Hola :D

Les traigo el doceavo capítulo, donde veremos cómo concluye el encuentro de estos dos. Debo confesar que no recordaba la tensión del momento en que Minos le dijo la verdad a la pobre Anna. Pero, al releer el otro fanfic para adaptarlo a éste, de plano me quedé shokeada como ella jaja XD Ni modo, la historia tiene que seguir y, asimismo, veremos un poco más del pasado del juez, ya que nada es lo que parece ;D

Muchas gracias por leer y comentar, me hacen muy feliz ;3

Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas, tensión sexual e intimidación física y emocional. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Aunque existen otras historias por ahí, que son mucho más oscuras que la mía XP


Sobre sus comentarios:

Hokuto Sexy: Disfruto mucho tus comentarios. Agradezco que te fijes en esos detalles y que te gusten los jueces cuando se asoman por ahí, ellos van a salir más adelante de nuevo, los necesito para la parte final XD Pobre Anna, soy mala con ella, pero te aseguro que estará bien ;D Y sí, no confíes en los espectros y menos si se trata de un juez XD Gracias por leer.

Ginink: Ya tienes tiempo en FF, pero si te es más cómodo escribir como guest, por mí no hay problema ;D Claro que se antoja tener sexo en un sillón, aunque termines adolorida jaja XD Me entusiasma saber que se aprecia la evolución de los personajes, porque a partir del próximo capitulo desarrollaré más la trama y Anna tendrá más participación con sus razonamientos acerca de Minos. De esta manera quedarán unidos ambos fanfics :D Gracias por comentar.

WienGirl: Gusto en leerte :D Es verdad, lo del embarazo sí que tomó a Minos por sorpresa, a pesar de que sabía que iba a suceder y es que al Grifo le gusta ir un paso adelante de todos. Los tres jueces tendrán más interacciones tensas debido a ese tema, ya lo verás :D Gracias por leer.

Natalita07: Efectivamente, extenderé más la historia, uniendo de esta manera ambos fanfics de Anna y Minos ;D Y prepárate, aquí leerás más del pasado del juez, ya que no todo es lo que parece XD El lemon continuará más adelante y sí, veremos que sucede con Anna, su embarazo y lo que hará Minos. En esta actualización respondo algunas de tus dudas :D Gracias por leer.

Leyla: No te preocupes por la tardanza, al menos eres de las pocas lectoras que se mantienen fieles ;D Aquí verás algo más del pasado del juez y rencillas con los otros jueces. Sobre Anna y su embarazo, será más adelante. Gracias por leer.

Kitty 1999: Querida Kitty es un gusto leerte de nuevo ;D Y ya lo sabes, me encanta hacerles volar la imaginación con el lemon y ojalá tengas sueños traviesos XD Gracias por leer.


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P


Capítulo XII

Con Anna en brazos, Minos subió las escaleras hacia el piso superior. Ya no habría más demoras, estaba ansioso por volver a disfrutar de la mujer y no lo disimulaba en absoluto. A pesar del conflicto que tenía con el espectro, debía reconocer que en algo tenía razón: Los encuentros con ella eran muy placenteros… y no quería renunciar a ellos. Al menos no tan pronto.

Ciertamente, toda esta situación de ser el títere del Grifo y, a la vez, ser el marionetista de la monja, era algo increíblemente irónico. Y aunque estaba atado de manos, jugando en el tablero de los dioses, también era consciente de que esto no duraría para siempre. El juez presentía que esta guerra santa tendría un desenlace negativo para Hades, así que sólo era cuestión de esperar y continuar con el show.

Caminó por el pequeño pasillo y entró a la habitación con sobrada confianza. Fue hasta la cama y depositó a la joven sobre las sábanas.

—¿Ya está saciada tu curiosidad? — la miró entretenido, mientras se despojaba por completo de su vestimenta.

Anna se quedó en blanco por un instante, contemplando su magnífico cuerpo sin poder evitarlo. Esto la hizo olvidarse brevemente de su molestia por la poca información que el juez le reveló. Su mirada se distrajo con lo que veía, ya que el hombre llevaba el pecado a flor de piel y resultaba difícil resistirse a sus seductores métodos de persuasión.

Ella lo entendía perfectamente, Minos era un adonis con magnetismo animal a quien no se le podía decir que no. Y también debía reconocer que, si cumplía sus caprichos, las recompensas eran sumamente gratas. Si esto estaba bien o mal, ya no importaba, Minos supo cómo seducirla para su conveniencia y ella continuaría con esto hasta donde fuese necesario para mantenerse a salvo y, relativamente, libre.

El ministro la contempló paciente, dándole tiempo de formular su nueva pregunta.

Entonces, la joven se sentó en la orilla de la cama e inhaló profundamente. Desvió un poco la mirada y empezó a soltar las cintas del corsé, logrando que la prenda se aflojara. Se puso de pie y el vestido se deslizó al suelo grácilmente. Su camisón interior aún la cubría en gran parte, pero sin lograr disimular sus pezones endurecidos y la rajadura hecha la noche anterior, dejaba al descubierto uno de sus muslos, definiendo llamativamente la forma de sus caderas.

Sintió los ojos del juez arrastrándose por su figura, provocándole cosquillas en la nuca. Pero, incluso así, Anna no se detuvo, tomando los laterales de la prenda blanca con las manos, para luego retraerla hacia arriba, hasta quitársela por completo. Los nervios que pudo haber sentido hace unos instantes, comenzaron a ser reemplazados gradualmente por la excitación y eso empeoró cuando se encontró nuevamente con aquella expresión hambrienta.

