Con el comienzo de la guerra en el mundo humano, el inframundo se convirtió en un caos. Monstruos que no estaban de acuerdo con el reinado de Naraku, se alzaron en vuelo, amenazando con usar sus poderes sobrenaturales, para volver todo cenizas.

Por ese motivo, el gobernante de ojos carmesí creó un ejército especial, para combatir y erradicar, a todos aquellos que ya no estaban interesados en serle leales. Y el mejor Youkai para dirigirlos, era su sirviente de mayor confianza, Madara.

Siendo el último portador del sharingan y un gran combatiente en batallas anteriores, exterminó junto a sus camaradas, a los Youkai renegados, quemándolos con sus llamas negras y aplastándolos con su susano'o, hasta llegar a la última defensa de sus oponentes.

No obstante, al saber que la mujer que amaba era la líder de la rebelión, y la causante de tantas muertes, no pudo hacer otra cosa, más que recibir su lanza y esperar el momento de su muerte, cayendo de lo más alto de un risco y terminando en el fondo de un rio.

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-Despertó... - susurró Tsubaki, anonadada con los ojos carmesí que la miraban fijamente.

De un segundo a otro, la neblina se despejó un poco. Madara volteó hacia arriba. Un templo. Pensó, viendo el descuidado edificio de madera, sobre una inmensa colina rodeada por los árboles del bosque.

Mientras tanto, la niña retiró uno de los tres pescados del fuego y corrió hacia él, arrodillándose a su lado derecho.

-Por favor, coma lo que pueda. - le dijo con una sonrisa. - Necesita energías para recuperarse.

El hombre frunció el entrecejo. Sus calzones y su cuerpo; marcado con moretones y rasguños, estaban mojados. Tampoco paraba de temblar. ¿Cómo podía sonreírle así? Apoyando los brazos en el suelo, se inclinó hacia adelante.

-¡A-Aguarde! - habló Tsubaki, preocupada. - ¡No debería moverse! ¡Su herida podría abrirse!

Ignorándola, se quitó las partes de la armadura que cubrían sus hombros y su pecho, y su kimono negro. Esta última prenda, la tomó con ambas manos y la colocó sobre la cabeza de la menor, cubriéndola.

-No deberías andar desnuda por ahí. - advirtió, apoyando su espalda en la roca. - Hay muchos demonios locos rondando en este maldito mundo, ¿Sabes?

La niña, asombrada y sonrojada, se acomodó la prenda y agachó la cabeza.

-Los demonios no me dan miedo. - replicó, llamando su atención. - Son los humanos quienes me aterran. Gracias a la guerra que provocaron, perdí a mis padres, mi hogar... incluso me han tratado como un objeto que, si se atreve a desobedecer, es maltratado hasta romperse.

Recordando con frustración la forma en la que la gente del pueblo de bambú la golpeaba, solo para poder obtener algo de alimento, apretó sus puños por encima de sus piernas.

-No hacen otra cosa más que provocar sufrimiento por sus acciones egoístas.

Entonces, la imagen de sus padres, siendo asesinados por los soldados japoneses y como ella debió escapar de sus sabuesos de caza, invadió sus recuerdos. Junto con el sacerdote Seikai ordenando llevársela y la señora Matsu arrojándola al cobertizo del templo.

-Como quisiera que desaparecieran de la faz de la tierra.

En eso, su estómago la molestó de nuevo, haciéndola sonrojar más por la vergüenza.

-¡M-Mejor voy a ver si mi pescado ya está!

-Espera. - le pidió, consiguiendo que se detuviera, antes de correr hacia la fogata. - ¿Cómo te llamas?

-Tsubaki. ¿Y usted?

-Madara.

Volvió a sonreírle. Le hizo una reverencia y dio media vuelta para aproximarse al fuego.

Mientras tanto, él se quedó pensando en sus palabras. Debió haber sufrido mucho como para desear la completa aniquilación de su especie.

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Horas más tarde, Tsubaki no tuvo más opción que volver al templo. Esa mañana, si, había decidido escapar. Pero, con la presencia de Madara, sus planes habían cambiado drásticamente.

