Helga despertó en la madrugada y le tomó unos pocos segundos darse cuenta de que estaba sola...otra vez…
Eso era ya prácticamente parte de su rutina en su reciente vida de casada.
Arnold se desvivía por ella, era atento, tierno, apasionado y no perdía la oportunidad de decirle que la amaba y ella sabía que sus palabras eran ciertas, sin embargo no podía evitar sentir que esas pocas horas entre la madrugada y hasta que amanecía, ella lo perdía.
Suspiró.
La primera vez que con ojos somnolientos lo vió marcharse no le hizo saber que estaba despierta ni lo detuvo, pensó que no demoraría en regresar y volvió a dormir, cuando despertó Arnold estaba a su lado, abrazándola como todas las mañanas y entonces no le dio importancia, pero un par de días después la situación volvió a repetirse y está vez ella duró despierta mucho más tiempo y él no apareció sino hasta la mañana, deslizándose en la cama y tomando su lugar como si siempre hubiera estado allí.
Aguardó hasta la siguiente noche para confrontarlo justo en el momento en que estuviera llevando a cabo su escapada. Fingió dormir, esperando con paciencia el instante indicado, pero al final no hizo nada para detenerlo. No pudo hacerlo. La expresión desolada de él, la profunda tristeza en su mirada la dejó perpleja y sin saber qué hacer. A partir de entonces se repite la situación, él se escabulle con extremo cuidado y ella lo deja ir, y después, cuando la mañana llega él se comporta atento y amoroso y ella no puede reunir el valor para hacerle frente y saber qué le pasa, porque tiene miedo de ser ella la culpable de su profunda tristeza.
No podía escapar de la culpa ni del pasado y por eso huía de Helga. No podía hacer otra cosa, aun teniendo entre sus brazos a la mujer que amaba con toda su alma, los recuerdos se agolpaban en la memoría y lo atormentaban.
Bajó la vista y la fijó en el objeto que sostenía en su mano y de nueva cuenta, como solía pasarle últimamente, viajó al pasado.
Se detuvieron frente a una vieja cabaña que no estaba lejos del mar, pero si poco visible al estar tras una formación de rocas.
Arnold tomó el brazo del hombre frente a él, que empezaba a caminar, y lo hizo detenerse y girarse para verlo a los ojos.
—¿Cómo pudiste traerla aquí? —le recriminó. Cecil era una dama, era frágil, delicada y no se merecía estar en una pocilga como esa. Arnold sentía el enojo creciendo en su interior.
—Si ella está aquí es por tu culpa —de un tirón se soltó del agarre de Arnold y caminó hacia la puerta de la cabaña.
Después de superar el impacto de las palabras dichas por su antiguo empleado, Arnold siguió los pasos de este y cruzó la puerta que ya estaba abierta. Se detuvo de golpe después de haber dado un par de pasos en el interior. Nada lo preparó para lo que veía y el impacto fue tan grande que lo hizo quedarse inmovil; mientras miraba al hombre que lo había llevado hasta allí, acercarse hasta la casi destartalada cama.
—Amor… Ya estoy aquí —dijo en francés y con una suave voz, al tiempo que tomaba la mano de Celile.
Ella apenas si abrió los ojos para mirarlo y preguntó en un susurro.
—Él vino…
—Sí. Aquí está —soltó su mano y fue hacia Arnold. La dulzura que había en sus ojos cuando miró a Cecile se desvaneció, dando paso a la ira al mirar a Arnold —. Quiere hablar contigo, pero no dejes que se canse —le dijo casi siseante y luego los dejó a solas.
Arnold sintió que el camino de la entrada hasta la cama era infinitamente más grande que el que tuvo que recorrer para encontrarla, aun así lo recorrió sin poder apartar la vista de su esposa.
Cuando llegó a su lado la miró en silencio con el corazón hecho un puño. Su brillante cabello castaño ahora lucía opaco y reseco. Su semblante saludable y sonrosado ya no existía más y ahora una insalubre palidez dominaba en su rostro, al igual que unas facciones marcadas y angulosas provocadas por su delgadez. Quiso llorar en ese momento, pero haciendo acopio de toda su fortaleza se contuvo y tomó su lánguida mano. Ella lo miró sin apartarse, pero no correspondió al agarre como sí lo había hecho con su amante y eso le dolió a Arnold, pero no era momento de darle importancia a eso.
