Gerald salió rápido del despacho y Arnold lo siguió de cerca con curiosidad, porque no entendía lo que pasaba. Poco antes el mayordomo había llamado a la puerta y con una actitud enigmática pidió que su amigo, y dueño de la casa, se acercara para hablar y no fue sino hasta que vio quien estaba en la entrada que Arnold comprendió lo que ocurría.

Phoebe retorcía las manos con nerviosismo, mientras veía acercarse a Gerald. Sentía las mejillas calientes, producto del viento frío y casi cortante del exterior y de su carrera hasta allí; aunque quizás había otro motivo, pero no era el momento para detenerse a pensar en eso ni tampoco tenía ganas de admitir sus nuevos sentimientos.

—¿Estás bien? ¿Ocurre algo malo? —preguntó Gerald olvidando la etiqueta y con voz tal vez demasiado ruda, pero la preocupación oprimía algo en su interior y es que si ella estaba allí y sola era era porque algo malo debía estarle pasando.

—Vengo de la residencia Pataki, intenté ver a Helga, pero no pude…

Arnold que se había mantenido un poco alejado, al escuchar la mención del nombre, se acercó.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Hay mucha gente fuera, una turba que quiere entrar por la fuerza y escuché que la policía estaba adentro.

—No puede ser… No creo que sea por eso —murmuró Gerald, pero Arnold pudo escucharlo.

—¿Qué es lo que puede estar pasando? ¿Qué es lo que sabes, Gerald?


¡Demonios!

Arnold maldijo mentalmente y siguió haciéndolo mientras avanzaba lo más rápido que podía por la calle.

Gerald le habló acerca de sus sospechas en los negocios de Bob, de su encuentro con el misterioso agente de la ley y de la gran posibilidad de que él hubiera tenido razón y ya todo hubiera salido a la luz. Lo más seguro es que finalmente se hubiera comprobado que Bob Pataki era un estafador con negocios sucios y que la policía hubiera ido por él.

Así que salió tan pronto se enteró, ni siquiera quiso esperar a que prepararan el carruaje porque eso hubiera sido muy tardado y prefirió ir por su propio pie, sería más rápido. Si realmente estaba pasando lo que temían, no podía dejar que Helga enfrentara sola lo que estaba sucediendo. Todos esos días había estado cumpliendo religiosamente la exigencia de su suegra de que se mantuviera lejos, pero sabía que ella lo necesitaría en este momento e iba estar a su lado.

Llegó casi sin aliento al principio de la calle, desde donde pudo ver a la gente agolpándose contra el portón de rejas de hierro.

Era peor de lo que imaginó. Aquello estaba fuera de control.

Fue corriendo hacia allá y empezó a luchar, empujando y tirando para abrirse paso hacia la entrada. Cuando estaba a punto de llegar, escuchó que gritaban su apellido.

—¡Allí va Shortman! —volvieron a gritar —¡Es el yerno de Bob, una esa escoria igual que él!

Había gente enojada con él, poniéndolo en el mismo costal que su suegro y aunque él podría demostrar muy bien que no tenía nada que ver con sus negocios sucios, por ahora no tenía tiempo para eso.

Estaba a punto de llegar, cuando alguien lo tiró del brazo. Forcejeó y logró avanzar un poco más, pero quien quiera que estuviera sujetándolo era muy fuerte, sentía que estaba a punto de ceder cuando alguien tiró de su otro brazo y en un instante fue prácticamente arrastrado hacía adelante y luego escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.

Estaba dentro de la residencia.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el mayordomo, quien a pesar de su edad resultó ser bastante fuerte.

—Si, gracias por la ayuda —tomó un poco de aire —¿Dónde están?

—El señor se encerró en su despacho y los demás están afuera esperando a que abra...


¡Vaya! Esta vez sí que la había liado.

La sonrisa en el rostro de Bob no se borraba.

Era inevitable llegar a fallar alguna vez, pero esta había sido una muy mala ocasión para hacerlo.

Estaba acabado...

Escuchaba los gritos fuera de casa y los golpes y llamamientos del otro lado de la puerta de su despacho.

Solo tenía dos salidas, se dijo. La primera era la cárcel y junto con ella el escarnio público. No, Bob Pataki no llegaría a ese grado de humillación, por fortuna le quedaba la segunda opción.

