Darrius Filaidas no se describiría a sí mismo como una persona paciente. Él sabía muy bien que, comparado con Feodras, su temperamento era el equivalente de comparar una montaña con un huracán.
Él sabía que era explosivo, que durante su niñez solo se necesitaba una pequeña palabra, o mal gesto de parte de cualquiera, para provocar que atacara con la fuerza de una fiera, ya sea con palabras o golpes. Pero con el tiempo, y aún más desde que Feodras y él habían tomado a Harry bajo su cuidado, Darrius había aprendido a controlarse, a pensar antes de actuar y a reinar sobre las palabras acidas por las que su garganta ardía como el infierno para soltar.
Ah, pero por supuesto, todo eso le valió mierda en cuanto notó a Flamel invadir el espacio personal de su pequeño y dulce Harry. Lo que le hizo apretar los dientes y clavar sus uñas en sus palmas para evitar arrastrar al mago alquimista de sus preciosos rizos dorados y estampar su cara contra la pared más cercana para borrarle la sonrisa perfecta y comemierda que poseía en ese momento.
Luego, Harry claramente le pidió que se alejara, y en cuanto el bastardo no lo hizo, Darrius estaba listo para asesinar a Flamel y traer su fantasma de regreso para darle una muy buena charla sobre el consentimiento y como no te acercas a magos menores de edad, viejo verde espeluznante.
Tiempo encerrado o no, alquimista súper anciano y poderoso o no, Darrius iba a patearle las bolas a Flamel con tal fuerza que estas subirían hasta su garganta y le dejarían chillando en soprano por semanas. Pero incluso antes de que Darrius pudiera dar un solo paso en dirección a Flamel, Feodras ya se erguía en toda su aura misteriosa y mortal (más bien de persona silenciosa aterradora con mirada de asesino sociópata de alto funcionamiento) sobre la espalda de Flamel y apartaba al alquimista lejos de Harry con una sola mano de agarre vicioso sobre el hombro del viejo verde.
—Mis disculpas, señor Flamel —pronunció Feodras y, oh chico, ese era el tono perfectamente educado y dulce que Feodras reservaba para los viejos sangre pura de Grecia cuando mencionaban la falta del comportamiento femenino adecuado por parte de Darrius en su infancia—, espero no este tratando de que Harry aquí, un joven mago menor de edad, diga las palabras para aceptar un contrato mágicamente vinculante bajo su servicio ¿No es así?
Flamel miró la mano sobre su hombro y luego (Darrius disfrutó inmensamente esta parte) tuvo que levantar su cabeza para poder encontrarse con la mirada de Feodras, quien solo le sonrió pequeñamente, y algo debió de mostrarse en su rostro, porque el alquimista palideció a niveles alarmantes y se alejó de Harry como si este quemara.
Darrius no lo había notado, no hasta que Feodras lo señaló, pero Harry nunca había aceptado per se lo que sea que hubiese acordado con Flamel, para gran frustración de dicho mago.
Harry nunca había aceptado expresamente nada, no hubo palabras de acuerdo, por lo que la magia nunca reconoció el trato, y Darrius sintió una llamarada de orgullo feroz recorriéndolo. Sin dudas, Harry aprendió ese pequeño truco de Feodras, Darrius era demasiado impaciente y denso como para notar o poner en practica esas pequeñas sutilezas de la magia.
Y como si estuviera en sintonía con Darrius, Harry le lanza una pequeña sonrisa presumida cuando ni Flamel o Feodras lo ven.
Mocoso presumido.
—Creo —continuó Feodras, mientras apretaba aún más fuerte el hombro de Flamel—, que una pequeña charla sobre ciertos asuntos está pendiente entre nosotros, señor Flamel.
Traducción de Feodriano al habla común mágica por parte de Darrius: Voy a sacar tu mierda fuera por meterte con mi hijo adorable y menor de edad, y enseñarle a tu mente pervertida sobre consentimiento y las consecuencias inevitables hacia tu masculinidad si alguna vez vuelves a mirar a Harry.
¿Darrius alguna vez dijo lo mucho que amaba a su hermano? Él amaba a su hermano, quería ser como él cuando fuera grande.
