"Mi madre decía que las cosas que perdemos siempre acaban volviendo a nosotros, si bien no siempre de la manera que esperamos."
Luna decidió escribir un libro.
No era ficción, le habría gustado que se tratara de eso; sería más fácil contar las atrocidades que se vivieron durante el régimen de Voldemort si fueran invenciones de su cabeza.Lamentablemente eran hechos, y aunque Luna deseó muchas veces dejar de escribir, no podía permitir que se olvidara, que no quedara registrado.
Después de todo, quienes no conocen la historia están condenados a repetirla.
Así que Luna escribió. En un inicio eran pequeños relatos, pequeñas cosas que habían sucedido a lo largo de los años, y luego tomó la forma de un diario de vida. Luna contó su experiencia en la primera Batalla de Hogwarts: los gritos desesperados, el polvo y la muerte; contó su experiencia en la primera base: cómo se sintió vivir debajo de la tierra con el miedo de ser encontrados, aferrándose al sueño de volver a ver el sol alguna vez. Luna habló de la Misión de Hangleton, de su captura y esos horribles meses en los que su único compañero fue Theodore Nott. Plasmó en palabras todo lo que no podía decir. Luna gastó páginas y páginas hablando de la vida en la Mansión McGonagall, en que cada día se levantaba fantaseando que no estaba allí, sino después de la guerra donde sería feliz.
Y ahora se encontraba en ese después.
¿Y dónde estaba la felicidad?
Luna había visto demasiado, así como todos los que participaron de esa estúpida guerra. Quizás las cosas serían más simples si el dolor hubiese parado en un punto, pero este sólo parecía aumentar como las nubes negras antes de la tormenta. Luna había perdido a su madre, luego a su padre. A Neville, a Ginny, a Ron, y ahora-
Ahora a Theo.
Aún estaba, Luna todavía podía verlo por las mañanas y quizás eso debería ser un consuelo, pero no se sentía así. Después de la batalla, Theo fue llevado a su mansión y Kingsley demoró al menos una hora en llamar sanadores para que fuera examinado. Luna no sabía si la inmediatez de una atención médica habría cambiado algo, pero no importaba ya.
Bueno, sí que importaba, a Luna le importaba más que nada en el mundo, porque no se suponía que las cosas iban a terminar así. Se suponía que Theo estaría bien, que después de la guerra Luna le mostraría que lo existente entre ambos era amor. Luna lo amaba, y Theo por fin sería capaz de aceptarlo, de verlo…
No podían culparla por ser idealista, ¿no?
Cuando era pequeña, Luna pensaba que era una princesa. Su padre se lo decía: Luna era la princesa que guardaba el cielo, y su madre la reina que ponía las estrellas durante la noche. Era lógico que su vida fuese feliz, ¿no? Todos los cuentos terminaban con aquella famosa frase: "Vivieron felices para siempre".
Le tomó bastantes años darse cuenta de que la vida simplemente no funcionaba así.
No había tal cosa como la infinitud del contento. No existían las fantasías en el mundo real. El mundo real era duro, y terrible, y sus garras acababan haciéndote pedazos una vez que salias a él. Cuando iba a Hogwarts, Luna ignoraba la crueldad, o, más bien, no la notaba, y en su lugar trataba de disfrazarla con peculiar optimismo. Después de ser torturada por meses… ya no podía continuar con la farsa.
Tal vez si hubiese conservado aquella forma de ser sería menos miserable, pero ver la realidad por lo que verdaderamente era le trajo algo a lo que aferrarse: si nada podía ser feliz para siempre, tampoco nada podía ser horrible para siempre. El régimen de Voldemort terminaría en un punto, eso Luna lo sabía. Cada mañana, a cada momento, cerraba los ojos y se decía a sí misma que no estaba ahí, sino de vuelta a su hogar en Ottery St. Catchpole. Cerraba los ojos y pensaba que iba a visitar a los Weasleys, que recuperaba su vida. Cada mañana, Luna se decía a sí misma que no estaba ahí, en esa base, que lo peor ya había pasado. Pensaba en su yo del futuro, en esa mujer que podría decir que la sangre y el genocidio eran cosas del pasado.
Pero ahora era esa persona, ahora la guerra había acabado. Sin embargo… ¿cuándo se acababa la tristeza?
¿Cuándo?
El diagnóstico de Theo no fue prometedor. Nunca nadie se había recuperado de aquella maldición, pero tampoco nadie intentó curarse. Theo era el primer paciente en el que se harían estudios, por eso no podían prometer nada. Luna decidió de inmediato que se quedaría junto a él. Nadie iba a detenerla, tampoco, todos los que podrían oponerse a esa decisión estaban muertos.
Luna regresó a la base un día después de la última batalla. No le sorprendió encontrar casi todo en ruinas. Por algún motivo pensó que cuando llegara, vería la Mansión McGonagall en una nueva luz, que se sentiría radicalmente distinta… pero no. A pesar de los daños en la infraestructura, seguía igual que esos últimos años: una casa que se paraba debajo de difuntos y que estaba habitada por fantasmas.
Luna tomó sus pocas pertenencias, dispuesta a marcharse y cuidar de Theo el tiempo que fuese necesario. Jamás pararía de hacerlo. Tenía fe, al menos eso le quedaba. Necesitaba tener fe de que Theo se recuperaría algún día.
—¡Eveline!
A la distancia, Luna vio a una sanadora correr tras una chica desaliñada y con aspecto perturbado. La chica se dirigía hacia Luna. Tenía lágrimas corriéndole las mejillas, pero no de pena, sino como si acabara de ver al mismo Dios, aunque sus ojos meramente estaban fijos en la maleta que Luna traía.
—Por favor —dijo Eveline acercándose a ella. Se postró a sus pies—, lléveme- lléveme con usted. No tengo nada más-
La muchacha lloraba desconsolada. A su alrededor había grupos organizándose para buscar a las familias de los niños nacidos de muggles y devolverlos a sus hogares. Eveline no tenía nada de eso, su familia fue asesinada. Tenía por delante meses de aislamiento en aquella mansión, e incertidumbre de qué pasaría, y cuando cumpliera diecisiete sería arrojada a los leones.
—Por favor…
Y Luna pensó,
¿Por qué no?
No tenía nada que perder y tampoco había absolutamente nadie que la acompañara, no de verdad. Cada uno tenía sus familias y asuntos que resolver. Cada uno tenía a alguien más. Ni Luna ni Eveline podían decir que existía otro ser humano para hacerles compañía. Así que Luna dijo, ¿por qué no?
Nadie merece quedarse atrapado en una prisión con espíritus.
Luna detuvo a la sanadora con un gesto y extendió la mano a Eveline para que se levantara. Lucía insoportablemente joven y viva.
—Casa —dijo Luna.
Eveline asintió.
—Casa.
Minutos después, ambas se Aparecieron en los terrenos de la Mansión Nott.
Nadie buscó a Eveline, nadie preguntó por qué Luna se la llevó. Sospechaba que a nadie le importaba. Había otras cosas por las que preocuparse de momento.
Eveline fue a ducharse. La sanadora le advirtió que no estaba bien de la cabeza y que necesitaba tomar pociones. Luna apenas se inmutó. Después de todo, tenía experiencia con la locura.
Se paró en el umbral de la cocina bastante tiempo. La casa era tan grande que no escuchaba nada: ni el sonido de la regadera, ni la respiración de Theo. La aturdía. Estaba acostumbrada a que los hogares estuvieran llenos de vida sin importar las circunstancias. La Mansión Nott no era así, transmitía una calma que sólo podía compararse con la calma que trae un cementerio. Estaba vacía aunque se encontrara repleta de objetos y muebles.
No tenía idea de qué se suponía que venía ahora.
Su objetivo era recuperar a Theo, pero, ¿y qué pasaba si nunca lo lograba?, ¿cuál era el propósito de su vida ahora que Voldemort ya no vivía?
Luna se deslizó pegada a la pared hasta quedar sentada en el piso, mirando por la ventana. Esperó que algo sucediera, que se anunciara que en realidad Voldemort no había muerto y necesitaban seguir luchando. Destellos de la batalla llegaban a ella cada vez que cerraba los ojos, pero no distinguía demasiado. Ni siquiera recordaba el momento en que Theo fue herido; simplemente estaba a su lado un segundo, y al otro se encontraba en el suelo inconsciente. Luna sentía que estaba viviendo una mentira, una frágil e inverosímil. ¿Era una mentira piadosa, acaso? Porque el dolor continuaba vivo debajo de su piel.
Se abrazó a sí misma en la oscuridad de la cocina y enterró la cabeza entre sus piernas, esperando.
Y esperando.
Y esperando.
Nada pasó. No anunciaron nuevos peligros, ni hubo gritos de alegría. Nadie celebró la gloria del triunfo. Luna pestañeó sin parar, pero las lágrimas salían de ella como si fueran el cauce de un río. Nada pasaba, absolutamente nada. Luna quería que algo pasara.
