Hola a todos :)

Lamento la tardanza, pero a veces se me complica adaptar la narración y el lemon del anterior fanfic a éste. Demasiadas descripciones perversas jaja XD

Espero sea de su agrado y de antemano les agradezco su tiempo y sus reviews, me hacen feliz :3

Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP


Sobre sus comentarios:

Kitty 1999: Tienes razón, Lune no debió meter la nariz donde no debía y aquí veraz que le fue muy mal XD

Pyxis and Lynx: Así es, algunos espectros son demasiado confiados y no se dan cuenta que con Minos no se juega. Aquí sabrás cómo el juez sacó a la monja del inframundo :D

Natalita07: Me alegra saber que te gusta la interacción entre el Grifo y Minos. Si bien todo es por conveniencia, no se puede negar que hay cierta preocupación por Anna. En cuanto a Lune, le falta más castigo XD Es correcto, Minos tiene sus momentos "tiernos" y perversos al mismo tiempo que descolocan a la pobre Anna, pero ni modo, no le queda más remedio que complacerlo. Y aquí verás más de la relación cómplice que tienen el juez y Alone :D

Leyla: Muchas queremos un amante como el juez XD Minos es cruel, eso no se duda y sí, habrá una conversación con Alone para sacar a Anna del inframundo. Espero que no te distraigas mucho de la escuela ;P

Roses Girl: Que bueno que te gustó el origen de la miel y los juegos del juez. Lune merecía un castigo, pero aún no termina. Minos es muy ambivalente, por eso protege lo que le pertenece, pero no deja de ser un asesino XD Y claro, la pobre Anna tiene que "sacrificarse" para complacerlo XD Que bueno que te sigue gustando el fanfic XD


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P


Capítulo IX

El juez permanecía sumergido en el agua hasta el cuello, recargado contra el borde de la piscina, con un paño húmedo sobre los ojos, relajándose momentáneamente. Después de asearse, su mal humor respecto a Lune ya había mermado, pero, aun así, percibía las intenciones del Grifo, la bestia no estaba conforme con la situación.

—¿Por qué rayos no te calmas? — masculló por lo bajo. —El imbécil sufrirá por un buen rato, la regeneración siempre es bastante dolorosa. —

¡Eso no es suficiente, Balrog no debe continuar con vida! ≫ gruñó con fastidio e inquietud. ≪ El maldito podría hablar demás e incluso hay riesgo de que mis "hermanos" se enteren de la mujer y eso sería un problema.

Minos se quitó el lienzo del rostro y lo dejó a un lado, para terminar de enjuagar su largo cabello.

—¿Ahora si quieres matarlo? — resopló aburrido. —Por qué tanto drama, no creo que Lune pueda decir algo por el momento y no dudo que tendrá muy presente mi amenaza. —

No voy a correr riesgos, lo quiero muerto. Además, debemos sacar a la mujer del inframundo cuanto antes.

El ministro sopesó sus palabras, realmente no le importaba la suerte del subordinado, pero el bienestar de la monja si era un tema de peso para él. Anna se había convertido en una distracción muy agradable en ese maldito lugar y aunque no sabía porqué, la particular "relación" que ahora tenía con ella, estaba resultando ser muy entretenida, incluso más que las últimas aventuras que tuvo antes de su reclusión en el inframundo.

Y no estaba dispuesto a perder dicha diversión.

—Bien, iré a matarlo ésta misma noche— confirmó, poniéndose de pie para salir del agua. —Y ya tengo el lugar a dónde podríamos llevar a la mujer… la isla de los Curanderos. —

¿Por qué ahí?, ese lugar está demasiado cerca del Santuario.

Minos hizo una sonrisa confiada, mientras subía los escalones de la alberca y exprimía su blanca melena.

—Precisamente por eso, la isla era un puesto de avanzada a cargo de Luco, pero luego de su derrota, se convirtió en un lugar inútil, dado que los santos de Athena comenzaron a vigilarla— se encaminó a un estante cercano y tomó un gran lienzo para secarse. —La mejor forma de ocultar algo, es dejarlo a simple vista. —

El espectro sonrió para sí mismo, reconociendo la inteligencia de su portador. Era una buena idea, después de todo, la monja ya no presentaba las características de un espectro de servicio común y la huella de su cosmos era tan baja, que bien podría pasar desapercibida como una pueblerina más. Asimismo, el libro rojo les reveló que ella había tenido familia ahí, por lo tanto, sería más fácil dejarla sola.

Bien, me gusta tu idea… lo haremos antes del amanecer ≫ sentenció.

—Ja, que estupideces dices, eso no será tan sencillo, ¿Cómo rayos vamos a sacarla sin que alguien se percate?, recuerda que el castillo está muy vigilado. —

No tenemos que salir por el castillo, la isla tiene un pasaje directo al inframundo, si no, cómo crees que Luco enviaba tan rápido a los espectros de servicio.

—¿Y por qué rayos no mencionaste ese pasaje antes?, podría habernos sido útil— reclamó el juez.

Simplemente porque ahora está sellado, los caminos del inframundo que conectan con puestos estratégicos en el mundo exterior, están vinculados con el espectro asignado a ellos, si éste muere, el pasaje se cierra y solamente Hades puede volver a abrirlo ≫ explicó.

—Genial, con mayor razón necesitamos el favor del mocoso. —

Repentinamente, se escucharon unos toquidos lejanos en las puertas de su habitación. Anna ya estaba aquí, tal y como se lo ordenó.

Ya pensaremos en algo, por ahora, sigamos jugando con ella ≫ se regodeó con avidez.

Minos rodó los ojos y resopló con resignación. Sin embargo, no podía negar que cada vez deseaba más y más a la sierva. Continuó secándose sin dar una respuesta al llamado, sabía que de cualquier modo ella entraría. Se dirigió a la salida, llevándose el lienzo con él.

Abrió la puerta e ingresó a la habitación. La monja ya estaba ahí e inmediatamente pudo sentir su contemplación arrastrándose sobre su cuerpo desnudo, el cual todavía tenía rastros de humedad deslizándose llamativamente. Bastó un breve vistazo para darse cuenta que la mujer se quedó con la boca abierta, mientras un latigazo de nervios la inquietaba, obligándola a desviar la mirada.