Minos se acercó y la tomó del mentón, delineando una vez más sus labios con el sutil toque de su pulgar, mientras la veía con deseo. Entonces, le rodeó la cintura con el otro brazo y la levantó del suelo para tenerla a su misma altura.

—¿Cuál es tu nueva interrogante? — su mueca se tornó maliciosa, a la vez que se aproximaba para besarla otra vez.

La mujer no se inmutó y respondió de inmediato, dejándose llevar por la situación. Percibió el calor y la suavidad de la piel masculina, así como el latir y la humedad de su virilidad restregándose contra su vientre. El ósculo fue rápido pero delicioso, distrayéndola por un par de segundos, en los cuales, él se sentó en la cama y la posicionó sobre sus muslos, quedando frente a frente.

—Piensa bien tus palabras, Anna— finalizó el beso, tomando su cabello y jalándolo sutilmente para exponer su cuello. —Porque no voy a contestarte hasta que esto termine— su lengua emergió para lamer su tersa piel.

En cuanto a su otra mano, ésta se deslizó con lentitud hacia sus senos, palpando su turgencia y estimulando con finura sus pezones. La sacudida del cuerpo femenino no se hizo esperar, consiguiendo que un erizamiento recorriera su espalda, a la vez que apretaba los párpados y comenzaba a jadear con ansiedad. Era evidente que la lujuria de la sirvienta iba en aumento, apenas tolerando los nuevos arrumacos.

Pero, incluso así, ella hizo un esfuerzo para cuestionarlo una vez más.

—Señor Minos… — sus manos se arrastraron hacia sus brazos, dibujándolos con interés. —¿Para qué… me necesita? —

Hembra impertinente, no deberías ser tan malditamente curiosa ≫ la criatura gruñó con renovada frustración.

Para el Grifo, Anna había resultado ser una buena coincidencia: Una humana casi recuperada de la transformación con los lirios blancos, joven, sana, con experiencia sexual, convenientemente fértil y disponible para sus propósitos. Pero… con demasiada inteligencia y capacidad de adaptación. No le gustó para nada que interrogase a Minos, pero tampoco podía hacer algo al respecto. Únicamente, tolerar a su maldito portador y ver cómo manejaría la situación.

El juez soltó una risita burlona, sonriendo contra la piel del hombro femenino.

Ella por fin había hecho la pregunta correcta, pero no le contestaría en éste momento, dejándola con la incertidumbre de saber la verdad. Así que prosiguió con las caricias, besando y mordisqueando sutilmente su dermis, mientras que, con las manos delineaba sus costados hasta llegar a sus caderas, espoleando nuevamente su reacción física. Las descargas nerviosas empezaron a correr y los gemidos de Anna se incrementaron, al igual que la humedad de su sexo.

Lo mismo sucedía con él, percibiendo cómo su propia lujuria aguijoneaba por todo su cuerpo hasta un grado insoportable, por lo tanto, era tiempo de continuar. Detuvo sus caricias repentinamente y la abrazó por la cintura, para luego ponerse de pie y subir a la cama con ella. La recostó y se mantuvo encima, sosteniéndose con brazos y piernas.

Anna abrió los ojos, encontrándose con su rostro enmarcado por su larga melena plateada. En ese momento, pudo darse cuenta que sus iris sobrenaturales ahora tenían un nuevo brillo codicioso, el cual se acentuaba con la dilatación de sus oscuras pupilas contemplándola fijamente.

—¿Estás segura de que quieres saber? — interrogó Minos, con un matiz de clara advertencia.

Necesitaba confirmar que la sierva no se echaría para atrás a estas alturas del juego.

Ella no cambió su expresión arrobada, por el contrario, su excitación era innegable y quizás la pregunta realmente no le importó, ya que su respuesta fue de lo más enervante.

—Sí, quiero saber… — con los brazos le rodeó el cuello. —Y ya no puedo esperar… quiero sentirlo dentro de mí… — ronroneó con sensualidad.

El juez estrechó la mirada y su sonrisa se torció de nuevo. No existía mensaje más claro que éste y aunque tal vez se trataba de una manipulación por parte de ella, el sensual tono de sus palabras suplicantes le resultaba demasiado excitante.

—Muy bien… pero después no quiero arrepentimientos— respondió con el ego complacido.

La sujetó de la cintura nuevamente, alzándola con facilidad. Ella mantuvo su agarre, mientras él se enderezaba para quedar arrodillado y en vertical sobre la cama. Posteriormente, bajó las manos hacia sus muslos e hizo que lo rodeara, reteniéndola firmemente contra su torso.

Reanudó el mordisqueo en su cuello, al mismo tiempo que iba guiando sus caderas hacia su hombría. De inmediato la mujer empezó a temblar debido a las sensaciones dérmicas y después a jadear con más ímpetu al percibir su grosor empujando lentamente contra sus sensibles pliegues. Minos ejercía un control exacto sobre el cuerpo de Anna, consiguiendo que su propio peso la empalara sobre su endurecido miembro.

Sin embargo, el juez ya estaba en el punto más alto de su exaltación y no podía contenerse por más tiempo, ansiaba perderse en aquel delicioso calor húmedo, así que aceleraría esto. Con ambas manos aferró el trasero de la sierva para mantenerla quieta, lo que la hizo sobresaltarse al presentir sus intenciones. Pero Minos no le dio tiempo de nada, arremetiendo de golpe en un sólo movimiento.

