticamente inmortal!
—¡Hiro!
—¿Matsuda? —el tono sorprendido de Krei salvó al chico de la reprimenda de Cass. Hiro lo miró con sorpresa, aún no del todo acostumbrado a tenerlo de vez en cuando en su mesa, junto a ellos. Su expresión, hasta entonces divertida al verlos interactuar, se había tornado casi incrédula —¿La misma señora Matsuda que fue profesora del Ito Ishioka?
El silencio de ambos jóvenes, perplejos, llenó el lugar. Acto seguido, un grito unísono de sorpresa se les escapó cuando Cass asintió con toda naturalidad. ¡¿Matsuda tuvo un cargo en la universidad?!
—¿Es que nunca hablaron con ella desde que la conocen? —Cass casi parecía ofendida, y Hiro debió reconocer que, salvo las ocasiones en que prácticamente lo había arrojado a su nieta y demás clientes, no recordaba demasiadas oportunidades en que la mujer hubiera intercambiado con él aspectos de su vida. Y con Tadashi parecía ser lo mismo, dada su perplejidad.
Krei asintió, divertido.
—Creo que se jubiló cuando Callaghan empezó a dar clases — comentó, en cierta forma para dar la cara por ellos ante su tía —. Y eso lo sé sólo porque soy de sus primeras camadas de estudiantes... el viejo era increíble, todo un genio... nunca nadie le llegó a los talones...
Hiro se sorprendió, más que por el dato de la anciana vecina como parte de su universidad, por el hecho de notar la evidente admiración en la mirada y el tono del hombre al rememorar sus clases con el profesor. Era cierto que había oído de lo admirable que era Callaghan como docente, había visto esa misma pasión en los ojos y testimonios de cientos de estudiantes, y aunque él mismo no había vivido la experiencia, bastaba sólo con ver cómo un hombre que había perdido todo el esfuerzo de años a manos del profesor, lo recordaba como una de las máximas figuras en su carrera.
Era algo casi asombroso.
—¿No le guardas ni un poco de rencor?
Sólo notó que lo había dicho en voz alta cuando tres pares de ojos sorprendidos se posaron sobre él. Se avergonzó ligeramente, antes de que la mirada del hombre se suavizara.
—¿A Callaghan? —inquirió, descolocado — ¿Por qué?
Hiro parpadeó ¿Era una broma?
—Pues... ¡Por todo! —exclamó, genuinamente asombrado —. El portal, el edificio, el esfuerzo de años...
Una mano discreta bajo la mesa lo cortó. No era un toque invasivo, pero sabía que Tadashi le estaba recomendando serenarse: era un tema escabroso, debía tratarse con una delicadeza que Hiro no muchas veces tenía.
Pero aun siendo un tema delicado, Krei no pareció amedrentarse para responder con sinceridad.
—Tal vez al principio sí. Después de todo, hice cuanto estuvo en mis manos para verlo muchos años tras las rejas —confesó, evidentemente apenado, pero sin apartar la mirada de ambos —. Pero cuando pude ver todo más claro, me sentí terrible: yo había enviado a Abigail a lo desconocido sabiendo los peligros que corría, conocía los desperfectos del portal, y no me detuve a pensar. En cuestión de segundos arruiné su vida... él, Abigail y ustedes fueron los principales afectados por la decisión que tomé ese día ¿Qué derecho tengo a reclamarle algo? —finalizó, casi como si fuera lo más obvio del mundo, como si fuera la conclusión a la que todos llegarían en su lugar. De repente, Hiro se sintió terriblemente egoísta, y sólo empeoró cuando el hombre volvió a hablar —. Después de pasar por todo eso, no puedo imaginar siquiera el condenarlo a no poder ver a su hija más que unas veces al mes por cuarenta años... Es por eso que retiré mis cargos contra él hace unos meses.
Ambos hermanos intercambiaron una mirada ante esas palabras, sorprendidos. Claro, ellos ya conocían esa información, pero el saber los motivos tras la decisión de Krei no dejaba de llenarlos de asombro.
Y la falta de éste en el rostro de su tía llamó la atención del mayor.
