Más vale tarde que nunca. Hoy traigo algo especial y es que... por fin hay otro capítulo centrado en Ceresmon. Es un personaje sumamente divertido por esa personalidad alocada y mutable. Así que espero que os guste. Intentaré traer el siguiente para el 18 de Febrero, pero el trabajo no ayuda así que, es posible que haya retraso. Sin embargo, sigo invirtiendo mucho tiempo en este proyecto y tengo ya varios capítulos empezados. En fin, espero que os guste y me comenteís muchas cositas. Nos leemos. Sin más dilación, aquí teneis:

Capítulo 34: Ganando súbditos

La travesía al continente Tamer, fue, sin duda aburrida. Ceresmon no estaba caracterizada por su paciencia y tanto tiempo encerrada había exacerbado aquel defecto. La falta de compañía no la molestaba: se había acostumbrado a estar sola en aquella incómoda celda. Sin embargo, necesitaba acción. Y sobrevolar las tranquilas aguas del Ocean Net sin novedad alguna hacia el viaje soso.

-Ni un monstruo marino ni nada..- se lamentaba.- Me esperaba las tierras de Neptunemon más inhóspitas.- se corrgió.- Salvajes.- Entonces cayó cuenta de una cosa: Neptunemon ya no gobernaba. Maldijo para sus adentros.- Bueno hay algunas cosas que podremos cambiar.-

No sabía mucho sobre cómo había quedado el mundo en sus años de cautiverio. Deramon le había informado sobre trivialidades: que si tal rey había tenido una aventura, si no se quién había ascendido al trono, un par de repúblicas… Lo que más le había llamado la atención es que comenzaban los asentamientos humanos. Eso era algo que ellos habían prohibido terminantemente. Los olímpicos habían impuesto el orden ante las fuerzas de la naturaleza sin ayuda de nadie. No iban a venir ellos a invadir su mundo ahora.

El Continente Tamer era llamado así porque los primeros humanos del mundo habían llegado allí. Ceresmon recordaba con orgullo cómo les habían propinado una gran derrota en Snow Zone cuando trataron de migrar al Continente Xross. Tras la batalla, ningún humano se había vuelto a instaurar en el territorio el continente había quedado a merced de los digimon salvajes.

-Si nos hubieran dejado gobernar después de ello, no habría pasado esto.- se lamentaba la diosa. Poco después de la batalla es cuando ellos habían intervenido y los habían confinado al destierro. Bueno, no a todos ellos. -Con la de peligros a los que tuvimos que tuvimos que enfrentarnos mientras tanto y ellos sin mover ni un dedo.- los maldijo de nuevo.

Ocupaban gran parte de sus pensamientos el rencor y el odio acumulado. Sentía especial inquina por Cherubimon al ser su carcelero. Sin embargo, sabía que los Tres Grandes Ángeles solo eran… meros substitutos. Los culpables de la destitución no fueron ellos. Sin embargo, todos debían pagar por la osadía. Al menos parte de sus enemigos del pasado ya estaban muertos o encerrados en el Dark Area. Eso al menos la consolaba, al menos momentáneamente.

Se aproximó finalmente a su destino. Las indicaciones de Mercurymon no habían sido las más precisas del mundo, pero supuso que un gran terreno de secano sería fácil de encontrar. Sobrevoló una cadena montañosa, esquivando aquellas horribles columnas que te teletransportaban a cualquier otra parte del continente. Ceresmon era ágil volando, por lo que a pesar de su tamaño no tuvo problema en esquivarlas. Se sentía emocionada, como un ladrón esquivando los rayos láseres de una cámara de seguridad, pero a escala continental.

Se dirigió hacia el este, donde bordeó un pequeño condado: la base militar de los Knightmon cuando su dirigente no estaba se volvía gris y desde luego, poco atrayente. Evitó el acceso a las nubes, donde una pequeña población se había instalado. Habían elaborado defensas para eludir los ataques de los Megadramon salvajes, lo cual la parecía impresionante. Cuando se instalara en el territorio podría ir allí de vez en cuando y combatir contra alguno de los dragones mecánicos: sería divertidísimo. Por fin ante sus ojos se extendía la tierra prometida. Ceresmon con sus poderes no tardó en detectar los restos de una antigua y exuberante vegetación, ahora calcinada y convertido en un paraje seco y sin resto de cultivo alguno.

-Lo consideraremos como que está en barbecho.- se dijo a sí misma, complacida.

