Las vacaciones de verano eran extrañas para Harry. Él estaba en esta casa sobrepoblada con privacidad casi nula, con apenas unos momentos para sí mismo cuando se escabullía con Weasley y Luna hasta su pequeño lugar bajo tierra. Entrar a su escondite se parecía a entrar en las salas de Knockturn, el corazón de Harry se apretaba dolorosamente cada vez que caminaba por el estrecho túnel y, a veces, pensaba que podía ver la piedra maestra de las salas en el centro con Knockturn apoyado perezosamente contra ella, listo para su siguiente lección o moviendo sus manos para narrar escenas de sucesos históricos para Harry. Luego, Harry parpadeaba y su lógica le decía que era su imaginación.
Por otro lado, tenía que suprimir constantemente acciones que nunca antes notó, como la manera en que cada vez que le surgía una duda, el nombre de Feodras rodaba por sus labios y como tras una pesadilla sus manos se movían solas para buscar el fantasma de Darrius, quien poseía un sexto sentido para cuando Harry lo necesitaba. Había momentos en medio de la noche en los que Harry caminaba con el sueño dominando sus pensamientos y tropezaba magistralmente con las paredes y escaleras que no pertenecían a su hogar. Era doloroso, vagar por pasillos que no le eran familiares, mirar por la ventana y ver praderas y verdes donde debería de estar el bullicio silencioso de un lugar acostumbrado a querer pasar inadvertido. Escocía, del modo en que a Molly Weasley se le rompió un vaso contra el suelo en la madrugada y Harry había saltado, listo para observar otra redada en el callejón y ver un lugar más ser destruido y pisoteado injustamente, cuando sus manos agarraron el aire donde en su habitación en Panacea había un perchero con sus túnicas más usadas, sus pies dando pasos demasiados largos para salir de una cama más pequeña que la suya y tropezar con la punta de la de Ronald Weasley, parpadeando aturdido con el naranja brillante quemando sus pupilas mientras le advertía que este no era su hogar.
Eran cosas pequeñas y cotidianas, que dejaban su garganta cerrada, sus ojos ardiendo y terminaba viendo espectros de dos personas castañas arrastrando los pies por las mañanas, mirar de nuevo y ver a los gemelos Weasley. Era el sonido caótico de una cocina que, si forzaba su imaginación, cambiarían al movimiento metódico de un pocionista al revolver, medir, cortar y hervir en su trabajo, o ver la sombra de un hombre mientras pasaba las páginas de un libro al lado de la chimenea, parpadear y que fuera Arthur o Percy Weasley.
Por esto, Harry trataba con todas sus fuerzas pasar el menor tiempo posible dentro de la Madriguera y, quizás, ese era el motivo por el cual se encontraba observando a Arthur Weasley jugar con sus cosas muggles.
Muggle ¿Qué podía saber esté mago sangre pura sobre eso? Así tuviera la, en su opinión ridícula, etiqueta de traidor a la sangre o no, Arthur Weasley era solo un mago más que jugaba a adorar a los muggles cuando apenas comprendía lo que era la electricidad o sabia como se vestían. Si en verdad este hombre tratara de comprender a los muggles, podría acceder fácilmente a material sobre estos. Era un mago, no un idiota, el concepto de este mundo sin magia no era imposible de comprender y los magos poseían más de un libro de luz escritos por nacidos de muggles y magos por igual sobre cómo funcionaba este.
¿Qué pensaba Arthur Weasley que los muggles eran? Hablada de ellos como si fueran mascotas adorables o juguetes coleccionables, acumulando basura de estos y desarmándola hasta terminar inútil a un lado. Su único buen proyecto era el auto que estaba hechizando en este momento, pero ni tanto, el otro solo aplicaba los hechizos de limpieza y reparación generales, encantamientos para volar e invisibilidad, pero Harry podía ver que ese vehículo necesitaba una revisión mecánica urgente.
—¿Señor Weasley?
—¿Si, Harry?
—El encantamiento de invisibilidad no es estable ¿Consideró el usar runas? —El señor Weasley detuvo sus lanzamientos y miró a Harry como si acabara de resolver un problema universal.
—¿Runas? No, no lo había pensado, en realidad, solo tome Estudios Muggles y Cuidado de Criaturas Mágicas en Hogwarts, pero es una gran idea Harry, debería de hablarlo con Bill.
—¿Qué tanto sabe de sobre los muggles, Señor Weasley?
—Bueno, son muy curiosos ¿No? La manera en que se resuelven sin magia, tienen esto llamado telfevidor que…
Mientras Arthur Weasley hablaba, Harry tuvo que recordarse a sí mismo que todo esto era por un gran motivo.
…
La Madriguera era un completo desorden, con un flujo constante de magos que entraban y salían del lugar en susurros preocupantes y miradas paranoicas. Harry y los demás menores habían sido enviados arriba en el preciso instante en que Molly Weasley recibió un búho por parte de Dumbledore.
Ahora, Harry podría haber usado solo un poco de su magia para dormir a Ron Weasley y que este no le viera sentarse en el suelo para extender su magia y vista hacia el piso de abajo. Era caótico, demasiadas firmas de magia y emociones mostradas en un solo lugar, las voces se alzaban una sobre otras y un hechizo debió de estar en su lugar como para que los gritos no llegaran a toda la casa, pero Harry captó dos palabras importantes en todo esto: fuga y Sirius.
