Capítulo 7.


Había algo. Un no-sé-qué.

No sabía ponerle palabras a la sensación, definir qué era, pero desde la noche anterior en su estómago se había instalado un nudo que le hacía sentir nauseas. Y esto iba más allá de la preocupación que le carcomía por dentro tras la huida de Yona la noche anterior después de la… hm, conversación.

Algo malo… estaba pasando… y no sabía el qué.

¿Sería un presentimiento? ¿Vendría algo malo?

—¿Estás bien? Te noto inquieto— oyó la voz de Kija por encima del tintineo de sus cadenas debido al paseíllo nervioso que estaba haciendo de un lado a otro de la celda. Últimamente se le estaba haciendo una costumbre.

Llevaba ya casi trescientas sentadillas y otras trescientas flexiones, pero la energía bullía en su interior como un volcán a punto de entrar en erupción.

—Sí, todo está bien— le dijo, aunque también se lo recordó a sí mismo.

Yona se iría mañana, pero esta noche estaba allí, en el castillo, así que debía estar a salvo.

Pero entonces… ¿por qué no había ido a verlo? Después del mal sabor de boca que se le quedó por la tensa pero sincera despedida que tuvieron el día anterior pensó que ella vendría una última vez y, aunque le jodiese y estuviese en contra del plan, había decidido que le daría cada consejo que se le ocurriera para que todo le fuera bien. Si hacía falta, haría un jodido croquis en la tierra de cómo era el reino y dónde podía ir y dónde no y no descansaría tranquilo hasta que se lo aprendiese de memoria.

Sin embargo, por más que esperó y esperó, Yona no había aparecido, y por el tiempo que había pasado desde que les trajeron la "cena"… ya no lo haría. Casi era madrugada.

Pasaría una luna antes que volviera a verla.

—Eh, Hak.

—¿Qué?

—¿Escuchas eso?

—¿El qué?

Pero Kija permaneció en silencio y Hak hizo lo mismo, prestando atención. Se oían pasos. Pasos apresurados. Muchos pasos para ser altas horas de la madrugada.

Debía estar pasando algo en el castillo para que hubiera tanto movimiento a esta hora.

Esa horrible sensación que no le dejaba en paz se incrementó y, sin darse cuenta, Hak se estaba refregando una mano en su pecho, a la altura de donde estaba su corazón, mientras observaba la puerta de salida de las mazmorras. Por más que deseó y se imaginó a una mata de pelos rizada entrando por la puerta, en un torbellino escarlata, la puerta siguió cerrada y con cada segundo que iba pasando, la tensión que había en él fue creciendo considerablemente.

—¿Qué crees que habrá pasado?

—No lo sé, pero no me da muy buena espina.

Los minutos pasaron, ninguno de los dos se movió, y poco a poco, fueron escuchando como la actividad se iba deteniendo. Por supuesto, nadie bajó allí para explicarles que había pasado.

Hak nunca antes se había sentido más prisionero que las horas que le siguieron mientras seguía con sus paseíllos nerviosos, incapaz de detenerse a descansar.

En su cabeza, gritaba un nombre, rogando y suplicando a los dioses porque ella estuviera a salvo.

·

A la noche siguiente, la familiar quietud se ensañó con el castillo. No habían visto a nadie en todo el día, ni siquiera habían bajado a llevarles su ración diaria de comida, así que Hak estaba a un suspiro de ponerse a gritar como un energúmeno en busca de respuestas.

Solo Kija y el constante recuerdo por parte de él de que no podían revelar las escapadas nocturnas de la princesa fueron lo que lo tranquilizaron. Sin embargo, en el primer segundo que oyeron movimiento de fuera, pasos en las escaleras, Hak se pegó a los barrotes como si así pudiera ver antes al recién llegado.

Pero los pasos eran demasiado secos, pesados, y venían acompañados, por lo que Hak sintió el amargo sabor de la decepción y la rabia en sus carnes antes de que se hubiera abierto la puerta. No era Yona, no era ella.

Mierda.

—Déjame hablar a mí— le ordenó Kija con firmeza.

Hak no contestó nada, pues en ese momento la puerta se abrió con golpe sordo, y cuando fue una espalda lo primero que atisbó, un juramento escapó de sus labios.

