TERCERA PARTE
CONQUISTAR
Cuando caiga la Lluvia de Hierro sé valiente. Sé valiente.
CHARLES AU ARCOS
25
PRETORES
—Estamos acabados, eso es lo que ha dicho el archigobernador de Calisto. —El archigobernador Jake au Augusto echa un vistazo en torno a la mesa para ver si entendemos la gravedad de sus palabras. Los ángulos aquilinos de su rostro atrapan las luces de la sala de guerra del barco, que le hunden las mejillas y le confieren el aspecto de un halcón que se mira el pico—. Y ¿por qué no debería decirlo? El Núcleo se ha organizado en nuestra contra. Neptuno está en órbita lejana, así que los barcos de Vespasiano tardarán seis meses en venir a apoyarnos. Durante todo este tiempo mis portaestandartes han permanecido escondidos detrás de sus escudos en sus ciudades de Marte y tan solo envían en nuestro auxilio a sus segundos o terceros hijos. —Mira a los dos miembros más alejados de la mesa—. Su debilidad nos inutiliza. Y ahora estoy aquí, sentado en el consejo con mis pretores, mis hombres de armas, y ¿qué fantásticas estrategias conciben?
Correr. Eso es lo que dicen. Escapamos de la Luna hace un mes. Y no hemos dejado de correr desde entonces, porque la soberana fue astuta y sus fuerzas llegaron a Marte antes que nosotros. No es así como pensaba que irían las cosas. Pero la verdad es que nada de esto es por mi maldita culpa. El archigobernador está rodeado de estúpidos precavidos. De dorados demasiado asustados de perder todo el favor y el poder que han acumulado en el pasado como para arriesgarlo ahora. Aún peor, me expulsan. Se forman alianzas contra mí. Se les ve en los ojos, en los hombros. Mi ganancia es su pérdida. Incluso aquellos que me siguieron en la Luna. Incluso aquellos a los que salvé de una muerte segura. Le hacen lo mismo al Chacal, y consideran una victoria que no esté aquí, en esta sala, peleándose con ellos. Gran error. Estoy sentada, diez sillas más allá de mi señor, a la ingente mesa de roble de la sala de guerra de su buque insignia, el acorazado Invictus, de seis kilómetros de eslora. El techo está a cuarenta metros de nuestras cabezas. La sala es excesivamente grande e imponente. El relieve tallado de un león nos fulmina con la mirada desde el centro del tablero. Hay más de cuarenta puestos vacíos. Los de los consejeros de confianza que se han ido, que han abandonado a Augusto como las ratas de un barco que se hunde. Con nosotros están Plinio, el pretor Kavax, su hijo Daxo y medio centenar de los pretores, legados y portaestandartes más poderosos de Augusto. No me dedican miradas asesinas. No es algo tan infantil. Estos dorados tienen autoridad sobre más de mil millones de almas. Así que simplemente me ignoran y siembran la duda en Augusto sobre mis ideas.
—¿Estamos de acuerdo, entonces, con el archigobernador de Calisto? ¿Estamos acabados? —pregunta Augusto airado.
Antes de que nadie pueda contestar, las enormes puertas se abren introduciéndose en las paredes de mármol. Mustang las franquea caminando tranquilamente, pasándose una manzana de una mano a la otra.
—¡Siento el retraso!
Sonríe a su padre, se acerca a él y le da un beso demasiado refinado en el anillo que representa una cabeza de león.
—Mandé a llamarte hace más de una hora —dice Augusto.
—¿Sí? —Mustang le lanza una mirada a Plinio—. No deben de haberme encontrado. Me he enterado de que estabas aquí porque fui a buscar a mi hermano para jugar una partida de ajedrez. —Se ríe de la broma. Solo los Telemanus la entienden. Con un suspiro, se encamina hacia el extremo opuesto de la mesa. Al pasar tras ellos, les da un cariñoso apretón a Daxo y Kavax en los hombros. Kavax la saluda con palabras atronadoras y cálidas. Mustang se sienta y pone las botas militares encima de la mesa—. ¿Me he perdido algo? Claro que no. ¿Vacilantes como siempre?
