Había magos que creían que eran una raza aparte de los muggles. Superiores, dotados con poder, gracia y belleza ¿En que se parecían los muggles a los magos? En nada, eran torpes, agresivos, primitivos y la fuente de la destrucción ¿No eran esos humanoides sino la basura de la existencia? Entre ellos existía la codicia, crueldad y el miedo a lo desconocido como su peor defecto. Vivían de matar la tierra que pisaban, robar a sus próximos y aplastar a sus allegados. Prejuiciosos y egoístas, su historia estaba teñida de sangre, guerra, esclavización y arrasamiento.

¿Incluso eran salvables? En épocas quemaban lo que no aprobaban, otras abandonaban y excluían, a veces solo los ahorcaban y ahora los encerraban o baleaban. Tenían definiciones excluyentes como normalidad, perfección y bien. Actuaban con bondad por miedo a algo llamado infierno y con crueldad solo por locura o avaricia, no comprendían las finas artes de vivir por honor, bondad o desinterés. Tenían miles de problemas que consumían a su gente, mataban a sus niños de hambre y arrasaban con sus hogares, pero no hacían grandes esfuerzos por solucionarlos. Eran buenos discutiendo estos problemas, debatían una y otra vez por lo mismo, gastaban horas sentados para armas monólogos extensos por un bien común. Entre mayor era el bien, más grande el deber, menor su decisión y motivación.

¿En que se parecían los magos a los muggles? Los magos se jactaban de superioridad, de honor y deber, pero eran iguales. Excluían lo diferente, tenían su propia definición de normal, perfecto y bueno. Condenaban al ostracismo a sus pares, por su sangre, condición, enfermedad o magia. Ahí están los poderosos con sus túnicas moradas y W en el pecho decidiendo si Azkaban, la exclusión o el beso era mejor para los hombres lobos por ser bestias salvajes. Los hijos de la Luna, los de la Noche, el Mar, las Estrellas y muchos más eran solo bestias, como a los magos les gustaba ver a todo lo que no fuera puro o luz.

Tenían un callejón entero dedicado solo a las parias oscuras de su sociedad de luz dominante. El equilibrio, lógica y equidad les eran ajenos.

Mira, marcharemos bajo el sol y no las sombras. Conocemos el mejor camino al triunfo e iremos vestidos de blanco para volver rojos sin ensuciarnos ¿No nos viste venir? Fuimos siempre tu enemigo, pero siempre nos subestimaste. Ahora, con nuestros labios sonrientes, dictaremos tu condena; con nuestras manos puras, quitaremos tu aliento y nuestros corazones nobles, aquellos bondadosos y débiles corazones, no titubearan para latir alegres con tu derrota.

Ven mestizo, sangre sucia, criatura u oscuro, que mi juicio es el mejor y tu existencia un castigo. Mira, con tus ojos de animal, como la sociedad alcanza su utopía, nuestro ascenso es firme y seguro. Eres tú, nuestra oposición que se esconde cual ratas en su oscuridad, tu líder cayó y la peste de tu cultura está siendo exterminada.

Manchamos tus caminos sin que lo notaras, entre tus filas nuestros soldados manejados por el rey titiritero fueron valientes y nobles para nuestra causa. Te contaminamos con pureza y esperamos tu condena.

Disfruta, Puro, que tu tiempo viene. Disfruta, que el rey se alza y tu fin se acerca. Viste de gala, sonríe con frio y camina con gracia. Come, respira, ama y abraza a tus herederos, que toda tu historia es nuestra y tu alma se apaga.

Harry escuchó primero los gritos furiosos, luego el sonido de vidrios al romperse y un aullido de agonía.

Sobresaltado, salió de la cama y corrió hasta la trastienda para cruzar la puerta hasta Panacea. Los gemelos ya estaban ahí, rígidos y oscuros ante la luz del sol brillante. De afuera, la sinfonía de gritos y golpes empujó a Harry a moverse hacia adelante para ver por la vidriera de la tienda. Darrius puso una mano delante de él para detenerlo y Feodras agarró su hombro.

—Detente, no tienen que verte —dijo Feodras y el desprecio en su voz alertó a Harry, Feodras pocas veces dejaba saber cuándo algo le afectaba.

—¿Qué está pasando? —dijo Harry, y se puso de puntillas para ver un poco más. Magos y brujas de capas rojas entraban y salían de una tienda al frente, la vidriera estaba destruida y hojas de libros se esparcían por el viento en todo el callejón. Un hombre anciano estaba arrodillado en el centro de todo el caos, su cabeza agachada y el pelo gris cubriendo su mirada, Harry juraba ver lagrimas silenciosas caer al piso. Las manos delgadas y arrugadas estaban esposadas a su espalda con muñequeras de acero enormes que irritaban la piel del mago.

