"Hermione Granger, la bruja más brillante de su época."
El día que Hermione recibió su carta de Hogwarts, fue el día más feliz de toda su vida.
Solía ser su recuerdo principal al conjurar un Patronus, y –a lo que, al menos durante el colegio– se aferraba cuando tenía un mal día. ¿Qué tan malo puede ser?, pensaba, ¿que se hayan burlado de que sé cosas, de ser un ratón de biblioteca, de mi cabello, mis dientes y de mi personalidad, si al final del día tengo magia?
Hermione siempre supo que era diferente al resto de niños de su cuadra. Lo sabía en sus huesos, en su actitud y en su cabeza. Con solo el poder de su mente lograba obtener algo que estaba en la otra esquina de la habitación, e invertía los colores de su ropa cuando no le gustaban. Eso no podía ser normal y sus padres lo tenían claro también, así que no fue tan impresionante cuando, a sus once años, Minerva McGonagall apareció en su casa a platicarles que Hermione era una bruja, que iría a Hogwarts y que allí estaría con más gente como ella.
Y Hermione había estado feliz, porque, tal como dijo, siempre supo que era diferente. Iría a un sitio donde habría más "diferentes" como ella. Hermione lograría aprender, conocería cosas nuevas, y nadie se reiría de ella nunca más porque todos estarían en Hogwarts conociendo la magia. ¿Cómo podrían no querer pasar horas y horas leyendo sobre las rebeliones de los Goblins, la historia de los unicornios, las propiedades de la Transformación y todas esas cosas maravillosas que siempre creyó que existían en cuentos de hadas? Estaba segura de que se sentiría más comprendida que nunca.
Se equivocó.
No le costó mucho entender que siempre iba a estar en un nivel de subordinación en ese mundo. Nadie se sentó ni se sentaría a explicarle jamás ciertas cosas de cultura general, que los niños que nacieron allí sabían desde siempre. Una sola charla con Neville Longbottom le bastó para hacerse consciente de eso, y a pesar de que Hermione prácticamente se había devorado los libros que tuvo que comprar en el Callejón Diagon, no era suficiente. Por mucho que lo añorara, unas páginas nunca le enseñarían qué eran los escregutos y por qué servían para algunas pociones. Nadie le diría que cuando hablaban de "Sirenio" no era una forma de decir, sino que hablaban de la lengua de las sirenas de verdad. Nadie le explicó que los centauros eran aficionados a leer las estrellas, o que los cruces entre especies eran algo de lo que todos estaban enterados, pero de lo que nadie hablaba.
Aparte de eso, su problema no se trataba sólo de conocimientos. Se trataba de no poder contactar a sus padres como un niño mago promedio lo haría. De tener once años, ir a un internado al otro lado del Reino Unido, no tener ningún amigo, y extrañar a tu mamá y a tu papá después de haber sido una familia bastante cercana. Había días en los que todo se sentía- demasiado. Los hechizos, la magia, las criaturas, las cosas que tenían que leer. Lo adoraba, pero se sentía demasiado para manejar. Además… estaba sola. En un inicio al menos. Había tantas cosas que no sabía y parecía imposible ponerse al día con todo.
Nunca lo admitiría ante una sola alma, pero la razón por la que mintió esa noche cuando sucedió lo del troll en primer año… lo hizo porque estaba desesperada por afecto, por amistad. Las niñas de su año no estaban interesadas en aprender de la misma forma que ella, solo en hablar de cosas que no comprendía y de los chismes de los cursos superiores. Los demás niños no se le acercaban porque la encontraban mandona y pesada. Pero ese día se le presentó una oportunidad de demostrar y probar que era distinta. Que merecía una oportunidad.
Y lo consiguió.
Esa noche, Hermione consiguió a Ron y Harry.
Eso no significaba que dejaría de intentar comprender el mundo. De cerrar el espacio entre ella y lo que no sabía. Hermione trató de no ser la que desconocía cosas por ser una nacida de muggles. Realmente trató de cerrar esa brecha entre ella y el resto de sus compañeros mestizos o sangre pura. Se propuso conocer cada una de las preguntas que harían en clases, estudió exhaustivamente hasta el más pequeño detalle en páginas antiguas, y se informó de todo lo que la retrasaría. Hermione se propuso ser la mejor, mejor que todos esos que tenían las cosas garantizadas. Sería brillante.
Eso no le gustó a muchos, por supuesto.
Snape fue el primero. Hermione no lo supo hasta más adelante, y siempre intentó pensar en él con respeto, pero siempre sintió que… la vio como menos. Así de simple. Muchos argumentarían que era porque Hermione era una Gryffindor, y Snape tenía algo en contra de los Gryffindor; o incluso porque le recordaba a Lily Evans, su amor secreto. Pero Hermione sabía la verdad: los viejos hábitos no eran completamente olvidables, y que cada vez que Snape le hablaba, era con un deje de superioridad distinto a la del resto. Como si Hermione hubiera hecho algo sucio al saber más que un sangre pura. Al saber más que Malfoy.
Lo más traumático de ser insultado y rebajado por algo que no puedes cambiar… es no darte cuenta que eso es lo que ha hecho que muchos te dediquen miradas de asco en los pasillos. Que eso es lo que ha hecho que otros Slytherin o Hufflepuff se rían de ti cuando le preguntas con vergüenza a tus compañeros: "¿Qué es una Banshee?" Que eso –-ese detalle de ti misma que debería ser normal— fue lo que provocó una guerra y una matanza desmedida.
Hermione no lo sabía. Hasta segundo año, no tenía idea de qué eran los estatus de sangre además de una forma de clasificar las distintas maneras en las que la magia nacía. Malfoy la llamó una "inmunda sangre sucia" enfrente de todos, uno de sus mejores amigos se exaltó, y más tarde se enteró de que estaba siendo humillada ante toda una escuela por más de un año debido a algo que no podía cambiar.
Le avergonzaba pensar que, si hubiera podido, lo habría hecho. Si hubiera podido elegir entre nacer entre muggles o criarse allí, habría elegido sin pensarlo la segunda opción. Aunque le gustaran las cosas muggles como la historia, la ciencia, las matemáticas, o los inventos tecnológicos, y estaba orgullosa de sus raíces, Hermione se sentía como una impostora. Siempre supo que era diferente, pero, ¿y si al final no lo era?, ¿y si cometieron un error con ella, y en realidad no se suponía que tenía que estar allí? Por eso tampoco le gustaba el Quidditch. Lo odiaba, incluso, porque no le salía natural andar encima de una escoba como a los niños criados y nacidos en el mundo mágico (salvo por Neville). A Hermione le era prácticamente imposible aprender cómo volar sin fallos… y ella no fallaba. Hermione no fallaba, entonces, al notar que las clases de vuelo se le hacían demasiado difíciles, decidió que lo detestaba.
Sin embargo ahí iba Harry, quien fue criado por muggles también, y era el mejor volador que su generación hubiera visto. O que Hogwarts, incluso. Le salía natural, y Harry nació de una madre bruja y un padre mago, Hermione no. Así que, ¿realmente estaba destinada a ser bruja?, ¿qué pasaba si no era ese tipo de "diferente" al que se referían, y no le correspondía estar ahí?
Había mucha gente que pensaba igual a ella.
Pero solo tendré que trabajar más duro, Hermione pensaba, investigaré más, leeré más, me informaré más y no les quedará más remedio que aceptar que soy como ellos, que soy mejor que ellos, incluso. Puedo ser igual de talentosa a pesar de no tener padres magos.
El problema es que no fue así. No con la gente que no la apreciaba, al menos. Seguro, Ron y Harry admitían que era inteligente, y también los profesores que la conocían (y que no fueran Snape). Pero Malfoy, los Mortífagos, e incluso el mismo Ministerio, no lo veían. Hermione no era una persona para ellos, sino un concepto, una idea que ellos podían utilizar, pisotear y aborrecer. Al final no servía de nada saber al revés y al derecho cuáles fueron todos los ministros, cuáles fueron todas las guerras y los años en que sucedieron. Daba igual conocer teóricamente todos los hechizos posibles. Realmente no podía importar menos.
Eso no la salvó de ser torturada en la Mansión Malfoy.
Eso no la salvó, cuando los Mortífagos le arrancaron dos dedos de la mano por mera diversión.
Eso no la salvó en Grimmauld Place, cuando ellos tocaron, tocaron, y tocaron solo porque creían tener el derecho de hacerlo.
A veces Hermione miraba ese momento y pensaba que había exagerado. No era para tanto, ¿no?, todos pasaron por cosas terribles. Ella estuvo en el momento equivocado en el lugar equivocado. Y no había pasado a mayores, Harry se encargó de eso.
Pero luego recordaba el después. Recordaba a Ron y el no poder tomar su mano por dos semanas enteras. Recordaba que Madam Pomfrey no fue capaz de curar sus heridas sin sedarla. Recordó las pesadillas y quedarse bajo la ducha por horas, pensando que así se quitaría los dedos, los moretones, el olor y la explosión de sus cuerpos de encima. Recordó que por más de tres meses, tuvieron que hacer la cama más grande que podían para que Ron no la tocara durante el sueño, y que después simplemente pidió que les pusieran camas separadas. Y entonces, sabía que ese momento fue determinante en su vida.
Aún lo sentía. Sentía ese día pegado a su piel, bajo sus uñas, detrás de sus dientes. Oía las voces de los Mortífagos en sus sueños. Percibía sus alientos a un lado de la oreja. Hermione quería vomitar cada vez que lo recordaba, cada vez que lo veía pasar delante de sus ojos.