Continuó avanzando en busca de sus futuros súbditos. Seguramente estuvieran escondidos ante los posibles ataques de la tribu ígnea que Mercurymon había mencionado. No tardó en encontrar pequeños brotes enterrados en el lado suroeste de la llanura. Para cualquier otro digimon volador habrían pasado desapercibidos, mas ella era la diosa de la agricultura: sabía que no se trataba de plantación alguna, sin duda alguna eran los Jyagamon.

Descendió a toda velocidad, emocionada, y cambió de forma. Su aspecto humanoide era mucho mejor para moverse por tierra y entrevistarse con sus futuros sirvientes. En su cabeza se formaron imágenes de un gran recibimiento como salvadora que iba a ser. Sin embargo, no ocurrió nada.

Observó, sumamente molesta, como los Jyagamon no se percataban de su presencia. Seguían enterrados en la tierra, escondidos, con su cola vegetal fuera. La olímpica carraspeó. Nada, seguían sin inmutarse. Iracunda, agarró con sus garras al primer digimon patata que pilló, desenterrándolo en el proceso. El perfect gritó, alertando a sus congéneres. Todos los Jyagamon abandonaron su escondrijo y rodearon a la diosa, quien sonrió ante la multitud que la acompañaba.

-Por fin me hacéis algo de caso…- se quejó. Jyagamon se zarandeaba violentamente, mas ella no redujo la fuerza de su agarre.

Los Jyagamon no se tomaron bien ser inoportunados por una extraña. Para sorpresa de Ceresmon, no la reconocieron. Adoptaron una pose ofensiva y columpiaron su cola para atacar. De pronto, una lluvia de patatas impactó sobre la olímpica, quien se vio obligada a soltar a Jygamon, mas por la sorpresa que por el daño de sus técnicas.

-¿Es así como decidís a la diosa que va a salvaros de vuestros agresores?- respondió ella, indignada. Mas los digimon vegetales no cesaron en su ataque. Ceresmon se preguntó en la forma más efectiva de abordar aquel conflicto diplomático. Podría transformarse de nuevo y derrotarlos con su magma, pero se quedaría sin súbditos. Mala idea. Se decidió a adoptar ella también la ofensiva, pero de una forma más suave.

Apartó de un par de manotazos la muralla defensiva de patats y extendió sus cepas lo más que pudo, abarcando a todos los Jyagamon que se encontraban más cerca de ella. Comenzó entonces a drenarles su energía vital. No sería un movimiento letal, pero al menos les demostraría a los nativos que no había que jugar con ella.

Los que se encontraban más alejados se mantenían inertes sin saber cómo reaccionar, por miedo a seguir la suerte. Ceresmon se rio malévolamente. Por fin comenzaban a tomarla en serio. Ahora que por había captado la atención de los Jyagamon, podría de una vez por todas hacerles una propuesta que no podrían rechazar.

-He oído que un grupo de digimon ígneos os han atacado y usurpado el territorio. ¿Es es cierto?- Los Jyagamon asintieron al unísono. Aún la tenía miedo. Eso le gustaba. -Creo que yo podría ayudaros a solucionar ese pequeño problema.-

-¿Cómo?- se atrevió a inquirir uno de los que se encontraban más alejados de ella. Los que se encontraban a un palmo de la diosa se mantenían inertes, incapaces si quiera de retroceder por la debilidad que el ataque de Ceresmon había causado en ellos.

-Matándolos, por supuesto.- sentenció ella. -Cualquier enemigo de la naturaleza es enemigo mío y por ello, lucharé por vuestra causa.-

El silencio terminó y se oyó un murmullo entre los digimon vegetales. Ceresmon observó sus expresiones. Parecían preocupados pero a la vez eufóricos por acabar con sus enemigos mortales.

-Además, podréis acompañarme y ser testigos de mi victoria.- añadió como argumento final.

Por primera vez desde que los había inoportunado, los Jyagamon dieron la espalda a la diosa y se pusieron en círculo, tratando de discernir qué era más conveniente para ellos. Ceresmon decidió no interrumpirlos, sin embargo, sabía que no tendrían otra salida. Y sino, ella haría lo que la diera la gana y ya vería cómo sacaba tajada luego de ello.

Tras unos minutos que para la olímpica se hicieron eternos, los Jyagamon terminaron su consejo y cambiaron de formación, envolviéndola. Uno de ellos se acercó se acercó y, con algo de miedo, le informó de su decisión.

