Hola :3

Perdón por la tardanza, pero era necesario enfocarme en los otros fanfics. Ahora les dejo la continuación, un poco larga, pero con una escena muy subida de tono ;3

De antemano agradezco su tiempo y sus reviews, me hacen muy feliz :D

Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP


Sobre sus comentarios:

Roses Girl: Gracias por tus palabras :) Es verdad, las personalidades de ambos chocan bastante. Minos no es nada inocente, pero al menos tiene un "mejor" comportamiento que el espectro. Te doy la razón, Anna lidiará una situación muy loca. Gracias por comentar.

Pyxis and Lynx: Es verdad, las juntas no sirven para nada, sólo es pérdida de tiempo a veces XD Minos es un desgraciado, pero no está de acuerdo con las ideas de la bestia. Aquí verás cómo lidia con el espectro, no es nada fácil. Y respecto a Anna, es imposible no babear con el escultural juez y la escena de baño lo confirma XD Gracias por comentar.

Leyla: No te traumes por favor que apenas comienzo :D Minos y sus "hermanos" en juntas aburridas, ya verás que todo es parca nada XD No te preocupes por Anna, ella estará bien. Gracias por comentar.

Natalita07: Comprendo lo del cansancio, ser adulto y trabajar es un caos, yo lo sé XD Es cierto, Minos es un desgraciado, pero sabe cómo lidiar con el espectro, claro que no es fácil. Y sobre Anna, bueno, ella estará bien, el juez no le hará daño y aquí verás lo que va a pasar. ¿Lemon?, claro que si, habrá más y también más situaciones con la marioneta jaja XD Gracias por comentar.

Kitty 1999: Minos es un estuche de monerías, no es una perita en dulce, pero tampoco es tan loco como pareciera y aquí lo verás XD Gracias por comentar querida.


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P


Capítulo V

Al día siguiente, media mañana.

El juez despertó con pereza, se había quedado dormido profundamente después de ducharse la noche anterior. La placentera caricia oral que le brindó la monja le trajo una notoria relajación a su cuerpo y mente. Lo que significaba que había extrañado demasiado los placeres de ese tipo. Tanto tiempo aislado en el maldito inframundo resultaba ser un verdadero martirio.

Minos en verdad extrañaba su vida pasada. No lo mencionaba y jamás daba muestras de ello ante los demás, pero ahora que había recibido las atenciones de la mujer, su frustración era más evidente, al menos en sus pensamientos. Sólo la entidad en su interior conocía plenamente su sentir y su rencor por ser obligado a convertirse en un juez. No obstante, había aprendido a lidiar con dicha situación y tomar lo mejor de la misma.

Al fin despiertas ≫ dijo el Grifo.

—Es demasiado temprano para que comiences a joderme la existencia— gruñó el juez mientras se desperezaba y salía de la cama.

No te hagas el idiota, más vale que te enfoques en la mujer hoy mismo ≫ advirtió.

Minos chasqueó la lengua con indiferencia, encaminándose a uno de los baúles que había en la habitación y comenzó a buscar algo en su interior. Se vistió con una prenda limpia y luego se acercó al buró frente al espejo para tomar un peine de puntas abiertas. Comenzó a desenredar su largo cabello, cerrando los ojos un momento para invocar a la marioneta.

—¿Qué está haciendo la mujer? —

La contestación llegó rápido.

[Se encuentra realizando aseo en la biblioteca]

—Muy bien Anna, es mejor que te mantengas ocupada— sonrió malicioso.

Terminó de acicalar su cabello y luego salió de sus aposentos. Quizás debía aprovechar éste momento para avanzar un poco más con ella. Sólo esperaba que lo sucedido anoche no la hubiese dejado demasiado asustada.

¿Y eso que rayos importa? ≫ inquirió la criatura, atenta a todo lo que meditaba. ≪ Deja de perder el tiempo, maldita sea, asustada o no, esa mujer es la que necesitamos.

—De nuevo con tus idioteces— resopló el juez, mientras caminaba descalzo por el pasillo, de esa manera, ella no lo oiría llegar. —Sólo cierra el maldito pico y déjame manejar la situación. —

La bestia gruñó en su cabeza, pero no dijo nada más.

La puerta de la biblioteca estaba abierta por completo.

Minos se acercó lentamente, para luego quedarse de pie en la entrada. Un rápido vistazo alrededor le confirmó que Anna había terminado la limpieza y ahora estaba junto al escritorio, revisando uno de sus libros favoritos. El volumen, forrado con pastas cafés, era un compendio de ilustraciones y relatos folclóricos de su tierra natal, Noruega. A él le gustaba leerlo de vez en cuando, dado que había sido un regalo de su madre.

Por otro lado, le sorprendió ver que la sirvienta ojeaba detenidamente las páginas y hacía un intento por comprender el idioma. Era poco probable que ella entendiera el noruego, pero lo que más le llamó la atención fue que, al parecer, Anna sabía leer.

Eso no tenía nada de raro en su círculo social, todas las mujeres de clase alta recibían educación. Pero fuera de su país, las cosas eran bastante diferentes. No sabía si la monja era una campesina o una mujer de clase alta, pero el hecho de que tuviera interés en un libro, le daba una pista. Y eso le hizo tomar una nota mental: Debía preguntarle al Grifo acerca de la marioneta y lo que podían averiguar de Anna.

El juez sonrió con travesura e interés al ver que aún no lo advertía, así que se cruzó de brazos y se recargó en el marco, esperando su reacción. Ésta no demoró, ya que tan pronto la mujer dejó el libro en el escritorio, se dio la vuelta, encontrándose directamente con su mirada violácea. El sobresalto fue evidente al saberse descubierta, pero eso no impidió que sus ojos se arrastraran de nuevo sobre él.

Su descarado, y probablemente involuntario, escrutinio provocó una sensación de cosquillas en la nuca de Minos. Y ahora podía confirmar que esa oscura mirada recorriendo su torso, le encantaba, dado que, acrecentaba su ego.

—Así que te gusta curiosear, Anna— dijo, ampliando su astuta sonrisa.

La mujer hizo una rápida negación con el rostro para luego inclinarse en reverencia.

—N-No, señor Minos, disculpe mi atrevimiento… solamente estaba haciendo aseo. —

Él ingresó a la habitación y en un par de zancadas ya estaba frente a ella, asustándola con su cercanía. La acorraló contra el escritorio, al mismo tiempo que la rodeaba con ambos brazos, posando las manos en sus caderas para impedir cualquier escape. Su intención no era provocarle un infarto, pero necesitaba que fuera lo suficientemente dócil para evitar incitar el lado sádico de la bestia mitológica. Si conseguía que Anna simplemente cediera sin protestas, facilitaría mucho las cosas.

—No deberías decir mentiras— se burló el juez, mientras arrastraba las palmas con lentitud, provocando su estremecimiento. —Sabes que puedo darme cuenta de ellas, ¿Verdad? —

Antes de que Anna pudiera decir algo, la sujetó con firmeza, levantándola fácilmente del suelo para depositarla sobre el borde de la mesa. La estupefacción se reflejó en su lindo rostro, lo que incitó un brillo malicioso en los ojos de Minos. Sin perder tiempo, comenzó a levantar su falda, mientras su pelvis se abría paso, obligándola a separar las piernas.

