Bob agradeció la cena y anunció que se retiraba para seguir con su trabajo pendiente.
—¡Espera, papá! —habló Olga, levantándose —Sólo un poco y ustedes también —les dijo a Helga y Arnold, antes de dejar el comedor.
No tardó en regresar acompañada de uno de los nuevos empleados y una botella de vino, que ella misma comenzó a servir ante la mirada un tanto sorprendida de su padre y hermana, porque sinceramente Olga no solía ser así de solícita.
—Gracias, Olga, pero no —dijo Helga cuando llegó su turno —. Sabes que no bebo.
—Haz una excepción esta vez. Es un buen vino.
Bob olió el líquido en su copa como todo un experto catador y dio su opinión.
—Pues sí, parece ser de excelente calidad.
—A Doug le costó mucho trabajo conseguirlo, pero lo hizo para agradecerles que estén cuidando de mi. Por favor, hermanita, sólo un poco.
Arnold al ver qué iba a volver a negarse, tomó su mano y le sonrió. Él sabía de sobra la razón por la que su esposa tenía tal aversión al vino y le quiso infundir tranquilidad, después de todo aquella traumática experiencia había quedado en el pasado y ahora estaba en casa y segura, nada malo podía pasar.
Helga le sonrió de regreso en respuesta para hacerle saber que lo había entendido y luego cedió a la petición de su hermana.
Cuando el vino estuvo servido, Olga levantó su copa en dirección de su hermana y cuñado.
—Quiero brindar por tu futuro feliz, hermanita.
A la mañana siguiente Helga despertó envuelta en una extraña sensación de embotamiento que la hizo no darse cuenta de inmediato que Arnold no estaba a su lado.
Tal vez todo se debía a lo cansada que estaba, aunque realmente no tenía idea de estarlo, la noche anterior cayó rendida, prácticamente se durmió antes de que su cabeza tocara la almohada.
Se levantó y trastabilló un poco al hacerlo, pero después de un par de respiraciones profundas fue hasta la cuna, sólo para ver que estaba vacía. Quizás había despertado muy temprano y Arnold se la había llevado a la niña para que la dejara seguir durmiendo.
Sonrió ante la idea de Arnold siendo tan considerado con ella, bueno, aunque ayudaba mucho que la pequeña Miriam fuera su adoración.
En todo caso aprovecharía el favor y se tomaría su tiempo para alistarse y dejar la habitación.
Arnold abrió los ojos.
Se sentía confuso, pero no tanto para no reconocer que que el lugar en el que estaba despertando no era su habitación.
Se puso de pie con un poco de dificultad y sintió la hierba bajo sus pies descalzo.
Levantó la vista al cielo y pudo darse cuenta de que el sol estaba casi en lo más alto, lo que quería decir que ya era bastante tarde.
Luego miró a su alrededor y no tardó en reconocer el lugar.
¿Pero qué estaba haciendo allí?
Lo último que recordaba era estarse preparando para ir a dormir, después de haber bebido un par de copas, acompañado por su suegro, del vino que Doug les regaló, pero era todo.
Aún envuelto en la confusión y en el desconocimiento de lo ocurrido, comenzó a caminar alejándose del cementerio familiar y con rumbo a la casa.
Justo dando vuelta a una esquina y a medio camino se encontró con uno de sus empleados, quien primero puso una expresión de alivio y luego lanzó una preocupada expresión.
—¡Aquí está! —gritó el joven a alguien a quien Arnold no podía ver, pero que no tardó en aparecer. Era un oficial de policía.
—¿Señor, está usted bien?
Arnold no entendía por qué lo miraban con preocupación y se acercaban a él con rapidez, hasta que bajó la mirada hacia su ropa y manos ¿Aquello era sangre? ¿Suya?
—Tranquilízate. Van a encontrarlos, no te preocupes.
Helga agradecía las palabras alentadoras de su padre y su compañía, pero no estaban sirviendo de nada. No sentiría calma hasta que Arnold y su hija aparecieran ¡No podía ser posible que nadie supiera dónde estaban! Era como si se los hubiera tragado la tierra.
Comenzó otra caminata de un extremo al otro del jardín, mirando hacia todas direcciones con impaciencia. No se había movido de allí porque le dijeron que era lo mejor, pero si no aparecían pronto iría a buscarlos.
—¡Helga! —Arnold la vio girarse con una sonrisa en el rostro, luego ponerse seria y pálida y salir corriendo a su encuentro.