Caminaba hacia atrás, cargando un cuerpo pesado, y otro soldado sostenía los pies del recluso. Lo llevaban en volandas y mientras pasaban por delante de la celda de Hak, este logró ver una piel nívea y un cabello corto azulado. Sintió su corazón bombeando con fuerzas en el pecho, sabiendo qué había ocurrido, pero no abrió la boca mientras oía el tintineo de las cadenas al moverse, el golpe sordo del cuerpo cayendo al suelo y el click de la cancela al cerrarse.

Los soldados apenas le prestaron atención mientras caminaban apresurados hacia la puerta cuando siempre habían tenido unas palabras mordaces y socarronas preparadas para los reclusos, y aquel "extraño" comportamiento le hizo saber a Hak que esta no era más que otra tarea en la larga lista de trabajos a la que estarían sometidos los soldados en las últimas horas.

—¡Eh! — los llamó cuando estaban traspasando el umbral, sin recordar siquiera las palabras que le había dicho Kija unos minutos atrás.

Uno de ellos, el más mayor, lo miró por encima del hombro con una mueca de desdén.

—¿Qué está pasando? ¿Os hacéis mayores o qué? Se os ve cansados— quiso picarles para que saltaran. A lo mejor se les soltaba la lengua… o quizás él podía al menos destensarse un poco con una buena pelea verbal, ambas opciones eran perfectamente válidas.

El soldado chasqueó la lengua.

—No nos calientes, bestia, que todavía la noche es joven para nosotros.

—¿Por qué? ¿Muchos malos que pillar? ¿Otros niños que secuestrar?

El hombre se carcajeó.

—¿De verdad te estás incluyendo en la categoría de niños, bestia inmunda? ¡Bah! ¡En realidad os estamos haciendo un favor reteniéndoos aquí!

Hak sintió la furia recorrerle de arriba abajo y tuvo que obligarse a permanecer impertérrito ante lo que estaba escuchando.

—Veo que os está costando mucho reunir a tres "críos" — les sonrió haciendo hincapié en la palabra— ¿Dio mucho problema el nuevo, que anoche tuvo a todo el castillo revolucionado?

—¡Ja! — se rio como si le hubiera contado el mejor chiste— ¿De verdad creíste podríais contra nosotros? Lo de anoche no tuvo nada que ver con vosotros, bestia, puedes descansar tranquilo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasó? Se os escuchaba… inquietos.

Vamos, dilo. Dilo. Suéltalo.

Pero el soldado arqueó una ceja en su dirección, como si una parte de él intuyera sus planes, y se regodeó en el tiempo que permaneció en silencio mientras Hak se obligaba a mostrarse tranquilo e impansible.

—¿Para qué quieres saberlo? Total, no tiene nada que ver contigo— respondió, finalmente— Tú vida son estas cuatro paredes y lo que hay más allá de ellas queda muy lejos de ti.

Hak se obligó a sonreírle irónico, aunque por dentro fuese un volcán en erupción.

—A lo mejor de mayor decido meterme en las tropas, tengo que estar al tanto de los sucesos.

—Dudo que jamás puedas poner un pie más allá de esos barrotes, bestia— le echó una desagradable mirada— Yo mismo me encargaré personalmente de ello.

Y con esas palabras, el hombre se largó de allí sin mirar atrás.

Hak sintiendo la sangre corriendo a gran velocidad en sus venas, su corazón bombear frenéticamente, se lanzó hacia la primera pared que encontró para golpearla con todas sus fuerzas y así desquitar toda la frustración y rabia que estaba ahogándolo vivo, pero a pocos centímetros, su puño se detuvo en el aire.

Gruñó exhalando el cúmulo de sentimientos que le carcomían vivo y dejó caer sus antebrazos y la frente sobre la fría piedra mientras se obligaba a centrarse en respirar para calmarse. Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar…

—¿Se puede saber qué te ha pasado que te has quedado más callado que un muerto? Pensé que te encargarías tú— se burló, irónico.

Al no obtener respuesta de su compañero, irguió la cabeza y miró la piedra como si pudiera ver a través de ella mientras agudizaba el oído.

Se escuchaba al otro lado una respiración trabajosa.

Estaba jadeando.

—¿Albino? — inquirió inquieto, recordando que no había escuchado nada de él desde que llegaron los soldados.