Si bien no deseaba usar la fuerza, tampoco estaba dispuesto a darle tiempo de razonar lo que estaba sucediendo. El factor sorpresa era algo que siempre había aprovechado el juez para conseguir sus objetivos, así que, sin el menor rastro de escrúpulos, se repego a su cuerpo, restregando su entrepierna contra ella.

La sierva no supo cómo reaccionar, atinando únicamente a dejar escapar un instintivo gemido bajo. Ese simple sonido fue lo suficientemente satisfactorio como para instigar la lujuria de Minos, reflejándose en la rápida reacción de su hombría. A pesar de la barrera de tela que los separaba, logró sentir la sutil palpitación del sexo femenino, lo que significaba que la sorpresiva fricción había provocado algo más que miedo en Anna.

—Tal vez debería castigarte por husmear en donde no debes— se expresó traviesamente. —O quizás podría olvidarme de tu desliz y mejor continuar donde nos quedamos ayer. —

Se relamió los labios con insinuante lentitud, consiguiendo que ella comenzase a temblar. La monja todavía no salía de su asombro para decir palabra alguna y no es que Minos necesitase de su contestación, sino más bien, deseaba escuchar de nuevo su placentero jadeo. Y eso es lo que obtendría.

Comenzó a oscilar las caderas con obscena lentitud contra la intimidad de la mujer, notando cómo su virilidad se endurecía al percibir el calor femenino. Con un par de movimientos consiguió hacerla gemir con intensidad, pero también la hizo reaccionar con pavor. Sus pequeñas manos empujaron contra su pecho en un gesto de evidente rechazo.

—¡E-Espere señor Minos… p-por favor! — suplicó.

Ya se esperaba esto.

Tenía que hacer algo al respecto, y rápido, de lo contrario, la bestia tomaría de nuevo el control y no se tentaría el corazón para forzarla. Cosa que al juez no le hacía gracia, ya que, a pesar de tener su lado sádico, él jamás había tomado a una mujer por la fuerza. Nunca necesitó hacerlo y ésta no sería la ocasión.

Estúpida hembra miedosa, no me provoques ≫ siseó el Grifo, generando una leve punzada en la cabeza de Minos.

Antes de que la criatura hiciese cualquier movimiento, decidió amenazar a la monja una vez más para conseguir su completa sumisión. Con un rápido movimiento le inmovilizó las muñecas contra el escritorio, al mismo tiempo que se cernía sobre ella, moderando su fuerza para no lastimarla. Acercó el rostro al de ella, mirándola fijamente mientras sonreía con algo de perversión.

—Escucha con atención, Anna— el matiz de su voz se volvió siniestro y su mirada comenzó a recorrer los rasgos faciales hasta encontrarse con sus ojos. —Contrario a lo que pudiera parecer, no soy una bestia en celo que busque saciarse rápidamente… —

Eso fue una burla directa para el Grifo, pero éste no dijo nada, completamente atento al comportamiento del humano, casi sonriendo con satisfacción.

—Sin embargo, no deberías provocarme… no me gusta que mis marionetas especiales se resistan— acercó sus labios a la comisura de la boca femenina, dándole un suave toque. —Porque podría quebrarlas sin querer… — su lengua emergió, posándose sobre la mejilla para luego recorrerla con lujuria.

Instintivamente descubrió que su piel tenía un "sabor dulce" que le fascinó incluso más.

Entonces la sintió estremecerse por completo para luego quedarse totalmente petrificada. La advertencia era muy clara y no se repetiría: Ella no debía resistirse, o podría lamentarlo.

Lo haces bien, Minos ≫ dijo complacido el espectro.

El juez dejó de lamer la suave piel para mirarla de nuevo. A pesar del temor, Anna le sostenía la mirada y aunque no consiguió pronunciar sonido alguno, su respuesta fue la que él buscaba. Sintió cómo su cuerpo se relajaba bajo su peso y sus muñecas dejaron de resistirse al agarre.

Minos sonrió con satisfacción.

—Que inteligente eres, Anna— la liberó, colocando los brazos a sus costados. —Ahora, déjame decidir con qué empezaremos primero— se humedeció los labios con morbosa ansiedad.

La monja tragó saliva torpemente y cerró los ojos, esperando nerviosa el siguiente movimiento del juez. No obstante, la entidad mitológica estaba perdiendo la paciencia.

¡No tienes que pensarlo tanto, maldición! ≫ gruñó molesta. ≪ ¡Simplemente fóllala y ya!

¡No me des órdenes, haré esto a mí manera! — increpó el juez en su mente.

La obsesión del Grifo estaba hartándolo, pero no permitiría que hiciera una estupidez. En los juegos de poder, a él siempre le gustaba tener el control de todo y ahora no sería la excepción. Si la bestia quería asegurar su linaje, sería bajo sus reglas.

Contempló a la mujer, parecía querer distraer su mente con otra cosa, dado que mantenía los párpados apretados y respiraba agitadamente. Entonces decidió comenzar a explorar sus reacciones físicas, así que posó la mano derecha sobre uno de sus muslos desnudos. Lo hizo superficialmente para comprobar la suavidad de su piel. Ella se estremeció ante las cosquillas y el calor que generaba dicho contacto.

Minos volvió a sonreír, ese terso recorrido prometía mucho y más con las reacciones temblorosas de Anna. Despacio empezó a subir, dibujando la línea de su extremidad, prestando atención a su resuello y a las sutiles expresiones de su rostro. Si ella planeaba resistirse a las sensaciones, era muy probable que terminase perdiendo. El juez sabía usar sus manos y dedos muy hábilmente.

Continuó el ascenso sin detenerse, acercándose peligrosamente a la entrepierna de la monja, quien únicamente podía seguir tiritando y respirando más rápido. Entonces se apartó un poco de su cuerpo para facilitar el acceso de su tacto hacia lo que buscaba. La prenda femenina era lo único que se interponía y para él, no significaba nada.

Sus dedos alcanzaron la pampanilla y sin perder la finura de su recorrido, empezó a rozar de arriba hacia abajo, trazando lánguidamente la forma de su sexo por encima de la tela. Súbitamente, un intenso jadeo escapó de la boca femenina.

Perfecto, eres bastante sensible— Minos se regodeó, enfocando su completa atención en la estimulación.

Las yemas de sus dedos lograron percibir el palpitar de su carne, haciéndolo sonreír con malicia. La sensibilidad de una mujer en esa zona siempre había fascinado al juez. Se trataba de un conocimiento que aprendió hace bastante tiempo y que, a base de práctica, había logrado perfeccionar y esgrimir para su conveniencia.

—Muy bien… comencemos con algo sencillo— murmuró con lujuria, acercándose de nuevo a su rostro. —Abre los ojos Anna, quiero disfrutar de tus muecas. —

Sí.

Deseaba contemplar las expresiones de placer que se dibujarían en su cara una vez que comenzase a prepararla. Otro placentero capricho que tenía respecto a las féminas y que, de igual manera, disfrutaba excesivamente.

Aunque reacia al principio, quizás por lo que estaba sintiendo, la sirvienta cedió a la petición, abriendo los ojos lentamente. Sin embargo, la presión que comenzó a ejercer el juez con sus dedos sobre sus pliegues, la obligó a apretar los párpados de nuevo, forzándola a gemir con más fuerza ante la placentera sacudida.

Eso es, quiero escucharte delirar… — se regodeó una vez más.

