Arnold abrió los ojos y sintió una punzada de dolor, aun así se incorporó. La cabeza le palpitaba horriblemente, no quería pensar en nada y sin embargo, lo hacía.

Había partes de la noche anterior que no recordaba, otras que estaban presentes envueltas en medio de una bruma, pero lo que había pasado horas atrás con ella era un recuerdo demasiado vívido y aún podía sentir el ardor de sus caricias por su piel.

Frunció el ceño molesto.

Lo mejor era que se ocupara en algo, así que, de mala gana, masajeandose las sienes y luchando contra unas molestas náuseas, se puso de pie y se alistó para salir de su habitación.

Minutos después estaba sentado en su despacho, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacía atrás, en un intento de calmar sus malestares.

Llamaron a la puerta y él prácticamente gritó molesto preguntando qué querían. Escuchó la puerta abrirse y después la voz del mayordomo.

—He traído esto, señor. Tal vez lo haga sentirse mejor —puso un vaso en el escritorio, frente a Arnold—¿Necesitará algo más?

—No...Gracias...por todo —no solo agradece por su servicio, sino también por su discreción.

El mayordomo hizo una pequeña reverencia y se retiró.

Arnold miró con desagrado aquel preparado de color oscuro, pero después de una profunda inhalación bebió todo el contenido del vaso de un solo trago, tratando de no tomarle sabor; esfuerzo infructuoso de su parte, porque aquello era lo peor que había provado en su vida. Más valía que funcionara, pensaba mientras trataba de no echar afuera lo que recién había ingerido.

Algunas pocas horas después sus malestares no sólo no habían disminuido sino que habían aparecido nuevos, cómo esa molesta tos, por suerte las náuseas al menos sí se habían ido.

Pasó el resto del día en la soledad de su despacho, lejos de ella y por la noche fue lo mismo, fue directo a su habitación, prefería no verla y al día siguiente salió temprano hacía la casa de su socio y amigo.

Gerald lo recibió y trató como si nada hubiera pasado, ni la discusión, ni visita a la taberna, hasta que el propio Arnold sacó el tema.

—¿Cómo supiste dónde estaba?

—Soy un hombre de recursos — Gerald vio en la expresión de su amigo que la respuesta no le había agradado mucho —. Bien… Hay un par de individuos que trabajan para mí, pueden no parecer muy avispados, pero tienen mi confianza y te conocen, ellos te vieron y me avisaron… ¿En verdad no recuerdas eso?

—No. Algunas cosas se borraron de mi mente —y deseaba poder borrar algunas otras, pensó, tratando de no evocar en su memoría lo que ocurrió entre él y Helga.

Gerald casi suspiró de frustración ante la alta posibilidad de que una de las cosas que su amigo no recordaba era cómo Helga le prometía quedarse a su lado.

—Deberías tratar de recordar...tal vez valga la pena que lo hagas, amigo.

Arnold prefirió dejar el tema allí, estaba cansado y comenzaba a sentirse resfriado, al parecer el haberse empapado el día anterior le estaba pasando factura.


Definitivamente no se sentía nada bien.

Le dolía la cabeza y hasta era posible que tuviera un poco de fiebre, por eso fue que volvió a su casa, aunque no le entusiasmaba mucho el hecho.

Cuando llegó se topó con Helga cerca del salón, pero prefirió ignorarla y en cambio se dirigió al mayordomo, quien había aparecido para recibirlo.

—Estaré en mi habitación, que no me molesten.

—Sí, señor.

Caminó unos cuantos pasos y sufrió un ataque de tos, para cuando hubo pasado se dió cuenta de que Helga estaba a su lado, frotando su espalda y con el rostro muy cerca del suyo, viéndolo con preocupación.

—¿Estás bien? —la cara de Arnold estaba un poco enrojecida y quiso tocar su frente para comprobar su temperatura, pero él se alejó cómo si ella tuviera la peste y desapareció escaleras arriba; mientras Helga se quedó allí, tragándose su dolor ¡Claro!, ella no era Hilda y no la quería cerca.

