Tal como lo dijo, al día siguiente Arnold se presentó en la residencia LeSham a una hora que esperaba fuera la correcta.

Al entrar al despacho y verlo, Bob sonrió, se notaba su nerviosismo a leguas.

—Te veías un poco más desafiante en nuestro primer encuentro, muchacho.

—¡Lamento eso! En verdad le pido una disculpa por presentarme como lo hice y por haberle dicho lo que le dije y por todo lo demás…

Bob suspiró y fue a sentarse, le indicó a Arnold que hiciera lo mismo y tomó el sitio que había frente a él.

—¿Qué puedo decir? La verdad es que ningún padre estaría feliz de enterarse que su hija tiene un amante —Arnold iba a decir algo, pero Bob se lo impidió haciendo un ademán con la mano —, pero lo hecho, hecho está y lo que importa es que de ahora en adelante hagan las cosas de manera correcta.

—Hablando de eso... Antes de continuar con la razón principal por la que he venido, es necesario que sepa algo sobre mi... —inhaló profundamente —La gente dice que soy un asesino, que maté a mi primer esposa... —miró a Bob para ver su reacción, pero no hubo ninguna, así que Arnold continuó —Y la verdad es que no puedo negar que tuve responsabilidad en su muerte, pero yo no la maté.

Comenzó a narrarle cómo ocurrieron las cosas y en ningún momento hubo por parte de Bob un gesto, exclamación o palabra que le ayudaran a saber a Arnold lo que estaba pensando.

Finalmente Arnold terminó su relato y Bob por fin habló.

—Helga me comentó sobre eso a grandes rasgos, dijo que te acusaban de algo terrible, pero que tú no habías hecho nada malo —Arnold sabía que Helga no lo veía como un asesino, pero saber que lo defendió era llegar a otro nivel. Era un hombre muy afortunado, no cabía duda —. Si ella confía en ti, yo no tengo porqué hacer lo contrario. Además... Todos tenemos esqueletos en el armario... —suspiró largamente —Es momento de que me escuches a mi —hizo silencio un instante y luego con mirada ausente, continuó —Mi esposa murió hace poco...

—Lo sé, después de una larga enfermedad, me lo comentó su hija...

Bob asintió.

—Supongo que no te dijo de qué enfermedad se trató.

—No, señor.

—No fue algo físico, fue un mal en su mente lo que la arrastró a una muerte prematura y a Helga y mí nos hizo vivir aislados por mucho tiempo. Un mal que, desafortunadamente, hay posibilidades de que sea hereditario...

Y entonces Arnold entendió por qué ella se había alejado… Lo comprendió todo y sólo pudo mirar fijamente al hombre que tenía enfrente y dijo sin titubear.

—No me importa. Quiero pasar cada uno de los días que me quedan de vida al lado de su hija. El panorama más difícil que puedo tener para mi futuro, es el de vivir sin ella.

—Es bueno escuchar eso, pero no es necesario siquiera que pienses en algo así. Helga está libre de esa maldición. Ella y mi difunta esposa no comparten parentesco alguno, sólo es hija mía —se preguntaba si acaso esa revelación también lograría ser superada o la ilegitimidad del origen de Helga, pesaría lo suficiente para romper el amor que él decía profesar a su hija.

—¿Helga lo sabe?

—Sí, de otra manera no hubiera regresado a tu lado. No estaba dispuesta a atarte a ella y años venideros de cuidados y sufrimientos... ¿Qué opinas de su origen?

—No puede importarme menos. Usted lo dijo, todos tenemos algo en nuestras vidas, ocultas y que nos impide ser perfectos, pero para mí, el origen de su hija no es algo de qué preocuparse. La amo por quien es ella y lo único que me importa es que esté a mi lado. Quiero casarme con ella, claro, si usted está de acuerdo.

—Por supuesto y estoy dispuesto en darles mi bendición, siempre y cuando ella acepte tu propuesta, así que... —Bob se levantó, sintiéndose más ligero que hacía unos instantes, cuando tenía el temor de que sus confesiones terminaran por separar a esos dos —Es momento de que hables con ella —caminó hacia la puerta y se giró para verlo otra vez antes de abrir la puerta y salir —. Tiene algo importante que decirte.


Helga estuvo esperando bastante ansiosa a que su padre saliera. Cuando al fin lo hizo, fue de inmediato hacia él.

