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Realmente se sentía exhausto, dado que la duquesa no había encontrado la pulsera en la habitación del hotel lo obligó a salir de búsqueda por la dichosa ciudad obviando sus innumerables advertencias de no exponerse tanto en aquel lugar. Debía admitir que la princesa rusa llamaba bastante la atención, principalmente por la blancura de su piel y el marcado acento que inevitablemente se le escapa al hablar.

-Duquesa, con todo respecto, llevamos horas y horas dando vueltas por esta ciudad y nada.- habló el enorme guardaespaldas cansino.

-Oh Bruno…vamos no te rindas aún, necesito encontrarla.

-Entiendo, ¿pero no cree que es mejor volver mañana? Está anocheciendo.

-Esta bien, pero volveremos a primera hora. Creo que deberíamos preguntar en la estación policial, quizá alguien la encontró y la devolvió.

-Nunca he conocido a alguien tan honrado.

Mientras caminaban decidieron acortar el camino por un callejón que conectaba el muelle con el parque central, no sería conveniente toparse con algún delincuente y tener más dificultades de las que han tenido en un lapso tan corto.

Lastimosamente, había hablado y pensado demasiado pronto pues justo antes de salir se vieron rodeados por unos vehículos negros que obstruían el paso principal y un pelotón de hombres vestidos de negro que les apuntaban con armas de diverso calibre.

Alarmado y con el deber de proteger a la duquesa Bruno se colocó al frente, querían pasar desapercibidos, pero si tendrían que luchar lo haría.

-¿Quiénes son? -¿Qué quieren?- preguntó formando un proyectil de llama en sus manos dispuesto a lanzarlo de ser necesario.

-Somos de la Port Mafia- respondió Higuchi- queremos que nos acompañen, nuestro jefe quiere conversar con la mujer.

Anastasia miraba atenta y analítica la situación, detallado la cantidad de enemigos, el tipo de armas que usaban y calculando si ella podría responder a la velocidad correcta en caso de que decidieron disparar. Miró detenidamente a la mujer que, en apariencia, era la líder de aquel grupo. Era más o menos de su altura, y arrugó el ceño al notar que en una de sus muñecas la rubia portaba una pulsera muy similar a la que había perdido.

-Lo siento, jovencita, pero tenemos planes distintos.

-Ya veo. Entonces tendrá que ser por la fuerza. ¡Disparen!

Al oír aquellas palabras Anastasia salió de su embelesamiento y rápidamente creó una pared invisible que impedía que las balas les hicieran un daño. Bruno aprovechó esta ventaja para lanzar bolas de fuego justo a los vehículos haciendo que dos ellos explotaran. Aprovecharon la pequeña conmoción causada por las explociones para correr y escapar de esos sujetos tan terribles.

Higuchi maldijo en el suelo, un poco más y no la cuentan, ese campo de fuerza creado por la mujer rusa era un verdadero problema.

Mientras corrían lograron esconderse detrás de unos búnquers y respirando algo agitado el mayor habló:

-Duquesa, trataré de distraerlos un poco más para que escape.

-¡No voy a dejarte aquí Bruno! Llegamos juntos y nos vamos juntos.

-No se preocupe yo…

Los ojos violetas se abrieron enormemente. Frente a ella había sangre, la sangre de su guardaespaldas más concretamente. Algo o alguien había herido a Bruno justo en la unión entre su hombro y el cuello dejándolo inconsciente de inmediato. La sangre empezó a brotar rápidamente por la herida y pequeños brincos provenían del cuerpo de su acompañante.

¿Qué había pasado? Mientras hablaban solo alcanzó a ver un destello rojizo y luego de eso el cuerpo de Bruno calló tendido frente a ella. El sonido de una tos seca la sacó de su estado de shock y al voltear su mirada sus ojos se agrandaron aún más. Ese era…

-¡Akutagawa-senpai!- El grito de la rubia solo la confundía aún más.- Senpai, lo siento, se nos escaparon, pero sabía que no escaparían de usted.

-Cállate Higuchi.

-Sí, lo siento.

Esas personas se conocían. Esas personas parecían ser compañeros. La persona que lastimó a Bruno fue el amable joven que conoció hace unos pocos días… Aprovechando la distracción levantó una barrera sin ningún punto ciego para tratar de proteger a Bruno y a ella misma, si bien su cabeza era un nido de confusión en esos momentos lo único claro que tenía era que la vida de Bruno estaba corriendo peligro con el pasar de los segundos.

-Eso no te servirá- Akutagawa miraba el vano intento de la duquesa por proteger al hombre, temblaba, no sabiendo si era de furia, con lágrimas cayendo como cascadas por sus mejillas, antes de que su subordinada interrumpiera, la pelinegra lo había mirado y él leyó la confusión y sorpresa, la decepción, y esa fue la primera vez que sintió su corazón apretujarse. – Vendrás con nosotros si es que quieres salvar la vida de ese hombre. Y te aconsejo que no te resistas, por la cantidad de sangre diría que no le queda mucho tiempo.

