Capítulo 10
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Cerca de la media noche, por la ventana una pequeña lucecilla de color verde se asomó. Con lentitud se acercó a Anastasia y se incrustó en su cabeza haciéndola empezar a soñar. La chica de cabellos negros se despertó en un lugar oscuro que la hizo asustarse de inmediato.
-¿D-Dónde estoy? – su voz resonaba por todo el lugar haciéndola sentir aún más confusa y lo peor de todo era que se encontraba flotando en el vacío. El negro la empezó a sofocar, pero de pronto, todo se aclaró y se encontró en un lugar muy conocido.
Esa era…la casa donde habitó con sus padres y su hermano durante su niñez. Todo estaba exactamente como lo recordaba: la lujosa mansión impecable como siempre, adornada con exquisitas piezas y su más grande adoración, el jardín lleno de rosas que su padre especialmente mandó a plantar para su cumpleaños número seis. Era tan precioso que se sentía embelesada…
-¡Anastasia! – un grito femenino la sacó de su trance - ¡Anastasia, hija! – esa voz…era la voz de su madre.
Giró rápidamente y a lo lejos vislumbro la imagen de su madre; la cual estaba acompañada de su padre. Ambos la saludaban desde la colina. Anastasia estaba perpleja, estaban tal cuál los recordaba, su bella madre siempre tan elegante y su querido padre con su gesto amable.
Corrió lo más rápido que pudo hacia ellos y los abrazó con fuerza. Dios…hacía tanto que no los abrazaba, que no sentía su olor o sus caricias suaves.
-¡Anastasia querida!, ¿Qué sucede? – preguntó su madre sorprendida por el abrazo repentino de su hija.
-Parece como si nos hubieras visto en años. – comentó su padre para después soltar una carcajada.
-Es que…ustedes dos…yo…los extrañé muchísimo. – las palabras se le atoraban en la garganta.
-Hija mía, ¿de qué hablas? Solo nos fuimos un momento a traer el té. Hemos pasado el día entero contigo.
-¿Acaso te golpeaste la cabeza Anastasia?
Se sentía totalmente abrumada. La voz de sus padres no le permitía pensar con claridad y el hecho de tenerlos ahí, a su alcance y escucharlos decir que han estado juntos todo el día la hacían creer que quizá todo lo que pasó se trataba de un mal sueño.
-¿Yo me quedé dormida en algún momento? – preguntó tratando de aclarar mejor su mente.
-Bueno…cuando tu madre y yo fuimos a buscar a la criada lo estabas. ¿Por qué la pregunta? – el rostro de preocupación de su padre era genuino.
¡Entonces todo había sido un sueño! Sus padres no murieron en el incendio…
-Ya basta querido, déjala tranquila. Anastasia debió tener una pesadilla es todo. Ven hija mía – dijo su madre mientras la tomaba del brazo y la sentaba en la preciosa silla. – Será mejor que comas algo para que te despiertes por completo. Recuerda que hoy acordamos visitar el lago.
-¡Cierto! Fiódor está allá terminando con los preparativos. -secundó su padre.
¿Fiódor? ¿Su querido hermano estaba ahí también? Gracias a Dios él no se había ido, seguía en Rusia con el resto de su familia. Era así como las cosas debían ser.
Luego de que la familia terminó el aperitivo se dirigieron a un precioso lago. Caminaban los tres tomados de las manos y riendo tal cuál era habitual en su cálida familia. Así es, nada había cambiado, ella solo había tenido una pesadilla de muy mal gusto, pero todos estaban ahí.
A lo lejos vislumbró a dos personas cerca de la orilla. Efectivamente era su hermano y Bruno. Corrió para darle un fraternal abrazo a su hermano mayor.
-¡Fiódor! Tuve una pesadilla horrible querido hermano. – le contó Anastasia con tristeza en sus ojos.
-Anastasia…- susurró el portador del Crimen y Castigo. – Cuánto me pesa no poder protegerte en tus sueños…
-Eso no importa, están todos aquí. – comentó la joven con emoción y lágrimas en sus ojos violetas.
