-Hace 60 años-

-¡Corre, Tsubaki!

Fueron las últimas palabras que escuchó de su madre, viendo aterrada como los soldados japoneses la arrastraban del cabello y la golpeaban frente a su casa.

Con su padre, sucedía lo mismo. Todo con tal de no entregar las valiosas cazuelas, cucharas y ollas que tenían... para que pasaran a convertirse en armas o balas para la guerra.

La niña de 12 años tuvo que luchar contra los temblores en su cuerpo para obedecer, girándose y corriendo por el mismo sendero que había usado recién para llegar, luego de que su madre la enviara a buscar algunas plantas para cocinar.

En eso, escuchó en su camino los incesantes ladridos de los sabuesos de caza. Tragó saliva y jadeó asustada. ¡¿Cómo podría enfrentar ella sola algo así?! Pero no tenía opción. Sus padres estaban muertos. Y a menos que consiguiera alejarse del pueblo, su destino sería el mismo. O tal vez... algo peor.

Entonces, pasando por una colina empinada, su pie izquierdo resbaló, llevándola más rápido al bosque y al rio que ahí yacía. Volteando aterrada hacia la cima, se dio cuenta de que los perros ya la habían alcanzado.

Era ahora o nunca.

Atravesando descalza el terreno lleno de piedras, entró y se sumergió al rio, pasando al otro lado sin dificultades. Por desgracia, aunque temblara por la baja temperatura del agua, no podía descansar. Apresurando su paso, se abrazó a sí misma y se internó en el bosque, perdiéndose de la vista y el olfato de los caninos.

PPPPP

-1 mes después-

-¡BASTARDA! - gritó un hombre de mediana edad, arrojando a Tsubaki al suelo.

Los moretones que llevaba en las piernas, le dolían tanto que era incapaz de levantarse.

-¡Después de todo lo que hemos hecho por ti, ¿Cómo te atreves a robar comida de los campos de cultivo?!

-¡Desgraciada! - agregó un anciano.

-¡Toma esto! - le siguió otro individuo, comenzando a patearla en la espalda al igual que otros señores de la multitud.

Con cada alarido que salía de su pequeña boca, los comentarios malintencionados de las mujeres en los alrededores no se hicieron esperar, llegando incluso a reírse de su situación.

Eso la hizo enojar tanto, que tomó con su puño derecho una porción de tierra, soportando todavía las patadas de los hombres con frustración y sed de venganza. De pronto, la campana del pueblo comenzó a sonar.

-¡Vienen los Youkai! - gritó un sujeto que pasaba por ahí, antes de ser devorado por una serpiente voladora.

Llenos de pánico, la gente corrió a los refugios que le quedaban más cercanos. Por desgracia, los monstruos se les adelantaban, arrancándoles alguna extremidad, para hacerlos gritar de dolor, antes de comérselos por completo.

Adolorida y asustada, Tsubaki se sentó en el suelo, dejando escapar la tierra que recién tomó con su puño. El pacifico pueblo al que había llegado, se había convertido en un campo de batalla. Con la diferencia de que no eran los mismos humanos los que provocaban su propia destrucción.

En eso, un sacerdote corrió, parándose frente a los demonios con la figura de un dragón, la cual, dejó escapar a un espíritu que los exorcizaba al verlos. Tsubaki estaba tan anonadada con aquella demostración de poder, que no se percató del segundo en el que un Youkai apareció atrás de ella.

Asustada; recordando las muertes de sus padres y lo que ahora era de su vida, bramó con todas sus fuerzas, apartando al demonio y lanzándolo bruscamente a la pared de una cabaña. El sacerdote, escuchando su grito, se giró y vio lo ocurrido, quedando más que encantado con sus poderes espirituales. Ella, por otra parte, estaba en shock.

Jamás había hecho algo similar. ¿Por qué de pronto podía enfrentarse a los monstruos?

De repente, el alarido de una mujer la sacó de sus pensamientos. Acorralada en la pared de una casa, estaba siendo amenazada por la garra de una comadreja Youkai. El sacerdote, llamando de nuevo al espíritu dragón en su esfera, le dio una indicación para deshacerse de la criatura, salvando a tiempo a la mujer y consiguiendo que cayera agradecida al suelo.

-¡Sacerdote Seikai! - lo llamó un sobreviviente del ataque, reconociéndolo por sus ropas y corriendo hacia él, al igual que otras personas del pueblo.

-¡¿Cómo podemos agradecérselo?! - cuestionó una mujer mayor, ganándose la aprobación de quienes la rodeaban.

El sacerdote sonrió. Se quitó el cesto de bambú que llevaba en la espalda y lo colocó en el suelo.

-Pongan aquí las cosas que quieran darme. - pidió, acomodándose el sombrero de paja que cubría su cabeza calva. - También me llevaré a esa niña. - agregó, señalando a lo lejos a Tsubaki.

