—Me cuesta creer que mamá haya hecho esto —Hilda tocó con gentileza el brazo herido de su hermana, que ya había sido atendido por el médico que fue llamado de forma discreta — ¿Qué hiciste esta vez para hacerla enojar tanto?

Helga, que estaba sentada frente a ella en la cama, sonrió de lado.

—Siendo sinceras, ¿de verdad crees que necesitara un motivo?

Hilda negó con pesar.

—Te admiro y mucho. Yo…jamás sería capaz de soportar lo que tú has soportado, Helga. Eres muy fuerte —Hilda sonrió y tomó sus manos —y estoy aliviada de que hayas aceptado venir a vivir aquí, así estarás lejos de mamá y más cerca de mí, apoyándome.

—¿Todavía necesitas de mi apoyo?

—Por supuesto —soltó sus manos y se recostó cómodamente entre los almohadones —, siempre lo haré. Aun cuando las cosas con Arnold van marchando muy bien.

—¿Lo están?

—Sí. Él es tan atento y tan amable con nosotros —colocó sus manos sobre su vientre —, que ahora sé que mamá tenía razón. Nunca se olvidó de mí.

—Me alegra mucho escuchar eso —era sincera aunque no podía evitar que una gran parte de su interior doliera y mucho —. Estoy muy feliz por ti.


Los días viviendo en su antiguo hogar transcurrían más rápido de lo que Helga había imaginado en compañía de su hermana y Phoebe, sin las visitas de su madre, quien advirtió que mientras Helga estuviera allí no pisaría esa casa y solamente enviaba notas; y con la casi nula presencia de Arnold en casa, quien el poco tiempo que estaba allí lo pasaba al lado de Hilda y ella cada vez estaba mejor, incluso ya podía vislumbrarse la joven que había sido unos meses atrás.

Helga con ambas manos tomó con cuidado el objeto plateado para que no sonara.

...

No podía apartar la vista del objeto que Arnold acababa de colocar entre sus manos.

Pasé por eso el otro día, antes de volver aquí. Me alegra que no hayas dejado que me deshiciera de ella —Helga no lo veía pero sintió en su voz la sonrisa que apareció en su rostro —. Siento mucho mi comportamiento de aquel día —su voz se tornó seria, señal de que ya no sonreía —, de aquellos días, mejor dicho, pero ahora que hemos vuelto a comenzar…sí la necesitaremos nosotros, ¿no es así?

El tintineo de la sonaja de plata se escuchó mientras Helga se lanzaba a sus brazos, feliz por esa nueva oportunidad.

...

Suspiró con tristeza.

Ahora ese momento parecía tan lejano, al igual que las esperanzas que trajo consigo y de las que era el momento de desprenderse para siempre.

Volvió a suspirar y salió de su habitación para reunirse con su hermana y Phoebe. Tenía que ir hacia la planta baja, que era a dónde habían mudado a Hilda temporalmente para facilitarle a ella la movilidad, evitando que tuviera que bajar escaleras y Arnold se había mudado a la misma habitación, aunque dormían en camas separadas.

A pesar de ser invierno ese día hacía buen clima, así que acompañaron a Hilda a caminar un poco por el jardín, debían aprovechar para que tomara un poco de aire fresco y disfrutara del sol que tímidamente se asomaba.

—¿Qué es ese sonido? —preguntó Hilda al poco tiempo de iniciar su breve paseo.

Helga detuvo sus pasos y metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó la sonaja.

—Es un regalo —se lo entregó y Hilda lo recibió en su enguantada mano.

—¿Para mí?

—Para mi sobrino o sobrina… Cuando la vi pensé en lo perfecta que era para…para un bebé —estuvo a punto de decir «para mi bebé» y su trastabilleo y la tristeza en su voz no pasaron desapercibidos a Phoebe —... Espero que le guste.

—Lo hará. Sé que le gustará. Gracias Helga.

Unos minutos después regresaban al interior de la casa, encontrándose de frente con Arnold y Gerald, que las saludaron.

