Dedicatoria
Este capítulo, junto al siguiente, están dedicados al mangaka Kentaro Miura y su magnum opus, "Berserk". La noticia de su continuación me trajo una gran alegría y las ganas de escribir volvieron a mí, quiero honrar a mi manera al hombre que, junto a la persona que considero como un hermano, me impulsaron a crear una mejor narrativa y dar lo mejor de mi cuando hago algo, de dar humanidad y demostrar que, incluso detrás de un final amargo, puede haber un pequeño rayo de luz que te hará continuar.
El sentimiento más primigenio de todos los seres pensantes fue el de la supervivencia, es algo arraigado en lo más profundo de su cuerpo, de su alma.
Era esa voz que te decía "¡Lárgate!" cuando sentía el peligro, ese pequeño destello de lucidez en algunos momentos de locura. Aquello que te salvaba el culo en muchas de las ocasiones en las que creías que estabas muerto o perdido.
Es en momentos así donde sale a relucir. Respuestas rápidas, el mero instinto que te hacía actuar para poder vivir, como una corriente que te pasaba de pies a cabeza, sacudiéndote entero.
El instinto de supervivencia, sometido por el miedo, era lo que llevó al Maou a recordar el pasado.
Searching the Heaven
Arco 0: [Nacimiento]
Capítulo 7: Respuestas (Impacto – Parte 4)
Esa misma sacudida sintió Sirzechs en cuanto vio esos ojos dorados como oro putrefacto. La pupila afilada de color negro, como la de un reptil, le trajeron viejas memorias, memorias que recientemente volvieron a él.
¿Es acaso que el que despertaran aquellos recuerdos, tenía que ver con ese pequeño?
Un dulce pequeño de cuatro años les habló, miro y rio como si no fueran la gran cosa. Burlándose, pero curioso; curioso de ver como una vida se perdía entre sus manos. Una vida ínfima, un regalo del mundo, sucumbiendo al poder del más fuerte.
Bajó la mirada y pudo vislumbrar su mano. Temblaba, pero una especie de membrana rojiza la recubría.
Apreció con miedo su propio poder, el [Poder de la Destrucción] del clan de su madre. ¿Por qué había salido, si no lo había llamado?
La reacción natural de su cuerpo ante un enemigo potencial, ¿o era un enemigo conocido? Recordaba aquellos ojos, mirándolo desde arriba. Esa figura enorme y negra…
Giró un poco la mirada, sentía una luz a su costado. Michael, el arcángel del Cielo, mano derecha de Dios, tenía sus doce alas blancas como palomas desplegadas y un aro de luz dorada sobre su cabeza, sudaba copiosamente, una lanza hecha de energía pura estaba en su mano izquierda, temblando de manera casi imperceptible.
A su lado contrario, Barakiel, el ángel caído, tenía sus cinco pares de alas negras como las de un cuervo extendidas. Unas ligeras chipas rodeaban su rostro y manos, un ligero tic en su ceja estaba presente, y su respiración era completamente irregular.
No era el único así.
—S-Sirzechs…—escuchó el murmullo del ángel, cosa que lo trajo en sus cinco al instante. Le miró, y este hizo desaparecer su lanza, señalando hacia delante. —Mira…
Recordó en ese instante el hecho que el pequeño tenía brazos negros, abrió los ojos con fuerza y giró tan rápido su cabeza que por poco y su cuello tronaba de la potencia usada.
Efectivamente, sus pequeños brazos estaban recubiertos de, lo que parecía de lejos, escamas negras con grandes garras por el crecimiento anormal de sus uñas. Pero lo más increíble era que, sobre sus brazos, había dos patrones triviales que viajaban desde allí y se perdían bajo su camiseta blanca. Dorado y negro, brillando como dos ríos de energía.
Mierda… ¡Muévete! Le gritó a su propio cuerpo para que reaccionara. Felizmente, funcionó, sus piernas respondieron y fue corriendo hacia Issei mientras que el caído y el enviado del cielo iban hacia las dos pequeñas que estaban inconscientes no muy lejos de ellos.
Le tomo entre sus brazos, colocando su cabeza sobre su regazo. Quitó unos mechones castaños de su rostro, notando que incluso allí estaban esos patrones extraños, cruzando sus mejillas, pasando por su nariz, subiendo hacia su frente formando una marca extraña que nunca, en su larga vida, había visto.
—¿Qué es esto…?
Buscó y buscó en sus memorias, intentando hallar una respuesta. Los pasos se oían ligeramente a la lejanía, los padres de los gemelos y la madre de la hija de Barakiel iban corriendo hacia donde ellos estaban.
Tomo sus brazos, tocando aquella zona ennegrecida. La textura era dura y ligeramente rasposa, al igual que fría. Negras como la noche sin luna. Escamas de reptil, y si su teoría no fallaba – y por todo lo jodido del mundo, esperaba que fallara –, eran escamas de dragón.
—¡Sirzechs! —escuchó a Barakiel llamarlo, giró su cabeza para verle con su hija en brazos. El hombre le miraba asustado, claramente temblando. Sus ojos morados, asustados, demostraban que viejas memorias venían a él. —¿Qué demonios fue eso?