—¿Qué pasó?

—¿En serio hubieras sido capaz de dejarlo? —Helga asintió —Fue bueno que no lo hicieras, de verdad te ama y es un buen hombre ¡Anda, chiquilla necia! Ve a hablar con él —le dio un pequeño empujón como aliciente y se retiró después de cerrar la puerta para darles privacidad.

Helga entró hecha un manojo de nervios por no saber como decirle acerca de su embarazo o cómo iba a tomárselo él, pero en cuanto lo vio ir hacia ella con una radiante sonrisa se olvidó de eso y cuando la tomó entre sus brazos y la besó, se olvidó de todo.

—¿Cómo has estado? —le preguntó él, mientras la conducía hasta el sillón en donde se sentaron uno al lado del otro. Ella no podía decir que bien porque había estado lejos de él, así que solo asintió —Tu hermana y su esposo... ¿Te hicieron algo?

—No. Ellos no serían capaces, sólo estuvieron molestos conmigo un tiempo, es todo.

A Arnold le tranquilizó mucho escuchar eso.

—Tu padre dijo que tenías algo importante que decirme, ¿qué es?

Helga bajó la cabeza y se mordió el labio con nerviosismo. Arnold con gentileza la hizo levantarla y sus ojos se encontraron.

—¿Qué pasa, Helga? —su voz fue suave y dulce. Tal vez no debería presionarla, pero entre más pronto hablaran sobre el tema, más pronto podría él hacer su proposición —Dime...

—¿Mi padre...te contó sobre la enfermedad de mamá?

—Sí, también me habló acerca de que ella no fue tu verdadera madre y no pasa nada, eso no va a alejarme de ti.

—Pero lo primero si iba a alejarme de ti.

—Helga...

—No, escúchame...por favor es necesario... Desde antes de conocerte había tomado la determinación de no casarme, de no formar una familia. Por eso quise arruinar mi reputación y acabar con cualquier posibilidad de un matrimonio. Aunque, creo que terminé recurriendo a la persona menos indicada —sonrió un poco y le dedicó una mirada llena de amor —y aun cuando nunca quise abrirle mi corazón a nadie, tu entraste en el y te instalaste sin que pudiera evitarlo, pero no importaba lo mucho que te amara —él tenía ganas de abrazarla y apoderarse de sus labios, ante esa confesión de amor, pero se contuvo porque entendía que ella necesitaba hablarle sobre eso, desahogarse. Así que siguió escuchándola con atención —,no quería que sufrieras por mi culpa. Por eso me fui, por eso iba a alejarme de ti para siempre, sin decírtelo... ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo. Yo mismo traté de mantenerme alejado de ti. Te convertiste muy pronto en una amenaza para mi determinación de vivir como un solitario el resto de mi vida...pero ahora estás aquí — él tomó su mano y la besó con la misma intensidad del día anterior.

Helga lanzó una rápida plegaria para que él no se enfadara con ella o fuera a reaccionar mal ante lo que le iba a decir y guió la mano, con la que él sostenía la suya, hasta su vientre.

—Estamos aquí...

La mirada de incomprensión que le dedicó duró tan sólo un corto instante y luego su expresión fue indescifrable y bastante extraña.

—¡No me odies por esto, Ar...! —la súplica de Helga fue interrumpida por el abrupto abrazo de Arnold.

—¿Cómo podría odiarte? —dijo con voz trémula —Antes de conocerte era un hombre condenado que creyó haberlo perdido todo, pero tú me has redimido... —en ese momento fue consciente de que la abrazaba con demasiada fuerza y se separó un poco —Lo siento, ¿te lastimé?

Helga pudo ver que él se encontraba llorando y sabía que ella estaba a punto de hacer lo mismo.

—No, estoy bien —respondió Helga antes de comenzar a trazar un camino de besos por el mismo recorrido de las lágrimas de Arnold, hasta detenerse cerca de la comisura de sus labios y sintiéndose más osada, desvió su recorrido y se apoderó de estos.

Era fácil dejarse llevar por la ola de deseo que crecía rápidamente y que ahora ella ya sabía hasta dónde podía llevarla y dejó de importar el lugar en el estaban, o la posibilidad de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento. Fue Arnold quien pese a las quejas de ella, se separó, pero solamente un poco.

—Tendremos que casarnos pronto —dijo él.