—¿Tú lo sabías, tía? —inquirió Tadashi, curioso. Cass asintió, con una sonrisa que sólo podía describirse como resignada.
—Estuve un poco en desacuerdo...
—A juzgar por la bofetada que me diste, creo que fue algo más que un poco —murmuró el hombre, sonriendo como si fuera el gesto más natural, y la voz de Cass tembló con una risa contenida, más no se detuvo:
—Pero Alistair es persuasivo cuando se lo propone, y acabé por entender su punto.
Y entre todo su asombro, Hiro creyó comprender un poco mejor cómo es que su tía había acabado prendida de alguien como Alistair Krei. Al menos, de alguien como el Alistair Krei que aparecía ahora ante ellos
La cochera había sido un burbujeante conjunto de comentarios, suspiros y leves –no tan leves- insultos durante toda la tarde. Cualquiera que pasara por el pasillo, o incluso se asomara desde el café, podría oír la constante actividad que había en el lugar. De hecho, ese viernes muchos ingresaban preguntando a la dueña sobre qué se traían entre manos los hermanos Hamada esta vez.
Y la pobre Cass, sola y en plena hora pico de la tarde del peor día, aún estaba a medio camino de arreglarse cuando su cita de esa noche llegó a la casa. Por lo que Alistair Krei, que últimamente estaba más cómodo en aquel departamento reformado que en su propia mansión, se acercó sin dudarlo al punto de dónde venía el intenso bullicio.
Sólo para encontrarse a Tadashi dejando caer al suelo a Hiro, entre risas, luego de aparentemente haberlo tenido colgado de los tobillos.
—¡Más suave, idiota!
—Nunca dices eso cuando... —pero, fuera lo que fuera que estuviera por decir, el mayor de los Hamada se interrumpió en cuanto encontró al intruso en su lugar de trabajo. Krei no sabía exactamente qué fuera, pero la sonrisa divertida de Hiro le dejó en claro que era alguna especie de broma interna.
Más, pronto sus ojos se dirigieron a los montículos de robots microscópicos que se acopiaban sobre las mesas, al grueso borrador junto a ellos y al monitor de la computadora, que esta vez marcaba una clara diferencia en comparación al cincuenta-cincuenta del miércoles. Sonrió, acercándose a ellos.
—Veo que resolvieron el bloqueo —comentó, y Hiro le devolvió la sonrisa mientras se ponía de pie.
—Colgar de cabeza un rato ayuda... cambiar el ángulo —explicó, como si fuera el comentario más natural del mundo, y Tadashi lo miró divertido.
—¿Ese es su método? —y a juzgar por su tono, Krei parecía entender por completo a qué se refería, cosa que le sorprendió —. Es práctico, yo necesitaba un golpe de adrenalina en su lugar. Solía salir a buscar peleas con matones en bares, para la inspiración...
Tadashi rio, aunque no pudo evitar que su lado de hermano mayor apareciera al ver la expresión curiosa en Hiro.
—Por favor no le comentes esas opciones —comentó, señalando con un movimiento de cabeza al chico, que permanecía contemplando al empresario con cierto dejo de admiración —, porque me temo que podría tomarlas.
—Mis épocas de adicto a las luchas ya acabaron... o bueno, casi...
Definitivamente, no era lo mismo luchar contra villanos con alta tecnología que contra los juguetes y la mafia barata de Yama.
Tadashi le dedicó una mirada divertida. Sin embargo, Krei pudo ver cómo la expresión de ambos cambiaba a los pocos segundos, y cómo el mayor de daba un leve empujón en su dirección a un dubitativo Hiro.
Lo miró con curiosidad cuando se colocó ante él, notando el gesto levemente nervioso y los ojos esquivos... al menos, hasta que inhaló hondo y pareció reunir valor para mirarlo a la cara.
—Escucha, Alistair —comenzó, y el mayor necesitó hacer uso de toda su voluntad para controlar su expresión sorprendida al oírle llamarle por su nombre. Tratando de calmar su irracional emoción, se esforzó por oír al chico —, eres un buen hombre, eres bueno con Cass. Te responsabilizas, y te responsabilizamos por mucho tiempo, por tragedias que no son tu culpa. Lamento haberme comportado como un idiota contigo la primera vez, y haberte dado ese pobre intento de disculpa la otra noche.
