Hola :D
Por fin les traigo la continuación. Me costó un poquito de trabajo desarrollarla, porque a partir de aquí, la historia va a extenderse un poco más. En el capítulo 11 del fanfic "Anna y el Grifo", el último encuentro sexual entre la monja y el juez fue narrado en su totalidad. Pero aquí, debido a la extensión, tuve que dividirlo en dos partes. Esto era necesario, ya que voy contar lo que sucedió en la pelea de Minos y Albafica. Por otro lado, el pacto hecho con Alone, no ha terminado y la "relación" que tienen Minos y Anna tampoco, pero eso lo leerán más adelante XD
Gracias por su tiempo y reviews, me alegran el día y me motivan :3
*Christiania: Nombre de la capital Noruega, Oslo, en el siglo XVIII.
Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP
Sobre sus comentarios:
Hokuto Sexy: Gusto en leerte y concuerdo contigo, Minos podría ser fiel a la diosa Afrodita, por cierto, hice un guiño a tu comentario en éste capítulo ;3 El Grifo es bastante cretino y cruel hasta cierto punto y a partir de aquí se podrá ver un poco de eso. Muchas gracias por comentar :)
Natalita07: Gracias por tu fidelidad, eres un gran apoyo :D Efectivamente, Anna se ha acostumbrado a sobrellevar los caprichos de Minos, es algo que le conviene para su seguridad y libertad. La pelea con Albafica la abarcaré más adelante ;) Gracias por tus comentarios ;)
Ginink: Es grato leerte y aunque no tienes cuenta para poder expresarte de mejor manera mi agradecimiento, en verdad aprecio que te des una vuelta por mis fanfics :D Anna tiene una suerte extraña, pero bueno, el juez ha estado a la altura, aunque sea un pervertido XD Muchas gracias por comentar y apoyar :D
WienGirl: Tienes razón con lo de retomar las historias, pero no te preocupes, el fanfic se concluirá éste año, lo prometo ;D Me alegra leer que te encanta mi perverso Minos y agradezco tus comentarios :)
Leyla: Es bueno saber de ti y que estás en la universidad, mucha suerte. Gracias por leer y apoyar a esta parejita, y si, veremos la pelea entre Minos y Albafica y lo que sucedió en ese momento y posteriormente ;D gracias por leer.
Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P
Capítulo XI
Al día siguiente, por la mañana.
Minos se encontraba en la oficina de los jueces, afinando los últimos detalles para la incursión al Santuario. Esto no tenía por qué ser tan complicado, dado que únicamente era una distracción. Así que, tan pronto terminó sus anotaciones, se dirigió al área del Tribunal, encontrándose con Lune.
Ahora el Balrog se desempeñaba mejor en su trabajo, sin tantas manías con las almas. Y aunque seguía despedazando algunos muertos con su látigo, las sentencias se ejecutaban sin retraso alguno. Esto era perfecto para Minos, ya que así tendría completa libertad de ir y venir según lo requiriese.
—Voy a las barracas, encárgate de todo— dijo el juez, mientras bajaba las escaleras.
—Si señor, como usted diga. —
Una vez que salió de la Corte del Silencio, el ministro emprendió el vuelo en dirección a la segunda prisión. No muy lejos del templo egipcio, se ubicaban las barracas de los espectros y un campo de entrenamiento.
≪ ¿Qué tienes planeado para la mujer?, ¿Cómo garantizarás que no muera de hambre? ≫ preguntó de repente el espectro.
El hombre rodó los ojos, había guardado la esperanza de no tener que soportar su voz ese día, lamentablemente, eso no fue posible.
—Le daré algunas joyas de las que me sobraron, podrá venderlas y con eso tendrá suficiente para sobrevivir— dijo con simpleza.
≪ ¿Joyas?, más te vale que sean suficientes, recuerda que tienes prohibido regresar a Christiania ≫ gruñó en advertencia.
—Ya lo sé, no tienes por qué recordármelo, maldita sea— masculló el juez con molestia. —Y si no alcanzan, mandaré por más, después de todo, aún tengo contactos en el exterior. —
Se hizo el silencio.
A Minos le molestaba recordar el infame trato que tuvo que aceptar por parte del Grifo cuando recién se enteró de que formaba parte del linaje de los líderes del inframundo y que, por lo tanto, estaba obligado a convertirse en su vasija humana para albergarlo durante la guerra santa del presente siglo.
Dicha negociación fue injusta e implicó el abandono total de su antigua vida, incluyendo familia, amistades y negocios. No obstante, la entidad mitológica le permitió mantener correspondencia, condicionada y vigilada, con ellos. Algo que aprovechó el juez para no desarraigarse del mundo normal.
Pero éste no era el mejor momento para recordar, así que se apresuró al campo de entrenamiento.
…
Su lugarteniente ya lo esperaba, junto con los demás espectros que lo acompañarían en la invasión al Santuario. Descendió con elegancia y de inmediato los soldados hicieron una reverencia. Todos se mostraban ansiosos por salir del inframundo y enfrentarse contra los santos de Athena.
—Bienvenido, señor Minos— dijo Byaku. —Los hombres están listos para escuchar sus indicaciones. —
—Bien, presten atención— habló Minos, entregándole un pergamino al Nigromante. —Ahí están los detalles finales del plan que ejecutaremos, los leerán a detalle y memorizarán— empezó a caminar de un lado a otro con las manos por detrás. —Partiremos a media noche desde el Castillo, usaremos un pasaje del inframundo para salvar la distancia que hay entre Italia y Grecia, pero, una vez que estemos allá, viajaremos a pie. —
Uno de los guerreros levantó la mano, el juez le concedió la palabra.
—Señor, ¿Podremos usar nuestro cosmos para ir más rápido? —
El mencionado negó con el rostro.
—No— resopló aburridamente. —Aunque pueden sortear grandes distancias y alturas considerables, no tienen la capacidad de volar, si emplean su cosmoenergía, podrían ser detectados y lo que necesitamos es llegar a los límites del Santuario en completo anonimato. —
Otro soldado pidió hablar.
—¿A dónde nos llevará el pasaje?, señor. —
—A la cuidad de Atenas y a partir de ahí, nos movilizaremos a velocidad controlada— respondió el ministro. —Llegaremos a nuestro destino cerca del amanecer. —
—¿Habrá restricciones para el asedio? — preguntó Byaku.
Minos lo pensó un instante, no estaba seguro de lo que sucedería una vez que llegasen al lugar. Sin embargo, Alone fue muy específico, él quería bajas en el ejército de Athena.
—Tienen carta blanca— se limitó a decir.
