Hola a todos :D
Bien, sigamos con las perversiones de Minos y el Grifo. Ahora sí, por fin leerán lo de la miel y espero que lo disfruten :3 Muchas gracias por las sugerencias, intenté tomar un poco de todas ellas y aquí lo leerán. Como saben, esto no es sólo Lemon, ya que también me gusta desarrollar una historia, así que verán una que otra cosilla :D Y recuerden que, si bien me baso en la línea del anime/manga, me tomo varias licencias para acomodar los sucesos, ya que los tiempos son algo ambiguos en todo el desarrollo de la guerra santa.
De antemano agradezco su tiempo y sus reviews, me hacen feliz :3
Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP
Sobre sus comentarios:
WienGirl: Gracias por la paciencia, en verdad valoro mucho sus comentarios. Aquí por fin leerás lo de la miel y sí, esto sigue siendo pervertido. No he visto las 50 sombras, pero lo haré más adelante XD Gracias por comentar.
Pyxis and Lynx: Efectivamente, el Minos sabe lo que quiere y la monja no puede quejarse XD El Grifo me ha resultado bastante útil, me encanta ese espectro y ya sabemos que el juez es capaz de ir en su contra para molestarlo XD Gracias por comentar colega ;D
Kitty 1999: Tus palabras tan claras y directas, me encantan querida Kitty, así es como está el asunto con Minos y Anna, efectivamente XD Gracias por leer.
Natalita07: Tienes razón, ese Minos es todo un estuche de monerías el condenado XD Y sí, tiene que lidiar con el Grifo para distraerlo. Correcto, que Anna siga "sufriendo" por nosotras jaja (que envidia) XD Me encantaron tus palabras y aquí verás lo de la miel. Gracias por comentar y darme ánimos :D
Leyla: Tus comentarios me sacan una sonrisa enorme, espero no estar pervirtiéndote XD Me alegra que te guste mi manera de escribir y claro, puedes fantasear con Minos todo lo que quieras XD Ya estoy trabajando en Contacto Humano, sólo ten paciencia y gracias por leer.
Roses Girl: Es verdad, el Minos es considerado hasta cierto punto y pues al Grifo no le queda más que tolerarlo XD Aquí leerás por fin lo de la miel. Gracias por el apoyo, lo valoro mucho ;D
Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P
Capítulo VII
Al día siguiente.
Minos despertó temprano. Se sentía bastante relajado después de dormir toda la noche sin interrupciones del sueño, cosa que no sucedía desde hace tiempo. Sin lugar a dudas, haber tenido sexo con Anna resultó mejor de lo esperado. Tanto tiempo sin una mujer en su cama lo había frustrado demasiado, aunado al hecho de ser obligado a trabajar como juez y permanecer encerrado en el inframundo.
Maldita suerte la que le había tocado, sólo por pertenecer a la línea de sangre de un juez infernal, que estaba al servicio de un estúpido dios belicoso.
Se desperezó con flojera, luego procedió a vestirse y finalmente a desenredar su largo cabello. Chasqueó los dedos y el Sapuri negro voló hacia él, cubriendo su cuerpo en un parpadeo.
≪ ¿A dónde vamos? ≫ interrogó el Grifo. ≪ Te recuerdo que no hemos terminado con la mujer. ≫
—Deja de molestar, primero debemos localizar el alma de Pegaso para que el mocoso no esté importunando— respondió, mientras abría las puertas de su habitación para salir.
La bestia resopló frustrada, pero no dijo nada. Debía aceptar a regañadientes que les convenía mantener esa estúpida lealtad para con el anfitrión de Hades.
Minos caminó por la estancia y alzó ambas cejas sorprendido cuando distinguió la figura recostada de la mujer sobre el diván central. Al parecer, no se había ido a su cuarto… o no pudo hacerlo.
—Mira nada más, que linda sorpresa— murmuró con burla, acercándose despacio a ella.
El sonido de su armadura la despertó de golpe, haciéndola sentarse rápidamente y frotarse los ojos con insistencia. Probablemente quedó tan cansada ayer, que no fue capaz de irse y prefirió dormir aquí. El juez llegó junto a ella, notando claramente el sobresalto que generaba su presencia. Anna volteó despacio para mirarlo, conteniendo la respiración mientras aferraba la sábana que cubría su desnudez.
Él la contempló impasible y sin expresar nada.
Realmente se sentía muy relajado, así que esta situación simplemente le parecía graciosa. Además, podía distinguir que ella también permanecía tranquila hasta cierto punto. Quizás adormilada, pero en general, la mujer estaba bien.
Se agachó sobre ella, tomándola del mentón para que lo mirase a la cara.
—Tal vez debas buscar una habitación más cercana— le sonrió con malicia.
Era demasiado directa la insinuación que le hacía, dejándole en claro que esto continuaría y que quizás lo más conveniente era que permaneciera cerca de los aposentos del juez. Percibió su sobresalto, ella comprendía perfectamente sus palabras, así que la liberó sin decirle nada más.
Reanudó su camino, cerrando las puertas de la estancia detrás de él. Se alejó por el pasillo rumbo a la salida y momentos después, abandonó Ptolomea, dejando bloqueada la puerta.
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Tribunal del Silencio.
Minos llegó al edificio e ingresó, necesitaba ver si era necesario permanecer ahí o podía dejar los pendientes a cargo de Lune. Rato después, revisaba el libro de almas en su escritorio, al parecer, la cantidad de muertos se mantenía baja. Pasaron algunos minutos y el juez avanzaba en las hojas, pero llegó un momento en que dejó de leer, sus ojos veían las palabras, pero ya no estaba comprendiéndolas.
≪ Deja el trabajo para el subordinado y enfócate en lo de Pegaso ≫ dijo la entidad. ≪ Sé que no te gusta hacer esto, pero ahora estás más distraído de lo normal y ya sabemos porque ≫ se burló.
El ministro resopló con fastidio. El Grifo tenía razón, lo que había sucedido anoche con la monja, estaba distrayéndolo demasiado, remembrando las sensuales imágenes una y otra vez. No podía evitarlo, había estado demasiado tiempo sin probar las mieles del sexo, así que, tal y como le sucede a un adicto… ansiaba repetirlo.
—Silencio, no tienes porqué recordármelo a cada rato— masculló, cerrando el libro de almas. —Además, cómo rayos sé que no eres tú manipulándome. —
Escuchó de nuevo la risa en su mente, el espectro también podía llegar a ser muy cizañoso.
≪ Podría hacerlo, podría manipularte como a una marioneta y obligarte a follarla, pero… ≫ hizo una pausa lenta y luego susurró astutamente. ≪ Ese deseo que sientes, no tiene nada que ver con mi control, es completamente tuyo y no deberías hacerte del rogar… vamos, sé que quieres saciarlo… ≫
Nuevamente sintió el extraño cosquilleo en su cabeza mientras sopesaba las palabras del espectro. Si bien lo que decía era cierto, acerca de poder controlarlo, el hecho de que estuviese pensando en Anna probablemente sí se debía a su propio apetito sexual. Tal vez la criatura mitológica refrenaba sus impulsos para no repetir su error del pasado, pero eso no quería decir que no buscase otro método para instigar a su portador.