Miró el arma con cacha de marfil, que sostenía en la mano.

Iba a terminar ese asunto bajo sus propios términos...


Fuera del despacho había otra buena cantidad de personas, la mayoría eran agentes de la ley que se reconocían por su uniforme, sin embargo, Arnold centró su atención en la única persona que le importaba.

—¿Estás bien? —le preguntó a Helga cuando llegó a su lado, fue fácil hacerlo porque permanecía hasta atrás de la multitud.

Por un instante, después de que sus miradas se encontraron nada de lo que ocurría a su alrededor importó. Era la primera vez en todo ese tiempo que estaban tan cerca, tan solos a pesar de la multitud y hubieran seguido envueltos en ese hechizo si la razón de Helga no la hubiera obligado a volver a la realidad.

—Si, pero no sé qué está pasando.

—Helga, escucha... —en el momento que iba a explicarle, llegaron unos oficiales cargando un madero no muy grande, era claro que iban a usar la fuerza para abrir la puerta —Ven —sin pensarlo la atrajo hacía él y la alejó aún más de la puerta, varios más también se apartaron.

Un golpe, dos, tres...

La puerta casi cedía.

Los hombres tomaron esta vez más distancia y fueron con todo una cuarta vez contra la puerta.

Junto al ruido de la puerta venciéndose, llegó a oídos de todos los presentes un estruendo, que a quienes lo reconocieron les erizó la nuca.

La puerta se abrió de par en par y un grito resonó.

Arnold pegó la cabeza de Helga a su pecho, al tiempo que le cubría los ojos para impedir que viera, pero Helga no necesitaba ver, comprendía lo que había sucedido, su padre se había quitado la vida...


Era un día muy frío...

La ceremonia fue completamente íntima, muy pocas personas estaban presentes para despedir a Big Bob Pataki, ni siquiera Miriam estaba allí, lo ocurrido la había alterado demasiado.

Mientras empezaban a bajar el féretro a la tumba recién cavada, Arnold se acercó de manera discreta a Helga y buscó sin mirar su mano. Cuando la encontró y la tomó, ella sabía que debía alejarse pero no lo hizo; y cuando hizo más firme el agarre, ella aunque era consciente de que no debía, respondió el gesto haciendo lo mismo y no se alejó, le hacía mucho bien su calidez, necesitaba la tranquilidad que le proporcionaba sentirlo cerca y permanecieron así, ocultando sus manos entrelazadas gracias a los amplios pliegues de la gran falda negra de Helga, hasta que las personas comenzaron a dispersarse y ella también tuvo que marcharse.


-El doctor se marchó hace poco -el ama de llaves lo interceptó de camino a ver a Hilda y lo estaba poniendo al tanto de lo que ocurrió mientras él estuvo en el funeral.

-¿Qué dijo?

-Que la señora está bien, afortunadamente, pero hay que seguir procurando que esté tranquila.

-De acuerdo. Le agradezco señora Johnson -continuó su camino y al poco tiempo estaba haciéndole compañía a Hilda, sentado al lado de su cama.

-¿Cómo está mamá?

-Bien -contestó parcamente. En realidad no creía que fuera buena idea dejarle saber la verdad y no sólo en lo referente a Miriam, sino también sobre su padre. Ella sabía que su padre ya no estaba en este mundo, pero no le habían dado detalles de lo ocurrido.

-¿Qué va a ser de ella ahora que papá no está?

-No te preocupes. Todo está bien y si surge algún problema yo me encargaré. No va a faltarle nada.

-¿Y a Helga?

La mención del nombre le afectó, pero se esforzó por no demostrarlo, aunque no fue fácil… Hubiera querido no tener que soltar su mano.

-A ella tampoco.

Eso le arrancó a Hilda una sonrisa. Realmente le alegraba escuchar eso. Sin duda alguna Arnold era un muy buen hombre y ella tenía mucha suerte de que la quisiera. Jamás debió abandonarlo para irse con Armand, en verdad fue muy tonta en no elegirlo a él desde un principio ¡Se hubiera ahorrado tantos sufrimientos!

Suspiró.

Ahora no valía la pena seguirse lamentando.