La gente a su alrededor formaba un circulo curioso, eran extraños. Personas del callejón vecino que se adentraban valientes al nido de ratas, alentados por la presencia de aurores que volteaban muebles, sacaban libros y artilugios del lugar. Madres se aferraban a sus hijos y susurraban con la persona más allegada, había incluso hombres que alzaban a los menores sobre sus hombros para que vean el espectáculo.

Mira, parecían decir, ese es un mago oscuro, aléjate de ellos y aprende, esto es su castigo por adentrarse a la oscuridad y su malicia.

El hombre era solo un anciano, arrodillado, débil y llorando. No rogaba por piedad, no trataba de justificarse ni buscar consideración. Conocía y lo sentía en sus huesos por instintos transmitidos por generaciones de perseguidos, esté era su final.

—Es un arresto Harry. Morrison debió enfadar a alguien importante —dijo Darrius, sus ojos brillaban feroces como el brillo de las dagas que un moribundo veía en su final—. Nadie aquí delataría a otro. No hizo nada malo, Morrison tiene librería, como veras, pero sus libros a veces son cuestionables y posiblemente se cruzó con quien no debía.

Feodras hizo que Harry volteara a verlo. Sus ojos se parecían al acero alrededor de las muñecas del anciano, solo que este acero quería acabar con los magos de rojo, hacerles sentir el dolor del prejuicio.

—Aprende, Harry, nunca olvides esas lagrimas ni la multitud que mira. Esto es el precio de nuestra vida, en lo que terminaremos por seguir nuestros caminos negados por el bien.

«Esta es nuestra punición, nuestros destinos están escritos. Seremos perseguidos hasta el fin por atrevernos a pensar y ver lo que ellos no pueden ni aprueban. Somos lo desconocido, su mayor temor que, cuales muggles, trataran de eliminar. Magia ya no nos escucha ni protege. Este es nuestro juicio».

Mentira, Harry quería decir, Magia ve y escucha, pero no es su deber salvarnos. Nosotros la hemos olvidado.

Las palabras se atoraron en su garganta, su magia lloró en tristeza y afuera la multitud aplaudió cuando el anciano Morrison fue obligado a pararse y llevado a su fin entre gritos de alegría.

Los estoy viendo, lo sé y duele ver a mis hijos condenarse. Hazte fuerte Kappi y el equilibrio vendrá por la mano y el tejo.

Harry tarareaba contento mientras avanzaba por los pasillos de Knockturn, el tiempo había pasado y estaba por cumplir once en unos días. Los años con los gemelos le sentaron bien, aprendiendo con Darrius y Feodras, comiendo correctamente y confiando en los gemelos de a poco. Harry consiguió una familia en el callejón Knockturn, que lo aceptaba y guiaba para ser mejor como quisiera serlo.

Harry entró a la sala que contenía la piedra de Knockturn, encontrándose con el mismo callejón sentado al lado de la piedra, jugando con lo que parecía un collar. Sentándose a su lado, Harry miró el collar.

—Es un regalo —dijo Knockturn—, para ti.

Curioso, y con una sonrisa de agradecimiento, Harry extendió su mano y tomó el collar. Era simple y de plata, con la runa Othila (un nudo hacia abajo sin atar) grabada en el medio de la pieza con forma de diamante.

Mirándola de nuevo, el significado de esta cayó sobre Harry. Othila era la runa de herencia…

—¿Knockturn? —preguntó, la garganta de Harry se sentía extrañamente cerrada y su pecho parecía querer explotar— ¿Esto significa lo que creo que significa?

—Al menos que ya no puedas leer runas sin que yo lo sepa, sí, Harry. Es Othila y al regalártela te marco como mi heredero… Bueno, técnicamente no puedo morir, soy un ser de magia y todo eso, pero eres como un hijo Harry, eres un hijo de Knockturn. Mi protegido desde el momento que tocaste este lugar. Te enseñé, entrené y ayudé en todo lo que pude y, ahora, hay poco que no sepas sobre la magia… la verdadera magia.