La cara de Hilda se adornó con una amplia sonrisa y Arnold se dirigió hacia ella para ayudarla a regresar a su habitación.

—Mira lo que me regaló Helga —le mostró la sonaja —es muy bonita, ¿verdad?.

Arnold clavó la mirada en el objeto.

—Sí, lo es… Gracias —le dijo a Helga, mirándola con profunda tristeza y los ojos de ella también estaban llenos del mismo sentimiento, algo que no pudieron ignorar sus amigos —. Vamos a tu habitación.

—Claro. Acompáñame tú también, Helga.

—Yo ya debo irme. Nos vemos mañana —dijo Phoebe, lamentando por dentro no poder quedarse a apoyar a su amiga.

—La acompañó —fue Gerald quien habló —, también me marchó. Hasta mañana —se despidió, comenzando a caminar siguiendo a la joven.

—No es justo —dijo ella bajito, cuando Gerald estuvo a la par suyo —. Se aman y no deberían estar separados.

—Lo mismo pienso y ya estoy trabajando para cambiar eso.

Escuchar eso la hizo detenerse de golpe y mirarlo con total incredulidad.

—¿Cómo piensa hacer eso?

—Este no es un buen lugar para hablar de eso, sólo diré que tengo mis recursos. Confíe en mí.

Phoebe se sintió tan exasperada por su fanfarrona expresión, dejó de mirarlo y retomó su andar.

—No confío en usted para nada —dijo lo suficientemente alto para que él la escuchara bien.

Eso no cambió la expresión que él tenía.

—No creo que eso sea cierto. Si lo fuera no habría ido a buscarme aquel día —dijo refiriéndose al día en que pretendían arrestar a Bob.

Lo que él dijo no la hizo detenerse, al contrario, apresuró el paso y Gerald pudo alcanzarla hasta que cruzó la puerta principal.

—¿Entonces? ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué fue a buscarme a mi?

Ella finalmente se detuvo y lo miró frunciendo el ceño.

—No fui a buscarlo a usted, sino a su socio. Sabía que era allí donde estaba, como todos los días.

—Touché.

Phoebe volvió a caminar hacia su carruaje, evitando suspirar de alivio porque había logrado decir aquello, cuando honestamente ni siquiera ella sabía por qué actuó de esa manera ni por qué él fue el primero quien pensó en aquel momento.


Helga acomodó las mantas de su hermana que acababa de quedarse dormida y se dispuso a salir de la habitación, pasando a un lado de Arnold, sin mirarlo. En cambio él si la miraba y cuando ella estaba por llegar a la puerta, la alcanzó.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Una incómoda Helga asintió con la vista fija en dirección a su hermana para comprobar que estuviera durmiendo.

—Sí, ya no duele y creo que pronto podré quitarme el vendaje.

—No me refería a eso… Lo sabes.

Entendiendo de repente de lo que hablaba.

—Ella es quien debe tenerla —dijo Helga, mirando el objeto de plata que estaba sobre la mesita de noche —, por derecho es suya.

Se miraron con intensidad, diciéndose todo sin palabras de por medio y ambos entendieron el gran dolor que compartían por no poder estar juntos, por tener que renunciar a planes de una vida juntos que hicieron en sus días felices.

Fue Helga quien rompió el contacto visual y salió sin decir más.

Arnold agachó la cabeza y así permaneció unos instantes. Luego regresó al lado de su esposa para hacerle compañía un rato más.

Hilda lo escuchó acercarse y tomar el lugar junto a ella, pero se esforzó por mantener los ojos cerrados. Él no debía saber que ella lo había visto mirando a Helga de la misma manera que un día Armand la miró a ella. Su hermana le había mentido, sin duda Arnold la amaba y el sentimiento era correspondido.


—¿Armand? ¡Vaya! Hace tiempo que no escuchado de él.

—¿Qué es lo último que sabes? —Stinky miró hacia abajo al preguntarle a ese sujeto tan bajito como su amigo.

—¿Quién quiere saber?

