Harry y Darrius se miraron divertidos mientras el ultimo resplandor de luz se llevaba consigo cualquier rastro de su extraño visitante. Un viajero de visita breve, pero que dejo un enorme conocimiento tras de sí y una gran impresión de que Harry podía estar algo fuera de sus cabales en algún universo alternativo.

—Por supuesto que esta mierda rara te sucedería a ti —exclamó Darrius, mientras abandonaba su té a favor de mirar la reacción de su hijo camarón favorito.

—Lenguaje —Harry no perdió la oportunidad de replicar, en venganza de todas esas veces que Darrius no le permitió insultar.

Darrius lo pateó debajo de la mesa y Harry le arrojó un pastelito a la cara. Ganándose así una mirada ofendida y un grito de: "¡Blasfemia!" por parte de Darrius ante el dulce en el suelo.

—Honestamente —comenzó Harry, mirando distraído los restos de un muffin que se dedicó a destrozar con sus dedos solo porque podía (y enojaba más a Darrius)—, si alguien me dijera que un día un yo alternativo de otra dimensión aparecería con un resplandor ridículo, solo para gritarme que creciera, que mi vida podría ser peor y: "Hey ¡Solo mira la mierda que me veo! ¡Mis cicatrices tienen cicatrices, bastardo con suerte!" Bueno… quizás si les hubiese creído, suerte Potter y todo eso.

—Harry, solo cállate. Lograste darme una jaqueca, confundirme y hacer que cuestionara mi existencia en esa otra dimensión, todo en un solo párrafo.

Harry se encogió de hombros e ignoró la queja de Darrius porque, a esta altura, el otro ya debería de estar acostumbrado a las consecuencias de pasar demasiado tiempo con él. Es decir, solo había que mirar su corto periodo de tiempo en Hogwarts y como todo se fue a la mierda muy rápido con su suerte maldita en menos de un año.

Uh… quizás la cosa de insultar era algo contagiosa ¿Harry siempre hablaba así de mal?

De todas formas, Darrius y él siguieron discutiendo con pequeñas bromas todo el camino hacia la gran cocina que los Flamel poseían, no atreviéndose a usar magia para dejar la vajilla allí debido a lo protectora que podía ser Perenelle con su vajilla de colección. Y, en lo que le tomó a Harry cambiar su taza por una nueva y decidir que era un buen momento para café, por más de que ya había bebido una taza de té antes debido a que era del tipo de persona que podría pasarse el día bebiendo ambas sustancias y nunca hartarse, Feodras apareció en el lugar como invocado ante el olor de café fresco porque era tan adicto a esto como Harry.

Darrius decidió que, si no podías contra dos adictos a la cafeína, bien podría unirse: con su propia versión de leche con café súper dulce, no esa bebida de alquitrán que los otros dos tomaban.

Los gemelos entraron en un debate profundo sobre algunos ingredientes para pociones y sus efectos adversos, que Harry ignoró perfectamente y se limitó a disfrutar de la calidez de la cocina, la taza en su mano, el delicioso aroma a café y a las dos personas que más apreciaba charlando, todo en el mismo lugar, como una manera de lograr que los últimos rastros de inquietud se desvanecieran de su mente. Porque, al final, este día había sido una locura, y enterarse de toda la mierda profunda que escondía el Ministerio gracias a esta otra extraña versión de sí mismo había logrado que una sensación nauseabunda y escalofriante se arrastrara sobre él durante todo el día.

Lo peor era el saber que, a diferencia del lugar del que el otro Harry venía, el Departamento de Misterios aún seguía activo, todavía bajo influencia de Dumbledore y continuando con toda la experimentación atroz hacia cualquier criatura oscura.

Tampoco es que esto fuera noticia nueva, era como un extraño secreto a voces en las partes más oscuras del Mundo Mágico: el hecho de que cualquier persona o criatura con alguna habilidad clasificada como oscura debía de tener cuidado, porque podía desaparecer de un momento a otro. El propio Harry había sido bien advertido por Feodras sobre esconder su Vista, el cómo Harry no pasaría a ser nada más que un perro de caza para los Aurores del Ministerio, si tenía suerte y si no la tenía, acabando como un archivo con un numero para los Inefables, dado como un nuevo juguete a un niño que adoraba desarmarlos.