Si Armand la había olvidado, ella haría lo mismo. Después de todo ahora tenía a Arnold a su lado; él era su esposo, cómo siempre debió ser, y estaba lista para entregarle su corazón. Se esforzaría por amarlo.


Desde el funeral de su padre, su madre había estado en cama, negándose a levantar y Helga estaba a su lado, prácticamente a toda hora, incluso tuvo que dejar de lado a su hermana y no la había visitado en esos días.

Llamaron a la puerta y una joven sirvienta entró, dirigiéndose directamente a donde estaba Miriam, sin siquiera mirar a Helga, como si ella no estuviera allí.

—El señor Shortman acaba de llegar, dice que necesita hablar con usted.

Inevitablemente el corazón de Helga se aceleró al escuchar aquello y se forzó a no despegar la vista del libro que ahora sólo fingía leer. Aún tenía muy presente la manera en la que él había tomado su mano durante el funeral, no fue para nada algo inmoral ni lascivo, no hubo maldad en tal acto, sólo fue una demostración de apoyo, pero que también removió verdades difíciles de negar y que a ella cada vez le costaba más trabajo acallar.

—No tengo ganas de ver a nadie, pero —hizo una pausa —...dile que mi hija lo atenderá.

—Sí, señora.

Mientras la sirvienta se retiraba, Helga miraba a su madre con los ojos completamente abiertos, sin entender lo que acababa de pasar.

—¿Qué esperas para ir?

—Pero…

—Anda que él te espera… Sólo no vayas a cometer ninguna estupidez o ya sabes lo que puede pasar —lo dijo con una sonrisa torcida y una extraña mirada que a Helga le dieron mala espina —¡Ve!


Arnold no lograba apartar la vista de la puerta, porque sabía que Helga la cruzaría en cualquier momento, sola, eso fue lo que le anunciaron y cuando finalmente eso pasó su rostro se iluminó por completo.

—Me sorprende que te haya dejado venir sola —no podía ocultar la dicha que sentía—..pero me alegra que haya sido así…

Helga bajó la mirada y se arregló nerviosamente el vestido.

—En nuestras circunstancias actuales esto es más una tortura que algo para alegrarse —soltó ella con amargura.

No es que Arnold se hubiera olvidado de eso, bueno, tal vez sí un poco, pero como fuera sus palabras lo arrastraron a la realidad y no pudo más que estar de acuerdo con ella y es que a pesar de la falta de acompañantes y la intimidad que eso pudiera otorgarles, ambos estaban conscientes del daño que causarían si cruzaban la línea y la alegría inicial desapareció.

—Bueno —él se aclaró la garganta —... Entonces, supongo que es mejor tratar de una vez el asunto por el que vine —Helga asintió y él le pidió que se sentará, para después hacer lo mismo, bastante lejos de ella —...Me temo que no son buenas noticias…

—¿Es sobre Hilda? ¿Le ha pasado algo malo?

—No. Ella está bien, a pesar de lo que pasó se encuentra bien.

Helga suspiró de alivió y Arnold continuó.

—Los afectados por el fraude de tu padre son muchos y los daños son mucho mayores de lo que en un principio imaginamos.

—¡Por Dios! —aún le costaba creer que su padre estuvo metido en cosas ilegales, negocios fuera de la ley en los que perdió demasiado dinero y no suyo, sino de otras personas; y todavía tenía que procesar la dimensión del daño. Un daño con el que incluso trató de alcanzar a Arnold.

—Pero no te preocupes, todo se solucionará. Ya nos estamos encargando.

Ella le agradeció con la mirada y Arnold tuvo que controlarse para no ir hacia ella y abrazarla.

—Tal vez sea mejor que no le diga esto a mi madre por el momento.

—Si es lo que consideras mejor. Hay algo más y quiero decírtelo yo antes de que alguien más lo haga... Fue Gerald quien puso en alerta a las autoridades, ¡pero lo hizo por causa mía, yo lo envolví en mi venganza contra ti y tu familia! ¡Si hay alguien responsable soy yo y lo siento tanto! —se notaba el dolor en su voz, en su expresión, la sinceridad en él era más que notoria —Perdón por no haber hecho algo para evitar lo que pasó. Me enteré demasiado tarde… ¡No me estoy excusando, pero…!