Estaban frente con frente y la calidez de sus alientos se mezclaban, y ella asintió lo poco que pudo.

—Pronto se notará mi embarazo.

—No lo digo por eso, sino porque ya quiero que estes conmigo y que ya nadie nos separe... Te amo, Helga...

Arnold calló con besos el «y yo a ti», que Helga quiso decir.


—¿Dónde está?

Al día siguiente Doug irrumpió en el despacho con una actitud bastante alterada y Bob se limitó a mirarlo con toda la tranquilidad del mundo.

—Pregunté qué dónde está mi hermanita.

Bob regresó su atención a los documentos que revisaba y con la calma que no había perdido, respondió.

—Tu hermanita está con su prometido.

—¡¿Prometido?! —Doug llegó de unos pocos pasos frente al escritorio y lo golpeó con el puño cerrado.

—Eso dije —Bob volvió a mirarlo —. Tranquilízate, Doug... Entiendo que te preocupes por ella, pero está bien.

—¿Bien? ¿Cómo puedes decir eso si está en compañía de un asesino? ¿Lo sabías? Y peor aún... ¡Se la has entregado en matrimonio!

Bob suspiró sonoramente.

—Arnold Shortman no es un asesino... —se levantó y comenzó a caminar hacia su yerno.

—¿Cómo puedes asegurar eso?

—Porque estoy seguro de eso, sino lo estuviera no estaría aquí tan tranquilo, mientras Helga está a solas con él.

—¿Sabes lo que hizo? ¡Se aprovechó de ella!

—Se aman... —llegó a su lado —Nadie se aprovechó de nadie, solamente hicieron las cosas en un orden poco convencional, pero lo malo que hubiera podido ocasionar ese no tan grave error, quedará reparado con su boda —Doug estaba por volver a reclamar, pero Bob le dio un golpe en la espalda con la palma abierta y fuerza considerable, lo suficiente para hacer que su yerno se tambaleara un poco —¡Vamos! Es hora de que tome un descanso y quiero ver a mi hija. Espero que a Olga no le haya parecido pesado el viaje.

De esta manera cortó el intenso momento, pero se fue preparando mental y anímicamente para decirle que la boda sería muy pronto y anunciarle uno de los principales motivos del por qué tenía que ser así.


Rose les preparó de nueva cuenta una cesta con comida y la pareja supo de inmediato a donde ir.

Después de comer lo suficiente, Arnold se recostó sobre la hierba e invitó a Helga a que hiciera lo mismo, ofreciéndole su pecho como apoyo y ella aceptó.

El día era cálido, pero la brisa cargada con rastros del agua fresca del espejo de agua hacía que el ambiente fuera perfecto.

—Hubiera insistido un poco más aquel día en la biblioteca para que me dijeras cómo era tu padre —soltó una corta risa —, hubiera sido bueno ir un poco más preparado para nuestro primer encuentro.

Helga se incorporó un poco para poder verlo a la cara.

—Él no te hubiera hecho nada, mi papá no es ese tipo de persona.

Arnold dudaba un poco de eso, después de todo se presentó ante él para decirle algo realmente chocante, pero...

—Aunque lo hubiera hecho... Yo con gusto hubiera aceptado una paliza si ese hubiera resultado ser el precio a pagar para saber donde estabas y poder estar contigo como ahora.

No cabía duda que él sabía como hacer que su corazón se derritiera, pensó Helga, mientras se le acercaba con la intención de besarlo, pero él la detuvo.

Ella lo miró un poco cómo si estuviera loco y él sonrió. No había nada más que Arnold quisiera en ese momento, pero hoy, a diferencia del día anterior, estaban solos y no habría ese llamado de la razón que le dijera que alguien podría aparecer y que debía detenerse. La tentación era demasiada y el quería hacer las cosas de manera correcta esta vez, en pocos días estarían casados y entonces podría sucumbir por completo al deseo en su interior.

—La boda será la próxima semana sin falta, ya estoy encargándome de todo, pero falta tu vestido, podemos ir con Mademoiselle Babette.

La sola mención de ese nombre, hizo que Helga se pusiera sería y de inmediato se separara de él poniendo una distancia considerable entre ellos.

—¿Helga, qué ocurre?

—Te lo agradezco, pero no necesito un vestido hecho por tu amante.

No sabía de dónde pudo sacar ella esa idea y realmente estaba desconcertado.

—Yo no...