—Eres una verdadera molestia— rumió por lo bajo. —Pero primero, iremos al Yomotsu, hay que buscar a esa escurridiza alma— se puso de pie, llevándose el libro de almas consigo.
El Grifo apeló a su paciencia nuevamente, la cual era muy poca. Sin embargo, después de tanto convivir con el humano, sabía que lo mejor era buscar una forma de convencerlo, ya que, obligarlo, resultaba contraproducente.
≪ Bien, busquemos el alma y después… podríamos ir por algo "dulce" ≫ murmuró.
Minos ya bajaba las escaleras del estrado y no pudo evitar hacer un gesto de extrañeza al escucharlo.
—¿De qué demonios hablas? —
≪ Conozco tus recuerdos y hay uno muy interesante que me ha llamado la atención y que tal vez te gustaría llevarlo a la práctica nuevamente ≫ explicó la entidad con una sonrisa maliciosa. ≪ La miel es un alimento delicioso… ¿Verdad? ≫
El juez se detuvo justo antes de abrir las enormes puertas de salida. Hizo un gesto meditabundo y luego sonrió divertido. Ya sabía que el espectro tenía acceso completo a sus recuerdos, pero no pensó que andaría hurgando entre ellos para buscar algo que lo beneficiara. Pero que más se podía esperar de una criatura como esa, se trataba de uno de los líderes infernales que servían al rey del Inframundo, obviamente siempre buscaría la manera de lograr sus propósitos.
—La miel… — soltó una risita, trayendo al presente el recuerdo mencionado. —Eso fue muy placentero, aquella mujer tenía bastante imaginación. —
La reminiscencia encontrada por el Grifo era acerca de una amante del pasado de Minos. Una viuda que conoció en un viaje de negocios que hizo a Inglaterra tiempo atrás, antes de convertirse en juez. Esa elegante dama resultó ser alguien de interesante personalidad que lo engatusó ingeniosamente por un tiempo y que le enseñó lo divertido que podía ser la miel de abeja. Una experiencia bastante enriquecedora, a decir verdad.
≪ Entonces no negarás que te encantan las cosas dulces… y la sierva tiene un sabor muy dulce… como la miel. ≫
Minos volvió a sentir el hormigueo en su cabeza. Si bien no eran las punzadas dolorosas con las cuales el espectro lo castigaba, sabía que estaba relacionado con su dominio sobre él. Todavía le fastidiaba su insistencia y obsesión, pero también debía reconocer que él mismo estaba interesado en seguir divirtiéndose con Anna. Para que negarlo.
—Bien, me has convencido— se relamió los labios ansiosamente, mientras salía de la Corte del Silencio. —Pero quizás no sea tan fácil encontrar miel, recuerda que no podemos salir al exterior. —
≪ Yo sé dónde podemos encontrar un poco. ≫
La bestia no dijo algo más, así que el ministro se encaminó a la entrada del inframundo, tenía que ir a la prisión de almas de Fyodor.
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Colina del Yomotsu.
El torturador de almas lo recibió con un gesto serio, ya tenía noticias sobre el alma del santo de bronce, pero no eran alentadoras.
—Bienvenido, señor Minos— saludó con una inclinación.
—¿Qué noticias me tienes? —
—Los soldados Skeleton estuvieron buscando todo éste tiempo y apenas hace rato pudieron recuperar el alma— explicó rápidamente. —Estaba en un despeñadero al sur del Yomotsu, pero… — hizo una pausa, dudando en continuar. —Como le dije ayer, está "inconsciente", su hálito vital es tan bajo que prácticamente podría ser un muerto más, por eso mismo tardamos en detectarla. —
Minos alzó una ceja, no esperaba escuchar dicha información. Es decir, cuando el portador de Hades asesinó al santo, probablemente sí era con la intención de mandarlo al inframundo, para luego buscarlo directamente en alguna de las prisiones, por eso lo visitó a él en el Tribunal, para saber su ubicación. Pero, por alguna razón, eso no sucedió y ahora el alma no despertaba.
—Quiero verlo— ordenó.
Mandrágora asintió y lo guió a dónde tenía encadenado a Tenma de Pegaso. El joven guerrero permanecía sujetado con grilletes en muñecas y tobillos, con la cabeza de lado y sin moverse para nada. El aura que lo rodeaba indicaba que era un alma, pero su tonalidad no era grisácea apagada como la de los muertos comunes, lo que significaba que se mantenía entre la vida y la muerte.
El juez se acercó y lo tomó de los cabellos para levantarle el rostro y examinarlo mejor. Aún se podían notar las heridas que el ataque de Alone le había provocado a su cuerpo físico, las cuales también se reflejaron en su alma.
—Es sólo un mocoso, igual que Alone— pensó para sí mismo.
≪ Por lo que veo, el ataque sí debía matarlo, pero hay algo que lo protegió ≫ dijo el espectro, escudriñando a detalle el estado del alma. ≪ En su muñeca derecha, ahí está. ≫
Con la otra mano, su anfitrión apartó un poco el grillete y pudo ver una curiosa pulsera de flores.
—¿Un adorno de flores lo protegió? —
≪ Ese objeto no es cualquier cosa, tú no puedes notarlo porque eres humano, pero yo sí lo percibo, fue elaborado por un dios, tiene rastros de sus oraciones y cosmos divino ≫ explicó el Grifo. ≪ Seguramente Athena lo hizo y si destrozas esa pulsera en éste momento, el alma morirá por completo ≫ se expresó siniestramente.
El ministro sopesó dichas palabras, sería muy divertido hacer eso y facilitar las cosas, pero según recordaba, Alone quería recuperar el alma intacta. Entonces sería mejor dejarlo así.
—No lo haré, que el mocoso decida qué hacer, yo ya cumplí con mandar a buscar el alma— concluyó.
La entidad gruñó molesta, pero de nuevo se quedó en silencio. Minos se dirigió a Fyodor, quien permanecía en espera de sus órdenes.
—Mantenlo encadenado aquí, no le hagas daño y no digas absolutamente nada hasta que yo te lo ordene— comenzó a caminar rumbo a la salida. —Hablaré con el señor Hades. —
—Entendido— asintió el subordinado.
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Castillo de Hades.
Minos ingresó al enorme vestíbulo, dispuesto a hablar de una vez con Alone para explicarle la situación del alma de Pegaso. Se encaminó al Salón de Guerra para estar en privado, pero antes, decidió llamarlo vía cosmos.
—"Señor Hades", necesito hablar con usted— dijo mentalmente. —Le tengo buenas noticias. —
Alone tardó más de lo esperado en contestar y lo hizo de manera escueta.
—Juez Grifo, no es un buen momento… yo te llamaré más tarde— el enlace de cosmos finalizó.
El mencionado detuvo sus pasos y entornó la mirada, dando un vistazo rápido alrededor de él. No había nadie a la vista, pero por alguna razón, el ambiente se le hizo extraño.
—Al parecer, el mocoso está ocupado con algo importante— pensó, al mismo tiempo que notaba una ligera presencia de cosmos divino.
≪ Probablemente se trata de los dioses gemelos ≫ mencionó el espectro. ≪ Será mejor mantenernos al margen por ahora… y tal vez podríamos aprovechar esta oportunidad para buscar lo que necesitamos… ≫
—¿A qué te refieres? — interrogó, dándose la vuelta para regresar sobre sus pasos.