Krei no pudo evitar, pasado el primer instante de sorpresa, dedicarle una sonrisa agradecida. Ese chico, aún con lo terco que era, tenía la suficiente entereza para disculparse cada vez que lo considerara necesario, y no podía decir lo mismo de la mayoría de los adultos que conocía. De hecho, él mismo se demoró demasiado en pedirle disculpas a toda esa familia por lo que les había provocado.
Y aún no acababa de redimirse, de hecho.
—Hiro, no tienes nada por lo que disculparte —aseguró, colocando una mano amistosa sobre su brazo —. Estoy feliz simplemente con que estemos a mano. No sé qué pude haber hecho para que me dieran una oportunidad, pero se los agradezco, chicos.
Hiro le dedicó una sonrisa amable, idéntica a la que Tadashi esbozaba en silencio, contemplando la interacción de ambos.
—Vimos a un bueno hombre, supongo. Y si haces feliz a tía Cass, no tengo problema en que te quedes por aquí.
El mayor se ruborizó, sorprendido de que mencionara a Cass. Si bien es cierto que estaba en aquel lugar en un comienzo por el perdón de la familia, su relación con la tía de los chicos había sido algo que salió por completo de sus planes. Ella era un golpe duro que desestabilizó por completo al hombre, en todos los sentidos posibles, y aunque no había aspirado jamás a que los hermanos lo aprobaran como su pareja, lo cierto es que ahora mismo apenas podía detener la sonrisa infantil que intentaba escapar de sus labios.
—Prometo que la cuidaré con mi vida —aseguró, conmovido y tan sincero que sólo bastaba ver el brillo en sus ojos para saber que decía la verdad.
Hiro sonrió, aparentemente satisfecho. Pero pronto su expresión se tornó burlona.
—Más te vale, porque si una sola vez la veo llorar por tu culpa, los nanobots no te van a parecer tan asombrosos ya.
Y toda su emoción se transformó en un esfuerzo sobrehumano por reprimir un estremecimiento. En su vida, jamás creyó que la leve advertencia en los ojos de un adolescente tras una broma pudiera llegar a intimidarlo.
Sin embargo, debió tragar saliva, antes de asentir, sonriendo.
—Tomo nota.
Hiro no lo sabía, pero tenía más en común con su hermano de lo que le gustaría admitir.
Tadashi esperó a que su hermano subiera a tomar una ducha para llamar por teléfono. No era que quisiera ocultarle cosas, pero tampoco quería preocuparlo: entendía que el chico empezaba a sentir cierto vínculo con Krei y eso era un punto a favor para evitar que quisiera alejarlo de Cass. Si tenía alguna información negativa sobre el empresario, podría empujarlo a esa postura una vez más, y en ese momento lo que necesitaba era poder vigilar al tipo cuanto le fuera posible.
Aunque debiera tragarse los deseos de morderle la mano cada vez que veía cómo tocaba a su hermano.
Wasabi respondió antes de que pudiera reflexionar a qué grado enfermizo comenzaban a escalar sus celos.
—¡Me muero de aburrimiento! —sin embargo, la voz al otro lado fue de Fred. Tadashi sonrió al escuchar un leve forcejeo, antes de que la voz del moreno sonara por la bocina, y a juzgar por su tono estaba, como mínimo, harto —. Si me pagaras por esto, ya te habría exigido un aumento... o te habría demandado.
—¿Qué han encontrado? —le interrumpió, caminando despreocupadamente por la sala de estar. Sin embargo, para nada estaba relajado: esperaba con todo su ser que sus amigos pudieran decirle algo nuevo, que hubieran descubierto algo más de lo que él había hallado.
La respuesta no lo tranquilizó en lo más mínimo:
—Ni drogas, ni fraude, ni tráfico de armas. Ni siquiera ha tenido una multa en quince meses —enumeró, claramente hastiado —. El tipo ha sido prácticamente un santo en los últimos dos años.
