Lisa Hayes había terminado de coordinar muchos temas que tenía atrasados cuando tuvo que dejar de lado todo los pendientes durante los días que acompañó a su hija en el postoperatorio de la operación que combatió la infección que casi la lleva de este mundo. La Almirante quería cumplir con las demandas de su tripulación resolviendo los problemas que surgían, pero en parte también porque estaba harta de recibir innumerables e-mails por parte del General Edwards, reprochándole en este último tiempo todo el retraso en temas administrativos tanto de ella como de Archer, como si ambos hubieran deliberadamente decidido no hacer nada. En lugar de empatizar con su problema personal y ayudarlos a resolver lo mínimo aportando su grano de arena trabajando en equipo como correspondería a un miembro del Alto Mando de tan importante nave como lo era el SDF-2, se la pasaba quejándose en cuestiones totalmente secundarias.
Para taparle la boca al insufrible de Thomas Reily Edwards, Hayes estuvo tres días encerrada definiendo la mayor cantidad de temas urgentes e importantes que estaban sin resolver. Incluso el molesto General, se atrevió a cuestionar los atrasos de la tripulación en trabajos de rutina, por participar de los intercambios entre el SDF-2 y el SDF-3 de oficiales con puestos similares en ambas naves, que había propuestos la Almirante Hayes. Por suerte Edwards no tenía jurisdicción en esa medida, y el Vicealmirante Hunter la apoyaba incondicionalmente fomentando la implementación de la misma entre los miembros de su tripulación.
Lisa sabía que debían utilizar este tiempo de aparente calma que ofrecía la navegación por este sector de la galaxia para lograr un objetivo que ella consideraba crucial: que ambas naves funcionen como una unidad sólida y compacta al momento de enfrentar alguna posible amenaza o ataque. Lo que más la irritaba a la Almirante Hayes era que Edwards en lugar de ocuparse de transmitir a su oficial superior lo que acontecía en el planeta Ares donde había ido a inspeccionar el correcto funcionamiento del asentamiento humano, estaba más pendiente de las quejas que ocurrían en el SDF-2.
Cuando por fin Lisa Hayes terminó su turno, se quitó su uniforme, se vistió con ropa de civil, y decidió aprovechar un poco del tiempo libre que tenía el día de hoy para pasar por la peluquería y retocarse las canas rebeldes que comenzaban a invadir su bella y larga cabellera color miel. Siempre iba al mismo lugar ya que ella era muy exigente con el colorista para que replicara con exactitud el tono original de su cabello.
A pesar de ser una mujer completamente sencilla en apariencia, sin necesidad de esforzarse demasiado en producirse para llamar la atención al poseer una envidiable belleza natural, Lisa era una mujer coqueta que le gustaba tener sus manos impecables y su cabello perfecto. Cuando llegó a su peluquería de confianza vio un cartel en la puerta informando que estaban cerrados a causa de un evento. Ya había postergado varios días la decisión de teñirse el pelo, por lo tanto no esperó más y se arriesgó a probar en otro lugar.
Cuando días atrás había hablado con su vieja amiga, la meltran Miriya Parino para coordinar cuando sus hijas Dana y Maia iban a conocer a las gemelas, ella le había comentado al pasar que había una peluquería a bordo del SDF-3 al cual la zentraedi siempre iba, y en donde era el único lugar que lograban captar el tono exacto de verde cuando se teñía reflejos en su cabello. Si en dicha peluqueria eran tan profesionales como para satisfacer a la muy exigente zentraedi, seguramente podrían colocar reflejos dorados en la cabellera color miel de Lisa Hayes. Además, la Almirante tenía interés por recorrer las calles de la urbanización dentro de la nueva nave y así poder percibir el ánimo de la población civil que la habitaba.
Mientras caminaba buscando el salón de belleza, alguien le tocó el hombro por detrás. Al darse la vuelta, Lisa se encontró frente a frente con el amor de su adolescencia. Su sorpresa fue tal que se sobresaltó sin poder emitir una palabra.
