Harry escupió agua por lo que se sintió como la centésima vez. A unos metros de él, Flamel se sentó a disfrutar del espectáculo en una silla de exterior bastante cómoda y, a su lado, una pequeña mesa circular francesa sostenía un juego de té junto a varios platillos con bocadillos.

El mago sentado cómodamente levantó su taza de té en señal de un brindis y le sonrió a Harry llenó de alegría y sarcasmo antes de beber. A Harry le dieron unas ganas repentinas de golpear a Flamel en la cara, pero lamentablemente, eso le hizo perder la concentración en el agua que intentaba levitar, provocando que esta le explotará en la cara. Otra vez.

Harry tosió fuertemente para desalojar la incómoda sensación que le quedó cuando un poco de agua fue por el tubo equivocado en su garganta, procedió a lanzar otro hechizo de secado sobre sí mismo y volvió a concentrarse en levantar la cantidad mínima posible de líquido con su magia. Lo que resultó en una gran bola de agua del tamaño de un globo que Harry miró como si fuera la fuente de todas sus pesadillas.

La bola de agua le explotó en la cara, de nuevo.

Darrius observó a Harry practicar con Flamel a una distancia prudente. Desde la última vez que la frustración de Harry ante su falta de avance acabó con la laguna agitándose y alzándose sobre todos como un mini tsunami furioso, Darrius y Feodras tomaron la prudente decisión de observar a Harry en la seguridad del salón veraniego de la mansión. Proporcionándoles una excelente vista del par de magos entrenando afuera y la protección contra la magia salvaje de Harry. Los gemelos se sentaron en los cómodos sofás con Feodras leyendo un libro y Darrius haciendo muecas adoloridas por cada vez que Harry acababa empapado de pies a cabeza (lo cual era demasiado seguido para su pobre rostro).

—¿Deberíamos de decirle que se tome un descanso? —preguntó Darrius a Feodras, quien simplemente levantó la vista de su libro para mirar la figura de Harry goteando agua y maldiciendo tras su último intento.

Feodras miró a Darrius con una cara en blanco, pero los ojos brillantes en placer sádico y las puntas de sus labios casi temblando por ocultar las ganas de reírse de la situación.

—Déjalo —le dijo a Darrius, ya casi sin poder ocultar la sonrisa y forzándose a mirar su libro en un intento pobre para disimular sus ganas de reír como maniaco—, le sirve sufrir un poco después de cada infarto que nos ha dado desde que entró a Hogwarts.

Darrius, sinceramente, no debería haber esperado una respuesta diferente por parte de su gemelo. No obstante, tras recordar cada nota frenética o patronus chillando furioso que Severus le envió por cada estupidez cometida por Harry, le contestó:

—Punto justo.

Darrius se inclinó hacia la mesita ratonera en el medio de los sofás para buscar una galleta, solo para que sus dedos tocaran nada más que aire, migajas y el plato de cerámica en el que solían estar. Miró a sus dedos llenos de los restos polvorientos de las galletas y al plato vacío con sorpresa (él cocinó casi dos docenas de galletas para el té), para luego transformarse rápidamente en una furia indignada.

—¡FEODRAS! ¡TUUU… MALDITA BESTIA COMELONA! —Chilló Darrius con todo su aliento. Girándose a mirar a su hermano solo para descubrir nada más que un libro abandonado donde este solía estar.

Voy a matarlo, pensó y salió en busca del bastardo comegalletas.

—Señorita Weasley.

Aidan Weasley escuchó llamar a sus espaldas, pero decididamente ignoró mientras avanzaba por el corredor que llevaba al Gran Salón luego de su clase de Transfiguración. Detrás suyo, Minerva McGonagall le seguía como una furia enloquecida, señalándole con un dedo acusador que no podía ver, pero sentía completamente, y pisando fuerte mientras le llamaba cada vez más fuerte.

—Señorita Weasley. —Volvió a llamarle, Aidan le ignoró.

» ¡SEÑORITA WEASLEY! —gritó de nuevo McGonagall.

¿Alguien estaba hablando?

Aidan no podía escuchar a nadie. No, él no y, sin dudas, él no conocía a ninguna señorita Weasley en todo Hogwarts.

Él no iba a perder esta batalla, ya tenía suficiente con todos los profesores siembre llamándole Ginevra Weasley al pasar lista en clases. Maldición, él ya ni siquiera levantaba su mano en clases debido al odio profundo e indignación que estallaban en su pecho cada vez que un profesor le señalaba y decía: "Si, señorita Weasley ¿Algo que agregar?", "¿Tiene la respuesta a la pregunta, señorita Weasley?" o cualquier oración parecida.