-Aceptamos tu oferta.-

-Excelente.- le interrumpió Ceresmon.

-Sin embargo… queremos saber qué quieres a cambio.- Ceresmon no pudo evitar componer una mueca.

-El código corona de la zona.- respondió sin rodeos.- Y colaboración futura en caso de que necesite algo.- Se decidió a enmascarar la petición de servidumbre. Al fin y al cabo debía de estar muy mal visto en aquellos días. -Yo me comprometo a proteger la zona y dotarla de una amplia vegetación. Sin embargo, debéis cuidarla y tratarme bien a mí también.-

No hizo falta que los Jyagamon se reunieran para que aceptaran la oferta. Según le contaron, la temperatura de la zona había aumentado y la vegetación había prácticamente desaparecido. Si no habían emigrado, era por su obligación de proteger el código corona, el cual aún custodiaban. Sin embargo, Ceresmon debía aún probar su valía.

La diosa tenía claro que iba a cumplir su cometido con una rapidez y eficacia jamás vista. Estaba deseosa de acción y los digimon con poderes de fuego nunca habían sido de su agrado: incluso Marsmon y Apollomon la irritaban. Aún así eran de la familia y había que tolerarlos. Si los Jyagamon pasaban a estar a su servicio, serían considerados parte de su familia, o al menos, pertenecientes al gran honor de formar parte del círculo íntimo de los olímpicos.

Ceresmon adoptó su forma gigante, sorprendiendo a los nativos. Apoyó su ala derecha en tierra firme, invitando a los Jyagamon a subirse a ella. Un primer grupo se introdujo en la foresta que cubría todo el cuerpo de la diosa. Observaron un verdadero paraíso terrenal: árboles frutales con toda clase de flores a su alrededor. Parecía haber hasta un pequeño manantial. Los primeros atrevidos indicaron al grupo que era seguro y toda la tribu se montó a bordo de la olímpica.

La diosa escuchó murmullos a bordo, pidiendo a dejar a un lado la contienda y mudarse a aquella tierra prometida. Ceresmon negó rotundamente la idea: no podía mantener aquella forma eternamente. Aunque pudiera tampoco lo haría. Ellos estarían para servirla, no para hacer uso y disfrute de ella. Ya suficiente que iba a eliminar a aquellos que habían diezmado a los suyos.

-Decidme…- inquirió ella.- ¿quiénes son los enemigos a los que me tengo que enfrentar?- No es que la importara mucho su oponente, solo quería algo de conversación entretenida mientras los localizaba. Los Jyagamon la miraron sorprendidos. Pensaban que ya conocía su terrible situación de antemano. Sin embargo, no dudaron en compartir los detalles con su posible salvadora.

Ceresmon logró recopilar algo de información valiosa entre los confusos correlatos de los foráneos de la zona. La invasión se había tratado de un grupo de Meramon, dirigidos por su líder, Skullmeramon. Parecían que había sido algo repentino, ya que por alguna extraña razón que a la diosa no le importaba, habían abandonado su territorio para adentrarse en la llanura. Las innumerables batallas parecían haber quemado la mayor parte de la tierra aunque algún segmento todavía olía a patata frita.

El mero hecho de un crimen contra la naturaleza encendió la ira de Ceresmon. Nunca había sido una justiciera, pero cualquier ataque a la vegetación se consideraba como un ataque hacia su persona. Se alegró de que Mercurymon le proporcionara noticias sobre aquella noble causa. Debía reconocer que el olímpico había hecho sus deberes y le había informado sobre una zona con mucho potencial. El Continente Tamer no era la zona más céntrica para viajar, pero podría apañárselas. Ahora solo tenía que acabar con los invasores para terminarse de ganar el respeto de los Jyagamon.

No tardó en divisar el campamento que habían montado. Estaba plagado de hogueras, cuyo humo mandaba una señal muy clara sobre el asentamiento, como si quisieran ser localizados. Supuso que el clima cálido de la zona no era suficiente para la tribu ígnea y había decidido calentarse un poco. Desde el aire, Ceresmon hizo un rápido recuento. Calculó algo más de sesenta. No divisó al líder en ningún momento. Quizás estuviera en el interior de alguna de las tiendas.

Se giró para contemplar a los Jyagamon. Todos esperaban expectantes que pasara a la acción. Se decidió a atacar. El factor sorpresa estaba de su parte y ella nunca había sido una persona muy paciente. Era una mujer de acción.