≪ La miel… ≫ susurró ladinamente. ≪ Ve al área de cocina, ahí la encontrarás. ≫
Minos alzó las cejas y sonrió sumamente divertido.
—¿Estás seguro de que es buena idea? —
≪ ¿Por qué no lo sería?, las monjas oscuras preparan comida para los que habitan en el castillo, incluidos los dioses gemelos que usan un cuerpo humano. Eso significa que en la despensa hay alimentos variados, tomar un poco de miel no significará nada… así no tendremos que salir a buscarla y podremos regresar con ella ≫ sus palabras sonaron muy convincentes, en especial la parte final.
—Supongo que si— resopló el juez, no muy convencido.
No obstante, usar miel con la monja, le resultaba una idea muy tentadora, así que, sin darle demasiadas vueltas al asunto, marchó a la zona de cocina.
…
Tal y como había mencionado el Grifo, las monjas oscuras realizaban sus tareas cotidianas y también preparaban los alimentos que se servirían más tarde. El sitio era enorme y el movimiento general no se detuvo a pesar de su presencia. Las siervas estaban acostumbradas a su ritmo de esclavitud y a que algunos espectros anduvieran deambulando de vez en cuando por ahí, incluyendo guerreros de alto rango.
El juez caminó hasta el fondo de la estancia, dónde se ubicaba el almacén de las especias y conservas generales. Un par de sirvientas limpiaban los estantes y tan pronto lo vieron entrar, hicieron una reverencia hacia él.
—Quiero miel— fue directo con su petición.
Inmediatamente una de las monjas fue a un pasillo contiguo, donde había un anaquel con múltiples frascos de colores y tomó una redoma pequeña. Se acercó al juez y se la entregó sin mediar palabra alguna.
—Vaya, quien lo diría, en verdad tienen todas las provisiones adecuadas— dijo por lo bajo, mientras examinaba la botella, la cual estaba casi llena con el preciado alimento.
Se dio la vuelta y salió de la bodega, relamiéndose los labios ansiosamente, dado que ya había pasado algo de tiempo desde la última vez que probó dicho manjar. De pronto, alguien le habló.
—Juez Minos, no debería tomar esa miel. —
El aludido rodó los ojos y ladeó un poco el rostro, molestándose con la impertinencia de dicha voz. Al otro lado del lugar, sentado en una silla, estaba Farao de Esfinge, comiendo zarzamoras de un tazón despreocupadamente. Era poco habitual verlo en el castillo, excepto cuando el "señor Hades" lo convocaba para tocar su arpa frente a él. Y sólo por eso, el estúpido subordinado se sentía importante.
—Miren nada más, el músico predilecto, ¿Qué haces aquí, no deberías estar tocando para Hades? — preguntó el juez, evadiendo el tema de la miel.
—El señor Hades está ocupado, así que debo esperar— siguió masticando las frutas, sin dejar de mirar la redoma. —Y si yo fuera usted, devolvería esa miel, la traje especialmente para nuestro señor desde Egipto. —
Minos hizo un gesto burlón y reanudó su marcha. Si era miel de ese milenario país, entonces era un alimento muy lujoso que no podía desaprovechar.
—No creo que le importe si me llevo un poco, hay suficiente en la alacena. —
Pero, apenas dio unos pasos, sintió que lo detenían del hombro. Volteó lentamente para encontrarse que, Farao se había desplazado rápidamente para atajarlo, cosa que comenzó a irritarlo, dado que nadie por debajo de su rango, podía llevarle la contraria.
—He dicho que no puede llevarse la miel, señor Minos— mencionó Esfinge con gesto serio.
La mirada violácea del juez se afiló y su expresión se volvió tétrica en un santiamén, cosa que provocó un sobresalto en el egipcio.
—¿Quieres perder el brazo? —
Antes de que Farao pudiese procesar dichas palabras, sintió un dolor inmenso en todo el brazo derecho, justamente con el cual había frenado al ministro. Sus ojos se abrieron en grande al notar múltiples hilos de cosmos enredándolo, incluso hasta los dedos. De repente, una tremenda fuerza lo azotó de cara al piso, haciéndolo gritar de dolor.
Las monjas cercanas se apartaron inmediatamente, temiendo que comenzase una pelea. Sin embargo, Minos no tenía planeado hacer un alboroto, sólo quería dejarle las cosas en claro a Esfinge, quien pertenecía al escuadrón de Aiacos, pero que a veces, se tomaba confianzas que no le habían dado.
—¡Espere, señor Minos! — alzó la voz cuando sintió que toda su extremidad se torcía dolorosamente.
Los hilos brillaron, ejerciendo más fuerza para doblar el brazo por detrás de su espalda y forzar una posición antinatural, provocando que Farao comenzase a gritar incluso más.
—Creo que hoy no interpretarás tu música para Hades— sonrió perversamente el juez, mientras comenzaba a jugar con el frasco en su mano, arrojándolo al aire y atrapándolo de nuevo. —Mmm, pero si destrozo tus huesos, podría ser un problema, entonces… — detuvo su juego y dobló un par de dedos, los hilos se aflojaron. —Esas uñas están demasiado largas, ¿No crees? —
Se escuchó el aire cortándose y después el doloroso quejido de Esfinge. Los filamentos se desvanecieron y su brazo quedó libre, sin embargo, ahora sus dedos sangraban levemente. La técnica del juez le había cortado de tajo las cinco uñas que usaba para tocar las cuerdas de su arpa, dejándolas cercenadas al borde de las yemas.
—No vuelvas a decirme que puedo o no puedo hacer— advirtió fríamente, para luego reanudar su marcha.
Conforme se alejaba, los quejidos de Farao se fueron apagando. Realmente no le importaba dejarlo herido, como fuese, podría tocar su arpa, simplemente debía vendarse los dedos. Y tampoco le preocupaba que lo denunciaran con Pandora o con el mismísimo "señor Hades" por un frasco de miel. La tensión que había por la próxima guerra santa era suficiente para no prestar atención a su desliz.
≪ Que mal carácter tienes para con los subordinados ≫ se rió el Grifo. ≪ Pero bueno, ya tenemos la miel y si es de Egipto, eso quiere decir que es de gran calidad. ≫
—Ya extrañaba probar esto— destapó el frasco, deleitándose con el dulce aroma, luego tomó una pequeña porción y la degustó con sumo placer. —Simplemente deliciosa— se relamió los labios una y otra vez.
≪ Esto será muy divertido… ≫
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Inframundo, Ptolomea.
El juez descendió justo frente a las escaleras de acceso a su residencia. Pero antes de poder subir el primer peldaño, sintió una llamada de cosmos.
—Señor Minos— habló Lune de Balrog. —Lamento molestarlo, pero quisiera saber si va a venir al Tribunal. —
El aludido hizo una mueca de aburrimiento, había olvidado dejar un recado para el interino y como usó un atajo para regresar más rápido a su morada, ya no pasó por la Corte del Silencio.
—No es necesario que yo esté presente, así que encárgate del trabajo, Lune— respondió.
—Pero señor, hay temas sobre la guerra santa que debemos revisar, los muertos que habrá más adelante… —
—¡Estoy ocupado! — lo interrumpió Minos, dejándole en claro que no lo escucharía más.