La estocada obligó a la mujer a gritar ahogadamente e hizo que le clavase las uñas con fuerza en la espalda a modo de respuesta. No obstante, aunque la intromisión fue brusca, Anna estaba tan húmeda y excitada, que el breve malestar cedió rápidamente. Sus paredes internas se contrajeron y dilataron, amoldándose a sus dimensiones con facilidad.

Una oleada de placer los sacudió por igual.

El ministro se quedó quieto en esa posición, respirando entrecortadamente, pero sin detener los besos húmedos sobre su piel, dándole tiempo a la joven de asimilar los divinos efectos. De pronto, el instinto tomó el control de su linda marioneta y su urgencia carnal se hizo evidente cuando sus piernas lo ciñeron con más intensidad, al mismo tiempo que notaba el palpitar de su cavidad.

Como tú quieras, mi querida Anna…

Sin disimular su complacencia, empezó a moverse lánguidamente, entrando y saliendo de ella, fustigando la tensión y el deleite sexual.

Anna dejó caer la cabeza hacia atrás y lúbricos gemidos brotaron de sus labios sin mesura. Su cuerpo tembló, al sentir las descargas sensoriales arañándole la columna vertebral, haciéndola divagar en una atmósfera de total embelesamiento.

Minos la observaba fijamente, gozando con sus expresiones, sus gemidos y la vertiginosa respuesta de su cuerpo, la cual, con el pasar de los segundos, se incrementó exponencialmente, acercándola a su culminación. Regocijándose con ello, incrementó la potencia de sus embates, guiando las caderas de la monja en una oscilación más exigente, hundiéndose por completo en su interior.

El placer obtenido fue extendiéndose por cada fibra de su ser y aunque estaba dispuesto a dejarse dominar por aquel sublime trance, el juez mantuvo un resquicio de cordura. Tenía la intención de decirle la verdad en éste preciso momento, justamente, en la cúspide del acto.

La sierva estaba tan cerca de terminar que, hacerle esto, equivalía a una perversa tortura. Pero era necesario, después de todo, él no dejaba de ser un maldito sádico. Si la mujer quería saber la verdad, de igual manera tendría que aceptar su destino.

¡Maldito imbécil, sigue provocándome y lo lamentarás! ≫ bramó el Grifo, encolerizado por lo que estaba a punto de hacer su portador.

Minos se burló descaradamente. En verdad estaba disfrutando esto y no se detendría en su desquite.

Una de sus manos dejó de sostener a la mujer, llevándola hacia su nuca, para tomarla del cabello. El tirón no fue brusco, pero si lo suficientemente firme como para obligarla a mirarlo.

Anna se sobresaltó al distinguir aquella fiera contemplación, cargada de lascivia y de una alarmante intención. El gesto malévolo que se perfiló en el rostro del juez, le aseguró que sería inquietante lo que estaba a punto de decirle.

—¡Presta atención mujer… te daré la respuesta que buscas…! — gruñó, al mismo tiempo que detenía bruscamente el movimiento de sus caderas.

Dicha acción, provocó un agudo malestar en la joven, retrasando su ansiada culminación. La frustración se hizo presente en su cara, no obstante, hizo todo lo posible por concentrarse en las palabras del hombre.

—¡Soy un soldado que sirve al dios Hades, uno de los tres líderes del inframundo y el encargado principal que juzga las almas de los muertos…! — se expresó agitado.

Con un movimiento fluido, cambió de posición, recostando a la sirvienta en la cama, pero sin apartarse de ella. Hizo una pausa lenta, resollando pesadamente, mientras apartaba los brazos de su cuello y le sujetaba las muñecas contra las sábanas.

El nerviosismo invadió a la monja, quien no dejaba de temblar por las sensaciones desbordadas.

—¡Sin embargo, no dejo de ser un mortal, un humano cuya estirpe está destinada a ser siempre el receptáculo del Espectro de Grifo, desde la época del mito…! —

Acercó su rostro, devorándola con sus hermosos y salvajes iris, buscando de nuevo esa extraña conexión que le permitía a la entidad mirar dentro de ella. Quería que el espectro lo presenciara, el momento en que Anna supiese la verdad, simplemente por pura malicia.

¡Suficiente! ≫ la bestia tuvo la intención de intervenir, pero su anfitrión fue demasiado astuto.

—¡Y ese destino jamás cambiará… para ninguno de los tres jueces…! — continuó hablando, al mismo tiempo que reanudaba sus embestidas.

La súbita estimulación generó en Minos una poderosa sacudida que también afectó al Grifo, imposibilitándole ejercer algún tipo de control. Dicha acción igualmente provocó una nueva tanda de gemidos lascivos en la joven, quien permanecía atrapada en su penetrante mirada, apenas consiguiendo mantener la atención en sus palabras.

Las acometidas fueron intensificándose, llevando a la mujer hacia su etapa final. Momento en el cual, el juez le reveló la verdad, a bocajarro y sin contemplación.

—¡Si el dios Hades no gana la guerra en esta era, él volverá en el futuro y sus espectros también!, ¡Por lo tanto… estoy obligado a perpetuar mi linaje… porque siempre debe existir un descendiente que nazca bajo la Estrella Celeste de la Nobleza en el momento adecuado!… ¡Un destinado para El Grifo! —

El estupor se hizo presente en el rostro de Anna.

No fue necesario que dijese algo más, su explicación fue brutalmente directa y sin dejar espacio a la duda: Ella fue convertida en su concubina para darle descendencia. Esa era la realidad, tan simple, cínica y retorcida, realidad.

