Ninguno de los personajes de la serie de Tv. Merlín me pertenecen al igual que tampoco los de la saga de Harry Potter.


UN OSCURO COMIENZO


El camino de regreso fue tenso.

Godric y Merlín no dejaban de lanzarle miradas sospechosas, pero no preguntaron absolutamente nada. Y ella lo agradeció porque en esos momentos se sentía tan abrumada por todos los cambios que habían sucedido en las últimas semanas y lo único que quería era poder pensar y analizar sus sentimientos.

Lo primero que había causado un impacto en Hermione era comprender que, a pesar de todos los años, Arturo aún no estaba preparado para aceptar, comprender o respetar la magia o a las personas que la poseían. Le había dolido este hecho, pero poco a poco había entendido que esto no era algo por lo que debía de desesperarse, sino que requería de toda su paciencia. Después de todo, su hermano había pasado la mayor parte de su vida siendo criado bajo los preceptos de Uther.

Luego estaba lo acontecido con Morgana.

En el pasado Hermione había creído que ella, cuando el rey y el príncipe descubrieran la verdad, se sentiría mejor consigo misma, más aliviada incluso al no tener que ocultar que conocía esta traición ni temerosa de ser acusada de mentirosa si intentaba advertir a alguien; pero no había sido así. En absoluto. Porque ahora que todos sabían sobre la verdadera lealtad de la joven mujer y que comprendían que era poseedora de magia, no hacían más que creer que habían sido los poderes que poseía los que la habían corrompido y, bajo esta lógica, todos los que también poseían magia eran vistos como una amenaza para el reino, tal como lo habían sido durante todos esos años.

¡Y lo peor de todo era que no sabía cómo combatir contra más de veinte años de historia!

Ella no esperaba que todo el mundo, literalmente, aceptara la magia como parte natural del universo. Después de todo, sabía mejor que nadie que en el futuro el mundo mágico permanecería oculto. Sin embargo, ese mundo mágico se había organizado y ningún mago o bruja tenía realmente miedo de ser asesinado por muggles.

Eso le daba esperanzas. Al igual que se las había dado la visita de Harry y Athenas al reino. Su antiguo amigo y su descendiente le brindaron la oportunidad de confiar en que ese futuro llegaría eventualmente; y que serían Arturo, Merlín y ella los que ayudaran a forjarlo.

Sólo debía de tener confianza y luchar.

Quizás era más fácil decirlo que hacerlo, pero eso no importaba.

Ella no era de las que se rendían.

El pensamiento la hizo sentir un poco mejor consigo misma y repentinamente se encontró ansiosa de poder tener tiempo de leer el libro que le habían obsequiado e intentar realizar algún hechizo y corroborar si encontraba alguna diferencia en su magia. Sin embargo, el viaje de regreso le pareció demasiado corto y allí se encontró con demasiadas cosas que hacer.

— ¿Qué quieres decir con que se marchó? —cuestionó Arturo, contemplándola con una expresión de confusión en su rostro.

—Se marchó—repitió Hermione la mentira que había estado creando mientras cabalgaban de regreso—. Quiso vivir los últimos años que le quedaban en paz junto a su esposa. Quizás incluso intentar tener una familia. Entiende, Arturo, Harry siempre va a estar profundamente agradecido por la oportunidad que le has brindado, sintiéndose honrado de ser nombrado Caballero de Camelot, pero esta repentina enfermedad le ha hecho pensar en que esa no es la vida que quería para él, ¿lo entiendes?

—No—dijo sinceramente pero no como intención de ofender—. Esta es la única forma de vida que conozco.

—Harry conoció otra vida antes de llegar al castillo y la extrañaba.

Arturo tomó la mano de Hermione y la miró con intensidad.

— ¿Cómo estás? —quiso saber.

—Bien—. Él no pareció muy convencido de esa respuesta. —. Realmente estoy bien, Arturo—le aseguró—. Lo extrañaré, pero sé que Harry estará bien y eso es suficiente para mí.

—Supongo que tienes razón—suspiró y luego le sonrió ligeramente—. Además, si lo extrañas demasiado, sólo debes escribirle y pedirle que venga a visitarte.

Hermione forzó una sonrisa mientras rogaba que su hermano no se diera cuenta que era totalmente falsa.

—Por supuesto.

Terminó contándole a Merlín todo lo que había sucedido con Lady Vivianne esa misma noche y él tampoco se mostró entusiasmado de que ella había sido obligada a beber sangre y participar de un hechizo que tanto sufrimiento le causó. Hermione intentó tranquilizarlo, haciéndole ver que ella se encontraba bien y que, a pesar de sus dudas iniciales, ahora ya no se sentía tan asustada como antes.

—Me aseguró que sentiré la diferencia en mi magia, aunque quizás no en un primer momento.

— ¿Y has intentado realizar algún hechizo?

—No—se movió incómoda—. Quería que estuvieras presente cuando lo intentara.

Merlín asintió, pareciéndole una decisión muy acertada. No sabía cómo la magia de la Suma Sacerdotisa afectaría a Hermione y prefería que hubiera alguien a su lado para ayudarla cuando fuera necesario. Pero resultó no ser necesario porque tras hacer levitar una de sus pertenencias, la vio fruncir el ceño.

— ¿No sentiste nada? —quiso saber.

La vio negar con la cabeza.

—Supongo que como siempre, se trata de realizar un hechizo significativo e importante. Cuando llegué aquí y volví a tener una varita en mi poder, no fue fácil realizar magia a pesar de que llevaba practicándola desde mis once años—. Lo pensó por unos momentos—. No me siento diferente aún, pero si algún día cambia, realmente espero que esto sea para bien.

Él también lo esperaba.

Aunque Camelot no fue destruida, Morgana dejó mucho dolor y mucho miedo en el reino, por lo que tuvieron que trabajar arduamente para tranquilizar a las personas a pesar de que nadie sabía dónde se había metido. La buscaron, realmente lo hicieron, pero no hubo noticias de ella ni de Morgause.

Lentamente, todo fue volviendo a la normalidad. Arturo se hizo cargo de todas las responsabilidades de su padre, pero nunca se adjudicó la corona para sí, negándose a tener el título de rey hasta que su padre diera el último respiro. Lo cual podría ser en cualquier momento teniendo en cuenta que Uther parecía ser sólo una sombra marchita de lo que alguna vez fue. A penas comía y se movía de la cama al sillón que se encontraba frente a su ventana para quedarse contemplando la nada.

En las ocasiones en que Hermione fue a verlo, nunca pareció reconocer su presencia. No sabía si era porque su mente realmente estaba en otra parte o porque no quería verla. Había intentado hablarle y tomarle la mano, pero nada. Arturo tampoco había obtenido mejores resultados.

Gwen se autonombró la encargada de cuidarlo y los dos hermanos no pudieron estar más agradecidos con ella porque no confiarían en cualquier persona para hacerse cargo de una tarea tan importante. Arturo era quién más se derretía de amor por aquel gesto por parte de la doncella y Hermione no podía culparlo—por el contrario, estaba más que feliz de ello—, porque era un acto sumamente bondadoso teniendo en cuenta todo el daño que el rey le había causado a la joven.

Merlín también se volvió invaluable para Arturo, aunque esto no era algo que el príncipe admitiría por propia voluntad. Ahora que tenía más tareas que cumplir, su sirviente estaba siempre ahí, ayudándolo y molestándolo al mismo tiempo, haciendo el trabajo con aquel particular modo de ser que lo caracterizaba. Incluso algunas veces escribía los discursos que debía de dar el heredero al trono… sin que Hermione se enterara, por supuesto, ya que sino la joven princesa dejaría muy en claro que esa no era precisamente una de sus responsabilidades. De todos modos, a Merlín no le importaba hacerlo. Arturo solía dar buenos discursos cuando se sentía motivado, pero cuando no lo estaba, las palabras parecían escapársele.

Fue aproximadamente tres meses después de la desaparición de Morgana que alguien apareció repentinamente en el castillo. Arturo estaba profundamente emocionado por la visita, mientras Hermione estaba simplemente sorprendida que su tío, hermano de su madre, decidiera hacer acto de presencia en esos momentos, cuando nunca, en todos los años que ella llevaba viviendo allí, había ido a visitarlos.