Cerró la conexión de cosmos y se dirigió a la entrada, importándole poco lo que hiciera el subordinado. En éste preciso instante, no enfocaría su atención en otra cosa que no fuese su propia diversión. Pero, antes de abrir la puerta, pudo notar algo raro en el aire: Sus hilos estaban alertados.
Aparte de mantener sellado el acceso principal con su cosmoenergía, también había colocado hilos casi invisibles rodeando ciertas partes de Ptolomea, en especial donde había ventanas, dado que éstas no poseían barrotes. Minos era perfectamente consciente de la inteligencia y libre albedrío de Anna, y aunque estaba seguro de que no podría salir de su residencia, no había escatimado en "vigilancia" extra. Y, al parecer, tuvo razón.
—Así que intentaste hacer algo— murmuró, alzando una mano al aire para "palpar" un hilo que ondeaba suavemente, como si de una telaraña rota se tratase.
Cerró los párpados y llamó al títere para saber que había hecho la sierva en ese poco tiempo de ausencia.
—Dime lo que hizo. —
La respuesta llegó de inmediato.
[Tomó una ducha en las termas y recuperó sus vestiduras de la piscina. Hizo limpieza general de sus aposentos. Buscó el área de sirvientes para hallar más hábitos. Intentó salir por una de las ventanas de dicha zona, cortándose la piel de la mano derecha con los hilos. Se atendió la herida y posteriormente escogió una habitación cercana a su alcoba. Está en la cocina ahora mismo]
Minos entornó la mirada después de abrir los ojos, escuchar aquello lo estaba irritando más de lo esperado. No podía creer que la monja hubiese pretendido huir a pesar de saber que esa zona era bastante peligrosa.
—Que temeraria eres, Anna— masculló molesto, liberando el sello de la puerta y entrando al vestíbulo.
Momentos después, avanzaba por el largo pasillo mientras observaba el frasco de miel en su mano. La idea que tenía en mente para usar dicha sustancia era bastante traviesa y quizás perversa si es que la monja no tenía experiencia alguna en juegos sexuales. Pero, como había dicho anteriormente, eso no le importaba en absoluto, él la moldearía a su manera y para su placer.
Los pasos resonaron en el suelo, acompañados del tintineo metálico de su Sapuri. Ya sabía que su llegada y las señales sonoras pondrían en sobre aviso a la sierva, así que se encaminó a la biblioteca, planeando el castigo que le daría por su atrevimiento.
—Anna, ven— la llamó con voz impasible, ella no estaba lejos, así que lo escucharía sin problema.
Ingresó a la biblioteca y dejó entreabierta la puerta, para luego ir directo al anaquel ubicado a espaldas de su escritorio, dejando el frasco de miel en un espacio libre. Depositó el libro de almas sobre la mesa y tomó asiento. Inhaló y exhaló despacio, tratando de aminorar su molestia. No pretendía ser agresivo con ella, pero necesitaba dejarle en claro, otra vez, quién mandaba aquí.
≪ Vaya, así que te irritó su intento de escape ≫ habló la bestia con cinismo. ≪ Yo pensé que la hembra sería un poco más dócil, es decir, el libro rojo nos dejó en claro que lo acontecido en la isla de los Curanderos, con ese mocoso y su brebaje, había sido algo fortuito en ella, pero veo que su carácter es mucho más intrépido que el de otras mujeres. ≫
—No hables— masculló Minos, abriendo el libro frente a él.
≪ Entonces… ¿Te gustaría castigarla? ≫ arrastró su voz con evidente cizaña. ≪ ¿Qué tal si la amarras esta vez?, a ella no le agrada la idea, así que tal vez… ≫
El juez resopló, tomando una pluma del tintero y comenzando a escribir. La sugerencia del espectro sonaba muy divertida, siempre y cuando no implicase algún tipo de daño para la mujer. Sí, tal vez lo llevaría a cabo, después de todo, la miel también estaba en sus planes, así que la usaría con el castigo que ya tenía en mente para Anna.
Escuchó pasos y su mueca se volvió ligeramente perversa cuando la puerta se abrió con suavidad.
—Ordene, mi señor— la monja se presentó en voz baja con el rostro agachado.
Minos arrastró su mirada violácea sobre ella con intensidad. Su voz suave le agradaba bastante y más cuando esa melodía se tornaba voluptuosa. Un erizamiento se arrastró por su espalda cuando evocó las imágenes pasadas. Definitivamente, quería volver a experimentarlo.
—Diviérteme— solicitó, remojando nuevamente la pluma en la tinta para seguir escribiendo.
Ella inhaló y exhaló despacio, acercándose por el lateral del escritorio mientras sacaba al títere de su aterciopelado envoltorio. Sus ojos dieron un rápido vistazo al estante donde estaba el frasco, pero de inmediato se enfocó en arrodillarse junto al juez, quien mantenía sus enormes alas plegadas hacia atrás para darle espacio. Empezó a manipular las cruces y los hilos, consiguiendo que el juguete caminara de un lado a otro con gran habilidad.
Él observó atentamente, intercalando su mirada entre Anna y la marioneta. Aún se sorprendía de lo rápido que la mujer había dominado dicho objeto. También notó que ella no volvió a colocarse otra cubierta en el cabello, manteniéndolo trenzado simplemente. A él le gustaba su oscura melena, algo que no se veía en las mujeres de su tierra natal. Dicho color siempre le había parecido muy elegante y hermoso.
Por su lado, la sierva estaba en silencio, concentrada en su actividad y quizás divagando en sus pensamientos acerca de lo que sucedía en éste momento. Posiblemente se preguntaba el porqué de sus circunstancias, tratando de encontrar una justificación para las acciones de Minos, ya que claramente su posición como concubina del juez, era algo que nunca se había visto antes.
Pero el ministro no le daría explicación alguna, al menos no por ahora.
Siguió escribiendo por unos minutos más, dejando las notas pertinentes para Lune, ya que obviamente, el interino continuaría supliéndolo. Cuando por fin terminó, exhaló sonoramente, llamando la atención de la mujer. Dejó la pluma en el tintero y cerró el enorme libro.
—Es suficiente trabajo por hoy, ¿No crees, Anna? — buscó sus ojos marrones para luego sonreírle traviesamente.
Ella pasó saliva con dificultad, desviando la mirada hacia otro lado.
—S-Sí, señor Minos… — susurró, sin dejar de ejecutar el baile de la marioneta.
El juez soltó una risita macabra, divirtiéndose con su reacción. Tal vez la sierva creía que el títere sería suficiente para distraerlo. Entonces, enfocó su mirada en el juguete de hueso, reconociendo que había sido buena idea crearlo, después de todo, dicho objeto le revelaba todo lo que hacía. Incluso su travesura, la cual debía ser reprendida.
—Vaya, que rápido has dominado los hilos— Anna lo observó de nuevo, quedándose quieta cuando él se acercó y la sujetó de la barbilla para alzar su rostro un poco más. —Quizás puedas convertirte en mi ayudante después de todo… — dijo en broma, con una sonrisa inquietante.
La mujer palideció notoriamente, quizás arrepintiéndose de aquellas palabras dichas el otro día. No obstante, Minos sólo dijo eso para dejarle en claro que, sus filamentos sobrenaturales, no debían tomarse a juego.