-¡Oh, querida! – la voz de su madre interrumpió el momento de hermandad y al voltear, notó que el escenario había cambiado por completo. Todo estaba adornado con flores, manteles y sillas. Su madre vestía un elegante vestido en tono azul, mientras que su padre, Fiódor y Bruno vestían elegantes trajes. Aquello la descolocó por completo. – Anastasia luces preciosa, tu marido está esperando no seas descortés.
¿Marido? ¿De qué estaban hablando?
Se giró lentamente y en un altar la esperaba nada más y nada menos que Rasputín. Éste sonría ampliamente y le extendía su huesuda mano en un gesto de tomarla como esposa.
-¡Ven mi amor Anastasia! ¡Es hora de unir nuestras vidas para siempre!
El pánico la invadió por completo, empezó a negar frenéticamente y a echarse hacia atrás, pero era detenida por los brazos de su padre que la rodeaban con fuerza. ¡No! Aquello no podía ser cierto, ella debía estar soñando. Su padre mandó a asesinar a Rasputín, él jamás la entregaría.
Continuó resistiéndose hasta que al fin se soltó de los brazos de su padre, pero de inmediato sintió como cayó al lago. El agua helada la estaba haciendo sentir ahogada, pero lo que más le asustaba era sentir unos brazos que la sostenían y le impedían el movimiento.
-¡Anastasia! ¡Anastasia! – esa voz…Esa voz ella la reconocía.
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Akutagawa se levantó de su futón y se dirigió a la cocina por un vaso de agua. Si bien la casa estaba cerrada en los días de verano el calor lo hacía sentir aún más sofocado por lo que le era difícil dormir. Miró por la ventana el movimiento de las olas, pero de inmediato algo llamó su atención. Una pequeña lucecilla verde se acercaba a su casa y se infiltraba a su habitación. Al principio pensó que se trataba de una luciérnaga, pero en cuanto escuchó un ruido proveniente de su habitación se alertó.
Subió rápidamente y al notar que la puerta estaba con llave, la destrozó con su habilidad. Una vez tuvo visión del interior de su habitación quedó helado. Anastasia estaba siendo atraída por la luz verde. Cuando la encontró ésta estaba justo al borde del balcón y sin más fue arrastrada hacia el mar.
-¡Rashomon, tenma tengai! -activó su habilidad con rapidez y se lanzó directo al vacío con el fin de atraparla.
Al final, logró tomarla por la cintura, pero ambos cayeron al mar. Mientras se hundían, trató en la medida de lo posible de sacarla a la superficie, pero la joven de cabellos negros empezó a resistirse dificultándole la tarea. Con ayuda de su habilidad logró sacarla a la superficie, pero en cuanto la miró sus ojos violetas habían cambiado a ser verdes intensos por un momento.
-¡Anastasia! ¡Anastasia! – la llamó mientras la movía con brusquedad para hacerla despertar de su trance. Apenas segundos después la chica reaccionó mirando hacia todos lados. - ¡Oi! ¡Mírame! – Akutagawa la tomó por el mentón con el fin de hacer que ella lo mirara. Estaba asustada e incluso respiraba con dificultad.
Anastasia en cuanto reconoció el par de ojos grises suspiró con alivio. Fue una pesadilla, todo fue una pesadilla cruel…Abrazó al pelinegro con fuerza y empezó a llorar tratando de sacar al menos un poco de la frustración que sentía.
Akutagawa, un tanto incómodo ante el gesto de cariño, solo atinó a poner su mano libre sobre la espalda para tratar de consolarla. Sin embargo, algo le llamó la atención. Al fondo, en dirección a unos buques una sombra negra cuya silueta parecía ser de una bestia que no supo identificar lo observaba con brillantes ojos verdes.