Los once espectros alabaron con malsanas sonrisas aquella respuesta. Era obvio que su sed de sangre no solamente se quedaba en el aspecto bélico. El encierro en el inframundo ya los tenía exacerbados, como los perros de guerra que eran, así que, obviamente, sus ganas por destrozar algo no serían contenidas.
—Prepárense y aliméntense lo suficiente, los quiero listos para esta noche— finalizó.
—¡Sí, señor! — respondieron al unísono.
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.
Tribunal del Silencio.
Minos ingresó al edificio, marchando directamente hacia la oficina de los jueces. Tenía la intención de buscar en su escritorio personal un guardado de joyas que dejó ahí la última vez que salió a divertirse al mundo exterior. Pasó de largo a Lune y al grupo de almas que juzgaba en ese momento. Pero antes de llegar al umbral en el muro, el subalterno lo llamó.
—Señor Minos, los jueces Rhadamanthys y Aiacos lo están esperando… parecen algo inquietos. —
El hombre entornó la mirada y sin decir nada, desapareció tras la puerta de piedra.
—¿Qué querrán? —
≪ Probablemente siguen molestos porque el mocoso no los envió a ellos al Santuario ≫ mencionó el Grifo.
Entró a la oficina, encontrándose con sus homólogos sentados en la estancia, comiendo plácidamente y bebiendo vino en vez de hacer su trabajo como ministros. Aunque eso quedó en segundo plano cuando se percató de que había algo diferente en ambos, tanto en su presencia, como en su cosmoenergía.
—Vaya, vaya, al fin se dignan a venir— dijo burlón, pero prestando completa atención cuando sintió el recelo del espectro en su interior. —Aunque veo que sólo para perder el tiempo— tomó asiento en un sillón.
—No hagas tanto drama— respondió el Wyvern, quien masticaba un pedazo de carne sin elegancia alguna. —Tú eres el que va a divertirse primero con los santos de Athena, así que nosotros continuaremos con el trabajo en el Tribunal. —
Era Rhadamanthys quien hablaba, pero había algo inquietante en su expresión, que no congeniaba con la seriedad normal del humano que Minos conocía, aparte del obvio comportamiento animalesco al comer.
—Venimos para hablar sobre otro tema que nos atañe a los tres y que seguramente "el Grifo" ya te mencionó— intervino Aiacos, quien bebía lentamente de una copa de vino.
El recién llegado notó el mismo rasgo extraño en el juez Garuda, pero no tuvo tiempo de razonar lo que estaba pasando, ya que la súbita punzada en su cabeza le provocó un fuerte mareo.
≪ ¡Maldita sea, son mis hermanos! ≫ siseó la bestia, tomando el control total de su vasija humana. ≪ Yo me encargo de esto. ≫
Tras recuperarse de la molesta sensación, Minos guardó silencio, dejando que el Grifo interactuara con los otros líderes infernales, quienes se manifestaron por completo en sus respectivos portadores. Dicha situación era insólita, ya que jamás había ocurrido desde que se convirtió en juez.
—Vamos al grano, ¿De qué rayos quieren hablar? — se expresó la criatura a través de Minos, otorgándole el mismo aire perturbador que los otros dos. —Estoy ocupado con las órdenes de "nuestro dios". —
—Ya lo sabemos— gruñó el espectro de Wyvern, tras dar otra mordida a la carne y saborearla con avidez. —Pero eso no quiere decir que debas ignorar el tema de nuestro linaje… en especial cuando eres tú el más ambicioso de los tres—espetó mordaz.
El aludido torció su sonrisa.
≪ Carajo, estos idiotas están más despiertos en éste siglo ≫ se carcajeó con cinismo, acción que únicamente su portador escuchó. —Ah, eso… no me acordaba— respondió tranquilamente, mientras tomaba una postura relajada contra el respaldo del mueble.
—Por favor, no nos subestimes, hermano— habló nuevamente Garuda, apartando la copa y tomando algo de alimento con la otra mano para llevárselo a la boca sin la más mínima muestra de modales. —Sabemos lo tramposo que eres, así que decidimos venir a recordártelo: Nuestro señor Hades acaba de despertar y, tan pronto lo permita, todos tendremos la oportunidad de ir a buscar lo que necesitamos para extender nuestras líneas de sangre, por lo tanto, NO te atrevas a usar la oportunidad de salir antes para adelantarnos— advirtió con seriedad.
Minos se tensó por un instante, temiendo que esto se encaminase al desastre, debido a lo que ya había hecho bajo las órdenes del Grifo. Sin embargo, la desvergonzada sonrisa de la bestia y su engreída forma de expresarse, le dejaron en claro que el juzgador de almas ya tenía la completa ventaja sobre sus homólogos y que, únicamente, estaba burlándose de ellos.
—Me ofenden, hermanos— rodó los ojos y resopló con indiferencia. —Lo importante es ganar la guerra santa para el "señor Hades", el tema de nuestras estirpes puede esperar, además, ustedes mismos lo dijeron— los observó con frialdad. —Soy el único que no ha encontrado "compañía agradable" en éste maldito lugar… y si de advertencias se trata, yo les recuerdo que sus acompañantes actuales están prohibidas. —
Los otros se miraron entre sí, no logrando disimular aquella minúscula expresión facial que los delataba ante el comentario del Grifo. Ambos líderes, Wyvern y Garuda, eran conscientes de que sus anfitriones humanos tenían una relación demasiado cercana con ciertas mujeres del ejército de Hades. Si bien, no habían pasado de algo más allá que el respeto, la lealtad, la confianza y un asomo de coqueteo, quedaba en claro que dichas relaciones eran indebidas.
Aunque ambos se hacían los tontos por conveniencia.
—No hemos cometido ninguna falta y más vale que tú tampoco— masculló Wyvern. —No creas que siempre serás el juez principal. —
El Grifo soltó una risita cínica.
—No sean tan rencorosos, no fue mi culpa que sus anteriores vasijas humanas tuvieran problemas de impotencia y que eso haya retrasado el que engendraran crías antes que yo— escupió la puya descaradamente. —O, si ese no fue el caso, entonces deberían tener cuidado al escoger a las hembras con las que van a perpetuar sus linajes, éstas siempre deben ser fértiles. —
Ambos espectros gruñeron por lo bajo, su hermano era muy insolente en dichos temas. Aunque estaban acostumbrados a ello, ya que siempre se provocaban los unos a los otros cuando se trataba del juego por conservar la jerarquía y el poder en cada guerra santa.