Era cierto, aún con todo su orgullo intentando darles pelea, si lo hacía Bruno moriría y ella no podía dejar que eso pasara, había hecho una promesa… y había mucha sangre, todo se estaba tiñendo de rojo, incluyendo su fino traje de seda.

Aún sin mirar a sus captores se levantó lentamente del suelo levantando las manos, sitió en cuestión de segundos como los hombres de negro la rodearon dispuestas a sostenerla:

-¡No se atrevan a tocarme! No permitiré ser tocada por personas tan basuras. Simplemente llévenme…- altanera sacó a relucir toda la clase que tenía, ella definitivamente estaba a un nivel superior que todos aquellos asesinos despiadados.

Miró como levantaban a Bruno en una camilla y no despegó su mirada de él hasta que lo subieron en uno de los autos negros que quedaron ilesos. A ella por su parte la guiaron al segundo automóvil en compañía de la rubia y el pelinegro. No los miraba, pero su cabeza se mantenía altiva, jamás perdonaría la humillación que le estaban haciendo pasar ese par

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Luego de unos treinta minutos llegaron a un enorme edificio de varios pisos y con grandes ventanales. Ese debía ser el cuartel de esas desagradables personas. Al bajarse siguió con la mirada como la camilla con Bruno era trasladaba rápidamente dentro del lugar y ella con intenciones claras de estar al lado de su casi padre corrió siguiéndolos, pero antes de llegar a él fue detenida por un hombre alto de cabello negro y corto.

-Saludos, señorita.- saludó Mori Ougai con una sonrisa.

-Quítese de mi camino, no tengo tiempo para perder con usted- a Higuchi las respuestas de la mujer la enervaban, ¿cómo se atrevía a contestarle así a su jefe?, ella con gusto le enseñaría modales a esa ricachona estúpida.

Akutagawa permanecía callado mirando a la mujer, era increíble el orgullo y altanería que poseía, tanta que se atrevía a irrespetar a uno de los hombres más poderosos del país sin temblar.

Mori, molesto con el desplante de la chica, la tomó fuertemente del brazo haciéndola callarse y mirando el gesto de dolor de la rusa habló:

-Si quieres conservar el brazo, te aconsejo que vengas conmigo.

Con fuerza la arrastró y la encerró en una espaciosa habitación que parecía la habían acondicionado para la estancia de una persona. Maldijo por lo bajo…no solo habían herido de gravedad a Bruno, sino que, además, la habían secuestrado.

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Mmm, ya no recordaba la última vez que se movió de su asiento en aquella mansión decadente. Por qué su prometidita no pudo encontrarse en un lugar más cercano. Llegar hasta Japón le había hecho gastar más energía de la necesaria, pero, en fin, valía la pena si con eso volvía a ver a la princesa. Hacía ya demasiados años que no la miraba y todo por culpa del duquesito mayor. Si no fuera por ese niño entrometido todos sus sueños y fantasías se hubieran logrado…¡pero no! El maldito niñato lo tuvo que atrapar intento tocar a la duquesita y eso bastó para que el Señor de la mansión lo echara como un vulgar delincuente.

Los Dostoyevski eran unos ingratos malagradecidos, él…él que se esmeró como consejero del duque, que le había dedicado más de treinta años de servicio y ¿qué pedía a cambio? Algo tan simple como su única hija…no era mucho pedir. Desde que la vio supo que sería su amor verdadero, a pesar de que en su primer encuentro ella contara con apenas siete años.

La detalló jugando en los enormes jardines con su hermano y era bella, hermosa, un ángel inalcanzable que pensó podría algún día tocar.

Realmente había pensado que al deshacerse del molesto duque su camino estaría libre para estar juntos, pero no, ella desapareció sin dejar ni siquiera su esencia y fue por eso que no pudo encontrarla…hasta ahora. En ese país tan lejano, pero no podía equivocarse, era ella.

-¡Oiga amigo! Mire por dónde camina.

Mientras se sumergía en sus recuerdos caminaba sin detallar a las personas a su alrededor, pero ¿por qué lo haría? Para él no eran más que almas desgraciadas, alimento para sus esbirros

Aunque…ahora que lo pensaba él no podía presentarse ante su prometida en esas condiciones, viejo, con harapos y su piel arrugada. Debía estar jovial y elegante, y, el cuerpo y la piel de ese mal educado muchacho sería perfecto para él.

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Luego de que Mori-san se llevara a la mujer a él no le quedó más que ir a realizar un fastidioso informe y debía apresurar pues él y Chuya debía interrogar a la chica por la noche sobre el tal Rasputin, esa era la información por la cual la habían llevado ahí en primer lugar. Mientras caminaban recordó que la pelinegra se había quedado absorta mirando la muñeca de Higuchi y al mirar él mismo entendió la razón.

Su subordinada estaba portando la dichosa pulsera:

-¿Dónde encontraste eso Higuchi?

-¿Eh? ¿Qué cosa?- preguntó la rubia interesada.

