Lila acomodó los últimos detalles en el uniforme que consiguió para esa mujer y al terminar sonrió.

—¿Preparada? —preguntó Lila.

—Creo que sí.

—¿Recuerdas bien a cuál habitación debes ir? —la mujer asintió y ambas quedaron en silencio. Lila asomó la cabeza con cuidado, en espera de que aquel par diera la señal —¡Es hora! Ve con cuidado.

La mujer salió con cautela del callejón y procurando no caminar ni muy lento ni muy rápido para no llamar la atención, fue hasta la entrada trasera que en ese momento estaba libre, sin vigilancia.

—¿Creen qué salga bien? —fue la pregunta que Stinky lanzó cuando se reunieron con Lila.

—Eso espero, Stinky —estuvieron planeando aquella incursión por varios días y la joven pelirroja había sido pieza clave. Fue ella quien consiguió el uniforme y quien se había colado antes en la residencia Shortman para ver el movimiento interno y descubrir dónde encontrar a la señora. Ellos sólo, desde afuera, averiguaron cuál era el mejor momento y más seguro para entrar.

—Yo también lo espero, chicos.


—¿Estás emocionada por tu viaje?

—Por supuesto —Helga le respondió a su hermana, esforzándose por sonreír. En un par de días partía y dejaría todo atrás para siempre.

—Será la primera vez que salgas del país, ya era necesario que pasara. Verás lo diferente que es todo y quizás pronto encuentres a tu príncipe azul, ya sabes, como esos de las historias que me leías.

Helga sin poder evitarlo trajo a su mente la imagen de Arnold. El no era un perfecto príncipe de cuentos; era un hombre real al que amaría por siempre a pesar de los defectos que tenía y que ella aceptaba, porque después de todo no era perfecta, no era una princesa y tal vez por eso es que no tuvieron su «vivieron felices por siempre»

Hilda supo en quien pensaba su hermana y no pudo evitar sentirse mal por ser ella la responsable de su separación, pero no podía simplemente hacerse a un lado, ¿si lo hacía que iba a ser de ella y su bebé? Aunque le doliera ver a Helga sufrir, debía seguir adelante. Antes de que la sacara de sus pensamientos, unos golpes en la puerta lo hicieron.

—Adelante —dijo Helga. Ella se levantó de su asiento y su hermana en la cama palideció al ver a la mucama que cruzó la puerta.

Sólo la había visto una vez, pero la recordaba a la perfección, era la mujer que cuidó de Hilda ¿Qué hacía allí y con ese uniforme? Mientras ella pensaba en eso, su hermana dio voz a esas preguntas.

La recién llegada se apartó de la puerta, que cerró con prisa, y se acercó a ellas.

—Yo… Lamento presentarme así…pero hay algo que tengo que decirte —dijo mirando a Hida y yendo hacia ella —... Sobre Armand —dijo muy bajito, pero ambas hermanas escucharon.

—No es prudente que esté aquí —Helga rápidamente se interpuso entre la mujer y su hermana, y la tomó del brazo para hacerla salir.

—¡Espera, Helga!... Déjala hablar…

—Pero…

—Por favor… Te lo pido…

Ante la súplica de su hermana, Helga no pudo hacer otra cosa que retroceder un par de pasos e indicar a la mujer que se acercara más.

—¿Qué es lo que sabes de Armand?

—¿Podemos hablar a solas?

Con reticencia Helga salió de la habitación, quedándose cerca de la puerta por si su hermana la necesitaba y también por si podía llegar a escuchar algo, pero adentro hablaban tan bajo que no pudo.

—Ahora sí, Silvy, dime lo que sabes.

La inesperada visitante, que ahora estaba sentada en la cama de frente a Hilda y tomando sus manos, pareció estar buscando las palabras adecuadas con las que debía hablar.

—Pues… Hace poco el pequeño Pete regresó…

Hilda la miró como si hubiera enloquecido; a ella no le interesaba ese sujeto que era llamado así no por su edad sino por su estatura y que siempre le dio desconfianza, ella acerca de quien quería oír era de su esposo.

—Él no me importa.