Pero la sirvienta no podía asimilarlo en éste momento.

El espectro gruñó con furia al ver su reacción a través de los ojos de su portador. Desde el fondo de aquellas pupilas ella logró distinguirlo, sutil y efímero, como la sobrenatural criatura mitológica que era. Y su expresión atónita, dejó ver el tremendo shock emocional que dicha revelación le provocó. Esto no eran buenas noticias para el Grifo y más si tomaba en cuenta el carácter de la humana.

¡Pagarás por esto, Minos! ≫ sentenció, pero sin ejecutar ninguna represalia.

El mencionado apenas lo escuchó.

Había disfrutado hacerlo rabiar, pero ahora estaba enfocado en su frenética oscilación, cerniéndose sobre Anna para hacerla culminar. Entonces, la sintió estremecerse violentamente y las convulsiones de su sexo le confirmaron que por fin había alcanzado el clímax.

El orgasmo explotó en el centro de Anna y viajó por sus terminaciones nerviosas, regalándole la gloria. Dejó de pensar y cerró los ojos, permitiendo que el éxtasis la arrastrara, mientras que su grito, asemejándose a una obscena melodía, deleitaba excesivamente al juez.

Pasaron un par minutos, los cuales le concedió para que recuperara el aliento. Él la observó entretenido, ahora la mujer parecía un títere sin hilos, laxa y adormecida por el placer. Le encantaba verla así, no obstante, el temblor de su propio cuerpo, debido a la excitación acumulada, ya era bastante incómodo. Era su turno de disfrutar.

Se aproximó al oído de Anna para susurrarle.

—¿Tu curiosidad está saciada, mi pequeña marioneta?, ¿O te atreverás a preguntar algo más? — inquirió con una risita cínica, mientras abandonaba su cálido interior.

Era muy probable que la monja mantuviese el silencio. Sus párpados entreabiertos y su gesto amodorrado confirmaban un visible agotamiento. Además, la repuesta a su última pregunta fue demasiado impactante y quizás no terminaría de comprenderlo por el momento.

Al ver que no decía nada, Minos optó por continuar. Tomó unas almohadas y las apiló, posteriormente, levantó a la mujer para luego posicionarla bocabajo sobre ellas. Claramente la monja ya no tenía fuerzas para sostenerse, así que le facilitaría las cosas. Acomodó los cojines a la altura de su vientre, al mismo tiempo que le separaba las piernas.

Anna comprendió sus intenciones, así que se mantuvo quieta y dócil, aspirando una bocanada de aire cuando notó su cercanía. Él se colocó detrás de ella, frotando su miembro contra su goteante entrada. Esto la hizo clamar de nuevo con lubricidad, debido a la sensibilidad que aún persistía en su sexo. Sin perder más tiempo, Minos la inmovilizó de la cintura, para luego enterrarse en medio de sus palpitantes pliegues.

Cerró los ojos y tembló con fuerza a la vez que jadeaba guturalmente. Sentir su virilidad ceñida de esa manera saturó su médula espinal con descargas nerviosas que reiniciaron y aceleraron todos los estímulos corporales. Entonces, colocó sus brazos a los costados de ella, ejerciendo más peso sobre su cuerpo al momento de comenzar a oscilar las caderas.

La escuchó gemir en abandono total, así que le dio un rápido vistazo. La sierva tenía la cara de lado y su gesto daba muestras de seguir perdida en los remanentes de su reciente culminación. Verla de esa manera se le hizo tentador, así que se agachó un poco y empezó a lamer su hombro y cuello por puro capricho. Esto la hizo erizarse y sonreír embelesada, mientras soportaba sus cada vez más aceleradas embestidas.

Minos no tardó en alcanzar su límite, estremeciéndose cuando el orgasmo inició en su bajo vientre, para después extenderse por todo su cuerpo. Con la última arremetida, liberó un rugido profundo mientras sentía la pulsación de su hombría y con ello, el vertimiento de su semilla. La conciencia se le nubló, colapsando en su propio delirio carnal.

Los minutos pasaron relajadamente.

El sueño y algo de cansancio empezaron a manifestarse en el juez, quien no deseaba apartarse del agradable calor corporal de la mujer. Pero no podía quedarse y menos ahora que partiría al Santuario. Se le hizo extraño que el Grifo no se manifestara, pero poco le importó.

Inhaló profundamente y soltó el aire, mientras se incorporaba despacio.

—Vamos Anna, habla de una vez— dijo con voz tranquila, apartándose de ella.

Sabía que la monja ahora tendría más dudas y existía la posibilidad de que quisiera reclamar o negarse a su destino. Por lo que debía asegurarse de que no hiciese alguna estupidez. La escuchó suspirar cansadamente, así que retiró las almohadas para dejarla tendida en una posición más cómoda.

—Si quieres saber algo más, es ahora, porque después no podrás volver a preguntar— bostezó ligeramente, recostándose en el otro lado de la cama, mirando hacia la nada.

Esa era la realidad, después de esta noche, Minos no estaba seguro que tan pronto regresaría de su incursión, o si Alone le asignaría otra misión. Él simplemente podría ignorar a la mujer y marcharse sin darle explicación alguna. Pero, por algún motivo, estaba dispuesto a contestarle sin pedir nada más a cambio.