—¿Estás bien?
—Si —ella lo miraba de arriba a abajo con una mano extendida hacia él, pero sin atreverse a tocarlo y Arnold entendía su reacción porque prácticamente estaba cubierto de sangre —. No es mía, no sé qué pasó.
—¿Todo bien, muchacho?
—La cabeza me duele y me siento aturdido, pero estoy bien —respondió a su suegro que acababa de llegar a donde estaban.
—¿Y mi nieta? —Arnold lo miró visiblemente confundido —No la encontramos por ningún lado, pensamos que estaba contigo.
Inevitablemente el terror se apoderó de él rápidamente, pero debía actuar con la cabeza fría. Tragó para deshacer el nudo en su garganta y habló con firmeza.
—¡Iré a buscarla!
—¡Usted no irá a ningún lado, señor Shortman!
El oficial que estuvo presente cuando fue encontrado y que los dejó marchar solos para ir a investigar, apareció de repente, acercándose a ellos de manera amenazante.
—¿Reconoce esto, Señora Shortman? —mostró un par de prendas ensangrentadas, que hicieron que a Helga se le escapara un grito ahogado.
—Son de mi hija.
—Señor Shortman está usted arrestado.
—¿Qué está haciendo? —Helga ni siquiera terminaba de procesar el horror que había causado ver la cobija y ropa de su pequeña, cuando tuvo que reaccionar al ver que el policía hacía que Arnold pusiera las manos en la espalda.
—¡Señora, aléjese! Tengo que llevarme a su esposo por el asesinato de su hija.
—¡No! ¡Él no hizo nada! —gritó ella aferrándose a Arnold, él hubiera querido hacer lo mismo pero lo llevaban atado de manos. Le conmovía en extremo la confianza de ella y le dolió en él alma cuando un par de oficiales, que quién sabe de dónde salieron, los separaron. Tirando de ella hasta, literalmente, arrancársela.
—¡Llévenselo! —ordenó uno de los oficiales con mayor rango. Arnold la escuchó gritar su nombre una y otra vez, hasta que la distancia hizo su voz inaudible.
Gritaba su nombre y luchaba por liberarse del agarre de los oficiales. Estaba completamente segura de la inocencia de su esposo, él se hubiera arrancado ambos brazos o se hubiera quitado la vida antes de hacerle daño a ella o a su hija.
—¡Quiero hablar con su superior! —Bob levantó la voz y puso las manos sobre la mesa que le servía de escritorio al enclenque agente a cargo, sin duda lucía intimidante, pero por la expresión poco impresionada de su interlocutor no tuvo el efecto deseado.
—Escuche, podría hablar con el mismísimo rey y no le serviría de nada, las evidencias son más que claras y su yerno no pondrá un pie fuera de este lugar, se quedará a la espera de que su sentencia sea dictada.
—Entonces déjeme verlo.
—Las horas de visita terminaron…
—No sería así si me hubiera recibido antes.
—Pero no quise hacerlo —Bob estaba a punto de estallar ante la osadía de ese petulante hombrecillo, y este pareció darse cuenta así que cambió un poco su actitud —Escuche, a pesar de que nos gustaría actuar de otra forma, estamos apegándonos al procedimiento, incluso hemos controlado a la turba que exigía la cabeza de su yerno y lo hemos aislado por su seguridad, pero no puedo dejarlo entrar porque ya no es el horario para hacerlo, si aún quiere ver a su yerno después de lo que le hizo a esa pobre criatura, vuelva mañana, señor Pataki.
Olga miró con fastidio el ir y venir de su hermana por el salón.
—Debiste aceptar tomar el tranquilizante.
—No lo necesito, lo que me serviría ahora es que me dejes salir a buscar a mi hija.
—No puedes, es lo que ordenó papá. Además si lo hicieras no serviría de nada.
La crueldad de su hermana lastimó mucho a Helga, pero se negó a llorar frente a ella, puso la frente en alto y encaró a Olga.
—Mi hija está en algún lugar allá afuera, estoy segura.
—Yo no pienso lo mismo, hermanita.
Helga no estaba dispuesta a aguantar más y si no se lanzó en ese momento sobre su hermana, fue porque su padre llegó y prefirió ir a su encuentro.
—¿Qué pasó, papá?
Bob negó con pesar.
—No pude hacer nada, pero regresaré mañana —Helga le agradeció con evidente desánimo.
