Arnold se secó el sudor de la frente con el brazo y detuvo su trabajo un instante.

Casi se cumplía la tercera semana desde que tuviera que dejar a Helga y aún había mucho por hacer. Aunque afortunadamente ellos no habían sufrido grandes afectaciones, si lo habían hecho los habitantes de los alrededores y no pudieron dejarlos a su suerte, no solo porque muchos de los pobladores trabajaban para ellos, sino porque necesitaban ayuda.

Fijó la vista en el cielo, ya pasaba de medio día. Suspiró y retomó lo que estaba haciendo, después de todo, entre más se esforzara, más rápido podría regresar con su esposa. Esa última idea provocó que apareciera en su rostro una gran sonrisa.


Helga le acomodó las mullidas cobijas y tomó su mano por un momento antes de salir con sigilo de la habitación, cerró la puerta con cuidado y se recargó un momento en ella para recobrar las fuerzas que los recientes sucesos le habían quitado, las iba a necesitar.

Aún no podía creer lo que estaba pasando…

...

Dos días antes…

Le resultaba más que extraño ver a su madre allí y más con esa mirada entre desesperada y ansiosa.

Tienes que venir conmigo... —fue la orden que dio y no la dejó decir que no porque añadió de inmediato —Se trata de tu hermana.

Tratándose de ella simplemente no pudo negarse y minutos después compartía el carruaje con su madre e iniciaba el viaje hacia un lugar que desconocía totalmente.

¿Qué hacemos Sid?

Pues seguirla, Stinky. Hay que vigilarla y asegurarnos de que esté bien, fue lo que dijo el jefe —se encogió de hombros y sin añadir más se alistaron para cumplir con su deber.

¡Llegamos! —se escuchó el grito de un hombre, proveniente de la parte frontal del vehículo.

Su viaje había terminado. Era ya entrada la tarde del segundo día y estaban a las afueras de un pequeño pueblo, en una casa de aspecto bastante precario.

Una mujer joven y de aspecto cansado las recibió en la entrada y las invitó a pasar. Helga agradeció, mientras su madre con cara de disgusto entraba en el lugar. Instantes después Helga no podía dar crédito a lo que veía.

Su hermana ocupaba la cama al fondo de la pequeña y modesta casa y el aspecto que tenía hizo que el corazón se le oprimiera.

No parecía ella.

Su cara estaba afilada por la delgadez y la zona debajo de sus ojos, hundida. Tenía una palidez exagerada y a su cabello, totalmente desordenado le faltaba brillo.

Miriam ya estaba a un lado de la cama, haciendo una serie de preguntas en medio de varias quejas.

Helga caminó hacia ellas despacio, tratando aun de asimilar lo que estaba viendo.

¿Cómo has acabado así? —fue la última pregunta hecha por Miriam, quien por fin guardaba silencio, mientras trataba sin éxito de acomodar la rubia y maltrecha cabellera de su hija.

Hilda miró hacia sus manos que se movían con nerviosismo, jugando con la manta remendada que la cubría.

Él me dejó... —le dolía tanto decirlo, que incluso le resultaba imposible pronunciar su nombre —¡Me dejó! —cubrió su rostro con ambas manos y lloró con tanta fuerza que su cuerpo se estremecía por completo.

¡Pobrecita mía! —Miriam la abrazó, pero rápidamente se apartó de ella —¡No puede ser! Tú...

Helga vio a su madre palidecer.

¿Qué pasa?

Su hermana descubrió su rostro y con lentitud retiró la manta y Helga no pudo impedir que una expresión ahogada saliera de sus labios. El abultado vientre que Hilda dejaba ver ahora, sólo podía significar algo.

¡Embarazada! ¡Por Dios! —Miriam se había alejado de su hija como si tuviera la peste y la miraba con verdadero enojo, casi era como si estuviera mirando a Helga y no a ella —¡Estás acabada! ¿Lo entiendes?

