Antes de entrar a la propiedad Arnold saludó con una inclinación de cabeza a los dos sujetos que se encontraban a unos metros de distancia, eran los hombres de confianza de Gerald, aquellos que le avisaron cuando se embriagó en la taberna. Aunque no los recordaba de aquella ocasión su amigo se los había descrito y no tuvo problemas en reconocerlos, eran muy peculiares y estaban allí para encargarse de la seguridad de Helga.
Tomó aire antes de cruzar la puerta principal.
Como siempre su amigo había pensado en todo y antes de salir en su compañía para evitar que terminara en algún tugurio, mandó dos notas; una a Helga para que partiera a la casa de campo y así fuera cual fuera la decisión que él tomara, tuvieran la privacidad necesaria; la otra fue para sus empleados, por así llamarlos, para que cuidaran a Helga por sí Wolfgang era capaz de cometer la estupidez de ir a buscarla.
—¡Señor, bienvenido! —dijo la mujer, quien era el ama de llaves en la casa de campo, nada más verlo cruzar la puerta —¡Lo estábamos esperando! ¡Voy a llamar ahora mismo a todos!
—No es necesario, prefiero dejar las formalidades de lado —sonrió un poco para tranquilizar al ama de llaves y funcionó, la mujer aceptó omitir la presentación del servicio con un suspiro y una relajada sonrisa.
Arnold echó un vistazo a su alrededor.
—¿Señora…? —no recordaba el nombre.
—Brown, señor.
—Disculpe mi olvido, señora Brown.
—¡Oh!, no se preocupe, señor.
—¿Y mi esposa?
—Me parece que está en los establos. Voy a mandar buscarla —hizo el intento de marcharse, pero Arnold fue más rápido, con paso firme y rápido la dejó atrás y anunció.
—No es necesario, iré yo mismo a buscarla.
Ya no tenía caso negarse a sí mismo el deseo que sentía por verla y confesarle sus verdaderos sentimientos. Había ido hasta allí dispuesto a luchar por su relación, estaba más que decidido a eso.
Aceleró el paso y no tardó en llegar al área donde estaban los establos y escuchar la voz del señor Morris, el encargado de los establos, que provenía del interior de una de las construcciones y se dirigió allá a preguntarle por el paradero de Helga. Cuando estuvo delante de la gran puerta de madera entreabierta, escuchó precisamente la voz de ella y se quedó inmóvil. Sonaba muy alegre y él con sigilo, para no ser descubierto, se asomó tan solo lo necesario para ver, pero sin ser visto.
Helga sostenía en alto con ambas manos un pequeño gato color gris, un par más jugaban a sus pies. Ella se veía feliz, sonreía ampliamente, esa era una Helga que no había visto en mucho tiempo y tuvo que aceptarlo, la razón de que ella estuviera así en ese momento era que él no estaba a su lado y su voluntad flaqueó, aunque Gerald lo moliera a golpes tal vez lo mejor era dar media vuelta y simplemente desaparecer de su vida para dejarla encontrar su felicidad.
La puerta rechinó.
Sin querer él la había empujado y el sonido que hizo provocó que voltearan a verlo. Aun lo cubría parcialmente la puerta, pero ya no estaba bien oculto.
¡Rayos! Lo estaban mirando fijamente.
El señor Morris dejó en suelo con rapidez tres gatitos que sostenía entre sus grandes y toscas manos.
—Bi...bienvenido, señor —se inclinó un poco —yo solo estaba...yo debo regresar a mis labores —con pasos grandes fue rápidamente hacia la puerta trasera del establo y salió de inmediato.
Mientras Helga veía marchar al apenado hombretón, se preparaba para el ataque a recibir por parte de Arnold. Con calma bajó al pequeño gato y lo vio reunirse de inmediato al juego de sus hermanos.
Respiró hondo y caminó hacia él.
—Bienvenido —dijo sin mirarlo cuando estuvo a pocos pasos de él. Arnold agradeció su bienvenida, aunque hubiera deseado que fuera un recibimiento más alegre, pero sabía que eso era mucho pedir —Creo que al señor Morris le sorprendió mucho tu llegada.