Arnold entró a su habitación y la tos volvió a presentarse, tuvo que sentarse en la cama y respirar hondo para recuperarse de la repentina falta de aliento, mientras recordaba esos ojos azules llenos de preocupación, ¿había sido genuina o sólo parte de su actuación? Sin duda era lo segundo, no podía ser de otra manera.

«No te dejaré»

Se dejó caer pesadamente sobre las almohadas. Esa promesa sonó en su mente de manera muy clara, como sí ella de verdad lo hubiera dicho, pero eso no podía ser, sobre todo ahora que ella ya tenía a Wolfgang. Apretó la quijada y los puños inconscientemente ¡Pues no iba a dejar que se acercará siquiera a ella! Y no porque le importara, claro, sino porque ella aún tenía una deuda que saldar con él.


Durante toda la noche la tos de Arnold no cesó y Helga estuvo a punto de cruzar el pasillo e ir a su habitación, sólo se contuvo para no provocar su enojo, pero cuando la mañana llegó y los ataques fueron más intensos a ella ya no le importó en lo más mínimo y fue hasta allá, dispuesta a enfrentar las consecuencias.

Arnold no protestó cuando ella entró, es más ni siquiera se dio cuenta de que ella lo hizo, parecía que seguía dormido.

Otro episodio de tos sucedió y Helga se apresuró a ir hacia él.

Había gotas de sudor en su frente y cuando Helga lo tocó, comprobó que estaba ardiendo en fiebre, esto la alarmó, pero no tanto como el subir y bajar irregular de su pecho y el sonido pesado de su dificultosa respiración y de inmediato salió en busca de ayuda.


Gerald entró a la habitación, siguiendo los pasos del ama de llaves, quien llevaba un cuenco con agua y paños limpios, los colocó cerca de donde Helga estaba y salió de allí llevándose los que estaban con anterioridad.

—¿Cómo está? —dejó de lado los saludos y las formalidades.

Helga colocó un paño recién humedecido en la frente de un inconsciente Arnold.

—El médico dijo que aún no desarrolla neumonía, así que las próximas horas son cruciales.

Arnold se quejó y ella con voz suave lo consoló. Era casi doloroso, pensaba Gerald, ver su devoción, su amor y que su amigo fuera totalmente ajeno a eso.

—Eso le pasa por ser tan cabezota, cuando esté mejor se lo diré —Gerald suspiró y continuó hablando —... A veces peca de necio, pero tarde o temprano entrará en razón, ya lo verás.

Helga no supo qué decirle, ¿acaso estaba alimentando sus esperanzas? ¿Si era así por qué lo hacía?

—Bueno… Será mejor que me marche, ahora mismo no soy de mucha ayuda, pero si necesitas algo sabes dónde estoy, vendré enseguida si me llamas.

Las siguientes horas no fueron fáciles, la fiebre se negaba a ceder y la preocupación de todos iba en aumento.

Pasaba de la media noche y Helga no se había separado de él más que para lo estrictamente necesario y tampoco había dormido aunque el cansancio le pesara. Cerró los ojos un momento y masajeó su cuello un momento, cuando abrió los ojos se dio cuenta de que Arnold la miraba. Al menos ya había recobrado la consciencia, pensó ella, sintiéndose aliviada.

—Estás aquí —dijo él casi en un murmullo, estirando la mano hacia ella.

Por la forma en que la miraba, Helga supo a quien estaba viendo en realidad, la fiebre debía de estarlo haciendo alucinar.

—Sí, aquí estoy —tomó su mano —¿Cómo podría no estarlo?

«Porque te he hecho mucho daño, Helga», quiso decir Arnold, pero hablar no le era fácil, su pecho y garganta dolían y su boca estaba seca.