¡Lo sé! —se giró y se hizo un ovillo, que no dejaba de estremecerse por el llanto —¡Quisiera morirme! ¡No debí dejar al señor Shortman! —Helga se acercó, se sentó al borde de la cama y comenzó a acariciar la espalda de su hermana para tranquilizarla —Si me hubiera casado con él… si yo...

Tu estás casada con Shortman —dijo Miriam, ganándose una mirada de incredulidad por parte de las dos hermanas, pero por diferentes motivos —Eres la esposa de Arnold, al menos en lo que a la sociedad respecta, porque Helga tomó tu lugar, fingió ser tu y continuó con el compromiso y el matrimonio. Así que, tu ahora eres la señora Shortman y puedes volver y ocupar ese lugar.

Helga no podía creer lo que estaba escuchando, simplemente estaba en shock.

Yo no podría…

Hilda, mírame —la voz de Miriam fue firme, pero suave, llena de un cariño que nunca le mostraba a Helga —, por favor —Hilda tardó un poco, pero finalmente cedió a la petición. Se giró y la miró. Sus ojos estaban rojos e hinchados y Miriam le sonrió cálidamente —Tu estás casada con el señor Shortman, no tienes nada de qué preocuparte.

¿Pero cómo podría hacer yo lo que me dices? —con dificultad se sentó, ayudada por su madre, quien prácticamente empujó a su otra hija para ponerse a su lado —No podré mantener el engaño y mucho menos en este estado.

No tienes porque hacerlo, él ya sabe la verdad sobre Helga y no la quiere, por eso te ha estado buscando, está esperando por ti. Todo este tiempo él ha deseado tener a su lado a la verdadera Hilda.

Pero...¿Y…? -señaló su vientre.

Arnold aún te ama y será muy dichoso cuando vea que has vuelto —tomo las manos de su hija entre las suyas y la miró directo a los ojos —y créeme que estará tan complacido cuando te vea que tu extraordinaria situación no será problema, no te preocupes. Además hay fuertes rumores de que tu hermana se casó estando embarazada y ya que ha estado un tiempo fuera de la ciudad —hizo una corta pausa —...cuando te vean sólo se confirmará lo que ya muchos creían ¡Es perfecto! Y si es que Shortman tiene algún problema por criar un hijo que no es suyo, ya veremos como arreglar ese pequeño inconveniente cuando llegue el momento.

Hilda miraba esperanzada a su madre y tal vez por la emoción del momento no puso atención a lo que su madre quiso decir, pero Helga sí entendió y no pudo evitar estremecerse ante lo que su madre pudiera estar planeando para la pobre criatura.

Estarás a mi lado, ¿verdad?

La petición fue para Helga, pero ella guardó silencio. No podía decirle la verdad, que Arnold ya no la amaba y que nunca quiso que estuviera de regreso. Eso destrozaría a su muy frágil hermana, pero no podía simplemente hacerse a un lado y mucho menos quedarse y ser testigo de una felicidad que le pertenecía a ella. Bajó la vista. Era la primera vez en su vida que en verdad deseaba actuar con egoísmo, sin importar lo que le pasara a Hilda ¡Era una hermana terrible!

¿Lo harás, Helga? —volvió a preguntar Hilda —Sin ti no creo ser capaz de lograrlo.

Por supuesto que lo hará, ella estará allí —respondió Miriam —Ahora... —peinó con los dedos el cabello de su hija o al menos eso intentó —Te sacaremos de aquí cuanto antes. Entre más rápido lo hagamos, más pronto tomarás el lugar que te corresponde, mi pequeña.

Llevó con ella a Helga fuera de la casa, prácticamente a rastras.

Vas a volver junto con nosotras y permanecerás al lado de tu hermana hasta que te necesite y después desaparecerás.

Arnold ya no la ama —fueron las palabras que salieron de boca de Helga y se ganó una mirada asesina de parte de su madre —Él me lo confesó cuando nos reconciliamos.

Miriam no contaba con eso, pero eso no iba a detener su plan de devolverle a su querida hija el lugar que le correspondía.

Entonces vuelve allá adentro y dile que está acabada, pero sobre tu conciencia quedará su muerte, porque ya la escuchaste para ella es mejor la muerte que tener que vivir cargando su vergüenza.

