Capítulo 16. Destrucción
Zelda llegó la primera. Por el camino, le salieron al paso algunos goblins, armados y subidos en caballos y cerdos gigantes. Zelda se los quitó de encima a espadazos. Uno de ellos tenía un arco y trató de dispararle, pero una flecha con plumas blancas le atravesó el pecho. Zelda no miró, pero tuvo ganas de gritarle a Lion que volviera con su hermana y Ander. El infante cabalgaba detrás de Zelda, a buena distancia, y Caranegra mantenía el ritmo. No era de extrañar: en la batalla del puente demostró que era un caballo de batalla. Scarlet no se quedaba atrás. La yegua sería joven, pero estaba bien entrenada.
Como ya no podía mandarle de vuelta, porque estaban lejos, Zelda le gritó a Lion que se mantuviera siempre a su espalda y que huyera en cuanto tuviera que luchar a pie. Pronto, otro caballo se unió al trío. Zelda creyó que era Bronder, pero el caballero parecía haber tomado otra dirección, porque no estaba con ellos ni le veía. Era Urbión, subido al caballo de Wasu. De esta forma, los dos cubrían a Lion, y él a su vez les servía de apoyo para llegar a la empalizada que rodeaba la villa.
Allí, la lucha era más cruenta. Al menos, seguían estando en pie los soldados de la villa, que repelían los ataques como buenamente podían. Proyectiles lanzados por catapultas y cañones volaban de distintas direcciones. El aire olía a pólvora, a fuego y a ceniza. Los moblins estaban en primera línea, y ellos mismos lanzaban poderosos proyectiles. También estaban golpeando las puertas de madera, a punto de quebrarse a pesar de las barricadas que habrían puesto al otro lado.
– ¡Lion! Ve hacia la torreta del este – ordenó Zelda. Antes de que el chico dijera que por qué, ella misma le contestó –: Allí están los arqueros de Lady Allesia, te necesitan.
"Por no hablar de que, al estar elevado y protegido, hay menos ocasiones de que le hieran"
El infante obedeció. Zelda pidió a las diosas que no le pasara nada de camino a la torreta. Al verle, cabalgando de espaldas a ella, con su casco que le venía grande pero su camisa azul, su escudo protegiendo la espalda, y el arco en la mano, tuvo el recuerdo de Link. Eran parecidos, pero este infante era más aguerrido.
Urbión y ella miraron la empalizada. Sin decirse palabra, solo con la cabeza, los dos indicaron que estaban listos. Embistieron contra los moblins, Urbión por su flanco izquierdo, Zelda por el derecho. Los moblins eran duros y fuertes. Zelda sintió el triforce en la mano, su brillo hacía retroceder a los enemigos, pero no les hacía huir. En un momento determinado, Zelda tuvo que saltar de Scarlet y la yegua trotó hasta alejarse de la empalizada. La chica aterrizó sobre la cabeza de un moblin, y a espadazos, le derribó. Luego, sin detenerse, con el puñal de las gerudos en la izquierda, lanzó mandobles al siguiente moblin, a sus piernas y cuerpo. El triforce lanzó a la bestia con un destello dorado, y le hizo caer de un golpe, pero luego vino otro, y después otro, y un tercero. De vez en cuando miraba de reojo a su compañero de ataque: Urbión Dellas estaba demostrando que era el mejor novato de ese año. Tenía un estilo de lucha muy depurado, impaciente, como el de ella, pero se notaba que en algún momento en el pasado su padre o el mismo Bronder le habían dado lecciones de esgrima. Hasta la llegada al desierto de las gerudos, todos los días, ella, Lion y Urbión habían seguido con sus lecciones, aunque ninguna tan intensa como en Hatelia. Y Zelda debía reconocer que se notaba más fuerte.
En un momento determinado, la lluvia apareció. Apagó los incendios que había en la ciudad, pero también dificultaba la lucha. Urbión resbaló, y un moblin aprovechó para levantar su maza y descargarla sobre el chico, pero Zelda llegó a tiempo. Se interpuso, el triforce brilló con un destello más apagado, pero lo suficiente para lanzar a ese moblin y a otro que se acercaba al otro lado del camino.
– ¿Estás bien? – Zelda le tendió la mano a Urbión, y este la aceptó.
– Sí, pero me estoy cansando – admitió el chico. Zelda sonrió y Urbión le devolvió la sonrisa. Era lo primero que se decían en una semana.
Los dos se apoyaron en la espalda del otro. Tenían a diez goblins apuntándoles, con lanzas y espadas formando un círculo alrededor. Zelda le dijo:
– ¡Tú a por los de la derecha, yo por estos de aquí! Quien termine antes, se lleva un premio.