Eso estimuló la vanidad del ministro, quien le sonrió traviesamente. Él era consciente de que su físico no dejaba indiferente a ninguna mujer y Anna no era la excepción, ya que sus ojos reflejaron un deseo inconsciente que era imposible de ocultar. Esto era algo positivo para Minos, porque eso significaba que la resiliencia de la mujer seguía muy presente, adaptándose perfectamente a las circunstancias.

Y eso le agradaba cada vez más.

Continuó frotando su cabello con la tela, dirigiéndose a la cama para luego sentarse en la orilla.

—Acércate Anna, quiero verte jugar. —

La sierva tragó saliva con dificultad, cerrando las puertas detrás de ella. Empezó a caminar, desenredando las cruces y los hilos del títere, manteniendo los ojos en el suelo, quizás tratando de ocultar su sonrojo. El juez la observó detenidamente, ya no temblaba y sus gestos corporales parecían más tranquilos.

La hembra parece más dócil que antes ≫ sonrió el Grifo. ≪ Quizás ya se resignó a su destino.

Tal vez… o simplemente se adaptó a la situación, después de todo, evitamos que Lune la violara—meditó con indiferencia.

La monja llegó ante él y se arrodilló en el suelo, fijando su atención en la marioneta. Se notaba su vano intento por no mirarlo, aunque eso resultaba inútil tomando en cuenta la descarada naturalidad con la que Minos se exhibía ante ella. Soltó una risita maliciosa, era demasiado divertida y excitante su timidez.

Dejó caer el lienzo al piso y estiró la mano hacia el buró adyacente para tomar un peine de puntas muy abiertas que reposaba ahí.

—Haz tu mejor ejecución, Anna— empezó a desenredar su platinado cabello.

—Sí, como usted ordene— asintió, moviendo los hilos poco a poco.

El juguete de hueso comenzó a caminar de forma realista, ejecutando un vaivén casi perfecto. Sus extremidades se movían en coordinación y la sierva logró hacer que se sentara y caminara fluidamente. Ver eso, generó una gran satisfacción en Minos, dado que en muy poco tiempo las manos femeninas habían adquirido bastante destreza para manipular las cruces, consiguiendo dominar los hilos para ejecutar movimientos muy finos.

Sintió una curiosa relajación al contemplar el baile de la marioneta. Aunado a esto, el peine alisando sus mechones también contribuía a generarle un agradable hormigueo en el cuero cabelludo. Dicho instrumento también era de hueso de animal, finamente tallado y decorado con piedras preciosas. Otro recuerdo familiar traído al inframundo.

Deja de divagar, carajo ≫ murmuró el espectro. ≪ Quiero disfrutar de ella.

Minos regresó a la realidad. No tenía caso perder más tiempo, después de todo, el deseo comenzaba cosquillear dentro de él.

—Suficiente— tomó el títere de las manos de Anna y lo depositó en el buró junto con el peine. —Ven aquí— la sujetó del mentón para que lo mirase, al mismo tiempo que hacía una mueca ladina. —Quiero sentir tu lengua de nuevo. —

La sirvienta contuvo la respiración ante lo directo de su petición. Probablemente el nerviosismo seguía jugando en su contra, pero se notaba que ahora podía capotearlo de mejor forma.

—S-Sí… señor— respondió sumisa.

La liberó y de inmediato ella se acercó un poco más, posicionándose en medio de sus muslos entreabiertos. La suavidad de sus manos se hizo notoria cuando las colocó sobre su piel, iniciando una lenta caricia, trasmitiendo calor y recogiendo la humedad de las gotas restantes. El rubor de su lindo rostro se incrementó y su expresión cohibida no hizo más que alimentar la lujuria del juez.

Tan pronto alcanzó la zona inguinal, Anna exhaló con calma, serenándose por sí misma y enfocándose en lo que hacía. El miembro masculino ya había comenzado su despertar y tan pronto las cálidas palmas lo rodearon, Minos resopló con notoria excitación. El delicado toque incitó rápidamente el endurecimiento de su carne, atrapando una vez más la atención de la sierva, quien parecía quedarse embobada con su latido.

Ese interés que pretendes disimular— masculló en su mente al notar la reacción de la mujer. —Lo disfruto más de lo que te puedas imaginar.

Era innegable que había algo más en el comportamiento de la monja que excitaba al juez. Su situación de concubina no era algo que ella aceptase voluntariamente, pero tampoco tenía motivos de peso para resistirse totalmente. Y es que, exceptuando las amenazas verbales de Minos, Anna no había sufrido algún tipo de daño físico o mental en ningún momento. Por el contrario, los sustos que había tenido, eran fácilmente superados por las atenciones carnales que él le brindaba.

Si bien, el anfitrión del Grifo no era alguien bueno, tampoco era completamente malo. Su moralidad ambivalente lo convertía en una persona difícil de entender, en especial cuando su lado retorcido era el más visible ante los demás. Pero, en una situación como esta, en la intimidad con una mujer, su comportamiento era bastante normal. Algo perverso a veces, pero siempre con el objetivo de disfrutar y hacer que su amante en turno también lo gozase.

Lo que precisamente sucedía ahora.

Minos saboreaba cada una de las reacciones que provocaba en la mujer, ya fuesen sus sobresaltos, sus miradas, sus sonrojos o sus gemidos, todo en general, le producía satisfacción. Y ver la fascinación mal disimulada en su rostro ante la erección de su miembro, era una pequeña diversión morbosa que su ego valoraba demasiado.

Así que fijó toda su atención en ella y en lo que hacían sus manos.

El ávido recorrido a lo largo de su palpitante longitud no se hizo esperar. Una y otra vez la sierva lo acarició mansamente, dando a entender con eso, que dicha actividad ya no le parecía tan incómoda. Y otra confirmación de ello, la obtuvo cuando la mujer cerró los ojos por un momento, humedeciéndose los labios. Entonces los abrió de nuevo y su lengua se asomó con lentitud, insinuando su siguiente paso.

El juez sintió una punzada en el vientre al verla apartar una de sus manos para luego aproximarse y dar una primera lamida suave, desde la mitad de su tallo, hasta el inicio de su corona. Un gruñido complacido escapó de su garganta, atrayendo la mirada de la sirvienta. Había curiosidad en sus ojos, tal vez cautivada por su expresión facial.

