"Al final, lo único que queda somos tú y yo."
Había un hombre mirando por la ventana, aunque Draco no podía reconocerlo bien. Se le hacía conocido. Familiar, en realidad. Su respiración era pausada y hasta errática mientras veía hacia afuera.
Estaba nevando.
A pesar de que no sentía que se encontraba en peligro, Draco no pudo evitar levantarse de la cama en un movimiento rápido mientras su cuerpo se quejaba, y agarró la varita del mueble. Se sentía cómoda en su mano, como si fuera suya, pero al mirar hacia abajo, descubrió que… No era así. Su varita de espino no estaba por ninguna parte.
—¿Me recuerdas?
Draco miró hacia arriba al escuchar la voz del hombre, ronca y algo rota. Desconocida. Aún no se volteaba, sin embargo parecía alerta también. Draco no creía que fuera a hacerle daño, pero… Todo era demasiado confuso. No confiaba en sus instintos.
—¿Quién eres? —preguntó Draco, afirmando su varita con más fuerza.
Por unos segundos, nada sucedió. Las manos del hombre formaron puños con tanta fuerza, que sus venas se marcaron. Draco comenzó a sentir el frío instalarse en su sistema, viendo cómo en vez de calmarse, con cada momento, la tensión en él aumentaba. Había sido solo una pregunta.
Entonces, el hombre se volteó.
Era Harry Potter.
Draco reprimió el grito de su garganta y su primera reacción fue maldecirlo, aunque Potter lo esquivó con un solo movimiento de mano y se quedó en su lugar, analizándolo. Su mirada era- desolada. Y Draco simplemente no podía creer lo que veía; un nudo se instaló en su garganta, impidiéndole respirar. Este era Harry Potter.
Era mayor. Algunas líneas de expresión surcaban sus rasgos, y los ojos verdes vívidos se encontraban completamente apagados. Draco sentía que estaba mirando a un desconocido; y al mismo tiempo, a alguien al que había visto cada día de su vida. Instintivamente trató de alcanzarlo, pero bajó la mano al momento después. ¿Qué estaba haciendo?
—Creí que estabas muerto —murmuró, temblorosamente—. Creí- creí que habías muerto.
Potter lo miró con cautela, estudiando las palabras de Draco, mientras este dejaba que el sentimiento de pérdida lo inundara. Que lo arrollara. Era como si todos los músculos y huesos de su cuerpo se hubieran derretido, haciéndolo caer. Sus ojos picaban, y encima de su pecho existía una presión que amenazaba con hacer pedazos su corazón. No entendía por qué. Draco no entendía nada.
—¿Qué pasó? —susurró entonces. La luz de la ventana difuminaba los bordes del cuerpo de Potter.
—Voldemort…
—¡No digas su nombre!
Draco se giró, elevando la varita y esperando con miedo a que los Mortífagos irrumpieran en aquella casa por haber pronunciado "Voldemort" en vez de "Señor Tenebroso". Pero nada pasó. Draco no tenía idea de por qué. Deberían estar muertos para ese punto, sufriendo las peores cosas posibles en manos de toda esa gente horrible.
Cuando se giró, descubrió que Potter se había movido de la ventana y había avanzado hasta Draco. Silencioso. Vigilante. Draco dirigió la varita hacia él, provocando que Potter parara y levantara las manos. No se veía intimidado en absoluto.
—Él te mató —Draco escupió—. Te vi morir.
—¿Y cómo te hace sentir eso?
Draco descubrió que estaba temblando, y que tenía ganas de gritar… de gritar hasta que su garganta se secara y sus pulmones no pudieran más. Pero no dijo nada de eso. En su lugar, tomó una respiración honda, y trató de calmarse.
—¿Qué sucedió?
Un gesto de dolor cruzó la expresión de Potter. Su frente se arrugó, y su boca se transformó en una fina línea. Draco esperó la respuesta con el corazón en la boca.
—Todos están muertos.
Su pulso cayó.
—¿Qué?
—Todos están muertos. Todos fueron asesinados. Al menos la mayoría.
Draco sintió un hachazo atacarle justo en el pecho. Y no pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla, mas no le prestó atención. No sabía quienes eran "todos". No sabía por qué debía importarle.
La barbilla de Potter temblaba, y por alguna razón, Draco casi se vio sobrepasado por las ganas de cruzar el espacio y abrazarlo. Pero se quedó en su lugar sin bajar la guardia ni la varita.
—¿Por qué tú no? —escupió entonces, y su voz sonó venenosa. Amarga.
Las palabras golpearon a Potter, y el gesto de dolor volvió.
—Porque tenía que salvarte.
—¿De qué mierda estás hablando?
Potter bajó la mirada, y se pasó una mano por el cabello. Exasperado. Triste.
—No me recuerdas.
Draco no contestó, porque no sabía qué era lo que había que recordar. Potter estaba muerto, él lo sabía. Eso era todo lo que sabía, y ahora se encontraban frente a frente, hablando incoherencias y mirando por la ventana de… ¿Dónde estaban, siquiera? ¿Eso era Inglaterra? ¿Por qué nevaba? ¿Era Navidad?
Cuando Draco volvió en sí, notó que Potter había avanzado nuevamente, y ahora estaban a un poco más de un metro. Draco volvió a maldecirlo, y el hechizo rebotó contra un escudo que ni siquiera lo había oído conjurar.
—Aléjate.
Increíblemente, Potter le hizo caso, y retrocedió un paso. Su expresión se había cerrado, y aunque la desolación brillaba en sus ojos, eso era todo lo que delataba que algo terrible había sucedido. Los pedazos de Potter estaban perfectamente puestos, la fachada impecable. Pero Draco sabía que una palabra, y todo eso caería.
¿Cómo lo sabía?
—Potter. —Draco bajó la varita al fin. No había dejado de temblar—. Potter, ¿qué pasó?
Potter dejó caer sus hombros, y sus dientes se apretaron. Por un momento, Draco creyó que no respondería, porque no quería hacerlo.
Pero entonces.
—Voldemort ha vencido-
Draco sintió que todo daba vueltas.
—No entiendo…
—Voldemort ganó.
—¿Qué…?
Draco sintió cómo caía. Y caía. Y caía.
—Voldemort nos venció en la Batalla de Hogwarts…
Unos brazos lo envolvieron cuando sus rodillas tocaron el suelo, y se dejó ir. El dolor lo embriagó como un huracán, llevándose consigo todo. Todo lo que quedaba. Draco soltó un sollozo que quemó su garganta.
Y todo se volvió negro.
Cuando recobró la consciencia, quién sabía cuánto tiempo después, Potter estaba presionado a su espalda, y Draco podía ver distintas imágenes reproducirse en un lugar lejano. Su madre. Los gritos. Las muertes. Los hechizos y la suciedad. El cadáver de Potter.
¿Era la batalla?
¿Están viendo la batalla que Voldemort ganó?
—No… no entiendo… —Draco murmuró con un nudo en la garganta.
¿Qué hacía ahí?
¿Qué hacía Potter con él?
¿Dónde estaban su familia y sus amigos?
—¿Qué es lo último que recuerdas?
Draco sintió la voz en su oreja, y fue consciente de que era Harry Potter quien estaba abrazándolo, quien estaba consolándolo. Sin importar la confusión, esa piel, esa cercanía, seguía dándole asco.
Se levantó de golpe alejándose de él, y le dio la espalda. Trató de calmar su respiración irregular e intentó hacer memoria.
Su madre viendo algo. Los Mortífagos riendo. El semi gigante gritando por un cuerpo.
—Tenía… tenía diecisiete —respondió sin mirar a Potter—. Ustedes se estaban retirando.
Hubo un pequeño silencio antes de que este respondiera.
—Sí. Voldemort ganó la Batalla de Hogwarts, nueve años atrás.
Draco sintió que un frío terror se apoderaba de él al escucharlo. Se dio vuelta para mirar a Potter a los ojos.
—¿Nueve años…?
Las líneas de expresión en su cara ahora eran más notorias, y con más tranquilidad, Draco era capaz de ver algunas canas entre sus cabellos negros. A pesar de que esa era la cara que había memorizado de niño –los mismos ojos verdes, la misma nariz, el mismo lunar en su cuello– este no era el chico de sus recuerdos. Era un extraño. Draco tocó su propio rostro, sintiendo relieves que no estaban allí antes.
Se sentía jodidamente aterrorizado.
¿Dónde había estado estos nueve años?
—¿Qué sucedió? —preguntó, tratando de controlar el temblor de su cuerpo—. ¿Dónde están mis padres?, ¿por qué estoy aquí contigo?
No se le ocurría ni un solo perturbador motivo por el que se encontraba con Potter en ese instante, en vez de sus padres, Goyle, Theo, Blaise o Pansy. Incluso Daphne. Cualquiera de ellos habría tenido muchísimo más sentido. Cualquiera de ellos lo habría hecho sentir en casa.
Potter soltó un suspiro y se levantó del suelo, donde cinco minutos atrás lo había estado sosteniendo. A su piel le faltaba su calor, y eso hacía que Draco lo odiara aún más. Como si no fuera suficiente haber estado casi seis años de su vida queriendo las migajas que Potter tenía para ofrecerle. Este se paró, luciendo inseguro.
Draco se concentró en la forma de sus labios, en la curvatura de sus cejas- y supo que lo que le diría a continuación no era nada bueno.
—Narcissa fue apresada por no delatarme en el Bosque Prohibido en la primera Batalla de Hogwarts. Tu padre fue puesto bajo la Imperius. Esto duró ocho años.
Draco pensó en su madre. Trató de imaginarla en Azkaban, privada de su libertad... y se le hacía imposible. Su madre no estaba hecha para eso. ¿Y su padre?, ¿bajo la Imperius? Nunca vio a Lucius rendido ante ese maleficio sin importar lo que él dijera. Los Malfoy no se arrodillaban.
Miró a Potter con cierto grado de recelo.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué pasó conmigo?, ¿por qué estoy aquí?
El hombre alzó la mano, como si quisiera tocar la cara de Draco, pero tanto él como Potter se alejaron antes de que eso pasara. Este pasó saliva. Las palabras salieron con cautela, como si le doliera contestarle.
—Tú te transformarse en… Astaroth. Miembro del Nobilium de Voldemort.
Draco reconocía las palabras del latín, aunque no le hacían mucho sentido. ¿Él, parte de los nobles de Voldemort?, ¿tomando otro nombre? No sonaba a algo que Draco haría, tanto porque no tenía las agallas suficientes, y porque estaba orgulloso de ser un Malfoy.
Desconfiaba de Potter. Desconfiaba de la manera en que quería acercarse a él con desesperación, como si le quemara el espacio que había entre ambos. Draco temía que quisiera atacarlo, y que todo eso fuera un complot en su contra para- para ganar la guerra, quizás.
—¿Dónde están mis padres? —decidió preguntar, sólo con un ligero temblor en la voz—. ¿Qué hicieron con ellos?, ¿qué pasó?
El gesto de Potter volvió a hacerse complicado, y cuando avanzó esta vez, Draco se lo permitió, con miedo de lo que esa expresión podría significar. Con miedo de lo que podría pasar si Potter estaba demasiado lejos cuando lo dijera.
Podía sentir la separación en cada centímetro de su cuerpo. Era casi como si le estuviera rogando que se dejara tocar.
—Muertos.
La palabra cayó entre ellos como si hubiera sido un puñal.
Draco retrocedió a pesar de lo que había estado pensando. Trató de buscar el truco en la habitación, la broma en la cara de Potter, pero no encontró nada. No sabía qué estaba haciendo allí, no sabía por qué ese hombre le hablaba, pero- pero muy dentro, justo en el vientre, había un tirón, un presentimiento. Sentía… que decía la verdad.
Potter decía la verdad.
—¿Tratando de salvarte a ti? —espetó pensando en su madre.
Potter no respondió, y Draco, a pesar de estar enterándose de esto recién, no sentía que acababa de perder a Narcissa, sentía que era algo que ya sabía, pero que le acababa de ser recordado. El duelo seguía allí, aunque no con una intensidad reciente,
¿Por qué?
Han pasado años.
—¿Por qué estoy aquí contigo? —volvió a preguntar. Potter suspiró.
—La guerra se extendió por nueve años luego de eso, de la primera Batalla. Tú te hiciste espía para la Orden cuando Narcissa murió.
Un pequeño hachazo de dolor llegó, con imágenes que no podía ubicar en el tiempo. El olor a mar. Una mujer entre sus brazos. Ojos verdes tras una capa. Peleas. Discusiones. Besos. Abrazos. Sangre. Dolor.
Mucho dolor.
—¿Y Theo? —Draco dio otro vistazo a su alrededor—. ¿Theo está bien?
La cara de Potter fue una respuesta por sí sola.
—Fue atacado, no sé qué pasó.
—¿Goyle?
—Apresado.
—¿Pansy?
—Muerta.
—¿Blaise?
Potter suspiró.
—Muerto.
A pesar de que no parecía brusco, que no parecía querer estar haciéndole daño, cada palabra dolía. Un recuerdo de Goyle vino, corriendo con los brazos llenos de dulces de Hogsmeade mientras Crabbe intentaba atraparlo. Un recuerdo de Pansy, acariciando su cabello mientras planeaba su boda y Draco le daba consejos sobre vestidos.
Las memorias en su cabeza eran de cuando solían ser niños.
¿Cuánto tiempo llevaban muertos?
—¿Cómo fue? —preguntó Draco, suponiendo que el hombre fue responsable del padecimiento de sus seres queridos—. ¿Por qué?
—Por la guerra —contestó Potter.
Draco lo miró. El pasmo de toda esa información era tan grande, que se sentía más mareado que otra cosa. Todos a los que conocía o estaban presos, o heridos, o muertos. Parecía estúpido y ridículo que él siguiera allí, sobre todo bajo el ala de Potter.
Potter, quien le había dado las cicatrices de su torso. Quien lo odió. Quien nunca lo respetó.
—Pero yo estoy vivo- ¿cómo? —susurró Draco, tocando su propio cuerpo—. ¿Por qué?
—Porque yo te salvé.
Ojos grises chocaron con los verdes. La vulnerabilidad en el rostro de Potter era tan grande, que Draco sintió que su respiración se cortaba. Potter parecía haber sido flagelado, cortado a carne viva para que el resto del mundo lo viera expuesto, y la oración pareció haber abierto heridas nuevas. Potter dio otro paso a él, y esta vez, cuando levantó el brazo y lo dejó descansando en el de Draco, no se alejó.
Por favor, decía. Por favor. Por favor. Por favor.
Draco no entendía qué estaba pidiendo.
¿Sería el único que quedaba de entre la gente que Potter conoció?, ¿por eso parecía tan necesitado de sostenerse a él?
—Tú me odias. Yo te odio —Draco escupió cada palabra, y aunque Potter lucía machacado, no lo soltó—. No tengo idea de por qué mierda mis padres murieron salvándote a ti, pero deseo que no lo hubieran hecho.
Los dedos de Potter apretaron su muñeca, y Draco sintió la ira golpearlo, haciéndole pensar- de toda la gente que amaba, no quedaba nadie. Lo único que le quedaba era este pedazo de mierda que nunca en la vida hizo nada bueno por él. Casi lo mató cuando tenían dieciséis. Su madre estuvo en Azkaban hasta morir por él.
—Eres un desgaste de espacio —Draco dijo, temblando otra vez. La expresión de Potter no había variado, aún decía: por favor—. Cada persona en mi vida que está muerta es gracias a ti, y desearía que sufrieras lo peor por ello. Deseo que hubieras muerto, porque eso sería lo único que me haría feliz.
Potter no respondió, y Draco quitó los dedos de este con brusquedad. La mano de Potter cayó a su lado laxa. No parecía enojado, sino agotado, como si le hubieran succionado la vida.
No recordaba haberlo visto así antes, y tampoco le importaba.
Todos estaban muertos.
—¡¿No me escuchaste?! —le gritó Draco a menos de un metro de su cara. Potter cerró los ojos—. ¡Deseo que tú estuvieras muerto y no ellos!
El dolor era algo abierto e impreso en las facciones de Potter, y a Draco no le importaba. Quería que llorara, que sufriera y se arrepintiera de todo lo que hizo y no hizo. Pensaba que se lo merecía. Necesitaba que le doliera como a él le estaba doliendo la verdad que acababa de ser contada. Que esto era lo único-
Que esto era lo único que quedaba.
—¡¿Por qué me salvaste?! —preguntó, aguantando las lágrimas. Potter negó—. ¿Por qué mierda me salvaste…?
—Porque no podía soportar perderte.
Draco paró, dándose vuelta para que Potter no pudiera ver lo que esa oración le había causado. Sofocamiento, ganas de abrazarlo y nunca dejarlo ir; ganas de matarlo ahí mismo. Draco quería todo y a la vez nada. Quería que nada de eso fuera cierto.
Muertos.
Todos han muerto.
Al menos la mayoría.
—Bueno, espero que vivas el resto de tu puta vida sabiendo que te odio por haberme salvado —escupió. Potter volvió a caminar hacia él.
—Creo que deberías volver a dormir, Draco.
Draco caminó hasta la cama aunque solo se sentó mirando al vacío. Deseaba reír y burlarse en su puta cara, porque no había forma de que dormir solucionara algo. Su cabeza dolía, no tenía un solo recuerdo actual, y para alguien con tan buena memoria eso era una pesadilla. Draco se abrazó a sí mismo, viendo por el rabillo del ojo que Potter trataba de acercarse.
—Vete.
No sabía porqué estaba ahí. Por qué Potter decía esas cosas. Por qué simplemente no lo dejó- morir. Draco no quería esa vida.
¿De qué servía?
¿Cuál era el punto?
¿Estaría atrapado con Potter por el resto de sus años?
—Por favor…
Draco miró hacia arriba cuando lo escuchó hablar.
Labios tiritando. Mandíbula apretada. Heridas en su rostro. Cabello deshecho.
Joven.
Ya no se veía tan mayor.
Parecía diez años más joven.
—¡Vete! —Draco le gritó—. ¡Sal de mi puta vista!
Pero incluso cuando se marchó, incluso cuando Potter pareció haber sido herido una vez más, Draco no sintió ningún tipo de satisfacción. Sus hombros estaban bajos. Su ropa se encontraba sucia. Una parte de sí mismo quería ir tras él y pedirle perdón por todo lo que había tenido que pasar. Por todo lo que él mismo le hizo pasar.
Sin embargo, sólo miró hacia el frente.
Miró hacia el frente, llorando porque era incapaz de reproducir una memoria concisa.
Todos están muertos, ¿qué pasa si los olvido?
¿Y si nunca más recuerdo cómo lucía el rostro de mi madre?
¿Qué va a pasar con ellos una vez que nadie pueda contar lo que hicieron?
¿Cómo Draco podía probar que estuvieron vivos en absoluto?
Sintiéndose igual que un niño pequeño, Draco se levantó y fue hacia la única puerta dentro de la habitación.. Suponía que era el baño. Como si su cuerpo recién hubiera despertado de un trance, cuando dio el primer paso, un latigazo de dolor lo recorrió. Draco pasó saliva con el corazón ya en su garganta y miró hacia abajo, levantando levemente las ropas que cubrían su estómago.
Su torso, sus brazos, todo-
Todo estaba cubierto de vendas.
Sintió un escalofrío recorrerle desde la cabeza hasta los pies y se apresuró al baño, consciente de que estaba a punto de vomitar. Cada flexión de su cuerpo, cada momento que inspiraba hondo, era como si algo caliente se estuviera presionando contra su piel. Draco no sabía cómo no lo sintió antes, pero la ausencia de Potter acrecentaba esto. Acrecentaba la consciencia de sus heridas.
Prácticamente sin pensarlo, Draco se quitó la camiseta que llevaba y se miró en el gran espejo del baño antiguo. No sabía dónde estaba, no lucía como un lugar lujoso; las paredes tenían humedad y afuera aún corría viento.
Aunque eso no era lo que había hecho que todo su aliento quedara retenido en sus pulmones.
Si antes pensó que no reconocía a Potter… aquello no era nada comparado con la imagen que tenía delante de él. Desde el espejo le devolvía la mirada un hombre que podría haber sido la pesadilla de Lucius Malfoy. Lo que Lucius Malfoy hubiera sido si hubiera querido asemejarse a la crueldad del Señor Tenebroso. Había una cicatriz cruzando su cara, su mandíbula era ancha, y sus ojos no poseían emoción alguna. Sus hombros eran fuertes, grandes, y Draco parecía estar habitando bajo una estructura- una armadura que no era él en realidad.