—Es un hombre muy ocupado, Hermione—le aseguró Arturo cuando ella compartió sus sospechas con él—. Debemos sentirnos honrados con su presencia porque ha dejado de lado sus ocupaciones para ayudarnos. Ese es un verdadero acto de lealtad familiar. Por favor, se amable.

—Lo seré—le aseguró.

Hermione intentó entender al hombre, a sus circunstancias basadas en la época en la que vivían, a las grandes distancias y a los escasos medios de transportes que impedían un viaje rápido. De todos modos, cada vez que estaba frente a su tío Agravaine, no podía dejar de sentirse incómoda; especialmente porque sentía que los ojos del hombre parecían posarse en ella por más tiempo del adecuado.

—Te pareces a tu madre—le dijo él en una ocasión.

—Gracias, tío—le había respondido Hermione con cuidado—. Aunque me lo han dicho antes, realmente creo que ella era mucho más hermosa.

Agravaine le había sonreído con cierta nostalgia en la mirada, haciendo que Hermione recordara que era un hombre que había perdido a los dos únicos hermanos que poseía: primero a su hermana menor, cuando Arturo y ella nacieron, y luego su hermano mayor, cuando se batió a duelo contra Uther. Por eso sintió un poco de simpatía por él. Ella no sabría lo que haría si llegara a perder a Arturo.

—Era una de las mujeres más hermosas del reino y tuvo muchos pretendientes, pero ella se enamoró perdidamente de Uther.

No había rencor en sus palabras, lo que la hizo pensar que quizás el hombre realmente no culpaba a Uther por lo sucedido y que tal vez él estaba allí con buenas intenciones, queriendo ayudarlos en esos complicados momentos. No obstante, hubo un detalle que hizo que Hermione permaneciera alerta: Crookshanks. Su querido gato parecía odiar fieramente a su tío, esquivándolo como si su vida dependiera de ello. Las pocas veces que se encontraban en una misma habitación, el animal se erizaba y gruñía amenazadoramente, lanzándole una mirada de profundo desprecio.

—Creo que tu gato viejo tiene un problema—indicó Arturo una mañana, mientras llevaba a Crookshanks en sus brazos—. Me desperté con un peso en mi pecho.

—Duerme contigo porque le agradas—le aseguró Hermione mientras tomaba a su mascota entre sus brazos y lo acariciaba con delicadeza— ¡Y no lo llames viejo!

—El problema no fue que duerma conmigo, Hermione—le aseguró su hermano—. Entró nuestro tío a mi habitación y el condenado animal se enfureció ¡y clavó sus garras en mi pecho!

Él abrió los primeros botones de su camisa y le mostró las marcas rojas que tenía su piel, pero Hermione simplemente bufó.

—Es sólo algo superficial—le aseguró— ¿Y por qué entró a tu habitación mientras dormía?

—Fue a buscarme para charlar sobre un asunto antes de tener que consultarlo con el consejo—le comentó—. Pero ese no es el punto. Él—señaló a Crookshanks— debe aprender a tener mejores modales.

Ella sabía cuánto apreciaba Arturo al hombre por lo que no comentó anda sobre sus sospechas.

—Él tiene excelentes modales—indicó con ferocidad—. Quizás Agravaine lo asustó. Así que la próxima vez que tengan que reunirse, por favor, asegúrate de que no moleste a mi gato.

Y con ello, dio media vuelta y se alejó con paso firme y veloz. Arturo miró con incredulidad como su hermana se marchaba ofendida, cuando él tendría que estar ofendido por aquel injusto ataque. Más sorprendido estuvo cuando Crookshanks pareció mirar hacia atrás para verlo y lanzarle una mirada burlona.

Agitó la cabeza de un lado al otro, reprendiéndose a sí mismo por tal ocurrencia. El condenado gato no podía haber entendido absolutamente nada de lo que acababa de pasar.

El tiempo siguió pasando, pero Agravaine no mencionó jamás que tenía planes de marcharse de Camelot por lo que pronto se volvió parte habitual de la corte, siempre al lado del príncipe. Los consejos que le daba a su hermano no eran malos y jamás pronunció una mala palabra en contra de Uther, por lo que Hermione no tuvo modo alguno de probar que tenía malas intenciones.

Todo volvió a ser como era antes y pronto se encontraron nuevamente organizando el Samhain de ese año, donde celebrarían el final de una buena temporada de cosechas y el inicio de los tiempos fríos, y se tomarían el tiempo de honrar a aquellos que ya no estaba a su lado. Hermione, por su parte, sabía que se trataba un poco más que eso: en sus ratos libres, que no eran muchos, buscaba aquel libro que le había obsequiado Lady Vivianne y lo leía, ansiosa de conocer más y más. No sólo se trataba de un libro de hechizos, parecido al que poseía Merlín, sino que también le brindaba valiosa información sobre la Antigua Religión, las Sumas Sacerdotisas y los rituales, deidades y demonios que eran capaces de invocar.

—Quisiera intentar esto.

Estaban sentados uno al lado del otro al borde de la cama de la princesa, con el libro abierto sobre las rodillas de Hermione. Merlín miró atentamente el ritual que estaba especificado y notó, para su alivio, que realmente no era nada oscuro.

— ¿Por Ingrid?

Hermione asintió una vez con su cabeza.

Aunque aún dolía la muerte de su doncella y la extrañaba profundamente, había logrado encontrar cierta paz interior.

—El Samhain es la mejor época para ofrendar a los que ya no está con nosotros porque el velo entre los vivos y los muertos es más delgado. Éste es un ritual de agradecimiento. Sólo debemos cantar esto frente a la luz de una vela y nuestros ruegos por el alma de Ingrid serán escuchados. Podríamos intentarlo esta noche, después de la celebración.

Merlín asintió.

—Seguramente tu hermano caerá dormido en cuanto su cabeza toque su almohada por lo que no tardaré mucho en escabullirme.

— ¿Estás insinuando que estará cansado o que beberá de más? —preguntó ella con cierta diversión mientras cerraba el libro y lo dejaba cuidadosamente a un lado.

Merlín sólo se encogió de hombros.

—Supongo que lo dejaremos a la suerte—le respondió mientras se ponía de pie—. Me tengo que ir o me matará por no despertarlo a tiempo.

Hermione frunció adorablemente los labios, disgustada con la idea de él dejándola.

—Casi no nos vemos—se quejó—. ¿No podemos simplemente tener otro día para nosotros? —sugirió, aunque supo que la respuesta era un rotundo "No".

—Si consigues que Arturo me dé un día libre, me tienes a tu entera disposición—le sonrió antes de inclinarse y dejar un beso en su mejilla.

Pero Hermione fue rápida y, antes de que él pudiera apartare, buscó sus labios para besarlo lenta pero firmemente. Merlín casi gimió ante el simple toque, sintiendo que la boca de ella era suave y dulce contra la suya. No debía de estar haciendo aquello. No solían tener tanto tiempo para pasar momentos como esos por los que les resultaba tan fácil perder la noción de todo lo que los rodeaba cuando sucedían. Estuvieron a punto de ser descubiertos por algunos sirvientes en algunas ocasiones y el mismo Arturo abrió la puerta de las cámaras de la princesa cuando ellos estaban enfrascado en medio de una sesión de besos.

Y aunque Merlín tenía permiso de cortejar a Hermione, al parecer no tenía el mismo permiso de besarla porque terminó teniendo que pasar el resto de la noche despierto, lustrando con un diminuto trozo de tela todo el piso de la Cámara de Tronos.

—Hermione…—intentó apartarse del beso, pero en cuanto lo hizo ella enredó sus brazos alrededor de su cuerpo y lo empujó a la cama.

Merlín jadeó sorprendido, pero ella volvió a actuar velozmente, subiéndose a su regazo a horcajadas mientras volvía a besarlo, esta vez sin tanta suavidad, pidiendo permiso para usar su lengua. Fue imposible no concedérselo y pronto se vieron enfrascados en algo mucho más apasionado, donde las manos de ambos buscaban acariciar todo lo que estuviera a su disposición.