—No tienes porqué disculparte… No fue tu culpa ni la de Gerald… Arnold… Fue su decisión hacer negocios fraudulentos, aun a sabiendas de lo que podía suceder... Mi padre era dueño de sus actos, así lo demostró hasta el último minuto —ella suspiró con tristeza —... Supongo que al final las consecuencias de nuestros actos siempre nos alcanzan, por más que huyamos o nos neguemos a aceptarlas, siempre será así…

—Por tu mirada y por cómo lo has dicho, pareciera que no estás hablando solo de tu padre.

—Cierto… A nosotros también nos alcanzaron las consecuencias de lo que hicimos y ahora estamos condenados a vivir separados...

—Helga… Yo… Tengo otras propiedades aparte de las que conoces, creo que la mayoría no sabe acerca de su existencia. Podrías instalarte en alguna de ellas y yo podría inventar alguna excusa para vivir allí la mayor parte del tiempo…

Ella lo interrumpió.

—Es una propuesta muy tentadora, pero no puedo, Arnold… Hilda… No puedo hacerle algo así a ella.

Él sintió ganas de golpearse. Había dicho que jamás la ofendería de esa manera y que de ninguna manera la induciría a ir contra su hermana y sus principios, pero las palabras simplemente escaparon de él.

—Lo sé. Lo sé y lo siento. Haz de cuenta que nunca lo dije.

Helga sonrió con suavidad y se levantó.

—Es mejor que regrese con mi madre, antes de que empiece a molestarse.

Sí, eso era lo mejor, concordó Arnold, mientras la veía marcharse.


—¿Qué quería? ¿A qué vino?

Helga no respondió de inmediato a su madre, sino que comenzó a arreglar cosas por la habitación, cosas que realmente no necesitaban arreglo, mientras trataba de controlar su agitado corazón porque la proposición de Arnold resonaba aún en su mente y la había tentado más de lo que gustaba admitir.

—¡Helga! —Miriam gritó —¡Ven acá!

Ella obedeció y caminó hasta quedar al lado de la cama.

—Vino para asegurarse de que no nos faltara nada y también para decir que Hilda está bien, afortunadamente.

—¿Nada más? Tardaste mucho para hablar sólo de eso.

Si flaqueaba tan sólo un poco su madre se daría cuenta de que algo había ocurrido entre ellos, así que la miró a los ojos y habló con la voz más firme con la que fue capaz.

—También habló sobre los problemas que papá dejó, pero no quería hablarte de eso porque no lo creí prudente y además él ya se está encargando del asunto.

—Es lo menos que puede hacer, ahora él es el hombre cabeza de familia. Tu hermana es muy afortunada de tenerlo por esposo.

A Helga no le pasó desapercibido el veneno que arrojó en su última frase. Claramente quería lastimarla. Miriam soltó una carcajada —¿Disfrutaste los minutos que te regalé con él? —Helga frunció el ceño —¿Qué sentiste al tenerlo tan cerca, teniendo que mantenerte lejos de él?

—¿Qué te hace pensar que mantuve la distancia, madre? —no debió decir eso, lo supo incluso antes de que Miriam tomará su brazo y tirara con fuerza él, pero no pudo evitarlo al saber que su madre había permitido su encuentro solo para herirla y lo peor es que en el proceso también Arnold fue afectado.

—¿¡Cómo te atreviste!? —encajó las uñas en la piel de su hija —¡Eres una…!

—Tranquila, madre. Yo no me acerqué a él, pero no lo hice por tus advertencias ni por ti, sino por mi hermana, por el respeto y el amor que le tengo.

La soltó bruscamente.

—Más te vale.


En los días siguientes el humor de su madre fue a peor. Siguió negándose a recibir a Arnold, pero ya no volvió a permitir que Helga lo hiciera.

Esa mañana tampoco quiso recibir al oficial que fue a buscarla, pero este insistió hasta que su madre accedió y después de hablar con él, permaneció encerrada en la habitación, negándole la entrada incluso a Helga.

Fue hasta que el ostentoso reloj de pedestal que estaba en la primera planta sonó, indicando que ya era mediodía, que fueron a buscarla a su habitación para decirle que su madre solicitaba nuevamente su presencia, pero en un lugar que no se esperaba.