—Cierra el pico, que tus métodos no son los más decentes, maldito vicioso— le recriminó Garuda. —No creas que no sabemos lo que has hecho en el pasado con tal de aventajarnos, tú también has cometido muchas estupideces y puesto en riesgo tu línea de sucesores. —
El aludido simplemente se limitó a levantar los hombros con indolencia, no iba a permitirles tomar ventaja, a pesar de que sus burlas fuesen ciertas. No le preocupaba en lo más mínimo sus reclamos y tampoco le importaba mentir y hacer trampa con tal de mantener su estatus.
—Pero no sucedió y esta vez tomaré precauciones— el Grifo hizo una mueca divertida. —Ustedes son los que deberían prestar atención a lo que sucede a su alrededor, no vaya a ser que se les escape la oportunidad, es decir, ya tienen una ventaja sobre mí con aquellas mujeres. —
Garuda soltó un resoplido molesto y siguió comiendo con las manos sin moderación alguna. Dicha contestación le llegaba más directo a él por la relación que tenía su portador Aiacos con la guerrera Violeta. Si bien, podría ser una ventaja, no sería viable si no obtenía el beneplácito de Hades, ya que el dios no permitía las uniones dentro de su ejército de Estrellas Malignas.
En cuanto al Wyvern, éste se limitó a observar inquisitivamente al juzgador de almas. El comentario también aludía a la cercanía que su portador Rhadamanthys tenía con la dirigente del ejército infernal, Pandora. No obstante, él sabía cómo irritar a su prepotente compañero.
—Veo que te molesta el hecho de que nuestros anfitriones tengan compañía femenina, pero no creo que tú vayas a quedarte tan tranquilo, dime Grifo, ¿Por qué estabas tallando huesos el otro día?, ¿Acaso ya estás planeando hacer otro objeto para heredar a tu descendencia, la cual se supone, aún no existe? —
La expresión socarrona se borró del rostro de Minos.
El espectro en su interior bufó con molestia, ya que dicho cuestionamiento era un punto vulnerable en sus planes y que sus hermanos conocían bien. Desde la época del mito, cuando sus linajes comenzaron a extenderse por el mundo, el Grifo creaba un objeto elaborado con los huesos de su anterior portador y lo impregnaba con su cosmos, para luego dejarlo en posesión de sus descendientes. Esto le servía para mantener cierta "vigilancia" de su estirpe y, al mismo tiempo, fungir como un "faro" para localizar a sus herederos en el futuro más rápidamente, que si sólo se basaba en la posición de las estrellas en el cielo.
El objeto podía ser cualquier cosa: Un collar elegante, una figura decorativa, un peine tallado finamente… una marioneta para jugar.
En ese instante, Minos comprendió un par de cosas, dado que algunos pensamientos de la entidad mitológica se revelaron para él fugazmente. El títere que había elaborado, ya tenía un destino planificado con anterioridad y ahora mismo cumplía su función de vigilancia con Anna. En cuanto al objeto que su propia familia heredó del juez anterior, se trataba de la peineta de su madre, una bella pieza hecha de hueso humano e incrustada con fina pedrería. No era coincidencia que la hubiese traído con sus pertenencias una vez que el espectro lo poseyó.
≪ ¡Mierda, sabía que no era buena idea que nos vieran tallando los huesos! ≫ masculló.
—Te quedaste callado— intervino Garuda, ahora sonriendo burlón. —Entonces, lo que tallabas en el Salón de Guerra, una marioneta por lo que alcance a notar, es el nuevo objeto que usarás, ¿Verdad? — lo miró con suspicacia, mientras bebía otro sorbo de vino. —Pareciera que ya estás planeando algo. —
El anfitrión del Grifo de puso de pie, sin disimular su tenebrosa expresión.
—¿Y si así fuera? — contestó altanero y desafiante. —¿Tienen algún problema con eso?, que yo sepa, nada me prohíbe jugar con los huesos de mi estirpe, además, no pueden acusarme de nada y solamente Hades podría percatarse de cualquier cosa respecto a nuestras líneas de sangre. —
Exactamente.
Sólo Hades puede darse cuenta de la fechoría del Grifo. Pero el dios del inframundo no estaba aquí y no lo estaría pronto, gracias a Alone. Además, el mocoso ya conocía su travesura y no le importaba en absoluto. Sus planes no podrían haber ido mejor.
En ese momento, el portador del Wyvern se levantó y lo encaró de forma directa. Ambos jueces quedaron frente a frente, permitiendo que sus cosmoenergías se manifestasen con la forma de ambas bestias. No iban a pelear, simplemente era un careo a modo de advertencia.
—Nadie está acusándote de nada, simplemente es sospechosa tu actitud— casi le escupió en la cara restos de carne masticada. —Pero que te quede en claro, Grifo, esta vez no te quedarás con el puesto de juzgador de almas. —
El mencionado comenzó a reír levemente, irritando todavía más a su homólogo.
—Bien, te deseo buena suerte— hizo una mueca de asco y el ademán de abanicarse con la mano. —Y haz algo con tu vasija humana, aparte del mal aliento, si sigue tragando alcohol sin medida, no te servirá para… ya sabes— se burló.
Antes de que el ofendido pudiese responder al insulto, o darle un golpe, el tercer juez se acercó y los apartó a los dos con un firme empujón, consiguiendo que se distanciaran.
—Tranquilícense idiotas, no querrán hacer un circo que llame la atención de nuestro señor. —
—¡No te metas, Garuda! — reclamó Wyvern. —¡Quizás a ti no te importa, pero a mí me fastidia su maldita actitud! — miró con desprecio al Grifo.
Éste rodó los ojos y suspiró aburridamente, caminando hacia la salida del lugar.
—Si, yo también los quiero, hermanitos. —
Alcanzó a escuchar que ambos jueces mascullaron un par de insultos para él mientras cerraba la puerta, pero no se inmutó en lo más mínimo. A decir verdad, esta pequeña reunión le resultó demasiado divertida. Se encaminó a la zona oeste y salió del edificio por ese lado, emprendiendo el vuelo de inmediato.
—Bestia estúpida, estás arriesgando tus planes— reclamó Minos, tan pronto se sintió libre de su dominio.
≪ No es así, tengo todo bajo control ≫ mantuvo su mueca ladina. ≪ No sabía que ellos vendrían, aunque no me sorprende, ya esperaba su inútil advertencia. ≫
El juez se elevó un poco más, tomando dirección hacia Ptolomea.
—Ellos se percataron de la marioneta, no tardarán en descubrir lo que hicimos y tendremos problemas. —
≪ Ya es demasiado tarde ≫ fue lo único que dijo, quedándose de pronto en silencio.
Minos se desconcertó al escuchar aquellas palabras, al mismo tiempo que percibía el excesivo buen humor del espectro. Esto le molestaba, ya que de nuevo confirmaba que algo le ocultaba. Sin embargo, decidió no cuestionar por ahora.