Minos no ocultaba el placer que sentía y su mirada violácea se clavó todavía más en ella, permitiéndole vislumbrar el aumento de su lujuria y el deleite que su comportamiento le provocaba. La sierva logró controlar sus nervios y una sutil sonrisa se dibujó en sus carnosos labios antes de adosarse nuevamente a su carne. Cosa que, para la entidad mitológica, no pasó desapercibida.

Ella es hermosa con sus expresiones tímidas… pero creo que te das cuenta de su intención.

Su anfitrión sonrió para sí mismo, consciente de lo que decía el espectro. Pero no dijo nada, enfocándose en la libación húmeda que Anna comenzó a ejecutar con parsimonia, mientras sus manos retomaban la cálida fricción. Dicha estimulación incrementó su erección y el tono gutural de sus jadeos. Su cuerpo se sacudió con las placenteras sensaciones y conforme éstas lo recorrían, aferraba con más fuerza las sábanas.

De abajo hacia arriba, su lengua se dejaba sentir, haciéndolo resollar con intensidad. Subiendo y bajando, su toque lo estrujaba con descaro, buscando acelerar su culminación. Ella no se detuvo en absoluto y la humedad seminal se mezcló con su beso en un gesto encantadoramente obsceno.

El temblor del ministro se hizo más notorio y Anna aprovechó ese instante para alejar su lengua y usar las yemas de sus dedos en caricias concéntricas, suaves y estimulantes sobre su corona, mientras que, con su otra mano, prolongó el cálido masaje sobre el resto de su dureza. El estremecimiento se percibió una vez más y el juez tuvo que reconocer que aquella mujer sabía lo que hacía.

Tienes razón… — masculló divertido y excitado. —Ella tiene la intención… pero no le servirá de mucho…

Te lo dije, la hembra no es tan sumisa como quiere aparentar ≫ sonrió el Grifo.

La intención de la monja no era solamente obedecer, sino que también buscaba aprovechar ese particular momento. Sin embargo, querer hacer que Minos terminase pronto, no era algo fácil de conseguir, dada la resistencia que poseía al ser un soldado de Hades. El juez se sentía complacido con sus atenciones, pero no iba a permitir que su marioneta especial se tomara tantas libertades.

Entones, a pesar de que la preciosa boca de ella rodeó su grosor para iniciar una lasciva succión, se mantuvo concentrado, gozándolo, pero sin abandonarse por completo. Y es que, el control del acto siempre lo llevaría él, debido a su naturaleza dominante.

—Apacigua… tu traviesa… lengua— jadeó entrecortado, tomándola del cabello para hacer que lo liberase.

La sirvienta lo miró confundida, temiendo haberse equivocado en algo.

—Lo haces muy bien, Anna— un gesto hambriento se perfiló en su rostro. —Pero esto no termina hasta que yo lo decida, así que desnúdate… despacio— su sonrisa se torció ladinamente.

Un escalofrió recorrió a la sirvienta quien, a pesar de todo, mantuvo la calma. Se puso de pie y retrocedió un par de pasos, tomando un poco de aire y soltándolo despacio, al mismo tiempo que agarraba los cordeles de su hábito y comenzaba a soltarlos. Éstos no permanecían atados, así que la tela se aflojó, deslizándose lento sobre su cuerpo. Su desnudez se hizo evidente y los ojos violáceos del juez la devoraron codiciosamente, mientras ella desviaba la mirada y medio se cubría.

—Acércate… — la llamó con un gesto de la mano.

Con pasos inseguros, Anna se aproximó y antes de que pudiese reaccionar, Minos la rodeó por la cintura, alzándola fácilmente para después sentarla sobre sus muslos entreabiertos. La mujer respingó, aferrándose a sus brazos, al mismo tiempo que el contacto piel a piel los sobresaltaba a ambos. La fricción, tibia y placentera, le agradó bastante al juez, así que aprovecharía eso también para estimularla.

Sin dejar de observarla fijamente, su mano se posó encima de su muslo izquierdo, deslizándola posteriormente hacia su entrepierna. Un gemido nervioso escapó de la sierva cuando los dedos comenzaron a palpar sus pliegues externos. El juez afinó su tacto, ejecutándolo delicadamente para incitar sus reacciones y lubricación. Anna cerró los párpados con fuerza, mientras que su respiración se aceleraba.

—Así me gusta, que te dejes llevar— le susurró en el oído traviesamente.

Sus palabras hicieron que ella se erizara y comenzase a temblar. Aprovechando eso, comenzó a recorrerle el cuello con la lengua, al mismo tiempo que su otra mano le acariciaba la espalda con lentitud. El sabor de su piel era delicioso, así que prosiguió hasta notar su embelesamiento.

El toque de los dedos masculinos avivó el deseo de la mujer y su humedad se generó sin demoras. El juez amplió su sonrisa, mientras seguía rondando su entrada, distribuyendo el rocío y ejerciendo una presión exacta para excitarla más rápido. La intensidad de sus gemidos aumentó y su oscura mirada se perdió en la nada.

Mantuvo constantes sus lamidas y besos, mordisqueando su cuello, doblegándola a su capricho. Entonces, decidió ir más allá, profundizando en su exploración. Necesitaba que la sierva lubricara un poco más y que su constreñido interior se dilatara, así que sus dedos se deslizaron, arrancándole un voluptuoso clamor.

Anna llevó las manos a sus anchos hombros, clavándole las uñas como respuesta al placer que sentía. El ministro no se inmutó, por el contrario, esa señal le decía que la mujer estaba casi lista. Sintió las palpitaciones de su interior, percatándose de que ahora estaba delirando en una placida bruma. El talón de su mano se acercó, presionando levemente el vértice de su sexo. Ella hizo una mueca enervante, que invitó a Minos a besarla.

Con su mano libre la sujetó de la nuca y antes de que la monja siquiera lo advirtiera, se adueñó de su boca. Percibió cómo se estremecía al mismo tiempo que se deleitaba con el sabor de sus labios y la respuesta carnal de su cuerpo. La mujer se dejó arrastrar por el instinto, restregándose contra el torso del juez, respondiendo a su demandante beso.

En ese instante, Minos pudo notar más humedad y sintió cómo sus paredes internas iban aumentando la presión, lo que significaba que pronto culminaría. No podía permitirlo, el juego apenas comenzaba, así que retiró despacio los dedos, truncando su creciente placer. La oyó rumiar frustrada una vez que se apartó de su boca para reencontrarse con sus ojos marrones.