Ella notó esto último y lo soltó para ayudarlo a incorporarse un poco y que tomara un poco de agua, pero tan pronto como estuvo recostado nuevamente él volvió a tomar su mano y clavó los ojos en los suyos.

—Te amo… ¿Y tú?...¿A pesar de lo que ha pasado...tu...me amas?

—Con todo mi corazón —respondió llevando la mano de él a su pecho, cerca del corazón y allí la mantuvo aún después de que él cerrara los ojos y volviera a caer en la incosciencia.

—Hilda...si supieras cuanto te ama este hombre...lo afortunada que eres—dijo en un susurro con un nudo en la garganta.


Hilda tomó una moneda y miró las que quedaron en su cofrecito, eran ya unas pocas. Suspiró. La verdad es que, si no fuera por la ayuda de su vecina, no tendría ni siquiera eso. No tenía cómo agradecerle su apoyo, pero no quería seguir abusando de su bondad.

Hacía ya bastante tiempo desde la última carta de Armand y no tenía idea de por qué él había dejado de escribirle, ¿sería acaso que ya estaba de camino a reunirse con ella? Sí, eso era muy probable, se dijo.

El desánimo que tenía hacía unos momentos desapareció ante esa idea, inhaló profundamente, guardó la moneda en la bolsa de su falda y salió de su casa con una sonrisa, rezando para que pronto fuera el día en que finalmente se volvieran a ver.

Fue a la casa de Silvy, su vecina y cuando estaba por llamar, escuchó la voz de otra de las mujeres y con la que no solía tener relación.

—No es que te esté insinuando que dejes de ayudarla, pero debes de admitir que cada vez es más difícil hacerlo. La realidad es que a veces solo tenemos lo necesario para sobrevivir nosotras y nuestros hijos.

—Sí, sé que es así —Hilda identificó la voz de su vecina y también identificó que de quien hablaban era de ella —, pero no puede dejarla y además, en verdad creo que su marido volverá por ella en cualquier momento...

—Es que ese el problema —la voz de la otra mujer se dejó escuchar de nuevo—. No creo que su marido vuelva.

—¡Qué locura dices!

—¡No es una locura!... Mi marido me lo escribió hace poco en una carta. Dijo que de repente dejaron de verlo y nadie sabe a dónde fue, no se despidió de nadie. No te dije nada antes porque había la posibilidad de que estuviera en camino hacia acá, pero ha pasado mucho tiempo y no hay rastro de él… Yo creo que él no va a volver, creo que la abandonó.

—¡Tonterías! Tal vez le pasó algo en el camino.

—¿En verdad lo crees? Si estuviera herido ya habría encontrado la manera de avisar, eso ha pasado con algunos de nuestros esposos y todos han encontrado la manera de ponerse en contacto y si...si estuviera muerto, ya nos hubiéramos enterado, las malas noticias nunca tardan en llegar.

La vecina amiga de Hilda no pudo más que guardar silencio, aquello tenía mucho sentido, después de todo, según su experiencia, los hombres son unos seres curiosos que, aunque por fuera pueden aparentar una gran fortaleza, por dentro son frágiles y tienden a escapar de los problemas y sufrimientos.

Hilda cubrió su boca para silenciar sus sollozos y corrió hasta su casa, donde no tuvo que contener su llanto.

Lloró hasta que las lágrimas ya no salieron más.

No podía creer que Armand la hubiera dejado sola, necesitaba comprobarlo por ella misma. Tomó sus pocas pertenencias incluyendo el resto de las monedas y justo cuando iba de salida, su vecina llegó a su casa. Le bastó ver el pequeño equipaje que cargaba y sus ojos hinchados para entender.

—Nos escuchaste...

—Así es.

—¿Y qué planeas hacer ahora?

—Ir a comprobar si lo que dijo esa mujer es cierto.