Harry miró pensativamente al collar en su mano, Othila, la runa de herencia. Knockturn es lo más parecido que Harry ha tenido a alguien que lo guiara y quisiera, lo más parecido a una figura paterna posible. Los gemelos para Harry se habían convertido en, algo así, como sus hermanos mayores, o sus tíos favoritos. Harry adoraba a los gemelos, las enseñanzas largas de Feodras y los abrazos cálidos de Darrius. Le reconfortaba la forma en que Feodras suele mostrar su aprecio, nada más que un apretón de hombros casual o despeinar su cabello, o como a Darrius le gustaba leer para él libros de pociones en las noches con pesadillas hasta que se durmiera, sin olvidar los extensos sermones sobre su cuidado personal y comer bien.

Los últimos años habían sido los mejores en su vida, los recuerdos de estos estaban teñidos de alegría y calidez, como un hogar. Noches de cena en la mesa con los gemelos, riñas cariñosas entre los gemelos y sobreprotección hacia Harry. Y ahora… este era el mejor regalo que Harry hubiese podido pedir.

También habían sido de aprendizaje, para ver aún más lados de las personas que sabía le asqueaban. La gente de Diagon le asqueaba, con las miradas y susurros a su paso de las pocas veces que Harry salió. Lo hacían los aurores, cada que realizaban una excursión por Knockturn, mancillando el lugar y llevándose alguien que era poco probable que volviera, con la gente del callejón vecino siempre vitoreando cada arresto, publicando por semanas en sus diarios sobre ellos y mostrando como el bien aún reinaba.

El bien era como una plaga escurridiza, cucarachas negándose a morir que volvían una tras otra multiplicándose y superando números.

—Pensé —dijo Knockturn, sacando a Harry de su mente y colocando una gran y cosquillosa mano en su cabeza—, ya que no vendrás a verme en tu cumpleaños. —Harry decidió ignorar el tono de reproche en su voz— Que este sería un buen momento para dártelo.

Sin poder contenerse, y comportándose por una vez de su edad, Harry abrazó la forma semisólida de Knockturn disfrutando la calidez y el cosquilleo contra su piel.

Sí, definitivamente, él había encontrado su hogar.

Albus Dumbledore miró fijamente la pluma que escribía las cartas para Hogwarts. Lo que sucedía tenía que ser un error, las salas estaban en perfecto estado y sus planes no tenían errores.

Siguió viendo la carta por otros veinte minutos, esto tenía que ser un error, una confusión en la pluma o un error en el hechizo sobre esta. Las letras en la última carta que escribió la pluma no cambiaron.

Señor H. Potter.

Habitación no legible.

Hogar no legible.

Calle no legible.

Inglaterra.

Con la desesperación de quien ve su obra maestra desaparecer frente a sus ojos, Dumbledore se apresuró a salir del castillo y aparecer en el número cuatro de Privet Drive.

Él no estaba contento, claro que no. Albus Dumbledore sentía el impulso demoledor de destruir todo a su paso como no lo sentía hace años, habían pasado décadas desde que uno de sus planes falló mínimamente, pero este… este parecía ser un caos.

Observando a la familia sentada rígidamente en el sofá frente a él, los ojos de Dumbledore brillando insanamente con ira reprimida, solo cuatro personas en todo el mundo habían podido ver siempre tras sus defensas por el brillo en sus ojos, uno de ellos encarcelados, otra muerta, uno más no tolera verlo y el ultimo no es nada más que hipótesis sin comprobar sobre su paradero.

Los Dursley, tan diferentes entre sí en apariencia como los hábitats en un zoológico, temblaban sutilmente en sus asientos, con hilos de babas cayendo desde sus bocas, las fosas nasales anchas y respirando enardecidamente, la piel cetrina, verdosa o morada (dependiendo a cuál miembro de la familia miraras), los ojos perdidos en un punto fijo en la pared detrás de Dumbledore y abiertos estúpidamente, cual ciervo ante los faros de un auto y esperando, sin moverse por la sorpresa y miedo de un final cercano, sabiendo que su destino condenatorio había llegado… y sus mentes (Albus pensó que en algún lugar el fantasma de Ariadna se estaba riendo profundamente de él), sus mentes estaban, extrañamente, no en blanco como uno esperaría tras un obliviate. Estaban en plata, cada vez que Dumbledore quería acceder a los pensamientos de los Dursley sobre donde abandonaron a Harry o como planearon hacerlo, la memoria empezaba a girar más y más rápido, con hilos de plata inundándola furiosamente hasta que lo único que vería seria ese color y, de un instante a otro, el plateado irrumpiría tras la mente de Albus, empujándolo salvajemente de la memoria. Al final, tras el salvaje ataque, él quedaba con puntos negros parpadeando en su visión y el rugido de un viento inexistente en sus oídos.