Tuvo que preguntarse, entre lo que su magia furiosa se calmaba, que tanto le dolería a Riddle el perder a uno de sus mortífagos.
Tres golpes precisos en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones y Severus Snape entró al lugar. Mirando casi como si lo esperara, Severus deslizó su atención Ronald Weasley, tirado de forma extraña sobre su propia cama, y él.
Harry trató de poner la mirada más inocente que pudo, Severus enarcó una ceja estoica, si es que las cejas podían ser estoicas y si no podían, el profesor de Hogwarts acaba de lograrlo.
—Sospeché que intentarías algo como eso —dijo Snape y continuó: —. Quizás, hay una cosa o dos de la que debamos hablar, sobre Black, como sospecho que ya sabes, y tu nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Pensé, como me lo dijiste, que Gilderoy Lockhart sería mi profesor este año. —Severus arrugó sus labios en una mueca de despreció y, ante el veneno que contuvo su respuesta, Harry se preguntó a cuál de los dos candidatos a profesores Snape odiaba más.
—Hubo un cambio repentino de planes gracias a la fuga de Black, Dumbledore cree que mantener a Remus Lupin cerca, un antiguo amigo de Black y tu padre, será de ayuda para encontrar a este mismo.
«Por cierto, Potter. —Harry entró en alerta ante el uso de su apellido y miró a Severus en clara duda— La próxima vez que organices alianzas secretas con Señores Oscuros poderosos, sería valorada una advertencia.
Harry palideció, Severus sonrió mínimamente antes de entregarle una pequeña nota doblada y se retiró. Abriendo la nota, leyó:
"Recuerda nuestro trato".
Sagrada mierda.
…
Conseguir la ubicación de los Flamel no fue algo difícil, uno no vive seiscientos años en el mismo lugar, viene de una familia casi igual de antigua y es un alquimista famoso sin que la gente sepa dónde está.
Tampoco lo fue escapar de la Madriguera, aún con los magos desconocidos custodiando el lugar y la constante alerta de todos, Harry tenia años de práctica de escabullirse por el callejón Knockturn ocultando su magia y cambiando su apariencia como para dejar que unos simples aficionados le atraparan. Además de que dejar una simple ilusión de él dormido tampoco fue difícil y, si esta pequeña aventura salía bien, él disponía de un nuevo método para salir del radar de Dumbledore por unas horas.
El problema, pensó Harry, radicaba en la barrera de protecciones que rodeaba toda la propiedad. Era enorme, de color índigo y tan antigua que rezumaba poder por todos lados. Harry no sabía si iba a poder pasar el lugar sin alertar a la Sala.
Lentamente, se acercó hasta el borde de la barrera y observó su magia correr. Como cada vez que la veía, no pudo evitar mirar fascinado la magia. La energía, poder y fuerza moviéndose libremente, salvaje pero astuta, era un espectáculo privilegiado que estaba desapareciendo lenta, pero constantemente. Los magos preferían ignorar que sus hijos nacían cada vez más débiles, generación tras generación, de sangre contaminada y creencias aplastadas. Harry sabía, de las historias narradas por Knockturn, que los magos antes habían sido poderosos, en diferentes niveles, pero poderosos, con voluntades que hacían temblar la tierra y hazañas casi consideradas imposibles por algunos; y existencias pacíficas, pero llenas de conocimientos y descubrimientos por otros.
Habían estado unidos a la magia, hoy, no eran más que el polvo que escapaba de las pisadas feroces de la luz, quienes bailaban y gozaban de aplastar lo que los contradecía.
Harry tomó una respiración profunda, su magia danzó a través de su cuerpo lista para lo que debía hacer, las yemas de sus dedos escocían de forma adictiva y sabía que sus pupilas debían estar dilatadas por la emoción. Rápidamente, su mano se precipitó hacia la barrera y la magia de Harry se disparó en todas direcciones desde sus dedos. Se expandió, trepó y tejió a través de toda la barrera, sintiendo todo, el índigo se vio envuelto en verde cuando, en un latido de poder pulsante después, las protecciones parecieron opacarse y Harry sonrió enormemente ante el triunfo mientras atravesaba el lugar sin problemas ni alarmas.
Ahora, disponía de diez minutos máximo para encontrar la piedra filosofal en una mansión enorme. Merlín bendiga a la Vista Mágica y los rastros de magia dejados por los objetos poderosos, Harry estaría perdido sin ellos. Aun así, no se relajó, las protecciones podrían resultar ser más poderosas de lo que calculó y el ambiente dentro de la mansión le pareció extraño.
Él no sabía que esperar de los Flamel, quizás un lugar impecable y que gritara asquerosamente rico por todos lados, aunque no esto. El lugar aún tenía escrito dinero por doquier, pero la cantidad de objetos en todo el hogar le sorprendieron. Cada superficie disponible estaba cubierta por estatuas, jarrones, alfombras, telares, joyería, cubertería y más cosas para las que no tenía nombre, parecían provenir de culturas diferentes, cada uno era una pieza de arte único, algunos no parecían más que recuerdos comprados en tiendas comunes, y otros estaban puestos tras vidrieras de exhibición; los muebles no coincidían entre sí, mezclando estilos y orígenes como un niño pequeño jugando a decorar y había habitaciones abarrotadas hasta sus techos.
Supongo que uno no vivía seiscientos años sin acumular algunas cosas.