El ser se empezó a mover y acercarse peligrosamente hacia su persona y Anastasia, pero justo antes de utilizar su habilidad, Gin apareció y le cortó una extremidad; hiriéndolo de gravedad hizo al ser retroceder y escapar.
-¡Hermano! ¿Están bien? – preguntó la Akutagawa menor mientras se mantenía en alerta. En cuanto escuchó los gritos de su hermano supo que algo estaba ocurriendo, por lo que no dudó en ponerse en marcha.
-Si. – respondió el chico con seriedad. - ¿Viste qué era, Gin?
-No. Y las partes que logré cortarle se…esfumaron. – informó la joven consternada. En toda su carrera como sicaria nunca había visto algo así. Esa cosa era aterradora.
Anastasia aflojó su abrazo, pero sin quitar sus brazos del cuello del pelinegro; le había llamado la atención la conversación entre los hermanos.
-¿De qué hablan? – susurró llamando la atención del pelinegro.
-Había una cosa ahí escondida. Estoy seguro que venía por ti.
Ante la revelación, Anastasia de inmediato tembló y nuevamente se ocultó en el cuello del chico. ¡Estaba harta! Quería largarse de ese país lo más pronto posible, quería que ese tal Rasputín la dejara en paz.
Luego de unos minutos, el pelinegro la guio hasta unas escaleras para que ambos pudieran salir del agua. Gin la ayudó a subir amablemente. Estaba empapada y el agua estaba helada. Aún abrumada se giró hacia Akutagawa con el fin de agradecerle.
Notó que el pelinegro desviaba la mirada con un fuerte sonrojo en sus mejillas y un carraspeó de Gin – seguido de una seña donde le indicaba que viera su pecho – la hizo notar que, sus pechos desnudos se vislumbraban bajo la tela de la bata de dormir.
-¡Ahh! – gritó mientras se cubría; estaba roja como un tomate.
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Al final, ella y Gin entraron antes para que la duquesa pudiera cambiarse y posteriormente, el joven entró. Notó que Anastasia aún estaba asustada por lo sucedido, por lo que le pidió a Gin que la acompañara a dormir en su habitación mientras él pasó su futón también. Dormirían los tres en su habitación. Sabía que, con la ayuda de su hermana Anastasia iba a estar más que protegida.
Antes de que las chicas entraran revisó la habitación. No había nada fuera de lo común, pero había algo que le llamaba la atención. ¿Cómo llegó esa luz ahí? Ahora que recordaba era igual a los destellos que dejaba la habilidad de ese tal Rasputín. Sin embargo, ¿cómo la encontró? El ataque que el enemigo realizó fue en el festival y de no ser por Dazai-san, Rasputín no identificó a Anastasia. Recordaba que el anciano mencionó haberla estado buscando sin éxito, lo cual quiere decir que durante un tiempo algo logro que la chica estuviera oculta.
Ahora bien, esta hipótesis tenía lógica; más si tomaba en cuenta que, desde ese incidente habían pasado ya varios días. Realmente había algo que la ocultaba. Trató de hacer memoria, dándose cuenta que, lo único destacable era que Anastasia no portaba su pulsera. En cuanto las chicas entraron, Akutagawa tomó a la duquesa por las muñecas notando que ésta no traía el bendito accesorio.
-Anastasia, ¿dónde está tu pulsera? – preguntó con interés.
La chica, sin comprender del todo el motivo de la pregunta, señaló la cómoda que estaba ubicada a un lado de la cámara. ¡Demonios! Era posible que esa pulsera era lo que impedía que Rasputín localizara a Anastasia.
-Hermano, ¿sucede algo?
-Ponte la pulsera y no te la quites, ¿entendido? – ordenó el joven mirándola seriamente a los ojos.
-E-Está bien. – respondió la chica.
En cuanto todo el ajetreo terminó, Akutagawa observó a su hermana y a la duquesa dormir ambas abrazadas en su cama. Aquel suceso había sido peligroso y lo peor de todo es que fue su culpa por llevarla a su casa y no al edificio de la Port Mafia. A pesar de haber obtenido información valiosa aquello pudo haber culminado en la chica herida, o peor, en manos del vejestorio asqueroso.
