Disclaimer: Los juegos del hambre no me pertenecen.
Capítulo 1 : Preparativos
Cael Arreste – 26 años – Vigilante en jefe de los juegos del hambre.
Bellísima.
Es la primera palabra que me viene a la cabeza al ver la arena de mi competidor: un prado verde con flores maravillosas, un bosque con un riachuelo de aguas cristalinas y una montaña que da paso a un paisaje nevado, similar a la arena de los décimo séptimos juegos del hambre, pero sin el laberinto. Bellísima, al igual que la joven que se pasea por la arena, explorando para mí cada rincón de esta. Rubia, de pelo largo y liso y ojos de un tono marrón claro, Ikira es la mejor de mis ayudantes y mi más fiel sierva. Cuando la conocí no era más que un sujeto de experimentos, proveído por mi abuelo, a mi padre, para su investigación. Recuerdo que fui bastante duro y frío con ella mientras era adolescente, porque mi padre solía desatenderme en favor de sus investigaciones, pero cuando este decidió hacerme partícipe de una de ellas cambié de parecer...
En aquel tiempo, ella apenas era una simple niña asustada y manejable, ahora es toda una adulta. Mi padre pretendía explorar algo para el presidente Snow, los límites adonde llega la sumisión y obediencia, o cómo controlar a alguien a través del dolor físico y emocional. Disociar la mente hasta lograr que se cree una nueva personalidad, un alter ego que despierte a través de la aparición de un simple objeto, persona o recuerdo y utilizarlo en contra de sus enemigos. Consiguiendo que el sujeto asocie la persona u objeto con una situación traumática y reaccione en consecuencia, atacando y, o, destruyendo según nuestra voluntad. Pero resulta más sencillo distorsionar la mente de un niño, como era ella en aquel entonces, para luego «programarlo» en la dirección deseada, que hacerlo en un adulto. Por eso Coriolanus quedó insatisfecho con el resultado y nosotros pudimos quedárnosla, o al menos esa es la explicación que da mi padre en respuesta a su presencia en nuestra familia. Aunque personalmente ya no me importa mucho.
Conocer a Ikira, manejarla... traumatizarla, incluso, me hizo verla tras un nuevo ángulo: es hermosa, única y eficaz. Ella fue quién me abrió la puerta al estudio de los tributos, sus diversas reacciones, que agrupé en mi estudio del control a través del trauma, me hicieron ascender por encima de mis compañeros hasta llegar a un puesto de vigilante. Lo difícil viene ahora.
Programo un suave estímulo eléctrico, nada más ver que ella se acerca al río, los datos dicen que el agua es venenosa, todo lo de la arena lo es.
O peligroso, lo cual equivale a lo mismo, tal y como es mi intrusión en esta arena. Supongo que tendré que concederle a Emilio que su proyecto tiene ingenio, además de creatividad. Aunque sigo prefiriendo el mío.
—Muy bien, Ikira, hora de irnos —anuncio tras una consulta de mi reloj. —No podemos quedarnos mucho tiempo o nos descubrirán. Programaré el retorno a la arena original, intenta no tocar nada mientras te traslado. —Ella asiente y se prepara para volver, mientras escucho unos pasos a través de la puerta de la sala de control. Movido por la adrenalina, tecleo unos comandos y el terreno de la pantalla cambia a azul y violeta, acorde con el tono de los cristales que sobresalen del suelo; justo cuando la puerta se abre. Ikira salta hacia atrás, justo a tiempo de esquivar algunos de ellos; ciertamente no tiene nada que envidiarle a los agentes de la paz, encargados de nuestra custodia. Es tan ágil y rápida como algunos profesionales de los juegos, puede que incluso más, aunque mi padre nunca se atrevió a darle un arma, temía que se volviese contra él...
Lo cual no es mi preocupación en absoluto.
—Señor, llevo buscándole desde hace media hora. —dice uno de mis ayudantes y compañeros de equipo en el proyecto, sofocado. —Los resultados han salido y nuestra arena ha ganado ¡Podremos comandar los juegos del vasallaje! —Retengo las ansias de soltar una carcajada, ¡lo sabía! Sabía que mi proyecto era el mejor.
—Podré, Fenicio, no, podremos. —Le corrijo en un tono sereno, casi desprovisto de emociones, y él palidece, constatando su atrevimiento. —Aunque supongo que puedo concederte algunas decisiones de estos juegos. El presidente dijo que el ganador tendrá carta blanca en todo lo que necesite y yo preciso gente de confianza en el equipo. Te pasaré los nombres de los demás para que los vayas contactando. Buena suerte.