—No comprendo cómo puedes querer verlo en libertad después de lo que le hizo a tu hija —fue Olga la que habló.
—¡Arnold no hizo nada!
—¿Te parece «nada» llevar a la pequeña Miriam frente a una tumba vacía y arrancarle la vida?
Sí, eso era lo que decían, pero Helga no lo creía ni por un instante. Su esposo era inocente y su hija estaba allá afuera, al cuidado de quien sabe quien.
—¡Ya basta, Olga! ¡No digas más! —le advirtió Helga.
—Olga —su padre también se unió a la advertencia —...
—No voy a hacerlo. No estoy diciendo nada que no sea verdad, ¿o acaso han olvidado a la anterior señora Shortman? ¡Tu esposo, hermanita, es un asesino!
Bob logró reaccionar justo a tiempo para evitar que Helga se fuera encima de su hermana, pero ella luchó por lograr su objetivo y se retorció entre los brazos de su padre por un par de minutos, antes de darse por vencida y derrumbarse llorando.
—Vamos, tómate esto —Bob puso una taza frente a Helga, quien ya estaba en su cama con los ojos enrojecidos y la piel pálida.
–No quiero.
—Te hará bien.
—No. Recuerdo muy bien el efecto que tenían en mamá esas medicinas. No quiero estar aturdida. Arnold me necesita y mi hija también, ella está viva y en algún lugar allá afuera —hizo el intento de levantarse, pero su padre se lo impidió.
—Ya la están buscando, no te preocupes, pronto la encontrarán. Debes descansar y estar completamente bien para cuando ella esté de vuelta, no querrás espantarla con el aspecto tan lamentable que tienes ahora.
Helga asintió.
—Pero no tomaré eso, ¿puedes decirle a George que me traiga un té?
—De acuerdo.
Al salir de la habitación se topó con su otra hija.
—No debiste decirle eso.
—Alguien debía decirlo. Helga necesitaba escucharlo y aceptar la verdad, sino lo hace terminará como mamá.
Bob se mordió la lengua para no hablar de más y se limitó a entregarle la taza que Helga había rechazado.
—A partir de ahora se más prudente y ve a decirle a George que le traiga un té, por favor.
—Yo no soy una criada —le devolvió la taza —, que alguien más lo haga —se fue visiblemente molesta y Bob la vio marcharse mientras una extraña y preocupante sensación lo invadía por dentro.
—Gracias —dijo Arnold al recibir de parte de su suegro una cesta.
—Tenía más cosas, pero los guardias sacaron la mayoría.
—Con esto es más que suficiente —miraba el contenido.
—¿Cómo está?
—Resistiendo… Quiso venir a verte, pero no estaba seguro de que nos dieran permiso. Tal vez venga mañana.
—¿Aún quiere verme?
—¿Por qué la duda? Ella no duda de ti.
Arnold sintió las lágrimas en los ojos debido a la confianza que Helga aun depositaba en él.
—Basta, muchacho, no es momento para decaer, es mejor que no malgastes energías ¡Vamos, come algo!
Cuando la visita terminó y Bob iba de camino a la salida escuchó a alguien que le pedía que esperara, era un joven oficial que se acercaba a paso veloz.
—Disculpe, señor —bajó la voz —Soy el oficial Reynolds ¿Tiene tiempo de recibirme más tarde, cuando termine mi turno? —Bob arqueó las cejas —Creo que su yerno es inocente y tal vez ayudarlos a probarlo.
Eso sí era una novedad. Todos allí pensaban lo contrario y Arnold era un loco asesino, cuando menos.
—De acuerdo.
—Bien, escucho… ¿Qué pruebas tienes para ayudar a mi yerno?
Bob y el oficial, ahora vestido de civil, estaban reunidos en el despacho, mientras Helga vagaba por los alrededores vigilada por Olga y Rose.
—Aún ninguna —dijo algo apenado —¡Pero estoy seguro de su inocencia y de que en algún lugar hay algo que nos ayude a comprobarla!
La convicción en sus palabras parecía genuina y era muy tentador creerle, pero Bob ya lo había pensado bien y aún no estaba seguro en sí podía confiar en él; tal vez estaba allí con fines más oscuros, quizás morbo, quizás la intención de obtener dinero.
—¿Por qué crees que mi yerno es inocente?
—Pues… Aparte de que me cuesta creer que una persona que considero buena, porque lo he visto en la comisaría ayudando a mucha gente, pueda hacer un acto tan atroz… No hay un cuerpo y supe por uno de mis compañeros que en el lugar de los hechos no había rastros de sangre.