¡Rayos! Ese tipo lo exasperaba. Odiaba que tuviera esa clase de intenciones con Anastasia. En cuanto tuviera la oportunidad iba a cortarlo en tantos pedazos que se volvería polvo. Anastasia jamás estaría con un anciano como ése, era obvio que ella se enamoraría de un hombre joven, ¿Cómo él?
¡No! ¡Definitivamente no! Ella era su misión, solo eso.
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A la mañana siguiente, los hermanos la llevaron temprano a la Mafia. Akutagawa le pidió a Gin quedarse con la chica mientras él informaba al jefe sobre su teoría. Antes de irse les pidió expresamente a ambas que por ningún motivo removieran el brazalete.
-Obviando el hecho de que desobedeciste mi orden…- tomó la palabra Mori Ougai mirando seriamente al pelinegro. A su lado, Chuuya era testigo de la conversación. Estaba tenso porque quería evitar a toda costa que el jefe reprendiera a Akutagawa…- Me parece que esa información es muy importante. Si logramos confirmarla, quiere decir que podremos usar a la chica como carnada.
-Jefe, pensé que había aceptado protegerla únicamente. – comentó Chuuya.
-Chuuya-kun, con esto podremos atraer a Rasputín a donde queramos. Es una oportunidad magnífica que no solo me permitirá destruirlo, sino obtener información sobre Fiódor.
-Entiendo. Sin embargo, es obvio que el único que puede confirmar la teoría de Akutagawa es esa rata de Fiódor, y dudo que hable con nosotros.
-Lo sé. Es por eso que quiero que ambos visiten a la Agencia de Detectives. Díganle a Fukuzawa- dono que es un encargo de mi parte. – finalizó el médico con una sonrisa siniestra. Las cosas se estaban poniendo interesantes, y al paso que iban, lograría tener una ventaja sobre la agencia. En un futuro no muy lejano, estaba seguro de que su ex compañero lo llamaría pidiéndole salvar su mediocre organización.
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-¡Maldición! No es ni medio día y resulta que debo ir a ver al idiota bueno para nada de Dazai. – se quejaba el pelirrojo mientras tocaba la puerta que indicaba su llegada.
En cuanto ambos hombres escucharon a una persona acercarse se tomaron con nada más y nada menos que el castaño. Al notar a los visitantes, cerró de inmediato la puerta argumentando que una especie de duende había venido a la agencia a echarles una maldición. Justo después, la puerta quedó reducida a añicos gracias a la habilidad del pelirrojo.
-Dazai…- habló amenazadoramente Chuuya.
-¿Qué no es muy temprano para venir a fastidiar, Chuuya? – respondió con hostilidad el castaño.
Atsushi notó la presencia del pelinegro por lo que de inmediato se puso tenso. ¿Qué hacía la Port Mafia en la Agencia?
El resto de integrantes se puso en alerta, sin embargo, fue hasta la aparición del presidente que el dúo decidió hablar; o bueno, Akutagawa habló ya que Chuuya y Dazai se encontraban mirándose mutuamente como si de perros y gatos se tratasen.
-¿En qué podemos ayudarles, caballeros? – preguntó con cortesía el presidente.
-El jefe nos envía para hacerle a la Agencia un encargo a su nombre. Aquí está el dinero por los servicios. – informó el pelinegro extendiendo un sobre que fue recogido por Atsushi. – No lo vayas a perder Jinko, o te arranco ambos brazos. – Ante el comentario Atsushi lo miró mal. Cuando iba a dejar de amenazarlo.
-En el sobre viene la información y la solicitud. Por favor, presidente, léalo en privado y luego en cuanto consigan lo que queremos, dejen la respuesta en un sobre en este lugar. – finalizó Chuuya.
El resto de integrantes de la Agencia quedó perplejo ante la aceptación del presidente.
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Capítulo 10 ¡up!
