Capitulo VIII — Creíamos, Confiábamos

Por la vereda solitaria los pasos de Camus se escuchaban firmes y sonoros. Las cintas de su gabán acompasaban el viento sereno, los puños cerrados y un escalofrío que le hacía tiritar los dientes. No por el frio. No era el sereno, era ese sentimiento de haberse jugado todo él. Sus mejillas rojas resaltaban haciendo juego con sus cabellos que seguían su caminar en armonía.

¿Qué podría hacer en semejante enredo? Se dejo arrastrar a prisa por esa química que Escorpión destilaba cual veneno. ¿Cómo dejó que sus sentimientos afiebrados lo arrastraran a formar parte de una historia tan compleja? Él era Camus, el hombre del cero absoluto. "Cabeza fría" se decía y recordaba guardar la compostura.

Las palabras de Milo se repetían una y otra vez como su penetrante mirada. Aquel brillo agudo de sus iris cavaba en lo profundo de su alma. Tenía grabados los dedos entrecerrados de ira y sobre todo ardor en el cuello por la fuerza con la que lo amenazó.

Camus entendía que, en la vida de Milo, no era parte lo suficientemente importante para poder hablar del pasado. Por tanto, si quitábamos todas las otras variantes de aquella ecuación al señor de los hielos le quedaba dos caminos por elegir: La primera opción exigía el sacrificio de aguardar el tiempo necesario y esperar por un milagro, que Milo algún día quiera compartir con él su propia historia. No es que no supiera parte de ella por lo que había investigado. Es que aquello que nos lleva a vivir en completa libertad es saber que entre ambos no existen secretos. La segunda opción era arriesgada. Tratar de encontrar el ¿Qué? De todo aquel pasado lo perturbaba al punto de quebrarlo. El cómo, cuándo y dónde lo descubriría luego. ¡Él era periodista por todos los cielos! Y no cualquier cronista. De todos modos ¿Quién espera para siempre? se dijo.

Ahora entendía un poco a Radamanthys y su tramada treta para conseguir los detalles de aquello. Si había alguien en el mundo que podría darle respuestas era su jefe directo. Luego estaba quien se supone conocía la otra parte de la historia, algo un poco más íntimo, el esposo y modelo internacional con su llegada repentina ... ¿Esa era una coincidencia? Y por supuesto que Aioria y Aioros debían ayudar. El tiempo se acaba, en 48 horas debía de presentar el bendito artículo. Aquel artículo que lo había arrastrado a vivir esa confusión existencial.

Enfrentar a Milo en esos momentos no serviría de mucho y no podía recurrir a Saga quien a estas alturas era obvio que sabia no solo quien era Milo sino también su pasado en la economía de Grecia. ¿Por qué lo ocultó? "Tratándose de ti, yo confío". Había dicho. Y cuando en aquel restaurante presento a Milo, ¡Cómo no se dio cuenta antes! Esas miradas desafiantes escondían aún más. ¡Saga conocía a Milo! ¡Por supuesto! Al igual que Milo le reclamó a Saga: "Acaso no soy nadie".

Tan poco tiempo y apenas había descubierto la punta del iceberg. Había sido la carnada de una cacería de vampiros. Y a esas alturas no estaba seguro de si por su sangre llevaba consigo el mal que aquellos que participaron en esta estratagema padecían. ¿Quién se atreve a amar si sabe … si sabe que no hay posibilidad? Tal vez sus dulces momentos en una historia con prisa habían terminado. Después de todo ¿quién se atreve a amar si sabe que con ese amor se debe también morir?

—Ahora … ¿qué es mentira? … Pensó. Para un corazón sin forma y helado como debía tener el señor de los hielos eternos, que puede verlo todo.

Tomo su celular, detuvo su caminar y marcó esperando el sonido de timbre a sus oídos.

—Mu. Necesito hablar contigo ahora. ¿Puedo acercarme a tu casa?

En el hotel de los hermanos Sagita las cosas distan de ser armonía.

—¿Qué le pasa? — Se preguntó Aioros al ver pasar a Milo, sin un saludo, en dirección al cuarto que siempre usaba en su piso.

— Parece algo serio—, respondió Aioria —. Dejemos que descanse, mañana le preguntamos.

— ¿Una pelea de amantes? —. Volvió a cuestionar Aioros, en tanto tomaba su lugar en el comedor—. ¿Crees que quiera cenar?

