15

Helga miró la caja que había sido preparada para donar. Hasta arriba, el brillo plateado llamaba la atención.

—Decidí donarlo —se escuchó la voz de Arnold tras ella, pero Helga no se movió, no volteo a mirarlo.

—¡Oh! ¿Por qué está eso allí? —la señora Jonhson apareció y tomó aquel objeto; al hacerlo, su melodioso tintineo se escuchó —Tal vez pronto lo necesiten —la buena mujer de sonrisa cómplice, entregó el objeto a Helga. Los rumores de su embarazo habían llegado a sus oídos y aunque no entendía porque los señores no daban ya la noticia, sí podía entender ya el cambió en la vida de ellos, como por ejemplo el que durmieran en habitaciones diferentes o ya no fueran tantas sus demostraciones de cariño, ahora que la señora estaba embarazada debían ser mesurados en esos aspectos —. Iré a revisar lo demás para que esto no se repita —anunció y se marchó.

—¿Es eso posible? —preguntó él y Helga negó —Menos mal. Es un alivio saber que a nosotros eso ya no nos servirá.

«fueron unas cuantas monedas nada más que irán a parar a una buena causa y es bonita, admítelo y, además, puede que pronto la necesitemos»

¡Qué lejanas parecían ahora sus palabras!, pensaba ella.

—Cierto... Pero aunque a nosotros ya no nos hará falta... Cuando mi hermana regrese les será útil a ustedes. Ella es dulce y muy cariñosa. Será una excelente madre para tus hijos... —volteo para mirarlo, quiso sonreírle, pero no lo consiguió. Tomó una de sus manos y le entregó la sonaja —por eso es mejor que la conserves… Iré a ver si la señora Jonhson necesita ayuda.

Helga se alejó y hasta que ella estuvo segura de que estaba fuera de su vista, llevó las manos a su vientre. Nunca tendría la posibilidad de llevar al hijo de Arnold en su vientre y le resultaba muy doloroso que así fuera, pero no se podía evitar, después de todo ese fue un sueño que ni siquiera le correspondía tener. Pertenecía a Hilda, al igual que pertenecía el amor de Arnold.

Empezó a sentir que el aire le faltaba y una voz en lo más profundo de su ser, peleaba por salir y gritar de dolor, pero Helga la acalló y cuando la ama de llaves apareció frente a ella, se forzó a actuar como si el alma no siguiera haciéndosele pedazos.

Arnold entró en su despacho y fue directo a su escritorio, abrió el primer cajón y puso allí la sonaja.

No podía creerlo. Hacía no mucho ella se había mostrado feliz con la idea de estar embarazada y ahora simplemente y con total frialdad le había dicho que tuviera hijos con Hilda. Cerró de golpe el cajón.

¿Por qué ni siquiera se molestó en envolverlo en alguna mentira para tratar de hacerlo cambiar de opinión acerca de echarla de su lado? ¿Sería debido a que ya tenía a alguien más esperándola para cuando ese momento llegara? ¿Ese alguien más podría ser Wolfgang?

¿Por qué no? Ese desgraciado pronto tendría suficiente dinero como para darle una vida de lujos.

Sintió la ira fluyendo por su cuerpo.

Ella le permitió volverla su mundo y luego simplemente ella lo destruyó sin piedad. Acabó con todo, con sus deseos de formar una familia, de escucharla decir que lo amaba todos y cada uno de los días de su vida, de envejecer a su lado. Helga lo destruyó todo y ahora simplemente quedaba claro que eso no le importaba a ella en lo absoluto, mientras que él se atormentaba a cada momento deseando que regresaran sus días felices. Los días al lado de la mujer que amaba...

Contuvo la respiración ante la revelación que acababa de tener.

Helga…

¿Era ella a quien amaba?…

¡No! Golpeó con fuerza el escritorio. Se negaba a sentir eso por esa mujer sin escrúpulos, en su corazón el único sentimiento que se permitiría albergar hacia ella sería el odio y más ahora que ella tenía un amante.

Se levantó con violencia, casi tirando la silla en el proceso, pero no le importó.

Así era, la odiaba con cada parte de su ser y lo haría hasta el último día de su vida.

Hecho una furia salió de la la casa, sin contestar cuando el mayordomo preguntó a dónde iba, aunque ni siquiera él lo sabía.


Gerald volvió a dejar de ver los documentos que estaba revisando para mirar de nueva cuenta a su amigo. Llevaba muchos días con un visible mal humor, ni siquiera en los días inmediatos a que se destapó la verdad Arnol había tenido esa actitud, algo más debía de haber ocurrido, aunque eso no importaba, sea como fuere él tenía en sus manos la posibilidad de poner fin a todo aquel entuerto.

