Arnold cruzó la puerta con Hilda en brazos, mientras vociferaba una serie de indicaciones sin dejar de caminar.
—¡Ya fueron a buscar al médico! —se escuchó la voz del ama de llaves.
Helga, que iba tras Arnold, lo adelantó cuando estuvieron frente a la habitación para abrir la puerta.
Apenas fue puesta en la cama, Hilda se retorció de dolor por la contracción y cuando pasó, llamó a su hermana.
—Aquí estoy —dijo tomando su mano y limpiando el sudor de su frente.
—Tengo miedo…
—Todo va a estar bien, Hilda —en su mirada dio muestra de no creerle a su hermana. Helga también tenía miedo, pero no estaba dispuesta demostrarlo, así que le sonrió y tomó con más fuerza su mano.
—Quisiera ser tan fuerte…como tu…siempre he querido serlo.
—Tu eres fuerte y mucho. Has soportado mucho más de lo que yo hubiera podido. No dudes de ti ahora Hilda, vas a estar bien.
Siguió confortando a su hermana, repitiendo palabras de manera automática y mirando la hacia la puerta cada poco tiempo ¿Dónde estaba el médico? La espera parecía haberse prolongado una eternidad y a cada segundo Hilda parecía sufrir más.
La puerta se abrió de golpe y el alivio que Helga sintió, murió en un instante al ver aparecer a su madre, vociferando contra ella y casi lanzándola del lugar al lado de su hermana.
—¡Mi pobre pequeña! —inspeccionó a su hija y acarició sus manos y su cabeza, luego miró a Helga —¡Tú le hiciste esto! ¡Sé muy bien que tú eres la culpable! ¡No debí dejar que vinieras!
—Mamá…Helga no…
—Shhh… No desgastes tus energías en defenderla, mi pequeña, conozco bien su naturaleza y de lo que es capaz.
Helga hizo uso de su silencio por dos razones. La primera era que no tenía caso discutir con su madre y la segunda porque vio que el médico estaba apunto de cruzar la puerta que se había quedado abierta.
Pronto el hombre tomó el control, ayudado por la enfermera que esta vez lo acompañaba y por la señora Johnson. Así que pronto madre e hija se vieron expulsadas de la habitación, encontrándose en el pasillo con un Arnold visiblemente agitado porque tuvo que ir personalmente en busca del doctor, ya que el sirviente que fue enviado primero no pudo encontrarlo.
Los tres se miraron en silencio y así se quedaron frente a la puerta, esperando.
—Ya ha pasado mucho tiempo —Miriam, que caminaba de un lado a otro, se detuvo frente a Helga —. No me engañas. Estás rezando para que algo salga mal y poder quedarte con lo que es suyo ¡Quiere verla muerta!
—¡Basta! —Arnold habló con firmeza — Si no puedes comportarte lo mejor será que esperes noticias en tu casa —miró con odio a su yerno, pero guardó silencio y retomó su ir y venir, pensando en que debió acabar con ella aquel día en el despacho de Bob, así se hubieran ahorrado todo esto.
Arnold se acercó a Helga y le habló en voz baja.
—No dejes que sus palabras te afecten —no obtuvo respuesta de ella y regresó al lugar que ocupaba antes.
Helga clavó la mirada en la puerta de la habitación de su hermana, ignorando la presencia de su madre, justo como lo estuvo haciendo hasta antes de su sobresalto.
Pasó mucho tiempo antes de que pudieran escuchar el vigoroso llanto del bebé y tuvieron que esperar otro tanto para que el médico saliera.
—¿Cómo está mi hija?
—Mi pronóstico es reservado. Fue un parto difícil y con algunas complicaciones, he hecho lo que he podido y ahora sólo queda esperar y rezar, rezar mucho. Las próximas horas son cruciales —miró a Arnold —Tiene un hijo sano y fuerte, señor Shortman —no hubo expresiones de alegría, ni celebración, pero el hombre entendía el porqué. Dio algunas indicaciones y se despidió de momento, tenía más pacientes de los cuales debía ocuparse, pero se comprometió a regresar en cuanto pudiera o antes, si era necesario.