Hermione apartó sus labios de los de él, consiguiendo que Merlín gimiese en protesta. Pero pronto ese gemido fue de placer cuando ella apartó el pañuelo que tenía alrededor de su cuello y comenzó a besar la piel expuesta, mordisqueando y succionando la piel hasta el punto de sentir un ligero dolor que, increíblemente, fue placentero al mismo tiempo. La vio apartarse suavemente, sonriendo con cierto orgullo mientras observaba la marca que había dejado en la piel del mago.

— ¡Agh! —gruñó Merlín mientras cerraba los ojos con fuerza y apartaba sus manos de ella para no caer en la tentación—. Voy a llegar muy tarde, ¿por qué hiciste eso?

— ¿Te estás quejando? —preguntó con diversión.

Le hubiera gustado ser de ese tipo de hombre firmes que pueden rechazar a una tentadora mujer como Hermione, pero no lo era. Le parecía completamente imposible hacerlo cuando ella se mostraba tan abierta a compartir besos y caricias, cuando gemía en su oído si era él quien prodigaba besos en su cuello o acariciaba sus muslos. ¡Cuántas veces había soñado con ella diciendo su nombre una y otra vez!

—No—aseguró, atreviéndose a abrir los ojos para encontrarse con su mirada ardiente.

—Sólo quise darte algo para que me extrañes—le susurró con coquetería mientras tomaba su mano y comenzaba a besar la palma, el dorso y sus dedos—. Yo definitivamente te extrañaré.

Le dio un mordisco juguetón en la yema de uno de sus dedos y Merlín tuvo que volver a cerrar los ojos y tragar saliva para humedecer a su garganta repentinamente seca. Su mente había ido a lugar nada inocentes con aquel gesto por parte de la joven mujer que lo enloquecía del mejor modo posible. Últimamente era increíblemente fácil que su imaginación volara con pensamientos inapropiados porque, más allá de unos cuantos besos intensos y caricias groseras, no habían vuelto a hacer absolutamente nada más desde aquel día en que Arturo se atrevió a llevar a una cita a Gwen, permitiéndoles tener a ambos su propio tiempo a solas. Y eso había sucedido hace casi un año.

—Debo irme.

La miró implorándole perdón, consiguiendo que ella sonriera amorosamente.

—Lo sé—se deslizó fuera de sus piernas y se paró al lado de la cama mientras él hacía lo mismo—. Tengo que organizar los últimos detalles de la celebración de esta noche.

Tomando aire profundamente e intentando calmar completamente su deseo por ella, le lanzó una última mirada antes de salir de la habitación y comenzar a correr por todo el castillo, concentrándose sólo en intentar llegar lo antes posible para que Arturo no exigiera saber dónde había estado o que había estado haciendo para retrasarse de ese modo. Pero antes de ir a las cámaras del príncipe tuvo que desviarse hacia las cocinas, donde la noche anterior había colgado cuidadosamente una de las camisas para que se secasen después de haberla lavado apresuradamente.

La cocina era un caos.

Todos iban de un lado al otro, preparando los platillos para la cena de esa noche. La cocinera al verlo entrar entrecerró los ojos con sospecha y se apresuró a acercarse a él, ondeando un cucharón de mental como si se tratara de una especie de espada.

— ¿Qué crees que estás haciendo en mi cocina?

—Sólo vine por la camisa del príncipe—le prometió mientras la esquivaba e iba hacia la prenda.

— ¡Mantén tus sucias manos lejos de mi comida! —le advirtió antes de volverse a continuar con sus tareas.

Merlín hizo un sonido afirmativo mientras robaba rápidamente un bollo. Uno solo no implicaba una gran diferencia entre el montón de la bandeja. Rápidamente se lo llevó a la boca antes de tomar la camisa y salir de allí.

El pasillo también era un completo caos y Merlín tuvo que ser muy hábil para esquivar a todos los sirvientes que iban y venían. Sin embargo, un solo segundo apartó los ojos de su camino y eso bastó para chocar con alguien que llevaba una jarra de vino tinto. La mala suerte pareció burlarse de él porque aquel líquido oscuro terminó cayendo completamente sobre la pulcra camisa del príncipe, dejándola con una horrible mancha bordó imposible de ocultar.

—Quizás debas probar con un poco de sal—sugirió Lancelot con diversión, deteniéndose para contemplar a su amigo.

— ¡Arturo me va a matar! —exclamó el mago con horror, maldiciéndose a sí mismo por su torpeza.

—Déjame ver—se acercó a contemplar la prenda y sonrió—. Has enfrentado cosas peores, Merlín.

—Pero lo necesita para esta noche—aseguró—. No lograré…

—Estoy seguro que un hombre con tus talentos puede pensar en algo—lo interrumpió el caballero.

Merlín asintió, sintiéndose algo tonto por no haber pensado en usar magia desde un primer momento. Murmurando un rápido hechizo mientras Lancelot vigilaba que nadie les prestara atención, consiguió que la tela volviera a lucir limpia, incluso más limpia que antes de que él la lavara a mano.

—Eso es—Lancelot lo palmeó un par de veces en el hombro, como si estuviera felicitándolo, antes de volver a su camino.

—Espera—Merlín lo alcanzó y lo contempló con seriedad— ¿Todavía no has hablado con Hermione? —el caballero se movió incómodo—. Debes hacerlo, lo que viste…

—No es asunto mío—completó Lancelot, prefiriendo olvidar aquellos eventos pasados.

—Pero ella quiere explicarte. Es una persona muy amable y no es de la clase que usaría sus… talentos... para dañar a alguien más. No a menos que le den una excusa para hacerlo—aclaró cuando recordó que Lancelot la había visto atacar furiosa a Morgause.

—Merlín, es suficiente—lo reprendió el caballero con seriedad—. Realmente no quiero hablar de ello con nadie.

— ¡Es que no lo entiendo! —exclamó elevando la voz pero cuando se dio cuenta que podía llamar la atención de los demás, volvió a hablar en voz baja—. No entiendo cómo puedes estar bien conmigo, pero no con ella. Sigue siendo la misma que conociste años atrás, cuando viniste por primera vez a Camelot.

Lancelot lo miró con cierto cansancio.

—No tengo nada en contra de ella ni con sus capacidades, Merlín. El asunto es que ella es la hermana de Arturo, y él es el rey al que prometí ser leal… ¿Cómo podría serlo si oculto algo tan grande como eso? ¿No sería traición?

— ¿A caso no es traición también si le ocultas lo que sabes de mí? —cuestionó el mago.

—Lo es, pero es más fácil de sobrellevar por el hecho que no estás emparentado directamente con él.

—Sigo sin entenderlo—admitió Merlín.

—No espero que lo hagas, sólo quiero que respetes mi decisión de no querer hablar con nadie sobre el tema. Prefiero ignorar que lo sé.

Merlín apretó los labios, tragándose sus protestas, pero asintió con la cabeza, aceptando de momento su decisión. Luego, le hizo un gesto de despedida y continuó su camino sin mirar atrás, volviendo a correr mientras rogaba que Arturo no lo matara por despertarlo casi una hora más tarde de su horario habitual. Sin embargo, cuando finalmente llegó a las cámaras del príncipe heredero, éste ya estaba de pie frente a su escritorio con un largo trozo de papel y una pluma en la mano.

—Estás vestido—dijo con incredulidad mientras intentaba recobrar el aliento.

—Sí, Merlín, no soy idiota—gruñó mientras se daba vueltas para ir detrás de su escritorio a seguir escribiendo.

El mago sonrió divertido al ver que la camisa del príncipe estaba enrollada en la parte de atrás, dejando ver la parte baja de su espalda. ¿Cómo es que no sentía que la piel estaba descubierta?

— ¿Estás seguro de eso? —cuestionó divertido.

— ¿Qué? —preguntó mientras apartaba los ojos del pergamino para mirarlo con molestia.

—Es que tienes…—comenzó a explicarse.

—Merlín—lo interrumpió Arturo—, estoy intentando de escribir un discurso.

— ¿Quieres que te ayude? —se ofreció.

—No.

— ¡Oh! Bueno, no querrás esto, entonces.

Arturo vio que Merlín le mostraba un pergamino pulcramente enrollado. Extendió la mano a pesar de sus mejores deseos, con todo el orgullo que poseía y cuando lo tuvo, comenzó a leerlo. La caligrafía de su sirviente dejaba mucho que desear, pero era bueno con las palabras iba a admitir (aunque nunca en voz alta).

