Helga estornudo.

—¿Te estás enfermando? —Arnold la miraba preocupado.

—No, no me estoy enfermando —ella se inclinó y acarició al pequeño gato que se frotaba en su pierna. Los pequeños traviesos se habían atrevido a dejar su confortable establo y comenzaban a vagar con confianza por los alrededores —. Estoy bien —se enderezó y le ofreció una sonrisa sincera.

Él sonrió de la misma manera. Estaba feliz de poder volver a verla sonreírle de esa manera para él.

—El otro día… No te estaba acusando —Helga lo miró con extrañeza al no entender a qué venía aquello y él se dio cuenta que debía explicárselo —. Cuando te dije que el señor Morris ahora era muy amigable contigo.

—¡Ah!

—Lo dije porque en verdad admiro tu capacidad para hacer amistades.

—¿De verdad crees que tengo esa capacidad?

—Claro, mira por ejemplo a la señorita Heyerdahl, es demasiado tímida y no cualquiera hubiera podido acercarse tanto a ella. Con tu amistad la has ayudado mucho.

Helga sonrió con un poco de melancolía.

—Te equivocas, es ella quien ha hecho mucho por mi... —se calló porque no quiso sacar el tema de sus problemas pasados —y, además, contrario a lo que crees, no he tenido muchas amistades en el pasado, Phoebe es la primer amiga que tengo, a parte de mi hermana, claro. De niña fui algo tosca y un poco inquieta por decirlo de una manera y cuando crecí un poco estuve más bien algo aislada del exterior y luego, pues...

—Te mandaron a aquel instituto.

—Así es. Era muy difícil que entre las que estábamos allí pudiera surgir una amistad, digamos que había mucha envidia flotando en el ambiente —soltó una corta carcajada, en un intento de restarle importancia a lo vivido en ese lugar.

No se esperaba que Arnold la abrazara, a decir verdad, era algo que hacía bastante tras su reconciliación y claramente a ella no le molestaba, así que se acomodó entre sus brazos, permitiéndose disfrutar de su calidez. Lo que tampoco se esperaba era el ligero temblor en la voz de él al volverle a hablar.

—La has pasado mal, ¿cierto? No tienes por qué minimizar las cosas.

Fue entonces que ella entendió que ese abrazo era para consolarla y se estrechó más contra él.

—Lo que no tengo que hacer es darles demasiada importancia, después de todo son cosas que ya quedaron muy lejos y que además...de alguna forma hicieron que encontrara mi lugar al lado tuyo.

En otro acto inesperado, Arnold la besó. Eso también se había vuelto una constante y por supuesto que tampoco le molestaba en lo más mínimo.

—¿Segura que te sientes bien? —preguntó él, manteniendo la estrecha cercanía y mirándola directo a los ojos —Yo te veo un poco indispuesta.

Helga río nerviosamente y se sonrojó al leer en sus ojos verdes las verdaderas intenciones detrás de esa insistente preocupación.

—Ahora que lo vuelves a preguntar… Sí, quizás un poco.

—Entonces lo mejor es que la acompañe a la habitación, señora Shortman.

—Creo que esa es una muy buena idea, señor Shortman...


Arnold llevaba la cesta en una mano y Helga iba a su lado, muy cerca de él. Ambos caminaban tras el ama de llaves.

—Espero que el clima no les dé sorpresas esta vez —dijo la mujer.

—No se preocupe, señora Brown. Siempre podremos ir a la cabaña a entrar en calor —contestó un sonriente Arnold y sintió el golpe en las costillas, volteo a ver a Helga, quien lo miraba con el ceño fruncido y sonrojada.

—Sí, supe que mandó a que arreglaran la cabaña y a que llevaran leña.

—Así es, soy un hombre previsor —dijo al ama de llaves, quien no lo veía sobar su costado, ni mirar con un toque de divertido reproche a su esposa.

—Disfruten mucho su día de campo —les deseó la señora Brown al abrir la puerta para que salieran.

—¿Y bien? ¿En qué estaba pensando hace un momento, señora Shortman? —preguntó Arnold una vez que salieron de la propiedad y avanzaban por el camino tapizado de hojas secas.