Era muy probable que esta situación estuviera alterando los pensamientos de la mujer. Quizás ella creyó que su comportamiento sería violento desde un inicio y no lo que estaba haciendo ahora mismo, algo totalmente opuesto. Pues bien, Minos estaba dispuesto a jugar con sus emociones, no le haría daño, sino todo lo contrario. Pero eso no evitaría que también se divirtiese asustándola un poco.

Anna hizo otro intento para mirarlo, encontrándose con sus pupilas dilatadas, brillando de manera inquietante. Era tiempo de avanzar un poco más en su exploración, así que sus dedos se deslizaron hacia el borde de la pampanilla para comenzar a retirarla. Pudo sentir cómo se sobresaltaba y quizás intentaría oponerse de nuevo, aunque eso no lo detendría. Sujetó la tela y empezó a tirar de la misma.

Veamos que ocultas, mi pequeña marioneta— se relamió los labios casi con hambre.

Súbitamente, sintió la vibración de un cosmos, el cual estaba llamando al suyo, lo que le obligó a detenerse por completo. Era un llamado del "señor Hades".

—Juez Minos de Grifo… — la voz de Alone resonó en su cabeza, así que levantó el rostro hacia arriba para escucharlo. —Necesito hablar contigo, así que ven inmediatamente a la Corte del Silencio— finalizó, desapareciendo el enlace de cosmos tan rápido como llegó.

La cara del juez se deformó en una mueca de notable irritación.

¡¿Qué rayos quiere ese imbécil humano?! ≫ bramó con frustración la bestia mitológica.

Por primera vez, Minos estuvo de acuerdo con la entidad. Le disgustaba de sobremanera que interrumpieran su diversión personal. Pero, en éste caso, no había nada que hacer al respecto, era necesario atender la solicitud, después de todo, el adolescente les sería útil más adelante.

—¡Maldita sea! — masculló furioso, apartándose de la monja. —Ese estúpido muchacho, ¿Qué rayos tendrá en mente ahora? — se encaminó a la puerta.

Chasqueó los dedos de una mano, provocando la vibración de su Sapuri, el cual permanecía en la misma esquina de ayer. La imponente armadura se desmontó en todas sus diferentes piezas, para luego volar y cubrir el cuerpo del juez en un parpadeo, finalizando con un sutil aleteo de sus poderosas alas que generó una brisa alrededor.

Se detuvo en la puerta y ladeó el rostro para mirar a la mujer, quien ahora permanecía en el borde del escritorio, ya con la falda abajo y observándolo con algo de aprensión.

—Tengo trabajo que hacer, pero cuando regrese— estrechó la mirada y recalcó su nueva orden. —Te quiero esperándome en mis aposentos… ¿Entendiste, Anna? —

Ella confirmó despacio para luego susurrar.

—Sí… señor… —

Minos abandonó la biblioteca, dirigiéndose a la salida de Ptolomea.

Ese maldito mocoso es un fastidio, más vale que sea algo importante ≫ rumió la criatura.

—Tal vez quiere saber si ya encontré el alma de su amigo Tenma. —

Mierda, eso nos quita tiempo.

Salieron del imponente lugar y Minos cerró las enormes puertas, activando de nuevo el bloqueo con su cosmos. Caminó un par de pasos y luego desplegó sus grandes alas, impulsándose de un salto para elevarse al cielo.

—Sé que Fyodor no tardará en encontrar el alma de Pegaso, pero no entiendo porqué Alone está obsesionado con él — mencionó, volando con rapidez.

Es probable que sea por la influencia del alma de Hades, nuestro dios siempre ha odiado a Pegaso.

Minos chasqueó la lengua con fastidio, no tenía ganas de querer comprender los caprichos de un dios. Así que se enfocó en llamar a Mandrágora empleando su cosmos.

—Fyodor, ¿Tienes alguna noticia sobre el alma del santo de Pegaso? — fue directo al grano.

Un par de segundos después, respondió el torturador de almas.

—Señor Minos, todavía no la localizo, probablemente el alma está "inconsciente" por eso ni siquiera los soldados Skeleton han podido detectarla en los límites del Yomotsu. —

—Mantenme informado— finalizó, atenuando su cosmos.

Vaya, ahora resulta que al estúpido mocoso se le pasó la mano cuando lo asesinó ≫ bufó el Grifo.

—Eso ya no importa, veamos qué quiere. —

Tribunal del Silencio.

Todavía era relativamente temprano y solamente los soldados Skeleton vigilaban las afueras del edificio. Lune no llegaría hasta el mediodía, así que Minos podría hablar con Alone sin testigos. Tan pronto descendió frente a las puertas, ingresó con paso rápido al vestíbulo. Posteriormente subió las escaleras y se dirigió al pasadizo en el muro. Sabía que el adolescente ya estaba ahí, probablemente en la oficina de los jueces.

Y estuvo en lo correcto, cuando lo vio sentado en un sofá de la sala, jugando con su cachorro despreocupadamente.

—Señor Hades— saludó, fingiendo obediencia.

—Minos, ¿Qué te distrajo?, pensé que ya estarías aquí, trabajando— inquirió el muchacho.

No querrás saberlo, mocoso— se burló internamente el recién llegado. —Simplemente me quedé dormido, el trabajo de juzgar almas resulta extenuante si no están los otros jueces ayudando. —

—Comprendo— dijo, al mismo tiempo que bajaba al cachorro al suelo. —Siéntate, quiero que me des tu opinión sobre un tema en particular. —

El ministro asintió, acercándose al sillón que estaba frente a Alone. Tomó asiento y escuchó con atención.

—La guerra santa ha comenzado y es mi deber dirigir a mis espectros en contra de Athena y sus santos— explicó impasible, casi aburrido. —Sin embargo, también quiero ser el salvador de la humanidad, otorgándoles la liberación a través de la muerte… —

El anfitrión del Grifo alzó una ceja levemente al escucharlo. No estaba seguro si el muchacho hablaba en serio, pero decidió seguirle el juego. Después de todo, hiciera lo que hiciera, Minos tenía el presentimiento de que no ganaría la guerra de éste siglo.

—¿Y qué planea para otorgar dicha salvación? —

Alone sonrió con sombría malicia.

—Existe algo llamado el "lienzo perdido", es una de mis habilidades como "Hades"— se pasó la mano por su flequillo, acentuando con sus palabras la fascinación que tenía por la pintura. —Pienso usarlo en esta guerra santa, deseo que todos conozcan el color de la verdadera salvación y sólo puedo lograrlo plasmándolo con mis propios pinceles. —

Asesinar a través de una pintura.

Minos sabía de qué estaba hablando el joven, dado que así fue como aniquiló a la gente de su pueblo natal. O, dicho en palabras del "señor Hades", de esa manera les otorgó la salvación… hundiéndolos en la oscuridad.

El juez casi quiso resoplar de frustración al escucharlo, dado que su insinuación dejaba en claro que no le estaba dando la debida importancia al trabajo militar de sus generales. Tanto maldito tiempo perdido en esas estúpidas reuniones con los otros líderes, planeando desde hace dos años múltiples estrategias para atacar al Santuario. ¿Y todo para qué?, para que el caprichoso humano optara mejor por pintar un lienzo sobrenatural.

En verdad se sintió molesto.