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Ptolomea.
Llegó a su residencia e ingresó, dirigiéndose a la biblioteca.
Dado que no pudo buscar las joyas en el Tribunal, debido a las inesperadas visitas, decidió que usaría la reserva que mantenía guardada allí. Nadie pensaría que un juez necesitase joyas terrenales en el inframundo, porque, al pertenecer a la casta más alta de guerreros, los lujos y comodidades estaban completamente disponibles para ellos.
No obstante, cuando aún tenían permitido salir al exterior para distraerse, siempre se necesitaba dinero para gastar. Y Minos tenía sus propios medios, producto del negocio familiar, el cual se trataba de la comercialización de piedras preciosas traídas desde la India. Su vida pasada fue muy grata y prospera, hasta que el Grifo apareció para joderlo todo.
Entró a la biblioteca y tomó asiento en su elegante silla. Se puso a buscar algo en los cajones, mientras hacía un llamado con su cosmos.
—Fyodor— convocó al vigía del Yomotsu.
Un par de segundos después, éste respondió.
—Ordene, señor Minos. —
—¿Alguna novedad con el alma de Pegaso? — interrogó, a la vez que depositaba un pequeño saco de piel oscura sobre el escritorio.
—No señor, el mocoso todavía sigue inconsciente, ¿Quiere que fuerce su despertar? — propuso Mandrágora con malicia en la voz.
—No Fyodor, no quiero que maltrates esa alma, el señor Hades la necesita intacta, así que vigílala y no hagas mención de esto a nadie, a menos que suceda algo— indicó el juez, vaciando el contenido del saco. —Y otra cosa más, esta noche partiré con un grupo de hombres hacia el Santuario de Athena para iniciar el primer ataque, así que mantente alerta, las almas de los santos que lleguen próximamente, serán enviadas al Cocytos tras un rápido juicio. —
—Entendido, señor. —
Minos finalizó el enlace de cosmos, poniéndose a ordenar las joyas y el oro que había tenido guardado por algún tiempo.
≪ Vaya, creo que con esto, la mujer podrá sobrevivir sin problema alguno ≫ se manifestó una vez más la entidad.
El ministro no dijo nada, simplemente contó en grupos todas las piezas: Varios anillos engarzados con diamantes, aretes tallados finamente, un par de collares con muchas perlas, múltiples piedras preciosas sueltas y bastantes monedas de oro. Con semejante tesoro, dudaba que Anna tuviese dificultades para mantenerse sola. Tendría que hacerlo quisiera o no, porque una vez que la guerra alcanzase su punto más alto, él estaría demasiado ocupado junto con los otros líderes.
—Bien, se lo daré al rato— mencionó el juez, regresando todo al saco de piel y cerrándolo bien. —Y ahora, bestia, dime qué es lo que ocultas, ¿Por qué tanta seguridad al burlarte de tus hermanos?, ¿Y a qué te refieres cuando dices que ya es demasiado tarde? —
Silencio.
El Grifo lo ignoró por varios segundos, pero el hombre volvió a insistir con cierto enojo.
—¡Habla de una vez!, ¡Tengo derecho a saber en qué estupideces me involucras! —
≪ ¿Para qué quieres saberlo?, eso no cambiará nada. ≫
Se levantó del sillón y caminó a la salida, llevándose las joyas con él.
—Si no cambia nada, tampoco te afecta el decírmelo— masculló molesto. —Estoy comenzando a fastidiarme de tu actitud y de los riesgos que estamos corriendo. —
≪ El riesgo solamente fue al principio, cuando creí que Hades estaba despertando en el cuerpo de ese maldito mocoso y cuando le revelaste lo de nuestro linaje. ≫
—Pues dicho contratiempo te ha beneficiado bastante— entornó la mirada, a la vez que recorría el pasillo rumbo a sus aposentos. —Así que, dime, ¿Por qué no debería inquietarme con las provocaciones que les haces a los otros jueces? —
De nuevo la risa burlona, y casi malévola, de la criatura se dejó escuchar en su mente. Aquella entidad en verdad parecía estar obsesionada con el poder, cosa que ya estaba preocupando, sólo un poco, a Minos.
Durante todo el tiempo que llevaba siendo juez del inframundo, no había tenido dificultades con nadie. Sus deberes ministeriales los ejecutaba al pie de la letra y aunque disfrutaba del poder que tenía sobre los demás espectros y las almas de los muertos, realmente ya comenzaba a aburrirse de todo esto. Por lo tanto, buscar problemas gratuitos, no estaba entre sus planes futuros.
No obstante, la bestia parecía empecinada en complicarle la existencia.
≪ Porque ellos ya no pueden hacer nada al respecto… nuestro linaje, ya es un hecho ≫ soltó con simpleza.
El hombre detuvo sus pasos de golpe y la estupefacción se dibujó en su rostro.
—¡¿Qué?! — sintió una sensación extraña en el pecho. —¡Estas diciendo que…! —
≪ Sí, nuestra linda marioneta, ya está preñada ≫ se expresó con perversa altivez. ≪ Lo has hecho muy bien, Minos, y también debo decir que las estrellas se alinearon perfectamente para toparnos con esa mujer en particular. ≫
El juez se quedó en silencio, intentando digerir semejante revelación. Reinició su marcha mecánicamente, pero por breves instantes, no supo cómo reaccionar o qué decir al respecto. No podía creer que la sierva ya estuviese embarazada tan pronto.
¿Cómo era posible?, ¿Cómo lo sabía el espectro?, ¿Desde cuándo?
≪ Ah, ya veo, la curiosidad te carcome, pues bien, ya que insistes tanto, te lo diré ≫ continuó hablando, divirtiéndose con el desconcierto de su portador. ≪ Al parecer, la hembra estaba pasando por un periodo de fertilidad cuando fue "reclutada" por Luco de Dríades, el enlace con la marioneta de hueso me permite leer su cosmos, por lo tanto, puedo percibir su biología humana, algo fácil para un ser como yo. ≫
—Carajo… —
≪ Por eso mismo necesitaba que la follaras cuanto antes ≫ se rio descaradamente. ≪ Y mira nada más, desde el primer momento funcionó, ¡Lo que simplemente fue perfecto! ≫
Minos abrió los ojos con asombro, asimilando lentamente lo escuchado. No supo el motivo, pero dicha revelación, y la forma en que fue dicha, generó un notorio desagrado en él.
—¡¿Por qué diablos…?! —
Tuvo la intención de reclamar, pero el espectro se le adelantó, provocándole un súbito dolor que le atravesó el cráneo en las cuatro direcciones cardinales.