Caminando hasta la alacena bajo las escaleras mientras rechinaba sus propios dientes hasta el punto de ruptura, Albus abrió la puerta llena de cerraduras para comprender porque, por las barbas de Merlín, las salas habían mostrado al niño aun en ellas.

Fue el color rojo en lo primero que pensó. Seco, oscuro y sucio, el piso de la alacena estaba salpicado de sangre, años de ella, profunda, vivida y llena de dolor, las memorias de abuso y sufrimiento estaban grabadas con magia en sus paredes. La sala reconocía a Harry en ese lugar porque para el niño era el único lugar seguro en toda la casa, la única parte de ella siendo una versión extraña y, para nada correcta, de un hogar.

Deambulando por el resto de la casa, por primera vez en años, Dumbledore cuestionó sus propias decisiones. El dolor era visible, incluso casi palpable, en cada superficie y la magia misma parecía furiosa con él, dándole visiones cortas en cada superficie que miraba.

Ahí, en la punta del escritorio de Vernon Dursley, la cabeza del niño había chocado hace tiempo, y en el umbral de la habitación para invitados podía ver unos dedos pequeños, delgados y pálidos siendo aplastados una y otra vez. La ducha estaba impregnada con ríos de sangre y mugre inexistentes con el fantasma de un joven parado, tembloroso, escuálido y sufrido, apoyado precariamente contra la pared y el agua gélida golpeando su piel. El pasillo sonaba ante empujones añejos contra las paredes, el sonido de un cuerpo bajo y desnutrido siendo obligado a moverse y golpearse contra la misma, golpes fatales ante tal salud.

Albus volvió a bajar a la sala e ignoró todas las imágenes a su paso.

No había nada que él pudiera hacer, pensó. Harry Potter fue abandonado por sus parientes en algún lugar desconocido y Albus tendría que empezar una búsqueda silenciosa para no alarmar al mundo mágico. Pero antes, él tenía tres peones con el cerebro hecho papilla tras sufrir constantes ataques de Legeremancia en las últimas dos horas para rehacer. Quedarían secuelas, obviamente, pero nada demasiado notable según él.

Harry se despertó abruptamente por una mano sacudiendo su hombro. Con puro instinto gobernándolo, tras demasiadas bromas de Darrius al despertarlo, Harry juntó una mínima cantidad de magia en su mano y golpeó el pecho sobre él, enviando oleadas de magia extranjera al núcleo de la persona idiota que decidió despertarlo cuando, juzgando la escasa luz en su habitación, no había pasado demasiado tiempo desde que llegó al alba por hablar hasta tarde con Knockturn. La persona saltó y, a juzgar por el grito completamente agudo, se trataba de Darrius. El gemelo menor le lanzó una mirada fulminante desde el suelo, con sus extremidades temblando en pequeñas sacudidas por el shock ocasionado.

—Muy gracioso mocoso —le dijo, y si las miradas mataran, Harry estaría en estos momentos sumergido hasta el cuello en alguna poción que comería su piel lentamente y sin permitir que se desangrara, solo por el placer de no dejarlo morir. La sonrisa de Darrius se amplió y él tragó saliva—, un mes sin mis galletas por tu pequeño truco y levántate ya, Severus nos espera abajo. —Darrius se levantó aun sacudiéndose y con el pelo un poco en puntas, para luego salir de su habitación.

Cuando las palabras calaron en Harry, él estaba medio vestido y corriendo por las escaleras planeando como acortar su castigo.

—Darrius ¡LAS GALLETAS NO, TODO MENOS MIS GALLETAS!

—Quiero saber si entendí esto, ¿Mi carta de Hogwarts me mostraba sin ubicación, Dumbledore fue a Privet Drive y ahora está organizando una búsqueda masiva para encontrarme? —Severus asintió— ¿Dijiste que las mentes de los Dursley se llenaban de plateado cuando trató de averiguar dónde me dejaron?

—Al menos que los hechos hayan cambiado Potter y necesite repetírtelo, a juzgar por tus preguntas estúpidas como si tu cerebro tratara de comunicarse con tus neuronas y fallara, sí, Potter. —Harry se preguntó cuántas maneras encontrará Severus para decir su apellido con asco si le daba tiempo, él iba contando ciento veintisiete desde que lo conocía— Al tratar de realizar Legeremancia sobre ellos, el recuerdo giraba e hilos plateados lo invadían, expulsando a cualquiera que tratara de leer sus mentes, como tan amablemente Dumbledore hizo que intentara por tres horas.

—¿Plateado?

—Por Merlín, Potter ¿Te volviste a intoxicar con pociones mocoso? —Sonriendo para ocultar la vergüenza, que eso solo pasó una vez, Harry contó ciento veintiocho.