No obstante, esta situación podría ser benéfica. El hecho de que el adolescente no quisiera mandar a los espectros a la batalla inmediatamente, le otorgaba a Minos el tiempo suficiente para llevar a cabo los planes de la entidad mitológica.

—Ya veo, ¿Y también piensa usar el lienzo perdido para vencer a Athena y sus santos? — inquirió.

—No necesariamente, para ellos tengo planeado un enfrentamiento con mi ejército de espectros— corrigió el muchacho, agachándose de nuevo para tomar al cachorro en brazos. —Pero todo a su debido tiempo, no tengo ninguna prisa. —

El ministro entornó la mirada al darse cuenta, el portador de Hades no daba verdaderas muestras de querer iniciar una ofensiva directa contra la diosa de la guerra y la sabiduría, sino más bien, buscaba emplear una estrategia psicológica y emocional: Comenzar a eliminar a los inocentes.

Vaya mentalidad.

Si bien podría ser la naturaleza perversa de Alone la que trazaba semejantes planes, también existía la posibilidad de que el alma de Hades estuviese azuzándolo desde su interior. Pero el juez realmente no tenía ganas de ponerse a pensar en ello y como él también era un peón en éste juego de estúpidas divinidades, no le quedaba más remedio que continuar con su papel.

—¿Y qué le preocupa entonces? — preguntó sin rodeos, hablándole de humano a humano. —¿Qué desea que haga? —

—Necesito que estés atento a mis ordenes— Alone lo miró directo a los ojos. —Pandora y los dioses gemelos están comenzando a presionarme para atacar— dijo con seriedad. —Sin embargo, esto será a mí manera y no pienso permitir que intervengan en mis deseos. —

Minos sonrió divertido. Escuchar que al muchacho también le gustaba hacer las cosas a su modo y sin que alguien se entrometiera, le agradó bastante, porque de cierta manera, eran muy parecidos.

—Por lo tanto, juez Grifo, tú serás el primero al que enviaré al Santuario, si así se requiere— explicó, denotando un aire de complicidad. —Una cortina de humo que emplearé, en lo que comienzo a pintar mi lienzo— finalizó.

El mencionado le sostuvo la mirada sin deshacer su mueca. Esto le parecía sumamente interesante, ver cómo un simple adolescente jugaba con algo tan importante como lo era una guerra entre dioses, y de la cual, dependía el bienestar de la humanidad.

—Como usted ordene, estaré atento a sus indicaciones— hizo una inclinación a modo de saludo.

—Bien, eso es lo que quería escuchar— se puso de pie, satisfecho de confirmar su lealtad. —Y algo más, avísame cuando ya tengas aprisionada el alma de Pegaso— caminó rumbo a la puerta.

—Así lo haré. —

Alone no llegó a la salida, sino que, a un par de metros, abrió un portal con ayuda de su cosmos. Algo que le resultaba bastante útil para escabullirse del castillo sin ser notado. Lo atravesó tranquilamente y luego desapareció, dejando a Minos solo.

¡Miserable humano! ≫ gruñó el espectro. ≪ ¡¿Quién demonios se cree para manipular de ésta manera la guerra santa?!

La risa de su anfitrión se dejó escuchar.

—Tranquilízate, no ganas nada con irritarte, deberías verlo como algo favorecedor— explicó el juez, encaminándose a la salida. —Mantenemos su confianza y aún queda tiempo suficiente para lo que deseas. —

Te doy la razón únicamente porque me conviene que Hades no despierte todavía ≫ masculló. ≪ Y también porque esa mujer llegó a nuestras manos en el momento adecuado.

Minos salió a través del pasadizo en el muro, dirigiéndose al almacén de libros.

—Y hablando de ella, quiero que me expliques la habilidad que está relacionada con la marioneta de hueso. —

¿Por qué ahora? ≫ bufó impaciente. ≪ Regresemos con la mujer, quiero jugar con ella.

—Primero dime en qué consiste— insistió.

Está bien, maldita sea… busca un libro rojo en uno de los baúles de resguardo.

El ministro ingresó al depósito y caminó entre los largos pasillos de anaqueles hasta llegar a la parte más alejada, donde unos grandes cofres reposaban. Ahí se guardaban los nuevos libros de almas, esperando ser usados. Minos buscó en el compartimiento de uno de los baúles, hasta encontrar un libro pequeño forrado con piel roja.

Lo abrió en la primera página, la cual estaba completamente vacía. Pasó otras hojas y se dio cuenta que todas permanecían igual, en blanco y sin señal alguna de letras o dibujos.

—¿Y qué hago con esto?, no tiene absolutamente nada escrito. —

Presta atención, éste libro rojo sólo puede ser leído por el juzgador de almas y está prohibido su uso a menos que sea necesario ≫ explicó la criatura. ≪ Tiene la misma capacidad que un libro de almas, pero en vez de mostrarte los pecados de un muerto, lo que revela es la información de una persona viva.

El asombro se manifestó en Minos. No había oído hablar de algo así en todo el tiempo que llevaba siendo juez del inframundo.

Sabía que las almas se juzgaban en base a los grandes libros que usaban los ministros, pero desconocía que existiese un símil capaz de mostrar la vida de alguien vivo. Eso claramente estaba prohibido por una razón. No obstante, si la bestia le decía que sólo el juez principal podía leerlo, también era por algo.

Dado que eres un maldito chantajista y ya no puedo seguir perdiendo tiempo, he decidido permitirte acceder al libro rojo, pero con la condición de que hoy mismo tomes a esa mujer ≫ advirtió con severidad. ≪ De lo contrario, haré que te retuerzas de dolor hasta la inconsciencia… y después me divertiré con ella hasta el cansancio.

Minos rodó los ojos y chasqueó la lengua. A pesar de la oscura amenaza, no se amedrentaba ante el espectro.

—No te conviene hacer eso y lo sabes— sonrió mordaz, mientras volvía a hojear las páginas. —Hace más de doscientos años, cometiste el mismo error y estuviste a punto de perder tu línea de sangre— sintió una punzada en la cabeza, señal de que la criatura se enfurecía. —¿Quieres que hablemos de lo que estuvo a punto de hacer aquella pobre doncella, después de lo que mi antepasado le hizo bajo tus órdenes? —

El dolor aumentó, obligándolo a apretar los dientes, sin embargo, se detuvo unos segundos después. Sabía perfectamente que su actitud desafiante exacerbaba al Grifo, pero poco le importaba. En estos momentos, lo tenía en la palma de su mano y no había nada que pudiese hacer al respecto.

¡Miserable humano, ya me las pagarás después! ≫ siseó, pero no hizo nada más. ≪ Solamente derrama una gota de sangre en la primera hoja y espera a que se absorba, dado que la marioneta está vinculada con la monja y con nosotros, la información irá apareciendo.

Su anfitrión alzó una ceja, no muy convencido, pero lo hizo. Pinchó uno de sus dedos con un espolón de su armadura y luego dejó caer la gota roja en la primera página. El libro estaba elaborado con pergamino, pero su color era intensamente blanco y no amarillento como todos los demás. La sangre tiñó la superficie y luego desapareció. Al comenzar a pasar las hojas, las letras se hicieron visibles.

—Interesante— sonrió el juez, cerrando el baúl y sentándose en el suelo como si nada. —Veamos quién eres, Anna. —

El tiempo avanzó y el juez leyó gran parte de lo que el libro rojo revelaba acerca de la mujer. No obstante, tuvo que pausar su actividad cuando las almas comenzaron a llegar, no podía evadir su trabajo. Más tarde, Lune llegó a reemplazarlo, así que lo dejó a cargo para irse a la oficina de los jueces y seguir leyendo un poco más.