Feodras arrastró a Flamel a un lugar más privado para conversar y con una sola mirada, que la obligó a dejar de tratar de retirarse sutilmente de la habitación, la señora Flamel los siguió.
¿Magos de cientos de años de edad y con habilidades, poder y riqueza más allá de la comprensión mundana? No eran nada contra el poder de la mirada de Feodras.
Un silencio divertido y una mirada de conocimiento se compartió entre Harry y Darrius antes de que, como una sola mente, ambos se dispusieran a curiosear entre los cientos de objetos que Flamel tenía en su sala.
…
Albus Dumbledore estaba furioso, él había estado tan cerca de tener todo bajo control nuevamente. Había logrado enderezar la vida de Harry Potter de nuevo hacia la luz, hecho lo que fuera necesario para asegurar el bien mayor y el niño Potter le había pagado desapareciendo de Hogwarts sin previo aviso.
Debió de ser imposible, era imposible, que un alumno se deslizara fuera de Hogwarts sin que las salas del lugar le avisaran a Albus. Pero de alguna manera, el heredero Potter había logrado escapar de Hogwarts y no ser notado hasta su tercer día de ausencia a clases.
Albus había estado enojado, pero no preocupado durante la primera hora tras que notaran la falta de un alumno en el castillo, pero a las cuatro horas, con todo el castillo revisado y sin rastros de Harry a la vista, un mal presentimiento se había arrastrado por la columna de Albus. Era la misma sensación que tuvo una hora antes de que su padre encontrara a Ariadna luego del ataque por parte de los muggles; el mismo escalofrió de la primera vez que se encontró con un joven Grindelwald en verano y los ojos fríos le habían mirado como si fuera algo especial, y era la misma pesadez en su vieja alma, de cuando vio el ataúd de Ariadna descender bajo tierra y su hermano le había mirado como si ya no le reconociera.
Pero, sobre todo, sintió el mismo miedo de ver lo que todos se negaban a observar, el conocimiento de algo aterradoramente poderoso formándose tras la mirada de un alumno prometedor. Era de cuando un joven Tom Riddle le miró fríamente mientras el cadáver de una alumna nacida de muggles había sido transportado fuera de un baño de niñas en Hogwarts, con una mano pequeña y pálida colgando flácidamente fuera de la sabana que cubría el cuerpo.
Y ahora, observando el espacio vacío de una celda que no debería de estarlo en Nurmengard, Albus sintió algo mucho peor. Era como una mano esquelética deslizándose por su espalda y envolviendo su garganta, llevándolo al pánico por su situación. Lo que sentía era mucho peor que incluso ver la mirada traicionada de Grindelwald cuando Albus lo derrotó, porque, de nuevo, sus errores le estaban siendo mostrados y las consecuencias le eran imposibles de imaginar.
Porque Albus sintió el terror absoluto de tener una pieza desconocida en su tablero, una que no encajaba en ninguna posición y de la que ni siquiera podía ver el rostro de su contrincante. Era una pieza que se movía libre, a su placer, y desmoronaba el cuidadoso control que Albus ejercía: se trataba de un comodín, Harry Potter era la pieza que resultó ser un comodín en medio de un juego de ajedrez, y Albus había ganado todas las manos para ser el próximo objetivo a destruir.
Suspirando para sí mismo, y sintiendo su vejez como nunca antes mientras subía las escaleras hacia última celda de Nurmengard, Albus trató de sacudirse cualquier rastro físico que denotara sus preocupaciones a la persona que iba a visitar. No había mayor error para cometer que el mostrar un rastro de debilidad al animal de caza que Gellert Grindelwald era.
Aun podía recordar las simples palabras que llevaron a Albus a creer en Gellert, cuando este le ofreció una salida de sus responsabilidades. Cuando Albus se quejaba de su poco tiempo libre, de cómo Ariana y Aberfoth eran su completa responsabilidad debido al encarcelamiento y muerte de su padre y madre.