De ninguna manera podía abandonarlo, mucho menos, dejarlo a merced del sacerdote Seikai, quien no dudaría en acabar con su vida si lo encuentra. Por sus ojos carmesí, supuso que se trataba de un Youkai. La idea de convivir con una criatura así, más que preocuparle, le emocionaba.

Sobre todo porque era demasiado diferente a los que había visto en el pueblo de bambú. Podía sostener una conversación con él, sin ser golpeada o criticada por sus palabras. Y si él tenía algo que decirle, ella lo escucharía con gusto.

-¡Tsubaki!

La señora Matsu la llamó, despertándola de sus pensamientos con un golpe en la cabeza. Los niños, sentados frente a ella en el piso, comenzaron a reírse.

-¡¿Acaso estás sorda?! ¡El señor Seikai te está hablando!

Inexpresiva, sus ojos voltearon hacia el mencionado.

-Lo lamento. - dijo seriamente. - Me distrajo el sabor de la comida.

-¿En serio? - interrogó el hombre. - En ese caso, procuraré que el arroz no falte.

La niña quería poner una mueca, pero, por su bien, tuvo que contenerse.

-Y dime, ¿Ya pensaste mejor en mi propuesta? ¿Te convertirás en una sacerdotisa o pasarás el resto de tu vida limpiando el templo?

-Lo haré.

Su respuesta sorprendió a los presentes. Como llevaba varios días dándole una negativa y siendo llevada forzosamente al cobertizo, jamás vieron venir esas palabras de su parte.

Seikai sonrió. Por fin sus métodos habían dado sus frutos.

-¿Qué te hizo cambiar de opinión?

-Tengo que dar una respuesta convincente o sospechará. - pensó, aclarándose la garganta. - He comprendido que no llegaré a ningún lado, sin una buena enseñanza de su parte, señor Seikai. - colocó las manos en el piso, y lo reverenció, inclinándose hacia adelante. - Por favor, conviértame en una gran sacerdotisa.

-Bien. Mañana comenzará tu entrenamiento. - anunció, llevándose una porción de arroz a su boca.

Apretando los labios y los puños, Tsubaki lo maldecía en sus pensamientos, jurando que algún día se arrepentiría por haberle quitado su libertad.

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A la mañana siguiente, lo primero que hicieron las niñas, fue recolectar varias plantas medicinales en el bosque. Afortunadamente, era en el lado contrario a donde se encontraba Madara, por lo que Tsubaki no tuvo que preocuparse.

Una vez completada esa tarea, el sacerdote Seikai; volviendo del pueblo de bambú junto con dos de los cinco niños, las reunió en un antiguo campo de entrenamiento.

Las dianas a 5 metros estaban desgastadas, al igual que muchos de los arcos y flechas que ahí yacían. Junto con paquetes de heno envueltos en telarañas y tierra.

¿De verdad iban a practicar con eso? Pensó, mientras una de sus compañeras; la niña que se asemejaba mucho a ella, le pasaba un arco desgastado y le sonreía.

-Puede que se vea viejo, pero es muy resistente. - le comentó, haciéndola poner una mueca, mientras estudiaba el objeto en sus manos. - Por cierto, me llamo Midoriko. Tú eres Tsubaki, ¿Verdad?

Volteando sus ojos verde esmeralda del arco hacia ella, asintió.

-Al principio, yo también era como tú. Tampoco me gustaba la idea de convertirme en sacerdotisa, por lo que la señora Matsu siempre me encerraba.

-¿En serio? - cuestionó. - No pareces de las que se portan mal...

Cuando ya iba a replicar a eso, Midoriko escuchó como una flecha se clavaba unos centímetros cerca del centro de la diana, frustrando a la niña que la lanzó.

-Creo que seguimos nosotras. - dijo sonriente, tomando la mano derecha de Tsubaki y conduciéndola al espacio de tiro.

La niña de ojos verde esmeralda miró su mano con asombro y vergüenza. Se sentía cálida... hacía mucho que no recibía un afecto así de parte de un humano.