—Todavía no— dijo socarrón ante su molestia. —Eres demasiado sensible y aún te necesito consciente. —

Pudo notar su intento por controlar la ansiedad que la recorría. Anna ya estaba preparada lo suficiente, así que no habría más demoras. Dejó de tocarla y llevó las manos hacia atrás, para hacer fuerza y arrastrarse al centro de la cama, recargándose sobre unos cojines para estar más cómodo. Mantuvo a la mujer sobre sus muslos, quien se notaba inquieta y sin saber qué hacer.

—¿Qué estás esperando para montarme, mujer? — le sujetó las caderas y palmeó su trasero con malicia. —¿O no te quedó en claro lo de hace rato? —

Ella parpadeó brevemente, asimilando lo dicho. El deseo en sus ojos no cambió en absoluto, quizás la idea de cabalgarlo nuevamente le resultaba excitante.

—Sí, señor Minos… lo haré enseguida— dijo en voz baja, dispuesta a seguir con el juego.

Él se regodeó, satisfecho con su respuesta y proceder.

La vio tomar una bocanada de aire mientras colocaba las manos encima de su torso, deslizándolas suavemente sobre sus pectorales. Un segundo después, exhaló y se levantó con la fuerza de sus rodillas, llevando las caderas hacia adelante. El juez estaba sumamente ansioso por sentir su calor, así que mantuvo las manos sujetando sus flancos, asegurándose de que ella no pudiera alejarse de su miembro, el cual se mantenía ligeramente adolorido y palpitante, filtrando su brillante humedad seminal.

Anna se sostuvo sobre el pecho masculino, inclinándose un poco para encontrar el mejor ángulo. Minos se sacudió cuando percibió su tibia entrada recibiéndolo lánguidamente. Un gesto morboso se dibujó en el rostro de ella mientras descendía, empalándose sobre su dureza. La lubricación facilitó su labor y las respiraciones de ambos se incrementaron conforme sus sexos quedaban fusionados.

El voluptuoso gemido de la sierva alteró al juez, quien aferró con más fuerza sus caderas, gruñendo complacido al percibir el sublime abrazo de su interior. La vio cerrar los ojos, entregándose a los efectos carnales, para luego comenzar a moverse pausadamente, amoldándose a su grosor con indudable deleite.

¡Joder, eres adorable mujer! — masculló en su mente, apretando los párpados por un instante. —¡Por nada del mundo cambiaría éste tipo de placer!

Era verdad, Minos sabía que jamás existiría algo que pudiese compararse con el paraíso que alberga una mujer entre sus piernas. Y él estaba dispuesto a gozar de ello tanto como pudiese.

De repente, notó una pausa en el actuar de la monja, así que la miró atentamente. Sus jadeos se hicieron más profundos, su gesto libidinoso hacía juego con el rubor de sus mejillas y la tensión de todo su cuerpo iba en aumento. El ministro sonrió malicioso al ver que reiniciaba el manoseo sobre sus pectorales, arrastrando las tibias manos a lo largo de su piel.

A él le gustaban las caricias también, como a cualquier ser humano con el sentido del tacto desarrollado. Sin embargo, en ésta situación, él tenía que limitarse un poco, ya que no podía hacer más peticiones de las necesarias. Pero resultó grato darse cuenta que Anna retribuía el arrumaco sin necesidad de mencionárselo. Las cosquillas lo recorrieron placenteramente, haciendo que resoplara más alto.

Una inesperada punzada en el vientre le indicó a Minos que debía continuar, así que su agarre aumentó. Se removió debajo de ella, empujando su miembro contra sus sensibles pliegues. Tenía la intención de comenzar a embestirla, no obstante, la sirvienta se adelantó a sus propósitos, empezando a retozar sensualmente. Lo que percibió fue muy intenso, arrancándole un gruñido áspero.

La oscilación del cuerpo femenino se volvió perfecta. Vigorosos estímulos se gestaron rápidamente y el goce escaló por el sistema nervioso del juez. De repente, Anna ejecutó el mismo movimiento de caderas que anteriormente le había enseñado en la biblioteca, lo que, inevitablemente, embraveció su lujuria.

—¡Lo haces… muy bien… Anna! — masculló, al mismo tiempo que sus manos la guiaban con renovado ímpetu.

Esto era un poco sorpresivo para él, no obstante, lo estaba disfrutando de sobremanera. En especial al observar que la mujer se entregaba totalmente al sensual acto, con lascivas muecas que delataban su arrobamiento. Entonces, era momento de recompensarla, así que flexionó las piernas, ganando libertad de movimiento.

La mujer tembló con fuerza y abrió los ojos de golpe cuando Minos inició sus acometidas. Su gemido se escuchó con un matiz de dolor y placer que exacerbó al juez. Asimismo, notar sus uñas clavándose en su piel y sentir la presión alrededor de su masculinidad, le confirmaba que Anna pronto alcanzaría su cúspide sexual.

Sonrió descaradamente, sabiéndose el responsable de su regodeo, por lo que, aumentó la potencia de su embiste, permitiendo que el instinto lo dominara. Sabía perfectamente que ella podía soportar su frenesí ahora, así que no le importó demasiado que emitiese un coro de gemidos intermitentes y ahogados.

La danza prosiguió hasta que la unión de sus vientres alcanzó el punto más álgido. Las contracciones en la cavidad femenina aumentaron, anunciando el inicio de su clímax. Minos jadeó guturalmente al notar cómo las descargas le recorrían la columna vertebral, sin embargo, su propia culminación no estaba cerca. Así que se enfocó en ver cómo su linda marioneta caía al abismo del placer.

El clamor de Anna llenó sus oídos mientras el orgasmo se crispaba en sus entrañas, propagándose por cada fibra de su ser. El aliento la abandonó por varios segundos y el juez se plació de dicha imagen, de ver cómo el éxtasis la devoraba por completo. Así que moderó sus acometidas, pero mantuvo la presión necesaria en sus caderas para prolongar ese grato momento.

Los segundos pasaron lentamente y la nueva punzada en su bajo vientre le recordó que necesitaba terminar también. Así que solamente le daría un respiro momentáneo, permitiéndole reposar sobre su pecho en lo que recuperaba el aliento. Se deleitó brevemente con el brillo de su piel perlada por el sudor, así como el aturdimiento físico de su cuerpo, expresado en débiles espasmos que todavía constreñían su miembro.