¿Le habían hecho algo?

—Eh, oye, ¡¿estás bien?!

—Es él—lo escuchó decir con la respiración agitada— Lo siento, mi cuerp- Es él. Es Seiryuu.

·

Hak suspiró, inclinándose delante con la cabeza apoyada en las rodillas.

La noche era silenciosa, tan solo cortada por el gemido bajo del recién llegado y el suave ronquido de Kija, quién había caído rendido como si le hubieran drenado la energía después del chute que sintió con la llegada del nuevo. Más allá de la puerta, en el castillo, el mundo parecía estar sumido en esa familiar tranquilidad que había vivido siempre, pero que ahora le ponía más nervioso que nunca.

Porque las horas pasaban y no tenía noticias de la princesa.

Ella no había aparecido y él no tenía los medios posibles para descubrir dónde estaba, cómo estaba y si estaba bien.

Ahora mismo, si su cabeza no le fallaba, debía haber pasado al menos una noche o dos en la Tribu del Fuego, y aún quedarían más de tres semanas para volver a verla, para que regresara al castillo. La espera se le iba a hacer eterna... Gimió, pasándose las manos por el cabello, y su mente hizo algo que se prometió hace mucho tiempo que no haría: recordó su hogar. Después de tantos y tantos días sin ninguna compañía más que la de él mismo en aquel lúgubre y solitario lugar, el único consuelo que había tenido su conciencia y su alma venía de la mano del recuerdo de su hogar, Fuuga, la capital de la Tribu del Viento; las hoscas palabras de su abuelo Mundok, los entrenamientos con Tae-Woo y Han-Dae, las bromas y las risas que se echaban a costa del viejo; los regaños y castigos que, después de todo, no servían para nada…

Se había aferrado a ellos como un náufrago que no suelta una tabla de madera en medio de la tormenta, por temor a hundirse y ser incapaz de volver a salir a flote. Sin embargo, una noche, una ingenua y valiente muchachita apareció en su vida y su mundo dejó atrás la tonalidad sepia de sus memorias para llenarse de luz y color con la presencia de… su princesa. Y por mucho que le molestase que ella se pusiese en peligro cada vez que lo visitaba por su culpa, ya no recordaba como era su vida antes de que ella irrumpiera en su vida.

Y no sabía qué sería de él si de pronto era arrebatada de su lado.

Hak suspiró una vez más -¿cuántas llevaba ya en el último tiempo?- y echó la cabeza hacia atrás, hasta que su cabeza chocó con la pared.

Repentinamente, por el rabillo del ojo creyó atisbar movimiento, pero antes de que pudiera enfocar bien la mirada al otro lado de los barrotes, lo que sea que hubiera visto había desaparecido. No había nada, ni nadie.

La decepción irrumpió en él como una ola, arrasando con cualquier vestigio de esperanza que hubiera podido nacer.

—Princesa…— susurró al aire, observando su muñeca vacía, aquella donde había llevado por meses la pluma que había caracterizado a su gente por siglos.

Su mente viajó sola una vez más y a su memoria llegó el recuerdo de su casa en Fuuga, de la mirada inquisitiva que le dedicó el viejo cuando llegó allí por primera vez. Hak no recordaba a sus padres pues era muy pequeño cuando ambos murieron, pero si había algo que jamás olvidaría era la primera vez que pisó la casa del viejo, como este fue enseñándole habitación por habitación mientras le explicaba las reglas de la casa y le decía que, en el momento que quisiera, él mismo lo instruiría en el arte de la lucha. «Ya», había respondido él, un niño de no más de cuatro años, con expresión decidida. «Quiero convertirme en alguien fuerte para ayudar a mi gente». Mundok en ese momento le había sonreído con el orgullo brillando en sus pupilas y se había acuclillado delante de él. Sacó la mano de uno de los bolsillos de su túnica y en silencio, se la tendió.

Hak se quedó mirando fijamente el objeto que colgaba y durante un primer momento no supo qué hacer. Entonces, lentamente estiró el brazo y lo cogió con infinito cuidado.

«No volverás a estar solo, hijo, para lo que necesites estaré aquí. Te ayudaré a ser el hombre que deseas ser.»

Nunca antes había tenido nada que fuera suyo.