-¡Bien! ¡Ahora colóquense detrás de la línea! - pidió el sacerdote Seikai, observándolas desde uno de los pasillos exteriores del templo.

Midoriko, volteando hacia él, asintió. Le indicó a Tsubaki donde debía pararse y luego, colocó una flecha en medio de su arco. 3 segundos después, la soltó, dando como blanco el centro exacto de la diana.

Las otras niñas, al ver aquello, quedaron asombradas con su habilidad. Y aunque Tsubaki también quería seguir admirándola, recordó que ella también debía tirar, por lo que imitó a su compañera, poniendo la flecha en el centro del arco y soltándola unos segundos después.

La punta metálica, para la gran sorpresa de la mayoría, también dio en el centro de la diana. Tsubaki estaba asombrada con sus habilidades. Jamás había usado un arco en su vida y aun así, fue capaz de igualar a Midoriko, quien tenía más experiencia que ella.
Se encogió de hombros. Tal vez ser sacerdotisa si era lo suyo después de todo.

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2 semanas después de la sesión de entrenamiento con el arco, Tsubaki se despertó en la madrugada, escabulléndose a las afueras del templo, como cada mañana, para visitar a Madara.

La neblina y la baja temperatura la acompañaban mientras se tapaba la cabeza con un abrigo de color negro, ocultando también la cesta con arroz que llevaba en su brazo izquierdo. Al llegar al lago, se fue por un camino alterno, atravesando con cuidado los arbustos llenos de espinas.

El ruido despertó a Madara, quien al voltear a su izquierda, no se extrañó al verla de pie. Sonriéndole como la primera vez que se encontraron.

-Lamento la tardanza. - se disculpó, rodeándolo para sentarse a su lado derecho. - El entrenamiento del viejo calvo ha sido pesado, pero realmente me está gustando lo que he aprendido. - agregó, hurgando en el interior de la cesta que llevaba. Sacó un plato de arroz y un par de palillos de madera, colocándolos sobre sus rodillas. - A ver, abra la...

-Aleja eso de mí. - ordenó Madara, frunciendo el ceño.

-¡Vamos, no me mire así! - replicó enojada. - ¡Ya me cansé de que siempre me rechace cada cosa que le traigo! ¡Necesita comer para recuperarse, así que abra bien la boca y cállese!

En contra de su voluntad, le colocó el arroz en los labios.

-¡PUAJ!

-¡No lo escupa! ¡Me costó trabajo robármelo de la cocina!

-No sabes cómo detesto la comida humana... - se quejó con la frente azul, acostándose de nuevo en la roca. - si pudiera moverme, me comería el corazón de un jabalí o bebería la sangre de una mujer virgen.

La niña hizo un puchero. Dejó a un lado el plato de arroz y los palillos, y se arremangó la manga de su brazo izquierdo, poniéndolo a la altura de su rostro.

-¿Qué...?

-Madara-sama...

-¿Madara-sama?

-¿Le molesta que le diga así?

-Para nada. Solo no lo esperaba escuchar de tu parte. Alguien que se prepara para ser sacerdotisa, no debe mostrarle respetos a un monstruo.

-Para mí no es un monstruo. Es alguien que necesita atención porque está herido.

El hombre suspiró.

-Como sea, no beberé tu sangre. - dijo molesto. - Si lo hago, tendré pesadillas y tardaré más tiempo en recuperarme.

Tsubaki, al escucharlo, soltó una carcajada baja.

-¿De qué te ríes? - cuestionó con curiosidad.

-No sabía que los demonios tuvieran pesadillas. - comentó divertida, limpiándose una lágrima de su ojo izquierdo.

-Por supuesto que las tenemos. Lo único que nos hace diferente a los humanos, son nuestros poderes sobrenaturales.

En eso, la niña bostezó.

-¿Mi conversación es aburrida?

-No es eso. - respondió, tallándose los ojos. - Si quiero venir a verlo, tengo que levantarme antes que todos. Después de un tiempo, es agotador.

Esas palabras lo dejaron callado por unos segundos.

-Ven. - pidió de pronto, sorprendiéndola.

