Hola a todos :D
Les dejo el octavo capítulo, continuamos con el "sufrimiento" de Anna XD También veremos otra reunión de Minos y Alone, así como el castigo de Lune :P
Bienvenidos los nuevos lectores(as) y de antemano agradezco su tiempo y sus reviews, me hacen feliz :3
Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP
Sobre sus comentarios:
Ginink: Gracias por el apoyo, me encanta leerte :D Me alegra saber que la historia les parece sensual, aunque tenga mucho lemon de por medio XD Créeme que me emociona mucho conocer su opinión ;D Y aquí continuamos con las travesuras de Minos con Anna :D
Leyla: Creo que muchas queremos un castigo de ese tipo, me incluyo XD Encantada de leerte y perdón por distraerte, pero no dejes de hacer tu tarea ;P
Kitty 1999: La miel nunca será lo mismo ahora XD Y Minos es un ladrón, tu lo dijiste y te doy la razón jaja XD
WienGirl: Perdón por la tardanza y la tortura, aquí dejo la continuación y agradezco tus comentarios ;D
Natalita07: Comprendo lo de la tardanza, no hay problema ;D Ahora ya sabemos que la miel se la robó a Alone XD Era lo más fácil, estaba cerca y no tenía que ir a buscarla. Me agrada saber que la lectura provoca emociones y que les gustan las perversiones de Minos jaja :D
Pyxis and Lynx: Gracias por las recomendaciones de la miel ;D Que bueno que te agradó el capítulo y sí, esto continua todavía y más adelante veremos que otra cosa hace el Minos :D
Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P
Capítulo VIII
Anna parecía estar a punto de desfallecer.
Bien podría maldecir su suerte en éste momento, pero las evidentes consecuencias de la caricia oral sugerían todo lo contrario: Sus mejillas encendidas, su respiración entrecortada, el temblor de su cuerpo, el palpitar de su sexo y la notoria lubricación escurriendo. Justamente como Minos deseaba tenerla.
—Eres tan deliciosamente sensible… — murmuró con malicia, apartándose de su intimidad.
La sierva entreabrió los ojos, tenía la mirada empañada, pero eso no impidió que prestase atención a cuando él se relamió los labios codiciosamente, provocándole un mayor recelo al percibir el inquietante apetito lobuno que se reflejaba en su rostro.
≪ Esta mujer ha resultado ser bastante deliciosa y ya está preparada para continuar… ≫ sonrió ávidamente la entidad. ≪ ¿No te parece, Minos? ≫
El anfitrión del Grifo chasqueó los dedos para liberar a la sierva de sus sobrenaturales hebras, observando cómo cerraba los párpados por un instante, mientras hacía un esfuerzo por controlar su respiración. Anna seguía abrumada por las sensaciones físicas, pero él ya no podía contenerse por más tiempo, la necesitaba.
—Así es cómo debe oler una hembra, a excitación y deseo… — le respondió al espectro sin importarle que ella lo escuchase.
Se aproximó y la sujetó por la cintura, levantándola fácilmente del escritorio. La monja se sobresaltó e inmediatamente se aferró a sus hombros sin dejar de tiritar. El juez retrocedió unos pasos hacia otro sillón cercano y tomó asiento, haciendo que la mujer separara las piernas para depositarla sobre su regazo, de frente a él y con su hinchada erección palpitando debajo de ella.
El delicioso jadeo involuntario que liberó, fustigó todavía más el apetito de Minos, quien sonrió maliciosamente al ver cómo ella hacía todo lo posible para no mirarlo. Era innegable que la mujer permanecía excitada debido a la estimulación previa y él ansiaba deleitarse con esa mueca. Así que la sujetó del cabello de la nuca y tiró suavemente para obligarla a levantar el rostro.
—Anna, mírame… —
La sirvienta no obedeció y mantuvo los párpados apretados, lo que provocó una risita malévola en el juez.
—Vamos Anna, muéstrame el deseo que se refleja en tus pupilas— deslizó la otra mano hacia su entrepierna y comenzó a tocarla sutilmente, distribuyendo la humedad que se filtraba en hilos transparentes. —No puedes ocultármelo, tu cuerpo te delata… —
Su caricia y el tono lujurioso de sus palabras hicieron estremecer a la monja, quien no logró contener otro gemido morboso, debido a que continuaba sensible y receptiva. Entonces, lentamente abrió los ojos, permitiéndole a Minos contemplarla a su antojo.
—Eso es mi pequeña marioneta— acercó el rostro hasta pegar su frente con la de ella. —Son hermosas tus expresiones faciales… miedo y excitación, perfectamente combinadas— se regodeó.
En verdad le gustaba dicha combinación. Aunque no en el sentido de querer atemorizarla.
Si bien el juez podía llegar a ser bastante sádico con sus enemigos, en ésta situación tan particular y diferente, lo que disfrutaba de sobremanera, era la expresión facial de la mujer. Ella tenía unos bellos ojos marrones en donde claramente se distinguían las emociones, en especial la lujuria. Asimismo, sus rasgos finos, su piel suave, sus labios carnosos y su forma de gemir, formaban en conjunto, una combinación endemoniadamente excitante para él.
Y dado que desde joven se había vuelto adicto a observar éste tipo de muecas en sus amantes, cuando les otorgaba placer, esto resultaba sumamente estimulante para su ego masculino. En especial cuando se sometían a su capricho con cierta sumisión. Pero con Anna, era necesario recordárselo por su propio bien.
—Ahora dime… — se apartó un poco y liberó su cabello para después alborotarlo y deshacer la trenza, dejándolo completamente suelto. —¿Vas a resistirte de nuevo? —
Necesitaba su obediencia completa. Y como no tenía la intención de forzarla o atemorizarla más de lo necesario, le ofrecía la oportunidad de ceder por sí misma, indicándole de forma implícita que no debía jugar con su paciencia. O con la del espectro.