—Cecile —dijo él con suavidad —... Volvamos a casa y haremos como si nada hubiera pasado —le sonrió cálidamente para demostrarle la verdad de sus palabras.
—Aquella...es tu casa...no la mía...nunca lo fue…
Esa declaración lo cimbró desde su interior. Nunca imaginó que ella pensara así. Él trabajó en la remodelación de esa casa por ella, para complacerla con un lugar más que digno para que fuera su hogar y ella nunca lo vio así ¿Qué otras cosas dio el por hecho que nunca fueron así? No se atrevió a preguntar y tampoco pudo hacerlo debido al nudo recién formado en su garganta.
—Él no tuvo la culpa...no vayas a dañarlo...Fui yo quien...quiso huir...Yo le supliqué que lo hiciéramos...Ya no podía seguir a tu lado…No te amaba...nunca pude hacerlo...
De ser otras las circunstancias o de haber podido, Arnold hubiera reído histéricamente. No sólo se acababa de enterar de que nunca fue capaz de proporcionarle un hogar a su esposa, también que su amor nunca fue correspondido.
—Perdóname...Lo siento tanto —dijo ella con una voz apenas audible.
Arnold no podía negar su dolor, pero tampoco podía negar el dolor de ella y la sinceridad de sus palabras, así que asintió en silencio, otorgándole su perdón y ella sonrió levemente en respuesta y cerró los ojos. No volvió a abrirlos, la muerte se la llevó durante la madrugada.
—Buscaré a alguien que se haga cargo de los preparativos —dijo Arnold después de unos minutos del doloroso acontecimiento.
—Tú no harás nada, ya hiciste suficiente —la voz de aquel hombre destilaba rabia y contrastaba con el dolor en sus ojos anegados por el llanto contenido —. Mi Cecile será sepultada aquí, ella así lo quería y yo voy a encargarme de eso.
—Es… Era mi esposa —no deseaba pelear, pero, quizás por orgullo, quería dejarlo en claro.
—¿Y eso te dio derecho a sentirte dueño de su vida?
—Yo jamás…
—¡Pactaste el matrimonio con su padre sin preguntarle a ella si te quería como esposo! ¡La sacaste de su hogar y la arrastraste a kilómetros de su familia y amigos a un lugar en el que nunca se sintió feliz, pero nunca fuiste capaz de ver eso y cuando ella por fin tomó las riendas y decidió sobre su vida, tu no la dejaste y la obligaste a enfrentar una travesía llena de dificultades y mira cómo terminó! —su penetrante mirada caía sobre Arnold, paralizándolo — De no ser por ti mi Cecil hubiera podido ser feliz, pero tú la mataste… Acabaste con su vida desde el día en que pusiste los ojos en ella. No voy a dejar que te la lleves. Sus restos mortales se quedarán aquí, conmigo...pero tú no te irás con las manos vacías. Cargarás con la vida que no le dejaste vivir, los hijos que nunca podrá tener, la felicidad que nunca conoció. Te llevarás contigo la culpa por su triste final y jamás podrás deshacerte de ella. Tu pecado jamás tendrá redención.
Fue como si lo hubiera maldecido, como si hubiera grabado en su alma con hierro esas palabras para que no pudieran ser borradas y lo acompañaran hasta el final de sus días y así estaba ocurriendo.
Helga sin saber de dónde sacó la fortaleza por fin fue capaz de salir en busca de Arnold, no tenía idea de dónde se podría encontrar, pero la luz que salía de su despacho le indicó el lugar al que debía ir. Abrió la puerta sin cautela, no le importaba que él supiera que estaba allí, pero al parecer el ruido que hubo no fue suficiente para que Arnold se diera cuenta de su presencia.
El estaba sentado, con una postura totalmente abatida y la atención puesta en el objeto que sostenía en la mano. Helga no necesitaba acercarse para saber de qué se trataba, aun así caminó hacia él y cuando su esposo levantó la cara y la miró, ella pudo ver la tormenta en sus ojos verdes.
—No tienes porqué sufrir más —dijo ella y le acarició con ternura el rostro, acomodando algunos mechones rebeldes en el proceso.
