Juego del UNO
- Es un juego de cartas con números y colores impresos, cuyo objetivo es deshacerse de todas las cartas de la mano antes que los oponentes. Según el fabricante, se puede jugar de entre 2 hasta 10 personas. (Por lo general, lo juegan de a 4 personas.)
- Se inicia con 7 cartas por jugador, iniciando con una carta en el centro. La forma de deshacerse de las cartas es dejando una sobre la del centro, buscando equivalencia en color (amarillo, rojo, verde o azul) o en número (del 0 al 9). Al no tener cartas equivalentes, es necesario sacar más del mazo hasta encontrarla.
- Cuando un jugador va a quedarse con una carta, debe decir «UNO» al momento de dejar la penúltima encima. Si no lo dice en el momento y un oponente lo dice antes, está obligado a tomar 2 cartas del mazo.
- Al haber más de 2 jugadores en la partida, es posible saltarse turnos si un jugador posee exactamente la misma carta que la de referencia en medio, equivalente tanto en color como en número o función. Puede lanzarla aunque no le corresponda su turno.
¡Mi maldita avaricia!… Necesitaba equipo deportivo para mi campeonato de tenis y cuando escuché del premio de Luan, quería recibir algo. ¡¿Cómo pude ser tan idiota de pensar así?! Debí apoyarla en ese momento, ella deseaba dar el 110% de sí… Y cuando dijo que regalaría su premio a ese orfanato, me tomó desprevenida y no supe qué hacer.
Ahora, gracias a nuestra avaricia, estamos recibiendo juicio. Esto, lo que estamos pasando, puede ser algo así como un pago por lo que le hicimos a mi hermana. Tal vez, Lucy tiene razón en eso de que algo del más allá nos controla o algo así… ¡Maldición! ¡Demonios! ¡Hijo de…! Está bien, está bien, me calmaré un poco…
Lynn Loud Jr, joven deportista.
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Alrededor de la base militar Fort Knox
Condado de Bullitt, Kentucky
9:30 PM
Día 2 del escape
—¿Cuántas veces debemos decir que somos inocentes?
Lori habló con total disgusto en la sala del juzgado. La familia Loud estaba sentada en el rincón izquierdo de la zona visible de la jueza —una señora delgada de origen centroamericano, piel trigueña, cabello oscuro y una mirada que denostaba majestuosidad—. Toda la familia estaba agotada por el malentendido y por pensar en el estado de Luan. Los acompañaba un abogado designado por el estado, un joven con peinado que asemejaba a un bisoñé color castaño, lentes de aviador y traje negro caro, que no le interesaba en lo más mínimo la integridad de los culpados, solo lo veía como un trámite más. Por esa razón, los mismos inculpados intervenían en su propia defensa.
En el lado derecho, un par de militares, involucrados en la captura de los Loud, estaban sentados con otro abogado, tan similar al otro que parecían hermanos gemelos, con la diferencia que su bisoñé era rubio, su traje era gris y sí se empeñaba en defender las acusaciones de sus clientes. Todo el juicio se producía en total hermetismo, pretendían bajar la gravedad a la noticia del atraco a la protegida reserva de oro de Fort Knox, porque de revelar que gente común y corriente logró evadirlos, produciría una crisis en la reputación de la nación y provocaría el caos.
—A simple vista —dijo el abogado litigante—, son una familia común y corriente, pero ya no es posible confiar de nadie. Gracias a lo ocurrido en nuestro estado, podemos determinar que son mentes maestras, lo suficientemente trastornadas como para cometer semejante atraco.
—¿Qué? —dijo la familia Loud al mismo tiempo.
—Desde que ocurrió el famoso robo a la Casa de la Moneda en España, son más las personas en todo el mundo que tratan de seguir su ejemplo, no solo con atracos, sino con manifestaciones. Ahora, sumando también la pandemia que nos afecta, la gente protesta por todo y era solo cuestión de tiempo que un caso de estas características sucedería en nuestro país. El día de ayer, a las 9:40 horas, ocurrió el robo de 80 lingotes de oro en nuestras narices y tuvieron tal destreza de evadirnos hasta cerca de las 17:00 horas, donde fueron capturados finalmente.
—Interesante, abogado Cobb —dijo la jueza— ¿Qué tiene que decir el abogado Dalton?
—Eh… No tenemos cómo refutar ese argumento.
—¿Qué? —preguntó Lynn con indignación—. ¡Nosotros no somos culpables! ¡Se nos cruzó ese vehículo con el oro frente a nosotros y casi nos choca! ¡De hecho, nuestro vehículo tiene una marca por tratar de esquivarlo!
—Señora jueza —dijo Lisa—, nosotros venimos de Royal Woods, Michigan, a buscar a un familiar nuestro... Ahora que recuerdo, estábamos ayer en la mañana en nuestra casa, en la hora en que se producía la persecución que ustedes indican. Tenemos evidencia que estuvimos en casa durante aquella hora. De hecho, hablamos con la policía en ese lapso.
La jueza se mostró muy interesada.
—¡Objeción! —dijo el abogado querellante— ¡Los acusados no deben defenderse ellos solo, sino su abogado!
—Denegada —dijo la jueza con acento cubano, para luego dirigirse a la familia Loud—. ¿Pueden probar lo que me están afirmando?
—Lo haríamos —dijo el padre Loud—, pero nos han confiscado todas nuestras pertenencias.
—Se han llevado mi celular —dijo Lori—, que por lo visto, es el único que tenemos. ¿Cómo es que nadie más trajo el suyo? —La hermana mayor miró con el ceño fruncido a su familia.
—Pero si nos lo entregaran—dijo Lincoln— llamaríamos a los policías.
—Bueno —dijo la jueza—, por la situación, no podremos proceder con la petición suya. Pero el día de mañana, podríamos tener un móvil y contactar desde ahí. Además, haremos énfasis en reunir la evidencia y corroborar la defensa expuesta.
—¡Pero doctora…! —Exclamó el abogado querellante, puesto que deseaba formalizar la condena lo más pronto posible.