Por su parte, Anna tenía bastantes dudas y aún no podía creer lo que estaba sucediendo. Para ella no fue tan difícil resignarse a ser su concubina y atenderlo, puesto que él no la había maltratado más allá de algunas advertencias. Pero, la idea de tener que darle un hijo, o hijos, era algo que no podía ser digerido tan rápido. Aunque, seguramente, no le quedaría más alternativa que resignarse y aceptarlo.

Concluyó no pensar en ello por ahora y tampoco deseaba tentar a su suerte, optando mejor porque le resolviera unas sencillas interrogantes.

—Señor Minos, ¿Me… permitirá quedarme aquí… todo el tiempo que sea necesario? — articuló por fin.

El ministro bostezó de nuevo antes de responder.

—Sí, puedes quedarte aquí— exhaló pausadamente. —Pero, más te vale no decir absolutamente nada a nadie— advirtió.

—Sí, señor— ella tomó un poco de aire para volver a preguntar. —Yo… yo quisiera saber si… es decir, necesitaré recursos… —

De pronto, Anna se quedó en silencio al razonar lo que había dicho, pensando que quizás cometió un error.

Minos no hizo gesto alguno, pero sonrió para sus adentros al percatarse de su astucia. El comentario era muy acertado, ella necesitaría recursos para sobrevivir y más con un embarazo en camino. Volteó a verla, encontrándose con su rostro ladeado sobre un cojín, tenía los párpados apretados y una ligera expresión de nerviosismo. Seguramente creyó que él se enfadaría por su atrevimiento.

Pero, había que reconocerlo, la mujer era muy inteligente y a pesar del miedo que aún sentía por todo esto, igualmente demostraba saber tomar lo mejor de dicha situación y eso le agradaba al juez. Esperó a que abriera de nuevo los ojos, lo cual hizo precavidamente un par de segundos después.

—¿Por quién me tomas, mujer? — su mano se arrastró hacia ella, tomándola de la barbilla para alzarle la cara. —Vas a darme vástagos, evidentemente, no puedes vivir de aire— sonrió divertido.

La liberó y bostezó de nuevo antes de levantarse de la cama. Recogió su vestimenta mientras se dirigía a la salida de la habitación, dejándola sola por un momento.

Bajó a la estancia y procedió a vestirse, posteriormente chasqueó los dedos para que el Sapuri lo cubriera de nuevo, dejando únicamente el yelmo bajo su brazo izquierdo. De repente, sintió un pinchazo que le hizo apretar los dientes con fuerza.

¡Maldito humano, ¿Sabes lo que has hecho?! ≫ vociferó el espectro. ≪ ¡Dame un motivo para no destrozarte la mente ahora mismo y dejarte como un simple títere sin razonamiento!

Ciertamente, la entidad mitológica podía hacer eso, fracturar su conciencia humana y dejarlo como un ser sin voluntad, tomando el control total de su cuerpo. Algo parecido a lo que sucedía con las demás Estrellas Malignas y sus respectivas vasijas humanas. Sin embargo, no era lo más recomendable, debido a su estatus como juez principal.

Y a pesar de saberlo, Minos se mantuvo inalterable ante su amenaza.

—En primera, tenemos que cumplir la misión del mocoso, no te conviene perder su confianza, tú mismo lo dijiste— murmuró por lo bajo, soportando el malestar. —En segunda, no comprendo por qué haces tanto drama, yo no le dije que está embarazada, solamente aclaré sus dudas del porque la sacamos del inframundo y para que la necesitamos— sonrió socarronamente. —Además, tarde o temprano se dará cuenta de su estado, no es una jovencita ignorante. —

El Grifo volvió a sisear debido al descaro del juez.

¡Si ella intenta algo…!

—¿Algo como qué? — lo interrumpió con súbita seriedad. —¿Te refieres a lo sucedido con aquella doncella que fue violada por mi predecesor? — soltó las palabras sin mesura, arriesgándose a un mayor castigo por parte de la bestia. —¿Temes que Anna atente contra su vida como esa joven y ponga en riesgo tu linaje otra vez? —

Sintió la ira del espectro creciendo, así como la tortura mental, por lo que se vio obligado a sostenerse de la pared cercana debido al vértigo.

Era un juego peligroso el que jugaba. Tener las memorias de los anteriores jueces era un arma de doble filo, que bien podría ser útil para la guerra santa, pero que también implicaba un peso emocional que no cualquiera soportaba. Minos sabía perfectamente que se arriesgaba demasiado al usar dicha información para provocar a un líder del inframundo, pero también poseía la suficiente inteligencia como para saber hasta dónde llegar.

¡Un insignificante humano como tú, no puede juzgar mis actos! ≫ masculló con furia. ≪ ¡Y no eres tan diferente de tu antepasado, obedeciendo mis órdenes e incluso divirtiéndote a costa de la mujer!

Sin perder la seriedad de su voz, el hombre volvió a encararlo.

—Es verdad, soy un maldito desgraciado por lo que he hecho con ella, pero, al menos, puedo garantizar que mi proceder no la ha dejado traumada de por vida— respondió mordaz. —Hay una gran diferencia entre el bastardo del siglo XVI y yo… él sí merecía la muerte que le dio aquel santo de plata. —

De nuevo percibió la frustración del Grifo, quien se quedó en silencio sin poder refutar sus argumentos.

Pasaron algunos segundos, en los cuales la entidad caviló la situación respecto a su anfitrión. Hacía mucho tiempo, más de un milenio, que nadie lo había hecho enfurecer tanto como éste sujeto y aunque le jodiera admitirlo, debía reconocer que tenía el suficiente valor para desafiarlo.