—Más bien no le agradó mucho verme —sonrió de lado y luego se puso serio —¿Y a ti? ¿Te desagrada verme?
A Helga no le sorprendió la pregunta, como sí lo hizo su tono de voz, sin ese tono sarcástico o hiriente tan acostumbrado últimamente. Era más como el Arnold del pasado.
—¿Podemos salir? —de pronto en ese espacio sentía que estaba muy cerca de él y eso tensaba cada músculo de su ser. Lo extrañaba y no por las horas que estuvieron separados; extrañaba al Arnold de sus días felices, pero sabía bien que él no volvería porque ella lo había destruido.
Arnold asintió y abrió más la puerta para que ella pudiera pasar. La observó bien al pasar, ya no había sonrisa, ni esa chispa de alegría en sus ojos. Volvía a ser la Helga qué él hacía infeliz, la que no brillaba con su luz propia, aquella «Helga apagada» que él había creado.
Ella no se detuvo al salir, continuó caminando y él la alcanzó.
—Tu primer encuentro con el señor Morris no fue muy amistoso y hoy parece que se llevan bastante bien —no pensó lo que dijo, tan solo lo mencionó casualmente al recordar la escena vista unos instantes antes.
Y Helga entendió de inmediato, o al menos creyó entender, que a pesar de la falta de veneno en su voz, aquello era un reclamo más.
—Sólo estaba siendo amable conmigo —sabía bien lo que pensaba de ella, pero no quería provocarle problemas a nadie más —, todos aquí lo son, pero es solo porque es parte de su trabajo.
Arnold sintió de inmediato que aquello fue una especie de defensa, pero no para ella sino para el empleado, ¿acaso pensó que la estaba acusando de algo? Si así era no era de extrañarse, no después de cómo la había tratado.
Apenas iba a decir algo para aclarar las cosas, cuando el mayordomo apareció.
—Señora, la buscan. Es la esposa del vicario.
—Discúlpame, pero debo ir a atenderla —la verdad no conocía a la recién llegada, ni le apetecía convivir con alguien en ese momento, pero prefería hacer eso que terminar enfrentando el enojo de Arnold, cada vez tenía menos fuerza para soportarlo.
—Está bien, pero espero que podamos hablar tan pronto sea posible. Tengo algo importante que decirte.
Ella sólo asintió y él la vio marcharse en compañía del mayordomo.
Arnold suspiró y miró a su alrededor. Su vista se clavó en un lugar a unos metros de donde él estaba, lo reconoció inmediatamente y caminó hacia allá. Era el lugar en que fue su primer encuentro con Lucy.
Cerró los ojos y los recuerdos llegaron a su mente.
Ella dijo en aquella ocasión algo así como que el pan no se robaba por gusto y lo dijo de una manera tan llena de sentimiento que él se sorprendió, en ese momento no supo el porqué de ella había actuado así, pero ahora sabía que fue por lo que vivió en el instituto de Lady Wellington y tuvo ganas de ir a gritarle a aquella mujer, de ponerla en su lugar, de…
Bajó los hombros.
¿Qué derecho tenía de hacer aquello?
Después de todo él no había sido muy diferente. No le había dado oportunidad de explicarse, la juzgó, la condenó y le impuso el castigo que a él se le antojó.
Sentía la culpa y el dolor aplastándolo ahora más que nunca.
Helga no se reunió con él más tarde, sino que decidió acompañar a la esposa del vicario al pueblo para presentarse ante las demás mujeres del lugar que deseaban conocerla.
Arnold por su parte salió de la casa y vagó un rato por los alrededores, hasta que el atardecer lo sorprendió sumido en sus pensamientos, para cuando volvió ya era de noche.
Fue recibido por el ama de llaves, quien le informó que su esposa había vuelto, pero como no se sentía bien se había ido directo a su habitación.
—¿Se encuentra mal?
—Bueno, dijo que no era nada de cuidado, solo necesitaba descansar.
—Ya veo —aunque se preguntaba si era verdad lo que la mujer decía o era una excusa que Helga le había pedido decir para cubrir el hecho de que no quería verlo y la verdad, no la culpaba si así era.
