Helga se levantó de la silla que ocupaba.
—¿A dónde vas? —Olga le preguntó.
Estaban en el jardín principal, su hermana mayor hacía que fueran allí a diario, a tomar un poco de sol y aire fresco.
—Estoy un poco cansada, ¿puedo retirarme?
—Está bien, puedes hacerlo.
Llevaban cuatro meses y unos pocos días en ese lugar. Era una propiedad que Doug tenía en una zona remota, un pequeño pueblo sin mucho atractivo turístico y nada popular. Olga parecía odiar estar allí, pero era la decisión de su marido y no le quedaba más remedio que acatarla, Helga sabía bien eso.
La razón de haberse recluido en ese lugar fue para alejarla de Arnold. Doug la sacó de inmediato de la residencia principal y ella por supuesto estuvo de acuerdo, después de todo era lo que quería, alejarse de él para no volver a caer en la tentación y para que él siguiera con su vida. Su amor no tenía futuro y era mejor que la distancia y el olvido lo extinguieran.
Entró a su habitación y cerró con seguro.
Aunque ahora necesitaba alejarse más, no solo de Arnold sino también de su familia...
Puso las manos sobre su vientre.
Si no lo hacía cuanto antes, ellos se darían cuenta de su embarazo.
Estaba aterrada.
Y no solo por la situación en la que se encontraba...
¿Qué vida podía esperarle a esa pobre criatura, condenada incluso antes de ser concebida?
—Perdóname...
El llanto comenzó a recorrer su rostro.
Se había jurado tantas veces no arrastrar a nadie hacia el aterrador destino que traía consigo la locura y, aun así, a pesar de las pocas esperanzas en el futuro, de alguna manera permanecía la ilusión de llevar en su interior al fruto de su unión con el hombre que amaba y amaría toda su vida.
—No sé lo que nos espera, pero te prometo que siempre estaré a tu lado.
¡Vaya cosa!...
Bob por fin estaba de regreso para reunirse con sus hijas, pero en lugar de eso se encontró con que su familia se había marchado al lugar más alejado y poco conocido que pudieron, y además dejando instrucciones de que solo a él y nadie más se le diera la información de su actual ubicación.
Bob no podía estar más intrigado. No podía entender porque habían hecho aquello si se suponía debían de estar buscando un buen prospecto a Helga. En fin, no le quedaba más remedio que ir hasta allá y reunirse con ellos para saber lo que pasaba, aunque se quedaría por esa noche allí y ya partiría al día siguiente.
Su cuerpo, cansado por los días de viaje, le demandaba descanso y estaba a punto de irse a la cama, cuando llamaron a la puerta de la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó de mala gana.
—Hay alguien que lo busca señor...
Arnold esperaba que el señor Pataki lo atendiera, si no lo hacía, si se negaba, él estaba preparado para forzar su encuentro, no estaba dispuesto a rendirse. Al principio lo hizo, en el momento en que se enteró que Helga se había marchado, pensó en dejarla ir sin más. No quería repetir una persecución como la que años atrás llevó a cabo con Cecile y llegar al mismo desenlace, no lo soportaría, pero esa determinación no duró mucho tiempo, estaba preocupado por Helga, necesitaba asegurarse de que ella estaba bien y verla, aunque fuera una vez más, aún si era para escucharla que ya no quería volver a verlo.
Pero habían pasado cuatro meses y parecía que la tierra se la hubiera tragado, cada día que pasaba sus esperanzas de encontrarla disminuían...
Pero ahora que Bob Pataki había vuelto había una esperanza.
—¿Quién es usted? —Bob lo miraba con el ceño fruncido, mientras le preguntaba aquello —, no lo conozco —aceptó recibir al imprevisto visitante porque pensó que cualquiera que se presentara a esa hora en una casa ajena debía tener algo importante que tratar, pero lo primero era saber la identidad del total desconocido que tenía enfrente.
Arnold tomó aire, sabía que tenía que apostarlo todo si quería lograr su objetivo.
—Soy Arnold Shortman... El amante de su hija Helga —dijo sin titubear.
—¿Qué clase de broma es esta? ¿Qué pretende apareciendo ante mí diciendo semejante cosa? ¡Fuera de esta casa!
—Le ruego que me escuche —Arnold podía ver sus puños apretados, sus hombros rígidos y la furia en su rostro. Bob Pataki era un hombre grande y robusto, muy intimidante, pero no estaba dispuesto a retroceder —, se lo suplico...