—Entiendo la desesperación que puedes estar sintiendo ahora mismo, pero espera un poco. Enviemosle una carta a mi esposo para pedirle que él investigue, tu debes pensar en él —con su mirada señaló el abultado vientre de Hilda —, no debes actuar impulsivamente, lo pones en riesgo —le quitó el equipaje de las manos y le alivió que ella no se opusiera —. Verás que todo es un mal entendido —le sonrió —. Ahora vamos, te prepararé un té para que te ayude a tranquilizarte


—Señora —el ama de llaves se acercó a ella —... Debería irse a descansar, en su estado no es bueno que se esfuerce tanto. Yo me quedaré en su lugar.

Helga miró a Arnold. Era su segunda noche en vigilia, la fiebre había cedido y su respiración afortunadamente se había normalizado, él ya no deliraba y dormía con tranquilidad, seguramente pronto despertará y no le agradará verla a su lado.

Lentamente ella se puso de pie, dejando su lugar al ama de llaves.

—Gracias, señora Johnson.

—Descanse, señora.


—Me alegra verlo mucho mejor, señor —la señora Jonhson retiró la bandeja con comida.

Arnold miraba hacia la puerta cerrada. No la había visto aún a Helga, pero en medio de su estupor había soñado con ella, la había visto a su lado y había escuchado sus palabras de amor.

—Tenía un compromiso que no pudo cancelar.

—¿Cómo dice?

—La señora tuvo que salir —la señora Johnson le decía sonriente, había notado hacia donde miraba e intuyó lo que pasaba —. Aunque yo le insistí que no lo hiciera, que debía descansar porque estuvo dos días enteros cuidando de usted, pero no quiso hacerme caso. Creo que aun no entiende que en su estado debe ser más cuidadosa.

Arnold no prestó atención a lo último, la revelación de que Helga lo había cuidado lo conmocionó. Creyó que todo había sido un sueño porque cuando despertó no fue ella a quien vio a su lado, pero ahora se preguntaba entonces, ¿qué había sido un sueño y qué realidad?

«Con todo mi corazón»

Se llevó la mano al pecho.

—¿Le duele, señor? —la mujer dejó descuidadamente la bandeja sobre la mesa de noche y se acercó deprisa a él —¿Quiere que llame al médico?

—No. No es necesario, no me pasa nada.


—¡Señor Shortman! —la voz de Lady Danbury lo hizo detenerse en la acera y esperarla un poco —¿Cómo se encuentra?

—Muy bien.

Habían pasado ya varios días desde que cayera enfermo y se había recuperado por completo, pero en ese tiempo Helga había estado muy distante de él, incluso pasaba mucho tiempo fuera de casa.

—Escuchar eso me alegra, aunque, ¿sabe? Debería de considerar pasar una temporada lejos de la ciudad, el clima aquí es horrible y más en la época que se avecina, y usted no debe exponerse, además también está su esposa, debe cuidar mucho de ella en estos momentos.

—Lo pensaré — agradeció y se despidió. Se marchó preguntándose porqué había dicho que necesitaba cuidar de Helga, ¿sabría ella algo que él no? ¿Y ese conocimiento implicaría también a su sobrino, el tal Wolfgang? ¿Era él el responsable de que Helga saliera tanto?


—¿Y ahora qué te pasa, Arnold? —Gerald suspiró con cansancio, veía a su amigo de mal humor y sin concentrarse en el trabajo.

—Creo que me iré una temporada fuera de la ciudad.

—¿Ah, sí? ¿A dónde?

—Al campo.

—¿Tú solo?

—No, ella vendrá conmigo.

Gerald se puso en alerta.

—¿Qué estás planeando hacer, amigo? ¿Seguir castigándola?

Arnold lo miró con el ceño fruncido, parecía que le estaba recriminando.

—Eso no es de tu incumbencia, Gerald.

—Estuvo cuidando de ti, ¿eres consciente de eso no? ¿No te has puesto a pensar que es posible que te estés equivocando sobre ella?

