Horas antes…

Querido Hak,

No sé cómo decirte que aún sigo en el castillo…

No, tachó las pocas palabras que se había aventurado a escribir en la última hora y gimiendo por lo bajo, entremetió los dedos en su cabello con frustración. Escuchó un suave sonido familiar y cuando alzó la cabeza, descubrió los enormes ojos oscuros de la ardilla, quién la miraba atentamente desde el centro de la mesa de sus aposentos mientras mordisqueaba una galleta de miel. En silencio, le extendió la pata con el trozo que le quedaba del aperitivo.

—Muchas gracias, bonita— como había pasado desde el primer momento que la conoció, su nueva amiga consiguió sacarle una sonrisa enternecida— pero es tuya, no tengo hambre.

Pukkyu, aceptó, llenando sus carrillos con el último bocado.

Yona extendió el brazo, acariciándole la zona entre sus orejas y la sintió estremecerse. Se estiró, en una silenciosa petición por que continuase la caricia por la espalda, y ella le hizo caso. Yona juraría que la vio sonreírle, dándole ánimo, antes de alejarse hacia al plato donde quedaba la última galleta.

La princesa de Kouka suspiró, apoyando el mentón en una mano, y sus ojos se desviaron inconscientemente hasta el trozo de tela que había desanudado del cuerpo del animal, esa tela que reconocería en tan solo un vistazo. La acogió entre los dedos de una mano y se quedó pensativa mientas la acariciaba por unos segundos. Instantes después, desvió la mirada hacia la puerta de su recámara. Como desde hacía casi una semana, un soldado permanecía frente a ella, firme e inexpugnable, impidiendo así que nadie entrara en los aposentos de la princesa.

Y, por supuesto, que nadie saliera.

Suspiró.

¿Cómo podría explicarle en una nota el sinfín de sinsentidos y anhelos que habían sido estos días para ella? ¿Cómo plasmar con palabras su miedo, su deseo por escalar, el dolor por la libertad que tal cruelmente le había sido arrebatado a pesar de que no había sido su culpa? ¿Cómo decirle lo mucho que deseaba huir, y esconderse junto a él entre esas verjas de hierro porque en él residía su corazón y mente, aun sabiendo estar junto a él significaba estar sujetos a unas cadenas de hierro?

Si tan solo pudiera verlo una vez… un solo minuto…

¿Qué le diría?

Seguramente se quedaría callada, no sabría que decir. O las palabras les saldrían a borbotones, tal vez.

¿Le hablaría de esa noche? ¿De la sentencia de su padre? ¿Del miedo, la inquietud y la soledad que la ahogaban? ¿De la fuerza aplastante que era la culpa, la decepción consigo misma, la rabia contra la situación? ¿Le hablaría del odio que había empezado a emerger en su interior hacia su padre, el ser que le había dado todo y más por ella, pero que escondía miles de secretos y le gustaba jugar con ella a las marionetas?

O simplemente podría decirle lo mucho que le había echado de menos, lo mucho que lo necesitaba… lo mucho que lamentaba haberle fallado.

—Ojalá ser cómo tú— susurró mirando hacia la ardilla— Ojalá poder escapar por la ventana y ser libre. Ojalá ser fuerte para poder ayudarlo— los ojos le picaron por las lágrimas que amenazaban con escapar, pero, cansada de ellas en los últimos días, se refregó los ojos— No, no, no puedo venirme abajo. Tengo… tengo…— apretó los labios en una fina línea y se enfrentó al papel.

Leyó las dos líneas escritas y tachadas y cogió uno nuevo. Mojó la pluma en tinta y sus dedos se pusieron blancos de la fuerza con la que sujetaba objeto. Se quedó mirando el trozo de pergamino por un tiempo, demasiado tiempo, y cuando sintió un cuerpo cálido acurrucándose en su hombro, de pronto, sus manos empezaron a moverse sola:

Quiero verte pero me es imposible llegar a ti. Mi padre me tiene encerrada en mis aposentos cada noche y no puedo burlar a los guardias para escaparme. Te he fallado, no he podido salir del castillo. Ni siquiera llegué a traspasar las puertas. Perdóname.

Intentaré hallar el modo de volver a reunirnos.

Espérame.

·

Presente

—¿Yona?