No es que realmente fuera importante informarse sobre la monja, pero la curiosidad que tenía por la susodicha no había disminuido desde que comenzó a enseñarle a usar el títere. Posteriormente, notar su inteligente comportamiento para mantenerse a salvo y luego verla revisando su libro en la biblioteca, había aumentado su interés en ella.

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Ptolomea.

Ya era más de media tarde cuando el juez regresó a su residencia. Se podría decir que había perdido bastante tiempo en la Corte del Silencio, pero no fue así. Su trabajo como juzgador debía continuar y era necesario que Lune lo viera de vez en cuando para no levantar sospechas si es que Rhadamanthys o Aiacos se presentaban a trabajar.

Entonces, ahora que tenía tiempo libre, era momento de relajarse un poco.

—¿Qué ha hecho la mujer a lo largo del día? — inquirió, cerrando los ojos para invocar a la marioneta.

[Recorrió un poco más Ptolomea y luego limpió algunas zonas comunes. Más tarde, buscó los aposentos principales e hizo el aseo general. Ahora se encuentra en dicha estancia, esperándolo]

Sonrió complacido e ingresó a su morada. Le gustaba la obediencia de la mujer, pero también admiraba su capacidad de resiliencia ante la situación.

Minos… ≫ quiso decir algo el espectro.

Se había mantenido todo el tiempo en silencio después de decirle cómo usar el libro rojo, seguramente también aprendiendo acerca de la mujer. Pero ahora volvía a manifestarse para presionarlo.

—¡Cállate! — interrumpió antes de que pudiera decir algo. —No es necesario que hables, maldición, sé lo que tengo que hacer. —

Escuchó el gruñido en su cabeza, pero nada más. Si la bestia se mantenía al margen, esto sería más fácil.

Con un leve empujón abrió las puertas de la estancia que precedía su habitación. El rechinido fue un poco ruidoso, pero eso sirvió como un aviso para la mujer. Tal y como ordenó en la mañana, ella estaba ahí, esperándolo sentada en un diván, practicando con el títere. Por alguna extraña razón, eso se le hizo encantador al juez, aparte claro, de su expresión intranquila.

—Hola Anna— cerró las puertas detrás de él. —Veo que sabes obedecer bastante bien, a pesar de tu libre albedrío— desvió la mirada hacia el juguete. —Y mira nada más, sigues mejorando con la marioneta. —

Se acercó, notando como le sostenía la mirada a pesar de su nerviosismo. Él sabía que sus expresiones faciales adquirían nuevamente un aire malicioso, así que era normal la reacción cohibida de ella. Lo que, inevitablemente, también incitaba su deseo.

Se inclinó sobre ella y con la mano derecha la sujetó de la barbilla con posesividad para hacer que levantase la cara y lo mirase directo a los ojos.

—Esa mirada asustada que tienes es divertida, me gustan las expresiones de tu rostro, son deliciosas— sonrió.

El semblante de Anna era agradable y sus ojos marrones le gustaban mucho, más cuando en ellos se reflejaban sus emociones. Y él quería verlas desplegarse aún más.

Notó que la mujer únicamente parpadeaba inquieta y sus manos sostenían con firmeza la marioneta. Era tiempo de continuar con el juego, pero necesitaba que no se estresara tanto y ya tenía en mente cómo conseguirlo. Liberó su agarre y caminó rumbo a sus aposentos.

—Sígueme— ordenó.

La mujer obedeció dócilmente.

Ingresaron a la habitación y mientras Minos se dirigía al cuarto de baño, ella cerró las puertas con lentitud. Antes de continuar, se despojó del Sapuri, haciendo que se desmontara de su cuerpo para luego ensamblarse en una esquina. En ese instante, pudo sentir la mirada de ella a sus espaldas, siguiendo quizás el movimiento de su larga melena platinada.

De nuevo tuvo esa sensación agradable de saberse admirado por ella, así que decidió seguir el juego, comenzando a desnudarse ahí mismo. Con un par de movimientos se quitó la prenda inferior, dejándola tirada en el suelo. Sabía que la monja se haría la disimulada para no verlo directamente y eso le resultaba bastante divertido, aguijonear su curiosidad.

—Anna, ven aquí— la llamó sin voltear, al mismo tiempo que entraba a la habitación de termas.

Se dirigió a la piscina principal, donde el agua siempre se mantenía templada. Comenzó a descender por las escaleras de mármol, permitiendo que el líquido fuera cubriendo su cuerpo. Se acercó a un área específica y tomó asiento en una grada a desnivel para luego recargarse contra el borde redondeado. Era muy grato sentir esa refrescante sensación abrazándolo después de un día de trabajo.

La mujer lo miraba con duda desde la puerta, seguramente ya intuía el juego que deseaba jugar.

—¿Qué estás esperando?, diviérteme— solicitó malicioso.

—Sí, señor. —

Ella avanzó por la izquierda de la piscina, para luego descalzarse y aproximarse a donde estaba él. Se detuvo más o menos a un metro de distancia y después se arrodilló en el suelo. Preparó las cruces y los hilos para iniciar con el baile del títere.

Minos fijó su atención en el objeto, sorprendiéndose del dominio que había alcanzado la sirvienta con unas cuantas lecciones. Eso le complacía de cierta manera, porque era una señal clara de que la mujer ya no era del todo un espectro de servicio. Sin dejar de mirar la pantomima, tomó un paño y un frasquito de la mesita cercana donde había artilugios de aseo personal.

Sin inmutarse en lo más mínimo por la presencia de Anna, el juez inició con su limpieza, disfrutando de la agradable esencia del jabón. Le era divertido percatarse de reojo que la mujer mantenía el rostro agachado para no mirarlo, pero su ansiedad comenzaba a manifestarse con sobresaltos al escuchar lo que hacía tan cerca de ella.

Los minutos pasaron lentamente y una vez que el juez repasó todo su cuerpo con el paño, se sumergió en el agua por completo para retirar los restos de espuma de su cabello. Eso captó la atención de la sirvienta, quien no pudo resistir la tentación de mirarlo emerger. Sus ojos la traicionaron de nuevo, deslizándose por la esculpida imagen que Minos le ofrecía.

Esa mirada te delata, mujer ≫ dijo entretenida la bestia sin perder detalle alguno. ≪ No deberías negar el interés que tu propio instinto te susurra ≫ se mofó.

Su anfitrión escuchaba perfectamente todo lo que decía la entidad, comprendiendo que Anna admiraba de nuevo su cuerpo sin querer. Quiso sonreír complacido, pero prefirió esperar y ver que más sucedía, así que únicamente retiró el agua de su rostro y cabello para luego continuar enjuagándose, mientras el hábil jugueteo de la marioneta proseguía.

La monja se quedó ensimismada en sus pensamientos, concentrada en el títere, dándole tiempo a Minos de terminar su actividad. Posteriormente, al ver que ella no se daba cuenta de esto, simplemente recargó un brazo en la orilla y descansó su barbilla sobre los nudillos, entreteniéndose con la ejecución, relajándose un poco más.

Ahora que ya conoces su pasado, ¿Dejarás de perder el tiempo? ≫ preguntó el Grifo.