La sierva se quedó inmóvil, sin dejar de mirarlo, sopesando dichas palabras.
—No… mi señor… — susurró en voz baja. —Haré… lo que me diga… —
Minos ladeó su sonriente y arrogante rostro, satisfecho con la respuesta. Apartó sus manos de ella y se recargó en el respaldo del sillón, dejando su codo derecho encima del reposabrazos, para después descansar su barbilla sobre la palma, en un gesto relajado.
—Bien, entonces ya sabes lo que quiero ahora— dijo, mirándola fijamente a los ojos.
La monja se sobresaltó de nueva cuenta y el aire se le atoró en los pulmones. No demoró más de un instante en comprender que el juez la tomaría en esa posición. Y ella no podía, ni debía, protestar, incluso si no tenía experiencia alguna o su educación fue conservadora. Resignada, bajó la mirada y aunque se notaba nerviosa, no le fue difícil entender lo que debía hacer.
Liberando una exhalación lenta, Anna deslizó sus manos a lo largo del torso masculino hasta llegar a su vientre, incitando una deliciosa sacudida en Minos. Posteriormente, con un movimiento, hizo que sus rodillas le dieran algo de soporte sobre el mullido asiento, facilitándole apartarse un poco de él. Sus dedos se arrastraron hasta el borde de la vestimenta oscura para sujetarla y comenzar a retraerla.
≪ ¡Maldita sea, tus juegos son demasiado estresantes! ≫ bufó la bestia en su mente. ≪ Pero debo reconocer que es muy placentero ver cómo la hembra se somete ≫ se regodeó.
La sutil punzada en la cabeza del ministro le avisó que el espectro estaba muy inquieto. Obviamente el juego de la miel le había gustado y ya no quería esperar más.
Minos tampoco.
—Cállate… no habrá más juegos… — pensó con lascivia al ver cómo la mujer liberaba su miembro.
El hormigueo en su nuca fue placentero. La forma en que ella reaccionaba al ver su endurecida virilidad, fustigaba su lujuria de una manera casi enfermiza. La brillante humedad seminal ya escurría a lo largo de su hinchada corona y el suave latido resaltaba las pulsantes venas con morbosidad, ejerciendo cierta fascinación en la sierva.
Él podía distinguirlo perfectamente, había un tenue brillo travieso en sus ojos y su lenguaje corporal hablaba por sí solo, expresándose en forma de jadeos suaves y escurridizos hilos de lubricación. Efectivamente, el juez la estaba coaccionando para entregarse, pero, aunque ella lo maldijese, no podía ocultar su disfrute carnal.
Anna jaló un poco más la tela para evitar que estorbara, así que Minos hizo algo de soporte con sus brazos y se alzó levemente del sillón, permitiéndole deslizar la prenda y posteriormente, él mismo la retiró por completo con sus pies. La monja quedó sentada sobre sus muslos desnudos, temblando ligeramente ante el contacto de ambas pieles.
La duda seguía presente en su lindo rostro, no sabía cómo iniciar.
—Tu ignorancia en tan divertida, mi bella marioneta— pensó el ministro, manteniendo un gesto socarrón y resoplando sonoramente para inquietarla un poco más.
Esa advertencia fue suficiente para obligar a la mujer a continuar. Inhaló profundamente, colocando una palma sobre el pecho masculino para apoyarse, después utilizó sus piernas para elevarse y posicionarse sobre el vientre del juez. Éste se estremeció cuando ella rodeó su miembro con la otra mano y comenzó a guiarlo hacia su cavidad.
El voluptuoso gemido que ella liberó lo excitó incluso más. Calor y humedad ciñeron su carne, mientras se adentraba lánguidamente en medio de sus pliegues. La monja descendió con calma, estremeciéndose a cada segundo, conforme sus paredes íntimas se contraían y dilataban para recibirlo. La lubricación de su sexo facilitó el proceso, regalándole nuevas sensaciones.
Minos jadeó guturalmente cuando ella tomó su longitud completa. Lo que sentía era tan jodidamente placentero que su escaso control estaba esfumándose rápidamente. La vio cerrar los ojos, presa de las sensaciones y el aumento de su ya alterado resuello, fue la confirmación de que su cuerpo había traicionado su sentido común. Quisiera o no, el deseo se volvería incontrolable.
La suave contracción del sexo femenino fue casi celestial, arrebatándole un jadeo lascivo, consiguiendo que se estremeciera con fuerza. Él tenía que aceptarlo, los efectos carnales seguían alterándolo, así que le rodeó las caderas con ambas manos, presionando levemente. Su piel era tan suave y las curvas naturales de su anatomía le resultaron fascinantes, tanto así, que empezó a recorrerlas con lentitud, provocando un ligero sobresalto en ella.
No obstante, eso duró poco, ya que Anna volvió a temblar cuando percibió el latido de su dureza. El órgano viril pulsaba ansioso por iniciar con la deliciosa fricción, consiguiendo que ella ronroneara viciosamente en contra de su voluntad. La mujer no quería aceptarlo, así que mantuvo agachado el rostro en un vano intento por disimular la lúbrica sonrisa que la evidenciaba.
Sin embargo, el placer es algo que no puede ser rechazado y menos si éste viene mezclado con un dejo de excitante perversión.
Minos únicamente le otorgó unos cuantos segundos para que gozara dicha sensación, ya que no estaba dispuesto a perder más tiempo, su cuerpo y mente exigían continuar.