Nada más oírme su color regresa, casi puedo asegurar haber visto incluso un sonrojo en sus mejillas, pero estoy demasiado atento a la arena para comprobarlo. Carta blanca, que bien suena eso. Perfecto, bellísimo, al igual que mi obra.
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«Sonreír…
esa es mi máscara en verdad.
Aunque sea duro no verás
mis cicatrices. »
[Sia, Unstoppable, letra traducida y modificada por Hitomi Flor, interprete de covers para miraculous ladybug, en youtube]
Amber Blinz – 38 años – Vencedora de los Vigésimo Octavos Juegos Del Hambre y mentora del distrito uno.
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La luz del sol que incide sobre el espejo en donde me observo, mientras practico las líneas del discurso que daré en la academia, es deslumbrante. Me recuerda a la explosión de luz que casi me sentencia en la recta final de mis juegos, cuando yo y Renan, del distrito cinco, batallamos por ser el último que quedaba en pie. Fue un momento mágico, dijeron mis fans, para mí fue particularmente angustiante, no sabía si lograría sobrevivir. Sobre todo cuando él sacó aquella bomba, que había conseguido en el banquete, como último recurso. Hice de todo por quitársela y si bien lo conseguí, no pude evitar que explotara, salvándome de milagro de la detonación que ocasionó…
Hoy en día aún tengo secuelas, tanto internas como externas, aunque las últimas están ocultas bajo costosos tratamientos de piel y maquillaje. Recuerdo lo horrible que lucía mi cuerpo tras salir de la arena, lleno de cicatrices de quemaduras de distintos grados que me hicieron llorar y gritar como una histérica. Agobiada por los recuerdos y espejismos. No me tranquilicé hasta que los médicos me aseguraron que podrían arreglarlo, remplazar la piel dañada por nueva hasta que esta quedara irreconocible. Acepté enseguida, ignorando las recomendaciones y consejos de Iris sobre que lo lamentaría poco después, porque los vencedores vivimos mejor con cicatrices. Pero yo estaba tan determinada a olvidar todo por lo que había pasado que, simplemente, la ignoré.
Pude salvarme.
Es el pensamiento que me asalta en mis noches más duras, cuando los recuerdos y vivencias de la arena parecen querer destruirme. Pude tragarme mi estúpido orgullo y dejar a mi hermana subir a esa tarima en mi lugar. No soportaría verla en la arena, lo tenía claro, y fue aquello, junto al sentimiento de exasperación por una discusión pasada que tuvimos acerca de ese tema, que me hizo coger mi coraje a dos manos y decir que no quería voluntarias. Una muestra de valor increíble, dijeron en mi distrito. Y de la cual nunca me arrepentí. Estaba decidida a mostrar algo en aquellos juegos, que era una persona fuerte, aunque no lo pareciera, que no necesitaba su protección. Me di cuenta demasiado tarde de en lo que me había convertido. Cuando asesiné a Eva, del distrito doce, poco después de prometerle clemencia, a cambio de una ventaja que ella poseía. La única de la cual me arrepentí al instante de haberla provocado. Porque nada más poner mis manos sobre aquel objeto me sentí estúpida.
Nunca me gustó que, tanto mi hermana como mi padre, me viesen como una persona débil, alguien a quién debían cuidar y proteger de los demás. Mi actitud en la arena estaba completamente dedicada a demostrar lo contrario, no dejarme amedrentar, ni por nada, ni por nadie. Y, en aquel instante, nada más ver mi rostro en aquel espejo mágico que me tendió la chica, comprendí que estaba haciendo justo lo contrario. Porque la clemencia no te hace ganar los juegos.
Y entonces agarré su muñeca y todo fluyó como si fuera un acto ensayado. Agarrando, tirando y atacando con tal fiereza que me asusté a mí misma, poco después. Pero era demasiado tarde para retroceder.
Era demasiado tarde para no hacer otra cosa que luchar por sobrevivir. Lo que mismo que llevo haciendo desde que salí de los vigésimo octavos juegos, solo que ahora mis métodos son distintos.
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—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —La voz aterciopelada de Christopher se filtra tras de mí, sobresaltándome. —Perdón. —susurra.