Pero no podía evitar pensar, a pesar de saber, a pesar de todo eso… que no era para tanto. Era una exageración.
Al menos ella había sobrevivido.
No le gustaba pensar en lo malo. No le agradaba ser consciente de que fue violentada una y otra vez por algo que no estaba en sus manos. El recuerdo más feliz que tenía se vio manchado por la guerra. A veces, pensaba que lo mejor habría sido nunca aceptar esa vacante en Hogwarts. Deseaba poder tener un giratiempo y decirle a sus padres que simplemente se la llevaran lejos de allí, antes de que la desolación acabara con todo lo que era. No habría conocido a Harry, o a Ron, o a la magia, ¿pero era realmente tan terrible?
¿Unos momentos de felicidad valían la pena todo el sufrimiento?
¿Valían la pena las torturas, las muertes, las agresiones? ¿Valían la pena Grimmauld Place y las humillaciones?
¿Perderlo todo en un día?
Hermione pensaba que no. Por eso no le gustaba recordar.
Por eso, apenas se realizó el funeral de Ron con nada más que los pocos restos que quedaron de su cuerpo, se marchó a Australia en busca de sus padres.
•••
Harry se encontraba en Japón, o en Rumania, o quién sabía dónde, esperando el momento para volver a Inglaterra, y Hermione, si era completamente sincera, nunca pensó en contactarlo para que la acompañara a encontrar a sus papás.
Harry vio el funeral de Ron a través de ella, con el mismo hechizo que usaban en Adrian para espiar el Ministerio, lo que indicaba que si no podía ir presencialmente al funeral de su mejor amigo, tampoco podía moverse del lugar donde se estaba escondiendo, y aunque Hermione lloraba porque lo necesitaba –porque necesitaba que estuviera a su lado y apoyarse en él– sabía que Harry no dejaría solo a Malfoy. Si ella hubiera sido un poco más- magnánima, quizás, no le habría molestado que se les uniera.
Pero sí que lo hacía.
Hermione no podía ver a ese cabrón.
En su lugar, Kingsley y Madam Pomfrey no preguntaron, exigieron ir con ella a Australia, donde Hermione se encargaría de buscar a sus papás.
Durante esos años y con tanta investigación para tratar de encontrar a Nagini, Hermione halló un montón de métodos, hechizos y rituales que si bien no eran suficientes para usar en un animal (y mucho menos un Horrocrux), sí que le servían para volver con sus padres.
Así que eso hizo. Viajaron a Australia dos semanas después de la Batalla de Hogwarts a través de un traslador, y Hermione fue al centro del bosque mágico más importante para ejecutar un ritual de sangre que le diría dónde estaban sus familiares. Funcionaba casi como la Marca Tenebrosa funcionaba en los Mortífagos.
Todo de aquel entonces era un borrón. Una mancha en su memoria que no tenía sentido porque el mundo no tenía sentido. Voldemort había sido derrotado. Ron estaba muerto. Harry estaba lejos. Arthur y Bill se encontraban gravemente heridos y necesitaban una cura. El mundo mágico de Inglaterra no tenía un gobierno todavía, estaba patas arriba, y la gente aún sacaba los cuerpos de las víctimas y victimarios de las calles, de las mansiones; buscando los cadáveres para darles una sepultura digna.
Así que Hermione no recordaba qué había hecho y cómo lo había hecho. Solo sensaciones: la magia tocando su piel y diciéndole que estaba cargada de cosas oscuras. La magia diciéndole que debería sanar, que tenía que sanar, gritándole que por favor no ignorara sus señales. La magia levantándose, cumpliéndole el favor, penetrando en su sistema y luego indicándole a través de raíces y señales de la tierra dónde se encontraba su familia.
Hermione se alejó temblorosa del círculo cuando todo acabó, gateando hacia donde se suponía que Poppy y Kingsley estarían. Sabía que la mayoría de sensaciones- lo que escuchó cuando estuvo dentro del ritual… tenía que hacerlo. Las voces, la magia, tenían razón. Solo que Hermione no quería sanar. No quería dejar de sentir cómo el pecho se le abría de a poco por todo lo que perdió ese día. No era justo para Ron que intentara olvidarlo. Hermione no tenía por qué sanar la herida de alguien que le había tocado tanto.
Cuando volvió al lugar donde Madam Pomfrey y Kingsley se encontraban ya podía caminar, aunque la debilidad en su cuerpo tuvo que haber sido notoria porque entre ambos la sujetaron para continuar avanzando. Y Hermione se dejó llevar. Caminó, caminó, caminó, y continuó caminando por lo que parecieron años hasta llegar a la cima de un monte.
—Sé dónde ir —dijo—. Me Apareceré, sujeten mis manos.
Ellos obedecieron sin decir una palabra, y Hermione cerró los ojos por un momento, sintiendo la brisa de la mañana, el cantar de los pájaros, la presencia sólida de las dos personas a sus costados, y la sangre fluyendo en sus venas, tirando adonde se suponía que pertenecía.
Se Aparecieron.
Ni siquiera se encontraba emocionada o nerviosa de ver a su familia de nuevo luego de tanto tiempo. Hermione solo podía pensar que Ron no estaba allí, dándole palabras de aliento y plantando ideas en su cabeza de cómo sería ver a sus padres luego de llorar por ellos en su cumpleaños, festividades, o malos días. Harry no se encontraba apretando su mano para darle fuerzas, o intentando aligerar el ambiente al hacer bromas de Ron y Hermione besándose. Su vida y su corazón no estaban allí, con ella. Por lo mismo, Hermione no sintió nada cuando se Apareció frente a una casa bonita en una ciudad bonita de Australia.
Sabía que cruzando la calle se encontraba el hogar en el que vivían sus padres, y se preguntó qué tanto habrían cambiado. ¿Tendrían canas?, ¿habrían adoptado un perro?, ¿tuvieron otro hijo?, ¿se encontraban felices? Solo unos pasos y lo sabría. Unos pasos y los vería de nuevo. Era el único sueño que se permitió tener en esos oscuros años.
—Tómate el tiempo que quieras —Kingsley dijo, poniendo una mano en su hombro con delicadeza—. No apresures nada.
Hermione pasó saliva, examinando la puerta de madera. La casa blanca. La pequeña terraza del segundo piso.
—Estoy lista.
Siempre lo estoy.
Madam Pomfrey besó su sien, haciéndola saltar.
—Nunca lo dudamos.
Hermione asintió, y a pasos temblorosos, se liberó del contacto de sus acompañantes. Una parte de su cuerpo gritó y se quejó, y por poco, Hermione consideró retroceder para pedirles que la acompañaran hasta el frente, que no podía hacer esto sola, pero ya había dado el primer paso y no iba a retractarse.
Con algo parecido a la ansiedad, llevó la mano hacia la puerta y tocó lento, como si apresurarse haría que la burbuja se reventara.
Esperó unos segundos, juntando las manos delante e intentando arreglar un poco su cabello, ocultando los dedos faltantes. Para cuando escuchó los pasos venir desde el otro lado de la puerta, Hermione ya había puesto una sonrisa suave, pero falsa.
—Hola —dijo una mujer parada en el umbral.
Por unos segundos, Hermione solo pudo contemplar a su madre, y notar que estaba igual a como lucía en 1997. El mismo corte de cabello, los mismos ojos amables, el mismo estilo de ropa. Tenía algunas arrugas en ciertos lugares, pero nada exagerado. Estaba igual. Su madre no había cambiado en lo más mínimo.
Y Hermione era una persona completamente diferente.
La había extrañado, ahora que la tenía delante la fuerza de ese sentimiento la golpeó. La había necesitado. Las cosas, todo lo que le pasó- todo habría sido más fácil si su madre hubiese estado allí; si en las noches de vuelta de una batalla la hubiera abrazado y prometido que todo estaría bien.
Joder, cuánto la había extrañado.
—¿Hola? —preguntó ella de nuevo—. ¿Puedo ayudarte?
Sabía que lo hizo ella misma, que no tenía derecho a que le doliera tanto saber que su madre no la reconocía en lo más mínimo, y se sentía aún más patética por haber albergado la esperanza de que así fuera. Hermione suspiró sacando la varita y la dirigió a ella. Antes de que su mamá pudiera hacer nada, conjuró:
—Finite Incantatem.
Ella dio un paso atrás, sujetando la puerta con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Su mirada se quedó desenfocada por unos minutos. Desde dentro, Hermione podía oír la televisión encendida. Estaba temblando, ahora lo sentía. Miraba a su madre muerta de miedo de haber hecho lo incorrecto.
Pero cuando ella volvió en sí, y sus ojos se enfocaron en Hermione, no llegó una reprimenda, un insulto, o algo peor. No llegó nada más que:
—Mi niña…
Hermione sintió las rodillas fallarle, el corazón ir demasiado rápido y su garganta apretarse. Su madre dio un paso al frente, y sin dudarlo, envolvió sus brazos alrededor de los hombros de Hermione, quien dio un salto al no esperarlo.
—Mi niña. Mi niña hermosa...
Hermione reprimió un sollozo, sabiendo que ya no era una niña. Los dejó cuando era niña, pero ahora es una mujer. Había cambiado. Se había transformado a lo largo de los años en una persona y una versión de sí misma que sus padres ya no conocían.
Ni ella misma se conocía.