Le hacía querer gritar, explotar contra sus profesores al negarse a hacer algo tan simple como llamarle "señor Weasley". Joder, había otros seis Weasley a los que llamaron así durante toda su educación en Hogwarts y a los que siguen llamando ¿Qué podía costarles decir uno más? No iban a perder su magia al decirlo, ni ser maldecidos… Ni que él fuera el jodido Sin Nariz como para obtener tales reacciones de indignación cada vez que se atrevía a tratar de corregir a un maestro con respecto a su trato.

—Señorita Weasley, si no se detiene ahora mismo, le restaré veinticinco puntos a Gryffindor.

Ja, como si eso lograra convencerlo. McGonagall podía quitarle todos los puntos de la casa que quisiera, no es como si luchar para que una copa de estúpida se sentará sobre la chimenea en su sala común y colgaran banderitas de color rojo en el Gran Salón por todo un año fuera un gran incentivo. Era estúpido, competitivo al extremo y uno de los motivos por los que cada casa de Hogwarts siempre buscaba sacarse los ojos entre sí.

—Oh, por la barba de Merlín —suspiró McGonagall. Respirando pesadamente ante el esfuerzo de perseguir a la joven Weasley—… Señor Weasley —llamó, ya cansada.

—¿Si, profesora McGonagall? —Aidan se volteó a verla, sonriendo con la fuerza de mil soles.

McGonagall quiso resoplar divertida ante la actitud descarada demasiado parecida a los gemelos Weasley, con la mayor parte de su ira desapareciendo al detenerse a pensar un poco en lo que el estudiante frente a ella pasaba día a día.

—Otra vez está incumpliendo el código de vestimenta de Hogwarts —le advirtió al menor del clan Weasley. Este simplemente miró a los pantalones pertenecientes al uniforme masculino con absoluta inocencia.

Aidan metió las manos en los bolsillos de los pantalones que les robó a los gemelos sin arrepentimientos. Frente a él, McGonagall lucía una expresión divertida: algo así como una mezcla rara entre chupar un limón agrio, pero querer sonreír orgullosa a la vez. Con los labios arrugados en desaprobación, pero las mejillas temblando al tratar de no sonreír y las cejas moviéndose graciosamente.

—Los jóvenes magos no deben lucir un largo de pelo que superé sus hombros hasta por lo menos quinto año, o con un permiso firmado por el Jefe de su familia expresando que esto se debe a una tradición familiar. —McGonagall le informó, logrando que Aidan abriera y cerrará la boca, incrédulo ante la oportunidad que se le presentaba.

Aidan pasó una mano ante su largo pelo rojo, que le llegaba hasta mucho más debajo de su espalda baja por la manía de su madre que no le permitía cortárselo.

Lo odiaba, para ser honesto. Tardaba demasiado en lavárselo, se enredaba todo el tiempo y el mínimo viento lograba que este se alzará y moviera a su alrededor como una maldita antena muggle, o terminará todo por su cara, o cada vez que había humedad en el aire su cabeza terminaba luciendo como si un par de ratas tuvieran una pelea sobre un nido de pájaros horribles. Sin mencionar que le llevaba demasiado tiempo peinarlo para lucir presentable, pesaba demasiado al recogerlo y siempre acababa cayéndose del moño en que lo recogía, o soltándose de cualquier trenza en el que lograra amarrarlo terminando por parecerse a que intento atar veinte cuerdas de paja a la vez y no sabía hacer nudos desde un comienzo.

—¿Es usted siguiendo alguna tradición familiar, señor Weasley? —McGonagall le preguntó, viéndose absolutamente orgullosa y presumida con la sonrisa que le dirigía y mirándole por sobre sus lentes.

—No, señora —le contestó Aidan, tratando de lucir una cara seria y fallando.

—Muy bien. Esperó verlo apropiadamente cortado para mi siguiente clase, señor Weasley.

—Sí, señora —afirmó y observó a McGonagall darse la vuelta y marcharse.

Para cuando la figura de la profesora desapareció al doblar en la esquina del corredor, Aidan abandonó cualquier apariencia de compostura y se dedicó a saltar y agitar los puños como el absolutamente desquiciado y feliz loco que era en este momento. Sin importarle las miradas que se ganaba, siguió saltando ante la euforia debes en cuando en su camino al Gran Salón.

Casi le arranca la cabeza a un Ravenclaw al dar otro puñetazo al aire feliz, pero no le importó y siguió así hasta que llegó a su destino y procedió a ignorar a todos mientras caminó derecho a sentarse al lado de Draco Malfoy en la mesa de Slytherin. Sin preocuparse por los susurros y pullas que esto provocó, Aidan miró a Malfoy y, mientras sonreía maniáticamente, le dijo:

— ¿Qué te parece ayudarme a cortar mi pelo?