–Hola Lizzie. ¿Estas perdida? –preguntó Karl Riber algo intrigado–. Te vi desde lejos que estabas mirando para todos los costados buscando algo.
–Si –atino a responder Hayes ocultando su nerviosismo–. Estaba buscando donde es la entrada al Centro Comercial Los Ceibos.
–Sigues derecho por aquí y a 200 metros hay un pórtico. Allí está la entrada.
–Perfecto, gracias –dijo rápidamente, intentando escapar de allí. Lisa quería alejarse de Riber, pero este sostuvo su mano para detenerla.
–Lizzie…, me gustaría invitarte a cenar –dijo Karl con voz temblorosa. Era evidente que no solamente Lisa Hayes estaba nerviosa por ese encuentro. Ella lo miró dubitativa. Anímicamente aún no estaba lista para tener una cita con Karl Riber.
La operación de su hija la había desconectado de todo lo que pasaba a su alrededor con respecto a la llegada del SDF-3 y todos sus tripulantes. Luego, cuando Lisa vió el video que Hunter había rescatado de la nave enemiga, la mente de la Almirante Hayes terminó aún más aturdida, olvidando incluso la presencia de su antiguo novio en la nueva nave que ahora navegaba junto a su flota. La joven almirante se había enfocado completamente en sus hijas y en el ex-piloto Skull. Había en vano intentado olvidar a Rick Hunter, pero el video removió sentimientos que indefectiblemente la enfrentaron con un pasado que la propia Lisa había subestimado. Lo que ocurrió hace ya 15 años en la nave de Breetai había influido en ella mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Viendo la duda en los ojos de su ex-novia, Riber intentó convencerla. –Hay muchas cosas que nos pasaron en estos años, y es importante para mí poder compartirlo contigo.
Lisa sonrió y los ojos del científico se iluminaron de ilusión.
–Claro –dijo con dulzura–. Cuando quieras.
–¡Genial! ¿Te parece bien esta noche? Hay un exclusivo restaurante francés aquí en el SDF-3 que estoy seguro te va a encantar. Podríamos reunirnos en la manga que une ambas naves a las ocho de la noche.
Lisa estaba a punto de negarse, pero luego recordó que hoy era el día que sus hijas se quedaban en casa de su padre, por lo que no tendría inconvenientes de horarios.
–Hoy a la noche estoy libre. Creo que encontrarnos en la manga sería ideal. Nos vemos luego.
Sorpresivamente para ella, Karl la abrazó y Lisa se quedó congelada en el lugar por este gesto inesperado del científico. Por un momento se sintió un tanto incómoda, pero luego su espalda percibió un cosquilleo familiar porque Riber le había hecho una leve caricia exactamente igual a como solía hacerlo en el pasado, y todos sus músculos se relajaron. Una extraña sensación de calor recorrió todo su cuerpo y le erizó la piel. Había despertado en su interior una sensación que había creído perdida.
Luego Karl le dio un beso en el cuello, tal cual como lo hacía en su adolescencia cuando eran vecinos. En ese entonces aún no eran novios, ni se habían confesado su amor mutuo. Solamente se saludaban en la calle de manera tímida, como dos jóvenes que intentaban tener algún tipo de acercamiento. Ese pequeño gesto avivó una nostalgia de revivir aquellos sentimientos de incertidumbre y deseo por el excéntrico científico que Lisa había olvidado de manera definitiva cuando decidió desterrar a Karl de su corazón. Cuando ese recuerdo la invadió de manera inesperada, la curtida oficial militar no pudo evitar esbozar una sonrisa de complicidad consigo misma.
Mientras se alejaba de allí buscando el centro comercial, una sensación de deja vu la invadió. Entre el video cuasi pornográfico que tenía grabado junto a Hunter y la caricia poco inocente de Riber, Lisa Hayes estaba viajando sin escalas al pasado. Tenía que descubrir cuales de toda esa maraña de sensaciones de antaño eran realmente significativas para ella en el presente.