– La daga gerudo – propuso Urbión. Gritó "uno, dos, tres" y se lanzó a por los suyos. Zelda rodó por el suelo embarrado, se levantó y de un giro eliminó a dos goblins a la vez.
Un rayo de luz se coló entre los nubarrones, al mismo tiempo que, a lo lejos, se escuchó el sonido de varios cuernos. Zelda pensó que se había vuelto loca, que ese sonido era la misma tormenta y el frío haciéndole tener visiones. Urbión, en cambio, exclamó un "menos mal", y anunció que ya había terminado con los suyos. Por el lado de la chica, un goblin aún se tambaleaba, aturdido. Zelda le sacudió con una patada y lo arrojó a su montón.
A su alrededor, los goblins y orcos que aún quedaban en pie estaban escapando. Huían de un grupo de soldados con armaduras plateadas, estandartes blancos y caballos enormes. Zelda y Urbión, que tenían barro en todo el cuerpo, miraron a estas criaturas tan limpias, ordenadas y firmes acabar con los enemigos. La chica entonces le tendió a Urbión la daga con la izquierda, y el chico la tomó.
– ¿Tienes alguna herida? – preguntó Zelda.
– Solo rasguños. ¿Y tú?
– Estoy bien… Muy bien.
Detrás de ellos, las puertas de la empalizada se abrieron, dejando escapar la luz de sol que ya se ponía en el horizonte.
Habían defendido la zona oeste de la empalizada. Bronder y Raponas se ocuparon de la puerta principal, donde estaban los orcos y moblins de mayor tamaño. Zelda, si lo hubiera sabido, habría ido a ese lado. Sin embargo, no se quejaba. La verdad, apenas tenía ganas de hablar. En cuanto las puertas se abrieron, ella y Urbión se acercaron a las hogueras preparadas para los heridos, y se quedaron dormidos, sentados bajo el mismo árbol, uno junto al otro. Después, en cuanto despertó, sin esperar a que Urbión se levantara, la chica fue corriendo a buscar a Scarlet, que encontró en las caballerizas improvisadas, y después preguntó si alguien había visto al infante.
Se lo encontró en una tienda improvisada, grande, de color blanco. Al principio, cuando Zelda llegó, unos soldados le impidieron el paso, pero entonces Bronder les ordenó que descansaran. Los soldados se apartaron y el caballero solo le preguntó si Urbión estaba bien.
– Le he dejado durmiendo, estaba agotado.
– Y tú también, deberías de estarlo – el caballero se hizo a un lado, para mostrarle que en esa tienda de campaña había más gente. Midla y Ander, sentados en la mesa, mirando un mapa. Lion, ileso, con una amplia sonrisa mientras relataba a un hombre de gesto adusto y mirada torva cómo había trepado por la torreta, esquivando las flechas, y al llegar, ayudó a los arqueros de Hatelia como uno más. Al ver a Zelda, dejó la conversación y corrió a abrazarla.
– Me alegra ver que estás viva, Zelda Esparaván – dijo Lady Allesia. La mujer estaba impecable, como siempre. Lo único que había cambiado es que llevaba una armadura ajustada a su cuerpo. Era de color morado, con el sello de la familia real de Hyrule grabado en el pecho.
– Yo también me alegra veros a todos, Lady Allesia. Lamento lo de Hatelia.
De camino, había sido testigo de las casas y granjas destruidas por el fuego. Los habitantes se habían organizado, y estaban repartiendo tiendas de campaña, mantas y víveres entre los supervivientes.
– Ha sido una batalla cruel, pero hemos tenido poderosos aliados – Lady Allesia asintió mirando a Bronder –. He escuchado que tú y el joven soldado Dellas defendisteis la puerta del oeste como grandes héroes. Te doy las gracias. El ejército de su majestad rompió el cerco y han sido quienes han puesto fin a la batalla. Ha sido un honor contemplad la carga, capitán Dalvania.
– El honor ha sido nuestro, al defender esta villa y a sus nobles habitantes. Ayudaremos en la reconstrucción – dijo el hombre adusto. Se inclinó hacia Zelda, sin dejar de observar su aspecto. Estaba aún cubierta de barro reseco.
– Es familiar del soldado Raponas, ¿verdad? – Zelda le tendió la mano. No sabía decir la edad, pero sabía que el padre de Raponas era consejero del rey.
– Soy su hermano mayor – el capitán Dalvania estrechó la mano de Zelda. Ella dijo su nombre y apellido, y entonces el capitán miró a Bronder, con la mirada aún más severa –. ¿Esta es la chica que ha dicho Lion, la que le ha enseñado a disparar el arco y a pelear?