La falta de movimiento se le hacía insoportable. Todo era demasiado estático, tranquilo y artificial. Desolado. Sus sollozos se escuchaban muy alto en la severidad de la mansión al no tener ruido que la acompañara. Luna jamás se había sentido tan sola.
Nunca nadie habla de eso.
Del silencio que viene después de la guerra.
•••
Hoy descubrí que las víctimas del Régimen Purista rondan los 1000 fallecidos, si es que no incluso más. En el mundo mágico somos alrededor de 3000. No puedo creerlo, y siempre me han considerado crédula. Suena una aberración, un recuento abstracto. Una isla pequeña puede llenarse con mil personas. No tengo idea cómo podríamos aspirar a ser una sociedad funcional después de esto. ¿Podemos?
Me pregunto si dentro de esas víctimas también hay sangre puras, o si se incluye el número de Mortífagos muertos. De esos también hay muchos, la muerte nos tocó a todos. ¿Debería sentirme mal por esos a los que yo misma asesiné? Muchos dirían que no, que no tengo porqué, si lo merecían, pero, ¿quiénes somos nosotros para dictaminar quién vive o no?, ¿no estaríamos haciendo lo mismo que ellos?
A veces me gusta pensar que las siguientes generaciones encontrarán las respuestas a estas preguntas, que sabrán enmendar los errores del pasado y sanar las heridas abiertas que recorren al Reino Unido. Espero que lo logren; ahora mismo se siente imposible remediar el daño.
Desearía que la historia humana no tuviera que construirse a base del dolor.
•••
Theo nunca fue alguien demasiado hablador, pero Luna recordaba sus conversaciones como lo más importante que había entre ellos, un entendimiento que jamás podría tener con alguien más.
Se hablaban con una mirada, se comunicaban a través de gestos. Theo decía cosas que ella entendía a la perfección. Cosas como:
A veces siento que me derramo.
Me siento como una tormenta de arena.
La historia puede ser representada por jardines en ruinas.
Luna lo escuchaba, lo comprendía. La primera vez que hablaron fue porque Theo al fin respondió a su incesante parloteo y le contó una historia de su niñez, pretendiendo que había nargles en ella. Theo poseía un modo de expresarse y de conversar que, a veces, creía que sólo ella llegó a comprender.
Uno de los largos días en los que Luna estuvo secuestrada, Theo llegó con el labio roto. Parecía más muerto que la tarde anterior, y –Luna se temía– más vivo de lo que estaría mañana. Este no le dijo nada; apoyó la cabeza en la pared a un lado de la celda y cerró los ojos.
—¿Te hiciste eso a propósito? —dijo Luna sin resistirse a su curiosidad.
Theo no contestó en un inicio. Luego, soltó un largo suspiro como si estuviera perdiendo una batalla.
—¿Por qué me haría esto a propósito, Lovegood?
Luna se encogió de hombros aunque no la estuviese viendo.
—Te queda bien.
Esta vez, Theo no respondió. Luna estaba siendo sincera. A diferencia de Harry, la piel de Theo era extremadamente blanca; algo menos pálida que la suya. Los labios rojos se le veían bien. Se preguntaba cómo hizo para que le quedaran así.
—¿Qué fue lo que te pasó?
—No quiero hablar.
—Entonces no hables —dijo Luna restándole importancia—. Una vez me rompí el labio porque corrí de la colina detrás de mi casa abajo, ¿sabes?
Luna no esperaba respuesta; Theo tampoco dio señales de haberla escuchado.
Recordaba su hogar con cariño, hasta con nostalgia. No podía esperar a que Harry ganara la guerra para poder volver y correr de nuevo por la colina. Su casa debía estar llena de polvo, no le extrañaría que las Doxys hubieran hecho nidos allí.
—Había un pájaro invisible que estaba persiguiendo, podía escucharlo, te lo juro, mi padre me había contado sobre él. Salí corriendo del patio de mi casa para que se hiciera visible ante mí. Corrí sin darme cuenta de hacia dónde iba. —De pequeña solía caerse bastante. Sus rodillas estaban llenas de cicatrices—. Me tropecé a mitad de camino y me partí el labio. Dolió, pero papá dijo que se veía bien. A ti también se te ve bien. ¿Valió la pena hacértelo?
—¿El corte? —preguntó Theo con incredulidad. Luna no entendía por qué.
—Sí. Yo tengo una pequeña cicatriz, pero no me arrepiento. —Tocó el pequeño relieve de su labio—. ¿Valió la pena?
—No fui yo. Mi padre me lo hizo.
Luna no comprendió de inmediato. Su papá jamás le había puesto la mano encima, se le hacía extraño pensar que existían otros padres que sí que lo hacían. Como algo sacado de un cuento.
—Oh, eso no es muy agradable de su parte.
La cabeza de Theo apareció en la esquina. Se había dado vuelta para mirarla y tenía una sonrisa extrañada en el rostro.
—No, para nada agradable —dijo con cierta cautela.
—¿Por qué tú padre es tan grosero? La otra vez me dejó sin comer porque le dije que era vegetariana.
La sonrisa de Theo se hizo más amplia.
—Fue criado por cangrejos.
—¿Cangrejos?
—Ajá.
Luna pensó que era un poco extraño, pero de igual forma tenía sentido: los cangrejos poseen pinzas capaces de cortar carne, y se alimentaban de prácticamente todo. Un hombre criado por cangrejos no podía ser amable.
Luna se acercó a la reja y se sentó a unos centímetros de Theo, apoyando la espalda en los barrotes. Este la seguía mirando. Siempre que la visitaba se mantenían a cierta distancia, aquella era la primera vez que se sentaban al lado del otro.
—¿Te duele? —preguntó Luna. Al tenerlo tan cerca era capaz de dilucidar la profundidad del corte.
—Nah, he tenido heridas peores.
—¿Por qué no la cierras?
—Me la abrirá de nuevo.
Luna hizo una mueca. Parte de sí quiso tocar los labios de Theo para ayudarle a sanar.
—No me agrada tu padre.
—Créeme —Theo suspiró, y cabellos cayeron encima de su frente—, a mí tampoco.
Se quedaron mirando. Los ojos de Theo eran del mismo color que el pasto que crecía en su casa: verde apagado, tan apagado que de lejos Luna creyó que eran cafés. Tenía unas salpicaduras amarillas y naranjas alrededor del iris. Eran preciosos. Se preguntó si Theo podría darle uno para guardarlo cuando se muriera.
—¿Te gusta el arte, Luna? —preguntó Theo de pronto.
Era la primera vez que la llamaba así.
—¿A quién no le gusta? —dijo ella.
—A los amargados, supongo.
—¿A tu padre no le gusta el arte?
Él esbozó una leve sonrisa, finalmente cortando el contacto visual.
—Una de mis habilidades mágicas que obtuve en la ceremonia de los quince fue… el arte mágico —dijo Theo—. Mi padre nunca ha querido que- que practique en él, mucho menos que alguien sepa que ese es mi don. Draco tiene la Alquimia, y las Greengrass la Oclumancia y la Legeremancia, pero… bueno, me gusta. Estaba pintando cuando él entró. Por eso me rompió el labio.
Bueno, ahora Luna no sólo pensaba que el padre de Theo era desagradable, sino que además era estúpido. Su papá siempre decía que la inteligencia se cultivaba a través del arte, y el arte podía venir de distintas formas. Que le molestara encontrar a Theo pintando… Luna creía que era tonto. Eso explicaba por qué no pensaba antes de actuar tan violentamente.
—Una vez pinté la palabra amigos más de mil veces en mi techo —dijo Luna después de un rato. Theo volvió a dedicarle una de esas sonrisas extrañadas.
—Supongo que a ti nadie te rompió el labio por eso.
—Mi papá me ayudó a pintar.
Esta vez, Theo soltó una pequeña risa.
—Creo que si algún día tengo hijos, sería como tu padre.
—Entonces serías un padre excelente.
—Espero serlo. Uno de mis sueños es tener hijos. Al mayor quiero ponerle Caleb. Si es chica… Pandora.
Sin pensarlo, Luna estiró el brazo y lo pasó por el espacio de los barrotes para tomar su mano, emocionada por escuchar el nombre de su madre.
—Estoy segura de que lo lograrás.
•••
Luna se soltó del agarre de Madam Pomfrey con horror.
—No.
Madam Pomfrey la miró con los ojos llenos de lágrimas; era una mirada cargada de lástima. Luna negaba una y otra vez. A pesar de que una parte de sí lo sospechaba… deseaba que fuera una broma. Necesitaba que fuera una broma.
—Tienes 14 semanas, Luna.
—No.