Malfoy le miró como si fuese a usar el pelo que sobrara para un muñeco vudú de "odio a los Weasley", solo para mantener las apariencias en un pobre intento de no lucir emocionado ante la idea de lucir todas sus habilidades con el cuidado de la apariencia. Pero, no obstante, asintió de acuerdo.

—Le diré a Hermione —dijo Luna, apareciendo de la nada como solo ella sabía, y sentándose al lado de Aidan sin dar una segunda mirada a la ronda de susurros furiosos que provocó—, tendrá menos nargles a su alrededor con el pelo más corto.

Sentada frente a ellos, Pansy Parkinson miró a Draco como si este tuviese las respuestas al universo del porque un Gryffindor y una Ravenclaw estaban en la mesa de las serpientes.

Malfoy, claramente, no entendió la mirada.

—Luna quiere decir que Granger se vería mejor con el pelo corto —le informó el heredero Malfoy a su conmocionada compañera de casa.

—Si…no, ¿O sí? ¡Pero no! —Balbuceó Pansy, perdiendo la compostura y cayendo en el truco de Draco para evitar un drama, se veía como si alguien hubiese puesto un complicado ejercicio de aritmancia frente a ella y su vida dependía de la respuesta.

Aidan ocultó una sonrisa tras su vaso de jugo de calabaza, mientras que Luna ni siquiera se dignó en disimular que se estaba divirtiendo. Aunque no muchos podían notarlo, dado que la Ravenclaw tenía un dominio absoluto sobre mantener siempre una apariencia sorprendida o lejana en su rostro. Pero él lo sabía debido a la curva de sus labios y una pequeña manía de tamborilear sus dedos contra sus piernas cada vez que algo le divertía.

—Aunque… No, imposible. —Parkinson continúo murmurando como alguien que acababa de beber diez tazas de café en menos de media hora. Honestamente, Aidan se alejó un poco de la Slytherin, nada peor que una serpiente perdiendo la compostura así. —No obstante, podría ser. Sí, sí, seguramente funcionara ¿Puedo unirme a ustedes?

Ante la abrupta pregunta, Malfoy casi se atraganta con su comida, Luna sonrió como un depredador obteniendo la presa y ¿Aidan? No lo admitirá nunca, pero chilló horrorizado.

—¿Sí? ¡Excelente! Los veo en la sala común de Slytherin —Parkinson se despidió y se alejó murmurando cosas sobre peinados y oportunidades a un ritmo de procesamiento alarmante.

—Esto… —comenzó Aidan, dándole a Draco una mirada muerta— es tu culpa, Malfoy.

Draco golpeó su cabeza contra la mesa en frustración.

Albus Dumbledore observó los múltiples mapas anclados a la pared, cada uno representaba un lugar o pueblo mágico diferente. Cada uno marcado por la probabilidad de que Harry Potter pasará por ellos y, a la vez, por si dicho lugar ya había sido patrullado o no.

La vista era desalentadora, dada la tasa de éxito en encontrar pistas o rastros del mago Potter dando cero e inclusive, Albus se atrevía a pensar, menos que eso. Donde sea que Harry Potter estuviera, estaba muy bien escondido.

Ya sea por voluntad propia o no (lo último siendo lo que Dumbledore pensaba, dado que la probabilidad de que Harry se escapará voluntariamente le resultaba imposible de pensar), no eran noticias alentadoras el saber que su búsqueda parecía ser infructuosa.

El Ministerio no dejaba de presionarlo para explicaciones del porque un estudiante logró desaparecer de Hogwarts, La Junta Directiva (es decir, Lucius Malfoy y a quien logrará intimidar o poner de su lado) querían su cabeza por todo el escándalo, y El Profeta Diario no paraba de arrastrar su nombre por el barro, y la estabilidad de Hogwarts con él, dada la cantidad de lectores que esto parecía atraer. Albus, inclusive, había recibido cartas de padres amenazando con sacar a sus hijos de Hogwarts.

Con un suspiro que parecía asentar el peso de sus años en sus huesos, Albus Dumbledore se sentó tras su escritorio y miro la superficie de este con ojos serios que parecieran encontrar la respuesta a todos sus problemas en los patrones de la madera.

Estaba seguro que Tom tenía algo que ver en esto, de alguna forma el mago oscuro escurridizo había encontrado la forma de llegar a Harry Potter. Tom debía de tener a Harry, no había nadie más en esta tierra tan obsesionado con el niño como para capturarlo directamente de los terrones de Hogwarts.