—Tu pensabas igual sobre ella que yo ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—¿De verdad quieres oírlo? —Gerald se sintió esperanzado.

—No —tragó con dificultad, pero ni así pudo deshacer el nudo de angustia y miedo en su interior, no importaba lo que su amigo tuviera que decir, fuera lo que fuera no iba a cambiar nada porque ella ya había elegido a otro—.Ya te lo dije una vez. Guardate lo que tengas que decir.

Gerald lo miró con triste resignación, sintiendo que todo estaba perdido.


—Señorita Heyerdahl, buenas tardes.

Phoebe le respondió con una leve inclinación de cabeza. Aún no se fiaba de ese hombre y por eso había tratado de evitar encontrarlo en su casa, cuando iba a hacer negocios con su padre.

—¿Puedo hablar con usted? —dijo él.

—Ya lo está haciendo, ¿no es así?

—Bueno, supongo que me merezco esto, es parte de lo que estoy pagando —suspiró —. Quiero hablarle sobre su amiga.

—¿Qué pasa con ella?

—Ha estado pasando momentos difíciles y temo que su situación vaya a empeorar.

—¿Qué quiere decir?

Gerald podía ver su genuina preocupación y eso lo conmovió, no cabía duda de que la señorita Heyerdahl era una muy buena persona.

—No puedo hablar de eso. No por el momento, pero puedo decirle que es buen momento para que restablezca comunicación con ella. Se irá a vivir al campo y creo que ahora más que nunca necesitará su apoyo… Quizás quiera escribirle algo y me lo puede entregar la próxima vez que venga, yo me encargaré de hacérselo llegar.

—¡Lo haré!

Él sonrió ante su entusiasmo y decisión.

—Entonces, hasta pronto —continuó su camino hacia la salida.

—¡Señor Johanssen! —él se detuvo y giró extrañado —Muchas gracias —ella sonreía y a él le pareció que se veía encantadora y que debería sonreír más o quizás no, porque otros la verían. Se sorprendió ante ese pensamiento y algo confundido volvió a despedirse y se marchó.


—Vamos a extrañarte aquí, querida. Nos harás mucha falta.

—Gracias, Lady Danbury.

—Pero tu marido hace lo correcto, en tu estado se deben de extremar los cuidados.

—¿Mi estado?

—Yo comprendo, querida —le dio unas palmaditas en el brazo a Helga —. Si no quieres dar la noticia aún, estás en tu derecho y lo que es más importante, cuando lo hagas no te preocupes por las habladurías, no tienes nada de qué avergonzarte, no importa que se hayan adelantado un poco, al final lo que importa es que se casaron. Recuerda muy bien eso.

Helga no supo qué responder ante aquellas palabras y confundida se dejó abrazar efusivamente por la mujer. Ya en el carruaje ella seguía pensando en lo que le acaban de decir y caía en cuenta de que Lady Danbury no sólo pensaba que ella estaba embarazada, sino que lo estaba antes de casarse, ¿cuántas personas más pensarían eso? Recordó a su ama de llaves y su constante y exagerada preocupación, tal vez creía lo mismo. Ese absurdo rumor había vuelto a cobrar fuerza y quizás debería desmentirlo antes de irse, pensó, aunque talvez no debería complicarse tanto, el propio paso del tiempo se encargaría de eso a final de cuentas.


Mientras Helga esperaba el momento para salir de la ciudad, Arnold tenía un desagradable asunto que atender antes de reunirse con ella y la cita comenzaba con puntualidad.

Él estaba demasiado tenso, Gerald lo notaba, aunque cualquiera lo hubiera hecho porque su amigo no se estaba esforzando por disimularlo.

Por otro lado Wolfgang tampoco trataba de disimular su alegría al contar el dinero y Gerald que no lo había visto desde aquel día en el hostal pensó que eso fue algo bueno, porque ahora le costaba trabajo controlarse para no estampar su puño en el rostro.