—Pero antes de enseñarte a usar mis hilos— un brillo amenazador se desplegó en sus ojos. —Deberás aprender a respetarlos… —
Su cosmoenergía fue invocada, manifestándose en hebras que comenzaron a ondular alrededor de la monja. Soltó su barbilla para después tomar la marioneta en sus manos y quitársela, permitiendo que los hilos se enredaran ágilmente en sus brazos, obligándola a subirlos. Un segundo después, la fuerza sobrenatural la levantó del suelo, dejándola completamente de pie. La confusión y el miedo se dibujaron en su rostro.
La expresión de Minos se tornó grave cuando se puso de pie, dejando el títere sobre la mesa para luego aproximarse a ella.
—Dime Anna, ¿Qué estuviste haciendo después de que me fui? — interrogó, mientras sujetaba su mano derecha y la torcía levemente para examinar su dorso.
La línea rojiza era visible y se notaba que la piel apenas estaba generando la costra. No era una herida grave ni profunda, pero lo que había hecho la mujer fue muy arriesgado. Esos afilados hilos eran una variante de su técnica Marioneta Cósmica, que casi no utilizaba, dado que su propósito era el de mutilar directamente al enemigo en vez de controlarlo. Si Anna hubiese atravesado la telaraña sin distinguirla, el daño hubiera sido severo.
De tan sólo imaginarlo, el enfado creció en él.
—¡Mis d-deberes, s-señor Minos! — respondió atemorizada.
—¿Y qué más? — acarició la herida sutilmente.
—¡N-Nada más! —
El juez soltó su mano y se agachó para quedar a su altura, contemplándola inquisitivamente. Le molestaba su mentira, pero obviamente ella no iba a confesar la verdad y no podía culparla por eso. Así que, de nuevo, era necesario amenazarla.
—No mientas… yo sé lo que trataste de hacer— deslizó una mano hacia el cuello femenino, atenazándolo con firmeza. —No deberías volver a intentarlo, ¿O ya olvidaste que eres mi marioneta especial? — ejerció un poco de presión, sólo para asustarla con la falta de aire. —¡No puedes alejarte de mí! — sentenció.
El desconcierto se reflejó en sus ojos marrones, comprendiendo rápidamente que el ministro estaba enterado de su intento de fuga. Apretó los párpados con temor y empezó a tiritar.
—¡L-Lo s-siento!… ¡N-no lo haré de n-nuevo! — dijo torpemente.
Minos sonrió al escucharla, retirando el agarre sobre su cuello. Le bastaba con eso por ahora, así que tomó aire y lo soltó despacio, relajándose poco a poco.
—Muy bien, Anna—acercó su frente hasta tocar la de ella. —Espero no tener que repetírtelo, salir fuera de Ptolomea, no es algo que te convenga— ratificó su amenaza con voz gélida.
Ciertamente le irritó su desobediencia, pero también debía reconocer que le agradaban esas muestras de voluntad y resiliencia que demostraba ella sin darse cuenta. Ya lo había dicho antes y lo reafirmaba ahora, una mujer débil no le serviría para perpetuar el linaje del Grifo. Y Anna estaba demostrando ser todo lo contrario.
—L-Lo entiendo, señor… — inhaló profundamente para tratar de calmar su sobresalto.
El ministro relajó su semblante y ahora que habían aclarado la situación, era tiempo de pasar a cosas más interesantes. Se alejó unos cuantos pasos y chasqueó los dedos de su mano, dándole una orden implícita al Sapuri. Todas las piezas vibraron al unísono y se desmontaron de su cuerpo para ensamblarse en la misma esquina del otro día.
Sintiéndose más cómodo, fue al estante y agarró el frasco de miel. Su sonrisa se torció maliciosamente al mismo tiempo que tomaba asiento de nuevo. La monja permanecía con los brazos inmovilizados, siguiéndolo con la mirada atentamente, mientras él retiraba el corcho. Una vez más, el suave y dulce aroma llenó sus fosas nasales, deleitándolo de sobremanera.
—¿Sabes qué es esto, Anna? — interrogó, haciendo una mueca complacida.
La mujer parpadeó nerviosa, quizás tratando de comprender su juego. El llamativo olor llegó a ella y Minos pudo ver cómo se distraía brevemente con el estímulo olfativo, así que probablemente ya sabía lo que era. No obstante, su recelo la hizo conservar el mutismo y negar con el rostro ante su pregunta.
—Esto es un lujo en las tierras donde nací— sonrió divertido, mirando la sustancia ambarina. —La miel es un tesoro valioso en un lugar donde el frío persiste la mayor parte del año— se relamió los labios despacio.
Era verdad.
La miel era un alimento milenario que la humanidad adoraba. Su dulce sabor y consistencia eran un placer que debía degustarse lentamente, ya que pocos tenían el privilegio de adquirirla. Minos fue uno de esos afortunados, ya que en su infancia pudo saborear postres creados con tan magnífica sustancia, gracias al poder adquisitivo de su familia.
≪ Dulce… tú adoras lo dulce… ≫ susurró el espectro, comenzando a instigarlo de nuevo.
Al juez le agradaban los alimentos dulces, aunque no lo demostrase abiertamente. No podía negarlo y esa miel era un delicioso elemento que usaría para su satisfacción. Una idea que también seducía al Grifo.
Observó la reacción de la mujer, el asombro en su rostro era notorio. Según el libro rojo, su marido era comerciante y en algunas ocasiones consiguió miel para ella, por lo tanto, Anna también había disfrutado de éste delicioso néctar. Cosa que hizo sonreír internamente al juez, si ella se portaba bien, quizás le regalaría el precioso alimento.
—¿Te gusta la miel? — inquirió de nuevo, sin disimular la intención en su voz y el apetito en su mirada.
La sierva se estremeció al escucharlo, tal vez intuyendo sus oscuros pensamientos.
—Sí… — dijo en voz baja.
Con su mano libre, Minos dobló un par de dedos, llamándola. Los hilos de cosmos reaccionaron, haciéndola caminar, para luego obligarla a postrarse frente a él. Sus brazos fueron liberados momentáneamente para hacer que los bajara, sujetándole ahora las muñecas por detrás de la espalda. El deleite del juez se hizo evidente al tenerla así, es decir, su expresión tímida y su obediencia involuntaria, aguijoneaban su deseo sin poderlo evitar.
Entonces, era tiempo de comenzar a jugar.
Untó su dedo índice y después la miró con malicia.
—Lame… — ordenó, mientras aproximaba la miel goteante a sus labios.
Una imagen muy provocativa que incluso ella no podía negar. El ministro observó cómo sostenía la respiración y cerraba los ojos por unos segundos debido a que el aroma la tomó por sorpresa, provocando un sutil temblor en su mandíbula. Inevitablemente, Anna comenzó a salivar, y no importaba si deseaba hacerlo o no, el antojo la obligaría a probar.
Sus párpados se abrieron de nuevo, observando fijamente el hilo ámbar, para luego abrir la boca y enseñar la lengua con ansiedad. Las gotas de miel cayeron y su reacción fue inmediata, el dulce sabor se extendió por sus papilas, generándole una intensa fascinación. Acto seguido, comenzó a lamer casi con inusitado placer.
≪ Lo haces muy bien, hembra traviesa ≫ se regodeó la entidad, disfrutando lo que hacía el juez.