Tadashi suspiró, dejándose caer en el sillón. Era exactamente la misma información que él tenía, y aunque cualquiera podría esperar que fueran buenas noticias, comenzaba a desesperarlo.
—Algo se nos tiene que estar escapando —gruñó, frustrado —. Sus correos, sus impuestos, algo debimos pasar por alto...
Wasabi respiró hondo al otro lado de la bocina.
—Tadashi, no hay nadie externo con quien ligar a los yakuza —murmuró, despacio, tratando de hacerle razonar —. Sus negocios están limpios y en blanco: todo de lo que nos ha hablado está registrado, incluso tiene un programa para estudiantes extranjeros. No hay nada que lo vincule a una empresa peligrosa o negocios turbios luego de los portales.
El chico se pellizcó el puente de la nariz.
—Lo sé —gruñó, antes de cerrar los ojos con fuerza —, y no estoy seguro de sí eso me hace feliz o me aterra.
Porque si realmente los negocios de Krei eran tan claros, si no había nadie peligroso tras él, eso los dejaba de nuevo en cero, y con el empresario mismo como único sospechoso.
Y si después de todo lo que había visto de él, de la forma en que trataba a su tía y a Hiro, de sus grandes avances y proyectos, y de su intachable moral, resultaba que sí estaba detrás de ellos por algún motivo, Tadashi no sabría cómo podría reaccionar ante eso. Mucho menos cómo lo harían Hiro o Cass.
De los tres, era él quien menos se había dejado llevar ante el mayor, había intentado ser objetivo en todo momento. Pero Cass, que prácticamente brillaba con luz propia cada vez que estaba junto al hombre, era otra historia. No sabría cómo protegerla, no del sujeto, sino de lo que podría sufrir cuando la verdad saliera a la luz, fuera cual fuera.
Y Hiro... ¿Cuánto podría sufrir él, si aún estando en guardia su mirada ante el mayor era de completa admiración?
Conocía bien esa mirada, y conocía bien el dolor que podía seguirle, esa traición. No quería que Hiro sufriera por Krei lo mismo que él había sufrido por Callaghan.
Se había despedido de Wasabi al menos hacía diez minutos y aún le daba vueltas al asunto. Si la relación de Krei con los yakuza no era por causa de socios frustrados ¿Quién podía estar detrás de todo?, ¿El mismo Krei?, si ese fuera el caso ¿Qué sentido tenía delatarse? ¿Por qué vincular a Cass en primer lugar?
Frustrado, dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sofá, sintiendo un dolor punzante surgir tras sus ojos. La semana de planificación del trabajo y las lecturas nocturnas para la investigación, mientras Hiro dormía, estaban pasándole factura.
Estaba cansado, tenso, tanto que ni siquiera podía prender la televisión para distraerse, sólo el leve crepitar del fuego llenaba el lugar, avivado por las noches, cuando el frío se sentía más fuerte que durante el día. La última nevada ya había caído, pero aún el invierno no se iría de la ciudad hasta unas semanas más tarde.
Y con todo ese silencio, se sorprendió cuando un suave contacto sobre sus labios le arrebató de sus pensamientos. Abrió los ojos, sólo para encontrarse con la sonrisa divertida de Hiro.
—Si sigues frunciendo el ceño así, te verás como un viejo a los treinta —se burló, antes de volver a darle un beso, esta vez en la frente, sobre su entrecejo.
Tadashi sonrió, antes de alzar la mano y obligar al chico a volver a sus labios. Lo besó lento, sin más objetivo que disfrutar del contacto, y sonrió al sentirlo temblar cuando recorrió su cuello con la punta de los dedos.
—¿Sabes que de los dos eres el que más frunce el ceño?
Hiro sonrió, restándole importancia, antes de dar la vuelta al sofá y sentarse a su lado. Sólo notó el olor a café cuando el chico le tendió su taza con caras de Baymax, y reflexionó que debía estar demasiado cansado, si ni siquiera le había oído preparar las bebidas o caminar hasta allí. La tomó con un agradecimiento, y cuando el cálido líquido se fundió en su boca, sintió como si volviera momentáneamente a la vida.