Luna se levantó y comenzó a caminar por la habitación. Eveline la esperaba afuera, y Theo estaba en el cuarto del frente. Aunque daba igual dónde estuviera, porque nunca se enteraría de esto. Theo jamás recordaría este fragmento del tiempo.
Es posible que nunca llegara a enterarse de que Luna estaba embarazada y tenía catorce semanas.
Llevó las manos hasta su vientre y tocó, temblando. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo había pasado esto? La guerra había terminado tres meses atrás.
¿Cómo se enfrentaba a esto?
Molly fue a visitarla al día siguiente. Estaba vestida de negro y llevaba una tarta en su mano. Luna no se giró a saludarla cuando la oyó entrar al cuarto, simplemente continuó tendida a un lado de Theo mirando su cara, pidiéndole telepáticamente que regresara a ella.
Diciéndole que uno de sus sueños acababan de cumplirse.
—¿Cómo estás, Luna?
Naturalmente, Luna no respondió. Theo tenía los ojos fijos en el techo y parpadeaba lento, como si la acción le costara.
Esto es lo que vería cada mañana al despertar, pensó Luna. Esto es lo que una Luna de otro mundo vería.
—Poppy me contó… me contó lo de tu embarazo.
Embarazo era una palabra graciosa. Luna no llamaría a lo que le estaba pasando un "embarazo". Ella estaba cultivando, existía un ser creciendo dentro suyo que con cada día se hacía más grande y real. Lo único que Madam Pomfrey hizo fue confirmar algo que Luna ya sabía, algo que ya había sentido, porque- ¿cómo no iba a sentir a un ser humano cultivarse dentro suyo?
—Es lindo… estar embarazada. Es lindo saber que estás creando una vida, a otra pequeña persona. —Molly se sentó en la cama. Luna sintió el peso en el colchón—. Recuerdo haber estado embarazada e imaginar cómo serían mis hijos. Me preguntaba qué habilidades tendrían, o qué defectos. Pero al final… los hijos son impredecibles.
Bueno… no. Luna no había pensado en eso, y tampoco quería. No quería poner expectativas sobre el niño que venía en camino. Sentía que no era justo.
—A pesar… a pesar del dolor, no me arrepiento —Molly susurró. La desolación era palpable en cada sílaba—. Tenerlos fue lo mejor que me ha pasado. Sentiría este dolor millones de veces, con tal de sostenerlos en mis brazos como la primera vez.
Luna se preguntó si estaba pensando en sus hijos perdidos. En Fred, Ginny, y Ron. Sin duda era de alguien valiente continuar viva a pesar de que ellos ya no estuvieran. Era mil veces más valeroso decir que pasaría por ese dolor de nuevo, si eso significaba sostenerlos como lo hizo. Luna no creía ser así de fuerte. Se arrepentía de Theo, ¿no?
Cualquier cosa era mejor que este dolor.
—El embarazo, traer un niño al mundo, Luna… no tiene por qué ser doloroso. Si has decidido tenerlo, entonces no tiene que ser doloroso…
Molly puso una mano encima de su pierna y le dio unas palmaditas. Estaba llorando, Luna podía sentirlo en la magia y el tono de su voz, y de haber podido hablar, no sabría qué decir, porque Luna no sentía dolor cuando pensaba en el niño que cultivaba. Luna se sentía acompañada, y quizás ese era el problema. La culpabilidad amenazaba con comérsela viva.
Estaba teniendo un hijo para no estar sola.
En momentos así extrañaba a Ginny como nunca. Ella sabría que hacer, porque Ginny siempre sabía qué hacer. ¿Qué daría Luna para poder tener una última conversación? Oh, le encantaría saber qué pensaba de las relaciones entre Mortífagos que había en la Orden. Seguramente haría un comentario ácido y se burlaría de ellos como si no hubiera un mañana. Es que era cómico. Luna, ¿embarazada de un Mortífago con el que jamás habló durante Hogwarts? Por favor, ni siquiera sabía que existía.
Y ahora lo amaba.
Luna no supo cuánto tiempo pasó en ese cuarto, ni mucho menos cuándo se marchó Molly. Las estrellas aparecieron en el cielo, y Theo continuó mirando el techo de su habitación.
Ella se acurrucó a su lado y cerró los ojos.
Tal vez en la mañana las cosas serían diferentes.
•••
Creo que lo sentí antes de saberlo.
Fue como si algo dentro se hubiera movido. Su magia me recorrió al igual que un escalofrío en medio de la nieve. Simplemente lo supe, y no tuve idea de cómo actuar, o si debía hacer algo. Siempre he tenido claro qué decisiones tomar… Se siente raro no controlar tus acciones.
¿Traer a un hijo a este mundo es una bendición o una maldición?
A veces pienso en la niña que alguna vez fui y me entran unas ganas irremediables de llorar. Ella habría contestado la primera opción sin dudar. Ella habría fantaseado de inmediato con todas las cosas que le mostraría a esa nueva criatura, con todo lo que le enseñaría. Esa chica habría reído de la felicidad, y su padre hubiese hecho a su nieto el bebé más querido y malcriado del mundo. Tal vez la gente pensaría que eran una familia de raritos, ¿pero qué importaba? Serían felices.
En ese sueño, Theo estaba junto a ella y sería el hombre más feliz de la tierra, aunque apenas lo demostrara. No la dejaría hacer nada, para cuidarla. Él pondría la lógica en aquellas situaciones en las que ella andaría por las nubes. Funcionarían a su propia manera.
Era algo bonito de imaginar, pero al final de todo, sólo se trataba de eso: una imaginación.
Para vivir en esa fantasía, jamás debería haber sido secuestrada. La guerra nunca tendría que haber sucedido. Yo debería seguir siendo esa chica.
A estas alturas, como el resto del mundo, no sé nada. No sé si debo traer a un niño a este mundo que apenas está levantándose de las cenizas. No sé si quiero que crezca con la sombra de un padre. Dudo que Theo lo hubiera querido también. Siempre quiso hijos, o eso me dijo. Su mayor deseo era estar ahí para su hijo o hija el día que tuviera un bebé, para criarlo y acompañarlo como su padre nunca hizo. ¿No es triste darse cuenta de que uno de sus sueños se cumplió, y él nunca lo sabrá?
Tengo que ser honesta. En estos momentos me arrepiento de él. Me arrepiento de todas las decisiones que me llevaron a enamorarme de él. Si no fuera por eso, nada de esto habría pasado. Hubiésemos encontrado la felicidad en otras cosas. Prefiero millones de veces una vida en la que nunca cruzamos caminos que… esto. Lo que quedó de la nada que fuimos.
No sé por qué continúo divagando, por qué me convenzo a mí misma de que no sé lo que haré. Lo que no sé es si se trata de lo correcto; no tengo idea de cómo sentirme respecto a mi elección, pero como dije, sé muy bien lo que he elegido… porque soy débil. Porque sin importar cuánto reflexione, sé que nunca podría dejar ir cualquier pedazo de Theo que me quedara. Este niño es parte de él.
Espero no equivocarme.
Creo que todos nos hemos equivocado lo suficiente para llenar océanos de errores.
•••
Draco y Harry fueron a visitarla a la mansión varios meses después de que la guerra terminara. Luna no llevaba la cuenta. Molly y Hermione le compraban lo necesario para subsistir, y Luna no quería involucrarse en nada que tuviera que ver con el mundo mágico o el tiempo. Su vida consistía en levantarse por la mañana, pasar tiempo con Theo, y acompañar a Eveline en el salón principal, mirando por la ventana mientras la chica se sentaba en el rincón.
—Harry —dijo Luna cuando estuvieron frente a la entrada—. Draco.
Ambos estaban desgastados, no había otra palabra para describirlos. Eran como pinturas a las que se les despintó el color y a las cuales se les doblaron los bordes. Luna quería recomponerlos, pero sólo existía un artista en esa casa y no era ella.
—Draco vino a ver a Theo, y yo a ti —Harry dijo—. Eh… estoy aliviado de que hayas- de que tú no… ¿cómo estás?, ¿y el bebé…?
—Bien —Luna completó antes de que siguiera hablando. Estaba claro que Harry no tenía idea de cómo abordar el tema—. Theo, bien. Yo, bien.
Harry pasó saliva.
—Sí, Luna.
Luna dio media vuelta y caminó hacia la entrada de la mansión, esperando que la siguieran. Dentro, y casi por inercia, abrió la puerta del salón donde estaba Eveline. Harry apenas lo dudó; se separó de ambos y entró a la habitación. Draco estaba muy quieto a sus espaldas.
—Hola, Eveline —oyó decir a Harry antes de cerrar la puerta.