Un poco impaciente, Harry avanzó por la mansión hasta llegar a lo que pensó que sería la habitación principal. Dos figuras dormían en esta, los Flamel, y al lado suyo, dentro de una mesita, una luz rojiza brillaba en la oscuridad del lugar.
—Dime una sola razón para que no te saque a patadas de aquí, ladrón.
Por el susto, Harry casi grita y tira un jarrón decorativo del lugar. Volteándose, vio a una niña de no más de 9 años, era de color índigo, llevaba un vestido simple y liviano de cuello cerrado con muchos botones por el medio de este junto a un kimono abierto con diseño floral. Usaba pantuflas, tenía anillos y pulseras de diferentes estilos y un collar celta, un torque, era rígido y redondo, abierto en la parte anterior, como una herradura circular con una cabeza de oso en cada punta y en su pelo de rizos largos había plumas trenzadas con perlas, botones, cintas de cuero o seda, monedas colgaban en la punta de otras trenzas y Harry juró ver un hueso o dos en otras.
Era la Sala, tan caótica como la mansión que protegía.
—¿Y bien, niño bonito? Tu pequeño truco, aunque poderoso, dolió su buena parte ¿Vas a decirme porque estás aquí o deberé despertar al señor Flamel? —espetó la niña. Los ojos, como Knockturn, eran un solo color uniforme de índigo, inquietantes y abiertamente hostiles.
Harry pensó rápidamente que decir «¿Perdona, solo iba a robar lo que mantiene vivo a Flamel y dárselo al Señor Oscuro?». Bonito, Harry no alcanzaría a parpadear antes de ser arrojado fuera o con los aurores.
—No será necesario, Enid, ya estoy despierto.
«Oh, él estaba tan muerto».
Harry se giró, ahora frente a él, Nicolás Flamel se veía extrañamente joven y para nada feliz.
…
La habitación era silenciosa, a excepción del crepitar de las llamas en la chimenea, los dos magos se miraban fijamente con hostilidad y diversión respectivas, una mesita con té los dividía y a su alrededor una enorme cantidad de objetos variados amenazaban con poder caerse si alguno se movía.
Era una pelea de voluntades, Flamel quería medir al joven mago sentado frente a él, con los tobillos juntos y la postura recta. En guardia, nervioso, cual niño en la clase de su profesor más severo en medio de un examen.
Podía notar el pulso del otro, acelerado, en el leve palpitar de sus sienes y cuello. A juzgar por el movimiento en la punta de sus zapatos, los dedos de los pies se contraían en impaciencia constante y está ya era la cuarta vez que Potter aclaraba su garganta.
Pobre niño, si hay algo que el tiempo le enseñó a Flamel fue paciencia, y como sacar de sus casillas a su enemigo.
Flamel se reclinó tranquila y elegantemente sobre el juego de té en la mesita posicionada entre ellos, se sirvió otra taza tomando extremo cuidado de elevar la tetera, para que la bebida al caer generará más ruido, y si movió su cucharilla más fuerte de lo necesario contra los bordes de la taza tampoco era su culpa.
Las venas en el cuello de Potter parecían a punto de estallar.
—Lindo día ¿No? —dijo, y escondió su sonrisa bebiendo un sorbo de té cuando el joven Potter lucia listo para acuchillarlo, con su propia cucharilla de té. — Mi Perenelle dijo que está noche tendría una temperatura perfecta para usurpar la casa de alguien, pero ¿Quién sería tan idiota para hacer algo como eso? Nadie ¿No?
Ah, las venas de Potter alcanzaron una nueva escala de amenaza de muerte por explosión súbita de estas.
—Por favor, deje de bromear.
—¿Bromear? Oh no, Potter, esto lo comentó mi quería Perenelle esta mañana —dijo Flamel, luego le sonrió a Harry ancha y afiladamente. Por un momento, el hombre se pareció a aquel gato sonriente que Harry solía ver en los cuentos infantiles de Dudley.
Estoy jugando contigo, lo sabes, y no puedes hacer nada, pequeño e insignificante ratón.
Algo en Flamel era extraño. Por fuera, era normal (todo lo que un mago con siglos de antigüedad pueda ser) desde los rizos rubios, pómulos afilados y extraños ojos cian que le recordaron a Harry a un depredador dominando el lugar. Cada movimiento y expresión en el lugar parecían ser vistos, analizados y clasificados por él.
Pero, lo que parecía raro no era la naturaleza de la mirada en Flamel, lo era su magia. Si Harry debía de describirla con una palabra, esta sería "libre". Lo era porque, a diferencia de todos los magos, la magia de Flamel carecía de un circuito, no se disponía en conductos o líneas que recorrían todo el cuerpo con la dominante siguiendo el brazo de varita, no tenía núcleo mágico o esa imitación al sistema sanguíneo que suele hacer la magia, era simplemente libre. Cada centímetro de Flamel se iluminaba en su color, siendo de aspecto salvaje, pero en control, estaba en completa sintonía con él.
En resumen, Flamel parecía una lámpara humana de color cian.
—¿Ha terminado de examinar mi magia, joven Potter?
—¿Cómo lo…? —Harry se detuvo, Flamel le sonrió de manera sarcástica.
El creador de la piedra le miró otro largo rato, poniéndolo de los nervios mientras sorbía de su té y manejando la conversación a cualquier lado menos a donde Harry quería llevarla.
—Usted sabía que venía.
—Por supuesto, te lo dije, Perenelle me lo advirtió.