Quería tener una respuesta, aunque sea una. Por más mínima que fuera, la quería tener. Mordió su labio con ligera fuerza. —No…No lo sé…
Barakiel, insatisfecho con aquella respuesta, giró su cabeza nuevamente. Mirando al tercero y último, quien cargaba a la hermana mayor del muchacho en los brazos del demonio, mirándola algo aliviado de que estuviera bien. —¡Michael! —llamó imprevistamente el caído, haciendo que volviera en sí, volteándose levemente para verle. —¿Tienes una idea de lo que pasó? Los ángeles pueden sentir la energía fluctuante de los humanos, ¿qué ocurrió con el muchacho? —preguntó con algo de recelo, recordando como había cercenado la cabeza de aquel enloquecido hombre y lo que dijo después.
La mano derecha del Cielo aspiró levemente, intentando buscar las palabras para poder hablar. ¿Había sentido un cambio? Si, lo sintió. Los ángeles eran una extensión de Dios, sentían la energía de sus creaciones. Sentían cuando algo cambiaba, como la magia nacía, como sus almas morían, sentían todo.
Pero el cambio, la fluctuación que sintió fue tan anormal y brusca. Recordarlo le hacía sentir nauseas, tantos sentimientos negativos fueron soltados de golpe y provocaron una metamorfosis parcial en sus brazos.
Aunque eso no fue lo que más preocupó a Michael. Lo que sintió aparte de eso, dos energías moviéndose de manera conjunta, errática, caótica, saltando de aquí hacia allá, aún persistían en su mente.
Era, entre los presentes, el más longevo y tenía en su haber un vasto conocimiento sobre las energías que envolvían cada rincón del mundo humano, y los otros mundos (o submundos) en este mismo.
Las energías en el mundo tenían diversas formas de ser mostradas. Era increíble la cantidad de formas que existían, cada una de manera individual demostraba un potencial único y, consecuentemente, cualidades únicas que las diferenciaban del resto.
Aspiró profundamente, pensando en las posibilidades que estaban sobre la mesa. Esa energía era familiar, inmensamente conocida. ¿Podría ser? Era una locura pensarlo, pero, ¿y si lo fuera?
—Señores…—habló suavemente el ángel, acariciando la cabeza de la pequeña, dándole consuelo. Pero estaba dormida, tal vez, se estaba dando consuelo a él mismo. —Lo que sentí, fue similar a aquel día.
—¡Eso es imposible, Michael! —exclamó Barakiel en negación, abrazando a su hija con ligera fuerza, protegiéndola. —Está sellado, Padre lo selló aquel día. Muchos murieron, pero esa bestia está SELLADA. No puede escapar.
Sirzechs tragó pesado, miró hacia el costado, cosa que fue notada por ambos, atrayendo su mirar hacia él —¿Sirzechs?
—…Serafall…—el pelirrojo aspiró, intentando encontrar las palabras adecuadas para decirlo. —Serafall me comentó hace unos días la desaparición de demonios en algunos pueblos pequeños del mundo humano y del mundo sobrenatural. E-Es un patrón repetitivo, pero está allí…
—No puede ser…
El silencio reinó sobre ellos, escuchando los pasos cada vez más cerca. Tardaron en reaccionar, pero Barakiel logró ser lo suficientemente rápido para interceptar a los tres humanos, padre y madres de familia, quienes se acercaban hacia su ubicación.
—¡Barakiel! —la voz de su esposa le trajo un alivio casi instantáneo, quiso abrazarla y refugiarse en sus brazos, pero reprimió ese deseo y les obstruyó el paso. —¡¿Qué sucedió?! ¡¿Qué le pasó a mi hija?!
—¡¿Qué les pasó a mis hijos?! —grito Hanako acompañando a su desespero maternal.
El caído guardo silencio, mirando a la cabeza de la familia Hyodo quién le miraba expectante. Sus ojos mieles detrás de sus gafas eran duros y esperaba una respuesta satisfactoria de su parte.
—Les responderé, pero necesito que Aori-san vaya con Sirzechs y Michael…—Hanako estaba a punto de reclamar, pero el caído habló rápidamente. —Ellos tienen a sus hijos, están bien. Solo están inconscientes. Ya los revisamos, pero necesito hablar con ustedes dos.
Con un movimiento de cabeza, el pelinegro le dio pase al humano, quien salió disparado en dirección hacia donde el caído había venido para encontrarse con ambos seres dándole la espalda, y lo que más le alerto, fue el cuerpo decapitado no muy lejos de ellos.
Se acercó al serafín, viendo entre sus brazos a su hija mayor. Ninguno dijo nada, acercó sus manos a su rostro para poder tocarlo, notándola dormida, inconsciente.
El alivio fue momentáneo, miró a los ojos verdes del ángel, asintiendo para encargarle unos momentos más a su primogénita. Este cerro los ojos, asintiendo suavemente mientras el castaño iba corriendo hacia el Maou.
Miró la espalda de Sirzechs, y temió lo peor cuando no se giró para verle al contrario de lo que hizo el arcángel.