—No tiene caso que lo niegues. Rhonda me lo dijo. Me dijo que la trajiste de Francia y que incluso... —bajó la voz —estuvo antes que tu esposa y seguirá estando, a pesar de que nos casemos.

¡Vaya! Helga estaba celosa. Sonrió sin darse cuenta, ante esa idea y eso para ella fue la gota que colmó el vaso. Se levantó y comenzó a caminar para alejarse más de él.

Habían ido juntos en el caballo de Arnold, porque él no había estado muy de acuerdo en que ella montara sola en su estado y Helga pensaba un poco lo mismo, así que si era necesario volvería a casa caminando.

En eso estaba cuando Arnold le cortó el paso, poniéndose frente a ella.

—La única relación que hay entre Mademoiselle Babette y yo es de negocios, sólo eso.

—Sí,claro —dijo ella en tono sarcástico y negándose a mirarlo.

—Te digo la verdad .Mírame... —ella lo hizo —Sí, yo la ayudé a establecerse aquí, pero fue porque vi el potencial en sus diseños y no me equivoqué. Es un muy buen negocio.

—Pero Rhonda dijo... —no continuó porque de repente se sintió un poco tonta, porque esa información había llegado de una fuente poco confiable.

—No hay nadie más, sólo tú... Te amo... —tomó su mano —¿Aún dudas?

Muy a su pesar, Helga asintió. Aun la carcomían los celos y la inseguridad y así se lo hizo saber.

—Es que ella es hermosa y yo no...

Se acercó más y la abrazó, y Helga permitió que lo hiciera.

—¿Cómo puedes decir eso? Eres hermosa.

Ella negó.

—No necesitas mentirme.

Él se separó de ella para que pudiera verlo a los ojos cuando hablara.

—No miento. Lo eres y no sólo a mis ojos, te lo aseguro. Aunque pareces empeñada en ocultar tu belleza... —en un ágil movimiento llevó la mano hasta su cabello y retiró un par de horquillas, consiguiendo que su cabello se soltara —Así está mejor —él le sonrió —. No sé por qué te empeñas en aprisionarlo con esos peinados.

Helga estaba sonrojada y pasó la mano por su rubia cabellera con cierto nerviosismo, porque él la miraba de una manera que no la dejaba dudar que lo que decía era cierto, con sus ojos verdes oscurecidos tan iguales a como estuvieron aquella noche en la que dejaron de ser unos amantes ficticios.

—Olga dice que debo llevarlo así, pero si a ti te gusta más...

—Me gusta de cualquier forma, pero así puedo acariciarlo mejor —le demostró de lo que hablaba y Helga cerró los ojos, pensando en que no quería que las caricias se detuvieran allí, deseaba más, que recorriera con ellas todo su cuerpo igual que aquella noche. Quería sentirlo tan íntimamente como en aquella ocasión, después de todo estaban a solas y podían hacerlo. Iba darle voz a esa súplica cuando sintió que él se alejó y eso la hizo abrir los ojos.

—¡Vamos! —dijo él, caminando hacia donde estaban sus cosas —Es mejor regresar, tu padre puede empezar a preocuparse.

Ella asintió decepcionada y fue a ayudarle a guardar todo.

Cuando llegaron a la residencia Lesham, se encontraron con la noticia de que los dueños de la casa estaban de vuelta.

Doug los recibió con cara de pocos amigos y de inmediato los cuestionó.

—¿Es verdad, hermanita? ¿Te casas con este?

—No hables así... —lo reprendió ella —Y sí, nos vamos a casar, papá ya dio su consentimiento y Arnold ya se está encargando de todo.

—Aun puedes arrepentirte... Aunque estés esperando a su hijo, yo te recibiré.

Helga estaba realmente anonadada ante la actitud de su cuñado y Arnold estaba igual, pero no iba a permitir que se entrometiera de esa manera en ese asunto.

—Estoy seguro que ella agradece tu oferta, pero es algo totalmente innecesario —dijo Arnold y la miró, como esperando que ella lo apoyara en eso y Helga entendió.

—Así es. Los dos nos amamos y queremos este matrimonio, y sería lo mismo aunque las circunstancias fueran diferentes... —tocó su vientre al decir eso, como queriendo dejar en claro que aunque no estuviera embarazada ellos tomarían la misma decisión —Así que, te lo agradezco, Doug, pero no tienes que preocuparte por mi y espero que la próxima semana puedas acompañarnos, porque por supuesto estás invitado.