—Bueno —se puso de pie y los amigos lo imitaron —... Caballeros ha sido un placer hacer negocios con ustedes. Es más —caminó hacia Arnold y Gerald se puso alerta —, estoy tan satisfecho que le haré un favor, Shortman ¿Que le parece si la saco de su camino?... Digo, la verdad no será un sacrificio para mí, más bien...un placer —hizo hincapié en esa palabra —seguir gozando de las atenciones de su falsa esposa como lo he hecho hasta ahora.

Ni bien acabó de decir aquello, cuando un inesperado un fuerte puñetazo en el rostro lo hizo dar un par de pasos hacia atrás, pero la sonrisa no se le borró.

—No se enoje, Shortman. Se nota a leguas que ya no la quiere y yo con gusto puedo hacerle un lugar en mi lecho que ella tomará gustosa, lo sé.

Su sonrisa al fin se le borró cuando se vio contra la pared y con el antebrazo de Arnold sobre su cuello, impidiéndole respirar con libertad. Más que otra cosa, se sentía sorprendido. Shortman era mucho más enclenque que él, pero sorprendentemente era bastante fuerte y no le estaba costando mantenerlo acorralado de esa manera.

—Tome el dinero y váyase lejos. Si lo veo cerca de ella, no me importará perder más dinero, pero esta vez será para deshacerme definitivamente de usted —en ese momento la sorpresa dio paso a algo que rara vez en su vida había sentido Wolfgang, miedo. No era tonto y sabía que esa amenaza no era una brabuconería, podía saberlo por la furia que emanaba de los ojos de su oponente. A un hombre que miraba de esa manera, nunca había que tomarlo en broma, ni a la ligera. Pensaba, mientras que cada vez le costaba más respirar.

—Ya déjalo, Arnold —Gerald acababa de superar su sorpresa al ver a su siempre pacífico amigo, reaccionar con tal violencia, y por fin intervino y se acercó para separarlos —. Vamos, ya suéltalo —le costó un poco, pero consiguió que Arnold le hiciera caso.

En el momento en que Wolfgang quedó libre, comenzó a toser y Arnold se fue al lado opuesto de la habitación.

—Siga la sugerencia de mi amigo, créame que nunca lo vi decir algo tan en serio como ahora —dijo Gerald antes de ver salir Wolfgang con bastante prisa.

—¿Arnold qué pasó contigo?

—¡Déjame, Gerald, no quiero hablar de eso! —dijo un alterado Arnold.

—Bien, pero entonces vas a escucharme —debía decirle que lo de Wolfgang era solo una bravuconería, una vil mentira.

No, no quería hacerlo, así que intentó marcharse, pero su amigo se lo impidió.

—¡Déjame, Gerald! ¡Quiero estar solo!

—¿Para qué? ¿Para que está vez termines en un lugar peor que una taberna y con algo peor que casi una pulmonía? ¡No, señor! —Arnold resopló —De acuerdo, si no quieres hablar no hablaremos y si quieres distraer tu mente, está vez te acompaño yo. Te llevaré a un buen lugar, sólo dame un momento.

Lo llevó al club, dónde permanecieron hasta el final del día y después fueron a ver un espectáculo mientras cenaban, aunque claro, Arnold no tocó su comida y tampoco puso atención a la cantante que se presentaba, simplemente estaba sumido en sus pensamientos y con mirada atormentada; aunque no se emborrachó porque Gerald vigiló para que no lo hiciera y por la madrugada ya iban en el carruaje de camino a la residencia Johanssen, uno sumido en el silencio y el otro tarareando una alegre melodía, lo cual sólo colabora a aumentar el malhumor de Arnold quien trataba de controlarse cada vez con menos éxito.

Al cruzar la puerta de la casa Gerald lo miró con atención al hacer su pregunta.

—¿Estás listo para dormir o quieres ir un rato al despacho?