Harry parpadeó dos veces y Flamel le ofreció galletas.
—¿Va a llegar a algún lado? —preguntó Harry. Como en una ocurrencia tardía, la niña sala, Enid, apareció al lado de Flamel.
—Debería de echarlo de aquí, señor Flamel. No es más que un ladrón sin modales, mira que meterse de esa manera en mi matriz, eso dolió. —Flamel acarició la cabeza de la niña en consuelo y miró a Harry oscuramente por eso.
—La próxima vez, señor Potter, envié una lechuza y la prestación de la piedra puede ser acordada por un precio acorde.
—¿Qué usted qué? —balbuceó Harry, el té en su taza salpicó la mesita al ser depositada bruscamente. Flamel se reclinó sobre su asiento, agazapado con los codos en su rodilla, las manos unidas, la mirada fría y los ojos cian parecieron absorber la luz del lugar. Su imagen era peligrosa, el gato sobre el ratón, manteniendo a su presa en una esquina y listo para saltar.
—¿Cuántos años cree que tengo?
—¿Disculpe? —soltó Harry.
—Vamos, señor Potter. —Flamel moduló. Carente de humanidad, la simple oración atravesó la habitación y se repitió en un eco atemorizante de voces ajenas y espectrales. Harry no pudo evitar mirar a todos lados. —No creerá ese viejo chisme de que solo tengo seiscientos años ¿O sí? Potter, estamos hablando de la vida eterna ¿Cómo podría en una, corta e insignificante, vida humana lograr conseguir la piedra?
En un parpadeó, Flamel estaba sobre Harry, los ojos relucientes en excitación y poder a solo centímetros de él, las manos del otro mago se cerraron sobre los apoyabrazos del sillón y, de repente, estaba atrapado.
—Yo, Harry Potter, vengo de los principios mismos de la magia, pasando de un nombre a otro, de lugar en lugar para cubrir mi larga existencia, uno de los primeros magos.
» Soy inmortal gracias a la magia, no una piedra ¿No lo ves? Mi magia, la forma de esta, es lo que permite mi larga vida. Soy un ser de magia, Harry Potter, la meta de todo ser mágico, lo que deberían de ser.
» Soy la sombra de grandes magos, he vivido tanto que camine por tu adorado callejón al formarse, observe a Hogwarts alzarse y a los magos cambiar.
Flamel se separó de Harry y comenzó a caminar entre sus objetos, su velocidad y agilidad en ello solo delataron siglos de dicha costumbre. Tomaba algunos y los cambiaba de lugar, una lanza antigua fue puesta junto al busto de alguien a quien Harry no conocía y un sombrero de aspecto extraño adorno la cabeza de este.
Harry espero paciente a que Flamel volviera a hablar, el otro mago parecía disfrutar de llevar a la gente al límite con sus silencios.
—La piedra fue un regalo para Perenelle, la hice para ella. La quería a mi lado y su corta vida parecía ser un impedimento para ambos, es ahí donde Nicolás Flamel surgió.
» El gran alquimista Nicolás Flamel, consiguiendo la piedra filosofal con alquimia que no necesitaba de un intercambio justo, logrando lo imposible. —Flamel volvió a sentarse, la tristeza pareció cubrir sus facciones y de su bolsillo sacó la piedra nombrada, colocándola en la mesita de té. —Esto, en un principio, me trajo más desgracias que nada. La gente parecía competir por ver quién podría robarla, pero no se tiene mi edad sin saber un par de cosas.
» Fue cuando el comercio de la piedra comenzó, como todo invento humano, fui capaz de usarla a mi favor ¿A cuántos crees que les di acceso a la piedra? —La tristeza dio paso a la presunción como si nunca hubiese existido y Flamel sonrió cual lobo.
—¿Me está diciendo que comercia inmortalidad? —preguntó Harry incrédulo.
—Es un modo de verlo si, pero no a todos. Solo a quienes me convienen, joven Potter, poderosos influyentes que dependen totalmente de mí. No obstante, vamos al punto importante, ¿qué me darás a cambio del elixir?
La ira inundó a Harry como una ola poderosa estrellándose contra él en un día tranquilo, Flamel no sonreía, pero sus ojos lo hacían por él. Harry comprendía en lo que se estaba metiendo, era todo por sus gemelos, y cualquier precio valdría la pena ¿El problema? No tenía nada para ofrecer, solo era un niño famoso por nada y sin conexiones reales, Flamel era un inmortal, una sombra acechante que lo poseía todo ¿Qué podría Harry darle?
La amenaza de las lágrimas nubló su visión y Harry agachó su cabeza para evitar que Flamel las viera. Las debió notar, sí, pero Harry no le concedería el poder verlas. ¿Esto sería todo?
«¡MIRANOS! ¡Mira como nos tienen! ¡Es tu culpa ¿Por qué no haces nada?».
No.
Harry no podía rendirse ahora. Levantó su mirada y el verde flameante fulminó a Flamel, su magia reaccionó protectora como las alas de un caído tras Harry, plumas de verde luminoso incendiándose como el antaño temido fuego griego. Era un desesperado dispuesto a todo por triunfar.
¿Qué crees que puedo darte? Decían, y Flamel sintió la satisfacción de sus sospechas confirmadas.
—Kappi —dijo Flamel, un susurro contra el borde de su taza, una sola palabra que rodó casi silenciosa de entre sus labios, pero que pareció sonar como el grito de guerra de los guerreros celtas más temidos y, como un golpe directo a Harry, conseguía sacar de balance a las legiones romanas antes del exterminio de dichas tribus.