Pero Doug no respondió nada, le lanzó una mirada asesina a Arnold y se marchó.

Shortman era un demonio, pensaba él mientras se alejaba. Y era el peor de todos, había corrompido el alma pura de su Helga y lo tendría que pagar, pero no con una sencilla muerte como lo hizo Bristol. No. Para Shortman el castigo debía ser peor. Debía ser algo lento y doloroso.

Y su hermanita...

A ella tendría que regresarle la razón de alguna manera. Iba a liberarla de ese maldito y luego la purificaría para que volviera a ser digna de él.


Y el día por fin llegó.

Todo estaba listo para realizar la ceremonia en la capilla ubicada dentro de los terrenos de la residencia Shortman y un ansioso Arnorld esperaba en la planta baja a que Helga apareciera. Ella había llegado desde temprano a la que desde ese día sería su casa para alistarse.

—Mi hermanita se merece algo mejor... —Doug apareció a un lado suyo y Arnold volteó a verlo —Tú eres quien carga un pasado vergonzoso, no ella y no se merece esto. Solamente cinco invitados y dos de ellos son criados ¡Por Dios! ¿Cómo puedes pensar que ella puede ser feliz con algo así? Si no hubieras abusado de su inocencia, mi hermanita no se hubiera visto forzada a una boda apresurada y mal realizada como esta y lo peor, contigo.

Doug estaba furioso y eso lo notó Bob a la distancia, así que fue en auxilio de su casi yerno.

—Doug, es mejor que vayas con Olga, es con ella con quien debes estar —de mala gana siguió el «consejo» y cuando se marchó, Bob preguntó —¿Qué fue lo que te dijo?

—Sólo la verdad. Esta boda no es la que su hija se merece.

—Cierto...

Arnold se desanimó al ver que Bob también pensaba lo mismo, hubiera esperado algunas palabras de ánimo, pero estaba bien, no podía pedirle que mintiera.

—Puede que Doug tenga razón... —continuó hablando Bob —Pero eso a Helga no le importa —Arnold lo miró esperanzado.

—¿Eso cree?

—Antes de conocerte, muchacho, ella había renunciado a un matrimonio, a formar una familia, pero ahora tendrá todo eso y que seas tú con quién lo realizará, creo que realmente la hace feliz.

—Pero pude haber hecho las cosas mejor. Darle lo que ella realmente se merece este día. Yo pude...

El pequeño golpe que Bob le dio en el brazo y la indicación de que mirara atrás, hizo callar a Arnold, quien hizo lo que le indicó y se quedó sin respiración. Helga bajaba las escaleras y estaba hermosa, y no por el elegante y fino vestido que llevaba o el minucioso arreglo al que fue sometida. No era por eso... Ella siempre estaba hermosa, pero en ese momento irradiaba una luz diferente, que lo cautivaba más de lo que hacía comúnmente.

—¿Lo notas, muchacho? —Bob se puso a su lado —Ella está radiante y la razón eres tú.

Dejó a Arnold sin palabras y fue en busca de su hija, le ofreció el brazo y la ayudó a bajar los escalones que quedaban, caminaron hasta llegar frente a Arnold y allí le entregó la mano enguantada de su hija.

—Cuídala y no dejes que se apague la felicidad que muestra hoy.

Con una leve inclinación de cabeza, Arnold hizo una muda promesa de que así sería, porque el nudo en su garganta no lo dejó hablar.


¿Por qué su mente lo estaba atormentando de esa manera en ese preciso momento? Se preguntaba Arnold.

Volteó a ver a Helga y justo en ese momento ella también lo miró.

Ella le sonrió, pero él no pudo regresarle el gesto.

De repente, sólo podía pensar que años atrás, en esa misma capilla celebraron el funeral de su primera esposa con un féretro vacío ante el altar.

Cecile...

La vida de ella había terminado por su culpa y aun así él estaba reconstruyendo su vida rota por su pecado y no tenía derecho a hacerlo.

Respondió al sacerdote y siguió sus indicaciones, pero la voz de su conciencia, diciéndole que no se merecía ser feliz, no se callaba y no lo hizo aun cuando la ceremonia terminó.

Beso levemente a Helga cuando llegó el momento y eso dejó desconcertada a la ahora señora Shortman, quien no se esperaba un gesto tan frío.