—Pudo haber ocurrido en otro lado —se arrepintió casi de inmediato de haber dicho aquello, pero aunque le avergonzara reconocerlo, él no tenía tanta fe en Arnold como la tenía Helga.
—Es una posibilidad, pero yo vi las ropas del señor Shortman y las prendas de su nieta y tenían mucha sangre.
—Así es —Bob se notó algo descompuesto.
—No, en verdad tenían mucha. No quiero sonar imprudente, pero aun teniendo en mente el panorama más horrible, me parece que es demasiada cantidad para una criatura de esa edad. Además no tiene sentido que su yerno cometiera el crimen en otro lugar y ocultara el cuerpo para después dejarse ver con la ropa ensangrentada y permitir que encontraran un par de prendas en la misma condición. Pudo haber cometido el crimen perfecto por qué sabotearse de esa manera.
—Alguien lo quiere inculpar…
—Es lo que yo creo.
—¿Hay la posibilidad de que mi nieta esté viva?
—La hay, quiero decir, un cadáver tendría más impacto que un poco de ropa, así que…
—¿Pero por qué llevársela?
—Tal vez quien lo hizo planea obtener un beneficio más adelante o simplemente no tuvo el estómago para acabar con su vida, en todo caso si encontramos a quien está tratando de inculpar al señor Shortman, también sabremos dónde está la niña.
—¡Bien, entonces a trabajar!
Mantener el entusiasmo del momento inicial no estaba resultando fácil, tuvo que reconocerlo Bob después de unos pocos días de infructuosa investigación.
Hicieron una lista, no muy larga, de sospechosos que no los había conducido a ningún resultado. Incluso el nombre más prometedor quedó limpio; pues aunque los Wellington, padre e hija, parecían tener razones suficientes para vengarse de Arnold por el desplante hecho a Rhonda, también tenían coartadas sólidas. Aunque bien podrían haber contratado a alguien más para el trabajo sucio, pero para averiguar eso necesitarían más tiempo y las conexiones adecuadas para indagar en el bajo mundo, y siendo honestos no tenían ninguno de los dos. La voz de lo ocurrido corrió rápido y la gente pronto se congregó para pedir la ejecución de ese monstruo asesino capaz de acabar con la vida de su hija.
No le estaba gustando jugar al detective en esas condiciones. Bob suspiró.
—¿Sabe, señor Pataki…hay algo que no hemos tomado en cuenta?
—¿Qué cosa, Reynolds?
—¿Cómo logró el responsable que su yerno saliera de casa? Hoy tuve oportunidad de hablar con él y dijo no recordar nada, eso me lleva a deducir que estaba inconsciente o al menos no en control de su voluntad, ¿cómo es que terminó siendo así?
Bob se hundió en su asiento.
No sólo había pasado eso con Arnold. Helga le había dicho que aquella noche cayó tan rendida que no se enteró de nada y a él le había pasado lo mismo, fue al despacho con la intención de seguir trabajando, pero el cansancio comenzó a afectarlo pronto y fue a recostarse al sillón con la intención de descansar la vista un rato, sin embargo se quedó profundamente dormido, tanto que de no haber sido por la férrea insistencia de George para que se levantara y ayudara en la búsqueda de Arnold y la pequeña Miriam, no habría despertado.
¿Pero que había causado eso?
El recuerdo de una servicial y amable Olga sirviendo el vino llegó a su memoria, ella no solía ser así, no se ocupaba de los demás. Un gusto amargo comenzó a subir por su garganta ¡No! Su hija mayor era egoísta, sí, eso no podía negarlo, pero no podía ser capaz de causar tanto daño, no era una persona mala. Además ella también bebió de aquel vino, ¡cierto! Podía recordar con claridad que ella también bebió, si el vino hubiera sido el causante Olga lo hubiera evitado eso era más que seguro.
—La comida…
—¿Qué? —preguntó Reynolds.
—Alguién debió poner algo en la cena, uno de los empleados, a parte de Rose y George los demás fueron contratados hace poco, lo más seguro es que haya un infiltrado.
—Bien, averigüemos por ese lado. Trataré de hablar con el señor Shortman sobre eso, tal vez tenga algo que aportar.
Arnold miró con extrañeza al oficial que se acercaba a su celda, no lo reconocía y se preguntaba qué podría querer, ya que ninguno quería tener contacto con él y de hecho habían dejado que Reynolds se hiciera cargo de todo lo referente a él.