—En nada.

Ella volvió a sonrojarse y él contuvo la risa, iba a jugar un poco.

—Me tiene muy sorprendido, señora mía.

Helga se detuvo y él la imitó.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Dice que no pensaba en nada, pero por su sonrojo de hace rato me doy cuenta de que tiene pensamientos no muy castos.

—Pues si sabes acerca de mis pensamientos, tampoco serás muy inocente.

—Es por influencia suya, señora —dijo y reanudó la caminata.

Helga se quedó de pie, mientras que él siguió avanzando.

—¡¿Mia?! ¿Ahora soy una mala influencia? ¿Quién es él que ha estado inventando padecimientos y excusas en los últimos días para poder quedarnos en la habitación?

—Bueno, pero es que yo era un joven muy inocente y muy propio, hasta que la conocí, o acaso ya se le olvido quien me robó nuestro primer beso.

—¿Yo? ¡Yo no hice eso!

Arnold se detuvo y giró para verla.

Fue difícil para Helga mantener su cara de enfado al ver su expresión alegre, con una gran sonrisa y ojos brillantes.

—Claro que sí, fue en la entrada de su casa, señora Shortman ¿Acaso no lo recuerda?

Claro que lo recordaba, pero para ella ese beso no había contado, es decir, fue un tímido y simple roce de labios, para ella su primer beso ocurrió días después y lo comenzó Arnold, pero la hizo feliz saber que para él ese beso simplón hubiera significado tanto como para recordarlo. Caminó hasta alcanzarlo y lo miró tan seriamente que la sonrisa de Arnold se borró.

—Pues entonces hice bien en casarme con usted, señor Shortman, para reparar su honra y hacer de usted un hombre decente —volvió a caminar.

Él soltó una carcajada, por un momento se había preocupado. Avanzó con pasos rápidos y largos hacia ella, y cuando la alcanzó la detuvo e hizo que lo mirara.

—También me has hecho el hombre más feliz de la tierra, Helga.

Está vez, como en aquel día a la entrada de su casa, ella comenzó el beso, en está ocasión nada tímido, y la cesta cayó al suelo, algunas cosas inevitablemente se estropearon, pero a ninguno de los dos le importó demasiado.


Gerald esperó expectante a que Arnold entrara al despacho y cuando lo vio cruzar el umbral con una gran sonrisa en el rostro, soltó la respiración que había estado conteniendo.

—Así que estuve preocupado por ti para nada —reprochó y Arnold no respondió, pero sí se mostró un poco apenado —. En verdad, desde que me pediste esto —tomó unos documentos del escritorio y los puso en alto —he estado sufriendo al pensar en lo mal que lo estarías pasando y por lo visto ha sido todo lo contrario —bufó.

—Lo siento, tal vez debí avisarte acerca de lo que pasaba, pero...

—Pero déjame adivinar, has estado muy concentrado en tu esposa —Arnold se sonrojó —. En fin, supongo que ya no los necesitas.

Arnold tomó los papeles que su amigo le extendió, se trataba del acuerdo económico que iba a entregarle a Helga por su separación.

—No, ya no —sonriente y sin dudarlo los partió por la mitad y los arrojó a la basura.

—Honestamente, no me tienes muy contento, Arnold...pero estoy feliz por ti. Ya ves cómo es mejor no ser tan cabezota y escuchar los consejos.

—Tienes razón, prometo escucharte a la primera la próxima vez.

—No lo harás, te conozco bien —lo miró con los ojos entre cerrados y ambos rieron.

—¿Entonces regresarás pronto a la ciudad? —preguntó Gerald después de un rato de estar trabajando.

—Tal vez —Arnold respondió de manera esquiva.

—Mejor se sincero y dime que no. No voy a molestarme contigo porque quieras tener una segunda luna de miel, siempre y cuando no descuides los negocios —le advirtió.

—Bien, por eso no te preocupes.

Gerald le ofreció que se quedara a cenar, pero terminaron el trabajo a buena hora y Arnold prefería regresar al lado de Helga, así que declinó la oferta. Antes de subir al carruaje dio la orden de que lo llevaran primero a casa, debía pasar por algo antes de volver.