—¿Desea cenar ahora? La cena ya está preparada.
—No, gracias, yo también quiero descansar —comenzó a avanzar hacia las habitaciones y se detuvo antes de subir las escaleras —No quiero importunar el descanso de mi esposa ¿Hay alguna otra habitación preparada que pueda ocupar?
—Por supuesto, todas las habitaciones están limpias, puede tomar la que guste. Sólo que ordené que llevaran su equipaje al cuarto principal, el que ya ocupa la señora.
—No importa, me las arreglaré sin él por está noche.
—De acuerdo, señor. Buenas noches.
Helga tenía encendida solamente una tenue luz en su habitación. Estaba de pie frente a la puerta y la miraba intercaladamente a esta y al equipaje de Arnold, al otro extremo de la habitación ¿Por qué Arnold había dado la orden para que lo llevaran allí?
Escuchó unos pasos afuera en el pasillo, que se detuvieron frente a su puerta, era él sin duda.
¿Entraría a la habitación?
Aguantó la respiración en espera que él entrara, pero eso no pasó. Él siguió caminando y ella pudo oír como otra de las puertas era abierta.
Volvió a respirar...
Aunque no sabía si se sentía aliviada o decepcionada.
Miró de nueva cuenta el equipaje, sin entender lo que estaba pasando. De hecho no comprendía muchas cosas, como por qué la hicieron ir tan intempestivamente hacia allí, se suponía que viajaría junto con Arnold. O por qué el pedido de hablar cuando era una de las cosas que él evitaba hacer.
Y entonces en forma de respuesta un nombre llegó a su mente.
Hilda…
¿Acaso ya la había encontrado y estaban allí para hacer el cambio? Sí, seguramente eso era lo que ocurría.
Dio unos pasos hacia atrás sin dejar de mirar el equipaje y cuando chocó contra la cama se dejó caer en ella.
¿Tendría planeado que para esas horas ella ya no estuviera, sino que estuviera Hilda y con ella sí compartiría habitación?
Se había dicho a sí misma durante todo ese tiempo que su hermana era mejor para Arnold y que era su hermana quien debía de estar al lado de él, pero ahora veía claramente que solo se estuvo engañando, no quería que el momento en el que Hilda tomara su lugar como la señora Shortman llegara.
No quería pensar en ellos dos juntos, compartiendo lo que ella una vez compartió con él…
Estaba celosa de su hermana, recién aceptaba ese sentimiento y las lágrimas nublaron su vista.
Se despertó ya muy entrada la mañana, el cansancio por las malas noches que había tenido últimamente, lo vencieron durante la madrugada y provocaron que se levantara tarde y al bajar supo que Helga había salido temprano hacia el pueblo.
Esquivó a un niño que pasó corriendo sin precaución alguna.
«La señora está en el mercadillo, junto a algunas de las mujeres del pueblo. Me dijo que iba a ayudarlas a organizarse para vender sus productos. Es muy amable de su parte y estoy segura que si sigue así en poco tiempo se ganará el cariño de la gente».
Fue lo que le dijo el ama de llaves y no le sorprendería que sus predicciones se cumplieran pronto, después de todo a Helga se le daba muy bien ayudar ¿Por qué fue tan ciego y necio para aceptar su naturaleza bondadosa?
Helga vio entre la gente a Arnold y trató de ocultarse antes de que la pudiera ver, no quería mirarlo y volver a revivir las emociones que la atormentaron durante toda la noche, pero justo en ese momento una de las mujeres la llamó diciendo su nombre y él al parecer lo escuchó porque volteó a verla. Esperaba que no se acercara, pero lo hizo.
Ella se estaba escondiendo de él. Lo había notado, no quería verlo y era de esperarse. Lo odiaba, sí, ahora comenzaba a ver que esa era la realidad.
Él saludó a las mujeres tras la mesa donde exhibían sus productos.
—¿Puede alguien ayudarme con esto? —preguntó una mujer que cargaba algunas cosas y Arnold se apresuró a ayudarla —Muchas gracias, señor...