-El brazalete, ¿de dónde lo sacaste?

Al entender lo que pasaba la rubia se sonrojó. Cómo era que su superior le hacia esa clase de preguntas si él mismo fue quien la dejó en el suelo para que ella la encontrara…

-B-Bueno…Akutagawa-senpai…

-Necesito que me la devuelvas, es de alguien más. La extravié el otro día.

-C-Claro- habló sorprendida la oji café devolviendo el dije.

¿De alguien más? No entendía la razón por la que Akutagawa-senpai tendría un accesorio de mujer tan fino, elegante y caro con él. ¿Sería un obsequio? Era seguro que lo compró para Gin, no podía ser para otra mujer ¿cierto?

Una maraña de inseguridades se empezó a formar en su estómago y su corazón empezó a doler mientras veía a su superior alejarse.

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Estaba muriendo de la preocupación, desde que la encerraron no había tenido contacto con nadie y mirar de vez en vez su traje manchado de la sangre de su casi padre la estaba volviendo loca de los nervios.

¿Cuánto más la tendrían ahí como tonta? Ya era bastante tarde. Cansada se sentó en una de las sillas que deban junto al ventanal y escuchó como su puerta fue abierta dejando ver a tres personas, un hombre de cabello peli rojo que nunca había visto y al joven pelinegro acompañado de lo que parecía ser un cocinero.

No se atrevía a mirar el pelinegro pues sentía una molestia enorme. Así que él pertenecía a esa organización tan despiadada. Empezaba a creer que en esa ocasión él no le ayudó por ser buena persona, sino que lo hizo con segundas intenciones y ella, tonta como ninguna, los había llevado hasta su hospedaje. Al final había sido cuestión de tiempo para que los atacaran, ahí, o en su hotel.

-Bien mocosa, venimos a que nos respondas un par de preguntas y comas.- habló Chuya con fastidio.

-No tengo nada que responder y no tengo hambre.- contestó Anastasia cortante.

- Mira mocosa…nosotros dos somos muy buenos torturando personas, así que si no quieres…

-Entonces será mejor que empiecen pronto- habló levantándose y frente a los hombres tomó la comida y la lanzó al suelo- no responderé nada y no comeré…a menos que me dejen ver a Bruno.

La mirada de ella era desafiante.

-¿Y ese quién es?

-Mi acompañante, la persona que él, lastimó. – mencionó ahora sí, mirando al pelinegro con enojo y reproche.

-¡Qué fastidio! Habla primero, te llevamos con tu amiguito después.

-El jefe está con él en estos momentos. Está realizando una operación para salvarle la vida.- quizá si le informaba ella colaboraría. Era eso o ambos perderían la paciencia y ahí si, la fuerza sería necesaria.

-¿Y por qué les creería?

-Porque es la única opción que tienes.

Chuya miraba extrañado a su subordinado, generalmente no estaba tan calmado, seguramente estaba cansado pues recordó que a él le encomendaron no solo la captura, sino que además el informe y el interrogatorio.

Anastasia tragó grueso. El chico tenía razón, sin embargo…

-Bien…si es mi única opción…hasta no ver a Bruno, sea hoy o mañana, hasta no tener certeza de que está vivo, no hablaré…Si quieren información no habrá diferencia entre hoy o mañana, pero les advierto- dijo acercándose a Akutagawa con pose amenazante- si Bruno muere será mejor que se olviden de todo, porque prefiero morir antes que ayudarlos con algo.

Uhhh…maldita princesita esa… Se notaba que era hermana del otro altanero ese, es que no solo físicamente eran similares, sino que tenían el mismo carácter.

-¡Haz lo que quieras!- habló Chuya fastidiado y saliendo de la habitación seguido del cocinero- pero esta noches no cenas, te mueres de hambre.

Akutagawa miraba desde su altura a la chica que aún seguía encarándolo, un solo movimiento de su habilidad y ella estaría en el cielo.

-Luces decepcionada- rompió al fin el silencio, pero sin acrecentar la cercanía entre ellos.

-Lo estoy. Por un momento pensé que eras una buena persona, pero me equivoqué.

-Nunca te dije que lo fuera.

-Tampoco hiciste lo contrario, hasta ahora y de la peor manera.

-Es mi trabajo- dijo dando por terminado la conversación por su parte.

-¿Tu trabajo es ser despiadado?

-No. Mi trabajo es ser un asesino- confesó Akutagawa muy cerca de su rostro y tomando fuertemente su muñeca- pero una niña rica como tú jamás entendería las razones del por qué lo hago, ni pienso dártelas.

Realmente pensó que le haría daño, así que cerró sus ojos de manera involuntaria. Cuando se sintió libre del agarre se encontró sola en la habitación, sintió un cosquilleo en su muñeca y al fijarse miró que su pulsera había vuelto.

¿Él..él la tuvo todo ese tiempo?

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Capítulo 5 ¡up!

Espero que continúen disfrutando el fic tanto como yo disfruto escribirlo para ustedes.