La muchacha parpadeó, irguiéndose en la silla del comedor.

—¿Sí, padre?

—Tae-Jun se irá hoy.

—Bien, padre— asintió, sin modular el tono de voz.

Silencio.

—Yona, querida, ¿de verdad no vas a decirme qué pasó?

El cuerpo de Yona se tensó mientras el recuerdo de aquella noche asaltaba a su memoria. Emoción, esperanza, anhelo, sorpresa. Rudeza. Reproches. Brusquedad. Voces, muchas voces a su alrededor.

Y miedo, culpa y desesperación.

—Ya te lo conté— esperaba que sus palabras fueran suficiente, pero llevaba repitiéndolas estos días incansablemente y su padre nunca terminaba por quedar satisfecho.

—Lo sé, hija, pero hay algo que no me cuadra…

—Solo vi un ratón, padre. No sé qué escucharon los soldados, pero estaba bien.

—Nunca te asustaron antes.

—No me lo esperaba.

«Créeme. No me creas. Créeme. Ayúdame. Déjame.»

Su cabeza era tal hervidero de pensamientos contradictorios que las manos empezaron a temblarle sobre la mesa, así que las recogió en su regazo. Entrelazó los dedos y los apretó hasta que le dolieron. La imperante necesidad de tocar la pulsera le estaba comiendo viva, pero mientras su padre estuviera delante no tenía libertad de movimiento.

Il suspiró, meditabundo, y se levantó de la mesa del comedor, donde se habían reunido a tomar el té. Yona no alzó la mirada cuando lo sintió acercarse a ella y colocar una grande y cálida mano en su hombro.

—Sé cuánto querías ese viaje, Yona, pero…

«No, no, no.»

«Sí, sí, sí.»

—Tendremos que dejarlo para otro momento, ¿vale, cariño?

Yona luchó contra el nudo en su garganta que le impedía respirar con normalidad, pero terminó asintiendo. Una sola vez. Su padre dejó un beso en la cima de su cabeza, le deseó una buena tarde y murmuró que tenía que marcharse para atender unos asuntos importantes. Yona siguió sin moverse incluso aunque sabía que estaba a solas en la habitación.

Entonces, las lágrimas se deslizaron silenciosas por sus mejillas.

El alivio y la culpa corroían su corazón a partes iguales.

·

La ausencia de Tae-Jun en el castillo trajo algo bueno con él: sus guardianes nocturnos desaparecieron.

Ya no hacían falta, ¿verdad?

Pero Yona sintió sus piernas hechas del mismísimo granito cuando, esa medianoche, en el momento en el que la luna estaba en su punto álgido, intentó emprender el camino hacia su libertad, ese lugar que conocía como la palma de su mano. Apretó sus manos en un puño, enfadada consigo misma por el miedo que atenazaba su corazón, y se recordó lo mucho que lo había extrañado, lo mucho que había rogado por esta oportunidad.

Sin embargo, pese a que su cuerpo y alma gritaban que fuera a él sin dudarlo, su mente le hacía recular y dudar.

Porque, ¿qué cara pondría al verlo? ¿Qué le diría? Él le pediría- no, le exigiría- una explicación y la pillaría perfectamente si ella intentaba mentirle. La conocía demasiado bien y la situación era demasiado confusa para él como para tragarse la primera historia tonta que ella le diera.

Él querría saber todo lo ocurrido… y ella deseaba tanto decírselo.

Pero eso implicaría desnudar su alma y mostrarse tal y como era: como una sucia cobarde que a la más mínima rehuía y se refugiaba en los brazos de su padre.

¿Estaría preparada para la mirada de decepción que él le dedicaría? O peor, ¿para la expresión de sabía que no lo conseguiría que él intentaría esconder para no hacerla sentir peor?

No, por supuesto que no… Ella sabía perfectamente que había fallado, se lo había recordado cada segundo que había permanecido despierta, encerrada en su habitación con la vista puesta en la sombra del guarda que se reflejaba en la estera de su puerta. Observando al hombre de turno que la mantenía recluida y a salvo entre esas cuatro paredes. Pero la pulsión por verlo, por saber que estaba bien, por recordar el timbre exacto de su voz o el ligero aroma a tierra húmeda que la calmaba como ninguna otra cosa…

Eran dos fuerzas opuestas que se enfrentaban en su interior y ella no sabía qué voz escuchar.