Un tic sacude la mejilla de su padre.
—Esto no es un establo —dice con la mirada clavada en sus botas.
Suspirando de nuevo, la chica baja los pies y frota la manzana contra su manga negra.
Es una de las pocas mujeres de la sala.
Agripina au Julii debería estar aquí, pero fue su traición lo que privó a la flota de Augusto de las piezas suficientes para capturar Marte con rapidez. Y fue su traición lo que ha hecho que Augusto ponga a Octavia bajo vigilancia para asegurarse de que su lealtad hacia él es verdadera. Necesité emplear casi toda mi influencia con el archigobernador para que no la encerrara en el calabozo. Nos han perseguido desde los mundos del Núcleo hasta aquí, mucho más allá del camino orbital de Marte. Se han apoderado de nuestras operaciones mineras en los asteroides. Han congelado los activos de Augusto. Y sus ciudades, las que no se han rendido ya a la soberana, están sitiadas. Por no hablar de que han puesto precio a nuestras cabezas. A los viejos no les gusta que la mía sea la segunda más valorada, tras la de Augusto.
—Antes de que nos interrumpieran —continúa Augusto—, creo que alguien estaba justificando sus pos…
Crac. La voz de Augusto se desvanece cuando Mustang le da un estruendoso mordisco a su manzana. La chica repasa las caras de enfado que la miran. Yo contengo una carcajada.
—Mi señor. —Plinio se inclina hacia delante—. Me temo que no hay más alternativa que continuar nuestra retirada táctica. Si las cosas continúan de este modo, perderemos. Y tú, mi señor, serás juzgado por… —Crac. Da un respingo antes de continuar—: traición. —Echa una ojeada en torno a la mesa, a sus aliados comprados y pagados—. No nos queda más que un camino.
—Continuar huyendo con nuestra flota hasta que los refuerzos de Vespasiano lleguen desde Neptuno —murmura Augusto—. Dentro de seis meses.
El político asiente.
—O la rendición.
—Ojalá hubieras matado a Abby cuando tuviste la oportunidad, chica —dice Kavax.
—Si lo hubiera hecho, todos los aquí presentes estaríamos muertos —replico.
Daxo asiente.
—Mi padre no pretendía ofenderte. Tan solo expresaba un deseo.
—¿Por qué no mataste a Abby?
Plinio me mira con los ojos entornados, escéptico.
—No podría haberlo hecho. Estaba en una sala con Indra au Grimmus. Tal vez si tú hubieras estado allí, podrías haberlo hecho mejor, pero yo soy una mujer mortal.
Los pretores que saben de lo que hablo se ríen.
—Ni siquiera Charles au Arcos se habría atrevido —masculla Augusto—. Y una vez lo vi matar Sucios con un filo. Lexa hizo lo que pudo. —Centra su atención en mí—. ¿Tú también piensas que deberíamos seguir huyendo?
—Hace que parezcas débil.
—Somos débiles —asegura Plinio—. Pero esto hace que parezca sabio.
—Los hombres sabios leen libros de historia, Plinio. Los hombres fuertes los escriben.
—¡Deja de citar a Charles au Arcos! —me espeta.
—Pensé que estarías abierto a todo tipo de conocimiento.
—Tus muchos años de vida te convierten sin duda en una autoridad en innumerables cosas —canturrea Plinio—. Recicla más máximas de viejos guerreros para que podamos aprender más de la vida y la sabiduría.
—Esto no va sobre mí, querido Plinio. Así que corta el ad hominem. —Hago un gesto en dirección al archigobernador—. Esto va sobre nuestro señor. Sobre su destino.
—Qué melodramático que lo señales, Lexa.
Augusto se frota los ojos, cansado de nuestras riñas.