—¡Silencio! Es hora de dar la decisión del caso.
Mientras el abogado se sentaba con desgana, la jueza se levantó de su asiento, quedando erguida.
»Debido a la nueva evidencia a corroborar, el juicio contra los 12 miembros de la familia Loud queda en recesión hasta el día de mañana. Hasta entonces, tendrán que permanecer dentro del recinto de Fort Knox.
—¡¿Qué?! —gritó la familia.
—Por el momento, he dicho —Tomó un martillo de madera sobre la mesa y lo golpeo en la mesa—: ¡CASO CERRADO!
—Ay, no —dijo el abogado defensor, llevando su mano derecha a su frente.
«El hombre es amo y esclavo a la vez»
Lynn y la familia Loud, en:
Los 12 de patíbulo
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Música recomendada
«Fortunate Son», de Creedence Clearwater Revival.
A pleno mediodía, horas después de extenuante juicio, la familia Loud estaba realizando una rutina militar junto al resto de los soldados, por obligación de los superiores del recinto. Estaban vestidos con atuendos de camuflaje en colores verde y café, para la infiltración dentro de la selva o en zonas frondosas. Los Loud, cansados por el viaje, somnolientos por el horario que inició el recién pasado juicio y la imposibilidad de dormir, estaban adoloridos por los duros ejercicios, a excepción de una persona. Como siempre, Lynn, por sus constantes prácticas en todo tipo de deportes, tenía un nivel de cardio elevado que le hacía difícil cansarse, por ello estaba confiada de que podía continuar con la rutina. En tanto, Lily, también vestida con una camisita verde y una pequeña boina de similar color, estaba en el canasto en el pecho de Lynn Sr, lo que hacía que el padre Loud hiciera el doble de esfuerzo para completar la marcha.
—¡Oigan! —gritó la niña deportista con sonoridad—. ¿Es todo lo que tienen? Apenas siento mi respiración agitarse.
El resto de los Loud la miró con enorme molestia, para luego emitir palabras de quejas en su contra, inentendibles por el acople entre todas las voces que hablaban al mismo tiempo. Trataban de recordarle la vez en que intentaron poner en forma a sus padres, a tal punto que éstos trataron de alterar su modo de vida. Ahí, se mostró que la deportista no era tan capaz de aguantar tantos días entrenando y dejando de lado su modo de vida normal. Pero, como es común en Lynn, hizo oídos sordos.
Entre tanto bullicio, uno de los sargentos, atento al repentino ruido generado, caminó hacia ellos mientras levantaba su pecho lo más al frente posible. Era un hombre alto y robusto de tez blanca, lentes oscuros cuadrados, bigote fino y alargado hasta el mentón, además de un rostro de facciones algo graciosas cuando se enfadaba. Pero en sus años de servicio, lo último no fue impedimento para intimidar a los cadetes a su mando. Muchos lo consideraban un demonio que vino del mismísimo infierno a llevarse las almas de los soldados, una reputación que se alimentó mucho más en la época de luchador profesional y en su participación en la Guerra del Golfo, en donde era el primero en ofrecer a sus mejores hombres en pos de servir a la patria. Aquel sargento, vestido del tradicional traje verde y sombrero de instructor militar, miró con el rostro arrugado a los novatos.
—¡¿Por qué tanto escándalo?! —gritó el sargento, de tal modo que, más que imponer respeto, mostraba una suerte de sicosis—. ¡Formen filas!
Los Loud se callaron por los repentinos y enloquecidos gritos del superior. No se atrevieron a negarse a sus órdenes y se alinearon en tamaño de mayor a menor, estando Lynn Sr. en un extremo y Lisa en el otro, porque el padre Loud sostenía a la pequeña Lily en su bolso.
»Agradezcan que estoy de buen humor —habló mientras se posicionaba en frente de Lynn Sr y caminaba para seguir la fila de la familia—, porque hoy es su primer día y en estos momentos, estamos probando una terapia experimental para familias criminales. Está basada en los aciertos y fracasos de otra terapia aplicada en la correccional de Oswald State. Sin embargo, más temprano que tarde, se darán cuenta que preferirán estar en el infierno en vez de quedarse un día más en nuestra academia, porque conocerán el peor sufrimiento que pasaran en sus vidas. Soy el sargento Slaugther[1], pero tanto acá como en otros sitios, me apodan también «Hartman». ¡¿Tienes ideas del porque me llaman así, soldado?!
El sargento llevo su varilla hacia el mentón de Lincoln y le levanto la mirada. El chico de mechones blancos no ocultaba su miedo al observar a ese tipo, que parecía ser más alguien salido de un manicomio.
—Naturalmente, es una referencia a una famosa película —interrumpió Lisa con su seseo, en forma serena y moviendo sus lentes con su mano derecha—, en donde aparece un señor igual de déspota.
Ante el desmedido comentario, los cadetes que llevaban más tiempo en la academia gimieron de la sorpresa, porque conocían muy bien lo que podía hacer el enorme sargento en sus momentos de mayor ira. En tanto, el último, mostrando evidente enojo, caminó hasta el otro lado de la fila, generando sonidos de golpeteos con sus pies.
—¡Qué sorpresa! —exclamo con tono sarcástico—. ¡Tenemos a una niña genio entre nosotros!
—Gracias por notarlo —dijo la pequeña, sin entender el sarcasmo—, por lo general, debo enseñar a otros mi certificado que me acredita con un CI de...
—¡No recuerdo haberle dado la orden de hablar, soldado!
Por el grito, Lisa se calló en un abrir y cerrar de ojos.
»¡Escuchen: estuve luchando contra grandes oponentes con mis manos y participé en la guerra del golfo en los 90 y lo que vi allá no les gustaría vivirlo por ningún motivo! ¡Eso, no obstante, no me impide transmitir aquel horror de la forma más cercana posible! ¡Por ello, gracias a la entusiasta niña con pecas...! —dijo apuntando con su dedo índice a Lynn.