≪ ¡¿Por qué seguir fornicando con ella, si ya está preñada?!, ¡¿Eso ibas a preguntar?!… ¡La respuesta es muy simple! ≫ dijo con una repentina seriedad que moduló su voz a un tono sobrenatural. ≪ ¡Porque así lo quiero yo!, ¡Porque así lo deseas tú!, ¡Y porque has demostrado ser un excelente ofrendador a la deidad de los placeres carnales, a pesar de que tu maldita lealtad no está con ningún dios! ≫
El sufrimiento mental lo forzó a detenerse, dejando caer el saco de joyas al piso para llevarse las manos a las sienes. Su quejido fue en aumento ante el inesperado castigo y la extraña verborrea.
—¡Ya… b-basta! — se dejó caer de rodillas al suelo, debido al poderoso vértigo que lo aturdió.
≪ Lo reconozco, a través de tus sentidos he gozado demasiado yacer con la mujer, por lo tanto, esto no terminará hasta que yo lo decida ≫ poco a poco fue liberándolo del escarmiento. ≪ Deseo seguir divirtiéndome con Anna, quiero continuar burlándome de mis hermanos, y ya de paso, beneficiarme del pacto que hiciste con el mocoso, porque, "estar de su lado", protege completamente mi jugada. ≫
El juez respiraba con dificultad, manteniendo los dientes apretados, mientras que el sudor perlaba su frente. La punzada ya disminuía, pero el mareo no. Sin embargo, ahora entendía su violento arranque: El espectro lo hacía para someterlo, para recordarle que, aparte de ser su vasija humana, también era su títere, obligado a obedecerle quisiera o no. Además, con esto también le reiteraba que no debía cuestionar sus métodos ni su proceder.
—¡P-Púdrete… bastardo! — dijo furioso.
≪ Más te vale seguir cooperando Minos… recuerda a los que dejaste atrás, ellos no están a salvo de mi ≫ amenazó fríamente. ≪ Ahora, toma un descanso, porque en un rato más, iremos con ella. ≫
Por única respuesta, el puño cerrado del juez golpeó violentamente el muro cercano a su derecha, provocando un enorme boquete, dejando en claro su nivel de frustración. Escupió un par de insultos soeces en su lengua madre mientras recogía el saco de piel y se levantaba del suelo. No dijo absolutamente nada, retomando el camino hacia sus habitaciones.
…
Rato después, permanecía sumergido en la piscina del salón de termas, relajándose momentáneamente luego de asearse.
La entidad no volvió a manifestarse, dándole un respiro a su mente. Él era consciente de que no podría hacer nada respecto a sus intenciones y aunque no se consideraba un tipo decente, y tampoco tendría porque importarle el destino de la monja, toda esta situación ya lo tenía estresado y hastiado.
Sonrió de medio lado, ya buscaría la forma de molestar al Grifo, aunque fuera sólo un poco. Salió del agua y se encaminó a su habitación para alistarse.
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Isla de los Curanderos.
El anochecer por fin había caído sobre el pueblo y Minos lo sobrevolaba, sirviéndose de la oscuridad para que no lo notasen. Y si alguien lo hacía, más le convenía fingir no haberlo visto, a menos que quisiera sufrir una muerte dolorosa. Fue acercándose a la casa donde permanecía la mujer, en esta ocasión, decidió que bajaría en el patio trasero, dado que, posarse en el marco de la ventana, era un poco incómodo.
Sus alas lo bajaron lentamente con algunos aleteos más, los cuales seguramente llamaron la atención de Anna, ya que, justamente cuando él tocaba suelo, la puerta posterior de la vivienda se abrió y ella salió al patio. Esto se le hizo extraño al juez, quien la miró con una mueca de leve sorpresa, mientras la brisa del último batir, le agitaba el vestido y el cabello, dándole un aspecto gracioso.
—Vaya mujer, pensé que habrías intentado huir nuevamente— dijo socarrón.
Mencionó dichas palabras únicamente para ver su reacción, ya que sabía perfectamente que no podía escapar, aunque quisiese. La marioneta de hueso no se despegaría de ella en absoluto, imposibilitándole huir o esconderse.
—Señor Minos, bienvenido— hizo una reverencia.
Ese gesto de sumisión le indicó al hombre que ella estaba aprovechando bien su oportunidad: Hacer lo necesario para mantenerlo contento. Se acercó y aunque notó su leve sobresalto, se sintió complacido.
—Muy bien Anna, me agrada esa actitud— colocó la mano bajo su mentón para levantarle el rostro. —Si sigues portándote bien, yo podría ser más benevolente contigo— sonrió arrogante.
La mujer asintió despacio y luego retrocedió para permitirle el acceso a la casa. Su expresión denotaba algo de curiosidad, posiblemente muchas preguntas se generaban en su cabeza debido a la actitud relajada del juez. Y no era para menos, permitirle quedarse en la isla y gozar de cierto grado de libertad, era algo que tal vez la inquietaba demasiado.
Minos ingresó con sobrada confianza y tomó asiento en el diván relajadamente, casi como si fuese el dueño de la casa. La sierva tragó saliva despacio, cavilando si debía ofrecerle algo, después de todo, sus labores de servidumbre continuaban.
—¿Desea algo de beber?, mi señor— preguntó dudosa.
El mencionado sonrió con travesura antes de hablar. Sabía perfectamente que la mujer estaba limitada en recursos dado que apenas regresó del inframundo, pero, incluso así, demostraba hospitalidad.
—No creo que tengas vino aquí— ella negó despacio, probablemente sólo tendría agua, café o té para ofrecer. Aunque eso realmente no importaba, el juez venía con otras intenciones y para resolver un par de dudas. —No tengo sed por el momento, pero quiero que me respondas algo. —
El repentino cambio de conversación provocó un gesto nervioso en la sierva.
—Dime Anna, ¿Ya empezaste a consumir alimentos? — preguntó de la nada, observándola con interés.
La joven se quedó muda por un instante, seguramente sorprendida por tan extraña pregunta. Es decir, los espectros de servicio no necesitan consumir alimentos cuando están en el inframundo. Pero dicha situación cambia radicalmente cuando regresan al mundo exterior. El juez necesitaba confirmar que el metabolismo de Anna ya había vuelto a la normalidad, de lo contrario, el embarazo sería un riesgo.
—Yo… — hizo una pausa, dudando en contestar. —Sí, señor… he tenido que comer y beber nuevamente. —
La sonrisa de Minos se torció con gran satisfacción. Escuchar aquella respuesta le confirmó que todo iba perfecto y que la mujer podría gestar a su descendencia sin problema alguno.