Pero, lo que inquieto a Harry era el saber que solo la extraña obsesión de Dumbledore de mantener todas sus cartas para sí mismo era lo que lo había mantenido a salvo de acabar como un juguete del Ministerio desde el momento en el que había sobrevivido por primera vez a la maldición asesina. Otro claro ejemplo de la manía del hombre con esto era Hermione: la Gryffindor, por todos los hechos y su habilidad con la Vista, debería de estar bajo el control del Ministerio según la ley, fácilmente borrada de la mente de sus padres y sin nadie en el Mundo Mágico que la busque, pero Dumbledore había visto un peón utilizable a futuro y decidido que era mejor controlarla desde las sombras en Hogwarts.

Era escalofriante, como pequeñas decisiones o acciones podían cambiar grandes hechos. El mismo Harry, el de otra dimensión, había terminado con un destino mucho peor que el suyo: arrastrado bajo el yugo de los Inefables, todo por el bien mayor de lograr comprender esa extraña imposibilidad suya de morir. Todo porque Vernon Dursley, una noche, había cruzado un límite impensable.

Pero, la principal diferencia entre Harry y esa otra versión de él radicaba en una sola persona: Tom Riddle. Porque, en otro mundo, Voldemort había sido la principal causa para la caída de Dumbledore y una reestructuración completa del Mundo Mágico ¿Era esto algo bueno? Harry no lo sabía aun, sabía que las criaturas mágicas estaban teniendo un lugar innegable en la sociedad Mágica, debido a que Riddle en ese universo se había negado a acatar ideologías extremas por parte de sus seguidores y había cumplido con su palabra de devolver a la gloria a toda criatura que lo siguiera, pero ¿Los nacidos de Muggles? Eran un mundo aparte, el otro Harry le había mirada con una sonrisa sedienta de sangre cuando preguntó, hablándole de sistemas de acogidas que les quitaban a los padres muggles sus niños mágicos, quisieran o no. Le mencionó métodos de selección para aquellos niños nacidos de muggles con grandes capacidades, dándoles un lugar en esta sociedad que antes le cerraban las puertas.

Con los Nacidos de Muggles, y aquellos mestizos que así lo quisieran, Voldemort hizo algo impensable para muchos, improbable de su parte para otros: creo el Primer Batallón Mágico, conformado por aquellos voluntarios que quisieran quedarse en el Mundo Mágico (a los que no, les borraron la memoria y cualquier rastro de sus capacidades mágicas), personas brillantes en duelos, pociones, curación, investigación, cuidados de criaturas, cada habilidad tenía su lugar y rol en este. Y así, Tom Riddle creo el primer ejercito mágico, algo mucho más allá que los Aurores e Inefables, solo un paso más para hacer de Gran Bretaña Mágica una potencia mundial e incuestionable.

El otro Harry le había contado que, por supuesto, hubo quienes se opusieron. Tanto supremacistas de sangre, seguidores de Voldemort, como miembros rebeldes de la Orden de Fénix: Voldemort los aplastó a todos, silenciando cualquier protesta bajo un río de sangre u opresión, hasta que su palabra fue incuestionable. Se transformó en la ley, condena y justicia, en las manos de un solo hombre que era capaz de todo por sus objetivos.

Esto le había recordado a Harry a su propio Riddle.

«No voy a renunciar a mis planes, no voy a arriesgar toda mi cuidadosa planificación para tomar el poder, por tu deseo caprichoso de recuperar a tu familia y burlarte de Dumbledore.»

Harry podía sentirlo en esas palabras, la esencia pura de Voldemort: poder, ambición, astucia e inteligencia, todo junto en una persona sin límites y sin preocupaciones como la moral. Tom Riddle, Lord Voldemort, era un hombre brillante, poderoso, capaz de hacer a dioses caer a sus pies con solo palabras si así lo quisiera, pero también era un hombre que no conocía los lazos de amor, amistad o familia que los demás tenían y era por eso que no tenía límites de hacía donde era capaz de llegar para lograr lo que quería.

Voldemort era un hombre con un plan y metas claras, lo que lo hacía extremadamente peligroso.

Harry, en cambio…

«Ni siquiera conozco tus metas, tus motivaciones, no se hacia dónde buscas ir, y no voy a arriesgarlo todo solo para que Dumbledore descubra mi vuelta al mundo demasiado pronto y las consecuencias que esto trae lo arruinen.»

Harry era apenas un adolescente con mucho poder, sin control sobre él, un destino para nada claro, pero importante, y la expectativa de toda una sociedad mágica sobre sus hombros. Su único objetivo importante, hasta ahora, había sido liberar a los gemelos, pero ¿Ahora qué?