—Los jóvenes no pueden evitar ser impacientes —prosigue Plinio—. Pero debemos recordar que no hay deshonra en la prudencia, mi señor. Un retraso de seis meses es un pequeño precio a pagar a cambio de la victoria. —Estira sus manos de dedos largos—. De hecho, el tiempo es nuestro aliado. Abby no puede permitirse peinar el Sistema Solar buscándonos. No con el Senado tan dividido en casa. Su mano avarienta será de hierro. Rastrillará las espaldas de los otros archigobernadores y no pasará mucho tiempo antes de que los que la siguen comiencen a irritarse bajo sus órdenes. Descubrirán por qué luchamos contra ella; es decir, que no es nuestra representante, sino una emperatriz. Eso nos dará tiempo. Que a su vez nos dará poder. Que a su vez nos dará la posibilidad de pedir una paz rentable.
El pretor Kavax estampa un puño contra la mesa.
—Al cuerno con eso.
Es un hombre titánico, hecho más de roca que de carne. Tiene un cuello tan grueso que yo ni siquiera podría abarcarlo con las dos manos. Al contrario que la mayoría de los dorados, se ha afeitado la cabeza y se ha dejado crecer la barba. Es espesa y la lleva teñida de rojo sangre. Cuando las luces se atenúan, brilla como un hierro de marcar en la noche. Solo le quedan tres dedos en la mano izquierda. Dicen que su hijo, Daxo, se los arrancó de un mordisco cuando era pequeño. Aunque Daxo siempre sonríe y, con su voz suave, sugiere que fue su hermano pequeño, Lincoln. Los Telemanus son los únicos pretores de la sala que no están en deuda, de uno u otro modo, con Plinio.
Me cae bien Kavax.
—Me hinchan las pelotas. ¡Estas charlas de florecillas me hinchan las pelotas! —gruñe Kavax—. No deberíamos estar en esta posición. Dame permiso, mi señor, y cogeré a mil hombres de mi guardia para encargarme de los cobardes que no respondieron a tu llamada. Lo siento, cariño —le susurra a su zorro favorito, Sófocles, una cosa cobriza y de orejas puntiagudas que da un respingo ante el ruido atronador de la voz de su amo.
Sófocles come unas gominolas de la ingente palma de Kavax. Esperamos a que Kavax vuelva a concentrarse en su discurso.
—¿Decías, Kavax? —lo insta Augusto con una sonrisa rápida que reserva para sus favoritos.
—Padre.
Daxo le da un codazo al gigante. El hombre alza la mirada, sobresaltado.
—Ah. Y cuando les arranque las pelotas y se las cuelgue de sus propias orejas como si fueran pendientes, los demás recordarán que tú eres quien gobierna Marte y suplicarán auxiliarte, Jake.
Satisfecho, vuelve a ofrecerle gominolas a Sófocles.
—Y sabrán que nosotros, señores, hemos sido leales —añade Daxo rápidamente al tiempo que señala a los dorados que rodean la mesa, que asienten agradecidos.
Daxo chupa una ramita de canela. Sonríe incluso más que Lincoln, aunque sus sonrisas son la mitad de grandes y el doble de maliciosas. El único ceño fruncido que he visto en su cara fue cuando vio al Chacal en la gala. Ese resentimiento concreto no desaparece. Como es lógico. El Chacal les arrebató a su Lincoln. En respuesta, ellos exigieron su cabeza. Por su parte, Augusto desterró al Chacal de Marte. Pero ahora la guerra trae nuevas complicaciones, nuevas necesidades. Y el Chacal parece haber sido perdonado a ojos de su padre, aunque no a los de los Telemanus. Los observo con mucha atención. No son estúpidos, a pesar de la apariencia que les gusta lucir. Solo espero que no se percaten de mi alianza con el asesino de Lincoln.
—Deberíamos recordarles a todos que no es tan fácil liberarse del vasallaje —concluye Daxo con una voz asombrosamente cordial—. Una visita de mi padre y mis hermanas les recordaría a otros portaestandartes sus obligaciones para contigo en tiempos de guerra. —Ladea la cabeza cómicamente, permitiéndonos admirar la calidad de los ángeles dorados grabados en su cuero cabelludo—. Dejar huella está en la naturaleza de los Telemanus. Puede que aumentara nuestras filas.