—Shortman —dijo él.
—¿Shortman! ¿¡Es tu esposo?! —todas miraron en dirección a Helga y ella asintió.
Todas las mujeres que estaban presentes lo saludaron con entusiasmo y luego insistieron en que Helga y él fueran juntos, y solos, a dar un paseo.
Arnold la miraba de vez en cuando de reojo, solo para darse cuenta que, aunque caminaba a su lado, evitaba acercarse demasiado. Le había ofrecido su brazo, pero ella cortésmente se negó a aceptar ese ofrecimiento. Ni siquiera en los momentos en los que la trató con más crueldad, ella se alejó así de él.
No comprendía del todo lo que pasaba, pero en todo caso él se lo había ganado a pulso.
La vio detenerse y él hizo lo mismo.
—Si quieres podemos regresar —sugirió él, mirándola.
—Puedo volver sola, es mejor que te marches yo aun voy a tardar —ese momento le recordaba demasiado a uno vivido hacía no mucho, pero en el que aún hacían planes de un futuro juntos. Ahora todo eso estaba llegando a su fin. Pronto tendría que decirle definitivamente adiós y eso le dolía demasiado.
—Te esperaré.
Durante el viaje de regreso a casa, en el carruaje, Helga ocupaba la orilla opuesta frente a él, parecía ocupar un espacio demasiado pequeño. Era como una niña buscando alejarse del monstruo culpable de sus miedos y así era, él era aquel monstruo que con sus malos tratos e insultos la había empujado a que terminara viéndolo de esa manera. Arnold apretó los puños, queriendo golpearse a sí mismo.
El incómodo silencio y la enrarecida atmósfera los acompañaron hasta que finalmente llegaron a casa.
Arnold bajó primero del carruaje y le ofreció su mano, y aunque ella lo aceptó, en cuanto bajó lo soltó y se alejó.
—Lo que hiciste por esas mujeres es muy bueno y se ve que ellas apreciaron mucho ese gesto —Helga sólo guardó silencio —¿Te gustaría quedarte a vivir aquí permanentemente? —tal vez si ella así lo quería, ese podría ser el lugar en el cual vivir su nuevo comienzo, pensaba Arnold.
¿Él estaba pensando en dejarla instalada allí como una especie de compensación, mientras vivía en la residencia de la ciudad, o en algún otro lugar, con su hermana?
—Me gusta este lugar y mucho, pero vivir en aquí no me apetece —después de decir eso, adelantó sus pasos a los de Arnold, quien se quedó sacando sus propias conclusiones.
Sí, estaba claro. Helga quería vivir en otro lugar, uno lejos de él...
Era momento de aceptar que todo estaba perdido ya.
Después de regresar Arnold se encerró en su despacho. La noche llegó y él no salió de allí.
Helga estaba ya en su cama, pero no podía dormir aunque ya era tarde. Arnold no le había siquiera mencionado a Hilda y había ordenado llevar su equipaje a otra habitación, ¿acaso habría decidido no someterla al brusco intercambio?
Suspiró.
Ese tipo de consideración hacia ella no la habría tenido unos días atrás ¿Sería que la dulzura y calma de su hermana había logrado ese cambio? Lo más seguro era que sí.
Se levantó y se puso su bata.
Sí la compasión infundida por su hermana era lo único que lo estaba deteniendo de reunirse con la mujer que en verdad amaba, ella iba a ayudarlo.
Cuando estuvo frente a la puerta del despacho, extendió la mano para girar el pomo de la puerta, pero se detuvo. Su convicción estaba flaqueando. Estaba por arrojarlo a los brazos de Hilda y no era algo fácil, pero…¿qué otra cosa podía hacer? ¿Alargar lo más que se pudiera esa situación que representaba sólo sufrimiento para ambos? No. Ya su egoísmo pasado, al ocultarle la verdad sobre Hilda, les había traído la dosis de tormento suficiente a ambos.
Dolía dejarlo ir, pero dolía más permanecer a su lado sabiendo que no era dueña ni de las migajas de su cariño.
Esta vez con decisión abrió la puerta.