—Los extrañé —dijo apretándose contra su madre—. Los extrañé. Los extrañé. Mi vida no estaba llena. Lo siento tanto. Lo siento por todo lo que hice. Siento haberlos enviado lejos. Yo-
—Estás aquí. Volviste a nosotros. Estás aquí…
Su madre estaba siendo tan incoherente como ella, como si realmente hubiese estado diez años esperando que regresara. Hermione se dejó embriagar por el perfume de su mamá y sus brazos que le parecían tan desconocidos y tan familiares a la vez. Su madre enterró los dedos en su cabello y acarició, desenredando este de la misma forma en que solía hacerlo cuando era pequeña.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento por todo, siento no haber- siento-
—Hey, hey, Mione… —Su mamá se alejó pero sin dejarla ir del todo, como si temiera que si lo hiciera, Hermione desaparecería—. ¿Qué pasó?
¿Qué había pasado?
Hermione, por unos segundos, dejó salir los recuerdos que evitaba. La búsqueda de los Horrocruxes. Grimmauld Place. Acampar por el país. La primera Batalla de Hogwarts. Huir. El escondite. La muerte de Ginny. La muerte de todos los que le importaban. Cómo la victoria parecía tan insípida y poco valiosa comparado con todo lo que perdieron
¿Cómo podía explicarle lo que había pasado?
—Les borré la memoria temporalmente para que quisieran venirse a Australia, porque sabía que, de lo contrario, nunca lo harían, y yo tenía que quedarme en Inglaterra. En el mundo mágico había estallado una guerra.
Me habría gustado irme con ustedes.
Me habría gustado llevarme a Ron y a Harry conmigo.
Lo habría hecho si tuviera un poco más de valor.
—La guerra del mundo mágico se alargó por una década, y- y-
Hablar de esos tiempos- parecían pertenecer a otra vida. Hermione tenía dieciocho, y Ron y Harry acababan de cumplir diecisiete. Eran niños jugando a pelear. Niños que estaban cargando con guerras y responsabilidades que no les correspondían. Hermione borró la memoria de sus padres, creyendo que en un año o dos todo habría acabado y las cosas volverían a la normalidad.
Pero ahí estaban.
Habían pasado diez. Ellos hicieron su vida. Y Hermione…
—Lo siento. Lo siento.
Su madre ignoró las palabras, volviendo a abrazarla, dejando que Hermione enterrara la nariz en el hueco de su cuello. Parecía que quería hacerse pequeña. En parte era cierto.
—Estás tan grande… —susurró ella—. Eres una mujer ahora.
Hermione cerró los ojos con fuerza, porque no quería serlo. Quería desesperadamente volver a tener dieciocho y dejar que su mamá la confortara. Sentía que había perdido la mitad de su vida en la guerra. No quería ser una mujer. Hermione sentía que no había crecido.
Pero lo que realmente logró que soltara las lágrimas que venía reteniendo desde el funeral de Ron, fue que su mamá siguió acariciando su cabello. Fue que se inclinó, poniendo la boca en su oreja después de besar su sien, y preguntó en el tono más suave que tenía:
—¿Dónde están tus amigos?, ¿ese niño de lentes, y el pelirrojo?, ¿por qué no están aquí contigo?
La avalancha de recuerdos de Ron regresaron como un huracán. El sonido de su risa. El color exacto de su cabello. Sus pecas. Las cosas que susurraba. Su apoyo. Los momentos juntos. Los sueños. Todo. Todo. Todo.
Y Hermione finalmente se quebró, sollozando, gritando y rogando no estar sola de nuevo.
Al menos ahora sabía que su madre estaba allí para sostenerla.
•••
Hermione se enamoró de Ron Weasley desde el primer momento en que lo vio.
Podía sonar irreal. Esas cosas solo pasaban en las películas y ella nunca pensó ser tan tonta como esos personajes que apenas conocían a un hombre ya estaban cayendo en sus brazos… pero le sucedió. El primero de septiembre de 1991, Hermione tomó el tren a Hogwarts, conoció a Harry Potter, y a su lado, encontró al amor de su vida.
Actuó como si no fuera la gran cosa, y de hecho, lo corrigió, porque tenía once y porque no sabía cómo lidiar con gente de su edad; menos con niños que tenían tierra en la nariz y que aún así le parecían bonitos. Hermione, luego de eso, trató de acercarse, de hablar y crear conversación de la mejor forma que conocía, sin embargo al final… al final siempre terminaba siendo igual de molesta que siempre, como el resto del mundo la consideraba. Incluso cuando creyó que Ron, Harry y ella tenían, sino una amistad, un tipo de complicidad luego de haber hablado en el tren.
Pero Ron se burló de ella después de una clase de Transformaciones cuando Hermione lo corrigió, y entonces fue que se dio cuenta de que quizás… no era así.
Supo en ese momento, mientras se encerraba en un baño abandonado a llorar toda la tarde, que le gustaba Ron, aunque no quiso ponerle ese nombre. Nada le había dolido así antes, y Dios sabía que se habían burlado de ella más veces de las que recordaba. Pero había algo acerca de Ron, acerca del pensamiento de que la encontrara molesta… que hacía que el pecho de Hermione doliera de una forma en la que no había dolido nunca en sus cortos once añitos.
Y simplemente supo, que Ron Weasley iba a doler de esa forma siempre.
Lo confirmó, de hecho. Incluso después de hacerse amigos, cada vez que peleaban por las cosas más estúpidas, cuando Ron la ignoraba, cuando la trataba como si no existiera… dolía igual que ese primer día en los baños abandonados. Peor aún cuando empezó a salir con Lavender, y tres mil veces peor cuando los abandonó en el Bosque de Dean.
O cuando perdieron al bebé que se suponía que iba a crecer en su vientre. O cuando Ron perdió su pierna.
El mismo dolor. Una y otra y otra vez. Amar a Ron dolía.
Pero Hermione no lo habría cambiado por nada ni nadie en el mundo.
Sabía que no era el alma gemela de Ron, que ese era Harry, pero aún así él se sentía como la mitad de sí misma. Hermione era capaz de reconocerlo de una forma que nadie más. Sabía cómo sonaban sus pasos en el pasillo, el ritmo que tenían cuando se acercaban a su habitación. Tenía claro la temperatura exacta que parecía emanar, que a Ron le gustaba tocar el lunar que tenía en la parte baja de su espalda y desenredar su cabello cuando se aburría. Hermione podía reconocer el sonido de su voz a millas de distancia, y era capaz de terminar sus oraciones antes de que él lo hiciera. Sabía cómo arrugaba la nariz cuando se reía, o cómo sus muecas siempre involucraban mover demasiado los labios.
Sin embargo, aunque Hermione hubiera sido ciega, o aunque hubiera quedado sorda, habría podido reconocerlo también. Así se sentía estar con Ron. Así se sentía ser abrazada por la noche. Discutir y luego reconciliarse en la ducha mediante una follada cargada de enojo. Sentir su voz a un lado de su oreja, susurrando que la quería y que pronto saldrían de allí y que agradecía al universo por haberle dado la oportunidad de que lo hubiera escogido a él cuando pudo haber tenido a cualquiera. Hermione se sentía completa.
Pero Ron se había ido de nuevo.
Y ahora solo quedaba una mitad de sí misma.
Se departió cuando intentó Aparecerse al mismo tiempo que Harry lo hizo para salvar a Malfoy. Poca práctica, dictaminaron después, por usar una prótesis nueva. Su cabeza, sus brazos y gran parte de su torso quedaron atrapados en el fuego, y su única pierna y el resto eran una masa deforme que venía a un lado de la pierna ortopédica. La que Hermione era incapaz de soltar, así como su Desiluminador.
Era estúpido, en realidad. La pierna ortopédica no era Ron, ni siquiera había alcanzado a tenerla puesta más de un día. No tenía su aroma, ni su esencia, ni el resto de él, pero de una forma turbia pensar en separarse de ella hacía que a Hermione le faltara el aire. Era casi como si inconscientemente su cerebro le estuviera diciendo que la debía guardar, porque Ron no podría estar sin ella. Era todo lo que quería. Era todo lo que le faltaba para volver a sonreír.
Y lo había hecho. La última noche antes de que todo se fuera a la mierda. Estaban en la cama, el brazo de Ron abrazaba su cintura, la mano de Hermione se encontraba trazando figuras en su pecho y su cabello se encontraba tan largo que casi tapaba sus ojos. Cuando habló, Hermione no estaba esperándolo en absoluto.
—No quiero morir.
Su voz salió pequeña, tan pequeña que por un momento, Hermione creyó que lo había imaginado, pero cuando miró hacia arriba pudo ver que Ron tenía una sonrisa en su cara. Suave. Sincera. No parecía ser consciente de estar dándola, por eso Hermione sabía que era algo auténtico.
—¿Por qué te ves feliz diciendo algo tan deprimente?
Ron la miró, y, como siempre, se sentía como si estuviera mirando el universo a través de sus ojos. Ron la hacía sentir así, como si el solo hecho de existir ya la hiciera más valiosa que todas las estrellas del cielo.
—Porque… lo estoy, quizás —respondió—. Me ha costado acostumbrarme a la pierna que compramos, pero creo que con práctica… todo puede ser igual que antes. Ya no me siento como me sentía cuando apenas pasó, cuando apenas la perdí, como si mi vida hubiese cambiado y ya nunca más volvería. Creo que podremos sacar algo muy bueno de esto. Tú y yo.
—¿Yo?
—Una vez que la guerra acabe.
Hermione no fue capaz de sostener su mirada, y en cambio se concentró en contar las pecas de su pecho. Una de las desventajas de ser alguien demasiado racional, era que los sueños no solían parecerle esperanzadores, sino todo lo contrario. Mientras más irreal, peor se sentía.
Ron era un soñador.
—Creo que una vez que todo acabe, podremos irnos a algún lugar alejado —Ron continuó, sin prestarle atención a su silencio—. Un bosque, quizás. Nuestra vida podría ser lo que siempre quisimos.