—¡Oiga! —dijo la última, molesta por la mención misma a sus pecas porque bajo su punto de vista, le reducía su aura de rudeza y la verían como una «ternurita». El sargento la miró molesto por la interrupción, haciendo que Lynn se intimidara tanto que llevase por un instante sus manos para tapar sus labios.
—... Y por la niña genio... —apunto a Lisa—, ¡harán el doble de la rutina planeada! ¡El resto de los soldados puede continuar en lo suyo!
Los demás obedecieron de inmediato y siguieron trotando. En cuanto a la familia Loud, Lisa y Lynn eran el foco de atención del grupo.
—Bien hecho las 2 —dijo Lola con sarcasmo y desgana.
—Literalmente, nos van a matar en esta prisión —dijo Lori.
—Sí, hermanas —dijo Luna.
Mientras Lisa y Lynn miraban con cierto arrepentimiento, el sargento Slaughter agregó:
—¡No los veo corriendo! ¡¿Acaso esperan una orden mía?!
Los Loud se asustaron del repentino grito y se irguieron de inmediato, luego el padre respondió:
—¡Señor, sí, señor! ¡Esperamos sus órdenes señor!
—¡Qué obedientes son! —volvió a hablar en tono sarcástico—. ¡Entonces rompan filas y disfruten su estadía en el peor lugar del mundo! ¡Muevanse, muévanse!
Los Loud obedecieron al instante y continuaron el trote. Como había mandado el sargento, terminaron mucho después que el resto del pelotón, sumando que se trataba del primer día en ese lugar. Casi todos, exceptuando Lynn y Lily, quedaron con sus cuerpos demacrados.
—ΜΛΦΛΜ—
—¡Espero que hayan aprendido su lección! —vociferó el sargento Slauther—. ¡Mañana decidirán qué hacer con ustedes, así que duerman como puedan!
La familia Loud estaba muy cansada, recostados en las camas asignadas para ellos, dentro de una enorme habitación que era más parecida a un pasillo.
—Disculpe —dijo Leni—, ¿Cree usted que nos puedan liberar mañana? Es que tenemos que buscar a nuestra hermana Luan.
El sargento levantó una ceja.
—¡¿Y cómo voy a saber eso, soldado?! ¡Solo por decir eso, deberían dejarlos acá un año completo! —Toda la familia se intimidó por la amenaza—. ¡Ahora duerman! ¡Tengo una rutina de entrenamiento pensada para ustedes, si permanecen acá mañana, que es lo más seguro! ¡Los entrenaré como a mí me entrenó mi gran instructor, el líder del cuerpo de marines, el coronel Albert!
El sargento se fue luego de terminar su discurso. A los segundos, la familia Loud abrió los ojos por completo.
—¿Coronel… Albert? —dijo Rita. —¿Se referirá a…?
—¿Pop-Pop? —dijo Lucy.
—¡Sí, debe ser Pop-Pop! —exclamó Lana— Estuvo en el cuerpo de marines, ¿no?
Todos quedaron pensativos. Albert era el padre de Rita y, por ende, el abuelo de las hermanas y hermano Loud, quienes le llamaban «Pop-Pop» de cariño. Era un hombre mayor, que tenía camisa blanca de mangas cortas, cabello blanco, un enorme grano en su cara y musculatura marcada para su edad, con el tatuaje de un ancla en su antebrazo, como era típico ver en los soldados de la marina de los años 20. En sus mejores años, tuvo éxito militares muy notables y un respeto tremendo por parte de sus más cercanos.
—Podríamos hablar con ese sargento antes que se vaya —dijo Lincoln—. Digámosle que somos familiares de Pop-Pop.
—¿Y eso en qué nos ayudará, Lincoln? —dijo Lori—. Se supone que tenemos ese juicio para mañana y no creo que él pueda hacer algo.
Lincoln intentó decir algo más, pero no tenía un plan para ello. Solo llevó la mano a su mentón para pensar. Aun así, sin que nadie lo notase, Leni se levantó de la cama y salió de la habitación a hablar con el enorme sargento.
—Disculpe, señor sargento.
—¡No recuerdo haberle ordenado venir hasta mí! —dijo el sargento Slaughter, mientras daba la media vuelta.
—Quería preguntarle, ¿no quiere usted hablar con el coronel Albert?
El sargento abrió sus ojos con mucha ira.
—¡¿Qué clase de broma es ésta, soldado?!
Leni se pasó su mano por la cara para sacarse la saliva caída de la boca del sargento.
—Es que… mi abuelo Pop-Pop se llama Albert y fue un soldado condecorado de la Segunda Guerra Mundial.
El sargento hizo memoria y recordó a la persona a la que se refería. Sin embargo, por tratarse de un respetado militar, se mantuvo incrédulo porque no estaba seguro si es que era una cruel jugarreta o no.
—¿Acaso me quieres tomar el pelo?
—No, para nada. De hecho, puede hablar con mamá, ella se sabe el número de teléfono.
A pesar de todo, el sargento no creía lo que estaba diciendo la rubia. Sin embargo, no le iba a negar la llamada, era un caballero después de todo y tenía tradiciones. Fue con Leni a la habitación de los Loud, los cuales quedaron estupefactos por su aparición.
—Soldado… —dijo, refiriéndose a Rita.
—¡¿Q-Qué desea… eh… sargento?!
—La jovencita ésta me dijo que eran familia del coronel Albert. y…
El sargento sacó un teléfono en su bolsillo.
»Me dijo que sabía su número.
Los Loud miraron a Leni y ésta les sonrió. Dicho y hecho, Rita tomó el celular, uno bastante antiguo de pantalla LCD monocromática. Mientras marcaba los números con los botones, los Loud sintieron una alegría por tener una pequeña posibilidad de ser escuchados en aquel encierro. No obstante, en el primer llamado no contestó nadie, algo que preocupó un poco a la familia. Fue en el siguiente llamado donde llegó la suerte:
—¿Aló? ¿Con quién habló? —Se escuchó la voz del otro lado.
—¡Papá! ¡soy tu hija Rita, estoy feliz de llamarte!