—Me parece bien, entonces continúa alimentándote… lo necesitarás— dijo con un curioso y extraño brillo en las pupilas.
La sirvienta lo miró con atención tras escuchar las últimas dos palabras, su curiosidad ahora se hizo más evidente, así que de nueva cuenta se atrevió a indagar.
—S-Señor Minos… — tomó un poco de aire. —¿Puedo preguntar por qué… por qué me sacó del inframundo? —
El ministro se sorprendió por su audacia al interrogarlo, pero no lo demostró. Su expresión se mantuvo sin cambios, únicamente estrechando un poco más la mirada sobre ella y ampliando la curvatura de sus labios. Un aire de malicia se hizo presente en él, delatando que aquella conducta le resultó sumamente divertida.
Y no solo eso, ya que, sin proponérselo, la mujer le había dado la oportunidad que necesitaba para incordiar al espectro.
—¿En verdad quieres saberlo? — hizo un gesto con la mano, llamándola.
Anna obedeció de inmediato, acercándose y arrodillándose frente a él. Se dio cuenta que el ministro no se molestó con su impertinencia, sino que, más bien, se veía dispuesto a saciar su curiosidad. Inhaló y exhaló despacio, manteniéndose lo más serena que podía, tratando de no mostrar ansiedad por conocer sus razones.
La mirada violácea del juez la contempló con intensidad, revelando que tenía más intenciones que sólo contestar su duda. Se agachó un poco, acercándose a ella, para luego posar la mano sobre su mejilla, permitiendo que su pulgar rozara sus lindos labios con lentitud. Otro sutil sobresalto en la mujer se hizo notorio, quizás alertándose por algo que no alcanzaba a vislumbrar.
En ese momento, la criatura mitológica se hizo presente.
≪ ¿Qué diablos pretendes? ≫
Minos ignoró por completo su pregunta, dispuesto a divertirse y tal vez, a desquitarse un poco. Se concentró en la expresión de la mujer, esa mueca dócil y ligeramente nerviosa lo excitaba demasiado rápido.
—Te lo diré— se relamió los labios con perversión. —Pero antes… quiero que me complazcas. —
La monja se quedó petrificada por un instante. Sin embargo, esto ya lo veía venir y aunque el juez seguía siendo inquietante para ella, no le costó trabajo mantener su actitud servicial para cumplir sus deseos. Exhaló despacio y asintió.
—¿Qué… qué es lo que desea?, mi señor… —
El hombre retiró la mano y se puso de pie, haciéndola retroceder un poco. Con un chasquido de dedos, el Sapuri vibró, para luego desmontarse de su cuerpo y ensamblarse en medio de la estancia. Regresó al diván, sentándose en una postura altiva, disfrutando de aquellos ojos marrones arrastrándose sobre su torso desnudo. Se recargó contra el respaldo del mueble y una vez que estuvo cómodo, separó las piernas, dándole a entender lo que le apetecía.
≪ No tientes a tu suerte, Minos ≫ masculló el Grifo, ya que no le agradaba la intención de su anfitrión, pero éste, volvió a ignorarlo.
—Hagamos un pequeño juego, Anna— dijo con un matiz sensual. —Te permitiré interrogarme, lo que quieras saber, pero antes de cada respuesta, tú harás lo que yo te ordene… sin protesta alguna. —
La sorpresa se reflejó en el rostro femenino. Anna no esperaba esta situación, pero como no podía negarse, suspiró con resignación. Estaba dispuesta a complacerlo en su nuevo juego, así que también elegiría con cuidado las interrogantes que le haría.
—Sí, señor, como usted diga. —
Acto seguido, la mujer se acercó a él, mostrándose dispuesta a comenzar. Si acariciaba correctamente, podría lograr saciarlo más pronto. Dicho razonamiento era un simple ajuste al escenario que se le presentaba. El juez no la había lastimado en ningún momento, lo que le facilitaba tolerarlo. Por lo tanto, su conflicto interno y moral, ahora quedaba en segundo plano.
Permaneciendo arrodillada, se acomodó en medio de sus muslos entreabiertos y posó las manos directamente sobre su ingle. Con un movimiento preciso apartó la vestimenta, encontrándose con su, todavía relajada, virilidad. Tuvo un ligero sobresalto, delatando su admiración por lo que veía. Volvió a tomar un poco de aire y lo soltó, al mismo tiempo que sus manos daban inicio a una suave caricia.
Un sonoro jadeo escapó de Minos al sentir el calor y la suavidad. Le dirigió una mirada morbosa y se regodeó cuando la vio lamer directamente su corona para inducir una pronta erección. El efecto en su carne no se hizo esperar, por lo que las manos femeninas comenzaron a recorrer su creciente longitud, subiendo y bajando con exactitud. Otra lenta y húmeda caricia de su lengua lo hizo bufar, consiguiendo que su miembro se endureciera incluso más.
≪ ¡Maldición, lo hace demasiado bien! ≫ murmuró por lo bajo, al mismo tiempo que se estremecía. ≪ Pero no por eso vas a decirle la verdad. ≫
—¡Cállate! — lo increpó mentalmente. —¡Gracias a mis acciones conseguiste tu objetivo, así que voy a jugar con ella el juego que yo quiera! —
Alcanzó a percibir la irritación de la bestia, pero eso quedó opacado cuando la sirvienta prosiguió su recorrido. Aquellas manos suaves masajearon su tallo y estimularon su piel con calor, esa preciosa boca lamió y besó cada centímetro de su virilidad, devorándola de vez en cuando. No pudo evitar temblar con fuerza y gemir roncamente debido a los placenteros espasmos que se retorcieron en su vientre. Esta vez, Minos no detendría la felación, lo que estaba sintiendo era demasiado grato como para interrumpirlo.
El sonoro estertor hizo que Anna alzara la vista para contemplarlo, encontrándose con sus rasgos faciales deformados por el goce y con sus iris violáceos destilando lujuria. Aquella reacción invitó a la monja a ir un poco más allá, rodeando únicamente la sensible corona con sus labios y presionando con su ágil lengua, aguijoneando de sobremanera la sensibilidad del juez.
—¡Lo haces muy bien… mi pequeña marioneta! — farfulló entrecortado y con los párpados apretados.
La joven intensificó la libación, engulléndolo nuevamente con su boca, permitiendo que la humedad seminal se mezclara libidinosamente con su saliva, regalándole más sensaciones físicas. El sonido, resbaladizo y rítmico, se convirtió en otro poderoso estímulo sensorial que estremeció al hombre y que lo hizo posar una mano sobre su oscura melena, dejándole en claro que su cúspide se aproximaba.