Albus había estado lanzando piedras al lago cercano en el valle de Godric, frustrándose con cada intento fallido y preguntándose como los muggles lograban hacerlas rebotar tan fácilmente. Gellert había sonreído ampliamente con aquella facilidad alegre y salvaje que parecía portar tan fácilmente, y tomando la última piedra en las manos de Albus, la hizo rebotar cuatro veces sobre el agua antes de que se hundiera.
—Permíteme contarte una historia, Albus —narró Gellert, con manos fáciles que le hicieron sentarse y Albus se sintió flotar solo un poco ante la mirada azul que Grindelwald le daba, como si pudiera ver a Albus como realmente era. Todo el potencial retenido por las responsabilidades de cuidar a sus hermanos menores—, sobre tres hermanos que conocieron a la muerte.
Albus había sido joven, se justificó a sí mismo, con esa vieja excusa sobre juventud que a los adultos les encantaba usar para maquillar sus errores como algo perdonable debido a la edad, pero nunca dispuestos de extender el mismo perdón a las generaciones posteriores a ellos.
Había sido joven, e ingenuo, hambriento de poder y una mirada comprensible dirigida a él. Albus se había aferrado a Gellert cuando este pareció entender lo que sentía y proporcionó una respuesta a todas sus plegarias, nunca dudando de que habían tenido el mismo objetivo en mente.
Terminó pagando caro por sus errores, cuando vio el cuerpo de su hermana extendido en el suelo, como si fuese una muñeca arrojada descuidadamente. Cuando a su hermano menor se le llenó el rostro de una expresión completa de horror y remordimiento mientras abrazaba suavemente al cadáver de Ariana y rogaba para que se despertará. Pagó por sus errores cuando Gellert no perdió un minuto en desaparecer del lugar, sin arriesgarse a que le pudieran acusar de asesinato en Inglaterra.
Pagó por sus errores cuando el mismo joven de ojos alegres y salvajes, quien le había extendido una mano en comprensión, dirigió una de las mayores masacres que el mundo mágico había visto. Pagaba por sus errores incluso ahora, cuando Gellert, ahora envejecido y rozando la locura, le miraba sonriente y conocedor desde donde descansaba sentado en una esquina de su celda en Nurmengard.
—¿Sabes algo? —preguntó Albus, sin molestarse en sutilezas y dirigiendo su mejor mirada de decepción hacia Gellert.
—Encantado de verte también, Albus —respondió Grindelwald, la voz rasposa por el poco uso y teñida en cansancio a pesar de la sonrisa descarada que portaba hace un momento.
Albus no respondió, simplemente siguió mirando a Gellert en un silencio reprobador, a pesar de que sabía que tales tácticas no funcionaban en el otro mago. Grindelwald le devolvió la mirada tranquilamente, y Albus sabía que, si todo se resumía a un concurso de miradas y paciencia, Gellert ganaría después de tantos años en este lugar.
—¿Sabes que sucedió, Gellert? —volvió a preguntar, porque su viejo amigo también debía de reconocer que Albus no se iría de aquí sin respuestas.
—Un conocido se los llevó —le dijo Grindelwald, con toda la apariencia de que podría arrancarle los dientes y no le diría de quien se trataba ese "conocido"—, le debía un favor, por algo que me prestó hace mucho tiempo.
Albus suspiró tranquilo, un conocido era mucho mejor que el término "ese mocoso imitador" que Gellert usaba para referirse a Tom Riddle. No sabía que le perturbaba más, que Gellert tuviera un apodo casi cariñoso para Tom o que su único modo de encontrar a Harry Potter cayó en manos desconocidas y Albus podría bien caer muerto antes de que Gellert le dijera nada.
Derrotado, Albus salió del lugar mientras un par de ojos azules seguían su retirada con una sonrisa triste destinada a nunca ser vista.
Y, mientras volvía contar las grietas de la pared a su izquierda, a Gellert Grindelwald no le pareció necesario avisarle a Albus sobre el par de magos que habían visitado la celda un piso más abajo suyo solo días antes de que apareciera Flamel a sacar a sus ocupantes y desaparecer. Ni mucho menos, que uno de ellos había sido ese mocoso imitador acompañado de un joven mago del cual Grindelwald disfrutaba conocer su identidad.