Sabía perfectamente que ya no tenía caso intentar controlar su maldita rebeldía. Ambos estaban atados por los designios de las estrellas y debían tolerarse mutuamente hasta el final. Asimismo, si examinaba un poco más los hechos, Minos tenía razón: El escenario en éste siglo, en relación a la mujer, distaba mucho de lo sucedido en el pasado.

Tal vez estaba precipitándose un poco debido a su hambre de poder. Debía ser cauteloso, porque todavía existía la amenaza latente de sus hermanos y el próximo despertar de Hades. Así que detuvo el castigo, el humano aún le era demasiado útil.

Está bien Minos, has sabido jugar bien tus cartas y como no pienso repetir mi error ≫ habló con filo en la voz. ≪ Más te vale asegurar el bienestar de la mujer y la cría, porque de lo contrario, si algo sucede con ella, si algo interfiere con nuestro linaje directo, si por algún motivo pierdo mi jerarquía… tu familia lo pagará ≫ finalizó, quedándose completamente en silencio.

El juez sintió la rápida recuperación del malestar y el cansancio físico debido al cosmos del espectro. Pero no pudo evitar escupir un insulto por la nueva amenaza. Le frustraba demasiado saber que su familia no estaba a salvo.

Desconocía si Rhadamanthys y Aiacos aún tenían parientes cercanos vivos, ya que estaba prohibido hablar de dicho tema y de cualquier otra cosa que implicase su vida pasada. Pero, en el caso de él, sus padres y hermana seguían presentes. Desgraciadamente, formar parte de la descendencia de un líder infernal, era un terrible destino. Al menos lo era para las dos generaciones más cercanas a la fecha de una guerra santa.

Minos había sido la primera opción que la entidad mitológica escogió… pero no la única.

Cuando se resistió en un principio a la posesión, la bestia lo amenazó con usar a su hermana mayor como anfitriona, y de paso, asesinar al resto de su familia. Ambos hermanos habían nacido bajo la Estrella Celeste de la Nobleza con sólo tres años de diferencia, algo común en las líneas de sangre de los jueces y que sucedía específicamente de esta manera en la época de confrontación entre deidades.

A Minos no le quedó más remedio que doblar las manos. Él quería a su familia a pesar de lo banal y arrogantes que eran a veces. Por lo tanto, el convenio fue alejarse de ellos para protegerlos, marchándose de su tierra natal, convirtiéndose en el juez principal del inframundo y en el recipiente del Grifo.

No perdió comunicación con los suyos, ya que podía mantener un intercambio de cartas, pero todo basándose en mentiras. Y aunque al principio se le hizo "divertido" ser el juzgador de almas, con el tiempo, fue aburriéndose de dichas obligaciones, demostrando ante el espectro insubordinación y un marcado cinismo cada que tenía la oportunidad.

Lamentablemente, esta situación no terminaría pronto.

Se encaminó a las escaleras para subir nuevamente y regresar con la mujer. Cuando entró a la recámara, vio que estaba quedándose dormida, pero el sonido metálico de sus pasos la despertó rápidamente.

Anna levantó el rostro para mirarlo, se notaba cansada, pero atenta a sus movimientos. Él se aproximó a la cama mientras buscaba algo entre las plumas de su ala derecha. Ahí guardaba el pequeño saco de piel oscura que contenía las joyas y el oro. Tan pronto lo encontró, se lo lanzó a un lado, provocando un sonido muy característico. Ella miró el morral sin saber qué hacer, por lo que regresó su atención al hombre, quien ahora la observaba fijamente con una expresión seria.

Era necesario que Minos le recalcase un par de cosas.

—Escucha con atención mujer, la guerra santa ha comenzado— una sonrisa oscura se formó en su cara. —Así que iré al Santuario para "jugar" con algunas marionetas. —

La monja se quedó inmóvil, escuchando y razonando lo que decía. Probablemente comprendía lo desastroso que era semejante noticia para el Santuario y el pueblo cercano. Sin embargo, ella no podía decir absolutamente nada.

—Tú te quedarás aquí y esperarás hasta mi regreso— dijo en un tono imperativo. —Con eso podrás mantenerte a ti y a mi hijo por un buen tiempo— hizo un gesto con el rostro hacia el saco de piel. —Y una cosa más… —

La tomó del antebrazo y la jaló hacia él, consiguiendo asustarla. Se agachó hasta quedar frente a ella para que lo mirase directo a los ojos, donde una clara amenaza se distinguía.

—Por tu propio bien, Anna, no vayas a cometer alguna estupidez— el dorso de su mano le acarició la mejilla sutilmente. —Porque estaré vigilándote. —

La frialdad con la que se expresó y el mensaje implícito de sus palabras no permitió duda alguna: La sierva debía gestar a su hijo y encargarse del mismo, sin cometer ningún tipo de error, entiéndase, tratar de huir o atentar contra su embarazo. No tenía alternativa y tampoco podía negarse, así que sólo hizo un gesto de resignación.

—S-Sí, señor, como usted diga… —

Minos curvó una sonrisa, satisfecho con su respuesta. Se apartó y caminó a la ventana, abrió las portezuelas de madera y antes de marcharse, le dirigió una última mirada de soslayo.

