24
HUEVOS CON BEICON
Me siento frente a ella.
—¿No puedes dormir? —le pregunto.
Como respuesta, ella se da unos golpecitos en la cabeza con los nudillos.
—Demasiadas cosas montando jaleo aquí dentro. —Hace un gesto en dirección al estruendo de sartenes en las cocinas—. El cocinero ha perdido la cabeza —dice—. Creo que necesito un banquete. Le he dicho que solo quería huevos con beicon. Pero estoy bastante segura de que ha ignorado todo lo que le he dicho. Farfulló algo de un faisán. Tiene acento de nacido de la Tierra. No lo he entendido muy bien.
Unos momentos después, un cocinero marrón sale dando trompicones de la cocina cargado con una bandeja que no lleva solo huevos con beicon, sino también gofres de calabaza, jamón curado, quesos, salchichas, frutas y otra docena de platos. Pero no hay faisán. Sus ojos adquieren el mismo tamaño que los gofres cuando me ve. Tras disculparse por algo, deja la bandeja y desaparece solo para reaparecer un minuto más tarde con más comida.
—¿Cuánto piensas que comemos? —le pregunto.
Se queda mirándome sin más.
—Gracias —dice Mustang.
El hombre masculla algo inaudible y se retira haciéndonos reverencias.
—Creo que el Señor de la Ceniza era ligeramente distinto a nosotros —comento. Mustang empuja el plato de la fruta en mi dirección—. Creía que no te gustaba el beicon —digo. Se encoge de hombros.
—En la Luna lo tomaba todas las mañanas. —Delicadamente, unta los gofres con mantequilla—. Me recordaba a ti. —Evita mirarme a los ojos—. ¿Por qué no puedes dormir?
—No se me da muy bien.
—Nunca se te ha dado muy bien, cierto.
Excepto cuando tenías un agujero en el estómago.
Entonces dormías como un bebé.
Me echo a reír.
—Creo que el estado de coma no cuenta.
Hablamos de todo excepto de lo que deberíamos. Inocentes y tranquilas, como dos polillas bailando alrededor de la misma llama.
—Es asombroso lo grandes que son las camas, incluso en los cruceros estelares —dice Mustang—. La mía es monstruosa. Demasiado grande, de hecho.
—¡Por fin! Alguien que está de acuerdo conmigo. La mitad de las veces duermo en el suelo.
—¿Tú también? —Niega con la cabeza—. A veces oigo ruidos y duermo en el armario porque pienso que si alguien viene a por mí no mirará ahí.
—Yo también lo he hecho. La verdad es que ayuda.
—Excepto cuando el armario es lo bastante grande para alojar a una familia de obsidianos. Entonces es igual de malo. —De repente, frunce el ceño—. Me pregunto si los obsidianos duermen abrazados.
—No.
Enarca las cejas.
—¿Has investigado al respecto?
Me meto un puñado de fresas en la boca y me encojo de hombros cuando Mustang frunce el ceño
ante mis modales.
—Los obsidianos creen en tres tipos de contacto físico. La caricia de la primavera, la caricia del verano y la caricia del invierno. Tras la Revolución Oscura, cuando los obsidianos se levantaron en armas contra los antepasados de hierro, el Consejo de Control de Calidad se planteó arrasar el color entero. Ya sabes que les dieron una religión y les robaron la tecnología. Pero lo que más deseaban liquidar era la increíble afinidad que los obsidianos poseían entonces. Así que instruyeron al chamán de las tribus y compraron y pagaron a mentirosos para que advirtieran contra el contacto físico diciendo que debilitaba el espíritu. Así que ahora los obsidianos se tocan durante el sexo. Se tocan para evitar la muerte. Y se tocan para matar. Nada de dormir abrazados. —Me doy cuenta de que Mustang me está mirando con una sonrisilla de suficiencia—. Pero, por supuesto, tú todo eso ya lo sabías.
—Sí. —Sonríe—. Pero a veces es agradable recordar todo lo que sucede en tu interior.
—Ah.
Desvío la mirada cuando ella intenta sostenérmela.