—¿Si no hubieras tenido esa prótesis, entonces no lo sería?
—Si no hubiera tenido esta prótesis, no me sentiría igual de feliz a como lo hago ahora, porque conocería de primera mano mis limitaciones.
Dolía saber que perder una pierna le había afectado tanto. Y dolía aún más sentir que estaba siendo egoísta por ello. Hermione no debería sentirse así.
El silencio se estrechó por unos cuantos minutos, en el que Hermione trató de imaginarse a sí misma en una casa en medio de un bosque, en el campo, viviendo con Ron y teniendo una cotidianidad que nunca tuvieron la oportunidad de experimentar. Trató de imaginarse a sí misma sentada en el sofá con un libro en la mano, la chimenea prendida y a Ron sentado en la otra esquina jugando ajedrez con Harry. Trató de imaginarse feliz.
Y no pudo.
Todo lo que Hermione veía, respiraba y podía imaginar, era la guerra. La sangre. Las manos. Los gritos. Quizás había perdido la habilidad de ser capaz de sentir algo más.
—Mi felicidad no significaría nada si tú no estás allí, en todo caso —Ron dijo de nuevo, y Hermione miró hacia arriba. Sus ojos eran gentiles—. Si tú no estás- esto, la prótesis, no sirve de nada.
—Creí que esto te había dado la fuerza para querer seguir vivo —Hermione dijo, tratando de no dejar notar el tono acusador en su voz. El que decía: "esto, y no yo y tu familia fue lo que te ayudó".
—Eso fue solo el cinco por ciento, el empujón que necesitaba para no querer morir. El otro porcentaje está dividido entre Harry, mi familia y tú. Tú, sobre todo.
—No es necesario decir cosas por lástima, Ron. No tenemos trece años.
—No lo estoy diciendo por lástima. Tú eres mi fuerza, Hermione.
La forma en que lo decía- Hermione no tenía idea de qué responder. Cada amor era distinto, y existían amores en los que la otra persona era el punto débil. El amor que Harry sentía por Malfoy era así. Harry, el héroe, el Elegido, podría haber sido desarmado solo por una palabra de ese cabrón. Malfoy era su debilidad. El lugar que querías atacar para hacerle daño.
Pero Ron… Ron acababa de decir que Hermione era su fortaleza.
—Siempre lo has sido. Mi fuerza para actuar. Incluso antes de ser amigos, incluso antes de conocernos. A veces siento que he pasado toda mi vida amándote aunque no supiera quién eras. Lo habría hecho aunque no nos hubiéramos conocido nunca.
Era la primera vez que Ron decía algo así, aunque hubieran pasado tantos años desde ese beso en la Batalla de Hogwarts. La primera vez que expresaba sentirse igual (o parecido) a como Hermione lo hacía.
Y la última también.
Hermione tomó los costados de la cara de Ron entre sus manos y depositó un beso en la punta de su nariz, sin saber exactamente qué podría responder a eso además de:
Te amo desde que te conocí.
Te he amado en lo bueno, en lo malo, e incluso cuando te he odiado.
Te voy a amar siempre.
—Así que quieres vivir —Hermione decidió decir una vez que terminó de besar su sonrisa.
—Así que quiero vivir —Ron respondió, tomando uno de sus cabellos y pasándolo detrás de su oreja—. Contigo.
Y por unos momentos Hermione le creyó. Creyó que ahora que todo iba a terminar podían tener eso- esa pequeña fantasía. No era pedir mucho, tener una vida ordinaria y tranquila en medio del campo, despertando cada día con Ron a su lado con la certeza de que estaban en paz.
Pero luego vino la última batalla.
Y con ella, la pérdida de ese sueño.
Hermione olvidó muchas cosas de la guerra, y sabía que era la manera que su cerebro tenía para responder al trauma. Por supuesto que era consciente de lo que le pasó, tenía pequeños borrones aquí y allá, pero nada tan claro. Sin embargo, ese momento…
Ese momento era lo más vívido que había experimentado en la vida.
No era capaz de acordarse qué fue lo último que le dijo a Ron. Tampoco cuando fue la última vez que le dijo que lo amaba. No era algo común hacerlo, porque ambos ya lo sabían, pero Hermione debió decirlo más seguido. Cada día. A cada minuto, hora o segundo. No tomar por sentado que Ron estaría allí para siempre.
Pero sí que recordaba que Ron la sacó de en medio del fuego, y que Hermione atinó a Aparecerse casi sin pensarlo. Recordaba pensar por un mili segundo que había perdido a Ron porque se sacrificó por ella, solo para encontrar que Harry logró levantar un escudo y prevenir su muerte. Hermione recordaba estar ansiosa y aliviada de ver que empezaban a retraerse de las llamas y avanzaban hasta donde ella se encontraba. Recordaba cómo el mundo enmudeció cuando Voldemort habló dentro de sus cabezas y amenazó a Harry con matar a Malfoy si no iba adonde él. Su corazón se saltó un latido y comenzó a rogar a todo lo existente para que Harry no fuera tras Draco, que le llevara a Ron de vuelta, sabiendo que era en vano, y que Harry jamás habría dejado morir a Malfoy.
Hermione recordaba con total claridad cómo supo que Ron estaba haciendo planes para Aparecerse lejos del fuego, y cómo ella corrió hasta que sus pulmones ardieron, solo para encontrar, un segundo después, que Harry ya no estaba dentro de la burbuja, que no toda la gente logró Aparecerse a tiempo, y que lo único que volvió a ella fue una pierna ortopédica.
Lo único que le quedaba de él.
El funeral de Ron no fue distinto al del resto de los muertos en la batalla, y Hermione no podía decir que estuvo presente en él. Los restos de la urna no eran Ron, así como tampoco lo era la pierna ortopédica que se rehusaba a entregar, así que, ¿cuál era el punto?, ¿cerrar una etapa?, ¿despedirse?
En realidad, Hermione no alcanzó a hacerlo.
Despedirse, quería decir.
Llorarle a un discurso en un lugar donde todos vistieron de negro no iba cambiar ese hecho. Nada de lo que hiciera iba a cambiar todo el sufrimiento y las muertes.
Pero Hermione aún podía cambiar el futuro.
La base McGonagall fue usada para albergar a todos aquellos que perdieron sus casas durante esos nueve años. Hogwarts, por otra parte, comenzó a recibir a todos los niños transformados en esclavos en el régimen de Voldemort. Cuando Hermione volvió de Australia de la mano de sus padres, quienes no pensaban volver a dejarla sola, se encargó poco a poco de restaurar el orden en ese mundo que ya no lo tenía.
La gente aún estaba asustada y no confiaba en que no quedaran Mortífagos vivos y escondidos. Hermione lo creía también, hasta cierto punto, hasta que recordaba que los vio morir en la batalla. Incluido Hagrid.
Durante la primera semana que Hermione estuvo de vuelta en Inglaterra, fue a visitar a Harry, acompañada de Charlie, ya que se estaban quedando en la reserva de dragones, que era donde este último trabajaba antes de la guerra. Hermione pidió específicamente no encontrarse con Malfoy, y Harry y él se juntaron a un lado de uno de los dragones más grandes que existían.
Y ahí hablaron de Hagrid, de lo que hizo. Hablaron de lo que las torturas de Voldemort terminaron haciéndole al cerebro de Draco. Hablaron de Ron, y Hermione se sentó por unos largos y extenuantes minutos escuchando con detalle los últimos momentos de su novio.
Regresó a Inglaterra sintiéndose más vacía que nunca. Sabiendo que todo en lo que creía, o al menos gran parte de su vida- fue una mentira.
Nuevamente gracias a algo que no podía cambiar.
Fue otra de las razones por las que se volteó al trabajo y la reconstrucción del mundo mágico.
Lo que sucedió con Voldemort, su forma de morir, fue considerado justicia. Los cuerpos de los Mortífagos fueron entregados a sus familias, y los que no tenían, enterrados en diferentes cementerios del mundo muggle. Lucius Malfoy fue asesinado horas antes de que la última batalla se hubiese dado, y aunque ya no podían preguntarle, Hermione estaba segura de que fue Astoria quien lo había hecho.
Los pocos Mortífagos que permanecían vivos eran los que se encontraban apresados en la base McGonagall, los cuales fueron trasladados a los calabozos de Hogwarts para esperar su juicio. La mayoría estaba de acuerdo con que se les sentenciara a muerte por sus crímenes, pero Hermione no. La muerte era una salida muy fácil para pagar por lo que hicieron, y mientras una nueva prisión estaba siendo reconstruida, se encargó de hacerle ver a la gente esta parte.
Ella, Kingsley, Harry y en realidad todos los que pelearon para la Orden, eran considerados héroes, y por lo tanto las únicas figuras de autoridad que quedaban; por lo que la gente los escuchaba, y lo habrían hecho aún más si Harry se encontrara allí. Así que mientras el mundo mágico poco a poco comenzaba a recuperarse, Kingsley fue nombrado ministro interino gracias a una rápida votación, y Hermione parlamentaria de justicia. Ella escuchaba a la gente, sus necesidades e intentaba negociar para conseguir un trato justo.
De esa forma fue que consiguió un indulto oficial para Draco Malfoy.
Casi dos meses después de la Batalla de Hogwarts, luego de sentenciar a Gregory Goyle a cincuenta años de prisión y al resto de los Mortífagos a condena de prisión perpetua irrevocable, Kingsley fue al cuarto de Hogwarts de Hermione, que era donde se quedaba la mayoría del tiempo.