Luna guió a Draco hasta la habitación de Theo, quien ese día fue acomodado por ella para que mirara hacia afuera. No se quedó, no fue capaz de verlo por demasiado tiempo. Una cosa era la miseria compartida por dos, otra era mostrarla al mundo. Esto se sentía como sacar la colección rota de platos y exponerla ante los invitados. Una parte de sí quería lanzarse encima de Theo y protegerlo de Draco, pero no estaba en el derecho de negarle nada. Theo no lo habría querido, por algo les dijo que vinieran.
Cuando llegó al salón en que dejó a Eveline y Harry, le sorprendió un poco escucharla hablar tanto. A veces Eveline solía contarle historias de su niñez; historias increíblemente llenas de privilegios. Luna escuchaba atentamente, porque, ¿qué más iba a hacer? Sin embargo, la mayoría del tiempo, ambas se hacían compañía sin decir una palabra. Luna le había enseñado a bordar y coser, tal como su padre hizo, y de pronto la encontraba cosiendo figuras en sus ropas nuevas. La mayoría eran flores.
—... siento que lo que he hecho me está persiguiendo. Me despierto en la noche gritando, y- y no sé cómo seguir. Cada vez que me voy a dormir me pregunto si alguna vez seré capaz de superarlo.
Luna se quedó fuera de la sala cuando la oyó. No para espiar, sino para darles unos minutos de privacidad a Harry y Eveline.
—¿Y cuando estás despierta? —dijo Harry con cuidado.
Podía sentir a alguno de los dos caminando por el cuarto, pero cuando la pregunta colgó en el aire esperando ser respondida, los pasos se detuvieron. Casi era capaz de verlos mirarse el uno al otro, comunicándose sin decirse nada.
—Cuando estoy despierta, sé qué no puedo.
Con cada semana, las cosas que Eveline decía tenían más sentido. A veces, como aquel día, amanecía especialmente lúcida, aunque eso no quería decir que había parado de tener sus momentos. De pronto, Eveline preguntaba por su familia y despotricaba contra los nacidos de muggles. Eso rápidamente se pasaba una vez que Luna le recordaba quién era.
—No me mires así —Eveline murmuró—. No- no busco simpatía. No tengo excusa para lo que hice.
—Tú no mataste a esa gente, Eveline.
—Se siente así. —El tono de la chica era crudo, contrastando con el de Harry quien parecía estar hablando con alguien hecho de porcelana—. Yo dije su nombre. Lo sabe, ¿no? Yo fui la que dijo su nombre en la base bajo el Bosque Prohibido. No pensé antes de hacerlo, fue un accidente, pero… fui yo.
Era algo obvio, algo que todos sospechaban, pero debía ser la primera vez que lo admitía en voz alta. Luna tragó la amargura que se alojó debajo de su lengua. No le correspondía adjudicarle a Eveline las muertes de esas personas inocentes.
—¿Deseabas que ellos se murieran? —preguntó Harry con cuidado. No existía juicio en su voz, sólo curiosidad y… ¿afecto?
No, algo distinto.
—Creí que lo deseaba, hasta que pasó. Y me arrepiento de eso- fue mi culpa.
—Es bueno que te arrepientas.
Una vez más, los pasos se detuvieron. Eveline era la que paseaba.
—¿Por qué?
—Demuestra que te importa, que no quieres ser así —Harry respondió con facilidad—. Demuestra que no eres el monstruo que piensas ser.
—Usted no me conoce.
—No, pero sé lo que es la maldad. He conocido monstruos… Tú no eres uno de ellos.
El tono de Harry poseía ternura, una sensibilidad que Luna ni siquiera le había visto usar con Draco. Eveline debía representar algo diferente, especial…
Como una hija.
—¿El señor Astaroth lo es?
—Su nombre es Draco —dijo Harry automáticamente—, y no. No para mí.
Sonaba delirante: el grito de un hombre desesperado por convencerse a sí mismo.
Luna pensó en Theo. A diferencia de Draco, él había dejado un camino de cadáveres por cada paso que daba. Mató a su padre, Luna lo sabía. Se preguntaba si en el futuro, cuando el resto del mundo supiera que a sus ojos Theo le parecía un ángel y no un demonio… se sentirían igual que ella escuchando a Harry.
—¿Cómo es que vive consigo mismo después de todo? —susurró Eveline.
Durante un rato, nadie dijo nada, ¿qué respondías a eso? Cada uno vive como puede, si es que se le puede llamar a este después "vida". No había una fórmula. Ojalá existiera. Luna la anotaría para repartirla al mundo.
—¿Piensas volver a Hogwarts a terminar tu último año cuando lo reconstruyan? —acabó preguntando Harry. El urgente cambio de tema era notorio, pero Eveline no comentó nada.
—No creo que nadie me querría allí.
—Tienes la oportunidad de hacer las cosas diferentes.
—Aunque me disculpara, no merezco su perdón.
—No depende de ti decidir eso. Lo único que depende de ti, es ofrecer las disculpas. —Harry hizo una pausa, como si estuviera pensando qué decir a continuación. Luna se sentía mal por seguir escuchando a sus espaldas—. Yo jamás volví a mi último año, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Bueno, era un poco difícil considerando que Voldemort fingió mi muerte y yo tenía que ganar una guerra.
Eveline soltó una risita.
—¿Va a volver ahora?
—Nah, es muy tarde para mí… —Harry ya no sonaba triste ni enojado, sólo- resignado—. Para ti todavía puede existir un futuro.
Luna decidió que era un buen momento para entrar, dado que ya habían tocado los temas más densos. Tanto Harry como Eveline se encontraban sentados en distintos sillones, uno frente al otro. Harry le dedicó una sonrisa cuando la vio, y Eveline bajó la mirada.
—¿Qué opinas tú, Luna? —dijo él.
Luna asumió que hablaban sobre volver a clases.
—Hogwarts. —Asintió.
Eveline levantó un poco los ojos con un atisbo de cautela, y encontró los suyos. En ocasiones actuaba así, como si le avergonzara estar cerca de Luna.
—Hogwarts será, entonces —susurró ella.
—Creo que serías una buena Ravenclaw —dijo Harry.
—No tengo idea de qué es eso.
Luna sintió una punzada de dolor al oírla.
—Ya lo averiguarás.
Minutos más tarde cuando Draco regresó y él junto a Harry se marcharon, Luna se paró junto a la ventana. Todos los días se parecían al otro dentro de esa casa. No quería que eso fuera el resto de su vida, mucho menos de su hijo. Necesitaba volver a salir. No deseaba tener nada que ver con el mundo mágico, pero necesitaba salir.
—¿Tú me odias, Luna?
Luna se giró al escucharla, pero Eveline no la estaba mirando. En sus manos había un vestido blanco en el cual bordaba rosas rosadas. Bajo la luz de la tarde y el cabello peinado en una coleta se veía tan… joven. Eveline era sólo una chica a la deriva en el mundo; Luna no la odiaba.
Cuando era pequeña, solía adoptar los animales heridos que se encontraba. Sanó colibríes, sapos, ratas y hasta serpientes. No quería decir que Eveline era un animal, pero ciertamente estaba herida.
Luna tenía experiencia con lo roto.
Se acercó despacio a la chica para no asustarla y tomó su barbilla. Ella la miró. Sus ojos seguían igual de perturbados que el primer día: grandes, vacíos y perdidos, como si no estuviera mirando a nadie en realidad. Eran como dos cuencos sin vida que estaban ahí, sin realmente estar ahí.
Luna se agachó y con toda la suavidad del mundo, dejó un beso en su frente.
Como si eso alguna vez podría remediar algo.
•••
Luna comenzó a visitar a los Weasley para salir de esa mansión.
Nunca se marchaba por demasiado tiempo, porque no quería dejar solo a Theo, y porque Eveline se negaba a salir de casa aún. Sin embargo, cada visita a La Madriguera le hacía sentir que las cosas estaban cayendo en su lugar. Que todo estaba volviendo a ser como antes.
Eso era una mentira, por supuesto, pero siempre le gustó pretender.
Las ausencias eran notorias en la casa, tan notorias que había días en los que nadie podía sacar a Molly de su asiento. Hermione siempre estaba ahí para ayudarla, al menos cada vez que Luna iba. Suponía que estaban sanando juntas, lamiendo sus heridas como los leones hacen. Luna extrañaba verlas todos los días, las extrañaba a ambas. Molly cuidó de Luna mientras estuvieron encerrados, y Hermione y ella conectaron como nunca hicieron en Hogwarts.
Y aún así, su dolor se le hacía ajeno.
Si, Luna quiso mucho a Ron. A él, y a Ginny, y… obviamente lamentaba la muerte de Fred. Pero su dolor y su duelo se encontraba en una casa vacía y silenciosa, no en aquella cáscara que antes solía estar llena de vida. Entendía por qué Hermione y Molly se juntaron para compartir sus penas. Eso no quería decir que no le hiciera sentir sola.
