La luz desapareció de sus ojos según la profecía se materializaba en sus manos, pero, las lágrimas… ellas no dejaron de correr bañando su rostro hasta aterrizar en aquel suelo de arena que se lo había quitado todo.
¿Cuántos años llevaría sabiéndolo? ¿Cuánto tiempo amándome, viéndome aferrarme a él y resistiendo la tentación porque sabía que mi destino, mi felicidad, estaba en manos de otro hombre? Un hombre… al que él también amaba y al que nunca querría hacer daño.
De pronto lo entendía todo. Siempre haciéndose a un lado, quitándose de en medio, rechazando mi presencia… Todo por mí; por Camilo y por mí. Aquel hombre…
No importaba cuánto quisiese a mi primo. Daba igual lo que dijese la profecía, daba igual lo que dijese el universo entero. Nunca podría quererle como quería a Bruno.
Desprendí la profecía de sus manos y la dejé caer asegurándome de que cayese sobre la arena. No quería romperla: si aquellos eran mis hijos, aquella pesada lámina sería algo que querría conservar.
Bruno me miró finalmente dejando que su herido rostro terminase de partir mi alma.
Ni hablar. No me rendiría: no tenía ni idea de cómo pero, esta vez, sería yo la que lucharía por su felicidad.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó con un frágil hilo de voz.
Mi respuesta no se hizo esperar: me lancé a sus brazos, le enganché de la pechera y besé sus labios con pasión.
No podía creer el tiempo que había logrado aguantar sin sentirlos de vuelta, no podía entender por qué la vida hizo que, ahora que por fin los había recuperado, tuviesen que estar cargados de dolor, y, sobretodo, no podía aceptar que aquella fuese la última vez.
Respondió a mi beso, pero no lo hizo con fervor; lo hizo con la suavidad y la ternura del último adiós.
—Mirabel —dijo dejando salir su voz como un jaspeado susurro—, ahora ya lo sabes. Por favor… no lo hagas más difícil.
—Nos iremos.
—¿Qué?
Su cara de incomprensión dejaba claro que mi sonrisa era lo que menos esperaba encontrarse en aquel momento.
—¿De qué…?
—Dejaremos el Encanto, juntos. No me imagino un universo en el que pudiese enamorarme de Camilo, pero, aún así, nos aseguraremos de que nada pase. Nos fugaremos.
—Mirabel… no puedes huir del futuro.
—¿Qué no? Ponme a prueba.
—Yo… yo no iré.
—¡¿Estás de broma?!
—No voy a luchar contra tu auténtica felicidad. Camilo es un gran hombre: es dulce y atento, es divertido, es considerado, y… tiene tu edad.
—Eso no…
—Con él… con él puedes casarte legalmente, puedes tener hijos, puedes…
—¡No! ¡No con él! ¡Los quiero contigo!
—Has visto lo mismo que yo, ¿verdad? Son tuyos, pero no son míos. Y son… son preciosos. Son… son tus hijos, Mirabel; sólo de pensarlo ya les quiero. No… no voy a luchar en su contra.
¡Mierda! ¡¿Por qué nunca podía ser un poco más egoísta?! ¡¿Por qué tenía que pensar siempre en mí?! Y, ¡¿por que eso me hacía quererle más aún?!
Era un todo o nada; ya no había plan B.
—Si no vienes, me iré sola.
—No digas tonterías. ¿Recuerdas las historias que nos han contado tus hermanas? ¿Recuerdas lo que le pasó al primo de la señora Romina?
—No me importa. Al menos, así te demostraré que nunca habría sido Camilo.
—¡Me importa a mí! ¡¿Qué esperas que haga?! ¿Que te anime a ir a ese infierno? Allí no estaría Julieta para curar tus heridas, ¿te das cuenta? Y tampoco podría evitar que yo me hiciese viejo y tú te vieses atrapada en un mundo lleno de peligros. ¡No podemos irnos! E, ¿irte sola? ¿Vas a sacrificar tu vida para demostrarme que la profecía era errónea? ¡¿De qué va a servir eso?!
—Estoy cansada —dije con el tono más frío que en la vida había salido de mi boca—, estoy terriblemente cansada de que decidas mi vida por mí; siempre pensando sólo en protegerme. Siempre dispuesto a renunciar a todo por mí. Esta vez no te lo voy a consentir. Si alguien renuncia a algo esta vez, seré yo. Ya te dicho lo que hay.
Me giré y me fui de allí dispuesta a reconstruir mi mundo en cuanto dejasen de temblarme las piernas de bajar aquellas terribles escaleras; fuese para bien o para mal.
—¡Mirabel!
Por primera vez en seis años, no dormimos juntos en la noche de mi cumpleaños. Aquella noche yo tenía trabajo: tenía un equipaje que preparar.