Sid sacó del bolsillo interior de su abrigo un saquito que hizo sonar y el tipo frente a él se mostró bastante interesado en el ruido metálico.

—No sé si valga la pena esforzarme en recordar —hacía demasiado frío y Sid no estaba de humor, así que de mala gana abrió el pequeño saco le y se lo acercó, lo suficiente para que pudiera ver el interior y lo que vio lo hizo sonreír ampliamente —...Mi mente se ha aclarado de pronto y la última vez que lo vi estaba muy nervioso, lo invite a tomar algo fuerte, ya saben, para que se relajara y se negó. Dijo que tenía algo importante que hacer, que si todo le salía bien su vida finalmente sería como quería. Yo le deseé suerte y fue todo.

—¿Todo? ¿Seguro? —Stinky lo miró con el ceño fruncido.

—Bueno… Un tiempo después vino alguien de parte de su esposa, de la de Armand quiero decir, también a preguntar por él y Martin le dijo que se había ido una mujer, Isobel. Yo estuve en esa ocasión y cuando lo escuché no lo creí. Armand siempre hablaba de su esposa, se notaba que estaba loco por ella, pero igual pensé que todo era posible —se encogió de hombros —, hasta que…

—¿Qué más sabes? Si no nos cuentas todo Sid no te dará el dinero.

—Tranquilo, hombre… Isobel apareció al poco tiempo. No le pregunté directamente, pero por lo que supe ella jamás estuvo con Armand. Así que no tengo idea de lo que pasó con él, simplemente desapareció. Tal vez no es la información que querían escuchar, pero es lo que sé, yo cumplí así que… —estiró la mano y Sid puso en ella el dinero para después verlo marchar.

—Estamos como en el principio, ¿no, Sid?

Su jefe sólo les dio el nombre y el trabajo que tenía antes de que se le perdiera la pista y era todo. Ellos dedujeron la ciudad en la que posiblemente estaba y acertaron, así que al principio creyeron ir por buen camino y aunque no era mucha la información que obtuvieron seguían su rastro, pero ahora estaban estancados.

—Podemos buscar a esa tal Isobel, Stinky.

—Pues vamos, Sid.


—Muy bien, señora Shortman va muy bien, cada día está mejor y eso debe a que la cuidan mucho —volteó a ver a Helga con una sonrisa en su cara marcada por el paso del tiempo —. Ahora debo revisarla a usted.

Mientras el médico atendía a su hermana, Hilda la miraba fijamente, preguntándose si acaso Arnold y ella estaban teniendo una aventura a sus espaldas.

Sacudió ligeramente la cabeza. Hasta el momento no había visto nada que lo indicara y además, no creía que Helga fuera capaz de traicionarla de esa manera, no era parte de su naturaleza, pero no podía olvidar la manera en la que se miraron el día anterior. Si aún no habían hecho nada malo, terminarían por hacerlo y ella no podía permitir que le quitaran a su esposo, ya había sufrido demasiado y estaba dispuesta a hacer lo necesario para no perder la vida que tenía ahora.

—Ya no es necesario hacer el vendaje. Sanó muy bien, la cicatriz apenas se notará. En mi próxima visita ya solo veré a una paciente.

Más tarde ese día Hilda dijo que se sentía excelentemente bien e insistió en cenar en el comedor para sorpresa de Arnold y Helga, pero cumplieron su deseo.

—Estuve pensando —habló Hilda después de que les llevaron el postre —...que ya que el doctor dijo que mi salud va muy bien y que tu brazo ya sanó —miró a su hermana —...es hora de que te vayas, quiero decir, no es justo que tengas que permanecer aquí cuidándome, en lugar de disfrutar de tu libertad lejos de mamá.

¿Marcharse? ¿Ya? Helga agachó la cabeza. Sabía que ese momento llegaría, pero no pensó que sería tan pronto ni que le costaría tanto enfrentarse al hecho de alejarse de él. Clavó la vista en sus manos para que sus ojos no buscaran a Arnold.