—Hoy revisamos la ley que esclavizó a los niños Servi —Hermione dijo cuando Luna se sentó a su lado, pasándole una taza de té—. Malfoy se encargó de que no pudieran matarlos, pero los Mortífagos encontraron maneras de no obedecer y… de divertirse. Es asqueroso.
El vientre del embarazo le hacía difícil moverse o concentrarse. Lo único en lo que pensaba era que iba a explotar. Literalmente, Luna sentía que un día iba a estallar y desinflarse. Trató de prestarle completa atención a Hermione porque este era un tema relevante pero- Merlín, su espalda dolía.
—Yo pude haber sido uno de ellos, ¿sabes? —susurró Hermione, revolviendo su taza—. De haber nacido unos cuantos años después, yo habría sido uno de ellos.
Luna hizo una mueca. Le habría gustado poder hablar, pero tampoco tenía idea de qué serviría de consuelo en esta situación, o si es que había un consuelo. Hermione tenía ojeras bajo los ojos y estaba demasiado delgada, más de lo que lo estuvo en la base. De todas maneras no se veía frágil, jamás lo hacía, Hermione estaba hecha de madera y piedra.
—No puedo evitar sentir que tuve suerte —dijo ella soltando una risa que desbordaba en amargura—. Es jodido. Es tan jodido sentir que cada momento de tu vida no es tuyo- no te pertenece. Es prestado. Alguien o algo te permitió vivir así. No he estado exenta de dolor, pero he estado exenta de pasar por… eso.
Luna no lo pensó. Al ver lágrimas en los ojos de Hermione, dejó el té en la mesa y se inclinó en su lugar para poner una mano encima de la de su amiga. Hermione dio vuelta la suya para entrelazar sus dedos. Se sostuvieron la una a la otra con una fuerza que podía quebrar huesos. Hermione agachó la cabeza y comenzó a llorar.
—No quiero sentirme así —dijo—. No quiero- no quiero esto. Saber que hay gente que la pasó peor.
Había un matiz de cansancio en su voz que parecía agitar toda su alma. Luna también estaba harta. Ya habían pasado varios meses desde que sonaron las campanas de la victoria, ¿y dónde estaba la felicidad prometida?
El después de la guerra era como vivir en medio del río Aqueronte.
—¿Es egoísta de mi parte? —preguntó Hermione con un hilo de voz, asustada y exhausta.
Astoria le dijo una vez que Luna veía lo mejor en las personas, porque ella también lo hacía. Dijo que debía tener cuidado porque eso no siempre era bueno, y lo malo podía pesar más que las cualidades. Luna no quería pensar así. Luna quería creer que todos, o al menos los que deseaban redimirse, tenían algo bueno que pesaba más que lo malo.
Por eso no entendía el conflicto de Hermione. Obviamente no era egoísta, nada egoísta, pero incluso si lo fuera, Luna creía que Hermione tenía derecho a poseer ese defecto, o a tener un momento de egoísmo después de todo lo que había pasado.
El altruismo de Hermione pesaba más.
Luna le dio el último apretón a su mano y negó suavemente. A su lado había una hoja de papel y un lápiz, como siempre que iba a visitar La Madriguera, y los tomó. Miró brevemente hacia afuera, a su antigua casa, y dejó salir una larga y cansada respiración.
"Eres una de las personas menos egoístas que conozco", escribió Luna en el papel.
Esperaba que Hermione fuera capaz de creerle.
•••
Hermione Granger es mi mejor amiga, y es una nacida de muggles.
Ha sido discriminada desde que llegó al mundo mágico. Tuvo que borrarle los recuerdos a sus padres cuando la guerra empezó para que no los asesinaran. Fue torturada, no una, sino múltiples veces. Perdió varios dedos de la mano durante la guerra. Los Mortífagos la atacaron de una manera asquerosa durante una misión. Perdió al amor de su vida en la última batalla.
Y hoy dijo que, a comparación de otros nacidos de muggles, ella ha tenido suerte.
Cuando pienso en la totalidad del Régimen Purista no puedo evitar que una vocecita me susurre que algunos datos han sido exagerados. No puedo evitar pensar que debe haber algo de ficción en esos informes, porque los crímenes que se cometieron son simplemente atroces., cosas que sólo pasan en los libros de horror que tenía en la biblioteca de mi casa. ¿Cómo es que Hermione ha tenido suerte? ¿Cómo a eso se le puede denominar suerte?
En momentos como estos sólo puedo sentir rabia. No acostumbro a sentir rabia, pero ¿qué otra cosa podría provocarme escucharla decir eso? No es justo, nada lo ha sido. ¿Qué fue tan mal en el sistema para que alguien como Tom Ryddle llegara al poder? Sabemos que el miedo jugó gran parte en su reclamo, pero muchos de sus seguidores creían lo que él profesaba, lo creyeron por casi una década. ¿Cómo?
¿Cómo es posible volver desde allí?
¿Cómo es posible empezar de cero?
•••
Luna recordaba escuchar a su madre decir que el parto fue indoloro. Luna nació tan rápido como las contracciones empezaron, y en una hora ya estaba ahí, en ese mundo.
El nacimiento de su hijo no fue así.
Luna sentía latigazos en su vientre y su espalda y sus piernas. Sentía cada molécula de sí misma infestada de aflicción. Eveline había llamado a Madam Pomfrey dos horas atrás y todavía nada. Su frente estaba perlada de sudor y sus ojos ya no podían mantenerse abiertos. Era como una pesadilla.
—Tú puedes hacerlo —una voz dijo en su oído—. Estoy justo a tu lado. ¿Me sientes?
Por un momento, Luna miró hacia el costado y allí vio a Theo, alto y celestial. Sus ojos verdes se encontraban fijos en su vientre bajo y una de sus manos tomaba la de Luna. Su alma cantó con un desasosiego tan enorme que sintió que devoró la habitación entera. Theo besó su frente como si quisiera sanar su dolor, y de cierta forma lo hizo. Siempre fue capaz de hacerlo. Una vez le dijo que sentía que fue puesto en esa tierra para proteger a Luna de cualquier daño.
El resto del parto era una imagen borrosa en su cabeza.
Hubo gritos, palabras de ánimo, paños mojados y mucha sangre. Luna lloraba, gritaba, y la mano de Theo que afirmaba la suya jamás la soltó. Deseó que su papá estuviera ahí, que le asegurara que todo pasaría luego. Deseó que Ginny la hiciera reír.
Deseó que la alucinación de Theo hubiera sido real.
No fue hasta una hora después que Luna parpadeó y el mundo pareció volver a tener sentido, a ser el mismo de siempre. Miró hacia el lado, y quien estuvo todo ese tiempo sosteniendo su mano no era Theo, claro que no. Molly le devolvió la mirada con una sonrisa temblorosa.
Ella le hizo cariño en el cabello, y Luna fingió que aún vivía en una fantasía.
Oía pasos por todo el cuarto y distintas conversaciones. Luna suspiró, y se dio cuenta de que ya no dolía nada, de que ya no sentía absolutamente nada.
Al siguiente segundo, un sollozo estalló en las paredes.
Luna se incorporó de inmediato y miró hacia el frente. El corazón le iba a mil por hora y sintió algo que no recordaba haber sentido demasiadas veces:
Nerviosismo.
Madam Pomfrey sostenía a un bebé en brazos, pero no era cualquier bebé, no. Ese era su hijo. Estaba rojo y algo amoratado. Movía sus manos y sus piernas, y su cabello parecía pelusa. Y Luna lo amó como nada en el mundo.
Extendió los brazos, quejándose. Quería tomarlo y ponerlo junto a su pecho; escuchar sus latidos, que sus respiraciones fueran en sincronía. Eveline tiró del vestido de Madam Pomfrey y señaló a Luna, quien estaba siendo sostenida por Molly.
Luego de limpiar a su hijo, caminó hasta ella para entregárselo.
Luna nunca podría describir lo que sintió una vez que lo tuvo en sus manos. Todo desapareció. Las personas, la habitación, el aire y el mundo. El bebé pareció calmarse apenas fue depositado en los brazos de Luna, y aunque le costaba, sus ojitos se abrieron bastante cuando la tuvo enfrente. Parecía hipnotizado con su madre.
Luna se sintió en paz.
—Hola, tú…
El niño estiró un dedo como si quisiera tocarla y Luna sonrió. Aunque estuviera hinchado, juraba que era igual a Theo. Tenían la misma nariz, el mismo color de cabello y hasta los mismos ojos. Luna percibió su ausencia como nunca antes. Deseó que estuviera parado a su lado diciendo esto, diciendo lo mucho que su hijo se parecía a él. El bebé continuaba mirándola. No se daba cuenta de que su madre estaba llorando.
—Caleb —susurró Luna peinando su escaso pelo.
Su nombre es Caleb.