En verdad espero que no hagas algo tonto, ésta es tu mejor oportunidad de libertad… si cometes un error, yo también lo pagaré— pensó en el ultimátum del Grifo. —Supongo que deberé regresar de vez en cuando…

Repentinamente, un extraño presentimiento lo asaltó. No estaba seguro, pero tuvo la sensación de que no volvería con ella, al menos, no tan pronto. Ignoró dicho pensamiento y, sin decir absolutamente nada, se lanzó hacia el cielo con las alas abiertas, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

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Inframundo, Tribunal del Silencio.

El ministro ingresó al vestíbulo y se dirigió a las escaleras para subir al estrado, donde Lune aún permanecía trabajando a pesar de la hora.

—Bienvenido, señor Minos— lo miró brevemente e hizo una leve inclinación, para luego seguir escribiendo.

—¿Por qué sigues aquí, si ya no hay almas para juzgar? —

—Estoy haciendo unas tareas que me encargó el juez Rhadamanthys— hizo un gesto con la cabeza, señalando el almacén de libros.

Las puertas estaban abiertas y Minos pudo notar la presencia de su homólogo. Desconfiando de dicha situación, fue a ver qué hacía el Wyvern, encontrándolo no muy lejos de la entrada, hojeando uno de los libros. Éste alzó la mirada e inmediatamente le hizo un reclamo.

—Al fin apareces— regresó el volumen a su estante. —¿Dónde rayos andabas?, ¿No se supone que debías estar en las barracas, preparando a tus hombres? —

El aludido rodó los ojos.

—Eso no te importa, además, yo no necesito vigilar a mis subordinados para que me obedezcan, así que dime, ¿Por qué estás aquí? —

Rhadamanthys se acercó, mirándolo con sospecha. En esta ocasión, no se percibían las presencias de los espectros, únicamente estaban los portadores humanos.

—El señor Hades me ordenó hacerme cargo del Tribunal en tu ausencia— mencionó con fastidio. —Pero también quería confirmar que estuvieses enfocado en tu misión— hizo una pausa lenta, observándolo incisivamente. —No creas que no me he dado cuenta… te has ausentado dos veces del inframundo sin avisar, ¿Por qué? —

Minos fingió serenidad. Sabía que el juez Wyvern era muy metodista en todo lo que implicase la guerra santa y el dios Hades. Lo que también incluía desconfiar de sus compañeros al momento de cumplir las órdenes al pie de la letra.

Vaya, no eres tan idiota— pensó con burla. —Necesitaba revisar cuál pasaje del inframundo usaremos para llegar a la ciudad de Atenas, es una urbe densamente poblada, si algún civil se da cuenta de nuestra presencia, podría ser un problema— se dio la vuelta, dirigiéndose hacia las escaleras. —Deja de estar jodiendo Rhadamanthys, a los únicos a los que les entrego cuentas son, a Pandora y al señor Hades. —

El mencionado trató de distinguir la mentira en su voz, pero no la encontró y había lógica en lo que decía. Algunos pasajes del inframundo se abrían en lugares habitados y era necesario tener cuidado para no ser descubiertos y así mantener el factor sorpresa. Pero el Wyvern era demasiado receloso por naturaleza.

—Bien, voy a creerte, pero más te vale andar con cuidado porque estaré vigilándote, maldito tramposo— advirtió con desdén, para luego regresar al interior del almacén.

Minos resopló aburridamente, simulando indiferencia, pero tomando una nota mental: Wyvern podría ser un verdadero problema si llegara a saber de la existencia de Anna. Por lo tanto, debía ser más cauteloso.

—Lune, quiero que estés atento, Fyodor mandará las almas de los santos de Athena directamente al Tribunal para que sean juzgados de inmediato, no habrá mediación, todos irán directo al Cocytos. —

—Entendido, señor Minos— confirmó el Balrog.

El juez abandonó el edificio y emprendió el vuelo, era tiempo de ir al castillo para encontrarse con sus hombres.

.

.

Castillo de Hades.

El juez subió a la terraza superior del lugar, donde Byaku y los demás espectros ya lo esperaban. La luna brillaba en el firmamento, otorgándole suficiente claridad a la noche, lo que facilitaría movilizarse por los caminos de Atenas hasta llegar al Santuario.

—Señor Minos, estamos listos para partir— dijo el Nigromante.

El ministro asintió y dio las indicaciones finales.

—Escuchen con atención, usaremos el pasaje del inframundo que llega a las afueras de la acrópolis y tan pronto salgamos de la cuidad, nos desplazaremos al sureste sin detenernos, hasta llegar al Santuario— los miró de uno en uno. —No quiero errores ni distracciones, ignoren a los civiles y si encuentran algún santo, mátenlo sin perder tiempo. —

—¡Sí, señor! —

De pronto, un soldado Skeleton llegó corriendo e hizo una rápida reverencia antes de entregar su mensaje.

—Juez Minos, el señor Hades solicita su presencia, lo espera en su estudio de arte. —

El hombre levantó una ceja, extrañado por tan repentino llamado.

Momentos después, iba caminando por la amplia estancia, pero antes de doblar en el pasillo que lo llevaría al salón donde Alone pintaba sus cuadros en soledad, oyó una puerta cerrándose de golpe. Entonces, vio pasar a Kagaho de Bennu, el cual traía un gesto de molestia en el rostro. Él era subordinado de Aiacos, pero, por alguna extraña razón, siempre andaba cerca del mocoso.

Kagaho notó su presencia de reojo, así que únicamente hizo un saludo con el movimiento de su cabeza, alejándose de inmediato por otro corredor. Minos lo observó con atención, había algo en ese muchacho que no coincidía del todo con su naturaleza de espectro. Pero como no tenía tiempo para distracciones se apresuró al salón.