—Lo sé, pero fue él quien nos dijo… Escucha… El pequeño Pet constantemente se mete en problemas con las autoridades —de alguna manera eso no le sorprendía a Hilda — y la última vez hacer eso le costó pasar un tiempo en prisión y estuvo en la misma celda que Armand.

—¿Misma celda? ¿Eso quiere decir qué…?

—Que nunca se fue con otra. Todo este tiempo ha estado en la cárcel. El pequeño Pete dijo que tu esposo le contó que intentó robarle a su patrón; quería el dinero para poder volver contigo, pero lo descubrieron y como su patrón es un hombre influyente hizo que lo encerraran sin darle oportunidad de un juicio ni de comunicarse contigo.

—Todo este tiempo me esforcé en olvidarlo porque creí que nos había abandonado —de sus ojos las lágrimas comenzaron a fluir y en poco tiempo pasó de llorar en silencio a sollozar con fuerza y Helga irrumpió al escucharla.

—¡Hilda! —llegó a su lado y la abrazó —Tranquila… ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que le dijo?

—Yo…

En esos momentos Helga sintió como su hermana se desvanecía entre sus brazos y la sostuvo con más firmeza. Su visitante se dio cuenta de lo que pasaba y dejó que se le escapara un gritillo agudo.

—Es mejor que se valla.

La mujer así lo hizo y Helga espero lo que considero el tiempo prudente para que su visitante se alejara de la habitación y no fuera vista por alguien, y entonces acomodó a su hermana en la cama y fue en busca de ayuda.


El doctor terminó de guardar sus cosas en el maletín de piel y les dedicó una mirada severa a las hermanas que estaban tomadas de la mano.

—Es indispensable que no vuelva a alterarse de esta manera. Lo que haya pasado no puede repetirse —en su naturaleza nunca ha estado inmiscuirse en la vida privada de sus pacientes, aun cuando esta estuviera estrechamente ligada a sus padecimientos, él solía mantenerse al margen y tal vez por eso es que había logrado llegar tan lejos —. Su salud aún es frágil, señora Shortman y otra crisis como esta los pone en riesgo a usted y a su babé —pero su naturaleza no estaba peleada con los momentos en los que debía actuar con firmeza.

—No volverá a pasar —fue Helga la que habló . Me encargaré de que así sea.

El doctor asintió y caminó hacia la puerta.

—Ahora es mejor que la deje descansar —dijo antes de abrir y salir para reunirse con Arnold que esperaba afuera en compañía del ama de llaves, quien lo asistió en la revisión.

Helga soltó la mano de su hermana, pero ella no hizo lo mismo.

—¡Espera! Necesito decirte…

—Hilda, ya escuchaste al médico. No hablaremos de nada.

—Mi Armand no me dejó.


Sid y Stinky estaban realmente apenados y eso se notaba en la expresión de sus rostros. Se sentían mal y cada segundo de silencio sepulcral de su jefe sólo contribuía al aumento de ese malestar.

—¡Por favor, jefe! ¡Díganos algo! —pidió Sid

—¡Si quiere puede gritarnos! …Nos lo merecemos…

Supieron que estaban en problemas en cuanto vieron salir a toda prisa, agitada y pálida a aquella mujer, quien una vez lejos de la residencia Shortman y aun asustada les contó lo que acababa de pasar, así como también les reveló lo que en un principio se negó a decirles y de inmediato ellos fueron a contarle todo a su jefe.

—Lo que hicieron fue una total imprudencia —habló finalmente Gerald —, pero no voy a gritarles. Los conozco y sé que no lo hicieron con mala intención.

—¿Entonces no está enojado? —Sid sonreía tímidamente al preguntar.

Gerald negó.

—¡Uuuff! Pensé que no nos decía nada porque estaba muy enfadado, jefe —Stinky sonaba muy aliviado.

—Mi silencio se debió a que estaba procesando todo lo que me contaron.

Definitivamente era algo muy malo que Hilda reaccionara como lo hizo y esperaba que estuviera bien, pero lo otro era el milagro que tanto estuvo buscando para sus amigos.

Tenía que hablar con Arnold de inmediato.


La puerta se abrió y Helga entró.

—Por fin se quedó dormida —informó ella quedándose recargada en la puerta.