– Sí, ha sido ella – Lion respondió, sonriendo.
El capitán volvió a mirar a Bronder.
– ¿Por qué lleva espada? ¿Desde cuándo se permite a una niña, extranjera además, llevar armas, sin permisos? ¿Cómo has permitido, Sir Bronder, que una desconocida esté tan cerca del infante? Ha comprometido la seguridad del infante.
Zelda fue a abrir la boca, y defenderse, pero la misma Midla se puso en pie y dijo:
– Ella ha salvado mi vida y la de Lion en varias ocasiones.
– También la ha comprometido. Le dijo al infante que, en mitad de una batalla, se subiera a una torreta. Voy a detenerla, y ponerla bajo custodia…
– No.
Fue Sir Bronder quién dijo esto. Le puso la mano en el hombro a Midla. Lady Allesia estaba de pie entre los dos hombres, pero dio un paso para colocarse al lado de Sir Bronder. También se colocó allí Ander, y el propio Lion.
– Zelda Esparaván tiene un permiso especial de mi parte para usar su espada, y ha jurado lealtad a los infantes. Es una polvorilla, no escucha bien las órdenes y va por libre en ocasiones, pero también ha sido de valor. Gracias a ella, conseguimos superar la fuente de Nayen en el desierto. Por tanto, no será detenida. Si crees que el rey lo necesita, puedo escribir un informe para aclarar este asunto.
Si Sir Bronder se hubiera puesto una peluca rosa, bailado con un oso o puesto a hacer malabares con jarrones, no hubiera sorprendido más a Zelda que en ese momento, tras soltar su discurso. Para rematar y dar énfasis a lo que acababa de decir, dio un golpe en la espalda de la chica, y esta estuvo a punto de caer de bruces. Logró tener el suficiente equilibrio para permanecer en pie.
– Hay asuntos más importantes que nos ocupan, que discutir si una aliada debe llevar o no una espada – intervino entonces Allesia.
– De acuerdo, pero su ayuda acaba aquí. Escoltaré a los infantes a la fuente de poder que queda, y regresarán al palacio de inmediato.
– Zelda debe acompañarnos, la sacerdotisa de la fuente lo ha dicho, y ella también debe completar el peregrinaje – Midla se irguió, y trató de parecer más alta. Dalvania la miró con desprecio en la mirada, como si no le gustara nada que la princesa le diera órdenes. Zelda se preguntó qué tipo de persona podía mirar así a su futura reina.
– Yo no entiendo de sacerdotisas, ni de fuentes… Esos cuentos son la especialidad del mago cantamañanas aquí presente – y Ander, que era a quién señaló, solo acertó a parpadear. No se defendió –. De lo que sí entiendo es de órdenes de su majestad el rey Dalphness. La orden es clara: escoltar a los infantes de regreso al palacio. Traer de vuelta a Lion, que debería estar de camino a Gadia en vez de luchar con arco en medio de una horda. Asegurarme de que Midla cumple su obligación en el menor tiempo posible.
– Nada en esa orden dice que yo deba estar fuera – dijo Zelda, un poco harta de escuchar hablar de ella como si fuera tonta y no pudiera defenderse. Puso las manos en la cintura y levantó bien la barbilla, para que Dalvania no la mirara con tanto desprecio –. Ahora mismo, Hatelia nos necesita. Voy a ayudar con los heridos. Un placer conocerle, capitán.
Lion anunció que él también ayudaría, y se marcharon los dos juntos.
La casa de Lady Allesia, la gran mansión donde tantas inútiles cenas sufrió había quedado medio destruida. El fuego había arrasado la sala de banquetes, y el techo se había hundido. Zelda miró lo que quedaba, con cara neutra. Hacía horas que había oscurecido. Desde la conversación con el capitán Dalvania, había parado solo para comer un poco. El resto del tiempo ayudó a trasladar heridos, llevó comida, repartió agua y mantas, y ahora, se había propuesto ayudar a limpiar algunos escombros. Había parado en su tarea, agotada, y los pasos la llevaron hasta lo que quedaba de la mansión. Estando allí de pie, rodeada de cascotes, no pudo evitar recordar la primera cena. Un viento levantó las cenizas del lugar, y se formó un remolino alrededor de ella. Los mechones de cabello rojo se levantaron y le azotaron el rostro. Zelda se los quitó de encima con un gesto de irritación. Quizá debería pensar en cortárselo.
– No ha quedado gran cosa.
Zelda escuchó la voz de Urbión a su espalda, pero no se giró. Miró hacia las escaleras, que ascendían a un segundo piso que aún estaba en pie.