Dio un paso al frente, tocando su nariz, sintiendo la gran cicatriz bajo sus dedos. Y entonces, cuando se separó, encontró que en el inicio de la manga de vendas, un pedazo de su piel sobresalía.
Estaba chamuscada.
—No —Draco murmuró, viendo que el Draco del espejo no parecía ni la mitad de afectado a cómo verdaderamente se sentía—. No- no.
Comenzó a sacarse la venda casi salvajemente, revelando poco a poco los tramos de la piel de su muñeca, de su antebrazo y su hombro. Draco miraba con horror que cada vez que el material se desenvolvía, lo único que encontraba era su piel hecha añicos, con pedazos sanando, otros a carne viva y otros completamente negros. Draco se sentía atrapado en una pesadilla. Tenía que serlo.
—Despierta —susurró, sin dejar de deshacer la venda, soltando el torso y el otro brazo también—. Despierta. Despierta. Despierta.
Pero sin importar cuántas veces lo dijera, nada sucedía. Su respiración se aceleraba más, la presión en su pecho se volvía peor. Y finalmente, Draco se encontró completamente desnudo hacia arriba, viendo que todo- toda su piel estaba…
Bueno, no toda, en realidad.
Sus ojos se dirigieron al brazo izquierdo, encontrando allí, brillante y reluciente, la Marca Tenebrosa. Estaba negra e intacta. Estaba ahí como un recordatorio de todo lo que fue, de todo lo que es y de todo lo que siempre sería.
Draco volvió a mirarse el espejo.
Gran parte de su pecho tampoco estaba quemado, pero eso tampoco hacía mejor la imagen de lo que verdaderamente había allí. Sus dedos fueron a parar instintivamente a los relieves que sobresalían de su vientre, a las recién sanadas llagas. Draco no podía respirar, trataba de tomar grandes bocanadas de aire, sin embargo lo único que hacía era provocar que sus pulmones ardieran. La habitación se estaba haciendo pequeña. Y no podía respirar. No podía respirar. No podía respirar.
Cobarde, decía su piel.
A un lado de todas las cicatrices que recibió a los dieciséis, cuando probó esa misma cobardía.
Quizás la pérdida de memoria era una bendición, después de todo, porque no quería recordar cómo había obtenido esa herida. No quería saber qué le hizo ganársela. No quería darse cuenta de que probablemente lo merecía. o de que Potter había logrado atraparlo y herirlo de nuevo, dejándole otro regalo para el resto de su vida.
Y si no fue él, no importaba mucho tampoco, ¿no?
Las cicatrices del Sectumsempra brillaban al lado.
Quien quiera que le hubiese puesto "Cobarde" en el pecho quiso herirlo de la misma forma que Potter. No eran diferentes, era mejor si lo culpaba a él.
Desearía que estuviera muerto, pensó Draco, sintiendo los incontrolables hipidos y el mareo y el dolor de estómago atacando su frágil cuerpo. Desearía que estuviera muerto. Desearía que hubiera muerto.
Draco apenas se sintió presente cuando se dejó caer en los azulejos del baño, agarrando la cara entre sus manos, sintiendo el ardor se sus quemaduras, del castigo que pasó. Las lágrimas caían; aún le era imposible respirar.
Y seguía deseando su muerte cuando se desmayó.
Seguía deseando la muerte del jodido Harry Potter.
•••
Harry estaba abrumado. Esa era la verdad.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde la batalla, y la tranquilidad parecía artificial. Delgada y frágil como un hilo. Su vida nunca se había tratado de tranquilidad, nunca el destino fue tan benevolente con él. Parecía que en cualquier momento alguien vendría y le diría que Voldemort no había sido derrotado y que necesitaban que volviera a Inglaterra.
Esta vez no estaba seguro de hacer caso, de todas formas.
Esta vez no encontraba los motivos suficientes para seguir arruinando su vida.
La muerte de Astoria, la herida de Theo, la muerte de Ron- todo parecía sacado de una ilusión. Harry era incapaz de pensar en esos eventos como si hubieran sucedido en realidad, porque- ¿cómo?
Un mundo sin la sonrisa de Astoria no podía considerarse mundo. Era casi tan inconcebible como decir que las estrellas ya no brillaban, o que la luna se había escondido. Astoria era más inteligente que él así que, que no estuviera allí debía ser un error. Alguien o algo había cometido un error gravísimo al llevársela porque simplemente no tenía sentido.
Por otro lado, no tenía idea de qué había sucedido con Theo, pero pensar en que nunca- nunca estuvo con Luna, que se pasó casi una década renegando de ese amor por- códigos morales o mierdas superfluas… era ridículo. ¿Cómo había sido tan estúpido?
Y Ron-
Eso era lo más extraño de todo.
Ron había prometido que todo estaría bien. Le dijo que se reirían de eso, pero Harry no estaba encontrando la broma muy chistosa. Le daban ganas de gritarle a lo que sea que hubiera allí afuera que ya podía dejar de jugar porque no era gracioso, aunque nada pasaba. Las horas continuaban y Ron no- Ron no aparecía. Harry no veía cómo podría reírse de esto en un futuro. De ese instante. Cómo podía mirar hacia atrás y sonreír por los últimos momentos en los que lo vio. Harry no podía ver una vida en la que aceptaría esa muerte y seguiría adelante como lo hizo con los demás fallecidos.
Porque Ron era diferente.
Ron era la mitad de su alma.
Harry no estaba seguro de poder describir a nadie lo que Ron representaba para él, y tampoco creía que alguien podría llegar a entenderlo. Era un tipo de relación, un vínculo que Harry estaba seguro de que jamás encontraría en otra persona. Jamás. Un amor más allá del amor que todos querían experimentar, como el amor que él sentía por Draco, o que Ron sentía por Hermione. Lo de ellos era algo completamente electrizante y distinto e intoxicante.
Harry Potter conoció a Ron Weasley a la mera edad de once años, y aunque no sucedió de inmediato, con el pasar del tiempo pudo sentir cómo todas sus células se fusionaban con las de ese pequeño niño de cabello rojo y sonrisa ladeada, que creía merecer menos de lo que en realidad merecía, y anhelaba más de lo que cualquiera podía comprender.
Harry había aprendido que sin importar las circunstancias, Ron siempre volvía. Que la gente iba y venía, las situaciones difíciles empeoraban, las peleas se hacían aparentemente irremediables, ¿pero Ron? Ron siempre estaba al final de todo.
Ron volvía a ellos.
Así que no, Harry no podía recordar la pierna ortopédica que Hermione sujetaba sollozando y pensar: "Oh, sí, Ron está muerto", porque estaba seguro de que regresaría. En cualquier momento, de hecho. Harry se iría a dormir y luego despertaría y Charlie entraría a la habitación junto a su amigo diciendo que en realidad todo había sido una confusión y que, (oh, gracioso), este había logrado Aparecerse en el otro extremo del país y las cosas se malinterpretaron.
Ron volvería.
Sólo debía esperar.
—¿Harry?
Harry dio un salto, girándose a la voz que venía desde su costado.
Y de todas las situaciones, quizás era la más ridícula de todas.
Draco, olvidándolo.
Olvidando lo que pasaron.
Draco se reincorporó en la cama, tomando el brazo de Harry, quien se sobresaltó una vez más. Se suponía que Draco lo odiaba y no sabía quién era. Harry no entendía nada, salvo que su mente atestada de pensamientos se aclaró de golpe.
Estás aquí, su piel cantó al sentirlo cerca.
Estás aquí. Volviste. ¿Te diste cuenta de que arrasaría con el mundo para encontrarte?
No te vuelvas a ir, por favor.
No me dejes.
Te amo. Te amo. Te amo.
—Hola, Draco.
Draco lo tiró aún más cerca, como si estuviera hambriento, con la mirada perseguida. Harry terminó tendido de lado sobre el colchón y teniéndolo frente a frente. Era hermoso. Harry lo había extrañado tanto. Dolía saber que la idea de perderlo era incluso peor de lo que sucedió.
—Harry… —dijo.
Harry sintió un nudo en la garganta cuando Draco comenzó a examinar desesperadamente su rostro. Lo tomó entre sus manos, pasando los pulgares por encima de sus mejillas y sus párpados y sus labios, incrédulo de tenerlo enfrente, de que estuviera allí. Los ojos de Draco se llenaron de lágrimas mientras sonreía, mirándolo como si fuera un milagro.
—Harry- viviste. Estás- estás vivo.
Su voz salió como si eso fuera lo único que deseaba.
Y la compostura que Harry estaba guardando, se cayó de golpe.
Su rostro se arrugó, peor que cuando McGonagall había muerto, y su boca empezó a intentar respirar demasiado hondo, demasiado brusco, como si de repente le faltara el aire. No quería. Quería que se detuviera, porque nada malo había sucedido. Nada. La guerra terminó. Las peleas terminaron. El estar ocultos como ratas- la profecía se había cumplido. Lograron salir del país gracias Kreacher y ahora estaban en Rumania en una de las residencias de Charlie dentro de los refugios de dragones. Todo estaba bien.
Pero no se sentía así.
Su corazón, su cabeza, sus pulmones dolían, como si hubieran sido abiertos en dos. Y necesitaba que alguien lo dejara inconsciente, que Draco lo detuviera, porque no tenía derecho de llorar. No había motivos. Nada malo había sucedido. Nada malo. Nada-
Draco tomó la parte trasera de la nuca de Harry y lo acercó hacia su pecho, haciendo que este enterrara la cara allí y se aferrara a Draco.
Como si fuera un bote salvavidas.
—Lo siento —Draco murmuró, mientras Harry soltaba sollozo tras sollozo. No era capaz de detenerse—. Lo siento, cariño. Lo siento. Estás aquí ahora, estás conmigo. Nada malo te va a pasar. Cuidaré de ti.
—No puedo. Esto es- va a terminar… todo- todo se va a caer-
—Estoy aquí. Lo logramos —Draco dijo, ignorando sus incoherencias—. Vivimos los dos. Cumplimos nuestra promesa.
Harry no comprendía por qué ahora Draco lo recordaba, por qué recordaba las promesas; pero no podía concentrarse más que en el ardor de esas palabras, porque eran como una bendición y un castigo- todo en uno. Harry no sabría qué hubiera hecho si Draco hubiese muerto, pero tampoco sabía qué hacer en ese instante. Seguir vivos no parecía una recompensa. Harry recordaba a Ron. Después de todo, él y Hermione siempre pensaron que valía la pena confiarles su vida a Harry, quien sentía que era capaz de darles su corazón para que los de ellos volvieran a latir, y de que Ron era capaz de darle sus pulmones para que él pudiera respirar.
Y al final de todo, le había dado más que eso.
Ron le entregó sus últimas palabras, su cuerpo. Ron le entregó su vida, para salvarle a Harry el sufrimiento de elegir entre él y Draco.
Así que sí, había cumplido la promesa.
¿A qué costo?
—Lo siento —murmuró Draco, cuando vio que sus palabras lo pusieron peor—. Lo siento. Lo siento. Lo…
No había más que pudiera decirle, y Harry se aferró a él con fuerza, como si creyera que insistiendo lo suficiente, Draco y él pasarían a ser uno solo, mezclando sus pieles y sus huesos y células. Harry apretaba su camiseta en un puño. Enterraba la barbilla contra su pecho creando presión. Draco lo abrazó como si creyera que así podría juntar todas sus partes rotas.
Esto era lo que había buscado por nueve años. Por casi una década. Esto. Este momento en donde todo terminaba, donde el peligro se extinguía y Harry lograba- vivir.
Donde lograba simplemente vivir.
Se sentía como la entrada a otro tormento.
—Lo siento —murmuraba Draco, incansable—. Siento lo que tuviste que pasar. No fue tu culpa. Nada fue tu culpa, Harry. Lo siento tanto cariño, lo siento, siento que hayas tenido que hacer esto solo, que hayas sentido que te correspondía.
Harry se sentía como un niño pequeño. Sentía la urgencia de ser protegido, de ser abrazado, de que le dijeran que las cosas iban a mejorar aunque no pudiera pensar que sería así. Necesitaba a Molly y a sus besos en el cabello. Necesitaba a Hermione y sus abrazos maternales. Necesitaba a Ron y sus pequeños toques que le decían: "estoy aquí".
Pero ya no había nada de eso.
Todo se desvaneció.
Y Harry se desvaneció con él.
—¿Cuánto recuerdas? —preguntó Harry, queriendo pensar de forma desesperada en algo más—. ¿Cuánto-? ¿Qué tanto sabes?
Draco trató de separarse para ver su cara, pero Harry se hundió más en su pecho, queriendo desaparecer. Su piel ardía, Harry suponía gracias a las quemaduras que estaban sanando. Draco pareció hacer memoria.
Tocó con cuidado su Marca Tenebrosa por encima de la cabeza de Harry.
—¿Hay algo que debería saber?
—Ganamos —Harry dijo con la voz rota, sintiendo que el significado de esa palabra estaba vacío. Trató de decirla de nuevo—. Ganamos.
—Recuerdo haberlo oído, no visto.
—¿Sabes- sabes qué pasó en- en la última batalla?
Draco no respondió de inmediato.
—No.
—Entonces no… tú no recuerdas.
—Hasta que fuimos a la Mansión Potter —admitió, volviendo a acariciar el cabello de Harry—. ¿Qué tanto ha pasado desde ahí?
—Astoria está muerta —Harry soltó, queriendo parar de llorar para reír—. Ron está muerto. Theo está herido gravemente. No sé quién- no sé qué más.
La voz fue dura y nada piadosa, como si decirlo rápido y tosco aminorara el efecto de sus palabras.
Harry pensó en Astoria. Pensó en su sonrisa que parecía curar los males. Pensó en su inteligencia y su valentía y la forma que quería ayudar. Pensó en Theo, en su "me tienes a mí" cuando oyó que Draco decía que no le quedaba nadie. En su compañía silenciosa pero presente y su cariño representado en lo más nimio y pequeño.
Su garganta se cerró de nuevo. Sus pulmones se apretaron. La presión encima de su pecho, de su estómago, de todos sus intestinos se hizo tan insoportable que Harry sintió que acababa de perderlos. Una vez más.
Esto iba a destruirlo, terminaría de enterrar lo poco de sí mismo que la guerra había dejado. Y era claro Draco no sabía qué hacer, cómo prevenir que cayera. Harry no esperaba que lo hiciera.
—Lo siento- lo siento —repitió incoherentemente, y sus lágrimas mojaron la tela—. Harry, lo siento demasiado. Dime qué puedo hacer y lo haré. Lo que quieras. Lo que me pidas-
—No puedes.
Así que solo lo abrazó más fuerte.
•••
El funeral de Ron fue pocas semanas después de la batalla, y Harry no fue capaz de asistir. Ni siquiera pensó en pedirle a Kreacher que lo llevara.
No porque no quisiera, (aunque muy dentro suyo en realidad no quería), sino porque Draco no podía entrar a Inglaterra sin que una gran señal apareciera encima de su cabeza para apresarlo. Además, Kingsley se encontraba organizando un viaje, y Charlie no estaba con ellos en el refugio, por lo que si Harry viajaba, Draco se quedaría solo, y estaba demasiado inestable para confiar en que, si él desaparecía por un día para ver cómo enterraban los restos de su mejor amigo, no tuviera algún tipo de problema cuando volviera.
¿Así que, qué hizo?
Miró la ceremonia a través de los ojos de Hermione.
Se organizó en uno de los cementerios cercanos a la anterior Madriguera, donde la madre de Luna Lovegood se encontraba enterrada. Hermione estaba en primera fila, y frente a ellos había un ataúd de no más de un metro, que contenía todo lo que pudieron reconocer que correspondía a Ron.
Había poca gente- los Weasley, y máximo diez personas más. Muchos murieron, y se estaban dando demasiados funerales simultáneos. Harry, mientras Molly subía a la tarima, se preguntó si estaban enterrando a Seamus también. Si alguien se tomó el tiempo de reconocer su cuerpo en la Mansión Potter y sepultarlo donde sea que estuviera Dean, como él mismo dijo que le habría gustado descansar por la eternidad.
Después de esas primeras horas posteriores a la batalla, Harry no había vuelto a quebrarse. Lloró todo lo que pudo en los brazos de Draco, y se prometió que sería fuerte. Que Ron no había muerto para que él fuera miserable. Casi podía sentir su voz diciéndole que dejara de lamentarse.
Sin embargo, mientras veía a Molly situarse en el estrado, Harry sabía que probablemente estaba al borde de otra crisis.
—Ni siquiera sé qué se supone que debería decir —dijo ella una vez arriba, mirando al público.
La gente no hizo ni comentó nada, ni siquiera antes habían estado hablando. Tanto Harry como ellos sentían los funerales como algo repetitivo y al mismo tiempo desgarrador. ¿Qué se suponía qué había que decir?, ¿que Ron ahora estaba en un lugar mejor?, ¿que tuvo que esperar a morir para estarlo?
Molly sujetó el papel de su discurso con manos temblorosas. Harry deseó poder abrazarla y decirle que la entendía. O que al menos compartía el dolor. Que ambos habían perdido la mitad de sus vidas ese día.
—Ron- Ron… —balbuceó ella. Su voz también temblaba—. No sé por qué él está aquí- no tiene- no tiene sentido…
Al menos ahora sabía que no era el único que pensaba así. No era verosímil lo que estaba sucediendo. Harry nunca pensó vivir más que Ron, jamás se imaginó estar en esa posición. Siempre creyó que si pasaba, él se iría a su lado.
—Estábamos en medio de la batalla cuando moriste —volvió a hablar Molly. Para Harry fue como una estaca. Ella miraba directamente a la urna con los restos de su hijo—. Bill y Arthur acababan de caer. Hermione me indicó dónde se suponía que estabas, dentro de un escudo para prevenirte del fuego. El resto de nosotros se encontraba luchando, y aunque estaba preocupada, por unos segundos… no me importó, ¿sabes? No me importó que estuvieras en peligro mortal. Sé cómo suena, pero no- la razón es- ¿quieres saber por qué?
Harry cerró los ojos, viendo la escena en su cabeza. Bill y Arthur en el suelo. Hermione gritándole a Molly que Ron y él estaban dentro de un Protego. Todos seguros de que a pesar de todo, no había mucho de qué preocuparse.
—¿Quieres saber por qué no me importó?
Alguien sollozó en la multitud. Molly rompió el papel con su discurso que de todas formas no estaba leyendo. Era cruel. Era inhumano pedirle a una madre despedirse de su tercer hijo, y aún así lo enfrentaba con gracia, todo lo contrario a él. Harry deseaba que Molly le prestara un poco de su fuerza.
—Porque siempre vives, Ron.
Harry se dejó caer en su lugar, llevando un puño hasta su boca.
Su corazón volvió a romperse.
—Siempre vives. Siempre regresas. Siempre me demuestras que preocuparme por ti no sirve de nada, porque sobrevives a lo improbable y me haces ver los riesgos de distinta forma. Me haces saber que tu poder va más allá de lo que puedo comprender. Por mi cabeza apenas cruzó la posibilidad de que algo te pasara, porque estabas con Harry, Hermione estaba cerca. ¿Qué cosa tan terrible podía suceder? Volverías a mí.
A pesar de estar llorando abiertamente, la mirada de Molly continuaba siendo la de una mujer dispuesta a seguir, a no rendirse, y Harry por fin comprendió por qué Dumbledore decía que el poder del amor era tan fuerte. No se estaba refiriendo a cualquier amor, sino al de una madre. Al de una mujer. Ningún hombre podría llegar a entender esto, jamás podría hacer lo que Molly hizo. Las mujeres nacen con el dolor clavado en sus espaldas como una cruz, y aprenden a llevarlo como un arma que les permite avanzar por el mundo.
Después de todo, ¿quién detuvo la primera guerra?
¿Y qué mujer les ayudó a ganar la segunda?
Los hombres no saben amar así de incondicionalmente.
Harry se secó las lágrimas con la manga de la camiseta y tomó aire, mirando el rostro de Molly, a quien deseaba llamar madre, romperse y recomponerse ante sus ojos. Quería decirle demasiadas cosas.
Lo siento. Estábamos juntos, y lo abandoné. Él me dijo que viviría, y yo le creí y ahora no podré cambiar eso nunca. Nunca podré volver a ese momento e idear una forma de salvarlos a ambos. A Draco y a él.
Se suponía que estábamos juntos, y cuando estábamos juntos, nada nos pasaba. Nada nos tocaba. Éramos invencibles. Solo fuimos heridos cuando nos separamos.