¡Continua! ≫ gruñó el Grifo.

Sin perder más tiempo, Minos arrastró lentamente las manos por el cuerpo de la mujer, incitando un nuevo erizamiento y atrayendo su atención. Sonrió cuando ambas miradas se encontraron, permitiéndole ver sus ladinas intenciones. Esto aún no terminaba, así que la tomó de la cintura para alzarla, provocando que gimiera por lo bajo y que apretara los párpados debido a la repentina sensación de abandono.

Se regodeó al notar su lubricación escurriendo, la cual era necesaria para lo que haría a continuación. Con un par de ágiles movimientos se levantó, para luego hacer que la monja se posicionase a gatas sobre la cama, dejándola sobre sus extremidades flexionadas. Ella abrió de nuevo los ojos, comprendiendo exactamente lo que haría.

—Quédate quieta y relájate— dijo en tono grave y ansioso.

El juez apenas podía controlarse, su excitación estaba al límite y su resuello sumamente alterado. La sierva temblaba sutilmente, pero se quedó en esa posición, aferrando las sábanas en un claro gesto de disposición para complacerlo. Al parecer, ya tenía experiencia y eso facilitaba mucho las cosas para Minos, quien se relamió los labios con avidez. Y es que, una mujer demasiado ignorante en los temas del sexo, era bastante inútil para él.

Se acercó a ella, situando los brazos a sus costados, permitiendo que su cabello plateado se derramara sobre sus hombros al mismo tiempo que ambas pieles volvían a compartir calor en una excitante fricción. Antes de unirse una vez más, decidió estimularla otro poco, así que con su aliento le acarició la nuca para hacerla estremecer y posteriormente, comenzó a besar y lamer su espalda.

Anna jadeó entrecortadamente al sentir la húmeda caricia. Aunado a esto, el juez llevó una mano hacia sus endurecidos pezones, estimulándolos con finos pellizcos. En pocos segundos la mujer comenzó a ronronear visiblemente excitada, ya que su deseo continuaba latente y eso lo aprovecharía sin dudar.

¡Deja de perder el tiempo, maldita sea!

El ministro se burló de la desesperación del espectro. Pero también era consciente de que ya no podía atrasar más esto, la sirvienta ya estaba lo suficientemente preparada cuando notó más lubricación deslizándose por el interior de sus muslos. Esa señal olfativa incrementó su apetito, lo que casi lo hizo gruñir como animal en celo. Dejó de tocarla y se aproximó por detrás de sus caderas, rozando con su hinchada corona los tibios pliegues de su sexo.

La sierva jadeó con mayor lubricidad y el temblor de su cuerpo se acrecentó. Minos reanudó sus lamidas, mordisqueando al mismo tiempo su cuello y hombros. Tener a la monja tan receptiva y suplicante enardecía su ego, pero quería más, necesitaba escucharla con voz embriagada. Entonces, su virilidad inició una obscena fricción contra su sensitiva carne, estimulándola lo suficiente, pero sin llegar a penetrarla todavía.

Anna reaccionó tal y como lo deseaba.

—¡Por… favor! —

Su ruego voluptuoso se acompañó de otra poderosa sacudida, repegándose contra el juez en una clara invitación. Minos soltó una risita malévola, satisfecho con esa respuesta y, sin contenerse un instante más, le rodeó la cintura con un brazo para mantenerla quieta. Comenzó a introducir su miembro pausadamente, gozando de la increíble sensación de calidez y humedad que le brindaba su palpitante cavidad.

El gimoteo de la mujer se volvió agonizante, sus manos arañaron las sábanas y la mirada se le perdió en la nada. Para el juez no fue difícil intuir que las sensaciones físicas ahora le recorrían la columna vertebral con fuerza. Su lubricación facilitó la penetración y él no se detuvo hasta quedar enterrado por completo en ella.

Tan malditamente satisfactorio e imposible de soportar.

Minos se estremeció ante los poderosos efectos que nacían en su sexo y se extendían por su cuerpo. Liberó su agarre y se quedó quieto, haciendo una pausa estresante, permitiendo que el placer le nublara el razonamiento, jadeando cada vez más profundo. Dicha situación la aprovechó el espectro para divertirse nuevamente.

Muéstrame tu expresión facial, mujer ≫ ordenó, adueñándose brevemente del control.

Con una mano tomó el mentón de la joven, haciendo que ladeara el rostro para mirarlo. Sus pupilas se dilataron ampliamente al distinguir la mueca lasciva que decoraba ese lindo semblante, provocándole una enfermiza fascinación. La humana estaba completamente perdida en su propio deleite.

—Dime Anna… — el Grifo habló a través del juez. —¿Qué sientes en éste momento? — interrogó con viciosa curiosidad y perversión.

La monja se sobresaltó ante sus palabras, pero incluso así, respondió lo mejor que pudo.

—M-Mi señor… — jadeó torpemente y tragó saliva con dificultad. —Yo… no puedo… describirlo… — su voz se escuchó sumamente dulce, tal vez queriendo ser complaciente. —Por favor… quiero… más… —

Su morbosa respuesta fue suficiente para incrementar el brillo de la mirada violácea. El espectro tuvo que reconocerlo, la hembra estaba jugando muy bien sus cartas. Ella era justo lo que necesitaba y la disfrutaría hasta donde fuese posible. Retrocedió en su dominio, permitiendo que Minos retomara el control.

Éste mantuvo su sonrisa perversa, ya que, a estas alturas de la situación, no le inquietaba tanto que la entidad hiciese eso. No dijo nada más, liberándola de su agarre para volver a posicionar el brazo a su lado. Entonces, inició el vaivén de sus caderas, ejecutando un movimiento parsimonioso que provocó celestiales efectos en todo su cuerpo. Anna clamó con más fuerza, dejándose llevar por el acto carnal, complaciéndolo a él y disfrutándolo por igual.

Sus acometidas se mantuvieron lentas, buscando estimular zonas correctas, ya que dicha posición permitía tener un dominio completo sobre lo que sentía la sirvienta. La fricción en su entrada y la presión contra sus paredes íntimas era suficiente para llevarla al límite. Sin embargo, las consecuencias físicas también se reflejaron en Minos, con innumerables descargas nerviosas estresando su médula espinal. En cualquier momento, alcanzaría la cumbre.