A pesar de no tener la presencia de Theo consigo, Luna estaba a punto de estallar de la felicidad. Molly continuaba a su lado. Eveline se puso en el otro, y Madam Pomfrey enfrente. Las tres miraban a Caleb con devoción y alegría. Luna podía sentir el cariño emanando de cada uno de sus poros. Su hijo podía sentirlo también.
Por primera vez en mucho tiempo, Luna tuvo la certeza de que jamás volvería a estar sola.
•••
Ahora entiendo por qué siempre dicen que los hijos son el verdadero amor de tu vida.
Dentro de la Gran Bretaña post-purista es difícil creer que la felicidad puede llegar así, tan de sopetón, tan escandalosa y grandiosamente. Es difícil pensar que el tiempo está avanzando y que no nos hemos quedado pegados en esas terribles horas que le siguieron a la última batalla, Pero me alegra que sea de esa forma. Me alegra descubrir que el mundo también tiene cosas lindas, y que vale la pena quedarse en él para vivirlas.
No quiero poner esta carga en los hombros de mi hijo, pero mentiría si dijera que él no le ha dado un propósito a mi existencia. Cada vez que lo veo pienso en las begonias que crecían en el patio de mi casa, esas que sobrevivían a los vientos, la nieve y el frío. Él llegó en un periodo de tiempo en el que el mundo está recién aprendiendo a caminar de nuevo, pero al menos está moviéndose.
Al menos, esta vez, después del invierno sabemos que vendrá la primavera.
•••
Desde que se recuperó del parto, Luna llevaba a Caleb a la habitación de su padre todos los días.
Mientras las semanas avanzaban cada vez era más claro que se parecía a Theo, y daría lo que fuera para que este pudiera verlo también. Luna arrastraba la silla para sentarse a su lado y tararear melodías, o para mirar a través de la ventana el gran jardín de la mansión. No sabía por cuánto tiempo continuaría haciendo eso, o si alguna vez se detendría, pero por ahora todavía era capaz de fingir que estaba todo bien, porque, al final de todo, su hijo era un bebé sano y Theo no estaba muerto.
Theo estaba ahí.
Luna no lo perdió.
De pronto, pensaba que quizás se estaba recuperando. Theo hacía sonidos incoherentes, pero a veces parecía formar palabras que le hacían creer a Luna en su recuperación. Sin embargo, siempre que miraba su pulsera… esta no brillaba.
Ahí sabía que era una farsa.
Durante su cautiverio, casi diez años atrás, Luna se quebró. Fue un antes y un después en su vida. Ella comenzó a ver el mundo tal como era después de eso, o por lo menos no sabía distinguir cuál era la realidad. Theo llegó a su celda, como siempre. Ni siquiera su presencia pudo levantarle los ánimos.
—Lo siento… —dijo él.
Luna no lo miró. Estaba en el suelo al final de la celda con la cabeza metida entre los brazos. No quería mirarlo y pensar que se veía diferente. Que Theo se sentía diferente.
—Ni siquiera sé si esto es real —murmuró Luna.
—Tócame.
Durante un instante, ninguno se movió; podía sentir el desamparo en la magia de Theo, aunque este intentaba enmascararlo. Entonces, oyó que caminaba, y sus múltiples anillos sonaron al chocar con los barrotes de la celda. Estaba metiendo la mano por el espacio entre ellos.
—¿Luna? —dijo con preocupación—. ¿Por favor?
Theo se oía sincero, y aunque no quería, eso bastó para que Luna accediera. Tomando hondas bocanadas de aire, se levantó de su lugar. No lo miraba a la cara, sus ojos estaban fijos en la mano estirada hacia ella en medio de los barrotes.
Cuando la tomó, fue igual que ser capaz de respirar en medio del sofoco. La sensación era tan grande, tan abrumadora, que no podía estar segura de que fuera real. No sabía qué era peor, la forma suave en que Theo acariciaba el dorso de su mano, o sentirse en el borde del sueño y la realidad.
—No es suficiente —murmuró Luna.
Las palabras parecieron golpearla más a ella que a Theo.
Antes era distinto, antes Theo la anclaba a la tierra. Saber que eso cambió sacudió algo en sus rodillas y entrañas. Luna enterró las uñas en la mano de Theo empezando a temblar.
—Solía reconocerte hasta en la oscuridad —dijo ella mirando sus dedos—. Ahora…
Ahora ni la luz del sol podría ayudarme.
Theo le dio un último apretón a su mano, antes de atreverse y meter el brazo completo por los barrotes. Sostuvo a Luna de la mandíbula, acunando su rostro. Luna se negaba a mirarlo. Se negaba a pensar que todo cambió. Podía convencerse a sí misma si no lo veía a los ojos.
—Tal vez basta con que yo te reconozca —susurró él.
Luna envolvió los dedos en su brazo, y volvió a enterrar las uñas.
—¿Puedes? —dijo.
Theo acarició su mejilla con el pulgar.
—Siempre.
Sólo ahí, Luna se atrevió a levantar la mirada.
Algunos rizos caían encima de la frente de Theo. Su ceja estaba abierta y había unos pocos moretones en su párpado. Los pozos verdes eran tan claros que por un momento brillaron más que la vida misma.
Luna cerró los ojos.
Y entonces, estaba llorando.
¿Qué estaba haciendo? ¿Dónde carajos estaba metida? Luna quería ver a su papá; quería volver con sus amigos. Ya no soportaba esas paredes, y mucho menos estar sola con sus pensamientos. Theo ayudaba, pero dudaba que de ahora en adelante fuera suficiente, no cuando Luna veía la realidad tan clara.
Theo no le pertenecía.
Theo no era su amigo.
Era su captor.
Luna cayó al suelo, llorando sin parar. No recordaba cuándo fue la última vez que lloró de esa manera. Nunca lo hacía, ¿por qué llorarías si existían tantas cosas por las que estar feliz? La vida era linda.
Theo cayó al otro lado, del lado de la libertad. Luna no podía mirarlo de nuevo sin sentir una punzada en su corazón.
Si le hubiesen preguntado antes, nunca hubiera creído que los corazones podían romperse, no de verdad.
—Lo siento —dijo Theo con la voz estrangulada—. Lo siento tanto…
—Necesito conocerme. —Luna se alejó de su tacto, de él—. Sólo necesito conocerme, y aquí no-
Aquí no puedo.
Si Theo fuese algo más que su captor, la hubiese sacado de ahí. Luna se aferró a él porque en ese lugar era lo único que tenía, pero ya no más- ya no tenía nada. Ningún conocimiento ni certeza además de que era un rehén.
Desde ese día, Luna no pronunció una palabra.
Semanas más tarde, Theo la sacó de ahí.
Luna regresó a la gente que la quería, a sus antiguas amistades, y aunque Theo ahora espiaba para la Orden, apenas se veían. Él mantuvo sus distancias. Luna obtuvo todo lo que necesitaba para sanar, y estaba agradecida, pero… eso tampoco era suficiente para saber quién era. Le faltaba Theo.
Luna nunca se había conocido a sí misma tan bien como cuando estaba con él.
Theo la miraba, y se sentía… vista. No sabía cómo explicarlo en palabras. Tal vez lo más parecido es cuando una persona es capaz de diferenciar a dos gemelos porque uno es quien amas. Cuando un Amo es capaz de diferenciar a su mascota de 50 animales iguales. Theo la miraba, y Luna se sentía reconocida.
Por esa razón creó aquel brazalete.
Luna siempre le hacía joyería a Theo, pero esa pulsera- esa era especial. Pasó meses encantándola para que brillara cada vez que la mirara, y luego ella se hizo una igual. Así sus corazones podían encontrarse en medio de la oscuridad, incluso cuando ella creyera que ahora era imposible. Le servía tener el recordatorio de que su mente podía engañarla, pero sus sentimientos no. Creyó que esa seguridad perduraría por siempre.
Pero desde la Batalla de Hogwarts, la pulsera de Theo nunca brillaba al verla.
—Luna —dijo Eveline desde la puerta—. Hay un hombre esperándote.
Luna parpadeó como si hubiese sido despertada. Claro que había un hombre esperando en las protecciones, sentía su magia vagamente.
Eveline continuaba esperando una respuesta. Había pasado más de un año desde la última batalla y se notaba en la chica, ya que lucía más compuesta que nunca. Se cortó el cabello luego de no haberlo cepillado en meses; la hacía ver saludable.
Luna asintió y le hizo una seña para que dejara entrar al hombre. Eveline se marchó para dejarlo pasar, no sin antes sonreírle a Caleb quien se removió en los brazos de Luna, bostezando. Luna también sonrió, le era imposible no hacerlo cada que lo veía.
—Siento llegar así —dijo una voz minutos más tarde—. Quería visitar a Theo.