Miriam fue a ver a Hilda, que en esos momentos estaba dormida. Le dedicó unos minutos, pero a su nieto ni siquiera miró.
—Me voy. Estoy exhausta y necesito descansar.
Helga pensó que eso era tan típico de ella, anteponer sus necesidades a la de otros y eso incluía a la hija que decía amar y por la que dijo estar muy preocupada poco tiempo antes. Aunque, en realidad su partida estaba lejos de ser algo malo, con sus reclamos fuera del camino Helga pudo dedicarse sin distracciones al cuidado de su hermana; mientras que Arnold ayudado por la señora Johnson buscaron quien pudiera atender al pequeño.
Para cuando Hilda despertó, su hijo ya había sido alimentado por primera vez y eso le informó Helga, además de decirle que estaba bien y era un niño muy sano.
—Quiero...verlo.
—Enseguida —antes de levantarse el lugar que ocupaba al lado de su hermana, le acomodó el cabello —... Lo ves, todo ha salido bien.
Los siguientes días no se separó del lado de su hermana, aun cuando estaba presente la enfermera, era Helga quien insistía en hacerse cargo de ella ni siquiera la insistencia de su amiga y de Arnold de que fuera a descansar podían alejarla de su lado.
—Te ves muy cansada —Hilda habló con un hilillo de voz — deberías hacerle caso a todos e irte a descansar. Hazlo en cuanto regrese la enfermera —Helga negó con la cabeza y su hermana le dedicó una pequeña sonrisa—. No debes sentir culpa. No hagas caso a las palabras de mamá.
—¡Pero tiene razón! ¡Soy mala! Soy…de lo peor, porque más de una vez he querido que no estuvieras aquí, que desaparecieras de nuestra vida…
Espero ver una mirada horrorizada en su hermana, pero eso no pasó, al contrario, la miraba con indulgencia.
—No cabe duda que nos parecemos… Yo también quise que eso pasara muchas veces, por eso fue que te urgí para que te fueras —la boca de Helga estaba abierta y sin palabras —... Me mentiste y por algún tiempo te creí, pero finalmente me di cuenta de que Arnold te ama y que tu lo amas a él y sentí que mi nueva y cómoda vida peligraba. No me importaron sus sentimientos, tuve miedo de volver a lo de antes y por eso estuve más que dispuesta a separarlos… Dime ahora, ¿quién es peor de las dos? —hubo cierta diversión en su expresión y eso hizo sonreír a Helga —No vuelvas a culparte, olvídate de todo esto y sólo sé feliz.
—Lo seré cuando tú te restablezcas y voy a cuidarte hasta que eso pase.
Hilda suspiró, dándose cuenta de que no iba a hacer que su hermana cambiara de opinión. Cerró los ojos, estaba cansada. Su plática la había dejado exhausta.
Helga abrió los ojos y se dio cuenta de que no estaba junto a su hermana, sino en su habitación, en su cama. Alguien debió llevarla allí cuando se quedó dormida por el cansancio después de estar cuidando de Hilda todos esos días, en vela y casi sin probar bocado.
Sin perder tiempo se levantó. Debía regresar con ella, así que rápidamente salió, recorrió el pasillo y las escaleras y pronto tuvo a la vista una escena que la hizo detenerse en seco, al tiempo que se le estrujaba el corazón.
Afuera de la habitación donde estaba su hermana había un pequeño grupo de personas con expresión devastada, entre los que se encontraban Arnold y el médico.
Avanzó el tramo que le faltaba e ignorando a la pequeña comitiva se dispuso a abrir la puerta, pero fue detenida.
—No puede entrar —era el ama de llaves y la pobre mujer recibió una mirada de enojo, pero se mantuvo firme y no la dejó abrir —. Está con el sacerdote en este momento.