Helga no pudo evitar quedarse de pie frente a la puerta del despacho, inmóvil y mirándola fijamente.

Tenía las marcas de los daños causados aquel día, a pesar de que había sido reparada, Arnold se había encargado de eso.

Llamó y no hubo respuesta, llamó una segunda vez y ocurrió lo mismo, no hubo un tercer intento porque respiró hondo y abrió.

De inmediato vio a su madre sentada tras el enorme escritorio y sintió inevitablemente un escalofrío. Era una imagen macabra en cierto modo, pues hacía unos días el cadáver de su padre estuvo en ese mismo lugar, pero pareciera que a su madre eso no le importara ni un poco.

—Pasa y cierra la puerta —Helga miró hacia el piso alfombrado. No había estado allí después de que su padre hiciera lo que hizo y el hecho de volver a pisar ese lugar le resultaba realmente difícil —… ¡Hazlo!

Helga se sobresaltó por el grito de su madre, pero obedeció, mientras pensaba cómo podía su madre ocupar ese lugar. Gracias a Arnold la escena de su padre sin vida no existía en su mente, pero sabía que su madre no había corrido con la misma suerte, ella sí lo había visto.

—¿Sabes de lo que me enteré gracias al oficial que vino? Que el nombre del socio de tu querido señor Shortman figura en la investigación contra tu padre, que fue el tal Johanssen quien inició todo. No te sorprendes —Helga permaneció callada —...Así que ya lo sabías ¡Sabías que Arnold lo mandó y que él es el que está detrás de nuestra desgracia! ¡Él es culpable de la muerte de padre y no me dijiste!

—¡No! ¡Arnold no tiene la culpa de nada!

—¿Y todavía lo defiendes? Cuando él estuvo detrás del plan para arruinar a tu padre.

—No hubo ningún plan para arruinarlo. Mi padre tenía negocios ilegales y Arnold jamás lo obligó a eso.

—¡Quiso verlo acabado! ¡Seguramente fue esa su venganza por lo que tú le hiciste! —levantó la voz al decirlo —¡Lo que nos está pasando es culpa tuya y de ese bastardo!

—No, no lo es —aunque su madre estaba alterada, Helga permanecía tranquila.

—¡Deja de defenderlo!

—No lo hago, Arnold no necesita que lo defienda —avanzó unos pasos hacia al gran escritorio —. La muerte de mi padre es solo responsabilidad de él mismo, aunque te niegues a reconocerlo, fueron sus actos los que provocaron la tragedia en todo caso...

—¡Basta! ¡Si tú y Shortman no se hubieran conocido...!

—¿Y gracias a quienes lo hicimos? ¿Quiénes fueron los que forzaron nuestra unión? —lanzó la pregunta con la frente en alto, Miriam la aborrecía mucho más cuando mostraba esa arrogante actitud —Si ustedes no se hubieran negado a afrontar las consecuencias por la huida de mi hermana. Si no hubieran antepuesto su codicia a hacer lo correcto. Si no hubieran ideado el descabellado plan de hacerme tomar el lugar de Hilda, nada de esto hubiera pasado...pero lo hicieron... Todos cometimos nuestra buena dosis de errores y ahora cada uno está pagando por ellos... —suspiró —Yo ya sufrí mi castigo por dejarme arrastrar por mi egoísmo, por esconderme tras el miedo y convencerme a mí misma de que todo lo hacía por amor y lo acepté, y ahora aceptó mi castigo por creer que podía ser feliz al lado del hombre que pertenece a mi hermana, pero madre, no aceptaré que nos culpes por lo que ustedes hicieron, por lo que mi padre hizo, ninguno de nosotros jaló del gatillo. No repartas culpas.

La odiaba...

—Si tu no hubieras nacido... —apretó la empuñadura del arma, la misma que su marido había usado, y que sostenía entre sus manos ocultas bajo el escritorio y que el oficial que le contó sobre la implicación de Arnold en el caso, le había entregado.

—Mi nacimiento es la raíz de todos tus males... Lo sé, me lo has dejado claro más de una vez y francamente no me importa...

Su plan era seguir los pasos de Bob, no se quedaría a enfrentar la deshonra y el rechazo social, eso lo tenía muy claro, pero quería dejarle ese regalo a Helga, la imagen de ella quitándose la vida y la aclaración de que su muerte sería por causa suya, y, sin embargo, Helga estaba allí, negándose a aceptar su culpabilidad.