Él no hubiera querido que ella lo viera así. Había mantenido la esperanza de mantenerla ajena a todo eso, pero al final había fallado.
—No tengo opción —le sonrió de lado con visible amargura.
—¿Entonces será siempre así? ¿Me dejarás sola en nuestra cama y vendrás a atormentarte en soledad? —él apenado sólo desvió la mirada —Arnold —ella suspiró y él volvió a mirarla —, jamás me planteé la idea de que mi amor pudiera hacerte superar el pasado, pero aun así lamento que sea tan inútil.
¿Estaba denostando su amor? ¿Cómo podía creer ella que su amor valía tan poco?... «Porque la haces sentir justo así», se respondió a sí mismo.
—Que tu estés a mi lado, que me ames…es mucho más de lo que nunca me atreví a imaginar tener. Eres lo más importante para mi.
—Y aun así no soy suficiente.
Arnold inhaló profundamente y clavó la mirada en la imagen de Cecile.
—Era muy joven y merecía ser feliz, amar, tener hijos, formar una familia y conocerme le quitó todo eso… Le quitó la vida —miró a su esposa — ¿Cómo puedo hacer desaparecer la culpa y el dolor por haber sido yo quien la empujó a un fin tan triste e injusto?
—Me gustaría tener la respuesta a eso, pero no la tengo —tomó su mano y la apretó con cierta fuerza y tenía que hacer algo para evitar que Arnold se sumiera en un abismo —Sin embargo, podemos encontrarla juntos.
—Helga…
—Ya no te alejes de mí. No me apartes de tu tormento, comparte conmigo tu dolor… En las buenas y en las malas, ¿recuerdas?
Arnold sentía las lágrimas a punto de comenzar a fluir. Nunca se preguntó si podría amarla más de lo que ya lo hacía, pero en ese momento se estaba dando cuenta de que eso era más que posible. Pasó la mano libre por su cintura para acercarla más y apoyó la cabeza cerca de su vientre. Si por algo valía la pena luchar contra su pasado era por Helga y su hijo, ellos lo merecían y aunque no sería un proceso fácil, ahora estaba determinado a no rendirse.
Helga comenzó a sentir la humedad de su llanto a través de su ropa y en silencio con suaves caricias, se dedicó a consolarlo.
Comenzar a andar por ese camino no resultó fácil, pero ya había tomado la determinación para hacerlo y Helga estaba a su lado, siempre dispuesta a ayudarlo y a tirar de él si era necesario y cada vez que él sentía que el peso del pasado comenzaba a presionar en sus hombros, ella lo escuchaba hablar atentamente acerca de toda aquella oscuridad de la que era preso. En otras ocasiones las palabras simplemente no tomaban forma y entonces ella platicaba acerca de su niñez, sus travesuras, sueños e incluso del difícil periodo de la enfermedad de su madre y él, por su parte, terminaba hablándole de la despreocupada vida que tuvo en su juventud. Ambos disfrutaban de esos momentos que les permitían conocerse más y hasta volverse cómplices en secretos que nunca antes imaginaron contar a alguien. Y también estaban aquellos otros momentos en los que las horas de charla no bastaban y el alivio llegaba en forma física, en arrebatos de pasión y abandono total.
Así, el tiempo fue pasando y un día Helga le hizo la extraña petición de visitar el pequeño cementerio familiar.
—Pues… Aquí estamos —dijo Arnold guiándola hacia las tumbas de sus padres y abuelos.
El sitio ya no estaba descuidado, había un puñado más de trabajadores en la casa, todos ellos elegidos con estricto cuidado para evitar problemas de habladurías y cosas por el estilo, y gracias a eso la casa y la propiedad por fin recibían el mantenimiento adecuado.
Helga le sonrió y le dio un apretoncito en el brazo para alentarlo, mientras pensaba en lo mucho que le hubiera gustado conocerlos.
Arnold la soltó y comenzó a acomodar las flores que habían llevado.
—¿Te ayudo? —él le pasó parte de las flores y ella se le unió en la labor, y pronto el trabajo estaba hecho.
—¿Estás bien?
Helga lo miró y suspiró.
—Sí, lo estoy —esa pregunta se estaba volviendo algo común de manera proporcional a su preocupación —...deja de preocuparte —notó que no la miraba y al seguir la dirección en la que veía, tomó su mano gentilmente —¿Y tu lo estás?