De camino allá vio por la ventana a un viejo conocido, Wolfgang y él también lo vio, fue un breve momento pero bastó para hacer al otro palidecer y tragar con nerviosismo, lo que causó un poco de satisfacción en Arnold, pero de todas maneras ese breve encuentro no le dejó un buen sabor de boca.

Llegó a tiempo para la cena y por supuesto a Helga le alegró mucho que hubiera podido regresar ese mismo día.

Después de cenar fueron al despacho de Arnold y mientras él trabajaba, Helga leía un libro que al parecer era bastante interesante porque él la veía leerlo muy concentrada.

De repente dejó de escribir, se levantó y fue a sentarse al lado de Helga.

—¿Pasa algo? —preguntó muy intrigada al verlo tan serio.

—Hoy vi a Wolfgang.

—Arnold —dejó el libro en la mesita de enfrente y tomó con ambas manos las manos de su marido —... Yo te juro que entre él y yo nunca—Arnold la interrumpió al besar sus manos.

—Lo sé —suspiró —. Sé que nunca fueron amantes, perdóname por haberte acusado, por haberte dicho todo aquello, es solo que —dio una profunda respiración, buscando las palabras que iba usar —... Te traté tan mal que no me parecía imposible que buscaras consuelo en alguien más... —se cubrió el rostro con ambas manos y dijo algo que fue incomprensible para Helga —¿Me harías el favor de golpearme? —preguntó cuando se descubrió el rostro.

Helga se levantó y fue hasta él, pero en vez de golpearlo lo abrazó. Había más en ese capítulo de su historia, pero no tenía caso mencionárselo a Arnold, después de todo era agua pasada.

—Dijimos que íbamos a dejar el pasado y las culpas a un lado, ¿no es así?

—Sí, pero fui tan estúpido —la rodeo con sus brazos y aceptó de buena gana el beso que ella le dio —. Es solo que me mataba la idea de que encontraras alivio en brazos de otro y que fuera su nombre el que dijeras cuando... —ella lo interrumpió con otro beso.

—No podría entregarme a otro, como me entrego a ti y jamás podré pronunciar el nombre de otro como pronuncio el tuyo cuando me amas —él le hizo un poco de daño al abrazarla tan fuerte, pero ella no se quejó porque entendía la intensidad de sus emociones.


Los días que pasaban estaban todos impregnados de la misma alegría y calma. Helga no podía pedir más, ni siquiera se sintió perturbada cuando supo que Gerald había llegado para hablar con Arnold, aunque sí se extrañó cuando la mandaron llamar para que se reuniera con ellos en el despacho.

Saludó en cuanto entró y después de cerrar la puerta, añadió.

—Un placer volver a verlo, señor Johanssen.

—No tiene porqué esforzarse en demostrar amabilidad, entiendo si me saca de aquí a patadas —dijo amargamente.

Helga negó suavemente y fue a sentarse al lado de Arnold y tomó su mano.

—Es verdad que tuvimos nuestros desencuentros, pero entiendo que todo fue porque estabas preocupado por tu amigo —Gerald sonrió al percatarse de que ella estaba dejando de lado la formalidad, era como si regresaran al tiempo antes de que detonara todo y eso le agradaba —. Lo entiendo, porque sé que a ambos nos importa demasiado el caballero aquí presente —dijo mirando a su esposo.

—Cierto, pero eso es porque no es muy hábil cuidando de sí mismo.

—¡Ah! ¿Tú también has notado eso?

—¡Por supuesto! Es de las primeras cosas de las que te das cuenta al momento de conocerlo.

—¡Oigan! —reclamó el aludido con actitud ofendida.

—No te pongas así, amigo ¿No ves que estamos compartiendo nuestra preocupación por ti? — los tres rieron —Me alegra mucho saber que no estás enfadada conmigo, aunque creo que eso cambiará pronto.

—¿Por qué? —preguntó ella, intrigada.

—Porque vine a llevarme a tu marido.

Arnold le dio un pequeño apretón en la mano que sostenía.