—¿Cómo dijo? —preguntó Harry. Su corazón parecía querer salirse de su pecho y el pánico corría imparable por todo su cuerpo. Esta era la primera persona, el primer mago, qué se dirigía a él por ese apodo.
Harry no conseguía adelantarse a Flamel, su última carta dicha como si fuera un comentario cualquiera en una reunión social. Flamel era imparable, la sombra que maneja al titiritero.
—Es extraño que Magia eligiera tal sobrenombre para ti, en nórdico antiguo, nada menos. Kappi: campeón. El campeón de Magia ¿Sabes algo, Harry Potter? No eres la primera apuesta de Magia, ni serás la última, si los resultados son igual a la de los anteriores.
» Ha habido varios a través de los siglos, los he presenciado todos. Cada uno llevaba un nombre diferente, a veces metas distintas, pero eran todos de Magia».
La habitación temblaba, no, era Harry. Impotente, con sus uñas clavándose en su piel tratando de conseguir algo de control.
—¿Qué quieres? ¿Qué me queda para darte si eso no significa nada? —Flamel rió como si fuera una noticia alegre.
—No dije que fuera nada, señor Potter, solo que no es noticia nueva.
» Voy a dejar las cosas claras —anunció Flamel. Tomó la Piedra entre sus manos y la admiró a contra luz. —, sé sobre tus guardianes encerrados, a donde realmente están y, también, que buscas sacar a una de mis piezas del funcionamiento. Aunque, debo admitir, que Albus ha sido especialmente rebelde los últimos años y su objetivo ya no me es beneficioso.
» Quizás. —Flamel le extendió la Piedra a Harry y el cian en su mirada se oscureció hasta parecer una extraña imitación de un mar tormentoso— Por esta vez, Magia y yo estamos del mismo lado.
Harry agarró la Piedra Filosofal preguntándose si él terminaría siendo el títere o el titiritero para Flamel.
…
Harry estaba sentado al lado de la ventana más grande en la casa Weasley, los mismos tonos de verdes se veían por esta y la calma reinante afuera aun lograba ponerlo de los nervios. Claro, los Weasley no eran nada sino una sinfonía constante de ruidos, bromas y preguntas gritadas de un piso a otro de la Madriguera, pero no era la clase de sonidos que Harry extrañaba.
Era absurdo de su parte gastar su tiempo en observar siempre el mismo lado de la casa y sentarse en la misma ventana, pero este era el único lugar que la mayoría de los Weasley parecía evitar como la peste. El lugar de observación de Harry estaba al lado de la única estantería con libros que compartían en la casa, eran todos de segunda mano y la mayoría no era más que novelas, pero era tranquilo y nadie más que Percy, Arthur o Molly Weasley se asomaban, muy ocasionalmente, a buscar uno. La familia guardaba sus libros de interés propio en sus habitaciones respectivas; y esa era otra diferencia con el hogar de Harry, Feodras y su bibliofilia ocupaban dos habitaciones unidas y expandidas mágicamente, sean sus libros o no, todos terminaban ahí.
Casi podía sentir el calor de la chimenea, junto al crepitar de las llamas y el olor a tinta, pergamino y libros viejos, con el sonido de las paginas crujientes al ser volteadas y el susurro rugoso de un dedo deslizándose sobre las palabras impresas.
En esos momentos, Harry estiraba su magia y, sin querer, llamaba inconsciente a libros que nunca vendrían o terminaría con alguna novela rosa de la señora Weasley, un tomo extremadamente grande e innecesario de Percy o alguna revista Muggle de Arthur Weasley.
Pasos fuertes y pesados resonaron por las escaleras y Harry lo ignoró a favor de ver, por séptima vez, la misma página de la revista muggle sobre carpintería.
«Mejor esto que El Profeta» pensó Harry.
—POTTER ¡MALDITA SERPIENTE! FUISTE TU ¿VERDAD?
El grito salvaje advirtió a Harry lo suficiente para esquivar a un furioso Ronald Weasley a punto de atraparlo.
Harry se estaba volviendo lento, y Ron Weasley cada vez se parecía más a su pelo, que Harry lograra evitarlo pareció enfurecerlo.
—TU, MALDITO ASESINO, ¡NO HUYAS!
Miró al chico Weasley y no pudo evitar resoplar incrédulo.
—¿Asesino? ¿De qué, exactamente, me estas acusando? —preguntó Harry
—Scabbers no está ¡Mataste a Scabbers! Lo sé, había sangre y pelos de él en tu cama —dijo Weasley, un dedo, mal educado y acusador, señalándolo.
—Oye, Weasley, sea quien fuera este tipo Scabbers…
—Rata —interrumpió Weasley —, Scabbers es una rata.
Harry miró al otro adolescente como si este fuera idiota y, por el nuevo tono de rojo en la piel del contrario, este pareció notarlo.
—¿Me acusas de asesinar a una rata? Weasley, por Merlín, ¿En qué me beneficia matar a tu rata? —Ron rugió de rabia y se abalanzó sobre Harry, este volvió a esquivarlo. Ronald cayó al suelo para pararse rápidamente y el sonido del altercado fue suficiente para atraer a la señora Weasley al lugar.