—Te pasaste toda tu vida alejándote. Alejándote de mí, de tus hermanos e incluso de tus amigos. —Molly se tambaleó mirando la caja de restos. Su voz pendía de un fino hilo—. Siempre nos dejaste a todos atrás. Estar contigo era como perseguirte. Pero a pesar de marcharte, Ron, siempre volviste. Siempre volviste. Siempre-
George botó algo en el otro extremo del lugar, y salió, incapaz de permanecer allí. Arthur y Bill apenas comprendían, apenas estaban presentes. Percy no paraba de temblar. Charlie se había vestido de blanco.
Molly puso las manos encima de su cara.
—¿Es mucho pedir, que lo hagas ahora?
Harry sintió las palabras tatuarse en su pecho, en su cuero cabelludo, en su intestino. Su garganta se cerró.
Molly cayó al suelo afirmando su cara.
—Nunca te he pedido nada, no realmente, pero ahora lo estoy haciendo… por favor. Por favor, mi niño, mi niño precioso- vuelve. —Arrodillada, los hombros de Molly no paraban de moverse—. Siento no haberte dicho nunca que… Nunca te dije que cuando naciste el cielo estaba tan estrellado que podíamos sentir que se nos venía encima. ¿Lo sabes, Ron?
Un bebé. Dos adultos. Un llanto y dos sonrisas. Una nueva vida. Una esperanza.
Las estrellas brillaron y la oscuridad se alejó.
—Naciste una noche estrellada, y pudimos contar las constelaciones. Eres especial. Mi niño- mi hijo. Mi… mi vida. Por favor, Ron, ¿qué tengo qué hacer? —Molly estaba sentada en el suelo. Finalmente sacó las manos de su rostro y miró hacia abajo. Harry tembló con ella. Sentía su desesperación como propia—. ¿Qué tengo qué hacer? No me dejes. No tú. ¡Por favor…!
Los sollozos comenzaron. Harry no creía haberla escuchado llorar así en su vida.
Hermione se movió, haciendo que la imagen se enfocara en el suelo, y Harry lo agradeció.
—Vuelve… Por favor.
Sin embargo, no mirarla no era suficiente para escapar del abismo.
Harry cerró los ojos, se tapó los oídos, dio un paso atrás, y aún así los gritos de Molly eran tan altos, estaban cargados de tanto dolor y desamparo, que no podía dejar de escucharlos. No podía dejar de oírla pedirle a Ron que regresara y que le dijera que todo fue mentira. O que regresara mediante un milagro. Harry quería dejar de escucharla, y dejar de llorar también.
Se sentía inútil, como un hipócrita, porque él, Ron, y Hermione se distanciaron durante la guerra, pero gracias a sí mismo. Harry les puso una barrera, demasiado temeroso de perderlos, de crear lazos significativos que terminarían por destruirlo. Ni siquiera fue consciente, pero se despojó de su humanidad al punto de que su motivación para ganar la guerra ni siquiera tenía que ver con salvar al mundo. No tenía que ver con el bien común. Sino, simplemente, con derrotar a Voldemort y a los Mortífagos. Vengarse. Nada más. Dejó de interesarse por los nombres de los refugiados, dejó de interesarse por conocer sus vidas, sus historias, sus sueños, miedos y familias, y sólo se enfocó en encontrar a Nagini.
Quizás una parte de sí mismo lo veía como una pausa en su vida. Una vez que todo terminara, podría retornar a la normalidad.
Pero sólo quedó un río de sangre.
Desconoció a Ron durante la guerra. No supo en qué momento maduró, en qué momento vio a Draco con otros ojos. Nunca le preguntó cómo se sentía su pierna luego de crear la primera prótesis. Nunca le preguntó sobre su discapacidad y las secuelas. Harry no estuvo allí el día que Ron voló por primera vez luego de su accidente, ocupado tratando de vencer a Voldemort.
Y ahora lo había hecho. ¿Y ese recuerdo dónde estaba?
Harry prefería haberlo tenido.
Cuando Hermione paró de mirar el suelo, y retornó su vista al frente, Molly seguía sollozando. La mujer dio un paso al frente, y de entre todos los papeles, sacó uno especial. Uno que estaba plastificado, limpio, y reluciente.
Hermione se concentró en tratar de distinguirlo. Harry solo escuchó el ruido de su propia caída al reconocerlo.
Era el dibujo que le dio para Navidad.
La última vez que los vio a todos felices. La última vez que los vio sonreír genuinamente. Y Harry, como siempre, tampoco fue parte de ese recuerdo.
Aunque hubiera estado presente.
•••
Las primeras semanas después de la batalla fueron las peores, tanto para Harry como para Draco.
Hasta ese momento no sabían el nivel de daño que Voldemort hizo a su cabeza, pero Harry tuvo que encontrarse cada día con un Draco diferente. El que recordaba sólo la primera batalla. El que sabía todo lo que pasaron. Astaroth. El atrapado en sus recuerdos de las torturas de Narcissa. El que no era consciente de sí mismo, creyendo que vivía con su madre. Harry no sabía cómo lidiar con eso. Era demasiado. Sobre todo considerando que acababa de perder.
Porque perdieron.
Harry era incapaz de ver lo que sucedió como una victoria. Voldemort estaba muerto, sí, ¿pero cuál era el precio que tuvieron que pagar?, ¿si todos estaban muertos, si la mayoría de los que le importaban ya se habían ido, cómo podía llamar a lo que sucedió "ganar"?
McGonagall siempre le dijo que no debían rendirse porque era una falta de respeto, una forma de decir que las muertes habían sido para nada. Pero Harry se sentía así incluso cuando Voldemort ya no era nada más que un cuerpo despedazado por la multitud. Le era imposible evitar pensar que todo lo que pasó- fue para nada.
La calma parecía insustancial. El después no era un premio, sino un castigo. Las paredes del refugio se hacían pequeñas. Había días en los que Draco lo odiaba y no lo recordaba. Harry extrañaba a Ron hasta sentirse enfermo.
Se la pasaba mentalmente en Hogwarts, consciente de que las memorias pertenecían a otra persona y a otra vida. Como una vez Draco le había dicho: quizás Hogwarts era el sueño.
Harry no podía dejar de pensar, no podía dejar de intentar acordarse de su habitación en el castillo, tratando de poner en su lugar cada detalle que parecía tan insignificante entonces, y que ahora se sentía como el mundo entero. Los calcetines esparcidos a un lado de su cama. El baúl a medio hacer de Ron al lado del suyo. Las pertenencias de Neville perfectamente cuidadas en la otra esquina. Seamus y Dean mezclando sus cosas como si les pertenecieran a ambos.
Si Harry cerraba sus ojos, a veces podía escuchar a Ron, Dean y Seamus discutiendo sobre los Cannons. A Neville dando su opinión tímidamente sobre las tácticas de los jugadores. Si se concentraba lo suficiente, podía ver a Ron girándose en su dirección y poniendo una mano en su pierna mientras le preguntaba:
—¿Y tú qué opinas, Harry?
No por cortesía, no para crear conversación ni para hacerlo sentir integrado, sino porque realmente le importaba lo que Harry pensaba. Siempre lo hizo. Cada cosa que Ron hacía o decía- siempre quería saber qué tenía Harry para opinar al respecto, aunque no siempre lo dijera con palabras.
Harry veía el Gran Comedor. Cada mesa puesta en su lugar: Slytherin, Hufflepuff, Ravenclaw y Gryffindor. Era capaz de percibir el aroma de los banquetes, la charla amigable, el desastre. Hermione leyendo el periódico, Ron comiendo tres cosas a la vez, todo su año riendo y riendo y riendo. Malfoy en el otro extremo del comedor contando una historia a todo pulmón que Harry era capaz de distinguir.
Pero cuando despertaba, nada de eso estaba ahí.
A veces, también pensaba en Hagrid.
Harry se preguntaba si había hecho algo mal en algún punto, si podría haber cambiado el resultado de su lealtad. Quizás, si hubiera actuado distinto, Hagrid jamás lo habría traicionado, habría pensado que valía la pena luchar por él. Harry repasaba todas sus interacciones sin saber qué tanto era verdad y qué tanto era mentira. O si todo lo era. Prefería no averiguarlo.
Sin embargo, tenía que decir que a pesar de lo mucho que fantaseaba con Hogwarts, la mayoría del tiempo, al despertar, era un alivio que no hubiera nada más que Draco.
A veces durmiendo. A veces, mirándolo. A veces besando su frente como si así pudiera sanar. A veces, lo más lejos posible de él.
Pero ahí.
Sano y salvo.
Y Harry, con culpabilidad y rabia y asco- no podía evitar pensar que después de todo, no toda la guerra fue pura matanza, sangre y torturas. No todo fue malo.
Porque encontró a Draco.
Esa noche, en el otro extremo de la cama, Draco despertó y observó a Harry quien estaba sentado encima de las cubiertas, con su espalda apoyada en el respaldo. En el futuro, Draco le diría que miró su perfil iluminado por la luz de la luna y pensó que lucía vacío, y al mismo tiempo devastadoramente hermoso. Podría haberse quedado horas admirando la dura línea de su mandíbula, el color de su cabello, las pestañas bañando sus ojos. Lo conocía de memoria. Cada recoveco y espacio de su piel estaba grabado a fuego en algún lugar de sí. Draco se sintió desesperadamente feliz solo de mirarlo. Pero no sabía por qué.
Harry lo observó de vuelta entonces, sin tener una mínima idea de qué pensaba. Draco parecía hipnotizado.
Lo había mirado muchas veces así durante la guerra. Como si en él se encontraran todos los secretos del universo, como si Harry fuera lo más preciado que tenía.
Pero había algo diferente.
Sus ojos brillaban diferentes.
Era una mezcla de maravilla y asombro y de no poder creer lo que tenía. Y al mismo tiempo, de miedo.
—¿Draco? —preguntó Harry, sintiendo su corazón romperse de antemano.
Draco le dedicó una sonrisa dulce.
Una sonrisa impropia de él.
—Hola —respondió—. ¿Por qué estoy aquí?
Harry sintió que la frase lo rompía pero eso no era nada nuevo. Sin importar cuántas veces lo escuchara, que no recordara seguía doliendo como la primera vez.
—Porque Voldemort ganó, casi diez años atrás-
—¿Voldemort?
Draco se sentó en la cama, aún mirándolo. Como si acabara de encontrar un tesoro, una joya extraviada. Harry no había estado seguro de que Draco pudiera mirarlo de esa forma, no después de lo que habían pasado. Sus ojos ardieron en los bordes como si le prendieran fuego.
—Lo siento, pero —dijo Draco, sonriendo todavía—, ¿quién eres?
Harry dejó salir una respiración cansada. Derrotada.
Triste.
Sin responder, tomó su mano.
—Soy Harry Potter.
—Eso no responde muchas dudas. Eres un extraño. —Draco miró sus manos entrelazadas—. Espera, ¿tú y yo…?
Harry la soltó de golpe, sabiendo que para Draco debía ser raro. Pero él lo detuvo a mitad de camino.
—No —susurró—. No dejes de tocarme. Todo en mi cabeza se tranquiliza cuando me tocas.
—¿Sí?
—Sí. Así que quienquiera que seas, Harry Potter, deberías sentirte afortunado.
Harry lo observó. Su pecho se encogió sólo de hacerlo, de esa simple acción. Porque Draco se veía inocente, alguien sin todo el peso de las muertes y las guerras y el dolor. Esto era su mayor deseo y a la misma vez su ruina. Harry estaba completa y totalmente arruinado, porque lo seguiría hasta el final de los tiempos. Hasta que ya no quedara nadie más en la tierra.
Era así.
Lamentablemente, siempre sería así.
—Lo soy.
Lo había encontrado.
Se tenían.
Era lo importante.
Así sabía la libertad.
•••
Uno de los días en que Draco tuvo su cabeza en orden, Harry aprovechó de hablar con él sobre algo que, al parecer, venía atormentándolo desde hacía semanas. Draco podía sentirlo. Después de que comprobara que recordaba, se mantuvo todo el día gravitando cerca suyo, como si estuviera juntando el valor para hablarle.
Finalmente, lo hizo, mientras Draco escribía cosas que no deseaba olvidar.
Theo herido.
Prácticamente todos muertos.
Todo destruido.
—Draco… —Harry dijo entrando a su cuarto. Draco acababa de anotar qué le pasó a la Mansión Malfoy.
—¿Sí?
La cara de Harry era neutral cuando levantó la mirada. Draco no podría haber averiguado qué significaba su expresión ni aunque lo hubiese querido. Algo le decía que no todo andaba bien, pero simplemente esperó.
No demoró mucho en saber la verdad.
—Luna está embarazada.
La oración quedó colgando en el silencio.
Draco no sabía qué decir.
Le fue imposible no pensar de inmediato en Theo, preguntarse cómo se sentiría, de poder saber que Luna había encontrado a alguien más no mucho tiempo después de la última batalla. Que quizás tendría su "felices para siempre" con otra persona.
¿Y si algún día despertaba?
¿Y si hallaban la cura de su padecimiento?
¿Qué pensaría Theo si la viera con un niño que no era de él?
—Oh. Oh, eso es- es genial —Draco dijo tragando el nudo de su garganta que le vino, al imaginarse una familia feliz entre Luna y Theo. Se sentía como si él la hubiera perdido y no su amigo—. Le hará bien además de estar junto a.. ¿Eveline, me dijiste? Uh, ¿quién-?, ¿quién es el padre…?
—Draco.
Por unos segundos, el ceño fruncido de Harry se volvió algo doloroso. Agonizante. Él solo lo miró.
Y Draco comprendió qué quería decir.
—Oh —murmuró, dejando escapar el aire—. Oh, Merlín. Oh.
Theo no perdería nada.
Porque Theo era el padre.
Draco no sabía qué era peor, que Luna hubiera encontrado a alguien más, o que el niño que estaba esperando era de Theo, un hombre que ya no estaba presente. Draco no había visto los daños en su amigo, pero si se parecía remotamente a Lucius, a como había estado su padre luego de la Imperius…
—¿Y lo va a tener? —preguntó, felicitándose por mantener la voz calmada.
Harry asintió.
Draco estiró los brazos, y sin pensarlo, Harry caminó hasta él para envolverlo en un abrazo. Draco enterró la cara en su pecho dejando que su aroma lo intoxicara, y Harry comenzó a acariciar su cabello con esa devoción característica que poseía. Durante un segundo, se perdieron en ese abrazo y la paz inundó sus músculos.
—Creo que necesitarán a Kreacher más que nosotros —dijo con calma—. Podrías decirle que vuelva sólo cuando lo llamemos.
—Sí —respiró Harry con una sonrisa que Draco podía sentir—. Extrañaba que fueras la razón entre ambos.
Se preguntó desde hacía cuánto que Harry no podía tener una conversación con una versión de sí mismo que no estuviera al borde de la locura.
—Aquí estoy —respondió con una opresión en el pecho. Harry besó su frente—. Aquí siempre estaré.
Aunque al día siguiente no lo recordara, no todo era malo. Con el pasar de los meses, la mente de Draco fue mejorando. O al menos, no despertaba con recuerdos tan diferentes cada día.
Todo era un caos, no relacionaba tiempos entre las memorias, no sabía exactamente cuando habían pasado ciertas cosas o si es que habían pasado, pero definitivamente era mejor que el primer día. Poco a poco las versiones de sí mismo iban acoplándose en una nueva que no era ni el Draco de antes de acabar la guerra, ni el del inicio.
Y todo gracias a Madam Pomfrey.
Harry escribió a los Weasley sobre lo que le pasaba, y Molly decidió tomar las riendas de la situación rogándole a Madam Pomfrey que fuera a verlos una vez cada diez días para que Draco pudiera recobrar su sanidad. El mundo mágico era un desastre. Había cientos de heridos. Todavía no se reconstruía ni la mitad. Pero Madam Pomfrey fue de todas formas.
Cada diez días visitaba a Draco. Iba a ayudarlo a regenerar su mente. Draco sabía que no era por él, que ella tenía sus propios motivos, pero lo agradecía.
Harry lo agradecía incluso más que él.
Por eso quizás lo hacía. Por Harry.
Si había algo que Harry merecía en el mundo, era la felicidad.
Aquel día, Draco despertó y tenía dieciséis. Su padre estaba en Azkaban. Acababa de tomar la Marca. Su madre fue a su habitación la noche anterior a hablar con él y lo acurrucó como si fuera un niño. En la mañana, vio a Harry casi doce años más viejo durmiendo a su lado- y perdió la cabeza.
Y luego, recordó.
No todo. No lo que debía. Recordó el desespero, el llanto, el ataque de pánico, el espejo sucio. Draco se vio a sí mismo pensando que iba a morir y que eso quería, y que al mismo tiempo deseaba vivir. Y luego los ojos verdes. Luego, un chico peleando con él. Luego, el hechizo.
Sectumsempra.
Draco recordó estar tendido en el suelo, susurrándole a Harry que no quería morir. Recordó a Harry de rodillas a su lado con una expresión que le decía que este era el mayor error de su vida. Recordó eso, y se alejó como si hubiese sido quemado.
Harry dijo la palabra clave, entonces, y Draco se hizo vagamente consciente de que no tenía dieciséis, pero aún no recordaba nada aparte de ese último episodio.
Después de contestar parcialmente algunas de sus dudas, Harry comió en otra habitación porque Draco no paraba de temblar al tenerlo cerca. Por su lado, Draco se la pasó pensando qué había sido de sus padres y por qué estaba con Potter de entre todas las personas, o por qué sentía que su corazón estaba lleno sólo de verlo. Sin embargo, una parte de sí le decía que no preguntara. Que había cosas que era mejor no saberlas.
Madam Pomfrey llegó una hora después de desayunar. Estaban en la sala de estar de su casa (o bueno, lo que él suponía que era su casa). Draco la recordaba de cuando lo cuidó por el Sectumsempra, ese que sabía que había pasado mucho tiempo atrás pero que se sentía reciente. Como si hubiera sucedido un día antes. Madam Pomfrey había lucido preocupada en ese entonces, maternal: una mujer que quería brindarle su ayuda como fuera.
La que tenía enfrente lo miraba con odio.
—Lo siento —murmuró, cuando ella estaba examinando sus signos vitales. Draco no podía detenerse. Sentía que debía disculparse. Por lo que sea que hubiera hecho- tenía que disculparse.
La mujer no lo miró, pero sí detuvo sus movimientos de una sola vez con brusquedad.
—No sé- no entiendo del todo qué fue lo que él hizo —volvió a decir, pasando saliva. No hacía falta aclarar que con "él" se refería a sí mismo. A Astaroth. Al hombre que se suponía se había convertido—. Pero- lo siento.
—No.
La brusquedad, la fuerza con la que la mujer habló, lo hizo sobresaltarse. Parecía estar conteniéndose para no golpearlo. Las manos de Madam Pomfrey se cerraron en sus brazos con ímpetu. Draco la dejó.
—No te daré la satisfacción de ofrecer una disculpa —siseó ella. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Ya has obtenido más de lo que mereces.
Y lo peor era,
Que tenía razón.
Draco tenía una noción, que lo que sea que hubiera cometido- era malo. Era muy malo. Lo suficientemente malo como para que su Marca doliera toda la mañana, y que le dieran ganas de arrancarse la piel sólo de mirarla. Lo suficientemente malo para que Harry no pudiera verlo a los ojos cuando le preguntó por su pasado.
Y Draco lo tenía a él.
Despertaba a su lado.
Ciertamente era más de lo que merecía.
—Aún así lo siento —murmuró Draco.
—Bien —Madam Pomfrey le espetó—. Deberías.
La sesión con la sanadora le ayudó, de todas formas, a pesar de la hostilidad. No solo porque poco a poco Draco podía sentir su mente menos frágil y algo más recuperada, sino además, porque le hizo entender que… que no bastaba con unas disculpas.
Que había hecho cosas imperdonables.
Lamentarlas no era suficiente.
Y si quería algún día poder sentir que había pagado su deuda, no podía seguir victimizándose.
Sabía por Harry que Arthur y Bill Weasley fueron heridos durante la batalla por conjuros similares al de Theo (Mente de Gelatina), que los hacían tener razonamientos de niños o incluso bebés. Theo, por otra parte, había sufrido un trauma cráneo cerebral en el hemisferio izquierdo, justo donde se encontraba una de las áreas encargadas del habla; algo parecido a lo que los muggles llaman afasia. La maldición estaba en toda su cabeza, como una masa pegada al cerebro; pero aquel trauma era lo más peligroso y al mismo tiempo lo que Draco estaba dispuesto a arreglar. Debía investigar qué lo causó, si la magia o un golpe, y entonces sacar a su amigo de allí.