—¿En qué pensabas? —preguntó el menor de la nada, dándole un lento sorbo al café. Y aunque lo dudó un instante, Tadashi no tuvo más remedio que sincerarse. Después de todo, ¿Cuándo había tenido otro confidente más que Hiro?
—En Krei. El tipo está completamente limpio de negocios turbios, no hay nadie más que pudiera contratar a esos sujetos... —hizo una pausa, midiendo la reacción del chico. Al ver su expresión serena, decidió acabar la idea —. Nadie más que él mismo...
Hiro asintió, como si reflexionara sus palabras.
—Y tú no quieres que sea él —aventuró. No era una interrogante, era una afirmación absoluta. Tadashi asintió.
—Al igual que tú —señaló —. Empiezas a tenerle respeto.
Hiro sonrió, antes de recostarse en su brazo.
—No entiendo qué está pasando, pero el tipo adora a Cass y es sincero con sus trabajos y con nosotros. Estoy casi seguro de que no tiene nada que ver con los yakuza —comentó, antes de dedicarle una mirada de reojo. Tadashi se sorprendió al ver un ápice de burla en sus ojos —. Aunque eso te arruine los planes de meterlo en la cárcel.
Parpadeó un par de veces, desconcertado.
—¿Perdón?
—No creas que no me doy cuenta de la cara que pones cuando me toca —aclaró, y Tadashi no pudo evitar que un leve rubor trepara hasta sus pómulos al verse descubierto —. A este paso, beberás vinagre hasta por Mochi.
Y sólo cuando estaba por tratar de salvar su orgullo y mentir miserablemente sobre sus celos, Tadashi notó lo que el otro estaba haciendo: tratar de sacarlo, tan sólo por unos momentos, de su estado de tensión.
Y una vez más sonrió, agradecido. Un instante después, se echaba a reír.
—¿Beber vinagre? —repitió, incrédulo —¿Estás leyendo las historias raras de Honey y Gogo?
Sólo necesitó ver, aún en la luz tenue del lugar, la forma en que las mejillas del chico se tornaban rojizas para tener su respuesta.
—S-Son entretenidas —trató de excusarse, desesperado ante el ataque de risa del mayor. Pero al ver que no se detenía, no pudo más que hacer un puchero y alejar la mirada —. Eres un idiota.
—Perdón, perdón —Tadashi puso todo de sí para recuperar la seriedad, pero aún se le escapaba algún hipo entre risas—. Espera ¿Es la que tiene más de mil páginas? ¡Hiro, te quejas cuando un texto de la universidad tiene más de diez!
—¡No es lo mismo!
Y entre bromas y riñas, poco a poco el tema de Krei fue quedando en segundo lugar, y las llamas comenzaron a consumirse. Al cabo de unos minutos, Tadashi sintió a Hiro estremecerse a su lado.
—¿Tienes frío? —inquirió, aunque era obvio: el chico tenía los pies descalzos juntos mientras mantenía las piernas unidas al pecho, y se apegaba a él en busca de calor. Sonrió, enternecido de que aun así se esforzara por negarlo, y se limitó a darle un leve beso en la coronilla.
Luego, se puso en pie y se dirigió al fuego cada vez más tenue. Colocó un par de leños finos, y pronto las llamas recuperaron su intensidad. Estaba a punto de volver a su lado, cuando lo detuvo un par de brazos que se envolvían a su cuello desde la espalda.
Cuando sintió el tímido beso sobre su oreja, entendió el porqué de que la televisión aún estuviera apagada.
Sonriendo, y gratamente sorprendido por la iniciativa del otro, no dudó en tomarlo por un brazo y jalarlo hacia adelante, hasta tenerlo sentado en su regazo, a horcajadas frente a él.
—Así no tendrás frío en la espalda —murmuró, antes de colar sus manos por su ropa. Sonrió al sentirlo estremecerse, así como al ver la pena en los ojos que trataban de mantenerle la mirada.
—¿Y al frente? —susurró.
—De eso me encargo yo — aseguró, antes de llevar su boca a su cuello, dejando una leve mordida en la unión con su hombro. Hiro jadeó bajito, quedo. Tadashi estuvo a punto de derretirse.