—Ah, hijita mía. ¿Cuánto tiempo sin hablar contigo? ¿Cambiaste tu número? ¿Cómo está la familia?
—¿Por dónde empiezo? Estamos complicados en estos momentos, papá. Eh… —La madre de los Loud miró directo al sargento—, estamos en la academia militar de Fort Knox.
—¿Fort Knox? ¡Vaya idea para tomarse vacaciones! Oigan, de por casualidad, ¿no habrán conocido a un sargento llamado Slaughter? Es un hombre bastante tosco, pero cuando lo conocen mejor, estarán frente a un gran hombre.
La sola mención del nombre hizo sonreír de oreja a oreja a Rita.
—Papá, él está con nosotros… y está deseoso de hablar contigo.
La madre Loud le devolvió el teléfono al sargento y éste lo llevo con entusiasmo hacia su oído, pero aún con dudas.
—Buenas noches, señor. Usted está hablando con el sargento Slaughter. Usted me conoce, según dice su hija. Si es así, debería saber en dónde me conoció.
—¡Slaughter, qué bueno hablar contigo! Tanto tiempo. Qué gran coincidencia que mi familia fuese a vacacionar a Fort Knox. No sabía que ahora permitían el acceso a civiles, la última vez que estuve allá, te instruí en la academia aérea de Washington en los años 80 y no supe más de ti desde que te fuiste a la guerra del Golfo Pérsico.
El sargento quedó sorprendido por la exactitud de la información. No esperaba volver a hablar con su más admirado tutor después de tantos años y en las circunstancias menos esperadas.
—Sí, Coronel. Tiempo sin verlo. La verdad, no creí que su hija dijera la verdad porque la familia Loud está en calidad de prisioneros. Robaron oro de Fort Knox y ahora están pagando condena en nuestra Academia, como parte de un programa de integración militar.
—¡Pero no somos culpables! —dijo Lola, lo cual no fue escuchado por el sargento.
—¿Robaron, dices? No puede ser, si son unos panes de Dios. Mis queridos nietos son todos unos ángeles y aunque no lo creas, Slaughter, yo sí tengo la firme convicción de que ellos son inocentes. Además, son civiles, sería imposible que planificasen un ataque a una zona militarizada.
—Coronel, yo solo obedezco órdenes. No he pensado en ello siquiera.
—Por favor, cuida de mi hija y mis nietos, además de mi yerno que es simpático. Hazlo como favor para este militar retirado.
—Por ser usted, haré lo que esté en mis manos.
Luego de unos minutos más hablando de recuerdos de la academia, el sargento cortó la transmisión y guardó su teléfono en el bolsillo. Luego miró a toda la familia Loud con una sonrisa.
—Familia, les agradezco mucho darme este momento tan inesperado y especial. Si fuese por mí, los liberaría del fuerte. Pero es el tribunal quien decide. Espero que el juicio falle a su favor, pero si no, al menos haré que se conviertan en los mejores soldados del país, por respeto al coronel Albert.
Aunque decepcionados, los Loud le emitieron una sonrisa por igual.
—Necesitamos salir—dijo el padre Loud—. Debemos buscar a nuestra hija perdida.
—Si necesitan algo, hablen directo conmigo, fuera de la jornada de entrenamiento, claro.
El sargento abandonó la habitación y la familia comenzó a preparar sus camas con sentimientos encontrados.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Lynn.
—Mejor descansen —dijo el Padre Loud—. Solo nos queda esperar.
—ΜΛΦΛΜ—
Base militar Fort Knox
Condado de Bullitt, Kentucky
3:00 AM
Día 3 del escape
En la madrugada, Lynn movió sus párpados con lentitud, sentía sus pupilas irritadas. Su cama era muy incómoda, consistía en un colchón delgado relleno de espuma para sillones y una base de cintas metálicas entrelazadas para mantener el primero a centímetros del suelo, sujetas con resortes que rechinaban al más mínimo movimiento. Era tan duro el colchón, que la deportista sintió su cuerpo contracturado, incluso llegó a pensar que estaría más cómoda durmiendo en el suelo. Aun así, no quería levantarse, pero su cuerpo se lo pedía, sentía ganas de ir al baño. Tuvo que hacerlo con rapidez para evitar el rechinar de los resortes y despertar a su familia, la cual dormía en un sueño profundo. No tardó mucho para llegar y, contrario a lo que pensaba, encontró un lugar limpio y decente, nada que ver con la suciedad que su mente decía que encontraría. En su estancia, recordó la vez en que durmió en la habitación de su hermano Lincoln cuando peleó con Lucy, su compañera de cuarto. Pensó en esos instantes que lo molestaba y no lo dejaba dormir, al punto que el peliblanco se iba a otra parte a descansar lo mejor que podía. Una sonrisa se formó en su cara, sentía que había algo de ironía al ser ella la que no podía dormir y su hermano era quien descansaba con aparente comodidad.
Al terminar, abrió y cerró la puerta con sumo cuidado para no despertar a nadie. Luego caminó con calma hacia el cuarto asignado para su familia. No obstante, una luz en el exterior le llamó la atención, por lo que se acercó a la ventana más cercana: se trataba de un camión militar, similar al que usaron para traerlos al recinto el día anterior. Luego de pasar a los militares que vigilaban en el sector, estacionó en una fachada cuadrada hecha solamente con cemento. Unos 5 hombres vestidos de militares bajaron y entraron hasta dicha fachada, usando un carro de palanca para elevar la base. A la salida, estaban cargando un par de cajas de madera, que tenía estampada la palabra «provisiones», detalle que notó cuando pasaron por las luces del camión.
A la deportista le pareció extraño, incluso indigno, que estuviesen cargando cajas relativamente pequeñas con un carro. Ella recordó sostener cajas de similar tamaño con sus manos, tanto de alimentos como de revistas y periódicos. Estaba muy segura que podría cargar aquellas cajas sin problemas y le sorprendía que soldados de gran contextura física se rebajaran a usar aparatos. Luego de ver que, entre los 5, apenas pudieron cargar las 2 cajas al camión, Lynn se decepcionó a tal grado que fue directo a la habitación y buscó sus botas prestadas por los militares, no sin antes despertar a Lana y a Lincoln sin querer.
