Choromatsu sonrió también sin poder evitarlo.
Esa mañana estuvo con Kichiro hasta que se sintió mejor. Luego de ello reanudó sus actividades. No habían quedado de encontrarse en ningún sitio en particular, pues debido a que el lugar no era muy grande y no había demasiadas personas como en una institución normal, tenían la certeza de que se volverían a encontrar por allí.
Luego de que su clase de historia terminara, salió al patio de nuevo a tomar los últimos rayos de sol, al atardecer. En ese momento de descanso podía oír a alguien tocando la guitarra en los pisos más altos. Sospechaba que podía ser el piso 3 o 4. Sin poder evadir el pensamiento, recordó a Karamatsu tocando la guitarra y cantando para él como despedida.
Dedujo que quizá eran las actividades extracurriculares de los otros pequeños grupos de personas de grados superiores.
Estuvo escuchando el canto melancólico de la guitarra un rato más antes de ir a su habitación. Cada vez era más difícil llegar a ella.
Se había dado cuenta de algo, y era que, aunque todos los ingresados en el lugar tenían complicaciones físicas o mentales, él era quizá uno de los casos más graves. Además de él mismo, no podía contar a muchas personas que tuvieran tantas dificultades para moverse, comer, o hablar. Las había, por supuesto, sin embargo, Choromatsu era más lento en todo. Claro que, aunque tenían mucha más tolerancia que en su antigua preparatoria, también en la nueva institución/hospital había reglas y horarios, y debía acomodarse de acuerdo a ellos.
Sintió un poco de pena y compasión hacia sí mismo cuando pudo notar que, incluso en un círculo en el que no había demasiadas diferencias, seguía siendo el más perjudicado.
Esa tarde Choromatsu no pasó al comedor. Estaba exhausto; los huesos le dolían mucho.
Cuando hubo llegado por fin a su habitación se sacó un susto desagradable al ver a alguien justo a un lado de su cama. Entornó la vista para hacerse una idea de quien era y poder presentarse al chico, que, al parecer, era su mentado nuevo compañero de cuarto. Sintió un alivio, pues la cama del chico estaba desde hace días allí ocupando espacio y sin nadie que la reclamara.
Choromatsu se dirigió a su cama con lentitud girando las ruedas de la silla, y al toparse con su compañero, sus ojos brillaron.
—¡Ah! Kichiro-kun.
—¿Eh? ¿Choromatsu-kun? ¡De modo que tú eres mi roomie!
—Me daba la impresión de que nos vo-volveríamos a ver, pero, no creí que esta mis-misma noche.
—¡Ja, ja, ja, ja! Yo también. Estaba… ayudando un poco con la limpieza, pero estaba esperando a que llegaras para preguntarte sobre tus cosas. Bueno, no esperándote a ti, pero, tú entiendes.
—¿Qué quieres saber?
—Estaba a punto de tirar las flores marchitas del escritorio y a mover los libros empolvados que tienes cerca de la ventana, pero…
—Oh, está bien. No hay problema. Iba a hacerlo yo pero siempre t-termino dando pri-prioridad a las tareas.
Kichiro asintió con una sonrisa.
—Lo haré entonces mañana.
—Y, entonces, ¿recién llegaste… hoy?
—¡Sí! En la mañana no tuve tiempo de cambiarme puesto que acababa de llegar, cuando te vi. Sentí que debía hacerme de un amigo antes de cualquier cosa, pero no supe que terminaría compartiendo habitación contigo. Debí haber llegado antes, pero mamá tenía problemas en casa y en mi antigua escuela, y terminamos aplazándolo unos días más. Lo siento, si he causado molestias.
—¡Para nada! Tu cama ha es-estado aquí un… tiempo, p-pero no hay problema. Me habían informado de tu llegada, pe-pero, tampoco sabía que serías exactamente tú. N-No te preocupes, no he tocado nada.
—Ok, no pasa nada. —Sonrió.
Choromatsu asintió y levantándose con cuidado de la silla se recostó en su cama y se puso a escribir en su diario. Su gruesa libreta ya casi se llenaba. No escribía mucho a diario. Le bastaba como mínimo dos o tres párrafos.
Esa noche durmió acompañado de su nuevo amigo. Estaba a gusto. Pensó que, mañana le llamaría a su hermano y le contaría de su nueva amistad.
A la mañana siguiente ambos se levantaron a sus clases. Compartían exactamente las mismas actividades, excepto una, y era que, por las mañanas o tardes Kichiro debía regar las plantas del patio mientras que a Choromatsu le tocaba ordenar los libros de la pequeña biblioteca de la planta baja. A excepción de aquello, pasaban al cien por cien su tiempo juntos.
Incluso hicieron un buen trío amistoso cuando estaban junto a Aoi. Cuando Choromatsu hacía sus ejercicios de fisioterapia luego de las clases, el joven Kichiro lo acompañaba y cuando terminaba la sesión, conversaban de una u otra cosa con ánimo. Era gracias a ellos dos que Choromatsu se sentía reconfortado.