Minutos después Hilda era sacada en brazos por el dueño de la casa. Mientras él la dejaba en el interior del carruaje, Miriam se acercó a Helga y le habló bajo, pero con claridad.

Voy a estarte vigilando, conozco tu naturaleza y no voy a permitir que siquiera intentes arrebatarle a tu hermana lo que le pertenece.

A la distancia Sid y Stinky observaban la escena. No podían estar totalmente seguros de lo que pasaba, pero conocían la verdad sobre las hermanas y una idea sí que se estaban dando.

...

Ya no regresaron a la casa en el campo, fueron directo a la residencia principal y si hubo sorpresa por la presencia de dos mujeres idénticas, quedó opacada por el lamentable estado de la señora de casa, a pesar de que su madre se esforzó por mejorar la apariencia de Hilda.

Resultaba raro conocer a toda esa gente que era parte del servicio y ser tratada como una completa extraña, aunque de momento había logrado llevar bastante bien el papel de la hermana gemela de la señora Shortman y Hilda el papel de la esposa de Arnold, sin embargo Helga era consciente de que eso cambiaría en cuanto Arnold volviera, a partir de ese momento la verdadera dificultad comenzaría.


Cuando finalmente pudo regresar a casa, a un par de días después de que se cumpliera el mes y medio de estar fuera y ya más cerca del invierno, Arnold se encontró con la noticia de que Helga se había marchado junto a su madre sin decir a dónde y ya no volvió.

Aquello encendió las alarmas en Arnold, pero decidió que antes de preocuparse debía ocuparse en averiguar lo que estaba ocurriendo de inmediato y a pesar de las súplicas de la señora Brown, salió de la casa.

No esperaba encontrar a Gerald aun en el lugar, pero allí estaba, fuera del carruaje frente a la entrada de la casa en compañía de aquel par de peculiares sujetos y Arnold se dirigió hacía ellos dando largas zancadas.

—Caballeros —saludó Arnold al llegar con ellos —¿Qué ocurre? —antes de recibir respuesta supo por la mirada de Gerald que no era nada bueno lo que pasaba.


En cuanto Arnold llegó a la casa fue recibido por una muy gustosa ama de llaves, pero él no reparó mucho en ella y directamente preguntó por su esposa.

—Está en su habitación —la señora Johnson respondió desconcertada —, pero, señor…

Arnold ya no quiso detenerse a escucharla y continuó su camino con paso decidido y apresurado.

—¡Qué gusto ver que estás de vuelta, querido yerno! —Miriam apareció en lo más alto de las escaleras y Arnold se congeló al verla, no esperaba encontrarla allí. Ella sin prisa bajó y se detuvo justo frente a él —Seguramente tienes muchas ganas de ver a tu esposa, pero antes de que te reunas por fin con nuestra querida Hilda, acompáñame —lo tomó del brazo provocando que se tensara —...tenemos que hablar antes.

Arnold no tuvo más remedio que dejarse llevar hasta el despacho, en donde él fue el primero en hablar.

—No es a Hilda a quien quiero ver, es a Helga y lo sabes ¿Por qué la trajiste de vuelta? —Miriam estaba un poco sorprendida. No tenía idea de cómo pudo enterarse del regreso de su hija, pero realmente no importaba, si bien le hubiera gustado ver su cara al contárselo ella misma, ahora se ahorraba el trabajo de hacerlo.

—Porque es tu esposa, su lugar está a tu lado.

—Mi esposa es Helga.

Estaba enojado, eso era claro, pero no era algo que le preocupara, después de todo ella tenía la ventaja en sus manos y lo haría pagar todas las que le debía.

—No ante Dios y mucho menos ante la sociedad…

—Si te refieres a la boda fue Helga quien estuvo a mi lado —su voz estaba llena de convicción.

—Pero fue el nombre de Hilda el que pronunciaste al decir tus votos. Fue ese el nombre que todos escucharon, no lo olvides. Así que ella es la que gozará de los beneficios de ser la señora Shortman. Yo me encargaré de eso.