Al menos, hasta que la imagen, el sonido, la sensación en general, removió en su ser un recuerdo antiguo, de semanas atrás. Era un recuerdo borroso, casi olvidado, de esa alfombra, ese fuego, y esa piel.
Y entonces Tadashi se estremeció, espantado.
Se alejó un poco, y sintió a Hiro buscarlo, sus labios rozando su rostro, su mentón que, aunque hubiera querido, jamás podría ocultar la tensión que lo mantenía firmemente cerrado.
Una tensión que, desde luego, el chico no ignoró.
—¿Tadashi? —le llamó, preocupado —¿Qué ocurre?
El primer mal presentimiento lo asaltó en cuanto vio la manera en que alejaba la mirada, en cómo sus manos se apartaron de su piel.
Hiro sintió el primer dejo de horror embargarlo antes siquiera de que hablara.
—No... no creo que pueda...
Y entonces un nudo se formó en su garganta. No pudo más que ponerse en pie, avergonzado, herido y terriblemente molesto consigo mismo: se había dicho que no bajaría las defensas exactamente por eso, porque sabía que, cuando más vulnerable estuviera ante él, algo haría que Tadashi se detuviera, que las cosas fueran dolorosas de nuevo. Ni siquiera quiso pensar en el ardor de sus ojos cuando trató de alejarse, demasiado apenado, demasiado cansado.
Pero se sorprendió al sentir un par de dedos aferrar su muñeca, delicados, pero lo suficientemente firme para detenerlo en su lugar.
—Tadashi... —su tono era una clara advertencia, pero el aludido se apresuró a detenerlo.
—No es nada de lo que estás pensando.
Y Hiro no pudo más que arquear sus cejas, curioso, ante el tono del mayor. No era el avergonzado que acostumbraba cuando tenía uno de sus ataques de moral, ese que tanto odiaba. En cambio, si tuviera que elegir, diría que parecía casi molesto.
Se giró, dudoso, y se sorprendió al verle con el rostro inclinado. Iba a soltar un comentario ponzoñoso, cuando le vio llevar su mano hasta sus propios ojos. A pesar de sí mismo, se inclinó, dejando que el agarre le guiara hasta su lado.
—¿Qué tienes? —su tono fastidiado le hubiera resultado divertido en otro momento, si no fuera por la mezcla de molestia y pena que le embargaba al ver el gesto aparentemente acongojado del otro.
El que se demorara unos momentos en responder no ayudó en nada a tranquilizarlo.
—Aquí... yo... —pareció dudar, una duda que estuvo a punto de volverlo loco. Hiro contó diez segundos hasta que le vio suspirar, y los dedos alrededor de su muñeca parecieron temblar antes de bajar hasta entrelazarse con los suyos —. Esa vez... estaba borracho y casi...
Y aunque al comienzo no entendió en lo más mínimo qué quería decirle, sólo necesitó prestar atención a lo poco que había logrado articular, a su incapacidad para verlo a los ojos, a la molestia en su tono, que parecía estar dirigida a sí mismo, para entender vagamente qué ocurría. Y cuando vio el lugar con atención, la alfombra donde lo había inmovilizado aquella vez, el fuego encendido y la oscuridad, creyó entender por completo el por qué se había detenido.
Avergonzado por su impulsividad, pero en parte aliviado y algo conmovido, no pudo más que inclinarse y dejar caer su cabeza en el hombro del mayor.
—Ni siquiera lo recordaba ya...
Tadashi negó, y aunque no se giró a verlo, sí que presionó con más fuerza su mano.
—No importa cuántas veces me disculpe, sigo sintiéndome como un enfermo cada vez que recuerdo lo que te hice —comenzó, bajando el rostro una vez más, evitando mirarlo a los ojos —. No es que no te desee—murmuró, apenado, y Hiro no pudo evitar ruborizarse levemente en respuesta —. Quiero estar contigo cada día, pero ahora mismo... Incluso después de lo que te hice en el laboratorio...