Ahora, por lo que Albus sabía, Harry Potter bien podría ser abono para la tierra en alguna tumba mal cavada en medio de un lugar olvidado. Pero, lo que aún lo mantenía buscando, era que Tom no había hecho ni dicho nada para jactarse de ello, con lo arrogante que era el otro, no desaprovecharía la oportunidad de mostrarle al mundo que había vencido incluso al destino, derrotado al profetizado para acabarlo sin ningún problema.

Tom tomaría cualquier oportunidad para demostrar su grandeza y superioridad, era ese tipo de mago que disfrutaba de la atención ante sus logros. Colgar el cadáver de Harry Potter en medio del Ministerio bien sonaba como algo que el otro haría en cuanto acabará con la vida del niño Potter.

Ahora ¿Por qué no lo hizo? ¿Qué lograba Tom al mantener al niño con vida? Albus temía que Tom conociera que Harry fue criado en ese callejón de mala muerte, rodeado por la influencia de toda esa magia y objetos oscuros ¿Estaba Tom tratando de volverlo a su lado?

Era probable, nada mostraba más la inteligencia y astucia, según los métodos de Tom, que convertir a cada enemigo a su lado. Merlín, si Albus no había tenido suficientes miembros de la luz cambiando de bando o muriendo cada vez que Tom los capturaba o, en aquellas épocas de su inicio, antes de deformarse por la magia prohibida, cuando solo una mirada o sonrisa por parte del Señor Oscuro había cautivado a cientos.

Su lucha para preservar el bien parecía hacerse cada día más complicada, y este era un pensamiento amargo de digerir, la posibilidad de que todos sus años de esfuerzo fueran en vano. El saber, que un solo movimiento incorrecto a partir de ahora, podría terminar con la delicada estabilidad que había reinado en la comunidad mágica durante la última década.

Era esa sensación, como un martilleo constante en sus pensamientos, como una opresión profunda en su pecho, lo que lo mantenía mirando, pensando, imaginando y volviendo a pensar. Era la fuente de cada noche de insomnio e inquietud, una sensación siempre presente en el fondo de su mente como una plaga. Albus, a menudo, vivía con el pensamiento constante de que solo hacía falta un momento de indecisión para acabar con todo.

En solo un segundo un par de muggles decidieron atacar a su hermana por cómo nació, y otra fracción en el tiempo, representada en una mirada de pánico, horror, desesperación e ira, fue para que su padre enloqueciera por ello y sentenciara su vida a Azkaban.

Le tomó otro instante al mismo Albus el pensar que nada podía salir mal con sus ideas y las de Gellert juntas, que nada más que un futuro brillante les esperaba a ambos, que el bien de todos dependía de ellos. Fue solo apenas un minuto, lo que tres personas tardaron en pronunciar tres hechizos al mismo tiempo que condujeron a un desastre, para que su hermana pequeña muriera.

Del mismo modo, solo le tomo un segundo, que se sintió como horas de tortura en su mente, para notar lo ciego que había estado ante las ambiciones de Gellert. Otro más, un conjunto de pensamientos cobardes, que acabó en a años de no enfrentarse al mismo Grindelwald; y uno más para conocer a un niño de once años sentado en una cama destartalada en un orfanato, después de haber incendiado el armario del mismo, para ver lo que no muchos notarían.

Porque fue solo un segundo, una especie de mirada, de hambre, cubriendo el rostro de un joven Tom Riddle que le hizo ver que ese niño era el tipo de persona que no se detendría ante nada. Era la avaricia por reconocimiento, por ser más, algo mejor y único, que le hizo ver en un instante lo que Tom Riddle podía llegar a ser. Fue solo un instante, una conjetura en su mente, que le hizo ver todo de lo que Tom era capaz, todo lo que ya hizo y como la palabra "limite" no significaba nada para él.

Fue un segundo, un momento en la eternidad de la existencia, que le tomó condenar al destino de todos a una guerra sin paralelos.

Otro fue dedicado a provocar, sin saberlo, la muerte de dos familias mágicas por una profecía mal escuchada en circunstancias desafortunadas. Otro para recoger al niño Potter en sus brazos, ver la marca de una tragedia en su frente, y comprender los horrores que aun aguardaban su porvenir.

Y ahora era este momento, dedicado a un suspiro que contaban años de vida y envejecía su mirar más allá de lo imaginable, para saber que su lucha pendía de un hilo frágil bajo la amenaza de un abismo si llegará a caer.

Para Albus, eran los horrores de la guerra susurrándole al oído palabras de desesperación y consecuencias atroces. Junto a las manos pesadas del deber posándose sobre sus hombros, haciendo que los huesos frágiles debajo crujieran bajo su presión, mientras las uñas afiladas se clavaban en la carne para recordarle el dolor de fallar.

