Ni HSDxD ni las demás series que se usan y usarán en un futuro son de mi propiedad, a su vez, algunos elementos son prestados por el autor Miguel16310. Yo simplemente soy un sujeto que quiere divertir y divertirse con sus escritos.
Searching the Heaven
Arco 0: [Nacimiento]
Capítulo 0: El Comienzo de Todo
Grandes y hermosos paramos verdes se alzaban ante la vista del ser que creo todo lo vivo sobre la faz de la tierra. La tranquilidad inundaba su divino ser como no había sentido desde hace tantos eones que llevaba existiendo.
Problema tras problema, sus congéneres no hacían más que complicar las cosas que de por sí ya estaban hechas un desastre. No ayudaba en nada de que las creaciones que fueran causantes de ese problema, fueron hechas a su imagen y semejanza.
Un suspiro salió de sus labios y se sentó junto al Árbol del Conocimiento. Fue entonces que él, Elohim, Dios Bíblico, empezó a ver hacia el futuro como normalmente hacia en su tiempo libre, el poco del que disponía.
[Clarividencia], la habilidad de poder ver el futuro. Había un puñado de dioses que podían usarla en su máxima expresión, él era uno de ellos y probablemente, el mejor en hacer uso del mismo; no por nada el Rey Solomon, a quien le dio parte de sus dones, fue considerado el mejor usuario de esta misma.
Miró hacia el futuro y no se sintió sorprendido al ver guerras, sangre a montones y varias armas bastante avanzadas para una civilización tan primitiva. Pero también, vio paz, una paz larga y duradera que le lleno de satisfacción; habían rencillas entre sus creaciones, pero aún así, había una paz relativa.
Así eran los humanos, sus creaciones imperfectas pero tan perfectas a la vez. Ellos eran caos, pero también orden; el avance que lograron en pocos milenios es sorprendente, comparado a otras civilizaciones creadas por los dioses.
Por eso la Tierra era idónea para ellos, un lugar donde podían desarrollarse completamente (con el riesgo de perderla) sin necesidad de destruirse tan rápido como las civilizaciones de los planetas vecinos. Marte, el gigante rojo, una vez estuvo lleno de vida antes de que su perfección con la cuáles fueron creados, los llevara a su propia destrucción.
Los humanos, caracterizados por la adoración hacia lo divino, no hacían más que avanzar. Hombres y mujeres de diferentes partes del mundo y de diferentes épocas, héroes y villanos de la propia historia humana, llegaron a un punto donde supusieron un peligro para sus congéneres, no para él, solo para ellos.
El cielo había sido algo que los humanos añoraban desde que sus nietos nacieron, un lugar donde solo los dioses y los más aptos podían estar. La Torre de Babel fue un gran ejemplo de esto, ese [Lenguaje Unificado] con el que doto a su creación fue más que suficiente para lograr esa hazaña, cosa que no les gustó a los demás dioses.
El gran diluvio es otro ejemplo más, ese fue un momento donde los dioses optaron por masacrar a la humanidad, pero él no lo permitió. Logrando avisar a Moisés para que construyera un arca y así poder salvarse a él y a su familia, preservando así a la humanidad.
En su tiempo, todos pensaron que ellos (los humanos) iban a desistir de su cometido, pero no lo hicieron. Seguían inventando y construyendo más y más cosas que terminaban siendo un desafío para los dioses, a tal punto que terminaron naciendo varios personajes reconocidos, algunos semidioses, pero lo que los caracterizaba más que su procedencia divina, era aquella suavidad y crueldad dada por la más débil de las razas.
Grandes héroes que marcaron un hito en la historia, grandes personajes que plantaron cara a lo divino, cosa que maldijeron los mismos dioses puesto que toda ese rebeldía contra ellos, venía desde el primero de su especie
Adán.
—Padre, ¿Qué haces?—escuchó que lo llamaban y abrió sus ojos azules, topándose con unos similares a los suyos pero más calmados, más en paz.
Era irónico que el Padre de la Humanidad le llamase a el "Padre", pero después de todo lo era, lo había creado a la perfección tanto a él como a su esposa.