—Lynn, ¿qué haces? —dijo Lincoln, con los ojos irritados por el sueño.
—¿Ah? —susurró Lynn, al saber que despertó a su hermano—. Lo siento, Lincoln, Tengo un asunto importante que atender.
—¿Vas al baño? —dijo Lana en voz baja, llamando la atención de ambos.
—De allá vengo. Acabo de ver a unos soldaditos de plomo que están cargando unas cajas de madera con provisiones. Pero están usando un carro de carga para subirlo a un camión.
—¿Y eso qué? —dijo Lana.
—Que son militares entrenados, deberían usar sus manos como los hombres que son. Por eso iré con ellos y les enseñaré cómo llevarlas.
—Lynn —dijo Lincoln—, no deberías entrometerte en asuntos ajenos. Deja que lo hagan como más les convenga.
—Claro que no dejaré las cosas así. Ahora mismo iré con ellos.
—¡Lynn! —susurró Lincoln con fuerza, lo cual no resultó al notar que la hermana deportista salió con rapidez.
Ambos, sin decirse una palabra, se vistieron para frenar a su entusiasta hermana. No obstante y sin notarlo, fueron despertando al resto de su familia, partiendo por Leni.
A la salida, los soldados que recogían cajas se percataron de la presencia de la niña deportista, que se acercaba a ellos con una sonrisa ganadora. Todos se veían preocupados de su presencia, de hecho, uno de ellos intentó sacar algo debajo de su traje militar. Mas otro de los soldados, un tipo de rostro cuadrado, de ojos azules y cabello corto rubio, levanto su mano para detenerlo en su accionar.
—Oye, pibita —dijo el soldado rubio, con un acento particular—, ¿Te podemos ayudar en algo?
—Señores —dijo Lynn—, yo soy quien viene a ayudarles con las cargas.
Los 5 soldados se miraron entre sí. En cuanto a Lynn, se extrañaba del acento de quien le hablaba.
—¿Ayudarnos? No es necesario, che. Deberías ir a dormir, porque lo que llevamos es de mucho peso.
En ese momento, Lincoln y Lana también llegaron.
—¡Lynn! —dijo Lincoln, para luego mirar a los soldados—. Je je je… disculpen a mi hermana, es un poco entrometida. Por favor, no se enojen con ella.
—Sé lo que es cargar un peso parecido con cajas de esa clase —continuó Lynn—. Todo está en la técnica.
—Lynn —dijo Lana—, no lo hagas, vámonos.
—Hacele caso a los pibes —dijo el soldado rubio—, me sentiría mal que te diera un lumbago a tan temprana edad. Por eso necesitamos máquinas para cargar nuestras… provisiones…
Lynn no hacía caso, por ello caminó hacia una de las cajas de madera y se agachó.
—El secreto no está en la espalda, sino en las piernas.
—Pará, che, que te va a doler después.
Lynn intentó levantar la caja con sus piernas. Sin embargo, se sorprendió por el inusual peso. No imaginaba por qué la comida de Fort Knox era tan pesada..
—¿Por qué… pesa… tanto?
Por desgracia para la deportista Loud, se tuvo que rendir y se levantó con enfado.
—Te dije, pibita —dijo el soldado—. Ahora, si nos disculpan, seguiremos en lo nuestro.
—¿Ves, Lynn? —dijo Lana—. El señor tiene razón. Vamos a dormir antes que…
Pero Lynn interrumpió a Lana con un sonoro gruñido. Se agachó de nuevo y volvió a tomar impulso para levantar tan pesada caja, no por demostrar su punto, que perdió validez, sino por su propio orgullo. Esta vez, pudo despegar la caja del suelo con mucha dificultad, para después estirar sus piernas por completo. Todos veían sorprendidos por la fuerza de la niña. Pero no pudo soportar mucho tiempo el peso y perdió el equilibrio, haciendo que la caja se soltase de sus manos y cayese de costado. Al romperse, el contenido de la caja se desparramó y los hermanos Loud quedaron en shock, al descubrir que no era comida lo que llevaba.
—Es oro… —dijo Lincoln.
Eran unos cuantos lingotes de oro puro repartido en el suelo. Eso fue inesperado para los Loud y más el momento en que todos fueron apuntados con pistolas por parte de los soldados, las que incluían silenciadores. Los hermanos no tardaron en levantar sus manos.
—Yo no quería llegar a esto, la posta —dijo el soldado.
El hermano Loud, sumido en el miedo, no le costó mucho atar los cabos:
—U-Ustedes… ¿robaron el oro ayer?
—Obvio que sí, pibito. Pero no resultó como queríamos, que bueno que teníamos este plan B. Mirá, no podemos llamar mucho la atención, sino vamos a armar flor de quilombo y nadie lo quiere. Menos mal que ando de buenas, porque por este jueguito, estaría recaliente. Lo que van a hacer ahora es ganarse en ese rincón, sin hacer ni decir nada y dejar que nos vayamos tranquilitos. Este será nuestro secreto, ¿está claro?
Los hermanos estaban temerosos, no sabían qué decir.
»Dije: ¿Está claro?
—¡Claro! —dijo Lincoln, con impotencia.
—Me salieron re obedientes. No me quiero ir de malas con ustedes, si quieren me pueden llamar Palermo.
—¿Es una ciudad? —dijo Lincoln—. ¿Tratan de imitar a los atracadores de España?
—¿Imitar? —dijo Palermo—. Si esos pibes son hijos míos, hasta el que comandó esa operación, el Profesor, es mi amigo.
Los Loud no miraron con mucho entusiasmo al tipo.