—¿Y cómo piensas hacerlo? Porque no estoy dispuesto a que se cumplan tus deseos ¿Dónde está Helga?

—Arriba. Haciéndole compañía a su hermana.

Arnold se sorprendió tanto por la información, como por la manera tan fácil en que la obtuvo. Si Helga estaba allí mismo iría por ella en ese preciso momento. Fue hacia la puerta y se dispuso a abrirla.

—Si lo haces te arrepentirás.

Al escuchar la voz de la mujer, él se giró.

—¿Qué?

—Si ella sigue aquí es porque mi querida Hilda la necesita, pero si insistes en tu absurda idea de preferir a esa impostora, me obligarás a hacerla desaparecer y esta vez no voy a recluirla en un inofensivo internado.

—No te atreverías…

—Ponme a prueba…

Sostuvieron un duelo silencioso de retadoras miradas por unos instantes antes de que Miriam volviera a hablar.

—¿Por qué no te dejas de complicaciones y te rindes, igual que lo hizo Helga? —al ver la incomprensión plasmada en su rostro, ella siguió —Ella ya aceptó el regreso de su hermana y todas sus implicaciones que eso conlleva.

—No. Me niego a creerlo —no podía siquiera imaginar que Helga hubiera sido capaz de hacer a un lado sus planes, su futuro, su amor.

—Al parecer aún queda algo de cordura en ella y también pudo entender que su hermana está muy arrepentida por lo que hizo y ya ha pagado, y de sobra, por su error…

—No minimizaría lo que hizo llamándolo un simple error.

—No importa como quieras llamarlo, mi pequeña ya ha pagado y con creces por lo que hizo, su vida ha sido muy difícil sobre todo después de que ese canalla la abandonara… Ha sufrido mucho… Ahora mismo su salud es muy delicada, incluso su vida está en riesgo —algo se removió dentro de Arnold, aquello podía ser una mentira, pero también podía ser cierto y aunque ya no amaba a Hilda se sintió mal por ella —y su estado lo complica todo.

—¿Su estado?

—Está embarazada y entiendo el problema que significa, pero no te preocupes, no tienes por qué cargar un bastardo, llegado el momento me encargaré de la criatura.

Arnold sintió un escalofrío. Le hubiera gustado convencerse de que sólo eran ideas suyas y que Miriam realmente no atentaría contra una vida, pero ese destello de maldad que asomó en sus ojos y la manera en que esas palabras fueron dichas, no dejaban lugar a dudas y si era capaz de hacer algo así a un ser tan indefenso, no quería pensar en lo que podría hacerle a Helga. Ella realmente estaba en peligro.

Se apartó de la puerta y caminó hacia el centro del despacho.

—¿Por qué estás haciendo esto?

—Es mi deber como madre el siempre procurar la felicidad de mi hija.

—Helga también es tu hija y la estás haciendo infeliz y lo sabes —tal vez podría hacerla entrar en razón y que cambiara de opinión, aun a pesar de lo que Helga le dijo aquella vez tal vez aún era posible hacerlo.

...

Lo siento, no debí preguntar eso... —se disculpó en cuanto vio que el semblante de Helga se ensombrecía.

No pasa nada —ella le sonrió —. Después de todo es inútil no hablar del tema, callar no hará que las cosas cambien... —suspiró —Mi madre me odia, esa es la verdad.

Odio es una palabra muy fuerte.

Así es y me ha costado mucho aceptarlo, pero es lo que ella siente por mí. También me costó trabajo entender por qué, pero hace poco pude descubrirlo —hizo una pausa, no pensó que fuera a resultar tan difícil hablar de eso, pero lo era. Arnold le apretó la mano, lo que le arrancó otra sonrisa y le dio ánimos para proseguir —Mi nacimiento complicó el parto, mi madre casi muere, pero lo peor es que quedó imposibilitada para tener más hijos y ya no pudo traer al mundo el heredero que tanto deseaba.