Frente a él estaba Adán, su máxima creación, un hombre entrado en sus veinte, a pesar de ser casi tan viejo como el lugar donde se encontraban, poseía unos ojos azules como el cielo del Edén y un cabello dorado corto reluciente como el sol. Estaba desnudo casi en su totalidad, siendo la única y poca muestra de pudor que mostraba era una hoja del árbol donde se hallaba recostado que cubría sus genitales.
—Solo…veo el futuro, hijo mío—respondió Elohim, viendo tranquilamente al primer humano, quien se limitó a devolverle la mirada.
—¿Hay algo interesante que deba saber?—inquirió el rubio con la misma tranquilidad de su padre mientras se sentaba a su costado.
—Nada que tú tampoco hayas visto, Adán—los ojos del nombrado brillaron por un momento, una sonrisa surcando sus facciones perfectas, hechas a la medida por aquella deidad perfeccionista a su costado.
—Mis hijos si que hacen alboroto…
—Alboroto que molesta a los dioses—recalcó el hombre de blancos cabellos, atrayendo una risa por parte de Adán—No es gracioso Adán, desde que Caín empezó a vagar por el mundo, todo se ha estado poniendo muy raro, y si bien yo ya lo ví así como tú, los demás lo ignoran.
Adán le miró con neutralidad, antes de golpear el árbol a su costado y dejar que una pera cayera en su mano—Oye, esto es nuevo.—comentó, dándole un mordisco a la fruta
Elohim le miró sin ninguna sorpresa, su hijo tendía a ser así, aún cuando ya tenía casi cuatrocientos hijos seguía con su actitud despreocupada y rebelde. Nunca cambiaría, aún cuando lo dejo volver al Edén tras cumplir su castigo junto a esposa no mostró ni un signo de querer cambiar.
Lo bueno es que ningún otro dios tenía permitido la entrada al Edén, así que no podían ver qué tanto Adán como Eva estaban allí.
Un animal paso por allí, era como un pato pero más grande, con un pelaje grisáceo y un pico rojo en diferentes tonalidades; camino alegremente, para posarse a un costado de su creador y acurrucarse en él.
—Y pensar que los dodos se extinguieron por su estupidez—comento el rubio con cierta gracia, acariciando suavemente al animal.
—Es una lástima, ¿no es así?—murmuró Dios, mirando suavemente al animal—…¿También lo viste, Adán?
El nombrado mantuvo su sonrisa mientras cerraba los ojos—Por supuesto que sí padre, una guerra se acerca y no es para nada buena.
Elohim se mantuvo en silencio, acariciando al dodo en sus piernas—Ninguna guerra lo es, hijo mío.
—Hay algunas que si lo son, padre. Hay guerras que te permiten evolucionar y otras que te pueden hundir…la guerra que sobreviene hundirá a cada facción y dejará a varios en crisis—indicó el padre de todos los hombres, aún con los ojos cerrados—Los Jinetes se acercan...y el Dios creado por mis hijos está cada vez más cerca también.
—Las tres principales facciones tendremos nuestra propia guerra—murmuró la deidad con total seriedad—La muerte de mis hijos…mi muerte…—levantó la mirada y visualizo a su máxima creación, con tristeza—Y la tuya, Adán.
—No me mires así padre, si moriré, lo haré a sabiendo que he protegido a mis hijos—Adán abrió los ojos y se enfrentó a los de su padre, mirándolo con intensidad—¿Hay alguna razón para que un padre proteja a sus hijos?
Elohim puso una mueca, no sabría a ciencia cierta si era de felicidad o de molestia—Soy tu padre, de cierta forma, esa también es mi obligación.
—Jeje…—Adán río levemente, mirando el cielo sobre ellos, uno falso, uno que ocultaba la verdadera belleza del Cielo—¿Cómo va la creación de…?—se rasco la cabeza, antes de ver con una sonrisa culpable a su creador—¿Cómo era que se llamaba?
El dios anciano suspiro levemente, antes de sonreír—Se llaman [Sacred Gear], Adán; y van de maravilla. De igual manera, las [Longinus] están en proceso de construcción en estos momentos. Siendo liberadas en cuanto el ser para el que fueron creadas está sellado o listo para adentrarse en ella.