— Por la actitud que trae… dudo mucho que alimentarse sea algo que vaya a aceptar a menos que sea de las manos de Camus.

— Voy a hablar con él.

— Aioros déjalo en paz. Esas cosas se resuelven de a dos y no necesitan un tercero en sus asuntos.

—Si esos dos fuesen otros lo entendería. Pero tratándose de Milo y Camus. —Un suspiro largo del hermano mayor se dejó oír de lo profundo de su pecho.

—Le llevaré algo de comer. Pero no insistiré si se rehúsa. —Se levantó Aioría sirviendo una ración.

Estaban ambos hermanos con la intriga en sus corazones por saber de Milo y la nueva causa de su conducta. Cuando se escuchó a lo lejos la puerta abrirse y los pasos de Milo que al mismo tiempo que se acercaba terminaba de abrigarse para acomodar sus cabellos.

—Salgo un rato, tengo un negocio aún pendiente.

—¿Puedes comer un poco antes de salir? —Preguntó Aioria con el plato a medio servir en la mano.

—No gatito. Comeré cuando regrese. No tardo.

Aioros y Aioria intercambiaron miradas, esta era una nueva actitud de su amigo. Si bien en su trabajo y algunos asuntos era reservado. Cuando se trataba de problemas como bien se veía en aquel semblante. Milo había aprendido a ser de esos amigos que se sientan a tu lado y piden consejo. ¿Por qué? Esa nueva actitud los traía un poco desconcertados.

— Aioria, si no lo conociera … sabes. Milo a veces necesita…—hizo el gesto de empujar algo pesado con ambas manos.

— Puede ser. Pero esta vez creo que será peor si insistes. ¿No recuerdas cuando Afrodita lo abandonó?

—Nos contó de Afrodita.

—Hmm… siempre tuve mis sospechas de que algo se guardó para sí. Supongo que serán detalles íntimos. Por eso no me atreví a preguntar.

Unas horas después Aioros estacionaba su auto frente a un antiguo palacete. No necesitó la llave para poder ingresar. Las huellas digitales no cambian con el tiempo y obtuvo el acceso inmediato.

—Sabía que te encontraría aquí—. Reclamó—. Por lo que veo, no es la primera vez que regresas.

Las telas blancas que cubrían los muebles, majestuosos adornos, todas ellas están limpias. No tenían vestigio alguno de polvo.

—Hasta cuando seguirás torturándote por algo que estuvo fuera de tus manos—. Le aclaró Sagitario tomando asiento sobre un sillón.

Al ver que no podría esconderse en soledad por más tiempo Milo se fastidió. Aioros era la última persona con la que podría hablar de estos temas. Al menos, sin evitar tocar el tema de sus recuerdos, de su preciada familia, de su amada novia. No solo no podía dilucidar este rompecabezas, se sentía sofocado como si se quemara entre aquella tragedia. ¿por qué todo terminó así?

— Esta advertência es definitiva para ti Aioros. ¡Nunca más!, ¡jamás! —, elevo su brazo apuntando a la salida, dando a entender a su amigo que no era bienvenido para una conversación. — ¡jamás! — Repitió iracundo. Pero al no escuchar respuesta lo miró a los ojos y por reflejo se tapó la boca. Unos enormes y pesados icebergs empezaron a helar su corazón. ¡Cómo dolía! Verse reflejado en aquella mirada sincera esperando paciente ¿Cómo se atrevía a hablarle así a su amigo? Aquel al que le debía desde sus recuerdos, sus amores, como su familia. El arácnido era culpable de todo lo que le fue arrebatado de eso no tenía duda. ¡Cara dura! se dijo así mismo ¡Un maldito sinvergüenza!¡Le robaste la felicidad por tu intransigencia!

Aioros no había vuelto a enamorarse desde su despertar a la vida. Había conocido muchas bellezas en todos sus viajes, pero el simplemente coqueteaba con ellas sin llegar a nada serio. Acaso, aunque su memoria no recordaba más a su hermana, ¿aún así era fiel a aquellos sentimientos?