Bob observó bien a aquel hombre, lucía cansado, no, más bien agotado. Su postura lo hacía ver como alguien que estaba rendido, era como si estuviera a merced suya, le daba la impresión que podía lanzarse sobre él y molerlo a golpes, y él no opondría resistencia... ¿Qué había llevado al tal Shortman a llegar a ese estado?... Suspiró, solo había una forma de saberlo.
—De acuerdo, tiene cinco minutos...
—¡Oh, papá! —Olga lo recibió con un efusivo abrazo.
—Me alegra verte hija... ¿Dónde está tu hermana? ¿Está bien?
—Sí, papá —respondió Olga un poco extrañada por la premura con la que hizo la pregunta.
—Necesito hablar con ella —dijo ya con más tranquilidad. Estuvo preocupado por Helga debido a la información que tenía, pero más por la que carecía, sin embargo la respuesta de su hija mayor lo calmó.
—¡Ay, papá! Si supieras lo que Helga hizo, Doug ha sufrido tanto por eso.
Bob le dio unas palmaditas en el brazo.
—Ya me contarás después, ahora dime dónde está tu hermana, en verdad necesito hablar con ella.
—De acuerdo, está en su habitación...
Olga le habló al mayordomo y este llevó a Bob hasta donde su hija se encontraba.
Bob llamó a la puerta y esperó la invitación para poder entrar.
—Adelante.
Cuando Helga vio a su padre, realmente se emocionó. Llegó a creer que no podría verlo antes de partir y ahora estaba allí.
—¡Papá! —corrió a abrazarlo —¡Te extrañé!
—Yo también te extrañé, pequeña, pero no vine aquí sólo para verte,debemos hablar muy seriamente.
Bob se sentó en la cama y la invitó a sentarse al lado suyo. Helga lo hizo.
—Antes de venir aquí, te imaginaras que estuve en casa, ¿y sabes? Tuve una visita muy inesperada y bastante «curiosa» de un tal Arnold Shortman.
Helga desvió la vista y de repente parecía que encontraba bastante interesantes las arrugas inexistentes de su falda.
—Lo que te haya dicho no es más que una tontería y no tiene importancia... —ahora retorcía sus manos nerviosamente.
—Yo no diría que es una tontería insignificante presentarse ante mí diciéndome que era tu amante.
Helga se puso de pie de un salto.
—¿De verdad te dijo eso? —Bob asintió y ella se dejó caer de rodillas frente a él, no tenía caso negar la verdad, tomó con ambas manos una de las enormes manos de su padre —¡Perdóname, papá! Yo...
Con la mano libre Bob le dio unas palmaditas en la cabeza, igual que solía hacer cuando era una niña pequeña solo que, aunque le costara, tenía que aceptar que ahora su hija era una mujer.
—No te preocupes, todo tiene arreglo y por lo que ví estoy seguro de que él no se negará a responsabilizarse.
—De ninguna manera —Helga volvió a levantarse, le dio la espalda y se alejó unos pasos —. No tiene nada de que responsabilizarse, fue un juego que los dos decidimos jugar... Lamento deshonrar a la familia de esta manera, pero yo sabía lo que hacía y soy yo quien tomará la responsabilidad de mis actos...
—Ya veo...¿Un juego, dices?... Eres buena actuando, tanto que casi me convences, pero no se te olvide que yo te vi suspirar mientras escuchabas los cuentos de príncipes y princesas, te vi soñar con tu propia historia de cuentos de hadas, pero sobre todo...te conozco tan bien que sé que no harías lo que hiciste sino amaras a ese muchacho y aunque no lo conozco a él, sé que no cualquiera sería capaz de presentarse ante mí, completamente vulnerable y dispuesto a humillarse, a suplicar para saber dónde estás y si te encuentras bien. Realmente está preocupado por ti —Helga se giró rápidamente para verlo —. Ese hombre realmente te ama...
La respiración de Helga se agitó y sus ojos se inundaron de lágrimas.
—Lo nuestro no tiene futuro...
Bob suspiró.
—Ya basta —se puso de pie —. Te llevaré con él y arreglaran sus problemas.
—¡No! ¡Tienes razón, lo amo, más de lo que jamás creía que amaría a alguien y es por eso que no voy a atarlo a alguien como yo!
—¿Alguien cómo tu? Vamos hija ¿A qué te refieres con eso?
—A alguien que va acabar sus días igual que lo hizo mamá o peor...y yo no... ¡No voy a arrastrarlo a un infierno así, como al que nos arrastró mamá!
—Eso no va a pasar.
—¡No fue lo que el doctor dijo!... Lo escuché, papá. Escuché cuando dijo que la locura de mamá era hereditaria.