Verdaderamente la odiaba...


—La señora está en el despacho en estos momentos, junto con la señorita Helga.

A Arnold eso le resultó realmente extraño. Su suegra llevaba días sin levantarse de su cama y ahora que lo había hecho era para ir al lugar de la tragedia.


La odiaba con todo su ser y quería que desapareciera. Se puso de pie de manera elegante y colocó el dedo en el gatillo de la pistola que quedó oculta entre los pliegues de su vestido. Caminó hasta quedar frente al escritorio y a unos pasos de su hija.

Helga la miraba con extrañeza y de pronto notó el brillo metálico de algo que su madre sostenía en una mano. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando su madre sin titubear levantó el brazo y ella simplemente se congeló.

¿No iba a atreverse o sí? Se preguntaba Helga con la vista fija en el cañón de la pistola.

Y entonces llegó a sus oídos un sonido estridente.


Por reflejo todos los que estaban allí giraron al mismo tiempo la cabeza en la dirección en que provino aquel sonido. Luego algunos se miraron entre ellos, como preguntándose que había sido aquello, pero Arnold y otro par de hombres que formaban parte de la servidumbre supieron de inmediato de que se trataba y salieron corriendo hacia el despacho.


No podía apartar la vista del arma humeando en la mano aun levantada de su madre, que la miraba con ojos cargados de odio y sintió un dolor ardiente y punzante...

¡Su madre le había disparado!

La puerta se abrió de golpe y Arnold apareció, seguido de dos sirvientes que fueron directo hacia Miriam para quitarle el arma, mientras un pálido Arnold se reunía con Helga.

—¿Estás bien?

Helga se llevó la mano al brazo, cerca del hombro y pudo sentir un poco de dolor y la calidez de su propia sangre.

—Si, lo estoy —resultó que su madre no tenía buena puntería, por suerte y Arnold volvía a respirar al notar eso mismo; durante el camino hacia allí, que se le antojó eterno, llegó a pensar con temor que se encontraría con una escena mucho peor.

—¡Largo de aquí! —Miriam gritó a los dos hombres junto a ella, quienes ya le habían logrado quitar el arma —¡Fuera! —miraron a Arnold y este les indicó que podían hacerlo y al pasar junto a él, les agradeció —¿Qué haces tú aquí? —su rostro se desfiguró por el enojo de verlo tan cerca de Helga —¡Vete tú también! ¡Sé lo que hiciste contra mi esposo y no quiero volverte a ver en esta casa!

—No te preocupes —él entendió perfectamente a qué se refería con su acusación —. Me voy ahora mismo —con su brazo rodeó con cuidado a Helga, sorprendiendo a ambas —, pero no me voy solo.

El corazón de Helga comenzaba a latir con fuerza y sus sentidos estaban inevitablemente tan concentrados en la cercanía de Arnold que no hacía mucho caso del dolor en su brazo que iba en aumento.

—¡No voy a permitir eso! ¡No van a faltarle el respeto a mi querida Hilda de esa manera!

—No estoy pidiendo tu permiso, pero si insistes en no dejarla ir, me veré forzado a involucrar a las autoridades.

—No te atreverías.

—¿Tú crees? No sería la primera vez que lo hago —la retó, refiriéndose a la denuncia sobre Bob.

Miriam apretó los dientes y los puños y se giró para darles la espalda, mientras ellos salían.

Helga caminó a su lado con su brazo aun rodeándola, sin importar las miradas fijas en ellos, hasta que cerca de la puerta de entrada se detuvo y lentamente con desgano se separó de él.

—¿Hay algo necesites llevarte? —preguntó Arnold mirándola.

—No podemos hacer esto —no podía ir con él, no podía estar cerca suyo —. Lo mejor es que me quede aquí.

—¿Para qué? ¿Para qué la próxima vez no falle? —vio hacía la herida —No voy a dejarte aquí con ella y tampoco faltaré a mi deber ni haré nada para que faltes al tuyo. Te doy mi palabra. Ven conmigo, Helga…por favor…

—Debo ir por algunas cosas.

Arnold asintió y la escoltó de cerca.

CONTINUARÁ...