—Por suerte George te vio —dijo Arnold mientras alimentaba el fuego de la chimenea de su habitación. Helga apretó más contra sí la manta que la envolvía. Rose le había dado un camisón limpio y seco para cambiar sus ropas mojadas, pero aún tenía frío —¿Qué pasó? —se le acercó. Su voz estaba impregnada de auténtica preocupación y su mirada también —¿Es por lo que te conté? No deberías sentirte mal por eso...
Ella negó con vehemencia.
«¡Estás loca! ¡Has heredado su locura! ¡Estás loca igual que ella!»
Siguió sacudiendo la cabeza de un lado al otro y soltó la manta para cubrirse los oídos.
Arnold la llamaba, pero ella no lo escuchaba, solo podía escuchar las crueles palabras de su hermana.
—Tranquila...Tranquila... —la abrazó con firmeza, pero cuidando no lastimarla —Lo que sea que fuera, ya pasó. Estoy aquí contigo —la sintió comenzar a estremecerse, pero no de frío, estaba seguro de eso. Helga estaba llorando.
Arnold no tenía idea de porqué ella estaba así, pero le dolía verla en ese estado ¡Si tan sólo él pudiera hacer algo para calmar su sufrimiento!, pensaba él.
¡Era una tonta, más que tonta! Se había propuesto no verlo más, alejarse de él por su bien, pero sus pasos sin rumbo la llevaron, en medio de la noche y la lluvia, hasta él. Porque Arnold era el único con quien quería estar en ese momento y para siempre.
«¡Estás loca!»
Volvió a escuchar.
Él la apartó un poco y ella de inmediato echó en falta su calidez. Arnold tomó sus manos, dejando libres sus oídos y acunándolas entre las suyas.
—Mírame, Helga... —le pidió con una incipiente triste sonrisa en los labios y ella obedeció —¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudarte?
Ella no necesitaba su ayuda, necesitaba su amor. Eso quiso decirle, pero se mordió la lengua y soltando una de sus manos de su agarre, le acarició el rostro.
Su mano estaba helada, pero su toque era más que agradable, pensó Arnold cerrando los ojos y concentrándose para disfrutar más de esa sensación.
—Te amo...
Él abrió los ojos de golpe.
¿En verdad ella había dicho eso? Su duda se disipó cuando se encontró con sus ojos azules, ellos lo decían todo y supo que aquella declaración no fue producto de su imaginación.
Arnold podría ponerse a reír de felicidad en ese momento y solamente la reticencia a alejarse de ella le impedía ir a abrir las ventanas de par en par y gritar a todo pulmón su felicidad porque su amor era correspondido, podría hacer tantas cosas para celebrar el momento, pero solo había algo que deseaba hacer en ese momento y eso fue apoderarse de sus labios.
La calidez de los labios masculinos pronto borró el frío que Helga aun sentía y cuando el beso terminó, ella protestó y fue esta vez su turno para adueñarse de los labios de Arnold.
Era un juego peligroso, le susurraba en la mente la poca cordura que le quedaba a Arnold, debía detenerse, pero Helga no se lo estaba poniendo fácil. Sus labios eran demandantes y su cuerpo, cubierto solamente por la fina tela del camisón, se pegaba al suyo, restregándose con inconsciente sensualidad y entrega.
Debía apartarse, tenía que hacerlo y lo intentó, pero la súplica de Helga, dicha con una respiración entrecortada, de que no se alejara, acabaron con toda la poca sensatez que quedaba en él.
La llevó hasta la cama. La miró atentamente por unos instantes, estaba hermosa, con una actitud de total abandono, dispuesta a entregarse por completo y su corazón se oprimió de felicidad. No podía pedirle más a la vida.
Helga sintió que ya no era dueña de sí misma. Ni siquiera protestó cuando él con algo de torpeza la desnudó y mucho menos lo hizo cuando los labios y manos de Arnold comenzaron a vagar a lo largo de su cuerpo, incluso en aquellos lugares en los que nunca se imaginó permitir que nadie la tocara. Las sensaciones eran tan intensas que se volvieron una tortura y de repente se encontró pidiendo algo que desconocía que era, pero que sabía que quería alcanzar.
Después de que Arnold pudo despojarse de su propia ropa, la cubrió con su cuerpo y le susurró algo al oído, pero las palabras se perdían entre el mar de nuevas sensaciones y era difícil comprenderlas.
Un dolor agudo la invadió y se aferró con fuerza a él, aunque no estaba segura de si quería hacer eso o alejarlo. Arnold seguía hablándole al oído y el dolor empezó a disminuir y dejó paso a una sensación desconocida pero placentera y entendió que en ese momento eran uno en cuerpo y alma, y pronto se vio envuelta por un creciente placer que la arrastró al clímax.
—Cásate conmigo —Arnold lanzó la pregunta y la sintió negar contra su pecho, él sonrió con desgano —. Entiendo...nada de matrimonio —no iba a presionarla para que terminara cediendo y convirtiéndose en otra Cecile encerrada en un indeseado matrimonio, no, no iba a dejar que la historia se repitiera —. Si así lo quieres así será. Hagamos realidad lo que la gente dice de nosotros —se conformaba con eso si de esa manera ella estaba a su lado —Si quieres en algún momento podemos recorrer el mundo juntos, viajar cómo deseas ¿A dónde te gustaría ir primero? ¿Italia? ¿Francia? ¿Un lugar más exótico?