Se colocó a su lado, mirando atento a su hijo, notando con sorpresa aquellas marcas negras y doradas en su cuerpo junto a sus brazos ennegrecidos. Sus ojos mieles le miraron de pies a cabeza, manchas de sangre seca en su ropa y rostro, así como en sus manos (si es que podía llamarlas así) ennegrecidas.
—¿Qué pasó…? —preguntó en un susurro, acariciando el rostro apacible de Issei, sus manos temblando un poco, asegurándose que estuviera bien.
El pelirrojo no respondió inmediatamente. Estaba pensando como decirle lo que había ocurrido, o al menos, lo intuía. —Creo que fueron atacados. Issei…Issei mató a ese hombre, totalmente en defensa propia. —Sirzechs desvió la mirada a los brazos ensangrentados del pequeño, mordiéndose el labio ligeramente. —Las pruebas remiten a que solo él tiene sangre en su cuerpo, cuando llegamos, el cuerpo estaba descabezado frente suyo.
Aori guardó silencio por unos segundos, examinando al menor de su familia. Issei se miraba tan apacible, como si nada de lo que hubiera dicho el demonio de cabellos rojos haya pasado. —¿Qué hay de sus brazos? —preguntó con cierta cautela, notando inmediatamente la incomodidad de Sirzechs, provocando que entrecerrara los ojos. Saben algo…
—Eso…No lo sabemos, o más bien, no sé con exactitud. —confesó sinceramente quien ostentaba el cargo de "Lucifer", mirando de igual manera los brazos del muchacho. —Se sienten como escamas, pero…no lo sé, lo siento raro. Como…
—Como si en cualquier momento fuera a cambiar. —terminó Aori tomando los brazos de su hijo, viejos recuerdos venían a su mente. Recuerdos que no quiso volver a tocar nunca en lo que le quedara de vida.
Tal parece, que no sería así.
—¿Aori…?
El nombrado aspiró profundamente, antes de mirar por sobre el hombro al pelirrojo, el cual había endurecido su mirar, notablemente serio y preocupado en partes iguales. Mantuvieron un silencioso duelo de miradas por unos segundos, hasta que el humano habló. —Sirzechs-san, Michael-san. Ustedes como seres sobrenaturales a veces piensan que saben todo lo que ocurre aquí en este lugar, lo que ocurre con nuestros países, con nuestras fronteras…con nuestras organizaciones.
Las palabras de Aori por alguna razón perturbó a ambos.
Si, lo que decía Hyodo padre era bastante cierto. Cientos y cientos de los suyos y de caídos, así como de otras razas, estuvieron presentes en muchas organizaciones, países y eventos de categoría mundial.
Pero siempre tuvieron en mente que nunca se darían cuenta de ello, claro, a menos que supieran por cuenta de los involucrados o que formaran parte de una organización humana que estuviera enlazada con lo sobrenatural como lo vendría a ser el Vaticano y las iglesias en general.
Aori tomo otro respiro, antes de seguir. —Tal vez piensen que mi primera interacción con lo sobrenatural fue con Izanagi, pero están mal. Fui un soldado desde que cumplí los veintiún años, con entrenamiento militar desde los diecisiete. Sé cosas, al igual que mi mujer…Al igual que la mujer de Barakiel.
¿Shuri sabía algo? No era de extrañar, ella era una sacerdotisa. Pero algo en sus palabras les hacía saber que tal vez era más de lo que pensaban.
El castaño se acuclilló, colocando sus brazos bajo el cuerpo de su hijo menor, cargándolo para después girarse y mirarlos a los dos. La perspectiva del sol bajando por las espaldas del humano le dieron un aura ligeramente intimidante. —Sé lo que pudo haber pasado y sé que han querido hablar conmigo y mi esposa desde hace semanas. —les dijo mientras empezaba a caminar. —Como veo que no hay más opción, hablaré con ustedes sobre todo lo que sé, aunque mi cabeza esté en juego. —el tono del humano era mortalmente serio, haciéndose preguntar a ambos que cosas les iba a decir.
Aori empezó a caminar, pero solo dio unos pasos antes de parar en seco, suspirando exasperado. —Debo llamar a mi suegro…
—Azazel está con él. — dijo de inmediato el ángel, haciendo que el castaño le mirase. —Supongo que lo ubicas, ¿no? Azazel, líder de los Caídos, jefe de Barakiel. —le explicó. —Ahora mismo está con él. Se reunieron ayer.
—Tch, por supuesto, conoce a Azazel. —gruño el castaño ante las palabras del arcángel. —Bien, si pudieses contactarlo y hacer que vengan lo más pronto posible para tener más público, lo agradecería.
—De inmediato.
No pudieron evitar sentir que estaban fuera de lugar, como si ese hombre tuviera más poder que ellos. Tal vez eran suposiciones de sus mentes agitadas.
O tal vez no.
"¿Dices que tu hijo ocasionó un problema?"
Aori suspiró por enésima vez en el día, su espalda recostada contra la pared pegada a la puerta donde descansaban sus hijos y la hija del caído en futones individuales. Con celular en mano, miró por sobre su hombro las siluetas de su mujer y a la sacerdotisa del lugar, hablando tranquilamente, como si fueran amigas de toda la vida mientras cuidaban el descanso de sus hijos.