¿Por qué su hermana estaría con un sacerdote? Dirigió su mirada interrogante hacía Arnold y en el momento en que lo vió, la comprensión de lo que ocurría la golpeó y las fuerzas la abandonaron.
Arnold logró sostenerla antes de que cayera y la llevó hasta una de las sillas que habían sido colocadas a una orilla del corredor. El médico se acercó a revisarla, pero Helga ya no prestaba atención a nada, simplemente se sentía perdida. De pronto su madre apareció, gritando y exigiendo ver a Hilda, por su puesto que no se lo permitieron, al menos hasta que el sacerdote salió y les indicó que quería verlos a los tres, a su madre, su hermana y su esposo, y también entraron el doctor, la enfermera y el ama de llaves para asistirlo si era necesario, sólo quedaron fuera Pheba y Gerald, quien recién regresaba de su viaje y que acababa de estar presente en el sepelio de Armand, y a quien al parecer Helga ni siquiera vio. Él se acercó a la joven visiblemente afectada y sin pensarlo la abrazó, ella no se apartó, al contrario se refugió en su pecho y lloró desconsolada.
—Arnold —la voz de Hilda se escuchaba apenas, así que él fue a su lado y se acercó lo más que pudo —... Siento tanto...lo que..hice...perdona…
—No hay nada que perdonar.
Hilda sonrió. Sabías que sus palabras eran sinceras porque Arnold Shortman era un buen hombre y realmente agradecía que no le guardara rencor. Levantó un poco la mano en la dirección en la que Helga estaba, ella se acercó hasta quedar a unos pocos centímetros de Arnold.
—Perdóname —dijo Helga.
Hilda negó suavemente y le sonrió, como diciendo las mismas palabras que había dicho Arnold hacía unos instantes. Su hermana no tenía porqué pedir perdón, era alguien inocente, arrastrada a participar en un retorcido juego por las decisiones egoístas de otros, esperaba que pronto lo comprendiera y encontrara la paz y felicidad que se merecía al lado de Arnold; por eso con un suave, casi imperceptible movimiento, le pidió que tomara su mano y después de que Helga lo hiciera, la unió a la mano de Arnold.
—Cuída...los por mi —se refirió a su esposo y a su hijo. Su pobre y querido niño que tenía una madre tan cobarde que se estaba rindiendo y no lo vería crecer para convertirse en un hombre de bien y tan guapo como su padre. Una lágrima resbaló por su mejilla. Armand…
—¡Lo harás tú misma cuando te pongas bien!
Ojalá fuera tan fuerte como su hermana, pensó Hilda. Si lo fuera lucharía, pero era débil y sólo deseaba de reunirse con el hombre al que amaba.
Arnold sólo guardó silencio, entendiendo perfectamente las intenciones de Hilda al hacer esa petición frente aquellas personas que servían de testigos.
—¡Mi querida hija! —Miriam prácticamente se abalanzó hacia el lecho, tomando la mano de su hija y separando a Arnold y Helga en el proceso.
—Pobre...mamá —Hilda la miraba llorar. No creía en sus lágrimas y sentía pena por ella ¿Alguna vez habría sentido amor por alguien más que no fuera ella misma? Lo dudaba, al igual que dudaba que sintiera algún remordimiento por todo el mal que había hecho ¿En algún momento sería capaz de arrepentirse?¿Y si su madre nunca lo hacía?, entonces sentía más pena por ella —...pobre...mamá...
Por su parte ella estaba en paz. Había confesado sus pecados y obtenido la absolución por ellos, por eso la muerte no le parecía un destino tan terrible y tampoco le daba miedo. Así que cerró los ojos y esperó en calma, y cuando escuchó la voz de su amado llamándola, fue a él y sin dudarlo tomó su mano para que la guiara al lugar en el que pasaría a su lado toda la eternidad.
Ya no se separarían más.
Mucha gente acudió esa mañana invernal, inusualmente soleada, al funeral.