—No los sé —respondió con sinceridad sin poder apartar la mirada de la tumba de Cecile, ni siquiera se dio cuenta cuando Helga dejó el lugar a su lado, hasta que la vio de pie frente a la vacía sepultura y con paso cansado fue a reunirse con ella —... Aún recuerdo cuando le di la noticia a sus padres —Helga le pasó la mano por la espalda y se le repegó —... Fue hasta unos meses después de que se celebrara el funeral simbólico. Sufrieron mucho, pero aceptaron mi palabra sin más —su voz se quebró —, les dije que había pasado por una terrible enfermedad. No fui capaz de decirles el papel que jugué yo, ni que sus restos descansaban más cerca de lo que ellos pensaron. Yo debí...debí decirles la verdad…
—No estoy segura de que eso hubiera sido lo mejor. Sé que las mentiras no son buenas, pero ellos pueden conservar intacta la imagen que tenían de su hija. Les evitaste un trago muy amargo.
—Tal vez no me sentiría tan mal si lo hubiera hecho por eso, pero la única verdad es que fui un cobarde, me faltó valor.
—Para mí no lo eres —dijo con total convicción —. Un cobarde no hubiera soportado tu carga de la manera en que lo hiciste.
—Te aseguro que no fue un gran mérito. Sólo tuve que aceptar mi realidad e imaginar que era mi vida la que estaba enterrada allí —la miró con intensidad y prefirió no decirle que esa resignación llegó a su fin cuando ella apareció en su vida y el dolor que experimentó a causa de eso —... Tu me salvaste de eso.
—Digamos que nos salvamos mutuamente —después de todo antes de encontrarse ambos avanzaban por caminos muy similares, que por diferentes causas los estaban conduciendo a una vida de soledad —. Entonces… ¿Esta tumba finalmente está vacía?
La pregunta tomó por sorpresa a Arnol, pero no dudó al responder.
—Sí —suspiró —Cecile descansa en el lugar que deseaba y espero que su alma haya encontrado la paz, yo ahora tengo al menos dos razones muy importantes para vivir —miró las flores restantes que llevaba en la mano y las acomodó sobre la tumba.
Ya no tendría más problemas para visitar ese lugar, se dijo Arnold, se sentía liberado.
—¿Sabes? —comenzó a decir Helga cuando iban en el camino de regreso a la casa —Papá me dijo algo interesante el otro día.
—¿Qué cosa?
—Que es más fácil sanar las heridas propias si ayudamos a los demás a sanar.
Arnold lo pensó por un momento.
—Son unas palabras muy sabias y también un buen consejo —si no pudo hacer nada por Cecile, tal vez podría ayudar a otros a escapar de un trágico destino.
Arnold resopló de manera muy audible. Otra vez había estado gran parte de la mañana en la comisaría, porque se había enterado del caso de una mujer que había sido atacada brutalmente, asfixiada y dejada por muerta en la habitación de un hotel. Estaba viva de milagro y las autoridades no parecían muy dispuesta a trabajar para que se le hiciera justicia debido al oficio que la mujer ejercía y Arnold no podía hacer nada en ese aspecto, pero lo que sí pudo hacer fue ofrecerle ayuda para comenzar una vida en otro lado y en un trabajo que ya no la pusiera en semejante riesgo, no tuvo que insistirle mucho para que aceptara, tenía dos hijos y por ellos estuvo más que dispuesta a tomar la oportunidad, lo que alegraba mucho a Arnold. Lo que no le agradó tanto fue toparse con Doug al entrar a su casa.
—¿Ahora qué pasó, Doug? —no dejó de caminar, se dirigía a su despacho y sabía que Doug lo seguía. Hubiera querido ir directo a encontrarse con su esposa, pero prefería primero deshacerse del molesto visitante y es que si bien su suegro se había mudado con ellos por insistencia de Helga, era un hombre sensato que les daba su espacio como recién casados que eran, al punto de que a veces se les olvidaba que vivía allí. Pero la historia con Doug era muy diferente, se había vuelto una presencia bastante molesta y frecuente.
—Menos mal que regresas —dijo una vez que estuvieron dentro del despacho —. Deberías de estar cuidando de mi hermanita en lugar de estar ocupándote de no sé que asuntos que no te incumben.