—¿Qué estás esperando mujer? — gruñó ásperamente. —O tal vez quieras que yo comience… —
Estrechó su cintura e hizo un leve movimiento con las caderas, empujando contra ella, forzándola a sentirlo todavía más. La monja liberó un brusco gemido que la dejó sin aliento, mientras se aferraba a sus hombros y clavaba las pequeñas uñas en su piel.
Dicha sensación punzante no le molestó al ministro, por el contrario, le agradaba demasiado esa reacción por parte de ella. Su sonrisa perversa se amplió un poco más, para luego acercarse a su oído y susurrar.
—Sé que lo disfrutas… — con una mano le acarició el canal de la espalda suavemente, incitando hormigueos que la hicieron respingar. —No quieras disimular ante mí… —
El sobresalto la hizo repegarse contra el torso masculino y el juez pudo apreciar la dureza de sus pezones y la calidez de su piel. La monja estaba sumamente sensible, presa de los efectos físicos que la sacudían. Él lo sabía perfectamente y se placía con cada gesto sensual que Anna revelaba.
Ella levantó el rostro y lo miró a los ojos, complaciendo el ego de Minos. Éste decidió seguir jugando un poco más, así que invocó un hilo de cosmos, el cual se deslizó hasta envolver el frasco de miel, elevándolo y luego depositándolo en su mano. La mujer tragó saliva audiblemente.
—¿Quieres más? — preguntó, inclinando el frasco para que el dulce alimento se deslizara.
Anna contuvo la respiración y confirmó con un movimiento de cabeza, enseñando ligeramente la lengua.
Él sonrió con agrado, complacido de que la mujer se rindiese a su propio apetito. Acercó la redoma y dejó caer pausadamente un hilo ámbar sobre sus papilas, el suficiente para que pudiera disfrutarlo ampliamente. Cortó el flujo y se entretuvo observando cómo entrecerraba los ojos y su expresión reflejaba éxtasis. Incluso con tan simple mueca, ella era hermosa.
El juez no resistió esa imagen, así que dejó el frasco a un lado y se aproximó a sus labios. La sirvienta se sobresaltó por un instante, pero casi de inmediato correspondió a su frenesí. Nuevamente se sintió satisfecho al percatarse de que ella lo aceptaba sin renuencia alguna. Entonces, ambas lenguas comenzaron a batallar en un sensual beso, deleitándose mutuamente con el dulce sabor intercalándose. Las respiraciones se entorpecieron y el deseo remontó.
≪ ¡Su lujuria es exquisita! ≫ siseó el Grifo. ≪ ¡Se ha rendido por completo, no la hagas esperar más! ≫
Minos tuvo que darle la razón al espectro, la monja ya temblaba sin poder disimularlo, reaccionando positivamente a todo lo que hacía. El beso finalizó después de unos segundos y el juez buscó su mirada marrón para comprobar que, efectivamente, ella ya no estaba razonando del todo y ahora parecía completamente dispuesta a obedecer.
—Hazlo… —
Su orden fue casi lasciva.
Anna tomó aire de nuevo y se aferró con fuerza a sus hombros para luego hacer que sus rodillas le dieran el soporte necesario para elevarse despacio y a continuación empezar a danzar sobre su miembro. Sus delicadas paredes íntimas friccionaron divinamente alrededor de su virilidad, generando potentes reacciones en ambos, que se manifestaron en un intenso jadeo compartido.
—¡Se siente tan bien! — masculló por lo bajo.
Minos cerró los ojos y se estremeció por completo cuando las caderas femeninas comenzaron a tomar un ritmo increíblemente sensual y estimulante. Sus manos apresaron de nuevo su trasero con posesividad, dispuesto a mantener esa placentera presión en torno a su carne.
La mujer se dejó llevar por el instinto, manteniendo una elegante cadencia, subiendo y bajando a lo largo del endurecido tallo. La humedad y el calor de su sexo aumentaron, facilitando la unión y al mismo tiempo regalándoles espasmos de placer. El matiz de sus gemidos se volvió delirante, avivando la lujuria del juez, logrando que todos sus sentidos se enfocaran en sentir y disfrutar. Algo que, indudablemente, ella hacía por igual.
Entonces advirtió algo interesante, la sierva, aparte de cabalgarlo perfectamente, también estaba aprendiendo a disfrutarlo, ya que la ondulación de sus caderas se aproximó un poco más a su vientre, consiguiendo que el roce estimulara el vértice de su sexo, de tal manera que, eso se reflejó en el abrazo de sus pliegues.
—Aprendes rápido mi querida Anna. —
El placer iba en aumento y Minos gruñó excitado al notar el abandono carnal de la monja. Ella lo estaba gozando de sobremanera, pero él deseaba un poco más de estimulación, así que sujetó sus costados para luego empezar a guiar sus caderas en un vaivén más acelerado. Su rostro se descompuso en una mueca libidinosa y su garganta dejó escapar un poderoso clamor.
—¡Muévete de esta manera… será más placentero! —
La reacción de la sirvienta no demoró, acatando rápidamente su instrucción. Anna se movió tal y como le indicó, obteniendo mayor placer para los dos. Su mirada se perdió en algún punto del techo, al mismo tiempo que sus uñas comenzaron a marcarle la piel, aguijoneando el frenesí del juez, quien la mantenía ceñida codiciosamente para sentirse por completo enterrado en su húmedo interior.
≪ ¡Más, quiero más de ella! ≫ bramó la entidad.
El jadeo de Minos se volvió gutural, denotando un matiz casi salvaje. Sabía que su culminación estaba próxima y el control de su mente quedaba muy vulnerable en ese preciso instante. La sutil punzada en su cabeza le dijo que el espectro estaba aprovechándose de ello, pero, por alguna razón, percibió que sus intenciones no eran agresivas.