¿Y ella es capaz de culparte por eso? ¡Por Dios! ¡Qué tontería más grande! —no es que realmente hubiera creído, ni por un momento, que Helga tuviera la culpa por el trato que recibía de su madre, pero definitivamente no esperaba que la respuesta a su pregunta del porqué Miriam era sí con ella, fuera esta. Estaba sin palabras, así que lo único que pudo hacer fue abrazarla ¿Cómo se consolaba a alguien a quien se le había negado el derecho de recibir el amor más puro que hay sobre la tierra? Aunque él tampoco pudo disfrutar mucho del amor de su madre o de su abuela, eran situaciones muy diferentes. A él la muerte se las había arrebatado muy pronto, a Helga por otro lado, fue su propia madre quien decidió negarle ese amor, condenándola por un crimen inexistente.

No te sientas mal por mí, Arnold, después de todo en estos momentos no tengo queja sobre como es mi vida. Ahora soy feliz.

...

Miriam encogió los hombros.

—A veces hay que hacer sacrificios ¿Tú estás dispuesto a hacerlos o quieres que Helga pague las consecuencias?

—Déjala en paz… Aceptaré a Hilda como mi esposa y llegado el momento le daré mi apellido a su hijo y me haré cargo de la criatura.

Miriam sonrió. No porque estuviera dispuesto a hacerse cargo de la criatura, sino porque estaba aceptando darle a Hilda el lugar que le correspondía.

—Bien, pues ya que está decidido vamos a darle la noticia a mi hija.

—Hazlo tú, yo debo ocuparme de un asunto importante. Volveré más tarde —Arnold caminó hacia la puerta con los puños apretados. Le había fallado a Helga, porque no pudo proteger su felicidad.


—¿De verdad dijo eso?

—Así es, cariño ¿No estás feliz?

—Sí, mucho.

Helga observaba a su hermana sonreír ampliamente, era la primera vez que lo hacía desde que la encontraron en aquella humilde casa. Estaba en cama, pálida y débil, pero lo que le acababa de decir su madre le había devuelto la vida a sus agotados ojos y todo era gracias de Arnold.

—¿Escuchaste, Helga? Me aceptó de vuelta y le dará su apellido.

Helga caminó hacía ella y tomó su mano.

—Sí, lo escuché —jamás esperó menos de él, sabía que haría lo correcto y sin embargo no podía evitar sentir el dolor de saber que lo había perdido para siempre.

—Bien, ahora que ya todo está solucionado, sólo debes de enfocarte en recobrar la salud, cariño y para eso será mejor que te dejemos descansar, han sido demasiadas emociones por hoy. Volveremos mañana ¡Vamos, Helga!

Cuando estuvieron fuera de la habitación, Miriam apretó el brazo de Helga.

—Ahora que ya todo es como siempre debió ser, espero que no intentes entrometerte entre tu hermana y su marido.

—No te preocupes, madre, no lo haré.

—Bueno, aunque lo hicieras no tendrías oportunidad. Lo vi en los ojos de Arnold, está feliz con el regreso de tu hermana, jamás te elegiría conscientemente a ti por encima de ella.


—No puedo creer que se haya atrevido a amenazarte —para Gerald la confirmación de que algo andaba muy mal la tuvo cuando Arnold apareció en su casa muy poco tiempo después de haber ido en busca de Helga, pero escucharlo narrar lo que había ocurrido lo hizo sentir indignado, enojado y preocupado —¿Y? ¿Qué vamos a hacer ahora?

Los hombros de Arnold cayeron.

—Nada, Gerald.

—¡No puedes estar hablando en serio! ¿No puedes estar dispuesto a rendirte sin más? —ni un sonido salió de la boca de Arnold —¿Recuerdas lo que te dije la otra vez acerca de mi deseo de golpearte?

—¿Y qué quieres que haga? ¿Cuáles son las opciones? ¿Negarme a aceptar a Hilda y gritar ante todo el mundo que a la que amo y con quien quiero pasar toda mi vida es con su hermana?

—¿Y por qué no? No te preocupes por lo que dijo esa mujer, podemos proteger a Helga.

—¿La podremos proteger también del castigo que pueda recibir cuando todos sepan que usurpó la identidad de su hermana? Honestamente dime, ¿crees que podamos hacerlo?