Se acercó más a él, quedando lo suficientemente cerca como para que su brazo derecho la acostara sobre su pecho. Acto seguido, utilizó el abrigo que ella llevaba para cubrirla.

La niña podía sentir su calor y como sus pulmones lo hacían respirar con tranquilidad. Pero, como faltaba algo, subió su inocente mirada.

-¿Qué?

-¿No va a abrazarme o algo así? - cuestionó, obligándolo a disimular su asombro.

-Es inapropiado.

Tsubaki volvió a bostezar.

-A mí no me molestaría... - susurró, cerrando los ojos. - tener su brazo rodeándome...

Un segundo después, se quedó dormida.

Madara la miró serio. ¿Cómo podía una chiquilla como ella despertar tanta calidez en su corazón? En eso, sus ojos carmesí voltearon al tazón de arroz. Suspiró. Se inclinó con cuidado, para no despertar a Tsubaki y tomó el plato, devorándoselo con los dedos hasta que quedó limpio.

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-El día de hoy, les enseñaré como invocar a un shikigami. - anunció el sacerdote Seikai, obteniendo una ovación por parte de las niñas.

-¿"Shikigami"? ¿Qué es eso? - le preguntó Tsubaki en voz baja a Midoriko; sentada a su lado izquierdo, en el campo de entrenamiento del templo.

-Son espíritus que están al servicio de las sacerdotisas. - respondió. - Cómo el dragón del señor Seikai, por ejemplo.

-Midoriko, Tsubaki.

Las llamó el sacerdote, dándoles un buen susto.

-Ya que ustedes tienen bastante deseos de compartirnos su desempeño, creo que sería justo que fueran las primeras en hacer este ejercicio. - entonces, acercándose a cada una, les entregó un pergamino. - Cierren los ojos y llamen en sus pensamientos a los espíritus. Quien acepte su petición, será su nuevo shikigami.

Las niñas asintieron. Colocando el pergamino en sus dedos y haciendo posiciones de manos, cerraron los ojos y se concentraron. Unos segundos después, apareció detrás de Midoriko un imponente venado de grandes cuernos, asombrando a los demás.

Sin embargo, aquellas miradas se convirtieron en un absoluto pánico, al ver que el shikigami de Tsubaki era una inmunda serpiente verde. Haciendo a un lado el ejercicio, el sacerdote Seikai tomó un poco de agua bendita, que tenía en una cubeta, y se la arrojó a Tsubaki, asustándola, tanto a ella como a Midoriko.

-¡¿Acaso te has vuelto loca?! - gritó enfurecido. - ¡¿Cómo se te ocurre aceptar a una serpiente como compañero espiritual?! ¡Mañana volverás a hacer el ejercicio y si para entonces, sigues insistiendo en conservar a esa cosa, te enviaré de vuelta al cobertizo!

Se giró, dándoles la espalda, y se devolvió al templo.

-Gracias por arruinarnos la clase, estúpida. - habló Hiromi; otra de las niñas, fulminando a Tsubaki con la mirada.

-¡Ojalá mueras pronto con esa serpiente! - bramó Nazuna, otra pequeña, tomando la mano de Tsuyu; la más chica del grupo, y marchándose con Hiromi.

A Tsubaki, lo que menos le importaban, eran los comentarios de quienes la rodeaban. De cualquier forma, los del pueblo de bambú la habían tratado peor. Lo que si le interesaba, era saber si aquella serpiente, no se habría ofendido con el acto tan egoísta del señor Seikai.

-No les hagas caso. - dijo Midoriko de pronto, poniéndose de pie y extendiéndole su mano derecha. - Se asustaron porque fuiste capaz de invocar a un shikigami poderoso. Algo que ellas jamás conseguirán.

La niña de ojos verdes, asintió. Aceptó el amable gesto de Midoriko y juntas, regresaron a sus respectivos cuartos, en el interior del templo.

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-¡¿Qué?! ¡¿Invocó a una serpiente?! - interrogó Mizuki, escuchando lo sucedido en el entrenamiento, por parte de Hiromi.