—¡Se me había olvidado que puedes sonrojarte! —Me observa durante un instante—. Probablemente no lo sepas, pero una de mis tesis en la Luna versó sobre los errores en los teoremas de manipulación sociológica empleados por el Consejo de Control de Calidad. —Corta una salchicha con delicadeza—. Los taché de cortos de miras. La esterilización sexual química de la especie rosa, por ejemplo, ha llevado a una tasa de suicidios trágicamente alta en los jardines.
«Trágicamente». La mayoría habría dicho «improductiva».
—La rigidez de las leyes que mantienen la jerarquía es tan estricta que algún día estallará.
¿Dentro de cincuenta años? ¿Cien? ¿Quién sabe?
Estudiamos un caso en el que una mujer dorada se enamoró de un obsidiano. Hicieron que un tallista del mercado negro alterara sus órganos reproductores para que la simiente de él fuera compatible con los óvulos de ella. Los descubrieron y ambos fueron ejecutados, y sus tallistas, asesinados. Pero ese tipo de cosas han ocurrido cien veces. Mil. Simplemente las eliminan de los libros de registro.
—Es terrible —comento.
—Y hermoso.
—¿Hermoso? —pregunto asqueada.
—Nadie sabe que esas personas existen —explica—. Nadie excepto unos cuantos dorados con acceso a cierta información. El espíritu humano intenta liberarse, una y otra vez, y no a través del odio, como en la Revolución Oscura. Sino por amor. No se imitan los unos a los otros. No siguen la inspiración de quienes vinieron antes que ellos. Cada uno de ellos está dispuesto a dar el salto pensando que son los primeros. Eso es valentía. Y eso quiere decir que forma parte de quiénes somos como pueblo.
Valentía. ¿Diría lo mismo si supiera que una de esas personas está sentada frente a ella? ¿Vive en ese mundo de teorías del que me habló Ontari? ¿O realmente podría comprender…?
—Así que ¿cuánto tiempo pasará, me pregunto —continúa Mustang—, hasta que un grupo como los Hijos de Ares encuentre los registros y los publique? Lo hicieron con Perséfone. La chica que cantaba. No es más que cuestión de tiempo. —Hace una pausa y me estudia con atención cuando reacciono de manera involuntaria ante la mención de Costia—. ¿Qué pasa?
No le puedo contar lo que estoy pensando, así que miento.
—Tesis. Sociología. Tú y yo nos especializamos en cosas muy distintas. Siempre me había preguntado cómo sería tu vida en la Luna.
Mustang me mira burlona.
—¿Sí? Entonces ¿pensabas en mí?
—Tal vez.
—¿De día y de noche? ¿Qué llevará puesto Mustang? ¿Con qué sueña? ¿A qué chico estará bes…?
Sus últimas palabras hacen que se sienta avergonzada.
—Lexa, quiero explicarte algo.
—No tienes que hacerlo —digo haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia al asunto.
—Con Bellamy, aquello…
—Mustang, no me debes nada. No eras mía. No eres mía. Puedes hacer lo que quieras cuando quieras con quien quieras. —Me detengo—. Aunque Bellamy es un condenado imbécil.
Suelta una risotada. Pero el humor desaparece con la misma rapidez con la que ha llegado. Hay dolor en sus ojos. En su boca entreabierta. Su cuchillo y su tenedor, ociosos, se ciernen sobre su plato olvidado. Baja la mirada y niega con la cabeza.
—Yo quería que fuera diferente —murmura—. Ya lo sabes.
—Mustang… —Poso mi mano sobre su muñeca. A pesar de su fortaleza, la noto frágil bajo mis duras manos. Tan frágil como lo era la de la otra chica cuando la sujetaba en las profundidades de la mina. No pude ayudar a aquella chica. Y ahora me siento como si no pudiera ayudar a esta mujer. Ojalá mis manos estuvieran hechas para construir. Sabría qué decir. Qué hacer. Tal vez en otra vida habría sido esa mujer. En esta, mis palabras, como mis manos, son torpes. Y lo único que saben hacer es cortar. Lo único que saben hacer es romper—. Creo que sé cómo te sientes…
Mustang se aparta de mí con brusquedad.
—¿Cómo me siento?
—No quería decir… —Oigo un ruido, así que guardo silencio.