Cuando encontró el salón de belleza, la recibieron como a una civil más. Afortunadamente Lisa era una total desconocida en el SDF-3, y eso era una sensación nueva y agradable para la Almirante Hayes. Nadie sabía quién era ella y la trataban como a cualquiera. Fue entonces que Lisa decidió que vendría más seguido de incógnito a esta otra nave para hacer cosas rutinarias sin que nadie la estuviera juzgando o comentando sobre ella a sus espaldas.
–Buenas tardes señorita, mi nombre es Norma. ¿Qué es lo que necesita?
–Quiero tapar mis canas y hacerme unos reflejos dorados. ¿Cree que me va a quedar bien?
–Querida…, en esa hermosa cabellera cualquier cosa que hagamos va a lucir es-pec-ta-cu-lar. No se va a arrepentir –le dijo la peluquera con seguridad.
La estilista guió a Lisa hacia el sector de lavado y le colocó la capa típica que usan en las peluquerías para proteger la ropa del cliente. Mientras le masajeaba la cabellera para lavarle el cabello, la mujer comienza a conversar para distraer a su clienta intentando que Lisa se relaje un poco ya que la había notado algo tensa.
–Es la primera vez que la veo aquí. ¿Cómo se animó a venir?
–Una amiga me recomendó el lugar.
–Espero no dejar mal parada a su amiga, y que salga de aquí satisfecha con el trabajo. ¿Necesita luego de la coloración que hagamos algún peinado para alguna reunión o fiesta importante?
–No tengo ninguna fiesta hoy –se apresuró a contestar. Luego de pensarlo un poco, agregó–. Tengo una cita con un ex-novio.
–Uhh…, donde hubo fuego, cenizas quedan. Si me permite, le voy a realizar un peinado que la va a dejar para el infarto, querida.
Lisa no pudo evitar ruborizarse con ese comentario. No estaba tan segura de querer infartar a Karl con su apariencia. Pero pensándolo mejor, quizás sería bueno mostrarle a Riber que fue lo que se perdió por dejarla sola en la Tierra cuando decidió irse a Marte.
–¿Ese querido ex-novio sigue siendo buen mozo y atractivo como en su juventud?
Lisa pensó antes de contestar la pregunta. La verdad es que cuando Karl era mas joven tenía una cara perfecta, pero ahora se notaba el paso del tiempo y del sufrimiento que tuvo que soportar durante su largo cautiverio en su rostro. A pesar de haber perdido la frescura e inocencia de antaño, ahora Karl tenía una apariencia más enigmática, que una mujer testaruda como Lisa Hayes estaba dispuesta a desifrar.
–Todavía mantiene parte de su mística.
–Eso es bueno. Vamos a hacer valer la pena esta cita con el hermoso peinado que le voy a hacer. Los reflejos le van a dar una luminosidad a su rostro que lo va a dejar rendido a sus pies.
Lisa se ruborizó aún más con los comentarios de la mujer que le estaba colocando la tintura. Con cada acotación de la peluquera, la expectativa que tenía Lisa Hayes con respecto a esta cita que tendría con Riber iba en aumento. No podía evitar ponerse un tanto nerviosa por lo que podría llegar a pasar esa noche entre ambos.
–Y este ex-novio tuyo, ¿cómo era cuando estaban juntos? Era un hombre tierno que siempre complacía a su mujer de manera suave y delicada, o era un hombre fuerte y seguro de sí mismo que derretía corazones con la mirada.
Jack Archer era seguro de sí mismo, y fácilmente podía derretir a Lisa Hayes cuando la miraba a los ojos, en cambio Karl Riber siempre había sido suave y complaciente con ella. Pero ambos tenían un poco de las dos cosas. Jack podía ser apasionado pero suave, y Karl cuando la miraba desde lejos le trasmitía un ardiente deseo de estar con ella que lograba impulsar en su interior el desafiar a su padre, Donald Hayes, con tal de pasar un rato más con su enamorado.