Y lo mismo aplicaba para la sierva, quien también se encontraba en el punto más álgido de su excitación y únicamente bastaba con un pequeño impulso para hacerla explotar. Entonces, liberó un gruñido áspero, cerniéndose un poco más sobre ella, sobresaltándola. Sus manos atraparon las de Anna posesivamente para mantenerla en su sitio, mientras que los mechones platinados caían a su lado. Y, por último, sus caderas se adosaron al cuerpo femenino, manteniendo una profunda penetración.

Se quedó quieto una vez más, placiéndose de las contracciones alrededor de su hombría y escuchando su enervante gimoteo. Ahora la mujer temblaba excesivamente, su resuello era bastante errático y aunque no la veía, podía imaginar que tenía el rostro ruborizado y la mirada cristalizada. No sabía cuáles eran sus pensamientos, pero, sin lugar a dudas, permanecían enturbiados por el placer.

Nuevamente la oyó jadear con lubricidad y súplica, confirmándole que ya la había torturado lo suficiente, así que era tiempo de terminar. La oscilación de sus caderas reinició con más fuerza y sin mesura, obligándola a soportar su nuevo ritmo y las consecuencias que eso generó. Un obsceno coro de jadeos llenó la habitación.

Minos cerró los ojos cuando sintió los impulsos viajando por todo su sistema nervioso y conforme aumentaba su empuje, pudo notar cómo el interior de la mujer apretaba su miembro a un grado enloquecedor. El sudor perló su frente y su respiración se hizo entrecortada. Todos sus sentidos se trastornaron con la imagen de Anna entregándose por completo al primitivo ritual.

Súbitamente, la contracción del orgasmo comenzó a gestarse en la base de su miembro y dado que esto era un punto de no retorno, decidió arrastrar a la monja con él. Liberó una de sus manos para luego dirigirse a su entrepierna y embadurnar sus dedos con lubricación. Sin darle tiempo de nada a la sierva, inició una ligera presión sobre su inflamado botón. Esto fue suficiente para que el clímax de Anna estallase frenéticamente.

Su grito estrangulado se acompañó por el arqueo de su cuerpo y el potente abrazo de su cavidad. Entonces, con una última y profunda embestida, el juez derramó su semen con fuerza, para luego dejarse caer en el abismo final. El sublime éxtasis se propagó por todo su ser, obnubilándole la realidad, mientras su rugido gutural secundaba los sonidos de la monja, coreando a la par una melodía casi inmoral.

La satisfacción era lo único que predominaba.

Minos permanecía sobre la mujer, sosteniéndose con ambos brazos, meciendo todavía las caderas lánguidamente. Ella tenía medio cuerpo reposando sobre los cojines, tiritando sin parar, respirando torpemente, aún presa del deleite carnal. Él podía verla a pesar de tener agachado el rostro mientras resoplaba cansadamente. Follarla de esta manera había sido jodidamente satisfactorio, pero también muy agotador.

Ya había pasado bastante tiempo desde la última vez que había gozado tanto en un encuentro sexual. En verdad estaba complacido con su hermosa marioneta, así que ahora le permitiría descansar. Se detuvo finalmente, apartándose de ella y quedándose con una sensación palpitante en el bajo vientre.

Anna se dejó caer sobre las sábanas, tratando de recuperar el aliento. Verla tendida de esa manera le agradaba bastante al ministro, pero no podía permitirle quedarse en su lecho, así que debía alejarla de aquí. Con un leve tirón, la tomó del cabello sin lastimarla e hizo que levantara la cabeza. Sus ojos marrones estaban somnolientos, pero en sus pupilas aún brillaba ese deseo travieso que le encantaba admirar.

Sonrió complacido, acercándose a su rostro y besándola con malicia para recordarle que su disfrute era gracias a él.

—Retírate Anna— la liberó y después se recostó en otro espacio de la cama. —Mañana te quiero despierta temprano— finalizó.

—Sí… señor— susurró, deslizándose hacia la orilla con lentitud.

La miró sostenerse del buró para recoger su hábito y luego tomar la marioneta. Con pasos torpes se alejó rumbo a la salida. Aunque esta vez no se desmayó, su cansancio general era bastante notorio. Quizás no era buena idea yacer con ella tan seguido, no obstante, dicho tema quedaba fuera de discusión. Bostezó con indiferencia, ya que no podía hacer nada y lo mejor era mantener la distancia, puesto que, seguía sin confiar en el espectro.

La vio desaparecer tras las puertas. Esperó hasta que se alejara lo suficiente y luego se sentó en la orilla de la cama.

—¿Qué harás, si no queda preñada? — preguntó repentinamente.

Podía sentir un sutil cosquilleo en la cabeza, la entidad ahora permanecía calmada.

Qué haremos, mejor dicho, no se te olvide que estamos juntos en esto ≫ soltó una risita disimulada. ≪ Aunque, no hay nada de que preocuparse.

—¿Por qué lo dices? —

La criatura se quedó en silencio, ignorándolo por completo. No obstante, el juez logró sentir una extraña complacencia y buen humor de su parte, lo cual era sumamente extraño. Le estaba ocultando algo y probablemente no se lo diría por el momento.

—Habla, ¿Acaso sabes algo que yo no? — el mutismo se mantuvo. —Bestia estúpida— farfulló, poniéndose de pie y bostezando otra vez.

Estaba cansado y deseaba dormir, pero era necesario ocuparse de Lune, si no lo resolvía de una vez, el Grifo no lo dejaría en paz. Además, no era buena idea dejar cabos sueltos, así que se vistió y con un chasquido de sus dedos llamó al Sapuri para que lo cubriese.

Momentos después, abandonó sus aposentos, dirigiéndose a la salida de Ptolomea. Pasó frente a la habitación de Anna y, gracias a la conexión con la marioneta blanca, pudo percibir que ya estaba profundamente dormida. Era lo mejor, ya que probablemente mañana sería un día agitado.

.

.

Tribunal del Silencio.

Minos sabía perfectamente que el interino se hallaba en éste lugar, escondido en alguna parte. Lune no podía regresar al edificio donde moraban los demás espectros, no en su estado actual, porque lo cuestionarían de inmediato. Y, evidentemente, no podía decir nada en absoluto.

Se adentró en el vestíbulo, cerrando las puertas principales y sellándolas momentáneamente con su cosmos. No quería testigos innecesarios que eliminar también. Aunque los soldados Skeleton ya sabían de antemano que no debían entrar a menos que se les llamase.