El oficial se pegó a la puerta de la celda y sin siquiera mirarlo comenzó a abrir la puerta. Arnold inevitablemente se preocupó, ¿acaso había llegado el momento de su sentencia? Si así era el panorama que tenía enfrente era muy sombrío porque nadie allí creía en su inocencia, es más, a veces él tampoco lo hacía.
—Puedes irte Shortman.
—¿Qué?
—Están haciendo el cambio de guardia, el camino estará libre por corto tiempo, así que deberás darte prisa?
—¿Por qué está haciendo esto? —preguntó Arnold sin apartar la vista de la puerta abierta.
—Porque hay alguien que lo quiere libre y a salvo de todo esto.
No pudo evitar pensar en Helga y dio un paso hacia el frente. Respiró hondo. Su libertad estaba a corta distancia.
Cada vez era más difícil estar sin Arnold y la pequeña Miriam y lo peor es que tenía que permanecer entre esas cuatro paredes en lugar de ser parte del grupo que buscaba a su hija o ayudar a Arnold, o por lo menos verlo, pero la situación era tan complicada que por su propia seguridad las autoridades le habían negado la posibilidad de verlo y tenía que conformarse con enviarle, de manera clandestina, cartas a través del oficial Reynolds.
—Helga, hermanita…
Olga se acercó a ella con actitud sospechosa.
—¿Qué ocurre? —Helga habló de manera un tanto hosca. Trataba de no estar cerca de su hermana mayor, porque la falta de tiento de está hacía que siempre la situación terminara mal.
—He venido a disculparme contigo. La verdad me he sentido muy mal por mi comportamiento, así que para enmendarme un poco, decidí que si tu estabas tan segura de que mi sobrina sigue con vida yo iba a buscarla por mi cuenta.
—¿En serio?…
—Lo mejor es que la encontré. Sé dónde está.
Helga sintió que un gran peso le era retirado.
—¿Dónde?
—Tienes que venir conmigo, pero hay que hacerlo discretamente, sin decirle a nadie a donde vamos, si va mucha gente pueden poner en peligro la vida de tu hija.
—De acuerdo, pero llévame de inmediato…
Bob vio desde el ventanal del despacho a sus hijas ir apresuradamente en dirección a donde se encontraba el establo y una alarma se encendió dentro de él. Le costaba reconocerlo, pero algo le decía que Olga traía entre manos algo muy turbio.
—Ocurre algo, señor Pataki.
El oficial Reynolds se encontraba con él en esos momentos.
—Parece que sí… Creo que mis hijas se traen algo entre manos ¡Vamos, sígame!
—Pero… —no entendía nada y se sorprendió más aún cuando lo vio sacar un arma de uno de los cajones del escritorio —espere un momento si cree que va a necesitar un arma, ¿no será mejor que busquemos ayuda?
—No lo creo, algo me dice que no tenemos tiempo que perder.
Para cuando llegaron al establo ambas jóvenes habían partido.
Helga tuvo la impresión de que su hermana la guió por los mismos lugares en algunas ocasiones, pero no porque no supiera por dónde ir sino intencionalmente. Estuvieron así algunos minutos, recorriendo el bosque hasta que estuvieron frente a una cabaña.
Olga bajó del caballo.
—Espera aquí un momento.
Helga también desmontó, pero se quedó de pie al lado del caballo. Su hermana entró a la cabaña e instantes después Helga escuchó el corto llanto de un bebé.
—Miriam —rápidamente entró a la cabaña y al hacerlo sólo pudo ver a su hermana en medio del lugar, junto a una sencilla cuna de la que sacó un pequeño bulto que acunó entre sus brazos meciéndolo de manera algo brusca —¿Es mi hija? Dámela… —caminó un par de pasos y extendió los brazos.
—¡No! Y no te acerques.
No entendió la negativa de Olga. Así que dio otro par de pasos y su hermana se alejó, presionando más contra sí a la pequeña y debió de hacerlo con demasiada fuerza, porque la niña soltó un quejido para demostrar su incomodidad.
—Ella ya no es tu hija, es mía…mía y de Doug.
—¿Qué dices?
—Pobre de mi hermanita bebé…estaba tan triste por la muerte de su hija y la demencia de su esposo asesino que se internó en él bosque y se quitó la vida en una solitaria cabaña…
A Helga no le espantó lo que decía tanto como él hecho de que lo hacía de manera tan creíble, al llorar de una manera muy convincente.