Helga quiso dejar de lado ese pequeño incidente, pero después de cambiarse el vestido por uno más cómodo y volver a reunirse con él, Arnold continuó mostrándose distante. Tal vez para los demás pasaba desapercibido porque era una actitud poco notoria, pero no para ella, que en los últimos días lo vio buscar excusas para no quedarse a solas y que cuando eso pasaba él buscaba pretextos para permanecer alejado.

¿Acaso Arnold ya se había arrepentido de ese matrimonio? ¡Claro! Después de enterarse del pasado de su familia y de su embarazo...

...Su embarazo...

Él le había dicho en repetidas ocasiones que estaba feliz por eso, pero... ¿Y si le mintió? ¿Si realmente él no desea ser padre? ¿Y si esa fue la razón principal para que se casara con ella? ¿Si sólo estaba compliendo con un deber?

—¿Te encuentras bien, hija? De repente te noto pálida.

—Para nada, papá, estoy bien.

—Debe ser hambre, pero Doug ya dio la orden de que sirvieran la comida.

Helga asintió. Doug insistió en que tuvieran un banquete para celebrar, ella no esperaba nada de eso y Arnold no parecía feliz con la idea de tener gente desconocida en su casa, pero acabó aceptando ante la insistencia de Doug. Otra de las cosas con las que de seguro estaba descontento y aumentaban su arrepentimiento por el matrimonio, pensaba ella mirando de reojo a su ahora esposo, quien estaba más interesado en cualquier cosa menos en ella, porque aunque estaba a su lado no la miraba.

Ahogó un suspiro y se concentró en la comida cuando la llevaron.

Rose y George insistieron en regresar a sus trabajos después de la ceremonia, a pesar de que Arnold les dijo que no era necesario que lo hicieran, y fue Rose quien los atendió a ellos con una gran sonrisa. Ojalá Helga pudiera sonreír igual pero a medida de que los minutos avanzaban, volviéndose horas, Helga se sentía más dolida al notar que Arnold evitaba tocarla o siquiera mirarla. Estaba llegando al punto de que ya le era imposible contener el llanto y disimuladamente secó sus ojos.

—¿Qué pasa?

Le preguntó su padre, claro, él la miraba y se dio cuenta, mientras que Arnold la ignoraba y permanecía totalmente ajeno a ella y a lo que le estaba pasando.

—Solo estoy cansada, tengo sueño —se frotó un poco más los ojos, no solo en un intento de convencer a su padre, sino para continuar manteniendo a raya a sus lágrimas.

Bob por respuesta se levantó, haciendo mucho ruido en el proceso y atrayendo la atención de todos.

—Es tarde y Helga está cansada —la miró sonriendo indulgentemente y le puso la mano en el hombro. Helga le sonrió de regreso, o al menos hizo el intento —. Es mejor que nos retiremos.

—¡Pero aún es temprano! —se quejó Doug, llenando de nueva cuenta su copa, igual que lo había hecho varias veces durante toda la celebración.

—Ya oscureció, Doug y además ya has tomado suficiente, es hora de marcharnos ¡Vamos, Olga! Ayuda a tu marido.

Olga se levantó e hizo lo que su padre le pidió y Doug aceptó su ayuda de mala gana.

Helga y Arnold también se levantaron. Ella abrazó a su padre como despedida y Arnold le estrechó la mano a su suegro.

—Cuídala, muchacho. Aunque no creo que sea necesario decírtelo, ¿cierto?

—Así es, señor.

—Llámame Bob, después de todo ya somos familia —palmeó con cierta fuerza el brazo de su «nuevo hijo» y comenzó a caminar junto a Olga y Doug hacia la salida, guiados por el buen George.

Helga lo miraba marchar y estaba a punto de gritarle que regresara por ella, porque Arnold ya no deseaba tenerla por esposa, pero los dedos de él entrelazando los suyos la detuvieron.

—¿Estás cansada?

Ella asintió bruscamente, ocultando los ojos para que no los viera directamente. Lo único que quería en este punto era que la dejara para poder llorar a solas y amargamente, pero eso no pasó. Para su sorpresa se encontró siendo levantada del suelo y llevada en brazos hacia...