Esta última, poniendo una mueca por las miradas desagradables de los aldeanos, gruñó, intentando ponerse de pie. Para su mala suerte, dos muchachos, mayores que ella, la patearon de nuevo en las pantorrillas y en la cabeza, hasta que perdió el conocimiento.

PPPPP

FFFFF

-¡Corre, Tsubaki!

FFFFF

Abrió los ojos. El sitio donde se hallaba era frío. Lleno de polvo y oscuridad. Tanta como para no poder ver ni siquiera sus propias manos. En eso, la puerta se abrió, dejando pasar un rayo de luz que la cegó unos segundos... hasta que consiguió distinguir la figura de una mujer.

-Más vale que te comportes, porque no tengo paciencia con niñas como tú. - advirtió, tomándola del brazo derecho y obligándola a ponerse de pie.

Los moretones le palpitaban de dolor. Aun así, fue capaz de saber que ahora estaba en un templo. Aunque, más que un templo, por los descuidados que estaban el jardín y el inmenso edificio de madera, parecía un sitio abandonado.

Los pilares estaban descuidados y despintados. El oro, las pinturas, las alfombras y otras cosas de valor, ya no estaban en sus respectivos lugares. Eso debió ser obra de los soldados. Pensó.

Caminando unos pasos más y sin saber cómo, terminó en el interior de una tina llena de agua helada y jabón. La mujer, cerrando la puerta del cuarto, tomó un cepillo y, quitándole los harapos viejos que llevaba, comenzó a tallarle cada parte de su cuerpo. A veces, teniendo que meter su cabeza al agua, haciéndola toser por la falta de aire.

Tsubaki volvió a tener ese mismo sentimiento de frustración, que sintió al ser pateada y golpeada por los aldeanos del pueblo de bambú. ¿Hasta cuándo tendría que soportar los malos tratos y las humillaciones?

PPPPP

Media hora después, con la luna iluminando el cielo nocturno, Tsubaki apareció ante quienes habitaban el templo, arreglada y vestida con un kimono blanco. En su frente, llevaba un pequeño adorno de una concha dorada.

Pero su ceño fruncido y sus brazos cruzados, conseguía que los 5 niños y 4 niñas; rodeados por las velas que iluminaban el espacio, se le quedaran viendo con curiosidad. ¿Tan mala había sido su experiencia en el baño?

-Señora Matsu... - la llamó el sacerdote Seikai, encontrándose al centro de todos. - ¿Tuvo algún problema con la niña nueva?

-En lo absoluto. - respondió con prepotencia, encontrándose al lado izquierdo de la menor, quien le hizo una mueca y le sacó la lengua.

Aquella expresión hizo reír a Mizuki; uno de los niños, siendo silenciado inmediatamente por la estricta expresión del sacerdote.

-Adelante, siéntense en donde más les guste. - dijo con cordialidad, apuntando su lado derecho, donde se hallaban las niñas.

Tsubaki, encogiéndose de hombros, movió los brazos de abajo hacia adelante y se sentó al lado derecho de una niña de largo cabello negro. Verlas juntas, hizo que los niños pensaran que eran gemelas perdidas... sin tomar en cuenta el adorno de la concha dorada.

Una vez que la señora Matsu tomó asiento; en el centro de todos y frente al sacerdote, este último juntó sus manos y bajó la cabeza. Los niños y la mujer lo imitaron, con Tsubaki observando como espectadora curiosa.

-Querido Dios. Te damos las gracias por haber puesto frente a nosotros estos deliciosos alimentos.

-¿Alimentos? - repitió la niña de cabello negro en su mente, volteando del hombre hacia el piso. - Pero solo hay arroz.

-Lamento la brusquedad. - habló de nuevo el sacerdote, terminando de rezar y mirando a Tsubaki. - Vi lo que hiciste cuando ese monstruo trató de atacarte. En tu interior, existe una cantidad asombrosa de poder espiritual. Por eso te traje conmigo. Para que puedas aprender a controlarlo mejor y así, convertirte en una sacerdotisa.

-¿Y si no me interesa? - preguntó despectiva, sorprendiendo a los otros niños.

Seikai sonrió.

-Señora Matsu.

Al escuchar su nombre, la mujer asintió y se levantó. Tomó a Tsubaki nuevamente del brazo y la condujo por un pasillo exterior, hasta llegar a un cobertizo descuidado y sucio. Sin importar cuanto gritara la menor, la señora simplemente se negaba a soltarla. Una orden era una orden. Al abrir la puerta del cobertizo, arrojó a la niña en su interior, tirándola al piso y haciéndola gritar de dolor por los moretones en sus piernas.