Los demás integrantes de la excursión se habían ido ya, pidiéndoles que se retirasen del lugar amablemente porque Shuri debía, supuestamente, hacer una ceremonia especial.
—Uno de los grandes. —contestó el castaño mientras se llevaba una mano al rostro, cerrando los ojos y apretándose suavemente el puente de la nariz. —Mató a alguien.
"No es el primer niño que ves que mata a alguien."
Hyodo gruño con molestia, odiando el tono sarcástico que uso. Si bien tenía razón…—Es mi hijo de quien hablo. Luche para evitar que él algún día tuviera sangre en sus manos, y mató a alguien con ellas. Sus manos…—Cerró los ojos con fuerzas, como queriendo que todo fuese un mal sueño, que despertaría sobresaltado en medio de la noche como tantas veces en el pasado. Pero así no era esta vez. —Sus manos eran como las mías.
"…"
La voz detrás de la línea guardo silencio unos momentos, el tono de voz del padre de familia era casi mortal. Había algo detrás de sus palabras, un miedo latente.
Se tomó su tiempo para volver a hablar. —Mubong…Siento que lo que pasó aquel día, no acabó y no se fue.
"Tch, sí. Algo de eso me imaginaba que pasaba por tu cabeza hueca. Supongo que le dirás a los líderes lo que sabes."
—Es mi mejor opción, ellos también tienen información. O eso quiero creer. —Aori se tomó el cuello y se lo frotó con algo de molestia, rascándose, soltando un pequeño gruñido cuando se lastimó. —Carajo…
Maldijo por lo bajo, retirando su mano de su cuello para verla; solo para enmudecer casi al instante, mirando con horror la misma.
Similar a lo de hace unas horas con su único hijo varón, su mano era una garra oscura desde la punta de sus uñas hasta la zona de la muñeca. La palma, el dorso, todo estaba cubierto de una pequeña capa negra endurecida; y en la zona central de su mano, había un manchón de sangre.
Trastabillo un poco, golpeando la espalda contra la pared, dejándose caer hasta que su trasero tocó el suelo, mirando su mano derecha, atónito.
"¿Aori? ¡¿Aori?! ¡Responde maldita sea!"
No contestó, el teléfono cayó de mano y la llamada se cortó. Su pecho empezaba a subir y bajar, estaba hiperventilando. Miles de imágenes azotaban su cerebro una detrás de otra, forzándole recordar.
El páramo desolado de Irak era todo lo que estaba a su vista, la arena se levantaba por el viento y el sol le caía entre el pequeño espacio que daban las nubes densas. El sudor bajaba por su frente, forzando a subir su mano para poder limpiarse el rostro.
Se miró la mano derecha, había sangre, mucha sangre sobre su palma negra como la noche sin luna. Estaba lastimado.
De pronto sintió cansancio, cayó de rodillas, respirando agitado.
—¡Coronel! —Cierto, él era un coronel. Estaba en una misión, una misión importante. —¡Allí vienen!
En cuanto quien sea que haya dicho eso termino de hablar, el cielo se abrió. Un dorado brillante detrás de si, como si el sol estuviera en su cenit.
El relincho de caballos le forzaron mirar, bajando del mismo cielo, había un ejército de hombres y mujeres en armaduras plateadas montados en equinos alados, Pegaso.
Apretó los labios al ver al hombre que los comandaba. Una lanza enorme en sus manos, sobre un Pegaso rojo como la sangre. Una armadura púrpura sobre su cuerpo con heridas visibles.
Detrás de su visor, una mirada cargada de desdén y furia le miraban directamente al alma.
Sintió tribulación en su ser, su corazón retumbaba con fuerza. Podía sentirlo, las ansias de matar que nacían de él, las ansías de luchar hasta caer.
Sobre él, no estaba cualquiera. Sobre él, estaba un dios, un dios de la guerra. El Dios de la Guerra Sangrienta.
—¡ARES!
De allí, no recuerda mucho. Todo fue tan rápido, gritos hubo, sus manos se llenaron de más sangre. Adrenalina pura recorría sus venas, extasiándolo.
El cielo se partió, una grieta se abrió en medio de él. Algo salió, algo monstruoso. Energía corrosiva recorriendo su cuerpo, el dios gritó y él rugió.
Una lanza fue clavada en el vientre de aquella criatura salida del averno, le dieron muerte. Un Príncipe había caído ante las manos del padre del Heredero del Rey. ¿No eran lo mismo? No. O tal vez.
Casi todo su escuadrón murió ante la energía que fue expulsada; pero él estaba allí, vivo, fuerte, vigoroso como nunca.
Soltó una risa seca, sus manos estaban rotas, pero nunca dejó de golpear. El rostro de aquella bestia fue deformado aún más de lo que podía haber sido.
"¿Cuándo fue que obtuvo esa fuerza?" Se preguntaba a día de hoy.
"¿Por qué se sintió tan bien?" La sola respuesta le aterraba, porque ese no era él.
Él era un humano, no una bestia.
Pero cuando recordaba el pavor en el rostro del dios, solo podía sentir satisfacción al pensar que, tal vez, si lo era.
—Querido.