—Mis señores del trueno —dice Augusto con una sonrisa—. Siempre deseosos de violencia. —Se pasa un dedo por el dorso de su larga mano izquierda—. Pero no. Ese recordatorio debe esperar. El castigo solo puede imponerse en la victoria. Parecería mezquino, el triste pataleo de un hombre que se ahoga, teniendo en cuenta que mi flota está desperdigada y mis legiones, atrapadas tras los escudos de mis ciudades.
Mira a Plinio y le pregunta cómo les va al resto de nuestros aliados comerciales. Miro de reojo a Mustang, que se da cuenta y enarca una ceja preguntándose cuándo vamos a empezar.
—Todos nuestros políticos han sido recibidos —contesta Plinio con lentitud. Hoy lleva una capa de pintalabios negro muy serio—. Como sabéis, mis políticos y yo deliberamos tras nuestra huida de la Luna y desarrollamos un análisis teórico bastante avanzado de potenciales cambios de alianzas…
—¿Con ordenadores? —pregunta Kavax con una carcajada explosiva.
—Con ordenadores —continúa Plinio irritado—. Mis analistas verdes realizaron simulaciones. Ninguna de las Lunas Galileas, Io, Calisto, Ganímedes y Europa, se aliarán con nosotros. Ni en la simulación ni en la realidad.
—No podemos decir que sea una sorpresa —masculla un pretor que parece un halcón—. Obtuvimos los mismos resultados con las lunas de Saturno.
Plinio prosigue:
—Naturalmente, temen las repercusiones de elegir el bando equivocado. Los gobernadores de Saturno son, de momento, una causa perdida. Ven el cadáver de Rea en su cielo todos los días. En el sector galileo, la presencia de Charles de Arcos en Europa supone un problema. Sus… inclinaciones políticas aislacionistas han demostrado ser contagiosas para los archigobernadores de las lunas de Júpiter, sobre todo teniendo en cuenta que su ejército privado es el doble de grande que el de cualquiera de los archigobernadores.
—¿Aislacionismo? Es más bien una jubilación —suspira Augusto—. Tal vez esté en su derecho.
—Tú te volverías loco, padre —dice Mustang desde el final de la mesa—. Sin tácticas, sin complots, sin estratagemas. Solo familia y tiempo que pasar con Finn y conmigo.
La sonrisa de Augusto es tensa, ilegible.
—Qué bien me conoce mi hija.
—Lo que más me preocupa —vuelve a intervenir Plinio— es que los galileos, según sus propias palabras, dudan de la validez de nuestra causa.
—Eso es porque no tenemos causa alguna —protesto recordando mi papel—. Al menos no hasta donde a alguien pueda importarle.
—Explícate —me exige el archigobernador.
—Está en ello, padre —interviene Mustang—. Es que a Lexa le va el drama.
Miro en torno a la sala con parsimonia, asegurándome de que todo el mundo me presta atención.
—No me equivoco al decir que los gentiles dorados de esta sala comprenden la naturaleza humana, ¿verdad? Aunque no fuera así, ¿qué nos motiva? ¿Una causa? No. Ninguno de nosotros tiene una causa. ¿Libertad? ¿Independencia? ¿Justicia? —Pongo los ojos en blanco—. Lo dudo. ¿Qué nos importa que la soberana actúe como una emperatriz? ¿Qué nos importan el Pacto y las libertades que garantiza a los dorados? Nada.
»Tiene que ver con el poder. Siempre tiene que ver con el poder. Nos enfrentamos a ella porque nos hemos unido a una estrella, el archigobernador. Pero la estrella cae, se desvanece…
Kavax medio se levanta de su asiento.
—No insultes a tu señor como si…
—¿Como si fuera qué? ¿Estúpido? No lo es, así que cállate. Los Belona toman Marte. Se harán con los contratos, con los puestos de gobierno. A nosotros nos expulsarán a la periferia, muertos o sin ninguna relevancia. —Mi voz juguetea con el público—. El poder es lo único que tiene valor en este mundo. Pensad en Roan au Rath, mi leal aliado durante tres años. Pero en cuanto mi estrella comenzó a caer, me robó y se largó por la puerta de atrás. Un ladrón en mitad de la noche.