Minos continuó sonriendo, relamiéndose los labios ante la morbosa escena. La mujer degustaba la miel de una manera muy sensual, recordándole lo placentero que era sentir su lengua. Sus carnosos labios también se impregnaron de la jalea y cada vez que ella recogía los restos, humedeciéndose la boca, él juez sentía cómo una punzada de lujuria se retorcía en su interior.
—Bien hecho, Anna— dijo complacido.
Pudo distinguir el leve aturdimiento que dicho alimento provocó en ella, seguramente su sentido del gusto estaba embelesado. Entonces, decidió probar nuevamente la miel, embadurnando su dedo con una buena cantidad, que empezó a degustar lentamente frente a la mujer. Era tan dulce, que no podía dejar de reconocer que había sido buena idea robarla.
≪ Sigamos jugando con ella… ≫ instó el Grifo.
El ministro terminó de saborear la jalea y volvió a tomar una porción más pequeña, que posteriormente acercó al rostro de la monja, quien se mantenía muy atenta.
—Quédate quieta— solicitó, para luego untar despacio la sustancia sobre sus labios.
La sierva se quedó pasmada, haciendo un gran esfuerzo por no recoger el almíbar con su lengua. Era consciente del juego de Minos, así que no le quedó más remedio que resignarse cuando la tomó del mentón y se acercó incluso más, dejando en claro lo que deseaba.
Él percibió su temblor cuando inició el roce de sus labios, ahora aderezados con el dulce. Estaba seguro que nuevamente Anna se quedaría quieta y medio asustada. Pero grande fue su sorpresa cuando empezó a devorar su boca lánguidamente: Ella lo recibió ansiosa, respondiendo a su deseo casi de inmediato.
La monja cerró los ojos y separó los labios, permitiendo que la lengua del juez la estimulara con delicioso sabor, dejándose arrastrar con inesperada naturalidad. La aceptación del ósculo fascinó a Minos, quien notó con agrado cómo el placer hacía mella en la mujer, relajándola un poco más. Si ella hacía esto por reacción instintiva o por supervivencia, no le importaba, le bastaba con sentir su rendición.
—Muy bien Anna, ya vas aprendiendo. —
Un jadeo involuntario escapó del ministro y un estremecimiento lo sacudió, éste juego era muy placentero y ya deseaba llevarlo a otro nivel. Entonces, su mano se deslizó por el lateral del rostro femenino para sujetarla de la nuca con firmeza. El beso se volvió demandante y lascivo, incitando los nervios y las sensaciones físicas en la mujer. Aunque tratase de disimularlo, su libido comenzaba a crecer.
La liberó pausadamente, regocijándose con su evidente confusión. Dicho contacto había provocado algo en Anna, dejándola con la respiración entrecortada y los párpados pesados. Minos saboreó sus propios labios con morbosa sensualidad mientras ella lo observaba, permitiéndole distinguir la lujuria creciendo en sus iris violáceos, lo que la hizo sobresaltarse de nuevo.
—Desnúdate— ordenó, mientras paladeaba otro poco de jalea. —Veamos cómo reaccionas ante esto… —
La expresión atónita de la monja le dijo al juez que no entendía bien su solicitud. Seguramente la idea de que la tomaría en éste lugar era completamente extraña e impensable para ella. Como respuesta a su desconcierto, Minos se recargó contra el respaldo de su asiento en una postura altiva, dándole a entender que no debía objetar su mandato.
—Vamos mujer, no te niegues, porque podrías lamentarlo— pensó con malicia, deseando que le diera un motivo para usar sus hilos en ella.
Sin ocultar su recelo, Anna se puso de pie cuando sus muñecas fueron liberadas para que comenzase a despojarse del hábito. Su nerviosismo empeoró al intentar soltar los cordeles y verse repentinamente distraída por el juez, quien se divertía jugando lascivamente con la miel entre sus dedos. Semejante escena la hizo vislumbrar sus intenciones, por lo que, de un momento a otro, sus acciones se entorpecieron por completo, demorándose en acatar la orden.
Él la miró con una ceja levantada e hizo una mueca de leve fastidio al notar su lentitud. Al parecer, no terminaba de aceptar la idea de que lo complacería aquí mismo y no en una alcoba.
—Eres muy lenta— sonrió con burla. —Y no tengo tanta paciencia hoy… —
Movió los dedos una vez más, generando nuevas hebras que apresaron todo su cuerpo, abrazándola con una fuerza controlada. La sierva se quedó petrificada y su pánico aumentó al sentir la presión sobre la tela. El ardor que generó la fricción de los filamentos la hizo apretar los párpados y gritar por lo bajo. Repentinamente, todo se apaciguó.
Los hilos desaparecieron, así como la presión sobre su cuerpo. La técnica simplemente cortó el material del hábito, dejando un leve enrojecimiento en su dermis, que quedó al descubierto cuando los pedazos de tela cayeron. La monja abrió los ojos, completamente estupefacta al verse desnuda en un santiamén, así que rápidamente se cubrió con ambas manos, avergonzada y temerosa por dicha situación.
—Tan hermosa… —
Minos la recorrió descaradamente con los ojos, percibiendo cómo su excitación escalaba un poco más. Terminó de lamer la sustancia ambarina en sus dedos e hizo un movimiento con la cabeza, señalando el mueble a su lado.
—Acuéstate sobre el escritorio. —
Nuevamente la expresión pasmada de Anna reveló que jamás había tenido sexo con su marido en otro sitio que no fuese una cama. La saliva se le atoró en la garganta por un instante, sin conseguir reaccionar, quedándose quieta en su lugar. Entonces, su misma turbación la traicionó.
—P-Pero… señor, yo n-no… aquí… no… — dijo entrecortado.
La sonrisa ladina del juez disminuyó un poco al escuchar sus palabras. Entornó la mirada sobre ella, dejando el frasco de miel en la mesa, junto al títere. Se puso de pie y se acercó a la mujer, quien seguía inmóvil y casi aguantando la respiración.
—¿Así que no quieres obedecer? —
≪ Ahí tienes tu motivo ≫ se carcajeó el Grifo, sonriendo con perversión. ≪ Ya sabes qué hacer… ≫
Ésta vez, el juez no renegó de los comentarios hechos por la entidad. Al contrario, su lado sádico cosquilleó con fuerza en su interior ante la negativa de la monja. Así que, sin darle tiempo de retractarse, la tomó de una muñeca y la arrastró con él. Ella se dejó conducir mansamente, apenas intentando pronunciar algún sonido, aunque eso ya no tenía valor alguno.
Rodearon el escritorio hasta un área con el suficiente espacio libre para que alguien se recostase. Entonces, y sin el más mínimo gesto de esfuerzo, Minos levantó a la mujer del brazo para luego sentarla en el borde de la mesa. Escuchó su quejido de dolor, pero no le importó, colocando la otra mano encima de su pecho y obligándola a tenderse sobre la superficie de madera, cuya temperatura fresca la hizo arquearse.