—Tenemos que hablar —le dijo parado en el umbral. Y Hermione escuchó, tratando de mantener la calma, cómo Kingsley pensaba que el mundo mágico debía darle un indulto a Draco Malfoy por sus crímenes.
No estaba de acuerdo. Hacía que quisiera quitarse la piel el solo pensarlo, y dudaba que la gente estuviera bien con esa medida. Querían hacer pagar a todos los Mortífagos o hijos de Mortífagos, y con justa razón. Malfoy era los dos. Era un Nobilium, un torturador y un psicópata.
Era Astaroth.
—Sé lo que me vas a decir, pero creo que piensas en mí como una persona razonable, y sabes que no te estaría diciendo esto si no pensara que Draco Malfoy lo merece. El castigo que ha obtenido es suficiente, y nos guste o no, sin su ayuda jamás habríamos podido derrotar a Voldemort. Además —Hermione cerró los ojos, tratando de mantener la calma—, Harry nunca pisará el Reino Unido de nuevo si es que Draco tiene una orden de encarcelamiento. No solo lo estarás condenando a él, Hermione, tu mejor amigo recibiría la condena también.
Hermione odiaba cuánta razón tenía.
No quería. Quería que Malfoy pagara, que sufriera en carne propia todo lo que ella estaba sufriendo. Lo culpaba en gran parte de la muerte de Ron, y sentía que merecía todo lo malo del mundo.
Pero Harry no.
Esa fue la razón por la que mintió al ojo público y dijo que Draco Malfoy colaboró con ellos desde el principio. Ese fue el motivo por el que lo bañó en elogios y lo pintó como un héroe y una víctima de lo que Voldemort le hizo al final. La gente estaba enojada igual, pero a diferencia de antes, cuando los pocos elegidos del Wizengamot votaron a favor de darle un indulto a Malfoy, el descontento sólo quedó en eso: descontento.
Malfoy y Harry volvieron una semana después de eso, y unas antes de que los condenados fueran trasladados a donde cumplirían su sentencia.
Era una prisión nueva y aunque Hermione no lo deseaba del todo, los dementores volverían a guardar una vez más sus celdas. La única diferencia es que esta vez, la cárcel contaría con rehabilitación en vez de solo castigo, y no se encontraría en medio del mar. Aquel fue el primer paso a una vida mejor que la que tenían, pero Hermione no se quedó allí.
No había vuelto a llorar desde esa vez que lo hizo en los brazos de su madre. No de la misma forma, al menos, porque le era inevitable soltar alguna lágrima diaria, o quedarse dormida reprimiendo sollozos cuando despertaba sola en medio de la noche gracias a una pesadilla. Así que, para evitar esa soledad, Hermione trabajaba, y trabajaba, y trabajaba.
Malfoy y Harry, a pesar de que tenían permitido pisar Inglaterra, a duras penas estaban aquí. Harry solía volver los fines de semana para hablar con ella, pero eso era todo; el resto del tiempo ambos estaban en otros lugares, en casas que, por lo que Harry le explicó, Malfoy había adquirido durante la dictadura de Voldemort. Esto sirvió a Hermione para viajar a visitarlo, también, y descubrir cómo otros países veían lo que sucedió y estaba sucediendo en Inglaterra. Lo que era… una verdad totalmente distorsionada. La propaganda purista de Voldemort estaba bien pensada, desplegada por todo el continente y era- simplemente buenísima.
Los Servi no eran esclavos, sino niños nacidos de muggles acogidos por familias sangre pura, para corregirlos desde que eran pequeños y llevarlos por el verdadero camino de la magia, (que era lo que los Greengrass hacían en verdad con los "esclavos" que les enviaban). El Nobilium y el Electis eran grupos para conservar vivas las tradiciones, y su gobierno se trataba de no dejar morir la magia, poniendo a los "verdaderos magos" como la causa de su movimiento. La Orden siempre supuso o trató de adivinar razones por las que otros países nunca intervinieron en la guerra, y ahí estaba su respuesta: no veían razones por las que debieron hacerlo.
Hermione tenía que cambiar eso.
La economía del mundo mágico era terrible, y estaba siendo sostenida solamente por las familias sangre puras decentes que quedaban. Con el rompimiento de la esclavitud de los goblins estos también estaban más dispuestos a ayudar a que no todo se fuera a quiebre, pero necesitaban más, y eso solo iba a pasar si atraían la atención de los demás países para que se interesaran en ayudar y hacer tratados económicos con ellos. Para eso, necesitaban crear un artículo lo suficientemente bueno y difundirlo en el continente.
Ahí fue cuando conoció a Daphne Greengrass, la, todavía, directora de El Profeta.
Hermione hizo un llamado en el Wizengamot pidiendo ayuda para escribir un reportaje, y uno de los miembros se le acercó a decirle que la pondría en contacto con la señorita Daphne para que lo lograran, que ella era excepcional y podrían hacer un trabajo genial juntas. Dos días después concretaron una cita en Hogsmeade, uno de los pocos pueblos que sobrevivieron a las explosiones, y Hermione al fin la conoció.
No la recordaba de Hogwarts, pero su cara le parecía profundamente familiar porque compartía los mismos rasgos que su hermana, salvo que ella tenía el cabello rubio. Verla le provocó un hachazo en el pecho, que le recordó de sopetón el resto de pérdidas que hubieron en la batalla, y que en esas, estaba Astoria.
No es que no le importara, Hermione supo lo mucho que Astoria significaba para ella cuando la vio ser asesinada por Greyback, pero su duelo por Ron era una cosa tan grande y monstruosa que apenas le había dedicado pensamiento al resto de fallecidos. Apenas había pensado en Seamus, por favor.
—¿Greengrass? —preguntó Hermione levantándose de su asiento y extendiendo su mano. Ella la tomó—. Necesitamos hacer un reportaje que llegue internacionalmente, ¿crees que puedes hacer eso?
Daphne subió las cejas, y Hermione se hizo consciente de que su tono había salido hosco y que ni siquiera la saludó. A una parte de sí no le agradaba la mujer.
Ella no sabe lo que fue vivir en esa base, le susurró una voz.
—¿Es una petición o una orden? —terminó respondiendo Daphne. Fue su turno de subir las cejas
—Necesitamos fondos para hacer del mundo mágico un lugar habitable, tómalo como quieras.
Desde ese momento en adelante, Daphne y Hermione se reunieron en su oficina de Hogwarts para comenzar a escribir un reportaje lo suficientemente bueno y atrayente para que gente de otros países los escucharan. Hermione tenía toda la información lista (leyes y decretos que Tom y el anterior Wizengamot aprobó), y además había alrededor de diez personas dispuestas a ser entrevistadas para hablar de su experiencia con Voldemort.
Hermione apenas descansó las semanas venideras. Se despertaba a las seis de la mañana y se iba a dormir pasadas las doce de la noche. Casi no vio a sus padres, a Harry, a Luna y a los Weasley durante el tiempo que demoraron en terminar el artículo, así que Daphne fue su única compañía.
Daphne tenía el talento de la comunicación y la oratoria, no por nada se consagró como la directora de El Profeta pocos años después de salir de Hogwarts. Era inteligente, y escuchaba cómo Hermione quería dirigir la información, cosa que no todo el mundo hacía. Pero había algo en ella que no le terminaba de agradar del todo. Le recordaba un poco a Lavender, y Hermione nunca fue muy fan de Lavender. Sin embargo no era insoportable. Solo… Hermione sentía que estaban a mundos de distancia- en todo ámbito.
Habían pasado alrededor de cuatro meses y medio desde la última batalla cuando Daphne y Hermione acabaron el artículo. Tardarían unas cuántas semanas en publicar el reportaje y popularizarlo, pero por ahora… lo importante es que la parte difícil estaba completa.
—Deberíamos celebrar —dijo Daphne cuando Hermione empezó a guardar todos sus apuntes con la esperanza de no volver a abrirlos.
—No hay nada que celebrar —respondió ella sin mirarla—. No hemos logrado nada.
—Terminamos el reportaje.
—Eso no es un logro. ¿Qué hemos conseguido?
Daphne quedó en silencio unos segundos, a medida que Hermione terminaba de guardar sus cosas. Estaba esperando que se fuera. Quería dormir. Quería estar sola.
No, en realidad no es eso lo que quieres.
—Si nos culpamos por cosas que no son nuestra culpa —dijo Daphne finalmente—, ¿por qué no celebramos cosas que no son logros?
Hermione paró lo que estaba haciendo, y agradeció estarle dando la espalda, porque no sabía qué era correcto responder a eso.
No era lo mismo.
Y al mismo tiempo, sí.
—No voy a festejar nada.
—Lo harás.
—No somos amigas, Daphne —Hermione terminó diciendo, dándose vuelta y encarándola. Daphne se encontraba sentada en una silla y la observaba fijamente—. No sé qué impresiones te habrás hecho de este tiempo, pero solo fue trabajo. Algo que nos va a beneficiar a ambas y al resto de la comunidad. Lamento si te di esa impresión, pero esto no nos hace tener ningún vínculo más allá del profesional.
Si las palabras la hirieron, Daphne no lo demostró. En su lugar, la miró por unos segundos, lo suficientemente largos para hacerla sentir incómoda. Luego, se levantó, tomó su chaqueta que estaba en el respaldo de la silla en la que estaba sentada, y se colgó el bolso en el hombro.
Realmente existían universos de distancia entre ambas.