—Arnold, tú puedes encargarte de todo, ¿cierto?

—Sí, por supuesto que lo haré —contestó, luchando contra el nudo que acababa de formarse en su garganta.

—No es necesario, yo puedo encargarme por mi cuenta…

—Por favor Helga, acepta que lo haga. Yo aquí estaré bien, soy muy feliz al lado de Arnold —alargó el brazo y tomó la mano de Arnold —, pero quiero estar segura de que tu también lo estarás y sólo así podré estar tranquila.

—De acuerdo.

Una parte de Hilda se sentía mal por actuar de esa manera con su hermana, pero por otro lado, se sentía enormemente aliviada porque ya nada pondría en riesgo su estabilidad como esposa de Arnold Shrotman.


—Pensé que este momento tardaría más en llegar —sonrió sin ganas, mirando a su amigo que como era costumbre estaba allí para apoyarlo.

—¿Y a dónde tiene planeado ir?

—No tiene nada en mente, sólo quiere que sea muy lejos de aquí.

Gerald se limitó a mirarlo, guardándose las palabras de aliento que él no quería oír, aunque estas fueran que no perdiera la fe, que ya se estaba encargando, o más bien que Sid y Stinky se estaban encargando de buscar algo que los ayudara y que si todo salía bien pronto podrían volver a estar juntos.


Días después…

—Con esto último creo que ya tengo todo para el viaje.

Helga y Phoebe estaban en el salón de la casa de esta última, tomando el té después de haber hecho unas compras.

—¿Entonces no esperarás hasta primavera?

Helga negó con una ligera y triste sonrisa en el rostro. No podía permanecer más tiempo allí y no sólo porque era lo correcto, sino porque Hilda ya no la necesitaba, cada día estaba mejor y más feliz al lado de Arnold, se lo decía constantemente, así como también le contaba lo amoroso que era con ella a cada momento. Si no se tratara de su hermana pensaría que estaba tratando de dejarle algo en claro, pero se trataba de Hilda y ella simplemente no haría algo así, sin mencionar que su hermana desconocía la verdad de los sentimientos entre Arnold y ella.

—Viajar ahora o en un par de meses no hará diferencia, Phoebe.

—Los caminos serán más seguros.

—Eso no preocupa, sé que todo estará bien porque eso está a cargo de Gerald.

—No entiendo cómo puedes tenerle tanta confianza.

—Es un buen hombre —la cara de su amiga le hizo saber que no le creía —¿Si no lo fuera crees que Arnold lo tendría como amigo? Gerald es un hombre íntegro, fiel a sus amigos y lo será también con la mujer que conquiste su corazón. Pondría mis manos al fuego por eso.

—Cómo sea… A mi no me agrada.

—¿En verdad es así o sólo te esfuerzas porque así sea? —Phoebe miró hacia otro lado y suspiró. Helga ya lo sospechaba, pero ahora podía verlo con claridad y es que un día ella también se esforzó en negar sus sentimientos —Deberías darle una oportunidad.

—¿De qué? —su sonrojo era muy notable, pero Helga prefirió no mencionarlo.

—Ya sabes… De que sea tu amigo —al ver la intención de su amiga de negarse, Helga la detuvo —. Sólo digo que lo pienses, es todo.

—De acuerdo, lo pensaré, pero de una vez te digo que lo más seguro es que no cambie de opinión.

—Está bien.

Helga estaba segura de que no sería así y se alegraba por ellos. Ojalá pronto tuvieran la felicidad que Arnold y ella no pudieron.


—Pronto nacerá —Hilda acarició su vientre y Arnold la observó en silencio desde la silla al lado de su cama —... Estoy ansiosa y a la vez tengo miedo.

—Todo saldrá bien. Te estás fortaleciendo cada día y el doctor Sanders es el mejor.

—Lo sé, pero no puedo evitar estar nerviosa porque además estaré sola —suspiró.

—Helga se quedaría si se lo pides.

Ella se sobresaltó de manera casi imperceptible.