Cuando el regaño de la mujer terminó, Ron Weasley miró a Harry como si este fuera el origen de todos los males y dijo:
—Sé que fuiste tú, Potter, serpiente rastrera. No podías soportar el estar lejos de tu nido oscuro y tuviste que dañar algo ¿No es así, cría de Abstrahunt?
Harry tuvo suficiente, en largas zancadas salió de La Madriguera, ignorando los gritos de la matrona Weasley para que volviera, y avanzó velozmente hacia el bosque.
Estúpido Weasley ¿Quién creía que era? Como si Harry necesitara torturar animales en primer lugar, ni siquiera sabía que Weasley tenía una mascota para empezar.
A medida que su rabia mermaba, el número de árboles intactos aumentó considerablemente y Harry fue dejando atrás suyo un sendero claro de destrucción hasta la entrada de la cueva secreta del otro Weasley. Luego cubriría el desastre, pero era mejor que desapareciera de la vista hasta que ya no quisiera asesinar a alguien y volver verdaderas las afirmaciones contra él.
Dentro, Harry tomó respiraciones profundas, caminando de un extremo a otro del lugar y, quizás, dejando una quemadura o dos en las paredes. Sería distinto si estuviese en Knockturn, el callejón probablemente lo haría entrenar hasta dejarlo puré. Luego, Harry tendría que meditar agotado durante horas sobre los orígenes de su estupidez, y, una vez que Knockturn estuviera satisfecho, lo dejaría irse.
Si su furia fuera sabida por los gemelos, le seguiría una mirada de Darrius, quien lo estaría esperando al lado de la chimenea. Sin preguntar, el gemelo menor lo dejaba irse y volver a su antojo, Harry no sabía porque, pero Darrius parecía comprender cosas sin necesidad de que él se explicara; solo palmearía su pelo y lo encaminaría hacia Feodras, quien estaría esperando por él. Siendo el más controlado, el gemelo mayor sabia escuchar a Harry y que decir para guiarlo hacia la calma. Claro, después de asegurarse que Harry estaba bien, Feodras le daría la charla sobre comportarse, seguridad y "Haz todo lo que yo haría y nada que Darrius sí. Merlín nos libre, eres tan impulsivo como él".
A Harry se le escapó una risita, los recuerdos fueron suficiente para quitar la niebla de sus pensamientos y se sintió tan ligero como una pluma. Con un suspiro que soltaba todas sus emociones, Harry se sentó en el piso listo para ejercitar su mente y sumergirse en las profundidades de la magia.
—Ríes como Lily.
—¡¿QUÉ DIABLOS?! —gritó Harry. Se giró y levantó tan rápido que su cabeza dio vueltas el tiempo suficiente para que la persona que habló se abalanzara sobre él. Inmóvil, el intruso aprisionó las manos de Harry sobre su cabeza y le miró sonriente.
Sirius Black.
Una versión pálida, esquelética y desastrosa de Sirius Black le sonreía a Harry como si este fuera su salvación. El hombre se veía horrible, pelo negro largo y endurecido en suciedad, barba enmarañada que ocultaba la mitad de su rostro y los dedos en sus muñecas se sentían tan delgados que Harry pensó que podría librarse con facilidad del agarre. Los ojos grises de Black le miraron y, como un fantasma, los rasgos del hombre se vieron cambiados, el pelo negro se volvió castaño y Darrius le miraba perdido, como una persona que llevaba décadas sin contacto humano y lo había perdido todo.
—¡NO! —gritó Harry, su magia se movió para él y Black salió disparado contra la pared de la cueva — No vas… —Harry no podía respirar, el dolor cerraba su garganta y la piedra en su bolsillo pesaba tanto que amenazaba con derribarlo— No de nuevo, tú no eres ellos ¡Eres Black!
—Bueno, al menos que uno de mis deseos se cumpliera, sí, sigo siendo un Black.
—Voy a matarte —exclamó Harry y avanzó hasta Black, este le dirigió una extraña mirada y gritó:
—¡ALTO AHÍ, CACHORRO!
Harry se detuvo ¿Acababa Black, un preso de Azkaban, traidor de sus padres y asesino, llamarlo Cachorro?
—Nunca sabrás la verdad si lo haces —dijo Black y, como si no pudiera mantener la boca cerrada demasiado tiempo, agregó — Además, si en realidad ocurrió de lo que me acusan, no me hubiese dejado atrapar tan fácilmente.
Harry observó a Black cuidadosamente, mirarlo le era difícil sin imaginarse a sus gemelos en esa situación, pero ver su magia le era más fácil e igual de doloroso. La magia de Black parecía llorar, si es que pudiera, inmóvil, pero quebrada.
Culpa y pena.
En el modo en que parecía retraerse cada vez más, lentamente, se encogía en sí misma en sintonía con su mago. El dolor de Black le afectaba, pero el mago parecía tranquilizarse con su magia también. Black tenía demasiado control en su magia.
—Habla.
—No lo sabes, nadie lo sabe —comenzó Black, la voz ronca por falta de uso y los ojos perdidos en la pared tras Harry.
…
Cuando Harry regresó a La Madriguera, un gran perro negro caminaba detrás de él hasta el borde de la propiedad.
—Bien, vas a quedarte aquí, todo lo que hago es monitoreado por la señora Weasley y si le escribe sobre ti a Dumbledore estaremos en problemas. —El perro gimió lastimosamente y ocultó sus ojos detrás de sus patas. A Harry se le escapó una risita ante el acto— Espera aquí, volveré más tarde y te llevaré a un lugar seguro.