¿El miedo o el deseo?

¿La desesperanza o el anhelo?

¿La soledad o…?

Pukkyu.

Yona bajó la cabeza hacia el suelo frente a ella y se encontró con su peluda amiga observándole como si estuviera esperando su decisión. Como si pudiera saber perfectamente el dilema que estaba sufriendo en ese momento.

—¿Qué hago? — le preguntó en voz alta, agachándose y estirando el brazo lo justo para que ella pudiera subirse. Esta rápidamente escaló hasta su hombro, su lugar favorito, y se refregó contra la mejilla de ella— Tengo tanto miedo…

«Miedo»

A eso se reducía su vida, sus pensamientos.

Miedo a su padre, miedo a Tae-Jun, miedo a ella misma, miedo a fracasar, miedo a la reacción de Hak, miedo a decepcionarle.

Y estaba harta. Harta de medir cada milímetro de los pasos que daba, harta de mirar a su alrededor para ver quién la acechaba y juzgaba, harta de estar de brazos cruzados, de dar un paso y toparse de bruces con una pared. Harta de sentirse tan impotente.

Harta de ser la princesa de Kouka.

·

Los escalones, terriblemente familiares, temblaron a cada paso que daba. ¿O eran sus piernas? No estaba muy segura.

Intentando normalizar la respiración, con la mano apoyada en la pared para guiarse en la oscuridad y sintiendo el frío colándose bajo su piel con cada escalón que bajaba, se centró en poner un pie tras otro. Delante de ella, oía el suave caminar de su amiga, una luz guía en su oscuro camino.

Como si ella pudiera alguna vez olvidar el camino que le llevaría a él.

Cuando llegó a la enorme puerta de madera, su corazón parecía que tronaba en el pecho y las piernas le temblaban como nunca antes. ¿Sería capaz de dar un paso más? ¿Sería capaz incluso de hablar?

—Hey, pequeña, hoy vuelves temprano— oyó de pronto un murmullo y Yona se dejó caer contra la pared contigua mientras sentía los vellos ponérsele de punta.

Esa voz.

No la recordaba tan ronca, tan suave, tan acogedora, tan… perfecta.

—¿Esta vez no tienes nada que comida para mí?

Yona se obligó a moverse y caminó hacia el hueco de la puerta que siempre dejaban entreabierta. Se asomó. Su respiración se atragantó cuando lo vio sentado en medio de la celda y las lágrimas se acumularon en sus ojos, aunque no dejó que cayeran, todavía no. Él, ajeno a presencia de la muchacha, dejó que la ardilla ascendiera por su brazo. Al parecer, esa pilluela no era así de cariñosa solo con ella.

Aunque, siendo honesta, ¿quién no querría estar así con Hak?

Yona detuvo aquella línea de pensamientos cuando su corazón amenazó con descontrolarse y sacudió la cabeza imperceptible. Concéntrate. Esto es importante.

—Y tampoco traes carta, ¿eh? — inquirió visiblemente decepcionado.

—Pe-pensé que sería mejor si te lo decía a la cara.

Hak se paralizó y por un segundo tuvo miedo de alzar la cabeza y descubrir que esa voz había sido un producto de su imaginación. Pero siendo incapaz de quedarse con la duda, lo hizo y su cuerpo por completo ardió cuando… joder, la vio ahí, pálida y hermosa, aguardando en la puerta de entrada. Mirándolo con esos violáceos que tanto había echado de menos.

—Princesa— jadeó, incorporándose.

—Hola.

—Pero qué…—musitó, y Hak pensó que aquello debía ser un sueño, sí, sin embargo, sueño o no, había algo de vital importancia que tenía que solucionar primero—: ¿Estás bien?

Yona asintió suavemente y caminó con pasos lento hacia el interior. Él hizo lo mismo hacia los barrotes y por un segundo, se quedaron viéndose fijamente el uno al otro con sus corazones latiendo frenéticamente.

—¿Y tú? — inquirió en voz baja.

—Ven aquí— dijo él, en cambio, como si no la hubiera escuchado. Cuando la vio parpadear en respuesta, extendió el brazo entre los barrotes— Ven, por favor.

—Va-vale.