—Muy bien mi pequeña Anna— la miró con lujuria, impidiendo que se levantara. —Presiento que querrás resistirte a esto, porque quizás no lo has experimentado antes, así que… — su otra mano hizo una gesticulación con la palma hacia arriba, cerrando despacio los dedos. —Tendré que amarrarte. —
La sirvienta abrió los ojos en grande y el pánico se arrastró por su nuca al ver cómo cerraba por completo la mano, invocando nuevos hilos que brillaron a su alrededor. Inmediatamente las hebras se enredaron en sus brazos, jalándolos por encima de su cabeza, para luego dejar inmovilizadas sus muñecas contra el mueble. Lo mismo sucedió con otros filamentos que se arrastraron por sus tobillos, sujetándola con firmeza y forzándola a separar las piernas, dejándola completamente expuesta y temblando ante él.
El terror se notó en sus palabras, temiendo que ésta vez el juez no tuviera consideraciones.
—¡S-Señor Minos, p-por f-favor no! — apenas logró articular.
—¿No qué? — se agachó sobre ella, flexionando los brazos a sus costados, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de su cara. —Dime Anna, ¿Por qué estás temblando si aún no he hecho nada? — sonrió burlonamente.
Para Minos era bastante divertido ver el miedo en sus pupilas y escuchar la desazón en su voz. Pero, a pesar del nerviosismo que demostraba, ella logró responderle.
—¡N-No quiero q-que… me l-lastime…! —
Escuchar eso sorprendió al juez por un segundo, aunque no lo demostró. Era evidente que la mujer seguía temiendo por su integridad y no podía culparla por eso. No es como si tuviese la personalidad más cándida del inframundo para que alguien pudiera confiar en él. Pero, de cualquier manera, le reiteraría que no la dañaría y que la necesitaba tranquila.
—¿Lastimarte? — la miró fijamente. —Eso sería divertido en otras circunstancias… pero no en tu caso, mi pequeña sierva— su ladina sonrisa se amplió. —A mis marionetas especiales me gusta torturarlas de otra manera… —
La estupefacción de nuevo se dibujó en el rostro de Anna, al mismo tiempo que le sostenía la mirada, perdiéndose en sus inquietantes ojos, quizás notando el turbio deseo en ellos. No logró pronunciar sonido alguno, quedándose inmóvil y expectante.
Minos se apartó para alcanzar nuevamente el frasco de miel.
—Hora de jugar— se humedeció los labios con avidez, dirigiéndole otra mirada libidinosa. —Ahora, quédate quieta, Anna— tomó algo de jalea con su dedo y comenzó a lamerla despacio otra vez, provocando que la monja se sobresaltara bruscamente al adivinar sus intenciones. —Esto será divertido sólo si dejas de tensarte… —
Caminó por el lateral del escritorio para quedar a su lado y luego posicionó el frasco encima de su rostro. La atención de la sierva se clavó en la sustancia ambarina cuando ésta comenzó a escurrir en un sugerente y delgado hilo sobre sus labios.
—Todavía no la pruebes— dijo, mientras continuaba vertiendo pausadamente el almíbar por su barbilla y cuello.
El juez sintió una nueva punzada de deseo al observar cómo la miel cubría la piel de Anna, dándole un llamativo brillo superficial, despertando con más fuerza su apetito por probarla de esa manera. La mujer desvió la mirada hacia el techo y exhaló despacio, mostrando un poco de relajación luego de escucharlo, probablemente cavilando una y mil teorías sobre su malévolo comportamiento. Tal vez no podía asimilar tan rápido sus juegos lascivos, pero él no tenía ninguna prisa.
Entonces, cortó el hilo ámbar justo en medio de sus pechos, notando cómo la sierva se agitaba al olisquear el alimento e intentaba controlar la tentación de no probar su dulce sabor. Se le hizo divertido notar su nerviosismo, así que ahora pasaría a la parte divertida. Dejó la redoma a un lado y comenzó a trenzar un poco su largo cabello, sujetándolo con los mismos mechones para que no le estorbase.
Sin dejar de mirarla con deseo, se aproximó a ella de nuevo, agachándose sobre su boca cubierta y sin pensarlo demasiado, comenzó a libar sus labios con la lengua, en un contacto premeditado que buscaba inducir una rápida reacción. El estremecimiento de Anna se hizo presente y las cosquillas empezaron a provocarle gratas sensaciones, cosa que el juez aprovechó para iniciar un nuevo beso.
Los jadeos femeninos escaparon conforme el ministro intensificaba la unión. Su dulce e insistente recorrido se tornó lascivo y seductor, robándole el aliento a la mujer, llevándola justamente a donde la necesitaba. Entonces, con ambas manos le sujetó el rostro, devorando su boca con lúbrico placer, consiguiendo que Anna le correspondiese otra vez.
Minos jadeó complacido al notar su sumisión y con una última lamida la liberó.
—Relájate mi querida Anna, apenas estoy empezando… —
El matiz cínico de sus palabras no lo podía disimular, porque en verdad apenas estaba iniciando su juego. Descendió a la mitad del cuello y posó la lengua sobre su tibia piel, para después deslizarse con travesura hacia su mentón, recogiendo el rastro de miel con verdadera satisfacción. La excitación se retorció con fuerza en su interior al escucharla gemir y al degustar el exquisito sabor.
Sus manos se movieron hacia sus delgados hombros para empezar a tocarla distraídamente, deleitándose con la sensibilidad de la monja. En respuesta, Anna cerró los ojos y resolló entrecortadamente sin poderlo evitar. El arqueo de su espalda se incrementó cuando el lengüeteo bajó por el cuello y llegó a sus pechos. Minos continuó recogiendo todo el néctar y luego se enfocó en humedecer su turgencia, consiguiendo más reacciones físicas.
A decir verdad, todo el cuerpo de la mujer estaba respondiendo muy pronto, cosa que aprovecharía al máximo. Alcanzó de nuevo la redoma e hizo que la jalea cubriera uno de sus pezones para luego hacerla fluir un poco más. En ese instante, la sierva separó los párpados al sentir el viscoso hilo escurriendo por sus senos. La escena resultó tan erótica, que se quedó pasmada, mirando cómo la boca del juez se adosaba con lujuria a su carne.
El endurecimiento de sus pechos alcanzó el punto más álgido cuando la libación, suave y pausada al principio, se tornó impetuosa y voraz, transformándose en un impertinente mordisqueo que tensó sus pezones e incitó sus gemidos amortiguados. El recorrido de sus costados prosiguió, regalándole más sensaciones corporales, nublándole la mirada y adormeciéndola fugazmente en un plácido regodeo que se expresó en sus mejillas ruborizadas.
De nuevo Minos aprovechó dicha situación, derramando otro poco de miel a lo largo de su abdomen, para luego deslizar su lengua con minucioso detalle, sin dejar rastros y moviéndola con tal destreza, que las sonrisas de goce involuntario delataron a la sierva. El rastro húmedo quedó impregnado conforme descendía hacia el sur de su cuerpo, consiguiendo más temblores y jadeos.
Decidió que esas serían las últimas gotas que usaría en ella, ya que el siguiente paso, implicaba algo mucho más intenso. El rastro de miel se cortó sobre su vientre, muy cerca de su intimidad, pero la mujer aún estaba perdida en su delirio, así que no se percató de dicha acción.
Sin esperar a que reaccionara, el juez volvió a degustar el almíbar, concentrándose en las sensaciones que sentía y que provocaba simultáneamente. La reacción de Anna era fascinante y la invitación de su cuerpo ya era muy notoria para él. Independientemente del aroma de la jalea, Minos se percató de la fragancia sexual que desprendía su piel una vez más, suave y casi etérea, pero que lo llamaba con fuerza.