Era cada cicatriz, cada mala decisión, asentándose sobre su alma. Cada vida perdida, cada una de las que aun vivían, cada mente sagaz bajo protección y cada palabra, ya sea dicha o en sus pensamientos, siendo una letanía que perjudicaba a su espíritu con cada oración de protesta, de temor o paranoia hacia todo. Eran mil voces, de ritmo monótono pero capaz de herir como cuchillas por cada silaba pronunciada, diciéndole "¿Qué harás ahora?".

Albus, con sus años arrastrándose sobre el como un rio de sangre y condena, solo oró para que sus miedos fueran erróneos en el silencio de una oficina que le vio dudar, acertar y errar entre sus paredes de piedra fría.

A Harry le costó casi nueve meses en dominar el ejercicio que Flamel le presentó. En parte, se debía a que cuando Harry logró formar y levitar correctamente una bola de agua del tamaño de una canica, Flamel le sonrió como un tigre a punto de devorar un canario y procedió a pedirle que ahora levantará dos canicas de agua.

Para cuando Harry consiguió lo anterior, Flamel le dijo que formara y levitara tres, y así el proceso se repitió una y otra vez. Decir que Harry pasó todo el tiempo frustrado e irritado más allá de lo posible era quedarse corto, él odiaba con absoluta pasión el maldito ejercicio y, si bien entendía el beneficio de esto en cuanto a su control, eso no significaba que tenía que gustarle.

Flamel no se lo puso nada fácil, disfrutando del sufrimiento de Harry al máximo y obligándole a aumentar el número de bolas de agua hasta que Harry sintió que podría desfallecer por la cantidad de esas pequeñas cosas del demonio flotando a su alrededor.

El control y la tensión que esto ponía sobre Harry eran monumentales, y ni siquiera estaba haciendo algo productivo o peligroso. No era algo útil, Harry no mataría a nadie por arrojarle un montón de bolitas de agua a las que apenas podía mantener en el aire; lo intentó una vez con Flamel al arrojarle casi una veintena de estas a la mayor velocidad posible, el mago apenas si sintió una picazón molesta ante el impacto, y luego procedió a arrojar a Harry a la laguna con solo una mirada.

Luego, alguien arrojó un libro a la cabeza de Flamel por eso y, cuando ambos miraron a la dirección de donde el libro fue arrojado, vieron a los gemelos parados ahí tratando de parecer inocentes. Harry podía jurar que fue Feodras, dada la sonrisa satisfecha que el gemelo mayor lucía cada vez que Flamel se frotaba el moretón que el golpe le provocó, pero Darrius era el que solía hacer estas cosas por lo que Harry no podía decidirse por cuál fue.

De todas maneras, en cuanto Harry tuvo un control estable en el manejo de las infames bolas de agua, Flamel lo hizo pasar a formar bolas de barro bajo los mismos términos. Aunque esta vez Harry termino con barro estallando en su cara cada vez que fallaba, por lo menos pudo arrojar el mismo barro a Flamel sin miramientos cada vez que el mago idiota se ponía presumido.

Y, aunque al principio no lo notó, Harry obtuvo un mejor control sobre su magia, una mejor comprensión de la misma. Ahora era menos propenso a explotar cosas o hacer temblar una habitación cada vez que su temperamento lo superaba, sin mencionar que la transfiguración se hizo mil veces más fácil al no sobrecargar de magia los objetos a transfigurar en su desesperación por transformarlos y acabar con algo completamente diferente a la que se suponía que quería lograr.

A su vez, los encantamientos le fueron más sencillos de lanzar. Antes, cada vez que Harry intentaba levitar una pluma con su varita del modo en que cualquier mago común haría, con sus movimientos de varita y hechizos en latín, esta solía prenderse fuego, explotar en su cara, o no hacer nada. Ahora, la pluma flotaba fácilmente y seguía las indicaciones de Harry cuando movía su varita.

Harry, si estuviera en Hogwarts, cursaría su tercer año ahora. Eso significa que casi tardo tres años en dominar un hechizo que cualquier primer año podría lograr en tres clases a lo sumo, pero eso se debía, según Flamel, a su estúpidamente grande núcleo mágico y a lo salvaje de esta misma.

Era como si Harry tratase de controlar un mar caótico por una tormenta, recogiendo solo un vaso de agua a la vez. Era un esfuerzo hercúleo, en el cual la mayoría de las veces solo conseguía romper el vaso más que nada. Flamel le enseño a calmar la tormenta, a devolver el mar que era la magia de Harry a un estado pacifico en el que sumergir un vaso y sacar agua no provocaría ninguna reacción adversa.