—Me agradas, Hermione, a pesar de que no tendrías por qué hacerlo; no has sido amable conmigo, todo lo contrario, de hecho —Daphne le dijo, y Hermione enmudeció—. Pero eres apasionada, e inteligente, y justa. Tienes un objetivo, tienes clara tu visión del mundo. Que todo eso haya sobrevivido a la guerra… Siento que eres alguien al que me gustaría tener cerca. Pero entiendo por qué no te caigo bien, sé que no estuve allí, de tu lado, cuando las cosas se pusieron feas o en los momentos difíciles. Lo sé. Por lo mismo, no te obligaré a ir a un lugar que no quieres. Solo deseaba que supieras que valoro lo que lograste en este reportaje.
Hermione no sabía qué se suponía que tenía que responder, una vez más. Era la primera vez en- años, quizás, que alguien le recordaba sus cualidades; que una mujer que la conocía de nada se las hubiese dicho… Hermione no sabía cuál era la reacción correcta, sobre todo cuando Daphne tenía razón: no se comportó como la ejemplificación de la amabilidad.
Daphne asintió a modo de despedida, dedicándole una sonrisa educada.
—Te veré por ahí.
Hermione despertó de su ensimismamiento solo cuando escuchó la puerta cerrarse.
Las paredes de su cuarto de Hogwarts comenzaron a hacerse pequeñas, y Hermione se encontró sentada en la cama, queriendo escapar y al mismo tiempo quedarse allí y dejar que los ladrillos se le vinieran encima. Tomó el Desiluminador de Ron, y comenzó a jugar con él.
La Madriguera acababa de ser reconstruida desde cero, y los Weasley habían vuelto a vivir allí por un tiempo, pero para Hermione era insoportable verlos en ese lugar, sabiendo que Ron faltaba en esa mesa y que a diferencia de sus sueños, esta vez no volvería. Luna, por otra parte, se la pasaba encerrada en la Mansión Nott cuidando de Theo y Eveline, y aunque Hermione sabía que ella estaría feliz de recibirla, no quería darle problemas en la situación en la que se encontraba. Por otra parte, Hermione no tenía la menor idea de dónde andaba Harry, y honestamente, no tenía energía para decirle que se separara de Draco para que pudieran conversar.
Podría ir a la casa de sus padres, era lo más lógico si no quería estar sola en Hogwarts. Mas había algo en las palabras de Daphne que la habían dejado parada en medio de la habitación.
Es que estaba en lo correcto.
La razón por la que no le agradaba, iba más allá de que siempre tenía el cabello planchado y bien peinado. Iba más allá de sus uñas pintadas y su manera elegante de hablar. Tenía que ver con el resentimiento, porque era una persona que vio la guerra desde una posición más bonita y más justa que el resto de ellos.
Sin embargo, ¿Hermione realmente quería rodearse solo de gente que había pasado por lo que ella?, ¿que habían estado allí y sabían lo miserable que fue vivir hacinados en esa base?, ¿quería hablar solamente con gente que le recordaba a Ron, y cómo se sentía ya no tenerlo?
¿Realmente quería relacionarse sólo con personas igual de rotas que ella?
La respuesta era no.
—No podría haber escrito el artículo sin ti —fue lo que Hermione dijo cuando salió de Hogwarts y llegó a Las Tres Escobas, donde Daphne estaba sentada bebiendo una cerveza.
Ella levantó la mirada y le dedicó una sonrisa amable, sorbiendo de su vaso.
—Digamos que fue un cincuenta y cincuenta.
Y desde ese instante, Daphne Greegrass se convirtió en su mayor apoyo en medio de la bruma de la responsabilidad y el dolor de la pérdida.
El artículo que escribieron no demoró demasiado en explotar internacionalmente y mucho menos en hacer que consiguieran ayuda humanitaria de países aledaños, que se sentían demasiado culpables por no haber hecho nada antes. Las organizaciones europeas invirtieron en la reconstrucción de los puntos más emblemáticos de Inglaterra, y con los tratados económicos que se comenzaron a acordar, al cabo de un año (o un poco más), la economía del Reino Unido sería algo estable.
Los consejos mágicos del exterior también firmaron tratados de paz, y se crearon nuevas instituciones de ayuda, para que nunca más se repitiera algo tan espantoso como lo que sucedió con Voldemort. Se iniciaron proyectos para proteger a los niños nacidos de muggles, cómo integrarlos más rápido a un mundo desconocido, y también escuelas primarias para erradicar prejuicios que otros niños pudieran tener. Los pequeños que solían ser Servi estaban siendo contactados con sus padres (si es que no los asesinaron), y se encontraban bajo el cuidado y una extensa terapia de los psicomagos disponibles. También se estaba hablando de construir un orfanato mágico que sería necesario ahora, y de muchas cosas que Hermione, por más que quisiera, no podía seguirles el hilo.
Entre sus expectativas de qué hacer luego de que la guerra acabara no estaba la política. Seguro, de niña quería liberar a los elfos domésticos, pero con el pasar de los años siempre creyó que una vez que todo terminara- ella terminaría también, como si su propósito de vida se hubiera acabado.
Pero allí estaba, y estaba haciendo lo posible por dejar ese mundo mucho mejor de lo que era antes de que todo se pudriera. Hermione quería cambios, crear el lugar que le habría gustado que sus hijos con Ron hubieran tenido. Deseaba abolir de una sola vez la mancha que Voldemort dejó, y a pesar de que estaba recibiendo el apoyo de sus seres queridos, y sobre todo de Daphne, sabía que hasta cierto punto… le estaba pasando la cuenta.
Había tanto que hacer. Debían reconstruir San Mungo. Debían hallar una forma de hacer que las tradiciones sangre pura no se perdieran para que no se sintieran desplazados, y la historia no se repitiera. Había que terminar la reconstrucción de Hogwarts para que los niños pudieran ir a aprender al mismo lugar lleno de magia al que ella asistió. Había que demoler el sistema de Casas y encontrar otra forma de agrupar a los estudiantes sin segregarlos. Debían refundar el Callejón Diagon, y el Valle de Godric, y todos los lugares bombardeados. Tenían que entregar casas provisorias a los que quedaron sin techo. Tenían que-
La lista era interminable.
Su rol en la guerra siempre fue de investigación. Hermione no podía decir que era mala peleando, porque no era así, pero su fuerte estaba en investigar, encontrar pistas, y lograr las metas que la Orden proponía. Aquello ni siquiera empezó allí, sino que se remontaba a más de una década atrás, cuando Harry debía enfrentarse a Voldemort en el colegio. Hermione investigaba, se informaba y la mayoría del tiempo estaba en lo correcto. La mayoría del tiempo, su enfoque y su intelecto fue lo que muchas veces ayudó a que un plan funcionara.
Y esta no podía ser la excepción.
Hermione no podía fallar. No podía fallarle a esa gente.
Sus papás deseaban sacarla de allí, prácticamente se lo rogaban, pero Hermione no podía. Le resultaba imposible abandonar una misión a consciencia. Era insoportable saber que una vez que dejara de enfocarse en el exterior… nunca dejaría de llorar porque Ron la había abandonado.
—No puedo fallar- no puedo fallarles —le dijo a Daphne una tarde, cuando esta le preguntó por qué no se tomaba un descanso.
Daphne tomó los brazos de Hermione para obligarla a pararse y a mirarla. El contacto físico aún le molestaba, le hacía querer que nadie volviera a tocarla nunca, pero esa vez al menos no se apartó.
—¿Por qué eso sería tan terrible?, ¿fracasar? —preguntó ella en voz baja, y Hermione empezó a negar antes de que pudiera seguir esa oración—. Eres humana, Hermione. Eres dolorosamente humana; y ambas sabemos que no eres perfecta. Fuiste una heroína pero ahora no tienes por qué seguir siéndolo. Tienes derecho a fracasar y a equivocarte y levantarte, porque eres humana.
—No sé- no sé- no sé cómo hacerlo…
—Está bien —Daphne dijo, tirándola lentamente en un abrazo para que Hermione pudiera separarse cuando quisiera—. Podemos aprender juntas.
Por primera vez en mucho tiempo, decidió devolver el abrazo a alguien que no fuera su familia.
Una semana después sus padres se la llevaron lejos luego de que tuviera un colapso nervioso en un almuerzo dominical.
•••
Hermione odiaba vivir en medio de la nada. Aunque, años después, pudo reconocer que fue para mejor.
Su periodo en el Ministerio la hizo bajar casi cinco kilos, lo que la hacía ver más delgada de lo saludable, y su piel había adquirido un tinte cenizo. Sus padres la llevaron a vivir con ellos al campo, cerca de un bosque, y contrario a lo que ella pensaba, la dejaban salir donde quisiera siempre y cuando volviera antes de las seis.
Sin embargo, Hermione se encontraba dentro de la casa o en el patio la mayoría de días en vez de ir al mundo mágico.
Kingsley la visitaba durante la semana; Molly iba de vez en cuando acompañada de Madam Pomfrey y le insistían ir a la Madriguera; Daphne se encontraba a su lado la mayoría del tiempo, y Harry iba cada fin de semana.
Le dolía saber que la relación con su mejor amigo se fracturó durante esos meses, (peor aún al entender que eso había sucedido desde hacía años), y le dolía aún más darse cuenta que además de fracturarse se transformó en un huracán interminable de culpa. Harry se culpaba a sí mismo por no haber pasado más tiempo con Ron, y por no haberlo salvado. Hermione lo culpaba a él por lo mismo, y luego se sentía aún más culpable por pensar así de Harry cuando sabía, racionalmente, que no era cierto. No del todo.
La racionalidad no siempre era lo que ganaba, en todo caso.
La primera discusión que tuvieron al respecto había empezado por Draco. El cuerpo de Lucius fue enviado a Malfoy cuando se le consiguió un indulto, y este ya no tenía la cripta familiar para enterrarlo allí. Así que, en contra de los deseos de sus padres, el Ministerio tuvo que enterrar a Lucius en los terrenos de la Mansión donde no hubieran escombros.