≪ La hembra se ha excitado bastante con tu juego y lo puedes percibir con claridad ≫ habló de pronto el espectro, sonriendo expectante y ansioso. ≪ No me digas que nuevamente vas a retrasar el coito. ≫
Se notaba su impaciencia y aunque se había mantenido en silencio, era obvio que no le agradaba la forma en que Minos hacía las cosas.
—Voy a hacer lo que me plazca, no tengo ninguna prisa— gruñó en su mente. —Además, también te gusta que la "torture" a mi manera, así que cállate y no me interrumpas. —
Escuchó su bufido molesto, pero la bestia no dijo más. Terminó de lamer, dejando sólo humedad cuando se apartó lentamente. Tapó el frasco y lo colocó junto a la marioneta, para después acercarse de nuevo a la mujer, pero ahora, posicionándose en medio de sus temblorosos muslos.
La monja le dio un vistazo aletargado y demoró un instante en percatarse de lo que sucedía. La contemplación del juez se hizo más penetrante, notando cómo su respiración se aceleraba y el crudo apetito le oscurecía la mirada. Anna se sobresaltó cuando él se inclinó sobre su vientre, sin dejar de observarla como si fuese una presa.
Una deliciosa presa que estaba a punto de ser devorada.
—¡E-Espere s-señor! — suplicó asustada al comprender lo que haría.
Las piernas se le tensaron e hizo el intento de cerrarlas, no obstante, los hilos de cosmos la mantuvieron perfectamente inmovilizada y sometida. Minos sonrió con perversión, dejando entrever su lado sádico cuando ella volvió a rogar.
—¡Yo… yo n-no… eso no…! —
Nunca había experimentado una caricia oral, eso significaban sus palabras.
No se le hizo raro escucharla, el ministro ya conocía lo suficiente de su vida como para intuir los detalles más íntimos, los cuales no se revelaban en el libro rojo, pero podían ser fácilmente deducidos por el comportamiento de ella. Que estúpido e ignorante debió ser su marido como para no complacerla de dicha manera.
Pero, ahora que estaba en sus garras, él no se contendría para enseñarle los deliciosos caminos del sexo. Así que le sujetó los muslos con firmeza, impidiendo cualquier movimiento, permitiendo que su sonrisa perversa la asustara y le dejara en claro que no le importaba su falta de experiencia.
—Quieta… — se humedeció los labios con lubricidad, acercándose a su entrepierna sin dejar de mirarla.
La mujer quiso resistirse, pero fue en vano y antes de que pudiese decir algo más, la tibia y húmeda lengua se adosó al vértice de su carne. La presión fue tan exacta, que la dejó sin habla y un instante después, se vio obligada a cerrar los ojos con fuerza, justamente cuando Minos se deslizó con lánguida obscenidad. Su grito estrangulado fue sumamente placentero de escuchar.
La experiencia del juez con amantes del pasado le enseñó que, ejecutar éste tipo de caricia, era una manera de someterlas a un goce sin igual, cuyo resultado era su rendición total. Y él adoraba tener ese control, ya que, verlas quedarse sin aire y sentirlas temblar, debido a la combinación de malestar y placer, era un espectáculo digno de admirar.
Era la primera vez que Anna sentía algo así, por lo tanto, debía tener cierta consideración con ella. Así que su lengua volvió a presionar el sensible botón, pero con más lentitud y suavidad, logrando que otro grito a medias escapase de su garganta, derivando a continuación en un morboso gemido. Indudablemente, ahora las pulsaciones en su sexo eran extrañas, intensas y verdaderamente satisfactorias.
La consternación se dibujó en el rostro femenino, confirmándole al ministro que lo que percibía en éste momento, era muy abrumador para ella. Se podía notar en lo acelerado de su corazón y en su discontinuo estertor, que la obligaba a emitir sonidos cada vez más ahogados.
—Sólo relaje y disfrútalo, mi linda marioneta— se regodeó, sin dejar de arrastrar la lengua de forma sinuosa.
La palpitación de su cavidad se hizo más evidente, expresándose en contracciones internas que dieron inicio a su lubricación. Minos sonrió con malicia sin detener ni un momento sus lamidas, enfocándose en acariciar el vértice y sus pliegues externos, consiguiendo que su oscura mirada se empañase. Anna se arqueó de nuevo y sus brazos se tensaron, pero los hilos la mantuvieron apresada, forzándola a soportar el carnal sufrimiento.
Sus gimoteos se intensificaron cuando él acercó la lengua a su palpitante centro y abrió los ojos de golpe al comprender lo que haría el juez. No obstante, su reacción fue demasiado tardía, el órgano lingual se deslizó con insolente precisión, enterrándose en su interior. La garganta se le desgarró en un voluptuoso clamor que nuevamente llenó toda la habitación.
Inmediatamente el juez comenzó a estimular su sensible cavidad, sin darle oportunidad de asimilar el poderoso efecto que la golpeó. Su hábil exploración se ejecutó con movimientos concéntricos, exactos e intensos, así como una resbaladiza succión que le permitió probar su sabor y hurgar en sus pliegues íntimos. Entonces levantó la mirada, encontrándose con sus gestos de agónico placer, los cuales insinuaban que quizás la mujer estaba perdiendo la razón.
≪ ¡Ella es tan deliciosa…! ≫ susurró viciosamente el Grifo.
Minos lo ignoró, pero el espectro tenía razón. Anna en verdad poseía un sabor intensamente dulce que embravecía todos sus sentidos, instigándolo a prolongar su perverso tormento.
Dejó escapar un gruñido bajo, su excitación había escalado rápidamente, haciéndolo sentirse casi como un animal en celo que jadeaba ansiosamente en espera de poder saciarse. Y es que era inevitable, su cuerpo ya reaccionaba con intensidad, notando cómo el deseo se gestaba en su vientre y en el endurecimiento de su miembro.
De pronto, lo percibió en ella, la tensión de todo su cuerpo y la contracción de su sexo, señal de que la culminación de su caricia oral se avecinaba frenéticamente para la sierva.
—En verdad son encantadoras tus muecas— pensó con lujuria. —Pero ya no puedo prologar más esto… —
Su perversa lengua siguió estimulando su interior, mientras que una de sus manos se acercó a su entrada para recoger parte de la lubricación con dos dedos. Acto seguido, comenzó a embadurnar el inflamado botón con delicadeza, haciendo un sosegado movimiento circular. Esa simple acción desencadenó la violenta convulsión del clímax en Anna.
Su clamor se volvió un enérgico grito de éxtasis y sus ojos no pudieron contener las lágrimas que expresaban el divino placer que ahora la colmaba, extendiéndose desde el centro de su vientre hasta el resto de su cuerpo.
Minos volvió a sonreír engreídamente, excitado con su respuesta carnal. Mantuvo la suave presión sobre su vértice y continuó lamiendo sus pliegues un poco más, prolongando su castigo.
Continuará...
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Con esos castigos, cualquiera desobedecería al juez, ¿No creen? XD
Gracias por leer mis perversiones, por favor, déjenme saber su opinión :)
19/Julio/2021