— ¿Milo...? —. Lo escuchó llamar—¿Por qué no me abrazas? —Aioros le cuestiono como si los gritos del arácnido hubiesen sido apenas una pataleta de niño. — Siempre fue así. La madurez de Aioros en los momentos más desesperantes lo desconcertaban— La belleza no es todo lo que tienes cuando las estrellas caen a tu alrededor. — Aioros se acercó sereno, lo abrazó con ternura, lo estrechó con calidez— No eres el precio por pagar. Tienes una hermosa vida por la que luchar. —Los años pueden pasar, sus memorias podrían desaparecer, pero el sensato corazón de Sagitario siempre sería el mismo. Estaba el castaño a punto de iniciar uno de sus clásicos discursos de buen amigo cuando fue interrumpido.

— El lo sabe—. La voz ronca de Escorpión hizo que Sagitario escuche con detenimiento y detalle tanto palabras como actitud del arácnido. — Lo investigó.

— ¿Qué tanto puede saber? —Intentó animarle—¿acaso no es mejor así? … Milo.

— No lo es. Va más allá de la vergüenza. He sido tragado por el destino. Esto es karma, definitivamente lo es—. Expresó el arácnido expirando decidió contarle a grandes rasgos lo sucedido—. La sangre aún fluye entre las sombras de mi destino reclamando. Yo soy culpable amigo mío. Yo creí tener todo bajo control, ¡fui un completo iluso! — Caminó hacia un retrato cubierto tirando de su cubierta. —¿la recuerdas? — Dijo acariciando la textura del lienzo.

Aioros observó con detenimiento el retrato y una dulce sonrisa se dibujó, las lágrimas inundaron los ojos de Sagitario.

—Por supuesto que la recuerdo. Yo la he amado desde que tengo razón—. Respondió con un tono angustiado.

—Yo no. Yo debí dejarte tenerla. ¡Eras tú el verdadero! — su garganta se anudó, las palabras dolían al querer salir—¡El que verdaderamente la amaba! —Yo les falle a mis padres, a mi hermana, a Kanon. Pero me niego a fallarles a ustedes. Aioria y tu Aioros. Son hoy mi familia… ¿entiendes?

—Milo… Arhiagne. Ella… ¿alguna vez me amó?

—Sí. Te amó y mucho. Pero ni tú ni yo fuimos por quien se decidió.

—Entiendo… —Fue todo lo que dejó escuchar.

—Aún con lo que te cuento ¿No logras recordar más?

—¿Cambiaría algo si recordase? —le cuestionó, retrocedió un par de pasos para observar mejor aquel retrato— Lo último que recuerdo de Arhiagne es un único viaje y un regalo especial que tenía preparado para ella.

—¿Cómo es que no me enteré?

—Lo supiste. Pero no supiste con exactitud el lugar ni el regalo. Después de todo yo también quería un tiempo a solas lejos de su hermanito celoso—.

—Hmm … hermanito celoso. Ese fui yo—. Lo dijo casi inentendible.

—Escucha Milo. No importa que tan malo creas que fuiste. No es importante ahora. Te conozco bien, crecimos juntos. Tu no harías nada con maldad. Estoy seguro de que hiciste lo mejor que se podía hacer en ese momento ... ¿De acuerdo?

—Tu no entiendes. Camus… — un suspiro escapó de aquel respiro— Nunca quise ver su cara triste. No quiero que se entere de aquello—. Señalo con la mirada el retrato— Debí saberlo, no formo parte de ese mundo fui criado para un plan de endogamia. Un mundo en el que las mariposas vuelan libres en primavera no es lo mío. Tenía fe en que podría cambiarlo todo que podía vivir protegido por un cristal azul. Camus ha sido el último deseo que pude realizar. Para mí se acaba aquí.

— No estás pensando bien las cosas amigo mío. Sabes, yo intento proteger este precioso mundo con mis manos cerradas. Aioria y tú Milo son mis mariposas y revolotean hermosas en cada una de mis mañanas. Puedes también tener a Camus en tu espacio. ¿por qué no contarle? ¿qué podría hacer al respecto? ¿resucitará a nuestros padres y les va a reclamar del por qué te criaron con un sentido endogámico? ¿hará que el dolor se disuelva? En un inicio tampoco quise que se entere de nuestro trágico pasado. Yo mismo no recuerdo mucho de esos años, tengo enormes vacíos de tiempo. Pero Milo, ya no podemos evitarlo. Ahora que sabe, simplemente dile como fueron las cosas y continúen juntos. Ni que nosotros hubiésemos provocado el incendio en Grecia. Después de todo los incendios son una constante por varios años, nunca tan trágicos como ese año. Pero, los accidentes suceden. … ¡Ah! … Si un último deseo se pudiese realizar, sería el que esos radiantes días de amistad del pasado regresen y pertenezcan también al futuro, ¿no crees?