—Bueno… No es necesario dar a conocer lo que hizo. Puedes enviarla a vivir a alguna de tus propiedades y verla allí y…

—Y darle el honroso —dijo con ironía —lugar de la amante del esposo de su hermana ¿Crees que ella se merezca eso? Lo que es más, ¿crees que ella lo acepte?

A Gerald no le quedó más remedio que negar con la cabeza en respuesta a las dos preguntas.

—No es posible que se hayan reconciliado para volverse a separar y esta vez para siempre… Arnold… Algo habrá que puedas hacer.

—Sí. Aceptar las cosas como son y asegurarme de que Helga esté a salvo de cualquier locura que se le ocurra a su madre.

Fue por la noche que Arnold regresó a la residencia Shortman y al ir rumbo a su habitación, la señora Johnson salía de la recamara principal.

—La señora sigue despierta —se quedó de pie allí sin decir más, pero él entendió que sugería que entrara a verla.

Arnold quiso negarse, pero no podía darse ese lujo, no después de que se hubiera marchado inmediatamente tras haber hablado con su suegra, ante la mirada sorprendida de todos sirvientes presentes y si continuaba rehuyendo el encuentro levantaría sospechas. Así que asintió y cruzó la puerta que el ama de llaves aún mantenía abierta.

El choque fue fuerte.

En la mujer postrada en la cama nada quedaba de aquella que en el pasado le robó el corazón.

Cerró la puerta, lentamente pero con firmeza, mientras ella no apartaba de él sus grandes ojos azules.

—¿Cómo estás? —preguntó Arnold.

—Muy bien —a los ojos de él, aquello no era para nada cierto, lo dicho por Miriam no fue una exageración que buscaba manipularlo —... Mi madre me dijo que nos aceptaste —cubrió su vientre con ambas manos al decirlo —... Muchas gracias…

—No hay nada que agradecer —Arnold sentía que ahora podía entender mejor el porqué Helga se había hecho a un lado, que nada tuvieron que ver las amenazas de su madre, fue la preocupación por su hermana por lo que lo hizo.

—Y sobre Helga… ¡Le pedí que se quedará, pero sólo hasta que yo esté mejor y luego se irá, así que espero que no te moleste!

No solo tendría que estar cerca de Helga sin poder tratarla como su esposa sino que en algún momento tendría que verla partir.

—No te preocupes, no me molesta... Ahora es mejor que te deje descansar. Buenas noches…


Al día siguiente las visitas llegaron temprano y le fue imposible para Arnold escabullirse de ellas. Aunque sólo vio fugazmente a Helga, porque Miriam la llevó, prácticamente sin detenerse, a la habitación principal con Hilda.

Así que él se quedó a solas con su suegro.

—Debes estar feliz. ¿no es así, muchacho? —golpeó la espalda de Arnold y no le importó que este mostrara su molestia en el rostro, su enorme sonrisa no se borró —¡Claro que lo estás! Después de tantas dificultades por fin tienes a tu lado a la esposa correcta. Hilda siempre ha sido mejor que la otra en todos los aspectos, así que felicidades.

Arnold se sentía más que indignado. No podía creer que un padre se expresara de esa manera acerca de una hija, que incluso no hubiera pronunciado su nombre. Helga no se merecía eso, porque ella era perfecta por ser quien era. Bob seguía hablando de cosas sin importancia para él, mientras se preguntaba cómo es que no eran capaces de ver la maravillosa mujer que tenían por hija.

La carcajada de su suegro fue tan fuerte que llenó sus oídos, pero no logró callar la voz interior que expresaba su enojo por lo que Helga debía de estar viviendo sola, bajo el yugo de sus padres y lejos de él, y también su temor porque ella pudiera acabar por creerles que él prefería a Hilda y su amor se apagara sin que él pudiera hacer algo.


Gerald frunció el ceño en el momento en que Phoebe apareció y no es porque no esperara verla, todo lo contrario, estaba allí en la residencia Heyerdahl precisamente para encontrarse con ella, porque a diferencia de su amigo él estaba convencido de que necesitaban actuar y por lo pronto lo primero era no dejar a Helga sola. Su gesto provenía de la no poca alegría que sentía por verla.