Sacudo la cabeza, en señal de disculpa, no es culpa suya que reaccione como una paranoica. Y observo a mi marido a través del espejo. Alto, fuerte y apuesto, de ojos marrones verdosos, Christopher Blinz es una persona que, de no ser por lo ocurrido con Dimitri, nunca habría intentado conocer. En el distrito uno le tenían mucho respeto, al igual que a la mayor parte de candidatos a voluntario que tenemos. Por su porte imponente y la implacabilidad que mostraba ante todos. Y, sin embargo, nunca quiso presentarse voluntario a los juegos.
—¿Preferirías que Gema fuese nombrada en la cosecha? —Pregunto, aquello es mi mayor temor desde que el presidente Snow leyó la tarjeta de la premisa del segundo vasallaje de los veinticinco, El que, a pesar de todos mis esfuerzos, alguien se sienta inclinado a decir el nombre de mi hija en la cosecha. Christopher niega con la cabeza, tan asustado como yo y, al instante, me siento culpable. Me estoy comportando como mi hermana conmigo. Pero la posibilidad de ver a mi hija en una arena me horroriza. —Pues entonces, ya está.
Y, determinada, me coloco mi pelo largo y ondulado, de color rubio oscuro, como la miel, salpicado de mechones rosados, con elegancia, y salgo de mi casa, de la villa de los vencedores en dirección a mi destino: la academia del distrito uno. Pero antes de abrir la puerta, la visión de un cartel decorado con cristales resplandecientes, pegado en esta, me hace reír.
—"Si quieres victoria dura como el metal, quieres a Feanaro Greyarm." —Lee Christopher, intentando no reír él también. —A menos con él lo tenemos claro.
Y sonríe, más aliviado que antes, mientras nos adentramos en mi lugar favorito antes de ganar los juegos. Lo sigo, intentando no mostrar mi inseguridad, al menos con él lo tenemos claro, repito en mi cabeza. Feanaro Greyarm pegó carteles por todo el distrito, lo lógico es que él salga nombrado. La chica, en cambio…
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—«Tiene que ser la mejor. » —Pronuncio, poco después, frente a todos los jóvenes cosechables que logramos reunir de nuestro distrito. —La luchadora más hábil de esta academia y mi hija, aunque capaz, no lo es.
Y sigo hablando, cada vez más resuelta y confiada, fingiendo seguridad en mi propósito, al igual que fingí seguridad en la arena. Seguridad por ganar los juegos. Y ahora, seguridad en evitar que mi hija cargue con el mismo o peor destino que yo, dentro de unos cuantos meses, independientemente de su propósito.
Ya me encargaré yo de Dimitri, pienso para mí misma. De buscar información que satisfaga sus preguntas. Y, quizás, también las mías.
Quizás haga algo más que guiar a los chicos nombrados hacia la muerte o la victoria, este año, tal y como guié al tío de Feanaro, hasta que tuvo esa corona en su cabeza. O quizás no. Mientras mi hija esté a salvo, en el distrito uno, me da igual.
Y haré cualquier cosa para lograrlo.
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"Mi cara está pegada por todo el distrito. Por eso me eligieron, quería venir." Feanaro Greyarm, en su entrevista ante Caesar. Tributo del distrito uno.
Gala Greyarm – 16 años – Prima de Feanaro Greyarm
Pasear por el distrito uno resulta incómodo desde el anuncio del vasallaje. Los jóvenes deseosos de ir a los juegos compiten entre sí, desafiándose y presumiendo ante los demás, en un intento de convencer a cuantas más personas mejor. Los demás se observan con recelo, cada uno pensando a quién nombrar, en su lugar, yo incluida. Y luego están los carteles de Feannaro: recubren todas las paredes y puertas de las casas, de tal forma que siento que no puedo acudir a ningún lugar sin ver el rostro de mi primo, acompañado de unas consignas tan pobres como ridículas. No me gustan. Los juegos del hambre no son mi pasatiempo favorito, son la razón por la cual mi padre se ausenta de casa, año tras año, partiendo al Capitolio con una sonrisa tan resplandeciente como rota. La sonrisa de un vencedor…
Y aunque he intentado comprender el punto de vista de mi primo: lo tanto que le frustra tener que seguir los esquemas y moldes de las joyas que les encargan a él y su familia, como parte del negocio familiar. Me sigue costando verlo con buenos ojos. Los vencedores podrán hacer las joyas, trajes o adornos que deseen, como parte de su talento para el Capitolio, pero a cambio tienen que hacer otras tantas cosas que no quieren. Aunque sé de personas que lo disfrutan bien.