Hilda fue enterrada junto a la tumba recientemente hecha de un poeta desconocido y sólo un puñado de las personas presentes sabían el porqué.
El centro de atención fue la afligida madre, a la que todos daban el pésame y por la que sentían compasión ya que había perdido a su esposo e hija con tan poco tiempo de diferencia y en circunstancias trágicas. Y en segundo lugar estaba el viudo, todos sabían lo mucho que amaba a su esposa y suponían lo destrozado que estaba en esos momentos. Mientras que Helga se mantenía muy aparte, tan sólo acompañada por Phoebe y Gerald. Estaba triste y enojada ¡No era justo lo que le había ocurrido a su hermana! ¿Por qué no pudo hacer más por Hilda? ¿Por qué no pudo ser ella la del trágico final? Luchaba por mantener a raya sus lágrimas, no quería llora, hacerlo le parecía tan poco homenaje a la corta existencia de Hilda y entonces, un cálido viento sopló alrededor, fue muy suave, tanto que las hojas de los árboles no se movieron, pero estremeció el corazón de Helga que sintió como si hubiera escuchado la dulce y suave voz de Hilda diciendo «No vuelvas a culparte, olvídate de todo esto y sólo se feliz… Yo ya soy feliz»… Ya no pudo luchar más, las lágrimas comenzaron a fluir sin cesar y su amiga la abrazó para consolarla.
Helga revisó en su cuna a su pequeño sobrino, dormido profundamente.
La puerta de la habitación se abrió y Miriam entró, ordenando a la nodriza que saliera y acercándose también a la cuna.
—Se parece a ti —Helga no la miró, siguió concentrándose en su sobrino —. Sí, ambos llevan la misma maldición encima, la de destruir la vida de los demás con su sola existencia.
Helga tomó al bebé con la intención de irse, simplemente no tenía ganas de escuchar a su madre escupiendo todo su veneno y el niño tampoco tenía porqué hacerlo, pero Miriam la agarró del brazo para impedírselo.
—¿Crees que no sé lo que estás haciendo? —miraba acusatoriamente a Helga y ella le sostenía la mirada —Los restos mortales de tu hermana aun no se enfrían en su tumba y tú ya estás calentando la cama de tu querido señor Shortman.
—Piensa lo que quieras. No voy a desgastarme tratando de convencerte de la verdad, cuando está claro que en tu podrida mente ya te has formado tu propia versión de las cosas.
—¡Eres una…! —levantó la mano para golpear a su hija, pero se detuvo porque la puerta se abrió y Arnold apareció.
Le habían dicho que su suegra acababa de llegar y temiendo que sucediera algo como lo que estuvo a punto de ocurrir, fue de inmediato a dónde sabía que Helga estaba. Con paso firme fue hacia la insufrible mujer y la tomó del brazo, sacándola de la habitación.
—¿Qué crees que haces? —estaba forcejeando y finalmente pudo soltarse de su agarre cuando llegaron a las caleras y trató de volver a la habitación del niño, pero Arnold la detuvo.
—Sal de aquí y ve a hacer tu equipaje —fue una orden dada con firmeza.
—Ya veo, no quieres que haya nadie que te eche en cara la inmoralidad que cometes al tener bajo tu techo a tu amante.
—Helga no es mi amante y no es esa la razón por la que debes hacer lo que dije. Los daños que tu esposo causó deben ser reparados, así que las autoridades confiscarán sus bienes para pagar a los afectados, eso te deja sin nada.
Miriam palideció, pero como de costumbre, eso sólo duró un breve momento.
—Te equivocas, yo tengo propiedades, las que heredé de mi padre.
—Y que le cediste a tu esposo. Hay documentos que certifican eso.
No recordaba haber hecho tal cosa, pero era muy posible, nunca le prestó atención a esas cosas.
—¿A dónde iré?
—Me guste o no, eres parte de mi familia, así que tendrás dónde vivir y una asignación mensual suficiente para que vivas con holgura, pero con la condición de que te mantengas lejos de nosotros.