Se detuvo a media estancia, mirando de un lado a otro, hasta que detectó la presencia del subalterno en el ala oeste.

—Muy bien Lune, tenemos un asunto pendiente— murmuró, encaminándose a dicha zona.

¿Quieres saber por qué intentó agredir a la mujer? ≫ habló con cizaña la criatura.

—Me doy una maldita idea. —

No, no se trata del hecho de estar aislados aquí ≫ habló con un dejo taimado, instigando la molestia de su anfitrión. ≪ El humano, nacido bajo la Estrella Celeste del Talento, tenía un comportamiento vicioso desde joven y eso no disminuyó al convertirse en un soldado de Hades.

El juez estrechó la mirada, entendiendo perfectamente lo que insinuaba la entidad. Ahora comprendía porque Lune a veces tenía comportamientos obsesivos con las almas que juzgaba y con los espectros defectuosos que llegaba a descubrir. Fuesen soldados rasos o monjas oscuras, él se encargaba de eliminarlos… y muy probablemente, se divertía con ellos antes de ejecutarlos.

—Ya cállate, no necesito saber más— gruñó.

Siguió avanzando hasta llegar a una zona de servicio. Disminuyó sus pasos cuando percibió la cosmoenergía del Balrog vibrando ligeramente. Se detuvo en el umbral de la entrada y se quedó observando. Debido a su falta de lengua, el interino estaba comunicándose vía cosmos con una monja oscura. Permanecía sentado en una silla, cerca de una mesa, en la cual había vendajes y artilugios de curación.

¡Con cuidado, monja estúpida! — protestó con frustración cuando ella le acomodó el brazo lastimado en un cabestrillo. —¡Ya no soporto el maldito dolor!

Su rostro se veía pálido y en la boca tenía una gran bola de algodón manchada de sangre. La regeneración apenas comenzaba, lo que la volvía intensamente dolorosa. La sirvienta terminó de anudar la tela que sostenía la extremidad, pero nuevamente la punzada en sus huesos rotos hizo rugir a Lune.

¡Maldita sea! — lanzó una bofetada con la otra mano, golpeando el rostro cubierto de la mujer y arrojándola al suelo bruscamente. —¡Eres una inútil!

Tenía la intención de desquitar su ira con el espectro de servicio, cuando de pronto, la sangre se le congeló al ver a Minos ingresando a la estancia con un aura sumamente diabólica.

¡S-Señor Minos! — se levantó de golpe.

La sirvienta se puso de pie, y sin ningún tipo de expresividad física, emocional o audible, hizo una reverencia hacia el juez Grifo.

—Retírate— ordenó fríamente.

Ella obedeció en completo silencio, dejándolos solos de inmediato. El subordinado comenzó a temblar visiblemente atemorizado, sintiendo cómo su instinto le gritaba peligro inminente.

¡Señor… yo no he dicho absolutamente nada… yo…! — continuó expresándose a través de su cosmos. —¡Es decir… yo no quise…!

El ministro llegó frente a él y lo contempló con una gelidez mortal. Era entendible que en el inframundo se suscitaran todo tipo de cosas perversas, pero él no iba a tolerar dichos comportamientos bajo su jurisdicción y menos si tenían que ver con algo, o alguien, que le perteneciese. En éste caso, Anna era su posesión.

No, él no era nada inocente y sus conductas resultaban muy reprochables. Sí, él era un maldito demonio que mataría y arrasaría todo a su paso si se lo ordenaba "su dios". Pero cuando se trataba de algo personal, el escenario cambiaba e independientemente de que el Grifo quisiera asegurar la jugada en contra de sus "hermanos", Minos sabía que era necesario deshacerse de lacras como Lune.

—Guarda… — levantó el brazo derecho, emanando cosmoenergía. —¡Silencio! — cerró los dedos de la mano con fuerza.

Un hilo violáceo brilló instantáneamente alrededor del cuello del Balrog y comenzó a estrangularlo con pasmosa facilidad.

¡E-Espe…re! — se retorció frenéticamente.

Sin embargo, la siniestra técnica no le dio tiempo de nada, el filamento despedazó carne, tendones y huesos como si fuesen simple papel. El cuerpo del subordinado cayó de rodillas y luego se precipitó al suelo pesadamente. Su cabeza rodó, dejando un camino de sangre.

Bien hecho ≫ sonrió complacida la bestia. ≪ Ahora hay que deshacernos del cuerpo, quizás si lo tiramos en el río Estigia…

—Esto será un problema— murmuró el juez.

No veo porqué, Garuda asesina de vez en cuando a otros espectros ≫ se burló.

—Ya lo sé, pero esos son de bajo nivel, el imbécil de Lune era mi asistente y ahora tendré que hacer todo el trabajo solo de nuevo, carajo. —

Súbitamente, sintió un cosmos familiar manifestándose en el área. Entornó la mirada y escupió una maldición cuando giró el rostro para ver que, a escasos metros, un portal se abría y un par de segundos después, Alone hacía acto de presencia.

¡Mierda, me olvidé del mocoso!

Cállate y deja que yo lo maneje— pensó el juez.

El adolescente caminó hacia él, mientras la puerta dimensional se cerraba por detrás. Traía en la mano derecha un par de pinceles, por lo que, probablemente estaba pintando. Sus ojos se clavaron en el cuerpo del Balrog por unos instantes y aunque dicha escena resultaba grotesca, su semblante se mantuvo serio.

—Con razón Lune no fue al castillo cuando lo llamé— miró al juez con una ceja levantada. —¿Qué te dije acerca de mutilar a los demás espectros? —

Minos hizo una inclinación a modo de saludo y después se alzó de hombros con indiferencia.

—Él tuvo la culpa, metió las narices donde no debía. —

—Se supone que era tu sustituto temporal en la Corte, ¿Qué hizo? — interrogó Alone.

El ministro lo pensó un instante. Era momento de hacer una jugada que, aunque resultaba arriesgada, existía la posibilidad de que funcionase bien, debido a los últimos eventos suscitados entre el mocoso y él.

—¿Conoce la particular situación del linaje de los tres jueces? — comenzó a explicar y casi de inmediato sintió cómo el espectro de Grifo se agitaba dentro de él.

¡Maldito imbécil, cierra el puto hocico! ≫ gruñó con furia.