—Necesitas pulirlo—le indicó, devolviéndoselo.

El mago lo tomó con cierto mal humor. A su modo de ver el discurso era simplemente perfecto.

—Lo agregaré a mi lista, señor—dijo sarcásticamente mientras volvía a juntar la ropa que estaba esparcida por toda la habitación.

Arturo tiró a un lado el discurso que él mismo había estado intentando escribir.

—Merlín, no hay muchos sirvientes que tengan la oportunidad de escribir el discurso de un príncipe—le aseguró—. Obviamente, sería mejor que lo agradecieras.

Merlín lo miró con incredulidad.

— ¿Quieres que te agradezca por permitirme hacer uno de tus deberes? —cuestionó—. ¿A caso quieres que le comente a Hermione que soy yo quien escribe usualmente tus discursos?

El ceño del príncipe no tardó en aparecer ante la mención de su hermana.

—Tengo cosas mejores que hacer antes de estar escribiendo mis discursos—gruñó—. Y si llegas a decirle a Hermione te mataré, ¿entendiste, Merlín? ¿O quizás necesitas pasar otra noche puliendo los pisos de todo el castillo?

—Creo que la muerte sería una dulce aliada—comentó.

—Merlín…

—Entendí, mantendré mi boca cerrada—gruñó mientras le daba la espalda y volvía a sus tareas, pensando que, como venganza, no le diría absolutamente nada sobre su camisa mal acomodada.

Hermione nunca tuvo que organizar una celebración sola. En el pasado, su padre siempre estuvo allí para guiarla y ordenarle sobre el protocolo correspondiente. Sin embargo, en esta ocasión, no tenía a nadie. Su padre se encontraba demasiado perdido en el dolor como para siquiera ser consciente de la realidad que lo envolvía y Arturo, por su parte, tenía su propia lista de tareas para poder llevar el reino adelante. No estaba precisamente nerviosa pero sí demasiado ansiosa de que todo saliera a la perfección.

No obstante, cuando fue llamada por su hermano para escuchar sobre las novedades que traían de regreso los caballeros que habían salido a patrullar, supo que pretender la perfección era un sueño demasiado utópico. Y esa idea sólo se acentuó cuando oyó finalmente las novedades. Las terribles novedades.

—Los informes son ciertos, señor—indicó León con preocupación—. Nos topamos con Morgana en los llanos de Denaria.

— ¿Estaba sola? —quiso saber el príncipe.

—Había alguien más allí—le aseguró Elyan.

— ¿Morgause?

—No podría asegurarlo.

Agravaine dio un paso hacia adelante.

— ¿Hacia dónde se dirigía Morgana? —cuestionó.

—Los mares de Meredor—indicó León.

—La isla de los Benditos—comentó Gaius, sabiendo perfectamente el destino de la bruja.

El silencio fue pesado. Aunque muchos de los presentes lucharían orgullosamente en contra de la magia y todo aquel que la poseía, conocían perfectamente en valor sagrado que tenía este lugar para los practicantes de la Antigua Religión.

—Enviaré una patrulla al despuntar el alba—indicó Agravaine, rompiendo con la tensión.

—Gracias—Arturo asintió hacia él.

—Señor—León volvió a hablar—, debe saber que sus poderes han aumentado. Sir Bertrand y Sir Montague están muertos.

Hermione jadeó, sorprendida por aquella terrible noticia. No conocía demasiado a los dos caballeros, pero estaba completamente segura de que habían sido valientes y honorables. A su lado, Arturo parecía sin palabras.

—Que se aseguren de hacer llegar nuestras condolencias a sus familias—dijo ella con prisa—. Y que no duden en acercarse a nosotros si requieren algo.

León asintió y de inmediato hizo una reverencia, al igual que Elyan. Pronto, todos los imitaron y comenzaron a salir del salón sin mirar atrás.

Merlín, que había permanecido en silencio todo el momento, lanzó una mirada en dirección a Hermione, pero al ver que ella contemplaba a Arturo, siguió su camino. Luego tendría tiempo de hablarle.

—Durante meses, nada—comentó finalmente el príncipe a su hermana y su tío— ¿Por qué ahora?

—Sabíamos que no podría permanecer oculta por siempre—aseguró Agravaine—Hoy, mañana, ¿qué importa? No debemos vivir con miedo, Arturo.

—No estoy de acuerdo—interrumpió Hermione.

Los dos hombres voltearon a contemplarla.

— ¿Disculpa? —Agravaine la miró con seriedad.

—Lo siento, tío—musitó ella aunque realmente no lamentaba haberlo interrumpido—. Pero sí importa la fecha de su reaparición—le aseguró—. Hoy, de todos los días, celebraremos una fecha que tiene un valor sumamente importante para la Antigua Religión. El Samhain es una noche en la que el velo entre el mundo de los muertos y los vivos es más delgado, ideal para realizar una innumerable cantidad de hechizos.

—Cuántos conocimientos—comentó Agravaine, contemplándola con curiosidad.

—Por supuesto que sí— Arturo pareció no ser consciente de lo que intentó implicar el hombre mayor—. Hermione es una fuente valiosa de información—. Se volteó hacia ella—. ¿Tienes idea de qué podría estar planeando?

Ella negó con la cabeza.

—Me temo que no, pero no puede ser nada bueno.

—Camelot es fuerte—aseguró Agravaine—. Si Morgana decidiera actuar ahora, estamos listos para ella.

Hermione nuevamente no estaba de acuerdo, pero no quería contradecir demasiado a su tío delante de su hermano. En cuanto tuviera la oportunidad, hablaría con él a solas.

Pero no tuvo la oportunidad ese día. Arturo siguió con sus responsabilidades y ella con las suyas, intentando dejar todo listo para la noche. Como ya no tenía una doncella a su entera disposición —se había negado rotundamente a tener una a pesar de la insistencia de su hermano—, fue Gwen la que se acercó a ayudarla para prepararse. Eligió uno de sus vestidos rojos bordados con hilos de oro, haciendo honor a los colores del reino, y la joven recogió su cabello de manera elegante antes de colocar su corona encima de su cabeza.

—Te ves hermosa—le aseguró—. Merlín no podrá creer la suerte que tiene de tenerte a su lado.

Hermione sonrió a su vez.

—Creo que la afortunada soy yo—dijo, repitiendo el pensamiento que había tenido cientos de veces—. ¿Estás segura de que no puedes ir?

—Alguien tiene que quedarse con tu padre.

—Sí, pero no tienes que ser tú. Podemos llamar a alguien más.

—Pero quiero hacer esto—le aseguró—. Perderme una noche de fiesta no es de gran importancia.

—Me encargaré de que Arturo te recompense de manera adecuada, entonces—le aseguró, ganándose un rubor de parte de la doncella.

—No es necesario, Hermione.

—Claro que lo es—se puso de pie y la miró de frente—. Y si tu futuro es ser la reina de Camelot, tendrás que aprender a mostrarte más firme.

El rubor de Gwen se intensificó ante esas palabras.

— ¡Por favor, Hermione! —exclamó—Eso es simplemente ridículo.

—Mi hermano es el futuro rey y puso sus ojos en ti, ¿cuál crees que es el futuro que te espera si su relación avanza?

—No lo sé—admitió con cierta vergüenza—. Intento no pensar demasiado en eso, aunque la mayor parte del tiempo imagino que él se casará con alguna princesa que esté a su altura y yo… bueno… seguiré estando aquí.

— ¿Cómo su amante? —preguntó Hermione, adivinando cuál sería la reacción de la joven mujer ante sus palabras.

Los ojos de Gwen se abrieron enormemente ante esa idea.

— ¡Eso es atroz y escandaloso! Arturo nunca…

—Por supuesto que no, Gwen. Arturo te dará el lugar que corresponde a su lado. A menos que se enamore de alguien más, no se casará con nadie si no es contigo—le aseguró—. Lo que quiero decir es que dado que en tu futuro existen posibilidades que van más allá de ser una simple sirvienta del castillo, tendrías que ir demostrando más seguridad. No me refiero a ser irrespetuosa, sólo defender firmemente lo que crees correcto.