—¡AH! —pegó un salto del susto, moviéndose hacia la izquierda cuando sintió la mano en su hombro.
Giró su cabeza y pudo ver los ojos rojos de su esposa, llenos de preocupación y tristeza. —Cálmate Aori, respira hondo…—Hanako empezó a hinchar y desinflar el pecho, haciendo ejercicios de respiración para que él la imitara.
Eso hizo, dos minutos enteros donde realizó aquello para tranquilizarse. Cuando calmó su respiración, miró con agradecimiento a su esposa.
Ella le sonrió suavemente, antes de bajar la mirada y que su expresión cambiara radicalmente a una de preocupación absoluta.
Tomó el brazo de Aori con ligera brusquedad, sintiendo la frialdad de las escamas en ella. Las yemas de sus dedos acariciaban con tranquilidad las mismas. —Aori…Esto es lo que tiene Ise…—alzó la mirada nuevamente, mirándole con preocupación sin contenerse. —¿Por qué lo tiene él? Se supone…Se supone que fue esa vez, ¿no es así?
Por la naturaleza de su profesión, todo lo que hacía no debía de ser contado a nadie. Pero no era el primer ni sería el último soldado que le diría a su mujer o pareja lo que vivía como una forma de no perder la comunicación con ella, o de liberarse del pesar que podía cargar en sus almas.
—No recuerdo lo que pasó exactamente ese día. —no era la respuesta que esperaba su esposa, pero lo dejó hablar. —Casi todos mis hombres murieron, eso fue lo me dijeron cuando desperté una semana después. La cosa en mis brazos seguía presente y no me dejaron salir de las instalaciones hasta que desaparecieron.
—¿Por eso no volviste sino hasta que entre en el segundo trimestre de embarazo?
Aori asintió suavemente, pasando su mano normal por su frente, limpiando el sudor que se acumuló en ella. —Era una última misión, Hanako. Vi tanta mierda que no pude más. —miro sus manos, tan desiguales, y las apretó hasta formar puños. La textura se sentía tan diferente que le resultaba, cuando menos, curiosa. —Antes de tomarla, hablé con Ryuto-san.
La pelinegra alzó una ceja, intrigada por la última frase de su marido. —¿Hablaste con mi padre?
—Pedí un concejo. —respondió suavemente, ofreciéndole una sonrisa. —Después de todo, fue mi superior.
—Si, a él no le hizo gracia que su soldado durmiera con su única hija. —comentó con diversión la fémina mientras se cruzaba de brazos.
Aori se frotó el cuello mientras sus mejillas se sonrosaban un poco, cosa que a ella le pareció algo tierno. —Ni lo menciones…
—En fin, ¿qué le preguntaste?
—Le pregunté en qué momento era correcto dimitir de mi cargo. —respondió el castaño con honestidad. —Y fue honesto al decirme que cualquier momento era el indicado, si sentía que ya no podía más.
—Si, suena algo que él diría. —comentó Hanako, antes de suspirar con tristeza. —Y es algo que él no tomaría en cuenta.
—…Fueron tiempos difíciles para él.
—También para mi madre y para mí, Aori. —murmuró la pelinegra, mirando tristemente a su pareja para toda la vida. —Haber nacido en una época beligerante, como "intermediadores", era horrible. No tenía al hombre que me dio la vida conmigo, fue algo solitario y doloroso, especialmente cuando mamá enfermó.
Aori acalló unos segundos, su mano normal yendo a una de las manos de su esposa para tomarla con suavidad, haciendo que esta alzara un poco la mirada. —¿Odias a Ryuto-san?
—No odio a mi padre, ni estoy resentida con él. Estoy resentida con su trabajo, con la organización, que lo mantuvo lejos de mi por tanto tiempo. —contestó la morena con honestidad. —Y el colmo para mí fue cuando su cabeza empezó a tener un precio.
—Crímenes infundados.
—Sé que lo son. Pero ellos no hicieron ni movieron una mano para evitar que se le clasificara como enemigo público.
El ojimiel hizo una mueca, si, la política en su trabajo era, cuando menos, especial. —Si…
—Lo único que me alegra, es que, si bien fue un padre ausente, es un abuelo maravilloso. —dijo, como una forma de consuelo, cosa que hizo reír a su esposo. —¿De qué te ríes?
—El normalmente arisco Ryuto Jin, el "Rey Dragón", el "Hacedor de Viudas", el "Caminante del Abismo" El- ¡Auch! —El castaño se sobó el hombro con diversión, viendo como su esposa le miraba con el ceño fruncido y cruzada de brazos.
—¡Mi padre si es alguien amoroso!
—Si, perdona. Pero conmigo no lo fue precisamente, por eso es algo divertido pensar que actuaría así con nuestros hijos. —comentó el castaño con ligera diversión.
Hanako bufó, rodando los ojos para no dirigirle la palabra, cosa que le divirtió más.
Cuando Aori terminó de reírse, ambos se quedaron en silencio, mirando distintos puntos del pasillo mientras buscaban palabras para expresarse.
El hombre fue el primero en abrir la boca. —¿Dónde está Shuri-san?