Albus no sabía en que se estaba metiendo realmente, y Gellert disfrutaría hasta el final de todo esto.
…
Harry se quitó bruscamente los guantes de jardinería de sus manos (por Merlín, guantes de jardinería) y disfruto de clavar perversamente las tijeras enormes, que había usado para podar unas malditas rosas mágicas, contra una de las refinadas mesas de madera blanca que Flamel poseía.
Harry estaba irritado, tenía tierra en lugares innombrables, espinas por su brazo donde a una rosa le pareció una buena idea hacer una imitación de una serpiente, su nuca ardía por el sol y estaba seguro que tenía abono en su cabello.
Él no podía recordar sentirse tan molesto con las plantas desde su tiempo con los Dursley y, Merlín, si esa no era una señal, Harry ya no sabía que era.
Flamel iba a tener que darle varias explicaciones con respecto a porque, de todas las cosas, Harry hacia la jardinería de la mansión maldita, pero, a pesar de su ira, Harry simplemente se limpió a si mismo con un hechizo antes de entrar y cayó agotado sobre uno de los cientos de sillones que los Flamel parecían poseer con la excusa de necesitar lugares cómodos en todos lados.
No paso mucho tiempo antes de que Darrius, con sus sentidos de mamá gallina, apareciera con una jarra de limonada fresca para Harry (y té para sí mismo), colocándola en la mesita de aspecto japonés que estaba al lado del sofá. Obligando a Harry a levantar su cabeza para poder sentarse y luego volverla a colocar, pero en su regazo, Darrius procedió a escuchar todas las quejas lastimeras de Harry sobre Flamel y sus enseñanzas bizarras, quejándose en los momentos perfectos junto a él e indignándose en el nombre de Harry con todo el dramatismo que Darrius era capaz.
Aun así, en cuanto Harry se calmó y las bebidas estaban agotadas, Darrius le preguntó:
—¿Por qué dijo que debías de hacer jardinería esta vez?
—Flamel dijo que debía de aprender paciencia y control —se quejó Harry, disfrutando del rasguño de los dedos de Darrius a través de su cuero cabelludo.
—Bueno, tiene un punto —dijo Darrius, para luego largarse a reír ante el sonido indignado y furioso que Harry soltó—. Mira el lado bueno, desde su pequeña platica con Feodras, los Flamel han estado en su mejor comportamiento.
Darrius tenía razón en eso, y a Harry le hubiese gustado haber sido una mosca en la pared al momento de esa conversación. Aun así, Harry comprendió que el motivo por el cual estaba tan al borde todo el tiempo, era la negativa de Flamel a enseñarle magia más avanzada, darle tareas acordes a lo que habían arreglado o cualquier cosa remotamente más allá de la edad de Harry.
Flamel había argumentado que Harry no estaba listo, que su magia poseía la delicadeza de una manada de rinocerontes pisoteando un campo de flores. Decía que Harry tenía poder, sí, pero nada de control, y que el poder poco importaría cuando se enfrentara a una situación que requiriera delicadeza o astucia.
Harry incluso recordaba la manera en que Flamel se había tensado ante las quejas de Harry, con un borde afilado en su mirada que sugería que su paciencia estaba siendo agotado, y luego sonrió perversamente: perforando a Harry con palabras acidas, pero no menos honestas al final.
«Así que. —Había dicho Flamel, hablando lentamente para que lo que quería decir no se confundiera ni perdiera— Puedes leer unas cuantas runas y lanzar rayitos poderosos a la gente ¡Felicidades, señor Potter! Eres el equivalente a un superhéroe muggle con poco cerebro, presupuesto, y villanos de segunda clase en su camino, con sus únicos lectores siendo amantes de las tramas con protagonistas a lo Gary Stu o Mary Sue. Hay mucho más en la magia, señor Potter, que simplemente lanzar hechizos a lo bruto y rogar a Morgana por suerte.»
Y Merlín santo, Harry lo entendía. Comprendía que el camino era largo y que le quedaban cientos de cosas por comprender y aprender. Entendía mejor que nadie que sus habilidades y magia eran pocas comparadas con personas como Dumbledore, Flamel o Riddle, que un gran abismo lo separaba de poder ser así.