Así que no se opuso a dicha interacción.
Sus manos dejaron de guiar las caderas de la mujer para rodear su cintura e inmovilizarla repentinamente, quitándole el control de la penetración. Su pelvis se removió debajo de ella, mientras el respaldo del sillón le brindó el soporte necesario, entonces, comenzó a embestirla frenéticamente. La fricción de ambos vientres se intensificó y los efectos se propagaron sin control.
El gimoteo de Anna derivó en una melodía obscena que endulzó sus oídos. El delirio carnal se volvió enloquecedor y Minos torció su sonrisa con engreída satisfacción, divirtiéndose ante la sensual, y algo primitiva, manifestación del goce femenino. Las reacciones de su propio cuerpo se acrecentaron, así que mantuvo su embate sin detenerse ni un segundo, llevando a la monja hasta el límite de su resistencia.
La cercanía de ambas pieles aumentó la temperatura y el brillante sudor se deslizó con provocativa lentitud en medio de sus senos, los cuales se mecían en agradable compás. Su respiración descontrolada y sofocada era consecuencia de las sensaciones que la abrumaban y ese brillo concupiscente que se reflejaba en sus oscuros ojos, era un aliciente que el espectro deseaba contemplar.
≪ ¡Mírame mujer! ≫
Casi por inercia, el juez deslizó una mano y la sujetó de la nuca, obligándola a mantener el contacto visual. Era muy placentero verla colapsar y la tensión que en ese momento se gestaba en su vientre, era la señal de que la cumbre sexual se avecinaba sobre ella vertiginosamente. Entonces lo vio, sus pupilas dilatándose por completo debido al éxtasis que ya se reflejaba en ellas.
Ese efímero instante fue suficiente para que el Grifo mirase dentro de ella. Algo que Minos no podía saber qué era, pero que, por alguna razón, complacía a la criatura mitológica de sobremanera.
Súbitamente, las paredes íntimas de la sierva empezaron a contraerse con brusquedad, su orgasmo iniciaba como una incontrolable erupción. Él pudo sentirlo alrededor de su hombría, cortándole de golpe la respiración. Las convulsiones en su propio vientre se precipitaron, arañando su sistema nervioso de una manera casi sublime.
Anna liberó un grito largo y agonizante que apenas lograba reflejar su arrobamiento. Cerró los ojos con fuerza y se dejó arrastrar por su potente culminación. Eso fue lo último que distinguió Minos antes de embestirla por última vez y alcanzar su propia cúspide sexual apenas unos segundos después. Nuevamente aferró con fuerza sus caderas, mientras derramaba su simiente y se permitía caer a ese abismo celestial.
…
Él aún se estremecía ligeramente, respirando de forma discontinua, tratando de recuperarse. Su frente reposaba sobre el hombro derecho de la mujer, mientras seguía abrazándola por la cintura. Ella temblaba contra su pecho, resollando cansadamente y con los brazos caídos a los lados. Asimismo, podía notar la leve palpitación de su cavidad y el goteo de la humedad compartida.
Era muy probable que Anna hubiera llegado a su límite y ahora estaba agotada, podía sentir cómo su cuerpo iba quedando laxo poco a poco, es decir, había perdido la noción de toda realidad. Era de esperarse, pero de una u otra forma, tendría que acostumbrarse al ímpetu del juez. Finalmente alzó el rostro para verla dormirse por completo.
—Descansa, mi linda marioneta— susurró en su oído antes de apartarla de su cuerpo y sostenerla de mejor manera.
La monja permaneció contra su torso y en su rostro se dibujó una mueca satisfecha. Minos no tenía la intención de dejarla tirada en el sillón, después de todo, se comportó bastante bien. Invocó un par de hilos que le acercaron la marioneta blanca y la redoma de miel, luego se puso de pie con ella en brazos y caminó a la salida de la biblioteca.
≪ Veo que en verdad sabes cómo hacer que una mujer se derrita en tus manos ≫ murmuró el espectro en su cabeza. ≪ Si esto sigue así, nuestro objetivo se cumplirá perfectamente. ≫
El ministro resopló, no deseaba escuchar su voz, pero como en éste momento se sentía en verdad relajado, simplemente permaneció en silencio mientras avanzaba por el pasillo. No tenía ganas de ir hasta la zona de sus aposentos, así que entró a una habitación que le quedaba de paso y depositó a la monja sobre la cama. En el buró adyacente dejó el títere y el frasco. La miel egipcia había resultado ser sumamente deliciosa, pero decidió regalársela a la mujer.
Le dio una última mirada y después abandonó el cuarto. Se le antojaba dormir un poco, pero sabía que el anfitrión de Hades podría llamarlo en cualquier momento.
…
Rato después.
Minos permanecía en la biblioteca, escribiendo las últimas notas en el libro de almas. Al terminar, se dispuso a salir, tenía la intención de regresarlo al Tribunal de una vez. De repente, sintió la vibración de un poderoso cosmos llamándolo.
—Juez Minos… — la voz de Alone se hizo presente. —Ven a Giudecca de inmediato… y que no te vean. —
—Entendido— contestó, alzando una ceja, extrañado por dicha petición.
El cosmos desapareció tan rápido como llegó y casi de inmediato sintió la molestia del Grifo en su cabeza.
≪ ¿Qué se traerá entre manos el mocoso?, ¿Por qué en Giudecca?, si no ha pisado ese lugar en absoluto desde que Hades despertó. ≫
—Supongo que, con los dioses gemelos rondando el castillo, prefiere no arriesgarse— chasqueó los dedos y el oscuro Sapuri cubrió su cuerpo en un instante.