Draco iba a dedicar su vida a revertir ese hechizo.
El mal no se puede deshacer.
Pero podía tratar de remediarlo.
Draco partió desde esa base de conocimiento, y encargó a Kreacher decenas de libros acerca del cerebro humano; muggles y mágicos. Cuando tenía sus recuerdos, absolutamente todos, Draco se dedicaba a leer y anotar lo útil, poniendo también su conocimiento de bioquímica y alquimia en práctica. Cuando sólo recordaba parcialmente, usaba esas notas y se guiaba para seguir investigando. Sentía que de esa forma no sólo ayudaría a Theo, sino que también estaría honrando a Eric. Todo lo bueno que hacía, se lo debía a ese muchacho. Esperaba que donde sea que estuviera no lo odiara.
Estaba mejorando, sí, pero aún existían momentos en los que de plano… todo era un lío, todo en su cabeza se deshacía. Cuando eso sucedía, Draco… Draco se dedicaba a ver el refugio de dragones.
O a lo lejos, a observar el mar.
Harry no soportaba estar encerrado, aunque tampoco disfrutaba los espacios abiertos con gente mágica. Draco suponía que se debía a la guerra. Todo se debía a la guerra. Cada cierto tiempo salían a caminar para ayudar con las secuelas psicológicas que esta dejó. Hacían lo que estuviera en sus manos para calmar la sensación de que estaban en constante peligro, y que necesitaban moverse. Descansar era como pedir ser ejecutados. Salvo que ya no quedaba nadie que estuviera tratando de encontrarlos.
Aquel día, casi finalizando su tiempo en el exilio, Draco se encontraba más calmado y menos abrumado que de costumbre. Sus memorias eran algo borrosas, pero presentes. Aquel día sentía que podía seguir adelante, o podía tratar de hacerlo, sin pensar en alguna víctima amputada por él mismo. Había arrinconado a Harry en la cocina, y como si necesitara beberse de él y de lo que representaba, le hizo el amor hasta que ambos por poco se desgastaron.
Lo que sea que le pasara en aquel instante le estaba sirviendo para ayudar a Harry. Alguien debía ser fuerte por los dos, y Harry- su Harry de carne y hueso, estaba demasiado destruido para eso. Draco podía notar ahora lo pequeño que era, lo pequeño que parecía en comparación al héroe que creía ver cuando lo miraba tiempo atrás. Draco quería salvarlo de toda la pena.
Pero no podía.
Draco ni siquiera podía salvarse a sí mismo.
Lo único que podía hacer era abrazarlo y susurrar palabras en su pelo cuando despertaba. Era dejar que Harry purgara todo lo que necesitaba purgar a su lado. Que pudiera llorar lo que necesitaba llorar. Aunque Draco no sabía por qué lo necesitaba la mayoría del tiempo. Ciertamente no lo merecía.
Era demasiado extraño caminar a su lado normalmente, memorizando de forma exacta las huellas que Harry dejaba en la arena bajo sus pies. Era raro intentar vivir una vida nueva en la que cenaban como una pareja ordinaria, y discutían por cosas mundanas como el aseo. En parte se sentía plástica, como si no estuvieran haciendo lo que se suponía que tenían que hacer: luchando, planeando; siendo mártires o victimarios… Pero era agradable conocer a Harry un contexto que no involucrara el genocidio.
Bajo la amenaza de la guerra, era imposible considerar su relación "normal" o que nació bajo parámetros comunes y saludables. Así que ahora que ya no estaba, conocer a Harry sin la responsabilidad de cargar con las vidas de los inocentes, ni Draco con sus muertes… era cautivante. Lo hacía feliz.
A Harry le gustaba volar y hacer maniobras extrañas en el aire; ver el mar con él mientras preguntaba por sus misterios; comprar cosas muggles que no conocía y que eran completamente inútiles; tararear melodías que aprendía sin querer (y que también eran ridículas). Le ponía contento cocinar, dibujar, besarlo, verlo hablar, el calor y los perros.
Draco estaba aprendiéndolo de memoria otra vez.
—Mira —dijo Draco en medio de una calle, apuntando al letrero que decía "papelería"—. Entremos.
Harry lo miró frunciendo el ceño. Al menos Draco lo había sacado de su ensimismamiento.
—¿Por qué?
—Me gustan los libros —respondió Draco, cruzando la calle—. También me gusta el origami.
—¿Sí?
Harry entrelazó sus dedos.
—Sí, Harry.
Kreacher había insistido en comprar las cosas y llevarlas al refugio él, pero Draco creía que era mejor para ambos caminar. Solo- caminar, sacar a Harry de esa casa, como ya había dicho. Y sabía que era lo correcto. Entrar a esa tienda, dejar que escogiera papel y lápices… lo que sea que ocupara para dibujar a los que amaba.
Draco compró un set de papeles que sabía que le serían útiles para anotar o hacer origami, y Harry, sin soltarlo, observó detenidamente los tipos de lápices que vendían junto a una libreta para dibujos. Draco apoyó la barbilla en su hombro y suspiró, dándole fuerzas. No sabía si las necesitaba, pero si era así, Draco estaba ahí para sostenerlo.
—Hola, bienvenidos a… —dijo la chica tras el mostrador una vez que se acercaron con las cosas para pagar. Draco no la reconocía, pero cuando ella lo vio, su rostro hizo un gesto extraño—. ¿Draco?, ¿Draco Malfoy?
Sintió a Harry tensarse al mismo tiempo que él lo hacía. Draco llevó una mano hasta la varita en su bolsillo. Harry movió los dedos. La magia le heló la piel.
—Oh Dios mío, Draco… ha pasado tanto- soy Mary, ¿me recuerdas? Iba un año por debajo de ti —continuó ella sin tener idea de que tanto Draco como Harry estaban dispuestos a atacarla ante la mínima sospecha—. Era la mejor amiga de Astoria, ¿no sabes quién soy…?
Draco se dedicó a observarla. El cabello estaba amarrado en una coleta y se veía mucho más amable comparado al vago recuerdo que Draco tenía de ella. Si es que podía llamarle a eso recuerdo. Si es que su mente no estaba tratando de poner allí imágenes que no existían.
—Da igual, ¿cómo has estado?, ¿cómo han estado todos? —dijo Mary agitando una mano. Draco tenía la leve impresión de recordar a dos chicas tomadas de la mano por Hogwarts—. Les digo desde ya que he querido escribir, pero las cartas nunca llegan. En el Reino Unido están ilocalizables. ¿Qué-? ¿Cómo están?
—Creo que ahora puedes enviar cartas, Mary —decidió decir Draco con calma.
—Oh, sería genial. —Mary sonrió mientras tomaba sus cosas y comenzaba a pasarlas por la máquina para pagar. Draco vio que su sonrisa se expandía. Sus ojos se cristalizaron un poco, como si se alegrara de algo—. De todas formas, mientras envío mi carta, me gustaría saber… ¿cómo está Astoria?, ¿está bien? No me he enterado de nada de ella en- años. ¿Crees que sería muy raro escribirle ahora?
Draco lo estaba esperando.
Estaba esperando esa pregunta.
Dolió de todas formas.
A su mente llegó la imagen del día en el que Astoria le habló de lo que sucedió con su hermana Elizabeth. Recordó haberla oído mencionar algo de su mejor amiga nacida de muggles, o su primera novia, aunque no podía situar la memoria en el tiempo. Draco se preguntó si la mujer frente a ella era parte de las razones de Astoria para unirse a la Orden. Para recibir golpes, y hechizos y heridas.
Para morir.
Draco se preguntó si Mary lo sabía.
No que había muerto, por supuesto, sino que Astoria estaba luchando en contra de los que querían exterminarla. Para que gente como ella pudiera tener un futuro en el Reino Unido.
Mary recibió con una sonrisa el dinero que Harry le entregaba, aún tenso. Sonreía como si una esperanza se le hubiera abierto. Quizás estaba pensando las cosas que le diría a Astoria, todo lo que le contaría. Quizás estaba imaginando un reencuentro luego de tantos años, anhelando una vida que Mary no sabía que jamás tendrían.
Astoria nunca respondería a esa carta, nunca sería capaz de resolver sus dudas o confesar todo lo que se quedó sin decirle. Astoria no volvería.
Astoria y Mary no se verían una última vez.
La mujer alzó las cejas, a modo de repetir implícitamente su pregunta mientras empaquetaba lo que acababan de comprar. ¿Crees que me responderá?, se preguntaba, Tú que la conoces, que la has visto, ¿crees que es bueno que le escriba?
Pero entonces Mary subió la cabeza y se topó con la mirada de Draco.
Su sonrisa se desvaneció. Su aliento pareció congelarse.
Fue como verla perder a alguien que en verdad ya no tenía.
—No —dijo ella con firmeza.
Draco trató de mantener su rostro inexpresivo.
—Lo siento.
—No. —Mary sonrió. Se veía como un gesto roto—. ¿Es una mentira, verdad?
—Astoria-
—Estás mintiendo, ¿no es así? Ella era- era sangre pura. Ella-
—Murió… —Draco dijo, tragando el nudo de su garganta—. Murió tratando de derrocar a Vol- Voldemort.
Mary abrió y cerró la boca, dejando caer las cosas que les entregaba. Harry las tomó con magia. Draco no tenía idea qué hacía ella ahí, en medio del mundo muggle, o si le molestaba ver magia, pero no comentó. No importaba, en realidad.
Mary parecía haber perdido su corazón.
Draco se lo había quitado.
—Lo siento —dijo, porque no había nada más que pudiera decir.
Sintió la mano de Harry en su espalda baja como un gesto de confort, lo que era ridículo, porque Harry y ella habían compartido más tiempo y más anécdotas. Aunque… Astoria logró entender a Draco de una forma que nadie hizo. Literalmente. Astoria pudo empatizar con él y confió en él cuando nadie más lo hizo; Draco confió en Astoria sin siquiera cuestionarlo.
La imagen de un torso partido a la mitad cruzó por su cabeza.
Draco deseaba pensar que aquello era sólo producto de su imaginación.
—¿Pueden…? —Mary susurró. Sonaba hecha pedazos—. ¿Pueden irse?
Draco asintió. Harry también. Ambos hicieron una leve reverencia antes de dejar el local. Draco mantuvo la barbilla arriba y los hombros rectos, y no pensó en todos los arrepentimientos por los que Mary estaba pasando.
Sin embargo, le fue inevitable mirar hacia atrás.
Mary tenía la cara enterrada en las manos y sus hombros se agitaban.
—Vamos a casa —murmuró Harry enganchando sus brazos.
No tenía idea qué significaba eso, pero Harry estaba a su lado, así que suponía que ya estaba ahí.
•••
Draco reafirmó más que nunca la creencia de que el hogar no era un lugar, sino una persona, el día que les fue informado que su indulto estaba listo y que podía volver a pisar Inglaterra.
Desde hacía meses había empezado a escribir un diario donde explicaba todo lo que pasó esos últimos nueve años, en caso de que despertara y no recordara nada. Draco lo abría todos los días, aunque sintiera que era él mismo.
Siempre sentía que estaba olvidando algo.
La mañana que el traslador los llevó a Inglaterra, la persona que los recibió fue Kingsley Shacklebolt. Él les ofreció su casa mientras encontraban un buen lugar para vivir, y Harry aceptó sin pensarlo. La otra opción era ir a Grimmauld Place, o la Madriguera a medio construir. Era mejor estar en un lugar que fue abandonado, pero que no tenía recuerdos antiguos en los que perderse.
Harry y Draco se quedaron en la pieza más grande, y Kingsley les dijo que lo llamaran para lo que quisieran, que estaría siempre al final del pasillo. Draco miraba la casa, miraba las paredes viejas, y a pesar de que sabía que era temporal porque una vez que reconstruyeran más sectores del mundo mágico tendrían que irse e instalarse en otro sector, no era eso lo que se sentía así, lo que se sentía temporal era… el Reino Unido. No se sentía como volver a casa, sino como estar de pasada; la pausa para ir a otro destino.
—¿Te gustaría hacer algo? —preguntó Harry una vez que terminaron de desempacar. Todavía usaba la varita que solía pertenecerle a Draco, a pesar de ser el Amo de la Varita de Saúco.
Draco tomó la libreta y repasó por milésima vez la deprimente historia escrita.
—¿Dónde está el cuerpo de mi padre?
Harry, quien estaba caminando hasta él, pausó a medio camino. Draco levantó la mirada. Odiaba ver el rostro de Harry así, impotente, herido, como si no supiera qué hacer.
Draco caminó para cerrar el espacio que los separaba.
—Está bien —murmuró tomando sus manos. Vagamente se preguntó si es que ya le había dicho lo mismo antes y no anotó la respuesta—. Está bien, puedes decirme.
Harry suspiró, apoyando la frente en la suya. Draco cerró los ojos. Sus pensamientos se calmaron mientras su piel ardía.
—Fue enterrado. Hermione me lo dijo hace unos días. —Draco se negó a prestar atención al peso encima de su pecho que le estaba impidiendo respirar—. Está… en los terrenos de la mansión. La Mansión Malfoy.
—Pero eso es algo bueno, ¿no? —Draco respiró hondamente, con algo más de alivio—. Allí hay una cripta. Es lo que corresponde. Es donde está madre-
—Draco. —Harry pasó saliva—. ¿No recuerdas qué sucedió con la Mansión Malfoy?
Draco se separó para así poder abrir la libreta. Sus dedos temblaban. Pasó las páginas hasta que encontró la foto de otra mansión que le recordaba a la suya. Allí, en una letra elegante, se leía la explicación.
Fue derrumbada. Voldemort lo hizo para poder matarlo. La Orden tiró las primeras bombas pero él derrumbó su hogar para poder hacerle daño sin tener las protecciones de la casa de por medio.
Draco bajó la libreta, cerrando los ojos de nuevo. Harry acunó su mejilla con tanto cuidado que apenas lo sintió.
—¿Crees que puedes llevarme? —le preguntó.
No muchos minutos después, Harry los Apareció a ambos en medio de un campo desierto, completamente quemado e infestado de magia negra.
Había ruinas aquí y allá. Cadáveres. O lo que Draco suponía que eran cadáveres. Solo quedaban algunos árboles en pie, el resto… estaba arruinado. Lo único que delataba que antes hubo una casa eran los bloques de cemento regados; fuera de eso, se podría decir que allí nunca vivió una familia, que allí no se crió un niño que creyó que el mundo le pertenecía y no nació el amor de una pareja que creía no encontrarlo jamás; allí nunca existió una casa que vio pasar la felicidad, el amor, la desdicha y el sufrimiento entre sus padres.
Se podría decir, perfectamente, que los Malfoy nunca existieron.
Draco inhaló profundo, preguntándose qué decía de él mirar ese lugar y no pensar en la guerra, ni en Voldemort o la gente que murió allí; la gente que él mismo torturó. Siempre creyó que el Reino Unido sería un mejor lugar una vez que la Mansión Malfoy desapareciera. Odiaba la soledad que le traía y el saber que ya no podía llamarle su hogar, no en serio.
Pero ahora que la miraba, destruida y hecha añicos, solo podía pensar que- ahí Draco fue feliz, y dio por sentada esa felicidad. Dio por sentado a sus padres, a su familia y al futuro. La mansión hecha añicos era una representación física de lo que se fue y no volvería.
Se preguntó, brevemente, si también era una representación física de su propia mente.
Draco tiró de la mano de Harry para hacerle entender que quería ser llevado a ver la tumba de su padre, y Harry accedió silencioso. Draco estaba afectado, no iba a mentir, pero aún compuesto. Podía contener las emociones que amenazaban con hacerlo explotar. Podía hacerlo.
Eso, al menos, hasta que vio la tumba de su padre.
Ni siquiera era una tumba propiamente tal. Tenía unos bloques de ladrillos alrededor para determinar el cuerpo enterrado, y estaba ubicado de forma aleatoria en el terreno. Draco la miró. Su padre estaba allí, metros abajo. Estaba allí, y su madre lejos, sepultada entre escombros y escombros. Nunca pudo despedirse de los dos. Nunca pudo hacerles un funeral y decir que les agradecía por las cosas buenas. Draco nunca pudo tener su cierre.
Pequeños flashbacks de su niñez le llegaron a la cabeza. Su cumpleaños número cinco. Su primer día en Hogwarts. La copa mundial de Quidditch. Su padre diciéndole que estaba orgulloso de él. Dejándolo dormir en su cama cuando tenía una pesadilla.
Harry trató de agarrarlo cuando cayó de rodillas.
Pero Draco se soltó.
Enterró las uñas en la tierra y comenzó a cavar. Comenzó a tratar de desenterrar a su papá porque no estaba bien- no estaba bien que estuviera allí. No era lo correcto. Lucius Malfoy no debía estar descansando en un lugar olvidado y arruinado; merecía una cripta y un ataúd. Draco lloraba, hipaba, sollozaba y gritaba mientras Harry trataba de apartarlo. Pero no podía. Draco quería ver a su padre, asegurarse de que fuera un poco más feliz de lo que fue en vida. Compensar los años que sufrió, el tiempo que padeció atrapado en su cabeza.
Pero no pudo.
Harry lo agarró de los hombros y lo Apareció de vuelta a la casa abruptamente, antes de que Draco continuara cavando la tierra.
Sus uñas sangraban. Su cara estaba llena de suciedad. Sus ropas se encontraban asquerosas. Harry trataba de sacudirlo, pero Draco-
Draco no podía respirar.
Qué le pasaba, por Merlín. ¿Qué le estaba haciendo actuar así?, ¿por qué mierda su mente era un lugar igual de desolado que la mansión donde creció? Por más que lo preguntara, no podía saberlo. No había una explicación racional a nada. Quizás solo estaba roto.
Todo.
Todo lo estaba.
—¡Kingsley! —oía a Harry gritar, mientras él intentaba tomar aire. Su garganta estaba cerrada—. ¡Kingsley!
Unos pasos apresurados resonaron en el pasillo. De alguna forma, Draco había terminado en el suelo en posición fetal y se estaba ahogando. Veía borroso. Su cabeza daba vueltas. Quizás era por el llanto. O quizás, porque iba a morir.
Lo merecía.
Merecía morir.
Después de todo lo que había hecho, de todos a los que condenó. Después de matar a Eric y hacer que sus mejores amigos murieran bajo su guardia…
Era lo mínimo que merecía.
—… y no- no sé qué hacer- no quiero molestar a Poppy y yo-
—Hey, Draco.
Draco cerró los ojos cuando sintió al hombre arrodillarse frente suyo. No quería eso, quería ser dejado solo, hundirse en su mierda y que nadie lo sacara de allí. Harry podía ser feliz, estar con alguien que verdaderamente podría hacerlo feliz. No él.
Draco lo dañaría.
Destruía todo lo que tocaba.
—Hey… está bien —Kingsley habló, poniendo una mano encima de su pelo—. Está bien. ¿Me recuerdas?
Draco abrió uno de sus ojos, y vio a Kingsley exageradamente cerca. El hombre le dedicó una sonrisa educada. Respiraba hondo, demasiado hondo; para Draco fue imposible no fijarse en eso.
—Eso es —él susurró—. Inhala… exhala…
Draco tenía dos opciones: dejar que el pánico terminara de consumirlo, o repetir lo que Kingsley le decía.
Y por muy ridículo que sonara, quería morir tanto como quería respirar.
Así que Draco inhaló y exhaló. Una y otra vez, siguiendo el ritmo del pecho de Kingsley.
—Te conocí cuando eras un niño, aunque no creo que lo recuerdes —comenzó a decir él mientras Draco trataba de calmarse—. Tu padre te llevó al Ministerio y te dejó andar solo un rato. Te perdió de vista, la verdad, y tú llegaste a mi oficina después de unos minutos de merodear, o eso me dijiste. Te sentaste enfrente de la silla de mi escritorio en el departamento de Aurores y me ordenaste que te explicara cómo funcionaba todo allí, porque algún día tú ibas a trabajar en ese lugar y querías saber cómo se organizaba.
Draco no recordaba eso. No sabía si nunca lo hizo, o si su memoria actual se lo impedía. Su padre lo llevó muchas veces al Ministerio para enseñarle lo que era la política y lo que significaba ser gobernante.
—Tenías… ¿siete años?, ¿ocho? —Kingsley lucía amable, pero también apenado—. Cómo sea, el caso es que te miré justo a los ojos, y te pregunté a qué te referías con que ibas a trabajar allí. ¿Sabes qué respondiste?
Sintió otra presencia arrodillarse a su lado. Harry tomó sus manos, trazando figuras en ellas. Draco les dio un apretón.