Los infiltrados rearmaron como pudieron la caja de madera y reordenaron los lingotes de oro en su interior. Mientras intentaban subirlo sin desarmarlo, uno de los infiltrados quedó a la vigilia de los 3 niños rehenes. Era un tipo flaco, de tez blanca y bigote tipo victoriano. La forma en como los niños miraban temerosos e impotentes el suelo, le germinó algo de piedad.
—Oigan, no se pongan así, niños —les dijo—. Nosotros no somos los malos, solo queremos demostrar a los malos que no existen sistemas invencibles.
Pero los hermanos Loud estaban tan incómodos que preferían no mirarlo. El hombre a su vigilancia insistió:
—Por favor, hagamos esto ameno —Sacó un mazo de cartas en su bolsillo—. ¿Alguno de ustedes ha jugado UNO?... ¿Lo han jugado?
—Lo hemos jugado —dijo Lynn, con notoria desgana.
—Perfecto. ¿Quieren jugar conmigo mientras terminamos? Les prometo que saldrán sanos y salvos mientras nos obedezcan.
Luego de reflexionar un poco, Lynn levantó su mirada.
—De acuerdo, juguemos un poco.
—Muy bien. Llámenme Marsella, si quieren.
Lynn y Marsella se sentaron con las piernas cruzadas en el suelo. El último barajó la carta y repartió para cada uno. Dejó la carta inicial en el medio y tomaron sus barajas. Lincoln y Lana quedaron a espaldas de Lynn para ver el juego. Marsella era un gran jugador de UNO, por lo que quiso ser condescendiente y evitar terminar el juego de una manera rápida. Sin embargo, su exceso de confianza permitió que Lynn terminara el primer juego con la victoria rápida que no deseaba.
¡Si, gané! —exclamó Lynn para luego cantar realizar su baile de victoria—. ¿Quién ganó? ¡Lynner, Lynner, chicken dinner! ¡Lynner, Lynner, chicken dinner!
—¡Lynn, cálmate! —susurró Lincoln.
—Recuerda que ellos tienen armas —agregó Lana.
En ello, Lynn razonó y se calló de inmediato, volviendo a sentarse de piernas cruzadas. Marsella, más que enojo, sintió risa tanto de la rápida confianza que agarraron los niños, como del inesperado resultado, así que pensó en elevar su nivel.
—Así me gusta, niña —Tomó el mazo y lo repartió—. Veamos cómo te va en el siguiente juego.
Durante el juego, ambos iban muy parejos, pero Marsella tomó la delantera, quedó con una carta:
—¡Uno! —exclamó, como señal de que iba a ganar.
La carta de Marsella coincidía con la del cúmulo, por lo que en la siguiente jugada ganaría. Por desgracia…
—¡Uno!
Lynn bloqueó su jugada con una carta, cosa que permitió a la deportista y experta en juegos de mesa rematar su y ganar.
—¡Lynner, Lynner, chicken dinner!
—¡Lynn! —se quejó Lana de su baile.
—¡Ups! Lo siento.
Marsella estaba consternado. Ya no estaba tan feliz de perder 2 veces con una niña.
—Bien, bien… ¡Ahora juguemos en serio!
El tiempo de los siguientes 3 juegos se alargó más pero, de forma inexplicable para Marsella, los perdió todos. Lynn no evitaba bailar, pero al menos tarareaba su canción para no provocar tanto al contrincante. En tanto, otro de los infiltrados fue a ver lo que hacían, era alto, fornido y de cabello negro.
—Marsella, así que la guambita te ganó 5 veces en esa vaina.
—¡Mentira, Bogotá! ¡Me ganó solo 2 veces, nomas!
Los Hermanos Loud sonreían de la mentira y de las victorias.
—¿Cómo que mentira? Si yo te estaba viendo mientras cargábamos. Hasta tienes cara que vas a emberracar.
—No me voy a emberracar, porque no estoy enojado.
—Bueno, te echo una mano entonces, para qué ganes alguna vez —Bogotá se sentó al lado derecho de Marsella y tomó las cartas para repartirlas—. ¿Y? ¿Quién de ustedes nos acompaña a jugar?
Lincoln y Lana se miraron ante la invitación. El hermano asintió y dijo:
—Yo jugaré.
—Que sea interesante, jugamos 2 contra 2. ¿Qué les parece?
—Me parece bien —dijo Lynn, con sonrisa confiada y olvidando el contexto en el que encontraban.
Música recomendada
«These Boots Are Made For Walkin'», de Nancy Sinatra.
El juego fue intenso, Bogotá era un experto jugador, pero Lincoln no se quedaba atrás. El hermano solo estaba un nivel debajo de Lynn, quien lo regañaba por sus errores para sentirse la líder. En un momento, Lincoln intentó detener a Bogotá de hacer su jugada, pero éste anticipó su jugada y revirtió la movida, haciendo que el peliblanco pagase las consecuencias.
—¡A comer cartitas! —dijo Marsella.
—¿Por qué lo desafiaste, Lincoln? —se quejó Lynn.
—No perdía nada con intentar —dijo el hermano.
—¿Intentar? Yo tenía todo bajo control.
Mientras los hermanos discutían, Marsella y Bogotá se reían de sus oponentes. Pero la felicidad les duró poco al ver como Lynn, tan solo un par de minutos después, ponía la carta de la victoria en medio. Como era de esperar, la deportista hizo su baile mientras tarareaba.
Antes de subir la última caja, Palermo se sintió fascinado por el juego de los alegres niños contra sus enfadados secuaces y al notar que jugaban UNO, juego en el que era veterano, quiso inmiscuirse en el ambiente.
—Por esas caritas, veo que los pibitos les pasaron por encima.
—Les falta mucho para vencerme —dijo Lynn con total confianza.
—Recuerda que jugamos juntos —dijo Lincoln.
Palermo emitió una enorme sonrisa.
—¿Sabes? Yo jugué años en este jueguito. Si le hubiese dedicado tiempo, capaz que sería hasta campeón del mundo, papá —Se sentó al lado de Bogotá—. Quiero jugar con ustedes, así aprovechan de meter a la pobre pibita que está aburrida sin hacer nada —miró a Lana.