Plateado, solo podía pensar Harry, ignorando las mil formas que Severus tenía en este momento para desprestigia su inteligencia, él iba a adorar a Knockturn cuando lo viera más tarde. Primero, decidió, era más prudente preparar un café cargado para Severus, antes de que matara a alguien, o a él.

—No quiero ir ¡Me niego a ir! No iré. —Harry despotricó, una carta de Hogwarts con su dirección verdadera en la mesa. Los gemelos lo miraron firmemente y no retrocedieron— ¿Por qué debo de ir? Se mas sobre magia que cualquiera de ellos, ustedes me enseñan ¡Podría rendir mis exámenes en el ministerio y no tendría que pisar ese lugar! Por favor, no quiero ir…

—Harry —lo interrumpió Darrius, los ojos de los hermanos se suavizaron un poco, Harry sabía que había perdido—, tienes que ir, por el bienestar de todos. Sabes lo que ocurrirá si Harry Potter no se presenta a Hogwarts.

Harry miró hacia otro lado, sin poder enfrentarse a sus miradas.

—Ellos vendrán aquí —Harry dijo, un peso invisible sobre sus hombros y sus puños se cerraron en impotencia—. Entrarán al callejón a buscarme, lo sé, arrasarán con cada tienda por mí. Pensaran que están corrompiéndome y, lo más probable, es que los persigan a ustedes dos ¡Lo sé! ¡Yo lo sé! ¿Si? Solo es… no quiero separarme de ustedes, no lo soportare y no los soportare a esos —susurró Harry, las palabras siendo cada vez más difíciles—… esos magos de luz. —Harry sentía que acababa de decir una blasfemia, pronunciar la etiqueta de esas bestias— Querrán manejar lo que aprenderé, limitarme y hacerme ver el bien. Ellos, con su normalidad, etiquetas de oscuros y criaturas… No sé si podré soportarlo.

«¿Qué si uno de ellos descubre donde he estado todo este tiempo? ¿Si terminó por maldecir a alguien con hechizos que no debería saber? Tengo miedo, de arruinarlo y perderlos».

—Oh Harry —dijo Darrius, y procedió a abrazarlo como Harry amaba. Calidez, familia y hogar envolviéndolo. Él no quería perderlos.

Una mano de Feodras se deslizo por su pelo, el gemelo mayor abrió sus labios para hablar. Un golpe en la puerta no se lo permitió, ellos estaban aquí.

Harry miró pesadamente la varita en su mano. Se sentía antinatural el usar una, caliente y opresiva, la varita parecía que sería su mayor problema. Ollivander había estado ansioso por vendérsela, acebo y pluma de fénix, hermana de quien asesino a sus padres. Habían probado demasiadas varitas como para contar, Harry ya estaba decidido a no comprar una, asqueado por cada varita que tocaba, cuando Ollivander sacó esta y habló sobre el par perfecto. La varita apenas había sacado chispas, pero parecía suficiente para el anciano escalofriante.

—¿Listo para ir, Harry? —Darrius puso una mano en su hombro mientras Feodras cargaba las compras.

El día era horrible, con esa carta al amanecer y la visita de Dumbledore. El viejo mago se sentía y veía mal, con magia su magia de un gris enfermizo como la que solía estar en Privet Drive bajo la sala de sangre.

Viejo manipulador. La magia reaccionó ante la presencia del mago, ondulando en advertencia y señalando a un obstáculo que podría ser mortal.

Con cuidado, Kappi.

Dumbledore había sonreído como un abuelo santurrón, lamentando el haberlo dejado con los Dursley y esperando que Harry se desarrollara perfectamente en Hogwarts. Harry había pasado toda la reunión con los nervios de punta, viendo a Feodras manejar al mago y contar en rasgos simples y grandes como Harry terminó ahí.

Dumbledore nunca lució amenazador, o mostró cualquier cosa más allá de su imagen, pero Harry podía verlo. El anciano nunca lograría engañar la vista de Harry, su magia se movía furiosa con todo y la irritación era palpable.

Dumbledore mencionó que esperaba que Harry logrará pasarla perfectamente en Hogwarts.

¿Tu perfecto o el mío, chiflado manipulador? Harry había querido decir, pero cerró la boca y acompaño al mago a la salida.

—Harry —llamó de nuevo Darrius.

—Sí, vamos.

...*...*...

Capítulo dedicado a Maddy. Pediría teorías o algo así, pero no creo ni sé si el fic da para eso.

Gracias a todos los que leen y apoyan la historia.

¡Saludos!