Gwen forzó una sonrisa y Hermione supo que estaba por decir algo sólo por complacerla.

—Gracias por el consejo.

Hermione no insistió, sabiendo que sólo el tiempo terminaría dándole la razón.

La fiesta estaba siendo simplemente perfecta.

Su hermano la había felicitado por haberla organizado tan bien, pero especialmente por la decoración y la elección del banquete. Aunque ella no podía precisamente darse el crédito por todo ya que lo único que hizo fue decidir y decir a los demás qué hacer. Aún así, todos parecían estar disfrutando enormemente, charlando, comiendo y bebiendo.

Desde su posición, a la izquierda de su hermano, había visto a Merlín. Habían intercambiado saludos corteses desde la distancia antes de ser interrumpidos porque uno de los miembros de la corte había llamado al mago para que le sirviera más vino. Ella ansiaba que pronto su relación realmente se formalizara como para poder tenerlo sentado a su lado. Sin embargo, eso era algo que no estaba segura de cuándo podría suceder.

Arturo se puso de pie, con la copa en la mano, llamando la atención de todos los presentes con sólo ese gesto.

—Samhain—comenzó a decir—, esta es la época del año en la que nos sentimos más cerca de los espíritus de nuestros ancestros. Es un momento para recordar a aquellos que perdimos y para celebrar su ida.

Todos los escuchaban con suma atención, especialmente Hermione, que se encontraba bastante intrigada por las palabras de su hermano porque era precisamente de ese modo en el que se sentía. Dolía saber que alguien a quien amaba ya no estaba en ese mundo pero esa misma noche realizaría un pequeño ritual en su honor.

Morgana nunca antes en su vida había sentido tanto miedo como en ese momento.

El castillo se elevaba por encima de ellas bajo un cielo oscurecido por la noche. Se sentía tan insignificante en ese momento, especialmente bajo el peso de la decisión que su hermana había tomado. Porque ella, aunque finalmente había aceptado, nunca habría pensado por cuenta propia hacer algo como aquello.

—Vamos.

La voz débil de Morgause sólo hizo que su pecho se estremeciera de dolor. Un dolor que nada tenía de físico, sino más bien pertenecía a su alma, a su corazón.

Caminaron muy lentamente hacia el interior del castillo debido a las graves heridas de la mujer, que se apoyaba contra ella para poder avanzar. Las piernas de su hermana fallaron en algunos momentos y estuvieron a punto de caer, pero Morgana se encargó de estabilizarla y seguir avanzando.

Cada vez que miraba a Morgause, el dolor que sentía se mezclaba con una rabia ciega hacia Hermione. Ella había sido la responsable de esto. ¡¿Cómo había podido, la muy traidora?! ¿Cómo alguien con magia podría haber permanecido tanto tiempo al lado de una persona como Uther sin querer matarlo con sus propias manos después de enterarse de todo lo que había hecho? ¿Cómo había podido haber atacado a uno de los suyos de ese modo? ¿A caso no había podido ver que ese era un cambio necesario?

Y al mismo tiempo se enojaba consigo misma por no haber detectado a tiempo que Hermione también poseía magia… ¿Cómo no había podido verlo? Hermione también se había enfrentado a su padre, cierto, pero nunca lo suficiente. Le había entregado aquel maldito collar con una piedra mágica… ¿A caso no había sido esa una pista de su naturaleza?

—Ya casi es Samhain—dijo Morgause—. Debemos apresurarnos.

Habían llegado a un salón destruido, sin techo alguno y sólo con una especie de altar de piedra en el centro.

Morgana soltó a su hermana, quien siguió avanzando, mientras sentía que su corazón se estremecía de terror. Quiso correr. Huir. Abandonarlo todo.

—No puedo hacerlo—musitó.

Morgause giró su rostro desfigurado y, tras unos segundos, extendió su mano hacia ella. Morgana dudó pero finalmente terminó aceptando y volviendo a caminar a su lado.

—Hermana, recuerda lo que te dije—indicó—. Esta es la única manera. Lo que estás por hacer afectará a todos. Incluso a ti. Pero lo más importante, pondrá de rodillas a nuestros enemigos—finalmente llegaron frente al altar—. Debes ser fuerte y recordar eso.

Morgana miró aquel altar de piedra que se elevaba del suelo, amenazante. Tembló. Se volvió a contemplar a su hermana y la vio con sus manos extendidas hacia ella, con las palmas hacia arriba, sosteniendo una larga y delgada daga. El plateado del metal contrastaba con los guantes oscuros que Morgause usaba. Lentamente alzó la vista hacia los ojos de su hermana y notó seguridad en ellos. No temor.

—No tengas miedo—le indicó.

Morgana tomó lentamente la daga, aferrándola en sus manos, mientras que Morgause apoyaba sus manos en la piedra.

—No duraré mucho en este mundo—le aseguró—. Ya no queda nada para mí aquí.

Morgana comprendía que las heridas que tenía su preciada hermana iban mucho más allá de la curación, mucho más allá que la magia. Había heridas que cicatrizaron, como las de su rostro y sus piernas, pero las internas todavía permanecían a pesar de que habían pasado meses desde que se las habían hecho. Comprendía que cada día que pasaba era una tortura para la mujer. No dormía bien, le costaba alimentarse y moverse. Su cuerpo se marchitaba lentamente y se encaminaba hacia un final inevitable.

Pero saber todo eso no impedía que Morgana sintiera miedo.

Morgause se subió encima del altar con dificultad, pero una vez que estuvo encima, la miró con una pequeña sonrisa.

—Por favor, hermana—le imploró—, deja que mi partida sea mi último regalo para ti.

Lucía tan segura de aquello que Morgana no pudo decir nada más. La vio tenderse encima del altar y ella caminó a su lado, aferrándose firmemente a la daga que sostenía entre sus manos ligeramente temblorosas.

El hechizo que tenía que recitar se lo había aprendido tiempo atrás, pero de todos modos tuvo que forzar su mente para recordarlo antes de dejar que las palabras salieran de su lengua. Elevó la daga por encima de su cabeza y, aunque no se sintió lista y su corazón se partió en mil pedazos por lo que estaba por hacer, la bajó con fuerza, clavando la punta afilada en el pecho de su hermana. La oyó jadear, dando el último aliento de vida.

Luego, todo sucedió con demasiada prisa.

El viento comenzó a soplar, una luz blanquiceleste resplandeció y una fuerza invisible la empujó hacia atrás, elevando su cuerpo por el aire hasta dejarla caer contra el suelo bruscamente.

Merlín sintió que algo andaba mal.

Muy mal.

Su mente pareció sumergirse en una nube de vapor que lo adormeció y, sea a donde fuera que mirase, todo parecía transcurrir en cámara lenta. Los caballeros hablaban moviendo sus bocas a un ritmo aletargado, las copas chocaban para celebrar el discurso del rey con una parsimonia asfixiante. Quiso buscar a Hermione, desesperado, pero ella parecía haber desaparecido de aquel salón. Se sintió empalidecer y un sudor frío comenzó a cubrir su frente y su nuca.

Allí había alguien más.

De pie, en medio del salón congelado en el tiempo, se encontraba una extraña mujer cubierta con túnicas oscuras, sosteniendo un báculo en su mano derecha. Y repetía su nombre. Una y otra vez como si fuera un cántico. No el nombre que le había dado su nombre sino aquel que utilizaban todos los seres mágicos.

—Emrys.

No se detenía y la mente de Merlín ya había comenzado a dar vueltas. Su cuerpo perdió toda fuerza. Sus manos cayeron al costado, tumbando la jarra que sostenía.

—Emrys. Emrys. Emrys.

Todo se volvió oscuro y terminó cayendo inconsciente en el suelo.

Una mano helada se posó en la mejilla de Morgana y la acarició con una dulzura inesperada. Ella abrió sus ojos lentamente y, aún sintiéndose aturdida, luchó para poder sentarse en el suelo. Lo primero que vio fue que justo encima del cadáver de su hermana, una brecha oscura se abría, como si se tratara del rasgado de una cortina. Sin embargo, no estaba sola. Allí, frente al velo, se encontraba una anciana encapuchada.

— ¿Quién eres? —preguntó, sintiendo verdadero terror.