—Es increíble que le hayas puesto el nombre del sujeto que matara a tu avatar—comentó el rubio como quien no quiere la cosa.
—Aún faltan varios siglos para que eso suceda, hijo mío.
Adán rodó los ojos, cruzándose de brazos—Armas para enfrentar o asesinar a los dioses en caso de que estos se descontrolen…
—Así como también artefactos que impedirán la destrucción del mundo como lo conocemos.
Ambos guardaron silencio tras que el creador dijera esas palabras, antes de que Adán volviera a hablar—No puedo ver más allá del...—comentó el rubio con una ligera sonrisa, haciendo asentir a su padre, por alguna razón, ninguno de los dos podía ver más allá de ese año.
—¿Qué fue lo último que viste, Adán?—preguntó Elohim, esperando una respuesta de parte de su muchacho, para saber si la [Clarividencia] que compartía con su mayor creación.
El nombrado cerró sus ojos por un momento, para después abrirlo, mirando fijamente al creador de todo lo que estaba sobre la Tierra. Los ojos azules del primero de todos brillaban con intensidad, ya no mostraba su pupila, su iris era de un total azul como el cielo que era testigo de sus palabras.
No vi nada más que luz, padre
¡BRAUM!
Un trueno resonó por todo el lugar, la lluvia caía copiosamente sobre la túnica de aquel hombre. El cielo lloraba por la perdida del hombre crucificado frente a todo Jerusalén, bajo la cruz, una mujer entrada en sus cuarenta lloraba por la perdida de su hijo.
El cielo lloraba, un Padre llorando por la pérdida de su Hijo.
Y un Hijo llorando la pérdida de su Padre.
Alzó la mirada, las gotas de agua cayeron por sus pálidas mejillas, simulando las lágrimas. La tristeza inundaba su inmortal ser, la marca en su frente le dolía, tantas emociones en tan poco tiempo hacían que su normalmente tranquila mente fuera un lío de emociones ahora mismo.
Sintió una mano en su hombro mientras otro trueno sonaba estridentemente. Giró suavemente su cabeza para ver unos ojos de un color inusual en esas tierras como lo era el rojo, las facciones del hombre frente a él las había visto mil veces en el espejo cuando se veía cada mañana.
Era más alto que él, y era eso ya mucho decir. El parecido físico era tanto que no podrían ocultar el hecho de que eran hermanos sino fuera porque tenían túnicas negras cubriendo sus cuerpos.
Un nombre salió de sus labios helados, había extrañado decirlo desde hace siglos—Abel…
—Es Hevel, Caín—corrigió el ojirojo, mirando con tristeza a su hermano mayor. Los dos primeros hijos del Padre de la Humanidad compartían esa mirada, lo habían sentido, por eso Hevel había ido en búsqueda de su hermano.
Al ser hijos de ese hombre, y es más, los primeros, heredaron algunas de sus habilidades. La principal, su [Clarividencia], habían visto lo que pasaría y habían decidió separarse, mantener vigilado al mundo al mismo tiempo que lo protegían hasta que el día prometido llegara.
—La cruz…—murmuró Caín, posando sus ojos en el hombre crucificado.—Los clavos…El cáliz…—los orbes azules se posaron en un soldado romano que mantenía una mirada incrédula en el arma entre sus manos—Y la lanza…
—Las últimas cuatro [Longinus]—señaló Abel, retirando su mano del hombro de su hermano mayor, caminando junto a él en dirección a la mujer arrodillada y llorosa, siendo acompañada de un grupo de hombres y de una mujer más, quien lloraba a su lado igualmente desconsolada—Ya están armadas, no hay vuelta atrás, ahora solo queda esperar.
Abel alzó una mano, mostrando un tatuaje rojo con una extraña forma, como una especie de lanza con una espiral a su alrededor, notando que se perdía aún más en su brazo.
Su hermano mayor le imitó, alzando la mano contraria, mostrando así un tatuaje similar pero con una espada en vez de una lanza del mismo color. La similitud aumentaba cuando el tatuaje también se perdía en su brazo, sin dar aparente razón de que tuviera algún fin.