Pero, si hay algo que Flamel tenía razón sobre todas las cosas, es que Harry carecía de paciencia, lo que a su vez lo hacía carecer de control. Él se había abalanzado a situaciones que aún no comprendía, tomado riesgos enormes por su falta de visión a futuro también, y Riddle le había mostrado eso mejor que nadie.
Riddle (y ahora Flamel) le había enseñado que él podía estar tocado por la magia, dotado con el honor de ser llamado Kappi por aquellos que veían, pero que no era más que un mago con una vista muy especial, capaz de leer runas como un primer idioma, y sentir la magia, pero que no tenía ideas sobre cómo usar nada de esto. Harry todavía no era más que un niño
Y sí, lo que podía hacer sonaba increíble, pero Harry solo poseía dos o tres usos generales para sus habilidades, debido a que él aún no comprendía nada sobre sí mismo y no debía esperar hacerlo en el corto tiempo. Porque Harry había estado siendo como Ícaro, solo que intentó volar cerca del sol cuando ni siquiera podía caminar, después de todo ¿Cómo podía tratar de dominar los cielos cuando apenas podía dar un paso con confianza?
Otro problema que Flamel le había señalado era su falta de habilidad para la magia con varita, ya que, contrario a lo que Harry afirmaba, debería de haber sido fácil para él usar una varita. Después de todo, se trataba de canalizar su magia y usar los hechizos en latín como un gatillo disparados de su voluntad, pero Harry apenas lograba encender un simple Lumos en la punta de esta, y se debía a que su magia era salvaje, sin control fino, capaz de realizar grandes cosas, pero inútil para lo que requeriría poca magia o un manejo controlado de esta.
En cada clase en Hogwarts, había sido una batalla para llegar a un acuerdo con su magia, terminando por tratar de realizar magia no verbal para apaciguar las oleadas de su magia que se negaban a cooperar. Harry siempre había acabado entre los últimos alumnos en dominar un hechizo, Longbottom era incluso más rápido que Harry, y el chico usaba una varita que no era suya.
—Por cierto, Harry —Darrius lo llamó, sacando a Harry de sus pensamientos— ¿Qué dijo Severus de todo esto?
Harry le miró sin entender, ¿Qué tenía que decir Severus sobre qué?
Oh, oh mierda.
—Le dijiste a Severus que te ibas ¿Verdad, Harry? ¿Y sobre Flamel? —Darrius le preguntó, notando el horror que se filtraba lentamente en la mirada de Harry— Estas tan jodido una vez que Severus te encuentre.
No me digas, Sherlock. Quería decir Harry, pero su cerebro estaba demasiado ocupado entrando en pánico al pensar que, otra vez, se olvidó de hablar con Snape.
Harry la había jodido en grande. Podría escribir un libro sobre su vida y llamarlo "Harry Potter y sus momentos de Oh mierda", porque debía de dejar sus memorias escritas en algún lado ya que Snape iba a matarlo en cuanto lo viera.
Y porque oh mierda.
…
Ginny Weasley (también conocido como: "Llámame Ginny y te cortare las bolas". O Weasley para los amigos), observó divertido desde su lugar en la mesa de Gryffindor como una especie de pandemonio se extendía por el Gran Comedor. Los estudiantes con periódicos en sus manos parecían mirar con incredulidad lo que leían, para luego pasar su mirada por todo el lugar buscando algo y, cuando no lo encontraban, la sorpresa teñía sus rasgos mientras se apresuraban a empujar el periódico en la mano de otro estudiante que no lo tuviera y hablar a voces elevadas con la persona más cercana a ellos que encontraran en su mismo estado.
Weasley sabía de qué se trataba todo esto, sin dudas todos estaban descendiendo al caos al notar que tuvo que ser una noticia en El Profeta la que anunciara a la población estudiantil en Hogwarts la falta de Harry Potter entre sus filas, y El Profeta solo publicó esta noticia debido a que se autorizó un estado de búsqueda para Potter, pidiéndole a sus lectores que informaran sobre cualquier avistamiento del joven Niño-que-vivió.