—No… No puedo pedirle eso…ella…ella ya ha hecho mucho por mi y ya es tiempo de que la deje vivir su propia vida, que encuentre a un hombre que la ame y la haga tan feliz, como tú a mi.

Un sabor amargo recorrió la garganta de Arnold ante esa idea. Helga compartiendo la vida con otro. No estaba listo para algo así y sin embargo sabía que no podía ser tan egoísta para querer que estuviera sola todo el tiempo.

Hilda notó su palidez y supo que no le había hecho nada de gracia lo que dijo y que estaba pensando en su hermana.

—¡No hemos pensado en un nombre, Arnold! —cuando la miró supo que había conseguido sacarlo de sus pensamientos, aunque lamentaba que no fuera tan fácil sacarle a Helga del corazón, pero se esforzaría en hacerlo —¿Tu has pensado en alguno?

Arnold negó.

—Si es niño —continuó ella —podría ser el nombre de tu padre o tu abuelo o ambos ¿Qué te parece?

—¿No hay un nombre que tu quieras que lleve?

Inevitablemente Hilda pensó en el nombre de Armand, pero eso era impensable y no sólo por lo que le hizo a ella, sino porque sería una falta de respeto para Arnold.

—¿Y nombres de niña? ¿Hay alguno que te guste, Arnold?

—Stella, como mi madre.

—Es un nombre hermoso…


—Por favor, ayudenos —era la tercera vez que Sid suplicaba por ayuda a la desconfiada mujer.

—Lo siento. No puedo ayudarlos porque no sé de qué habla —con esta era la tercera vez que se negaba a proporcionarles la información que pedía ese sospechoso par con sus narices enrojecidas por el frío, que de repente apareció en su puerta, pero era algo muy delicado dar información que involucrara a su amiga Hilda.

—Debimos traer a Lila —masculló con fastidio Sid.

—Escuche —esta vez fue Stinky el que intervino —, nosotros estuvimos aquí el día que se la llevaron. Vimos todo desde allá —señaló en una dirección —porque nuestro deber era cuidar de la señora, señorita —se corrigió —, la hermana de su amiga y nuestra misión ahora es ayudarlas a ambas, por eso le pedimos que nos diga que es lo que sabe del señor Armand.

Resultó que después de muchos días en su búsqueda, cuando finalmente dieron con Isobel, ella no sabía nada y se sintieron frustrados porque el tiempo invertido en su búsqueda no sirvió de nada y fue entonces, cuando sentían que llegaron al final del camino que se les ocurrió que había otra mujer que tal vez podía ayudarlos. Aquella que hospedó a la que ahora ocupaba el lugar de la legítima señora Shortman. Tal vez la mujer con la que ahora hablaban podría tener alguna otra información valiosa acerca de Armand, algo que fuera un indicio que los ayudara a continuar con su misión.

—Si quieren saber algo de él, busquen en otra parte.

—Ya lo hicimos —dijo Sid —. Y nos dijeron que se había marchado con una mujer, pero no fue así, al menos no se fue con la mujer que dijeron.

A Stinky le llamó la atención que no se sorprendiera y decidió intervenir.

—Sabe algo más , ¿no es así?… Por favor, usted es ya la única esperanza que nos queda, que le queda a la señora.

—¿De verdad son honestos? ¿Realmente quieren ayudar a Hilda?

—Sí —casi gritaron los dos al mismo tiempo.

—Bien… Sí se algo más, pero quiero decírselo personalmente a ella.

Sid y Stinky se miraron y luego se alejaron un poco de la mujer.

—¿Qué hacemos? —Sid habló casi en un susurro.

—Pues podemos intentar lo del dinero, francamente se ve que lo necesita y tal vez acepte.

—¿Y si no lo hace?

—Pues el jefe quiere esa información para ayudar. Creo que si una de las beneficiadas tiene acceso a ella primero, no es algo que cause daño, ¿cierto?

—De acuerdo. Entonces agotemos primero lo del soborno.

CONTINUARÁ