—Claro, para que puedan hacer lo que quieran sin que nadie los moleste.
—Tómalo o déjalo.
Odiaba a ese hombre, odiaba que tuviera el control en sus manos, odiaba ser ahora una pobretona, pero sobre todo, odiaba a Helga con toda su alma porque ella era la responsable de todos sus males.
—Acaban de partir —Gerald anunció, al entrar al despacho de Arnold, quien estaba de pie ante el ventanal observando el floreciente jardín. La primavera recién había comenzado, llevándose a Helga con su llegada —¿Estás seguro de que dejarla marchar fue la decisión correcta?
—Ella necesita tiempo para sanar…
Por eso fue que no se opuso, ni le suplicó que se quedara cuando anunció que se iría de viaje en compañía de Phoebe y su familia, y que quería llevarse al pequeño Armand, al que se había vuelto muy unida, mientras que paradójicamente se había alejado cada vez más de él.
—Espero que ella pueda hacerlo y que ustedes puedan volver a estar juntos.
Lo mismo esperaba Arnold y rezaba con fuerza desde el fondo de su corazón para que así fuera.
—Lamento que la señorita Heyerdahl también se haya marchado.
—¿Así que todavía tienes los suficientes ánimos como para molestarme? Para tu información no tengo ese tipo de pretensiones hacía la señorita Heyerdahl y si las tuviera la distancia no sería un impedimento, te lo aseguro.
—¡Helga!¡Llegó carta!
Helga no apartó la vista de Armand, quien, como era típico para su edad, se empeñaba en agarrarse de cualquier cosa que tuviera a su alcance para levantarse y caminar.
Phoebe se puso frente a ella y le entregó uno de los dos sobres que llevaba. Se notaba muy feliz, muy seguramente debido a que la otra carta iba dirigida a ella y sobre todo a causa del remitente.
—Gracias, Phoebe. La leeré en cuanto pueda.
—Bueno, yo voy a...a...a ayudar a mamá con algo que necesitaba que la ayudara.
Helga sonrió indulgentemente.
—Claro, ve.
Ella esperó a que su querido sobrino durmiera la siesta para retirarse a la privacidad de su habitación y leer la carta. Era de parte de Arnold. Él le escribía religiosamente aunque ella nunca le respondía y no porque él la presionará con palabras románticas o ruegos para que volviera a su lado, no, Arnold jamás haría eso. Él simplemente le escribía relatando su día a día, preguntando cómo le iba a ella y a Armand, y si necesitaban algo.
Ella nunca le respondía por la misma razón por la que se llevó a Armand al irse, para que Arnold pudiera rehacer su vida con alguien más.
Sin embargo, a un año de su separación todo el dolor y la culpa que sentía tras la muerte de su hermana ya no se sentían con la misma intensidad, pero su amor hacia Arnold y la necesidad de él no se habían atenuado, al contrario, iban en aumento y cada vez era más difícil no responder a sus cartas y decirle lo que en verdad sentía.
Pero tenía miedo…
Miedo de que su amor no fuera suficiente para superar el pasado y para no seguirse lastimando.
—Lo lamento, Helga —Phoebe miró totalmente apenada a su amiga —, no debí insistir para que vinieramos.
—No pasa nada, en verdad —le sonrió, pero en el mismo instante supo que falló en el intento de tranquilizarla. Honestamente no quería estar allí en ese concurrido baile, preferiría estar cuidando de Armand, a quien quería con toda su alma y no sólo porque era un niño encantador, también porque era lo único que le quedaba de su hermana.
—¿Por qué no vas al jardín a tomar un poco de aire? Y yo en un rato más buscaré a mamá e iré por ti para que podamos irnos, tampoco me apetece mucho estar aquí.
Helga aceptó, no hacía mucho que habían llegado, pero ya se sentía asfixiada entre tanta bulliciosa gente. Así que salió al jardín por una de las grandes puertas de madera y cristal.