—Gerald estuvo aquí para decirme lo que pasó para que Hilda se pusiera así.

—¿Cómo lo supo?

—Sus empleados de confianza, los dos hombres que te vigilaron, ¿los recuerdas? —ella asintió —estuvieron involucrados. No fue su intención causar problemas, pensaron que ayudaban, pero todo se salió de control y lamentan lo que pasó ¿Y qué hay de ti? ¿Lo sabes, te dijo algo Hilda?

Volvió a asentir.

—Quiere que vayas a buscarlo… Quiere estar con él…

Inevitablemente el corazón de Arnold se aceleró.

Si Hilda regresaba al lado de su esposo, ellos ya no tenían porqué estar separados.

Se puso de pie lentamente y permaneció tras su escritorio con cada músculo de su cuerpo tenso y las manos en puño. Deseaba ir hacia ella, rodearla con sus brazos y apoderarse nuevamente de sus labios, pero se forzó a esperar un poco más. Sólo un poco más, se dijo.

—Saldremos en unas horas. Gerald se ofreció a acompañarme.

—Hilda se alegrará mucho cuando se lo diga.

—Pensé que todo estaba perdido para nosotros, pero ahora tenemos otra oportunidad.

—No quiero pensar en eso ahora —la voz de Helga se quebró —. Tengo miedo de alimentar mis esperanzas y que al final todo se venga abajo.

—Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para que volvamos a estar juntos.

Le creía, en verdad desde el fondo de su alma Helga lo hacía.

No había nada que deseara en el mundo con tanta fuerza como volver a ser su esposa, volver a estar entre sus brazos, pero de momento y hasta que eso pasara debía mantener su distancia, porque las fuerzas le estaban fallando y quería correr hacia él y la calidez de su abrazos. Así que Helga le dio las buenas noches y se marchó.


Arnold salió al alba con rumbo a casa de su amigo, desde dónde partieron para cumplir su misión.

No les fue difícil conseguir lo que querían. Unos cuantos sobornos a las personas indicadas y en poco tiempo estaban a la entrada de la prisión, frente a un hombre bajo y calvo que abrió el gran portón de hierro y madera, les indicó que pasaran y cerró rápidamente el portón tras ellos. El olor que los golpeó fue nauseabundo, era difícil de descifrar la mezcla que lo causaba y por otra parte no resultaba agradable ponerse a pensar en las diferentes opciones. Aunque ese mal olor era fácilmente superado por la visión de lo que los rodeaba, a pesar de que la luz natural no entraba en aquel lugar, gracias a las antorchas colocadas a las orillas del corredor podían ver la terrible escena de decenas de hombres hacinados en pequeñas celdas y en condiciones inhumanas.

Arnold detuvo su andar para evitar pisar a la rata que pasó corriendo frente a él y al levantar la vista vio detenerse a su guía frente a una de las celdas. Era más amplia que las demás y albergaba a pocos presos, pero todos ellos tenían aspecto de estar enfermos.

—Aquí está al que buscan —abrió la puerta y con un movimiento de cabeza les indicó que entraran. Arnold y Gerald se miraron dubitativos —. Es el que está en el centro hasta el fondo —vociferó el guía al ver que ninguno de los dos se movía.

Arnold fue el primero en avanzar.

¿Ese era el hombre por el que Hilda lo abandonó? No podía ver su rostro y no solo por la falta de luz que había dentro de la celda, sino porque tenía la cabeza inclinada completamente hacia adelante y sólo era posible ver una maraña de cabellos largos y sucios.

—Vamos —dijo Gerald al llegar a su lado.

Tomaron al hombre, uno de cada brazo y lo levantaron con fuerza, aunque no hubiera sido necesario que se esforzaran tanto, aquel sujeto resultó ser prácticamente un saco de huesos que soltó un quejido cuando lo movieron.

—Pueden llevarse a otro con más vida en el cuerpo, si quieren —soltó una carcajada, mostrando la falta de varias piezas dentales y de compasión.


Las hermanas supieron del regreso de Arnold no por el barullo que ocurría en el exterior, sino por la intervención del ama de llaves.

—El señor acaba de llegar —apareció por la puerta sólo para decir eso y se marchó.