No era una noticia de pánico, ni de furia contra Hogwarts porque un estudiante logró escapar de uno de los lugares más seguros entre los magos. No, solamente era un artículo que trataba la desaparición de Harry como si fuera una travesura adolescente más de ese raro heredero Potter, quien no resultó ser como todos esperaban, y sin dudas su ausencia solo era para llamar la atención debido a la reciente caída en su reputación.
¿Lo divertido? El artículo se publicó tres semanas después de que Harry dejara Hogwarts, y solo gracias a este todos los estudiantes notaron la falta de Harry. Pero a Weasley le divirtió aún más que a los altamente calificados profesores de la prestigiosa escuela mágica les tomará casi tres días notar que Potter no estaba, y eso que tenían varias clases todos los días donde se pasaba lista en cada una y se exigía una explicación ante la ausencia de cualquier alumno.
Weasley no pudo evitar sonreír encantado, porque los profesores parecían casi en pánico ante la creciente actividad entre los estudiantes que se transferían de una mesa a la otra, sin importar la casa, para poder hablar sobre la noticia del día, y hasta había algunos que miraban bajo las mesas, como si esperaran encontrar a Harry bajo estas. Quizás podría convencer a los gemelos de mirar bajo la mesa de los profesores.
Además, los búhos no habían parado de ir y venir durante toda la semana, portando cartas y periódicos de otros lugares mágicos que también hablaban sobre el tema. Y, entre todos los búhos, nadie notó al enorme búho que aterrizó frente a él: era enorme, con un gran pico y garras aterradoras, con un plumaje moteado y rayas en el pecho. Poseía penachos prominentes en sus oídos, pero su característica más notable eran sus ojos de color naranja.
—Es un búho real. —Llamó alguien y Weasley no se sorprendió cuando resultó ser Luna, quien tomó asiento a su lado.
Sin dedicarle una segunda mirada al desastre del lugar, Luna le dio toda a su atención al búho y procedió a arrullarlo y llenarlo de mimos. Weasley podía sentir sus orejas enrojecer ante la vista, y en nada se debía al búho.
—La llamaré Camille, significa noble, ¿Qué dices? —preguntó Luna.
—Digo que sigo esperando mi nombre —se quejó Weasley, porque Luna le había prometido ayudarlo con eso y aún seguía esperando ideas o una decisión por parte de la chica Ravenclaw.
—Son cosas que no se apresuran, te lo dije. —Le reprendió, y Weasley pensó que la gente verdaderamente no conocía a Luna, porque la chica, fuera de toda su apariencia ausente y dulce, tenía un carácter decidido y era astuta. Es decir, si Luna te dice que esperas, tu espera.
Tratando de no verse malhumorado, se distrajo observando al enorme búho que giró su cabeza para verlo de esa manera especial que solo estos animales pueden. La cabeza giró un cuarto a la izquierda para mirarlo, pero el cuerpo permaneció en dirección a Luna, y un Gryffindor sentado frente a ellos pareció debidamente aterrorizado del ave enorme.
Weasley le empezó a tomar cariño a la pequeña bestia espeluznante, y, solo cuando se aseguró que nadie los estaba viendo, desató la pequeña nota atada a la garra del búho que había estado medio oculta entre las plumas.
Weasley, podrás encontrarme en la casa del mago que sabes que visité este verano. Informa a los demás.
Cuídate cabeza de fuego.
No pudo evitar resoplar divertido, confía en Harry Potter para tratar de parecer misterioso y fallar miserablemente. A su lado, Luna no reprimió sus risas, mientras le daba un último mimo al búho, que desapareció segundos después entre todas las otras lechuzas y búhos que dejaban el lugar.
Tomando a Luna de la mano, Weasley salió en busca de los gemelos para contarles su idea sobre Harry posiblemente escondido bajo la mesa de los profesores y preguntarles que podían hacer al respecto.
…
Harry se estiró lánguidamente después de pararse del suelo, había pasado las últimas cuatro horas practicando los ejercicios de meditación que Flamel le había impuesto y ahora estaba notablemente más relajado.