-Por tu bien, espero que pienses mejor la propuesta del señor Seikai. - advirtió, ganándose un gruñido de su parte. - A muchos niños que pierden a sus padres durante la guerra, les encantaría ocupar tu lugar.

Tomó el borde de la antigua puerta de madera y la encerró, colocándole un candado.

PPPPP

Unos días después, en los que Tsubaki entraba innumerables veces al cobertizo, por desafiar la autoridad del sacerdote Seikai, salió temprano del templo, asegurándose de que nadie la siguiera, ya que planeaba escaparse.

Si aquello resultaba, jamás volvería a ver a esos adultos mandones y a los niños estúpidos que los seguían a donde quiera que fueran. Definitivamente, esa no era la vida que quería para ella.

Mientras caminaba en lo profundo del bosque, con una intensa neblina que casi no la dejaba ver nada, resbaló sin querer por un barranco pequeño, aguantando las ganas de gritar, tanto por el susto, como por algunos moretones que aún le quedaban.

En eso, escuchó unos graznidos y aleteos cerca de ahí. Caminando hacia unos arbustos, vio con curiosidad a un cuervo atrapado en unas raíces con espinas.

FFFFF

-Los cuervos, las serpientes y las mariposas negras son emisarios de la muerte. Si no quieren tener un trágico destino, deben evitarlos a toda costa.

FFFFF

Tragó saliva. Aunque tenía presente las palabras que el señor Seikai les había dicho a las otras niñas en su entrenamiento, tampoco se le hacía justo que un animal indefenso muriera por algo tan frustrante.

En el fondo, le recordaba a ella. Atrapada por sus circunstancias, luchando con quien fuera para recuperar su libertad perdida.

Acercándose al arbusto, hizo a un lado las raíces que pudo, cuidando de que sus dedos no cayeran en una espina. Unos segundos después, el ave consiguió volar con libertad, alzándose en vuelo para luego aterrizar en la tierra.

El modo en el que se movía, conmovió el corazón de Tsubaki. Ojalá pudiera hacer lo mismo para ir a donde quisiera, sin ser presa de nadie. De pronto, el cuervo graznó, aleteó y usó su pico para tocar el suelo, saltando de un punto a otro.

-¿Quieres que te siga? - inquirió la menor.

El animal, en respuesta, saltó y aleteó por detrás de una gran roca.Cuando se acercó a la pared, quedó embelesada con el gran lago envuelto en la neblina. Sin embargo, en cuestión de segundos, esa admiración se volvió pánico... al encontrar en la orilla contraria, el cuerpo de un hombre. A su lado derecho, el cuervo no dejaba de aletear y hacer ruido.

-¿Tengo que ayudarlo?

El ave graznó de nuevo y dio unos saltitos. La niña asintió. Se aproximó a la orilla y se sumergió en el agua, nadando hasta llegar con el hombre. Una vez que salió, lo tomó de sus brazos y lo arrastró hacia atrás, acostándolo cerca de una pared de roca. Jadeando agotada y parándose a su lado derecho, quedó atónita con su apariencia.

Piel pálida. Largo cabello negro. Una parte de este cubría el lado derecho de su rostro. Sobre su kimono, camisa de mangas largas y pantalones negros, usaba una armadura carmesí, que cubría su pecho, sus hombros y los lados de sus piernas. Era apuesto, pero se veía muy triste.

Entonces, sus ojos se encontraron con la gran cortada en su pecho. El cuervo, volando hacia ellos, graznó de nuevo, señalando con sus alas, varias ramas tiradas de los árboles a su alrededor. Tsubaki asintió de nuevo. Dejándolo solo por unos minutos, se dedicó a reunir todas las ramas que le fueran posible y algunas plantas medicinales.

Ahora si estaba agradecida de estar cerca de un templo. Volviendo con el individuo, le colocó en su herida las plantas medicinales e hizo una fogata con las ramas que recogió. En eso, su estómago comenzó a gruñir. Mientras nadaba, recordó haber visto a unos peces nadando por ahí.

Sonriendo, se lanzó de nuevo al agua y, unos minutos después, consiguió capturar a tres peces, arrojándolos a la orilla. El cuervo saltaba de un lado a otro, como si estuviera emocionado por su éxito. Salió de nuevo del agua, moviendo su cabeza para secarse su largo cabello negro.

Tomó los peces y unas varas que le habían sobrado, y los clavó ahí, poniéndolos alrededor del fuego, junto con su kimono blanco, extendiéndolo en la tierra. Mientras miraba las flamas, sentada de cuclillas, se preguntó cómo estaría el hombre, por lo que se giró... quedando anonadada con sus ojos carmesí, con tres aspas negras en su interior.

Fin del capítulo.


Espero hayan disfrutado el capítulo de esta ocasión! Nos vemos en la siguiente parte! Cuídense mucho! :) Saludos a todos!