-¡Debiste verlo! - respondió. - ¡Fue muy aterrador y extraño!

-¡Incluso Tsuyu se espantó! ¡¿Verdad?! - agregó Nazuna, ganándose una afirmación por parte de la niña.

-¡Yo digo que deberíamos tratarla como un monstruo! - exclamó Hiromi. - ¡Siendo una marginada que suplicaba por comida en el pueblo, ya debe estar...!

De pronto, recibió un fuerte golpe en la cabeza que la tiró al piso. Unos segundos después, se encontró con la furiosa mirada de Tsubaki, quien la inmovilizó, antes de propinarle unos puñetazos en la cara. Nazuna, asustada, salió de la cocina para buscar ayuda.

-¡Repítelo! - gritó enfurecida, dándole otro golpe con el que la hizo sangrar de la nariz y gritar. - ¡Dime en la cara que soy una marginada! ¡DÍMELO!

-¡Tsubaki!

En eso, la señora Matsu llegó corriendo junto con Nazuna, tomando las ropas de la mencionada para separarla de Hiromi. Las niñas y Mizuki, preocupados por ella, se arrodillaron a su altura, viendo como la mujer se llevaba a la pequeña de ojos verdes, nuevamente, al cobertizo. Sus gritos inundaban con desesperación los pasillos del templo.

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Pasados 2 días; en los que Tsubaki había sido estrictamente encerrada, recibiendo, además, golpes en el rostro por parte de la señora Matsu, se levantó en la madrugada como cada mañana. Acudiendo al otro lado del lago, por medio del sendero, invadido por arbustos espinosos.

Para su gran extrañeza, Madara ya no estaba junto a la pared de roca. Anonadada, se acercó. Quizás era un truco hecho por la niebla. No obstante, al revisar mejor, comenzó a respirar llena de temor y tristeza.

-¡M-Madara-sama! - lo llamó, volteando a todas partes y comenzando a llorar. - ¡M-Madara-sama! ¡Si esto es una broma, no es divertida! ¡Por favor, salga ya! ¡Necesito hablar con usted!

Desde el interior de la copa de un árbol, el hombre de ojos carmesí la observaba. Como gritaba su nombre, como caminaba en círculos, como lloraba. Apretando los puños, vio con dolor los moretones en su rostro. Seguramente, el responsable de eso, había sido el sacerdote del que tanto se quejaba.

-Lord Madara.

En eso, una voz ajena llamó su atención, encontrándose arrodillado en la rama de otro árbol.

-Por favor, disculpe mi insolencia... pero creo que debería llevarla con usted.

-Shisui... - sus ojos carmesí giraron hacia el joven de piel pálida, corto cabello negro y ojos similares a los suyos. - ambos sabemos que eso es imposible. Mi camino está lleno de sangre y oscuridad. - entonces, su mirada volvió a lo profundo de la niebla. - En cuanto la estúpida guerra de los humanos termine, su camino será luminoso, con mucha paz y bondad.

-¡Por favor, señor! ¡Reconsidere! - exclamó el muchacho, agachando más la cabeza. - ¡¿Acaso no la escucha llorar o como lo llama con desesperación?! ¡No es feliz en ese templo! ¡Lo necesita a usted! - al darse cuenta de que le había gritado a su señor, se tranquilizó. - P-Perdone. Me dejé llevar.

-No sé cuánto tiempo me tomará cazar a Abi por lo que me hizo a mí y al inframundo... - comentó, llevándose una mano a la cicatriz que le quedó en el pecho. - pero, mientras tanto, quiero que te quedes con Tsubaki y le mandes cada mañana, una flor de mi parte.

Shisui asintió. Se transformó en su verdadera forma; un cuervo, y salió volando de ahí, graznando como si fuera cualquier otro tipo de ave. Madara, mientras tanto, se levantó de la rama donde estaba sentado y sonrió con tristeza.

-Un demonio debiéndole un favor a una niña. Y una niña llorando por un demonio. - dijo para sí mismo, girándose al otro lado y comenzando a saltar por las ramas de otros árboles. - Realmente vivimos en un mundo maldito.

Fin del capítulo.