—¿Crees que todo saldrá bien? —preguntó Phoebe a la persona que acababa de colocarse a su lado, sin mirarlo.
—Eso espero —Gerald deslizó los dedos entre los suyos y ella dejó que sostuviera su mano.
Era una noche hermosa con una luna llena tan brillante que prácticamente hacía innecesarias las antorchas colocadas entre los setos. Levantó la mirada al cielo despejado y lleno de estrellas, pensando en que a pesar de su lejanía ese mismo bello cielo cubría también a Arnold.
Mirando la luna pensaba que ojalá ella pudiera ayudarlos a acortar la distancia en todos los sentidos y no solo de manera física, pero aún había tantas barreras establecidas entre ellos que se antojaba imposible derribarlas todas.
—No cabe duda de que la luna está espectacular esta noche, pero si sigue mirándola así creo que me pondré celoso
Helga no se atrevía a voltear. Conocía a la perfección esa voz, sabía sin lugar a dudas a quién pertenecía y su corazón se aceleró.
—¿Sería posible que pudiera ser yo tan afortunado de conocer su nombre?
La voz se escuchaba cada vez más cercana y más llena de emoción.
«Nunca has sido una cobarde», se dijo a sí misma y reuniendo todo el valor con el que contaba, se giró y se encontró atrapada por la intensa mirada de tonalidades verdes y su voz simplemente fluyó.
—Mi nombre es Helga.
Él sonrió de manera sútil.
—Helga…
Repitió de una manera tan llena de amor que ella no pudo contener el llanto, que pronto la hizo estremecer y casi caer de rodillas.
Todas las barreras se vinieron abajo…
Arnold la sostuvo entre sus brazos, temiendo que ella lo alejara, pero eso no pasó, al contrario, se aferró con fuerza a él.
—Mi Helga…
Tal vez su camino no sería fácil, pero el primer paso estaba dado. Tenían su nuevo comienzo y toda una vida por delante para sanar sus heridas.
—¡Qué escándalo! —la señora McDowell se abanico el rostro de manera tan exagerada que Lady Danbury casi pone los ojos en blanco —¡Regresar casado con la hermana de su difunta esposa!¡Es inadmisible!
El resto de mujeres reunidas asintieron de inmediato, mostrándose de acuerdo, excepto la anfitriona, por supuesto.
—Pues yo no veo nada de malo en esa unión. Sé de buena fuente que nuestra querida Hilda, en paz descanse, le pidió a su hermana que cuidara del señor Shortman y su hijo. Fue su última voluntad. Además todas sabemos lo mucho que él amó a su esposa, si ahora tiene la posibilidad de encontrar la felicidad y rehacer su vida, me alegro mucho por él.
—Cierto —dijo otra de las allí reunidas — y después de todo guardó el luto el tiempo suficiente, así que no faltó en ningún momento a la memoria de su difunta esposa.
—Y la hermana se ha hecho cargo de su sobrino como si fuera su hijo. Los vi el otro día y se notaba a leguas que ella quiere mucho al niño.
—Pues pueden decir lo que quieran, pero a mi no me convencen ¡Casarse con una mujer idéntica a su difunta esposa, es cuando menos escalofriante! A mí no me parece esa unión —insistía en su actitud la señora McDowell.
—¡Bueno, ya es suficiente! —Lady Danbury levantó la voz — No estamos aquí para llegar a un acuerdo de si aprobamos la unión de alguien o no, señora McDowell. Estamos aquí para tratar temas de caridad y es a lo que vamos enfocarnos y por el amor de Dios, deje de meterse en la vida de los demás.
La mencionada puso una expresión de total indignación, pero no le quedó otra que dar por zanjado el tema.
Cinco años después…
Gerald , como buen hombre de negocios sabía que en momentos como ese no podía mostrar debilidad, si cedía, aunque fuera un poco, habría perdido y a él no le gustaba perder, tenía que sostener la mirada solo un poco más…
Y entonces, el movimiento de alguien que pasaba a su lado, captado por el rabillo del ojo, lo distrajo y apartó la mirada.