Absorta en sus pensamientos mientras comparaba a su ex-novio y a su ex-marido, Lisa comenzó a tomar un poco de agua para aclarar sus sentimientos. Como Hayes olvidó contestarle a la peluquera que tipo de hombre era Karl Riber, la estilista continuó con su interrogatorio.
–Ya sé…, tu antiguo enamorado era de esos hombres con los que por cualquier motivo acabas discutiendo, para luego terminar en una fogosa y explosiva reconciliación.
Justo en ese momento, Lisa se atraganta de los nervios con el vaso de agua comenzando a toser de manera incontrolable. Lo último que había dicho la peinadora era la descripción más burda de su tormentosa y apasionada relación con Rick Hunter. Cuando finalmente Lisa se estabilizó expulsó un gran suspiro, tratando de quitarse a Hunter de su mente.
–Yo sabía que ese era tu tipo de hombre –le dijo de manera cómplices a Lisa guiñandole un ojo–. Se nota que eres una mujer que necesita constantemente desafíos para mantener viva la pasión.
–¿Cómo puede asegurar eso, si ni siquiera me conoce?
–Querida, estoy atendiendo mujeres todo el tiempo, de distintas edades y de diversas profesiones. Puedo reconocer características básicas de la personalidad o gustos femeninos en tan solo unos minutos. Vas a ver que cuando esta noche tu cita termine, vas a tener ese reencuentro explosivo con tu antigua conquista. Te lo aseguro, tesoro. Ahora quédate aquí esperando unos minutos para que el producto te haga efecto. Vuelvo en un rato.
Lisa se recostó con los ojos cerrados para descansar sobre el sillón donde le estaban aplicando la tintura. Mientras hacía ejercicios de respiración para relajar su ansiedad por la expectativa de su cita con Karl, escuchó el zapateo de una empleada del local que corría desde lejos para alcanzar a una persona que había pasado caminando por allí hace unos instantes.
–¡Señora Hunter, espere! Se está olvidando esta bolsa. Aquí tiene.
Lisa no podía creer que justo iba a toparse con la esposa de Rick en una situación tan embarazosa como en la que se encontraba. Tenía la mala suerte de estar en ese momento con todo su cabello revuelto con producto para teñir, y algunos papeles de aluminio que le habían puesto salpicando su cabellera con el objeto de acentuar algunos reflejos dorados.
«Quizás la mujer de Hunter no me conozca. Quizás ni sepa quien fue Lisa Hayes en la vida de su esposo», pensó Lisa intentando calmarse. «¿Y si Rick se casó con alguien que sabe quién soy?», se cuestionó dudosa. «¿Y si finalmente la cantante le terminó por torcerle el brazo a Rick y logró convertirse en la Sra. Hunter?»
La Almirante Hayes estaba rezando para que sea quien sea, nadie la descubriera con esa pinta, y mucho menos si la famosa y despampanante Miss Macross se había convertido finalmente en la Sra. Hunter.
Lisa no se había animado a preguntarle a Miriya con quién se había casado su antiguo prometido para no quedar como una chismosa, pero ahora se arrepentía. Al menos le hubiera servido para estar más alerta y lista para este embarazoso momento.
«Por favor que no sea Minmay», imploró. «Y si llega a ser alguien que conozco, que no me vea en este estado», suplicó Lisa quedándose completamente quieta y aún con sus ojos cerrados para no llamar la atención.
–Muchas gracias. No sé donde tengo mi cabeza. Hasta luego.
Lisa mantuvo la respiración. Su corazón por un segundo dejó de latir. Había reconocido esa voz.
–¿Lisa?¿Lisa Hayes?¿Eres realmente tú?
«Diablos, me vió. No tengo escapatoria», se lamentó en silencio. Lentamente, Lisa Hayes abrió sus ojos intentando esbozar su mejor sonrisa.