Y allí estaba, en la casa del jefe de la aldea, aferrándose a la pluma que ese viejo le había regalado, después de días y días viviendo con otros niños orfanato… estando en el último lugar que jamás pensó estar… Allí… por primera vez en mucho tiempo, Hak se sintió a salvo y en paz.

Su hogar.

·

No fue hasta dos noches después que Hak no descubrió qué era eso que le tenía en constante alerta.

Había algo, nuevamente no sabía el qué, que le ponía nervioso. Últimamente le pasaba mucho. Pero al contrario de la noche en la que hubo mucho movimiento en el castillo, esta vez la sensación era más… tangible, más palpable, no estaba muy seguro de como describirlo pero, de verdad, había algo o alguien en aquel lugar. Y esa sensación se hacía más fuerte, sobre todo, por la noche.

Hak no sabía qué le ponía más nervioso: el pensar que había algo allí a lo que no podía poner forma o identidad o que, en realidad, estuviera perdiendo la cabeza.

Resopló, inquieto y molesto consigo mismo, y decidió centrarse en las respiraciones de sus dos compañeros. El nuevo, Seiryuu según Kija, todavía no había despertado del todo, pero al menos ya parecía estar más en la realidad que en la inconsciencia y le habían podido sacar un par de palabras aunque estas no hubieran tenido sentido alguno. Hak suponía que para el día siguiente ya estaría lo suficientemente despierto como para responder a algunas preguntas.

Seiryuu.

El dragón azul.

Así que, efectivamente, el poblado del albino había tenido razón y estos sí eran capaces de sentirse entre ellos.

Pensar en ese hecho conseguía revolverle el estómago porque eso solo podía significar una cosa: él no era un dragón. Kija no reaccionó en ningún momento ante él. No era uno de ellos, había tenido razón, después de todo.

Hak no sabía cómo sentirse ante eso.

Cuando tuvo lugar la conversación entre Yona, Kija y Hak, este último intentó mostrar la mayor indiferencia posible para no preocupar a la princesa, pero en realidad, él mismo tenía un torbellino de sentimientos en su interior que estaba volviéndolo loco. Y ahora que, al final, había encontrado la respuesta… ¿Qué debía sentir? ¿Alivio por no ser eso que ellos buscaban? ¿Rabia por, aun no siéndolo¸ haber tenido que vivir esta situación? ¿Orgullo porque su ferocidad y fuerza había sido confundida con el poder de los dioses?

Y es que todo le parecía tan… tan… trágicamente absurdo.

De pronto, la sensación de vigilancia, esos ojos invisibles que le taladraban desde todas partes, volvió con mucha más fuerza y persistencia y Hak se mantuvo quieto, observando su alrededor por el rabillo del ojo, esperando encontrar algo que le diera una pista sobre lo que estaba sucediéndole. Al principio, no atisbó nada fuera de lo normal y eso le hizo sudar frío, pero entonces, súbitamente, más allá de las barras creyó ver movimiento y…

Rápidamente alzó la cabeza y lo que vio al otro lado lo dejó congelado en el sitio.

Eso era…

—Pero qué…

Dudó si moverse, temeroso de que se asustara y se marchara lejos de allí, así se quedó mirándola fijamente, creyendo que en realidad estaba teniendo visiones.

Definitivamente se estaba volviendo loco, porque no podía ser que delante de sus ojos estuviera…

—¿Una ardilla?

El animal en cuestión, de pelaje anaranjado, con unos profundos y grandes ojos negros y una cola esponjosa y peludita, estaba mirándolo fijamente, moviendo la naricilla arriba y abajo. En sus patas llevaba una bellota y por las mejillas hinchadas, Hak supuso que tendría un par de ellas en sus carillos.

¿Qué hacía un animal como ese… allí, en las mazmorras del castillo?

—Hey, hola— murmuró, sintiéndose un poco estúpido por estar hablándole a un animal.

La ardilla se quedó mirándole como si no lo hubiera escuchado. Se tragó lo que llevaba en la boca y empezó a mordisquear el suculento manjar que llevaba entre sus patitas. Resultaba un poco siniestro, Hak debía ser sincero.

—Ven— musitó extendiendo la mano.