-Muy bien, vamos allá.- exclamó, emocionada. Los digimon vegetales le devolvieron los gritos de júbilo. Parecían también dispuestos a pelear.

Agitó sus gigantescas alas, produciendo una gran onda de choque que salió disparada hacia el campamento. El impacto destruyó a un par de Meramon, que se encontraban aterrizó la colosal técnica. Sin embargo, el efecto no tardó en ser notado por el resto de la tribu. Algunos fueron tragados por la tierra que se agrietaba por la presión del ataque, mientras que otros solo notaron el temblor y se pusieron alerta, gritando para avisar a todo el mundo de que estaban siendo emboscados.

-No so quedéis ahí parados.- animó a los Jyagamon. Se encontraban llenos de júbilo y, a pesar de su primer impulso de combatir, se habían quedado admirando la técnica de la olímpica. -Atacad.-

Los digimon patata estiraron su cola y, a modo de catapulta, comenzaron a lanzar proyectiles vegetales hacia el campamento. Los vegetales volaban por el cielo al unísono, coordinándose con las ondas de choque que la diosa seguía produciendo. El poder de los movimientos en conjunto era demasiado para los Champion, quienes sucumbían y se descomponían en datos uno tras otro.

No tardó en aparecer el líder para tratar de coordinar a sus subordinados. Skullmeramon ascendía por la ladera del valle, buscando un punto donde poder ver mejor a su agresor. Ceresmon rio. No le serviría de nada. Solo necesitaba volar más alto para evitar sus ataques. Un par de patatas volaron en su dirección y las destruyó de un latigazo con sus cadenas impregnadas en fuego. Intentó lanzarlas una vez más para alcanzar a Ceresmon, sin éxito.

La diosa se alejó un poco por precaución. Skullmeramon profirió una gran llamarada que, de no haberse desplazado habría alcanzado una de sus patas. Skullmeramon se movió también, evitando los proyectiles que los Jyagamon le lanzaban.

-No ceséis de atacar.- les indicó Ceresmon. Con el ataque de Skullmeramon, los Meramon se había reagrupado y aprovechaban la imprecisión en la ofensiva de la diosa para contraatacar. Las llamaradas no impactaban en la olímpica, mas al menos frenaban las patatas que salían disparadas hacia ellos.

Skullmeramon soltó un bramido, llamando a sus súbditos a la batalla, avivando sus ánimos. El estilo de combate seguía siendo algo caótico, pero al menos se coordinaban para evitar los ataques combinados de Ceresmon y los Jyagamon. La diosa se preguntó entonces como había sido el primer enfrentamiento. Lo más probable es que el factor sorpresa los ayudara, así como la efectividad elemental. Sin embargo, no habían conseguido diezmar a los Jyagamon, por lo que la superioridad numérica seguía siendo una ventaja para el bando vegetal. Ello no les había impedido formar un campamento en la zona, el cual, gracias a la olímpica, estaba ya casi destruido.

Ante la inefectividad de sus ataques, que no podían alcanzar a Ceresmon, se decidió a llevar la batalla al siguiente nivel. Concentró todas sus energías y comenzó a transformarse. Los Jyagamon, escondidos entre la maleza, no pudieron percartarse de aquello. Sin embargo, la diosa observó complacida como su contrincante digievolucionaba. Al menos así la contienda se la haría más interesante.

Skullmeramon conservaba el aura ígnea, ahora incrementada y con una tonalidad purpúrea. También seguía teniendo sus cadenas. Había crecido un poco y su cuerpo, ahora rojo, era más musculado. Sus puños habían aumentado considerablemente de tamaño y tenían ahora una armadura en forma de calavera. Los pantalones deportivos ceñidos que llevaban era un atentado contra la moda y Ceresmon estaba convencida de que Venusmon se horrorizaría al ver el atuendo.

-Así que un Shroudmon… interesante.- murmuró la olímpica. Nunca había combatido contra ninguno. Los Jyagamon se estremecieron al escucharla. Parecían haber combatido contra aquella forma antes y no les traía muy buenos recuerdos.- Oh, no os preocupéis. Tengo todo controlado. - aseguró Ceresmon. Los Jyagamon la miraron, poco convencidos. Sin embargo, ahora no podían echarse atrás, así que se limitaron a seguir lanzando proyectiles en contra de los Meramon en lo que la diosa se encargaba de su líder. Sabían que, si él caía, los demás se batirían en retirada.