Llegaron a donde el grupo de personas se encontraban y la fémina mayor paro su llanto, alzando la mirada para ver a ambos hermanos. Los reconocía, su hijo se los había presentado años antes, los hermanos que habían cuidado al mundo de los males que lo azotaban.
Caín se agachó, acariciando los cabellos de la mujer con mucha delicadeza—Prometo cuidarlo…y darle un descanso por el momento.
La fémina apretó su túnica mientras asentía, susurrando un suave "gracias" mientras el pelinegro mayor volvía a incorporarse; reanudando junto a su hermano su caminata hacia la cruz.
Extendieron sus manos hacia el hombre crucificado, viéndolo con seriedad. De manera lenta lo empezaron a bajar, mientras que Abel lo envolvía con una túnica blanca que había sacado de debajo de la suya.
Lo levantaron y empezaron su marcha al sepulcro donde el hijo de Dios descansaría por el momento, hasta que llegará la hora de continuar con la misión a la cual estaban ligados los tres.
¡BRAUUUUUM!
El sonido estridente se dejó oír de nuevo por los hermanos, quienes alzaron la mirada. La marca de Caín por alguna razón se había hecho más grande, cubriendo parcialmente su rostro y los ojos de Abel habían ganado un extraño patrón dorado.
Movieron los labios, susurrando unas palabras que se perdieron cuando otro rato cayó, haciendo que el grupo que no estaba muy lejos no logrará escucharlos, sin embargo, entre ellos si lograron entenderse.
La oscuridad se estaba moviendo.
Un susurro que el viento se llevó, pero eso pareció causar que la lluvia se hiciera más fuerte junto al intenso vendaval de esa fría noche.
Algo estaba pasando, una serie de acontecimientos simultáneos en diferentes partes del macrocosmos. Una serie de hechos que despertaban al mal de ese mundo y de todos los mundos existentes.
—Huum~—leve, suave, tranquilo. Así podían describir el sonido gutural que salió de aquella enorme oscuridad que lo rodeaba.—Vaya…Los hermanos se han puesto en movimiento…—murmuró, su poderosa voz haciéndose notar como un eco en su encierro.
¡CLANC!
Se oyó como unas cadenas se movían y subsecuentemente un gruñido se escuchó, haciendo un eco mucho más duradero. Dos faros de luz rojiza intensa se dejó ver casi al instante, pero no eran faros, presentaban una pupila rasgada de color negro. Eran ojos, dos pares de ojos brillantes del mismo color de la sangre.
Estos permanecían fijos ante un punto en específico, acechantes, esperando el momento justo para atacar a su presa, aún si tenía que esperar bastante para saltar.
Tap…tap…tap
Pasos empezaron a oírse en el oscuro y lúgubre lugar, haciendo reír a ese ente tan peligroso.—¿A ti es quien mandó el anciano? ¿Al hombre que traicionó a su hijo?
Nadie respondió a su cuestionamiento. Los pasos siguieron continuos hasta que la bestia pudo saber que estaba justo frente a él, a una distancia prudente como si algo le impidiera acercarse más hacia su cuerpo.
Un golpe seco se escuchó, y de manera paulatina una serie de símbolos extraños empezaron a aparecer en el aire brillando de un rojo tan intenso que empezaba a iluminar el oscuro lugar, formando una cúpula alrededor de ese ser tan tenebroso.
La gigantesca figura lentamente se iba dejando ver; las escamas negras de su cuerpo parecían absorber la luz roja que lo bañaba, sus gigantescas fauces se abrían levemente pero de manera amenazante mientras que sus orbes rojizos parecían perderse en el hombre frente a el. La oscuridad misma era tragada por esa bestia quien abrió su poderosa mandíbula para soltar un rugido poderoso que hizo temblar el lugar. Poderoso, vigoroso y gigantesco; asi se podría describir al dragón, pues eso era, un titán escamoso que representaba la perdición de la existencia del mundo del cual fue alejado.