Tocó un par de veces y después entró. Tan pronto cerró la puerta, el cosmos de Alone se extendió por el recinto, creando una especie de barrera que los aisló del exterior.

—Bienvenido, Minos— el joven siguió pintando su cuadro. —¿Ya tienes todo listo para esta misión? —

El juez se acercó tranquilamente para ver lo que pintaba.

—Sí, ya estamos listos para partir, ¿Desea dar alguna instrucción más? — preguntó, mientras observaba la imagen de un bosque en penumbras.

—Antes de atacar el Santuario, quiero que destruyas el pueblo cercano y que mínimo, un santo dorado sea eliminado. —

—¿Está seguro?, ¿No es demasiado pronto para llamar tanto la atención? — quiso saber el ministro.

Alone volteó a mirarlo y asintió.

—Dicha acción será suficiente para distraer a Pandora y a los dioses gemelos, así mismo, tengo la intención de dejarle en claro a Athena que no debe confiarse, a pesar de… nuestro pasado. —

Minos intuyó a lo que se refería. Gracias al libro de almas, sabía que el portador de Hades, la reencarnación de Athena y el santo de Pegaso, habían sido hermanos de orfandad, creciendo juntos en un hospicio. Pero ahora, el destino les jugaba una cruel broma, enfrentándolos en la guerra santa. Sin embargo, eso no parecía importarle demasiado al mocoso, dejando entrever cada vez más, su lado oscuro.

—Bien, en ese caso, asesinaré al primer santo dorado que encuentre y arrasaré la villa— confirmó tranquilamente, como si lo que le hubiese pedido fuese algo simple y cotidiano. —Me retiro. —

El juez regresó a la terraza, era momento de partir.

—Vámonos— ordenó, al mismo tiempo que desplegaba su cosmos para realizar un salto de gran distancia.

Los otros espectros lo siguieron de inmediato, manifestando su cosmoenergía para salvar la enorme altura del castillo y la montaña. Aterrizaron en la base rocosa, donde se ubicaba el pasaje que los llevaría de regreso al inframundo. Una vez ahí, se encaminaron al sitio donde estaba el nuevo portal que los trasladaría a Grecia.

De repente, Minos percibió el molesto cosquilleo en su cabeza.

Escucha, ese idiota de Rhadamanthys ha enviado a uno de sus hombres, puedo sentir su presencia a lo lejos, esperando para seguirnos ≫ murmuró el espectro.

¿Quieres que lo mate? — respondió mentalmente.

No, eso le daría motivos a Wyvern para cuestionarnos, déjalo seguirnos, después nos desharemos de él ≫ finalizó, guardando silencio de nuevo.

Con la ayuda de su cosmos, Minos pudo ubicar al espía, identificándolo como Niobe de Deep. Resopló molesto, pero no le quedó más opción que obedecer y esperar el momento adecuado. Era evidente que ahora la relación con los otros jueces se volvería un poco más tensa y todo por culpa del soberbio Grifo.

Siguieron en marcha, adentrándose en el oscuro pasaje.

.

.

Atenas, Grecia.

Después de alejarse de la acrópolis, el juez y sus hombres comenzaron la travesía hacia el Santuario, empleando moderadamente su cosmos para desplazarse con sobrenatural celeridad. La noche les brindó protección y su marcha no se detuvo ni un sólo momento, aprovechando al máximo el tiempo que tenían disponible.

Límites del Santuario.

Era de madrugada cuando por fin llegaron a su destino. Desde lo alto de una colina, el grupo de espectros estudiaba el movimiento del lugar. La luna llena iluminaba perfectamente los templos, escaleras y caminos, así que ellos podían notar el lejano ir y venir de los vigías nocturnos.

—Que débil se ve el santuario, que débil— dijo con burla el juez. —Pronto Athena se convertirá en otra de nuestras marionetas. —


Continuará...

Ya había hecho pequeñas insinuaciones de la familia de Minos a lo largo del fanfic y aquí lo dejo en claro.

Como muchos saben, pocas veces se conoce el pasado más lejano de algunos personajes de SS y los jueces no son la excepción. En varios fanfics se recrean historias de su vida antes de convertirse en siervos de Hades, pero la mayoría son oscuras, tristes y dolorosas (algunas asemejándose a lo sucedido con Pandora). En mi caso, yo no deseo eso, porque si bien Minos, como espectro del inframundo, es sádico y cruel en el campo de batalla y en el tribunal como juzgador de almas, no necesariamente toda su personalidad debe responder a eso.

Tal y como lo describí en el primer capítulo, la versión de Minos que manejo en mis fanfics, es un hombre nacido en la clase alta de su sociedad. Por lo tanto, es arrogante, altivo y cínico, tal y como lo son muchas personas con poder adquisitivo. Pero no por ello, está exento de sentimientos, dado que valora a su familia y se preocupa por ellos ante la amenaza del Grifo.

Respecto a su lado sádico y cruel, lo que puedo decir es que todos los humanos tenemos algo de oscuridad en nosotros, tal y como lo demuestra Alone a lo largo del manga. Y también está el hecho de que Minos tuvo que adaptarse al papel de líder del inframundo, debido a la influencia del espectro de Grifo. Esto no es una justificación, simplemente, el juez es una persona de moral ambivalente, como lo puede ser cualquier humano.

Ya me extendí, pero tenía que dejar en claro cómo veo a mi sexy y pervertido Minos XD

Muchas gracias por leer :D

09/Agosto/2022