El líder de los invasores propinó un tremendo salto para acercarse a la diosa. Desde el aire, profirió una tremenda llama que salió disparada hacia la olímpica. Con un grácil movimiento, Ceresmon indicó a su avatar alado de abriera el pico. De él salió una corriente de lava que colisionó con el ataque de Shroudmon, diseminándolo como si nada. Los Jyagamon se quedaron algo sorprendidos por observa una técnica ígnea por parte de Ceresmon.

-Soy la diosa de la naturaleza y los cultivos, ¿qué os esperabais?- bramó, orgullosa.

Shroudmon aterrizó grácilmente y golpeó el suelo, provocando que se volviera en llamas. Por entre las grietas provocadas comenzaron a emerger mas llamaradas, que detenían los proyectiles que los Jyagamon le lanzaban. Ceresmon volvió a ejecutar su ataque, sin embargo, Shroudmon profirió desde sus puños dos rayos ígneos, los cuales se juntaron y evitaron que la lava le hiciera nada.

-Parece que fuego con fuego tampoco hace nada…- maldijo la diosa. No sabía hasta qué punto sus técnicas vegetales iban a ser eficaces. Se decidió a realizar una táctica descabellada e imprevisible de las suyas, pero que seguro que funcionaría.- ¡Agarraos, que vamos a descender!- les informó. Los Jyagamon pusieron cara de horror: no sabían donde se habían metido.

El ave comenzó a aproximarse a toda velocidad en dirección al suelo, donde los Meramon, dirigidos por Shroudmon, comenzaron a atacarla. Los Jyagamon, aun con miedo, no cesaron de atacar, tratando de detener las llamas que se acercaban hacia Ceresmon. Conforme la diosa se acercaba, el terreno comenzó a vibrar. Parecía que solo su mera presencia provocaba una onda expansiva. El líder de los invasores se disponía a saltar nuevamente para atacarla, sin embargo, no podía despegar los pies del suelo. Sus piernas le temblaban y, conforme la olímpica se encontraba más próxima, mayor era el temblor. Se decidió a atacar con su rayo ígneo una vez más, con idéntico resultado: la gigantesca ave abrió su pico y la lava detuvo el ataque.

Una vez el avatar de Ceresmon puso sus garras en el suelo, el terremoto se hizo efectivo. Desde su posición, los digimon patata observaron cómo los Meramon eran tragados por la tierra y, muchos de ellos se descomponían en datos. Shroudmon, sin embargo, se resistía. Se encontraba de rodillas y luchaba con todas sus fuerzas, emitiendo llamaradas que se expandían, tratando de alcanzar a sus enemigos, mas no podía luchar contra las fuerzas de la naturaleza.

-Y ahora chicos, el toque final: el veneno.- anunció Ceresmon, emocionada. Estaba siendo un enfrentamiento muy entretenido para ella. Hacía mucho que no tenía semejante acción. Los Jyagamon se preocuparon al oír la mención de sustancias nocivas. Sin embargo, parecía que Ceresmon iba a cumplir su promesa de acabar con la tribu de Meramon.

Una vez más, el enorme pájaro abrió el pico, pero esta vez emitió un rayo nocivo que impactó en el terreno, extendiéndose. Los Meramon comenzaron a derretirse, emitiendo alaridos de dolor mientras se descomponían. Shroudmon se rindió finalmente y deevolucionó en Skullmeramon. El nightmare soldier se siguió resistiendo en aquella forma, mas no pudo con la potencia del ataque de la olímpica.

Los gritos cesaron, y, con ellos, el enfrentamiento. Ceresmon apoyó sus alas en el suelo para que los Jyagamon descendieran. No obstante, las patatas no se encontraban tan contentas como habría esperado.

-¿Y bien?- inquirió la olímpica. Esperaba sumisión ahora que los había liberado de sus opresores.

-¿Y la tierra?- preguntó uno.

-Con tu veneno la has dañado para siempre.- añadió otro.

-¡Idiotas, es un fertilizante!- exclamó, sumamente enfadada. Los Jyagamon la miraron, confundidos.- Me marcharé y volveré en unos días, para que me creáis, incrédulos. Entonces, cuando aprecies la tierra fértil que he creado y la ayuda que os he prestado, me daréis el código corona y me serviréis tal y como acordamos.-

Los Jyagamon se dispusieron a protestar, mas Ceresmon ya había alzado el vuelo rumbo al reino de Deramon. Estaba deseosa de contarle a su amigo la gran hazaña que había logrado.