De inmediato Hilda, que estaba en cama, tomó la mano de su hermana entre las suyas y la miró llena de expectación.

—¿Crees que lo haya traído con él?

—Supongo que lo averiguaremos pronto.

Y así fue. Minutos después Arnold se reunió con ellas.

—¿Y Armand?

Arnold pensó que si sus sentimientos hacia Hilda fueran otros, hubiera sentido el corazón destrozado por el amor que llenaba sus ojos al decir ese nombre. Pero sí se sintió pésimo, aunque por otra razón.

—Ya está fuera de prisión.

—¿Vino contigo?

Él lo negó y la tristeza de Hilda fue totalmente visible.

—¿Por qué? ¿Pasó algo malo? —trató de incorporarse y su hermana se lo impidió.

—Hilda, no vayas a alterarte —suplicó Helga.

—Todo está bien, es sólo que es necesario preparar todo para poderlo traer -dijo Arnold.

—Cierto. No pensé en eso —Hilda sonrió y se acomodó, ya más tranquila, entre las almohadas.

—Comenzaré a trabajar en eso ahora mismo.

—Gracias, Arnold.

Por respuesta él le sonrió antes de abandonar la habitación.

—Pronto me reuniré con Armand, Helga.

—Si —le acomodó el cabello y las mantas —. Iré a ver si puedo ayudar en algo a Arnold.

—Sí, sí ve —en otras circunstancias no le hubiera agradado de que su hermana y Arnold estuvieran a solas, pero ahora eso ya no le importaba —. Entre más pronto se hagan las cosas, más pronto me reuniré con él.

Cuando entró en el despacho Arnold estaba de pie frente a la chimenea y tenía una copa medio vacía en la mano.

—¿Qué está ocurriendo en realidad?

Arnold suspiró y de un trago terminó lo que quedaba en la copa. Ella lo conocía bien y supo ver más allá de sus palabras y sus esfuerzos para que Hilda creyera en sus palabras.

—Está muy enfermo. Fue por eso que no pudimos traerlo, el médico no nos dejó hacerlo… Gerald se quedó con él esperando un milagro o lo inevitable, yo regresé para no preocupar a Hilda.

Ella no supo qué decir ante eso. Ahora todo lo que podían hacer era esperar y ocultarle la verdad a su hermana.


Gerald se puso en alerta cuando la puerta de la habitación se abrió y pronto vio salir al doctor.

—Es claro que está luchando. Ha durado más tiempo de lo que yo creí la primera vez que lo atendí,eso es bueno… Tal vez sí pueda ganar la batalla.

Gerald le agradeció y fue a reunirse con Armand que estaba acompañado por una enfermera. Cuando se puso a un lado de la cama Armand fijó sus ojos hundidos y vidriosos en el recién llegado, abrió la boca con la intención de hablar, pero sólo pudo toser y Gerald lo único que pudo hacer fue hacerse a un lado para que la enfermera se encargara. Cuando esta terminó de atenderlo, se retiró a un rincón de la habitación, dónde estaba el sillón que ocupaba y Armand volvió a mostrar intenciones de querer hablar, Gerald trató de impedírselo sin conseguirlo. Con sus pocas fuerzas susurró algo que fue imposible para Gerald escuchar y tuvo que acercarse todo lo que pudo para hacerlo.

—Escri…bir…ne…cesi…to…

—Entiendo —Gerald se apresuró a decir para evitar que se esforzara más y fue en busca de papel y pluma.


Ya habían pasado casi dos semanas desde que Arnold regresó y cada vez se volvía más difícil calmar a Hilda, que no entendía porqué su esposo no llegaba y que cada vez creía menos en las excusas y explicaciones que tanto Helga como Arnold le daban.

Llamaron a la puerta y Hilda se irguió entre los almohadones, llena de expectativa.

La señora Johnson entró para anunciar que Phoebe acababa de llegar.

—No tengo ánimos para recibirla —dijo Hilda de una manera un tanto grosera, sorprendiendo al ama de llaves, a Helga no tanto.

—Iré yo a verla —dijo Helga y fue al encuentro de su amiga, dejando a su hermana en compañía de la señora Johnson.