»¿Cuántos sitios vacíos hay aquí que estaban llenos antes de lo de la Luna? Muchos hombres y mujeres que habrían sangrado por Augusto. Muchos hombres y mujeres que habrían dado sus ojos por él cuando estaba sentado en su estrado de Agea. Ahora… —Me sacudo las manos—. Estamos perdiendo. Huir es marchitarnos y morir. Si queremos volver a ascender, atraer a los galileos a nuestra causa, reunir a los gobernadores de Saturno bajo nuestros estandartes, entonces demostrémosles que no hemos perdido todo el poder. Demostrémosles que rezumamos poder. Somos árbitros de la vida y la muerte. Nosotros, no los Belona, somos la Casa de Marte.
Plinio intenta decir algo, pero Augusto le hace una señal para que guarde silencio.
—¿Qué propondrías?
—Las familias galileas tienen predilección por la Luna por un motivo. El comercio. Ganímedes tiene los astilleros. Calisto es poco más que una fábrica de grises y obsidianos para los ejércitos de la Sociedad. Europa es un acuario de bancos, minas submarinas y casas vacacionales. Io es el granero de todos los mundos del camino orbital de Júpiter. Dependen demasiado del comercio con el Núcleo para pasarse a nuestro bando. E incluso el crío más vulgar sabe lo que ocurrió cuando el Señor de la Ceniza descendió sobre Rea. —Los pretores asienten tras mis palabras—. Así que debemos impresionarlos. Debemos aterrorizarlos para que sepan que nuestro poder puede caer sobre ellos en cualquier momento y que no pueden arriesgarse a enemistarse con nosotros.
—¿Cómo? —pregunta Augusto.
Ahora todos han mordido ya el anzuelo. Deposito mi filo sobre la mesa para que sepan qué tipo de asunto propongo.
—Tomamos sus barcos. Nos llevamos a sus hijos. Nos los llevamos como aliados al igual que los espartanos se llevaron a sus mujeres. Por la fuerza, de noche.
Se hace el silencio a mi alrededor. Después llega el alboroto. Plinio deja que sus pretores ataquen la idea con furia. Él gasta su energía en susurrar al oído de Augusto. Le lanzo una mirada a Mustang, pero ella observa a los demás, calibrándolos.
—Fanfarronadas. —El archigobernador silencia la sala y vuelve a dirigirse a mí—. No he oído un plan.
—Un plan. Dos partes.
Toco un terminal de datos y el holo que me dieron los agentes del Chacal se extiende sobre la mesa para mostrar Ganímedes. La luna brilla con los tonos azules y verdes de sus océanos y bosques, resplandeciente contra la vaporosa superficie de Júpiter, jaspeada de blanco y naranja. Los astilleros grises rodean la luna. Los amplío para que se expandan a lo largo de la mesa y por encima de ella. Hago un listado de los barcos registrados poniendo especial énfasis en uno.
—Ganímedes tiene un destructor de lunas.
Silbidos alrededor de la mesa.
—¿Un destructor de lunas? —susurra alguien.
—¿Esta información es fiable? —pregunta Augusto.
Asiento.
—Muy fiable. —Muevo los dedos para rotar la imagen de los muelles. A la sombra de un muelle orbital flota un barco como mi Lincoln, pero más nuevo, más grande. Negro como la noche y ocho kilómetros de eslora—. Lo encargó la mismísima soberana para regalárselo a su nieto.
Kavax casi babea ante la imagen del monstruoso barco.
—Qué mujer más cariñosa.
—Suponiendo que esto no esté amañado. —Plinio inspecciona el holo—. ¿Cómo has dado con esta información?
—A mí también me cuentan cosas los pajaritos.
—No seas esquiva. Es importante.
—Mis fuentes son mías, al igual que las tuyas te pertenecen, Plinio.
—Entonces ¿quieres robar el destructor de lunas de Ganímedes? —pregunta Plinio—. Eso es un acto de guerra.
Me echo a reír.
—No. Me has entendido mal. Quiero robar todas las naves.