—No es así, a ti no te pasará eso.
—Ya no trates de negarlo, porque hacerlo no cambiará las cosas.
Bob se dejó caer pesadamente en la cama y miró a su hija por largo rato, antes de volver a hablar, después de soltar un largo suspiró.
—Pero la verdad sí lo hará... Miriam no era tu madre... —Helga lo miró estupefacta —Tu madre es una mujer que conocí durante uno de mis viajes de negocios, tuve una aventura con ella. Cuando me dijo que estaba embarazada, también me dijo que no podría cuidar de ti y yo tomé la decisión de hacerme cargo. En mis planes no estaba que Miriam se enterara, pero ella me conocía bien y terminó por sacarme la verdad, sorprendentemente lo tomó muy bien. Dijo que después de todo yo no sería ni el primer ni el único hombre con un hijo ilegítimo y que todo estaría bien mientras que primero, no volviera a serle infiel y segundo, que mantuviera a mi hijo ilegítimo alejado...pero entonces... Ella estaba embarazada por aquella época y tuvo un aborto, eso hizo que algo cambiara en su forma de pensar y me pidió ir por ti. Ocultamos lo que le ocurrió y nos alejamos de la vida social, cuando naciste ella fue la primera en tomarte en brazos, en ese momento te convertiste en su hija y así te presentó días después ante todos nuestros conocidos.
¿Podía creer en eso? Se preguntaba Helga ¿Era verdad o solo una estrategia de su padre para convencerla de que la locura no corría por sus venas?
Si aquello era cierto entonces todas aquellas ocasiones en que su madre la negó como hija no fueron producto de delirios.
—Perdón... Lo siento tanto... —dijo Bob —Ella te quiso...en verdad lo hizo... Antes de que su locura nos la arrebatara fue una verdadera madre para ti, pero no llevas su sangre...
No fue la voz de su madre negándola o las palabras de su padre las que terminaron por convencerla, sino la imagen completamente abatida y empequeñecida del hombre que ante sus ojos siempre pareció imponente y fuerte. Se sentó al lado de él y tomó sus manos.
—No tienes que pedirme perdón...
—Tengo que... Por mi egoísmo, por mi miedo a que ante tus ojos ya no fuera el padre del que podías sentirte orgullosa, el hombre recto que podías poner de ejemplo...por eso fue que te oculté toda la verdad y mira el daño que te he causado...
Era la primera vez que lo veía llorar, ni siquiera cuando su madre murió lo vio hacerlo; no es que no hubiese llorado, lo hizo, pero no delante de ella.
Solo pudo abrazarlo y dejar fluir sus propias lágrimas.
—Nada ha cambiado, sigo estando orgullosa y agradecida de que seas mi padre... Te quiero papá.
Unos minutos después, cuando se calmaron un poco, él le preguntó...
—Y entonces, ¿ahora qué hacemos?
—¡Llévame con él, papá! ¡Llévame con Arnold!
—¿Cómo es eso de que se marchan? —Doug se plantó frente a ellos para evitar que siguieran avanzando.
—Pues eso, nos vamos. Gracias por cuidar de mi hija, Doug.
—¡No puedes llevártela! ¿Tienes idea de por qué la traje aquí?
—Si, ya estoy informado y te lo vuelvo a decir, gracias por ocuparte de ella, pero ya todo está solucionado.
Quisieron avanzar, pero Doug se los volvió a impedir.
—¿Vas a llevarla con él? —Bob le dijo que sí —¡Se aprovechó de ella! ¡Él no se la merece! ¡Ese tipo no está a su altura!
—No somos nosotros los que vamos a decidir eso…
—¡No tienes idea de quién es él realmente! —volvió a intervenir Doug.
—Pero Helga sí lo debe de saber y además lo quiere y eso es lo que importa.
Helga se sonrojó un poco por lo que su padre dijo y notó que Doug la miraba como preguntándole si aquello era verdad, y ella asintió.
—No sabes lo que haces, pero pronto te darás cuenta de tu error y yo estaré dispuesto a recibirte de regreso.
Tanto Helga como su padre se extrañaron al oír eso, pero no dijeron nada, aprovecharon que Doug se quitó de su camino y salieron de la casa.
Viajaron por días completos sin detenerse para dormir en alguna posada, solo cambiaron de caballos y siguieron su camino, Helga ansiaba llegar lo antes posible.
Estaban a pocos kilómetros de llegar cuando su padre le dijo...
—Y bien...¿no hay otra cosa que tengas que decirme?