Sé de personas que lo darían todo para estar en el lugar de mi padre, comenzando por su hermano, Seth: él quería ir a los juegos, luchar por la gloria y el honor del distrito uno. Intentó de todo para conseguirlo, pero no solo no fue elegido como representante; sino que tampoco llegó a tiempo a la tarima, el día en que se atrevió a disuadir las normas y presentarse voluntario. Feannaro me habló de aquello también, el sueño frustrado que quiere cumplir. Lo cual me parece incluso más estúpido que su primer objetivo. Aunque quizás yo sea la única que lo ve así.
Quizás yo sea la única que no le ve el interés a presentarse voluntaria, ni este año, ni nunca. Gema lleva enfadada con su madre desde aquel anuncio que dio en la academia. Es entendible, a nadie le gusta que la desprecien, pero estoy de acuerdo con ella. Si alguien tiene que ir, mejor que sea la mejor luchadora del distrito. Al menos así habrá esperanzas de tenerla de vuelta. Sin embargo…
No sé si me hace gracia ver morir a Feanaro.
Mi primo siempre ha sido un chico extraño, más preocupado de los cristales que confecciona, que de la realidad. Es obstinado, frío e inquebrantable en la consecución de todos sus objetivos. Lo cual es la razón por la cual ni me molesté en disuadirlo de su propósito. Sé que no servirá de nada. Pero también es un pesado y un antipático. Siempre está halagándome y dirigiéndome cumplidos. En una ocasión me pidió que cortase una de mis múltiples trenzas doradas y se la diese. Me pareció una petición estúpida, así que le dije que no. Pero él no se rindió y me pidió un rizo. Cuando me volví a negar dijo que se conformaba con un mechón, más incluso así no acepté. No sé qué le pasa con mi cabello, tampoco, por qué siempre insiste en que le dé rizos o mechones ¿De qué le iban a servir?
Evidentemente, no todo en mi primo son defectos, tiene mucho coraje, orgullo y determinación. Lo cual, junto a sus destacadas habilidades, hace que me resulte más factible verlo ganando los juegos, que sucumbiendo a ellos. Pero incluso así no soy capaz de alegrarme por él.
No soy capaz de hacer otra cosa que imitar, pobremente, los vítores y gritos de mi distrito, nada más escucho como el chico cosechado pronuncia su nombre, con una expresión más de hastío que otra cosa. Sin resentir ni un ápice del orgullo que veo en el rostro de mi tío Seth, al ver a mi primo subir a esa tarima, tan resuelto que asusta. Pero tampoco deseosa de verle marchar…
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Seth Greyarm – Padre de Feanaro Greyarm.
Ver a mi hijo mayor alistarse para la cosecha me produce un gran orgullo. Me hace sentir bien. Ser vencedor siempre ha sido mi deseo incumplido. Algo que, a pesar de mis esfuerzos, nunca pude conseguir. Por eso, ver a Feannaro hacer de todo por salir nombrado me hace muy feliz. Significa algo muy importante para mí. Que, a pesar de lo ocurrido tras la muerte de su madre y esposa mía, Elia, él me quiere y quiere hacerme feliz.
Feanaro y yo no tenemos una relación sencilla. Inicialmente, él me adoraba, pero después, cuando ella murió hace ya doce años, algo cambió en él. Se encerró en sí mismo hasta tal punto que lo único que lo motivaba era hacer cristales que reflejasen la luz de las estrellas. Intenté acercarme, comprenderlo, pero estando yo también dolido no era sencillo. Me sentía solo, tanto que no tardé mucho en casarme de nuevo y con ello terminé de romper todo. O eso siento a ratos...
Amo mucho a Alexandrite, su carácter risueño y alegre, me ha ayudado a superar la muerte de mi esposa y seguir adelante. Y los hijos que tuve con ella me hacen muy feliz. Pero me hubiera gustado que mis decisiones no repercutieran de esa manera en Feanaro, ser más cercano a él. Aunque a estas alturas quizás ya no sea posible.
Por eso me asombra su resolución, ser parte de sus motivos para ganar. Pues, desde que mi hijo encontró la fuerza de pedirme permiso, para no volver a comer en nuestra casa, sentía que la distancia entre nosotros no hacía más que ensancharse.
Mi hermano, sin embargo, está extraño, por lo que sé intentó hablar con Feanaro e incluso le pidió ser su mentor, derrotado por su intransigencia. Pero él se negó.