—Al despacho —suspiró. No quería dormir y más aún, no quería estar en compañía de su soledad.

Entraron al salón y Gerald fue directo a sentarse, mientras que Arnold ocupó el sillón al frente de Gerald y tomó el periodico que estaba en la mesita de centro. Trató de ponerse a leer, pero Gerald retomó su tarareo y no paraba con esa molesta melodía. Bajó el periodico y miró con el ceño fruncido a su amigo, sin embargo este no se daba cuenta de lo que ocurría, pues estaba ocupado en su propia tarea, que acababa de iniciar, de escribir algo en un cuadernillo con pastas de cuero.

Arnold carraspeó.

No sirvió de nada, así que lo hizo una segunda vez y al resultar inutil, una tercera sin éxito tampoco.

—¡Gerald!

—¿Eh?

Por fin ese canturreo cesó y su amigo lo miró.

—¿Podrías parar con eso, por favor?

—¿Con qué?

—Tu tarareo.

—¿Yo estaba tarareando?

—Sí, lo hacías fuerte y claro, y francamente estoy harto de esa melodía.

—¿Es tan mala?

—Es horrible.

—Bueno, seguramente es infinitamente mejor en voz de la cantante original, si seguimos yendo al club y la escuchas un par de veces más estoy seguro que se convertirá en tu favorita, es realmente pegajosa, además —un gesto pícaro apareció en su cara —...la cantante es una mujer muy bella.

Arnold resopló.

¡Cómo si pudiera interesarle otra mujer que no fuera Helga!, pensó ¡Por Dios! ¿A qué punto había llegado? Dejó el periodico y se cubrió la cara con ambas manos lleno de desesperación.

—¡Umh! Supongo que eso es un «no» —Gerald se encogió de hombros y continuó con su interrumpida labor, incluyendo lo del tarareo.

—¡Basta!

Gerald paró y esperó a ver que sería lo próximo que su amigo haría. Después de lo ocurrido esa tarde y de que Arnold se negara en el pasado a hablar acerca de Helga, él como buen hombre de negocios tomó la decisión de cambiar su estrategia y esperar a que Arnold llegara a su límite, en el que ya no tuviera fuerzas para oponerse a escucharlo y sobre todo fuera capaz de sincerarse consigo mismo y por lo que veía faltaba poco para eso. Tan solo había que presionar un poco más.

Arnold ya no dijo más, se quedó esperando a que su amigo indagara sobre lo que le ocurría como solía pasar, pero eso no pasó. Simplemente lo miró por un breve instante y luego se encogió de hombros, quedándose en silencio sólo para un par de minutos después reanudar su tararear.

¡Eso era el colmo! Arnold golpeó el asiento con el puño y lanzó su reclamo.

—¡No estoy bien, Gerald! ¿No vas a preguntarme qué es lo que me pasa?

—Dame un momento. Tengo que terminar de escribir esto, antes de que se me vaya la idea —Arnold se quedó con la boca abierta por la actitud de su amigo, no era habitual en él tanto desinterés y eso era molesto y perturbador, mucho. pero no tuvo otra opción más que esperar —. Listo.

—¿De verdad te interesa escucharlo? —Gerald sólo lo miró sin mucho interés y Arnold explotó —¡Pues te lo diré aunque parece no importarte! ¡No puedo dejar de pensar en ella!

—¿En quién?

—¡En Helga! ¡Por Dios!

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —la falta de emoción en su voz le hizo ganarse una mirada asesina, pero a pesar de su enojo Arnold continuó.

—¡Porque está metida en mi mente, mi corazón —resopló — ...hasta en mi piel! Ya no puedo negarlo —susurró lo último con voz cansada.

—Lo dices como si te pesara. Como si fuera una condena.

—¿Después de lo que pasó entre nosotros, podría ser de otra manera?