Harry dijo que un día este despertó sin saber este dato, que preguntó si él podía llevarlo a la tumba de sus padres, y que Harry tuvo que explicarle qué había pasado. Malfoy tuvo un ataque después de eso.
La respuesta de Hermione fue cruda, y no racional.
—Lo merece.
Ambos estaban sentados en el pasto del patio de la casa. Harry se encontraba jugando con este, y cuando levantó la mirada después de que Hermione hubiera hablado, todo su rostro se cerró.
Malfoy es su debilidad.
—¿No te gusta que te diga que lo merece? —preguntó ella alzando las cejas.
—No tienes idea de lo que ha pasado.
Lo que para Hermione era un puto eufemismo, porque, ¿qué tanto había pasado Malfoy?, perdió a sus papás, pero aún tenía a Harry e incluso a Daphne. Estaba Goyle vivo.
Hermione perdió sus dedos y su dignidad. A Ginny. Fue abusada psicológica y físicamente. Perdió a Ron- al amor de su vida en un pestañeo- su universo entero colapsó, y ahora tenía que aprender a lidiar con el intento de persona que eso había dejado, ¿y tenía que sentirse mal por Malfoy?
—¿Lo que él ha pasado? —preguntó ella incrédulamente—, ¿por qué debería importarme una mierda?, ¿qué hay de lo que el resto ha pasado?
—Ha sido torturado, quemado y enloquecido —Harry espetó, apretando la mandíbula—. Ha perdido todo lo que lo hace él. Ha perdido a todos. Ha-
—¿Y? —Hermione lo interrumpió—, ¡¿y?!¡Lo merece!
—Hermione-
—¿Qué hay de lo que yo he pasado?, ¿qué hay de Ron?
Harry cerró la boca, y el dolor que el nombre de Ron causaba, casi ocho meses después de su partida, era palpable en todo su rostro. El nombre flotó entre ellos como una cuchilla. Algo que antes los había hecho felices ahora simplemente les hacía daño.
Hermione se levantó, sacudiendo su falda, y lo miró desde arriba.
—Ron se ha ido por su culpa —dictaminó con lágrimas en los ojos.
—No es así.
—Preferiste Aparecerte para salvar su culo en vez del de tu mejor amigo, ¿cómo no va a ser su culpa?
Era la primera vez que se lo decía tan de frente, tan crudo, y las palabras, a diferencia de lo que Hermione había creído, no golpearon a Harry de inmediato. Pareció escucharlas, analizarlas, y luego incorporarlas en su sistema. Fue un proceso lento, ver cómo la frase, la acusación, colgaba en el aire y luego cortaba. Cómo Harry se daba cuenta de que Hermione pensaba exactamente igual a como él pensaba de sí mismo.
—No crees que es su culpa —replicó Harry luego de un momento—. Piensas que es mía, pero es más fácil culparlo a él en vez de a mí.
Hermione abrió la boca para corregirlo, pero luego la cerró, porque ahora que lo decía-
Harry tenía razón.
Sí, lo culpaba y le dolía hacerlo, pero no podía entender cómo había elegido a Malfoy por sobre Ron. Cómo no insistió cuando Ron le dijo que se Aparecería. Cómo no luchó más. Hermione lo culpaba por la decisión que no se atrevió a tomar, e incluso, muy dentro suyo, lo odiaba un poco y se odiaba a sí misma por ello, porque no entendía por qué Malfoy tenía que estar vivo y no Ron.
Él era dulce, y quería lo mejor para todos. Estuvo allí desde que eran unos niños. Habían pasado los mejores momentos de su vida, los tres, juntos.
¿Por qué Harry no pudo haber preferido eso?
¿Por qué Ron no estaba vivo?
Harry se levantó también, sacudiéndose y dando media vuelta.
—Harry-
—Está bien, Hermione —le dijo él con voz suave—. Sé que tienes razón.
—No-
—Creo que me voy a ir —la cortó antes de que pudiera terminar—. Nos vemos la próxima semana. Cuídate.
Y a diferencia de lo que habría hecho de ser otras las circunstancias, Hermione no fue capaz de seguirlo.
Una semana después, se arrepintió de eso como nunca. Envió lechuzas pidiéndole a Harry que volviera para conversar, aunque estaba consciente de que quizás no era suficiente para remediar el daño.
—¿Crees que soy una persona terrible?
Daphne, a quien acababa de abrir la puerta de entrada, levantó las cejas cuando la escuchó.
—Wow. Hola Hermione, ¿cómo estás?
Hermione dejó la puerta abierta para que entrara y se giró. Estuvo toda la semana sintiéndose horrible por lo que le dijo a Harry y cómo lo hizo sentir. Lamentaba pensar así y lamentaba no haber podido fingir un poco más frente a él.
Sobre todo, tenía miedo de perderlo por eso.
—¿Qué sucedió? —preguntó Daphne cuando Hermione todavía no se volteaba.
—Nada.
Se sentó en uno de los sillones de la sala. Sus padres estaban trabajando a esa hora, y Hermione escribía proyectos para el Ministerio todo el tiempo porque sino, lloraba. Dormía: lloraba. Jugaba con el Desiluminador: lloraba. Hasta las acciones más diminutas y mundanas estaban manchadas por Ron. La comida, los lugares que visitaba, y la ropa que vestía. Hermione no podría tocar nada nuevo sin sentir que él lo tocó antes.
—No —Daphne dijo finalmente, sentándose a su lado y tomando su mano—. No creo que seas una persona terrible. Todo lo contrario.
Hermione suspiró, y con cuidado, dejó caer la cabeza en el hombro de Daphne. El contacto físico aún era un tema sensible, pero a su alrededor se le estaba haciendo cada vez más fácil. La reconfortaba, de una forma en que no la reconfortaba los abrazos del resto.
—Peleé con Harry —dijo ella. Daphne trazaba figuras en su muñeca.
—¿Está bien?
—Creo que una parte de mí piensa que es su culpa que Ron esté…
Hermione tragó el nudo de su garganta, incapaz de terminar esa frase, como si decirlo en voz alta lo haría real. En sus sueños esa palabra se repetía incansablemente. Cada noche veía la cabeza de Ron tendida en el suelo, siendo quemada frente a sus ojos mientras ella trataba de llegar hasta él.
—¿Y lo es? —preguntó Daphne—, ¿su culpa?
—No lo sé.
Hermione suspiró, cerrando los ojos y tratando de despejar un poco la mente. La cara de Harry cuando la escuchó se había quedado grabada en su memoria. Era otra escena que añadir a sus pesadillas, otra razón por la que había tenido un ataque de pánico mientras se duchaba días atrás.
—Creo que sí que lo sabes —Daphne murmuró.
Hermione se despegó un poco de su hombro para poder mirarla, y encontró que Daphne ya la estaba mirando. Tenía ojeras bajo sus ojos que denotaban falta de sueño, y algunos cabellos de su peinado caían libremente enmarcando sus facciones filosas. Ella también estaba viviendo un duelo, quizás de una manera muy distinta, y eso hizo que Hermione no se sintiera tan sola.
—Si te sientes mal por pensar así, quiere decir que bien dentro tuyo tienes claro que no fue culpa de Harry. Que no fue culpa de nadie más que de Voldemort —Daphne terminó su idea, haciendo que Hermione volviera a apoyarse en ella—. Pasé años culpando a Astoria por lo que le sucedió a Elizabeth, una vez que supe que ella la vio en sus momentos finales y no hizo nada. Años culpándola y alejándome y sintiéndome terrible por hacerlo. Porque, bien dentro, sabía que no era su culpa.
Hermione se dedicó unos minutos para pensar en Astoria. Siempre parecía feliz y llena de vida, aún teniendo todo ese pasado por detrás. No podía imaginar lo que Daphne tuvo que haber sentido al no alcanzar a decirle que lo sentía; arrepentirse por no haber arreglado las cosas. Por no haber hablado más con ella. Un minuto más.
—Y serás capaz de superarlo un día. Serás capaz de perdonarlo —dijo Daphne, pasando saliva duramente—. Asegúrate de hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
Hermione apretó su mano sin pensarlo, y recibió un apretón de vuelta.
—Astoria te amaba —le dijo por lo bajo.
—Así como Harry te ama a ti, y tú lo amas a él. Las relaciones humanas son complicadas.
Hermione cerró los ojos mientras Daphne subía su mano libre y comenzaba a acariciar su cabello con cuidado.
Podrían no haber estado del mismo bando durante la guerra, pero ambas perdieron bastante. Lo suficiente para entenderse y ayudarse cuando sufrían, como si ambas hablaran el mismo lenguaje de amor y pérdida.
El siguiente domingo, cuando Harry llegó, Hermione ni siquiera esperó a que entrara o dijera algo. Lo miró, y todo el cariño y el aprecio que le tenía salió a la superficie, arrollándola y obligándola a abrazarlo como hacía años que no lo abrazaba.
—Lo siento —dijo, mientras tenía los brazos alrededor de su cuello—. Racionalmente sé que no es tu culpa. No es tu culpa, Harry. Ron tomó esa decisión, y aunque hubieras querido detenerlo, no habría cambiado nada, porque el idiota se habría Aparecido de todas formas. Así es él. Jamás te habría hecho quedarte con él y ocasionarte la tristeza de perder a Draco, le importabas demasiado para eso. Sé que él jamás te culparía. Mi cabeza lo sabe.
Hermione paró un segundo, dejando que la avalancha de palabras se extendieran en el aire.