Tomó el libro y salió de la biblioteca, recorriendo el pasillo rumbo a la salida de Ptolomea, cuando de repente, otro cosmos lo llamó con urgencia. Rodó los ojos aburridamente al reconocerlo.
—Señor Minos— habló el Balrog.
—¿Ahora qué rayos quieres, Lune?, estoy ocupado— masculló.
—Perdón señor, pero necesito preguntarle si tiene con usted el libro de esta semana, no lo encuentro por ningún lado. —
Al subordinado no se le escapaba nada que tuviese que ver con la administración y el control de los registros de almas. Hacía bien su trabajo, por eso Minos lo dejaba a cargo. Pero, obviamente, debía tomar sus precauciones para no levantar sospechas, dado que Anna lo estaba distrayendo de sus obligaciones en la Corte del Silencio.
—Tengo el libro conmigo, estuve revisando algunos registros. —
—Pero señor Minos, el libro debe estar en la Corte para el juicio de las almas— mencionó el interino. —Disculpe que le pregunte esto, pero ¿Qué ha estado haciendo en estos días?, es decir, la guerra santa ya está en puerta y hay varios asuntos pendientes para ver cómo se manejarán los próximos decesos que eso traiga y… —
El juez se detuvo a medio corredor y levantó la mirada hacia el techo, haciendo un gesto de irritación.
—¿Qué te importa lo que yo haga en mis ratos libres?, no le debo explicaciones a nadie y menos a ti— lo interrumpió enojado. —No vuelvas a cuestionarme si sabes lo que te conviene… iré a la Corte del Silencio cuando se me pegue la regalada gana, por eso estás tú a cargo, así que no me molestes con estupideces. —
Finalizó la comunicación y reanudó su marcha hacia la puerta, murmurando alguna maldición.
El estúpido de Lune también se tomaba demasiadas confianzas. Aunque tal vez tenía razón. La guerra santa se declararía en cualquier momento, pero como "Hades" no había hecho algo más que arrasar su pueblo natal e ignorar los planes militares de sus generales, Minos decidió esperar, para ver el desarrollo de dichos eventos. Y más teniendo en cuenta que se trataba del humano Alone moviendo los hilos.
Como fuera la situación, el interino debía acoplarse a lo que él ordenaba. Las almas llegarían tarde o temprano y no tenía caso planear algo para juzgarlas más eficientemente. Cuando eso pasase, los tres jueces tendrían que estar en sus lugares para trabajar, les gustase o no, tuvieran tiempo o no.
Salió de su morada y selló el acceso nuevamente, para luego marchar hacia Giudecca. Tomaría un atajo secreto que únicamente los tres líderes conocían, precisamente para llegar ante "Hades" sin que lo notaran los espectros que rondaban el Cocytos.
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Giudecca, sala del trono.
Ya comenzaba el "atardecer" cuando Minos apareció caminando por uno de los oscuros pasillos del lugar. Llegó hasta las enormes puertas del gran salón y las abrió lentamente, para luego internarse en el sitio, acostumbrándose a la poca iluminación. No había antorchas encendidas y la única luz mortecina que se apreciaba, era la que se colaba desde la cúpula superior en el techo.
El juez avanzó hasta ver las estatuas de dragones que decoraban las escaleras principales. Y allí, recargado contra la base de una de ellas, estaba Alone con los brazos cruzados. Su cachorro no lo acompañaba y mantenía un gesto serio y frío.
—Señor Hades— saludó con una leve inclinación de rostro.
—Bienvenido Minos— lo miró con seriedad. —Dime que noticias me tienes. —
El aludido pudo notar que estaba molesto, pero no era contra él, sino más bien por algo que sucedió antes.
—El alma de Pegaso ya fue localizada cerca de los límites del Yomotsu, está en letargo y no despierta todavía, en éste momento se encuentra bajo la vigilancia de Fyodor en la prisión de almas— explicó rápidamente.
El muchacho hizo un gesto de sorpresa y no pudo disimular cierta complacencia.
—Que interesante— descruzó los brazos. —Tal vez podría serme útil más adelante. —
—¿Quiere que lo encierre en alguna de las prisiones del inframundo? —
Alone negó con el rostro y empezó a subir las escaleras hacia el trono de Hades.
—Que se quede ahí por el momento— le hizo un ademán para que lo siguiera.
Minos obedeció, analizando el comportamiento del joven, al parecer, le diría algo importante. Pasaron de largo el trono y llegaron frente al Muro de los Lamentos, el cual permanecía al descubierto, revelando los rostros esculpidos de las deidades Hipnos y Tánatos.
—Los dioses gemelos están inmiscuyéndose en mis asuntos— soltó de pronto. —De igual manera, Pandora ha estado muy insistente para que convoque a todos los espectros y les plantee mi plan de batalla— una risita poco disimulada escapó de sus labios. —Al parecer, en esta época, ha desarrollado un rencor exagerado contra Athena y Pegaso— miró de reojo al juez.
Éste sonrió divertido, empatizando con la diversión del mocoso.
Conocía la manía de esa mujer y desde hace bastante tiempo se había percatado de su obsesión por rendirle una pleitesía casi enfermiza al dios del inframundo. No podía culparla, al ser su representante en la Tierra, semejante lambisconería era parte del cargo. Y esto le provocaba más diversión a Minos, es decir, Alone estaba jugando con ella y con todos.
—¿Qué estrategia emplearías para esta situación? — interrogó el anfitrión de Hades.
El ministro hizo un gesto meditabundo y luego respondió.
—Será necesario hacer dicha reunión, es decir, quieren ver su intención de guerra contra el Santuario, por lo tanto, sugiero que cite a los jueces y algunos lugartenientes, para luego plantear algo que distraiga a los dioses gemelos y a Pandora— explicó tranquilamente. —Quizás una muestra de lo que sucederá en la guerra santa. —
Alone volteó a mirarlo e hizo una sonrisa maliciosa, satisfecho de escuchar ese consejo.