Miramos hacia el lugar de donde procede y allí está el cocinero, incómodo, con otra bandeja entre las manos. Se acerca de puntillas, la deja en la mesa y luego abandona la sala de espaldas, con nerviosismo.
—Lexa. Cállate y escucha. —Me mira con fiereza a través de los mechones de pelo que le han caído sobre la cara—. ¿Quieres saber cómo me siento? Yo misma te lo escupiré en la cara. Durante toda mi vida, me han enseñado a poner a mi familia por encima de todo lo demás.
»Lo que ocurrió con mi hermano en el Instituto…, cuando te lo entregué…, aquello me puso en contra de todo aquello para lo que me habían criado. Pero pensé que tú… —coge una profunda bocanada de aire que se entrecorta al final— eras una persona que se había ganado mi lealtad. Y creí que sería mucho más importante que en aquel momento te la entregara a ti y no a Finn, que nunca ha movido un dedo por mí. Sé que hice lo correcto, pero fue repudiar a mi padre, todo lo que él me había enseñado. ¿Acaso sabes lo que significa eso? Él ha roto familias con la misma facilidad que otros hombres rompen palos. Ostenta un poder inimaginable. Pero es más que eso. Es el hombre que me enseñó a montar a caballo, a leer poemas y no solo las historias militares. El hombre que estaba a mi lado y me permitía levantarme por mis propios medios cuando me caía. El hombre que no pudo mirarme a la cara durante tres años tras la muerte de mi madre. Ese es el hombre a quien rechacé por ti. No —se corrige—, no fue por ti. Sino por vivir de manera diferente, por vivir más. Más que de orgullo.
»En el Instituto, tú y yo decidimos romper las normas, ser decentes en un lugar de horrores. Así que formamos un ejército de amigos leales y no de esclavos. Elegimos ser mejores. Y luego tú mandaste todo eso al cuerno al marcharte para convertirte en una de las asesinas de mi padre. —Levanta un dedo en el aire—. No. No hables. Que haya hecho una pausa no significa que sea tu turno.
Se toma un momento para recuperar la compostura y aparta su plato.
—Bien, estoy segura de que entiendes que me siento perdida. Uno, porque creía que había encontrado a alguien especial en ti. Dos, porque sentí que abandonabas la idea que nos dio la posibilidad de conquistar el Olimpo. Ten en cuenta que estaba vulnerable. Sola. Y que tal vez caí en la cama de Bellamy porque estaba dolida y necesitaba un bálsamo para mi dolor. ¿Puedes imaginártelo? Adelante, contesta.
Me revuelvo en mi asiento.
—Supongo.
—Bien. Ahora métete esa idea por el culo. —Sus labios trazan una línea dura—. No soy ninguna
loca vestida con volantes. Soy un genio. Lo digo porque es un hecho. Soy más inteligente que cualquier otra persona que hayas conocido, a excepción tal vez de mi gemelo. El corazón no me entontece el cerebro. Busqué establecer una relación con Bellamy por el mismo motivo que permití que la soberana pensara que me estaba poniendo en contra de mi padre: para proteger a mi familia.
Baja la mirada hacia la comida.
—Siempre he sido capaz de manipular a la gente. Hombres, mujeres, da igual. Bellamy era una herida andante, Lexa, abierta y sanguinolenta a pesar de que hace dos años que mataste a Julian. Me bastó un segundo para darme cuenta, y sabía cómo podía hacer que se enamorara de mí. Le di a alguien que lo escuchara, alguien que llenase el vacío.
La dureza de su voz desaparece. Mira a su alrededor como si pudiera escapar de la conversación que ella misma ha iniciado. Si se detuviera, me alegraría.
—Le hice creer que no podía vivir sin mí. Sabía que era lo único que lograría mantener a salvo al resto de mi casa. Sabía que era la mejor arma que yo podía blandir en este juego. Sin embargo… era tan frío. Tan horrible. Como si fuera la bruja cruel que apresó a Odiseo, obligándolo a enamorarse, reteniéndolo para mis propios propósitos egoístas. Parecía muy lógico. Y cuando me rodeaba con sus brazos, me sentía como si me ahogara. Como si estuviese perdida, asfixiándome bajo el peso de todo lo que había hecho, asfixiándome bajo la idea de que ante mí se extendía toda una vida junto a alguien a quien no amaba.