Te amo. Te amo. Te amo.
Lo siento por ser así.
—Que serías mi jefe —Kingsley continuó, con una pequeña sonrisa—. Que serías el mejor Auror y Ministro que nadie hubiera conocido. Querías mejorar y curar todo el mal que encontraras. Yo te pregunté por qué, y tú me respondiste que- porque querías ser un héroe.
Draco suspiró temblorosamente. Oyó un grito. Sintió la sangre ajena empaparle la cara. El sonido de los huesos quebrándose.
Las víctimas.
Sus víctimas.
—Me dijiste que querías salvar todas las vidas que pudieras. Querías salvar el mundo, si es que era posible. Y yo te creí. —Draco casi rio con amargura. ¿Se suponía que Kingsley trataba de hacerlo sentir mejor?—. Te creí, y te dije que pensaba que ibas a ser muy grande. Tú me respondiste que ya lo sabías.
Draco sería recordado en los libros de historia como Astaroth, miembro del Nobilium y el torturador de Voldemort. Creador de hechizos y pociones para ayudarlo a él.
Ese sería su legado.
Daba igual el indulto. Cuando la gente pensara en los Malfoy, no pensaría en las risas a un lado del árbol de navidad, no pensaría en su padre y su madre contando sus pecas.
Pensaría en todas las personas que sufrieron bajo sus manos.
—Y lo fuiste, ¿sabes eso? —Kingsley peinó su cabello. Harry apretaba sus manos con tanta fuerza que dolía. Draco sollozó—. Con tus servicios salvaste el mundo. Salvaste generaciones de niños y personas que venían en camino. Cooperaste con nuestra victoria. Sin tu ayuda, sin tus pociones luego de las batallas, más de la mitad de nuestros miembros habrían muerto. Jamás habríamos unido las piezas que nos llevaron a Nagini al final. La guerra seguiría en pie. Nos ayudaste, Draco. Tomaste muchas decisiones equivocadas; sin embargo, al final decidiste bien. No borra lo que hiciste, pero ayuda. El mal no se puede deshacer, ¿pero crees que puedes encargarte de aquí en adelante?, ¿del futuro?
Draco pensó en Arthur Weasley, en Theo, en Bill. Pensó en todos los heridos. En las maldiciones que él creó. No podía deshacerlas, volver en el tiempo e impedirse a sí mismo crearlas. No podía traer de vuelta a la vida a los fallecidos.
Pero podía cambiar el futuro creando contra maldiciones.
Podía salvar a los que aún quedaban.
—El amor va más allá de las tumbas —Kingsley prosiguió, y Draco enfocó sus ojos en la cara del hombre—. Va más allá de las tradiciones y todos esos símbolos. Tus padres ya están juntos; sus cuerpos son solo una representación física de lo que son en realidad, su espíritu. Darles una sepultura nos ayuda a nosotros, ¿pero ellos?, créeme que a ellos no les importa. Están bien, Draco, están bien ahora. Puedo prometerlo. Puedo jurarlo.
Había un tinte de tristeza en los bordes de la mirada de Kingsley, pero aún así Draco le creyó. Le creyó, porque necesitaba hacerlo. Cuando lo decía él, sonaba verdad y se escuchaba seguro. Estaba jurando con certeza que sabía que había algo más allá. Que sabía que sus padres estaban juntos en ese algo.
Quizás Draco tenía que aprender a dejarlos descansar.
—Ven —Harry susurró desde su lado, tomando a Draco para que pudiera levantarse—. Ven, vamos.
Draco obedeció. Kingsley le dedicó una sonrisa. Harry lo guió hasta su habitación.
—Lo siento —murmuró Draco en su oído—. Siento que tengas que- aguantar-
—Te amo —Harry lo interrumpió. El corazón de Draco dio un vuelco, a pesar de que de alguna forma… ya lo sabía—. Te amo, y aquí estoy. No es una molestia. Solo… me gustaría que no tuvieras que- que nunca hubieras sido-
—Lo sé, de todas formas lo siento.
—Está bien.
Harry besó su cicatriz y Draco su mejilla.
•••
Draco consiguió otra psicomaga en Inglaterra, ya que le parecía cruel someter a Madam Pomfrey a verle la cara siempre, cuando era obvio que eso no es lo que ella quería. En cambio, la mujer que decidió tomar su caso no lo trataba distinto al resto, estaba dispuesta a cooperar y Draco sentía estar mejorando.
Kingsley era amable, más de lo que se merecía; Draco lo apreciaba. No muchas personas podían verlo y no querer matarlo. Harry nunca mencionó a los Weasley o Granger por ejemplo, así que suponía que de estar visitándolos o no, Draco no era bienvenido con ellos.
No era bienvenido allí, en general.
La única vez que salió a la calle a tomar aire como lo hacían en Rumania, la gente le escupió. Otros lo persiguieron. Ni siquiera la presencia de Harry fue suficiente para apaciguar su rabia. Draco no luchaba demasiado. Una vez más, pensaba merecerlo. La gente perdió seres queridos por su culpa.
No volvió a salir a lugares públicos del mundo mágico desde entonces.
Unas cuantas semanas después de su llegada a Inglaterra, Harry le dijo que Luna escribió informando que estaba viviendo en la Mansión Nott junto a Eveline y Theo, como ya sabían. Harry le tendió la carta, donde Luna decía explícitamente que esperaba que fueran a verlo. Que creía que podría hacerle bien.
Así que junto a Harry programaron un día para ir. Desayunaron y partieron a la Mansión Nott en unas horas. Las barreras estaban abiertas para Draco aún, y debían reconocer a Harry como alguien de confianza, así que lo dejaron pasar. Avanzaron por el largo camino de piedra donde, décadas atrás, Draco le entregó Yaxley a Theo para que pudiera presentarlo a la Orden.
—Harry —dijo Luna cuando estuvieron frente a la entrada—. Draco.
Se estaba dejando el cabello largo de nuevo. Usaba ropa oscura que tapaba su vientre de embarazo. Sus ojos habían perdido el brillo, más aún que antes. Draco no quiso hablar. Sentía que si lo hacía, la frágil composición del estado de Luna se haría añicos.
—Draco vino a ver a Theo —Harry informó, tan incómodo como él—. Yo a ti. Eh… estoy aliviado de que hayas- de que tú no… ¿cómo estás?, ¿y el bebé…?
—Bien —Luna completó. Draco recordó que ella, en realidad, no hablaba. No como el resto—. Theo, bien. Yo, bien.
Harry pasó saliva.
—Sí, Luna.
Luna por fin dio media vuelta y caminó hacia la mansión. Draco evitó mirar a su alrededor o a ella y pensar en el ser humano que estaba gestando. Tenía una vaga sensación de conocer a fondo ese lugar, y no estaba seguro de querer recordarlo.
La mujer abrió una de las puertas de un salón y Harry entró a este. En una silla, en la esquina, había una chica; miraba hacia afuera, hipnotizada con algo que él no alcanzaba a ver.
—Hola, Eveline —oyó decir a Harry, antes de que Luna cerrara la puerta.
Draco no pensó en su cara, no pensó en lo mucho que le recordaba a sí mismo, simplemente siguió a Luna por el pasillo hasta donde Draco suponía, estaba la habitación en la que se encontraba Theo.
Sudaba. Sus manos tiritaban como si hiciera frío. Le habría gustado pedirle a Harry que lo acompañara, pero sabía que estaba tratando de darle su espacio. Draco lo amaba por eso, y al mismo tiempo, quería salir corriendo para quedarse junto a él.
¿Estaba listo para esto?
¿Estaba listo para ver a Theo en su- estado, el que solo conocía a través de cartas?
Antes de que pudiera responder sus dudas, Luna llegó a la gran puerta.
Sin darle un segundo de espera, la abrió.
Y la respiración de Draco se atoró a mitad de su garganta.
Theo estaba sentado en la cama. Miraba hacia afuera, y el cabello le caía encima del rostro como hacía años que no. Si Draco no supiera lo que… si no supiera lo que sucedió, podría fingir que todo se encontraba normal- que todo seguía tal cual lo había dejado antes de que Voldemort lo secuestrara.
Al menos, hasta que vio los ojos de Luna llenarse de lágrimas, para luego salir de la habitación como si la sola visión le doliera.
—Hey… —Draco dijo, avanzando un paso hacia su amigo.
Mírame.
Estoy aquí, Theo.
Siempre hemos sido tú y yo.
Los ojos de Theo se dirigieron a Draco, pero estaban desenfocados. Era como si la acción fuera un reflejo inconsciente más que un gesto significativo. Draco sabía que tenía que ser eso.
Pero, oh.
Dolía.
Dolía pensar que quizás Theo estaba encerrado en su mente, gritando al verlo y reclamando que hubiera tardado tanto.
—Te queda bien el cabello largo —Draco dijo—. Recuerdo que me gustaba tu pelo corto, pero el cabello largo no está tan mal. Te…
Un hilo de baba cayó por el costado de la boca de Theo.
No pudo seguir hablando.
Era un tormento- todo eso lo era. Draco no soportaba no saber si Theo lo escuchaba y procesaba lo que le decía, o si en realidad no era consciente de lo que estaba oyendo. Era peor aún no saber qué prefería. Qué era más cruel.
Una cáscara vacía.
O estar atrapado en tu propia cabeza.
—Por favor, Theo, háblame —Draco susurró incoherentemente, alcanzando su mano—. Por favor.
La cicatriz de la quemadura de su rostro se veía parcialmente con esa luz. Theo tenía la boca abierta. Parpadeaba demasiado lento. No movía nada más que la cabeza.
—¿Estás ahí?
Se sentía egoísta y miserable, porque… Theo estaba a su lado a pesar de todo, y eso lo hacía feliz; no lo había perdido por completo.
Sin embargo tampoco estaba allí.
Draco trataba de no pensar qué pasaría si Theo nunca volvía en sí. Si nunca volvía a rodar los ojos en su dirección, poner una mano en su hombro para tranquilizarlo, o simplemente decirle que eran amigos. Que se tenían el uno al otro.
Cuando eran pequeños, Theo fue el único amigo que Draco consideró su igual. Años después, se convirtió en su amante. Pero esos eran títulos que no alcanzaban a cubrir lo que Theo significaba para él.
Sin importar cuánto se molestara con Draco, sin importar lo terrible y asqueroso que este actuara, en su pecho, a un lado de su corazón, vivía la certeza de que Theo continuaría a su lado.
Esa certeza continuaba viva.
—Te extraño —murmuró, apretando más su mano.
Theo miró hacia abajo. Draco tomó nota de esto. Era como si el mundo a su alrededor solo existiera si era afectado directamente, pero no tenía idea de si se trataba de un instinto de supervivencia, si Theo estaba procesando las acciones, o si entendía absolutamente todo.
Su amigo era observador, comprendía las cosas antes que todos. O al menos lo que le interesaba entender. Draco se aferró a la idea de que ese Theo aún estaba allí.
Lo iba a encontrar.
—Creo que fuiste a la primera persona que amé —confesó Draco, y esperó.
No llegó ni un: "¿Así que estás admitiendo tus sentimientos por mí?"
Ni un,
Siempre supe que estábamos destinados.
Eres irritante.
Pero también te quiero.
—Theo. Por favor. —Draco lo sujetó. Este abrió y cerró la boca—. Ella te está esperando. Por favor. Por favor. Te estoy rogando, háblame.
Obviamente, Theo no respondió.
Temblaba ligeramente. Los movimientos usualmente ágiles ahora eran lentos. Abrió la boca. Un pequeño sonido salió de ella.
—Perdón por haberte dejado. Perdón por no haberme preocupado. Perdón por- perdóname por no estar ahí.
Espero que esté escuchando esto, Draco pensaba egoístamente.
Espero que esté allí en algún lugar de su mente, y que sepa que lo siento.
Que lo siento tanto.
Que si pudiera cambiar el pasado, haría lo que sea para ahorrarle todo el sufrimiento.
—Theo-
Y como siempre, Theo hizo los mismos ruidos inconexos que había hecho los últimos meses. De los que Lovegood hablaba en sus cartas.
—A… m… —Theo trató de articular. Un hilo de baba corrió por su cara—, m…
Draco no podía entenderlo.
Lo necesitaba de vuelta.
—Lo siento —dijo, parándose de golpe—. Lo siento. Lo siento. Te sacaré de aquí- te lo prometo. Te sacaré de aquí.
Prácticamente corrió hacia la salida. El pasillo se sentía pequeño. Estaba cansado. Las lágrimas le picaban la garganta.
—Vámonos —le dijo a Harry cuando lo encontró saliendo del cuarto. Draco lo tomó del brazo—. Por favor, vámonos.
Harry no lo había escuchado una vez, tiempo atrás, cuando Draco le rogó que huyeran.
Ahora, le dio una rápida mirada a ambas mujeres, y asintió, besándolo a un lado de su boca.
•••
Harry sabía que Draco no se refería a irse solamente de la Mansión Nott.
Draco se refería a marcharse de Inglaterra.
E increíblemente, estaba de acuerdo.
Antes de hacerlo, Harry se despidió de Kingsley, de Madam Pomfrey, de Hermione y de Luna. Les agradeció. Les dijo que iría cada fin de semana. Se sentía algo mejor al pensar en una vida lejos de ese lugar.
Pero esas no eran todas las personas importantes para él.
Harry sabía que había una charla importante que debía tener antes de irse de Inglaterra.
Los Weasley y él apenas hablaron. Solo cuando se encontraban de repente, pero sus conversaciones se trataban de palabras vacías y saludos cordiales. A Harry le dolía el pecho cuando los veía, cuando veía el estado de Arthur y Bill, quienes no podían formar oraciones coherentes; y se mentía a sí mismo si decía que no los estaba evitando, que no los evitó durante toda su estadía. Harry no podía pensar en pararse frente a Molly y esperar que ella le echara en cara todos los errores que cometió.
Sin embargo, sabía que sería peor marcharse y luego arrepentirse de no haber hablado con ella.
Así que ahí estaba, afuera de la Madriguera a medio construir, llena de vacíos y espacios que ya nunca volverían a estar completos.
George fue el que le abrió la puerta, tosco, apagado, y Harry fue golpeado por la avalancha de recuerdos que tenía en ese lugar. Casi podía escuchar a Ginny corriendo en el segundo piso mientras perseguía a Fred. A Percy gritando que lo dejaran estudiar tranquilo. A Ron sentado en el sillón, mientras se quejaba porque le estaban ordenando desgnomizar el jardín. Arthur leyendo el periódico. Molly cocinando con magia.
Nada de eso sucedía ya.
El día estaba gris, y Harry sentía que quería quitarse la piel solo por eso. Arthur se encontraba en una silla que daba a la ventana, tapado con muchas frazadas, ausente. Bill, tumbado cerca, con Fleur dándole de comer. Molly sentada a la mesa tomando una taza de té. Percy no se veía; seguramente estaba en su propia casa con Oliver.
—Hola, Harry —dijo ella con suavidad cuando lo vio. George fue a sentarse al otro extremo del cuarto.
—Hola, Molly.
Las manos le sudaban, el pecho se le oprimía. Acababa de llegar, y ya quería salir de allí. La casa que alguna vez consideró su lugar de confort, porque se sentía cálido y acogedor y sentía que allí todos lo querían- ya no era nada de eso.
Harry no pertenecía allí.
—¿Quieres tarta? —preguntó Molly cuando él tomó asiento.
—Está bien.
Ella movió la varita y atrajo un plato desde la cocina destruida. Puso un pedazo de tarta previamente cortado en él y lo levitó hasta su lugar en la mesa. Harry lo miró.
La última vez que ella le dio tarta, fue en Navidad.
—Gracias.
Molly asintió. Harry comenzó a comer sin encontrar sus ojos. Era un silencio incómodo en el cual ninguno de los dos sabía qué decir, o cómo traer a colación el elefante del cuarto. El tema que a ambos les concernía.
Afortunadamente, no tuvo que soportarlo mucho tiempo. Molly, poco después de que Harry llevara comida la mitad de su tarta (que le sabía a arena por los nervios), habló.
—Así que estás enamorado de él —afirmó ella sin rodeos—. Siempre lo estuviste.
Harry suspiró, sabiendo que si había que empezar de una parte, era obvio que sería desde allí.
—Sí.
—¿Como con Ginny?
Harry pensó en Ginny. Pensó en ella por primera vez en meses. Parte de sí estaba agradecido de que se hubiera marchado antes de perder su humanidad, antes de quedarse atrapada en el después. Y a pesar de que la amó, de que sintió más de lo que a esa edad creyó poder sentir, no era lo mismo. Eran dos amores completamente diferentes e igual de importantes.
Pero no le diría eso a Molly.
—Sí.
—¿Él es bueno contigo?
—Sí.
—¿No te obligó?
—No, Molly. —Harry suspiró—. No es nada- esto no es- Draco no es como parece.
Ella lució escéptica, casi incrédula. Sin embargo, asintió con lentitud.
—Está bien.
Sonaba cansada. Harry suponía que lo estaba. Ninguno de los dos insistió en el tema.
—No creo que nos quedemos en Inglaterra —dijo él tratando de cambiar el rumbo de la conversación.
—Lo veía venir.
—Es solo que-
—Lo sé, Harry —Molly le aseguró—. Lo entiendo.
—Lo siento.
—No tienes por qué-
—No- no por eso. Lo siento por Ron.
Bien, lo había dicho.
Había quitado esa piedra del camino.
Molly vaciló en sus movimientos, y durante unos segundos, su barbilla tembló. Harry cerró los ojos esperando los gritos, las culpas. Recordó a Ron, lleno de tierra y sangre.
Hey. No hay nada por lo que disculparse, Harry, nada.
Nunca lo habrá, jamás pienses lo contrario.
Eres mi mejor amigo.
—Hermione me dijo qué pasó —Molly dijo con la voz nivelada.
—Lo siento, Molly. Nunca quise. Nunca- él es... es mi mejor amigo. —Incluso dejando sus labios, Harry sentía que aquella descripción era nimia y banal; que no abarcaba todo lo que Ron significaba para él, pero no podía detenerse a corregirlo—. Es mi hermano. No sé qué voy a hacer. No sé cómo vivir sin él. No sé- y lo siento. Lo siento mucho.
Harry quería decirle a Molly todo lo que había pensado, que lo único que le hacía sentir que todavía había un sentido en el universo era Draco y nada más. Quería decirle que su vida ya no parecía vida sin Ron en ella, porque Ron era la gravedad, era la cosa que mantenía a Harry en la tierra.
Y se lo arrebataron. Ron estaba muerto.
Harry casi rio.
Lo extraño. Mierda, lo extraño tanto. Cada día de mi vida. Cada segundo que paso despierto.
—Fue su decisión —Molly replicó eventualmente—, no la tuya.
—Pero pude- pude haberme negado. Pude haber aguantado más.
—¿Dices que amas a este chico, tanto como a Ginny?
Harry pasó saliva, sintiéndose confundido por el cambio de tema.
—Sí.
—Entonces no habrías podido —ella le aseguró, totalmente convencida—. Eso significaba haber sacrificado a Malfoy, y no lo habrías hecho.
Harry trató de imaginarlo.
Un mundo en el que decidía sacrificar a Draco para salvar a esa gente bajo el escudo. Un mundo, en el que decidía que después de todo, su muerte era necesaria. Un mundo en el que Ron vivía, y era feliz, y se casaba con Hermione.
Y Harry quedaba solo.
Otra vez.
Harry quedaba atrás.
Pensó en esa misma mañana. Los cabellos de Draco estaban por toda la almohada e incluso en su rostro. Draco lo había visto levantarse y le dedicó una sonrisa que pareció encender la luz de todo el cuarto.
En otra vida, Harry no habría elegido eso.
Pero no podía imaginar no haberlo hecho en esta.
—Ron estaba dispuesto a sacrificar el mundo por Hermione, así como tú por Malfoy. Y tú, Harry, habrías hecho lo mismo por él. Por Ron. —Harry salió de su ensimismamiento y miró a Molly quien tenía los ojos llenos de lágrimas y lucía como si cada palabra le fuera dolorosa de decir—. Si los roles fueran inversos, si Hermione hubiese sido la secuestrada y Ron hubiera tenido que salvarla, tú le habrías ahorrado el tormento de decidir entre ambos. Lo habrías hecho por él, como Ron lo hizo contigo. Así funcionan ustedes, siempre lo han hecho todo por el otro.
Ron.
Ron lo había hecho todo.