Era bueno que Hilda tuviera esa actitud porque así podía hablar a solas con Phoebe y desahogarse de todo lo que estaba pasando.

—¿Así que las noticias siguen sin ser buenas?

—Desafortunadamente así es, Phoebe. Aunque Gerald ha buscado la atención de los mejores médicos de la zona y el mejor personal para que le brinde los cuidados necesarios, la situación no es alentadora.

—No me lo imagino esforzándose tanto por ayudar y cuidar de una persona.

—Si te dieras la oportunidad de conocerle mejor, no te sería una idea tan descabellada. Él fue, después de todo, quien ayudó a Arnold a salir adelante tras la muerte de sus abuelos y también me ha ayudado a mi.

—¿Ah sí? ¿Cuándo fue eso antes o después de convertirse en tu enemigo y hablar mal de ti? —su enojo se reflejaba en su voz.

—Después —la tranquilidad de su respuesta provocó en su amiga una expresión desencajada —. Justo en el tiempo en que había hecho más evidente su enojo hacia mi, fue que me ayudó —no quiso darle más detalles ni mencionar que Wolfgang estuvo involucrado — y estoy más que segura que cuando encuentre a la mujer indicada la cuidará con su vida, como los caballeros de los poemas medievales, ¿no te parece eso romántico? —Phoebe no respondió, pero al parecer sí que se lo parecía porque se había sonrojado. Helga sonrió ligeramente de forma divertida y cambió de tema, decidida a dejar a su amiga en paz por el momento, ya habría tiempo para jugar a la casamentera o al menos eso esperaba, pensó con anhelo y tristeza.


La puerta se abrió sin que antes hubieran llamado y una joven sirvienta fue directamente hacia Helga, se le acercó lo más que pudo y le dijo algo en voz baja.

Helga miró a su hermana para comprobar que no se hubiera despertado y al ver que aún dormía, pidió a la joven que se quedara y se marchó.

Arnold estaba en casa y eso era sumamente raro porque los últimos días los pasaba fuera hasta que caía la noche, fingiendo estar inmerso en los preparativos para traer a Armand; pero sobre todo y lo que más le preocupaba era que hubiera mandado llamar. Algo definitivamente no estaba bien.

De nuevo estaba en el despacho con un Arnold prácticamente derrumbado en la silla tras el escritorio.


Le dijeron que debía quedarse, pero aún le quedaban muchos deberes por hacer. Seguramente la señorita no tardaría en volver y la señora estaba profundamente dormida. Miró hacia la puerta y retorció sus manos con nerviosismo. Dejar a la señora sola durante unos pocos minutos no era un acto grave y lo más que podría llevarse era una reprimenda, en cambio si se atrasaba en sus labores las consecuencias serían mayores.

Después de echar una última mirada a la señora dormida en la cama, ella también dejó la habitación.

En cuanto la sirvienta salió, Hilda abrió los ojos.

Últimamente no lograba conciliar el sueño, pero fingía hacerlo para no preocupar a su hermana, o mejor dicho, para evitar que la sermoneara y estuviera sobre ella.

Por eso fue que logró escuchar acerca del llamado de Arnold. Sin dudarlo, aunque con un poco de dificultad, dejó la cama. Tenía que averiguar que pasaba, algo en su interior le gritaba que lo hiciera.

Por suerte no hubo nadie en el camino que se le interpusiera y logró llegar ante la puerta del despacho y al abrirla pudo escuchar la voz de su hermana decir el nombre de Armand.

—¿Qué es lo que pasa con él? ¿Qué pasa con mi esposo?

La mirada de Helga fue de su hermana a Arnold y de Arnold a la carta que este le acababa de entregar, para después volver a Hilda y fue que notó como se aferraba al marco de la puerta como si las fuerzas le estuvieran faltando.

Arnold se dio cuenta de lo mismo y también fue hacia ella para ayudarla.

—No deberías estar aquí —dijo él, al tiempo que la levantaba del suelo para llevarla cargando de regreso a la habitación.

Pero mientras Arnold hacía eso, pudo ver la carta que Helga sostenía en la mano y reconoció la letra con que estaba escrito su nombre en el sobre.