Escorpión suspiró largo y profundo. Aún me queda algo más que entender en toda esta historia.

Aioros, prometo que regresaré a casa y te contaré lo que haga falta. Por ahora deja que resuelva algunas cosas.

—Ve amigo mío. Te espero en casa—. Los ojos de Aioros sonrieron en la profundidad de sabiduría y Milo pudo entender que todo este tiempo había sido superado por este hombre, quién a pesar de su sencilles supo manejarse siempre en lo correcto, lo humano, en el amor y aprecio. Tomó su auto y se dirigió a un lugar al que había jurado no volvería por lo que quede de vida.

Debía utilizar la clave de la puerta y recordó cómo es que ingresó hace años atrás. Nada había cambiado, la clave seguía siendo la misma. La luz interior estaba encendida, caminó con desconfianza regresando al arácnido momentos que no podría olvidar por lo que le reste de vida. Observó la chimenea encendida, la decoración griega y pudo darse cuenta que lo único que había cambiado en aquel lugar eran los muebles los que fue revisando con detenimiento hasta chocar con la mirada fría del dueño del apartamento.

—Aquí estas. Por fin has regresado. — Sus ojos azules profundos como la noche brillaron a la par del fuego de la chimenea reflejada —Te esperé por años Milo.

¿Esperar por él? ¿qué clase de broma era esa? ¿cómo podría regresar al lugar donde prácticamente lo violó uno de los Géminis. La única interrogante hasta el momento es que no sabía cuál de los Géminis había sido el culpable.

—No quería creer lo obvio. Pero es hora de que respondas. Tú… como te llames. ¿Por qué Camus? Podías haber realizado la denuncia tú mismo hace años si querías venganza.

— No sería lo mismo. Tu familia y sobre todo tú Milo Escorpión me arrebataron lo más sagrado y amado para mí. Sin menospreciar que también arruinaron a todo un país. ¿No deberían pagar en la misma medida?

Milo se tomó de la frente, todo esto era un desastre total. Lo rebasaba en absoluto. Las palabras de Aioros eran un soporte muy frágil ante el enorme sentimiento de culpa que cargaría consigo.

—Fui un tonto sabes— Miro al techo como si buscara un cielo aun con la mano en la cara por la enorme vergüenza que lo consumía al darle explicación a esa persona que tenía frente suyo. —Un completo idiota, me equivoqué a lo grande. Al manejar la bolsa, no tomé en cuenta las especulaciones. No creí que mi sola presencia tuviese tanto poder. ¡Cómo podía saber que el nombre de mi familia pesara tanto que terminaría por arrastrar a toda una nación consigo! —Bajó la mano por fin para mostrar esa mirada que era fuego interior consumido en ira hacia si mismo—.

—¡Qué quieres que haga! ¿Qué puedo hacer para compensar mi error a toda una nación? ¡Quitarme la vida! ¡Eso cubriría la cuota de venganza que necesitas!

—Tu vida, sí. Pero no quitándotela sino dedicándome cada uno de tus minutos.

Escorpión enmudeció. Simplemente no entendía qué clase de petición era esa.

—Quieres que te sirva. ¿Cómo un esclavo? — terminó con voz apagada.

—hmm… un esclavo. No. — Con paso lento el mayor se dirigió a un sofá y tomo asiento —Ven siéntate, no quiero hacerte daño —. Colocó una mano al costado de su pierna izquierda y con golpecitos en lo blando del sofá indico el lugar—, Hablemos.

—Aquí estoy bien— respondió recordando como terminaron las cosas la última vez que se encontraron en el mismo apartamento.

—Ponte cómodo y deja que te explique—. Tomando un vaso del carrito de bebidas que tenía cerca inició sirviéndose un whisky añejo —Lo voy a necesitar—. Tomó un trago y a continuación se dedicó a observar la reacción de Milo.

—No te conocí esos hábitos— respondió con desdén.

—Esto es consecuencia tuya, Un problema más que debes cargar contigo —. Tomando el priemr sorbo.

—No seas cínico y hazte cargo de tus errores. Yo no puse la bebida en tus manos.

—¡Pero sí el vació! ¡la inmensa soledad!¡Es culpa tuya no lo niegues!