Llevaba varios minutos recargado en la chimenea, con aquella copa en la mano y apenas había probado su contenido. Había estado encerrado allí sin hacer nada, sólo perdiendo el tiempo como si eso solucionara todos sus problemas.
La puerta se abrió inesperadamente y volteó hacía allá, quedándose sin aliento.
Helga estaba de pie bajo el marco de la puerta, con su rubia cabellera libre y a pesar de llevar la bata puesta, la luz que había fuera y la semipenumbra del despacho hacían que sus curvas se dibujaran bajo ese contraste.
Bebió todo lo que quedaba en la copa de golpe y desvió la mirada.
—¿Necesitas algo? —consiguió decir, gracias en gran medida al licor que acababa de ingerir.
—Sí, debemos hablar. Ya no quiero posponer más esto.
¿Habría ido allí para decirle que los días sin él le hicieron darse cuenta de que sin su presencia estaba mejor? ¿Qué ya había llegado a su límite y quería irse aunque incumpliera la promesa que había hecho?
—De acuerdo —si así tenía que ser, así sería...por su felicidad estaba dispuesto a dejarla ir.
Le indicó que pasara y se sentara, y luego de encargarse de cerrar la puerta, él tomó el lugar frente a ella.
—Estoy lista para irme…
Así que él estaba en lo cierto.
—Ya veo…¿Cuándo quieres partir?
—Lo antes posible.
—¿A dónde piensas ir? Si no quieres quedarte en esta casa, tengo otras propiedades, incluso podría comprar una en la zona que tu quieras.
—Te lo agradezco, pero no es necesario. Sé cuidarme sola.
—Estás acostumbrada a hacerlo, ¿no es así? Eso es porque nunca has tenido mucha ayuda, ¿cierto?
¿Por qué decía aquello? ¿Y por qué la miraba de esa manera? Era incómodo y en cierta forma molesta, porque la hacía sentir débil.
—Quiero irme de aquí y entre más pronto lo haga mejor —porque así él podría reunirse más pronto con Hilda.
—De acuerdo, solo dame unos días. Necesito arreglar algunos detalles.
—Bien —ella se levantó y se dirigió hacia la puerta bajo la atenta mirada de Arnold —. Buenas noches.
—Buenas noches.
A pesar de aquellas palabras dichas por cortesía, ambos sabían que su noche no tendría nada de buena.
—La señora no ha vuelto y estoy preocupada...
—¿Por qué? ¿Cree que le haya pasado algo? —Arnold apartó la vista del documento en el que trataba de concentrarse sin éxito, al igual que había pasado en los últimos días, después de su corta y contundente plática nocturna, a partir de la cual ambos han estado evitándose y Arnold sabe que será así hasta el día que se digan adiós y eso será pronto, en cuanto Gerald lo arregle todo. A pesar de que Helga dijo que no quería nada, él no iba a hacerle caso, aunque ella no quisiera tendría un buen capital para empezar una nueva vida, así se llamara Hilda o Helga eso no importaba, él iba a asegurarse de que estuviera bien.
—¡Oh, no! No es eso, no ha pasado tanto tiempo desde que salió y es normal que de paseos largos... Es solo que se avecina una tormenta. Arnold miró a través de los grandes ventanales, pero no vio señales en el cielo que le indicaran que la mujer tuviera razón —Sé reconocer cuándo habrá una de esas tempestuosas tormentas otoñales, créame, señor —dijo ante su expresión de incredulidad —y créame también cuando le digo que será muy malo si sorprende a la señora estando afuera.
—Puede que esté en los establos.
—Ya mandé a buscarla allá y no está —suspiró.
— Tal vez esté en el pueblo.
—No, para ir al pueblo necesita el carruaje y no lo pidió —frotó sus manos con nerviosismo.
Él se levantó de la silla, provocando su rechinar al hacerlo.
—Iré a buscarla, tengo el presentimiento de que sé dónde está —y en verdad de repente estaba convencido de que así era.
La temperatura bajó de golpe.
Helga se frotó los brazos, era hora de regresar.