—¡Es de Armand y es para mí! ¡Quiero leerla! —su hermana sólo la miró, pero no le entregó la carta —¡Quiero leerla, Helga! —esta vez su tono de voz fue más demandante y después de que Helga buscara en la mirada de Arnold la aceptación, le entregó la carta escrita por Armand y en cuanto fue puesta en una de las sillas volvió a contemplar su nombre bellamente escrito en la solapa, justo por encima del lacre que la sellaba.

Llevó el sobre hacia su rostro y aspiró con calma. No tenía su aroma y lamentó eso, pero él la había escrito con su propio puño y eso más que suficiente. Con cuidado de no estropearlo, abrió el sobre y sacó las hojas que contenía y comenzó a leer.

«Amor mío…»

Era la primera línea y ya sentía las lágrimas llenando sus ojos. Cada palabra, cada frase era totalmente de su Armand. Le preguntaba cómo estaban ella y el bebé, para después narrarle un par de cosas que nunca le contó en sus misivas pasadas, anécdotas que la hicieron sonreír y también cambiar de página.

«Sólo deseaba darte lo mejor. No te merecias la vida a la que te arrastré»

Leer eso casi al final de la segunda hoja borró su sonrisa. En ese momento sólo quería estar a su lado para decirle que no se atormentara por eso, que las cosas habían cambiado y que en cuanto se reencontraran por fin tendrían una vida feliz de ensueño. Mordió nerviosamente su labio, guardándose esas palabras para decirlas cuando lo tuviera enfrente.

«Por eso sucumbí a lo que creí era el camino más fácil y corto para sacarnos de allí. Caí en la tentación y he pagado muy caro por mi error. Mi amada Hilda… ¡Cuánto has sufrido por mi causa!»

Una lágrima cayó sobre el papel, casi alcanzando una de las letras. Hilda cerró los ojos para evitar que su llanto saliera y estropeara su preciada posesión. Algo extraño pasó, podría jurar que acababa de sentir el suave y tibio toque de la mano de Armand en su mejilla; abrió los ojos y miró a su alrededor, tan sólo estaban su hermana y Arnold. Desconcertada secó sus lágrimas y cambió de hoja. Era la última, pero algo había cambiado en ella. La letra era irregular, vacilante, cómo si hubiera sido hecha con demasiado esfuerzo y algo se apretó en su interior y de repente perdió las ganas de seguir leyendo, pero no pudo evitarlo y continuó.

«Mi único consuelo es saber que ahora estás bien, al lado del señor Shortman que es un buen hombre, porque a pesar de lo que le hice vino a ayudarme»

¿Armand se estaba rindiendo? ¿La estaba dejando?

«No quiero que me malinterpretes, mi mayor deseo es volverte a abrazar, es estar allí para ti y nuestro hijo… ¡Ojalá yo hubiera sido más fuerte y la vida en aquella celda menos dura! Te juro que he luchado con todo para volver contigo, mi Hilda, mi amor, sin embargo cada vez estoy más agotado y si estás leyendo esto es porque de nueva cuenta te fallé y ya no tuve fuerzas para aferrarme a la vida.»

—¡No puede ser verdad! —miraba a Arnold —¡Armand no puede estar…! —no pudo terminar de hablar, la expresión de él lo decía todo. Dejó de luchar para controlar sus lágrimas y comenzaron a fluir con libertad, nublando su vista y haciéndole difícil leer la última línea.

«Perdóname por no ser el hombre que tú te merecías»

Estrechó las hojas contra su pecho.

No había un hombre más indicado para ella en este mundo que Armand, pero ya no podía decírselo. Esta vez la había dejado definitivamente.

Helga miraba con pesar a su hermana. No podía saber el contenido de aquella carta escrita con tanto esfuerzo, siendo necesarios varios días y enormes pausas de por medio para que su autor pudiera terminarla y que al final, como les hizo saber Gerald, por poco no lo logra; pero lo que estuviera escrito allí le hizo saber a Hilda el destino de su esposo. Su dolor era palpable y ella no sabía qué hacer para consolarla. Sin embargo, dio un paso hacia ella y justo en ese momento Hilda levantó la cabeza, dejándoles ver una lívida expresión.

—Me duele…

CONTINUARÁ...