Eres tan irritante— masculló, pero su humor no cambió.

Gracias al libro rojo, ahora estaba al corriente de que Anna era una joven griega de clase media que estuvo casada con un comerciante. Esto de cierta manera facilitaba las cosas, ella no era una mujer sin experiencia sexual, pero quedaba la duda de si podría concebir, porque su historial no reveló que hubiese tenido hijos antes. Un poco raro para alguien de su edad, pero también podría haber sido culpa del esposo, el cual no era tan joven como ella.

¿Y qué sucederá si no funciona?, nada garantiza que realmente vaya a quedar preñada— pensó el juez.

Escuchó la risita siniestra de la criatura, parecía demasiado confiada y sin la intención de revelarle algo más de sus propios pensamientos.

Sólo ocúpate de hacer tu parte ≫ dijo con voz ladina. ≪ Mírala, tan nerviosa, pero sin dejar de admirarte con disimulo, no puedes negar que deseas jugar con ella tanto como yo, entonces… que te parece si vemos cómo se dibuja su cuerpo con el agua humedeciendo su hábito.

El libidinoso matiz que empleó el espectro incitó el apetito del juez. Ya no tenía caso negarse a su voluntad, así que esto debía continuar. Su sonrisa se torció y su mirada se volvió más penetrante. Se relamió los labios con lentitud, al mismo tiempo que desviaba los ojos del títere hacia ella.

—Quiero verte bailar… —

Era tiempo de ver danzar a su hermosa marioneta.

Levantó el brazo que tenía en el agua y comenzó a ondular los dedos, manifestando su cosmos en forma de hilos violáceos que vibraron en el aire. En un instante, los filamentos obedecieron la orden implícita de su amo, atrapando las extremidades superiores de la mujer. Las cruces de madera cayeron al suelo cuando sus muñecas fueron sujetadas por detrás de la espalda. La fuerza de la técnica, debidamente controlada, la levantó de su postura hasta dejarla de pie y con las piernas separadas para no caer.

El pavor se reflejó en el rostro femenino.

—¡Señor Minos, no lo haga por favor! — suplicó, quizás temiendo que le hiciese daño.

No te asustes mujer, te necesitamos completa y sin huesos rotos ≫ se carcajeó la entidad, encantada de ver que por fin su anfitrión hacía lo que deseaba.

—Acércate… — ordenó Minos con malicia, mientras doblaba su dedo índice.

Dicho ademán obligó a la sirvienta a caminar hacía la orilla de la piscina sin poder resistirse. No tenía caso que lo intentase, la fuerza de su cosmos era demasiada y podía manipularla a su completo antojo. La lujuria brilló en los ojos del juez cuando la monja comenzó a descender por los escalones de mármol. El agua rápidamente humedeció la tela inferior de su uniforme, adhiriéndose a su cuerpo, provocando su estremecimiento debido a la temperatura.

Hizo que se detuviera justo frente a él.

—Arrodíllate— solicitó de nuevo, pero ésta vez sin usar la fuerza de los hilos.

Ella no se opuso, así que despacio fue postrándose, permitiendo que el líquido la cubriera hasta el cuello, dejándola completamente empapada y temblando. Minos movió sus dedos otra vez, ayudándola a levantarse de nuevo con todo el peso del hábito mojado. Su mueca lasciva no disimuló la satisfacción que sintió al recorrer, de arriba hacia abajo, la silueta entallada de la mujer.

Me gusta esta hembra, tiene las caderas amplias, por lo tanto, puede parir crías sanas.

El juez estuvo a punto de reírse ante el libidinoso comentario de la entidad. Pero muy en el fondo sabía que tenía razón. Anna no era una mujer delgada, sus proporciones físicas estaban distribuidas adecuadamente, lo que instintivamente le decía a un hombre que, efectivamente, podía engendrar descendencia sana.

Decidió no prestarle más atención, concentrándose en la monja. Con otro ademán liberó únicamente sus brazos de las hebras, dándole a entender que éste juego seguía avanzando de nivel.

—Desnúdate… —

Ella tembló de nuevo y apretó los párpados por un instante, mentalizándose a lo que iba a suceder. La mujer era consciente de todo y no se arriesgaría a desafiarlo, su supervivencia dependía de ello. Entonces abrió los ojos y enfocó su mirada en la pared detrás del juez. Aunque su aprensión era notoria, comenzó a soltar los cordeles traseros del hábito y las tiras que sujetaban su falda.

Inhaló un poco de aire y luego aflojó la tela después de liberar los botones de las mangas y del cuello posterior. Retiró la parte superior del uniforme por encima de la cabeza, arrojándolo a la orilla. Un largo camisón blanco quedó al descubierto, húmedo y adosado a su piel con impertinencia, permitiéndole a Minos notar la turgencia de sus pechos y el endurecimiento de los pezones.

La lujuria se desencadenó en su interior y la reacción de su cuerpo no se hizo esperar.

El ceñidor de la falda se deslizó con facilidad y la mujer terminó de bajarla y quitarla por completo, sin embargo, por un descuido, se le escapó de las manos, hundiéndose en el agua. No le quedó más remedio que dejarla ir y abrazarse a sí misma al percibir la sensación fría recorrerla por completo.

No quiere mirarte, está asustada… es tan delicioso olfatear su miedo ≫ susurró con diversión.

El ministro sentía cómo el espectro se complacía cada vez más. No estaba seguro si se trataba de sus propias emociones o si era su influencia, pero tampoco podía negar el disfrute que esta situación le provocaba.

—Ven aquí, Anna… — la llamó, relamiéndose los labios otra vez.

La mujer avanzó de nuevo, llevada por las hebras de cosmos, no pudiendo mantener la mirada apartada por más tiempo del cuerpo masculino. Sus ojos marrones se desviaron al agua que, a pesar de deformar la imagen, revelaba con claridad una evidente excitación. El último tirón la obligó a sentarse sobre el regazo del juez, quedando frente a frente.

El apetito de Minos se incrementó al tener a la monja en esa posición, temblando sobre él, rozando su vientre con su miembro palpitante, escuchando los sonidos lúbricos que se generaban en el agua con el movimiento de ambos. Ella dejó colgando sus brazos a los costados y comenzó a respirar más rápido y entrecortado, su expresión facial ahora era una mezcla de emociones, lo que fascinaba al juez.

Bonito rostro, me gusta cómo expresas tus emociones sin siquiera darte cuenta— sonrió para sí mismo al ver que sus oscuros iris se encontraban con los suyos.

Uno de sus brazos la rodeó por la cintura para repegarla contra su pecho, provocando que se sobresaltara al sentir la dureza de sus pectorales friccionando contra su delgado camisón y, obviamente, sus suaves pechos. Un jadeo involuntario escapó de la boca femenina debido a esta acción y a que su otra mano se arrastraba por el lateral de sus caderas con la clara intención de acariciar su trasero.

Esta mujer es deliciosamente miedosa ≫ murmuró al ver que cerraba los ojos y tragaba saliva torpemente.

Minos sabía que eso se debía al estrés del momento, era normal, pero necesitaba que se relajara lo suficiente para continuar.

—Mira nada más, estás temblando— dijo burlón, mientras la sujetaba por el cabello de la nuca con firmeza, pero sin lastimarla. —No deberías ponerte tan nerviosa— tiró suavemente para hacer que expusiera su cuello ante él. —Si me sabes complacer, no te haré daño— comenzó a rozar lánguidamente su piel.