—Helga sabe sobre mis asuntos y está de acuerdo con ellos, no veo porqué alguien más debería tener problema con eso —lo miró con visible molestia.
—Mi problema es porque hay algo más importante en lo que debes ocuparte —hizo una pausa —. No lo has pensado, ¿cierto?
—¿De qué estás hablando?
—¿Tienes una idea de lo que implica un parto? Digo, a parte del dolor, me refiero.
—¿Dolor? —Arnold sintió que se empezaba a poner pálido.
—Sí, dolor, ¿o qué, pensabas que el bebé sale así sin más? Pero eso no es lo peor, claro . Están los riesgos, hay mujeres que incluso mueren durante el parto.
Arnold con la boca seca buscó apoyo en el escritorio, mientras trataba de asimilar lo que Doug le decía.
—Lo ideal sería que no hubieras obligado a mi hermanita a pasar por tan desagradable situación, pero ya que el daño está hecho al menos deberías encargarte de que sea atendida por los mejores especialistas, en lugar de estarte metiendo en asuntos que ni siquiera te conciernen.
—¡Arnold! —Helga lo vio tan pálido al entrar a la habitación que se alarmó de inmediato, lo siguió con la mirada para verlo sentarse pesadamente en la orilla de la cama —¿Qué pasó? —mientras preguntaba se levantaba de la poltrona con algo de dificultad debido a su muy abultado vientre. Cuando llegó delante de él, Arnold la hizo sentar en su regazo —¿Pasó algo malo? Dime, Arnold.
—Estuve hablando con Doug —hizo una pausa y la abrazó, mirándola de tal manera que la conmovió mucho —...sobre el parto.
Al escuchar eso Helga lo comprendió todo. El extraño y exagerado comportamiento de Doug se había agravado conforme el día del parto se acercaba y ya ella había escuchado en varias ocasiones sus extremas preocupaciones.
—No todos los partos terminan en tragedia —terminó la frase con un suave beso y una sonrisa.
—Pero Doug tiene razón, hay muchos riesgos y yo no quiero perderte.
Al verlo tan afligido sintió ganas de golpear con todas sus fuerzas a su cuñado. Al menos Doug esperó para hablar sobre eso hasta casi al final del embarazo.
—¿Hay algo que se pueda hacer para que te sientas menos preocupado?
—No siento preocupación, lo que siento es pánico —suspiró y pensó en las palabras de Doug «al menos deberías encargarte de que sea atendida por los mejores especialistas» —... Buscaré al mejor doctor, no importa que haya que traerlo de otra ciudad, serás atendida por el mejor.
—Bien, de acuerdo. Si eso te tranquiliza, eso es lo que se hará.
Arnold no fumaba, pero cuando su suegro le ofreció el cigarrillo no denegó la oferta y aunque las primeras caladas le provocaron ataques de tos, ya después de unas horas parecía ser un fumador consumado. Miró con disgusto el cigarrillo a medio consumir entre sus dedos, no le agradaba, pero era eso o embriagarse como lo hacía Doug, volvió a dar una calada más, quería combatir sus nervios, no matar su sentido común.
La espera estaba pareciendo eterna y aunque la propia Helga en medio de semejante trance, había pensado en él y mandó a Rose en un par de ocasiones para decirles que todo iba bien, Arnold no estaría tranquilo hasta verlo con sus propios ojos..
—Espero que estés satisfecho con el sufrimiento por el que mi hermanita está pasando en estos momentos, porque tu eres el culpable.
El aliento alcohólico de Doug lo golpeó de lleno en el rostro, pero fueron sus palabras las que lo afectaron.
—¡Basta ya, Doug o te comportas o te vas a tu casa a esperar noticias al lado de Olga!
Doug pareció dispuesto a protestar pero finalmente después de rezongar se retiró al otro extremo del lugar.
—Tranquilo, muchacho, no le hagas caso.
Arnold suspiró. Doug tenía razón y lo peor es que no estaba a su lado. Él había querido quedarse con ella, pero lo echaron de la habitación y lo alejaron lo más que pudieron, así que no podía saber lo que estaba pasando, todo estaba silencioso, no había indicios de nada.
—Muchacho...al parecer todo terminó ya —la voz llena de alivio de Bob dejó ver qué también estuvo muy preocupado, a pesar de que en todo ese tiempo no lo demostró.