—En la sala. —Respondió la pelinegra tranquilamente, cerrando los ojos para pensar. —Vino conmigo, pero le pedí que fuera allí para comunicarle a los tres que los niños estaban descansando y que nosotros dos íbamos hacia allá.
Tras decir eso, el castaño le miró unos segundos, antes de acercarse a ella para envolverla en un suave abrazo que fue bien recibido por su cónyuge. —…Gracias, Hannie.
—No hay nada que agradecer, azulito…—murmuró la pelinegra con todo el cariño que tenía para darle y más, acariciando su cabellera castaña con cuidado, buscando calmarlo. —En la adversidad, siempre estaremos juntos… ¿Recuerdas?
—Lo sé…—Aori se dejó tratar, sintiéndose mejor con las caricias de la mujer que le dio luz en su vida en su momento, respirando su dulce perfume. Lo sentía un poco más fuerte que antes, tal vez se echó más ese día.
El silencio volvió a gobernar sobre ellos de la misma cómoda manera que antes, aún abrazados con los ojos cerrados, el marido disfrutaba de las caricias y mimos por parte de su esposa.
Estuvieron así por unos largos minutos hasta que la dueña de la casa se asomó por el pasillo, acercándoseles cuidadosamente. —Disculpen…—habló Shuri suavemente, atrayendo la atención de ambos. —Azazel-san y Ryuto-san ya llegaron, están en la sala. Están acompañados de un hombre que dice conocerlo, Aori-san.
La pareja se vio entre si extrañada, ¿alguien más venía con ellos dos? ¿Quién podría ser? Se cuestionó el castaño para si mismo, parándose junto a su esposa para poder ir hacia donde estaban todos.
En ese trayecto, Aori se olvidó de la metamorfosis en su brazo. Y así como esta apareció, desapareció sin dejar rastro alguno.
¿Qué era el destino?
En términos básicos, era el punto a donde uno llegaba.
Metiéndote un par de opiáceos y filosofando, dirías que es lo que dicta la vida de cada hombre y mujer sobre la tierra.
Pero la verdad, es que el destino era un concepto hecho de pura mierda.
Ryuto Jin nunca creyó en el destino como una fuerza que controlara su estilo de vida. Luchó por lo que creía, amo a quien sabía que debía amar, odió a quien creyó en lo profundo suyo que debía de odiar.
Nunca se dejó llevar por ese río de causalidad, fue un pez que iba a contra corriente. Un pez que, haciendo gala de su nombre, se convirtió un dragón que gobernó los cielos y la tierra donde se encontraba.
El pensar que en esta vida había algo que te dictaminara como debías vivir era algo que aborrecía, iba en contra de sus principios. "Vive como se te de la regalada gana".
Por eso, cuando escuchó de aquella estatua esas palabras, algo dentro de él tembló. Algo andaba sumamente mal, por lo que no se contuvo y logró terminar con sus enemigos en tiempo récord.
Mientras eso terminaba, el caído que le acompañaba mencionó que algo había ocurrido con sus nietos. Al escuchar que su nieto menor había matado a alguien, supo que debía ir lo más rápido que pudiera.
Un alivio enorme llenó su cuerpo cuando vio a su única hija pasar el umbral del pasillo tomada de la mano del hombre con el que decidió pasar el resto de su vida.
No lo resistió y salió corriendo hacia ella para darle un enorme abrazo de oso, el recibimiento fue casi instantáneo. Por mientras, el Hyodo miró sorprendido al invitado especial en la sala, alguien ajeno a lo que ocurrió ese día, pero que sabía lo que había acontecido en aquellos exteriores del santuario.
Era un hombre muy alto, de casi metro noventa de alto, delgado y de complexión media. Vestía con un traje negro con pantalones y zapatos de vestir a juego, con una camisa de vestir hawaiana naranja con estampados de flores. Traía un collar de cuentas zen con una cruz colgando en el cuello.
Ojos negros y agudos como los de un gato, con unas ligeras bolsas bajo sus ojos. En su frente, se mostraba orgullosa una cicatriz enorme en forma de "X" con bordes finos, indicando que llevaba tiempo con ella. Su cabello era negro como sus ojos, peinado hacia atrás con cuatro mechones salvajes, dos largos que caían por su frente y dos más pequeños que parecían cuernos que se inclinaban hacia atrás.
—¿Mubong? —el castaño habló sorprendido, acercándose al hombre para cerciorarse que estaba allí y no era un producto de su mente. —¿Qué demonios haces aquí?
—Hola a ti también, Hyodo. —contestó sarcásticamente el nombrado como Mubong. —Cortaste la llamada. La casualidad dio que tu suegro se apareciese al rato para traerme al circo.
—¿Circo?
El pelinegro le dedicó una mirada monótona, moviendo la cabeza para mirar a todos los presentes—¿Dos ángeles caídos, un serafín y un Maou dentro de un santuario sintoísta para conversar sobre los hijos y nietos de los dos hombres más problemáticos con los que me he topado? Parece el inicio de un mal chiste que ni debería ser contado.
—…Cuando lo pones así…Si, es ridículo. —admitió Aori mientras suspiraba, girándose hacia los demás presentes que ya se encontraban sentados en los muebles frente a una pequeña mesa con botellas de licor y una tetera con agua caliente.