Dio un paso más cerca y todo el aire de sus pulmones fue expulsado por la boca con una exhalación cuando sintió los dedos de él acariciar su mejilla, la piel de debajo de sus ojos. En los años que se llevaba conociendo apenas se habían tocado, mucho menos en los rostros, así que Yona ni en sus más profundos sueños se habría imaginado que el que la tocara se habría asemejado a sentir cientos de chispas en su estómago y pecho. Ni que su corazón se habría puesto a hacer volteretas en su caja torácica.

—¿De verdad que estás bien? — le preguntó mirándola con intensidad y preocupación.

«Sí.»

«No.»

—No te preocupes— se oyó decir al final, acunando su mano con las de ella y con todo el dolor de su corazón, la apartó de su rostro. Aunque no la dejó ir, no podía. El calor le resultaba demasiado reconfortante para el huracán que era ahora mismo sus sentimientos— Siento no haber venido antes, pero…

—Dime qué ha pasado.

Ahí estaba. Lo que ella más temía, lo que más anhelaba.

Yona cerró los ojos e inspiró con fuerzas. Sintió la mano tensarse entre las suyas, pero no la soltó y ella no se atrevió a hacerlo. Como se dijo, necesitaba ese agarre firme, real, para sobrevivir a la conversación.

—Todo… todo se volvió una locura. El plan, ese plan que perfectamente había trazado paso por paso, de pronto se descontroló y la cosa se me fue de las manos.

—¿Qué te ocurrió esa noche?

Ni siquiera se preguntó cómo lo sabía y, de pronto, se sintió tonta por siquiera haber pensado que podría ocultárselo. Ni podía, ni quería. Podría parecer una tonta y una ingenua, una débil y una cobarde, pero no le importaba. Necesitaba más la compañía y la comprensión que él le brindaría, sus suaves palabras que siempre conseguían hacerla sentir… bien, la brusquedad en sus acciones pero la sinceridad de su mirada… Necesitaba a Hak mucho más de lo que se avergonzaba de sí misma y por primera vez, no le daba miedo admitirlo.

—Iba venir a veros una última vez. Lo juro, quería despedirme… disculparme… Pero no pude hacerlo.

Y entonces no pudo callar. Las palabras salieron a borbotones de sus labios, como si quieran escapar rápido por temor a quedarse atrás, y Yona se dejó llevar por la sensación.

Le contó la visita sorpresa de Tae-Jun esa noche y la mirada de Hak se oscureció. Le contó sus palabras, cómo sus acciones bruscas e inesperadas hicieron sonar las alarmas en su cabeza. Le dijo -un poco a trompicones- sobre el beso que él le robó (su primer beso, aunque en ese momento no importaba), y Hak exhaló con fuerzas. Y mientras seguía hablando, las imágenes aparecían en su cabeza como unas viñetas a color: ella queriendo zafarse, él insistiendo, ella pisándole el pie y haciéndole aullar de dolor, el sonido de voces, pasos acercándose. Ella, con el corazón a mil y las lágrimas a punto de saltarse, observando a los soldados aparecer y quedarse viendo la escena frente a ellos. Tae-Jun recomponiéndose rápidamente y entre dientes asegurando que no había pasado nada. Criadas llegando. Más soldados. Su padre.

Y ella luchando con el miedo que calentaba su sangre, con la ira que se le anudaba el estómago y la garganta, porque sabía que, en el momento que descubriese a ese infame, su plan se iría al garete. Sus esfuerzos habrían sido para nada. Habían esperado años para esta oportunidad y si ella le decía algo a su padre, lo más mínimo, él le creería y alejaría a Tae-Jun de su lado para siempre, alejaría la única posibilidad en su vida por salir del castillo. Y Hak y Kija la necesitaban. Y ella prometió que lo conseguiría. Se lo juró a sí misma.

Así que, mientras sentía el asqueroso sabor de sus labios en su boca, mientras seguía sintiendo el recuerdo de sus manos en la piel reteniéndola, mintió. Ignoró la sorprendida mirada de Tea-Jun, el retortijón de su estómago por la ligera satisfacción en su mirada, y se centró en su padre. Le explicó y perjuró que no había pasado nada.