—¡Quién fue el que me desconoció primero! ¡Yo corrí a tus brazos! —, bajo la voz y casi como un reproche — eras mi última esperanza. Y me desconociste, por muchos años cargué con esa duda. — Tenía las manos hechos puños y temblaban cada vez más— ¿Quién eres en realidad?

El silencio duro un par de minutos, ninguno de los dos hizo el más mínimo movimiento, hasta que el vaso de la mano de Saga sonó por el quebrar de un hielo, aclamando una respuesta.

— Nunca fui Kanon.

Las traiciones duelen tanto como un infarto fulminante. El dolor no solo es corporal, es tan profundo en tu ser un tatuaje no sería una buena descripción, tal vez el ardor de marcar a un ganado.

—Nunca llegaste a conocer a Kanon—. Remató con sus palabras. Las locas fantasías de pensar que había sido víctima del juego de gemelos.

—Sí yo no conocí a Kanon, entonces… ¿ustedes siempre fueron trillizos? —se cuestionaba Milo en voz alta. —Por supuesto. Ahora entiendo. El tercero es Arles.

—¿Conociste a Arles? —respondió asombrado.
— Investigué, tengo certeza del por qué esconden a ese maldito hijo de perra. —El arácnido escupió esas palabras con total desprecio. Mis contactos hablaron del terror que sentían los Géminis con tan solo escuchar su nombre.

—No es así. Te equivocas—. respondió Géminis en completa seriedad.

—No podría equivocarme, más ahora que tengo la certeza de que fue Arles quien me… —. De golpe cortó su protesta y trago grueso.

—¿Cuándo fue? ¿qué te hizo? — Se levantó el mayor de su asiento y lo tomó de los hombros.

—¿Por qué estás seguro de que me hizo algo? — Enfrentó el arácnido con su mirada.

—¿Por qué conozco cada uno de sus deseos más profundos? —respondió con absoluta franqueza.

—¿Eres tú? —. Dijo incrédulo a lo que escuchaba. Aún en estos momentos de confrontación la mirada, voz y toque del mayor eran dulces, tan dulces como lo eran en el pasado. Cómo podía ser que con todo lo vivido pudiese esconder esa personalidad suya ¡tan bien! — quiero escucharlo de ti. Dime tu nombre, dime quién eres en verdad.

—Siempre creí tenerlo bajo control. —Confesó Géminis—. En un inicio cuando Arles aparecía yo podía recordad cada pequeña situación vivida. Pero, desde el día en que fui despedido gracias a tus berrinches y tu familia he sufrido de pérdida de tiempo y espacio. Aunque hasta el momento no he tenido queja alguna. Ya debiste haberlo deducido. Mi nombre es Saga, nuca fui Kanon y a veces fui Arles.

—Saga… tú eres Saga. — Se tocó los labios mientras pronunciaba el nombre—Así que… no lo recuerdas cuando no eres Saga —. Milo y su tono sarcástico respondieron con una risa casi formada —. Bien por Arles. Tal vez debería sentirme agradecido por guardar tan bien una buena noche.

—No tienes que detallarlo sabes. Es bastante frustrante sentirme celoso de mí mismo. — sonrió con ironía. —No entiendo por qué aún me gustas. Aún después de perderlo todo. ¡Aun así tú!
Saga lo tomó, lo beso profundamente y Milo se dejó besar. En la pasión de Saga podía sentir que claramente buscaba remover y traer lo que fue hermoso en su momento al presente. Demandando una respuesta de aquel muchacho lleno de vida y lleno de promesas y poder. Ese hombrecito que podía cargar en su palma el mundo y reírse a carcajadas por cada buen proyecto que debía solucionar.

—No está más—. Se pudo entender de la boca de Milo que aún estaba siendo ocupada por Saga.

—¿Hmm?—escuchó como respuesta.

—¡Que no está más! — Saga detuvo su trabajo al volver a escuchar lo mismo. Separó sus labios sin dejar de atraerlo hacia él. Y Milo se dejó aún más.

—¿Qué quieres decir? —Regaba besos por la cara de Milo pequeños suaves y cálidos besos.

—Esos sentimientos, ese Escorpión dueño del futuro de la familia… no soy más eso.

—Lo dices tan convencido, pero aún así me respondes. — Reclamó Géminis.