—De acuerdo —dijo Lynn—. Únete a nosotros, Lana.
—Bien, algo puedo hacer —contestó la hermana reparadora, quien también jugaba, pero era menos hábil que sus demás hermanos.
El juego inició. Esta vez, Lynn y sus hermanos iban de igual a igual contra Palermo y su grupo en un 3 contra 3. En un momento, Lynn tenía una sola carta y estaba a punto de ganar, por lo que dijo con arrogancia:
—Parece que volverán a perder.
Sin embargo, Palermo dijo:
—Tenés un problema con tu noticia, che —Lanzó una carta—: Yo nunca pierdo.
Su carta provocó que Lynn perdiera su oportunidad de ganar.
—Veamos cuánto te dura la racha —le dijo Marsella—. Nuestro compañero Palermo no ha perdido ni una sola vez en el UNO.
—Eso lo veremos.
El juego seguía y seguía. Se prolongó más de lo esperado, hubo momentos en los que parecía que cada equipo tendría la victoria, pero por cualquier motivo, quedaban en punto neutro. Un momento fue cuando Lincoln esperaba su turno para ganar, por desgracia, Lana se adelantó, quitándole el turno a su hermano y permitiendo que los ladrones usaran una táctica para quedar aventajados de los hermanos.
—¡No debiste hacerlo, Lana! ¡Estuve a punto de ganar!
—Lo siento, Lincoln —dijo Lana.
En otro momento, Bogotá dejó su penúltima carta y dijo sonriente:
—¿Tienen algo que decir antes de perder?
Y Lana dijo:
—¡Uno!
La palabra tomó por sorpresa al confiado jugador, porque la pequeña logró frenar su victoria.
—¡Sos un sabandija! —dijo Palermo—. ¿Cómo cometés ese error tan básico, papá?
—Y luego yo soy el mal jugador del UNO —le recriminó Marsella.
Obligado a soportar las burlas de sus compañeros, Bogotá continuó el juego.
El tiempo pasó muy rápido, tanto que los 2 infiltrados restantes, impacientes porque tenían todo para retirarse de lugar, desesperaban por sus compañeros que se apreciaban relajados jugando un jueguito para niños
—Tenemos todo listo. Vámonos.
—Pará, que estoy ocupado —habló Palermo.
—Pero si no nos damos prisa…
—Nos iremos cuando yo lo diga y eso será cuando le gane a los pibitos.
Los restantes compañeros se quedaron en el interior del camión, impacientes y nerviosos a que terminaran.
En un momento, tanto Lynn como Palermo tenían una sola carta en su poder.
—Ahora veremos quién gana, pibita —dijo Palermo.
—Así parece —dijo Lynn.
En la jugada final, Lincoln intentó ganarle a Marsella. Sin embargo:
—¿Adónde vas, guambito? —dijo Bogotá, lanzando una carta que afectaría a Lincoln.
El peliblanco se resignó a recibir el castigo.
—¡Coman cartitas! —se burló Marsella.
Lo que no esperó fue la sonrisa de Lana, seguido de su siguiente carta, la que anularía el castigo de Lincoln y lo traspasaría a Palermo. Sorprendido, el líder tuvo que sacar más cartas mientras veía a Lynn concentrada en su última jugada.
—Me aseguraré que no ganes este turno, ¿escuchaste? —dijo Palermo.
Sin embargo, Lynn estaba sonriente, confiada de su triunfo. Palermo vio sus cartas y no tenía comodines para contrarrestarlo. Lo que quedaba era adivinar como jugaría Lynn.
Pero antes de siquiera hacer su movimiento a todo o nada, las alarmas sonaron y unos focos sobre las cercanías se encendieron sobre ellos. Los ladrones observaron a todos lados. Los soldados del recinto no se hicieron esperar y los rodearon. Entre ellos, estaban el sargento Slaughter y el resto de la familia Loud.
—¡Alto ahí! —dijo el sargento, con un megáfono—. ¡No se muevan o disparamos!
Palermo, Marsella y Bogotá intentaron tomar sus armas, pero en su posición —tomando cartas de UNO sentados de piernas cruzadas en el suelo— no serían tan veloces para tomar sus armas y escapar. Peor para los otros 2 compañeros en el camión, quienes antes de siquiera reaccionar, sintieron el frío cañón de las metralletas en sus sienes, obligados a levantar sus manos a la vista.
Palermo, reflexionando que un simple juego de cartas lo envició tanto que se desvió de su principal objetivo, sonrió de mera frustración y levantó sus manos a la altura de su cabeza.
—Estamos atrapados, che. Les sugiero que hagan lo mismo que yo.
Sin más alternativa, Marsella y Bogotá también levantaron sus manos.
—¡Dejen ir a los niños! —ordenó el sargento Slaughter a los atracadores.
Con su sonrisa de resignación, les dijo a Lynn, Lana y Lincoln:
—Tómense el palo, pebetes.
—¡Vamos, chicas! —exclamó Lincoln.
Sin perder tiempo, tanto Lincoln como Lana huyeron para ir con la familia Loud, quienes los recibieron en un fuerte abrazo. En cuanto a Lynn, antes de seguirlos, fue detenida por Palermo al posar su mano en su hombro.
—¡Suéltala! —gritó un soldado.
—Y vos… —le dijo Palermo a Lynn, ignorando la orden del soldado—, mostrame tu carta.
Lynn sabía la razón de su inquietud. Más con un sentimiento de respeto que de temor, le mostró la última carta: un comodín. De haber continuado el juego, Lynn se habría llevado la victoria. Palermo sonrió por su resignación.
—Te ganaste mi respeto, Lynn, vos te metiste y me arruinaste toda la operación. Ahora, tomate el palo, che.
Palermo le devolvió la carta y soltó a Lynn. Sin pensar en lo dicho por el atracador, corrió hacia la familia Loud, siendo recibida por Lincoln y Lana.
—¡Creen que han ganado! ¡Pero más pronto que tarde, estaremos fuera de este recinto! ¡¿Y saben lo más triste?! ¡Que no podrán hacer nada para impedirlo!