El otro Harry le había aconsejado que lo tomara con calma, aprender magia, formarse a sí mismo y disfrutar de este precioso tiempo y de esta libertad que podría acabarse demasiado pronto si apresuraba las cosas.

Las cosas con Voldemort fueron un claro ejemplo de cómo puede ir todo si lo apresura.

No obstante, al ver a Darrius reír y a Feodras suavizarse al poder hablar sobre cosas que ama, Harry sentía que no podía arrepentirse de cómo fueron las cosas.

Y, como si sintiera su pequeño momento perfecto de paz, el timbre en la mansión Flamel sonó, logrando que Darrius se cayera de su silla por el susto, Feodras mirara a las paredes extrañado por el sonido y que Harry inmediatamente se preocupara.

Enid, la identidad que era la sala de la Mansión Flamel, se presentó frente a Harry, pasando a su lado y deslizándose rápidamente y en silencio a través de la mansión en busca de Nicolás y Perenelle. Ahora, quizás entrar en pánico porque sonara el timbre del lugar pareciera algo exagerado, pero Harry tenía que tener en cuenta algunas cosas: como que la mansión Flamel se ubicaba en medio de la nada en un campo a las afueras en Francia, que nadie era lo suficientemente tonto como para atreverse a acercarse a un lugar perteneciente a Flamel y, lo más importante, que la sala de la mansión era tan poderosa que debería haber sido imposible para cualquiera permanecer cerca de ella, mucho menos ingresar a la propiedad y tocar el timbre.

Los Flamel llegaron imposiblemente rápido al vestíbulo donde todos habían migrado, mirando la puerta cuyo timbre no paraba de sonar como si fuera una aparición fantasma y Enid apareció al lado de Harry inmediatamente.

—Ni siquiera la sentí llegar —dijo, mirando a Harry seriamente mientras un par de sus trenzas flotaban a su alrededor—. Mas mocosos ladrones en mi lugar, fantástico —se quejó la sala, cruzándose de brazos y viéndose como si estuviera a punto de empezar a pisotear con los pies.

— ¿No "la" sentiste? —preguntó Harry, ya creyendo saber de quien se trataba tras la puerta.

—¿Aparte de ladrón también estas sordo, enano?

—¡¿ENANO?! ¡Mira quién habla! Te ves como una mocosa de ocho años, pulga.

Para entonces, los Flamel y los gemelos les miraban como si estuviesen dementes por discutir en un momento así, sin mencionar que ni Perenelle o los gemelos podían ver a Enid. Para ellos, Harry solo le estaba gritando al aire como un maníaco.

De ser posible, Enid se vio incluso más furiosa con Harry, abriendo la boca para dejarlo verdaderamente sordo con esa capacidad única que los niños (o salas con apariencia demonios de ocho años) tienen para llevar sus pulmones a nuevos niveles. Pero, como una salvación para Harry, la persona tras la puerta pareció cansarse de tocar el timbre y prefirió llamar la atención de todos también entrenando sus pulmones para las siguientes olimpiadas de gritones.

—¡HARRY JAMES POTTER ABRE ESTA PUERTA AHORA MISMO! ¡ME ESTOY CONGELANDO AQUÍ AFUERA! —La voz estridente, perteneciente a una muy enojada Hermione Granger, resonó en la sala haciendo saltar a todos en sus lugares ante el grito inesperado y logrando que Flamel se arrojará al sofá más cercano mientras murmuraba sobre mocosos del infierno que le darían un paro cardíaco con sus rarezas; Perenelle solo le dio palmaditas ausentes en la cabeza, como si consolará a un perrito enfurruñado.

Harry se apresuró a abrir la puerta, antes de que Hermione decidiera que sería mejor volarla, y se encontró con la mirada furiosa de Hermione, quien también poseía una nariz y mejillas rojas por el frío de la noche.

—¡Hasta que abres! Harry, no le das una nota estúpida a Weasley sobre donde estas y no esperas que venga a revisar que no incendiaste el lugar, idiota.

—¡Oye, mi nota fue bastante ingeniosa para que sepas!

—Claro que no lo fue, Potter, tienes la sutileza de un hipogrifo ebrio. —Esas fueron las palabras con las que Ginny Weasley ingresó a la mansión Flamel, seguido rápidamente por Luna y Draco Malfoy.