—Escucha, Arnold… He querido decirte esto desde hace un tiempo… Debo confesar que fui muy apresurado al sacar mis conclusiones respecto a ella, me enfoqué en la verdad sobre su identidad y pasé por alto muchos otros hechos —comenzó a contarle sobre la infancia de Helga y su posterior reclusión y esta vez Arnold no interrumpió —Así que, en conclusión no me creo esa tontería de que ella fue quien planeo todo para tomar el lugar de su hermana, más bien fue un peón más en el plan de los Pataki para beneficiarse con ese matrimonio.

A la mente de Arnold llegaron aquellos días en el campo antes de su matrimonio. El aspecto físico de Helga, sus manos maltratadas, su delgadez; el trato hosco que tuvo para él al principio, incluso el episodio en el que se enfrentó a su capataz o el trato estricto y maltrato de Miriam. Todo eso cobraba sentido ahora que se enteraba de cómo fue su vida antes de conocerse y el sentimiento de culpa comenzó a reflejarse en su rostro.

—Si hubiera actuado con la cabeza fría te hubiera podido dar esta información antes, lo siento Arnold.

—No era tu responsabilidad hacer eso, el único culpable aquí soy yo.

—Puedes remediar las cosas. Ella te ama, esa fue otra de las cosas que decidí ignorar debido a mi enojo, pero lo supe en aquella primera fiesta a la que asistió, la manera en la que te miró… Hilda nunca pudo verte así, pero en Helga siempre fue obvio ese sentimiento —Arnold suspiró, en una actitud de total derrota —. No te rindas.

—¿Y con qué cara voy a presentarme ante ella después de todo lo que hice?

—Pues si no dejas tu necedad de lado, será con una bastante magullada porque te juro que en este preciso momento tengo ganas de golpearte. No puedes rendirte así sin más.

—¡No tienes idea de todo lo que le hice!

—Entonces con más razón debes luchar por reparar todo —dejó escapar un suspiro —¿Acaso no se merece que la compenses por lo mal que la ha pasado? Y no me refiero a estos últimos meses, me refiero a todo, incluso a la que vivió antes de conocerte. Helga se merece ser feliz.

—Tal vez lo mejor es que esa felicidad la encuentre con alguien más…

—¿Con quién? ¿Con Wolfgang por ejemplo? ¿En verdad creíste lo que te dijo?

Honestamente una parte de él sí, pero otra le gritaba que un romance clandestino entre ellos era imposible, después de lo que casi ocurre en su último arrebatado encuentro, a pesar de cómo sucedió todo le quedó claro, por la intensidad con la que Helga estuvo dispuesta a estregársele, que nunca lo había traicionado.

—Pues si lo hiciste estás muy mal —prosiguió Gerald ante el silencio de su amigo —No hubo nada entre ellos, aunque Wolfgang sí que se empeñó en qué ocurriera.

—¿Qué quieres decir?

—Wolfgang también la chantajeó, pero ya te imaginarás la clase de pago que le exigió.

Claro que Arnold se lo imaginaba. Sentía la irá fluir por su cuerpo y cerró los puños con fuerza ¿Cómo se atrevió ese idiota a algo así?

—¿Y cómo sabes eso?

Definitivamente no iba a decírselo, pensó Gerald, había información que era mejor omitir.

—Tengo mis recursos, ya te lo dije una vez. Como sea, lo que tienes que saber es que ella lo puso en su lugar y de tal manera que no le quedó más remedio que desistir, pero por lo visto su ego herido lo llevó a querer hacer el mayor daño que pudiera, por eso te dijo todo aquello...Escucha, Arnold… Se bien las pérdidas que has tenido en tu vida y lo que eso te ha provocado, tienes miedo y lo entiendo, pero esta vez tienes la oportunidad de pelear antes de dar todo por perdido, esta vez puedes evitar perderla a ella también…¿Qué dices?

Las cartas fueron puestas sobre la mesa y Gerald ya no podía hacer más, la decisión estaba en manos de Arnold…

CONTINUARÁ...