Los ojos marrones del hombre solo le vieron con seriedad, sin inmutarse ante el imponente ser frente a él—No me intimidas, bestia. El deber que mi Señor me dejó lo cumpliré sin dudarlo.
La bestia negra río de manera estruendosa, pareciendo que una lluvia de relámpagos caía sobre el lugar, enloquecido, solo rugió una vez más—¡BIEN JUGADO, ANCIANO! ¡LAS CADENAS DEL DESTINO HAN EMPEZADO A MOVERSE Y NADA LAS DETENDRÁ AHORA!
Ni siquiera el propio destino podría detenerse de lo que estaba aconteciendo en diferentes partes del espacio y tiempo.
La propia existencia era curiosa, no había nada que él no conociera pero aún así, habían varias cosas que le sorprendían cuando las veía en persona. Sus ojos dorados se posaron en aquel pequeño pueblo de lo que en algún momento sería Galés, ¿qué año era? No lo recordaba y tampoco le interesaba, solo estaba allí para poder ver un acontecimiento que iba a cimentar las bases del futuro que le esperaba al mundo.
Un joven de cabellos rojos caminaba por las calles de su pueblo natal. Era alto, probablemente media casi dos metros de alto y tenía unos atrayentes y curiosos ojos dorados junto a una pupila rasgada, como la de un felino. O la de un reptil. Pensó con gracia el observador mientras se retiraba uno de sus mechones azules del rostro, a veces era molesto cubrirse con túnicas pero lo que hacía para vivir la historia como tal.
La gente saludaba con alegría a aquel joven de cabellos como la sangre, aparentemente, bastante conocido y querido por los habitantes de ese lugar.
Tan absorto estaba saludando, que no se dio cuenta que alguien estaba en su camino.
—¿Huh?—el de ojos dorados parpadeó al ver un paisaje celeste ante sus ojos—¿El cielo…? ¡Auch!—exclamó tan pronto cayó de cabeza contra el suelo.
El observador no pudo evitar guardarse una risotada al ver al gigante tirado en el suelo, ¿el causante? Nada más ni nada menos que una joven muchacha que se veía que apenas y le llegaba al mentón.
—¡Oh! ¡Lo siento mucho!—exclamo la joven, cabellos negros y unos atrayentes ojos morados. Poseedora de un maravilloso cuerpo de proporciones majestuosas, o eso desde la posición en la que se encontraba un sonrojado chico. —¡N-No te ví, actúe por instinto!—se excuso la pelinegra, hincándose para ayudarlo a sentarse, viéndole sobarse la cabeza.
—No hay problema, en parte es mi culpa por estar distraído—murmuró el pelirrojo con vergüenza, antes de extender su mano con una sonrisa culposa—Hola, soy Adain Gremory. Lamento haberme tropezado contigo.
La chica le vio con sorpresa, le tomo un momento procesar lo dicho por aquel muchacho antes de devolverle la sonrisa con la misma culpa en ella—Un gusto Adain, soy Rhian Bael. Lamento haberte golpeado y tirado al suelo.
—No hay problema, Rhian.
A la lejanía, aquel observador de azulados cabellos veía la interacción con una sonrisa satisfactoria. Era curioso el actuar de los humanos; él, como un dios, no los entendía completamente y por eso los encontraba fascinantes.
—Debes de dejar de hacer esto, Izanagi—detrás del hombre, una voz se dejó escuchar, pero estaba solo. Él lo sabía a la perfección, por eso mantuvo su sonrisa.—No es correcto que el Dios de Dioses esté en sus anchas por todo el Omniverso. ¡Interrumpes en la historia del hombre!
—Oh, al contrario mi estimado amigo—fue la sencilla de la deidad, mientras un brillo azul le cubría al mismo tiempo que el viento se llevaba unas partículas azules que habían salido de él.
—¿Uh?—Rhian miró con curiosidad las partículas azules volando por allí, tirando de la vestimenta de su acompañante—Oye Adain, ¿Qué es eso?—cuestionó curiosa la joven de negra cabellera, atrayendo la atención del pelirrojo.