Tocó la hierba sobre la que estaba, que era de un tono dorado; ya no había flores en ese campo, era curioso cómo se asemejaba ahora ese lugar a su vida en ese preciso momento.
Suspiró, pronto ya no podría volver a ese lugar.
Unas gruesas gotas comenzaron a caer.
—Lo que me faltaba...
Se levantó y apuró sus pasos, pero de golpe la lluvia se volvió tan tupida y espesa que ver por dónde iba le era difícil. Su falda rápidamente se puso pesada y caminar le comenzaba a dar trabajo.
Tropezó y cayó fuertemente, trató de levantarse, pero el vestido se enredaba entre sus piernas impidiéndole hacerlo.
Una silueta apareció frente a ella, estaba a poca distancia, pero la cortina formada por la lluvia no le dejaba ver quién era y, sin embargo, lo sabía, y cuando una mano se abrió paso por entre las gotas de agua, extendiéndose hacia ella, su corazón se aceleró.
—¡Dame la mano! —gritó Arnold, aunque su voz apenas era audible entre el ruido de la lluvia —¡Por favor! —lanzó la súplica al ver que ella no lo hacía —¡Dame la mano! —insistió.
Helga se quedó solo mirándole por unos segundos, pero finalmente tomó su mano. Apenas lo hizo, Arnold tiró de ella para levantarla y comenzaron a correr. Bueno, al menos eso era lo que ella intentaba hacer, sin embargo, su ropa empapada y el terreno irregular le dificultaban tal acción, pero Arnold la sujetaba con fuerza, tirando de ella y sosteniéndola con firmeza impidiendo en varias ocasiones que cayera .
Después de lo que a ella le pareció una eternidad, llegaron a un terreno arbolado que les proporcionó un poco de refugio.
—¿Estás bien? —preguntó él, gritando. Helga solo asintió con la respiración agitada —Tendremos que correr un poco más, ¿crees poder? — ella volvió a asentir —Bien...
Cuando el ama de llaves supo que iría a buscarla a ese lugar, le habló de una cabaña cercana en donde podrían resguardarse, ahora solo esperaba no perderse y dar con el lugar, y hacerlo pronto.
Y por suerte lo hizo.
También por fortuna pudieron entrar sin problemas porque la puerta no tenía candado, ni alguna otra cosa para impedirlo.
Con la puerta cerrada no había demasiada luz, pero era suficiente para notar que, aunque la cabaña estaba en desuso, no estaba en tan malas condiciones y había lo necesario para atender sus necesidades en ese momento.
—Creo que lo de allá son unas mantas, quizás puedas usarlas. Yo iré a buscar leña... Espero encontrar y que no esté empapada.
Arnold dio un par de pasos, con intención de irse y fue entonces que se dio cuenta que aun sostenía la mano de Helga. Miró hacía la pequeña y suave mano que en ese momento estaba fría, pero que lo aferraba con fuerza y levantó la vista, buscando su rostro. El cabello empapado caía sobre su cara, aun así, pudo encontrarse con sus ojos y su mirada azul lo atrapó y lo desarmó.
—¡No quiero soltar tu mano! —las palabras, casi en un grito, escaparon de la boca de Arnold sin que él las pensara y tiró de ella suavemente hasta hacerla quedar a pocos centímetros, se inclinó hacia su oído para que ella pudiera escucharlo y soltó con voz suave —¡No quiero dejarte marchar!
El corazón de Helga saltó y no sólo por lo que él dijo, sino también por su cercanía.
Arnold se inclinó más, apenas rozando con sus labios su fría piel y ella se estremeció, aferrándose a él con ambas manos a su camisa empapada y siendo capaz de sentir el ritmo acelerado de su corazón, tan desbocado como el suyo.
—No quiero que te alejes de mí —continuó diciendo él.
Tampoco ella quería hacerlo, pero no era a ella a quien quería a su lado. No era ella a quien amaba, eso se lo había dejado en claro muchas veces y no podía aprovecharse de que viera en ella a su hermana, así que, con todo el dolor de su alma lo empujó con fuerza para alejarlo.
Arnold la miraba perplejo con la respiración aún entrecortada.