No quiere que sea él, quién lo asesore. Mi hermano me lo explicó hace poco, el cómo se ofreció a mediar con Amber para tomar su puesto y como mi hijo rechazó aquella oferta. Al parecer no desea que le ayude, porque entonces el mérito no sería suyo, sino de él.
—O al menos eso me explicó él. No sé. —Recuerdo que me dijo, entonces. Parecía sorprendido, pero también, nervioso. —Feanaro es peculiar, pero yo creo que él puede conseguirlo…
Yo también lo creo. He soñado durante años con este momento y, aunque no pueda ir yo a la arena, haré lo posible porque mi hijo regrese de ella.
La mañana pasa sin mayores sobresaltos, hoy, al ser día de cosecha, no existe obligación alguna, ni para la academia, y menos para el trabajo de la joyería. Mi hijo no aparece hasta la hora de la cosecha, pero incluso así, me siento mejor; sé lo quiere hacer y estoy orgulloso de ello.
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Feanaro Greyarm – 18 años – Distrito uno
Lo conseguí.
Fue el primer pensamiento que tuve al escuchar aquel chico de quince años pronunciar mi nombre, en la cosecha. Que, tras meses de esfuerzo y trabajo duro en hacer carteles, consignas convincentes, y propagar mi leyenda y rostro, junto a mis amigos, Emerald y Jay, por fin logré mi objetivo. Salir elegido y es por eso que subo resuelto a la tarima. Estoy satisfecho, no sonrío, pero lo estoy. Siempre he anhelado ganar los juegos, es la puerta a mi deseo más fuerte, la libertad para crear…
Desde pequeño he tenido el hábito de tallar cristales con diversas formas, como parte del negocio familiar, pero yo nunca me he conformado con seguir los moldes que nos proporcionan, (hecho que provoca que mis padres me riñan de vez en cuando). Quería más, mis propias creaciones, amparadas bajo el patrocinio y beneplácito del Capitolio, y eso solo lo pueden conseguir los vencedores.
Por otra parte, está el tema de mi padre: la ilusión con la que solía hablar de su mayor sueño me contagió. Quisiera darle esa alegría, hacerlo sentir orgulloso y notar eso mismo en él, al estrechar la mano de mi sonriente compañera de distrito, hace que me recorra una gran satisfacción.
Estoy logrando todo lo que siempre ansié conseguir.
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—¡Vas a ganar! —La exclamación emocionada de mi medio hermano, Finn, en el edificio de justicia, me hace sentir extraño. Él es parte de la razón por la cual me niego a comer en casa, porque mi padre lo tuvo poco después de casarse y tras perder a mi madre, debido a una enfermedad que la fue apagando cada vez más. Siempre la recuerdo pálida, tan débil que, muchas veces, ni siquiera era capaz de levantarse de la cama donde descansaba. Pero, incluso así, yo siempre la quise.
Hoy en día todavía recuerdo su voz suave y susurrante. Siempre solía sentarse conmigo para cantarme o contarme cuentos. También recuerdo su muerte, las lágrimas que derramé, escondido en el taller tras enterarme. Y lo incomprendido que me sentí al ver a mi padre cortejar a otra mujer, poco después. Aun con el cadáver fresco de mi madre, tras nosotros, algo que nunca le perdoné...
Por eso mi relación con Finn y Trisha, los hijos de aquella mujer con mi padre, es tan complicada. Él siempre me ha admirado y, a pesar de que no hago mucho, siento que le agrado. Se preocupa mucho por mí.
Asiento, sin expresar otra cosa más que firmeza y convicción, los sentimientos fuertes nunca han sido lo mío. Trisha, por su parte, apenas reacciona, aferrándose lo más posible a las faldas de su madre. Siempre le ha dado miedo, aunque no sé por qué, si nunca le he hecho daño. Supongo que él quererla tan lejos, como a su madre de mí, tampoco ayuda.
Aleexandrite, mi madrastra, no dice nada. Parece afectada, pero no se acerca, respetando la distancia que siempre hubo ante nosotros. Mientras, mi padre me agarra y abraza, a la par que me susurra lo orgulloso que está de mí. Dice que confía en mí, que sabe que puedo lograrlo y es aquello último que perdura en mi mente tras su partida. La forma en que me miraba…
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—Al final lo conseguiste, ¿eh? "Feanaro Greyarm, tu mejor opción." —La afirmación de mi próxima visitante no está exenta de ironía. Gala siempre ha sido algo así como mi amor platónico. Está regia, seria incluso, con sus hermosos y rizados cabellos de oro pálido, tejidos en trenzas. Siempre lo he admirado, al igual que a ella. Desgraciadamente, para mí, el sentimiento nunca fue mutuo.