»Aun así, era por mi familia. Era por las personas a las que quiero aunque no se lo merezcan. Muchos han hecho sacrificios mayores. Yo también podía sacrificar aquello. —Sacude la cabeza y las lágrimas que se forman en sus ojos reflejan las que se acumulan en los míos. Caen cuando dice—: Entonces tú entraste en la gala y… y fue como si la tierra se hubiera abierto para tragarme. Me sentí un fraude. Una chica malvada que se había inventado un motivo para hacer algo estúpido. —Intenta enjugarse los ojos—. ¿Es que no ves por qué lo hice? No quería que murieras. No quiero que mueras. No quiero que acabes como mi hermano Aden. Ni como Lincoln. Habría hecho cualquier cosa para impedirlo.
—Yo puedo impedirlo.
—No eres invencible, Lexa. Sé que crees que lo eres. Pero un día descubrirás que no eres tan fuerte como piensas, y yo me quedaré sola.
Guarda silencio cuando todo lo que se ha acumulado en su interior brota a borbotones por los ojos. No solloza. Pero las lágrimas caen. Es el tipo de mujer que se avergüenza de ellas. Me destroza verla así.
—No eres malvada —digo, y le tomo la mano entre las mías—. No eres cruel. —Ella niega con la cabeza y trata de liberarse. Le sujeto el mentón con los dedos de la mano derecha y le levanto la cabeza hasta que su mirada se entrelaza con la mía—. Y lo que haces por la gente a la que amas no puede juzgarse. ¿Lo entiendes? —Hago que mi voz suene más grave—. ¿Lo entiendes?
Asiente.
No debería ser así. Los dorados lo tienen todo y aun así exigen sacrificios incluso entre los suyos. Este lugar es nauseabundo. Este imperio está roto. Devora a sus reyes, a sus reinas, tan famélicamente como se come a los desposeídos que trituran su tierra. Pero no puede llevarse a esta mujer como hizo con la chica a la que enterré. No permitiré que la engulla. No permitiré que engulla a mi familia en Lico. Lo destruiré, aunque al final acabe conmigo. Le seco las lágrimas de la cara con el pulgar. Mustang es diferente al resto de su pueblo. Y cuando intenta actuar como lo hacen ellos, el corazón se le parte en mil pedazos. Al mirarla, me doy cuenta de que estaba equivocada. Ella no es una distracción. No pone mi misión en peligro. Es lo que le da sentido a todo esto. Sin embargo, no puedo besarla. No ahora, cuando debo romperle el corazón para romper este imperio. No sería justo. Yo me he enamorado de ella, pero ella se ha enamorado de mis mentiras.
—No puedes confiar en él —me dice en voz baja.
—¿En quién? —pregunto sobresaltada por sus repentinas palabras.
—En mi gemelo —susurra como si Finn estuviera sentado en una esquina de la sala—. No es una persona como tú. Es otra cosa. Cuando nos mira, cuando mira a la gente, ve sacos de carne y huesos. En realidad para él no existimos. —Frunzo el ceño cuando Mustang se aferra a mi mano—. Lexa, escúchame. Es el monstruo sobre el que no saben cómo escribir historias. No puedes confiar en él.
Su modo de decirlo me hace entender que Mustang conoce nuestro pacto.
—No confío en él —digo—. Pero lo necesito.
—Podemos ganar esta guerra sin él —asegura.
—Creía que habías dicho que no soy lo bastante fuerte.
—No lo eres —dice con una sonrisa—. Sola no. —Esboza su sonrisa torcida—. Me necesitas.
Ojalá fuera tan sencillo.
Poco después me separo de Mustang y me encamino a mis aposentos. Los pasillos están en silencio y me siento como una sombra que vaga por una especie de reino de metal. No sé cómo aceptar la ayuda de Mustang. Ni cómo debería comportarme con ella. Verla con Bellamy me hizo mucho más daño del que jamás le confesaré, y parte de mí sabe que no todo pudo ser manipulación. Él nunca fue un monstruo; y si alguna vez se convierte en uno, sé que será por mi culpa. La puerta corredera de mi habitación se abre con un siseo. Una mano se posa sobre mi hombro. Me doy la vuelta y me topo con el pecho de Ragnar. Ni siquiera lo había oído.