—Buena sugerencia juez Grifo, me has dado una idea de lo que haré— se encaminó a las escaleras. —Me retiro por el momento, pero quiero que estés preparado y, por cierto… — lo miró de soslayo. —¿A qué se debió la queja de Farao contra ti y algo sobre un frasco de miel? —
Minos alzó ambas cejas y no pudo evitar sonreír socarronamente. El espectro de Esfinge lo había denunciado, aunque no le preocupaba demasiado.
—Sí, yo tomé ese frasco de miel, simplemente por antojo personal, lamento haberlo dejado sin postre— contestó con simpleza y sutil cinismo.
El muchacho se le quedó mirando por un par de segundos más y después liberó otra risita indiferente.
—Bien, como sea, de todas maneras, no me gusta la miel— se alzó de hombros y siguió descendiendo los peldaños. —Pero voy a pedirte que no andes mutilando a los demás espectros, los necesitaré más adelante. —
—Lo intentaré— dijo el juez, mirando cómo el adolescente abría un portal con su cosmos para luego marcharse.
Se quedó solo en la enorme sala del trono.
≪ Esto no me gusta, el maldito humano sigue manipulando el alma de nuestro dios. ≫
—¿Y que más da?, la guerra santa ya está en marcha prácticamente— se dirigió a la salida, tenía que ir a la Corte del Silencio.
≪ ¡Eres un maldito insidioso que no debería olvidar su lugar en éste juego! ≫
—Será mejor que te guardes tus comentarios hipócritas— contestó mordaz. —Me necesitas para perpetuar tu linaje y también requieres el favor de Alone, tarde o temprano, la mujer quedará embarazada y tendremos que sacarla del inframundo. —
El Grifo gruñó con frustración, pero se mantuvo en silencio nuevamente.
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Tribunal del Silencio.
Ya estaba "anocheciendo" cuando el ministro ingresó al vestíbulo. El tiempo en el inframundo fluía de manera extraña a veces, o quizás tenía esa sensación debido a que andaba un poco distraído por Anna. Subió al estrado y dejó el libro de almas sobre el escritorio.
—¡Lune! — llamó al interino.
Se le hizo extraño no encontrar al Balrog trabajando a esa hora, es decir, sin el libro de registros, el encargado de enjuiciar a las almas debía tomar nota en pergaminos que posteriormente tendría que transcribir en las hojas correspondientes. No había sido su intención llevarse el volumen por tanto tiempo, pero, obviamente, le dio más importancia a su diversión personal.
Y quizás eso podría ser un problema ahora.
—¡¿Dónde estás, Lune! — intentó localizarlo con su cosmos.
Descubrió que sólo permanecían las monjas oscuras y los soldados Skeleton, cosa que empezó a molestarlo, porque tuvo el presentimiento de que el subordinado haría algo estúpido. Decidió regresar a Ptolomea de inmediato.
…
Ya iba a más de medio camino por uno de los atajos del inframundo, cuando de pronto, sintió la conexión con la marioneta de hueso. El objeto estaba llamándolo mentalmente, así que cerró los párpados y escuchó con atención.
[El sello de la puerta principal ha sido vulnerado]
—¡¿Pero qué mierda has dicho?!— masculló molesto. —¡¿Quién lo hizo?!—
[Balrog ha ingresado a su morada]
Abrió los ojos nuevamente cuando notó el cosquilleo en su cabeza, la bestia reaccionó furiosa también.
≪ ¡Vamos, ese imbécil no debe enterarse de nada! ≫ bufó con evidente enojo.
—¡Te has ganado un escarmiento, Lune! —
Empleando su velocidad sobrenatural, apresuró la marcha.
.
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Ptolomea.
Tan pronto Minos llegó frente a la puerta principal, pudo notar que su sello de cosmos había sido removido en parte. Únicamente un juez o un espectro de alto nivel podía hacerlo y el bastardo de Lune pertenecía a éstos últimos. Dicha situación lo enfurecía bastante, no sólo por el hecho de tener a la monja encerrada aquí, sino porque odiaba demasiado las visitas indeseadas.
Ya se lo había dicho antes al interino, pero el muy idiota hizo caso omiso. A menos que, la razón de su visita se debiese a un asunto lo suficientemente serio como para atreverse a traspasar su barrera. Pero, de cualquier manera, esto lo irritaba de sobremanera y el Balrog no saldría bien librado. Mucho menos después de escuchar las palabras del Grifo.
≪ Vas a tener que castigarlo… el imbécil quiere tocar lo que nos pertenece ≫ siseó en un tono bajo y letal.
La cólera de Minos aumentó y no necesitó más explicaciones.
Ingresó al vestíbulo, alzando los brazos con las manos abiertas, haciendo vibrar su cosmos para que su poder se desplegara a lo largo y ancho del lugar. Toda Ptolomea estaba rodeada de hilos casi invisibles, tanto por dentro como por fuera, a modo de sistema de vigilancia y protección. Dicha habilidad sobrenatural permanecía casi imperceptible la mayor parte del tiempo y no había sido necesario emplearla.
Hasta ahora.
Cerró los puños para ejecutar su técnica. Innumerable cantidad de filamentos violáceos comenzaron a danzar frenéticamente a su alrededor, formando etéreos cortinajes que se extendieron por todo el sitio. Ya tenían una orden preestablecida, así que, cuando el juez bajó un brazo y solamente dejó levantada su mano derecha para abrir un dedo, en algún pasillo no muy lejano, se escucharon unos crujidos, acompañados por un grito de dolor.