Harry avanzó hasta entrar a la casa Weasley y puso su mejor cara de cachorro pateado para la señora Weasley, se disculpó por escapar y la mujer solo lo envió con una palmadita en la cabeza hacia la cama. Ginny Weasley le miró todo el tiempo mientras subía las escaleras, su mirada cambiada entre la cara de Harry, en busca de algo, y la obvia manía que había adquirido de meter su mano en su bolsillo para revisar la piedra.
No podía esperar más.
Fingió estar dormido durante horas mientras las demás personas en el lugar sucumbían al sueño. La respiración controlada y la cara apacible, tuvo mucho tiempo para pensar en lo que Sirius Black le había contado.
Guardianes secretos, presos sin juicio y animagos ilegales. Los problemas parecían acumularse sobre los hombros de Harry y ahora, no solo debía de preocuparse por conseguir a los gemelos, sino de que a su recién aparecido padrino no le besaran los dementores. No es que Harry odiara la aparición de Black, pero la verdad desenterrada con él era dolorosa y la telaraña que debía destruir parecía infinita.
Aun así, hasta hace unas horas Harry había odiado al hombre con toda su alma y resultó ser inocente, era difícil combatir la amargura que el nombre de Black le traía, pero el hombre parecía entrar pateando y saltando sobre todas las barreras de Harry con su actitud alocada.
Sirius Black también tenía sus propios problemas por resolver, lo sabía, el hombre había confiado ciegamente en Dumbledore y este ni siquiera le ofreció la oportunidad de un juicio. El animago había tenido por años arraigado en si el odio a la oscuridad, pero la luz lo había pisoteado tan fuerte que ya no sabía hacia dónde ir.
Harry tenía una idea de a quién recurrir para ayudar a Black, pero había cosas que resolver y, con la determinación en mente, se movió silenciosamente siguiendo la misma rutina que uso para escaparse antes. Se aseguró que Ronald Weasley durmiera, una ilusión suya en su cama y la magia cubriendo sus pasos fueron suficiente para salir del lugar. Cuando llegó al límite de la propiedad, Sirius Black en su forma de perro salió de entre los arboles avanzando hasta Harry. Contento, y dando un salto exagerado, Black volvió a su forma humana.
—¿Listo, Cachorro? —Harry arrugó la nariz.
—No me llames así.
—Como digas, Cachorro. —Harry rió y Black los apareció lejos de allí.
…
Dos pares de pisadas se escuchaban a través del estrecho pasillo, la piedra fría de las paredes se distorsionaba con la luz de la varita que Black tenía, robada en su camino hacia Harry por supuesto, y el mismo Harry no intentó evitar el latir acelerado de su corazón ni la sonrisa entusiasta que cubría su rostro.
Quería llegar ya.
—Oye, Cachorro, sé que te dije que confió en ti ciegamente y todo eso, pero —susurró Sirius, la voz nerviosa y los ojos mirando a todos lados—, ¿No estas llevándome directo a mi muerte o algo así? ¿No? Harry, Cachorro, contesta.
—Tranquilo. —se rió Harry— Solo estamos en el lugar más seguro que conozco hasta que logré llevarte a otro.
—Comprendo eso, pero ¿Cómo conseguiste descubrir este lugar? Sé que creciste aquí por ese viejo periódico que hizo que escapara y todo.
Harry siguió caminando y Sirius tuvo que seguirlo, no contestó a su pregunta aun, tenía demasiada prisa como para quedarse a explicar. Parecía una eternidad, el tiempo que estuvo lejos y los pies de Harry tenían ritmo propio una vez que los primeros atisbos de plateado llegaron a él.
Fueron caóticos, girando alrededor de Harry y empujándolo a ir más rápido, provocando que tropezara y riera mientras el viento se alzaba en el túnel subterráneo. Black miró a su alrededor algo asustado y a Harry como si el prófugo en mal estado mental fuera él.
—Yo no lo encontré, él me guio aquí —dijo Harry, en un intento de calmar al otro. Sirius graznó un "¿Él?" incrédulo y pareció aún más asustado que antes.
Harry vislumbró la entrada a la sala de Knockturn y empezó a correr, sin aviso previo hacia Black, él estaba en casa.
Seguía igual, con la misma iluminación tenue y la gran piedra negra en su centro. Igual, con Knockturn apoyado en la piedra y sonriendo a Harry como siempre. Las lágrimas se deslizaron por el rostro de Harry y se abalanzó sobre Knockturn. El cosquilleo cálido de tocarlo le dio la bienvenida y el callejón envolvió sus brazos alrededor de él.
Sirius en la entrada tuvo que parpadear dos veces y frotar sus ojos para asegurarse que no había perdido la cabeza al fin. Harry había estado extraño desde que entraron a ese túnel y ahora estaba abrazando a la nada, pero debía de haber algo ahí porque su cachorro se hubiese caído de no haberlo.
Raro, Sirius tuvo que calmarse. Él había visto cosas peores, y no podía decir que Harry se volvió demente teniendo en cuanta eso.
—También te extrañe, faðir.
Vale, ahora Harry también le hablaba a la nada.
Harry se separó del aire y miró a Sirius con tal felicidad que el mago mayor tuvo que aclarar su garganta ante el nudo que se formó en ella. Su cachorro, en el tiempo que llevaba observándolo, siempre había parecido triste, por supuesto, no lo demostraba, pero Sirius desde lejos había notado la curva caída en sus hombros y la mirada apagada que fingía ser normal para la familia pelirroja.