Rose bajaba las escaleras con la sonrisa más amplía y radiante que Arnold le había visto jamás, y en los brazos llevaba con sumo cuidado un pequeño bulto de mantas blancas. Simplemente se quedó paralizado, hasta que recibió un pequeño empujón de su suegro. Rose ya había llegado al final de las escaleras y Doug ya estaba frente a ella, pero fue hecho a un lado por Bob.
—¿Quiere sostener a su hija, señor? —Arnold extendió los brazos, tratando de controlar su temblor, pero se arrepintió a medio camino, ¿y si la dejaba caer? —Yo le ayudaré —ofreció la buena y comprensiva mujer y Arnold aceptó.
Era como cargar todo su mundo en ese pequeño paquete. Su hija. La hija que Helga le había dado.
Hizo a un lado las telas y dejó al descubierto una carita regordeta, rojiza y perfecta. Busco una de sus manitas y la tomó, contando cinco dedos y maravillado hizo lo mismo con la otra.
De pronto llegó a su nariz el fuerte olor a alcohol.
—Es hermosa, se parece a mí hermanita —Doug estaba prácticamente pegado al rostro de Arnold, quien hizo una mueca de disgusto.
—Déjame conocer a mi nieta —Bob tomó a la niña, acunándola entre sus brazos. Arnold sonrió, su suegro parecía un gigante bonachón —¡Tu no! Estás tan ebrio que la vas a tirar —se negó a entregársela a Doug.
—¿Mi esposa? ¿Cómo está?
—¿Quiere verla?
Esa pregunta no necesitaba respuesta. Bob quiso regresarle a la niña, pero Arnold se negó.
—¿Puede llevarla usted? —le preguntó a Rose, no confiaba mucho en él en esos momentos.
Al llegar a la habitación el doctor estaba saliendo, Rose lo saludó y entró primero.
—Felicidades señor Shortman —Arnold agradeció las felicitaciones, pero ya no puso atención al resto de lo que el galeno decía, solo miraba la puerta deseando poder cruzarla, pero impedido para hacerlo porque al parecer el doctor no tenía intenciones de dejar de hablar en pronto.
—Lo acompaño a la salida, doctor.
La buena Rose había llegado otra vez a su auxilio.
De inmediato Arnold entró a la habitación y fue directo hacia la cama a sentarse a un lado de Helga, no sólo porque quería estar cerca, sino porque sentía que sus piernas no serían capaces de sostenerlo por mucho tiempo más.
Helga, que sostenía a su hija, tomó su mano.
—Pobrecito mío, parece que has envejecido diez años.
Arnold besó con fervor su mano. Ella no lucía mucho mejor que eso, pero prefirió no mencionarlo.
—¿En verdad estás bien?
—Cansada, pero bien. Ya ves que todo ha salido perfecto y que no valió la pena preocuparse tanto. Espero que lo recuerdes para la próxima vez —lo vio ponerse más pálido de lo que estaba y tuvo que luchar por no reírse.
—No hablemos de eso.
Para Helga fue como si dijera «no habrá próxima vez», pero ella que no pensaba de la misma manera, pero no iba a discutir, lo iba a dejar tranquilo por el momento.
—Creo que debería llamarse Miriam —la sugerencia tomó completamente por sorpresa a Helga, porque claro que habían hablado sobre posibles nombres, pero Miriam nunca fue una opción —... Ese sería el nombre perfecto, ¿no lo crees?
Sí, lo creía. Era el homenaje perfecto para la mujer que a pesar de todo la amó como a una hija y le dio un hogar. Acarició delicadamente la carita de su niña. No quería llorar en ese momento, pero estaba en extremo conmovida por el gesto de su esposo.
—Sabes cuánto te amo, ¿cierto? —Arnold sonrió ante su pregunta y en respuesta la besó.
—¡Por Dios! ¡Déjala descansar! —la voz molesta de Doug se dejó escuchar y Arnold volteó hacia la puerta para verlo con fastidio.
—Perdón, pero se me escapó —dijo con aflicción Bob.
—No pasa nada, papá ¿Ya la viste? —lo vio asentir y mientras Arnold miraba con disgusto a Doug, quien al perecer pretendía tomar su lugar al lado de Helga— Es hermosa, ¿verdad?