Kichiro era de la misma edad que Choromatsu, y aunque ambos fuesen más jóvenes que la muchacha, se llevaban muy bien, como si ella fuese la hermana mayor de ambos. Aoi era divertida y dedicada, y hablaba un montón cuando no estaba ejerciendo su labor. Y Kichiro era risueño, comprensivo, atento y algo ruidoso.
Choromatsu, que era tranquilo y tendía a deprimirse con frecuencia, hacía un completo contraste con ellos. Sin embargo, ambos lo apreciaban así.
Aquella misma tarde luego de que Kichiro hiciera la observación de que Choromatsu tenía el cabello muy largo, se ofreció a cortárselo él mismo. El flequillo le cubría ya las cejas por completo cubriéndole parte de los ojos y le rozaba ya el cuello de la camisa, sin embargo, luego del corte, se veía muy guapo.
La primera semana con Kichiro fue la mejor desde su llegada a la institución.
No quería admitirlo, pero empezó a pensar y preocuparse menos por Todomatsu luego de los primeros días con su amigo. El muchacho al no tener problemas con ello, le ayudaba a abotonarse la camisa y a tender su cama la mayoría de las mañanas. También le ayudaba a acomodarse las mangas de su sudadera y a apagar las luces de la habitación. Ambos se quisieron mucho en poco tiempo justo como si fuesen hermanos. Esperaba con menos emoción las llamadas de su familia; ya no se sentía desamparado por completo.
Luego de un tiempo, había puesto atención a algo curioso. Se preguntaba la razón para que su nuevo amigo estuviera allí, en ese lugar. A simple vista no se le veía con alguna discapacidad física o mental. Su curiosidad fue en incremento y eso dio como resultado que le prestara más atención de lo ordinario.
Al cabo de unas horas de minuciosa observación notó que cojeaba.
Era cierto que no era muy rápido y no caminaba mucho. Tampoco era extremadamente puntual y no hacía más de lo necesario, sin embargo, a juicio de Choromatsu, le pareció que su estancia en la institución era un poco demasiado.
A veces cuando se cambiaba de lugar, cuando iba a recoger su comida a la barra o cuando iba a ducharse arrastraba levemente la pierna izquierda, pero eso era todo. No le parecía que fuese una razón válida para que se le separara del mundo real justo como a él o los otros. Pese a no ser muy rápido, Kichiro subía y bajaba las escaleras varias veces durante el día por situaciones u objetos poco indispensables. Choromatsu en definitiva no podía hacer aquello.
Un día mientras estaban juntos en el patio trasero de la institución, Kichiro dijo:
—¿Te gusta tener flores en el jarrón que esta sobre el escritorio de nuestra habitación, verdad? Yo voy a conseguirte algunas siempre que pueda. Me he estado encargando de cuidar de los jardines… Seguro que al personal de aquí no le importa si tomo unas siempre y cuando se los explique. Es que, ya sabes, Atsuko-chan no puede estar siempre con nosotros atendiendo estas cosas.
—Lo sé, Kichiro-kun. Te lo… agradezco.
Kichiro asintió con una sonrisa.
—¡Bien! Será mi tarea a partir de ahora. A decir verdad, también me gustan.
Luego de unos minutos de haber vuelto al silencio otra vez, Choromatsu no pudo evitar preguntarle acerca de los pensamientos que había tenido anteriormente respecto a él.
—Ki-Kichiro-kun, ¿no te… molesta este lugar? Quiero decir, ¿no te parece mucho para ti?
Ante la pregunta de su amigo, no pudo evitar vacilar un poco. Luego de relamerse levemente los labios para responder, le dijo suavemente:
—Puede que mi condición no sea tan extrema como la tuya o el resto de chicos que están aquí, pero… en el mundo real es una molestia. No voy a mentirte, me siento un quejumbroso estando aquí porque sé que todos lo pasan peor que yo, pero, estar fuera no me gusta mucho.
—N-No digas eso, todos so-somos diferentes y… lidiamos distinto c-con las cosas que nos pasan.
—Estoy al tanto, Choromatsu-kun. —Sonrió con tristeza—. Mira, no es solo mi pierna —dijo mientras posaba su mano en su pantorrilla izquierda, explicándolo con calma—, sino que, también es mi corazón. No puedo hacer cosas que otros hacen. No puedo correr con todas mis fuerzas, ni hacer tareas pesadas ni caminar siquiera un kilómetro yo solo a la escuela o jugar cualquier deporte. Solo puedo estar sentado, leyendo, pensando, haciendo cosas tranquilas. Y yo no soy una persona de naturaleza muy tranquila ni reservada que digamos. Tengo miedo incluso de que un ataque de risa termine matándome —exclamó la última frase soltando una risa simple—. ¡En fin! Nací así, amigo mío. Nunca he estado en instituciones normales hasta que cumplí catorce, pero no me fue bien. Esto no me saca de mi rutina.