—No hay punto de comparación entre ambas situaciones —se apresuró a detenerlo, en parte algo exasperado, en parte avergonzado. Hiro jamás admitiría, en una situación como esa, que adoraba cuando su hermano se ponía dominante. Pero tampoco podía permitirse que el chico cargara con remordimientos inútiles —. Deja de torturarte por tonterías, en serio Tadashi.
Pero, pese a sus palabras, el silencio permaneció entre ellos un largo minuto, y Hiro inhaló hondo, antes de asentir. Podía entender que Tadashi se sintiera culpable: el contexto aquella vez era completamente diferente a cualquiera de las otras ocasiones en que su unión fue consentida, y aunque él no tuviera nada que perdonarle, era claro que aquella noche aún le pesaba y que necesitaba tiempo, en especial ahora que parecía querer hacer todo bien entre ellos.
Su cuerpo tendría algunas urgencias, pero sabía que podía soportar todo lo que el otro necesitara para estar bien.
Y sintiendo el ambiente demasiado pesado, sólo pudo hacer uso de esa herramienta que tanto había perfeccionado en los últimos días.
—Si te hace sentir mejor, puedo darte un nuevo puñetazo para estar a mano —ofreció, empujándolo con su hombro juguetonamente. Cuando el mayor alzó la mirada, sorprendido, le dedicó una sonrisa burlona, antes de sacarle la lengua. Acto seguido, como si fuera lo más natural, le estampó un beso en los labios —. Deberías dejar de lloriquear por cosas que nadie te reprocha, en serio.
Y luego de un nuevo momento de silencio, Hiro no pudo más que echarse a reír cuando el mayor lo arrastró de nueva cuenta a su regazo, encantado con los besos que llenaron sus mejillas y oídos, mucho menos peligrosos que los que le había dado hacía sólo unos momentos.
Pero, aun así, Tadashi no podía dejar de sentirse inquieto. A veces no sabía qué hacer con todas las contradicciones que Hiro le provocaba, y se sentía avergonzado de las caricias indiscretas que se moría por dejar, con todo y sus remordimientos, sobre la piel del chico.
No podía ser mi Tadashi sin su momento de divo arrepentido, sepan disculpar. Pero tranquilos, tendremos lo que queremos, y al menos, por esta vez no es el mismo lloriqueo de "Hiro, somos hermanos". Justo cuando terminé de escribir esta parte, se me vino a la mente la escena en que Usagi-san se disculpaba con Misaki (Junjou Romantica) porque su primera vez fue prácticamente forzada... pero lo hizo después de haberlo prácticamente forzado casi en cada momento de la serie. Ahhhh~ memorias de una fujoshi de la vieja escuela.
Además de eso, amé en este cap el mostrar más del gran líder que sería Tadashi, y del motivo por el que Hiro pone tantos palos en la rueda a ese liderazgo. Claro que lo hace por celos, pero eso es sólo una parte ¿De verdad pensaron que no se preocupaba por él?
Yendo a otro tema, no tengo idea de por qué pero adoro toda la relación de Krei con Hiro. Incluso podría decir que escribir sobre Krei es de las cosas que mejor me hacen sentir, es un personaje muy interesante para trabajar, y adoro intercalar su mirada de vez en cuando, y sacarlo del lugar de bastardo que le dejaron -bien merecido, claro- la peli y la serie. Pero claro, ¿Será o no ese bastardo?, ¿De dónde vienen los yakuza si no hay viejos socios de por medio?
Me da pena no haber puesto más de Cass en esta ocasión, pero ya habrá lugar para eso, muy pronto.
Un tema aparte antes de irme: estoy anonadada de la cantidad de personas que tienen la teoría de que Honey y Gogo son novias... la verdad siempre las pensé como amigas muy cercanas... perooooo... bueno, no sé. ¿Quieren un romance de este dúo?
A este paso, la próxima pelea de parejas en el equipo va a demoler el puente del Golden Gate. Eso, o Tadashi va a tener que programar a Baymax para terapeuta.
Sin más que agregar, y en vistas de que el sueño comienza a hacerme soltar delirios, los dejo por hoy, mis Grandes Héroes.
Besos y Abrazos.
Mangetsu Youkai.
Balalalalalah~