—¡Oye, Arnold! —su amigo respondió de mala gana, pero aun así Gerald continuó —¿Sabes?... Nunca me has preguntado cómo supe acerca de su verdadera identidad —a Arnold no le interesó antes y no le interesaba ahora, sobre todo porque en ese momento no quería oír hablar de ella. Así que prefirió guardar silencio y Gerald suspiró —...El caso es que...tengo información importante que debes conocer sobre ella y tal vez…

—No quiero.

—Es que en verdad creo que debes saberlo, necesitas saberlo…

Arnold se levantó, cada parte de su ser se notaba tensa y fue contundente al hablar.

—¡He dicho que no quiero! Ya una vez guardaste silencio, es mejor que continúes así —no permitió más discusiones, salió del despacho y de la casa de su amigo.

No debió comportarse así con Gerald, después de todo él no tenía culpa de nada, pero realmente estaba al límite. Llevaba días atormentándose no sólo con el pensamiento de la felicidad que se había ido y que no podría hacer que regresara, si no también con por su feroz lucha interna para desterrar cualquier descabellada idea de que albergaba hacia Helga cualquier otro sentimiento que no fuera odio. Por eso no quería pensar en ella, por eso no quiso escuchar a su amigo.

Una ligera lluvia comenzó a caer y Arnold maldijo para sus adentros. No quería ir a su casa y tampoco quería regresar a la de Gerald, así que simplemente siguió caminando.

—No me gustan los días lluviosos.

La lluvía no tardó en arreciar, pero Arnold a diferencia del resto no buscó refugio, siguió caminando y cuando el frío comenzaba a calarle en los huesos detuvo sus pasos abruptamente y se quedó con la mirada fija en el piso, en a las hondas que producían las gotas al caer y en sus zapatos mojados. Luego miró a su alrededor encontrando casi frente a él una taberna y decidió entrar.

Había llegado a un lado de la ciudad al que nunca fue antes, aunque para ser honestos no era la primera vez que pisaba un lugar así, durante su época de estudiante junto con Gerald y otros compañeros se aventuró a uno de esos lugares.

Casi sonríe al recordar esa experiencia, pero al final su cara se quedó seria.

Fue a sentarse hasta el fondo de la taberna y pidió una botella del licor más fuerte que tuvieran.


—Oye, Sid. Mirá allá.

—Ya estoy mirando Stinky, pero, ¿qué quieres que vea?

El peculiar par acababa de entrar en una taberna, en busca de alguna bebida que les ayudara a aplacar un poco el frío de esa noche.

—El sujeto que está en esa mesa, ¿no te resulta familiar?

Sid estrechó los ojos para ver mejor al hombre que estaba al fondo del local.

—No me suena de ningún lugar, Stinky.

—¿Seguro? Miralo bien, ¿no es el socio del jefe?

—¿Tú crees?

—Estoy casi seguro, lo he visto en su casa.

—¿Pero qué podría estar haciendo un hombre como él en un lugar como este?

—No lo sé, pero no luce bien, ¿crees que debamos de informarle esto al jefe, Sid?

Minutos después...

—Es allá, jefe.

Gerald miró hacia dónde Stinky señalaba y se sorprendió, no le creyó cuando escuchó que Arnold estaba en una taberna y fue hasta allí movido por la curiosidad, pero ahora no le quedaba más que creer lo que estaba viendo con sus propios ojos.

—¿Es su socio, jefe? —Sid, se acercó a ellos.

—Sí, lo es.

—Lo estuve vigilando como le dije a Stinky que lo haría, pero...pues no pude evitar que se pusiera así.

Estaba con los brazos y la cabeza apoyados sobre la mesa, al lado de unas botellas vacías y parecía dormido.

—Ayúdenme a llevarlo al carruaje.

Arnold protestó y se resistió cuando Stinky quiso levantarlo.

—Su ropa está húmeda.

Eso preocupó a Gerald.

—Vamos, amigo. Coopera un poco —le dijo y pareció funcionar aquella petición.

El más alto del dúo lo llevó medio a rastras y medio alzado todo el camino hasta el carruaje, donde entre él y Sid lo ayudaron a subir.

—Gracias...caballeros... —dijo arrastrando las palabras el poco consciente Arnold, antes de que se cerrara la puerta y el carruaje comenzara a avanzar.

—Es un buen tipo, ¿no, Sid?

—Sí Stinky… Nos llamó caballeros… El jefe nunca nos ha dicho caballeros —se quejó amargamente.

Gerald dio la orden de ir directo a su casa.

—Nunca me han gustado los días lluviosos —su hablar era torpe y su mirada atormentada.

—Lo sé, amigo.