«¿Y qué esperabas? ¿Qué ella te aceptaría sin más, después de todo el daño que le causaste?»
No, claro que no y estaba en todo su derecho. Respiró hondo en un intento de calmarse y se alejó más de ella con rumbo hacia la única puerta.
—Iré a buscar la leña.
Ella tuvo que morderse la lengua para no detenerlo. Debía dejarlo ir y no sólo en ese momento, sino para siempre. El frío se hizo más intenso y frotó sus brazos, para luego ir en busca de una manta.
Poco después Arnold regresaba con algunos leños que por fortuna podrían servirles. Antes de cerrar la puerta notó que Helga batallaba con la larga hilera de botones de su vestido. Fue hacia la chimenea y dejó su carga, luego dio media vuelta y se acercó a ella, se colocó a sus espaldas y comenzó a ayudarla.
Helga se sobresaltó, pero no se alejó ni lo detuvo. Arnold se concentró en su labor, necesitaba hacerlo así porque sus dedos estaban torpes y temblorosos, no solo por el frío que cada vez le calaba más, sino por la cercanía con ella. Porque a pesar de que lo acababa de rechazar, no podía acallar su necesidad por ella.
Cuando terminó su tarea, simplemente se alejó y volvió a ocuparse de encender el fuego, dándole la espalda.
Al tiempo que su frustración por no poder encender el fuego crecía, la lluvia iba disminuyendo y golpeaba con menos fuerza su refugió, dejando escuchar el frufrú de las prendas de las que ella se despojaba y supo perfectamente cuando ella se deshizo de todas. No pudo evitar que cada músculo de su cuerpo se tensara y maldijo bajo por no poder frenar el deseo que crecía en él y que estaba llegando a un punto doloroso.
—¿Cuándo podré irme? —preguntó ella, de pie a un par de metros de él y cubierta con una manta.
—Pronto, tan solo faltan por arreglar algunos detalles.
—¿Detalles? ¿Planeas dejarme cómodamente instalada en algún lugar a pesar de que dije que no quería?
Arnold detuvo sus intentos por encender el fuego, se puso de pie y se giró para verla.
—No quiero que pases dificultades, por favor, déjame hacerlo.
—¡Pero mientras más tarde yo en irme, más tardará Hilda en poder regresar!
—¿Hilda? ¿Ella va a volver?
Por qué le preguntaba eso, si él sabía muy bien que sí.
—No me atormentes, te lo ruego —su voz se quebró y Arnold lo único que quería era abrazarla, pero a lo más que se atrevió fue a acortar su distancia —. No finjas ignorancia cuando yo lo sé todo. Sé que fue por eso que me mandaste venir aquí… para traerla y hacer el cambio...para sacarme de tu vida para siempre...
—No, no es así. No te mandé venir aquí por eso, fue porque —calló de golpe, no le pareció la mejor idea decirle que al principio su intención fue llevarla allí para alejarla de su inexistente amante. Dio un profundo suspiro y dejó caer los hombros —..Jamás mandé buscar a tu hermana, te mentí para evitar que te fueras de mi lado...quería verte pagar por tu engaño —sus palabras fueron duras, pero ella las aceptó aun envuelta en la sorpresa de la primera revelación —o al menos eso fue lo que me dije a mi mismo durante mucho tiempo. En realidad no quería perderte…
—¿A mí? ¿Me querías a mi a tu lado y no a Hilda? —contuvo la respiración en espera de la respuesta que sin duda tendría el poder de abrirle las puertas de la felicidad o terminar de hundir su vida en la miseria.
Pero Arnold no respondió de inmediato. Caminó hacia ella, hasta quedar insuficientemente cerca. Le acomodó un húmedo mechón de cabello detrás de la oreja y después acarició su mejilla, y Helga intensificó el agarre a la manta que la cubría, era capaz de leer la respuesta en sus ojos, pero ansiaba escucharlo.
—Siempre has sido tú, aún sin saberlo siempre fuiste tú… Helga…
—Dilo de nuevo... —su voz era un susurro —Mi nombre...dilo otra vez, por favor…
Aquella fue una súplica que le llegó a lo más profundo y a la cual no tenía por qué negarse.