Harry se maldeciría a si mismo antes de admitir esto, pero Flamel era un buen maestro. Logrando que incluso él, con todo su salvajismo y terquedad ante la magia, aprendiera lo que es el control. Logró que Harry reinará sobre su temperamento explosivo y obtuviera algo maravilloso, que le había sido desconocido hasta el momento y parecía no figurar en su diccionario mental, llamado paciencia.

La paciencia, al parecer, era algo que la mayoría de las personas poseía, pero que no muchos dominaban. Algo que, sin dudas para Harry, había estado notablemente ausente durante un tiempo en su vida. Harry se preguntaba como hubiese sido todo en su vida si él fuera menos visión de túnel hacia sus objetivos y más paciente, calculador. Sin dudas, su visión de túnel hacia los objetivos de su ambición y falta de pensamiento lógico eran los principales motivos por los que Harry no era un Ravenclaw.

Harry no era como Luna, o muchos otros Ravenclaw que conocía, amantes del conocimiento por placer, no por ambición o poder, gente que era capaz de desarmar con una oración a cualquiera, pero no lo harían al menos que fuera el momento adecuado para ello. Los Ravenclaw, aprendió Harry debido a su amistad con Luna, eran tan viciosos, sarcásticos y ambicioso como los Slytherin, solo que eran más pacientes y lógicos que uno, logrando nunca ser atrapados o siquiera vistos como sospechosos de algo debido a sus tendencias de meter la cabeza tras un libro y lograr que las personas no los considerara nada más que amantes de los libros inofensivos.

Quizás, si Harry hubiese crecido para ser más paciente y lógico, hubiese acabado en Ravenclaw. Pero Harry no, debido a que para él el conocimiento no era más que una herramienta para proteger a los que amaba y había sufrido demasiado en su infancia para desarrollar algo como la paciencia hacia sus objetivos. Harry era vicioso y cruel cuando debía de serlo, él preguntaría primero, pero estaría apuñalando a su objetivo mientras lo hace y, en el caso de que obtuviera las respuestas que quería o no, consideraría si volver a apuñalar o extender una mano.

Harry haría lo que fuera por lo que quería, por lo que deseaba o por los que amaba, torcería su moral o la haría desaparecer de ser necesario porque ya había perdido una familia y no dejaría que le quitaran otra.

Pero gracias a Flamel, aunque sea mínimamente, Harry había aprendido control y paciencia. Aprendió a dar un paso atrás y mirar la imagen más grande fríamente, para ver si tomar el camino más largo sería beneficioso esta vez o no. Aprendió que a veces era mejor preguntar mientras la persona no sabía si iba a ser apuñalada o no.

Claro, todo esto no evito que encontrará a Flamel absolutamente irritante en el mejor de los casos. Como en este momento, cuando el mago francés lo había arrastrado fuera de la calidez de su cama a las 4 de la madrugada logrando que Harry solo estuviera a un paso de dejar a Flamel sin dientes, con una de sus pantuflas.

Flamel transfiguró la ropa de dormir de Harry en un conjunto de túnicas ligeras y pantalones negros con un movimiento de su mano mientras procedía a registrar todo dentro del armario de Harry y encontrar el par de dagas que los gemelos le habían regalado a Harry. Las envolvió en su funda de cuero y las arrojó en la dirección general de Harry.

—Empaca eso, tu varita y mudas de ropa y necesidades para por lo menos tres meses —le dijo Flamel, antes de salir de su habitación con un movimiento dramático de túnicas.

Espera ¿Qué?

—¿Qué diablos? —murmuró Harry desconcertado mientras empacaba todavía medio despierto, sin atreverse a usar magia debido al sueño ralentizando su mente ya que Harry probablemente acabaría por explotar algo al bostezar.

No fue hasta que Harry estaba pensando en cuantos cambios de ropa debería de llevar cuando en su mente resonó el periodo de tiempo que Flamel había mencionado.

—¡¿TRES MESES?! —gritó Harry, para nada divertido mientras abandonaba su habitación a favor de perseguir a Flamel.

Una vez en el pasillo, Darrius, completamente despierto y en pijamas, con su pelo un desastre, azotó su puerta en las prisas por ver cuál era la razón para que Harry gritará. El mago completamente alerta, tomó nota de que Harry estaba vestido como para salir y que no paraba de gritar el nombre de Flamel. Suspirando en derrota, Darrius agarra una bata para ponerse y camina detrás de Harry para evitar una catástrofe.

En el camino, Darrius se aseguró de patear la puerta de Feodras para alertarlo de que algo sucedía. Completamente seguro de que su hermano estaba despierto, ya sea por levantarse temprano o no dormir en favor de leer, dado que el ciclo de sueño de Feodras era una mierda jodida que Darrius había renunciado hace tiempo a corregir.