El muchacho se quedó en silencio por un momento, buscando dicho concepto en las memorias mitológicas concedidas por el alma de Hades. Se dio cuenta que dicho tema no era de dominio común y que solamente estaban involucrados los tres jueces y el gobernante del inframundo. Una situación realmente única y un poco extraña, pero que tenía lógica si se tomaba en cuenta la importancia de conservar el poder.

—Tengo nociones— respondió al fin. —Según el mito, los anfitriones de los tres líderes infernales provienen de antiguos linajes humanos y para mantenerse presentes en la Tierra… deben dejar descendencia— hizo un gesto de curiosidad. —¿Eso que tiene que ver con matar a Lune? —

Minos mantuvo una expresión impasible, pero atento a las reacciones del joven.

—Digamos que… ya tengo escogida a la mujer que me dará vástagos— entonces pateó el cuerpo inerte del interino. —Pero ésta basura quiso propasarse con ella, así que le di un escarmiento. —

La mirada de Alone se amplió bastante, dándose una idea de lo que mencionaba el juez y, al mismo tiempo, sorprendiéndose por semejante información. Es decir, sabía que los líderes tenían dicha misión, pero ésta debía concretarse después de la confrontación contra Athena. Y, por lo visto, el astuto Grifo estaba adelantándose en una clara muestra de hacer trampa para obtener el puesto de juez principal en la próxima guerra santa.

—Comprendo, pero, ¿A cuál mujer te refieres?, ustedes todavía no tienen permiso de salir al exterior— el adolescente lo miró inquisitivo.

El ministro sonrió ladinamente.

—Se trata de una monja oscura, cuya transformación a espectro de servicio falló— soltó sin más ni más. —La tengo resguardada en mi residencia, así que… no he cometido ninguna falta. —

¡Haré que te muerdas la maldita lengua, para que luego te la tragues pedazo a pedazo! ≫ bramó de nuevo la entidad, encolerizada porque sus planes parecían irse a la mierda.

Pero, contrario a lo que esperaba, la situación tomó un giro sorprendente. El anfitrión de Hades comenzó a reír visiblemente divertido, perdiendo totalmente su gesto serio. Dicha reacción desconcertó al Grifo, dándole a entender que la complicidad entre ambos humanos era mucho más compleja de lo que pensó en un inicio.

El juez mantuvo su astuta sonrisa, esperando que su estrategia hubiese funcionado. No tenía nada que perder y casi podía asegurar que el alma de Hades no estaba al corriente de lo que hacía el joven en su nombre y con su poder. Por lo tanto, tampoco sabía del plan que el juzgador de almas ejecutaba.

—Realmente eres interesante, Minos— habló Alone, tomando un respiro para serenarse de nuevo. —Veo que has sabido trabajar con el espectro para su conveniencia— sonrió con malicia. —Tienes mi respeto, haz lo que quieras con el asunto de tu linaje, no es algo que me importe. —

—Gracias, "señor Hades" — hizo otra inclinación, satisfecho de escucharlo. —Solamente quisiera pedirle un único favor— el muchacho asintió prestándole atención. —Necesito permiso para salir al exterior… no puedo permitir que mi descendencia permanezca en el inframundo. —

El adolescente se acercó a los restos del Balrog y tomó su cabeza, mirando con curiosidad el algodón en su boca entreabierta.

—Necesitas llevar a la mujer a un lugar seguro, ¿Ya está embarazada? — interrogó, mientras se agachaba para colocar la pieza humana de vuelta en el cuerpo.

—Sí, lo está— el juez mintió cínicamente. —Voy a dejarla en la isla de los Curanderos, así que será necesario que el pasaje a dicho lugar sea abierto de nuevo. —

—Bien, tienes mi permiso para salir, llévala a donde mejor te parezca— chasqueó los dedos de una mano. —El pasaje ya está abierto y ahora dime— retiró el algodón ensangrentado. —¿Dónde está su lengua? —

Un gesto malévolo se dibujó en el rostro de Minos.

—Se la arranqué y la tiré a la basura— dijo burlonamente. —Ya no la va a necesitar. —

Alone rodó los ojos y terminó de acomodar la cabeza.

—La va a requerir, tendré que regenerársela también— comenzó a manifestar su cosmos con ambas manos, envolviendo el cuerpo de Lune. —Debo revivirlo, lo necesito para usarlo en algo que tengo planeado más adelante— escuchó el resoplido molesto de Minos. —Y no te preocupes, él no recordará absolutamente nada de esto, me encargaré de borrar su conciencia humana por completo, dejando únicamente lo necesario para que me sea útil, así que, no lo mates de nuevo. —

El ministro no parecía muy convencido, pero dado que ya había conseguido lo que necesitaba, optó por guardar silencio. La cosmoenergía divina restauró el cuerpo humano, sanando por completo el daño físico y sus heridas. Entonces Alone sopló un aliento oscuro sobre el rostro de Lune y ambos pudieron sentir que de nuevo el espectro de Balrog tomaba posesión de su anfitrión.

—Bien, con eso será suficiente— se incorporó, haciendo un gesto de sacudirse las manos. —No despertará hasta mañana, así que déjalo aquí— caminó hacia la puerta.

—Entonces quedo en espera de la reunión que se llevará a cabo— Minos lo siguió con la mirada.

El adolescente confirmó con un movimiento de cabeza, mientras abría nuevamente un portal y lo cruzaba. Desapareció y todo quedó en silencio por un breve instante.

¡¿Pero qué mierda ha pasado aquí?! ≫ habló el Grifo, no entendiendo bien en dónde se perdió. ≪ Ese maldito mocoso, está haciendo su completa voluntad… pero debo reconocer que nos conviene que siga así ≫ terminó por resignarse.

—Me alegra ver que te tragas tus palabras, bestia ambiciosa— exhaló cansadamente el juez, dirigiéndose a la salida. —Ya tienes lo que querías, tu plan sigue en marcha, así que cierra el pico y déjame en paz por un rato. —

Escuchó su risa complacida y luego su mutismo. Al menos tendría un poco de descanso por lo que restaba de la noche.


Continuará...

Así fue como Minos consiguió sacar a Anna del inframundo, supo jugar sus cartas con Alone. Pero el trato que tienen, todavía da para más cosas ;)

Por favor, déjenme sus comentarios, me encanta leerlos ;)

27/Octubre/2021