Phoebe dudó en acercarse a Gerald al ver su expresión, pero debía de juntar valor y no dejar que nada la detuviera si quería saber lo que estaba ocurriendo con su amiga. Así que muy a su pesar caminó hacia él.

—Señorita Heyerdahl, ¿cómo está? —Phoebe detuvo su andar ante la dureza de su voz, Gerald se dio cuenta de eso y aclaró su garganta, dispuesto a cambiar su actitud, después de todo ella no tenía la culpa de provocar en él emociones nuevas y molestas en lo que a él respectaba —Lo siento… ¿Tiene un minuto? ¿Puede acompañarme a la puerta?

Phoebe aceptó y comenzó a caminar junto a él como lo pidió.

—¿Supongo que ha escuchado las noticias acerca de su amiga? —ella asintió —Bien —él suspiró —...tengo algo que decirle al respecto y me disculpo si soy directo y no doy tantas explicaciones, pero es importante lo que tengo que decir…

Ella se detuvo, haciendo que Gerald hiciera lo mismo y la mirara.

—Mi amiga, Hilda, no es Hilda , ¿cierto? —sintió cierta satisfacción al ver la sorpresa que había causado en aquel experimentado hombre de negocios, pero rápidamente fue reemplazada por preocupación al darse cuenta de que las conclusiones a las que había llegado después de que su comunicación recientemente restablecida se viera interrumpida abruptamente, para luego al enterarse de su regreso a la ciudad, las condiciones en las que esto había sucedido y la aparición en escena de la hermana gemela, eran correctas.

—¡Chica lista! —había cierto orgullo en su voz y en su mirada —Bueno, las explicaciones a eso tendrán que esperar un poco, ahora hay algo que tengo que pedirle…


Ya pasaba del mediodía y Arnold no había logrado salir de su casa, primero a causa de su suegro y luego por la llegada de más visitantes, bueno, solo era una, Lady Danbury. Estuvo un momento con Hilda, pero pronto decidieron que debían dejarla descansar y ahora estaban todos en el salón, incluyendo Helga, era la primera vez en mucho tiempo que estaban en la misma habitación, pero estaban distanciados, no se habían siquiera dirigido la palabra, es más, ella ni siquiera lo miraba.

—De verdad ha sido una sorpresa para todos la existencia de la hermana gemela de su esposa, ¿por qué nunca la mencionó? —Lady Danbury, no era una mujer de naturaleza intrigosa y no hubo malicia en sus palabras, lo que permitió que Arnold respondiera con tranquilidad.

—No lo sé, supongo que no lo creí importante. Me disculpo por eso, Lady Danbury.

—¡Oh, no tiene por qué disculparse! Lo que dije ha sido en tono de broma. Aunque sigo impactada por el enorme parecido, son tan iguales que espero que usted nunca se equivoque de hermana.

—Descuide, eso no pasará —miró más allá de Lady Danbury, hasta donde Helga estaba y ella debió de sentirlo, porque volteó hacía donde él estaba y sus ojos se conectaron —yo sé perfectamente quién es mi mujer —la intensidad en sus palabras provocó que la mujer riera de manera nerviosa —... Lo que dije ha sido en tono de broma —dijo él con una ligera sonrisa, después de cortar el contacto visual con Helga, quien se había sonrojado, a pesar de que ni siquiera lo había podido escuchar.

—Ya veo, ya veo…

Arnold se esforzó por mantener la sonrisa, pero sus pensamientos estaban cargados de seriedad. Sus palabras fueron totalmente sinceras, Helga era la única para él y lo sería siempre, aún cuando ni siquiera lo dejaran estar cerca de ella.

Helga bajó la mirada e intentaba poner atención a lo que su padre decía, ignorando los rápidos latidos de su corazón que no se calmaba, porque Arnold sin hablar le había hecho saber con una sola mirada la intensidad de sus sentimientos y es que a veces las personas no necesitan palabras para comunicarse, porque sus almas son tan afines que tienen un lenguaje propio que se da en silencio.