—¡Maldito imbécil, así que te atreviste a tocarla! — masculló con los dientes apretados.
Los peligrosos hilos tenían el mandato de romper los huesos del intruso si es que se le había acercado a la mujer, y escuchar su chillido, le confirmó que Lune había puesto sus manos sobre Anna. Se encaminó hacia dicha zona, haciéndose escuchar por el sonido metálico de su Sapuri.
Dobló en la esquina, alcanzando el pasillo y encontrándose con una desagradable escena. El ambiente se hizo pesado, producto de su ira y la expresión de su rostro se tornó gélida. El interino estaba revolcándose en el suelo, tratando de controlar el dolor de sus cinco dedos fracturados, volteando a mirarlo totalmente confundido.
—¡S-Señor… M-Minos! — balbuceó desconcertado.
La mirada del nombrado se afiló peligrosamente al ver el estado de la sierva. Anna permanecía recargada contra la pared, temblando notoriamente, con la parte superior de su hábito rasgado y el pánico plasmado en sus ojos. No había duda alguna, ese bastardo había intentado violarla. Siguió avanzando despacio, manteniendo elevada su mano derecha con los dedos semi doblados para controlar la cortina de hebras mortales.
≪ La hembra está bien, esa lacra no tuvo tiempo de nada ≫ gruñó el espectro. ≪ Era de suponerse, su degenerada naturaleza humana no se disipó por completo a pesar de la posesión de Balrog. ≫
—¡Al parecer, los espectros no son muy inteligentes escogiendo a sus portadores! — respondió el juez en su cabeza. —¡Voy a matarlo! —
≪ Déjalo para después, llamarás la atención del mocoso, recuerda que puede sentir la muerte de las Estrellas Malignas. ≫
El ministro resopló furioso, clavando su atención en el subalterno, si no podía asesinarlo, entonces lo castigaría de otra manera.
—Lune… — siseó en un tono casi mortal. —¿Qué te he dicho acerca de venir aquí sin permiso? —
—¡L-Lo… lo s-siento, señor! — dijo torpemente, reacomodando sus dedos lesionados. —¡S-Se le n-necesita en la Corte del Silencio y…! —
Minos lo ignoró por completo y se detuvo a medio pasillo, extendiendo otro dedo. Los hilos resplandecieron agresivamente, para luego ceñirse al Balrog con fuerza, alzándolo en el aire y llevándolo ante él. Su lado sádico y cruel se hizo patente en su expresión facial.
—¡E-Espere señor! — se retorció como animal asustado. —¡¿Por qué…?! —
El juez frunció el entrecejo y comenzó a extender un dedo más.
—Ya te he dicho que me desagradan las visitas inesperadas, ¿Acaso debo repetírtelo?, ¿O tal vez quieres que te lo recuerde permanentemente? —
Antes de que Lune pudiese contestar, los filamentos se tensaron, ejerciendo una brutal presión contra el brazo que ya tenía lastimado. El Sapuri que lo cubría no resistió, así que la fuerza sobrenatural terminó dislocándole el codo, como si fuese una simple rama seca. El crujido fue siniestro y su alarido deleitó al juez de una manera sumamente perversa.
—¡D-De… tén… gase… s-señor! — suplicó en medio del dolor, mientras comenzaba a sangrar profusamente.
El cosmos del subordinado pulsó en un intento por liberarse, no obstante, eso resultaba inútil contra un juez infernal. Los hilos se comprimieron alrededor de su cuerpo con una potencia descomunal, asfixiándolo al grado de hacer que su cosmoenergía se apagase por completo.
—¡Te atreviste a desobedecer! — su voz subió a un tono amenazante. —¡Has osado entrar a mi residencia y tocar lo que no te pertenece! —
La técnica cedió en su agarre, permitiéndole a su víctima tomar aire para hablar.
—¡S-Señor… Minos! — se atragantó y el miedo se percibió en sus palabras. —¡E-Es una… monja con defectos… de creación!… ¡Pensé que…! —
Esas simples palabras le dejaron en claro al juez que Lune no era tan simple como otros soldados del ejército de Hades. Él vio una oportunidad para divertirse con la monja, dado que cualquier otro subordinado la hubiera asesinado de inmediato. Una orden impuesta desde que Luco empezó a mandar espectros defectuosos. Fueran hombres o mujeres, debían ser eliminados, debido a que su memoria y juicio no fueron borrados completamente por algún extraño motivo.
Minos debió ejecutarla cuando la descubrió, sin embargo, los planes del Grifo cambiaron todo el panorama. Y ahora tenía que lidiar con esto, lo que complicaba aún más la situación por el riesgo que implicaba. Siendo uno de los líderes del inframundo, tenía cierta libertad para hacer lo que quisiese, pero eso no significaba que fuese un estúpido confiado.
—¡Yo no comparto lo que es mío! ¡Esa mujer está únicamente para servirme a mí! — gruñó iracundo. —¡Ya te lo he dicho antes, no le entrego cuentas a nadie y mientras Hades no se manifieste por completo para la guerra santa, haré lo que me plazca! —
Y, de hecho, lo estaba haciendo.
Porque, a pesar de la influencia del espectro dentro de él, también estaba disfrutando de todo lo que sucedía en el inframundo y con la guerra santa. De igual manera, haberle jurado "lealtad" a Alone, era parte del juego y no iba a permitir que éste idiota lo echara a perder.
—¡S-Señor… yo…lo siento… n-no sabía! — Lune empezó a suplicar cuando la sonrisa de su jefe se volvió siniestra.
—Si no mal recuerdo, el Sapuri de Balrog concede la regeneración y curación acelerada en unas cuantas horas— entornó la mirada, maquinando lo que le haría.