»—Vine aquí porque mi padre dijo que necesitaríamos hablar. —Dice de corrido, sin apenas darme tiempo a decirle ni una palabra. —Por aquello de que quizás podrías morir y eso. —Y suelta una risa que se escucha más sarcástica, que feliz. Elevo la comisura del labio, un instante, antes de bajarla. Yo tampoco creo en mi muerte. —Pero la verdad es que no sé qué decir.
—Podrías darme un amuleto hecho a partir de una de tus trenzas. —Sugiero, enseguida, con mis ojos plantados en ella y doy un par de pasos. —Creo que sería mejor que cualquier cosa que dijeras. —Ella tuerce el gesto y retrocede, con una mueca de asco. Supongo que nunca le caeré bien.
—¿Todavía estás con eso? —Pregunta, como si mi petición no fuera más que un capricho pasajero. —No seas ridículo, Feanaro. Estoy segura de que hay muchas cosas que valdrían más que mi cabello. —Lo dice con desdén, pero no me sorprende, no es la última vez que me rechaza así. —Pues entonces, supongo que tendrás que buscar suerte en otra parte. —Declara.
Su afirmación me hace sentir mal, ni siquiera a estas alturas parece querer ceder. Tampoco es que me esperara un trato diferente, dado que somos primos. Pero me hubiera gustado tener al menos un mechón de su precioso cabello, como recuerdo para la arena.
Gala agacha la cabeza, ante mi falta de respuesta, y se produce un silencio incómodo entre nosotros. Parte de mí se pregunta por qué no se fue todavía, ya que nunca le resulté agradable. Parece decepcionada, pero no es hasta que suena un golpe fuerte, a la puerta del edificio, que ella reacciona.
—En fin. —Dice, simplemente, nada más escuchar la llamada del agente de la paz, encargado de custodiar la sala. —Que te vaya bien y todo eso. No quiero verte morir, pero si tiene que pasar pasará. —Termina la frase, apresurada, antes de partir de la sala. Parpadeo un poco, descolocado, supongo que no le desagrado tanto como pensé. En cualquier caso, yo la adoro.
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Cassiopea West sigue saludando a la gente, cuando salgo. Parece risueña y positiva; sin embargo, no se ha quitado las gafas de sol, desde que la he visto ponérselas, en el escenario. Amber y su madre, también sonríen, como si este fuera el mejor día de su vida. Intento imitarlos, pero me detengo cuando siento la mano de la que será mi mentora deteniéndome.
—¡No vuelvas a hacer eso, te ves fatal! —Escucho que dice, una vez estamos en el tren y mi compañera de distrito sofoca una carcajada, burlona. Ella, al igual que yo, no suele agradar mucho a la gente, la diferencia es que mientras yo les resulto antipático a muchas personas, las compañeras de academia de Cassey, lo hacen por envidia y resentimiento.
Asiento, regresando a mi perfil rudo y determinado. No necesito sonreír para ganar, lo tengo claro. Así que, mientras pueda, no lo haré más de lo necesario.
Haré todo lo que necesito para vencer y nada más. Ese es mi pensamiento. Cualquier cosa para obtener aquella reluciente corona, llena de ventajas. Mi oportunidad para dar a conocer mi verdadero talento al mundo. Sin reñidos, ni limitaciones. Solo yo y mi creatividad.
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Nota: Lo sé, lo sé, prometo mil e un cosas y no hago ninguna. Me apetecía retomar este syot de una vez, en lugar de dejarlo en el cajón, (cada vez más lleno) de proyectos abandonados. No os puedo asegurar que todos los tributos sean presentados como este, quizás sí, quizás no. Quiero ir con calma, hacer las cosas como las sienta, sin forzarme, para no terminar tan mal como con Amar Implica Destruir. Así que no hablaré mucho sobre temas como condiciones para la supervivencia y demás. Voy a escribir, a mí modo y me gustaría que me leyerais, comentarais y todo eso. Pero nadie está obligado a nada.
Por lo demás, nada, espero que os haya gustado el primer Capítulo y nos leemos por ahí :D