Sirius no sabía que pasaba, pero fuera lo que fuera, esto hacia feliz a su Cachorro y se aseguraría de mantenerlo así.
—Sirius —llamó Harry y el animago miró a su ahijado mirarle dudosamente, había hielo frágil sobre sus ojos—, sé que lo que te voy a decir parecerá un inventó, pero, por favor, debes creerme.
—Siempre, Cachorro, siempre.
Una explicación después, muchos "¿Me estas jodiendo? Merlín, me volví loco" de Sirius, un golpe por parte de Harry y una conexión con la magia de Knockturn, Sirius se encontraba observando como Harry transfiguraba sin una jodida varita su ropa a una versión más oscura y protectora.
Tuvo que recordarse el cerrar su boca, Merlín lo libre, su Cachorro era fantástico, pero nada evitaba que la preocupación oprimiera el pecho de Sirius cuando observó a Harry aparecerse lejos, prometiendo volver.
—Bueno —dijo Sirius, mirando a la piedra que Harry le informó es donde Knockturn se posaba casi siempre—, ¿Eres un callejón que habla entonces? Porqué molaría que también tuvieses pasadizos secretos ¿Sabes? Como un viejo laberinto.
La habitación tembló y una gran piedra casi aplasta a Sirius.
—Vale, sin bromas sobre tu edad, lo comprendí.
…
Tom Riddle caminó tranquilamente hasta su despacho en el hogar Malfoy, fingió no notar al joven heredero Malfoy huir en dirección contraria en cuanto lo vio e ingresó a su oficina sin más miramientos. Tenía una fuga que organizar, seguidores que contactar y debía enviarle otro recordatorio a la molestia de Potter sobre su trato.
Dicha molestia estaba sentada sobre su escritorio como si fuera suyo.
Potter, en toda su persona problemática, sentado en la esquina de su escritorio con la mirada aburrida y las piernas balanceándose como un niño.
—Riddle —dijo Potter, y el verde flameante le miró seriamente, cada centímetro de él siendo observado y descartado de ser una amenaza. Eso molestó a Tom.
—¿Cómo lograste entrar? —preguntó y la pequeña alimaña le sonrió con dientes blancos brillantes y comisura de los labios estiradas en burla.
—Por favor, los Malfoy son una familia antigua, pero no llevan el tiempo suficiente en Inglaterra como para que sean un problema —respondió Potter, volvió a mirar a Tom ocupando el cuerpo de Quirrell por completo. —Veo que ya no eres un parásito.
—Tu, alimaña infeliz, —comenzó Tom y Potter interrumpió.
—Sí, sí, molestia infinita, fuente de todos mis problemas. Lo que sea, Riddle, escucha aquí: Peter Pettigrew.
—¿Qué tiene que ver Pettigrew aquí? —Potter le miró furioso, la magia salvaje arrojándole a Tom un pisapapeles que esquivó por poco.
—Si no me fueras útil, lo juro. —El mocoso le arrojó otro más y Tom lo desvió con su propia magia. —Vamos Riddle, tu y yo sabemos que Pettigrew vendrá pronto hacia ti y lo quiero para mí. —Voldemort abrió la boca para negarse cuando Potter sacó de su bolsillo la Piedra Filosofal y se la mostró a él.
» Así te ves mejor, mira tú expresión ¡Tal sorpresa! ¿Pensaste que no lo lograría Riddle? —dijo Harry, Voldemort no necesitaba saber lo que la piedra le costó, sin dudas. — Voy a dejar la Piedra aquí y volveré en tres días para saber de tu parte del trato y hablar más sobre Pettigrew.
—Espera, Potter, tu…
Tom no pudo terminar, Harry Potter desapareció en un parpadeo, dejando rastros de magia poderosa detrás suyo y la Piedra Filosofal en su lugar. Tom no sabía que pensar de Potter, en realidad, era un enigma, un factor sorpresa desagradable que no había previsto en sus planes, el epitome de las alimañas molestas y era increíblemente poderoso.
Tomando la piedra en sus manos y girándola para observar la luz proyectada por esta, Tom no pudo evitar pensar: «Fascinante». Potter era una molestia, sí, pero durante su duelo Riddle pudo observar todo lo que escondía tras la fachada de niño reservado. El poder, astucia y voluntad arrolladora lo habían sacado de balance.
Harry Potter era más poderoso e importante de lo que ningún mago podía imaginar y Tom sería un tonto si no buscara ese poder.
***...***
Hola, creo que hay que agradecer que este capítulo sea subido a Ann, que sin ella hubiese tardado otro largo rato en lograrlo. Flamel ha sido un dolor de cabeza y he reescrito esa escena tantas veces que temo que se mezclara un poco.
En fin, ¡Sirius apareció sorpresivamente! Y si, un año antes de lo previsto, como muchas y muchos se imaginan no abra Cámara de los Secretos aquí (al menos no de momento) y las cosas pueden tomar un ritmo diferente. Ahora, aclarando una duda que sé que demasiados de ustedes tendrán, Sirius escapó antes gracias a que consiguió en sus manos un periódico con todo el escándalo en torno a Harry (como el Canon en tercer año, pero algo diferente).
Con esto, ¿Dudas, comentarios, teorías, preguntas?
¡Gracias por leer!