—¿Sabes? Siempre he querido ser madre, pero Doug no me lo permite. Dice que no soy lo suficientemente buena para dar a luz a un hijo suyo y por supuesto jamás me dejaría tener al hijo de otro…él se ha encargado un par de veces de que no nazca un bastardo. Es que a veces he sido un poco descuidada, pero él por alguna razón quiere a esta niña, así que entre los dos montamos todos un espectáculo y cuando tú y tu marido estén fuera del camino, Doug y yo nos iremos lejos y por fin, juntos los tres formaremos la familia que siempre quise tener…
Helga sentía un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Estaba viendo en su hermana una locura muy diferente a la que vio en su madre, una más peligrosa.
—Pronto todo estará listo para nosotros, ¿No es así, Doug?
Helga volteo a su alrededor y vio a su cuñado. No supo de dónde había salido, no se percató antes de su presencia y ahora que lo veía su sangre se heló, él llevaba una pistola en la mano.
No podía moverse.
Doug se acercó a Olga y le quitó a la niña de los brazos, se alejó unos cuantos pasos, para después voltear y mirar fijamente a Helga y levantar el arma lentamente.
Helga sentía que su fin había llegado.
Y entonces todo fue tan rápido, Doug sin bajar el arma se giró en dirección a Olga y jaló el gatillo. Una especie de quejido ahogado salió de los labios de su hermana, que caía completamente lívida al suelo, mientras que Helga estaba paralizada, ni siquiera podía darle voz al terror que la invadía, hasta que el llanto de su hija la espabiló como una sacudida.
Corrió hacia su cuñado y le quitó a su hija de los brazos, sin que él opusiera resistencia. Estaban tan cerca de su hermana que Helga no pudo evitar verla, sus ojos estaban escalofriantemente abiertos, vacíos y opacos, pero su pecho, en el que se extendía una mancha roja aún se movía, subió y bajó en un par de ocasiones hasta que Olga dio una honda bocanada y todo acabó.
Desvió la mirada y con cuidado cubrió el rostro de su hija, aun cuando no podía ver la terrible escena.
Dio unos pasos hacia atrás con lentitud, miró a su niña y notó con horror que algunas gotas de sangre alcanzaron su mejilla.
—Tranquila —la pequeña seguía llorando y Helga la empezó a mecer rítmicamente, mientras frotaba su mejilla para limpiarla —...shhhh... No pasa nada... Doug, déjanos ir, te lo ruego. Te juró que no diré nada, por favor, déjame sacarla de aquí.
—No puedo hacer eso, ¿si se van como podremos ser felices…?
Helga levantó la vista y se dio cuenta que aunque Doug había bajado el arma, aún tenía el dedo en el gatillo y supo que debía actuar cuidadosamente para poder tener la posibilidad de salir de allí con vida.
—Ti...tienes razón —si lograba que él las dejara solas, tal vez podría encontrar una manera de escapar y ponerse a salvo —. Tranquila, cariño. Creo que tiene hambre...
—Sí puede ser, la he estado alimentando con leche de cabra, pero no le gusta y ha comido poco.
—Ya veo...gracias por cuidarla tan bien —trato de sonreírle, pero supo que a lo mucho el resultado fue una extraña mueca —, pero ahora, ¿podrías dejarme unos minutos a solas para alimentarla?
—No es necesario, puedes alimentarla frente a mi...
Helga no quería hacer eso, pero vio que su hija efectivamente buscaba ser alimentada. Volteó al lado contrario de donde se encontraba su hermana ya sin vida y vio una silla, caminó hasta ella y antes de sentarse la acomodó para que quedara dando la espalda al horrible cuadro.
Él se puso frente a ella y la miró con atención descubrir torpemente su pecho y acomodar a la niña para facilitarle el acceso a él.
Doug tragó con dificultad ante la visión que tenía enfrente.
—Fue bueno que decidieras alimentarla tu —su voz sonó muy ronca y tensa.
Ella no respondió, se centró en su hija, tratando con todas sus fuerzas de ignorar su presencia, pero él no dejó que eso pasara, con la punta de su índice tocó su mejilla y con un lento movimiento lo deslizó hacia abajo hasta tocar su seno desnudo.
Helga aguantó la respiración y se esforzó por controlar las náuseas que la invadían.