—Ya fue suficiente —habló Phoebe con voz firme, pero suave al tiempo que extendía los brazos hacia el frente y un par de manitas imitaban su acción, alcanzándola —. Vamos cariño, te llevaré a tu cama.
Los grandes y oscuros ojos del niño se iluminaron y mostró una amplía sonrisa.
—Phoebe, no deberías…
—Volveré en un momento —interrumpió las palabras dichas con tono de advertencia por su esposo y después de alzar a su hijo, salió del salón.
Cuando volvió, Gerald seguía allí, estaba sentado en una de las sillas y la miraba con expresión molesta.
—Yo iba a llevarlo —dijo él.
Phoebe se acercó, permaneciendo de pie frente a él, quien resopló.
—Pero él quería que yo lo llevara —encogió los hombros.
—Lo estás malcriando —le recriminó.
—Sólo tiene tres años, ¿cómo se supone que debo tratarlo?, ¿con disciplina militar?
Gerald suspiró, extendió una mano y cuando Phoebe la tomó, él dio un pequeño tirón, invitándole a sentarse en sus piernas y ella así lo hizo.
—Por supuesto que no, es solo que últimamente está, por decirlo de alguna manera, insoportable y solamente quiere que lo tengas en brazos.
—Es normal por su edad y por la situación actual.
—Pero en tu estado... —colocó la mano sobre el vientre de ella, al decir eso. Aún no estaba demasiado abultado pero ya permitía notar que dentro llevaba a su segundo hijo.
—Estaré bien, no es un gran esfuerzo y no soy para nada frágil. Además el pequeño Gerald tiene sobre mí el mismo efecto que su padre y me es difícil negarme a cualquiera de los dos.
—¿Ah sí? ¿Entonces por qué tardaste tanto en darme el «sí»?
—Sólo quería que estuvieras seguro de tus sentimientos por mí y no exageres, no fue mucho tiempo porque no pude resistirme demasiado, sólo quise asegurarme de que no tuvieras dudas.
—Nunca tuve dudas y no las tendré.
—Entonces…¿Eres feliz?
La miró con ojos cargados de amor.
—Lo soy…
Al entrar en aquella habitación sus oídos se inundaron con aquella respiración forzada, impregnada con un escalofriante ronquido, producto del esfuerzo y flemas. Entonces su mirada se dirigió hacia la cama y se quedó fija en su ocupante.
—¿Cómo se encuentra?
—Mal y mucho me temo que no mejorará… Lo siento...
Helga asintió. Eso era lo mismo que ella pensaba, suspiró y con paso lento fue a ocupar el lugar al lado de la cama.
El cuerpo delgado y llagado de la mujer que luchaba por respirar era doloroso de mirar, porque sin importar lo que hubiera hecho en el pasado, esa mujer continuaba siendo su madre.
Con suavidad tomó su mano, pero Miriam no dio señas de percatarse de esa acción, continuaba con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando marcadamente.
Había caído en ese estado hacía unos días, por eso la mandaron llamar, pero en realidad su agonía comenzó un otoño tres años atrás. Durante su exilio impuesto por Arnold. Miriam vivía en una zona alejada, en una casa con todas las comodidades pero bastante más pequeña y sin los lujos a los que estaba acostumbrada. Su madre se fue aislando de las personas, parecía que desconfiaba de ellas y al pasar de los días esa situación se agravó a tal punto que solo permitía que un par de mujeres entraran a aquella casa una vez a la semana para arreglarla y llevarle alimentos, y fueron estas mujeres quienes la encontraron, tirada en el suelo, tan quieta que creyeron que estaba muerta. No se sabe cuánto tiempo estuvo así pero su estado era tal, que se sospechó que pudieron ser más que un par de días.