– Quedan algunas habitaciones, la torre de las damas y los baños. Eso no los han destruido los goblins – dijo Zelda.
– Quizá querían aprovecharlos – Urbión se colocó a su lado –. Es una gran ventaja, tener baños. Así dejarían de oler tan mal… Podrían llegar a ser hasta guapos.
– Siempre y cuando llevaran ropas elegantes, serían invitados aceptables a cenar – Zelda medio sonrió. La verdad, es que no le parecía bien bromear con estas criaturas, después de ser testigo de la destrucción que habían traído a un lugar tan seguro como Hatelia.
Urbión debió de pensar en algo parecido, porque no hizo más bromas. En lugar de eso, se acercó y le tocó el hombro. Ella se giró y se encontró al chico muy cerca.
– Zelda, lo siento. He sido un cobarde, debí darte esta disculpa el mismo día de la herencia.
– No, Urbión, por favor…
– Sí, debo hacerlo. Fui un cretino. Me gané ese bofetón. Me justificaría diciendo que bebí mucho alcohol, pero te mentiría: solo tomé un poco de shilok, una bebida de las gerudos…
– Es muy fuerte – Zelda se apartó un poco –. Acepto tus disculpas. Yo también te debo una: no debí sacarte del hoyo sin decirte la verdad, es decir, que lo hacía para ayudarte. Siento el malentendido. Tampoco debí darte ese bofetón, no te lo merecías.
Se quedaron callados, mirando el lugar donde antes estuvo la pista de baile.
– Al menos, espero que fuera divertido – dijo Zelda, cruzándose de brazos.
– ¿Divertido?
– Irte con una gerudo. Raponas ha estado suspirando por eso todo el viaje.
– No, Zelda, estás equivocada. Después de nuestra discusión, no regresé al hoyo. Me quedé en una estancia, bebí algo más de shilok, me quedé dormido en el suelo. Desperté de mañana, con un fuerte dolor de cabeza – Urbión alargó la mano y acarició uno de los mechones rojos de Zelda. La chica se había quedado quieta, y dejó que Urbión le acariciara el rostro –. Fui un cretino, pero te dije la verdad: me gustas. Desde el día de la posta, desde esa primera conversación. Te he ido observando, y cada vez siento… Pero lo entiendo, eres muy joven y crees que yo…
– No, no creo nada. Nada sé, Urbión…
– ¿Es por ese otro, el que tanto se parece a mí? ¿Me lo puedes contar? ¿Qué te hizo, que no me puedes mirar, aunque sea fingiendo amistad?
Zelda dio un paso hacia el chico, y le abrazó la cintura. Apoyó el rostro en el hombro de Urbión, y cerró con fuerza los ojos. Quería volver a sentirlo. El mismo cuerpo, que despedía un olor parecido. Los mismos músculos, pero era otra persona. Buscó palabras para definirlo, pero le costaba. Poco a poco, con la voz entrecortada, fue diciendo:
– Antes de venir aquí, hace ya cuatro años, conocí a alguien que era como tú, igual… Solo que él tenía los ojos de color bermellón. Fue mi amigo, mi aliado. Me gustaba estar a su lado, me parecía inteligente y astuto, y bondadoso con los demás.
– ¿Le querías? – Urbión rodeó con los brazos a Zelda.
– Mucho. Y entonces descubrí que me había mentido. Que buscaba algo que le haría poderoso, y para ello no le importaba mentir o asesinar. Tuve que pararle – Zelda aspiró el aroma de Urbión, antes de dar un paso atrás para alejarse. El chico no trató de retenerla, pero antes de que Zelda pusiera más distancia, le acarició el rostro –. Lo siento, Urbión, yo no puedo… No puedo corresponderte. No sé…
– El beso que nos dimos me dice que sí sabes – Urbión se inclinó sobre ella –. Te daré el tiempo que necesites, pero te pido que al menos, por una vez más, me permitas esto. Solo si tú quieres también.
Y se acercó aún más a ella. Zelda levantó la cabeza y dejó que Urbión la besara. Sintió sus labios sobre los suyos, suaves, algo cortados y calientes. Esta vez, Zelda tenía los ojos abiertos, y vio los ojos de Urbión, oscuros. Era otra persona, era distinto. Puede que en todo lo demás se pareciera, pero este chico fue una persona real, de este tiempo. Que vivió, y que en la época de Zelda tendría ya unos 36 años. Eso, si sobrevivía.
Cuando se apartó, Zelda tembló de frío. Urbión dijo entonces:
– Con calma, ¿verdad?
– Nunca he tenido paciencia – Zelda aferró el cuello de la túnica de Urbión y tiró de él para volver a besarle.