—¿Hum?—el nombrado volteo la mirada mientras se levantaba con ayuda de la pelinegra—Siendo sincero…ni idea. Pero, son bonitos.
—Oh…Jeje, si, tienes razón.—la chica le tomo de la mano y le alzó rápidamente, casi haciéndolo tropezar, de nuevo.
—¡Woah! ¡Vaya fuerza!—alagó gratamente sorprendido, sonrojando un poco a la muchacha.
—Guhehe~
Soy parte de ella.
Habían una gran variabilidad de técnicas para poder ver el futuro; la [Clarividencia] y la [Precognición] eran un ejemplo caro, si bien el rango entre ambas era tan abismal como el diferenciar un charco de agua con el océano, ambas usaban de base el conocimiento de sucesos futuros para poder cambiarlo, tomando a favor las acciones que se pueden predecir.
Pero él no podía hacer eso.
[Lectura Cósmica], esa era su especialidad, un don con el que su Padre le bendijo al momento de ser creado. Le permitía leer las estrellas para poder ver lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá en el pasado, presente y futuro; teniendo en cuenta esos tres factores, puede ver una línea de lo que sucederá, un futuro soldado, el destino.
Un destino horrible es el que veía; la guerra había dejado muchas bajas en los tres bandos más importantes de todo lo sobrenatural. Estaban débiles, dos de los tres bandos habían perdido a sus más importantes líderes pero aún así siguieron luchando hasta que vieron que estaban al borde de una crisis irreparable.
Se acercaba una Guerra Civil, más problemas internos para todos. El sello de la bestia se debilitaba con el tiempo y ese maniático de pelos plateados hijo del mismísimo demonio estaba en busca de él, lo podía ver, él podía verlo todo y ver con impotencia como sucedía sin poder hacer nada para detenerlo.
Se tomó el rostro, cansado, la carga mental de ese don era demasiada alta. Cada vez veía más el futuro y se horrorizaba con lo que sus ojos contemplaban; destrucción, caos, muerte, todo hecho pedazos.
Sus ojos carmesí vieron el panel frente a él, apreciándose en el reflejo que este le daba. Sentía asco por su persona, nunca se había considerado realmente atractivo, pero según decían sus compañeras, sus orejas de elfo le daban ese encanto suyo junto a sus ojos peculiares.
Unas alas de cuervo salieron de su espalda, doce en total. Era un cadre con un demonio, y se veía tan patético, las ojeras bajo sus ojos eran tan profundas, sintiendo que se iba haciendo más viejo aunque fuera casi inmortal.
Se pasó las manos por el cabello, cansado, caminando hacia la salida que su estudio le daba para llegar a un pequeño balcón y visualizar las estrellas. Ya no lo hacía como antes, ¿para qué?, solo veía el mismo futuro horrible una y otra vez.
Alzó la mirada con ligera apatía, la luna le bañaba con delicadeza mientras posaba sus ojos en el firmamento.
Y lo noto de inmediato.
—Imposible…—murmuró con sus ojos ligeramente abiertos de más debido a la sorpresa, era grande, inmensa. Después de todo—Han cambiado.—sentenció mientras empezaba a leer el cosmos a una gran velocidad.
Las imágenes llegaban a su cabeza. Todos los sucesos que iban a pasar desde ese punto en adelante, cada movimiento preciso, todo se veía con una absoluta claridad que pensaba que todo era una maldita broma.
Sonrío totalmente eufórico, si, allí estaba. La repuesta estaba allí, solo tenía que seguir todo al pie de la letra, para así salvar el mundo, aún si eso significaba su muerte.
Kokabiel, el Ángel de las Estrellas, ya tenía bien en claro una cosa.
Protegeré a tu creación, Padre. Aún si debo de convertirme en un villano para hacerlo.
Cuando una vida es traída al mundo, el acto siempre será de apreciar. Desde los más primitivos seres como los animales hasta los más avanzados como los humanos, el estar en el momento del alumbramiento siempre sería un privilegio único.
—¡AHHHHHHHHH! ¡AORIIIIII! ¡TE VOY A MATAAAAAAAAAAAAAAAR!—los alaridos de dolor de la próxima madre eran intensos, la mano de su pareja estaba casi a punto de ser fracturado debido a la presión a la cual era impuesta.