El juez sabía por dónde empezar y su lengua siempre había sido una herramienta muy útil para estimular a una mujer, en más de un sentido. Así que, por el momento, la usaría para incitar traviesas cosquillas que comenzasen a estimularla poco a poco.

Su nuevo jadeo le confirmó que estaba haciéndolo bien, así que continuó lamiendo con suavidad, presionando correctamente sus zonas más sensibles, mordisqueando con vehemencia el lóbulo de cada oreja. Liberó su cabello y empezó a descender por la línea de su columna vertebral, tocando únicamente con las yemas de sus dedos, incitando su erizamiento. Posteriormente, con ambas manos inició un toque detallado de sus costados, acariciándola de tal forma que, a pesar de estar en el agua, consiguió que su cuerpo se estremeciera contra él.

Anna no decía palabra alguna y tampoco se resistía. Tal vez comprendía que lo más adecuado era dejarse llevar por las sensaciones que le brindaba el juez. Esto es lo que precisamente él buscaba, dado que, entre más receptiva estuviese la mujer, más placentero sería yacer con ella. Y, evidentemente, facilitaría los encuentros posteriores que se necesitaban para conseguir el objetivo del Grifo.

¡Deshazte de esa maldita tela, quiero sentir su piel!

La impaciencia de la criatura era molesta, pero el juez tenía que reconocer que estaba comportándose al no intervenir en sus acciones. Entonces debía ceder para mantener un equilibrio.

Sus manos se deslizaron por las caderas femeninas y luego por sus muslos, alcanzando los bordes del camisón. Los tomó y, de un sólo movimiento, rasgó la prenda en dos partes, tirando de ellas hacia los lados con algo de brusquedad. Anna respingó asustada y abrió los ojos de golpe para ver cómo los trozos se hundían en el agua, percatándose de que ahora estaba prácticamente desnuda, exceptuando por su ropa interior.

Alzó el rostro para encontrarse con la mueca perversa de Minos, quien se divertía con su temblor.

—Tranquila… todavía no he comenzado— sonrió, arrastrando con descaro los ojos hacia sus senos descubiertos.

Esos breves cambios de comportamiento no los podía controlar. El espectro tenía bastante dominio sobre él, así que sólo podía confiar en que la mujer tuviera el suficiente temple para soportarlo. Decidió continuar, pero el agua no era muy adecuada para su próximo jugueteo, así que cambiaría de lugar.

Sus manos se movieron hacia las caderas de ella, sujetándola con firmeza para luego levantarla relativamente fácil, poniéndose de pie al mismo tiempo. De inmediato la monja se aferró a sus hombros por miedo e inercia, temiendo que pudiese caer. Nada más lejos de la realidad. Para el juez, ella era muy ligera y frágil, así que debía tener cuidado de no lastimarla de alguna manera. Ser siervo de Hades y tener poder sobrenatural, no siempre era algo benéfico.

Minos caminó hacia otra orilla de la piscina, donde la altura del borde le llegaba a la pelvis. Con cuidado depositó a la mujer sobre el frío suelo, recostándola por completo y sin tener en cuenta la temperatura de la superficie. Esto provocó que ella apretara los párpados y jadeara sobresaltada. No obstante, el juez ya no podía perder más tiempo, así que se aproximó, separándole las piernas con su propio torso.

No iba a tomarla todavía, se requería prepararla antes, así que empezó a explorar su figura a detalle con ambas manos, mientras su erección ejecutaba una obscena fricción sobre el vientre femenino, buscando inquietarla y excitarla al mismo tiempo.

Ella tiene una piel tan suave ≫ se regocijó el Grifo. ≪ Muy bien Minos, tu maldito juego previo me está convenciendo, así que continua.

El juez resopló molesto, pero prefería escuchar esas palabras en vez de que intentase algo. Se enfocó en su manoseo, recorriendo el cuerpo de la mujer a placer, consiguiendo que sus gemidos intermitentes aumentaran al paso de los segundos. La temperatura de sus palmas se volvió caliente conforme dibujaba sus costados, su abdomen y luego ascendía hacia sus hermosos pechos.

La sensibilidad de Anna era notoriamente encantadora. Si bien podía pretender resistirse a los estímulos físicos, eso no le serviría de mucho, Minos era lo bastante paciente y hábil para hacer delirar a una mujer. Sus dedos rozaron la sensible carne, delinearon su redondez y pellizcaron con suavidad sus endurecidos pezones.

Se aproximó un poco más, disfrutando del calor con el que respondía su tembloroso cuerpo. Ella mantenía los ojos cerrados, pero su linda boca estaba entreabierta, resollando agitadamente. Los mechones de su cabello platinado cayeron sobre sus hombros, haciéndole cosquillas, lo que la hizo mirarlo.

En sus oscuras pupilas se podían apreciar sus emociones. Había temor, pero no el suficiente para decir que estuviese paralizada. Y también había excitación, la cual iba creciendo. No era necesario que Anna lo reconociera, simplemente debía dejarse llevar.

—El miedo en tus ojos es casi perfecto, mi pequeña marioneta… — sonrió, acercándose a su boca, palpando traviesamente la comisura de sus labios. —Pero, por el momento, quiero ver otra cosa en ellos… —

Se relamió ansioso, deseando continuar con su perversa libación, así que sin decir nada más, su lengua emergió de nuevo, deslizándose con calma, bajando por el mentón hasta su cuello. Las sacudidas de la mujer no se hicieron esperar y éstas aumentaron cuando él descendió por en medio de sus pechos. Comenzó a devorarlos a placer, humedeciendo lentamente su dermis, mordisqueando sus pezones con la precisión exacta para arrancarle un potente clamor.

¡Música para mis oídos! ≫ gruñó exaltada la criatura. ≪ ¡Hazla gemir con más fuerza!

El juez se rió internamente.

Apenas estaba comenzando, así que la entidad obtendría lo que buscaba. Sus manos se deslizaron, tocando de nuevo las formas femeninas, mientras insistía en su lengüeteo, obligándola a jadear más rápido. De reojo, pudo notar sus manos engarrotarse, parecía ansiosa por querer aferrarse a algo, lo que se traducía como una reacción corporal fuera de control.

Era momento de avanzar.

Se apartó un poco de la mujer, pero sin permitirle cerrar las piernas, dejando el camino libre para que su mano derecha se posara sobre su vientre. Los dedos tocaron el borde de la pampanilla y luego se arrastraron sobre la tela para delinear el contorno de su intimidad. Anna cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes en un vano intento por contener un lujurioso gemido. Minos gruñó por lo bajo al ver que ese gesto era el último resquicio de su voluntad, lo que estimulaba su lado sádico sin querer. Entonces, la haría caer.

Su caricia subió y bajó con martirizante lentitud, explorando y memorizando la forma de su sexo, notando cómo la sirvienta se estremecía, mientras sus pliegues respondían al fino roce. Si ella insistía en negar la excitación de su cuerpo, se volvería más doloroso.

—No deberías resistirte, Anna— dijo con burla, al notar las expresiones lascivas que se formaban en su rostro.

Ninguna de sus amantes previas había soportado su jugueteo sexual, todas reaccionaban positivamente rápido y la monja no sería la excepción. Entonces, dos de sus dedos se ubicaron en el punto más sensible de una mujer, iniciando una sugestiva presión. Un grito desconcertado de ella escapó.