Luna levantó la mirada, encontrando a Draco Malfoy frente a ella parado como si su cuerpo no pudiera con la incomodidad. Tanto él como Harry habían venido repetidas veces durante su embarazo, pero desde el nacimiento de Caleb, sólo era Harry. A Luna no le molestaba; para Draco debía ser más difícil ver a su hijo que para cualquier otra persona.
—¿Harry? —dijo Luna.
—Está bien —respondió él—. Te manda saludos.
Aunque la hubiera visitado en distintas ocasiones, seguía siendo extraño ver a Draco vestido de forma casual, considerando que por un largo tiempo su único atuendo fueron túnicas negras, altas y hechas a la medida junto a un broche de gota roja. En la actualidad, sus ropas estaban llenas de colores pasteles o beige, y en su mayoría, eran más grandes de lo que debían. Incluso con esa gran cicatriz en su cara, su vestimenta le hacía parecer más joven e inocente, como un Remus Lupin en sus veinte.
—Me dijo… —comentó Draco con suavidad. Sus ojos estaban puestos en su hijo—. Le has puesto Caleb.
Luna asintió.
Draco esbozó una débil sonrisa. Cualquiera que lo viera así por la calle sería incapaz de pensar que él era Astaroth.
—Theo siempre quiso ponerle ese nombre a su hijo, desde que éramos pequeños —murmuró, tomando asiento al otro lado de la cama de Theo—. Eh… siempre lo reservó para una mascota, pero su padre no lo dejaba tener una. Al final acabó resignándose.
Luna se preguntó brevemente si Draco se dio cuenta de que –sin quererlo– comparó a su hijo con una mascota, pero lo dejó pasar. No es que le molestara, además. Si Theo estuviera allí, era probable que él hubiese contado esa anécdota.
La sonrisa de Draco se desvaneció y sus ojos ahora se enfocaron en Theo. Usaba una camiseta celeste que lo hacía brillar de una manera vulnerable.
—Lo extraño —confesó como si fuera un secreto, como si Luna no lo notara—. Más que nada. Más que cualquier otra cosa… era mi mejor amigo, y lo extraño. Necesito que me diga cómo… Simplemente cómo.
Theo solía hablar de Draco. Cuando estuvo cautiva y cuando salió… siempre hablaba de él. Fingía que no lo quería tanto y que le irritaba, y aunque lo último quizás era cierto a veces, eso de no quererlo se trataba de una gran mentira. Draco lucía compuesto, parecía estar acostumbrado al dolor. Luna sabía que terminaría levantándose de esto sin importar el resultado de la salud de su amigo.
Theo no lo hubiese hecho.
Draco fue la primera persona que le mostró bondad, la primera persona que lo trató con benevolencia sin esperar absolutamente nada a cambio. Luna estaba segura de que Theo medía su vida en un antes y después de Draco.
No, Theo nunca se hubiese recuperado de su pérdida. Siempre sería una espina en el costado, de esas que se incrustan en la piel y se hacen parte del cuerpo; de esas espinas que se quedan a vivir en la sangre.
—Lo siento —dijo Draco mirando la pálida cara de su amigo—. Lo siento por todo. Creo que yo debería estar en su lugar. O en el de Astoria. Ellos merecen vivir más de lo que yo lo hago.
Theo hizo unos sonidos incoherentes, casi como si respondiera a esa afirmación. Luna no podía decirle nada. Estaba hablando de Theo, y la parte más egoísta de sí deseaba afirmar esa oración.
La otra le tenía lástima.
—No sé por qué te estoy diciendo esto —murmuró Draco—. No tendrías por qué escuchar mi autocompasión.
Luna suspiró y luego de echarle una ojeada a su hijo, se levantó del asiento. Con cuidado caminó hasta Draco, y antes de poder arrepentirse, extendió los brazos para que tomara a Caleb.
Draco no hizo nada en un principio.
Nadie había tomado en brazos a Caleb, no desde el parto. Luna era incapaz de permitirlo; prefería que la espalda se le cansara en vez de entregarle de buena gana su hijo a alguien más.
Pero Draco era el mejor amigo de Theo, y podía hacer una excepción.
—Luce igual a él —dijo este, tomando a Caleb al fin.
Luna asintió. Draco quedó hipnotizado de inmediato, así como todos aquellos que pudieron observar a Caleb de cerca. Había algo en él que… te llamaba. Como un cofre lleno de oro. Luna quería ponerse delante de él para que nadie más lo viera.
—De verdad… —dijo Draco, tocando con suavidad la frente del bebé—. De verdad lo siento.
Luna puso una mano en su hombro mientras el hombre sostenía a su hijo. Draco tenía lágrimas arremolinadas en los ojos. Con cuidado, como si se fuera a romper, Luna acomodó su cabello. Era la primera vez que lo tocaba.
Lo sé.
•••
Mi padre siempre me dijo que cuando alguien lamenta en serio las cosas que hizo, debes perdonarlo. Todos tenemos derecho a caernos y a levantarnos y aprender. No nos corresponde a nosotros juzgar o condenar cuando no hemos estado en sus zapatos.
¿Pero esto puede aplicarse para todas los casos?
Draco Malfoy sirvió como el torturador personal de Tom Ryddle durante ocho años. Para cuando este libro esté publicado, es probable que ya existan otros cincuenta libros más sobre él, además de artículos e investigaciones acerca de quién fue y el rol fundamental que jugó durante la Segunda Guerra. Creó docenas de métodos de torturas y las ejecutó en los prisioneros (quienes eran mayoritariamente gente inocente); su propia casa fue un centro de torturas luego de la caída del Ministerio de Magia en el 2007.
Y estoy segura de que se arrepiente de lo que hizo.
Conocí a Draco en el colegio, compartimos lazos sanguíneos al igual que todos los sangre pura, así que conozco de primera mano cómo lo crió su familia. Desde pequeño tenía esta idea de superioridad metida en la cabeza, aunque en ese tiempo yo era demasiado ingenua para comprenderlo. Cuando lo volví a ver, años después, sólo parecía haber empeorado.
Sin embargo, Harry Potter se enamoró de él. Y así como Hermione es mi mejor amiga, Harry es mi mejor amigo y le confío la vida. Siempre lo he hecho. Si alguien como él vio lo bueno en Draco… ¿realmente su maldad es imperdonable?
No creo que me corresponda a mí juzgar, nunca fui su víctima. Yo sólo estoy pensando en sus acciones humanas, no en las heroicas que podrían redimirlo y exhortarlo de la culpa con la que carga. Tal vez lo que Harry vio fue que Draco cantaba en la ducha, o que cocinaba muy mal. Tal vez hacía ruidos nasales cuando se reía o hablaba con la boca llena. Tal vez Harry vio todas esas cosas pequeñas que lo hacían ser una persona común y corriente, y se convenció a sí mismo de que no era un monstruo. ¿Pero es eso suficiente para perdonar?
El número promedio de víctimas de Draco Malfoy supera las doscientas.
Doscientas personas que un solo hombre atormentó.
Sé que se arrepiente. Me lo dijo, Me pidió perdón, y no sólo a mí. Quizás cualquier otra persona lo habría mandado a la mierda, quizás se lo merecía, pero mientras me miraba a los ojos yo no vi al monstruo que la historia retratará, lo que yo vi fue a un hombre que está pagando las consecuencias de sus actos. Un hombre desolado que se vio envuelto en una situación imposible y tuvo que decidir transformarse en un torturador.
Sin embargo, ¿acaso eso justifica lo que hizo?, ¿es suficiente el servicio que dio a la Orden para absolverlo de sus crímenes?, ¿es suficiente comparar aquel número con todos los que salvó mientras era un espía?
¿Lo que Draco hizo siquiera era perdonable?
Como decía, no estoy en posición de juzgar. Soy consciente de quién es Theodore Nott y de las cosas que hizo, y cuando lo miro no veo a un Mortífago, sino al hombre que me cuidó hasta cuando no quería ser cuidada. Veo al hombre que se puso delante de una maldición para que no me cayera a mí. Veo al padre de mi hijo.
Tal vez mi papá tiene razón.
O tal vez él y yo estamos equivocados, y simplemente no puedo ver más allá de mi experiencia, porque nunca pasé por lo que los nacidos de muggles pasaron.
Al final del día, lo único que queda por hacer, es no dejar que existan otros Draco Malfoy o Theodore Nott.
No dejar que la misma historia se repita.
•••
—Me pediste una de mis pinturas —dijo Theo un día, mucho antes de que Luna se quebrara en aquella prisión—. Esta es una de las últimas.
Luna se acercó a los barrotes para verla. Theo la tenía metida en medio de sus túnicas y se la estaba mostrando como si le estuviese mostrando todos los secretos que yacían en el mar. No era tan grande, y se trataba más bien de un pergamino pintado con tiza. Había un hombre y una mujer dibujados; ambos se sentaban frente a frente imitando la posición del otro, y se miraban. Detrás no había más que oscuridad y unas cuantas luces que le hacían parecer el universo.