Inclinó la cabeza, comiéndose el último trozo, y entonces se inclinó hacia delante, aunque no traspasó los barrotes. Hak, lentamente, se arrastró por el suelo, sin levantar el culo para no hacer mucho ruido, temeroso de asustarla. Estaba a solo a medio palmo para llegar a la verja cuando, de pronto, se escuchó un gemido quedo de alguno de los dormilones de la habitación y la ardilla se irguió, moviendo sus orejitas a todos lados.

—No, espera…

No sirvió de nada. Dándole un último vistazo, la ardilla se alzó sobre sus patas traseras y desapareció en la oscuridad de la noche.

De nuevo, se quedó Hak a solas con sus pensamientos.

Al menos, pensó para sí mismo con desánimo, no me estoy volviendo loco. Sin embargo, sintiendo la sensación de inquietud que no desaparecía en su interior, no pudo evitar preguntarse instantes después cuánto tiempo tardaría en perder la batalla contra la locura.

·

A la noche siguiente, la misteriosa visitante volvió a hacerle compañía. Y esta vez ya sabía quién era y cuál era su nombre.

Aunque el nuevo no había dicho muchas palabras ese día, sí habían podido sacarle algo: un nombre. Más que nada porque Kija y él se sorprendieron al verla pasearse entre las mazmorras por la mañana cuando nunca antes lo había hecho y eso había suscitado muchas preguntas al nuevo, sobre todo en el momento que la ardilla se había dirigido con decisión a su celda y había empezado a chillar como si hubiera tenido la mejor noticia del mundo… o como si se estuviera muriendo.

Tanto Kija como él quisieron asegurarse de que no estaba ocurriendo la segunda opción.

Ahora, la ardilla -o Ao- se había detenido frente a sus barrotes y lo miraba fijamente, una vez más con los carillos llenos de comida y en la mano un par de bellotas más.

—Hola— sí, era tonto hablarle a un animal, pero nadie estaba viéndolo, ¿verdad? —, ¿dónde fuiste? Te largaste hace unas horas y hasta ahora no has vuelto. Parece que conoces un buen sitio para encontrar comida.

La ardilla se tragó la bellota segundos antes de zamparse otra de las que tenía en la mano, lo que, después de tantos días sin ningún deseo de hacerlo, consiguió sacarle una sonrisa a Hak. Para ser tan pequeña, tenía un estómago demasiado grande.

—¿Has ido a dar una vuelta por el castillo?

¿Puedes llevarme contigo?, quiso preguntar, aunque consiguió retener las palabras a tiempo.

Ao no respondió, por supuesto, pero, para su sorpresa, se tragó lo que tenía en la boca y en lugar de comerse la bellota que le quedaba, se quedó mirándola por un par de segundos antes de moverse. Hak la vio traspasar los barrotes de su celda y acercarse a dónde estaba sentado él. Se detuvo a un par de pasitos suyos de la pierna de él y lo miró con esos grandes ojos oscuros.

—¿Qué pasa?

Ao soltó un suave pukkyu.

Y le tendió la pata donde llevaba la bellota.

—¿Me la das? — se sorprendió.

En silencio, Ao insistió. Audaz, se subió a la pierna del muchacho y volvió a extender la pata con otro suave pukkyu.

—No, no la quiero…

Al parecer, no le gustaba no salirse con la suya porque escaló hasta la otra pierna, que tenía la rodilla en alza y estaba mucho más cerca del rostro, e hizo un tercer intento. Hak se obligó a no abrir la boca por la sorpresa ya que una parte de él le decía que seguramente aprovecharía para colársela.

La tozudez y determinación que mostraba esa ardillita se le hizo terriblemente familiar y Hak sintió un tirón en el pecho, cerca de donde su corazón latía. Y pensó en unos ojos violáceos, en un cabello del color del amanecer, en una mirada dulce, bonita y llena de energía…

—Gracias, pequeña— terminó aceptando, porque como sabía, había personas -o animales- a los que decirle que no solo servía para perder el tiempo. Cuando se les metía algo entre ceja y ceja, nadie los detenía.

Hak era absolutamente consciente de eso.