—¿Otra cosa? ¿Cómo qué? —sí había, pero no creía que su padre sospechara siquiera, así que evitó tocar su vientre y miró por la ventana.
—No necesitaste hacer las maletas, ya las tenías listas. Hace cuatro meses que estabas allí, no me vayas a decir que no habías desempacado ya.
—Yo...
—Tampoco sabías que iba a llegar por ti y aunque lo hubieras sabido, no estabas dispuesta a regresar conmigo, así que no empacaste porque fueras a volver.
—Pues...yo...eh...
—Ibas a escaparte, ¿no es así? —ella asintió —¿Y porque harías eso? Por tu romance con Shortman no lo creo, te hubieras ido mucho antes estoy seguro —¿por qué su padre se empeñaba ahora en jugar al detective? Estaba claro que en algún momento tendría que decirle, solo que no estaba lista aún para hacerlo —¿Vas a decírmelo ahora o sigo con mis especulaciones?
Finalmente Helga negó y suspiró largamente.
—No es necesario. Papá...yo...estoy embarazada...
—Mira que eres igual de necia que yo, tanto que a pesar de eso te negabas a volver... —movió la cabeza negativamente, pero una sonrisa ligera apareció en sus labios —Bueno, tendrán que organizar rápido la boda —Luego añadió, sonriendo más ampliamente —. Me alegra saber que pronto seré abuelo, me gustaría que las cosas hubieran sido un poco diferentes, pero —se encogió de hombros —aun así, estoy feliz...
Era de noche ya, cuando Arnold escuchó la llegada de un carruaje y se asomó por la ventana de su habitación, justo para ver salir del vehículo al señor Pataki y su corazón se detuvo cuando lo vio alargar el brazo para ayudar a alguien a bajar también.
Rogó a Dios que fuera ella.
—Helga… —lo era.
Salió rápidamente, corrió por el pasillo y bajó las escaleras de dos en dos. Llegó al pasillo que daba a la puerta principal, justo cuando ella entraba.
Se detuvo en seco, de repente estaba paralizado.
¿Era posible que su corazón latiera tan rápido? Sentía que podía acabar saliéndose de su pecho.
Ella estaba de pie frente a él, a solo unos pasos.
Meses buscándola, cada día con la incertidumbre de si la encontraría y cada día con la certeza en aumento de que no la volvería a ver...
...Y ahora estaba allí, tan cerca y en sus ojos podía ver que ella sentía lo mismo que él, que también le había dolido la separación.
Estiró la mano en una muda invitación y ella corrió hacia él.
Hubo risas, lágrimas, un abrazo y algunos de los besos que habían quedado en espera por la abrupta partida de ella.
—Estás aquí...de verdad estás aquí —decía él, mientras le acariciaba el rostro limpiándole sus lágrimas, las propias parecían no importarle —. Gracias —dijo mirando más allá de Helga, a Bob.
—No tienes nada que agradecer, muchacho. Fue ella quien quiso regresar, yo no la hubiera obligado a volver.
—Me hiciste sufrir mucho, ¿sabes? —volvió a centrar su atención en ella —La pasé muy mal.
—Perdóname...
—No hay nada que perdonar...solo no vuelvas a hacerlo, no vuelvas a apartarte de mí, por favor.
El nudo en la garganta, que se le hizo por la forma en que él la miraba, no la dejó responder que no se volvería a separar de él, que tendrían que arrancarla a tirones para alejarla de su lado...
—Pues lo siento mucho, muchacho, pero por ahora tendrá que hacerlo. Tenemos que irnos, estoy molido por el viaje y quiero ir a descansar.
—Pueden quedarse aquí —ofreció Arnold de inmediato.
—Gracias, pero sabes que no sería correcto, muchacho.
—Tiene razón —con reticencia se separó de ella, no sin antes besar sus manos con fervor.
Helga sentía que estaba flotando, dentro del mejor sueño de su vida.
—¿Puedo ir mañana a primera hora a hablar con usted, señor?
—Mejor que sea más tarde, deja descansar a este pobre hombre.
—Si, así será —le ofreció el brazo a Helga y los acompañó al carruaje —Hasta mañana, amor —le dijo antes de que ella subiera al carruaje y le dio un último y suave, aunque corto beso. Luego se quedó allí, de pie, hasta que ya no vio más el carruaje.
Regresó al interior de la casa con una enorme sonrisa en el rostro, al verlo George sonrió también, era la primera vez en todos los años que llevaba a su servicio, que Arnold lo veía hacer eso.
CONTINUARÁ...