Sorprendentemente, en vez de incomodarse, la monja procedió a tocarlo, llevando una de sus palmas hacia el saco seminal. La caricia, delicada al principio, se tornó ágil en pocos segundos, lo que derivó en jadeos masculinos más profundos y acelerados. Minos no pudo, ni quiso, decir nada, entregándose por completo al disfrute carnal.
Todos los estímulos se combinaron al mismo tiempo, provocando otra sacudida en el ministro, quien tuvo que reconocer que la mujer ejecutaba cada vez mejor su caricia oral. Entonces, el orgasmo comenzó a crecer en su vientre, remontando velozmente como una pulsación a lo largo de su miembro. Ya no pudo contenerse, por lo que su bramido se sincronizó con su estallido en la boca femenina.
Anna sostuvo la respiración cuando sintió el tibio semen derramándose y después goteando por las comisuras de sus labios. No obstante, se mantuvo quieta, consintiendo el lascivo acto, incluso, deleitándose con éste sin querer. Dicho escenario quizás le pareció desagradable anteriormente, pero ahora, su reacción indicaba todo lo contrario. Se retiró despacio, pero sin dejar de acariciar su longitud, fustigando los últimos espasmos para hacerlo jadear un poco más. Su lengua siguió lamiendo dócilmente, mientras lo observaba con atención.
Minos tenía la mente nublada en una plácida bruma. Permanecía recargado hacia atrás, con la nuca en el respaldo del diván, resollando agitadamente. Debía reconocerlo, su hermosa marioneta sí que sabía cómo complacerlo. Notó que se apartaba un poco para limpiarse los restos de la boca, esperando para cuestionarlo.
—Me sorprendes Anna— exhaló distraídamente, sin mirarla. —Tienes una lengua traviesa y la sabes usar muy bien. —
Ella no dijo nada. Bien podría ofenderse o tomarlo como un halago, pero eso no importaba en éste momento, ya que nuevamente insistió con su interrogante.
—Señor Minos… ¿Por qué lo hizo?, sacarme del inframundo. —
El espectro hizo otra advertencia.
≪ No hables, maldito idiota. ≫
El hombre levantó un poco la cabeza y la miró distraídamente. Tenía que responderle, ese fue el trato, sin embargo… nunca dijo que le diría la verdad de inmediato. Además, el creciente disgusto del Grifo le divertía mucho.
—Porque no puedes permanecer ahí, no es conveniente. —
El gesto serio de la sierva reveló que aquella respuesta lacónica no era suficiente para saciar su curiosidad. Esto hizo sonreír burlonamente al ministro, dándole a entender a la mujer que, éste juego, apenas comenzaba.
≪ ¿Vas a continuar con esto?, te lo advierto Minos, si afectas de alguna manera nuestro linaje… ≫
El humano lo ignoró de nueva cuenta, dejándole entrever que lo hacía en represalia por lo de hace rato. Cosa que sólo aumentó el enojo de la criatura. No obstante, si hacía el intento de castigarlo en éste preciso momento, la diversión con la hembra se arruinaría.
—Haz tu siguiente pregunta— se enderezó y la observó con expectación.
Anna bajó el rostro brevemente, meditando sus próximas palabras. Podía sentir algo de nervios estrujándole el pecho, ya que debía formular con cuidado su siguiente cuestionamiento. Aunque ya intuía que quizás el juez se aprovecharía de ello. Respiró despacio, intentando mantenerse serena, a la vez que regresaba a mirarlo.
—Señor Minos… ¿Por qué no es conveniente que me quede en el inframundo? —
El aludido entornó la mirada, sabía que la mujer intentaría obtener información más precisa, lo que volvía al juego mucho más divertido. Entonces, desvió su atención a un viejo sillón decorado con seda roja y adornos dorados.
—Siéntate ahí— lo señaló con un movimiento de cabeza.
La monja volteó y no pudo disimular su sobresalto. Pero como debía obedecer sin protestar, se levantó y fue hasta el mueble, para luego tomar asiento y esperar.
Minos se puso de pie y caminó hacia ella, exhibiéndose descaradamente, lo que provocó el sonrojo de sus mejillas y el desvío de su mirada. La inquietud de Anna era deliciosa para él, así que tan pronto estuvo cerca, se arrodilló en el suelo y sujetó el borde de su vestido para levantarlo sin previo aviso.
—Separa las piernas— ordenó, relamiéndose los labios con ansiedad.
La joven se quedó pasmada un instante, sintiendo que el aire se le atoraba en el pecho y que el estómago se le contraía ante lo precipitado que actuaba el juez, puesto que ni siquiera le pidió desnudarse. Sin embargo, no tuvo tiempo de acatar la orden, ya que él tomó sus rodillas y las apartó sin consideración. Esto la hizo sobresaltarse aún más, liberando un gemido asustado a la vez que se aferraba a los reposabrazos del mueble.
—Tranquila— sonrió lascivamente, llevando una de sus manos hacia el lateral de su ropa interior.
—¡E-Espere señor…! — Anna protestó al sentir cómo rasgaba su prenda una vez más.
El juez sabía que probablemente la mujer ya no disponía de más pampanillas, pero poco le importaba en éste momento. Dejó caer los restos de tela al suelo, y sin darle tiempo de reclamar algo, con la otra mano presionó sobre su pecho, obligándola a recargarse contra el respaldo del sillón. Acercó el rostro sin ocultar su mueca libidinosa.
—Cuando yo esté aquí, tú andarás desnuda si te lo ordeno— su voz fue profunda y ansiosa, dejándole en claro quién mandaba. —Además, tendrás nueva ropa más adelante. —
La mujer hizo un gesto de confusión ante sus palabras, pero se distrajo inmediatamente cuando el ministro se aproximó un poco más, atrapando sus carnosos labios. El inesperado beso la sorprendió, pero eso no le impidió corresponderle, aceptando su voluble temperamento y, al mismo tiempo, permitiéndose disfrutar de las sensaciones.
El hombre se deleitó al sentir su estremecimiento y el suave gemido contra su boca. Él sabía cómo instigar su lado oscuro, seduciéndola de tal manera que, Anna simplemente se dejaba dominar por el instinto, respondiendo al deseo masculino.
No tenía caso negarse al placer y la mujer lo aceptó, llevando sus manos hacia la nuca de él, enredando sus dedos en las hebras plateadas. Esto generó un grato cosquilleo en Minos, quien jadeó excitado, a la vez que mantenía el ósculo intenso y provocativo por varios segundos. Cuando al fin se apartaron para tomar aire, la observó relamerse los labios, inflamados y húmedos, en un gesto anhelante.