Realmente no tenía idea de a dónde la llevaba y no le importaba, sólo quería sentir su calidez y dejar que su aroma la envolviera. Después de todo no podía tener la certeza de cuánto tiempo podría estar así, a su lado, porque tal vez muy pronto él le dijera que debían separarse. Pensar en eso no le hizo bien y sin poder contener más las lágrimas, dejó que fluyeran.

En el momento en que Arnold la dejó de pie al lado de la cama, vio lo que le ocurría.

—¿Helga? ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? —quiso secar sus lágrimas, pero ella se alejó.

—No pasa nada, solo estoy cansada —dijo dándole la espalda.

—Helga —caminaba hacia ella y su voz sonaba preocupada y esa fue la gota que colmó la paciencia de ella.

—¡No necesitas fingir preocupación, Arnold! ¡Sé que no te importo y que ni siquiera quieres estar casado conmigo!

—¿Por qué dices eso?

Helga tomó una honda respiración para controlarse un poco antes de responder y lo consiguió, el enojo se fue para dar paso a la tristeza.

—Porque has estado rehuyéndome e ignorándome todo el día, no, incluso eso ha pasado desde antes. No querías quedarte a solas conmigo y cuando pasaba hacías lo que fuera para mantenerte alejado de mi. Está claro que ves este matrimonio como un error.

Lo escuchó suspirar hondamente a sus espaldas.

¿Era un suspiro de alivio? Seguro lo era. Arnold estaba aliviado por verse descubierto y no tener que seguir fingiendo.

Helga sentía ganas de llorar de nuevo y no se esperaba que él la rodeara con sus brazos e hiciera que pegara su espalda al pecho de él.

—No fue mi intención hacerte sentir de esa manera... Lo siento...

Ella no quería una disculpa e iba a dejarlo en claro. Deshizo el abrazó y se giró para confrontarlo.

Sin embargo, cualquier cosa que ella fuera a decir quedó acallada por los labios de Arnold que se apoderaron de los suyos. Helga luchó un poco al principio, pero no demasiado. Cuando el beso terminó, Helga se negó a mirarlo y se alejó un poco.

—Hoy me has hecho el hombre más feliz del mundo…

—Pues lo has disimulado muy bien.

—Me disculpo por eso, pero —no, no podía decirle que mientras unía su vida a la suya él estaba pensando en su difunta esposa, eso no era justo para Helga, iba a herirla más —...no he podido darte la boda que te merecías, a lo grande y en la que todo mundo pudiera ver lo hermosa que estabas —cerró los ojos y suspiró con desgano —¡Doug tiene razón en eso!

—¿Y por qué escucharías la opinión de Doug? No tiene demasiada idea de esos asuntos y tampoco tiene demasiado buen gusto, ¿recuerdas mis vestidos?

Arnold abrió los ojos para mirarla y notó una chispa de humor en su mirada.

—¡Cómo olvidarlos! Espero que los hayas quemado.

Ambos sonrieron.

—¿Entonces fue sólo eso? ¿No te arrepientes de haberte casado conmigo? —preguntó acercándose a él sin dejar de mirarlo a los ojos y recargando su mano en el pecho.

—Me arrepiento de no haberlo hecho antes —y no se refería a unos pocos días sino a años, ojalá la hubiera conocido hace mucho, incluso antes de haber conocido a… No, no iba a pensar más en ella, suprimió ese nombre y se concentró por completo en Helga, le pasó la mano por la cintura para atraerla más a él y la besó. Sonrió contra sus labios, agradecido de que su enojo se hubiera pasado y estuviera más que dispuesta a aceptarlo.

Entre besos y caricias, Arnold los fue llevando hacia la cama y en el camino fue capaz de deshacerse de su saco y chaleco. Cuando Helga estuvo acostada sobre la cama, él se sentó a su lado y mientras se ocupaba de quitarse la camisa, la miró intensamente.

—Es por esto que me mantenía distante y no quería que nos quedáramos a solas. Honestamente no sé dónde queda mi autocontrol cuando estoy contigo.

Helga sabía que estaba totalmente sonrojada, no solo por sus palabras sino porque él la miraba como si estuviera hambriento y era consciente de que ella lo miraba de la misma manera y ya había esperado suficiente. Arqueó la espalda, elevando sus pechos en una descarada invitación y estiró la mano con la intención de hacer que se acercará, pero antes de que ella pudiera tocarlo, Arnold ya estaba retomando su labor de llenarla de sus atenciones.

CONTINUARÁ...