Feodras salió de su habitación en sus ropas de dormir favoritas que usaba al desvelarse: un par de pantalones muggles de algodón extremadamente cómodos que Darrius robaría algún día y algo que Feodras llamaba un "hoodie", lo que Darrius básicamente vio como una sudadera muggle con capucha, bolsillo delantero y agujeros para los pulgares (Darrius también le robaría eso algún día, los gemelos deben de compartir, promociones al 2x1 y todo eso).

Solo hizo falta que un golpe estruendoso resonará desde la sala, seguido de un grito (más bien chillido) por parte de Flamel ante algo que Harry claramente le hizo, para que Feodras pusiera los ojos en blanco y tomará su varita para separar al par caótico y problemático que Flamel y Harry representaban.

Aprendiendo su lección después de la última vez que a Darrius le tocó calmar a esos dos, el mago decidió que sería una buena idea dejar a Feodras a solas con eso y preparar algo de té para todos. Sobre todo, debido a que el sonido de cristal rompiéndose contra el piso fue suficiente para convocar a Perenelle a la situación: atándose la bata esponjosa que usaba y con una mirada asesina en sus ojos, hasta Feodras terminó por resguardarse en la cocina para huir de una muy enojada señora Flamel ante descubrir unos de sus adornos antiguos e históricos destrozado en el suelo por culpa de las dos reinas dramáticas residentes.

Otro chillido, esta vez proveniente de Harry, fue la señal que los dos gemelos esperaron para ingresar a la sala notando a Perenelle parada con las manos en la cadera frente al par caótico, ambos arrodillados en el suelo y viéndose como cachorros pateados, con una mirada castigadora que logró hacer sentir hasta a Feodras como si necesitara disculparse por algo.

—¿Porqué —preguntó Perenelle, aceptando una taza de té por parte de Darrius y sentándose en el elegante sillón victoriano detrás de ella— todo tiene que ser tan extremadamente dramático con ustedes dos?

El silencio los envolvió a todos mientras los gemelos trataban de hacer como si no supieran lo que estaba pasando a la vez que Flamel y Harry se veían como si quisieran que la tierra los tragara.

Perenelle se limitó a beber su té en pequeños sorbes y clavar sus ojos avellana, brillando casi en un dorado amenazador, en una clara señal de que era capaz de esperar por sus respuestas y disfrutaría hacerlo.

Flamel tragó saliva, viéndose pálido ante la luz de las velas y frotando sus manos casi nerviosamente al ver a su esposa claramente enojada.

—Cuatrocientos cincuenta y siete años —dijo Perenelle, y Flamel se vio como si fuera a vomitar—, esa es la edad del dragón de cristal que ustedes dos lograron romper. Un regalo de la nobleza china que me fue dada en mi primera excursión por el país.

» Ahora, querido, ¿debería de castigarte por el mismo periodo de tiempo? Dado que has decidido ser tan teatral de nuevo y ni siquiera informar a Harry sobre tus planes para viajes de entrenamiento a largo plazo ¿No debería de ser igual de dramática en mi reacción yo misma?

Los hombros de Flamel se hundieron y una mirada pesada se posó sobre su rostro mientras se ponía de pie lentamente y caminaba hacia su esposa. Flamel colocó una sola mano sobre el hombro de Perenelle.

—Lo que apacigüe tu ira, mi flor ardiente —contesto Flamel y Perenelle rió divertida ante el apodo ridículo.

—Bien, toma asiento y explica tus planes a Harry, reina del drama —le dijo Perenelle, levantándose de su lugar para sentarse en el sofá junto a los gemelos, al lado de un muy incómodo Feodras ante la súbita idea de Perenelle.

Al final, resulta que Flamel ideó un plan de entrenamiento de casi dos años, que involucraba llevar a Harry de un lugar a otro para conocer a varias personas que le debían un favor al alquimista o que Flamel estaba dispuesto a deberle favores, para que Harry conociera algo más allá de la magia estandarizada británica.

Por qué Flamel no pudo decirle todo eso desde un principio a Harry en lugar de despertarlo en medio de la noche y decirle que empacará por tres meses (el tiempo en el que estarían junto a la primera persona de la lista de Flamel) estaba más allá de Harry. Esto le llevó a preguntarse si la falta de cordura era algo normal entre los magos o a mayor poder, más dramatismo era la respuesta a todo.

Pensando en las túnicas brillante y los caramelos de limón de Dumbledore, la necesidad de susurrar y revolear sus túnicas de Severus y los discursos elaborados más la mutilación del alma de Voldemort, Harry pensó que su último punto era el más probable.

A mayor magia, mayor dramatización, sin dudas.