—Pero ahora es peor… Ya no la tengo a ella… También la perdí —inclinó los hombros y la cabeza hacia adelante, tanto que casi se cae del asiento y Gerald apenas pudo sostenerlo.

Arnold no debería estar sufriendo así, pero era un necio y no iba a escucharlo, sin embargo tal vez podría verlo por sí mismo. Haciendo algunos malabares para no soltar a su amigo, golpeó el techo del coche un par de veces y luego gritó la orden de que cambiaran de dirección.


Era tarde y Helga estaba en su cama, pero aún no estaba dormida. Sin embargo no fue el ruido de un carruaje llegando lo que la hizo levantarse sino unos ligeros, casi silenciosos golpes en su puerta.

Abrió inmediatamente después de ponerse la bata y no pudo ocultar su sorpresa al ver a Arnold apoyándose en Gerald, ambos estaban detrás del mayordomo que llevaba en la mano una lámpara. Ella no preguntó nada, se limitó a hacerse a un lado para que entraran, Arnold se sentó torpemente en la cama y el mayordomo salió, anunciando que iría a conseguir algo caliente.

Helga quería preguntar sobre lo ocurrido, pero al ver a Arnold temblar y los rastros de agua en sus ropas y cabello, dejó de lado su curiosidad.

—Su ropa está en la habitación de enfrente, ¿puedes…? —decía mientras encendía la luz en su mesa de noche.

Gerald no la dejó terminar y se dirigió al cuarto indicado, mientras que ella se quedaba al lado de Arnold. Fue una suerte, pensaba él, que ya todos estuvieran durmiendo y que el mayordomo estuviera haciendo su ronda nocturna y saliera a recibirlos, de esa manera no se vio forzado a llamar a la puerta y armar un indeseado escándalo en la casa.

Helga comenzó a secarle el cabello con una toalla y de repente en medio de esa labor y sin poder evitarlo, colocó la mano en su mejilla, estaba helado. Trató de ir por algo con que abrigarlo, pero él se lo impidió agarrando la mano con la que ella lo había tocado hacía unos segundos y la miró de una manera que a Helga le rompió el corazón.

—Ellos me dejaron —había tanto dolor y Helga entendió que se refería a sus padres y abuelos—... No me dejes tú también — y supo que en esa súplica a quien le hablaba no era a ella, de alguna manera sus ojos verdes a quien miraban con tanta intensidad era a su hermana, Hilda, la mujer que amaba. La estaba confundiendo —...¡No me dejes!

Sonó tan desesperado que Helga solo pudo acercarse a él y tomar su rostro con ambas manos para que lo levantara y la viera directo a los ojos.

—No lo haré —si él necesitaba a Hilda en ese momento a su lado, ella iba a dársela, fingiría ser su hermana una vez más —... No te dejaré —se inclinó y acarició sus labios con un suave beso al que él correspondió.

Gerald regresó en silencio sobre sus pasos hasta el pasillo frente a la habitación principal. Miró la ropa que llevaba en la mano y suspiró, esperaría un poco para no interrumpir. Se quedó allí hasta que el mayordomo apareció con una taza humeante en una reluciente bandeja y en cuanto entraron fue puesta en la mesita, ella le agradeció e indicó que podía retirarse. El mayordomo inclinó la cabeza y se marchó.

Entre Helga y Gerald hicieron que Arnold tomará el contenido de la taza.

—Yo puedo encargarme de él ahora.

—Estás segura de que te las arreglarás.

—Sí, no te preocupes.

—Bueno, entonces me marcho.

—Espera, por favor —lo llamó cuando ya estaba frente a la puerta y se reunió con él —¿Qué fue lo que pasó?

—Se molestó conmigo y salió hecho una furia de mi casa. No pude detenerlo y terminó borracho y empapado en una taberna.

Eso explicaba su lamentable estado, pensó Helga, así como su confusión y el rastro de lícor en sus besos. Se sonrojó inevitablemente al recordar el momento compartido.

—Gracias por todo, Gerald.

Cuando la puerta se cerró, Helga regresó al lado de Arnold para ayudarlo, pero este se alejó de ella, mirándola con disgusto.

Al fin la había reconocido, pensó ella con tristeza.

—¡No necesito tu ayuda! ¿Por qué no vas a ayudar a Wolfgang? —la manera en que ella lo miró, parecía de genuina incomprensión, pero no lo convencería con eso. Él ya estaba seguro del amorío que sostenían —¡Dedícale tus atenciones a tu amante! —de todas las cosas que Helga no esperaba oír en su vida, esta era sin lugar a dudas la que se llevaba el premio y la dejó sin palabras —. Así que no lo niegas —era de esperarse que no lo hiciera, ella ni siquiera podía hablar. Arnold se puso de pie de forma tambaleante.