Fue una apoplejía, dijo el médico, lo que la dejó con una movilidad muy reducida y un habla ininteligible y por más que intentaron que mejorara, esmerandose en su cuidado, fue como si ella simplemente se hubiera rendido, día tras día elegía quedarse postrada en cama hasta que en su cuerpo aparecieron llagas; comiendo apenas unos pocos bocados hasta quedar casi en los huesos y así era que estaba acercándose a su final.
Durante horas Helga estuvo allí, sosteniendo su mano en silencio, hasta que comenzó a luchar más por respirar, abrió los ojos y comenzó a toser ahogándose. La enfermera encargada de sus cuidados se acercó deprisa, la incorporó un poco y entonces Helga le acercó a los labios un vaso con agua, Miriam volteó un poco el rostro rechazando así el ofrecimiento y entre su lucha por continuar respirando pudieron ver el terror impregnado en sus ojos.
Helga no sabía qué hacer, ni siquiera era capaz de decirle palabras de consuelo, el nudo en la garganta que se había formado por la pena de verla así no la dejaba hablar, pero se forzó a hacerlo.
—Yo...te perdono, madre…
Entonces Miriam fijó en ella sus ojos exageradamente abiertos y el terror los abandonó de golpe, reemplazandolo por odio y sus torcidos labios se movieron, no salió ningún sonido de ellos, pero Helga no tuvo dudas de que lo que quiso decir fue que el perdón no era mutuo…
Abruptamente la huesuda mano que su madre aún podía mover, la aferró por la muñeca, al tiempo que soltaba una perturbadora última exhalación y se quedó así, incorporada, entre los brazos de la enfermera, con la mano cerrada alrededor de su muñeca y los ojos fijos sobre ella… Un escalofrío recorrió el cuerpo de Helga, mientras permanecía inmóvil tan sólo mirando la perturbadora escena, hasta que la enfermera colocó sobre las almohadas el cuerpo sin vida de la mujer y le cerró los ojos, liberando después del tétrico agarre a Helga.
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Helga cruzó la puerta que llevaba al jardín y de inmediato el pequeño Armand la vio y corrió hacia ella, entregándole una flor recién cortada.
Estaba de vuelta después del funeral de su madre y no podía imaginar un mejor recibimiento que ese.
—Gracias, cariño —acaricio su cabecita castaña y sonrió. Armand cada día le recordaba más a su hermana, no tanto en lo físico, sino en su forma de comportarse.
—¡Mamá!
Helga miró al pequeño Miles de dos años, corriendo hacia ella. En su carrera cayó y Arnold fue de inmediato a levantarlo y lo llevó en brazos hasta donde estaba ella. Al parecer a su hijo menor no le había afectado la caída, porque lejos de llorar le sonreía ampliamente y estiraba su manita hacia ella.
—¿Para mí? —ella tomó el maltrecho regalo, que se trataba de un puñado de hierba. Un presente encantador —Gracias, cariño —besó su coronilla, de color más claro que la de su hermano mayor.
—¿Y para mí no hay beso?
—Claro que sí, señor Shortman.
Su beso fue acompañado de un agudo gritillo de Miles.
—¿Estás bien? —le preguntó Arnold un rato después, cuando sus hijos estaban sumidos en sus juegos infantiles.
Ella buscó lugar entre sus brazos antes de responder y lo encontró.
—Sí, lo estoy —y era verdad, su madre la odió hasta el último momento y le había negado un innecesario perdón, como queriendo con eso arrastrarla junto con ella al infierno que se había construído, pero no lo había conseguido. La consciencia de Helga estaba tranquila, por fin había hecho la paz con su pasado, y su vida era más feliz de lo que nunca imaginó —... Te amo.
—Y yo a ti, con toda mi alma…
FIN
Finalmente y después de mucho tiempo logré terminar esta historia. No sé si quedó mejor que la primera versión, pero la verdad es que me esforcé mucho y espero que ustedes hayan disfrutado al leerla, tanto como yo disfrute escribiéndola. Mil gracias por acompañarme en todo este largo proceso y una disculpa por haberme tardado demasiado tiempo en llegar al fin de este proyecto.