Todos ignoraron el grito de "¡Hay más de ellos! Perenelle, querida ¡Se están multiplicando!" completamente infantil por parte de Flamel, Perenelle solo le metió un panecillo cercano en la boca. Draco miró a Flamel como si fuera un pedazo de basura en las suelas de sus botas, ganándose una mirada perturbadora por parte del mago mayor y el joven Malfoy procedió a esconderse detrás de Weasley.

—Honestamente, Malfoy —se quejó Weasley mientras interponía a Luna entre ellos—, no miras a un mago como Flamel de esa manera solo por su excéntrico comportamiento.

—Me agrada la pelirroja —dijo Flamel.

—¡Trátame de ella una vez más, ricitos de oro, y te daré de comer tu propia lengua! —le gritó Weasley a cambió.

—Retiro lo dicho.

Luna, mientras tanto, solo miraba especulativamente entre la forma en que Draco seguía tratando de estar escondido tras Weasley y como este trataba de sacarlo de ahí.

—No me opondría a un trío —declaró Luna, logrando que Weasley gritara su nombre horrorizado y que Draco palideciera para luego enrojecer.

—Luuuuunaaaaa ¿Porqueeeeee? —se siguió lamentando Weasley.

—Puedes unirte si quieres Harry —Siguió Luna, ignorando completamente a la cabeza pelirroja que se quejaba contra ella.

—Por Merlín, los extrañe, imbéciles —dijo Harry, sonriendo feliz, y Hermione suspiró derrotada detrás de él.

—No sé si enojarme por su comportamiento —comentó Hermione a Darrius, con el rostro en blanco, libre de cualquier emoción—, u ofenderme por no recibir una invitación para ser un cuarteto.

Darrius no lo soportó y empezó a derrumbarse por la risa sobre Feodras, quien veía a los amigos de Harry completamente perturbado, pero a la vez con esa expresión en su rostro que decía que quería diseccionarlos a todos para entender sus pensamientos.

Perenelle, la única persona medio racional en ese momento, invitó a todos a sentarse en el salón principal, también abarrotado de cosas y con dos juegos de mesa diferentes entre sí, a una cena temprana mientras cerraba la puerta del hogar Flamel y arrastraba a su esposo por el brazo, ignorando sus dramas.

Lord Voldemort miró impasiblemente el exterior a través de la ventana detrás de su escritorio en el silencio reinante en su oficina. Para el resto del mundo, su rostro de piedra no representaba emoción alguna, era como aquellas intimidantes estatuas de dioses en los viejos templos griegos: carentes de emociones y con una mirada que pareciera saberlo todo, juzgadora de cada pequeña y aburrida vida mortal que existía en la tierra.

Voldemort miraba al cielo como un dios aburrido de sus largos años de vida, pero su mente era algo completamente diferente. Un caos reinante y, como nunca, desorganizado, sus pensamientos saltaban de un lugar a otro, carentes de lógica, pero abrumadoramente llenos de emociones.

Era comparable a observar un espejo romperse en el vacío del espacio, carente de sonido, pero con fragmentos que se expandían hasta el infinito sin rumbo alguno. Solo eran pensamientos que se rompían en sí mismos, los ecos discordantes de palabras que no habían logrado complementarse entre sí para formar oraciones completas, por lo que se fragmentaron y condenaron a sonar y romperse unas sobre otras en un lugar sin ruido ni fin.

Y todo era culpa de Harry Potter, la representación misma de lo imposible volviéndose realidad ¿Quién diría que algún día Tom Riddle se encontraría a sí mismos sin poder pensar lógicamente? ¿Sin poder ordenar sus ideas y pensamientos unos al lado de otros, con métodos rigurosos, lineales y ordenados? Porque, por primera vez en su vida, Voldemort no tenía control en su propio palacio mental; condenado a pensar sobre un ruido blanco en su cabeza, en medio de un espacio que parecía sin fin y con palabras fracturadas que no podían unirse.

Todo por culpa de Harry Potter, la condena de su lógica, que no le permitía poner sentido a nada de lo que experimentaba en ese momento. Y eso mismo no tenía sentido en sí mismo, porque él, Lord Voldemort, no tenía motivos para estar en semejante estado con solo pensar en un adolescente problemático, que por todo lo inteligente o poderoso que fuera, no había valido la pena los riesgos de mantenerlo cerca.