Ambos se sentaron, Aori junto a su esposa y Mubong al lado este con Ryuto al contrario de Hanako. Frente a ellos, estaban Barakiel, Sirzechs, Michael y Azazel mirándolos fijamente mientras Shuri se disponía a servir en los vasos las bebidas.
Estuvieron unos segundos en silencio hasta que el pelirrojo abrió su boca para hablar: —Señores Hyodo—inició Sirzechs, atrayendo la atención de la pareja. —Este hombre a mi derecha es Azazel, Gobernador de los Caídos y jefe de Barakiel.
—Un gusto. —saludaron ambos en simultáneo, atrayendo una sonrisa por parte del caído.
—El gusto es mío. —devolvió Azazel mientras se recostaba en el respaldar del sillón, estirándose un poco. —Ryuto habla mucho de ustedes dos, bueno, más de Hanako. Pero es algo natural, ¿no? —preguntó el de mechas doradas con cierto tono burlón, haciendo bufar al nombrado.
La pelinegra ahogo una pequeña risita mientras su esposo rodaba los ojos antes de tomar la palabra. —Bien, supongo que nos toca…—Aori carraspeó un poco mientras señalaba al hombre a su costado, que se mantenía en silencio mientras sostenía una guerra de miradas con el demonio de cabellos rojos. —Él es Mub-
—Me puedo presentar yo solo, Hyodo. —cortó el hombre de la cicatriz, no buscando ser grosero por el tono que usó. Buscaba marcar dominancia, y eso fue algo que notaron los cuatro humanos presentes y los seres sobrenaturales por igual. —Cadres, serafín, demonio. Un gusto conocerlos finalmente, aunque pensé que nunca llegaría el día que cruzaríamos nuestros caminos de manera directa. —habló el pelinegro con sinceridad, inclinándose hacia delante un poco, apoyando sus brazos en sus piernas. —Mi nombre es Mubong Park, soy el superior de Aori Hyodo y Ryuto Jin.
El último nombrado soltó un leve gruñido que fue captado por los presentes, pero decidieron dejarlo pasar por el momento.
—El gusto es nuestro, señor Park. —habló Michael, siendo la voz de la sensatez entre los cuatro. Producto de su esencia angelical. —Dijo que era el superior de Aori-kun y Ryuto-san. ¿Acaso usted ostenta un grado militar?
—No exactamente, pero aún así, mi puesto me pone encima de cualquier grado militar que exista.
Eso atrajo atención de los cuatro seres sobrenaturales. Sumado al pequeño temblor de la mano de Aori y el gruñido más audible que soltó el mayor de los humanos, fue suficiente para que se engancharan momentáneamente en el pelinegro.
—¿Cómo así? —intervino Sirzechs con seriedad, sus ojos verdes aguamarina siendo cambiados por unos rojos opacos. —¿Tiene un poder más alto que cualquier militar? Solo puede ser un político.
—No soy estrictamente un político, pero si soy el presidente o jefe de una organización. —respondió Park con tranquilidad, no inmutándose por las palabras del pelirrojo.
—Creo que estamos obviando el punto. —habló el líder de los caídos, atrayendo la atención a ellos. —Buscamos respuestas. ¿No es así? Yo encontré las mías, pero me generaron más dudas cuando en la otra punta del continente ocurría algo con la familia del hombre que me acompañó.
Barakiel giró la cabeza para mirar a su líder, amigo y hermano. —¿Encontraste algo? —preguntó, recibiendo un asentimiento por parte de Azazel.
—Cualquier pregunta será respondida en su debido momento. —hablo Mubong suavemente. Ninguno de los otros tres hablaba, eso fue notado al instante. Ese hombre era quien llevaba las correas de la conversación, así que toda pregunta, era dirigida a él. —Yo sé muchas cosas, los hombres y mujeres aquí presentes también las saben. Pero, ¿ustedes saben lo que nosotros sabemos?
—¿Qué quieres decir?
—La vida esta llena de secretos ocultos o secretos que están a simple vista. ¿No les parece raro que dos personas "normales" sepan de lo sobrenatural, si antes les dijeron que no sabían nada de esto?
Los líderes se miraron entre sí. La mirada de Azazel era una más intrigada por lo que decía, ya que él desconocía esa información al estar concentrado en otra cosa.
—Lo atribuimos a que el rango de Aori y Ryuto como militares los expusieron a eventos con seres mágicos. —explicó Barakiel. —No serían los primeros en querer ocultar sus encuentros para todos menos para su familia. Ryuto Jin ya lleva tiempo metido en esto y se ha metido en más problemas de los que queremos reconocer.
Hanako le metió un codazo en las costillas de su padre al verlo inflar el pecho orgulloso de esas palabras, sacándole una mueca.
—Ah, entonces fue una suposición.
—…Si, fue una suposición.
Mubong esbozó una sonrisa leve, antes de seguir hablando. —Ustedes, seres en general, son algo arrogantes al creer que nosotros, como humanos, solo estamos limitado a ciertas cosas para conocer sus existencias. —inició el pelinegro mientras sus ojos adquirían un pequeño brillo naranja. Bajó sus brazos y extendió sus palmas, mostrando en ellas dos tatuajes de cruces amarillas, similares a la cruz que colgaba de su cuello.