Ir a buscar la piedra filosofal a los once años. Bajar a la Cámara de los Secretos. Pelear contra un supuesto asesino serial con la pierna rota. Reconocer su error y apoyarlo ante un torneo con pruebas mortales. Acompañarlo al Ministerio subido en un animal que ni siquiera podía ver. Luchar contra los Mortífagos a los dieciséis. Ir con él tras los Horrocruxes; volver cuando se dio cuenta de su error.
Seguirlo hasta el fin del mundo.
Confiar en Harry.
Molly tenía lágrimas corriendo libremente por su rostro. Estaba demasiado delgada, más que nunca. Había oscuras ojeras bajo sus ojos. Parecía muerta en vida.
Harry se sentía como la mierda por estar desahogándose con ella. Si había alguien que estaba sufriendo, era Molly.
—De todas formas lo- lo siento- siento que por mi culpa hayas perdido tres de tus hijos- siento que sea yo-
—Harry —Molly lo interrumpió horrorizada—. Tú también eres mi hijo.
Harry dejó caer sus manos encima de la mesa, y la miró.
No podía respirar.
Las lágrimas le nublaron la visión y comenzó a temblar, incapaz de procesar lo que acababa de oír. Incapaz de concebirlo como verdad.
Tu también eres mi hijo.
Su garganta se cerró completamente y Harry se sentía- patético, porque de alguna forma eso era todo lo que quería oír. Eso era todo lo que había deseado oír durante sus veintisiete años. Primero, lo esperó de Petunia, y luego, de Molly, sabiendo que no era verdad, que no había o existía una forma de que ella le dijera que lo consideraba otro de los suyos, porque no era cierto. Harry sabía que no era cierto.
Aún así-
Su corazón se recompuso.
Una parte de sí mismo que no sabía que estaba rota.
—Tú también eres mi hijo. Eres mi niño —Molly repitió, levantándose de su lugar para ponerse en la silla de su lado. Tomó las manos de Harry entre las suyas—. Lamento haberte hecho creer que no es así, pero eres parte de esta familia. No puedo culparte, Harry. Ron no te culpa, yo lo sé. Nadie lo hace. Nos salvaste a todos. Nos salvaste, lo mataste, y estoy orgullosa de ti.
Harry estaba prácticamente sollozando, mirando sus manos entrelazadas. Las palabras resonaban en cada rincón de su ser, y a pesar de que muchas personas se las habían repetido incontables veces antes, nunca se sintieron tan significativas como en ese instante. En ese momento, tenían peso.
Porque Molly no servía para mentir.
Si Molly se lo estaba diciendo, Harry le creía.
—Salvaste más vidas de las que crees que condenaste —repitió ella una vez más.
Un segundo después, lo jaló en un abrazo.
Harry enterró la cara en su pecho y Molly puso las manos en su revoltoso cabello. Harry lloraba, no podía parar de llorar. Sentía que tenía catorce años de nuevo, estaba en la enfermería de Hogwarts, y Molly lo consolaba después de una larga noche.
Su madre.
La madre que lo eligió.
—No lo olvides —Molly dijo besando su cabeza.
Harry se dejó sostener.
•••
Resultó ser que los terrenos que Draco adquirió cuando creyó que podía salvar a su madre, sí sirvieron de algo.
Harry y Draco se instalaron en una de sus residencias en latinoamérica, lo más alejado de Inglaterra que se podía. La mansión le recordaba a la base McGonagall, al menos superficialmente, salvo que esa última estaba atestada de la desolación y el sufrimiento que se vivió en sus paredes. A veces, Draco pillaba a Harry mirando la fachada o las puertas de los cuartos más de lo normal, apretando su varita y dejando que la magia bañara el terreno. Eso ya era un indicativo de que no durarían mucho allí.
De todas formas, Draco tenía decenas de otras casas a las que irse, por lo que no se preocupaba.
Siempre cerca del mar.
Su madre amaba el mar.
Poder verlo todos los días le hacía pensar demasiado, más de lo que Draco quería. Más de lo que su mente podía. Draco investigaba cada vez más acerca de medimagia también. Pensaba en Theo. Pensaba en Goyle y cómo tampoco pudo salvarlo. Pensaba en Pansy y lo mucho que la alejó y lo poco que valió la pena.
Pensaba en Astoria.
Pensaba mucho en Astoria; así como Harry pensaba en Ron.
Draco amaba a Astoria, podía verlo ahora, a pesar de que la única persona a la que admitió amar fuera de su familia era Harry. En un mundo donde no sabía si iba a pasar el día, donde no sabía si iba a vivir, construir relaciones significativas con muchas personas era equivalente a decidir sufrir. Draco estaba harto de sufrir.
Pero Astoria se le metió debajo de la piel, en la mente y en la vida, sin que él lo notara. Astoria estaba allí, conociéndolo y confiando en él antes que nadie. Draco nunca pudo agradecerle. A veces lo hacía, en sueños. A veces la tenía delante y ella sonreía, en paz ahora. Feliz.
Hey, él le decía. Siento no haber podido despedirme.
Estabas ocupado siendo secuestrado, Draco.
Su cabello brillaba. Sus ojos azules le recordaban a su madre. Astoria usaba un vestido blanco y su característico cabello trenzado.
Aún así, Draco insistía. Yo… necesito decirte- que te quiero… Te quiero, Astoria. Y te agradezco por todo.
Lo sé.
En otras ocasiones, los sueños eran mucho menos agradables. Astoria se encontraba más apática, menos feliz. De una forma que Draco jamás la vio en vida.
Creí que el sacrificio era solo para los Gryffindor, le decía él en ese sueño.
No fue un sacrificio, ella respondía cansada. Yo no pensé que iba a morir.
Y entonces el escenario cambiaba, y Astoria ya no estaba allí, sino que tendida en medio del suelo partida a la mitad mientras Greyback se reía a su lado.
Para cuando Draco despertaba, nunca podía recordarlo bien.
—¿Qué pasó? —preguntó Harry cuando Draco se sentó en la cama, sudando en frío gracias a la pesadilla. Le dio una mirada de reojo; Harry ya tenía en la mano su varita.
—Soñé con una mujer —Draco murmuró, sumergiéndose entre los brazos de Harry que lo esperaban.
Su cabello estaba largo así que Harry comenzó a jugar con él. Normalmente era Draco quien lo hacía, quien tomaba su pelo y hacía trenzas, peinados y un millón de cosas. Le gustaba sostenerlo. Le gustaba saber que de cierta forma, le pertenecía.
Era grato saber que Harry sentía lo mismo.
—¿Narcissa? —le dijo con cuidado. Draco cerró los ojos recordando a su propia madre.
Las cosas que hizo.
Todo lo que soportó.
—No —respondió—. Tenía el cabello café y los ojos azules.
Pansy, su mente le dijo.
Aunque no podía serlo, porque Pansy tenía los ojos verdes y el cabello negro, ¿verdad? ¿Draco no se alejó de ella, también?
Draco alejó a todos. Dañó a todos. Rompió a todos los que se le acercaron.
—Me dijo que no pensaba que iba a morir —continuó.
Harry paró de acariciar su pelo, y Draco percibió que su novio sabía quién era, o al menos lo intuía. Quizás le dolía decirlo. Draco no presionó.
—No creo que nadie esté listo para hacerlo —respondió Harry al cabo de un rato.
—Tú sí —Draco replicó sin pensar—. Y es por eso que siempre temía por ti.
Harry se quedó muy quieto luego de oírlo. Draco, por otro lado, no sabía desde donde había venido eso. Cuando despertaba, su mente siempre estaba medio confundida. Sus recuerdos e ideas revueltas. Había días así también. Deseaba retirar lo dicho con todas sus fuerzas.
—No sé por qué dije eso —Draco murmuró.
Harry no respondió, en su lugar, se separó de Draco para así poder mirarlo a los ojos. Atrapó los costados de su cara, pasando el pulgar por sus mejillas, por sus pómulos, por sus labios.
—No moriré —Harry le dijo con convicción.
—Lo sé.
—Siempre te encontraré.
—Yo siempre volveré a ti.
Haré lo que sea.
Lo que me pidas. Lo que quieras.
¿Quieres mi corazón?
¿Quieres mi vida?
Te daré lo que sea.
Harry dejó salir una respiración al tenerlo tan cerca. Maravillado, feliz, aliviado. Draco se acercó, rozando sus labios, sosteniendo a Harry de la cintura como si quisiera mantenerlo allí por siempre. Estaba jodidamente hambriento por él.
Merlín, Draco pensó mientras cerraba el espacio entre ellos. Es tan hermoso. Apenas puedo vivir cuando no está.
Harry lo besó como si pensara lo mismo. La barba le raspó la mejilla, sus pestañas le acariciaron la piel. Draco lo sostuvo más cerca, siempre lo quería más cerca; lo amaba de una forma necesitada.
Harry se dejó caer en su lugar, y Draco comenzó a explorar su cuerpo con cuidado.
Aquello funcionaba perfectamente para calmar sus pesadillas también.
En la zona que estaban viviendo no había mucha urbanidad. Draco logró retirar su dinero de Gringotts –ahora que los goblins estaban atendiendo de nuevo– incluyendo el dinero generado gracias a los contratos que cerró durante el gobierno de Voldemort (que ahora se habían anulado); pero no tenían demasiadas cosas en las que gastar además de lo básico. Los únicos "lujos" que se daban, era cuando Draco ordenaba a Kreacher comprar papeles y lápices, que era lo que más ocupaban. Harry, para dibujar y escribir. Draco, para anotar y hacer figuras de papel.
Si era sincero, se la pasaba la mayoría del tiempo tratando de recolectar información que le sirviera para curar a Arthur y a Bill, que de momento estaban con otro tipo de terapias. También a Theo, a quien le aplicaban Legeremancia para saber si estaba allí dentro. Aunque Draco no le veía el punto. La única Legeremante que podría haber hecho la diferencia, ya no estaba.
A veces se topaba con Harry, quien pasaba tardes enteras viendo el mar desde la ventana más alta de la mansión. Draco asumía que estaba pensando en Ron. No sabía qué le había pasado, o cómo había muerto, y nunca quiso preguntar. Pero sí sabía que Harry no volvería a ser jamás quién fue, una parte de sí murió junto a Ron.
A veces, Draco recordaba lo que le dijo la primera vez que habló con él.
Que cada vez que un Weasley se acercaba a un Mortífago, acababa muerto.
Y Ron se había acercado demasiado.
En los días que Draco sentía que su mente estaba demasiado inestable para seguir investigando y tratando de revertir las maldiciones, se unía a Harry a mirar por la ventana y pensar en su propio muchacho de ojos azules que murió por su culpa ocho años atrás. A Eric le habría encantado el mar, estaba seguro. Le habría gustado que Draco le enseñara a hacer origamis cuando el resto del cuerpo le fallaba. Se sentía casi terapéutico estar constantemente doblando papeles.
Ciento, y cientos de ellos.
—¿No te cansas? —preguntó Harry una vez, encontrándolo en su despacho.
Draco no miró hacia arriba cuando lo escuchó, mientras doblaba, lo que se suponía, debía ser el ala de la grulla.
—Sí.
—¿Por qué continúas haciéndolos entonces?
Harry se dejó caer en el asiento de su lado, y Draco sintió cómo su cuerpo se tensaba porque estaba desconociendo su cercanía. Estaba desconociéndolo a él.
Era uno de esos días.
Draco dobló las alas de la grulla con más insistencia.
—Me enviaste una en medio de una clase, cuando teníamos trece —comentó Harry inclinándose para ver la figura—. Era una grulla también. Dentro había un dibujo.
Un chico con lentes. Draco riendo. El chico enojado. Harry. ¿Estaba hablando de días atrás?
No.
Cuando tenían trece, dijo.
¿Estaba imaginando esos supuestos recuerdos?
—La encantaste con magia —prosiguió Harry mientras Draco hacía el último doblez que transformaba la figura en una grulla, y tomaba otro papel pequeño. Sus dedos se sentían entumecidos—. Nunca le di mayor importancia, pero-
—Para no olvidar.
Su voz salió abrupta, cortante. Harry paró de hablar, y Draco lo agradeció. No era capaz de escuchar esa anécdota, mucho menos con el cariño impregnado en la voz de Harry. No cuando su cabeza parecía fragmentarse con cada segundo que trataba de permanecer consciente, en la superficie; cuando parecía que su mente se vendría abajo si trataba de recordar.
—¿Perdona? —Harry preguntó extrañado.
—Por eso sigo haciéndolas —Draco murmuró, doblando el papel una vez más—. Me ayudan a recordar.
Un doblez. Su mamá tocando sus dedos. Otro. Su papá enseñándole a encantar las grullas. Uno más. Draco enviando cartas dobladas así de pequeño.
¿O había sido días atrás?
¿O todo era una imaginación?
—En mi cabeza no hay pasado, ni presente, ni futuro —Draco susurró—. Todo es una mezcla. No sé cuándo pasaron algunas cosas, no sé si pasaron. No entiendo por qué estoy aquí y tampoco sé si los recuerdos que tengo en esta casa, contigo, a esta… edad, son reales. No sé si sigo en esa celda con Voldemort y simplemente-
Me quedé a vivir allí.
¿Qué pasa si nunca escapé, si nunca volví a ti?
¿Y si me he inventado todo, porque una vida ficticia contigo es mejor que la mera posibilidad de no volver a verte?
Draco no podía decirle eso.
—Me ayuda a recordar. A mantenerme en el presente —continuó—. A saber que hay algo de mí aún.
Harry no respondió, no lo hizo por un largo rato. ¿Qué podía decirle?
¿Que aún estaba allí?
Porque no lo estaba.
Draco, el Draco completo y algo más útil, ya no estaba.
—¿Recuerdas lo que te conté, entonces? ¿Lo que te acabo de contar? Me enviaste una grulla a los trece —Harry dijo, sentándose y extendiendo la mano por encima de la mesa.
Draco paró por unos segundos de doblar, y la miró.
Tenía la cicatriz de "No debo decir mentiras" brillando bajo la luz de su lámpara. Había otras más que pasaban de un lado a otro, cortes que Harry jamás curó porque no creyó que merecía ser curado.
Draco detuvo el origami, y entrelazó sus dedos.
La magia emitió una vibración baja y feliz. Harry estaba cálido, y sus manos encajaban como si fuesen dos mitades de una misma persona.
Draco depositó un beso encima de su cicatriz, sintiendo que acababa de volver a casa luego de vivir por una década en las afueras de Troya.
—Sí —le mintió.
Harry se veía feliz. Quizás ambos podían fingir que lo era, a pesar de que meramente una semana luego de eso, decidieron marcharse de ahí.
Después de casi un mes, Draco sugirió que salieran a dar un paseo por la ciudad más cercana, y Harry accedió, sacando un mapa que no lo había visto adquirir. Juntos se Aparecieron cerca de unas tiendas y merodearon por una buena hora, abrumados por la multitud pero tranquilos.
La hora de almuerzo llegó, Draco eligió un restaurante, y luego de ordenar mariscos, ambos empezaron a comer con calma.
Había una emisora cerca de ellos que sonaba a todo volúmen. Una radio que no emitía más que un ruido de estática. El lugar era silencioso, la mesera estaba retirando su plato, y entonces-
Una persona hizo explotar algo pequeño afuera.
Y un hombre comenzó a hablar a través del parlante.
Draco y Harry se miraron, ambos llevando las manos hasta sus varitas. Ya habían pagado. Draco estaba al borde del llanto y el desespero; Harry por su parte no se encontraba muy distante a ello. Por sus ojos pasaban todo lo que reprimían.
El secuestro de Rookwood. Grimmauld Place. El valle de Godric. El Callejón Diagon. El mundo mágico. Todo. Todo. Todo volando en pedazos.
Los dos atinaron a salir de allí rápido, antes de cometer una locura.
Draco se tapaba los oídos mientras Harry los Apareció de vuelta a la casa. Su cabeza era un desastre. Y de pronto, sintió que estaba de nuevo en esa base, en la Mansión McGonagall. Que estaba de nuevo prácticamente de rodillas, aferrándose a Harry y rogando.
—Huyamos —le dijo casi sin aliento.
Draco ya no estaba en el presente.
Para Draco, todavía seguían en guerra.
Y todo por un pequeño sonido.
—Sé que crees que esto es tu responsabilidad, que tú eres el encargado de derrotarlo, pero- pero vámonos, Harry. Por favor. —Draco tomó las solapas de su chaqueta—. Toma a Hermione y a Ron. Yo a Theo, y Luna. A Astoria. Juntemos a la gente que nos importa y huyamos. Olvidemos toda esta mierda. Otros pueden encargarse, otros pueden llevar a cabo las acciones heroicas. El mundo no depende de ti… tú no pediste esto.
Draco vio los ojos de Harry llenarse de lágrimas, y este sujetó su cara entre las manos.
—Draco —susurró. Su voz flaqueaba—. Ya estamos huyendo.
Draco miró a su alrededor.
¿Qué había pasado?
¿Dónde estaban?
¿Era cierto?
Harry lo abrazó con fuerza, con tanta fuerza que sintió su cuerpo débil. Draco inhaló su olor, que probablemente era el olor de su Amortentia, e intentó calmarse.
Se quedaron así por horas.
•••
Harry y Draco no volvieron a situarse definitivamente en ninguna de las residencias que Draco compró a través de los años. Cuando el clima se ponía feo cambiaban de casa; cuando algo les recordaba a la guerra, se iban. Estaban bien así. Harry sentía que era como viajar por el mundo.
Las investigaciones sobre medimagia de Draco continuaron, y a pesar de que a Harry le gustaba mirarlo, o simplemente estar cerca de él –como si perderlo de vista sería perderlo definitivamente– su cuerpo estaba pidiéndole hacer algo. No había tocado una escoba de nuevo, no se sentía capaz, pero deseaba hacer algo más. Algo con su vida.
Dejar de sentir que se acabó ese octubre del 2007.
Harry había hecho cosas terribles en nombre del bien y lo correcto. Perdió partes de sí mismo que no recuperaría jamás. Se pasó su vida luchando, tratando de llegar al objetivo, al final, a la meta: matar a Voldemort.
Ahora, ya lo había hecho.
¿Y qué quedaba?
Harry, tal como Draco, tal como el resto, se transformó a sí mismo en un arma, en un mero instrumento para alcanzar la meta final. Matar, capturar, torturar y vencer. Matar, capturar, torturar y vencer. Harry estaba vivo en ese instante, sí, pero se paraba encima de una pila de cadáveres. Todas las muertes bajo su guardia, todos aquellos que condenó por su varita, porque Harry no era otra cosa que un arma.
Le habría gustado ser más.
Su vida se había tratado de pelear. De atacar y sobrevivir y vencer. Eso era todo lo que Harry había hecho desde que tenía memoria, eso era todo para lo que había sido bueno. Pero ahora que Voldemort ya no estaba, y ahora que no quedaba nada ni nadie contra quién luchar… se sentía como si la guerra se hubiera acabado, y Harry se hubiese extinguido con ella.
Su mente estaba pegada en el pasado. Sus pensamientos continuaban volviendo a McGonagall y cómo se sintió perderla. Pensaba en Astoria. Pensaba mucho en Hermione. A veces, Harry despertaba en medio de la noche, gritando, y quería salir a dar un paseo para asegurarse de que todos los refugiados estuvieran bien. Pensaba en lo que fue, y en el futuro que pudo haber sido. En las posibilidades. En Ron. Harry se estaba ahogando en sí mismo y sus arrepentimientos. Ya no lo deseaba más.
Pero se sentía como un hipócrita cada vez que quería salir adelante. Escribía, escribía mucho. Le escribía a Ginny, a Sirius, a Seamus, a Astoria, a los muertos. Los dibujaba, con la esperanza de que así pudieran dejarlo ir.
Harry hacía esto todo el tiempo con Ron.
En esos meses había acumulado más de veinte cartas que nunca serían enviadas a un destinatario que jamás las leería. Lo dibujó incontables veces, borradores y borradores que nunca eran lo suficientemente buenos porque Harry sentía que nunca sería capaz de capturar todos los detalles de su cara; de la última vez que lo vio.
No tenían ni siquiera una foto.
Nunca se tomaron fotos en esa base.
Más que una muerte, se sentía como si Ron los hubiera abandonado de nuevo y estuviera a punto de regresar, como alguien que se ha dejado las llaves, una chaqueta o el dinero en casa. Ron había abandonado una vida que estaba esperándolo para ser retomada.
Salvo que, bien en el fondo, sabía que no era así.