—Lo es, hija.
—¿Oíste eso, pequeña Miriam?
—¿Miriam?
—Sí. Arnold me ha sugerido el nombre y yo creo que es perfecto.
—Lo es —contestó Bob totalmente conmovido, a punto de las lágrimas. Fue hacia ellos y palmeó el brazo de Arnold —. Gracias, muchacho —agarró a Doug —. Y tú, ven conmigo. Mi hija necesita descansar.
—¿Por qué no sacas a ese también?
—Porque «ese» es el esposo de mi hija y es quien debe estar a su lado.
—Pero…
—¡Vámonos ya! Hay que darle la noticia a Olga —prácticamente lo empujó fuera de la habitación y cerró la puerta rápido tras ellos para evitar que su necio yerno fuera a entrar nuevamente.
Mientras Arnold los miraba irse hizo una nota mental para después agradecer a su suegro por eso. De pronto sintió que Helga se recargaba en su hombro,la miró, tenía los ojos cerrados y una sonrisa apenas dibujada. Él tomó con sumo cuidado a su hija en un brazo y el otro lo pasó por la espalda de su esposa.
—Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo una vez más —la sonrisa de ella se volvió más amplia y él beso su frente —. Descansa, mi amor.
Helga miraba fascinada a su hija, acababa de despertar y aun no la sacaba de la cuna, pero pronto tendría que hacerlo porque no tardaría en exigir, con poca paciencia, ser alimentada.
Era increíble cuánto había crecido en esos tres meses.
La puerta se abrió sin que antes hubieran llamado y Doug entró como si no hubiera problema y aunque, ciertamente no lo había, Helga hubiera agradecido si hubiera puesto en práctica los modales básicos porque de haber llegado un poco después la hubiera encontrado alimentando a la pequeña.
—¿Cómo estás, hermanita?
—Muy bien, Doug.
—¿Y la pequeña Miriam? —preguntó asomándose al interior de la cuna —Ya veo que cada día más hermosa —levantó la mirada y vio a Helga —. Cada día se parece más a ti. Tiene tus ojos.
Helga sólo sonrió. En realidad era muy posible que su hija hubiera heredado los ojos de su padre, ella ya había notado un pequeño cambio en el color de estos, pero de momento no quiso discutir sobre eso con su cuñado, si le hacía feliz el color de ojos que ahora tenía su hija, que fuera feliz un poco más, ya el tiempo por sí sólo lo sacaría del error.
—¿Y qué te trae por aquí, Doug?
—¿Te molesta mi presencia?
—No, claro que no. Es sólo que últimamente no has venido mucho por aquí, es todo.
—Sí, bueno, he estado ocupado en los preparativos de algo muy importante.
—¿Negocios?
—Se podría decir… Sí, sí es un negocio muy importante en el que he invertido mucho tiempo, pero al fin todo quedó listo y es por eso que vine —al ver la incomprensión reflejada en el rostro de ella, añadió —. Lo que pasa es que saldré hoy mismo y estaré un tiempo fuera y no me gustaría dejar sola a Olga, así que quería saber si es posible que se quedara con ustedes mientras no estoy.
—Por supuesto, sabes que no hay problema con eso.
Un agudo sonido proveniente del interior de la cuna llamó la atención de los adultos. La pequeña manoteaba y gorgojeaba cada vez con mayor volumen, pronto seguiría el llanto, así que Helga la tomó y acunó en sus brazos.
—Te lo agradezco —la seguía con la mirada, hasta donde estaba colocada la poltrona en la que se sentó —, la verdad me quitas una preocupación de encima.
—No tienes nada que agradecer —la voz de la pequeña aumentó de volumen y en respuesta Helga la meció un poco —¿Doug?
—¿Qué? ¿Necesitas algo?
—No, es sólo que tengo que alimentarla.
—Sí, claro.
Helga se removió en su lugar, incómoda por la fija y penetrante mirada de su cuñado que permanecía inmóvil, como si no tuviera intenciones de irse.
—Doug…¿Puedes salir?, por favor…
Él se aclaró la garganta.
—Sí, por supuesto —caminó hacia la puerta y antes de salir y sin voltear a verla, agregó —... Hasta muy pronto, hermanita.
CONTINUARÁ...