¡Ahí está! — se regocijó el juez, saboreando la victoria. —¡Tan sensitiva!

Las sacudidas del cuerpo femenino aumentaron, así como su clamor, ya para nada disimulado. Esto era muy conveniente para el juez, si Anna resultaba tan sensible a una caricia de éste tipo, el resto de su preparación sería más sencillo. No obstante, debía prestar mucha atención a sus reacciones y esto lo comprobó cuando vio que su espalda se arqueaba con brusquedad e intentaba cerrar los muslos. Probablemente no había experimentado estímulos tan intensos antes.

Colocó la otra mano sobre su pecho, impidiendo que se levantase. Pero las manos de la mujer se dispararon hacia su brazo, clavándole las uñas sorpresivamente. Minos soltó un leve quejido, contemplándola fijamente, pero sin detener el vaivén de sus dedos, fustigando los espasmos de su carne, llevándola al límite de la respiración… disfrutando de su deliciosa agonía.

De repente, el rasguño se hizo doloroso en su antebrazo.

¡Condenada hembra, no me hagas enojar! ≫ siseó la bestia.

El ministro entornó la mirada, sopesando cómo castigar su imprudencia. Evidentemente no la lastimaría, sólo requería intimidarla un poco, así que detuvo la fricción sobre su vértice, permitiéndole recuperar el aliento. Atrapó sus muñecas en un instante y las llevó por encima de su cabeza con una sola mano.

—¡Quédate quieta, Anna! — advirtió fríamente.

Ya no le daría otra oportunidad para intentarlo nuevamente, la necesitaba sometida para no perder más tiempo, así que, tan pronto se quedó quieta, deslizó la otra mano hasta alcanzar la húmeda pampanilla. Rozó el borde de la tela, sujetándola con firmeza del lateral, para luego destrozarla con un simple tirón.

La monja respingó asustada, casi atragantándose de la impresión. No pudo pronunciar palabra alguna, quedándose pasmada ante las acciones del juez.

Veamos cómo reaccionas con esto, mi querida Anna— sonrió, mientras tiraba los restos de la prenda y volvía a posicionar los dedos sobre su vientre.

La nueva caricia inició con suavidad, permitiendo que sus yemas se deslizaran hacia sus sensibles pliegues con calculada sutileza. Minos era consciente de que, a pesar de su miedo, ella estaba respondiendo a sus atenciones, así que sólo era cuestión de ser paciente para verla rendirse por completo. Su tacto se volvió más dócil conforme se aproximaba a su centro, yendo y viniendo con la presión correcta, lo que inevitablemente desencadenó una mayor palpitación en su interior.

Anna se delató por completo cuando cerró de nuevo los ojos, al mismo tiempo que un lúbrico gemido estallaba en su garganta. Minos logró sentir la contracción inicial de su carne, acompañada del rocío de su intimidad. Esto lo hizo sonreír engreídamente, aumentando su propio deseo, consiguiendo que su respiración se acelerase y que resoplara al unísono con la mujer.

Ahora, sólo necesito que te humedezcas un poco más— saboreó su triunfo.

Con lentitud recogió parte de la lubricación y empezó a extenderla en torno a su cavidad, la cual ya pulsaba al ritmo de su toque, dilatándose cada vez más. Sus jadeos se hicieron más intensos y constantes, respondiendo perfectamente al proceder del juez.

—Te lo repetiré sólo una vez más, Anna, deja de resistirte… o podrías lamentarlo— reiteró su advertencia.

Ya no había marcha atrás, así que no toleraría otro gesto de rebeldía y menos ahora que podía percibir a la entidad en su cabeza, inquietándose más y más. El Grifo seguía todo a detalle, deleitándose con la respuesta sensorial de la mujer, por lo tanto, ya no podía detenerse.

—Sí… s-señor… — susurró ahogadamente.

Esa respuesta fue lo único que necesitó el juez para dar el siguiente paso. Su tacto avanzó más allá de los pliegues iniciales, comenzando a hurgar en su tibia cavidad. Primero, un sólo dedo, deslizándolo con parsimonioso movimiento, para después oscilarlo con elegante delicadeza. Esto provocó que ella liberara un grito a medias, que terminó transformándose en un obsceno gemido.

El cuerpo femenino se sacudió y su espalda se arqueó de nuevo cuando Minos introdujo gradualmente otro de sus dedos, logrando percibir las convulsiones de su interior. El delirio de Anna fue más que evidente, por fin se entregaba por completo al placer carnal.

Perfecto… — pensó con satisfacción, al notar que su lubricación aumentaba.

Incrementó la intensidad de su intromisión, divirtiéndose al observar su lindo rostro deformado por las divinas sensaciones. Ella aflojó los brazos y sus muslos descansaron contra sus flancos, temblando incontrolablemente.

—Lo haces muy bien, mi pequeña marioneta— murmuró lascivamente. —Continúa danzando para mí… —

¡Una hermosa marioneta en verdad! ≫ se rió el Grifo. ≪ La haces "bailar" tan divinamente, que tengo que reconocerlo.

Sólo mantente en silencio y presta atención— masculló el juez, disfrutando lo que hacía.

Retiró momentáneamente los dedos de su interior, llevando hilos húmedos hacia el botón de su sexo, para embadurnarlo abundantemente. Luego procedió a estimularlo con finura, siendo consciente de que la sensibilidad de esa pequeña porción de carne, era suficiente para brindarle placer hasta dejarla sin aliento.

—Un poco más… —

Se relamió los labios con ansiedad, cambiando la postura de su mano para volver a introducir los dedos y estimular sus paredes internas, al mismo tiempo que continuaba presionando el sensible vértice.

El clamor de la monja comenzó a llenar la habitación, eran evidente que su clímax ya se gestaba rápidamente. Minos sintió sus contracciones acelerarse, así que liberó sus muñecas y la sujetó del mentón para que lo viese a la cara.

—¡Mírame! — ordenó imperativo, deseando verla ahogarse en el placer.

Sus ojos marrones se empañaron de lágrimas contenidas, debido a las descargas sensoriales que la golpeaban sin piedad. Su boca entreabierta jadeaba sin parar y sin lograr llenar sus pulmones de aire. Todo en la mujer estaba a punto de colapsar.

Súbitamente, su sexo se contrajo alrededor de los dedos masculinos.

El juez sonrió con perversión, clavando sus ojos en los de ella, disfrutando de lo que se reflejaba en sus pupilas cuando el orgasmo comenzó a explotar en su interior. Al mismo tiempo, pudo notar que el Grifo hacía lo mismo, saciándose de la misma forma. No sabía porque a la entidad le interesaría hacer eso, pero poco le importaba.

Anna no pudo sostenerle la mirada por más tiempo, llegando a la cúspide frenéticamente. Su gritó fue casi salvaje, reflejando el placer carnal que la consumía sin clemencia, hundiéndola por completo en el éxtasis de la irrealidad.

Minos mantenía su sonrisa ladina, notando cómo la cruda lujuria se retorcía en su interior.

Es tiempo de pasar a otra cosa…


Continuará...

0_0 ¿Quién quiere "jugar" con Minos?

Mmm creo que éste fanfic me va a quedar más perverso que el anterior XD En fin, gracias por leer.

04/Junio/2021