—Él siempre nos dejó atrás —comentó Harry una noche en la que había viajado a Inglaterra a ver a Hermione. Ambos estaban sentados en la sala de estar de la nueva casa de su amiga, solos. Bebían juntos la botella de alcohol que compraron los tres en medio de la guerra—. Ron, digo. Ron siempre nos dejó atrás.
Había un vaso de más en la mesa.
Ninguno comentó nada al respecto.
Hermione se quedó contemplando el fondo de su trago cuando lo oyó hablar, y luego, lo bebió de golpe.
—Sí. Alcanzarlo era imposible.
Harry volvió a pasar la yema de los dedos por encima del dibujo que había llevado ese día para Hermione. La expresión de Ron se volvió aún más infantil a sus ojos. La expresión que Harry se había aprendido de memoria durante casi veinte años.
Era incapaz de creer que no volvería a verlo esbozarla.
Que ahora Ron- su existencia, sólo existía en un papel.
¿Y si Harry no la había capturado bien?
¿Y si no había puesto la cantidad de pecas exactas, o la cantidad de pestañas?
—Una vez me dijo, que quien no estaba dispuesto a sacrificar nada, nunca cambiaría nada —Hermione comentó, con voz áspera y dolida—. Que eso era lo que más admiraba de ti, que estabas dispuesto a sacrificarlo todo.
Había un deje de recriminación en sus palabras, Harry podía sentirlo. Un:
Estabas dispuesto a sacrificar tanto, que lo sacrificaste a él.
¿Qué se siente, saber que Ron te admiraba por eso? ¿Que nunca pensó que aquello terminaría matándolo?
Harry volvió a beber.
—Me preguntó una vez, si después de que todo pasara los tres volveríamos a ser los que éramos. —Hermione dejó caer su vaso encima de la mesa con tanta fuerza que Harry se sorprendió de que no se rompiera—. Y yo dije que sí.
Sonaba bonito un mundo donde después de derrotar a Voldemort, Harry, Hermione y Ron obtenían galardones. Superaban el trauma. Conseguían estudios, carreras y trabajos que les interesaran. Sonaba bonito pensar que probablemente alguno de los tres sería un Auror, y juntos trabajarían en los casos criminales, como en Hogwarts. Pero esta vez desde una luz más feliz y esperanzadora.
Juntos.
Porque nunca necesitaron a nadie más.
—No quiero- no quiero hundirme porque ya no está —Harry confesó luego de unos minutos de tenso silencio, cuando los recuerdos de Ron, de los tres, comenzaron a asfixiarlo—. Quiero que él viva a través de mí, como yo sé que viviría a través de él. Ron se reiría de mí. Ron haría de mi memoria algo feliz, no esto- no este sufrimiento-
—Supongo que nunca lo averiguaremos, en realidad —Hermione lo interrumpió, bajando la mirada—. Porque Ron se ha ido.
La oración cayó entre ambos.
Harry fue incapaz de volver a hablar en un largo rato.
Era algo triste saber que el pegamento, la persona que era el puente entre ambos, era Ron. Siempre lo fue. Todavía tenía grabado en la mente cómo vivieron aquel 1997, luego del día en que Ron se marchó en medio de una pelea. Harry y Hermione apenas hablaban, apenas parecían vivos, esperando su llegada, pensando cómo estaría, comiendo en silencio.
Harry amaba a Hermione,
Pero ella no era Ron.
—Te extraño —soltó su amiga al cabo de un rato—. Te extraño, Harry.
Su corazón se rompió.
—Hermione...
—Extraño lo que fuimos —ella lo cortó, con voz apretada—. Me gustaría volver- a eso. Al día que nos conocimos. Al día en que estábamos todos, los tres, sentados en ese tren por casualidad del destino. Te extraño, Harry. Eres mi mejor amigo.
Harry no quería llorar, no quería. Sentía que ya había llorado lo suficiente, que ya habían sufrido todos lo suficiente. Tampoco sabía qué decir, o qué hacer, o cómo actuar. A Hermione no le gustaba ser tocada sin permiso, sus hombros estaban tensos, y aunque quisiera pretender que sí, el contacto y las interacciones entre ellos no fluían con tanta naturalidad.
—Pero no sé si alguna vez vamos a volver a ser lo que éramos —completó ella, luego de un minuto en el que ninguno dijo nada.
Harry por poco gritó.
No, Hermione, sigo aquí.
Te amo. Los amo a ambos.
No me alejes tú también. No puedo hacer esto sin ti.
—No necesitamos serlo —dijo él, casi a la desesperada—. No es necesario que volvamos a ser lo que éramos.
Hermione conectó sus miradas. Parecía atormentada. Harry quería prometerle que lo que sea que le sucediera- iba a pasar. El dolor no podía ser eterno. Era imposible.
—Podemos- podemos ser otra cosa. Podemos ser otra cosa completamente nueva, si eso es lo que quieres.
La barbilla de Hermione tiritó.
Y entonces,
—Abrázame.
Harry lo hizo.
Su relación con Hermione, al igual que con los Weasley, se había visto debilitada gracias a la guerra. Hasta ese día, todavía se sentía como caminar encima de cáscaras de huevo; con cuidado, lento, y con miedo de que el más mínimo movimiento brusco la rompiera. Pero Harry estaba dispuesto a no dejarlas estar, a no alejarlos más; ya había sido suficiente.
Era horrible saber que Ron tuvo que morir para darse cuenta de lo valiosos que eran.
Las pesadillas continuaban también, noche tras noche, Harry soñaba con los muertos, a pesar de que Draco elaboraba pociones para no soñar. Harry veía a Ginny morir entre sus brazos. Veía la base de debajo del Bosque Prohibido llena de sangre, con los cuerpos decapitados que lo apuntaban diciendo que él los había matado. Las explosiones; los hombres calcinados volando por los aires; a todos los que no pudo salvar. Veía a McGonagall ser torturada. Veía a Robards cuando Azkaban se cayó encima. Veía a Seamus en el suelo. Veía a Astoria. Veía a Ron.
Siempre.
Siempre veía a Ron.
A veces le preguntaba por qué no lo salvó. Otras, si estaba bien, si estaba contento con su decisión. En otras ocasiones, Ron era el secuestrado por Voldemort y Draco el que decidía sacrificarse por él. Cada vez, Harry despertaba con lágrimas, la varita en mano, y la palma de Draco encima de su corazón para que se calmara.
Y era terrible no poder descansar, cerrar los ojos y ver las caras de la gente a la que le falló… pero podía permanecer en vela ¿no? Después de todo, Harry podía ser despertado; podía ser calmado.
¿Pero qué se hacía cuando las pesadillas te atacaban a plena luz del día?
Había momentos en los que Draco, su Draco, podía estar normal, hablando con él o riendo de algo, y de repente, su cabeza estaba nuevamente dentro de los calabozos de la mansión. De repente, gritaba y se arañaba como si lo estuvieran quemando. Como si nuevamente lo estuviesen marcando como "Cobarde". A veces llamaba a Harry y le gritaba que no era real, que no estaba allí. En ocasiones, Draco no soportaba que lo tocara.
En otras, deseaba escapar lejos porque decía que Harry merecía algo mejor.
Años atrás, cuando pensaba en el después, Harry imaginaba paz, felicidad incluso: el aclamado descanso. Nunca creyó que tendría que ver cómo la persona que amaba a veces no podía distinguirlo, no podía recordarlo. Cómo a veces se dañaba a sí mismo y lo dañaba a él. Harry lo veía y recordaba que por una decisión- una decisión tan pequeña como no haberse despedido ese día, había desencadenado en Draco perdiendo la cabeza.
Deseaba poder volver a ese momento.
Deseaba haberlo hecho quedarse.
Absolutamente todo sería distinto.
Harry miraba a Draco, miraba su confusión, el odio que tenía contra sí mismo, y deseaba con todas sus fuerzas que nadie lo hubiera tocado nunca. Que nunca lo hubieran corrompido de esa manera, porque no sabía cómo ayudarlo.
La mayoría del tiempo, no sabía qué hacer.
Una vez, luego de que Harry pasara horas dibujando en el otro extremo de la casa en la que se estaban quedando, decidió ir a ver a Draco. Solo… porque sí. Porque necesitaba hacerlo. Porque su amor era una cosa desesperada y gigante que quería tomar todo su tiempo y espacio. Y tenía en mente besarlo, tomarlo en su mismo escritorio y recordarle lo importante que era para él.
Solo para encontrar, que Draco estaba tratando de prenderle fuego a su brazo con una poción.
—¡Draco!
Draco miró hacia arriba, sorprendido, y un poco del líquido cayó encima de su antebrazo. Este gritó, y la piel a su alrededor se hirió aún más de lo que ya estaba, pero la Marca Tenebrosa permaneció intacta, lisa. Harry corrió hacia donde estaba completamente horrorizado. Draco comenzó a temblar.
—Draco, ¿qué...?
Draco dejó el vial encima de la mesa y se llevó las manos a la cara, tapándola. Sus hombros se agitaron. Harry se arrodilló y se aferró a sus muslos, tratando de entenderlo.
¿Por qué se estaba hiriendo aún más?
¿No había sido suficiente?
—Por favor, Harry… —Draco murmuró. Harry podía escuchar el llanto en su voz—. Por favor, quítame esto. Por favor…
—Draco-
Harry miró sus brazos, los que Draco raramente llevaba al descubierto, al igual que su torso, seguramente gracias a las heridas que tenía, las cuales se ganó por haber colaborado con la Orden. Miró alrededor del escritorio, a las grullas y notas de medimagia, todos las contra maldiciones que había encontrado, las posibles soluciones para la condición de Arthur, Bill y Theo. Harry lo miró a él, quien alguna vez había lucido tan imponente y fuerte- y su corazón se rompió, su pecho se oprimió y sus costillas dolieron.
Draco era un hombre.
Era sólo un hombre.
Un hombre que había tomado decisiones terribles por inmadurez, y luego, por su madre. Un hombre que hizo cosas innombrables, quien luego buscó venganza, y quien al final solo consiguió remordimientos.
Alguien que se arrepentía y que estaba buscando mejorar, porque su vida no se había terminado. Porque quería que el mundo fuese mejor, ahora que se daba cuenta de todo.
Draco era solo un hombre. Y Harry podía entenderlo mejor que nadie.
Tomó sus manos, y con delicadeza, las bajó. Sus preciosos ojos grises estaban llenos de lágrimas y toda su cara estaba roja. Harry lo amaba. Lo adoraba. Con cuidado, tomó su brazo y suavemente depositó un beso encima de la calavera. Draco soltó una respiración temblorosa.
Y si esto era pecar, Harry estaba dispuesto a bajar al infierno antes de alejarse de este hombre.
—Daría mi alma para que pudieras verte a ti mismo a través de mis ojos.
Draco bajó la cabeza, y lentamente retiró el brazo de la boca de Harry para sostener su rostro.
—Harry…
Harry cerró los ojos mientras Draco acariciaba sus facciones. Quería que el dolor se acabara. Estaba harto. Estaba harto de despertar y sentir que lo único para lo que había vivido, era para sufrir por no haber muerto con los demás. Quería disfrutar esto, ser capaz de disfrutar esto con Draco.
—No te merezco —susurró él. Harry sonrió juguetonamente, tratando de dejar el mal trago atrás.
—Nadie lo hace.
Esta vez, cuando miró hacia arriba, los ojos de Draco estaban arrugados en los bordes mientras esbozaba una leve sonrisa.
•••
Cada semana que Harry viajaba a Inglaterra a visitar a Granger, los Weasley, o Lovegood, Daphne lo iba a visitar a él.
Draco no sabía si era un acuerdo entre ella y Harry, o entre ella y otra persona para vigilarlo, pero no se iba a quejar. Daphne era lo más cercano a una amiga que tenía de su pasado, y aunque Theo continuaba vivo, Draco no podía decir que era lo mismo. Las escasas veces que había ido a visitarlo terminaba peor mentalmente que antes, sobre todo al ver el vientre de Luna, ahora notorio. Así que estar con Daphne, quién sí lo reconocía, era una especie de alivio.
Una noche en la que Draco suponía que Harry no iba a volver, o quizás volvería de madrugada, Draco se sentó a un lado de Daphne junto al fuego. La mayoría del tiempo ninguno hablaba, simplemente disfrutaban de un silencio agradable, una comodidad que Draco no podría tener con otra persona.
Le recordaba a Astoria.
Le recordaba a Pansy.
A lo que fue.
—Se lo dije —comentó él con calma mientras miraban la chimenea.
Daphne dejó de escribir y levantó los ojos. Su cabello estaba trenzado. Algo dentro suyo se retorció ante la familiaridad de la visión.
—A Astoria —aclaró, con la voz neutra—. Le dije que la amabas.
Daphne, de nuevo, no contestó. Sus dedos apretaron la pluma, y por su mirada pasó una expresión ilegible.
—Lo recordé —Draco volvió a decir—. Quería que- quería que lo supieras.
—Gracias, Draco.
Daphne parecía perfectamente compuesta por fuera, pero para Draco no pasó desapercibido la forma en que sus manos se desestabilizaron, o cómo sus ojos se pusieron tristes.
Decidió no agregar nada más.
Cuando Harry volvió esa madrugada, este tuvo una gran pesadilla. Siempre tenía muchas pesadillas cuando volvía de Inglaterra, como si se desenterraran sus peores recuerdos. Draco sabía cómo calmarlo, incluso cuando era otra persona, y no la que amaba a Harry como su yo real lo hacía.
—Estás aquí ahora —decía siempre, poniendo una mano encima de su corazón, sintiendo sus latidos—. Estás… estás aquí, Harry. Es real.
Esa noche, sin embargo, en vez de quedarse en silencio esperando que Harry se calmara, Draco lo miró, examinó su rostro atormentado, el dolor que parecía estar presente en él a cada segundo que permanecía despierto. Y simplemente lo dijo.
—¿Por qué no buscas un psicomago, Harry?
Harry se tensó bajo su tacto, pero no lo desechó inmediatamente. Draco había estado en tratamiento por prácticamente un año; su psicomaga tomaba un traslador una vez cada siete días para atenderlo, y era un eufemismo decir que nada más le ayudaba, cuando gracias a ella su psiquis se encontraba en orden.
Harry también merecía eso.
—No puedes hablar con nadie sobre lo que te pasa —Draco continuó—. No puedes hablarlo con Granger, mucho menos con Luna o los Weasley, y claramente tampoco conmigo. Todo lo que sientes- lo escribes, lo escribes a personas que nunca van a poder responderte. ¿Por qué no lo intentas? Ha pasado más de un año, y guardarte todo claramente no está ayudando.
Harry suspiró. Draco sabía que él concordaba. El aniversario de la derrota de Voldemort había pasado hace poco y Harry bebió hasta casi caer en un coma etílico. Ambos olvidaron sus propios cumpleaños, incluso cuando Draco se había prometido a sí mismo que Harry nunca volvería a hacerlo. No podían seguir así. No querían traicionar a los muertos, pero hundirse en la miseria no hacía nada por mantenerlos vivos.
—Está bien —Harry susurró entonces, y Draco dejó escapar una respiración aliviada.
—Gracias.
Harry se dio vuelta, dándole la espalda, y Draco lo abrazó por detrás. Lo sostuvo cerca.
No te vayas, le era imposible no pensar.
Nunca te vayas.
Y si a Harry aún le quedaba alguna duda de que necesitaba ayuda, esta se esfumó cuando unos días después, mientras buscaban con ayuda de Kingsley y Madam Pomfrey algún profesional, este hubiera tenido un ataque de pánico por algo muy pequeño.
Estaban en el continente asiático en ese entonces, viviendo a unas cuadras de la playa. Harry de por sí odiaba los días nublados, así que se marchaban cada vez que el invierno llegaba al lugar en el que residían. Sin embargo, hasta entonces todavía no habían visto un día completamente soleado; o al menos nunca se había sentido así, como se sentía antes de que Voldemort ganara.
Se suponía que estaban en verano, pero aquella mañana Harry se levantó y Draco fue despertado por sus respiraciones agitadas y forzadas mientras miraba por la ventana.
Afuera, el cielo estaba tan oscuro que parecía que iba a anochecer.
El mismo Draco vio pasar enfrente de sus ojos los recuerdos de una vida que estaban dejando atrás. El mundo mágico en cuarentena, oscuro y lúgubre. El mundo muggle siendo todo lo contrario. Se sentía como si la guerra hubiera vuelto, como si en cualquier momento tendrían que ir a luchar, a perder, a sobrevivir.
—¿Harry?
Harry no lo escuchaba. Tomaba su garganta, intentaba respirar, pero nada era suficiente. Draco se levantó de golpe, sin saber qué hacer. Harry nunca había tenido un ataque de pánico frente suyo, o no al menos que él recordara. Tomó una chaqueta y se la puso encima del pijama. Harry ya estaba vestido.
Draco, desesperado, no halló nada mejor que Aparecerlo lejos de la ventana.
Ridículo, que después de tanto averiguar sobre conocimiento médico, no supiera cómo ponerlo en práctica.
Días atrás, Harry y él habían salido a caminar y encontraron un solitario acantilado que tenía una hermosa vista al mar. Draco los Apareció a unos metros de una banca. Harry todavía estaba sujeto a su chaqueta, todavía respiraba agitado, pero pareció calmarse al ver hacia abajo, a la playa, al ver la ciudad y la gente existir normalmente.
Draco dudaba que Harry hubiera visto el mar durante la guerra.
—Está bien, Harry. Ven aquí. Es real.
Harry cerró los ojos, volviendo a abrazarlo.
Siempre se aferraba así a él. Como si sólo Draco pudiera prevenirlo de ahogarse. Como si sólo él fuera capaz de hacerle creer lo que decía, cuando ni el mismo Draco lo hacía. Harry lo tomaba de una manera que dejaba ver todo lo que sentía por él.
—Ven aquí. —Draco envolvió los brazos alrededor suyo—. Todo está bien ahora.
—Te amo.
Lo sé, pensó de inmediato. Es la única certeza que tengo ahora.
Draco no lo dijo, por supuesto, pero le era imposible fingir que el amor de Harry no estaba en cada cosa que hacía. Porque era lo único palpable, lo único verdadero en todo ese mundo cruel. Lo único que hacía que Draco pensara que la vida y el universo no era un completo chiste, o un castigo en vez de una oportunidad.
—Cuando era muy pequeño y estábamos de vacaciones, mi madre solía llevarme a la playa para que gritara cuando estaba enojado —Draco murmuró encima de su pelo, acariciando la espalda baja de Harry—. Me gustaría que hubiera sol.
—Odio que las nubes me arruinen el puto día —Harry espetó mucho más calmado, pero enojado de todas formas—. Sobreviví a una guerra, y le temo a una jodida nube-
Harry suspiró, apretándolo más fuerte. Siempre más. Draco había aprendido eso de él: no era capaz de ser delicado, ni de querer con suavidad o actuar con mesura cuando algo le importaba. Así que guardaba esos pequeños momentos en los que Harry lo sujetaba como si fuera lo único que valía la pena, en los que lo besaba con lengua y dientes y lo empujaba contra el colchón; o cuando tomaba su mano como si fuera un bloque. Porque en cada uno de esos gestos estaba escrito un "me importas".
—¿Podemos quedarnos aquí? —preguntó Harry.
—Podemos ir adonde sea que me pidas.
Harry no dijo nada. Draco ni siquiera lo sintió sonreír. Él también odiaba los días nublados, le hacía recordar a todas las veces que vio el sol en el mundo muggle y pensó que eso ya no existía en su mundo.
Durante nueve años no había visto el sol.
—Me gusta pensar que en el universo hay diferentes versiones de nosotros mismos —murmuró Harry al cabo de un rato.
Draco dejó de mirar cómo las olas rompían debajo de ellos y observó a Harry, dando un paso atrás para poder detallarlo mejor. Sus ojos estaban fijos en el límite del océano, allá donde se suponía que el sol debería asomarse.
—Quieres decir… En plan, ¿viviendo diferentes vidas? —preguntó Draco.
—Sí.
Harry se separó por completo, dando un paso seguro adelante para así sentarse en el borde del acantilado. Draco, dudoso, hizo lo mismo. Sólo porque estaba con Harry y confiaba en que terminarían en una sola pieza.
Una vez sentado, trató de imaginar una historia diferente a la que le tocó, y le parecía… imposible. Le parecía hasta cruel tratar de pensarlo.
—Debe haber un universo donde Voldemort nunca existió, ¿no es así? —Harry volvió a hablar. Sus manos estaban aferrando las rodillas tan fuerte que sus nudillos se veían blancos.
—U otro donde lo vences rápido —Draco dijo. Harry no respondió de inmediato.
—Sí.