—Soy la Cailleach, la guardiana del portal del Mundo de los Espíritus—le respondió—. Has roto el velo entre los dos mundos.

Morgana volvió a mirar aquella brecha oscura que se había abierto. Oyó, aterrorizada, como murmullos y gritos escalofriantes se escuchaban desde el interior. Pero se oían demasiado cerca.

—La Dorocha—le informó la anciana—. Son las voces de la muerte, mi niña y, como la muerte, son innumerables.

Las voces parecían acercarse cada vez más y una helada desesperación comenzó a invadirla. Ahora se encontraba sola. Tan sola.

—Tienes razón en tener miedo—continuó diciendo la mujer—. Tus enemigos vana a lamentar este día y toda la destrucción que traerá. Pero debes tener cuidado porque romper el velo entre los mundos creará un nuevo mundo… y no andarás sola en él. El que ellos llaman Emrys caminará en tu sombra—le advirtió—. Él es tu destino y tu condena.

Hermione se había ido acercando a Merlín cuando notó que lucía mucho más pálido de lo normal pero nunca esperó que terminara desplomándose en el suelo tan repentinamente. Ella misma había sentido que algo allí sucedía, el aire había cambiado, haciéndose más espeso, un escalofrío había recorrido su espalda, pero se encontró incapaz de notar nada más.

Lancelot fue el primero en acudir a su ayuda y entre ambos tomaron a Merlín y lo llevaron a sus cámaras., sintiendo como por sus dedos traspasaba el frío de la piel del mago. Gaius fue detrás de ellos de inmediato y no tardaron demasiado en tenderlo en la cama. Hermione tocó su rostro, sintiéndolo helado. No tenía idea qué hacer para aumentar su temperatura corporal.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Lancelot.

—No lo sé—Gaius respondió—. Nunca he sentido a nadie tan frío antes.

Sin pensarlo ni un segundo, la princesa se apareció, dejando nada más que el eco del chasquido que había hecho su acción. Los ojos de Lancelot se abrieron enormemente pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, ella volvió a aparecerse en el mismo lugar, trayendo consigo unas cuantas mantas en sus brazos que no tardó en usarlas para cubrir el cuerpo del mago.

—Trae espinos —le pidió Gaius al caballero, sacándolo de su estupefacción—. Eso mejorará el flujo sanguíneo.

Lancelot asintió y, tras lanzar una última mirada a Hermione, se marchó con prisa. Pero ella ni siquiera notó su conmoción porque estaba demasiada preocupada por intentar que Merlín mejorase.

—Tenemos que quitarle la ropa y ponerle otra que no se encuentre tan fría—le informó.

—Ahora cuando Lancelot regrese, nosotros…

Pero tuvo que silenciarse cuando Hermione le lanzó una mirada molesta antes de ir al armario donde el mago guardaba sus prendas para buscar unas nuevas. Con un hechizo de aire caliente las entibió y luego procedió a acercarse a él para comenzar a desvestirlo. El galeno pareció querer protestar nuevamente, pero la expresión tenaz de la princesa le impidió hacerlo.

Entre ambos terminaron de vestirlo y volvieron a envolverlo con mantas.

—Debemos tener cuidado de no aumentar su temperatura corporal demasiado rápido porque puede ser malo para su corazón—le explicó ella con seriedad al médico de la corte—. Cuando despierte podremos ofrecerle alguna bebida caliente.

—Iré a preparar algo de té—se ofreció.

Hermione no se movió de su lado en ningún momento. Ni siquiera cuando Arturo mismo vino a verla y pedirle que por favor fuera a descansar un poco.

—Tú no te moverías del lado de Gwen si fuera ella la que se encuentra inconsciente—le dijo su hermana con seriedad, lo que bastó para acallar cualquier palabra de Arturo y dejarla al lado de Merlín.

Lancelot también volvió a aparecer, llevándole el pedido a Gaius pero en cuanto notó que se encontraba a solas con la princesa, se movió incómodo y quiso excusarse para salir de allí.

—Detente, Lancelot.

El tono de ella fue el que usaba en muy raras ocasiones, el mismo tono autoritario que usaría la poderosa princesa de un reino. De ese modo, al incómodo caballero no le quedó otra opción más que detenerse y mirarla.

— ¿Si, mi lady?

—Me has estado evitando durante demasiado tiempo y creo que es hora de que tengamos esa conversación que has estado posponiendo por mucho tiempo.

Él se movió incómodo.

—No creo que…

—Yo sí lo creo—lo interrumpió ella—. He pensado que necesitabas tiempo para procesar lo que has visto ese día de la batalla porque imaginé que, aunque sabes el secreto de Merlín, este era algo más inesperado. Incluso pensé que quizás tú mismo te acercarías a mí para hablarme cuando estuvieras listo.

—Fue más que inesperado—aseguró Lancelot, apartando la mirada de ella—. Fue… sorprendente.

— ¿Sorprendente de buena o de mala manera? —cuestionó.

El caballero no respondió de inmediato y ella no lo quiso apresurar. Prefería darle unos minutos para que encontrara las palabras correctas para expresarse antes que tenerlo nuevamente huyendo cada vez que se topaban en el castillo.

—Ninguna de las dos—dijo finalmente—. Eres la hermana del hombre al que más admiro, el hombre que me hace luchar fieramente contra los que son como tú. Eso me pone en una situación muy complicada porque realmente me caes bien y no quiero traicionarte ni hacerte daño. No lo haré. Pero estoy engañando a Arturo por ti.

—Pero haces lo mismo por Merlín.

—Pero Merlín no es parte de su familia. Es su sirviente y él tiene modos de escapar y pasar desapercibido si algo saliera mal. Tú, en cambio, tienes un nombre y una personalidad tan llamativa que incluso los que no saben que eres una princesa podrían reconocerte o darles pistas a quien fuera si quisieras huir. Por eso prefiero ignorar lo que sé y no poner en peligro a ninguna de las partes.

Hermione sintió deseos de convencer a Lancelot, de hacerle entender que conocer y aceptar lo que ella era no podría en peligro su relación con Arturo ni la podría en peligro a ella, pero comprendía que posiblemente las palabras no serían suficientes. Sólo el tiempo le permitiría comprenderlo. Así que sonrió y decidió aceptar su decisión.

—Bien—asintió—. Sólo te pediré que dejes de ignorarme, por favor. Actúa como si yo fuera la simple y normal hermana de Arturo.

Lancelot asintió a su vez y sonrió ligeramente.

—Gracias, mi lady.

Lancelot se quedó un rato con ella, velando por Merlín, pero cuando llegó el cambio de guardia, se despidió de ella amablemente para cumplir con su deber. Hermione quedó sola en el cuarto del mago, sentada sobre una banqueta mientras tomaba una de las manos de él, sintiendo aún el frío en su piel.

No supo cuándo se durmió, pero se despertó sobresaltada cuando alguien tocó su cabello. Alzó su cabeza rápidamente, notando que había estado apoyando la cabeza sobre el brazo de Merlín y que éste ahora la contemplaba fijamente.

— ¡Merlín!

Se levantó y lo abrazó, procurando no dejar caer demasiado su peso encima de él por si sentía algún tipo de dolor.

—Estoy bien—le aseguró con seriedad.

—Te desmayaste repentinamente y estabas con hipotermia—le aseguró—. No estás bien.

Él pareció querer protestar, pero prefirió acomodarse primero en su cama. Hermione lo ayudó a sentarse al borde de la cama, envolviéndolo con unas cuantas mantas.

— ¿Puedes buscar a Gaius, por favor? Quiero contarles algo.

Hermione asintió y rápidamente corrió hacia donde se encontraba el galeno, llamándolo a gritos. Pronto, los dos estuvieron al lado del mago, dispuestos a escuchar lo que había sucedido. Merlín no dudó y les dijo lo que había visto y oído.

—Cuando ella hablaba era como si su voz viniera de las profundidades de la tierra. Y sus ojos… estaban tan tristes—se estremeció y Hermione lo rodeó con uno de sus brazos—. Había tanto dolor en ellos.

—La Cailleach—murmuró Hermione y ante la mirada sorprendida que le lanzaron los dos hombres, se apresuró a explicarse—. Lo leí en el libro que me regaló Lady Vivianne.