—¿Quiénes son? —preguntó Luna. No le parecían conocidos.
Theo miró a cada lado antes de responder, como si alguien fuese a pillarlos.
Otro secreto más.
—Leí una vez de ellos, en Hogwarts —susurró—. Son Penélope y Odiseo.
—Odiseo suena como un mal nombre para ponerle a un niño.
—Mi mejor amigo se llama Draco. Creo que vivo rodeado de malos nombres.
Luna sonrió y luego apuntó al hombre y a la mujer. Lucían serios.
—¿De qué están hablando?
—Es su reencuentro. Son esposos. Él tuvo que marcharse y ella esperó su regreso, pero pasaron más de diez años separados.
—¿Por qué?
—Por una guerra.
Como si hubiera sido llamada, esta pareció entrar a la habitación. La fealdad de la celda brilló. El olor a humedad se impregnó en el aire. Los barrotes de hierro se hicieron más pesados.
—Están muy lejos para ser un reencuentro —notó Luna. Habría esperado un poco más de besos, ¿no?—. ¿Por qué no se están abrazando?
—Han estado demasiado tiempo apartados del otro. Son dos extraños ahora.
—No lo creo.
—¿Qué?
Luna se encogió de hombros. Era obvio lo que le estaba diciendo.
—Que sean dos extraños. Tal vez ella no lo quería tanto.
—Pero lo esperó por más de diez años…
—¿Y? Si yo tuviera que esperarte un siglo, jamás te consideraría un desconocido.
Después de todo, Luna tenía buena memoria, obviamente reconocería a Theo, ¿cómo podría no hacerlo?
Theo la estaba mirando raro cuando Luna alzó la cabeza, como si no supiera qué hacer con ella. Eso estaba bien. La mayoría del tiempo, nadie sabía.
—Luna… —dijo él, maravillado y asustado en partes iguales—. Eso no es cierto. Yo sería diferente una vez que regresara.
—Pero yo no.
—Todos cambiamos.
Eso era cierto, pero Luna no pensaba que eso entre ellos cambiaría. Cuando alguien le importaba no solía pasar.
—No cuando se trata de nosotros —respondió, y Theo le dedicó una expresión adolorida. Luna quiso negar. No le gustaba verlo así. Su padre solía ponerlo así todo el tiempo.
—Luna —dijo él con voz débil—, soy tu secuestrador.
—No, eres mi amigo —respondió Luna con convicción—. Cuando regrese a casa, pintaré tu nombre en mi techo.
Sí, quedaría bien. Podría ponerlo justo a un lado de Ginny para así tener a las dos personas que más le importaban juntas por siempre. Luna se preguntaba qué pensaría ella de Theo; probablemente no le caería muy bien pero a Ginny nadie le caía bien. Luna la extrañaba. No podía aguantar las ganas de volver a verla cuando saliera de allí.
Alcanzó a captar un destello de sonrisa cuando volvió a centrarse en el cuadro. Mientras más lo miraba, más único se le hacía. Había algo en sus trazos que te atrapaba. Tal vez ese era el verdadero don de Theo: atrapar las almas de la gente. Luna no estaría sorprendida. Tampoco le asustaba: si existía alguien al que le entregaría su alma sin dudarlo, sería a él.
—¿Puedo quedarmela? —preguntó, estirando los brazos antes de recibir respuesta.
Theo ni siquiera dudó.
—Puedes quedarte todo lo que quieras.
•••
Eveline dejó caer los hombros. Había salpicado la pared con pintura blanca por décima vez.
—No creo que este mural vaya a quedar muy lindo…
Luna se encogió de hombros.
—Theo.
—Bueno, estoy segura de que a Theo le gustará si despierta. —Eveline se dio cuenta de su error y se corrigió inmediatamente—: Quiero decir, cuando despierte.
Luna continuó pintando. Su idea era replicar la galaxia de la pintura que Theo le dio más de ocho años atrás. Tal vez debió haberlo hecho en un lienzo, pero cuando encontró esa habitación vacía y blanca le pareció una muy buena idea hacerlo ahí. Era el único cuarto vacío de toda la casa. Luna quería saber la razón detrás de eso; quería saber tantas cosas… Cada semana se asomaba un secreto nuevo dentro de esas paredes. Era como navegar el mar.
Eveline salpicó de nuevo y un par de gotas cayeron en la cara de Caleb, quien estaba en la mochila porta bebé que Luna llevaba puesta. Su hijo se echó a reír de inmediato; Luna amaba eso de él más que cualquier otra cosa. Para alguien que la hizo sufrir tanto cuando llegó al mundo, rebosaba de una felicidad que llenaba aquella mansión. Luna escuchaba su risa todo el día, todos los días. Podía oírla desde el otro extremo de la casa rompiendo el cruel silencio que antes solía romperla a ella.
—A este niño le gustará más que nadie, eso te lo aseguro —dijo Eveline, acercándose para limpiar la cara de Caleb—. Si Draco ve esto puede que le dé un infarto.
—¿Harry?
—Harry se ofrecería a pintar con nosotras.
Luna sonrió. Harry y Draco se estaban convirtiendo en una constante en sus vidas, sobre todo en la de Eveline. La muchacha apenas experimentaba disociaciones o delirios ya, y se sentía genuinamente querida y respetada por esos dos hombres. Luna estaba feliz por ella; estaba feliz por ellos, en realidad. Después de tanta infelicidad era justo que conocieran la alegría.
—¿Has pensado en lo que Harry te dijo?
Luna asintió. No había mucho que pensar en realidad, apenas Harry le propuso ser una de las encargadas del nuevo orfanato estuvo de acuerdo, sólo creyó que era buena idea discutirlo con Molly y Hermione antes de hacer nada.
—¿Y…? —insistió Eveline.
Luna no respondió ni hizo ni un gesto, simplemente la miró. Su relación había evolucionado tanto que Eveline era capaz de discernir entre cada mirada de Luna. Sabía perfectamente cuando estaba enojada, cuando estaba contenta, o cuando simplemente la observaba porque quería hacerlo, porque estaba feliz de que esa chica fuera feliz.
Por lo mismo, Luna no tuvo que hacer nada más para que Eveline la entendiera.
—Aceptaste —dijo encantada. Luna apostaba a que lo que más le importaba a Eveline, era lo emocionado que Harry y Draco estarían—. Aceptaste.
Luna sonrió de nuevo.
Eveline no se detuvo a meditarlo. Dejó la brocha en el suelo y en dos grandes zancadas llegó adonde estaba Luna, envolviendo los brazos en su costado. Luna se desestabilizó, pero logró devolverle el abrazo al instante.
En su pecho, Caleb soltó una risa.
•••
Resulta extraño mirar hacia adelante y ver un futuro, cuando durante casi una década el único sentido de la vida fue la inminente muerte.
Hoy me puse frente a la ventana, esa que solía ser mi hábitat natural después de la guerra. Afuera, el jardín estaba verde, el cielo era tan celeste como los ojos de un gigante, y las flores tenían colores que no veía desde que era pequeña. La primavera había llegado, y yo ni siquiera me di cuenta.
Es raro pensar que hay niños naciendo en estos instantes, que conocerán este mundo reformado (o que trata de reformarse). Es extraño pensar que ellos crecerán acostumbrados a la paz, y al desprecio a la supremacía.
Es extraño pensar que lo único que ellos conocerán, es este mundo en el que crecen flores detrás de mi ventana.
Vi a mi hijo jugar en el patio: perseguía una mariposa y saltaba igual que un carnero. Eveline estaba de espaldas en el pasto, afirmándose el estómago de tanto reírse. Unos pasos más allá, Daphne gritaba y Hermione sostenía una cámara muggle junto a su niña, quien alentaba a Caleb con todas sus fuerzas como si se tratara de una competencia. Molly, a un lado, le decía que iba a caerse, y Harry tenía la varita lista para atraparlo de ser así. Draco sonreía.
Había flores a sus pies, en sus cabellos, en el aire. Había flores en todas partes.
Y de una vez por todas, quise salir a tocarlas yo también.
•••
Arthur y Bill fueron sanados.
Las visitas a la familia Weasley se volvieron más constantes.
Draco le confesó que llevaba años buscando la cura para Theo, y Luna comenzó a investigar junto a él.
El día que la encontraron, Luna estaba en su casa.
No la nueva, la antigua. Estaba subida encima de un taburete y tenía una brocha en mano.
A un lado de Ginny, pintó la cara de Theo. Su nombre se conectó a los otros, y la palabra "amigos" se esparció por todo el techo. Luna sonrió, sintiendo que sólo por eso, ya lo había recuperado. Después de perder tanto, era justo que le devolvieran algunas cosas.
Sin embargo, debía admitir, que si había algo que la guerra nunca pudo quitarle,
Se trataba de la esperanza.