Decidió mirar hacia el frente, y pensó, ¿qué habría pasado si Harry hubiese ganado a Voldemort ese 2 de Mayo de 1998?
Él y Ginny se habrían casado, lo más seguro, y sería parte de la familia Weasley de manera oficial. Ron y Harry estarían en el cuerpo de Aurores, y Granger se la pasaría todo el tiempo con ellos. Serían una gran familia, esta vez de verdad.
Draco se habría casado con Pansy, o con alguna mujer sangre pura que fuera lo suficientemente estúpida para estar con un Mortífago. Sería menos despreciado. Sus padres estarían vivos, y el resto de sus amigos también. Theo jamás se hubiera separado de su lado.
¿Y realmente preferiría esa vida?
Harry tomó su mano, entrelazando los dedos. No lo miró mientras volvía a hablar.
—Debe haber otra vida- otra vida en la que Ron sigue aquí. Debe haber otra vida en la que estamos lado a lado, riéndonos de que existe un universo en el que nos separamos.
El dolor era palpable en su voz, y Draco apretó el agarre de la mano con fuerza. Casi podía sentir él mismo cómo el corazón de Harry se apretaba, cómo le costaba respirar al pensar en una vida- en una versión de sí mismo que no perdía a Ron. Una versión de sí mismo que miraba a su mejor amigo a los ojos y encontraba ridículo pensar en la posibilidad de no estar juntos. De no pasar a ser hermanos en todos los sentidos de la palabra. Harry lucía esperanzado ante la idea. Casi hambriento e ilusionado al pensar en ese universo.
Draco, por otra parte, sentía que quería gritar.
Odiaba la idea. Odiaba imaginar a otro "yo" que pudiese vivir una vida agradable, o al menos no tan miserable como la que él tuvo. Odiaba pensar que en ese rincón del universo él estuvo condenado, y que había otros Dracos con oportunidades. Existían otras versiones de sí que tenían a su madre y a su padre; otras que nunca les enseñaron lo que era la pureza de la sangre; otras a los que Harry sí le tomó la mano a los once; había Dracos que aún tenían a Theo y a Pansy y a Astoria y a Crabbe y a Goyle-
En otra vida, Harry jamás dejó de ser su enemigo. En esta se había transformado en parte de su corazón. ¿Quién sabía lo que sería en otras? Draco no deseaba saber si eran más felices.
Harry se volteó a mirarlo. La brisa del mar hizo que su cabello se esponjara y que un leve rocío bañara sus pestañas. Estaba expectante ante su respuesta.
—Eso espero —mintió Draco, con un nudo en la garganta—. Me gusta la idea.
—¿Crees que es posible?
—Sí…
Harry asintió, apoyando la cabeza en su hombro. Draco dejó que el mar ahogara sus penas. O su existencia.
Que los hiciera olvidar, al menos.
Como si él no olvidara ya lo suficiente.
•••
Varios meses después de que Harry comenzara a ir a terapia y sintiera que las heridas podrían llegar a sanar, Draco encontró la cura para Arthur y Bill.
Aquel día ambos habían viajado a Inglaterra. Draco, para entregar sus conocimientos y el hechizo reversible a otros sanadores, y Harry, para estar allí cuando luego de casi dos años, parte de su familia volviera a la vida.
Draco decidió ir a visitar a Theo, y por primera vez, conocer a su hijo. Harry quería darle privacidad, o eso se dijo a sí mismo, pero al mismo tiempo agradecía que no lo acompañara a la Madriguera, porque… fue como al fin cerrar un ciclo, ver la consciencia retornar a los ojos de Bill y Arthur, verlos llorar y abrazar a sus esposas y hermanos porque al fin volvieron luego de estar sumidos en un largo sueño.
—Creí que estaría atrapado en mi cabeza por siempre —había murmurando Arthur, enterrado en los cabellos de Molly, quien lloraba—. Creí que nunca podría volver a hablar como antes.
Harry sentía que parte de su deuda había sido saldada; y todo gracias a Draco.
Aquella noche, luego de que este volviera más pálido que de costumbre después de conocer al niño (quien era la viva imagen de Theo), Harry lo atrapó apenas entraron a su casa. Se encontraban en Tailandia por aquel tiempo, y el patio delantero de la mansión daba directamente a la playa. Harry lo besó, saboreando la sal del mar encima de su piel, y Draco lo besó de vuelta, deshaciéndose en ese contacto.
Ambos tropezaron hasta la cama, y Harry apenas se detuvo para quitarle la ropa. Draco, a diferencia de otras veces, no se tapó, no trató de aparentar que no estaba todo marcado, que no tenía la guerra escrita en la piel. Y Harry lo besó con aún más ganas, sus latigazos, sus cicatrices y todo lo que lo hacía ser él. Harry lo besó tanto que esperaba que cada vez que Draco se viera al espejo no recordara esos momentos terribles, sino a él, susurrando que era precioso y que lo amaba y que adoraba cada centímetro de sí.
Harry le hizo el amor a Draco, lento, porque tenían todo el tiempo del mundo ahora. Guardó sus gemidos y suspiros en un lugar valioso de su mente. Acarició cada punto sensible. Draco hizo lo mismo. Harry lo adoraba. Lo adoraba. Lo adoraba hasta volverse loco.
Le agradecía por estar allí.
Y sintió que Draco le correspondía con la misma intensidad. Como si hubieran vivido para encontrarse. Durmieron abrazados el uno con el otro, esperando la mañana. O bueno, al menos eso pensó, hasta que horas después, en medio de la madrugada, Harry despertó y Draco no estaba a su lado.
Se sentó en la cama fría y tomó su varita, con el corazón latiendo a mil por hora. Su mente ya estaba pensando lo peor, imaginando que lo había perdido para siempre.
Sin embargo, cuando salió al balcón para poder fijarse si veía algo afuera, a unas horas del amanecer, lo único que encontró fue una figura sentada en la arena al borde del mar.
Harry dejó salir todo el aire de sus pulmones, y luego de ponerse una chaqueta, y llevar otra para Draco, salió al patio para ir hasta él.
Hacía frío. El mar rompía a unos centímetros de donde estaba. Draco tiritaba, y cuando Harry se sentó a su lado, notó que estaba llorando: las lágrimas caían de sus ojos sin emitir un solo ruido.
Harry suspiró, pasando un brazo por su espalda para darle calor. No sabía en qué estaba pensando ni qué le había hecho reaccionar así. Solo sabía que quería estar ahí por él, que era lo máximo que podía hacer.
Se dedicaron a ver el mar, cómo las olas se formaban y chocaban contra las rocas. Cómo la arena se sentía fría debajo de ellos. Harry podía ver la luz en el horizonte. Se preguntaba qué estaba pensando Draco, y si podía verla también.
—¿Así que huimos? —preguntó Draco de pronto.
Harry dejó de mirar las olas y se enfocó en Draco. Apenas podía distinguirlo. Su cabello estaba largo, sus mejillas huecas. Harry lo amaba tanto. Subió una mano hasta su pelo, tratando de ignorar el dilema que le provocaba la otra pregunta.
La que se seguía repitiendo.
La que quizás dictaminaba lo distinto que habría sido su futuro, si lo hubiera escuchado.
Si se hubieran ido.
Harry tuvo que haber tomado a todos los que amaba y marcharse lejos. Muy lejos de ese mundo donde ni siquiera la venganza podía satisfacer las pérdidas.
—Cuando te dije- cuando te pedí que nos fuéramos- ¿lo hicimos? —Draco preguntó de nuevo. Todavía lloraba sin emitir ruido. Sin mirarlo—, ¿y yo acabo de darme cuenta?
—¿A qué te refieres con que acabas de darte cuenta?
—No sé… Siento que acabo de despertar de un sueño muy largo.
Su respiración se cortó. Los pulmones se cerraron. Su pulso se disparó.
Draco se veía frágil, como si su propia estabilidad mental estuviera en jaque en ese preciso momento. Se veía frágil de una forma que Harry no había visto antes en él. Parecía que estaba deseando que Harry le mintiera. Que por favor, por una vez, lo dejara vivir en una fantasía.
—Sí. Huimos.
Draco llevó las rodillas a su pecho y las abrazó con las manos, apoyando allí la barbilla. Harry apenas lo veía; solo podía distinguirlo medianamente gracias a la luz de la luna. Seguramente sus ojos estaban rojos y su piel mojada por las lágrimas que no paraban de caer.
—¿Y por qué me siento así?
—¿Así cómo?
—¿Somos felices?
Perdieron. Ambos perdieron grandes partes de su vida. Había días en los que Harry creía no merecer el mundo, y días en los que Draco deseaba no haber sobrevivido. Había días en los que no lo recordaba y Harry creía ya no ser capaz de seguir adelante sin perder la cabeza.
Pero estaba allí.
Harry se inclinó hacia él, y dejó un beso en su cabello, sintiéndose vivo por primera vez en mucho tiempo. Existían, y estaba agradecido de no haber muerto si eso significaba que tenía la oportunidad de existir junto a Draco.
—Sí —respondió—. Creo que lo somos.
Después de todo,
Al fin eran libres.
Draco apoyó la cabeza en su hombro y se quedó allí, como si estuviera purgando, como si estuviera dejando salir absolutamente todo lo que tenía dentro. Las lágrimas mojaron la chaqueta de Harry, y Harry los cubrió a ambos con la prenda que estaba destinada para Draco.
Y se quedaron así hasta que el amanecer finalmente llegó.
•••
Tal como Draco había dicho, la terapia era efectiva.
Al menos Harry sentía que le estaba ayudando.
Lo conversó con Hermione, quien también iba, y al menos ambos ya eran capaces de bromear sobre lo jodidos que estaban, porque sentían que no podrían dejar de asistir por el resto de sus vidas. Harry sentía que poco a poco estaba mirando todo desde una nueva luz, desde una perspectiva que antes no tenía.
Todavía sentía que le debía algo al mundo, de todas formas.
Y ese algo, lo pagaría abriendo un orfanato y una escuela al nombre de Ron.
Hermione le contó de todos los huérfanos que había dejado la guerra, de los traumas de los niños Servi, las dificultades que aún tenían los infantes nacidos de muggles para integrarse en la sociedad, y de que hacían falta espacios para que estos se encontraran con gente como ellos antes de entrar a Hogwarts. Así que Harry se tomó eso al pie de la letra, y comenzó a averiguar qué podría hacer. Todavía le sobraba bastante dinero de su herencia, y Draco tenía tanto que podrían haber vivido tres vidas y aún así no serían capaces de gastarlo por completo.
Por lo que, mientras Draco se inscribía en un curso de medimagia en América, Harry empezó a investigar sobre el papeleo que necesitaba para abrir estas instituciones en un Reino Unido que aún no terminaba de reconstruirse.
Por otro lado, había dejado de dibujar y escribir cartas únicamente a los muertos, y había empezado por hacer cosas pequeñas, en realidad, que según su terapeuta (quien se lo había aconsejado), mostraban un gran avance.
Cada cierto tiempo, dibujaba y escribía a Luna. Hermione. A Molly. A Arthur, y en realidad, a todos los que le importaban. Eran cartas cortas que tenían un descargo sentimental, pero que le servían de todas formas.
Y todos los días escribía notas para Draco.
Se las dejaba debajo de la almohada, a un lado del desayuno, en su despacho o escritorio. Cada día. Draco fingía no leerlas, aunque Harry siempre era capaz de saber que lo hacía porque lo besaba de una forma diferente. Lo besaba como si estuviera feliz.
A pesar de que su mente aún no estaba del todo recuperada, a pesar de que despertaba con sus recuerdos mezclados y teniendo una vaga noción de quién era, Harry ya no sentía la misma opresión en el pecho. Quizás era la costumbre.
O quizás, ya nada le parecía tan definitivo como lo era la muerte, para deprimirse cuando sabían que había una mejoría.
—¡Draco!
Harry despertó justo a tiempo una noche, meses después del último episodio de amnesia de Draco. Este tenía una expresión que creía olvidada; un hombre letal, cruel, imperdonable. Su mandíbula estaba recta, sus cejas juntas, su cicatriz lo hacía ver amenazante.
Y tenía la varita a unos centímetros de los ojos de Harry.
Harry lo tenía sujeto de las muñecas, impidiendo que Draco le enterrara el instrumento en el ojo como quería. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Draco era incapaz de recordarlo, al parecer.
—Estabas muerto, cabrón de mierda —Draco escupió, aún haciendo fuerza—. Estabas muerto. ¿Por qué no lo estás ahora?
—Draco —Harry respiró—. Draco, no me recuerdas.
—¿Qué se supone que tengo que recordar?, ¿qué-?
—Te amo —lo interrumpió—. Eso es lo que no recuerdas.
Aprovechando que la expresión asesina de Draco cambió y pareció extremadamente vulnerable, Harry lo hizo girar en la cama, poniéndose encima de él. Draco trató de batallar, pero era muy tarde. Harry tomó la varita de su velador con dificultad y la llevó a su sien.
Y tal como solía suceder en la guerra, sus recuerdos volvieron.
—Harry…
Era un gesto que él tenía grabado en el inconsciente, el mismo Draco le había pedido que lo hiciera. Si alguna vez se topaba con… con Astaroth, Harry solo debía llevar la varita a su sien, y Draco recordaría.
Al menos, casi todo.
—¿Dónde están todos? —preguntó, parpadeando varias veces—. ¿Dónde estamos? Esta no es la base. ¿Qué pasó?
Harry suspiró, y con delicadeza se dejó caer encima de él, enterrando la nariz en su cuello.
—Draco, ¿recuerdas la última batalla?
Draco se tensó. Por varios segundos, no dijo nada, como si intentara recordar. Harry estiró un brazo tomando la libreta de Draco desde su velador para dejarla encima de su pecho.
—Vencimos a Voldemort —comenzó a enumerar Harry—. La guerra acabó. Encontramos a Nagini. Estamos en Italia.
Los ojos de Draco brillaron con confusión y agarró el diario que reposaba entre ambos.
—¿Tom murió? —preguntó con un tinte de incredulidad.
—Sí.
Draco cerró los ojos, y el alivio recorrió sus facciones. Harry lo besó.
—¿Quieres hablar de eso? —dijo Draco una vez que se separaron.
—¿De qué?
—De- eso.
Harry pausó. Draco nunca había preguntado antes sobre la batalla final. Nunca. Harry tampoco había querido contarle. Era un tema del que nunca hablaban.
Interesante, que después de años la duda al fin hubiera salido a la luz.
—Él te capturó —dijo Harry con un leve temblor en la voz—. Te capturó.
Recordó ese día. Recordó que él volvió de la Mansión Potter y Draco no lo hizo. Estuvo dispuesto a abandonar la Orden, abandonar la guerra y la causa para volver a verlo. Para rescatarlo.
—Perdí la cabeza —continuó. La cara de Ginny pasó por su mente—. Sentí que- que me acababan de quitar mi razón para terminar la guerra. Tenía que encontrarte.
Draco sólo lo miraba. Harry se dejó caer a su lado y observó el techo, mientras su novio pasaba una mano por encima de su pecho y la descansaba encima de su corazón. Harry entrelazó sus dedos.
—Al final, descubrimos que Hagrid me vendió. Y que Nagini era- que era Andrómeda. Estaba dentro de su cuerpo. —Harry solo le había contado a su psicomaga eso. Solo había dicho una vez antes lo que Hagrid hizo. Lo que Andrómeda era. Los errores que cometió—. Todo esto pudo haber acabado mucho antes.
Estuvo ahí.
Nagini estuvo ahí todo el tiempo. Rescataron a Hagrid, a su primer amigo, solo para ser traicionados. Eran cosas en las que Harry no pensaba nunca, porque no veía cómo alguna vez dejarían de doler.
—Maté a Voldemort, porque soy el Amo de la Muerte. —Draco besó sus manos entrelazadas. Harry apretó los labios por unos segundos—. Aún no me deshago de las Reliquias, porque temo que las necesitemos. Temo que algo te suceda.
—Nada me va a suceder —replicó Draco automáticamente. Harry cerró los ojos.
—Te salvé —murmuró, recordándolo de rodillas, quemado y torturado, siendo sostenido por Voldemort—. Te salvé. Tenía que salvarte.
—Harry —Draco murmuró—. No hiciste nada mal…
Era increíble pensar que habían pasado años y aquellas últimas horas aún se sentían recientes. Aún se sentía como si acabara de perder a Draco, a Astoria, a Ron; como si acabara de matarlo. Harry dudaba que alguna vez dejara de sentirse así, incluso cuando ya no dolía de la misma forma.
—Lo siento. Lo siento por todo. Lo siento-
—Pero somos libres ahora —Draco lo interrumpió. Harry se giró para mirarlo.
—Sí.
—Creo que… que eso hace que- sé que… —Draco dejó salir un ruido frustrado, y fue su turno de cerrar los ojos—. Me hace pensar que quizás la muerte de mi madre fue importante.
—Lo fue.
—No, no. —Él negó—. Necesaria, quiero decir.
—Oh.
—A lo que voy es que… su muerte ayudó a que Él muriera, ¿no?
Sin la muerte de Narcissa, Draco jamás habría colaborado con la Orden. Sin su colaboración, jamás habrían tenido de prisionero a Yaxley, jamás habrían secuestrado a Rookwood, jamás se habrían aliado con los gigantes. La mayoría de cosas- jamás habrían sido posibles sin ese momento irremediable.
Era una vida a cambio de miles.
—¿No? —volvió a preguntar Draco ante su silencio.
—Sí.
—Y Vol- Voldemort iba a llevarnos a la destrucción. Ella salvó el mundo, de una forma u otra.
—Sí, Draco.
—Si todo ha acabado… creo que el dolor valió la pena.
Su garganta estaba cerrada. Harry lo abrazó y sintió los latidos de su corazón bajo su palma.
Tan vívido. Tan real. Tan fuerte.
Estuve tan cerca de perder esto para siempre.
Draco apoyó la frente en la suya y juntos se quedaron así por lo que parecieron horas, meses, años y siglos. El universo explotó afuera y ellos se mantuvieron así. Nada más importaba. Nunca lo hizo.
Al final, lo único que tenían, era el uno al otro.
•••
Draco,
Hoy me levanté, y por un momento no me pude el peso de mi cuerpo. No en el sentido literal, sino- vi hacia afuera, estaba nublado, y me sentí atrapado. Estaba atrapado de nuevo en la mansión, en ese mundo, sin poder escapar.
Pero luego te vi a ti.
La luz te hacía ver aún más blanco. Tus ojos estaban hinchados por la almohada, tu cabello era un desastre-
Y estabas aquí.
Estabas aquí, eres lo único real, por lo que yo ya no estaba atrapado. Era libre. Contigo.
Somos libres.
Draco,
¿Te han dicho que babeas cuando duermes?
Draco,
A veces pienso que lo que nos pasó de vuelta a Inglaterra no fue real, ¿tú lo sientes así?, porque en ocasiones creo que nos hemos inventado todo, que algo sucedió, que alguien jugó con nuestras cabezas. A veces siento que me he pasado toda la vida a tu lado viajando por el mundo y así ha sido siempre.
Me gustaría que esa fuera la verdad.
Que aquí, en este momento, haya sido el único lugar donde hubiéramos existido y dónde existiremos el resto de nuestras vidas.
Draco,
Tu comida apesta. Yo haré el desayuno.
Draco,
Desearía que nunca te hubieran hecho daño. Desearía poder ser yo el que esté en tu lugar.
Draco,
No quise despertarte. Te espero abajo. Saldré a ver el mar.
Harry
•••
Hola hola! Sé que parece el final, pero aún faltan 3 cosas más y estamos. Qué emoción y melancolía.
Solo pasaba aquí a aclarar un punto que me imagino a algunos los tiene con duda: el sueño del inicio. Y lo único que tengo para decirles es
¿A ustedes quién les dijo que el prólogo era un sueño?
Sí, Draco despierta en el primer cap diciendo que acaba de tener una pesadilla, pero nunca aclara de qué trata, solo dice que involucra a Harry, y durante la obra siempre dice que tiene pesadillas y por eso toma pociones para no soñar constantemente. A mí me ayudaba narrativamente poner eso como inicio para que pensaran que el prólogo era el sueño, pero si hubiese sido así… ¿no creen que Draco le hubiera tomado un poco más de peso?
En otras noticias, casi se quedan sin saber cómo termina Desolación CEJEK. Hace unas noches en mi casa se pusieron a cocer duraznos y se les olvidó. Me desperté a las 4 a.m para ir al baño y mi cuarto estaba lleno de humo… Casi me morí juju
En fin, en una horita publicaré el próximo cap!