—Eres perfecta y ella — se refirió a la pequeña Miriam —es igual a ti...me alegra que sea niña, si hubiera nacido varón yo le hubiera elegido un destino muy diferente.
Se le heló la sangre ante esa afirmación, Helga entendió perfectamente su insinuación. Si hubiera sido niño, él lo habría asesinado. Tomó la manita de su hija y le dio un apretoncito.
Doug dejó de tocarla y ella contuvo un suspiro de alivio, pero aun sentía su mirada sobre ella.
—Tu hermana me engañó. Su imagen frágil y hermosa me hizo creer que era pura, que sería digna de mí, pero estaba tan equivocado —soltó una amarga carcajada —. Los hombres eran su perdición, tal vez llegó sin mancha a nuestra noche de bodas, pero muy pronto dejó que su pasión la dominara ¡No era más que una ramera! Cuando lo supe no volví a compartir mi lecho con ella, pero dejé que calmara su pecaminoso ardor con otros, en realidad con cualquiera que pudiera pagar un buen precio o pudiera aportarme un beneficio —sonó tan jacto de sí, que Helga sintió que no podía aborrecerlo más —. Me había resignado a la vida al lado de ella cuando volví a verte. En medio del dolor por la muerte de tu madre, irradiabas pureza. Aislada como habías estado hasta entonces, estuve seguro que ningún hombre te había contaminado con sus manos y supe en aquel momento que nuestro destino era alcanzar la perfecta felicidad juntos... Y entonces apareció ese —su voz escupió ira —, pero no te preocupes me he encargado de él y acabo de sellar su condena gracias a ella —señaló el cadáver de Olga.
—¿Cómo es eso?
—Para estos momentos, gracias a un pequeño soborno que Olga le hizo a un guardia, él ya debió haberse fugado y ya sabrás... Un loco que fue capaz de quitarle la vida a su propia hija, no se detuvo y cuando escapó le arrancó también la vida a su desdichada amante con quien se encontró en una sucia cabaña en medio del bosque. Esta vez no van a malgastar estúpidamente el tiempo para darle una condena, estoy seguro que en cuanto lo encuentren lo colgarán y ya sin obstáculos tu y yo podremos ser felices.
—Ojalá pudiera ser así —habló ella, eligiendo cuidadosamente sus palabras —, pero...yo ya no poseo esa pureza que anhelas. Déjanos ir, este será nuestro secreto y tú podrás buscar a una joven que sea en verdad merecedora de ti, Doug.
—Te quiero a ti —aquella no fue una declaración matizada de ternura y sentimientos intensos, sonó más como una sentencia dicha por un chiquillo encaprichado —. Sé que él ya te ha ensuciado, pero yo me encargaré de quitar de tu ser su marca —Helga rezó en silencio para que aquello no significara lo que ella temía —. Borraré las sucias marcas que sus manos dejaron en tu piel con mis caricias y no te preocupes, no tendrás que esperar para que eso suceda, puedo hacerlo ahora mismo.
Le quitó a la niña de los brazos, la pequeña con el estómago ya saciado se había quedado dormida y no protestó cuando él se la llevó para depositarla en la cuna, que macabramente estaba justo al lado de donde yacía su hermana sin vida.
—He estado —puso la pistola sobre la única mesa que había en el lugar —esperando mucho tiempo por esto —dijo, caminando hacia ella con paso firme, su cuerpo se notaba tenso y sus ojos repentinamente estaban inyectados de sangre.
Helga sopeso la posibilidad de correr hasta el arma, pero era demasiado arriesgado. Si fallaba en tomar la pistola o en el disparo, no sabía de lo que Doug era capaz de hacerle a ella o peor aún, a su hija.
Él comenzó a desabotonarse la camisa y para cuando llegó frente a ella, ya había completado la mitad de dicha tarea.
—Sé que las ansias te consumen con la misma intensidad que a mí —dijo petulantemente él con la respiración agitada.
—Así es, pero...estuve cabalgando mucho rato bajo el sol...quisiera poder asearme antes...
—No es necesario, ya te lo dije. Yo me encargaré de borrar toda suciedad que haya en ti.
—¡Lo sé!... Sé qué harás eso, eres el único que puede hacer algo así...porque eres muy especial —parecía que sus palabras surtían el efecto que ella buscaba, porque él pareció hincharse de orgullo —...por eso yo quiero estar a la altura de lo que mereces, quiero prepararme…ponerme bonita para ti —haciendo acopio de todas sus fuerzas, se levantó, caminó hacia él y puso la mano sobre su pecho, encima de la piel que estaba al descubierto y le arrancó un ronco suspiro —. Concédeme ese capricho, por favor...