Pero, aquí estaba, incapaz de pensar mientras miraba sin observar nada hacía afuera y el silencio del lugar, la paz reinante, pareciera arrastrarse sobre él lentamente. La falta de otra mente sagaz que se había atrevido a desafiarlo, pesaba en la ausencia de alguien debatiendo, más bien discutiendo, con él.

La ausencia de Harry Potter le inquietaba al no poder sentir la magia del otro complementando el ambiente, al no haber nadie que lo desafiará, que lo hiciera pensar fuera de lógica o le mirará con ojos de un color maldito y le retará a duelo como quien pregunta por cosas banales.

Pero él era Tom Marvolo Riddle, Lord Voldemort, y tal estado era una debilidad que no podía permitirse por mucho tiempo, menos aún ante los golpes firmes que resonaron desde su puerta. Y, con la cara probabilidad de que alguien pudiera verlo así, Tom se obligó a sí mismo a empujar el caos de su mente hasta el fondo de esta, como quien convierte la enormidad de una galaxia a solo una mancha en un supercúmulo de galaxias.

Uno de sus mortífagos entró, y Tom pasó la larga explicación de su reporte con solo la mitad de su mente, la otra aún se negaba a dejar ir el tema de su discordancia. Por lo que, absolutamente irritado consigo mismo, espantó a su seguidor fuera del lugar.

De todas maneras, ¿Quién se tarda más de una hora en dar detalles banales sobre su puesto bajo en el Ministerio y su uso para su causa? Tom no necesitaba saber si tal compañero secretario sabia tal otra cosa escandalosa sobre otro secretario de bajo nivel. Si el siguiente reporte se parecía a este, Tom se prometió cruciar al mortifago fuera de su mente.

Una vez que la puerta se cerró firmemente tras la apresurada retirada del mortifago, Tom se permitió a sí mismo el recostarse sobre su silla cansadamente y observar el techo de yeso tallado en espirales y con una pintura realista del cielo que Malfoy poseía en el lugar, algo absolutamente pomposo y esperable de la familia sangre pura. Era algo que tuvo a Riddle pensando en cómo Potter disfrutaba de observarlo y hacer como si Tom no existiera en su propia oficina privada, ignorando al Señor Oscuro mientras se inclinaba en la silla tras el pesado escritorio de roble y procedía a subir los pies sobre el mismo.

Tom le había disparado un maleficio cortante a Potter cada vez que hacía eso, y, cada vez, el mocoso lo esquivaba pulcramente rodando con la silla opulenta y sonriéndole a Riddle con los dientes mostrándose mientras se burlaba de él, para ganarse un Crucio que iniciaba otro duelo entre ambos.

Pero ahora, solo había una pila de papeles en su escritorio y otro jodido Mortifago tocando a su puerta.

Tom contó hasta cuarenta, solo para hacer esperar y retorcer de los nervios a su seguidor, antes de darle permiso para entrar.

Lucius Malfoy ingresó al lugar, completamente pálido y ya pudiendo sentir un Crucio reservado para él solo por la pesadez de la magia en el ambiente, y miró el periódico que tenía en sus manos sin saber si esto podría empeorar o no el estado de animo de su Señor.

Armándose de algún tipo de valor, o más bien eligiendo el menor de dos males al pensar que sería peor que su Señor se enterara de esto más tarde y que, además, Lucius no le había advertido de inmediato sobre tal acontecimiento le valdría cosas peores que un Crucio; el jefe de la Casa Malfoy caminó la distancia entre la puerta y la mirada carmesí sangrienta de su Señor con cada paso siendo una sentencia de muerte.

Una vez frente al elegante escritorio, Lucius deslizó el periódico hacia su Señor como quien trata de alimentar a un tigre, ganándose una mirada de ojos estrechos por parte de Voldemort ante el acto temeroso, y carraspeó incómodamente su garganta antes de decir:

—Pensé, mi Señor, que las noticias de hoy podrían requerir de su atención inmediata.

— ¿Pensaste, Lucius? —cuestionó Voldemort, con una cadencia en sus palabras que tuvo a la muerte respirando en la nuca de Lucius Malfoy.

Sin darle tiempo a responder, Voldemort tomó el periódico y lo abrió en su primera página para ser recibido con una frase escrita en letras enormes de primera plana.