El interino palideció y comenzó a gritar asustado.
—¡No!, ¡P-Por favor, señor!… ¡N-No lo haga! —
Se retorció como un insecto atrapado en una telaraña, pero no consiguió absolutamente nada, excepto más dolor para su brazo destrozado. Minos extendió el último dedo y un hilo brilló en la boca de su presa, los chillidos fueron remplazados por sonidos de asfixia.
—Dime Lune… si te corto la lengua, ¿Se regenerará también? —
El aludido abrió los ojos desmesuradamente al notar cómo su lengua emergía en contra de su voluntad, sujetada por el poder de la técnica. Esto le dejó en claro que no conocía lo suficiente a su jefe, ni lo sádico que podía llegar a ser con los demás.
≪ Nadie toca lo que nos pertenece ≫ sentenció la bestia con una sonrisa oscura.
El filamento se tensó y la carne se despedazó, precipitándose hacia el suelo. La sangre fluyó al mismo tiempo que un grito gutural escapó. El hombre se sacudió frenéticamente, presa de los espasmos de dolor.
Minos lo observó divertido por algunos segundos, hasta que finalmente hizo que las hebras cedieran en su agarre. El interino cayó pesadamente contra las baldosas, quedando semi arrodillado, apenas sosteniéndose con el brazo que le quedaba, resollando torpemente para no ahogarse con su propia sangre.
La cortina de infinitos hilos violáceos fue desvaneciéndose y con un ademán de su mano, el ministro atrajo el látigo negro hacia ellos. Lo acomodó en unas cuantas vueltas alrededor del cuello del Balrog a modo de collar.
—En un día estarás como nuevo, Lune— se burló con crueldad. —Ahora dime… — le sujetó bruscamente algunos mechones de cabello, obligándolo a que lo mirase a la cara. —¿Has visto algo raro aquí?, ¿Hay algo que quieras reportar con Pandora o Hades? —
El destello asesino en sus ojos violáceos fue suficiente para intimidar al subordinado, quien entendió perfectamente que su vida dependía de una respuesta correcta. Rápidamente hizo una negación con la cabeza, intentando mascullar alguna palabra, fallando estrepitosamente, debido a su lengua mutilada.
—Muy bien— el juez mantuvo su sonrisa diabólica. —Entonces lárgate y la próxima vez que hagas una estupidez como ésta, te romperé cada uno de los huesos que tienes en el cuerpo… muy lentamente— sentenció con frialdad.
La verdadera intención del Grifo era dejarlo ir por ahora y matarlo después. Ahora que sabía de la existencia de Anna, no se arriesgaría a que lo delatase, en especial con sus "hermanos".
Tan pronto se sintió libre del agarre, Lune comenzó a gatear torpemente para luego ponerse de pie y alejarse trastabillando a la salida. Unos instantes después, Minos hizo otro movimiento con la mano, su cosmos proyectado cerró la puerta principal, sellándola de nuevo.
Era momento de ver cómo estaba la mujer.
Tomó aire y lo soltó despacio antes de dirigir su mirada hacia ella. Su expresión se volvió impasible mientras reanudaba sus pasos.
—¿Seguro que ella está bien, él bastardo no la tocó? — preguntó en su mente. —Porque si está traumatizada de alguna manera, tus planes se van a la mierda. —
≪ La sierva está bien, no te diré cómo lo sé, así que sólo ocúpate de ella y deja de ladrar ≫ farfulló con algo de indiferencia. ≪ No hay marcha atrás en esto, no voy a renunciar al poder, así que hazte a la idea de que continuaremos follándola. ≫
El juez escupió alguna maldición para sí mismo, pero no dijo más.
Anna comenzó a temblar al verlo aproximarse y sus piernas no la sostuvieron más, quedando postrada en el suelo, contra la pared e intentando cubrir un poco su semi desnudes. Sus ojos se empañaron y la angustia fue evidente en su rostro. Sin duda alguna, estaba asustada por lo sucedido.
Llegó frente a la monja y se agachó despacio, extendiendo sus alas negras en torno a ella, a modo de gesto protector. La vio cerrar los ojos con aprensión, parecía temerle como en un inicio. Dicha idea le provocó algo de frustración, sin entender bien porqué.
—Deja de temblar, ya estás a salvo— le habló con voz tranquila, acariciando su mejilla suavemente y limpiándole una lagrima escurridiza.
Si bien le divertía verla asustada y excitada al mismo tiempo, el tipo de miedo que ahora se reflejaba en su lindo rostro no le placía en absoluto. Necesitaba que se tranquilizase y que supiera que estaba a salvo con él, de lo contrario, sus esfuerzos por hacerle más llevadera su situación, serían en vano.
—Supongo que ahora debo "guardarte" en otro lado, mi pequeña marioneta. —
Anna abrió los ojos y tragó saliva despacio, observándolo atentamente, tal vez intentando comprender su extraño comportamiento. Minos retiró su mano y se puso de pie, comenzando a alejarse por el pasillo.
—Limpia eso, te doy permiso de que pisotees su lengua— soltó una risita burlona, al menos dejaría que la sierva pudiera desquitarse con el órgano mutilado. —Aséate de nuevo, no me gusta que huelas a nadie más que no sea yo— la miró de soslayo. —Y después, te quiero en mis aposentos— finalizó.
Esto iba a continuar pese a todo, la criatura mitológica se lo dejó en claro, así que lo más conveniente era que él siguiese llevando el control de la situación. Se alejó por el corredor hasta perderse en una esquina, quería llegar a sus habitaciones para darse un baño que lo relajara de su disgusto por lo acontecido.
Continuará...
Gracias por leer, espero sus opiniones, me encantan :)
17/Septiembre/ 2021