Helga estaba sumergida en una especie de shock, ¿se habría enterado acaso del encuentro que sostuvieron hace tiempo? Si era así, claramente ella podía explicarse, sólo que de momento las palabras no salían y podía ver la furia que se desprendía de Arnold y era diferente a la que Helga había visto hasta ahora. Mientras que la furia que ya conocía estaba impregnada de un aura fría, esta parecía quemante y el corazón de Helga se detuvo. No había visto una mirada igual antes, pero sí una muy parecida...una mirada que surgió en el pasado muchas veces y que conocía bien porque siempre estuvo presente en sus encuentros más íntimos, cuando la pasión los dominaba a ambos.

Helga se sonrojó inevitablemente ante los recuerdos que aparecieron y bajó la vista.

Arnold consciente de su propia respiración agitada, dió un paso hacia ella y la obligó a mirarlo, tomándola por el mentón.

—Te sonrojaste al pensar en él —la voz de Arnold tenía un extraño toque peligroso que invitaba a alejarse y acercarse al mismo tiempo. Helga quiso negarlo pero la mano de él, que aún permanecía en su barbilla, se lo impidió y por un breve instante pudo ver un destello de dolor en sus ojos—. Puede que él esté ahora en tus pensamientos, pero él que está en estos momentos frente a ti soy yo…

En un instante le reclamaba algo totalmente descabellado y al siguiente la estaba besando, Helga podría tratar de comprender la situación pero era imposible, su mente no estaba funcionando y todo su ser se estaba entregando a las sensaciones que le estaba provocando ese momento.

Era un beso rudo y demandante, jamás compartieron uno así antes…

Incluso ella podía sentir la furia de él fluyendo en ese momento pero eso no la asustaba y no iba a alejarse de él. No era como aquellos suaves besos que la hacían desear algo más, no era una invitación a entregarse, era una exigencia a hacerlo y de alguna manera esa exigencia parecía correcta...

Llevó las manos hacia la espalda de él y se aferró con fuerza. En cualquier momento él la alejaría, estaba segura, pero aunque fuera por un momento quería volver a disfrutar de su cercanía.

Pero él no lo hizo, al contrario, la acercó más.

Todo alrededor desapareció y Arnold solo podía sentirla y solo eso quería, la voz de su razón estaba apagada y no por el lícor, ése parecía que ya se había evaporado de su ser y ahora solo podía oír sus propios latidos que parecían potentes rugidos en sus oídos y entre ese sordo ruido de vez en vez, escuchaba los suaves gemidos de ella. No fue consciente del momento en que sus manos dejaron de abrazarla para vagar por su cuerpo como caricias, ni mucho menos del momento en que la llevó hasta la cama.

Fue hasta que vio directo a sus ojos azules que el tiempo se puso en pausa. Aún tenían el mismo efecto sobre él, lo atrapaban. Lo hicieron él día que suplicó por la pequeña ladrona, cuando se llenaron de dolor por aquella pobre mujer, cada vez que discutió con él, cada vez que le buscó, cada vez que le dijo que lo amaba, no importaba que hubiese sido mentira él se sentía completo con la felicidad que ella le entregaba y ahora todo eso se lo daba a otro. Ahora era el nombre del tal Wolfgang el que pronunciaba en sus declaraciones de amor.

La suave caricia de Helga bajando por su mejilla y deteniéndose en su tensa quijada, lo sacó de sus pensamientos.

—Arnold, te…

Él la interrumpió con un beso. Sabía bien lo que iba a decir, pero no quería oírla. No quería que su declaración de amor lo desarmara y lo hiciera perder ante ella, no podía permitirle esa victoria después de todo el daño que le había hecho y mucho menos ahora que había dejado a otro hombre entrar a su vida.

Cuando se apartó un poco, la miró fijamente y habló con la poca cordura que al fin tenía.

—Hilda... —sabía bien quién era la mujer frente a él, pero no quería que ella supiera el verdadero poder que tenía sobre él y ese era su tonto intento por ocultarlo y también por herirla, justo cómo ella lo había hecho, sin embargo no estaba listo para lo que ocurrió.

En vez de mirarlo con odio, lo hizo con profunda tristeza, acarició su rostro y habló con voz suave, casi en un susurro.

—Desearía ser la hermana correcta.

Aquello lo descolocó por completo. Se levantó rápidamente ¿Cómo podía insistir en jugar con él, en mantener su engaño? Era demasiado cruel, pero ella no era la única que podía serlo a ese nivel.

—Por desgracia para ambos, nunca podrás serlo.

CONTINUARÁ...