"¡Niño-que-vivió continúa desaparecido! El silencio de Dumbledore tras acusaciones del Ministerio por la desaparición de Harry Potter en Hogwarts trae sospechas a la luz"

— "Continúa desaparecido" Es decir, que en El Profeta la desaparición de Potter ya ha sido informada antes de hoy ¿No es así, Lucius?

Tom no esperó respuesta, el solo hecho de saber que era una de las últimas personas en conocer sobre la falta de Potter fue suficiente para llevarlo al límite.

Trae a Severus, ahora.

Nicolás Flamel era un nombre que todos conocían, incluso los muggles, pero esa no era la persona que siempre había sido.

En algún lugar, hace mucho tiempo antes de que el tiempo empezara a ser contado debidamente, un algo se formó en una tierra sin nombre. En un espacio de una época donde las palabras no eran necesarias, y por ello, la necesidad de reconocer todo aun no existía, se alzó una figura de lo que pareció la nada, pero su existencia fue formada en planos más allá de cualquier vista comprensible, en lugares donde los muggles de un futuro lejano empezarían a arañar apenas la superficie y tratar de llegar más allá de los que sus ojos humanos podían ver, pero nunca demasiado cerca del núcleo de todo como les gustaría.

Del polvo y el oro surgió una vida, traída al conocimiento por un ser poderoso, pero considerado nada ante la grandeza de otros que se inventarían luego e incluso subestimado por aquellos verdaderos que compartían su existencia.

De la necesidad de reconocimiento, ante lo que los humanos nombrarían soledad o aburrimiento, la existencia de poder que sería llamada Magia, e incluso representada en culturas con nombres, aspectos y géneros mortales, sin un nombre que reconociera como propio al carecer de la necesidad de nombramiento por un padre que trae la naturaleza de reconocer la vida de alguien o algo, trajo al mundo que luego apodarían Tierra, como si fuera único, algo para su entretenimiento.

Porque observar las vidas que sus allegados traían a la existencia ya no era suficiente, y aunque todas tenían un motivo en esa pequeña cadena de eventos que sucedían en ese pequeño rincón del espacio, lo sabía, aún no veía el motivo de una de las otras creaciones.

Tan simple, sin papel que desempeñar, y solo con la capacidad de pensar para su propia comodidad, se aburrió rápidamente de verlo todo. De ver la nada traída por esa existencia sin grandeza ni gloría que pudiera ser contada más allá de la sangre y descubrimientos que solo a los suyos importaban. El algo llamado Magia trato de imitar a sus los que antes hicieron a eso llamado humano y darle un nuevo sentido.

Fue así como de polvo y oro, del simple deseo banal de algo poderoso, nació otra criatura que pronto también decepcionaría a su creador, condenada con la ruina de cualquier ser pensante: la necesidad del pensamiento y la autoconciencia, los cuestionamientos de su origen que llevarían a guerras y a resaltar sus diferencias, que ante la grandeza de la vida nada significaban, puestas sobre el espíritu, la mente, el amor e incluso la propia piel; cada cosa usado como un pretexto para separar donde deberían coexistir, porque el solo hecho de pensar ya los hacía diferentes y no podías pedirle unidad a un ser que no era creado igual. A un ser que, en la búsqueda de un motivo para ser, se dedicó a resaltar todo lo que los otros eran y no eran para crear caos y sangre a su pasó.

Porque ante el vacío de ser nada, la nueva criatura apodada humana, se dedicó a extinguirse a ellos mismos y a lo que tocaban, en la búsqueda de un algo.

De este modo, se creó a un humano (quizás no eran humanos, se diría en un futuro) que llamarían mago. El primero de todos al comienzo trajo orgullo a su creador, maravillado ante la dicha y maravillas que este pequeño ser podía hacer con solo un insignificante acceso al poder de todo, pero luego lo que sería un mago comenzó a cuestionar y pensar "¿Por qué debó obedecerte? ¿Por qué debo existir solo para complacerte? ¿Es eso lo que siempre seré? ¿Es mi vida entretenimiento?".

El ser que lo creó nunca contestó, porque la existencia era solo existencia, no había motivos para la eternidad ni explicaciones para el poder. Y el problema de un ser con poder, pero humano, era que todo tenía un motivo, porque tampoco había una razón para no tenerlo.

Lo que fue polvo y oro, se volvió mago, pero aprendió a pensar como humano y no se vio complacido con la banalidad de solo existir por hacerlo. Se alzó en poder, incapaz de ser extinguido por ese algo que lo creo de lo mismo que su núcleo, y buscó expandirse.