¿En qué dejaba esto a Harry?

Harry y Flamel aterrizaron en un bosque en algún lugar de Europa, con árboles enormes y clima húmedo dejando a Harry sintiendo como si su piel fuera a derretirse. El ambiente en el lugar era extraño, algo silencioso y la sonrisa maniática de Flamel no ayudaba a tranquilizar a Harry.

—Bienvenido al bosque de Hoia-Baciu, Harry —le dijo Flamel, y Harry le miró sin entender hasta que Flamel suspiró cansado y le dijo: —Rumania.

—¿No es eso el país donde esta Transilvania? —preguntó Harry.

Flamel suspiro como si buscara paciencia y miro a Harry como si fuera estúpido.

—¿Sabes algo Harry? Este bosque es conocido por todo el mundo como el bosque más encantado del mundo. Con leyendas de humanos que se adentran y pierden el sentido del tiempo, algunos hasta perderse y desaparecer, o salen de aquí con migrañas, vomito, heridas y malestar, apariciones, voces en los árboles y extraños sucesos… Algunos muggles hasta denuncian avistamientos ovnis y tú me dices "¿No es eso el país donde esta Transilvania?" ¿Es enserio, mocoso?

Harry se encogió de hombros, no es como si todos los días se la pasara leyendo cosas al azar y encontrara de repente algún libro que dijera "Los bosques más extraños del mundo" como para conocer este lugar. Eso era algo más bien que Feodras haría.

—¿Mencionas mi bosque, Flamel, pero no la parte más entretenida de él? —Una voz llamó entre los árboles, provocando que Harry saltará por el susto y se girará en busca del culpable.

Una mujer emergió de la nada, casi materializándose entre la maleza y los árboles, vistiendo una falda larga con una camisa holgada y cinturones de tela y cuentas aferrándose a la cintura de la falda con una extraña esfera pequeña hecho de algún metal dorado colgando de una cadena de donde un extraño humo emergía. La mujer también llevaba un par de dagas con forma de hojas en su cadera, y los brazos adornados por pulseras de cuero y joyería. Con la piel color mocha, labios gruesos y ojos color whisky de aspecto rasgado y depredador acentuados por el pelo negro y rizado extremadamente corto que poseía.

Se veía como alguien capaz de pelear con Flamel y ganarle sin sudar.

—Kala, siempre un placer el conocerte. —Alagó Nicholas a la mujer, Kala, ganándose que el par de ojos whisky le mirara y terminara dando un paso atrás por el nerviosismo.

—Ojalá pudiera decir lo mismo, Mago —le llamó Kala, con un acento pesado tiñendo sus palabras que la hacía lucir incluso más intimidante debido a su voz profundo.

—Uuuh, si, bueno… —Flamel se pausó, mirando a Harry y empujándolo repentinamente frente a la mujer— Este es Harry Potter, el aprendiz del que te hable.

Kala hizo un ruido de confirmación con su garganta, sin confirmarle nada a Flamel y mirando a Harry hasta que este sintió la necesidad de rebotar y retorcerse de un pie a otro por el nerviosismo de la situación.

—Bastante impresionante… para un mosquito —dijo Kala, las palabras monótonas y de humor seco provocando que Harry se erizará ante el tono usado—. Pero puedo ver lo que mencionaste, tiene el toque de la magia salvaje sobre él sí, y mucha de ella ¿Qué tal es su control?

Harry miró hacia otro lado y tosió incomodo, evitando el tener que responder por sí mismo. Mencionar o responder cuestiones sobre su magia siempre lo tenían sintiéndose ridículamente avergonzado, por alguna razón.

—Decente, dadas las condiciones —contestó Flamel y Harry no pudo evitar dar un paso atrás y asegurarse de pisar los dedos de Flamel en el proceso.

Kala le dirigió una mirada de aprobación cuando las maldiciones de Flamel se silenciaron un poco.

—Veo —dijo de tal manera que dejó a Harry preguntándose a que se refería con ello.

Dándose la vuelta, Kala avanzó a través de los arboles con una agilidad sorprendente y le hizo señas a Harry para que la siguiera.

***...***

¡VOLVÍ! Con más horrores de ortografía y gramática para sus preciosos ojos así que están advertidos.

Hablando en serio, sé que no soy la persona más puntual al actualizar (No mierda, Sherlock), pero las cosas aquí han estado complicadas (como en todo el mundo ¿Qué diablos, 2020, que te hicimos para que nos jodas así?).

Sin ganas de mencionar dramas a lo Rosa de Guadalupe,¿Teorías, dudas, comentarios, sugerencias, quejas sobre esto?

¡Gracias por leer!

Sepheline.