—Así me gusta mujer, que ya no ocultes tu deseo— sonrió para sus adentros.
A estas alturas de la situación, el sometimiento de Anna le dejaba en claro que ya no importaba lo que hiciese, ella simplemente lo aceptaría. Después de todo, su forma de manejar la situación con la sierva, le había dado una gran ventaja. Sí, efectivamente, era un maldito aprovechado por lo que hacía con la mujer, pero quizás esto era lo mejor que podría haberle sucedido. De lo contrario, ya estaría muerta o algo mucho peor.
Sin perder más tiempo, le alzó el vestido por completo.
—Ahora, trata de no hacer tanto ruido— se agachó entre sus piernas, riéndose con malicia. —A menos que quieras que te escuchen. —
Ella tragó saliva con torpeza. Probablemente nadie la escucharía, las casas no estaban tan cerca, pero, en lo referente a sus gemidos, estos serían imposibles de contener, de eso se encargaría él. Con ambas manos aferró sus muslos y aspiró su aroma con insolencia.
—Hueles delicioso, Anna— susurró, haciéndola ruborizarse incluso más.
Acto seguido, un grito ahogado emergió de la garganta femenina, producto de la primera lamida que le prodigó el juez. Su lengua no demoró ni un segundo, deslizándose con obscenidad por sus pliegues, provocándole una tremenda sacudida a la sierva, cortándole la respiración y dejándola descolocada.
Sin darle tiempo para asimilarlo, la suave, húmeda y alevosa caricia, la obligó a cerrar los ojos con fuerza y gemir entrecortadamente. Su cabeza cayó hacia atrás en el mullido respaldo, a la vez que se sujetaba con firmeza de los reposabrazos decorados. Minos continuó estimulándola con malévola insistencia, enfocándose en aquel sensible vértice, rozándolo con la presión exacta para hacerla enloquecer.
Al paso de los segundos, la respuesta del cuerpo femenino se manifestó con una rápida lubricación, la cual se filtró en un hilillo que humedeció su vestido y el recubrimiento del sillón. El ministro sonrió con arrogancia, disfrutando de su gimoteo, mientras ponía en práctica sus conocimientos para doblegarla a su antojo en éste placentero juego de poder.
El clamor de Anna se tornó profundo y voluptuoso cuando él llevó un dedo hacia su cavidad. Primero, dibujando a detalle su entrada, embadurnando el contorno con sus fluidos, para luego introducirlo con una lentitud martirizante. Quería escucharla suplicar, aunque no era muy factible, porque su linda marioneta ya se ahogaba con su propio resollar.
Si bien, ninguna de sus anteriores amantes se le había muerto en el lecho con lo que les hacía, Minos era consciente de que, sabiéndolas tocar adecuadamente, era posible dejarlas en un estado sumamente debilitado y feliz. El mejor ejemplo era Anna, la pobre apenas si soportaba el ritmo del juez, quien no se iba a detener, a pesar de escucharla respirar con dificultad.
Otro dedo se deslizó en su cálido interior, moviéndolo con calculada moderación y sin dejar de libar su inflamado botón. Algunos segundos después, el cuerpo de la monja se sacudió repentinamente y su orgasmo comenzó a explotar con fuerza. Las descargas sensoriales se propagaron por todo su sistema nervioso y sus pliegues se crisparon en consecuencia. Un grito cargado de lujuria y satisfacción expresó el placer que la invadió.
Minos se regodeó al sentir la contracción alrededor de sus dedos, los cuales siguió moviendo despacio. Su lengua se quedó quieta sobre el vértice, presionando con sutileza para prolongar su deleite. Una breve mirada le confirmó que la mujer estaba fuera de la realidad, bastante aletargada, con la mirada enturbiada y una mueca concupiscente en el rostro.
Se apartó de ella y se puso de pie tranquilamente, notando el temblor de sus piernas y una mayor lubricación humedeciendo su vestido. Dicha imagen espoleó su apetito, el cual no había menguado, sino que iba en aumento, así como el pulsar de su miembro. No obstante, la bestia volvió a increparlo.
≪ ¿Quieres que te obligue a detener tu estúpido juego de preguntas y respuestas? ≫ amenazó. ≪ Será muy frustrante. ≫
—¡Atrévete! — lo desafió, haciendo gala de su descarado cinismo. —¿Acaso crees que no me he dado cuenta?, aunque lo hayas disimulado, sé perfectamente que nuestra unión también te obliga a experimentar mi malestar físico— hizo una sonrisa malévola. —Si quieres saber lo que es un dolor de bolas por no conseguir terminar adecuadamente, ¡Entonces hazlo! —
El Grifo se agitó furioso, provocándole sutiles pinchazos en la cabeza, pero sin afectarlo. El miserable humano tenía razón y como no estaba dispuesto a tolerar dichas molestias, tuvo que guardar silencio. Además, faltaban pocas horas para ir al Santuario y debían estar concentrados. Decidió esperar y ver qué más hacía su insufrible portador.
Al no escuchar más quejas, Minos se inclinó sobre Anna, quedando frente a frente. Ella abrió los ojos cuando percibió su cercanía, encontrándose con su mueca taimada y sus inquietantes ojos.
—¿Deseas saber por qué no es conveniente que te quedes en el inframundo? — repitió su pregunta.
La mujer no consiguió hablar, así que sólo confirmó con la cabeza. El juez se relamió los labios pausadamente, mirándola con un brillo ligeramente perverso en las pupilas.
—Porque te necesito para algo muy importante— acercó una mano y apartó el cabello de su rostro. —Ya te lo dije mujer, Ptolomea no es un lugar adecuado por ahora. —
La respuesta a medias disgustó a la joven, dejándole en claro que él pretendía seguir jugando con ella por mero capricho, hasta saciar su apetito.
Sin darle tiempo de reaccionar o hacer otra pregunta, Minos llevó ambos brazos por debajo de la espalda y piernas de la mujer, levantándola del sillón. Ésta se sobresaltó un poco, pero no dijo nada, apenas intentando recomponerse de lo vivido.
—Vayamos a un lugar más adecuado, mi pequeña marioneta— se encaminó a las escaleras. —Porque seguramente tienes más preguntas, ¿No es así? —
La escuchó suspirar agotada, obviamente su juego era complicado de sobrellevar para ella, pero también estaba seguro de que su curiosidad no se saciaría hasta saber la verdad.
Y él estaba dispuesto a revelársela, incluso si el espectro se oponía.
Continuará...
Lamento dejarlos hasta aquí, pero ya estoy redactando la continuación. Muchas gracias por leer :D
15/Julio/2022