—Alguien respira ahí dentro.
—Teodora, probablemente. Es mi mayordoma rosa. Te caerá bien.
—Respiración dorada.
Asiento, sin preguntarle cómo lo sabe, y saco el filo de mi brazo. Cuando franqueo el umbral, se convierte en espada con un ligero susurro. Las luces, tenues, están encendidas. Registro las habitaciones de la suite en compañía de Ragnar y encuentro al Chacal sentado en mi salón con un jerez. Suelta una risita al vernos armados.
—Lo admito, resulto bastante amenazador.
Lleva un albornoz y zapatillas de estar en casa. Le digo a Ragnar que puede marcharse. Con sus heridas, debería estar descansando. A regañadientes, sale caminando con dificultad.
—Parece que en este barco no duerme nadie —comento cuando me acomodo en el sofá junto al Chacal—. Supongo que tenemos que reestructurar un poco nuestro acuerdo.
—Te gustan los eufemismos, ¿verdad? —Le da un sorbo al licor y suspira—. Creí que iba a ahogarme en aquella condenada laguna. Siempre había pensado que mi muerte sería algo espectacular. Lanzado contra el sol. Decapitado por un rival político. Y sin embargo, cuando llegó… —Se estremece, tiene un aspecto extremadamente frágil y aniñado—. No fue más que una frialdad indiferente. Como las piedras del Instituto cayéndome encima de nuevo en aquella mina.
Tiene razón, no hay calidez en la muerte. Yo lloré como una cría cuando pensé que iba a morir después de que Bellamy me acuchillara.
—Obviamente, esto cambia nuestra estrategia, pero no creo que deba alterar nuestra alianza.
—Yo tampoco lo creo —concedo—. Necesitaremos a tus espías más que nunca. Plinio no se tomará bien mi ascenso. Y tú estás atrapado aquí, en la corte de tu padre. Ese político intentará eliminarnos a los dos.
No hago mención de los Hijos de Ares. Tal como imaginaba, todos se olvidaron de ellos en cuanto derramé la copa de vino sobre el regazo de Bellamy.
—Plinio tendrá que desaparecer. Pero tú y yo deberíamos mantener cierta distancia social hasta entonces, para que no sepa que la amenaza contra él es conjunta. Es mejor que malinterprete nuestros recursos individuales.
—Y además así los Telemanus seguirán dirigiéndome la palabra —digo.
—Cierto. Me quieren muerto.
—Y con razón.
—No se lo niego. Pero es condenadamente inoportuno. —Me pasa un holocom que se saca del bolsillo—. Están sincronizados. Llamaré a mis barcos para que se unan a nosotros, y me imagino que tú te quedarás aquí con tu nuevo premio. No tendría sentido tener lanzaderas yendo de un lado a otro. Quiero preguntarle por Leto. Por qué lo mató. Pero ¿por qué mostrarle a un monstruo que conoces su fuerza? Solo me convierte en una amenaza para él. Y ya he visto cómo se ocupa de las amenazas. Mejor hacerme la ignorante y asegurarme de que siempre le resulto útil.
—La guerra nos ofrece más oportunidades —le digo—. Dependiendo de hasta dónde pretendamos que se extienda…
—Creo que entiendo lo que quieres decir.
—Todos los demás tratarán de apagar las llamas, de conservar lo que tienen. Especialmente Plinio. Y tu hermana.
—Bien, entonces tenemos que ser más listos que ellos.
—Ella no debe salir herida. Esa parte de nuestro acuerdo es inamovible.
—Si alguna vez le hacen daño, creo que vendrá por tu parte, no por la mía. —Puede que tenga razón—. Pero te comprendo: avivar las llamas. Propagar la guerra. Ganarla. Quedarnos con los despojos.
—Creo que sé exactamente cómo hacerlo. ¿Qué puede contarme tu red de contactos acerca de los astilleros de Ganímedes?