—Está bien —finalmente aceptó y Helga sintió que tenía una oportunidad —iré por agua.
Antes de irse recogió la pistola y al salir, Helga lo escuchó asegurar la puerta por fuera.
Ella corrió hacía su hija y justo cuando la tomaba en brazos escuchó una voz conocida.
—¡Doug! —ese grito era de su padre, no estaba sola, él estaba allí para ayudarla, pero su alivio duró poco...
Se oyeron varios disparos y luego un grito, parecido al sonido que su hermana diera instantes antes, solo que más fuerte. Entonces alguien quitó el seguro de la puerta y la puerta se abrió de golpe. Helga cerró los ojos, no quería mirar y descubrir que quien había entrado era Doug porque eso significaría que su papá...
—¡Hija!
Helga abrió los ojos y allí estaba, de pie bajo el marco de la puerta, su padre, había sangre en su hombro, pero estaba vivo y fue corriendo hasta él.
—¿Estás bien papá?
—Es solo un rozón —justo en ese momento su vista captó el cuerpo de su hija mayor sobre el piso y supo de inmediato que estaba muerta. Supuso que el disparo que habían oído y que los llevó hasta allí, fue el que le arrancó la vida. Había perdido una hija, pero —¿Y ustedes? ¿Están bien?
—Si.
...Al menos llegó a tiempo para salvar a su otra hija y a su nieta de ese monstruo. Aún se sentía asqueado por todo lo que le había escuchado decir a Doug.
—Vámonos de aquí.
Al salir, Helga pudo ver el cuerpo de Doug tirado sobre la tierra. Tenía más de un disparo en el cuerpo.
—No mire, no vale la pena.
Fue en ese momento que ella se percató de la presencia del oficial Reynolds.
—Si tiene razón —apartó la vista y avanzó sin volver la mirada atrás. Todo había terminado.
Arnold movía nerviosamente el pie, estaba sentado en el catre de su celda y se lamentaba y auto insultaba por haber rechazado la oportunidad de fugarse, pero tuvo miedo de que al hacerlo le acarreara problemas a Helga y ella sufriera más de lo que lo estaba haciendo. Sin embargo, ahora que lo había pensado mejor si hubiera escapado ahora podría estar buscando a su hija, Helga estaba segura de que estaba con vida y él creía en su afirmación.
—¡Soy un estúpido! —se golpeó la pierna con fuerza.
De repente se empezó a notar mucho movimiento en el lugar. Todo se volvió un ir y venir de oficiales. Él se puso de pie y se pegó a las rejas, preguntó qué pasaba, pero en medio del alboroto nadie le hizo caso y entonces, de entre todos los que estaban allí, vio aparecer a Reynolds; llevaba las llaves de la celda en la mano y le abrió la puerta.
Arnold lo miró sin entender lo que pasaba.
—Encontramos a su hija... —hizo una pausa, que a Arnold le pareció interminable —, está bien y en su casa, con su esposa. Puede ir a reunirse con ellas.
No esperó a que se lo dijera dos veces, Arnold salió de allí a toda prisa.
Cuando llegó a su casa se topó con unos cuantos oficiales saliendo de su despacho y detrás de ellos iba su suegro.
—Están en tu habitación —se limitó a decir Bob, era consciente de que había mucho que contarle, pero por ahora sabía que él lo único que necesitaba era reunirse con Helga y la pequeña Miriam, y ellas lo necesitaban a él.
Arnold le agradeció en silencio, sin detenerse.
Ni siquiera llamó a la puerta. Entró a su habitación y se topó con una imagen que tuvo miedo de no volver a ver jamás...
Helga estaba de pie junto a la cuna, a punto de poner dentro a la pequeña Miriam.
—¡Arnold!
Ambos acortaron la distancia que los separaba y él por fin, después de tanta incertidumbre, pudo ver a su hija y cerciorarse de que estaba bien, acarició su pequeña y rubia cabecita, y sintió las lágrimas escocerle los ojos.
—Gracias por no perder la fe en mí —dijo con voz temblorosa, las rodeo firme pero gentilmente con sus brazos, y Helga pudo sentir que todo volvía a estar bien…
FIN
Pues esta historia llegó a su fin, espero que hayan disfrutado al leerla y mil gracias por darle una oportunidad y por todo su apoyo.