—Helga...
Escucharlo decir su nombre de esa manera, sin aversión en su voz y mirándola como lo hacía, siendo ella y no buscando a Hilda, era como un sueño y todas las emociones contenidas por mucho tiempo se agolparon en su interior buscando una salida, ya no pudo reprimirse más y comenzó a llorar, estremeciéndose y sollozando con fuerza.
A Arnold le partió el alma verla así, la tomó entre sus brazos, estrechándola con fuerza, pero con cuidado y empezó a consolarla.
Sentirla así, tan cerca, le había hecho tanta falta y sin apartarla de él, buscó sus labios y al encontrarlos, los halló tan dispuestos como los suyos, pronto Helga soltó la manta que la cubría para aferrarse a él y ya más nada importó en ese momento. Todo se desvaneció y de repente, en esa cabaña abandonada al interior del bosque, solo existían ellos dos en el mundo.
Sobre el improvisado lecho, minutos después trataban de recuperar el ritmo normal de su respiración. Se habían amado de manera impetuosa, urgente y ahora Arnold la rodeaba con sus brazos, manteniéndola muy cerca suyo. A Helga le daba la impresión de no querer que ella se alejara, pero en todo caso no necesitaba hacer eso porque ya nada podría separarla de él, pensó pegándose más a él y sonriendo contra su pecho.
—¿Podrás perdonarme por todo el daño que te hice?
Helga se incorporó un poco para poder mirarlo.
—Yo también te hice daño, Arnold.
—¡No hay comparación! ¡Yo me deje llevar por mi estúpido orgullo herido y por mi egoísmo! —rió con amargura — ¡He sido un idiota!
—Lo que yo hice no fue tan distinto...yo debí decirte la verdad desde el primer instante en que tuve oportunidad, pero no quise perderte, solo quería estar contigo, también fui egoísta… ¿Crees que podamos dejar todo en el pasado y sanar nuestras heridas mutuamente?
La mirada de él se hizo más intensa y sus labios se curvaron en una sonrisa sincera.
—Creo que podemos.
Helga en reacción a su respuesta lo besó, fue un gesto de pura felicidad, pero al que él respondió con ardor y de pronto ella se encontró sin aliento y con Arnold sobre ella, mirándola fijamente.
Desearía tener una visión más clara de ella, pero el lugar continuaba pobremente iluminado.
—Lamento no haber podido encender el fuego…
¿Quién podría pensar en eso justo en ese momento?, se dijo Helga.
—De cualquier manera no estamos pasando frío, ¿no es así?
Arnold soltó una carcajada y luego se puso un poco serio, pero sin perder la sonrisa.
—Te amo, Helga…
Las palabras se le antojaron insuficientes, así que se dispuso a demostrárselo de otra forma, esta vez sin prisas después de todo no había nada que los apremiara, a partir de ese día tenían toda la vida por delante.
—¿Y? ¿Qué fue lo que averiguaste? —la mujer apuró a su marido, bajo la ansiosa mirada de Hilda, que había esperado mucho por este momento.
—Pues… Esto lo supe por un sujeto que dijo conocer a Armand, pero no puedo asegurar que haya sido así —hizo una pausa.
—¡Habla, hombre! —él miró con pesar a su esposa y evitó mirar a la otra mujer.
—Verán...dijo que Armand no fue el único al que dejaron de ver el mismo día, también lo hizo Isobel, una mujer que no ocultó su interés por tu marido… Lo siento...
—¿Acaso estás insinuando qué...? —Hilda no tuvo el valor para completar sus palabras.
—¿Qué se fue con esa mujer? Sí, es lo que me dijeron.
Por fortuna Hilda estaba sentada, porque las fuerzas la abandonaron de golpe, comenzó a llorar y respirar agitadamente, las cosas a su alrededor comenzaron a girar y antes de perder la conciencia se dijo que no creía lo que acababa de escuchar, que Armand no pudo haberla traicionado de esa manera y que pronto volverían a estar juntos.
CONTINUARÁ...