En el único lugar en el que ella quería estar, ya lo estaba, pero no podía ser tan egoísta como para condenarlo a una pesarosa existencia a su lado.
Helga no dijo nada, solo se acercó más a él y se quedó quieta, después de un rato Arnold pensó que se había quedado dormida y se dispuso a seguir su ejemplo. Cerró los ojos sabiendo que esa noche dormiría cómo no lo había hecho en años, tranquilamente y con el pecho henchido de felicidad.
Contrario a él, Helga no durmió. Se sentía atormentada, no por lo ocurrido, sino por lo que nunca podría ser...
Unas horas después, antes de que amaneciera, se pusieron en camino a la residencia LeSham.
—¿Estás segura que no quieres que vaya contigo? Si hay que dar explicaciones o hacerle frente a tu familia, lo haré. No tienes porque hacerlo tú sola.
—No creo que siquiera hayan notado mi ausencia. Así que no te preocupes.
Se recargó más en él. Iban en el mismo caballo y Helga quería guardar en cada fibra de su ser lo que se sentía al estar así, tan cerca de él, porque había tomado ya una decisión y a partir de que se despidieran no volvería a verlo más. No tenía idea de cómo iba a lograrlo, ni si tendría las fuerzas para hacerlo, pero por el bien de Arnold esta vez sí debía alejarse definitivamente.
—Bien —suspiró él —, pero si surge algún problema me lo harás saber y yo estaré allí de inmediato.
—Aquí está bien —dijo, sin responder a la petición que él acababa de hacer.
—Puedo acercarme más...
—No, aquí está bien, en verdad. Ya no está lejos.
Él no estaba muy de acuerdo con eso, pero aun así hizo lo que ella le dijo. Desmontó del caballo y luego le ayudó a bajar, demorando en esa acción. No quería dejarla ir.
—Te amo —le dijo él, cuando ella tocó el suelo y luego la besó.
No podía él saber cuanto daño le hacían esas dos palabras y tampoco que ese era su beso de despedida, pensó Helga y en cuanto se separaron ella dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.
—¿Dónde estabas? —Olga lanzó la pregunta en cuanto la vio.
Helga se sorprendió al ver a su hermana y a su cuñado, obviamente esperándola y se quedó en silencio.
—Estabas con ese, ¿cierto? —la volvió a cuestionar su hermana mientras se acercaba —¡Habla! —gritó al ver que su hermana menor no respondía.
—Creo que sabes muy bien la respuesta, Olga.
—¡Ramera! —la mano de Olga se levantó, pero no llegó a su objetivo.
—Tranquila, cielo —Doug también había caminado hacia ella y detuvo la mano de su esposa y aun la sostenía cuando añadió—. No te molestes con nuestra hermanita por una niñería —la soltó y caminó un poco más hasta quedar a un par de pasos. Estaba realmente calmado, nada que ver con lo alterada que estaba su esposa —No hizo nada malo ¿No es así hermanita?
La miró directo a los ojos y Helga desvió la mirada, Doug entrecerró los ojos y la miró por completo de arriba abajo y lo supo... Su nerviosismo, aquel rastro de culpa y vergüenza, así debió verse Eva al ser descubierta después de comer el fruto prohibido. La sangre comenzó a hervir en sus venas y un zumbido ensordecedor rugía en su cabeza. Le tomó el brazo con tanta fuerza que Helga soltó una queja de dolor y al verlo a los ojos ella se petrificó, estaban llenos de ira.
—¿Por qué? —fue la corta pregunta de Doug, pero encerraba todos sus reclamos, ¿por qué se había dejado mancillar?, ¿por qué dejó que ese, con toda su suciedad, la poseyera?, ¿por qué le entregó a él su valiosa pureza? La respuesta apareció inmediatamente en su cabeza. Él la tentó...fue como la serpiente y se aprovechó de la inocencia de su amada hermanita… Ese tal Shortman era un demonio y el lugar de los demonios era el infierno… Ya se encargaría él de mandarlo allá, sabía cómo hacerlo. Por lo pronto había algo más apremiante que hacer. La soltó. Su hermanita no tenía culpa alguna, tan solo había sucumbido ante una influencia malévola, pero todo tenía solución. Él lo arreglaría todo a su debido tiempo. Helga vio sus ojos vaciarse de la ira y llenarse de ternura —Ahora tendré que tomar cartas en el asunto, hermanita —le acarició la mejilla —. No te preocupes, yo me encargaré de todo. Yo cuidaré de ti…
CONTINUARÁ...
Aquí les dejo este capítulo algo cortito, pero que espero hayan disfrutado. Muchas gracias por su apoyo y si dejan su review de antemano les agradezco por tomarse el tiempo para dejarme saber lo que piensan, me gusta mucho leerlo ^_^