Aori, un hombre entrando en sus treinta con cabello castaño y ojos mieles, tenía gotas de sudor adornando su pálido rostro. Su mujer era una persona fuerte, tanto en carácter como en físico, sin embargo, el traer dos nuevas vidas al mundo por un conducto tan estrecho era un infierno en la tierra.
—¡Resista señora Hyodo! ¡Ya veo la cabeza!—exclamo el doctor, haciendo todo lo posible para traer al mundo al hijo menor de la familia.
—¡Vamos Hanako! ¡Un último esfuerzo!—alentó su marido, sintiendo como su mano era finalmente destrozada, por ende, no pudo evitar gritar junto a ella—¡POR AMOR A–
AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
¡BUAAAAAAHHHHHHH!
El llanto de los infantes opaco por completo al llanto de la madre una vez terminó. Hanako respiraba agotada totalmente, cayó rendida en la cama del hospital mientras su pecho subía y bajaba, sus ojos rojos cansados estaban fijos en el techo del lugar, empezaba a ver borroso y no ayudaba que sus mechones negros cubrieran su rostro.
—…nnie…annie…—en un momento de lucidez, empezó a escuchar la voz de su esposo mientras volvía a recuperar la consciencia que se le había ido de manera momentánea—¡Hannie!
—Aori…—murmuró la mujer, girando su cabeza para ver a su esposo con los ojos llorosos, cargando dos bultos en sus brazos—Quiero…verlos…
El hombre de cabellos castaños asintió levemente, extendiéndole ambos a su mujer quien, con ayuda de una enfermera, se acomodó para estar sentada contra la almohada. Le dolía la ingle bastante, y ni hablar de su feminidad, pero de alguna manera, el tener a sus hijos en brazos le hacía sentir mejor.
Bajo la mirada suavemente, posando sus ojos carmesí llorosos en los rostros de sus bebés. Un niño y una niña, leves cabellos castaños en sus casi calvas cabecitas; eran tan adorables.
—Señor y Señora Hyodo—llamo el médico con una sonrisa cubierta por el tapabocas, unos mechones de cabello azul se escapaban por la tela que cubría su cabello, los ojos dorados detrás de los lentes miraban atentamente a los hijos del matrimonio, o más bien, al varón, el menor de los dos.—Lamento interrumpir tan bello momento, pero necesitamos sus nombres para las actas.
—Oh…cierto…—susurró la dama de azabaches cabellos, mirando atentamente a sus hijos—La niña…será Aria Hyodo—dijo con determinación, mirando a su marido tras pronunciar sus palabras—En honor a tu madre, querido.
Aori sonrío, conmovido por sus palabras—A Okaa-chan le va a encantar…—pronuncio entre dientes, tomando a su hija mayor, quien inmediatamente se acomodó en busca de su calor—Hola Aria-chan…soy tu papi…
Su esposa le miró sonriente, antes de mirar fijamente a su hijo quién dormía entre las cobijas, como si no hubiera estado llorando como loco hace nada—Tú fuiste quién nos trajo más problemas con el nombre…Pero finalmente, lo decidimos tras ese viaje a Kyoto…—fueron las firmes palabras de la mujer quien acarició el rostro de su vástago, viendo cómo sonreía al sentir sus dedos contra su piel.
Alzó la mirada, viendo los ojos dorados de aquel hombre quien no dejaba de sonreír bajo el tapabocas. Ese momento, era el momento histórico que esperaba.
En cada parte del cosmos, cada ente lo sintió; los dioses temblaron en sus aposentos, sintiendo temor, cada célula de sus cuerpos temblando de manera incontrolable. Algo sucedía como hace tanto no había ocurrido, un suceso tan impredecible como impresionante.
En lo más oscuro del cosmos, esos dioses olvidados por el hombre rugían, moviéndose incontrolables, eufóricos, emocionados por lo que acontecía. En donde el tiempo y el espacio no reinaba, unos pútridos ojos dorados se abrieron y una risa incontrolable se dejó escuchar.