Phoebe ya había intentado ver a Hilda cuando supo de su regreso y antes de que comenzara a difundirse la nueva información sobre su amiga, pero diplomáticamente le negaron la entrada a residencia Shortman y entonces desistió en sus intentos por ver a su amiga o a la que creía su amiga, pero en está ocasión no estaba dispuesta a rendirse, se dijo frente a la puerta de la residencia Pataki. Esta vez estaba decidida a ver a su amiga y por fortuna no tendría que regresar otro día e insistir, porque para su sorpresa fue recibida a la primera.

—Señorita Heyerdahl, que sorpresa verla aquí y tan temprano.

En la voz de la señora Pataki, quien apareció por delante de su hija y ya vestida para salir, se notaba la molestia y Phoebe sintió que su valor flaqueaba, pero miró fugazmente a Helga que tenía una expresión de sorpresa contenida, y recordó que tenía una misión. Así que aunque no podía negar que tenía miedo, su amiga la necesitaba cerca porque lo más seguro es que estuviera en peligro. Buscando un poco en su interior, encontró el valor que le faltaba.

Si antes no pudo ayudar a su amiga, lo haría ahora.

—Me disculpo por presentarme así, señora Pataki, pero entiendo que todos los días va a visitar a su hija y quería saber si yo podría acompañarlas, por favor, realmente tengo muchos deseos de verla. Sé que está delicada de salud, pero prometo no ser una molestía.

—No prometa cosas que difícilmente puede cumplir, señorita Heyerdahl —Helga le tocó el brazo, llamando su atención.

—¿Podemos hablar un segundo, madre? —aunque Miriam no se veía muy de acuerdo, se alejaron de una Phoebe algo pálida debido a las crueles palabras de la mujer —No tienes porque tratarla así —su madre estaba dispuesta a decirle algo, pero no se lo permitió, siguió hablando —Todo mundo sabe de la amistad entre Hilda y ella, si le niegas el verla puede ser contraproducente ¿Por qué no dejas que venga? —Helga sabía del aprecio que Phoebe sentía por Hilda, o por quien ella creía que era Hilda, y le parecía realmente desalmado mantenerla lejos de ella.

—Contraproducente sería que se diera cuenta de la verdad.

—Yo me encargaré de que no lo haga.

—¿No será que ya lo sabe?

—Por supuesto que no.

—¿Entonces por qué no se sorprendió con tu presencia?

—Porque a estas alturas ya todos deben de saber de mi existencia, ¿así que por qué se iba a sorprender?

Miriam la miró directamente a los ojos con suspicacia y Helga mantuvo la mirada durante todo el tiempo.

—Bien, que venga, pero si pasa algo que altere a tu hermana y empeore su salud, tú serás la responsable.


—¿La señorita Heyerdahl? —Arnold no ocultaba el asombro causado por lo que su amigo le acababa de decir —¿Por qué involucrarla a ella?

—Helga necesita a alguien de confianza y sobre todo alguien a quien le permitan estar cerca por si necesita ayuda.

—Pero no creo que la señorita Heyerdahl sea la más indicada para eso.

—Y yo no puedo pensar en alguien más capaz que ella.

Arnold lo miró con la boca abierta. Gerald era un hombre de negocios que no depositaba su confianza en cualquiera, pero esta vez parecía más que convencido en hacerlo, tal vez debido a implicaciones más profundas. No pudo evitar sonreír ligeramente y de lado.

—¿Qué? —dijo Gerald algo molesto.

—Nada —la sonrisa se borró del rostro de Arnold y suspiró —, pero… ¿Has pensado en los riesgos de que ella esté involucrada en esto?

—No le pasará nada malo, yo me encargaré de eso -se notó la convicción en su voz y rostro.

Bueno, se dijo Arnold, si su necio amigo aun no entendía lo que significaba su actitud en lo referente a la señorita Heyerdahl, pronto lo haría o al menos así esperaba que ocurriera.

CONTINUARÁ...