Luego, sintió a Harry envolver los brazos alrededor de sus hombros y enterrar la cara en el hueco de su cuello. Hermione lo abrazó con más fuerza al sentir que su piel se mojaba.
—Pero mi corazón no —prosiguió. Su voz salió temblorosa—. Mi corazón no lo sabe, y no tengo idea de cómo lidiar con este dolor que me dice que todos y cada uno tuvieron toda la responsabilidad de que me haya dejado. Molly y Arthur por no hacerlo quedarse en la base. George por no preocuparse lo suficiente. Charlie y Bill por estar más ocupados en otras cosas. Yo. Astoria. Malfoy. Todos. Lo sé, y aunque quiero pensar distinto y quiero que podamos apoyarnos en esto, no puedo. No puedo perdonarte aún.
Jodía decirlo. Jodía saber que era verdad.
Jodía saber que Harry lo sabía.
—¿Pero podrás? —preguntó él—, ¿eventualmente?
—Sí.
—Entonces podemos apoyarnos en esto. Lo haremos. Siempre hemos podido.
Hermione cerró los ojos. En la noche se despertaba buscando su varita, buscando a Ron, y buscando a Harry. ¿Cómo habrían sido de distintas las cosas si su amigo hubiera estado allí con ella desde que la guerra terminó?
—Te amo —murmuró—, y lo siento.
Harry suspiró.
—También te amo. Y también lo siento.
Por primera vez, Hermione pensó en algo que la sorprendió:
Al menos no había perdido a su hermano también.
•••
Los años pasaron.
La herida que Ron dejó nunca sanó.
Pero el mundo siguió su camino.
Kingsley se retiró como ministro de magia luego de un año. El mundo mágico recobró una economía estable en la fecha que Hermione predijo. Harry y ella se veían cada fin de semana. Luna tuvo a su hijo a quien Hermione adoraba. Los Weasley y sus padres pasaban las festividades juntos, y Fleur estaba esperando una niña. Hermione comenzó a ver a un psicomago.
Y Daphne y ella se hicieron más cercanas de lo que creyó que serían.
No sabía cómo pasó, o en qué minuto, ni siquiera tenía idea de que su amistad había evolucionado a un punto que era más que una simple amistad. Hermione ni siquiera sabía que le gustaban las chicas, pero era entendible, porque siempre fue Ron, toda su vida fue solo él. Sus pretendientes se dividían entre Ron y no-es-Ron, por lo que le era imposible haberse enterado antes.
Pero se tenían la una a la otra. El tacto de Daphne era el único que Hermione aceptaba, y cuando tenía un mal día, sabía que una palabra de su parte la haría sentir mejor.
Por eso, quizás, luego de que hubieran ido a recorrer los árboles frutales del patio, cuando Daphne la besó por primera vez y le preguntó:
—¿Esto está bien?
Hermione respondió:
—Sí.
Y la besó de vuelta.
Con el pasar de los meses, sus padres se mudaron a una casa que construyeron a menos de 100 metros en el mismo terreno, y Daphne, de un día para otro, comenzó a vivir con ella.
Pero no amaba a Daphne. No de la forma que se suponía que debía amarla; no en la manera en la que amaba a Ron.
Nunca amaría a nadie de la forma en la que amaba a Ron.
Él era su mejor amigo, el amor de su vida, su todo. Era la última cosa que veía antes de ir a dormir por la noche, y la primera que veía al despertar en la mañana. Incluso después de… después de lo que había sucedido, lo seguía siendo. Hermione pensaba a cada momento del día en él, y cómo serían las cosas si desde un inicio todo hubiera sido diferente. ¿Tendrían una casa bonita?, ¿tendrían una niña, tal como él soñaba? ¿cuáles serían sus nombres?, ¿Leah, como ella quería, o Rose, como él deseaba?
En el presente, ¿qué haría Ron para reconfortar sus pesadillas, si estuviera vivo?, ¿qué estaría haciendo ahora para salir adelante y vivir en ese mundo fragmentado? Hermione pasaba horas obsesionandose con eso. Pensando en él.
Al final del día daba igual la respuesta, porque estaba segura de que serían felices. Ella llegaría tarde, cansada de un día de trabajo, y él estaría allí, con la cena lista y un poco estropeada porque así era Ron. Y Hermione, un poco harta de todo, lo miraría y sabría que podía arreglarse… porque sobrevivieron juntos.
Harry le había dicho una vez a lo largo de los años, mientras bebían hasta olvidarse de quiénes eran, si acaso ella sabía que Ron no habría podido vivir en un mundo en el que Hermione no existiera. Que el mismo Harry prefería, de una forma muy retorcida, que las cosas hubieran resultado como lo hicieron, porque Ron jamás habría salido adelante, y por egoísta que sonara, ahora su amigo estaba descansando. Y Hermione, en medio de la bruma del alcohol había pensado en eso por- años, sintiéndose completa y desesperadamente miserable por estar allí, tratando de flotar en medio de la mierda sabiendo que él ya no estaba, teniendo esa certeza presente como una daga enterrándose en su costado cada que respiraba. Ron no estaba. Ron no estaba. Ron no estaba.
Escuchar a Harry, y hacerse consciente de que- de que Ron no lo habría hecho, que Ron no se habría recuperado de su muerte…
¿En qué la convertía a ella?
¿Por qué Hermione lo estaba intentando?, ¿acaso Ron merecía que lo superara? No. Ron merecía que le llorara cada día del resto de su vida. Ron merecía que Hermione no pudiera pensar en nada más, que no pudiera desear ni estar con nadie más. Que su mundo se hubiera venido abajo y fuera imposible de reconstruir.
Pero al mismo tiempo, sabía que Ron no querría eso tampoco. Ron la habría querido ver feliz, como ella también hubiese deseado verlo si las cosas fueran distintas. Ron habría querido ver que Hermione sanaba, que crecía, que incluso volvía a enamorarse y formar una familia… Que tuviera todas las cosas que un día planearon juntos. Eso es lo que él habría querido.
Solo que Hermione sentía que no podía hacer ni la una ni la otra.
Hermione no podía evitar seguir adelante, pero tampoco podía iniciar una nueva vida. Simplemente se encontraba en un limbo- existiendo. Sintiendo que a pesar de que la desolación le había quitado toda la felicidad, no era capaz de matarla.
Daphne sabía cómo se sentía por Ron y que sus sentimientos no habían cambiado en nada. Ella estaba bien con que Ron fuera el amor de su vida.
Sin embargo, Hermione podía decir con certeza que Daphne era su alma gemela. De la forma en la que Ron y Harry lo eran. Y después de todo, estaba tan agotada de estar sola.
No podía estar sola toda la vida solo porque sabía que nunca más amaría a nadie de la misma forma que lo amaba a él. Habían pasado años. Más de siete años, y el recuerdo de su risa, y de sus pecas y su cabello aún le producían ataques de pánico en los peores días. Había momentos en los que podía jurar que escuchaba su voz en la sala bajando las escaleras, o estaba segura de que despertaba sintiendo su tacto en el pelo, desenredando sus rizos.
Lo peor eran los sueños.
Ron aparecía en cada uno de ellos. Había aparecido desde el primer día. A veces le agradecía por todo lo que tuvieron y lloraba por no haberle dado lo que le prometió. Otras le decía que por favor fuera feliz, que fuera feliz por él.
En otros, parecía tan real que Hermione despertaba con el sabor de su boca y sentía que acababa de perderlo de nuevo.
Ella se encontraba sentada en el sofá, leyendo uno de los libros que su mamá le regaló cuando era niña, porque a veces le gustaba hacer eso. A su lado, en la mesita de la sala de estar, estaban las notas de nuevas leyes que podría enviar al Wizengamot. Alguien tocó la puerta, y ella levantó la mirada para dirigirla a través del pasillo. Afuera los árboles se agitaban, y quien se encontraba tras el vidrio era Ron.
Sostenía una canasta con manzanas que recolectó del jardín, y cuando Hermione se levantó para abrirle, este ni siquiera esperó un segundo para entrar y abrazarla, diciéndole que la amaba y que por qué no la acompañaba más seguido a caminar. Hermione se preguntó en ese instante lo mismo, que debería hacerlo más.
Te amo. Te amo. Te amo. Te amo.
Luego, Ron le decía que había estado preparando unas cosas para hacerle una cena tranquila en los alrededores, para distraerla del estrés que estaba viviendo. Hermione le sonreía al ver el brillo en sus ojos azules, las pecas iluminadas por la luz del pasillo, el cabello revuelto.
Él le devolvía la sonrisa.
Y al segundo siguiente, ella abría los ojos.
La casa estaba oscura, se había quedado dormida durante la tarde. Podía escuchar a sus padres poner música en el otro extremo del terreno, y unas voces proviniendo de la radio que el señor Weasley le regaló una vez que Hermione consiguió restaurar la emisora. Daphne se encontraba en la cocina, y era capaz de escucharla cocinar e ir de un lado para otro, haciendo la cena. A través del pasillo, en la puerta de entrada, lo único que Hermione podía ver era el bosque oscuro detrás de ella, con las hojas agitándose por el viento.
Y finalmente, cuando dirigió la mirada a su regazo, encontró el Desiluminador de Ron en la mano.
Hermione nunca le había contado a nadie que le gustaba tenerlo cerca, porque le hacía pensar a la vez que Ron, años atrás, regresó a ella en el Bosque de Dean gracias a este.
Salvo que, ahora, Ron nunca volvió.
•••
Hermione jamás dejó de ir a terapia.
La primera hija que Daphne y ella adoptaron, la nombraron Rose.
Y descubrió que quizás, podía tener dos amores de su vida.