Extendió su mano para que Ao dejara caer la bellota. Así lo hizo, y Hak sonrió ligeramente mientras le pasaba los dedos por la cabeza viendo la expresión de felicidad de la ardilla cuando cerró los ojos y se dejó arrullar gustosamente. Pero mientras le acariciaba la parte de atrás de la cabeza, notó algo extraño, algo que no era pelo. Rebuscó con sus dedos entre el pelaje hasta encontrar un suave cordel que le rodeaba con soltura el cuello, el cual se había mimetizado y ocultado por completo con la pelambrera.

La respiración de Hak se detuvo, y junto a ella, su corazón.

—Esto es…— lo rozó, sintiendo la textura. Era… era el mismo cordel intrincado con el que la princesa había arreglado su pluma para que fuera una pulsera. ¿Cómo…?— Ao, ¿has visto a Yona? — su mente iba a mil por hora mientras nuevas posibilidades se abrían ante sus ojos.

A Siryuu lo pillaron y trajeron al castillo la noche siguiente a que Yona supuestamente hubiera partido rumbo a la Tribu del Fuego. Pero si Ao poseía ese collar, significaba que Yona se lo había dado, que ellas se habían conocido…

Y eso solo quería decir… que Yona seguía en el castillo.

Pero no, se dijo a sí mismo intentando tranquilizar su alocado corazón, no es posible; ella, de alguna manera u otra habría bajado a verlos, no habría dejado que pasaran tantos días sin que tuvieran noticias suyas y menos cuando se había cancelado el viaje. ¿Por qué entonces no había acudido a visitarlo? ¿Qué le había pasado? ¿Y si…?

¿Y si esa noche, la noche antes a su partida… lo que ocurrió, aquello que movilizó a todo el castillo, tuvo que ver con la princesa?

Mierda, mierda, ¡mierda!

¡Y él allí encerrado sin poder hacer nada!

La cadena empezó a pesarle un quintal y la sintió más apretado que nunca.

—Lo siento, amiga, vas a tener que ayudarme— masculló, sujetando la parte de abajo de su camiseta. Tirando de un hilillo suelto, rompió un pequeño retazo de tela alargado mientras Ao lo miraba con genuino interés— Ve a verla, enséñale esto— siguió diciendo, intentando atinar por el temblor que cubría sus manos mientras le ataba el retazo a la cintura. Sorprendentemente, como si entendiera el trascendental momento que estaba viviendo, la ardilla se dejó hacer— Por favor, ve con ella y de alguna manera, dile…

Dile que estoy aquí.

Dile que la necesito.

Dile que le echo de menos.

Dile que estoy preocupado por ella.

—Dile que le estoy esperando— susurró, al final, con un nudo en la garganta.

Ao se quedó mirándolo con atención. Entonces, saltó hacia su hombro y se restregó contra la mejilla de él.

Pukkyu.

Se dejó caer al suelo, traspasó los barrotes y al otro lado, se detuvo para mirarlo por un momento por encima del hombro. Instante después, había desaparecido en la oscuridad de la noche.

Hak se quedó mirando el lugar donde anteriormente había estado la ardillita por lo que parecieron horas, sin moverse, casi sin respirar. El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que Hak no supo cómo no se le había escapado del pecho… para correr hacia las escaleras e ir a buscarla.

·

Casi estaba por amanecer cuando Hak oyó algo.

Pukkyu.

Rápido se incorporó y todo el aire que no sabía que había estado conteniendo salió expirado con fuerzas cuando, segundos después, vio un borrón anaranjado acercándose. Sin dudarlo, correteó entre las barras y se detuvo a su lado, mirándolo con esos grandes ojos que parecían hablar por sí solos.

Hak sintió como el mundo se detenía a su alrededor.

Porque el trozo de su camiseta que él había anudado horas antes todavía rodeaba la cintura de Ao, sí.

Pero enganchado a este había un trozo de papel primorosamente doblado y no necesitaba ser un genio para saber quién era el remitente de la hoja.


Baia, baia, baia, ¿qué creéis que le habrá pasado a Yona? ¿Por qué no ha ido a verle si está en el castillo? ¿Os lo esperábais? (¡Por fin apareció Ao, jeje!)

En el siguiente capítulos veremos todo desde el punto de vista de Yona... y también el reencuentro. No digo maaaaas.

¡Ya nos leemos!

PD: ¡Muchas gracias a todos los que estáis ahí! T-T