Sirzechs miró con cuidado esos tatuajes, podía sentir algo de energía sacra emanando de las manos de ese hombre. Era peligroso, pero no sabía a que punto lo era. —¿Qué quieres decir? —preguntó, la impaciencia lo mataba por dentro. —¿Quién exactamente eres tú? ¿Por qué estás aquí?
—Creo que las preguntas son algo repetitivas. Pero como dije, soy Mubong Park. Soy el superior de Ryuto Jin y Aori Hyodo. —contestó. —En cuanto lo segundo; Aori me llamó y me contó lo que pasó. Vine porque me comentó que les diría cosas sobre una misión que tuvo. Una misión que no aparece en ningún registro de ninguna fuerza armada terrestre, naval o marítima.
—Ah, ¿vino para supervisar que no suelte de más?
—Al contrario, vine para supervisar que soltase todo. —corrigió el moreno, sorprendiendo a los cuatro frente a él. —Tal vez ustedes tienen las respuestas que tenemos.
Un golpe en la mesa los sacó de la conversación que tenían. Ryuto había golpeando con su mano abierta la mesa, atrayendo la atención de todos. —Ve al maldito grano, mocoso. Deja de hacerte el importante.
Mubong se le quedó mirando por unos segundos, antes de suspirar y pasarse una mano por el cabello, derrotado. —Bien, supongo que es lo justo. —murmuró por lo bajo, antes de levantar la mirada una vez más, enfocando a los líderes del panteón Judeo-Cristiano. —Yo conozco sobre cada uno de ustedes, pero ustedes no conocen nada sobre nosotros.
—"¿Nosotros?"
—Nuestra organización. Initium et Consummationem. (Inicio y Final)—respondió. —Fue fundada en el 2700 antes del nacimiento de Cristo.
Los líderes se mostraron sorprendidos en general. Cuatro mil años de antigüedad. ¡Ellos no tenían información de ninguna organización así!
—¿Tan antigua?
—Es casi tan antigua como la civilización sumeria. —murmuró Michael, quien entrecerró los ojos mientras unía todas las piezas en su cabeza. —Pero siempre estuvo en el anonimato… ¿Por qué?
—Analizando el porqué, supondrían la razón de nuestra vigencia. —explicó Mubong con tranquilidad. —Nuestra misión era ocultarnos, para proteger a la humanidad.
El pelirrojo le miró con incredulidad, no creyéndose lo que decía. —¿Ocultarse? ¿Protegerse? ¿De quién exactamente?
—De ustedes.
LA RECALCADA CONCHA DE LA LORA QUE ME DEMORE MEDIO AÑO EN ESCRIBIR SEIS MIL MÍSERAS PALABRAS.
Creo que no sirvo para esto, pero mi orgullo (y los seis años que le dediqué a esto), me impiden no terminar esta mierda como de lugar…Lo peor es que seguimos en el arco 0 de casi 21 arcos…
De la primera parte.
*DOLOR ABSOLUTO*
En fin, no tengo mucho que decir. El capítulo es auto explicativo, me gustó como quedó (a pesar de ser reescrito como diez veces porque no me gustaba como quedó, teniendo la mitad del contenido que tenía originalmente).
Creo que metí muchas cosas en tan pocas palabras, pero buscaba ser puntual en lo que exponía para no alargarlo mucho como lo hice antes.
El arco 0.1 será de revelaciones, quedándose hasta el siguiente capítulo, el capítulo 8. El arco 0.2 (planeado abarcar desde el 9 hasta el 14 o 15) explorará ciertas cosas menos específicas para preparar todo para AL FIN, entrar en el arco 1 (aunque tardará mucho para llegar al canon de la serie de DxD…Esto tiene tanto Lore y texto como Jojos, HxH y Berserk juntos).
No se expandirá mucho sobre los demonios, ángeles y caídos más allá de un par de cositas, todo será remontado hacia el inicio de la organización y como va estar relacionada con muchas cosas más adelante.
¿Estoy revelando muchos secretos? Tal vez, pero hay que recordar que nuestro protagonista (Issei) esta dormido en otra habitación; así que toda la información que sea soltada entre los mayores, él no las sabrá.
Aún.
Un nuevo personaje ha sido introducido, Mubong Park. "jefe" de Aori y Ryuto. Mejor amigo del primero (aunque Mubong lo niegue) y el que vigila que no haga estupideces.
La razón de su estar es el explicar el porqué, más adelante, Aori escupirá la sopa tan fácilmente. Está asustado y quiere proteger a su familia, ¿él es la razón de que Issei haya cambiado? Él lo cree así, pero la realidad es totalmente diferente y Mubong está como el conector a tierra que le hará hablar desde la sensatez.
El siguiente capítulo demorará menos (ni yo me creo esto) pero será el MÁS trabajado en el ámbito argumental, científico y mágico a grandes rasgos. Probablemente lo tendré para Julio o agosto, si los estudios me lo permiten.
En fin, eso es todo. La espalda me mata y solo quiero dormir.
Hasta otra.