Tomando las palabras de Palermo como amenazas vacías, el sargento ordenó llevarse a los 5 atracadores a una celda de máxima seguridad. Allí esperarían la decisión de las máximas autoridades.
En tanto, La familia Loud estaba toda feliz de salir ilesos. Lynn, Lincoln y Lana contaron todo lo ocurrido con los atracadores. Luego Lynn preguntó:
—¿Y cómo supieron ustedes y los soldados que estábamos en problemas?
—Leni nos despertó —dijo el padre Loud.
—Sí —dijo la aludida—. Vi que los 3 salían al aire libre y quería seguirlos, pero como me daba miedo ir sola porque alguna criatura desconocida me atacase, desperté a Lori.
—Y literalmente despertaste al resto con tu poco sutil voz —dijo Lori.
—Yo vi el momento en que les apuntaron con las pistolas, hermanos —dijo Luna—. Fue tan turbio que alerté a toda la familia.
—Era lógico que no podríamos hacer frente a personas con armas —dijo Lisa—. Así que informamos al sargento Slaughter, tomando en cuenta la generosa disposición que nos otorgó hace unas horas.
—¡Debieron verlo! —dijo Lola con emoción—. ¡En cosa de minutos, los soldados prepararon sus armas y aprovecharon que estaban distraídos con ustedes para cerrar toda posibilidad de escape para los ladrones!
—Pero me pareció ridículo —dijo Lucy— que ustedes se riesen con sus secuestradores. Espero no pasen por eso del síndrome de Estocolmo.
—Para nada —dijo Lincoln—. Estábamos contra la pared y nos obligaron a jugar UNO.
—Pero eran muy malos en el juego —dijo Lynn, sonriente—. Les ganamos todas las partidas.
—Se sintió como una pequeña venganza —dijo Lana.
—Es una alegría que estén bien —dijo la madre Loud, contenta de salir airosos de lo ocurrido.
—ΜΛΦΛΜ—
Luego de constatar lesiones, la familia Loud tuvo su nuevo juicio. No obstante, los eventos de la madrugada entre los Loud y los ladrones fue suficiente evidencia para que fuesen absueltos de inmediato. Les devolvieron todas sus pertenencias y el Vanzilla intactos. Antes de continuar con el viaje, el sargento Slaughter les dijo:
—Fue un gusto conocerlos, aunque las circunstancias no hayan sido las mejores.
—Pero de alguna forma —dijo la madre Loud—, fue bonito estar acá, ¿No es cierto?
Sin embargo, el resto de la familia Loud le negó con la cabeza, causando bochorno en el interior de Rita.
—Pues, a mí también me agradó después de todo —dijo Lynn con una sonrisa—. Si pudiese venir a entrenar, lo haría.
—Siempre está la inscripción voluntaria —dijo el sargento—. Por cierto, nos dimos la molestia de otorgarles a todos certificados de sanidad impresos, para atravesar estados aún con políticas de sanidad. Obviamente no servirán si presentan contagios.
—Gracias, sargento —dijo el padre Loud.
—Bueno, familia Loud, hasta siempre. Manden mis saludos al coronel Albert de mi parte y suerte con su búsqueda. Si necesitan ayuda, pueden contactarme si es que puedo ayudar en mi posición.
Luego de que la madre Loud asintiera, dieron marcha al Vanzilla y se desplazaron con lentitud hacia la salida. El sargento los siguió de pie porque, en la salida, 2 filas de soldados los esperaban para una despedida formal. Slaughter quedó en medio de las 2 filas y exclamó:
—¡Pelotón! ¡Saluden!
Dada la orden, los soldados irguieron sus cuerpos y llevaron su palma derecha a sus frentes. Los Loud se maravillaron del recibimiento final, tanto así que Lori aprovechó su celular para sacarse selfies con su familia teniendo a los militares en el fondo.
2 horas después, Los Loud ya sentían el cansancio por la falta de sueño. Lisa estaba molesta porque su radar estaba descompuesto por el maltrato recibido, por lo que no podían continuar la búsqueda si no se detenían a repararlo. Era evidente que debían detenerse al primer pueblo en la ruta.
En cuanto a Lori, sintió cierta alegría cuando su teléfono sonó. Estaba entusiasmada porque no había usado el aparato por 2 días, así que contestó sin tomar la molestia de ver quién le llamaba.
—¿Aló?
Habiendo reconocido la voz, Lori se decepcionó y le pasó el teléfono a Lincoln.
—Ah… Es Clyde, quiere hablar contigo.
El hermano peliblanco lo tomó y lo llevó a su oído.
—Hola, Clyde. Soy Lincoln.
—¡Lincoln! ¿Cómo estás? ¡Te llamé por teléfono y descubrí que lo dejaste en casa! Por eso llamé al número de Lori, porque era seguro que ella lo tendría a mano, siempre lo tiene.
—Clyde, ¿Qué hablamos acerca de acosar a cierta persona?
—¡No tenía de otra! Es que memoricé su número en mi época de acosador compulsivo. Oye, ¿viste las noticias?
—Eh… no. Tuvimos un pequeño percance y estuvimos desconectados. ¿Qué paso?
—¡Hablaron de tu hermana Luan!
—De… ¡¿De Luan?!
Una vez Lincoln mencionó ese nombre, llamó la atención de toda la familia Loud, quien lo miró con mucho interés. Habiendo notado el detalle, el peliblanco puso el celular en altavoz.
—¡Sí! ¡Incluso mostraron una foto de ella! Pero…
A Lincoln no le agradó ese repentino mutismo de parte de su amigo, porque sabía que un mal presagio se avecinaba para su fugitiva hermana comediante.
Música recomendada
«Your Desicion», de Alice In Chains
REFERENCIAS
- La Casa de Papel
- Caso Cerrado
- Oz
- Full Metal Jacket
- UNO
[1] El sargento Slaughter es un famoso luchador de los años 80, quien estuvo involucrado también en la serie G.I. Joe.