Gaius también se había enterado por boca de Hermione de esos eventos y tampoco había estado muy feliz de enterarse de aquel ritual que Hermione había tenido que hacer.

—Es la guardiana del portal del mundo de los espíritus—le dijo el galeno, volviendo a poner su atención en Merlín—. Está sólo un puesto más abajo que la muerte misma, pero es igual de poderosa y temible.

—Pero, ¿por qué estaba aquí? —cuestionó Merlín.

—Fue justo en la medianoche en las vísperas del Samhain, el momento en el que el velo entre los mundos está en su punto más delgado. No puede ser una coincidencia.

— ¿Y por qué fui el único en poder verla? —preguntó, lanzando una mirada de soslayo a Hermione.

—Tienes un gran don, Merlín. Para alguien con tus poderes no es atípico que tengas ese tipo de visiones—le explicó el galeno.

Pero Merlín negó con la cabeza.

—No fue una visión—le aseguró—. Sabía quién era yo. Me llamó Emrys.

Gaius parecía muy preocupado repentinamente y tanto Merlín como Hermione se contagiaron de esa preocupación.

— ¿Qué sabes? —cuestionó Hermione.

— ¿Sabes qué significa esto? —preguntó a su vez el mago.

El médico suspiró.

—No estoy seguro—les confesó—. Quizás es una advertencia. Sólo puedo pensar en que si alguien ha roto el velo entre los mundos… sólo podremos rogar a Dios que nos ayude.

El peso de esas palabras dejó una sensación de temor en los tres. Cuando se despidieron para seguir descansado, Merlín tomó suavemente la mano de Hermione, deteniéndola.

—Duerme conmigo—le pidió en un susurro contra su oído.

Hermione asintió suavemente antes de salir de las cámaras del galeno e ir a su propia habitación. Se desvistió y se colocó sus ropas para dormir. Se soltó el cabello, se lo peinó y, tras esperar unos minutos, se apareció en el cuarto de Merlín. Él le hizo un gesto para que guardara silencio, señalando en dirección a la puerta cerrada.

—Hace sólo unos minutos se acostó—le informó.

Hermione lanzó un rápido hechizo para que desde el exterior Gaius no los pudiera oír. A pesar de todos los años que llevaban juntos y que habían demostrado que su relación era seria, el galeno no dudaba en recordarle que no tenían permitido tener ciertos actos íntimos. Y eso incluía compartir la cama, aun cuando sólo iban a dormir y hacerse compañía.

La cama era pequeña, pero se acomodaron y pudieron encontrar comodidad, aferrándose el uno al otro.

— ¿En qué piensas? —preguntó Merlín sin necesidad de elevar la voz.

—En Sirius, el padrino de Harry.

Aunque la habitación estaba completamente a oscuras y por ello no podía ver la expresión de Hermione, Merlín dedujo por su tono que el hombre no había tenido un buen final.

— ¿Qué sucedió con él? —preguntó.

—Estábamos en una batalla en un lugar muy particular. Había un arco en medio de esa gran habitación y del interior salían voces. Susurros. Se trataba de un velo, traslúcido, luminoso… peligroso—se apretó contra el pecho de Merlín—. Sirius cayó ahí y desapareció.

Merlín frunció el ceño.

— ¿Crees que se trate del velo entre los dos mundos?

—Creo que sí. Pero creo que ese arco que lo rodeaba, que tenía runas gravadas a su alrededor, contenía lo que fuera que desde el interior quisiera salir—le explicó—. Pero si alguien lo rompió ahora, si Morgana lo hizo, realmente no creo que su intención sea buena. No creo que pueda controlarlo… ni que quiera hacerlo.

Merlín sólo podía estar de acuerdo con ella, pero no quería que esas terribles palabras quedaran flotando en el aire, trayendo más peso a sus corazones. Así que sólo la abrazó con más fuerza y le prometió que encontrarían el modo de solucionarlo.

Arturo gruñó con malhumor cuando alguien repentinamente abrió las cortinas de sus cámaras privadas, haciendo que el sol diera directo en su rostro. Giró su cuerpo bocabajo de manera automática, sintiendo que algo peludo y cálido se pegaba a su lado.

El gato de Hermione, por supuesto.

Ya se había acostumbrado al animal, pero a lo que no se había acostumbrado y jamás lo haría era a los pasos pesados y molesto con los que caminaba su estúpido sirviente. ¡Esa no eran maneras de despertar a un príncipe!

—Merlín—gruñó en un tono de advertencia.

Pero en joven siguió caminando de ese modo molesto.

— ¡Merlín!

— ¿Qué?

Unos golpes fuertes volvieron a sonar.

— ¡Merlín! —gruñó, volteándose para lanzarle una mala mirada.

—Ese no fui yo—le aseguró y señaló la puerta de la recámara.

—Adelante.

Se sentó en la cama justo al mismo tiempo que la puerta se abría con velocidad, dejando entrar a León. El caballero casi corrió hacia donde se encontraba el príncipe, contemplándolo con seriedad.

—Disculpe, señor—hizo una rápida reverencia—. Lo necesitamos en la Cámara del Consejo con urgencia.

Sabiendo que eso no auguraba nada bueno, se puso de pie con prisa. Merlín no tardó en acudir para ayudarlo a vestirse y muy pronto ambos estuvieron presentes. Algunos caballeros, miembros del consejo y su tío ya estaban allí reunidos en círculo.

Cuando él llegó, se alejaron un poco dejándole ver a una joven temblorosa que estaba siendo consolada por Gaius.

— ¿Qué sucedió? —preguntó de inmediato.

—Su aldea fue atacada—le informó su tío.

— ¿Por quién?

—No está del todo claro, señor—le aseguró el hombre mientras caminaba a su lado para encontrarse con la joven.

Era una joven campesina que tenía los ojos rojos por el llanto y se encontraba muy pálida.

— ¿Cómo es tu nombre?

—Drea—musitó, manteniendo la mirada en el suelo.

Arturo pudo ver el miedo que pulsaba de ella. Se acercó lentamente y acarició su hombro en un gesto de consuelo.

—Drea, soy Arturo—dijo dejando el título intencionalmente afuera—. No tengas miedo. Cuéntame qué pasó.

—Mi madre, mi padre, mi pequeña hermana… ellos están…—el temblor de su cuerpo se hizo más notable y pronto algunos sollozos escaparon de su boca.

—Estás bien ahora—. Esperó que se tranquilizara antes de preguntar— ¿Alguien los atacó? —la vio asentir con un movimiento de su cabeza— ¿Quién?

Ella parecía tan perdida ante esa simple pregunta.

—No había nadie—confesó con miedo—. Sólo… figuras.

— ¿No viste sus caras? —preguntó Arturo.

—No tenían caras—jadeó, horrorizada por el recuerdo—. Se lo aseguro. Estaban ahí… pero no estaban ahí. Se movían tan rápido… Era como si no fuesen reales. Pero deben de haberlo sido porque podía escuchar a la gente gritando y luego… silencio. Estaban todos muertos.

Estaba vez el sollozo se transformó en llanto.

—Gracias—le dijo Arturo antes de permitir que el galeno se la llevase para darle alguna pócima tranquilizante.

Se volteó hacia su tío y Merlín.

— ¿Dónde está Hermione? —preguntó serio—. Si alguien puede saber algo sobre esto, es ella.

—No pensé que fuera adecuado importunarla a estas horas, Arturo—le dijo Agravaine—. Mucho menos por un tema tan sensible como este—le aseguró—. Las jóvenes delicadas como ella no deberían de involucrarse.

—Hermione es parte valiosa de este reino, tío. Ella debe estar al tanto de cada cosa que sucede—le indicó— ¿Dónde está el pueblo de esta chica?

—Howden—respondió de inmediato el hombre, pareciendo casi aliviado de que el príncipe dejara de lado el tema de la princesa—. Al este de las Montañas Blancas. No es más que medio día de viaje.

—Prepara a los hombres—le ordenó.

Cuando su tío se alejó para cumplir con lo pedido, Arturo se volteó hacia su sirviente.

—Busca a Hermione y dile que me encuentre en mis cámaras.

Pero Merlín no tuvo que ir demasiado lejos porque en cuanto intentó salir de la cámara, prácticamente chocó con ella.