—Hay problemas en unas de las tierras más importantes que tenemos —dijo Arnold y ella pudo ver claramente su preocupación —, en la zona ha llovido como nunca y eso ha provocado inundaciones y deslaves, muchas cosechas están comprometidas y el ganado también está en problemas, sin mencionar que la gente de allá necesita mucha ayuda.

—Entiendo, ¿cuándo se marchan?

—Lo antes posible —fue Gerald el que respondió.

Helga dobló otra prenda y la puso junto a las demás dentro del baúl.

—¿No es demasiado equipaje ya? —preguntó Arnold, al tiempo que le quitaba de las manos la nueva prenda que ella había tomado.

—Dices que no sabes cuánto vas a tardar en volver, así que es mejor ser precavido —no lo miró al decírselo, no quería verlo a los ojos y ponerse a llorar como tonta.

—Te prometo que haré todo lo posible por volver cuanto antes.

Ella tomó un abrigo.

—Pero aun así no será pronto, ¿cierto?

Arnold la abrazó, ella dejó caer la prenda y se aferró a él con fuerza.

—De acuerdo, tal vez tarde un poco —la situación no pintaba bien ni fácil de resolver —, pero mientras tú te quedarás aquí, cuidando de los gatos, escuchando las historias del señor Morris, dando paseos cuando haya buen clima, reuniéndote con las mujeres del pueblo y el tiempo pasará rápido, ya lo verás —sintió que ella negó contra su pecho y él sonrió levemente —. No me hagas más difícil el tener que dejarte —le suplicó.

Ella se alejó un poco, sin deshacer el abrazo.

—De acuerdo voy a comportarme. Me quedaré aquí, esperándote como la buena esposa que soy, no te preocupes por eso.

—Me alivia mucho escuchar eso —volvió a apretarla contra él y besó su frente, pero a pesar de su actitud tranquilizadora en su interior sentía una inexplicable angustia creciente

Cuando todo estuvo listo, Helga fue a despedirlos a la entrada de la casa.

—Cuídense por favor.

—Lo haremos —le respondió Gerald —. Por cierto, con todo esto se me estaba pasando entregarte esto —le entregó un sobre y pudo ver la sorpresa y alegría en su rostro al leer el nombre escrito —. Creo que es momento de que reanuden la comunicación.

—Gracias.

—Cuando tengas lista la respuesta, uno de ellos puede llevarla —Gerald señaló en una dirección y Helga miró hacia allá —, esos dos trabajan para mi, son algo extraños pero de confianza y estarán cerca por si necesitas algo.

Helga los reconoció de aquel día de su encuentro con Wolfgang y volvió a agradecerle a su amigo.

—Pues... —Arnold tomó un poco de aire antes de continuar —supongo que es hora de irnos —le tomó la mano, colocando en ella un beso prolongado e intenso, tan intenso como la manera en la que se miraban.

Gerald carraspeo.

—Bueno, iré adelantándome —anunció, aunque dudaba que la pareja lo hubiera escuchado, aun así, prefería esperar dentro del carruaje a que el par de tortolos se despidiera correctamente. Suspiró un poco exasperado ¡Caray! Le costaba hacerlo, pero tenía que reconocer que sentía un poco de envidia, tal vez era hora de que él comenzara a pensar seriamente en dejar la soltería. No, de ninguna manera, se dijo, era una completa locura. Sacudió la cabeza, pero aun así no logró evitar que el rostro de cierta jovencita tímida, pero obstinada apareciera en su mente.


—Está muy mal y cada día que pasa empeora —el hombre suspiró —y nosotros no podemos hacer más por ella, aunque no tenemos los medios.

—Lo sé —respondió Silvy —, pero, ¿qué podemos hacer?

—Debe de tener familia, alguien más aparte de Armand.

—Sí, es probable, pero ella nunca me ha hablado de ellos, en realidad no habla mucho de esa parte de su vida —aunque ella sospechaba que Hilda no tenía un origen humilde, debido a muchos de sus comportamientos y que se había terminado viviendo en un pueblo como ese, era a causa de su matrimonio con Armand.

—Pues, habla con ella. Convéncela de que es lo mejor. Haz que te diga dónde está su familia y yo iré a buscarla.

—Lo intentaré

CONTINUARÁ...