Un nombre salió sin parar de sus labios, en medio de esa oscuridad, en ese reino destruido por el uno y el todo, donde la destrucción y el caos mismo se alzaban, ese nombre se repetía incansablemente. Los dioses antiguos empezaron a rugir aquel nombre junto a su rey, el Rey Carmesí, quien admiraba aquel suceso con grata satisfacción.
Aquel nombre resonó hasta los confines del Omniverso; todo tembló y los engranajes del destino empezaron a moverse una vez más cuando el causante de todo el cambio cósmico había llegado a ver por primera vez en su vida la luz del día.
Todo eso ocurrió en el macrocosmos, sin embargo, en aquel hospital de aquella ciudad en Japón, la mujer seguía viendo al hombre que le había ayudado a dar a luz a sus hijos mientras empezaba a mover los labios, diciendo el mismo nombre que había resonado por todo lado.
Aquel hombre, no, aquel dios paso de mirar a la madre a mirar al niño; Izanagi no Okami lo sabía, lo sentía, todo estaba por empezar en cuento la mujer hablara.
Su nombre será Issei…Hyodo Issei.
Las cartas estaban sobre la mesa, ¿Qué futuro le deparaba al mundo? ¿La destrucción o la salvación? Todo dependía de él y de su Búsqueda del Cielo.
Searching of Heaven es el nuevo proyecto del cual trabajaré junto a dos más que serán traídos en cuento este termine. Esta de más decir que serán continuaciones de este; los tres (junto a unos Spin-Offs) son partes de mi multiverso, el Dragonverse.
La razón de este segundo reboot es que me he dado cuenta que en el primero, me iba demasiado por las ramas, cosa que quiero evitar en este. Teniendo de base a DxD pero siendo un múltiple crossover a la vez con varias series debido a la aparición de personajes y/o habilidades a las cuales se mostrarán tanto en Issei como en otros personajes.
Bien; ahora explicaré unas cosas. Estoy tomando de base el pasado para este prólogo, puesto que me he dado cuenta que, como no tenía un punto de partida en el pasado de mi protagonista, no podía ir mostrando sus secretos así como así, puesto que de alguna manera, la acumulación de estos sin una línea de tiempo establecida crearía huecos argumentales y temporales, cosa que yo odio bastante. En estos cinco meses sin actualizar me he estado planteando bastante si hacer este reboot o no, pero finalmente decidí hacerlo tanto por mi comodidad como por la comodidad de ustedes, pues algunos me han manifestado que se sienten más que perdidos en cuanto a la cronología de Hyodo Issei como tal.
Seguirá siendo un crossover con el juego "Undertale" como era la idea original, sin embargo, la presencia de los personajes del juego (con excepciones de Chara y Frisk) será bastante escasa. ¿La razón? El ser un crossover entre dos series hacia casi obligatorio presentar a los personajes del videojuego, pero eso me limitaba bastante, así que ahora tiene de base una serie (DxD) pero próximamente se irán añadiendo elementos tanto de Undertale como de otras series/animes/videojuegos, entre otras cosas.
Siguiendo con lo dicho hace un párrafo; este primer capítulo es un prólogo (eso no puede ser más que obvio), sin embargo, no entraré en el canon de DxD hasta más adelante, puesto que en estos capítulos me quiero dedicar a mostrar el pasado de Issei. La interacción con su familia, el cómo quedó huérfano, sus aventuras/desventuras en un mundo que lo quiere ver muerto entre otras cosas más.
Ando un poco cansado; sin embargo, estaré encantado de responder sus preguntas tanto en PM como en el próximo capítulo en las Reviews.
Por cierto, en un futuro borraré tanto METAL como The Fallen of Men así como mis otros fics antiguos (los dos primeros DragonTale entre estos) dejando únicamente el especial de Navidad que hice hace dos años. Quiero empezar mi proyecto de 0, así que tengo que despedirme de mis proyectos anteriores, pero no sin antes guardarlos porque sin ellos, no tendría mis bases actuales.
Ahora sí, les ha hablado Eien no Hiryu (nombre próximo a cambios) y les desea muy buenas noches.