No sabía qué pudo ser. Quizás la desesperación que se iba adueñando de ella y se entreveía en su mirada o tal vez el nerviosismo en su voz, pero su padre no terminó de creérselo, y echándole una -acertada- mirada de desconfianza a Tae-Jun, mandó a todos fuera de allí. Yona no necesitó que nadie le dijera que su oportunidad estaba esfumándose entre sus dedos como arena del desierto para comprenderlo.

Y mientras escuchaba a su padre despedirse y lo veía hablar con un guardia, que más tarde estaría frente a su puerta toda la noche, el alivio, la aflicción y la culpa le comieron viva. Porque sabía que Tae-Jun no tendría su oportunidad de volver a intentar algo, pero ella tampoco podría salir.

Estaba encerrada y a salvo de cualquier avance de ese loco.

—Intenté convencer a mi padre que nada había pasado, pero…— calló, y pensó que la seca -y nada femenina- risotada que había soltado a continuación, habló por si sola.

Hak no se había movido en toda la explicación. Casi parecía que ni siquiera había respirado y cuando Yona terminó de hablar, ella también aguardó con la respiración contenida una respuesta por parte de él.

—¿Se ha ido definitivamente? — dijo él, después de lo que se sintieron como horas de tenso silencio, en un tono que parecía ser cuidadosamente contenido.

Yona asintió, apretando inconscientemente la mano de él entre las suyas, sintiendo la familiar picazón en sus ojos. No alzó la cabeza para mirarlo, pues tenía miedo de conocer su expresión.

Las palabras se le amontonaron en la garganta: «Por ahora, sí. Estoy a salvo. Sigo aquí.»

—Joder— susurró él entonces, y soltó el agarre de sus manos, pero justo antes de que Yona sufriera un ataque de pánico por su alejamiento, sintió su toque en el hombro y un suave tirón en él—Eres… eres…— con los ojos como platos, se dejó llevar, mientras la acercaba por completo a las barras y, más cerca de él de lo que nunca había estado, notó una mano masculina en la parte de atrás de su cabeza— Eres obstinadamente ciega, princesa, y harás que me muera de un infarto entre estas viejas paredes.

¿La estaba…? Oh, mierda. ¡La estaba abrazando!

Incómodo y doloroso, pues las barras de hierros se interponían entre sus cuerpos, Yona jamás había disfrutado tanto de un abrazo hasta ese momento. De pronto, todos los que le habían brindado en su acomodada y tranquila vida -su padre, algunas mujeres del servicio con las que se llevaba bien- habían empequeñecido comparados con el aluvión de sensaciones que le asoló con ese torpe intento. Yona, sintiendo las lágrimas descendiendo por sus mejillas en contra de su voluntad, se aferró a la camiseta de él por sus costados y escondió el rostro en el lugar que debería estar su hombro pero que le era imposible tocar por las dos barras que se interponían en su frente.

Frío, rígido e incómodo como era, Yona atesoró ese momento como el mejor de su vida.

—Lo siento— las palabras escaparon de su boca con un hipido— Os fallé. Quise, intenté que… pero…

—Estás aquí— susurró él en respuesta con la voz ronca, tensa… imponente— Estás bien. Eso es lo único que me importa, princesa. A la mierda con el plan. A la mierda con ese cerdo de Tae-Jun que tiene sus días contados, lo prometo. Lo importante eres tú, estoy tranquilo con tenerte aquí.

Sus palabras sonaban tan vehementes, tan sinceras, que por un momento Yona se dejó llevar y respiró por primera vez en días sin el peso de la culpa aplastándola. Sus pulmones se llenaron y no solo de oxígeno, también vino con ello ese aroma a tierra mojada y sudor de él que había añorado hasta morir. Y de pronto, se sintió en casa. Segura y a salvo.

Allí, en un oscuro y frío sótano bajo tierra, rodeado de celdas y barrotes de hierro, Yona se sintió como si fuera el lugar al que pertenecía. Más que los extensos pasillos del castillo, que el primoroso y amado jardín de su madre, que su cálida y tranquila habitación en la que había crecido….

Allí, entre rejas, en esos brazos fuertes y seguros que la acogían con firmeza y ternura…

Ahí era donde exactamente se encontraba su corazón.


No sé vosotrxs pero estoy crying

¿Qué os está pareciendo la evolución de la pareja?