—No quiero hacerte más daño del que ya te he causado. Por lo tanto, a ti no puedo mentirte, nunca lo hice. No iniciaré hoy. —Acarició el rostro de Saga, lo abrazó y colocó su cabeza en su hombro. Como un niño consentido.

¿Cómo era posible que ese Milo hubiese muerto o desaparecido si aún en estas circunstancias tenía el valor de colgarse de su cuello y quejarse en sus oídos como lo hacía en el pasado?

—¿No te gusto nada? —preguntó el mayor aún aturdido y confundido por las respuestas contradictorias. Completamente desconcertado.

—Me gustas. Sí. —Saga sentía el calor de los labios de Milo en los lóbulos de sus orejas—. Pero no te amo como quieres que lo haga.

—¿Me amaste alguna vez?
—Cuando creí que eras Kanon. Sí. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ti—. Separó su cuerpo un poco de Saga y lo miró a los ojos.
—¿Qué tienes con Camus? —Exigió Milo una respuesta sincera.

—Me recuerda a ti—. Respondió Géminis sin pensarlo dos veces.

—¿Camus se parece a mí? — Una sonrisa incrédula se dibujó en Escorpión—. Quería una respuesta sincera Saga—. Dijo para acomodarse nuevamente en el pecho del mayor.

—Son como dos gotas de agua—. Respondió también con una sonrisa—. Una gota que está a punto de evaporarse al sol, aferrándose con todas sus fuerzas a una hoja en el viento tempestuoso. La otra es una gota fría y firme que aún la ventisca más agreste no puede arrancar de su lugar hasta que el sol la caliente.
—¿Desde cuándo eres poeta Saga? — río nostálgico.

—Desde que entiendo muy bien que no volverás a mi—. Una lágrima resbaló por la frente de Milo para darse cuenta de que Saga venía llorando quien sabe desde que momento—. Lástima que termine de este modo.

—Lo siento, en lo más profundo de mi ser, en verdad lo siento Saga. — Lo miró con dulzura—. Sabes…Es un hermoso nombre el tuyo—. Saga—repitió.

—Siempre fuiste importante para mí, lo sabes… ¿verdad Milo? — Ambos se abrazaron sin querer separarse—. Hay algo que debes saber sobre Radamanthys. ¿Podrías regalarme un poco más de tiempo?

Ambos tomaron asiento y Milo se recostó al lado de Saga, hablaron toda la noche hasta el medio día siguiente. Alargaron esa conversación hasta que el cansancio hizo efecto y quedaron dormidos.

Al despertar Saga se encontró cobijado y no encontró más a Milo al lado suyo.

Si bien fue hermoso el sentimiento que ambos llevaron consigo el dolor de las cenizas del pasado lo era aún más cada que al mirarse a los ojos recordaban. Las cicatrices dolían, ardían. Sus malas acciones, la desconfianza, el abandono, la traición, sentimientos que debían limpiar que debían procesar para sanar. Era mejor cerrar los ojos y pensar que todo fue un sueño muy lejano y guardar la calidez de un alma y una piel envolviéndose, regocijándose a la par de sus almas los profundos amores de antaño. La tierra aún giraba, las estrellas brillaban las nubes bailaban al compás del viento. Nada se detenía en este mundo. No sería natural detenerse en un pasado caótico. Se habían regalado las últimas caricias, las últimas palabras en aquel departamento en el que el plan de los Géminis para con los Escorpión había sido pensado.

Ningún plan es perfecto.

En ese entonces Arles no contó con que el corazón de Saga se aferraría a ese jovencito en tal medida que jamás le permitió realizar nada en su contra. Casi 8 años de planes frustrados. Meros sabotajes en un lugar o en otro. Mientras la mano de Arles derrumbaba lo que Milo construía, la mano de Saga lo protegía manteniéndose al lado de la persona que más odiaba a ese chiquillo. Rhadamanthys de Wyvern, Saga entendía que había sido este la victima de toda su confabulación y lo acompañaba intentando que el daño no sea mayor. Por un tiempo se forzó a quererle, lo intentó, pero el corazón roto y la obsesión de Rhadamanthys por un Kanon que jamás existió había pasado los límites de lo enfermo desde hace mucho. No podía más que cargar con las consecuencias de sus malas decisiones y contarle todo a Wyrvern, fuese cual fuese el resultado era este el momento de la verdad. No tenía ni la más mínima idea de cómo es que Rhadamanthys reaccionaría al saberse engañado desde siempre.

Continuará…

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