Mientras envolvía la esterilla muggle que Perenelle le había regalado para usar, no pudo evitar pensar en el hecho de que ya estaban a un mes de que el año terminará en Hogwarts, y, con ello, las vacaciones de verano darían inicio. Harry no pudo evitar preguntarse cuanto tiempo le tomaría a Weasley venir a atosigarlo, aunque conociendo a sus amigos, probablemente sería Draco el primero en aparecer ante la puerta de Flamel, exigiendo verlo.
Probablemente Hermione le seguiría poco después, sino al mismo tiempo, y solo le tomaría cinco minutos de preguntarle a Harry como estaba, para luego seguir a Flamel por todo el lugar acribillándolo a preguntas. Aunque quizás no debería de subestimar tanto a Weasley, el mago más joven había estado ansioso por conocer a Darrius después de todo.
Pero no importaba, porque confiaba en su pequeño grupo de amigos para encontrarlo de una forma u otra y proceder a dejarlo en ridículo ante Flamel en menos de un minuto, porque si hay algo que podían hacer bien, era bromear a Harry (aunque la mayor parte solo se trataba de sus tres amigos pelirrojos).
Las cosas le estaban yendo bien, había mejorado en su control y ahora podía realizar los hechizos de primer año con relativa facilidad. Flamel le había prometido que en cuanto mejorara aún más, avanzarían a otros temas, pero nunca dejando la meditación y control atrás, dado que Harry era demasiado propenso a desviarse.
Y en cuanto sus bases fueran estables, Harry sabía que Flamel le haría hablar sobre todo lo que aprendió en Knockturn y le mostraría como pulir eso también. Quizás con suerte, lograría convencerlo para que le dijera algo sobre la alquimia, pero Harry entendía que Perenelle estaba esperando compartirle información sobre otros dialectos útiles, similares a las runas, además de darle una buena información básica sobre otras culturas mágicas y sus formas de magia.
Sonaba a que Harry necesitaría mucha paciencia para llegar a los temas que de verdad le emocionaban, pero estaba bien, porque comprendía que en este momento no había prisas. Disponía de tiempo, ya que no estaba limitado por Hogwarts, y sus gemelos estaban a salvo junto a él, lejos de todo el escándalo que Gran Bretaña Mágica significaba.
Todo estaría bien.
Fue en ese momento que una luz incandescente explotó frente a Harry, seguida del sonido característico de chasquido que la aparición traía consigo, solo que más fuerte. No perdió el tiempo en retroceder contra la pared cercana a la puerta, poniendo espacio entre él y lo que fuera que esa luz traía consigo, además de proporcionarle una ruta de escape segura en caso de necesitar ayuda.
En el segundo en que la luz radiante se esfumo, de un segundo a otro como una bombilla muggle que se apaga, Harry vio a un adolescente alto, pero algo flaco, parado de espaldas a él en medio de su habitación. Observando el lugar con extrañeza, el chico se giró y Harry maldijo fuertemente cuando sus miradas se encontraron.
— POR LAS BOLAS ARRUGADAS DE MERLIN. —Harry se espantó, y apunto con sus manos en alto y la magia lista al otro chico, jodidas sean las varitas.
Obviamente, Harry hizo lo primero que era lógico hacer cuando uno estaba en una situación potencialmente imposible: él gritó por las personas inteligentes del lugar.
— FEODRAS, CREO QUE ME VOLVÍ LOCO ¡VEN AQUÍ! DARRIUS, FLAMEL ¡USTEDES TAMBIEN!
Esto no podía estar pasándole a él.
***...***
¡Al fin! Que bien se siente terminar esto.
Me disculpó por la demora, me mudé de país y estuve poniendo mis cosas en orden. Al punto: capitulo sin editar, perdón por los errores y no duden en señalarlos.
Ennnn fiiiiin ¿Qué opinan sobre la última escena del capítulo? ¿Teorías? (Apuesto a que no adivinan).
Con esto, ¿Dudas, preguntas, sugerencias, comentarios bonitos?
¡Muchas gracias por leer!
Sepheline.