Ampliando su mundo más allá de la tierra donde fue creado, se encontró con seres parecidos a sí mismo, pero inmensamente más simples. Descubrió las maravillas de otras criaturas que habitaban la existencia, pero su dicha no duro para siempre, cuando el ser que lo creo lo castigó con algo que sabía preocupaba a los mortales: le dio el conocimiento de que no era único ni especial para la vida o la muerte, solo otra existencia. El algo llamado Magia que creo al Mago buscó condenarlo con lo que había visto a muchos otros humanos caer: la necesidad de obtener logros que perduraran la historia, la grandeza de escuchar su nombre destacarse sobre muchos otros como él.

Y con eso, Magia brindó el poder a mas mortales, pero no les dio la eternidad que el primero de ellos tuvo.

Así, el Mago se vio con la necesidad de obtener un nombre, debido a que ya no era el único mago. Pero, con el tiempo pasando rápidamente como un parpadeo, debido a la condena de la eternidad, el Mago se enfrascó tanto en tener nombre, que no se destacó y tampoco se acercó a ninguno de su clase.

Se vio, de repente, en una época donde los magos y humanos existían juntos, pero el Mago no tenía nombre y vio a otros, sin dudas no tan poderosos como él, pero más ambiciosos, alzarse a la gloria y plasmando sus nombres en la historia. Consiguiendo que los notaran, los amaran e incluso les recordaran, pero el Mago no se alzó en la época de los grandes, que lograron ser llamados dioses.

Ni tampoco en la época en que los dioses fueron solo nombres y ya no existían, donde seguidores invocaban los restos de sus existencias a través de sus nombres y plegarias, porque él no tenía nombre al que llamar y no crecería en gloria en un lugar donde debías de seguir a un dios para ser reconocido.

Fue así como el tiempo pasó, y el Mago viajó de un lugar al otro, vio imperios caer y a los dioses pasar a ser mitos, migró de un lugar a otro en busca de existencia y pasó por muchos nombres, pero nunca ninguno fue suyo. En sus viajes vio a magos buscar la existencia eterna y fallar, volviéndose criaturas de sangre, de noche o carentes de alma, corrompiéndose cada vez más en la necesidad de ser algo grande, pero el Mago nunca consideró necesario compartir el secreto tras su eternidad con ninguno de estos seres simples, aunque similares.

O era así, hasta que el Mago conoció a uno que se hacía llamar Merlín.

Rodeado de grandeza, en todos sus significados y formas, como ninguno antes que él, vio a Merlín dar a conocer su nombre como ninguno antes que él.

El Mago se acercó a Merlín fascinado, ante una criatura llena de poder, pero a la vez simple en su bondad, y le compartió algunos secretos de conocimiento que sus milenios le habían dado.

Por primera vez, el Mago codiciaba algo mucho más que incluso un nombre, pero Merlín no era del Mago, ni remotamente destinado a ello. El Mago podía sentirlo, si se quedaba, lo mucho que eso cambiaría, pero eso no evito que el Mago odiara a aquel a cuál Merlín pertenecería.

La historia del Mago tiene mucho más que contar inclusive, de grandezas y caídas, de oponerse a lo que lo creo e incluso su papel en una de las leyendas más grandes del mundo no tiene mucha importancia aquí. Ni su época sin nombre e incluso aquel oscuro momento en los que se dedicó a contribuir en la aniquilación de su propia clase importaban, porque para el Mago todo comienza cuando conoció a esta criatura con una gran vista, que lo vio como era incluso antes de conocerlo y le dio una manera de obtener su nombre.

Perenelle Flamel encontró al Mago en una librería en Francia, siendo la séptima hija de una séptima hija, estuvo dotada con conocimientos más allá de su comprensión desde el momento de su nacimiento y por ello, la eternidad pasó entre ambos al momento de conocerse. El vínculo de un conocimiento más allá de la capacidad de comprensión humana les hizo a ver al otro por todo lo que eran desde un comienzo, y aceptar incluso sus partes más oscuras.

Por primera vez. El Mago no solo codició a alguien, sino que lo comprendió y amó. Así, Perenelle le llamó Nicolás.

***...***

Estoy de vuelta ¿Cómo estuvieron este San Valentín? Yo solo me la pasé buscando sus orígenes y que fiesta pagana trató Roma de que San Valentín reemplazara (típico romano).

¡Gracias por leer!

Sepheline.