— ¡Ahí estás, Hermione! —exclamó Arturo mientras iba hacia ella con largos pasos—. Ha surgido una situación bastante extraña.

Le explicó lo que había oído de la joven con rapidez, teniendo la esperanza de que ella pudiera brindarle alguna información que los ayudase.

— ¿Sabes de qué podría tratarse? —le preguntó ansioso.

—Me temo que no—dijo ella con pesar.

Arturo suspiró.

—Bien. De todos modos, estamos saliendo para la aldea a buscar algo que nos indique quién fue el responsable de este ataque. Quedas a cargo mientras yo no esté.

—Espera… ¿qué? —ella se veía muy conmocionada.

—Nuestro padre no puede tomar decisiones si la situación se presenta, Hermione. Cuando yo no estoy, eres tú la encargada.

Eso no pareció tranquilizarla en absoluto y Arturo no entendía por qué. Era más que capaz. Uther se había encargado de entrenarla.

—Arturo, no. Iré contigo.

—Claro que no, Hermione. Es tu responsabilidad quedarte aquí. Antes podíamos irnos porque sabíamos que papá estaba, pero ahora ya no es así. Sabes que él no puede quedar a cargo y el reino no puede estar sin nadie a la cabeza. Seríamos vulnerables y nos podrían atacar—intentó razonar con ella.

— ¿Y si te pasa algo? No tenemos idea qué fue lo que atacó la aldea de esta chica.

—Es por eso que tenemos que averiguarlo antes de que llegue aquí—le indicó y antes de que ella siguiera discutiendo como sabía que lo haría, apresuró sus pies y se alejó— ¡Vamos, Merlín! —le ordenó con un grito cuando notó que éste no lo seguía.

Salieron media hora después, cabalgando rápidamente con un grupo de caballeros. Fue un viaje tranquilo, silencioso. Merlín no dejaba de contemplar a su alrededor con preocupación, pero le consoló saber que no era el único porque todos, incluso el mismísimo príncipe, estaba muy atentos a cada sonido y a cada sombra.

Cuando llegaron finalmente a la aldea notaron lo desolada que se veía. Casas rústicas de techos de paja que parecían deshabitadas. Dejaron sus caballos amarrados y luego continuaron a pie, con sus espadas firmemente aferradas en sus manos. Un viento frío golpeaba sus rostros, dejándolos con una sensación de soledad que les entristecía el corazón. Era difícil de explicar.

Arturo hizo un gesto con su mano y se dividieron para buscar. Anduvieron un poco hasta que oyeron que Elyan los llamaba. Acudieron con prisa para encontrarse con una escena atroz. Toda una familia muerta en el interior de una de las casas. Cuerpos tiesos, fríos y con escarcha sobre la piel y la ropa.

El grito lejano los alertó, pero cuando giraron notaron algo veloz cruzando a lo lejos. No pudieron distinguirlo.

— ¿Lo vieron? —preguntó Arturo.

—Estamos persiguiendo sombras, literalmente—comentó Gwaine con una ligera sonrisa.

—Vamos. Seguiremos buscando.

El anochecer cayó pronto y encendieron algunas antorchas para apartar la oscuridad. Pero por más que revisaron todas las casas, no encontraron más que cadáveres congelados.

Merlín entró con pasos silenciosos dentro de un granero poco iluminado. Las sombras parecían querer confundirlo, mostrándole monstruos donde no los había. Se obligó a mantener la calma, pero siguió alerta. Su corazón latía furiosamente en su pecho y, por más que intentó calmarlo, no lo consiguió.

Un crujido resonó y Merlín giró de repente, listo para lanzar un hechizo.

— ¡Espera! —una voz que resultó muy familiar lo detuvo.

— ¿Hermione?

La princesa dio un paso hacia adelante, saliendo detrás de una pila de heno. Tenía el cabello sujeto en una sencilla trenza de la que escapaban algunos rizos rebeldes y vestía su prenda para montar.

— ¿Qué haces aquí? Tu hermano se enfadará si descubre que estás aquí—le dijo en un susurro presuroso mientras caminaba velozmente hacia ella.

—No sería la primera vez que lo desobedezco y no será la última—le aseguró la joven con seguridad— ¿Han descubierto algo?

Merlín negó con la cabeza mientras iba hacia ella y la abrazaba rápidamente, aliviado de verla sana a pesar de las terribles y misteriosas circunstancia. Antes de poder hablarle nuevamente, el cuerpo de ambos se tensó, notando que en aquel granero ya no estaban solos. Tomados de la mano miraron a su alrededor, en busca de alguien, de algo, pero no pudieron ver absolutamente nada más que una extraña sombra que parecía moverse velozmente, alejándose de allí. Sin dudarlo corrieron al exterior, esquivando las cosas que se encontraban en su camino, ayudados por la luz de la luna. Aún así, era difícil poder distinguir demasiado por lo que cuando se detuvieron Merlín intentó conjurar una luz.

Léoht

Una tenue luz comenzó a brillar en su mano extendida, pero, como si se tratara de un foco en sus últimos momentos, comenzó a titilar hasta que se consumió completamente, apagándose para dejar la misma penumbra de antes. Los ojos de Merlín se abrieron con desesperación y lo intentó un par de veces más, pero en esas ocasiones ni siquiera logró hacer que apareciera nada.

Hermione sintió que su pecho se llenaba de pánico y también intentó hacer magia.

Lumus

Pero el resultado fue el mismo. Primero una pequeña y débil luz que rápidamente se extinguió para luego, en otros intentos, no obtener nada.

— ¿Qué está pasando? —susurró angustiada.

—No lo sé—Merlín la volvió a tomar de la mano y la apretó en un intento de consolarla y consolarse a sí mismo.

Se escucharon susurros. Voces anormales que parecían salir de todos y ningún lado. Ilógico pero, ¿desde cuándo la magia y lo sobrenatural lo tenía? Sin embargo, esta era la primera vez que ambos estaba tan asustados. Ni siquiera en momentos de desesperación anteriores se encontraron paralizados, incapaces de ocupar su magia contra aquel enemigo aparentemente invisible. Pero luego lo oyeron con más claridad y vieron una figura cadavérica, blancuzca y traslúcida al mismo tiempo, que se movía a una velocidad sumamente alarmante… se movía directamente hacia ellos.

Merlín empujó hacia atrás a Hermione, cubriéndola con su propio cuerpo mientras en vano intentaba gritar un hechizo.

— ¡Merlín!

El grito resonó y una cálida luz amarillenta se interpuso entre medio de aquel espectro y ellos, ahuyentándolo.

— ¡Lancelot! —exclamó Hermione al verlo y notar que sostenía una antorcha; fue a abrazarlo de inmediato—-Gracias.

El caballero la apretó contra su cuerpo ligeramente con el brazo libre que le queda, sintiéndola temblar, antes de soltarla y mirarlos a ambos con preocupación.

— ¿Qué pasó?

—Nuestra magia no funciona—le informó Merlín, aceptando el abrazo que Hermione le daba a él ahora.

Fue en ese momento cuando se oyeron pasos mucho más insistentes y pesados, más de este mundo. Pronto vieron al resto de los caballeros aparecer con espadas y más antorchas.

Arturo se detuvo de inmediato cuando se acercó lo suficiente como para distinguir el rostro asustado de su hermana.

—Era algo extraño—Lancelot habló antes de que el príncipe pudiera reprender a su hermana—. Cuando vio la luz huyó.

—Tomen sus caballos—ordenó Arturo, sin dejar de mirar de mala manera a Hermione—. Tenemos que salir de aquí. Hermione, tu vienes conmigo.

—Tengo mi propio caballo.

—Lo amarraremos a él mío—dijo seriamente.

Ella supo que no valdría la pena discutir con él en este momento por lo que hizo lo que dijo y subió en la parte de atrás de su caballo. En cuanto comenzaron a andar, como era de esperar, Arturo no tardó en comenzar a reprenderla por arriesgar su vida de ese modo. Hermione siguió sin decir nada. Había creído que sería de utilidad, pero con su magia anulada por alguna extraña razón, no había sido así.


Suelo dejarme llevar un poco cuando escribo y no divido correctamente los capítulos... ¿Creen que son demasiado largos? ¿Prefieren que los acorte?