Choromatsu se sintió abatido, preocupado y desalentado. Y, al mismo tiempo, afortunado. Al menos él sabía lo que se sentía correr a todo pulmón, o jugar al baloncesto un montón de horas hasta quedarse sin aliento o caminar millas todos los días hacia cualquiera que fuese su destino. Por supuesto, ya no podía hacerlo, pues su enfermedad no se había presentado hasta inicios de sus quince años, y lo agradecía. Al menos su enfermedad no estaba presente desde su nacimiento, como sucedía con Kichiro. Sintió empatía, pese a la realidad de que ambos estaban en una situación similar.
Al ver que el semblante de su amigo se ensombreció un poco, Choromatsu sintió pena.
—Discúlpame, Kichiro-kun. N-No debí preguntártelo.
—No pasa nada —le dijo meneando la cabeza con serenidad—, no hay razón para que no puedas saberlo.
Noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo… Los meses pasaron y la amistad de ambos muchachos creció más y más.
Kichiro a veces se sentía triste, pues podía observar cómo era que su amigo iba empeorando de a poco, sin embargo, con las actividades y los cuidados de los médicos su condición no avanzaba igual de rápido a como debería.
Los movimientos de Choromatsu eran cada vez más torpes, no obstante, el problema se solucionaba con ayuda de Kichiro, Aoi, o algún otro docente del lugar.
Cuando la primavera trajo consigo preciosos nuevos retoños a mediados de abril, Kichiro volvió a recoger bastantes para su amigo, para Aoi, y para alguna que otra profesora o profesor que le agradara.
Debido a que la estancia en el lugar no salía para nada barata, los padres de los gemelos se partían el lomo trabajando para cubrir los gastos de su hijo. En una temporada Todomatsu llegó a sentirse molesto, pues tenía la sensación de que estaba siendo ignorado por sus padres, sin embargo, pudo comprenderlo luego de un tiempo. No podía luchar contra su tristeza, de todas formas.
—¡Yo puedo encargarme de darle una visita a mi hermano! Estoy harto de solo oír su voz a través del teléfono —dijo Todomatsu un día.
El señor y la señora Matsuno convinieron en que era una buena idea, y le dejaron marcharse. El joven había tomado el tren hacia las afueras de la ciudad y vio a su hermano. A ambos se les saltaron las lágrimas de la felicidad.
No se le negaba a nadie hacer visitas estrictamente, sin embargo, siempre había días determinados para ello. Debido a que los padres de Kichiro estaban exageradamente ocupados tales como los padres de Choromatsu, no fueron a verle en mucho tiempo. Ese día fue Todomatsu el único recién llegado del lugar.
Aunque Choromatsu le había dicho a su compañero que tenía un hermano gemelo, al verlo por primera vez Kichiro sintió mucha curiosidad por ver otra cara igual a la de su amigo. Ambos se saludaron y se agradaron también.
Tras preguntarle cómo iba son sus clases y su tratamiento de terapia física, Todomatsu pasó a una conversación más trivial.
—Debo volver hoy por la tarde, Choromatsu nii-san, pero antes de eso, quiero decirte algo.
—C-Claro, dime, hermano.
—Quiero que celebremos nuestros cumpleaños juntos, como siempre, así que… voy a pedir permiso para que podamos llevarte a casa solo ese día. A eso vine. Pero, no se lo dije a nadie en casa.
—¿Qué? Pero, Totty, eso es…
—No pasa nada. Estoy seguro de que va a salir bien —sonrió—. Voy a pedir permiso para Kichiro-kun. Aunque eso le corresponde en mayor parte a sus tutores. Y, bueno, no somos mayores de edad y eso lo complica, pero —seguía diciendo mientras se acercaba al rostro de su hermano, cubriendo uno de los costados de su propia mejilla con su mano, susurrando—: falsifiqué la firma de papá.
—¡¿Qué hi-hiciste qué? P-Pero…
—Shhh, déjamelo todo a mí. Falta todo un mes todavía.
Dicho aquello, y una vez casi finalizado el día, se fue.
Por la noche, cada uno acostado en su cama, Kichiro sonrió y le habló antes de dormir.
—Choromatsu-kun… Debo decirte algo. —Choromatsu no respondió, pero prestaba atención—. Estuve espiando a tu hermano en la oficina. Supe que no le aceptaron la solicitud para que salgas de aquí en esa fecha… No pude oír bien las razones —dijo tranquilamente.
—¿Se lo… negaron a Todo…matsu?
—Sí.
—Oh…
—Es una pena. Me habría tirado al suelo y habría llorado lo que hiciera falta ante mis padres para que me dejaran ir a tu casa. Me parecía una idea asombrosa.
—¿P-Por qué no me lo ha-habrá dicho?
—¿Quién sabe? Quizá temía que anocheciera rápido y volvió a la ciudad.
—Hmh.
Choromatsu se entristeció.
—Pero no te preocupes, tengo una buena idea para festejar tu cumpleaños aquí. —Sonrió traviesamente, en medio de la oscuridad.
N. de la A.
¡Muchas gracias por seguir esta historia! Se ha estado alargando más de lo que pude prever, pero me siento feliz de poder continuarla por fin. Espero que me sigan hasta el final.
